5 de diciem bre de 2008
Si hubiera todavía alguna duda, los atentados de Bombay han desplazado el centro de gravedad de la seguridad internacional hacia el Asia central meridional. No es que otras zonas geoestratégicas dejen de preocupar en Washington, pero todo parece indicar que las prioridades de la agenda exterior de Obama están ya fijadas.
En la estrategia del “gran juego” del siglo XIX, esa zona se consideraba vital por su proximidad a las denominadas “aguas cálidas”, a la vez vía de acceso de la Rusia zarista a los mares del sur y centro neurálgico de las rutas comerciales del Imperio británico en el Extremo Oriente.
Esas “aguas cálidas” están ahora hirviendo. Allí se concentran conflictos relacionados entre si y entrelazados hasta formar un frente de inestabilidad potencialmente devastador: la enquistada disputa por Cachemira, el pulso nuclear indo-pakistaní, la guerra interna afgana, el nutriente del radicalismo islámico, la nuclearización de Irán, la desestabilización tribal pakistaní, el riesgo de frenazo económico indio, etc.
El epicentro actual de todo este pandemonium es el conflicto afgano. Obama prometió en campaña liquidar la guerra en Irak y concentrarse en Afganistán. El entonces candidato demócrata presentó su posición como una opción moral: renunciar a la guerra injusta y asumir la guerra justa. Es discutible el contenido ético del dilema. Pero nos concentraremos en los aspectos prácticos.
Los elementos más funcionales del argumento de Obama se centran en el supuesto de que, liberadas de la hipoteca iraquí, las fuerzas armadas y el contribuyente de Estados Unidos estarían en mejor disposición de doblegar a la oscura coalición responsable del 11 de septiembre.
Obama, que se opuso a la guerra de Irak, ha ido matizando progresivamente su posición. Se quitó de medio cuando se debatió el celebre incremento de tropas (surge) propuesto por el general Petraeus, cuestión que McCain le reprochó obsesivamente durante la campaña. Por pragmatismo y por necesidad de consejo relevante, Obama incorporó a esa nueva vedette del Pentágono a su círculo de asesores. A día de hoy, algunos creen, otros confían y ciertos temen que tratará de aplicar sus recomendaciones en el escenario afgano.
Sin embargo, voces independientes autorizadas cuestionan seriamente que el modelo iraquí sea trasladable a Afganistán. El corresponsal militar del NEW YORK TIMES, Michael R.Gordon, señala con claridad y en profundidad las notables diferencias entre ambos escenarios; a saber:
- el entorno de la guerrilla iraquí era urbano; el afgano es abrumadoramente rural, disperso.
- las fuerzas militares –y policiales- iraquíes, aunque débiles, eran y son mucho más numerosas, capaces, articuladas y fiables que las afganas.
- los enemigos afganos de Washington disponen de un santuario en el vecino Pakistán, con fuerte respaldo local y tribal, mientras la insurgencia iraquí apenas podía contar con un apoyo exterior de relevancia.
- en esta última fase de la guerra, el Pentágono consiguió “comprar” el apoyo de tribus sunníes del centro de Irak que en su día fueron enajenadas por el desastroso Brenner; en Afganistán, el frágil equilibrio étnico priva a Washington de ese margen de manipulación de las lealtades tribales.
Gordon se apoya para su análisis en el testimonio inequívoco de un ex-ministro del Interior afgano, que descarta la tentación de equiparar las dos guerras y pronostica que Afganistán tardará al menos una década en estabilizarse.
Un prominente asesor de Obama en Afganistán, el conocido analista pakistaní Ahmed Rashid escribía hace unos días en FOREIGN AFFAIRS que la resolución del conflicto afgano exigía estrategias que superaran la respuesta militar. Su opinión es significativa, porque su posición es beligerantemente contraria a los talibanes y acreditadamente crítica hacia la atribuida complicidad de los servicios de inteligencia militar pakistaní con los enemigos de Washington.
Rashid sostiene que “la diplomacia norteamericana se encuentra paralizada por la retórica de la guerra contra el terrorismo”, y recomienda “una iniciativa política y diplomática” para “atenuar las amenazas” y conseguir una “solución política con el mayor número posible de insurgentes afganos y pakistaníes”. En su artículo describe el papel de cada actor en la construcción de un nuevo consenso regional, incluido Irán. Implícitamente, Rashid recomienda a Obama que abandone la beligerancia de la administración Bush y convierta a Teherán en un socio positivo.
En un comentario editorial, LE MONDE se hace eco de la inquietud manifiesta en las cancillerías europeas ante una eventual demanda de más tropas por parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca. “¿Cómo podrán resistir a las presiones de un presidente cuya elección han saludado clamorosamente?”, se pregunta el diario francés. El nuevo Consejero de Seguridad será el general Jones. Como excomandante en jefe de la OTAN conoce perfectamente a los aliados europeos y sabe de sus visiones -y también de sus aprensiones- en la materia.
Obama tendrá que descansar en la energía de Hillary Clinton y la competencia integrada de su flamante equipo de asesores en seguridad internacional. Es pronto aún para saber si el nuevo presidente resistirá la tentación de una victoria militar para castigar la infamía del 11 de septiembre o tendrá paciencia para construir una solución multilateral que haga bajar la temperatura de las aguas hirvientes de Asia.
EL ENTORNO RETORNO DEL SOCIALISMO FRANCÉS
28 de noviembre de 2008
La designada nueva primera secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubrey, concluyó su comparecencia informativa posterior a su designación oficial desafiando la hilaridad que la crisis interna de su partido ha generado en la derecha. “Les digo a los señores de la derecha que se rían todavía unos días más, porque la semana que viene el socialismo estará de vuelta”.
Volver a empezar. Ese es el destino trágico –para muchos militantes atormentados, tragicómico- del socialismo francés- Veinte años después de la humillación lepenista, varios líderes –o proyectos de líderes- quemados, herencias malgastadas, aspiraciones defraudadas, el socialismo francés ha vuelto a ganarse la dudosa distinción de ser unánimente considerada como “la izquierda más loca del mundo”, en expresión de Joëlle Meskens, la afamada periodista del diario belga (francófono) LE SOIR.
Es sabido que las derrotas son difíciles de gestionar por los partidos políticos. Pero es difícil encontrar un ejemplo de mayor torpeza y falta de sentido que el exhibido, casi obscenamente, por los socialistas franceses. Como el organismo de un hemofílico, las heridas nunca parecen cerrarse en el socialismo francés.
Este vía crucis socialista es tanto más lacerante cuanto resulta altamente injustificable. De forma casi unánime, los observadores imparciales de la crisis no ven razones ideológicas o programáticas serias para que se haya alcanzado tal grado de ferocidad en el enfrentamiento, la descalificación o las acusaciones cruzadas de manipulación y fraude. Otro diario exterior al Hexágono, pero observador permanente de la actualidad francesa, TRIBUNE DE GENÈVE, señalaba estos días que las famosas “mociones” o pliegos de descargo de los aspirantes a liderar el partido no reflejaban, en realidad, visiones opuestas o significativamente diferentes; más bien, han servido de máscara para disimular “la ambición personal más cínica”.
¿De dónde procede esta animadversión, que los medios señalan unánimemente? De las guerras mal gestionadas y peor resueltas que han indo acumulando cadáveres y proyectando horizontes desertizados en la izquierda francesa. La derrota de 2006 hizo daño, como las anteriores. Más, si cabe, porque las recriminaciones alcanzaron las alcobas y la frustración ha terminado desencadenando un proceso de revanchismo personal.
Las dos mujeres que se han disputado estos días el liderazgo del socialismo francés quizás representen estilos diferentes, pero no defienden proyectos sustancialmente distintos para la sociedad francesa. El corresponsal del diario británico de centro-izquierda THE INDEPENDENT desarrolla las claves y manifestaciones de este enconamiento personal. Aubrey desprecia a Royal, porque la considera una arrogante con instintos derechistas. A su vez, la ex-candidata presidencial contempla a la ex-ministra como una arpía y un dinosaurio con un pésimo gusto para vestirse, escribe el periodista británico con amarga ironía.
Segolene Royal creyó poder convertir su derrota ante Sarkozy en una oportunidad de renovación del partido; primero, consumando la ruptura con su marido y primer secretario del partido; y luego, construyendo un discurso de modernidad quizás más mediático que real. A Royal se le ha notado mucho que no confía en sus compañeros de partido, que prefiere contar con instrumentos y herramientas bien distintas. Pero le ha faltado tiempo para apuntalar la estrategia e implantarla. Peor aún, ha propiciado que las familias tradicionales del socialismo francés reaccionaran, se movilizaran y se organizaran para neutralizar este “cambio de timón”. Pero para frenar decisivamente a Royal, era preciso unir fuerzas, forjar una candidatura unitaria. Sólo en el nombre, no tanto en las políticas o como consecuencia de un consenso ideológico o programático.
Esa candidata de la estrategia “todos contra Royal” resultó ser Martine Aubrey, una mujer de partido, disciplinada, pero coriácea, difícil de moldear. Como artífice de la semana laboral de 35 horas aprendió a batirse con dureza y a aguantar presión. Su modelo de partido no contempla cambios importantes. Quiere un PSF que parezca lo que es: expresión de las aspiraciones políticas y sociales de una clase media asalariada, moderadamente formada, perteneciente mayoritariamente al sector público (maestros y funcionarios).
El escritor Jean-François Kahn se preguntaba si no habría que disolver el Partido Socialista Francés. El politólogo Pascal Perrineau, entrevistado en LE MONDE, señalaba que la actitud del PSF es suicida. Otras voces, dentro y fuera de la familia, han tratado de elevarse sobre la tentación catastrofista para hacer entender que Francia necesita una oposición creíble. Ésa es ahora la clave. Aubry ha prometido integrar y ya ha dicho que quiere hablar (¿pactar?) con su rival. Ese compromiso no puede quedarse en un ejercicio de cortesía. Segolène Royal, por su parte, debería resistir la tentación de echarse al monte. Las manifestaciones de su entorno reafirmando que mantiene sus aspiraciones de ser de nuevo candidata presidencial proyectan el riesgo de escisión en la práctica, si no formal. Los demás barones tendrán que ser consecuentes y no pretender tutelar la agenda de la nueva primera secretaria.
Si el imprescindible ejercicio de autocrítica no resultara suficiente, las maneras excesivas advertidas en el Eliseo deberían ser un estímulo concluyente para que los socialistas franceses regresen de nuevo, como prometía Aubry. Pero esta vez para quedarse, no para preparar una nueva fuga hacia ningún lugar. Seguramente, ésta sea su última oportunidad.
La designada nueva primera secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubrey, concluyó su comparecencia informativa posterior a su designación oficial desafiando la hilaridad que la crisis interna de su partido ha generado en la derecha. “Les digo a los señores de la derecha que se rían todavía unos días más, porque la semana que viene el socialismo estará de vuelta”.
Volver a empezar. Ese es el destino trágico –para muchos militantes atormentados, tragicómico- del socialismo francés- Veinte años después de la humillación lepenista, varios líderes –o proyectos de líderes- quemados, herencias malgastadas, aspiraciones defraudadas, el socialismo francés ha vuelto a ganarse la dudosa distinción de ser unánimente considerada como “la izquierda más loca del mundo”, en expresión de Joëlle Meskens, la afamada periodista del diario belga (francófono) LE SOIR.
Es sabido que las derrotas son difíciles de gestionar por los partidos políticos. Pero es difícil encontrar un ejemplo de mayor torpeza y falta de sentido que el exhibido, casi obscenamente, por los socialistas franceses. Como el organismo de un hemofílico, las heridas nunca parecen cerrarse en el socialismo francés.
Este vía crucis socialista es tanto más lacerante cuanto resulta altamente injustificable. De forma casi unánime, los observadores imparciales de la crisis no ven razones ideológicas o programáticas serias para que se haya alcanzado tal grado de ferocidad en el enfrentamiento, la descalificación o las acusaciones cruzadas de manipulación y fraude. Otro diario exterior al Hexágono, pero observador permanente de la actualidad francesa, TRIBUNE DE GENÈVE, señalaba estos días que las famosas “mociones” o pliegos de descargo de los aspirantes a liderar el partido no reflejaban, en realidad, visiones opuestas o significativamente diferentes; más bien, han servido de máscara para disimular “la ambición personal más cínica”.
¿De dónde procede esta animadversión, que los medios señalan unánimemente? De las guerras mal gestionadas y peor resueltas que han indo acumulando cadáveres y proyectando horizontes desertizados en la izquierda francesa. La derrota de 2006 hizo daño, como las anteriores. Más, si cabe, porque las recriminaciones alcanzaron las alcobas y la frustración ha terminado desencadenando un proceso de revanchismo personal.
Las dos mujeres que se han disputado estos días el liderazgo del socialismo francés quizás representen estilos diferentes, pero no defienden proyectos sustancialmente distintos para la sociedad francesa. El corresponsal del diario británico de centro-izquierda THE INDEPENDENT desarrolla las claves y manifestaciones de este enconamiento personal. Aubrey desprecia a Royal, porque la considera una arrogante con instintos derechistas. A su vez, la ex-candidata presidencial contempla a la ex-ministra como una arpía y un dinosaurio con un pésimo gusto para vestirse, escribe el periodista británico con amarga ironía.
Segolene Royal creyó poder convertir su derrota ante Sarkozy en una oportunidad de renovación del partido; primero, consumando la ruptura con su marido y primer secretario del partido; y luego, construyendo un discurso de modernidad quizás más mediático que real. A Royal se le ha notado mucho que no confía en sus compañeros de partido, que prefiere contar con instrumentos y herramientas bien distintas. Pero le ha faltado tiempo para apuntalar la estrategia e implantarla. Peor aún, ha propiciado que las familias tradicionales del socialismo francés reaccionaran, se movilizaran y se organizaran para neutralizar este “cambio de timón”. Pero para frenar decisivamente a Royal, era preciso unir fuerzas, forjar una candidatura unitaria. Sólo en el nombre, no tanto en las políticas o como consecuencia de un consenso ideológico o programático.
Esa candidata de la estrategia “todos contra Royal” resultó ser Martine Aubrey, una mujer de partido, disciplinada, pero coriácea, difícil de moldear. Como artífice de la semana laboral de 35 horas aprendió a batirse con dureza y a aguantar presión. Su modelo de partido no contempla cambios importantes. Quiere un PSF que parezca lo que es: expresión de las aspiraciones políticas y sociales de una clase media asalariada, moderadamente formada, perteneciente mayoritariamente al sector público (maestros y funcionarios).
El escritor Jean-François Kahn se preguntaba si no habría que disolver el Partido Socialista Francés. El politólogo Pascal Perrineau, entrevistado en LE MONDE, señalaba que la actitud del PSF es suicida. Otras voces, dentro y fuera de la familia, han tratado de elevarse sobre la tentación catastrofista para hacer entender que Francia necesita una oposición creíble. Ésa es ahora la clave. Aubry ha prometido integrar y ya ha dicho que quiere hablar (¿pactar?) con su rival. Ese compromiso no puede quedarse en un ejercicio de cortesía. Segolène Royal, por su parte, debería resistir la tentación de echarse al monte. Las manifestaciones de su entorno reafirmando que mantiene sus aspiraciones de ser de nuevo candidata presidencial proyectan el riesgo de escisión en la práctica, si no formal. Los demás barones tendrán que ser consecuentes y no pretender tutelar la agenda de la nueva primera secretaria.
Si el imprescindible ejercicio de autocrítica no resultara suficiente, las maneras excesivas advertidas en el Eliseo deberían ser un estímulo concluyente para que los socialistas franceses regresen de nuevo, como prometía Aubry. Pero esta vez para quedarse, no para preparar una nueva fuga hacia ningún lugar. Seguramente, ésta sea su última oportunidad.
EL DILEMA DE OBAMA: GASTO MILITAR O DIVIDENDO SOCIAL
21 de noviembre de 2008
Obama tendrá que elegir entre mantener un desaforado aparato militar y de seguridad o invertir en estímulos para recuperar la economía real y poner las bases de un nuevo sistema de protección social. Éste será una de sus primeras decisiones claves cuando tome posesión, el próximo mes de enero.
Es sabido que la crisis económica será el eje prioritario de actuación del nuevo presidente. Obama sabe que no basta con ofrecer señales de confianza a los mercados, tranquilizar a los inversores y demás terapias conductistas, como ha hecho la actual administración. Es preciso introducir cambios estructurales, modificar parámetros importantes de la política económica. Abolir el neoliberalismo salvaje e irresponsable y asumir las responsabilidades públicas para reflotar la economía productiva, la economía real, la que resulta básica y fundamental para el bienestar de los trabajadores norteamericanos. De ahí su insistencia en la defensa de los programas de apoyo a la industria. En definitiva, un enfoque keynesiano. Krugman, el último nobel, le recomendaba desde su artículo en THE NEW YORK TIMES, que no se quede corto, que no sea tímido, que no se deje amedrentar por los corifeos que han hecho capotar la economía americana.
La cuestión es que Obama va a necesitar a dinero. O, dicho de otra forma, va a tener que transferir fondos, poner aquí lo que se ha venido malgastando allá. Ese dilema no siempre va a ser fácil. En particular, cuando se aborde la necesidad de adelgazar el presupuesto de defensa. Obama tendrá que lidiar con la crisis económica, en un entorno de incertidumbre y preocupación –convenientemente exagerada- por la seguridad nacional. No sería raro que cualquier iniciativa del nuevo presidente de reducir los gastos militares provoque intensas campañas de alerta sobre el riesgo en que se podría estar poniendo al país.
Esta semana, el NEW YORK TIMES desgranaba en un extenso y detallado editorial las prioridades militares de Estados Unidos. El diario apostaba por una reducción del gasto en términos absolutos, pero sin desatender necesidades básicas de seguridad, porque calificaba el mundo actual como “peligroso”.
El presupuesto del Pentágono en 2008 ha alcanzado los 685 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el gasto militar del resto de países del mundo. Durante la administración Bush, este gasto ha aumentado en un 85%, en términos reales. Siendo malo esto, lo peor es que se ha gastado mal –argumenta el diario. La aventura desastrosa de Irak se ha llevado gran parte del esfuerzo, desatendiendo las verdaderas prioridades: en primer lugar, la lucha contra el verdadero peligro terrorista internacional (no el inventado por los neocon en Irak).
THE NEW YORK TIMES plantea cuatro ejes de cambio en la imprescindible reestructuración de la defensa nacional: aumento de las fuerzas terrestres (hasta los 759.000 hombres, formación en nuevas habilidades (en particular, la contrainsurgencia y la comprensión de las poblaciones locales), la movilidad de las fuerzas (especialmente de las navales) y la racionalidad del gasto (eliminando o abandonando programas absurdos e ineficaces, como el del avión F-22 o la defensa antimisiles).
Distintos cálculos sobre el impacto de los posibles recortes están circulando ya por los cauces administrativos y de consulta en el ejecutivo y en el legislativo. Obama tendrá esas opciones en su mesa a los pocos días de sentarse en el Despacho Oval. Pero escuchará muchas voces de gran influencia que le desaconsejarán meter tijera profunda.
Uno de ellos es el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Mullen, que el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR identifica como la persona del establishment militar con mayor ascendencia sobre el presidente electo. Mullen sería para Obama lo que General Petreus ha sido para Bush. Pues bien, Mullen ha dicho públicamente que el país debe mantener un gasto en defensa que no baje del 4% del PIB. El actual Secretario de Defensa, Robert Gates -que algunas fuentes creen que Obama podría mantener en el cargo- advirtió el otro día de que no se debe repetir el error histórico de bajar el esfuerzo en seguridad militar después de un periodo bélico.
Desde otras latitudes más críticas, se ofrece un enfoque de la seguridad nacional muy distinto. El propio Presidente del Comité de asignaciones de la Cámara de Representantes, el demócrata Barney Frank, ha estimado que el presupuesto de Defensa podrá recortarse un 25%; es decir, unos 150 mil millones de dólares.
Otro destacados analistas, el exsubsecretario de Defensa Lawrence Korb y la investigadora Miriam Pemberton, aseguran que es urgente e imprescindible reducir y reajustar el gasto militar y detallan los programas que conviene eliminar. *
En el semanario THE NATION, se apoyan en este estudio para abogar por un concepto más inteligente, más comprensivo de la seguridad, que incluye la prosperidad económica y la reparación del fracasado sistema de salud, entre otros elementos.
Es probable que el nuevo presidente, muy en su línea, trate de equilibrar ambas tendencias discordantes. Pero no tendrá mucho margen. Y muy pronto, quizás en sus primeros cien días, como él mismo parece haber advertido, tendrá que tomar decisiones que seguramente marcarán el destino de su mandato.
* Ver: Miriam Pemberton y Lawrence Korb. "Unified Security Budget for the United States, FY 2009."
Obama tendrá que elegir entre mantener un desaforado aparato militar y de seguridad o invertir en estímulos para recuperar la economía real y poner las bases de un nuevo sistema de protección social. Éste será una de sus primeras decisiones claves cuando tome posesión, el próximo mes de enero.
Es sabido que la crisis económica será el eje prioritario de actuación del nuevo presidente. Obama sabe que no basta con ofrecer señales de confianza a los mercados, tranquilizar a los inversores y demás terapias conductistas, como ha hecho la actual administración. Es preciso introducir cambios estructurales, modificar parámetros importantes de la política económica. Abolir el neoliberalismo salvaje e irresponsable y asumir las responsabilidades públicas para reflotar la economía productiva, la economía real, la que resulta básica y fundamental para el bienestar de los trabajadores norteamericanos. De ahí su insistencia en la defensa de los programas de apoyo a la industria. En definitiva, un enfoque keynesiano. Krugman, el último nobel, le recomendaba desde su artículo en THE NEW YORK TIMES, que no se quede corto, que no sea tímido, que no se deje amedrentar por los corifeos que han hecho capotar la economía americana.
La cuestión es que Obama va a necesitar a dinero. O, dicho de otra forma, va a tener que transferir fondos, poner aquí lo que se ha venido malgastando allá. Ese dilema no siempre va a ser fácil. En particular, cuando se aborde la necesidad de adelgazar el presupuesto de defensa. Obama tendrá que lidiar con la crisis económica, en un entorno de incertidumbre y preocupación –convenientemente exagerada- por la seguridad nacional. No sería raro que cualquier iniciativa del nuevo presidente de reducir los gastos militares provoque intensas campañas de alerta sobre el riesgo en que se podría estar poniendo al país.
Esta semana, el NEW YORK TIMES desgranaba en un extenso y detallado editorial las prioridades militares de Estados Unidos. El diario apostaba por una reducción del gasto en términos absolutos, pero sin desatender necesidades básicas de seguridad, porque calificaba el mundo actual como “peligroso”.
El presupuesto del Pentágono en 2008 ha alcanzado los 685 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el gasto militar del resto de países del mundo. Durante la administración Bush, este gasto ha aumentado en un 85%, en términos reales. Siendo malo esto, lo peor es que se ha gastado mal –argumenta el diario. La aventura desastrosa de Irak se ha llevado gran parte del esfuerzo, desatendiendo las verdaderas prioridades: en primer lugar, la lucha contra el verdadero peligro terrorista internacional (no el inventado por los neocon en Irak).
THE NEW YORK TIMES plantea cuatro ejes de cambio en la imprescindible reestructuración de la defensa nacional: aumento de las fuerzas terrestres (hasta los 759.000 hombres, formación en nuevas habilidades (en particular, la contrainsurgencia y la comprensión de las poblaciones locales), la movilidad de las fuerzas (especialmente de las navales) y la racionalidad del gasto (eliminando o abandonando programas absurdos e ineficaces, como el del avión F-22 o la defensa antimisiles).
Distintos cálculos sobre el impacto de los posibles recortes están circulando ya por los cauces administrativos y de consulta en el ejecutivo y en el legislativo. Obama tendrá esas opciones en su mesa a los pocos días de sentarse en el Despacho Oval. Pero escuchará muchas voces de gran influencia que le desaconsejarán meter tijera profunda.
Uno de ellos es el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Mullen, que el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR identifica como la persona del establishment militar con mayor ascendencia sobre el presidente electo. Mullen sería para Obama lo que General Petreus ha sido para Bush. Pues bien, Mullen ha dicho públicamente que el país debe mantener un gasto en defensa que no baje del 4% del PIB. El actual Secretario de Defensa, Robert Gates -que algunas fuentes creen que Obama podría mantener en el cargo- advirtió el otro día de que no se debe repetir el error histórico de bajar el esfuerzo en seguridad militar después de un periodo bélico.
Desde otras latitudes más críticas, se ofrece un enfoque de la seguridad nacional muy distinto. El propio Presidente del Comité de asignaciones de la Cámara de Representantes, el demócrata Barney Frank, ha estimado que el presupuesto de Defensa podrá recortarse un 25%; es decir, unos 150 mil millones de dólares.
Otro destacados analistas, el exsubsecretario de Defensa Lawrence Korb y la investigadora Miriam Pemberton, aseguran que es urgente e imprescindible reducir y reajustar el gasto militar y detallan los programas que conviene eliminar. *
En el semanario THE NATION, se apoyan en este estudio para abogar por un concepto más inteligente, más comprensivo de la seguridad, que incluye la prosperidad económica y la reparación del fracasado sistema de salud, entre otros elementos.
Es probable que el nuevo presidente, muy en su línea, trate de equilibrar ambas tendencias discordantes. Pero no tendrá mucho margen. Y muy pronto, quizás en sus primeros cien días, como él mismo parece haber advertido, tendrá que tomar decisiones que seguramente marcarán el destino de su mandato.
* Ver: Miriam Pemberton y Lawrence Korb. "Unified Security Budget for the United States, FY 2009."
¡VUELVE EL GOBIERNO!
14 de noviembre de 2008
En los medios escritos de Estados Unidos, la transición en la Casa Blanca ha desplazado claramente a la cumbre económica de Washington.
Mientras la administración Bush se despide entre la indiferencia general y la angustia provocada por la cascada de síntomas de la agudización de la crisis, Obama afina sus prioridades para cuando se siente en el despacho oval. Todo indica que tomará medidas rápidas en asuntos estratégicos para afirmar su autoridad, no desaprovechar el impulso de su elección y mandar un mensaje claro a la nación de que su liderazgo será fuerte y comprometido.
El presidente electo no ha mostrado interés alguno en asistir a la Cumbre, y no sólo por respeto al presidente saliente o por guardar escrupulosamente los tiempos institucionales. La sensación es que las decisiones de Washington, por solemnes que se presenten, no serán demasiado prácticas, al menos a corto plazo. Los líderes mundiales tendrán que sintonizar los acuerdos que salgan de allí con la agenda de Obama. En realidad, cada gobernante ajustará los compromisos conjuntos a la evolución del comportamiento de las economías de sus países.
Obama demuestra sensibilidad al colocar la destrucción del empleo y el daño en la economía real como elemento clave de su actuación. Es significativo, por ejemplo, su defensa ante Bush de un plan urgente de rescate de la industria automovilística. En este empeño está respaldado por la mayoría reforzada de los demócratas, más próximos –sin exagerar- al mundo del trabajo.
El desplome de General Motors puede convertirse en el símbolo más potente hasta la fecha del alcance de la fragilidad actual de la economía norteamericana. La presencia en el equipo económico de transición de la gobernadora de Michigan, el estado donde anida el motor estadounidense, refleja la preocupación de Obama por las devastadoras repercusiones de la crisis en el tejido industrial. Vuelve el gobierno. Es de esperar que con él regrese también la decencia económica.
Los medios liberales advierten a Obama sobre una tentación intervensionista. Le recuerda THE ECONOMIST que con un déficit de un billón de dólares, Obama “necesita calmar a los inversores compensando el programa de estímulos económicos con un plan a largo plazo que devuelva el equilibrio al presupuesto”. Lo que no resulta fácil si se examina el programa elaborado por el equipo del presidente electo, apuntilla el semanario británico.
A pesar de los primeros pasos, la izquierda teme que Obama termine conformando su equipo económico con demócratas demasiado comprometidos con el mercado y la desregulación financiera. La mayor aprensión se fija en Lawrence Summers, uno de los secretarios del Tesoro con Clinton. Mark Ames, en THE NATION, lo acusa de corrupto y de compadreo con los irresponsables de Wall Street. LE MONDE, más indulgente, se hace eco de las opiniones que acreditan un cambio de visión en Summers.
Los que más echaran en falta a Obama en la cumbre serán los países emergentes. En todo caso, sus dirigentes han dejado claro que tendrán un papel activo, protagonista y de liderazgo en Washington. No se conformarán con un planteamiento que no tenga en cuenta sus intereses. Les ayuda, como ha reconocido el propio director general del FMI, Strauss-Khan, que sus economías sean las únicas que garanticen crecimiento el año entrante, como resalta un analista de THE NEW YORK TIMES.
También en Europa es de esperar que los jefes de Estado o de gobierno presionen a favor de medidas relevantes para apoyar la economía productiva y que la cumbre no se centre exclusivamente en la salud financiera. La producción industrial de la locomotora europea, Alemania, ha sufrido la bajada más pronunciada de su producción industrial de los últimos trece años. Es un dato que anuncia un comportamiento recesivo de la industria en el resto de los países europeos y el afloramiento de problemas sociales ya de notable seriedad, como anticipa LE MONDE.
De los últimos cien días de crisis aguda puede extraerse numerosas lecciones para el futuro inmediato. Para los que siguen creyendo que un enfoque progresista, socialmente comprometido e intelectualmente honrado, no es un ejercicio puramente ético, estético o académico, urge demostrar que hay propuestas positivas, realizables y valientes para que los más vulnerables no sean, de nuevo, los grandes paganos de esta macrocrisis.
Esa batalla, creemos, va a estar fuera de la agenda de Washington, pero debemos intentar que, a partir del 20 de enero, desde la capital norteamericana se comprenda, que no hay otro camino posible de conciliar prosperidad y justicia social.
En los medios escritos de Estados Unidos, la transición en la Casa Blanca ha desplazado claramente a la cumbre económica de Washington.
Mientras la administración Bush se despide entre la indiferencia general y la angustia provocada por la cascada de síntomas de la agudización de la crisis, Obama afina sus prioridades para cuando se siente en el despacho oval. Todo indica que tomará medidas rápidas en asuntos estratégicos para afirmar su autoridad, no desaprovechar el impulso de su elección y mandar un mensaje claro a la nación de que su liderazgo será fuerte y comprometido.
El presidente electo no ha mostrado interés alguno en asistir a la Cumbre, y no sólo por respeto al presidente saliente o por guardar escrupulosamente los tiempos institucionales. La sensación es que las decisiones de Washington, por solemnes que se presenten, no serán demasiado prácticas, al menos a corto plazo. Los líderes mundiales tendrán que sintonizar los acuerdos que salgan de allí con la agenda de Obama. En realidad, cada gobernante ajustará los compromisos conjuntos a la evolución del comportamiento de las economías de sus países.
Obama demuestra sensibilidad al colocar la destrucción del empleo y el daño en la economía real como elemento clave de su actuación. Es significativo, por ejemplo, su defensa ante Bush de un plan urgente de rescate de la industria automovilística. En este empeño está respaldado por la mayoría reforzada de los demócratas, más próximos –sin exagerar- al mundo del trabajo.
El desplome de General Motors puede convertirse en el símbolo más potente hasta la fecha del alcance de la fragilidad actual de la economía norteamericana. La presencia en el equipo económico de transición de la gobernadora de Michigan, el estado donde anida el motor estadounidense, refleja la preocupación de Obama por las devastadoras repercusiones de la crisis en el tejido industrial. Vuelve el gobierno. Es de esperar que con él regrese también la decencia económica.
Los medios liberales advierten a Obama sobre una tentación intervensionista. Le recuerda THE ECONOMIST que con un déficit de un billón de dólares, Obama “necesita calmar a los inversores compensando el programa de estímulos económicos con un plan a largo plazo que devuelva el equilibrio al presupuesto”. Lo que no resulta fácil si se examina el programa elaborado por el equipo del presidente electo, apuntilla el semanario británico.
A pesar de los primeros pasos, la izquierda teme que Obama termine conformando su equipo económico con demócratas demasiado comprometidos con el mercado y la desregulación financiera. La mayor aprensión se fija en Lawrence Summers, uno de los secretarios del Tesoro con Clinton. Mark Ames, en THE NATION, lo acusa de corrupto y de compadreo con los irresponsables de Wall Street. LE MONDE, más indulgente, se hace eco de las opiniones que acreditan un cambio de visión en Summers.
Los que más echaran en falta a Obama en la cumbre serán los países emergentes. En todo caso, sus dirigentes han dejado claro que tendrán un papel activo, protagonista y de liderazgo en Washington. No se conformarán con un planteamiento que no tenga en cuenta sus intereses. Les ayuda, como ha reconocido el propio director general del FMI, Strauss-Khan, que sus economías sean las únicas que garanticen crecimiento el año entrante, como resalta un analista de THE NEW YORK TIMES.
También en Europa es de esperar que los jefes de Estado o de gobierno presionen a favor de medidas relevantes para apoyar la economía productiva y que la cumbre no se centre exclusivamente en la salud financiera. La producción industrial de la locomotora europea, Alemania, ha sufrido la bajada más pronunciada de su producción industrial de los últimos trece años. Es un dato que anuncia un comportamiento recesivo de la industria en el resto de los países europeos y el afloramiento de problemas sociales ya de notable seriedad, como anticipa LE MONDE.
De los últimos cien días de crisis aguda puede extraerse numerosas lecciones para el futuro inmediato. Para los que siguen creyendo que un enfoque progresista, socialmente comprometido e intelectualmente honrado, no es un ejercicio puramente ético, estético o académico, urge demostrar que hay propuestas positivas, realizables y valientes para que los más vulnerables no sean, de nuevo, los grandes paganos de esta macrocrisis.
Esa batalla, creemos, va a estar fuera de la agenda de Washington, pero debemos intentar que, a partir del 20 de enero, desde la capital norteamericana se comprenda, que no hay otro camino posible de conciliar prosperidad y justicia social.
OBAMA PROMETE UN NUEVO SIGLO AMERICANO
7 de noviembre de 2008
En su primer discurso como presidente electo, Barack Obama anunció un nuevo siglo americano y propuso un contrato ambicioso: construir una nación más unida, más justa y más humana.
¿Por qué ha ganado Obama?
Porque ha sintonizado con la marea de cambio que ha brotado del país. Un cambio generacional, un cambio cultural y un cambio político. Lo acredita y refuerza el triunfo de los demócratas también en el Congreso. Los Estados Unidos han terminado exhaustos de un nefasto experimento neoconservador que ha provocado desprestigio en el exterior y división y cinismo en el interior. Obama representa ilusión, confianza y renovación, por encima de todas las dudas que no han sido despejadas durante un larguísimo año de campaña.
Porque ha liderado la mejor campaña electoral en la historia de los Estados Unidos, la más imaginativa, la más inteligente, la más versátil, la más innovadora. El propio candidato hacía un reconocimiento público de su equipo la noche del martes, en su discurso de la victoria.
Porque ha reunido más dinero que nunca, en términos absolutos y relativos, hasta el punto de convertir en inevitable el apoyo de quienes, al comienzo de la campaña, no se habían planteado ni por lo más remoto respaldarlo. Veremos en un futuro próximo si Obama ha contraído hipotecas o si su promesa no tan lejana de modificar la financiación de la política ha quedado definitivamente enterrada.
Porque ha demostrado con creces sus cualidades personales e intelectuales para liderar el país en este momento de crisis económica profunda, de desconcierto ideológico, de tensión social, de incertidumbre internacional. Más que su celebrado idealismo, el gran activo de Obama es su sólida formación, serenidad y sentido de equilibrio en la toma de decisiones.
¿Por qué ha perdido McCain?
Porque no ha conseguido convencer a la población de que su administración no sería una continuación de la de Bush. No lo tenía fácil, porque su supuesta rebeldía ha sido más propagandística que real. En lo más importante, el senador de Arizona ha votado a favor de las políticas de la administración republicana. Pero peor aún, en aquellos asuntos en los que ha disentido, no ha sabido, querido o podido mantener la independencia.
Porque es un hombre de otro tiempo. McCain era un candidato del siglo XX, que no se ha dado cuenta de que el nuevo siglo exigía una nueva nación. El heroísmo y el patriotismo invocado por McCain ha dejado un sabor desesperadamente rancio.
Porque ha desarrollado una campaña errática, desafortunada e incoherente, tanto en la fijación de prioridades, como en la administración de los tiempos o en la elección de colaboradores. Las improvisaciones se han impuesto a la planificación, el oportunismo a las convicciones, lo táctico a lo estratégico.
Porque pretendió convertir en claves de éxito lo que en realidad han sido errores de bulto. Por mencionar sólo los más gruesos: su espantada de la campaña por una pretendida dedicación a la crisis, sin que nadie lo convocara; o, peor, aún, la elección de una política inmadura y sin acreditación de competencia para acompañarlo en la candidatura. En la línea de improvisación, eligió a la gobernadora de Alaska aunque sólo había hablado con ella en un par de ocasiones. Dijimos en estas páginas que el efecto Pallin sería de corta duración y de consecuencias perjudiciales para McCain. No está claro si en algún momento de octubre McCain se dio cuenta de su error, pero lógicamente no tenía margen para admitirlo.
¿Cómo será la administración Obama?
Al menos al principio, tendrá ciertas dosis de bipartidismo. Es muy probable que incorpore personalidades republicanas, incluso en las más altas esferas del gobierno. Desde luego, parece que contará con prominentes colaboradores de Clinton. Para el área económica, los más situados a la derecha (Robert Rubin, Larry Summers, Paul Volcker), no lo más keynesianos (Robert Reich, Laura Tyson, Joseph Stiglitz). Para el área política, experimentados “fontaneros” (Podesta, Emanuel
Será más innovadora, más atrevida en cuestiones políticas o culturales, en las actuaciones de mayor repercusión mediática. Cabe esperar ciertas iniciativas de campanillas para hacer más tragable decisiones duras en materia económica. Quizás ciertas reformas fiscales (tampoco inmediatamente, por imperativo legal), seleccionadas políticas sociales, discurso ecológico renovado, apertura en materia de costumbres. Sin estridencias, eso si.
Más amable en política exterior, no exenta de contradicciones. Restablecerá un diálogo sensato y tradicional con los aliados, pero no tardará en chocar cuando pida un esfuerzo equivalente en la denominada “lucha contra el terror” en Afganistán, o en la presumible “firmeza” hacia la Rusia que vuelve a enseñar los dientes. Difundirá aire caliente y discursos cálidos hacia los países en desarrollo, será más condescendiente con la ONU y el sistema internacional multilateral, pero no es previsible inmediatos cambios materiales y asignación de recursos, por no hablar de adhesiones a los tribunales internacionales de justicia. Por eso, es más probable que elija a un senior del Congreso para dirigir la diplomacia (Richard Lugar, John Kerry), que a un outsider (Bill Richardson).
¿Nos decepcionará Obama?
Decepcionará antes a quienes creen que han elegido a uno de los suyos que a quienes creemos que el senador por Illinois era la mejor opción posible, para cumplir una cita con la Historia, para enterrar un periodo nefasto del liderazgo norteamericano y recuperar ciertas dosis de justicia y racionalidad en la sociedad internacional.
En su primer discurso como presidente electo, Barack Obama anunció un nuevo siglo americano y propuso un contrato ambicioso: construir una nación más unida, más justa y más humana.
¿Por qué ha ganado Obama?
Porque ha sintonizado con la marea de cambio que ha brotado del país. Un cambio generacional, un cambio cultural y un cambio político. Lo acredita y refuerza el triunfo de los demócratas también en el Congreso. Los Estados Unidos han terminado exhaustos de un nefasto experimento neoconservador que ha provocado desprestigio en el exterior y división y cinismo en el interior. Obama representa ilusión, confianza y renovación, por encima de todas las dudas que no han sido despejadas durante un larguísimo año de campaña.
Porque ha liderado la mejor campaña electoral en la historia de los Estados Unidos, la más imaginativa, la más inteligente, la más versátil, la más innovadora. El propio candidato hacía un reconocimiento público de su equipo la noche del martes, en su discurso de la victoria.
Porque ha reunido más dinero que nunca, en términos absolutos y relativos, hasta el punto de convertir en inevitable el apoyo de quienes, al comienzo de la campaña, no se habían planteado ni por lo más remoto respaldarlo. Veremos en un futuro próximo si Obama ha contraído hipotecas o si su promesa no tan lejana de modificar la financiación de la política ha quedado definitivamente enterrada.
Porque ha demostrado con creces sus cualidades personales e intelectuales para liderar el país en este momento de crisis económica profunda, de desconcierto ideológico, de tensión social, de incertidumbre internacional. Más que su celebrado idealismo, el gran activo de Obama es su sólida formación, serenidad y sentido de equilibrio en la toma de decisiones.
¿Por qué ha perdido McCain?
Porque no ha conseguido convencer a la población de que su administración no sería una continuación de la de Bush. No lo tenía fácil, porque su supuesta rebeldía ha sido más propagandística que real. En lo más importante, el senador de Arizona ha votado a favor de las políticas de la administración republicana. Pero peor aún, en aquellos asuntos en los que ha disentido, no ha sabido, querido o podido mantener la independencia.
Porque es un hombre de otro tiempo. McCain era un candidato del siglo XX, que no se ha dado cuenta de que el nuevo siglo exigía una nueva nación. El heroísmo y el patriotismo invocado por McCain ha dejado un sabor desesperadamente rancio.
Porque ha desarrollado una campaña errática, desafortunada e incoherente, tanto en la fijación de prioridades, como en la administración de los tiempos o en la elección de colaboradores. Las improvisaciones se han impuesto a la planificación, el oportunismo a las convicciones, lo táctico a lo estratégico.
Porque pretendió convertir en claves de éxito lo que en realidad han sido errores de bulto. Por mencionar sólo los más gruesos: su espantada de la campaña por una pretendida dedicación a la crisis, sin que nadie lo convocara; o, peor, aún, la elección de una política inmadura y sin acreditación de competencia para acompañarlo en la candidatura. En la línea de improvisación, eligió a la gobernadora de Alaska aunque sólo había hablado con ella en un par de ocasiones. Dijimos en estas páginas que el efecto Pallin sería de corta duración y de consecuencias perjudiciales para McCain. No está claro si en algún momento de octubre McCain se dio cuenta de su error, pero lógicamente no tenía margen para admitirlo.
¿Cómo será la administración Obama?
Al menos al principio, tendrá ciertas dosis de bipartidismo. Es muy probable que incorpore personalidades republicanas, incluso en las más altas esferas del gobierno. Desde luego, parece que contará con prominentes colaboradores de Clinton. Para el área económica, los más situados a la derecha (Robert Rubin, Larry Summers, Paul Volcker), no lo más keynesianos (Robert Reich, Laura Tyson, Joseph Stiglitz). Para el área política, experimentados “fontaneros” (Podesta, Emanuel
Será más innovadora, más atrevida en cuestiones políticas o culturales, en las actuaciones de mayor repercusión mediática. Cabe esperar ciertas iniciativas de campanillas para hacer más tragable decisiones duras en materia económica. Quizás ciertas reformas fiscales (tampoco inmediatamente, por imperativo legal), seleccionadas políticas sociales, discurso ecológico renovado, apertura en materia de costumbres. Sin estridencias, eso si.
Más amable en política exterior, no exenta de contradicciones. Restablecerá un diálogo sensato y tradicional con los aliados, pero no tardará en chocar cuando pida un esfuerzo equivalente en la denominada “lucha contra el terror” en Afganistán, o en la presumible “firmeza” hacia la Rusia que vuelve a enseñar los dientes. Difundirá aire caliente y discursos cálidos hacia los países en desarrollo, será más condescendiente con la ONU y el sistema internacional multilateral, pero no es previsible inmediatos cambios materiales y asignación de recursos, por no hablar de adhesiones a los tribunales internacionales de justicia. Por eso, es más probable que elija a un senior del Congreso para dirigir la diplomacia (Richard Lugar, John Kerry), que a un outsider (Bill Richardson).
¿Nos decepcionará Obama?
Decepcionará antes a quienes creen que han elegido a uno de los suyos que a quienes creemos que el senador por Illinois era la mejor opción posible, para cumplir una cita con la Historia, para enterrar un periodo nefasto del liderazgo norteamericano y recuperar ciertas dosis de justicia y racionalidad en la sociedad internacional.
EFECTOS FANTASMAS PARA UNA IMPROBABLE SORPRESA
31 de Octubre de 2008
El acto compartido con Bill Clinton en Florida y su publireportaje de cuatro millones de dólares en las grandes cadenas comerciales de televisión ha agrandado la figura presidencial de Obama. Expertos en comunicación, habituales bloggeros de POLÍTICO, han destacado la eficacia del video. Le atribuyen un estilo kenediano, con cierto aroma reaganiano, por su cálida conexión con el americano medio.
Más allá de estos análisis superficiales o formalistas, la iniciativa mediática de Obama ha comportado ciertos riesgos de obscenidad política por la impresión de despilfarro en momentos de aprietos económicos. Sin embargo, una de las principales firmas del semanario progresista THE NATION, John Nichols, prefiere ver en el macro-mensaje de Obama “una crónica de la desesperanza y una promesa de cambio”. Resalta Nichols la galería de tipos populares machacados por ocho años de administración neoconservadora y reconoce a Obama la sensibilidad de conectar con las necesidades de los trabajadores.
El candidato demócrata mantiene su proverbial autocontrol y evita cualquier desliz de complacencia o excesiva confianza. Esta es una de las ocho razones que explicarían el triunfo de Obama, según evoca Eric Zorn en su blog del CHICAGO TRIBUNE. El NEW YORK TIMES asegura que su discurso inaugural ya está escrito, pero su equipo lo ha desmentido, con escasa capacidad de convicción. Una de las quinielas más recurrentes gira en torno al puesto que se reserva al jefe de campaña, David Axelrod, auténtico druida de una receta considerada ya como una de las más exitosas de la historia electoral norteamericana hasta la fecha.
A pesar de esta impresión de que la suerte está echada, se alimenta una vaga sensación de que determinados efectos fantasmas podrían provocar una sorpresa mayúscula la noche del 4 de noviembre.
El efecto más neutro es el de la lectura equivocada de los sondeos. Algunos articulistas insisten en que el elevado porcentaje de indecisos impiden cerrar con seguridad las predicciones. Pero para que se produjera un vuelco la inmensa mayoría de esos indecisos tendría que inclinarse por McCain. Tal comportamiento no tendría precedentes.
En cambio, la cuestión racial resulta mucho más desestabilizadora de los pronósticos . Entre los demócratas, el temor al “efecto Bradley” (una deserción de falsos votantes blancos que no se atreven a reconocer en los sondeos sus prejuicios raciales) se ha debilitado con el paso de los días, pero aún se mantiene como una amenaza insidiosa, supuestamente capaz de provocar un vuelco en el último momento.
A este respecto, Nicholas Kristof, en su habitual artículo semanal para THE NEW YORK TIMES, menciona un reciente estudio sobre cómo opera el inconsciente político. Estudiantes universitarios de California, en general partidarios de Obama, percibirían al candidato demócrata como “menos americano” que Tony Blair, debido al elemento racial.
El otro factor que podría desencadenar la sorpresa tiene que ver con el rechazo a la acumulación de poder que lograría el Partido Demócrata al sumar la Casa Blanca a las mayorías en las dos Cámaras del Congreso (donde también se prevé un refuerzo del giro a la izquierda); y, más adelante, el dominio del propio poder judicial, con el nombramiento de magistrados liberales en los numerosos tribunales de toda la escala judicial. Este argumento esta siendo profusamente aireado por el equipo republicano en esta última fase de la campaña.
Finalmente, hay que considerar siempre los riesgos de manipulación. Varios medios, incluyendo THE NEW YORK TIMES, poco sospechoso de anti-establishment no dejan de alertar sobre actuaciones en algunos estados que han privado del derecho de voto a decenas de miles de ciudadanos en zonas sensibles de los estados más reñidos.
Una profesora de Ciencia Política en el Barnard College, Lori Minnite, lleva ocho años estudiando el rol del fraude en las elecciones norteamericanas. Considera esta investigadora que los republicanos han utilizado los riesgos del fraude ciudadano como una excusa para ocultar el verdadero fraude, practicado por los aparatos políticos e institucionales: purgar censos y eliminar votantes favorables a opciones rivales.
Aunque las artimañas y maniobras practicadas en las dos últimas elecciones se antojan de corto recorrido en la cita electoral de este año, debido a la ventaja con la que parece contar Obama, las ong’s que promueven el derecho de voto recomiendan no bajar la guardia en los estados donde las diferencias se anuncian más apretadas.
El acto compartido con Bill Clinton en Florida y su publireportaje de cuatro millones de dólares en las grandes cadenas comerciales de televisión ha agrandado la figura presidencial de Obama. Expertos en comunicación, habituales bloggeros de POLÍTICO, han destacado la eficacia del video. Le atribuyen un estilo kenediano, con cierto aroma reaganiano, por su cálida conexión con el americano medio.
Más allá de estos análisis superficiales o formalistas, la iniciativa mediática de Obama ha comportado ciertos riesgos de obscenidad política por la impresión de despilfarro en momentos de aprietos económicos. Sin embargo, una de las principales firmas del semanario progresista THE NATION, John Nichols, prefiere ver en el macro-mensaje de Obama “una crónica de la desesperanza y una promesa de cambio”. Resalta Nichols la galería de tipos populares machacados por ocho años de administración neoconservadora y reconoce a Obama la sensibilidad de conectar con las necesidades de los trabajadores.
El candidato demócrata mantiene su proverbial autocontrol y evita cualquier desliz de complacencia o excesiva confianza. Esta es una de las ocho razones que explicarían el triunfo de Obama, según evoca Eric Zorn en su blog del CHICAGO TRIBUNE. El NEW YORK TIMES asegura que su discurso inaugural ya está escrito, pero su equipo lo ha desmentido, con escasa capacidad de convicción. Una de las quinielas más recurrentes gira en torno al puesto que se reserva al jefe de campaña, David Axelrod, auténtico druida de una receta considerada ya como una de las más exitosas de la historia electoral norteamericana hasta la fecha.
A pesar de esta impresión de que la suerte está echada, se alimenta una vaga sensación de que determinados efectos fantasmas podrían provocar una sorpresa mayúscula la noche del 4 de noviembre.
El efecto más neutro es el de la lectura equivocada de los sondeos. Algunos articulistas insisten en que el elevado porcentaje de indecisos impiden cerrar con seguridad las predicciones. Pero para que se produjera un vuelco la inmensa mayoría de esos indecisos tendría que inclinarse por McCain. Tal comportamiento no tendría precedentes.
En cambio, la cuestión racial resulta mucho más desestabilizadora de los pronósticos . Entre los demócratas, el temor al “efecto Bradley” (una deserción de falsos votantes blancos que no se atreven a reconocer en los sondeos sus prejuicios raciales) se ha debilitado con el paso de los días, pero aún se mantiene como una amenaza insidiosa, supuestamente capaz de provocar un vuelco en el último momento.
A este respecto, Nicholas Kristof, en su habitual artículo semanal para THE NEW YORK TIMES, menciona un reciente estudio sobre cómo opera el inconsciente político. Estudiantes universitarios de California, en general partidarios de Obama, percibirían al candidato demócrata como “menos americano” que Tony Blair, debido al elemento racial.
El otro factor que podría desencadenar la sorpresa tiene que ver con el rechazo a la acumulación de poder que lograría el Partido Demócrata al sumar la Casa Blanca a las mayorías en las dos Cámaras del Congreso (donde también se prevé un refuerzo del giro a la izquierda); y, más adelante, el dominio del propio poder judicial, con el nombramiento de magistrados liberales en los numerosos tribunales de toda la escala judicial. Este argumento esta siendo profusamente aireado por el equipo republicano en esta última fase de la campaña.
Finalmente, hay que considerar siempre los riesgos de manipulación. Varios medios, incluyendo THE NEW YORK TIMES, poco sospechoso de anti-establishment no dejan de alertar sobre actuaciones en algunos estados que han privado del derecho de voto a decenas de miles de ciudadanos en zonas sensibles de los estados más reñidos.
Una profesora de Ciencia Política en el Barnard College, Lori Minnite, lleva ocho años estudiando el rol del fraude en las elecciones norteamericanas. Considera esta investigadora que los republicanos han utilizado los riesgos del fraude ciudadano como una excusa para ocultar el verdadero fraude, practicado por los aparatos políticos e institucionales: purgar censos y eliminar votantes favorables a opciones rivales.
Aunque las artimañas y maniobras practicadas en las dos últimas elecciones se antojan de corto recorrido en la cita electoral de este año, debido a la ventaja con la que parece contar Obama, las ong’s que promueven el derecho de voto recomiendan no bajar la guardia en los estados donde las diferencias se anuncian más apretadas.
ESTADOS UNIDOS: UN SISTEMA ELECTORAL BAJO SOSPECHA
27 de octubre de 2008
Estados Unidos es una democracia limitada, a juzgar por su débil participación electoral, una de las más bajas de los países occidentales.
En las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, la tasa de participación alcanzó el 64%, 15 millones de electores que en 2000 (cuatro puntos porcentuales más). En total, votaron 126 millones de personas de los 215 millones posibles y de los 197 millones registradas. La participación de 2004 fue la más se acercó a la registrada en 1992, año en el que votó el 68% del censo.
El 89% de las personas que se registraron en 2004 para votar lo hicieron. O, dicho a la inversa, el 11% de los que pensaron en su momento acudir a las urnas se abstuvieron de hacerlo el día de las elecciones.
¿Por qué no votaron 89 millones de norteamericanos? El motivo más aparente puede ser la apatía política, la falta de identificación con el sistema político, por razones que ha explicado aquí el profesor Navarro.
En 2004, el 47% de las personas que no se tomaron la molestia de registrarse para votar admitieron claramente que no les interesaban las elecciones. Quince millones de personas declararon que pasaban de la política. ¿Qué paso con la otra mitad? ¿Por qué no acudieron esos ciudadanos a las urnas?
VOTAR ES UN EJERCICIO COMPLICADO
Las razones son múltiples, por supuesto, pero la mayoría de ellas evidencia importantes deficiencias en el sistema electoral; tan graves que, para algunos estudiosos, constituyen una importante limitación de la democracia norteamericana.
Estados Unidos es el único país entre las democracias occidentales donde el ejercicio del derecho de voto debe validarse mediante un trámite administrativo. Hay que registrarse para votar. Si no se hace, en plazos y condiciones diferentes según los estados, no se puede votar el día de las elecciones. Sólo hay una excepción: Dakota del Norte, un pequeño estado del medio oeste.
Puede alegarse que registrarse, después de todo, no puede ser muy complicado. Pero es o puede serlo, según los casos, al menos lo suficiente como para que se convierta en un obstáculo para votar.
¿Por qué hay tanta gente que no puede registrarse fácilmente?
Las causas explicadas por los propios ciudadanos son variopintas: el 17% dice que se les pasó el plazo o que su voto no cambiaría nada, casi el 4% (lo que indica, en ambos casos, poco interés); más del 5% adujo problemas de movilidad por enfermedad o discapacidad; cerca de un 10% declaró que desconocía cómo registrarse, o que no encontró el sitio para hacerlo, o que no sabía bien inglés. Más relevante es que casi un 7% fuera rechazado por el sistema, principalmente exreclusos o inmigrantes que no consiguen acceder a la ciudadanía.
Un análisis más detallado y minucioso evidencia notables deficiencias en la gestión electoral. Estados Unidos es la única democracia occidental en la que decenas de ong’s se dedican a promover el voto de la gente. No hay algo parecido en Europa. Si lo hacen, es fundamentalmente porque son conscientes de que muchas personas que querrían votar, a las que les interesa objetivamente votar, no lo hacen, no pueden hacerlo, incluso se les desincentiva para que no lo hagan. En la práctica, se les priva del voto. Son los llamados disafranchised citizens.
No por casualidad, esos abstencionistas no necesariamente voluntarios pertenecen a los colectivos menos sumisos con el sistema (como minorías raciales o desfavorecidos sociales).
Asi, por ejemplo, en las presidenciales de 2004….
Votaron más los mejor formados que los que carecían de estudios medios (78 frente al 40 por ciento).
Votaron más los ricos –los que ganaron más de 50.000 $- que los pobres –los que ganaron menos de 20.000 $ (77 frente al 48 por ciento).
Votaron más los empleados que los parados (66 frente al 51 por ciento).
Votaron más los blancos anglosajones (67%) que los negros (60%), que los hispanos (47%) o que los asiáticos (44%). De todos los votantes, en términos absolutos, los blancos anglosajones sumaron el 79%, los hispanos el 11%, los negros el 6% y los asiáticos el 2%.
Cuando se suman dos condiciones sociales agravantes, el efecto abstencionista se refuerza.
Por ejemplo, los abstencionistas pobres son más numerosos si son negros (un 38%) o latinos (28%) que los blancos (18%). Algo parecido ocurre con los blancos o latinos que carecen de estudios superiores con respecto a la misma condición en los blancos anglosajones.
La organización PROYECT VOTE ha calculado que si la tasa de participación de las minorías fuera igual que la de los blancos, votarían casi ocho millones de norteamericanos más. Lo suficiente para haber conformado mayorías políticas distintas en los últimos ochos años.
El primer condicionamiento para votar es la exigencia de la prueba de ciudadanía. Parece un requisito fácil en Europa. Pero en Estados Unidos el 30% de la población no dispone de documento acreditativo de ciudadanía.
Trece millones de norteamericanos carecen de dnis, pasaportes, papeles en regla, certificados de nacimiento, etc. La mayoría de estos poco documentados ciudadanos son pobres. A pesar de este inconveniente, 19 estados han introducido en los últimos dos años la prueba de ciudadanía como requisito imprescindible para registrarse.
Según el Centro Brennan, instituto jurídico vinculado con la Universidad de Nueva York, este requisito es intimidatorio, pero, sobre todo innecesario: en las elecciones de 2002 a 2005, sólo 15 personas (15 de 214 millones) cometieron fraude electoral relacionado con la ciudadanía fue solamente de quince.
El otro fastidio es la obligación de contar con una tarjeta de identificación con foto. Algo universal en Europa. Pero no en Estados Unidos, donde 21 millones de personas en 2006 carecían de ello. Porcentualmente, los latinos duplicaban y los negros triplicaban a los blancos, cuyas tarjetas identificativas no llevaban foto. Lo más irritante es que ninguna Ley federal obliga a la existencia de la fotos, pero 27 estados de la Unión han introducido este requisito en su legislación.
Otras prácticas son más insidiosas. Por ejemplo, lo que se conoce como voter caging. Se trata de una práctica que elimina votantes potenciales del censo. Las autoridades locales envían correos electrónicos a los votantes. Los que devuelvan un mensaje de destino desconocido son automáticamente colocados en una lista de impugnables. No es casualidad que la mayoría de las impugnaciones tramitadas en las elecciones anteriores afectaran a negros y latinos y que el proceso haya sido mayoritariamente impulsado por el aparato de los republicanos.
El argumento más frecuente para mantener todos estos requisitos discutidos por las ong’s es que se trata de evitar el fraude. Pero lo cierto es que el fraude es mínimo: sólo 24 personas fueron procesadas por intento de voto fraudulento en el ciclo electoral 2002-2005.
Paradójicamente, otros factores de fraude no han sido eficazmente afrontados. Todo lo contrario, como veremos a continuación.
EL DEFICIENTE VOTO ELECTRÓNICO
El mayor riesgo de fraude reside en el voto electrónico sin las suficientes garantías de precisión y verificación.
En los estados de Wisconsin, Pennsylvania, Ohio, Florida, Minnesota, New Hampshire and North Carolina, donde se utilizaron medios electrónicos para votar, las encuestas a pie de urnas diferían de forma abrumadora de los resultados oficiales emitidos al término de la jornada electoral. En todos los casos, los resultados finales favorecieron a Bush, por una diferencia entre 4 y 15 por ciento, un margen absolutamente inédito.
En Estados Unidos hay 185,000 colegios electorales y 800,000 aparatos de votación. Un 38% de los votos emitidos por los norteamericanos se emite mediante el sistema de pulsación en pantalla u otros procedimientos electrónicos, a través de las máquinas denominadas DRE (direct recording electronic).
El 80% de los votos son contados y tabulados por computadores. El software de estos programas es secreto y no puede ser objeto de comprobación pública. La fabricación del sistema y de los programas electrónicos de voto depende de muy pocas empresas, que disponen así de un poder de presión considerable.
Según Vote Opening, el 30% de los empleados en las elecciones de 2004 no fueron auditados para comprobar su correcto funcionamiento. El hardware y el software de las máquinas electrónicas de voto no dispusieron de protección contra el ataque de hackers y piratas informáticos, lo que hace temer que pudieran haber habido manipulación e interferencia en el proceso de votación.
El Congreso aprobó fondos por valor de 4 mil millones de dólares para mejorar estos ingenios de voto electrónico. Pero ocho años después, no todas las máquinas electorales de este tipo disponen de la capacidad de emisión de recibos. Ni se ha avanzado lo suficiente en la provisión de garantías de funcionamiento y acceso al hardware y al software electoral.
THE NEW YORK TIMES expresaba este verano sus temores de que las iniciativas legislativas sobre el voto electrónico creen más problemas de los que resuelvan. El diario denuncia que la ley Feinstein-Bennett ha sido condescendiente con los fabricantes de las máquinas electrónicas de voto y con la burocracia electoral, al concederles un plazo demasiado largo –hasta 2014- para renovar sus aparatos y cambiarlos por otros que suministren recibos solventes y acreditados del voto emitido.
Pero, aparte de las sospechas generadas por el proceso electrónico de voto, otras irregularidades han sido denunciadas en las últimas citas electorales.
SOMBRAS DE FRAUDE
En Florida, en las elecciones de 2000 ganadas por George W. Bush, se privó del voto, sin fundamento legal para hacerlo, a 30.000 negros, se infló el censo en algunas zonas. Las endemoniadas papeletas-mariposa indujeron al error en el voto a centenares, quizás miles de votantes. Pero, sobre todo, se interrumpió, por decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos un recuento manual de votos, cuando la distancia entre Bush y Gore se acortaba dramáticamente. Al final, el candidato republicano ganó por 537 votos.
En realidad, Florida es el ejemplo patente de un fracaso de la democracia. ¿Quien no se acuerda de la bochornosa noche electoral de noviembre de 2000?
Votos que no se contaron, votos que fueron a parar a un candidato distinto al que los electores habían señalado, burocracia inepta, mecanismos obsoletos, diseños torpes y manejo interesado y sospechoso del tinglado.
La polémica puso en evidencia algo que algunos expertos venían denunciado desde hace décadas, pero que nadie quería escuchar: la maquinaria electoral norteamericana no funciona bien y, por tanto, es vulnerable a la manipulación, pero no la que puedan realizar modestamente ciudadanos desaprensivos, sino la más perniciosa, la impulsada y orquestada desde distintas esferas de poder.
A pesar del escándalo de Florida, no se tomaron las medidas oportunas para que las irregularidades, torpezas y manipulaciones que sembraron de sospechas la democracia electoral norteamericana no se repitieran. Cuatro años después, en las elecciones presidenciales de 2004, ocurrió justo todo lo contrario. De todos los casos, nos detendremos quizás en el más grave: Ohio.
Centenares, miles de personas de los barrios más humildes de las ciudadanes de Ohio aguardaron hasta ocho horas debajo de paraguas para expresar su deseo electoral. ¿Qué paso? ¿Incompetencia, manipulación, fraude? Hay valoraciones para todos los gustos.
- A pesar de un incremento notable del registro de potenciales votantes, muchos de ellos se vieron privados del derecho al sufragio por razones administrativas poco convincentes.
- Por mala gestión de los colegios electorales, los ciudadanos se vieron obligados a soportar colas de cuatro y cinco horas, bajo la lluvia.
- Algunos colegios tuvieron que cerrar por no disponer de máquinas de voto electrónico.
- A muchos ciudadanos, especialmente de raza negra, más inclinados a votar a los demócratas, se les negó su voto provisional, el que se emite a falta de algún requisito, a la espera de ser verificado su legitimidad. La tasa de rechazo fue superior al 50%, muy por encima de la media habitual en este tipo de operaciones electorales.
- Información confusa y engañosa por parte del Secretario de Estado Blackwell (a la sazón, viceresponsable de la campaña de Bush en Ohio), sobre los lugares de voto de la gente que no podía hacerlo el día de las elecciones, los llamados “votos en ausencia”.
El que fuera candidato a gobernador de Ohio por el Partido Verde, Bob Fritakis, es coautor de un libro titulado “Cómo se robaron las elecciones presidenciales en Ohio”, en el que detalla alguna de estas irregularidades.
Por ejemplo, en la capital del Estado, Columbus, los colegios de los barrios de clara preferencia demócratas no contaron con suficientes máquinas electorales, lo que provocó hasta siete horas de cola para votar, con el consiguiente abandono de los votantes. Responsables de la administración electoral reconocieron que el Condado de Franklin 68 máquinas no se instalaron y otras 77 dieron problemas de funcionamiento. Esta escasez de aparatos se repitió en otros distritos con fuerte presencia afroamericana e hispana, más inclinada hacia los demócratas. A pesar del incremento de cien mil votantes registrado en el censo, hubo menos máquinas a disposición de los electores. La participación en estos colegios fue de algo más del 52%.
Mientras, en los colegios de tendencia republicana, no faltaron las máquinas, no hubo tantas colas y la participación superó el 76%, una diferencia del 25%. En otros lugares de Ohio donde no hubo problemas con las máquinas (por ejemplo, Cincinnati) la diferencia de participación entre los colegios de mayoría republicana y demócrata rondaron el 10%.
Un estudio del Washington Post indicaba que seis de los siete distritos con menos máquinas votaron a Kerry, mientras 27 de los 30 distritos con más máquinas votaron a Bush. Ninguno de los funcionarios que estuvieron en los colegios de los barrios latinos sabía español y las instrucciones solo estaban en inglés.
Otra de las prácticas más polémicas fue la campaña de impugnaciones puesta en marcha por el Partido Republicano en barrios populares de las ciudades de Ohio, donde la mayoría era afroamericana o latina, inclinada a votar a los demócratas. Basándose en la excusa de que muchos de sus envíos de propaganda electoral habían sido devueltos, iniciaron una agresiva campaña que cuestionaba la capacidad de elección de muchos ciudadanos que figuraban en el censo, extendiendo la sospecha de que habían cambiado de domicilio.
Kerry concedió la victoria a Bush, que ganó oficialmente por sólo 118.000 votos. Pero los demócratas presentaron una reclamación que afectaba a más de 150.000 votos. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera actuado con rigor en la gestión de las reclamaciones? La polémica decayó sorprendentemente en los medios de comunicación, pero algunos periodistas dijeron “off the record” que habían recibido instrucciones de sus empresas de olvidarse del asunto.
Hasta que la congresista por Ohio Tubb Jones, recientemente fallecida, se decidió a dar el paso, el día de Reyes de 2005 y provocó un debate parlamentario. Pero sus compañeros del Capitolio, con alguna excepción, no se atrevieron a apoyarla.
A muchos sorprenderá saber que el fraude tiene una larga tradición en las elecciones norteamericanas. El periodista británico Andrew Gumble, testigo de las chapuzas de Florida se puso a investigar históricamente el fenómeno y ha dejado escrito un inquietante libro con el inequícovo título de “Steal this vote” (“Roba este voto”).
Las organizaciones cívicas promotoras del efectivo derecho de voto temen que el esperado incremento de participantes en estas elecciones presidenciales creen un problema nuevo: la saturación de los recursos oficiales.
Es muy probable que en los colegios electorales escasee el personal administrativo, que no haya funcionarios que sepan ayudar a votantes no anglo-parlantes, que de nuevo falten máquinas en distritos poblados por minorías, que muchos votantes se encuentren con que su derecho a votar ha sido impugnado por alguien a quien desconocen, o que su nombre no aparece en la lista por algún problema inesperado.
Las ongs vigilantes con la limpieza electoral antes mencionadas están denunciando estos días inquietantes maniobras en Virginia, en Florida, en Ohio y en otros estados reñidos. Como ya ocurrió en 2000 y 2004, se están detectando disfunciones en el registro de votantes, purga del censo y supresión del derecho de sufragio de potenciales votantes.
Habrá que esperar a comprobar si las cautelas adoptadas y algunas reformas reclamadas por los medios más responsables y la sociedad civil organizada consiguen superar la sombra de sospecha que permanece enquistada en el proceso electoral norteamericano.
Estados Unidos es una democracia limitada, a juzgar por su débil participación electoral, una de las más bajas de los países occidentales.
En las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, la tasa de participación alcanzó el 64%, 15 millones de electores que en 2000 (cuatro puntos porcentuales más). En total, votaron 126 millones de personas de los 215 millones posibles y de los 197 millones registradas. La participación de 2004 fue la más se acercó a la registrada en 1992, año en el que votó el 68% del censo.
El 89% de las personas que se registraron en 2004 para votar lo hicieron. O, dicho a la inversa, el 11% de los que pensaron en su momento acudir a las urnas se abstuvieron de hacerlo el día de las elecciones.
¿Por qué no votaron 89 millones de norteamericanos? El motivo más aparente puede ser la apatía política, la falta de identificación con el sistema político, por razones que ha explicado aquí el profesor Navarro.
En 2004, el 47% de las personas que no se tomaron la molestia de registrarse para votar admitieron claramente que no les interesaban las elecciones. Quince millones de personas declararon que pasaban de la política. ¿Qué paso con la otra mitad? ¿Por qué no acudieron esos ciudadanos a las urnas?
VOTAR ES UN EJERCICIO COMPLICADO
Las razones son múltiples, por supuesto, pero la mayoría de ellas evidencia importantes deficiencias en el sistema electoral; tan graves que, para algunos estudiosos, constituyen una importante limitación de la democracia norteamericana.
Estados Unidos es el único país entre las democracias occidentales donde el ejercicio del derecho de voto debe validarse mediante un trámite administrativo. Hay que registrarse para votar. Si no se hace, en plazos y condiciones diferentes según los estados, no se puede votar el día de las elecciones. Sólo hay una excepción: Dakota del Norte, un pequeño estado del medio oeste.
Puede alegarse que registrarse, después de todo, no puede ser muy complicado. Pero es o puede serlo, según los casos, al menos lo suficiente como para que se convierta en un obstáculo para votar.
¿Por qué hay tanta gente que no puede registrarse fácilmente?
Las causas explicadas por los propios ciudadanos son variopintas: el 17% dice que se les pasó el plazo o que su voto no cambiaría nada, casi el 4% (lo que indica, en ambos casos, poco interés); más del 5% adujo problemas de movilidad por enfermedad o discapacidad; cerca de un 10% declaró que desconocía cómo registrarse, o que no encontró el sitio para hacerlo, o que no sabía bien inglés. Más relevante es que casi un 7% fuera rechazado por el sistema, principalmente exreclusos o inmigrantes que no consiguen acceder a la ciudadanía.
Un análisis más detallado y minucioso evidencia notables deficiencias en la gestión electoral. Estados Unidos es la única democracia occidental en la que decenas de ong’s se dedican a promover el voto de la gente. No hay algo parecido en Europa. Si lo hacen, es fundamentalmente porque son conscientes de que muchas personas que querrían votar, a las que les interesa objetivamente votar, no lo hacen, no pueden hacerlo, incluso se les desincentiva para que no lo hagan. En la práctica, se les priva del voto. Son los llamados disafranchised citizens.
No por casualidad, esos abstencionistas no necesariamente voluntarios pertenecen a los colectivos menos sumisos con el sistema (como minorías raciales o desfavorecidos sociales).
Asi, por ejemplo, en las presidenciales de 2004….
Votaron más los mejor formados que los que carecían de estudios medios (78 frente al 40 por ciento).
Votaron más los ricos –los que ganaron más de 50.000 $- que los pobres –los que ganaron menos de 20.000 $ (77 frente al 48 por ciento).
Votaron más los empleados que los parados (66 frente al 51 por ciento).
Votaron más los blancos anglosajones (67%) que los negros (60%), que los hispanos (47%) o que los asiáticos (44%). De todos los votantes, en términos absolutos, los blancos anglosajones sumaron el 79%, los hispanos el 11%, los negros el 6% y los asiáticos el 2%.
Cuando se suman dos condiciones sociales agravantes, el efecto abstencionista se refuerza.
Por ejemplo, los abstencionistas pobres son más numerosos si son negros (un 38%) o latinos (28%) que los blancos (18%). Algo parecido ocurre con los blancos o latinos que carecen de estudios superiores con respecto a la misma condición en los blancos anglosajones.
La organización PROYECT VOTE ha calculado que si la tasa de participación de las minorías fuera igual que la de los blancos, votarían casi ocho millones de norteamericanos más. Lo suficiente para haber conformado mayorías políticas distintas en los últimos ochos años.
El primer condicionamiento para votar es la exigencia de la prueba de ciudadanía. Parece un requisito fácil en Europa. Pero en Estados Unidos el 30% de la población no dispone de documento acreditativo de ciudadanía.
Trece millones de norteamericanos carecen de dnis, pasaportes, papeles en regla, certificados de nacimiento, etc. La mayoría de estos poco documentados ciudadanos son pobres. A pesar de este inconveniente, 19 estados han introducido en los últimos dos años la prueba de ciudadanía como requisito imprescindible para registrarse.
Según el Centro Brennan, instituto jurídico vinculado con la Universidad de Nueva York, este requisito es intimidatorio, pero, sobre todo innecesario: en las elecciones de 2002 a 2005, sólo 15 personas (15 de 214 millones) cometieron fraude electoral relacionado con la ciudadanía fue solamente de quince.
El otro fastidio es la obligación de contar con una tarjeta de identificación con foto. Algo universal en Europa. Pero no en Estados Unidos, donde 21 millones de personas en 2006 carecían de ello. Porcentualmente, los latinos duplicaban y los negros triplicaban a los blancos, cuyas tarjetas identificativas no llevaban foto. Lo más irritante es que ninguna Ley federal obliga a la existencia de la fotos, pero 27 estados de la Unión han introducido este requisito en su legislación.
Otras prácticas son más insidiosas. Por ejemplo, lo que se conoce como voter caging. Se trata de una práctica que elimina votantes potenciales del censo. Las autoridades locales envían correos electrónicos a los votantes. Los que devuelvan un mensaje de destino desconocido son automáticamente colocados en una lista de impugnables. No es casualidad que la mayoría de las impugnaciones tramitadas en las elecciones anteriores afectaran a negros y latinos y que el proceso haya sido mayoritariamente impulsado por el aparato de los republicanos.
El argumento más frecuente para mantener todos estos requisitos discutidos por las ong’s es que se trata de evitar el fraude. Pero lo cierto es que el fraude es mínimo: sólo 24 personas fueron procesadas por intento de voto fraudulento en el ciclo electoral 2002-2005.
Paradójicamente, otros factores de fraude no han sido eficazmente afrontados. Todo lo contrario, como veremos a continuación.
EL DEFICIENTE VOTO ELECTRÓNICO
El mayor riesgo de fraude reside en el voto electrónico sin las suficientes garantías de precisión y verificación.
En los estados de Wisconsin, Pennsylvania, Ohio, Florida, Minnesota, New Hampshire and North Carolina, donde se utilizaron medios electrónicos para votar, las encuestas a pie de urnas diferían de forma abrumadora de los resultados oficiales emitidos al término de la jornada electoral. En todos los casos, los resultados finales favorecieron a Bush, por una diferencia entre 4 y 15 por ciento, un margen absolutamente inédito.
En Estados Unidos hay 185,000 colegios electorales y 800,000 aparatos de votación. Un 38% de los votos emitidos por los norteamericanos se emite mediante el sistema de pulsación en pantalla u otros procedimientos electrónicos, a través de las máquinas denominadas DRE (direct recording electronic).
El 80% de los votos son contados y tabulados por computadores. El software de estos programas es secreto y no puede ser objeto de comprobación pública. La fabricación del sistema y de los programas electrónicos de voto depende de muy pocas empresas, que disponen así de un poder de presión considerable.
Según Vote Opening, el 30% de los empleados en las elecciones de 2004 no fueron auditados para comprobar su correcto funcionamiento. El hardware y el software de las máquinas electrónicas de voto no dispusieron de protección contra el ataque de hackers y piratas informáticos, lo que hace temer que pudieran haber habido manipulación e interferencia en el proceso de votación.
El Congreso aprobó fondos por valor de 4 mil millones de dólares para mejorar estos ingenios de voto electrónico. Pero ocho años después, no todas las máquinas electorales de este tipo disponen de la capacidad de emisión de recibos. Ni se ha avanzado lo suficiente en la provisión de garantías de funcionamiento y acceso al hardware y al software electoral.
THE NEW YORK TIMES expresaba este verano sus temores de que las iniciativas legislativas sobre el voto electrónico creen más problemas de los que resuelvan. El diario denuncia que la ley Feinstein-Bennett ha sido condescendiente con los fabricantes de las máquinas electrónicas de voto y con la burocracia electoral, al concederles un plazo demasiado largo –hasta 2014- para renovar sus aparatos y cambiarlos por otros que suministren recibos solventes y acreditados del voto emitido.
Pero, aparte de las sospechas generadas por el proceso electrónico de voto, otras irregularidades han sido denunciadas en las últimas citas electorales.
SOMBRAS DE FRAUDE
En Florida, en las elecciones de 2000 ganadas por George W. Bush, se privó del voto, sin fundamento legal para hacerlo, a 30.000 negros, se infló el censo en algunas zonas. Las endemoniadas papeletas-mariposa indujeron al error en el voto a centenares, quizás miles de votantes. Pero, sobre todo, se interrumpió, por decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos un recuento manual de votos, cuando la distancia entre Bush y Gore se acortaba dramáticamente. Al final, el candidato republicano ganó por 537 votos.
En realidad, Florida es el ejemplo patente de un fracaso de la democracia. ¿Quien no se acuerda de la bochornosa noche electoral de noviembre de 2000?
Votos que no se contaron, votos que fueron a parar a un candidato distinto al que los electores habían señalado, burocracia inepta, mecanismos obsoletos, diseños torpes y manejo interesado y sospechoso del tinglado.
La polémica puso en evidencia algo que algunos expertos venían denunciado desde hace décadas, pero que nadie quería escuchar: la maquinaria electoral norteamericana no funciona bien y, por tanto, es vulnerable a la manipulación, pero no la que puedan realizar modestamente ciudadanos desaprensivos, sino la más perniciosa, la impulsada y orquestada desde distintas esferas de poder.
A pesar del escándalo de Florida, no se tomaron las medidas oportunas para que las irregularidades, torpezas y manipulaciones que sembraron de sospechas la democracia electoral norteamericana no se repitieran. Cuatro años después, en las elecciones presidenciales de 2004, ocurrió justo todo lo contrario. De todos los casos, nos detendremos quizás en el más grave: Ohio.
Centenares, miles de personas de los barrios más humildes de las ciudadanes de Ohio aguardaron hasta ocho horas debajo de paraguas para expresar su deseo electoral. ¿Qué paso? ¿Incompetencia, manipulación, fraude? Hay valoraciones para todos los gustos.
- A pesar de un incremento notable del registro de potenciales votantes, muchos de ellos se vieron privados del derecho al sufragio por razones administrativas poco convincentes.
- Por mala gestión de los colegios electorales, los ciudadanos se vieron obligados a soportar colas de cuatro y cinco horas, bajo la lluvia.
- Algunos colegios tuvieron que cerrar por no disponer de máquinas de voto electrónico.
- A muchos ciudadanos, especialmente de raza negra, más inclinados a votar a los demócratas, se les negó su voto provisional, el que se emite a falta de algún requisito, a la espera de ser verificado su legitimidad. La tasa de rechazo fue superior al 50%, muy por encima de la media habitual en este tipo de operaciones electorales.
- Información confusa y engañosa por parte del Secretario de Estado Blackwell (a la sazón, viceresponsable de la campaña de Bush en Ohio), sobre los lugares de voto de la gente que no podía hacerlo el día de las elecciones, los llamados “votos en ausencia”.
El que fuera candidato a gobernador de Ohio por el Partido Verde, Bob Fritakis, es coautor de un libro titulado “Cómo se robaron las elecciones presidenciales en Ohio”, en el que detalla alguna de estas irregularidades.
Por ejemplo, en la capital del Estado, Columbus, los colegios de los barrios de clara preferencia demócratas no contaron con suficientes máquinas electorales, lo que provocó hasta siete horas de cola para votar, con el consiguiente abandono de los votantes. Responsables de la administración electoral reconocieron que el Condado de Franklin 68 máquinas no se instalaron y otras 77 dieron problemas de funcionamiento. Esta escasez de aparatos se repitió en otros distritos con fuerte presencia afroamericana e hispana, más inclinada hacia los demócratas. A pesar del incremento de cien mil votantes registrado en el censo, hubo menos máquinas a disposición de los electores. La participación en estos colegios fue de algo más del 52%.
Mientras, en los colegios de tendencia republicana, no faltaron las máquinas, no hubo tantas colas y la participación superó el 76%, una diferencia del 25%. En otros lugares de Ohio donde no hubo problemas con las máquinas (por ejemplo, Cincinnati) la diferencia de participación entre los colegios de mayoría republicana y demócrata rondaron el 10%.
Un estudio del Washington Post indicaba que seis de los siete distritos con menos máquinas votaron a Kerry, mientras 27 de los 30 distritos con más máquinas votaron a Bush. Ninguno de los funcionarios que estuvieron en los colegios de los barrios latinos sabía español y las instrucciones solo estaban en inglés.
Otra de las prácticas más polémicas fue la campaña de impugnaciones puesta en marcha por el Partido Republicano en barrios populares de las ciudades de Ohio, donde la mayoría era afroamericana o latina, inclinada a votar a los demócratas. Basándose en la excusa de que muchos de sus envíos de propaganda electoral habían sido devueltos, iniciaron una agresiva campaña que cuestionaba la capacidad de elección de muchos ciudadanos que figuraban en el censo, extendiendo la sospecha de que habían cambiado de domicilio.
Kerry concedió la victoria a Bush, que ganó oficialmente por sólo 118.000 votos. Pero los demócratas presentaron una reclamación que afectaba a más de 150.000 votos. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera actuado con rigor en la gestión de las reclamaciones? La polémica decayó sorprendentemente en los medios de comunicación, pero algunos periodistas dijeron “off the record” que habían recibido instrucciones de sus empresas de olvidarse del asunto.
Hasta que la congresista por Ohio Tubb Jones, recientemente fallecida, se decidió a dar el paso, el día de Reyes de 2005 y provocó un debate parlamentario. Pero sus compañeros del Capitolio, con alguna excepción, no se atrevieron a apoyarla.
A muchos sorprenderá saber que el fraude tiene una larga tradición en las elecciones norteamericanas. El periodista británico Andrew Gumble, testigo de las chapuzas de Florida se puso a investigar históricamente el fenómeno y ha dejado escrito un inquietante libro con el inequícovo título de “Steal this vote” (“Roba este voto”).
Las organizaciones cívicas promotoras del efectivo derecho de voto temen que el esperado incremento de participantes en estas elecciones presidenciales creen un problema nuevo: la saturación de los recursos oficiales.
Es muy probable que en los colegios electorales escasee el personal administrativo, que no haya funcionarios que sepan ayudar a votantes no anglo-parlantes, que de nuevo falten máquinas en distritos poblados por minorías, que muchos votantes se encuentren con que su derecho a votar ha sido impugnado por alguien a quien desconocen, o que su nombre no aparece en la lista por algún problema inesperado.
Las ongs vigilantes con la limpieza electoral antes mencionadas están denunciando estos días inquietantes maniobras en Virginia, en Florida, en Ohio y en otros estados reñidos. Como ya ocurrió en 2000 y 2004, se están detectando disfunciones en el registro de votantes, purga del censo y supresión del derecho de sufragio de potenciales votantes.
Habrá que esperar a comprobar si las cautelas adoptadas y algunas reformas reclamadas por los medios más responsables y la sociedad civil organizada consiguen superar la sombra de sospecha que permanece enquistada en el proceso electoral norteamericano.
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