2 de enero de 2009
Los políticos israelíes creen que han ganado la guerra a Hamás, aunque no hayan terminado aún las operaciones militares y sigan considerando la más extrema de las opciones: una ocupación completa del territorio.
Podrán proclamar que han destruido la infraestructura civil, policial y militar del Movimiento de Resistencia Islámico palestino. Podrán proclamar que los ciudadanos israelíes de Askhelon, Sderot y otras pequeñas poblaciones del sur volverán a dormir tranquilos. Podrán proclamar que el Estado hebreo y su inefable brazo armado han vuelto a cumplir con su compromiso sagrado de velar por la seguridad del país. Podrán proclamar que los enemigos de Israel –en particular, los más cercanos- son hoy más débiles que ayer. En definitiva, podrán cantar victoria.
Pero Israel ha perdido esta guerra. Tarde o temprano, se darán cuenta. Igual que tardaron en advertir que perdieron, por segunda vez, la guerra del Líbano en 2006. Porque las guerras basadas en castigos colectivos terminan perdiéndose, por muy abrumadoramente eficaz que se constate la superioridad militar sobre el terreno.
Un general israelí le dijo el martes al corresponsal de la BCC que no pararían hasta derribar el último edificio de Hamas en Gaza. Esa declaración expresa hasta qué punto se ha alejado Israel de la realidad. La clase política israelí está profundamente desprestigiada: más que nunca en su historia. Los militares han constituido siempre la columna vertebral del proyecto político de Israel. Han sido militares la mayoría de sus dirigentes históricos. Todo ciudadano israelí es, potencialmente, un soldado. En algún momento de su vida. O mejor: en cualquier momento de su vida.
Pero también al estamento armado ha llegado el desprestigio. Los militares del siglo XXI no poseen la autoridad moral, la altura de miras y el sentido del Estado de los que asumieron la responsabilidad de hacer viable el proyecto sionista. Hoy son funcionarios seducidos por el poder de una tecnología superior a la de sus vecinos y deformados por la práctica abusiva de la impunidad.
El Ejército israelí que emergió victorioso de las guerras contra sus vecinos árabes se pudrió en el combate sordo, insidioso y fatal contra la resistencia palestina en los ochenta y noventa. Y la puntilla a su prestigio se la dio un movimiento islámico que anidó en el sitio más imprevisible de la zona: el tradicionalmente laico, moderno y filooccidental Líbano. En realidad, Israel contribuyó a crear, alimentar y engrandecer el monstruo que terminó destrozando el elemento de prestigio de que le quedaba. Si los palestinos habían arruinado su argumento moral, los milicianos de Hezbollah acabaron con el mito de su imbatibilidad militar.
Hamas está llamado a ser una segunda edición de ese fracaso. Decía estos días Daoud Kuttab, un periodista palestino, en las páginas del Washington Post que Israel ha revivido a Hamas. Puede tener bastante razón. Según un estudio patrocinado por la Fundación Friedrich Ebert, la popularidad y el apoyo público a Hamas habrían descendido dramáticamente entre la población palestina. Por primera vez en una década, la tendencia mostraba un apoyo creciente a Fatah y decreciente a los islámicos de Hamas. El poder desgasta, incluso a quienes creen que su reino no de es de este mundo.
Pero la desproporcionada y electoralista operación militar israelí en la franja de Gaza puede, a medio plazo, invertir esta tendencia. Tendría Israel que aniquilar cualquier vestigio del Movimiento islámico palestino, y eso es, casi por definición, imposible. Tarde o temprano, los islámicos se reconstruirán, como lo ha hecho Hezbollah. Habrán matado a 500 personas, habrán sembrado odio y habrán teñido las elecciones de sangre. Pero en el castigo colectivo contra una población marcada por la miseria, el aislamiento y la desesperanza llevarán la cruda penitencia.
Pocos son los que son capaces de advertir este peligro. El diario HAARETZ, conciencia crítica de Israel, es prácticamente el único medio que llama la atención sobre los riesgos y la “inutilidad” de estos ataques desproporcionados con respecto a la amenaza que soportan las ciudades meridionales israelíes. Las encuestas avalan el apoyo popular a la operación militar en Gaza: siete de cada diez ciudadanos. El laborista Ehud Barak, ministro de Defensa, responsable político directo de lo que ocurre, ha subido en apreciación popular y está en condiciones de retar a Netanyahu y a Livni en las elecciones de febrero. Hace una semana parecía condenado a la derrota.
Unas líneas sobre la comunidad internacional. De la administración Bush no se esperaba equilibrio ni diplomacia constructiva. La gestiones en favor de una tregua llegan muy tarde y se antojan hipócritas después de haber avalado sin fisuras la operación militar israelí.
Europa clama por una tregua, que difícilmente llegará a tiempo. Es posible que Francia consiga cierta pausa en las operaciones y seguramente veremos a Sarkozy en primera fila. ¿Cuánto tiempo tardarán los contribuyentes europeos en levantar lo que Israel ha destruido con su inútil precisión?
En cuanto a los países árabes, el NEW YORK TIMES ponía de manifiesto estos días cómo la masacre de Gaza puede echar por tierra los intentos de reconciliación de los últimos meses, El acercamiento de Siria a Egipto y al reino saudí puede malograrse. Los Hermanos Musulmanes ya han empezado a criticar con dureza a Mubarak por no abrir la frontera con Gaza. Teme el raïs egipcio una avalancha palestina, pero sobre todo la “infección islámica”.
Más inquietante es el silencio de Obama. Miembros de su equipo han dicho que que Estados Unidos sólo tiene un presidente. ¿Elegancia o escapismo? Obama tuvo un gran empeño en presentarse como “amigo de Israel”, cuando la campaña aún se hallaba en pleno desarrollo. Luego escogió a su principal rival y reputada pro-israelí, Hillary Clinton, como jefa de su diplomacia. ¿Se verá obligado a compensar este sesgo? ¿Preferirá encargar ese cometido a su Consejera de Seguridad Nacional? Obama prometió implicarse a fondo en el gran fracaso de la política exterior norteamericana desde Yalta: la frustrada paz en Oriente Medio.
¿Será Obama un presidente distinto a los anteriores, no ya en los resultados, sino en la naturaleza de su empeño? ¿Rescatará, adaptándolos, los parámetros de Clinton, o fabricará un nuevo plan de paz?
Dicen los políticos israelíes, que Israel lleva décadas resistiendo planes de paz americanos. ¿Resistirá el encanto de Obama o lo situará en la galería de las mortales promesas incumplidas?
MIEDO A LA GUERRA EN NAVIDAD EN PALESTINA
26 de diciembre de 2008
El riesgo de una operación militar israelí contra centros neurálgicos de Hamas en Gaza es muy alto. La tregua de seis meses iniciada a mitad de junio ha concluido, después de unos pocos días de prórroga, en las vísperas de Navidad.
Para renovar la tregua, Hamas había exigido el levantamiento del implacable bloqueo al que Israel somete a la franja desde que el movimiento islámico obtuviera el gobierno del territorio, hace año y medio. Ante la negativa israelí, los islámicos palestinos iniciaron una serie de ataques con cohetes Qassan -hasta Navidad, más de doscientos- sobre varias aldeas y ciudades del sur de Israel. Se han producido numerosos daños materiales, pero sólo heridos leves. En las respuestas israelíes han muerto seis palestinos. Pero se trata de respuestas limitadas, no de la gran respuesta.
Israel celebra elecciones el 10 de febrero. Por tanto, los dirigentes políticos se encuentran bajo presión para decidir qué hacer con Hamas. Lo que se está oyendo y leyendo estos días en Israel no invita al optimismo. Hay miedo y angustia ante la más que probable escalada, de desarrollo terrible y desenlace incierto.
El gobierno duda. El primer ministro, Ehud Olmert, más que un pato cojo es un político desprestigiado por un escándalo de corrupción que le ha obligado a tirar la toalla del pugilato político. Después de unos primeros días de invocación a la prudencia y a la retención, Olmert lanzó un ultimátum a Hamas. Pero escogió un procedimiento singular: una alocución directa a los habitantes de Gaza, a través de la cadena de televisión Al Arabiya, para que se libraran de su gobierno “opuesto al espíritu del Islam”.
Olmert no quiere declarar la guerra, piensan algunos analistas. No quiere despedirse del gobierno con más sangre y con demasiadas dudas sobre el resultado de la operación. Solo recordar lo ocurrido hace un par de año en Líbano le debe producir sudores fríos.
Otros analistas, en cambio, creen que Olmert se encuentra demasiado presionado y antes de tener que empezar a lamentar muertos entre la población israelí, se ha resignado a una operación militar de envergadura. Si no se ha producido todavía, sería por el mal tiempo reinante en Tierra Santa. Porque de lo que se trataría es de operaciones aéreas selectivas, de tal intensidad y pretendida eficacia que no fuera necesaria la intervención terrestre.
El debate está abierto sobre el alcance de la respuesta.
Los halcones –en el Ejército, en la Knesset y en los periódicos- reclaman un escarmiento. Pero no uno más, el definitivo: “la erradicación de Hamas”, de una vez por todas. El ex-jefe de la inteligencia militar, Yossi Ben Ari, escribía hace unos días en YEDIOT AHORONOT que Israel debe liberarse de las trabas que le han impedido solucionar la cuestión Hamas desde hace tiempo. Cree que se ha “quemado la tregua para nada” y sostiene que “el supremo objetivo tiene que ser la eliminación de Hamas y el final del control que ejerce sobre las instituciones del gobierno palestino”.
No obstante, Ben Ari advierte sobre la inconveniencia de una operación militar masiva y aconseja una estrategia basada en cuatro componentes: ocupación de territorio en torno a la localidad de Rafah (la llamada “ruta Filadelpahia”), para cercenar el aprovisionamiento de Hamas, la eliminación de cabecillas islámicos, ataques aéreos precisos y escogidos y sumo cuidado con no infligir daños a la población civil.
Los palomas aconsejan actuar con prudencia. Se oponen a la operación militar y recomiendan, por el contrario, que Israel revise ciertas políticas que han fortalecido más que debilitado a Hamas en Gaza. El diario de izquierda moderada HAARETZ señala el fracaso de una política de “castigo colectivo”, que ha consistido en bloquear la franja, estrangular su economía y, en consecuencia, hacer muy difícil la vida diaria de la población. “El gobierno debe abandonar de una vez por todas su objetivo de meter al genio de Hamas de nuevo en la botella”. Por el contrario, debe “convencer a los palestinos de que existe una alternativa viable a la ideología de Hamas”, concluye HAARETZ.
LE MONDE se convierte en portavoz de las sensibilidades europeas, al calificar a Gaza como “prisión a cielo abierto” y reclama para sus habitantes una dignidad siempre burlada por todos: israelíes, islamistas, autoridad palestina y vecinos árabes.
Portavoz tradicional de las inquietudes y aspiraciones de buena parte de la comunidad judía norteamericana, THE NEW YORK TIMES publicó hace unos días un reportaje sobre la celebración del vigésimo primer aniversario de Hamas, que protagonizó la primera Intifada palestina. El corresponsal se sorprendía de la enorme audiencia del acto: cerca de 200.000 asistentes, para una población de millón y medio de personas, pese a las restricciones y los problemas impuestos por el bloqueo israelí.
Uno de los históricos dirigentes de la izquierda laborista, Yossi Beilin, afirma que Israel “no debe embarcarse en una operación militar”; al contrario, debe mostrar su buena voluntad levantando el bloqueo, facilitando la llegada de productos para satisfacer las necesidades de la población. Para ello, es preciso la colaboración de Egipto.
El vecino árabe es el más preocupado por el curso de los acontecimientos. Trata por todos los medios de frenar la represalia israelí, porque teme muchas de sus consecuencias: oleada de refugiados, recrudecimiento de los enfrentamientos internos palestinos e incremento de la presión de los radicales palestinos dentro de sus propias fronteras. Mubarak ha invitado a la jefa de la diplomacia israelí, Tzipi Livni, para explicarle que el gobierno del que forma parte debe resistir la tentación.
Pero Livni no es carta apaciguadora. Más que integrante destacada de un ejecutivo acabado, es la candidata de su partido, Kadima, a dirigir el futuro gobierno. A Livni le presionan mucho de sus correligionarios que no quieren pasar por tibios, ante las bravatas del líder de la derecha más radical, Benjamín Netanyahu, que proclama abiertamente la solución más dura contra Hamas. No hace falta recordar que el aguerrido Bibi es favorito destacado en los sondeos.
Si se impone la respuesta militar, Hillary Clinton tendrá que poner enseguida a prueba esos poderes extendidos que THE NEW YORK TIMES aseguraba esta semana que había conseguido para la Secretaría de Estado. Más poderes, tal vez, Pero muchos frentes abiertos y muy esquivas soluciones.
El riesgo de una operación militar israelí contra centros neurálgicos de Hamas en Gaza es muy alto. La tregua de seis meses iniciada a mitad de junio ha concluido, después de unos pocos días de prórroga, en las vísperas de Navidad.
Para renovar la tregua, Hamas había exigido el levantamiento del implacable bloqueo al que Israel somete a la franja desde que el movimiento islámico obtuviera el gobierno del territorio, hace año y medio. Ante la negativa israelí, los islámicos palestinos iniciaron una serie de ataques con cohetes Qassan -hasta Navidad, más de doscientos- sobre varias aldeas y ciudades del sur de Israel. Se han producido numerosos daños materiales, pero sólo heridos leves. En las respuestas israelíes han muerto seis palestinos. Pero se trata de respuestas limitadas, no de la gran respuesta.
Israel celebra elecciones el 10 de febrero. Por tanto, los dirigentes políticos se encuentran bajo presión para decidir qué hacer con Hamas. Lo que se está oyendo y leyendo estos días en Israel no invita al optimismo. Hay miedo y angustia ante la más que probable escalada, de desarrollo terrible y desenlace incierto.
El gobierno duda. El primer ministro, Ehud Olmert, más que un pato cojo es un político desprestigiado por un escándalo de corrupción que le ha obligado a tirar la toalla del pugilato político. Después de unos primeros días de invocación a la prudencia y a la retención, Olmert lanzó un ultimátum a Hamas. Pero escogió un procedimiento singular: una alocución directa a los habitantes de Gaza, a través de la cadena de televisión Al Arabiya, para que se libraran de su gobierno “opuesto al espíritu del Islam”.
Olmert no quiere declarar la guerra, piensan algunos analistas. No quiere despedirse del gobierno con más sangre y con demasiadas dudas sobre el resultado de la operación. Solo recordar lo ocurrido hace un par de año en Líbano le debe producir sudores fríos.
Otros analistas, en cambio, creen que Olmert se encuentra demasiado presionado y antes de tener que empezar a lamentar muertos entre la población israelí, se ha resignado a una operación militar de envergadura. Si no se ha producido todavía, sería por el mal tiempo reinante en Tierra Santa. Porque de lo que se trataría es de operaciones aéreas selectivas, de tal intensidad y pretendida eficacia que no fuera necesaria la intervención terrestre.
El debate está abierto sobre el alcance de la respuesta.
Los halcones –en el Ejército, en la Knesset y en los periódicos- reclaman un escarmiento. Pero no uno más, el definitivo: “la erradicación de Hamas”, de una vez por todas. El ex-jefe de la inteligencia militar, Yossi Ben Ari, escribía hace unos días en YEDIOT AHORONOT que Israel debe liberarse de las trabas que le han impedido solucionar la cuestión Hamas desde hace tiempo. Cree que se ha “quemado la tregua para nada” y sostiene que “el supremo objetivo tiene que ser la eliminación de Hamas y el final del control que ejerce sobre las instituciones del gobierno palestino”.
No obstante, Ben Ari advierte sobre la inconveniencia de una operación militar masiva y aconseja una estrategia basada en cuatro componentes: ocupación de territorio en torno a la localidad de Rafah (la llamada “ruta Filadelpahia”), para cercenar el aprovisionamiento de Hamas, la eliminación de cabecillas islámicos, ataques aéreos precisos y escogidos y sumo cuidado con no infligir daños a la población civil.
Los palomas aconsejan actuar con prudencia. Se oponen a la operación militar y recomiendan, por el contrario, que Israel revise ciertas políticas que han fortalecido más que debilitado a Hamas en Gaza. El diario de izquierda moderada HAARETZ señala el fracaso de una política de “castigo colectivo”, que ha consistido en bloquear la franja, estrangular su economía y, en consecuencia, hacer muy difícil la vida diaria de la población. “El gobierno debe abandonar de una vez por todas su objetivo de meter al genio de Hamas de nuevo en la botella”. Por el contrario, debe “convencer a los palestinos de que existe una alternativa viable a la ideología de Hamas”, concluye HAARETZ.
LE MONDE se convierte en portavoz de las sensibilidades europeas, al calificar a Gaza como “prisión a cielo abierto” y reclama para sus habitantes una dignidad siempre burlada por todos: israelíes, islamistas, autoridad palestina y vecinos árabes.
Portavoz tradicional de las inquietudes y aspiraciones de buena parte de la comunidad judía norteamericana, THE NEW YORK TIMES publicó hace unos días un reportaje sobre la celebración del vigésimo primer aniversario de Hamas, que protagonizó la primera Intifada palestina. El corresponsal se sorprendía de la enorme audiencia del acto: cerca de 200.000 asistentes, para una población de millón y medio de personas, pese a las restricciones y los problemas impuestos por el bloqueo israelí.
Uno de los históricos dirigentes de la izquierda laborista, Yossi Beilin, afirma que Israel “no debe embarcarse en una operación militar”; al contrario, debe mostrar su buena voluntad levantando el bloqueo, facilitando la llegada de productos para satisfacer las necesidades de la población. Para ello, es preciso la colaboración de Egipto.
El vecino árabe es el más preocupado por el curso de los acontecimientos. Trata por todos los medios de frenar la represalia israelí, porque teme muchas de sus consecuencias: oleada de refugiados, recrudecimiento de los enfrentamientos internos palestinos e incremento de la presión de los radicales palestinos dentro de sus propias fronteras. Mubarak ha invitado a la jefa de la diplomacia israelí, Tzipi Livni, para explicarle que el gobierno del que forma parte debe resistir la tentación.
Pero Livni no es carta apaciguadora. Más que integrante destacada de un ejecutivo acabado, es la candidata de su partido, Kadima, a dirigir el futuro gobierno. A Livni le presionan mucho de sus correligionarios que no quieren pasar por tibios, ante las bravatas del líder de la derecha más radical, Benjamín Netanyahu, que proclama abiertamente la solución más dura contra Hamas. No hace falta recordar que el aguerrido Bibi es favorito destacado en los sondeos.
Si se impone la respuesta militar, Hillary Clinton tendrá que poner enseguida a prueba esos poderes extendidos que THE NEW YORK TIMES aseguraba esta semana que había conseguido para la Secretaría de Estado. Más poderes, tal vez, Pero muchos frentes abiertos y muy esquivas soluciones.
LOS ZAPATOS PERDIDOS
19 de diciembre de 2008
El periodista iraquí que lanzó sus zapatos contra el todavía presidente de Estados Unidos, George W. Bush, no dio en el blanco. En realidad, si lo hizo, porque en la cultura árabe, la ofensa consiste en el gesto, no en la eficacia con que se ejecute.
A estas alturas, no es que sean precisos muchos golpes mediáticos de efecto para poner en evidencia el fracaso de una política, de una administración y de un modelo de ejercer el liderazgo mundial.
Pero los zapatos aparentemente perdidos del periodista iraquí han servido para contribuir a que no se olvide la responsabilidad de un puñado de dirigentes increíblemente irresponsables y enormemente dañinos.
La prensa progresista norteamericana se pregunta estos días si el escrutinio político de W. deberá terminar- cuando Obama jure su cargo el 20 de enero.
“Es preciso juzgar a Bush? ¿Pueden prescribir los crímenes de guerra cometidos durante su mandato?”, se pregunta THE NATION.
Pero incluso esa otra prensa más bien neutra, que se cuida muy mucho de no alejarse en exceso del establishment, publica las escandalosas evidencias que han convertido a la administración en candidata a ser llevada ante el Tribunal de La Haya.
THE NEW YORK TIMES se ha extendido en numerosas ocasiones sobre el terrible significado de Guantánamo. Menos conocido, un artículo de THE WASHINGTON POST describía hace unos días el funcionamiento de Camp Bucca y otros penales norteamericanos en el país ocupado (véase el articulo titulado “En Iraq, una prisión llena de gente inocente”). Los responsables de decidir sobre la suerte de los presos –ninguno de ellos, abogado- no consideraban si éstos eran inocentes o no, sino si su puesta en libertad entrañaba “inseguridad” para los intereses de Estados Unidos.
Para compensar esta fundamental desviación de cualquier sistema judicial democrático, los militares norteamericanos encargados del funcionamiento de las cárceles han proporcionado a los internos todo tipo de estímulos rehabilitadores, actividades formativas e imaginativos entretenimientos.
Bucca era, hace unos meses, un feudo de los jihadistas, según el Pentágono. El POST, sin embargo, apunta que los partidarios de Al Qaeda o de los grupos radicales chiíes no llegaban a la cuarta parte, e incluso siete de cada diez ni siquiera eran musulmanes practicantes activos. Los que se van, cuando se van, siguen convencidos de que se está cometiendo una injusticia estructural. "Aunque hayan convertido este lugar en un paraíso, sigue siendo una prisión llena de gente inocente”, comentaba uno de los reclusos al dejar la cárcel.
Bucca –todas las prisiones como ella- constituyen un Guantánamo menos conocido, pero cien veces más grande. La administración Bush sigue defendiendo su necesidad, pese a las abrumadoras pruebas que evidencian su perversidad. Pero los supuestos crímenes no empezaron en Guantámo. Ni en Abu Ghraib.
El demonio se desplegó cuando se decidió bombardear, invadir y ocupar Iraq, condicionar las decisiones sobre su orientación política y estratégica y controlar sus fuentes de riqueza. La muerte de cientos de miles de personas están tan injustificadas hoy como lo estaba en marzo de 2003 la operación que ha ocasionado todo el desastre.
“El abuso de los detenidos bajo custodia norteamericana no puede ser simplemente atribuido a unas cuantas ‘manzanas podridas’ que actuaron a su antojo. El hecho es que altos funcionarios en el gobierno de Estados Unidos solicitaron información sobre cómo usar técnicas agresivas, redefinieron la ley para crear una apariencia de legalidad y autorizaron su uso contra los detenidos”.
El texto no es obra de una Ong de derechos humanos. Lo firman dos senadores, uno demócrata, Carl Levin, y otro republicano, un tal John McCain, al que no hace falta presentar.
Pero la cuestión ahora no es establecer si la administración Bush ha actuado de forma criminal, sino qué respuesta va a producirse. Ya han aflorado numerosas iniciativas civiles en muchos lugares del mundo en pos de justicia. ¿Qué se hará en Estados Unidos? ¿Qué hará el nuevo presidente?
Obama –recuerda THE NATION- dijo en abril que si era elegido, revisaría las actuaciones de la administración Bush para “distinguir entre “crímenes genuinos” y “políticas realmente malas”. Y se comprometió a instruir a su fiscal general para que investigara lo ocurrido estos años. Y resulta que el hombre que Obama ha elegido para ese puesto, Eric Holder, manifestó el pasado mes de junio que lo cometido en Irak se acerca más a la consideración de “crímenes genuinos” que a la de “políticas realmente malas”. Item más. La Constitución y las leyes obligan a Obama a actuar de forma determinante en la persecución y castigo de prácticas como la tortura, la detención ilegal, los crímenes encubiertos (y los descubiertos). Así se lo han recordado recientemente varios profesores de derecho, un amplio panel de juristas y no pocas legisladores, incluidos algunos republicanos.
Y sin embargo....
No parece probable que Obama tenga energía y caudal político para el desafío de rendir cuentas éticas con la historia. Primero, porque tendrá al frente del Pentágono a un hombre como Robert Gates que, si bien no diseñó la horripilante estrategia militar, ha terminado asumiéndola como parte del último equipo republicano. Segundo, porque necesita el voto de influyentes lideres republicanos para hacer avanzar decisiones desesperadas en materia económica y social. Tercero, porque no encaja en su estilo conciliador y pragmático.
Habría que darse con un canto en los dientes si Obama realmente cierra Guantánamo cuanto antes e introduce procedimientos propios de la justicia regular en cárceles y centros de detención. Si presenta un plan claro, comprometido y realizable de retirada militar en plazos razonablemente realistas. Si pasa, de verdad, página.
Todo lo demás dejará probablemente de hacerse. Y eso si serán “zapatos perdidos”. Para vergüenza de la historia.
El periodista iraquí que lanzó sus zapatos contra el todavía presidente de Estados Unidos, George W. Bush, no dio en el blanco. En realidad, si lo hizo, porque en la cultura árabe, la ofensa consiste en el gesto, no en la eficacia con que se ejecute.
A estas alturas, no es que sean precisos muchos golpes mediáticos de efecto para poner en evidencia el fracaso de una política, de una administración y de un modelo de ejercer el liderazgo mundial.
Pero los zapatos aparentemente perdidos del periodista iraquí han servido para contribuir a que no se olvide la responsabilidad de un puñado de dirigentes increíblemente irresponsables y enormemente dañinos.
La prensa progresista norteamericana se pregunta estos días si el escrutinio político de W. deberá terminar- cuando Obama jure su cargo el 20 de enero.
“Es preciso juzgar a Bush? ¿Pueden prescribir los crímenes de guerra cometidos durante su mandato?”, se pregunta THE NATION.
Pero incluso esa otra prensa más bien neutra, que se cuida muy mucho de no alejarse en exceso del establishment, publica las escandalosas evidencias que han convertido a la administración en candidata a ser llevada ante el Tribunal de La Haya.
THE NEW YORK TIMES se ha extendido en numerosas ocasiones sobre el terrible significado de Guantánamo. Menos conocido, un artículo de THE WASHINGTON POST describía hace unos días el funcionamiento de Camp Bucca y otros penales norteamericanos en el país ocupado (véase el articulo titulado “En Iraq, una prisión llena de gente inocente”). Los responsables de decidir sobre la suerte de los presos –ninguno de ellos, abogado- no consideraban si éstos eran inocentes o no, sino si su puesta en libertad entrañaba “inseguridad” para los intereses de Estados Unidos.
Para compensar esta fundamental desviación de cualquier sistema judicial democrático, los militares norteamericanos encargados del funcionamiento de las cárceles han proporcionado a los internos todo tipo de estímulos rehabilitadores, actividades formativas e imaginativos entretenimientos.
Bucca era, hace unos meses, un feudo de los jihadistas, según el Pentágono. El POST, sin embargo, apunta que los partidarios de Al Qaeda o de los grupos radicales chiíes no llegaban a la cuarta parte, e incluso siete de cada diez ni siquiera eran musulmanes practicantes activos. Los que se van, cuando se van, siguen convencidos de que se está cometiendo una injusticia estructural. "Aunque hayan convertido este lugar en un paraíso, sigue siendo una prisión llena de gente inocente”, comentaba uno de los reclusos al dejar la cárcel.
Bucca –todas las prisiones como ella- constituyen un Guantánamo menos conocido, pero cien veces más grande. La administración Bush sigue defendiendo su necesidad, pese a las abrumadoras pruebas que evidencian su perversidad. Pero los supuestos crímenes no empezaron en Guantámo. Ni en Abu Ghraib.
El demonio se desplegó cuando se decidió bombardear, invadir y ocupar Iraq, condicionar las decisiones sobre su orientación política y estratégica y controlar sus fuentes de riqueza. La muerte de cientos de miles de personas están tan injustificadas hoy como lo estaba en marzo de 2003 la operación que ha ocasionado todo el desastre.
“El abuso de los detenidos bajo custodia norteamericana no puede ser simplemente atribuido a unas cuantas ‘manzanas podridas’ que actuaron a su antojo. El hecho es que altos funcionarios en el gobierno de Estados Unidos solicitaron información sobre cómo usar técnicas agresivas, redefinieron la ley para crear una apariencia de legalidad y autorizaron su uso contra los detenidos”.
El texto no es obra de una Ong de derechos humanos. Lo firman dos senadores, uno demócrata, Carl Levin, y otro republicano, un tal John McCain, al que no hace falta presentar.
Pero la cuestión ahora no es establecer si la administración Bush ha actuado de forma criminal, sino qué respuesta va a producirse. Ya han aflorado numerosas iniciativas civiles en muchos lugares del mundo en pos de justicia. ¿Qué se hará en Estados Unidos? ¿Qué hará el nuevo presidente?
Obama –recuerda THE NATION- dijo en abril que si era elegido, revisaría las actuaciones de la administración Bush para “distinguir entre “crímenes genuinos” y “políticas realmente malas”. Y se comprometió a instruir a su fiscal general para que investigara lo ocurrido estos años. Y resulta que el hombre que Obama ha elegido para ese puesto, Eric Holder, manifestó el pasado mes de junio que lo cometido en Irak se acerca más a la consideración de “crímenes genuinos” que a la de “políticas realmente malas”. Item más. La Constitución y las leyes obligan a Obama a actuar de forma determinante en la persecución y castigo de prácticas como la tortura, la detención ilegal, los crímenes encubiertos (y los descubiertos). Así se lo han recordado recientemente varios profesores de derecho, un amplio panel de juristas y no pocas legisladores, incluidos algunos republicanos.
Y sin embargo....
No parece probable que Obama tenga energía y caudal político para el desafío de rendir cuentas éticas con la historia. Primero, porque tendrá al frente del Pentágono a un hombre como Robert Gates que, si bien no diseñó la horripilante estrategia militar, ha terminado asumiéndola como parte del último equipo republicano. Segundo, porque necesita el voto de influyentes lideres republicanos para hacer avanzar decisiones desesperadas en materia económica y social. Tercero, porque no encaja en su estilo conciliador y pragmático.
Habría que darse con un canto en los dientes si Obama realmente cierra Guantánamo cuanto antes e introduce procedimientos propios de la justicia regular en cárceles y centros de detención. Si presenta un plan claro, comprometido y realizable de retirada militar en plazos razonablemente realistas. Si pasa, de verdad, página.
Todo lo demás dejará probablemente de hacerse. Y eso si serán “zapatos perdidos”. Para vergüenza de la historia.
PREGUNTAS PARA UNA CRISIS SIN RESOLVER
12 de diciembre de 2008
Dos semanas después de los atentados de Bombay, la tensión entre India y Pakistán parece lejos de aplacarse, a pesar de los intentos de la diplomacia norteamericana por generar un clima de cooperación entre las autoridades políticas y policiales de ambos países.
Parece haber cierto consenso sobre los autores de la audaz operación de comando y los detalles de su larga preparación y sorprendente ejecución. El grupo responsable de los ataque sería Lashkar-e-Toiba (“Ejército de los puros”), un grupo armados creado por los servicios de inteligencia pakistaníes hace veinte años para combatir la presencia india en Cachemira, región que Pakistán reclama desde la partición, hace sesenta años. Por presión norteamericana e india, el grupo fue ilegalizado, aunque no necesariamente perseguido
A partir de aquí, todo son dudas e interrogantes sin despejar.
¿Seguía realmente activo ese “ejército de los puros”, o de esa supuesta franquicia del poderoso Servicio de Inteligencia Militar (ISS, en inglés: Interservices Intelligence ) ha quedado su nombre?
¿Qué grado de autonomía tienen estos grupos, se les ponga el nombre que se les ponga y sean lo que sean?
¿Hay realmente posiciones divergentes en el ejército pakistaní sobre la conveniencia de permitir la existencia clandestina de estos grupos? Y en caso afirmativo, ¿ qué intereses expresarían estas divergencias?
Fuentes norteamericanas han señalado al NEW YORK TIMES que se ha detectado presencia de Lashkar en Bangladesh, Afghanistan, áreas tribales pastunes de Pakistan e incluso en Iraq, Militantes de Al Qaeda habrían utilizado pisos francos y escondites de reclutamiento de los “puros”
¿Ha evolucionado Lashkar-e-Toiba desde intereses puramente limitados a Cachemira a una concepción de lucha jihadista más global? ¿Existe realmente una conexión entre los autores de los atentados de Bombay y la constelación encarnada por Bin Laden?
¿Quien manda realmente en Pakistán? ¿Tiene el presidente Zardari (viudo de Bhutto) algún control efectivo sobre las actuaciones del Ejército pakistaní? Por lo mismo, ¿se atrevería Zardari a contravenir una decisión del mando militar? En los primeros días después del atentado sus ofrecimientos de visitas oficiales a la India para ofrecer colaboración y presentar condolencias fueron dolorosamente abortadas por los militares.
La CIA y otros servicios de información están trabajando intensamente con sus homólogos indios en la investigación del atentado. La cooperación entre Washington y Delhi se ha incrementado sustancialmente en la última década. Por eso no es extraño que algunos de los datos más relevantes sobre la madeja de implicaciones, complicidades e hipótesis procedan de los servicios norteamericanos.
¿Qué grado de conocimiento tiene la inteligencia norteamericana del grado de implicación de los servicios secretos militares pakistaníes en la financiación, adiestramiento, suministro y funcionamiento operativo de estos grupúsculos?
India mantiene una intensa actividad de espionaje e inteligencia en Afganistán, todo indica que con la activa colaboración del gobierno de Karzai y de los militares norteamericanos.
¿Por qué fallaron tan estrepitosamente los servicios indios de inteligencia, cuando en febrero ya detectaron la preparación de una operación muy similar a la ejecutada finalmente en noviembre? ¿Estaba la CIA y la inteligencia militar norteamericana al corriente de la información que barajaban los indios?
¿Pudieron impedirse los atentados de Bombay?
Otros interrogantes se refieren no tanto a las intenciones, responsabilidades e implicaciones de los atentados, sino a las consecuencias a medio plazo.
¿Podrá Estados Unidos –esta administración, pero sobre todo la de Obama- mantener bajo control la tensión creciente entre los dos países? ¿Podrá disuadir Washington al gobierno indio de que evite atacar bases militares de los radicales islámicos en Pakistán, si este país no les entrega a los detenidos en los últimos días?
¿Podrá resistir Zardari si la India incrementa la presión y el Ejército, una vez más, se presenta como garante de la unidad y la independencia nacional frente a la amenaza de represalias militares indias?
En caso de que la tensión siga en aumento y Pakistán desplace unidades militares a la frontera con la India desde la zonas tribales pastunes adyacente a Afganistán, ¿se debilitaría la lucha contra las líneas de aprovisionamiento de los talibanes en esas regiones, donde se mueven como peces en el agua?
¿Constituye un escenario inverosímil que las facciones militares pakistaníes más cercanas a los radicales islámicos puede hacer con el control operativo del Ejército y chantajear a India con el arma nuclear?
¿Cómo afectaría una escalada indo-pakistani en la anunciada estrategia de Obama de reforzar los efectivos del Pentágono en Afganistán? En caso de agravamiento de la crisis en el sur de Asia, ¿se verá obligado Obama a acelerar la retirada militar de Irak? O, en caso contrario, ¿soportará la economía norteamericana un esfuerzo militar sostenidos en estos dos escenarios de tan inquietante desarrollo y tan incierto resultado?
Disculpen uds tantas preguntas sin respuestas solventes.
Dos semanas después de los atentados de Bombay, la tensión entre India y Pakistán parece lejos de aplacarse, a pesar de los intentos de la diplomacia norteamericana por generar un clima de cooperación entre las autoridades políticas y policiales de ambos países.
Parece haber cierto consenso sobre los autores de la audaz operación de comando y los detalles de su larga preparación y sorprendente ejecución. El grupo responsable de los ataque sería Lashkar-e-Toiba (“Ejército de los puros”), un grupo armados creado por los servicios de inteligencia pakistaníes hace veinte años para combatir la presencia india en Cachemira, región que Pakistán reclama desde la partición, hace sesenta años. Por presión norteamericana e india, el grupo fue ilegalizado, aunque no necesariamente perseguido
A partir de aquí, todo son dudas e interrogantes sin despejar.
¿Seguía realmente activo ese “ejército de los puros”, o de esa supuesta franquicia del poderoso Servicio de Inteligencia Militar (ISS, en inglés: Interservices Intelligence ) ha quedado su nombre?
¿Qué grado de autonomía tienen estos grupos, se les ponga el nombre que se les ponga y sean lo que sean?
¿Hay realmente posiciones divergentes en el ejército pakistaní sobre la conveniencia de permitir la existencia clandestina de estos grupos? Y en caso afirmativo, ¿ qué intereses expresarían estas divergencias?
Fuentes norteamericanas han señalado al NEW YORK TIMES que se ha detectado presencia de Lashkar en Bangladesh, Afghanistan, áreas tribales pastunes de Pakistan e incluso en Iraq, Militantes de Al Qaeda habrían utilizado pisos francos y escondites de reclutamiento de los “puros”
¿Ha evolucionado Lashkar-e-Toiba desde intereses puramente limitados a Cachemira a una concepción de lucha jihadista más global? ¿Existe realmente una conexión entre los autores de los atentados de Bombay y la constelación encarnada por Bin Laden?
¿Quien manda realmente en Pakistán? ¿Tiene el presidente Zardari (viudo de Bhutto) algún control efectivo sobre las actuaciones del Ejército pakistaní? Por lo mismo, ¿se atrevería Zardari a contravenir una decisión del mando militar? En los primeros días después del atentado sus ofrecimientos de visitas oficiales a la India para ofrecer colaboración y presentar condolencias fueron dolorosamente abortadas por los militares.
La CIA y otros servicios de información están trabajando intensamente con sus homólogos indios en la investigación del atentado. La cooperación entre Washington y Delhi se ha incrementado sustancialmente en la última década. Por eso no es extraño que algunos de los datos más relevantes sobre la madeja de implicaciones, complicidades e hipótesis procedan de los servicios norteamericanos.
¿Qué grado de conocimiento tiene la inteligencia norteamericana del grado de implicación de los servicios secretos militares pakistaníes en la financiación, adiestramiento, suministro y funcionamiento operativo de estos grupúsculos?
India mantiene una intensa actividad de espionaje e inteligencia en Afganistán, todo indica que con la activa colaboración del gobierno de Karzai y de los militares norteamericanos.
¿Por qué fallaron tan estrepitosamente los servicios indios de inteligencia, cuando en febrero ya detectaron la preparación de una operación muy similar a la ejecutada finalmente en noviembre? ¿Estaba la CIA y la inteligencia militar norteamericana al corriente de la información que barajaban los indios?
¿Pudieron impedirse los atentados de Bombay?
Otros interrogantes se refieren no tanto a las intenciones, responsabilidades e implicaciones de los atentados, sino a las consecuencias a medio plazo.
¿Podrá Estados Unidos –esta administración, pero sobre todo la de Obama- mantener bajo control la tensión creciente entre los dos países? ¿Podrá disuadir Washington al gobierno indio de que evite atacar bases militares de los radicales islámicos en Pakistán, si este país no les entrega a los detenidos en los últimos días?
¿Podrá resistir Zardari si la India incrementa la presión y el Ejército, una vez más, se presenta como garante de la unidad y la independencia nacional frente a la amenaza de represalias militares indias?
En caso de que la tensión siga en aumento y Pakistán desplace unidades militares a la frontera con la India desde la zonas tribales pastunes adyacente a Afganistán, ¿se debilitaría la lucha contra las líneas de aprovisionamiento de los talibanes en esas regiones, donde se mueven como peces en el agua?
¿Constituye un escenario inverosímil que las facciones militares pakistaníes más cercanas a los radicales islámicos puede hacer con el control operativo del Ejército y chantajear a India con el arma nuclear?
¿Cómo afectaría una escalada indo-pakistani en la anunciada estrategia de Obama de reforzar los efectivos del Pentágono en Afganistán? En caso de agravamiento de la crisis en el sur de Asia, ¿se verá obligado Obama a acelerar la retirada militar de Irak? O, en caso contrario, ¿soportará la economía norteamericana un esfuerzo militar sostenidos en estos dos escenarios de tan inquietante desarrollo y tan incierto resultado?
Disculpen uds tantas preguntas sin respuestas solventes.
LAS AGUAS HIRVIENTES DE ASIA
5 de diciem bre de 2008
Si hubiera todavía alguna duda, los atentados de Bombay han desplazado el centro de gravedad de la seguridad internacional hacia el Asia central meridional. No es que otras zonas geoestratégicas dejen de preocupar en Washington, pero todo parece indicar que las prioridades de la agenda exterior de Obama están ya fijadas.
En la estrategia del “gran juego” del siglo XIX, esa zona se consideraba vital por su proximidad a las denominadas “aguas cálidas”, a la vez vía de acceso de la Rusia zarista a los mares del sur y centro neurálgico de las rutas comerciales del Imperio británico en el Extremo Oriente.
Esas “aguas cálidas” están ahora hirviendo. Allí se concentran conflictos relacionados entre si y entrelazados hasta formar un frente de inestabilidad potencialmente devastador: la enquistada disputa por Cachemira, el pulso nuclear indo-pakistaní, la guerra interna afgana, el nutriente del radicalismo islámico, la nuclearización de Irán, la desestabilización tribal pakistaní, el riesgo de frenazo económico indio, etc.
El epicentro actual de todo este pandemonium es el conflicto afgano. Obama prometió en campaña liquidar la guerra en Irak y concentrarse en Afganistán. El entonces candidato demócrata presentó su posición como una opción moral: renunciar a la guerra injusta y asumir la guerra justa. Es discutible el contenido ético del dilema. Pero nos concentraremos en los aspectos prácticos.
Los elementos más funcionales del argumento de Obama se centran en el supuesto de que, liberadas de la hipoteca iraquí, las fuerzas armadas y el contribuyente de Estados Unidos estarían en mejor disposición de doblegar a la oscura coalición responsable del 11 de septiembre.
Obama, que se opuso a la guerra de Irak, ha ido matizando progresivamente su posición. Se quitó de medio cuando se debatió el celebre incremento de tropas (surge) propuesto por el general Petraeus, cuestión que McCain le reprochó obsesivamente durante la campaña. Por pragmatismo y por necesidad de consejo relevante, Obama incorporó a esa nueva vedette del Pentágono a su círculo de asesores. A día de hoy, algunos creen, otros confían y ciertos temen que tratará de aplicar sus recomendaciones en el escenario afgano.
Sin embargo, voces independientes autorizadas cuestionan seriamente que el modelo iraquí sea trasladable a Afganistán. El corresponsal militar del NEW YORK TIMES, Michael R.Gordon, señala con claridad y en profundidad las notables diferencias entre ambos escenarios; a saber:
- el entorno de la guerrilla iraquí era urbano; el afgano es abrumadoramente rural, disperso.
- las fuerzas militares –y policiales- iraquíes, aunque débiles, eran y son mucho más numerosas, capaces, articuladas y fiables que las afganas.
- los enemigos afganos de Washington disponen de un santuario en el vecino Pakistán, con fuerte respaldo local y tribal, mientras la insurgencia iraquí apenas podía contar con un apoyo exterior de relevancia.
- en esta última fase de la guerra, el Pentágono consiguió “comprar” el apoyo de tribus sunníes del centro de Irak que en su día fueron enajenadas por el desastroso Brenner; en Afganistán, el frágil equilibrio étnico priva a Washington de ese margen de manipulación de las lealtades tribales.
Gordon se apoya para su análisis en el testimonio inequívoco de un ex-ministro del Interior afgano, que descarta la tentación de equiparar las dos guerras y pronostica que Afganistán tardará al menos una década en estabilizarse.
Un prominente asesor de Obama en Afganistán, el conocido analista pakistaní Ahmed Rashid escribía hace unos días en FOREIGN AFFAIRS que la resolución del conflicto afgano exigía estrategias que superaran la respuesta militar. Su opinión es significativa, porque su posición es beligerantemente contraria a los talibanes y acreditadamente crítica hacia la atribuida complicidad de los servicios de inteligencia militar pakistaní con los enemigos de Washington.
Rashid sostiene que “la diplomacia norteamericana se encuentra paralizada por la retórica de la guerra contra el terrorismo”, y recomienda “una iniciativa política y diplomática” para “atenuar las amenazas” y conseguir una “solución política con el mayor número posible de insurgentes afganos y pakistaníes”. En su artículo describe el papel de cada actor en la construcción de un nuevo consenso regional, incluido Irán. Implícitamente, Rashid recomienda a Obama que abandone la beligerancia de la administración Bush y convierta a Teherán en un socio positivo.
En un comentario editorial, LE MONDE se hace eco de la inquietud manifiesta en las cancillerías europeas ante una eventual demanda de más tropas por parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca. “¿Cómo podrán resistir a las presiones de un presidente cuya elección han saludado clamorosamente?”, se pregunta el diario francés. El nuevo Consejero de Seguridad será el general Jones. Como excomandante en jefe de la OTAN conoce perfectamente a los aliados europeos y sabe de sus visiones -y también de sus aprensiones- en la materia.
Obama tendrá que descansar en la energía de Hillary Clinton y la competencia integrada de su flamante equipo de asesores en seguridad internacional. Es pronto aún para saber si el nuevo presidente resistirá la tentación de una victoria militar para castigar la infamía del 11 de septiembre o tendrá paciencia para construir una solución multilateral que haga bajar la temperatura de las aguas hirvientes de Asia.
Si hubiera todavía alguna duda, los atentados de Bombay han desplazado el centro de gravedad de la seguridad internacional hacia el Asia central meridional. No es que otras zonas geoestratégicas dejen de preocupar en Washington, pero todo parece indicar que las prioridades de la agenda exterior de Obama están ya fijadas.
En la estrategia del “gran juego” del siglo XIX, esa zona se consideraba vital por su proximidad a las denominadas “aguas cálidas”, a la vez vía de acceso de la Rusia zarista a los mares del sur y centro neurálgico de las rutas comerciales del Imperio británico en el Extremo Oriente.
Esas “aguas cálidas” están ahora hirviendo. Allí se concentran conflictos relacionados entre si y entrelazados hasta formar un frente de inestabilidad potencialmente devastador: la enquistada disputa por Cachemira, el pulso nuclear indo-pakistaní, la guerra interna afgana, el nutriente del radicalismo islámico, la nuclearización de Irán, la desestabilización tribal pakistaní, el riesgo de frenazo económico indio, etc.
El epicentro actual de todo este pandemonium es el conflicto afgano. Obama prometió en campaña liquidar la guerra en Irak y concentrarse en Afganistán. El entonces candidato demócrata presentó su posición como una opción moral: renunciar a la guerra injusta y asumir la guerra justa. Es discutible el contenido ético del dilema. Pero nos concentraremos en los aspectos prácticos.
Los elementos más funcionales del argumento de Obama se centran en el supuesto de que, liberadas de la hipoteca iraquí, las fuerzas armadas y el contribuyente de Estados Unidos estarían en mejor disposición de doblegar a la oscura coalición responsable del 11 de septiembre.
Obama, que se opuso a la guerra de Irak, ha ido matizando progresivamente su posición. Se quitó de medio cuando se debatió el celebre incremento de tropas (surge) propuesto por el general Petraeus, cuestión que McCain le reprochó obsesivamente durante la campaña. Por pragmatismo y por necesidad de consejo relevante, Obama incorporó a esa nueva vedette del Pentágono a su círculo de asesores. A día de hoy, algunos creen, otros confían y ciertos temen que tratará de aplicar sus recomendaciones en el escenario afgano.
Sin embargo, voces independientes autorizadas cuestionan seriamente que el modelo iraquí sea trasladable a Afganistán. El corresponsal militar del NEW YORK TIMES, Michael R.Gordon, señala con claridad y en profundidad las notables diferencias entre ambos escenarios; a saber:
- el entorno de la guerrilla iraquí era urbano; el afgano es abrumadoramente rural, disperso.
- las fuerzas militares –y policiales- iraquíes, aunque débiles, eran y son mucho más numerosas, capaces, articuladas y fiables que las afganas.
- los enemigos afganos de Washington disponen de un santuario en el vecino Pakistán, con fuerte respaldo local y tribal, mientras la insurgencia iraquí apenas podía contar con un apoyo exterior de relevancia.
- en esta última fase de la guerra, el Pentágono consiguió “comprar” el apoyo de tribus sunníes del centro de Irak que en su día fueron enajenadas por el desastroso Brenner; en Afganistán, el frágil equilibrio étnico priva a Washington de ese margen de manipulación de las lealtades tribales.
Gordon se apoya para su análisis en el testimonio inequívoco de un ex-ministro del Interior afgano, que descarta la tentación de equiparar las dos guerras y pronostica que Afganistán tardará al menos una década en estabilizarse.
Un prominente asesor de Obama en Afganistán, el conocido analista pakistaní Ahmed Rashid escribía hace unos días en FOREIGN AFFAIRS que la resolución del conflicto afgano exigía estrategias que superaran la respuesta militar. Su opinión es significativa, porque su posición es beligerantemente contraria a los talibanes y acreditadamente crítica hacia la atribuida complicidad de los servicios de inteligencia militar pakistaní con los enemigos de Washington.
Rashid sostiene que “la diplomacia norteamericana se encuentra paralizada por la retórica de la guerra contra el terrorismo”, y recomienda “una iniciativa política y diplomática” para “atenuar las amenazas” y conseguir una “solución política con el mayor número posible de insurgentes afganos y pakistaníes”. En su artículo describe el papel de cada actor en la construcción de un nuevo consenso regional, incluido Irán. Implícitamente, Rashid recomienda a Obama que abandone la beligerancia de la administración Bush y convierta a Teherán en un socio positivo.
En un comentario editorial, LE MONDE se hace eco de la inquietud manifiesta en las cancillerías europeas ante una eventual demanda de más tropas por parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca. “¿Cómo podrán resistir a las presiones de un presidente cuya elección han saludado clamorosamente?”, se pregunta el diario francés. El nuevo Consejero de Seguridad será el general Jones. Como excomandante en jefe de la OTAN conoce perfectamente a los aliados europeos y sabe de sus visiones -y también de sus aprensiones- en la materia.
Obama tendrá que descansar en la energía de Hillary Clinton y la competencia integrada de su flamante equipo de asesores en seguridad internacional. Es pronto aún para saber si el nuevo presidente resistirá la tentación de una victoria militar para castigar la infamía del 11 de septiembre o tendrá paciencia para construir una solución multilateral que haga bajar la temperatura de las aguas hirvientes de Asia.
EL ENTORNO RETORNO DEL SOCIALISMO FRANCÉS
28 de noviembre de 2008
La designada nueva primera secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubrey, concluyó su comparecencia informativa posterior a su designación oficial desafiando la hilaridad que la crisis interna de su partido ha generado en la derecha. “Les digo a los señores de la derecha que se rían todavía unos días más, porque la semana que viene el socialismo estará de vuelta”.
Volver a empezar. Ese es el destino trágico –para muchos militantes atormentados, tragicómico- del socialismo francés- Veinte años después de la humillación lepenista, varios líderes –o proyectos de líderes- quemados, herencias malgastadas, aspiraciones defraudadas, el socialismo francés ha vuelto a ganarse la dudosa distinción de ser unánimente considerada como “la izquierda más loca del mundo”, en expresión de Joëlle Meskens, la afamada periodista del diario belga (francófono) LE SOIR.
Es sabido que las derrotas son difíciles de gestionar por los partidos políticos. Pero es difícil encontrar un ejemplo de mayor torpeza y falta de sentido que el exhibido, casi obscenamente, por los socialistas franceses. Como el organismo de un hemofílico, las heridas nunca parecen cerrarse en el socialismo francés.
Este vía crucis socialista es tanto más lacerante cuanto resulta altamente injustificable. De forma casi unánime, los observadores imparciales de la crisis no ven razones ideológicas o programáticas serias para que se haya alcanzado tal grado de ferocidad en el enfrentamiento, la descalificación o las acusaciones cruzadas de manipulación y fraude. Otro diario exterior al Hexágono, pero observador permanente de la actualidad francesa, TRIBUNE DE GENÈVE, señalaba estos días que las famosas “mociones” o pliegos de descargo de los aspirantes a liderar el partido no reflejaban, en realidad, visiones opuestas o significativamente diferentes; más bien, han servido de máscara para disimular “la ambición personal más cínica”.
¿De dónde procede esta animadversión, que los medios señalan unánimemente? De las guerras mal gestionadas y peor resueltas que han indo acumulando cadáveres y proyectando horizontes desertizados en la izquierda francesa. La derrota de 2006 hizo daño, como las anteriores. Más, si cabe, porque las recriminaciones alcanzaron las alcobas y la frustración ha terminado desencadenando un proceso de revanchismo personal.
Las dos mujeres que se han disputado estos días el liderazgo del socialismo francés quizás representen estilos diferentes, pero no defienden proyectos sustancialmente distintos para la sociedad francesa. El corresponsal del diario británico de centro-izquierda THE INDEPENDENT desarrolla las claves y manifestaciones de este enconamiento personal. Aubrey desprecia a Royal, porque la considera una arrogante con instintos derechistas. A su vez, la ex-candidata presidencial contempla a la ex-ministra como una arpía y un dinosaurio con un pésimo gusto para vestirse, escribe el periodista británico con amarga ironía.
Segolene Royal creyó poder convertir su derrota ante Sarkozy en una oportunidad de renovación del partido; primero, consumando la ruptura con su marido y primer secretario del partido; y luego, construyendo un discurso de modernidad quizás más mediático que real. A Royal se le ha notado mucho que no confía en sus compañeros de partido, que prefiere contar con instrumentos y herramientas bien distintas. Pero le ha faltado tiempo para apuntalar la estrategia e implantarla. Peor aún, ha propiciado que las familias tradicionales del socialismo francés reaccionaran, se movilizaran y se organizaran para neutralizar este “cambio de timón”. Pero para frenar decisivamente a Royal, era preciso unir fuerzas, forjar una candidatura unitaria. Sólo en el nombre, no tanto en las políticas o como consecuencia de un consenso ideológico o programático.
Esa candidata de la estrategia “todos contra Royal” resultó ser Martine Aubrey, una mujer de partido, disciplinada, pero coriácea, difícil de moldear. Como artífice de la semana laboral de 35 horas aprendió a batirse con dureza y a aguantar presión. Su modelo de partido no contempla cambios importantes. Quiere un PSF que parezca lo que es: expresión de las aspiraciones políticas y sociales de una clase media asalariada, moderadamente formada, perteneciente mayoritariamente al sector público (maestros y funcionarios).
El escritor Jean-François Kahn se preguntaba si no habría que disolver el Partido Socialista Francés. El politólogo Pascal Perrineau, entrevistado en LE MONDE, señalaba que la actitud del PSF es suicida. Otras voces, dentro y fuera de la familia, han tratado de elevarse sobre la tentación catastrofista para hacer entender que Francia necesita una oposición creíble. Ésa es ahora la clave. Aubry ha prometido integrar y ya ha dicho que quiere hablar (¿pactar?) con su rival. Ese compromiso no puede quedarse en un ejercicio de cortesía. Segolène Royal, por su parte, debería resistir la tentación de echarse al monte. Las manifestaciones de su entorno reafirmando que mantiene sus aspiraciones de ser de nuevo candidata presidencial proyectan el riesgo de escisión en la práctica, si no formal. Los demás barones tendrán que ser consecuentes y no pretender tutelar la agenda de la nueva primera secretaria.
Si el imprescindible ejercicio de autocrítica no resultara suficiente, las maneras excesivas advertidas en el Eliseo deberían ser un estímulo concluyente para que los socialistas franceses regresen de nuevo, como prometía Aubry. Pero esta vez para quedarse, no para preparar una nueva fuga hacia ningún lugar. Seguramente, ésta sea su última oportunidad.
La designada nueva primera secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubrey, concluyó su comparecencia informativa posterior a su designación oficial desafiando la hilaridad que la crisis interna de su partido ha generado en la derecha. “Les digo a los señores de la derecha que se rían todavía unos días más, porque la semana que viene el socialismo estará de vuelta”.
Volver a empezar. Ese es el destino trágico –para muchos militantes atormentados, tragicómico- del socialismo francés- Veinte años después de la humillación lepenista, varios líderes –o proyectos de líderes- quemados, herencias malgastadas, aspiraciones defraudadas, el socialismo francés ha vuelto a ganarse la dudosa distinción de ser unánimente considerada como “la izquierda más loca del mundo”, en expresión de Joëlle Meskens, la afamada periodista del diario belga (francófono) LE SOIR.
Es sabido que las derrotas son difíciles de gestionar por los partidos políticos. Pero es difícil encontrar un ejemplo de mayor torpeza y falta de sentido que el exhibido, casi obscenamente, por los socialistas franceses. Como el organismo de un hemofílico, las heridas nunca parecen cerrarse en el socialismo francés.
Este vía crucis socialista es tanto más lacerante cuanto resulta altamente injustificable. De forma casi unánime, los observadores imparciales de la crisis no ven razones ideológicas o programáticas serias para que se haya alcanzado tal grado de ferocidad en el enfrentamiento, la descalificación o las acusaciones cruzadas de manipulación y fraude. Otro diario exterior al Hexágono, pero observador permanente de la actualidad francesa, TRIBUNE DE GENÈVE, señalaba estos días que las famosas “mociones” o pliegos de descargo de los aspirantes a liderar el partido no reflejaban, en realidad, visiones opuestas o significativamente diferentes; más bien, han servido de máscara para disimular “la ambición personal más cínica”.
¿De dónde procede esta animadversión, que los medios señalan unánimemente? De las guerras mal gestionadas y peor resueltas que han indo acumulando cadáveres y proyectando horizontes desertizados en la izquierda francesa. La derrota de 2006 hizo daño, como las anteriores. Más, si cabe, porque las recriminaciones alcanzaron las alcobas y la frustración ha terminado desencadenando un proceso de revanchismo personal.
Las dos mujeres que se han disputado estos días el liderazgo del socialismo francés quizás representen estilos diferentes, pero no defienden proyectos sustancialmente distintos para la sociedad francesa. El corresponsal del diario británico de centro-izquierda THE INDEPENDENT desarrolla las claves y manifestaciones de este enconamiento personal. Aubrey desprecia a Royal, porque la considera una arrogante con instintos derechistas. A su vez, la ex-candidata presidencial contempla a la ex-ministra como una arpía y un dinosaurio con un pésimo gusto para vestirse, escribe el periodista británico con amarga ironía.
Segolene Royal creyó poder convertir su derrota ante Sarkozy en una oportunidad de renovación del partido; primero, consumando la ruptura con su marido y primer secretario del partido; y luego, construyendo un discurso de modernidad quizás más mediático que real. A Royal se le ha notado mucho que no confía en sus compañeros de partido, que prefiere contar con instrumentos y herramientas bien distintas. Pero le ha faltado tiempo para apuntalar la estrategia e implantarla. Peor aún, ha propiciado que las familias tradicionales del socialismo francés reaccionaran, se movilizaran y se organizaran para neutralizar este “cambio de timón”. Pero para frenar decisivamente a Royal, era preciso unir fuerzas, forjar una candidatura unitaria. Sólo en el nombre, no tanto en las políticas o como consecuencia de un consenso ideológico o programático.
Esa candidata de la estrategia “todos contra Royal” resultó ser Martine Aubrey, una mujer de partido, disciplinada, pero coriácea, difícil de moldear. Como artífice de la semana laboral de 35 horas aprendió a batirse con dureza y a aguantar presión. Su modelo de partido no contempla cambios importantes. Quiere un PSF que parezca lo que es: expresión de las aspiraciones políticas y sociales de una clase media asalariada, moderadamente formada, perteneciente mayoritariamente al sector público (maestros y funcionarios).
El escritor Jean-François Kahn se preguntaba si no habría que disolver el Partido Socialista Francés. El politólogo Pascal Perrineau, entrevistado en LE MONDE, señalaba que la actitud del PSF es suicida. Otras voces, dentro y fuera de la familia, han tratado de elevarse sobre la tentación catastrofista para hacer entender que Francia necesita una oposición creíble. Ésa es ahora la clave. Aubry ha prometido integrar y ya ha dicho que quiere hablar (¿pactar?) con su rival. Ese compromiso no puede quedarse en un ejercicio de cortesía. Segolène Royal, por su parte, debería resistir la tentación de echarse al monte. Las manifestaciones de su entorno reafirmando que mantiene sus aspiraciones de ser de nuevo candidata presidencial proyectan el riesgo de escisión en la práctica, si no formal. Los demás barones tendrán que ser consecuentes y no pretender tutelar la agenda de la nueva primera secretaria.
Si el imprescindible ejercicio de autocrítica no resultara suficiente, las maneras excesivas advertidas en el Eliseo deberían ser un estímulo concluyente para que los socialistas franceses regresen de nuevo, como prometía Aubry. Pero esta vez para quedarse, no para preparar una nueva fuga hacia ningún lugar. Seguramente, ésta sea su última oportunidad.
EL DILEMA DE OBAMA: GASTO MILITAR O DIVIDENDO SOCIAL
21 de noviembre de 2008
Obama tendrá que elegir entre mantener un desaforado aparato militar y de seguridad o invertir en estímulos para recuperar la economía real y poner las bases de un nuevo sistema de protección social. Éste será una de sus primeras decisiones claves cuando tome posesión, el próximo mes de enero.
Es sabido que la crisis económica será el eje prioritario de actuación del nuevo presidente. Obama sabe que no basta con ofrecer señales de confianza a los mercados, tranquilizar a los inversores y demás terapias conductistas, como ha hecho la actual administración. Es preciso introducir cambios estructurales, modificar parámetros importantes de la política económica. Abolir el neoliberalismo salvaje e irresponsable y asumir las responsabilidades públicas para reflotar la economía productiva, la economía real, la que resulta básica y fundamental para el bienestar de los trabajadores norteamericanos. De ahí su insistencia en la defensa de los programas de apoyo a la industria. En definitiva, un enfoque keynesiano. Krugman, el último nobel, le recomendaba desde su artículo en THE NEW YORK TIMES, que no se quede corto, que no sea tímido, que no se deje amedrentar por los corifeos que han hecho capotar la economía americana.
La cuestión es que Obama va a necesitar a dinero. O, dicho de otra forma, va a tener que transferir fondos, poner aquí lo que se ha venido malgastando allá. Ese dilema no siempre va a ser fácil. En particular, cuando se aborde la necesidad de adelgazar el presupuesto de defensa. Obama tendrá que lidiar con la crisis económica, en un entorno de incertidumbre y preocupación –convenientemente exagerada- por la seguridad nacional. No sería raro que cualquier iniciativa del nuevo presidente de reducir los gastos militares provoque intensas campañas de alerta sobre el riesgo en que se podría estar poniendo al país.
Esta semana, el NEW YORK TIMES desgranaba en un extenso y detallado editorial las prioridades militares de Estados Unidos. El diario apostaba por una reducción del gasto en términos absolutos, pero sin desatender necesidades básicas de seguridad, porque calificaba el mundo actual como “peligroso”.
El presupuesto del Pentágono en 2008 ha alcanzado los 685 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el gasto militar del resto de países del mundo. Durante la administración Bush, este gasto ha aumentado en un 85%, en términos reales. Siendo malo esto, lo peor es que se ha gastado mal –argumenta el diario. La aventura desastrosa de Irak se ha llevado gran parte del esfuerzo, desatendiendo las verdaderas prioridades: en primer lugar, la lucha contra el verdadero peligro terrorista internacional (no el inventado por los neocon en Irak).
THE NEW YORK TIMES plantea cuatro ejes de cambio en la imprescindible reestructuración de la defensa nacional: aumento de las fuerzas terrestres (hasta los 759.000 hombres, formación en nuevas habilidades (en particular, la contrainsurgencia y la comprensión de las poblaciones locales), la movilidad de las fuerzas (especialmente de las navales) y la racionalidad del gasto (eliminando o abandonando programas absurdos e ineficaces, como el del avión F-22 o la defensa antimisiles).
Distintos cálculos sobre el impacto de los posibles recortes están circulando ya por los cauces administrativos y de consulta en el ejecutivo y en el legislativo. Obama tendrá esas opciones en su mesa a los pocos días de sentarse en el Despacho Oval. Pero escuchará muchas voces de gran influencia que le desaconsejarán meter tijera profunda.
Uno de ellos es el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Mullen, que el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR identifica como la persona del establishment militar con mayor ascendencia sobre el presidente electo. Mullen sería para Obama lo que General Petreus ha sido para Bush. Pues bien, Mullen ha dicho públicamente que el país debe mantener un gasto en defensa que no baje del 4% del PIB. El actual Secretario de Defensa, Robert Gates -que algunas fuentes creen que Obama podría mantener en el cargo- advirtió el otro día de que no se debe repetir el error histórico de bajar el esfuerzo en seguridad militar después de un periodo bélico.
Desde otras latitudes más críticas, se ofrece un enfoque de la seguridad nacional muy distinto. El propio Presidente del Comité de asignaciones de la Cámara de Representantes, el demócrata Barney Frank, ha estimado que el presupuesto de Defensa podrá recortarse un 25%; es decir, unos 150 mil millones de dólares.
Otro destacados analistas, el exsubsecretario de Defensa Lawrence Korb y la investigadora Miriam Pemberton, aseguran que es urgente e imprescindible reducir y reajustar el gasto militar y detallan los programas que conviene eliminar. *
En el semanario THE NATION, se apoyan en este estudio para abogar por un concepto más inteligente, más comprensivo de la seguridad, que incluye la prosperidad económica y la reparación del fracasado sistema de salud, entre otros elementos.
Es probable que el nuevo presidente, muy en su línea, trate de equilibrar ambas tendencias discordantes. Pero no tendrá mucho margen. Y muy pronto, quizás en sus primeros cien días, como él mismo parece haber advertido, tendrá que tomar decisiones que seguramente marcarán el destino de su mandato.
* Ver: Miriam Pemberton y Lawrence Korb. "Unified Security Budget for the United States, FY 2009."
Obama tendrá que elegir entre mantener un desaforado aparato militar y de seguridad o invertir en estímulos para recuperar la economía real y poner las bases de un nuevo sistema de protección social. Éste será una de sus primeras decisiones claves cuando tome posesión, el próximo mes de enero.
Es sabido que la crisis económica será el eje prioritario de actuación del nuevo presidente. Obama sabe que no basta con ofrecer señales de confianza a los mercados, tranquilizar a los inversores y demás terapias conductistas, como ha hecho la actual administración. Es preciso introducir cambios estructurales, modificar parámetros importantes de la política económica. Abolir el neoliberalismo salvaje e irresponsable y asumir las responsabilidades públicas para reflotar la economía productiva, la economía real, la que resulta básica y fundamental para el bienestar de los trabajadores norteamericanos. De ahí su insistencia en la defensa de los programas de apoyo a la industria. En definitiva, un enfoque keynesiano. Krugman, el último nobel, le recomendaba desde su artículo en THE NEW YORK TIMES, que no se quede corto, que no sea tímido, que no se deje amedrentar por los corifeos que han hecho capotar la economía americana.
La cuestión es que Obama va a necesitar a dinero. O, dicho de otra forma, va a tener que transferir fondos, poner aquí lo que se ha venido malgastando allá. Ese dilema no siempre va a ser fácil. En particular, cuando se aborde la necesidad de adelgazar el presupuesto de defensa. Obama tendrá que lidiar con la crisis económica, en un entorno de incertidumbre y preocupación –convenientemente exagerada- por la seguridad nacional. No sería raro que cualquier iniciativa del nuevo presidente de reducir los gastos militares provoque intensas campañas de alerta sobre el riesgo en que se podría estar poniendo al país.
Esta semana, el NEW YORK TIMES desgranaba en un extenso y detallado editorial las prioridades militares de Estados Unidos. El diario apostaba por una reducción del gasto en términos absolutos, pero sin desatender necesidades básicas de seguridad, porque calificaba el mundo actual como “peligroso”.
El presupuesto del Pentágono en 2008 ha alcanzado los 685 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el gasto militar del resto de países del mundo. Durante la administración Bush, este gasto ha aumentado en un 85%, en términos reales. Siendo malo esto, lo peor es que se ha gastado mal –argumenta el diario. La aventura desastrosa de Irak se ha llevado gran parte del esfuerzo, desatendiendo las verdaderas prioridades: en primer lugar, la lucha contra el verdadero peligro terrorista internacional (no el inventado por los neocon en Irak).
THE NEW YORK TIMES plantea cuatro ejes de cambio en la imprescindible reestructuración de la defensa nacional: aumento de las fuerzas terrestres (hasta los 759.000 hombres, formación en nuevas habilidades (en particular, la contrainsurgencia y la comprensión de las poblaciones locales), la movilidad de las fuerzas (especialmente de las navales) y la racionalidad del gasto (eliminando o abandonando programas absurdos e ineficaces, como el del avión F-22 o la defensa antimisiles).
Distintos cálculos sobre el impacto de los posibles recortes están circulando ya por los cauces administrativos y de consulta en el ejecutivo y en el legislativo. Obama tendrá esas opciones en su mesa a los pocos días de sentarse en el Despacho Oval. Pero escuchará muchas voces de gran influencia que le desaconsejarán meter tijera profunda.
Uno de ellos es el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Mullen, que el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR identifica como la persona del establishment militar con mayor ascendencia sobre el presidente electo. Mullen sería para Obama lo que General Petreus ha sido para Bush. Pues bien, Mullen ha dicho públicamente que el país debe mantener un gasto en defensa que no baje del 4% del PIB. El actual Secretario de Defensa, Robert Gates -que algunas fuentes creen que Obama podría mantener en el cargo- advirtió el otro día de que no se debe repetir el error histórico de bajar el esfuerzo en seguridad militar después de un periodo bélico.
Desde otras latitudes más críticas, se ofrece un enfoque de la seguridad nacional muy distinto. El propio Presidente del Comité de asignaciones de la Cámara de Representantes, el demócrata Barney Frank, ha estimado que el presupuesto de Defensa podrá recortarse un 25%; es decir, unos 150 mil millones de dólares.
Otro destacados analistas, el exsubsecretario de Defensa Lawrence Korb y la investigadora Miriam Pemberton, aseguran que es urgente e imprescindible reducir y reajustar el gasto militar y detallan los programas que conviene eliminar. *
En el semanario THE NATION, se apoyan en este estudio para abogar por un concepto más inteligente, más comprensivo de la seguridad, que incluye la prosperidad económica y la reparación del fracasado sistema de salud, entre otros elementos.
Es probable que el nuevo presidente, muy en su línea, trate de equilibrar ambas tendencias discordantes. Pero no tendrá mucho margen. Y muy pronto, quizás en sus primeros cien días, como él mismo parece haber advertido, tendrá que tomar decisiones que seguramente marcarán el destino de su mandato.
* Ver: Miriam Pemberton y Lawrence Korb. "Unified Security Budget for the United States, FY 2009."
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