19 de diciembre de 2011
Tardaremos tiempo –semanas, quizás- en obtener pistas sobre cómo se va produciendo la sucesión en Corea del Norte, tras la desaparición física de Kim Jong-Il. La designación de Kim Jong-Un, uno de los hijos del fallecido (pero no el primogénito) ha sido confirmada. Sin sorpresas, por tanto, en lo que se refiere a la sucesión nominal. Lo que no está claro es la sucesión real. Hace tiempo se tenía por seguro que este joven de unos 28 años (la edad real de los dirigentes es otra incógnita más) era demasiado inexperto como para presumirla la capacidad de conducir por si sólo los asuntos de Estado. Se pensaba en su momento (en Washington, en las capitales aliadas de Asia y probablemente en la potencia protectora –China) que una hermana y su marido vigilarían el comienzo de su mandato: de él mismo, de sus limitaciones e inexperiencia, y de los aparatos más reticentes del Estado.
Los observadores del enigma norcoreano creen que el Partido del Trabajo (comunista) perdió la hegemonía política en beneficio de las Fuerzas Armadas, cuando Kim Jong-Il se afianzó en el poder. Muchas señales confirmaban esta hipótesis. Los propios cargos iniciales del ahora desaparecido eran fundamentalmente militares, aunque, lógicamente, estaba situado en puestos estratégicos del partido. Pero el indicador fundamental era el peso de los militares en la gestión de las ‘emergencias’ nacionales. En realidad, el país vivía (vive) en situación de emergencia permanente. Los ciclos de hambruna se repiten invariablemente. Como consecuencia de ello, las alarmas militares con sus vecinos se suceden. No son provocaciones, como a veces se interpreta en la prensa menos avisada. Son llamadas de auxilio.
Algo parecido cabe decir del programa nuclear norcoreano. Más que un desafío a su vecina-rival, se trataría de una baza internacional (quizás la única) para conseguir la ayuda desesperada que el país necesita. La última crisis militar con Corea del Sur se produjo hace ahora un año, a finales de noviembre. El ataque contra un pequeño islote surcoreano en el Mar Amarillo tuvo lugar días después del comienzo de unas maniobras navales del vecino del sur. La alarma se disipó rápidamente, a pesar de que murieron medio centenar de marinos surcoreanos y de que en ciertos medios del país se inflamaron los ánimos.
Estados Unidos y China mantuvieron la cabeza bien fría. Los norteamericanos confían en el bueno juicio de Pekín. La administración Obama consideraría más útil la tutela indirecta del régimen norcoreano que una intervención propia más activa. De ahí que la reacción de Washington tras hacerse público el fallecimiento de Kim Jong-Il haya sido singularmente prudente. El comunicado oficial señala que se sigue la situación ‘de cerca’ y que Washington desea la estabilidad en la península coreana. En Japón y Corea del Sur se ha convocado reunión urgente del Consejo de Seguridad y del Gobierno, respectivamente. Sin más comentarios, de momento.
No resulta fácil predecir qué pasara ahora en el país. Pero probablemente no se producirán cambios dramáticos. La prioridad del nuevo dirigente nominal debe ser interna: la estabilidad institucional y la neutralización de los potenciales focos de descontento. Decir algo más sería especular demasiado.
OBAMA, DEL ATLÁNTICO A VLADIVOSTOK
15 de diciembre de 2011
A estas alturas, Barack Obama ya está examinando la cartografía del intenso año electoral que tiene por delante. El presidente de los Estados Unidos entra en su año más delicado. Si no consigue la reelección en noviembre, su celebrada estrella puede quedar reducida al fiasco político más notable en una generación.
Obama sabe que se le juega en casa. Por la gravedad y persistencia de la crisis, por la confianza desgastada de sus ciudadanos, por la ofensiva inclemente e irracional de sus adversarios... Y porque la única superpotencia acentúa sus reflejos introspectivos cuando se empina el camino.
Nadie -o casi nadie- discrepa de esta afirmación: los problemas mundiales pesarán en la larguísima campaña únicamente en la medida en que se presenten como instrumento coadyuvante para superar el depresivo estado de la economía norteamericana. Es de esperar, por ello, que Obama acentúe sus presiones sobre China, el gran acreedor, aspirante a superpotencia, pareja obligada de ese G-2 virtual que se superpone sobre otros "Gs" más institucionalizados (G-8, G-20, G-27, G-5...) de la escena internacional. Pero las delicadas circunstancias internacionales obligarán al Presidente (y candidato) a prestar especial atención a otra región del globo: Europa, o Eurasia, la vasta extensión del Atlántico a Vladivostok.
EUROPA: DISCREPANCIAS Y CONTRADICCIONES
Las tribulaciones europeas se siguen con gran inquietud en Washington. En vísperas de la cumbre dedicada a la salvación del euro', Obama encargó a su secretario del Tesoro que cruzara en Atlántico para dejar claro a los grandes líderes continentales que Estados Unidos no se limitaría a ser un espectador en las terapias de reanimación que se decidan y apliquen en el primer espacio económico mundial.
Como es lógico, la gira de Geithner estuvo rodeada de cuidada discreción y suma cordialidad. Pero apenas se pudieron suavizar las discrepancias. Sin duda, las más evidentes separan a Washington de Berlin. Tanto que Geithner no incluyó a esa capital en su gira.
Uno de los principales 'germanólogos' del pensamiento exterior estadounidense, Andreas Möller, del Consejo de Relaciones Exteriores, señalaba recientemente que Obama y Merkel libran una 'batalla de ideas'. O dicho de otra forma, que existe un 'entendimiento muy distinto de cómo configurar una estrategia económica" en la situación actual.
Antes de la cumbre de Bruselas, Obama hizo público el discurso público que el Secretario Geithner deslizó en privado. Advirtió el presidente que las políticas de austeridad y rigor fiscal, en este momento preciso, no son las más adecuadas para ayudar a salir de la crisis. Al contrario: sólo propiciarán un agravamiento y empujarán aún más hacia la recesión. En esta idea le secundan la mayoría de los economistas 'keynesianos' (Krugman, Stiglitz y otros), quienes no dejan de mostrar su preocupación por el pensamiento único que imponen Berlín y su brazo económico, el BCE. Para decirlo corto: es impensable que Estados Unidos entre en senda de recuperación si Europa no es capaz de romper el círculo infernal al que le conducen unas políticas centradas en la austeridad y un excesivo rigor fiscal.
La canciller Merkel parece poco impresionada. En realidad, está convencida de que Obama actúa por presión electoral. Y a eso se le añade la credibilidad mermada del presidente norteamericano, quien no siempre ha hecho caso a los partidarios de un mayor activismo público en el impulso económico. Es cierto que Obama lanzó su programa de estímulo al comienzo de su mandato. Pero es evidente que no ha sido suficiente, y luego ha dudado, se ha quedado a medio camino o ha sido cortocircuitado, boicoteado e intimidado por la oposición republicana. Se le reprocha, en todo caso, no haber utilizado todas las armas (legales y políticas) a su alcance para profundizar en un camino keynesiano. Todavía es una incógnita si se decidirá, o si se lo permitirá esa comisión bipartidaria, encargada de reducir el déficit. En definitiva, que en Berlín y en otras capitales en sintonía con la sensibilidad germana, se percibe que Obama 'sermonea' discretamente a los europeos, con bastante lógica desde una óptica progresista, pero se ve atrapado en contradicciones de notable envergadura.
VIVIR CON EL 'PUTINATO'
En el otro frente europeo que Obama tiene abierto, las relaciones bilaterales con Rusia, las discrepancias teóricas, académicas o de sensibilidad se transforman en desplantes ríspidos que anuncian problemas propios de otros tiempos.
Las denuncias de las irregularidades electorales, efectuadas por la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, provocaron una irritación previsible en el Kremlin. El circunspecto Putin reprochó a la jefa de la diplomacia norteamericana que cuestionara la limpieza de los comicios legislativos antes de disponer de datos concretos. Lo que, según su juicio, 'dió el tono y la señal' a los que protestaron. En su misma intervención, Putin resaltó el apoyo económico extranjero a las organizaciones que han denunciado las irregularidades. Lo primero no parece cierto, porque las denuncias de fraude aparecieron enseguida, incluso antes de que comenzara la votación, debido a la falta de garantías de la maquinaria electoral, por no hablar de las discutibles reglas del juego. Lo segundo puede concedérsele al líder ruso. Es un hecho que las ong´s como Golos y otras no podrían haber realizado su trabajo sin apoyo financiero occidental. Lo que se calla Putin es que el nivel de presión e intimidación de esas organizaciones por parte de las autoridades locales resulta completamente inaceptable.
Washington se ha resignado a otro mandato Putin, o a que Putin ejerza el poder sin disimulo, en el puesto delantero del tándem ruso. Ese no es el problema. Lo que podría explicar el paso al frente dado por Clinton (con el aval expreso e inmediato de la Casa Blanca, es preciso señalar) es la urgencia de la administración Obama por 'contener' al 'putinato'. Es más que probable que se hayan diluido las esperanzas de ese famoso 'reset' con Rusia que Obama propuso al poco de llegar al despacho oval. Pero no puede gobernar y encauzar su reelección, sin haber establecido el marco de las relaciones con Moscú.
Rusia es clave para manejar la crisis siempre latente con Irán. Sin olvidar la tarea pendiente en Afganistán o la gestión de los sobresaltos árabes. Pero sobre todo, para ese complicado y escurridizo juego a tres bandas con los chinos. Está en juego la estabilidad en Asia, el otro gran motor no suficiente pero si imprescindible para tirar de la economía mundial. No ha pasado inadvertido en Washington la reacción Pekín al 'rifirrafe' entre Clinton y Putin. Ni que decir tiene que los chinos se han mostrado críticos con la actitud norteamericana. Pero los comentarios se han hecho con bajo perfil y de forma discreta.
Callar o mirar para otro lado en Rusia no era, ni será, una opción para Obama, porque sus rivales republicanos, se lo hubieran reprochado, y no abandonarán su actitud vigilante durante el proceso electoral, sin duda. Excederse en la hostilidad hacia el Kremlin también comporta sus riesgos. Lo que pretendería Obama sería trazar unas rayas, no abandonar la política de diálogo y compromiso con el Kremlin, pero sin dejar de presionar a Putin para impedir que complete su temido proyecto autoritario.
A estas alturas, Barack Obama ya está examinando la cartografía del intenso año electoral que tiene por delante. El presidente de los Estados Unidos entra en su año más delicado. Si no consigue la reelección en noviembre, su celebrada estrella puede quedar reducida al fiasco político más notable en una generación.
Obama sabe que se le juega en casa. Por la gravedad y persistencia de la crisis, por la confianza desgastada de sus ciudadanos, por la ofensiva inclemente e irracional de sus adversarios... Y porque la única superpotencia acentúa sus reflejos introspectivos cuando se empina el camino.
Nadie -o casi nadie- discrepa de esta afirmación: los problemas mundiales pesarán en la larguísima campaña únicamente en la medida en que se presenten como instrumento coadyuvante para superar el depresivo estado de la economía norteamericana. Es de esperar, por ello, que Obama acentúe sus presiones sobre China, el gran acreedor, aspirante a superpotencia, pareja obligada de ese G-2 virtual que se superpone sobre otros "Gs" más institucionalizados (G-8, G-20, G-27, G-5...) de la escena internacional. Pero las delicadas circunstancias internacionales obligarán al Presidente (y candidato) a prestar especial atención a otra región del globo: Europa, o Eurasia, la vasta extensión del Atlántico a Vladivostok.
EUROPA: DISCREPANCIAS Y CONTRADICCIONES
Las tribulaciones europeas se siguen con gran inquietud en Washington. En vísperas de la cumbre dedicada a la salvación del euro', Obama encargó a su secretario del Tesoro que cruzara en Atlántico para dejar claro a los grandes líderes continentales que Estados Unidos no se limitaría a ser un espectador en las terapias de reanimación que se decidan y apliquen en el primer espacio económico mundial.
Como es lógico, la gira de Geithner estuvo rodeada de cuidada discreción y suma cordialidad. Pero apenas se pudieron suavizar las discrepancias. Sin duda, las más evidentes separan a Washington de Berlin. Tanto que Geithner no incluyó a esa capital en su gira.
Uno de los principales 'germanólogos' del pensamiento exterior estadounidense, Andreas Möller, del Consejo de Relaciones Exteriores, señalaba recientemente que Obama y Merkel libran una 'batalla de ideas'. O dicho de otra forma, que existe un 'entendimiento muy distinto de cómo configurar una estrategia económica" en la situación actual.
Antes de la cumbre de Bruselas, Obama hizo público el discurso público que el Secretario Geithner deslizó en privado. Advirtió el presidente que las políticas de austeridad y rigor fiscal, en este momento preciso, no son las más adecuadas para ayudar a salir de la crisis. Al contrario: sólo propiciarán un agravamiento y empujarán aún más hacia la recesión. En esta idea le secundan la mayoría de los economistas 'keynesianos' (Krugman, Stiglitz y otros), quienes no dejan de mostrar su preocupación por el pensamiento único que imponen Berlín y su brazo económico, el BCE. Para decirlo corto: es impensable que Estados Unidos entre en senda de recuperación si Europa no es capaz de romper el círculo infernal al que le conducen unas políticas centradas en la austeridad y un excesivo rigor fiscal.
La canciller Merkel parece poco impresionada. En realidad, está convencida de que Obama actúa por presión electoral. Y a eso se le añade la credibilidad mermada del presidente norteamericano, quien no siempre ha hecho caso a los partidarios de un mayor activismo público en el impulso económico. Es cierto que Obama lanzó su programa de estímulo al comienzo de su mandato. Pero es evidente que no ha sido suficiente, y luego ha dudado, se ha quedado a medio camino o ha sido cortocircuitado, boicoteado e intimidado por la oposición republicana. Se le reprocha, en todo caso, no haber utilizado todas las armas (legales y políticas) a su alcance para profundizar en un camino keynesiano. Todavía es una incógnita si se decidirá, o si se lo permitirá esa comisión bipartidaria, encargada de reducir el déficit. En definitiva, que en Berlín y en otras capitales en sintonía con la sensibilidad germana, se percibe que Obama 'sermonea' discretamente a los europeos, con bastante lógica desde una óptica progresista, pero se ve atrapado en contradicciones de notable envergadura.
VIVIR CON EL 'PUTINATO'
En el otro frente europeo que Obama tiene abierto, las relaciones bilaterales con Rusia, las discrepancias teóricas, académicas o de sensibilidad se transforman en desplantes ríspidos que anuncian problemas propios de otros tiempos.
Las denuncias de las irregularidades electorales, efectuadas por la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, provocaron una irritación previsible en el Kremlin. El circunspecto Putin reprochó a la jefa de la diplomacia norteamericana que cuestionara la limpieza de los comicios legislativos antes de disponer de datos concretos. Lo que, según su juicio, 'dió el tono y la señal' a los que protestaron. En su misma intervención, Putin resaltó el apoyo económico extranjero a las organizaciones que han denunciado las irregularidades. Lo primero no parece cierto, porque las denuncias de fraude aparecieron enseguida, incluso antes de que comenzara la votación, debido a la falta de garantías de la maquinaria electoral, por no hablar de las discutibles reglas del juego. Lo segundo puede concedérsele al líder ruso. Es un hecho que las ong´s como Golos y otras no podrían haber realizado su trabajo sin apoyo financiero occidental. Lo que se calla Putin es que el nivel de presión e intimidación de esas organizaciones por parte de las autoridades locales resulta completamente inaceptable.
Washington se ha resignado a otro mandato Putin, o a que Putin ejerza el poder sin disimulo, en el puesto delantero del tándem ruso. Ese no es el problema. Lo que podría explicar el paso al frente dado por Clinton (con el aval expreso e inmediato de la Casa Blanca, es preciso señalar) es la urgencia de la administración Obama por 'contener' al 'putinato'. Es más que probable que se hayan diluido las esperanzas de ese famoso 'reset' con Rusia que Obama propuso al poco de llegar al despacho oval. Pero no puede gobernar y encauzar su reelección, sin haber establecido el marco de las relaciones con Moscú.
Rusia es clave para manejar la crisis siempre latente con Irán. Sin olvidar la tarea pendiente en Afganistán o la gestión de los sobresaltos árabes. Pero sobre todo, para ese complicado y escurridizo juego a tres bandas con los chinos. Está en juego la estabilidad en Asia, el otro gran motor no suficiente pero si imprescindible para tirar de la economía mundial. No ha pasado inadvertido en Washington la reacción Pekín al 'rifirrafe' entre Clinton y Putin. Ni que decir tiene que los chinos se han mostrado críticos con la actitud norteamericana. Pero los comentarios se han hecho con bajo perfil y de forma discreta.
Callar o mirar para otro lado en Rusia no era, ni será, una opción para Obama, porque sus rivales republicanos, se lo hubieran reprochado, y no abandonarán su actitud vigilante durante el proceso electoral, sin duda. Excederse en la hostilidad hacia el Kremlin también comporta sus riesgos. Lo que pretendería Obama sería trazar unas rayas, no abandonar la política de diálogo y compromiso con el Kremlin, pero sin dejar de presionar a Putin para impedir que complete su temido proyecto autoritario.
RUSIA COMO PROBLEMA
7 de Diciembre de 2011
Las elecciones legislativas en Rusia han confirmado la derrota y la victoria al mismo tiempo del partido de Putin, Rusia Unida. En unos comicios, perder quince puntos difícilmente permite eludir la sensación de fracaso. Pero, en los tiempos que corren, ¿quién no firmaría hoy en Europa revalidar una mayoría absoluta?
Rusia, claro, no es un país europeo… occidental. El proceso electoral acumula tantas denuncias, críticas y sospechas de fraude, grande y pequeño, abierto y oculto, directo y retorcido, que su legitimidad ha sido puesta en entredicho, con más o menos claridad por distintas cancillerías occidentales. La OSCE, un organismo nacido de la guerra fría –en realidad, de la distensión, del diálogo Este-Oeste, y ahora reconvertido en un cuerpo de observación de buena gobernanza- se ha mostrado con su habitual lenguaje diplomático, poco comprometido, pero al menos inequívoco en la denuncia de falta de neutralidad del Estado, de mecanismos electorales poco transparentes, de favoritismo oficialista abrumador de los medios estatales.
A Putin y a la élite que lo acompaña, protege y secunda le importan poco estas críticas. El presunto fraude le sirve para completar su proyecto de contar con una Duma (Parlamento) bajo control, una vez que, como parece seguro, vuelva a la Jefatura del Estado, en las elecciones de marzo. Para entonces, el actual presidente Medvedev ya habrá vuelto al puesto que él abandona ahora. Tándem, permuta, intercambio en la cúspide visto por los analistas como un síntoma más de la fallida democracia rusa.
UN FUTURO SOMBRÍO
Estos enjuagues más o menos burdos, en cualquier caso, constituyen el problema menor, aunque parezca chocante decirlo. Lo que verdaderamente preocupa, fuera y dentro de Rusia, es el futuro del país, su estabilidad, su sostenibilidad. La fiesta ha terminado. El boom económico y la relativa prosperidad se han agotado.
Algunos analistas occidentales, muy en la línea del catastrofismo habitual sobre el destino del país más grande de la tierra, consideran que Rusia se encamina hacia un desastre económico. Así lo asegura, por ejemplo, Iulia Joffe en un reciente trabajo para FOREIGN POLICY. Las necesidades sociales y, sobre todo, las exigencias de modernización del país no podrán ser cubiertas por la renta de los productos energéticos. Peor aún, las grandes reservas siberianas se agotarán pronto y no hay tecnología ni tiempo para explotar las de Ártico.
En los think-tank y publicaciones especializadas occidentales –anglosajones, sobre todo- se acumulan los análisis sobre el declive ruso. A partir de su demografía alarmante, la más vulnerable del mundo, se suceden las previsiones oscuras. Lilia Shetsova, en FOREIGN AFFAIRS, repasaba hace apenas dos meses la triada crítica de Rusia: el agotamiento del modelo de crecimiento, el descontento social galopante y una corrupción sistémica. Las vastas riquezas del país se antojan insuficientes para conseguir una modernización inaplazable de las infraestructuras, casi las mismas que en tiempos de la URSS. El famoso ‘consenso social’ de la era Putin está agotado: se ensanchan las diferencias entre ricos y pobres (eso también ocurre en Occidente). El malestar social empieza a ser visible. Aumenta la criminalidad, el nacionalismo xenófobo. Las encuestas reflejan la frustración. Se escuchan voces pidiendo cambios profundos. Hay un sabor a revuelta.
Estas circunstancias adversas han provocado el temor de las élites, que se protegen acudiendo a mecanismos habituales: defensa cerrada de privilegios e incremento de los reflejos represivos. Los más favorecidos blindan sus intereses. O los ponen a buen recaudo… fuera del país. En los últimos meses, la evasión de capital supera los 50 mil millones de dólares. La nueva ‘nomenklatura’ manda a sus hijos a estudiar fuera, acumula pisos, rentas, se prepara para un abandono precipitado del país. Dice Shetsova que 150.000 rusos de clase media, intelectuales, tecnócratas, gente formada, ha dejado el país en los últimos tres años.
A los que se quedan les esperan más penurias. El número de rusos que han caído por debajo de la línea oficial de la pobreza se ha incrementado un 10% sólo en lo que va de año. El Estado protector de Putin empieza a diluirse. El deterioro de los servicios públicos es galopante.
Para someter a raya el descontento, deberá reforzarse el control social, más aún de lo que ya se ha ejecutado en los últimos años. El presupuesto del Estado, en un momento en que el dinero es necesario para otras cosas, está lastrado por un coste excesivo en aparatos de seguridad y defensa (casi un 60% del gasto público). Las protestas del Ministro de Economía, escandalosamente públicas, la han apartado del gobierno. Alexei Kudrin es un hombre respetado por los medios económicos. Ahora, Putin y Medvedev buscarán alguien con menos ambiciones para ese puesto. Alguien que sea respetado dentro, pero también fuera, porque Rusia necesita desesperadamente la inversión occidental.
UN SOCIO INCÓMODO DE OCCIDENTE
Para conseguirla, se hace preciso operar algunas rectificaciones en política exterior. En sus últimos años de su primer periodo presidencial, Putin se mostró esquivo, áspero y hasta hostil con Wasghington. Obama le echó una mano, proponiendo una revisión de las bases de la relación bilateral (el famoso ‘reset’). El resultado ha sido poco brillante. Dice la mayoría de los analistas occidentales que los estrategas de los cuerpos de seguridad rusos contaban con el inevitable declive de Occidente y con un polo emergente alternativo al que Rusia podría engancharse para recuperar el esplendor perdido. Esta tesis la sintetiza recientemente Andrew Kuchins, un analista senior del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington, en un artículo para FOREIGN AFFAIRS.
La apuesta no ha resultado muy exitosa, porque existen demasiadas contradicciones en las nuevas alianzas de Moscú. El auge de China es tan abrumador que produce más inquietud que tranquilidad en el Kremlin. La debilidad económica de Rusia no puede permitirse poner una cara demasiado agria a Estados Unidos porque necesita su tecnología para asegurar la modernización de sus vetustas estructuras. Pero ese camino de vuelta no será fácil. Washington exigirá ciertas garantías y, desde luego, apoyo en los escenarios más delicados (Irán, Afganistán) y cierta colaboración para ‘encuadrar’ a China en unas normas de respeto e las reglas del juego.
Afrontar el deterioro económico, el descontento social y mejorar las relaciones con Occidente no podrá hacerse incrementando las políticas represivas. O no debería. De momento, la respuesta a las protestas por los fraudes electorales ha sido dura y poco conciliadora. Parece ser el reflejo autoritario del grupo de ‘Ozero’, la dacha donde se conocieron y trabaron amistad aquellos jóvenes apparatchik de San Petersburgo en los primeros noventa.
Durante años, autoritarismo y pragmatismo se han combinado para rectificar el caótico proceso que siguió al hundimiento de la Unión Soviética. Está por ver si la fórmula puede mantenerse o si las contradicciones, debilidades intrínsecas y problemas abrumadores que soporta ese inmenso país lo arrastran hacia ese escenario sombrío en el que se extienden quizás con excesivo catastrofismo numerosos expertos occidentales.
Las elecciones legislativas en Rusia han confirmado la derrota y la victoria al mismo tiempo del partido de Putin, Rusia Unida. En unos comicios, perder quince puntos difícilmente permite eludir la sensación de fracaso. Pero, en los tiempos que corren, ¿quién no firmaría hoy en Europa revalidar una mayoría absoluta?
Rusia, claro, no es un país europeo… occidental. El proceso electoral acumula tantas denuncias, críticas y sospechas de fraude, grande y pequeño, abierto y oculto, directo y retorcido, que su legitimidad ha sido puesta en entredicho, con más o menos claridad por distintas cancillerías occidentales. La OSCE, un organismo nacido de la guerra fría –en realidad, de la distensión, del diálogo Este-Oeste, y ahora reconvertido en un cuerpo de observación de buena gobernanza- se ha mostrado con su habitual lenguaje diplomático, poco comprometido, pero al menos inequívoco en la denuncia de falta de neutralidad del Estado, de mecanismos electorales poco transparentes, de favoritismo oficialista abrumador de los medios estatales.
A Putin y a la élite que lo acompaña, protege y secunda le importan poco estas críticas. El presunto fraude le sirve para completar su proyecto de contar con una Duma (Parlamento) bajo control, una vez que, como parece seguro, vuelva a la Jefatura del Estado, en las elecciones de marzo. Para entonces, el actual presidente Medvedev ya habrá vuelto al puesto que él abandona ahora. Tándem, permuta, intercambio en la cúspide visto por los analistas como un síntoma más de la fallida democracia rusa.
UN FUTURO SOMBRÍO
Estos enjuagues más o menos burdos, en cualquier caso, constituyen el problema menor, aunque parezca chocante decirlo. Lo que verdaderamente preocupa, fuera y dentro de Rusia, es el futuro del país, su estabilidad, su sostenibilidad. La fiesta ha terminado. El boom económico y la relativa prosperidad se han agotado.
Algunos analistas occidentales, muy en la línea del catastrofismo habitual sobre el destino del país más grande de la tierra, consideran que Rusia se encamina hacia un desastre económico. Así lo asegura, por ejemplo, Iulia Joffe en un reciente trabajo para FOREIGN POLICY. Las necesidades sociales y, sobre todo, las exigencias de modernización del país no podrán ser cubiertas por la renta de los productos energéticos. Peor aún, las grandes reservas siberianas se agotarán pronto y no hay tecnología ni tiempo para explotar las de Ártico.
En los think-tank y publicaciones especializadas occidentales –anglosajones, sobre todo- se acumulan los análisis sobre el declive ruso. A partir de su demografía alarmante, la más vulnerable del mundo, se suceden las previsiones oscuras. Lilia Shetsova, en FOREIGN AFFAIRS, repasaba hace apenas dos meses la triada crítica de Rusia: el agotamiento del modelo de crecimiento, el descontento social galopante y una corrupción sistémica. Las vastas riquezas del país se antojan insuficientes para conseguir una modernización inaplazable de las infraestructuras, casi las mismas que en tiempos de la URSS. El famoso ‘consenso social’ de la era Putin está agotado: se ensanchan las diferencias entre ricos y pobres (eso también ocurre en Occidente). El malestar social empieza a ser visible. Aumenta la criminalidad, el nacionalismo xenófobo. Las encuestas reflejan la frustración. Se escuchan voces pidiendo cambios profundos. Hay un sabor a revuelta.
Estas circunstancias adversas han provocado el temor de las élites, que se protegen acudiendo a mecanismos habituales: defensa cerrada de privilegios e incremento de los reflejos represivos. Los más favorecidos blindan sus intereses. O los ponen a buen recaudo… fuera del país. En los últimos meses, la evasión de capital supera los 50 mil millones de dólares. La nueva ‘nomenklatura’ manda a sus hijos a estudiar fuera, acumula pisos, rentas, se prepara para un abandono precipitado del país. Dice Shetsova que 150.000 rusos de clase media, intelectuales, tecnócratas, gente formada, ha dejado el país en los últimos tres años.
A los que se quedan les esperan más penurias. El número de rusos que han caído por debajo de la línea oficial de la pobreza se ha incrementado un 10% sólo en lo que va de año. El Estado protector de Putin empieza a diluirse. El deterioro de los servicios públicos es galopante.
Para someter a raya el descontento, deberá reforzarse el control social, más aún de lo que ya se ha ejecutado en los últimos años. El presupuesto del Estado, en un momento en que el dinero es necesario para otras cosas, está lastrado por un coste excesivo en aparatos de seguridad y defensa (casi un 60% del gasto público). Las protestas del Ministro de Economía, escandalosamente públicas, la han apartado del gobierno. Alexei Kudrin es un hombre respetado por los medios económicos. Ahora, Putin y Medvedev buscarán alguien con menos ambiciones para ese puesto. Alguien que sea respetado dentro, pero también fuera, porque Rusia necesita desesperadamente la inversión occidental.
UN SOCIO INCÓMODO DE OCCIDENTE
Para conseguirla, se hace preciso operar algunas rectificaciones en política exterior. En sus últimos años de su primer periodo presidencial, Putin se mostró esquivo, áspero y hasta hostil con Wasghington. Obama le echó una mano, proponiendo una revisión de las bases de la relación bilateral (el famoso ‘reset’). El resultado ha sido poco brillante. Dice la mayoría de los analistas occidentales que los estrategas de los cuerpos de seguridad rusos contaban con el inevitable declive de Occidente y con un polo emergente alternativo al que Rusia podría engancharse para recuperar el esplendor perdido. Esta tesis la sintetiza recientemente Andrew Kuchins, un analista senior del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington, en un artículo para FOREIGN AFFAIRS.
La apuesta no ha resultado muy exitosa, porque existen demasiadas contradicciones en las nuevas alianzas de Moscú. El auge de China es tan abrumador que produce más inquietud que tranquilidad en el Kremlin. La debilidad económica de Rusia no puede permitirse poner una cara demasiado agria a Estados Unidos porque necesita su tecnología para asegurar la modernización de sus vetustas estructuras. Pero ese camino de vuelta no será fácil. Washington exigirá ciertas garantías y, desde luego, apoyo en los escenarios más delicados (Irán, Afganistán) y cierta colaboración para ‘encuadrar’ a China en unas normas de respeto e las reglas del juego.
Afrontar el deterioro económico, el descontento social y mejorar las relaciones con Occidente no podrá hacerse incrementando las políticas represivas. O no debería. De momento, la respuesta a las protestas por los fraudes electorales ha sido dura y poco conciliadora. Parece ser el reflejo autoritario del grupo de ‘Ozero’, la dacha donde se conocieron y trabaron amistad aquellos jóvenes apparatchik de San Petersburgo en los primeros noventa.
Durante años, autoritarismo y pragmatismo se han combinado para rectificar el caótico proceso que siguió al hundimiento de la Unión Soviética. Está por ver si la fórmula puede mantenerse o si las contradicciones, debilidades intrínsecas y problemas abrumadores que soporta ese inmenso país lo arrastran hacia ese escenario sombrío en el que se extienden quizás con excesivo catastrofismo numerosos expertos occidentales.
EL FANTASMA DEL ‘CALIFATO’: SENTIDO Y ALCANCE DE LAS VICTORIAS ISLAMISTAS
1 de diciembre de 2011
El islamismo moderado parece confirmarse como fuerza política dominante en los procesos de cambio político que se están produciendo en el mundo árabe. No debería suponer una sorpresa. Sin embargo, se percibe cierta inquietud en sectores políticos, intelectuales y mediáticos occidentales. En parte, por los mensajes ambiguos de los islamistas sobre sus proyectos políticos. Pero también debido al efecto pernicioso que ha conseguido implantar una información descuidada, en el mejor de los casos, cuando no claramente manipuladora.
Lo cierto es que tendremos una visión más certera de la dimensión, el alcance y la significación de las victorias electorales islamistas en Túnez y Marruecos, y la más que previsible en Egipto, si analizamos caso por caso, aunque no haya motivos para admitir una tendencia global, un factor multiplicador en el proceso en curso. Me concentraré en, Marruecos y Egipto, ya que en un comentario anterior se examinó con detalle el caso tunecino.
MARRUECOS: ¿UN CONTRAPESO A PALACIO?
Los vientos de cambio en Marruecos han resultado más apacibles que en otros países de la zona. Varias son las razones que explicarían esta moderación en el impulso del cambio. No se explica –no del todo, al menos- por el férreo control de la población que ejercen de los aparatos del Estado (algo común en todos los países de la zona); tampoco por la debilidad de los partidos políticos (en Marruecos, muy domeñados, pero con sólidas y veteranas estructuras organizativas); ni siquiera por la falta de liderazgo alternativo (también ha surgido allí un movimiento juvenil, el 20 de febrero, con características similares al tunecino o al egipcio).
Más bien, hay que buscar la explicación en la singularidad del régimen político marroquí. La actitud reverencial de la población ante el monarca, máxima autoridad política, pero también religiosa, reduce o neutraliza ciertos apetitos revoltosos. A ello se une un cinismo muy identificable de la población, quizás por estar más influenciada que otras vecinas por gustos y valores occidentales. El sentido pragmático del marroquí medio (es decir, de las clases populares) le hace bastante inmune a las aventuras políticas.
Esta actitud se refleja en la tasa de participación. La cifra oficial del 45% ha sido interpretada de manera muy diversa. Como señala la investigadora Dafne McCurdy en un interesante trabajo para FOREIGN POLICY, el gobierno ha exagerado su importancia, comparándola con el 37% obtenido en 2007. Pero hay que tener en cuenta que en ese año se registraron para votar dos millones de personas más (15 millones y medio, en total) que este año (sólo 13 millones y medio). En consecuencia, no ha votado más gente ahora. Y ello, a pesar de que, en esta ocasión, se suponía que se inauguraba un nuevo tiempo político, tras los cambios constitucionales refrendados en verano, que reforzaban el poder del Parlamento y de los partidos y disminuían el de la Corona. La participación en 2011 ha sido inferior en más de seis puntos inferior con respecto a 2002 y de doce puntos en relación a 1997. Esto parece indicarnos que el descreimiento hacia el sistema no se ha mitigado por la promesa de un cambio en el que casi nadie cree.
En esas condiciones, el voto preferente, que no mayoritario, a la opción islamista moderada puede interpretarse como un reflejo conservador del electorado. El apoyo obtenido por el Partido de la Justicia y el Desarrollo no ha llegado al 30%, lo que le obligará a forjar un pacto con los nacionalistas de Istiqlal y con otras fuerzas menos oficialistas (dudosos los socialistas, por su recelo de la orientación religiosa del PJD) para poder formar gobierno, en base a los nuevos preceptos constitucionales.
El PJD se ha cuidado muy mucho de moderar su lenguaje. Cauto y ambiguo, como sus correligionarios en Túnez y en Egipto (incluso en Libia, donde apenas si están organizando sus opciones), los islamistas marroquíes han basado su atractivo electoral en su compromiso de lucha contra la corrupción. Su líder, Abdelilah Benkirane, no es un Ahmadineyad precisamente. Fue elegido en 2008 por sus credenciales claramente moderadas y su defensa de un trono fuerte y poderoso. Reemplazó en el liderazgo del partido a Saad Al-Din Al-Uhtami, quien preconizaba la instauración de una monarquía parlamentaria en el país. Benkirane puede ser más o menos próximo a Palacio (amigo del rey, comentan algunos). Pero no ha llegado al punto de integrar a su partido en ese conglomerado de formaciones puramente satélites de Palacio (el llamado G-8).
EGIPTO: UN TEMOR APRESURADO
En Egipto, el complejísimo e interminable sistema electoral (imposible de explicar en estas líneas) hace que tengamos que esperar meses hasta conocer la verdadera composición de la Asamblea Constituyente. Las primeras estimaciones correspondientes a las jornadas electorales de esta semana parecen confirmar el liderazgo del Partido de la Justicia y la Libertad, rama política de los Hermanos Musulmanes.
La Hermandad ha capeado con bastante cautela el rebrote contestatario de las últimas semanas. Primero, se avino a un pacto con los militares (como otras fuerzas liberales, por cierto) para neutralizar a los más exigentes en la Plaza Tahrir. Después, cuando se zanjaron las protestas con violencia gubernamental, se desmarcaron y se mostraron más críticos con la conducción de las Fuerzas Armadas. El empeño de los HHMM consistía en proteger el proceso electoral, en primer lugar, porque se sabían beneficiarios de sus resultados. Pero también porque eran conscientes de que la ‘revolución permanente’ podría precipitar al país en el caos. La famosa frase de uno de los generales de la Junta, ‘Egipto no es sólo la Plaza Tahrir’, es asumida plenamente por los Hermanos.
En ciertos ámbitos de Occidente ya se glosa la islamización de Egipto. De los HHMM se ofrece a menudo una imagen como de lobos vestidos de cordero. Recientemente, en FOREIGN AFFAIRS, Eric Trager les dedicaba un artículo titulado ‘Los inquebrantables Hermanos Musulmanes’, en el que se describía al detalle el riguroso proceso de selección y adoctrinamiento de sus integrantes y se apostaba por el oscuro futuro de un ‘Egipto liberal’, como si eso hubiera existido alguna vez.
En parte, esta apreciación está ampliamente influida por años de ‘islamofobia’ descarada por los ‘neocon’ y por un amplio sector de los medios anglosajones. Y no menos, desde la derecha israelí, por supuesto. Uno de sus medios más potentes, el JERUSALEM POST, publicaba esta semana un análisis que comenzaba así: “Los peores temores acerca de las revueltas árabes parecen confirmarse…Los islamistas están en ascenso”. El comentario venía luego aderezado por el supuesto apoyo de la mayoría de los egipcios a las más estereotipadas fórmulas de la ‘sharia’ (lapidación, pena de muerte, corte de manos…). Lo que no impedía que, en la misma consulta, realizada por el norteamericano PEW RESEARCH CENTER, se mostrara que esa misma mayoría no deseaba un gobierno monocolor de los ‘piadosos’.
Aunque haya una facción más radical, más cercana a los ‘revolucionarios de la plaza’, lo cierto es que el ‘establishment’ de la organización parece tener el proceso bajo control. En declaraciones a DER SPIEGEL, uno de sus portavoces, Mahmud Ghoslan asegura que ellos no se atienen a los modelos iraní o turco, sino que generarán uno propio y desmiente que oculten su agenda: de los nueve miembros del Consejo Supremo, cinco se doctoraron en Universidades norteamericanos –recuerda Ghoslan-, “somos templados y moderados, de mente abierta”.
Añado brevemente que el ‘número dos’ de los HHMM, Ezzan El Eriam, con quien me entrevisté durante dos horas en El Cairo hace unos años, me transmitió la misma impresión de moderación y templanza. Salvando las distancias, no me parece descabellado comparar a estos islamistas (egipcios, marroquíes, tunecinos) con la Democracia Cristiana europea de posguerra.
Lo relevante es que los progresistas egipcios, aunque contrarios a un dominio de la ‘cofadría’, consideran su previsible triunfo como un mal menor. En un interesante artículo para THE INDEPENDENT, el veterano periodista británico Ian Birnell reproduce, a modo de muestra, un comentario de Yara, una joven de la Plaza Tahrir situada en las antípodas de los piadosos dirigentes en ciernes: “No queremos a los Hermanos Musulmanes al mando, pero tampoco los tememos”. Birnell añade que la dependencia del turismo y el ejercicio del poder moderarán los impulsos radicales de los HHMM. Después de todo, “¿en qué se diferencian ellos de la derecha religiosa en América, de esos zelotes del ‘Tea Party’ que intentan imponer sus anticuadas creencias a todos los individuos?”, se pregunta el colega británico.
Por tanto, el temor al ‘califato’, a un viento de pureza religiosa que reduzca derechos y repliegue a las sociedades islámicas a un tiempo oscurantista y opresivo, parece precipitado. La salida islamista parece una respuesta conservadora, de refugio en opciones templadas, más autóctonas, frente al falso modernismo de unos regímenes ‘republicanos’ corrompidos, cleptócratas, imbuidos de un ‘modernismo’ occidental falsario y elitista. El proclamado ‘socialismo árabe’, nacionalista y liberador, se consumió, en la práctica, en un estatalismo ineficaz, depredador, corrupto y derrotado sistemáticamente, dentro y fuera, en las guerras contra el enemigo israelí y en la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo.
El islamismo no es seguramente la solución para las sociedades árabes, y es comprensible por ello el recelo que las tendencias electorales despiertan en medios progresistas occidentales. Pero las propuestas aperturistas, modernistas, participativas, liberales y, si se quiere, ‘revolucionarias’ (‘el espíritu de Tahrir’) necesitarán mucho más que proclamas bienintencionadas y campañas cibernéticas para prender en el ánimo de unas masas árabes profundamente escépticas.
El islamismo moderado parece confirmarse como fuerza política dominante en los procesos de cambio político que se están produciendo en el mundo árabe. No debería suponer una sorpresa. Sin embargo, se percibe cierta inquietud en sectores políticos, intelectuales y mediáticos occidentales. En parte, por los mensajes ambiguos de los islamistas sobre sus proyectos políticos. Pero también debido al efecto pernicioso que ha conseguido implantar una información descuidada, en el mejor de los casos, cuando no claramente manipuladora.
Lo cierto es que tendremos una visión más certera de la dimensión, el alcance y la significación de las victorias electorales islamistas en Túnez y Marruecos, y la más que previsible en Egipto, si analizamos caso por caso, aunque no haya motivos para admitir una tendencia global, un factor multiplicador en el proceso en curso. Me concentraré en, Marruecos y Egipto, ya que en un comentario anterior se examinó con detalle el caso tunecino.
MARRUECOS: ¿UN CONTRAPESO A PALACIO?
Los vientos de cambio en Marruecos han resultado más apacibles que en otros países de la zona. Varias son las razones que explicarían esta moderación en el impulso del cambio. No se explica –no del todo, al menos- por el férreo control de la población que ejercen de los aparatos del Estado (algo común en todos los países de la zona); tampoco por la debilidad de los partidos políticos (en Marruecos, muy domeñados, pero con sólidas y veteranas estructuras organizativas); ni siquiera por la falta de liderazgo alternativo (también ha surgido allí un movimiento juvenil, el 20 de febrero, con características similares al tunecino o al egipcio).
Más bien, hay que buscar la explicación en la singularidad del régimen político marroquí. La actitud reverencial de la población ante el monarca, máxima autoridad política, pero también religiosa, reduce o neutraliza ciertos apetitos revoltosos. A ello se une un cinismo muy identificable de la población, quizás por estar más influenciada que otras vecinas por gustos y valores occidentales. El sentido pragmático del marroquí medio (es decir, de las clases populares) le hace bastante inmune a las aventuras políticas.
Esta actitud se refleja en la tasa de participación. La cifra oficial del 45% ha sido interpretada de manera muy diversa. Como señala la investigadora Dafne McCurdy en un interesante trabajo para FOREIGN POLICY, el gobierno ha exagerado su importancia, comparándola con el 37% obtenido en 2007. Pero hay que tener en cuenta que en ese año se registraron para votar dos millones de personas más (15 millones y medio, en total) que este año (sólo 13 millones y medio). En consecuencia, no ha votado más gente ahora. Y ello, a pesar de que, en esta ocasión, se suponía que se inauguraba un nuevo tiempo político, tras los cambios constitucionales refrendados en verano, que reforzaban el poder del Parlamento y de los partidos y disminuían el de la Corona. La participación en 2011 ha sido inferior en más de seis puntos inferior con respecto a 2002 y de doce puntos en relación a 1997. Esto parece indicarnos que el descreimiento hacia el sistema no se ha mitigado por la promesa de un cambio en el que casi nadie cree.
En esas condiciones, el voto preferente, que no mayoritario, a la opción islamista moderada puede interpretarse como un reflejo conservador del electorado. El apoyo obtenido por el Partido de la Justicia y el Desarrollo no ha llegado al 30%, lo que le obligará a forjar un pacto con los nacionalistas de Istiqlal y con otras fuerzas menos oficialistas (dudosos los socialistas, por su recelo de la orientación religiosa del PJD) para poder formar gobierno, en base a los nuevos preceptos constitucionales.
El PJD se ha cuidado muy mucho de moderar su lenguaje. Cauto y ambiguo, como sus correligionarios en Túnez y en Egipto (incluso en Libia, donde apenas si están organizando sus opciones), los islamistas marroquíes han basado su atractivo electoral en su compromiso de lucha contra la corrupción. Su líder, Abdelilah Benkirane, no es un Ahmadineyad precisamente. Fue elegido en 2008 por sus credenciales claramente moderadas y su defensa de un trono fuerte y poderoso. Reemplazó en el liderazgo del partido a Saad Al-Din Al-Uhtami, quien preconizaba la instauración de una monarquía parlamentaria en el país. Benkirane puede ser más o menos próximo a Palacio (amigo del rey, comentan algunos). Pero no ha llegado al punto de integrar a su partido en ese conglomerado de formaciones puramente satélites de Palacio (el llamado G-8).
EGIPTO: UN TEMOR APRESURADO
En Egipto, el complejísimo e interminable sistema electoral (imposible de explicar en estas líneas) hace que tengamos que esperar meses hasta conocer la verdadera composición de la Asamblea Constituyente. Las primeras estimaciones correspondientes a las jornadas electorales de esta semana parecen confirmar el liderazgo del Partido de la Justicia y la Libertad, rama política de los Hermanos Musulmanes.
La Hermandad ha capeado con bastante cautela el rebrote contestatario de las últimas semanas. Primero, se avino a un pacto con los militares (como otras fuerzas liberales, por cierto) para neutralizar a los más exigentes en la Plaza Tahrir. Después, cuando se zanjaron las protestas con violencia gubernamental, se desmarcaron y se mostraron más críticos con la conducción de las Fuerzas Armadas. El empeño de los HHMM consistía en proteger el proceso electoral, en primer lugar, porque se sabían beneficiarios de sus resultados. Pero también porque eran conscientes de que la ‘revolución permanente’ podría precipitar al país en el caos. La famosa frase de uno de los generales de la Junta, ‘Egipto no es sólo la Plaza Tahrir’, es asumida plenamente por los Hermanos.
En ciertos ámbitos de Occidente ya se glosa la islamización de Egipto. De los HHMM se ofrece a menudo una imagen como de lobos vestidos de cordero. Recientemente, en FOREIGN AFFAIRS, Eric Trager les dedicaba un artículo titulado ‘Los inquebrantables Hermanos Musulmanes’, en el que se describía al detalle el riguroso proceso de selección y adoctrinamiento de sus integrantes y se apostaba por el oscuro futuro de un ‘Egipto liberal’, como si eso hubiera existido alguna vez.
En parte, esta apreciación está ampliamente influida por años de ‘islamofobia’ descarada por los ‘neocon’ y por un amplio sector de los medios anglosajones. Y no menos, desde la derecha israelí, por supuesto. Uno de sus medios más potentes, el JERUSALEM POST, publicaba esta semana un análisis que comenzaba así: “Los peores temores acerca de las revueltas árabes parecen confirmarse…Los islamistas están en ascenso”. El comentario venía luego aderezado por el supuesto apoyo de la mayoría de los egipcios a las más estereotipadas fórmulas de la ‘sharia’ (lapidación, pena de muerte, corte de manos…). Lo que no impedía que, en la misma consulta, realizada por el norteamericano PEW RESEARCH CENTER, se mostrara que esa misma mayoría no deseaba un gobierno monocolor de los ‘piadosos’.
Aunque haya una facción más radical, más cercana a los ‘revolucionarios de la plaza’, lo cierto es que el ‘establishment’ de la organización parece tener el proceso bajo control. En declaraciones a DER SPIEGEL, uno de sus portavoces, Mahmud Ghoslan asegura que ellos no se atienen a los modelos iraní o turco, sino que generarán uno propio y desmiente que oculten su agenda: de los nueve miembros del Consejo Supremo, cinco se doctoraron en Universidades norteamericanos –recuerda Ghoslan-, “somos templados y moderados, de mente abierta”.
Añado brevemente que el ‘número dos’ de los HHMM, Ezzan El Eriam, con quien me entrevisté durante dos horas en El Cairo hace unos años, me transmitió la misma impresión de moderación y templanza. Salvando las distancias, no me parece descabellado comparar a estos islamistas (egipcios, marroquíes, tunecinos) con la Democracia Cristiana europea de posguerra.
Lo relevante es que los progresistas egipcios, aunque contrarios a un dominio de la ‘cofadría’, consideran su previsible triunfo como un mal menor. En un interesante artículo para THE INDEPENDENT, el veterano periodista británico Ian Birnell reproduce, a modo de muestra, un comentario de Yara, una joven de la Plaza Tahrir situada en las antípodas de los piadosos dirigentes en ciernes: “No queremos a los Hermanos Musulmanes al mando, pero tampoco los tememos”. Birnell añade que la dependencia del turismo y el ejercicio del poder moderarán los impulsos radicales de los HHMM. Después de todo, “¿en qué se diferencian ellos de la derecha religiosa en América, de esos zelotes del ‘Tea Party’ que intentan imponer sus anticuadas creencias a todos los individuos?”, se pregunta el colega británico.
Por tanto, el temor al ‘califato’, a un viento de pureza religiosa que reduzca derechos y repliegue a las sociedades islámicas a un tiempo oscurantista y opresivo, parece precipitado. La salida islamista parece una respuesta conservadora, de refugio en opciones templadas, más autóctonas, frente al falso modernismo de unos regímenes ‘republicanos’ corrompidos, cleptócratas, imbuidos de un ‘modernismo’ occidental falsario y elitista. El proclamado ‘socialismo árabe’, nacionalista y liberador, se consumió, en la práctica, en un estatalismo ineficaz, depredador, corrupto y derrotado sistemáticamente, dentro y fuera, en las guerras contra el enemigo israelí y en la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo.
El islamismo no es seguramente la solución para las sociedades árabes, y es comprensible por ello el recelo que las tendencias electorales despiertan en medios progresistas occidentales. Pero las propuestas aperturistas, modernistas, participativas, liberales y, si se quiere, ‘revolucionarias’ (‘el espíritu de Tahrir’) necesitarán mucho más que proclamas bienintencionadas y campañas cibernéticas para prender en el ánimo de unas masas árabes profundamente escépticas.
OBAMA: PASO AL FRENTE EN ASIA
24 de noviembre de 2011
No es previsible que la política exterior tenga un gran peso en las elecciones del año próximo en los Estados Unidos. El desempleo, la crisis económica, el papel del Estado de los servicios público y el manido asunto de los values (valores) dominarán seguramente la campaña y determinarán el resultado.
No obstante, hay asuntos de política exterior que tiene una repercusión económica directa y contundente. Quizás el caso más claro, el que mejor percibe la opinión pública norteamericana, es el de las relaciones con China. En sus tres años de mandato, desde distintas latitudes políticas, se ha percibido como blanda, vacilante o desconcertada la actitud de Obama hacia la gran potencia emergente. Durante su reciente gira asiática, el presidente estadounidense ha escenificado un giro o, al menos, ha emitido un mensaje claro: está en marcha, y públicamente, una estrategia de contención y compromiso hacia Pekín.
REFUERZO DE LA PRESENCIA MILITAR
El primer pilar es el refuerzo de la presencia militar en la zona. Estados Unidos parece decidido a reforzar su presencia naval en el Pacífico, donde es una potencia innegable, y de donde nunca se ha retirado, aunque se haya hecho menos visible en las últimas décadas. El primer paso es el anuncio del envío de 2.500 marines a la base australiana de Darwin, un enclave estratégico desde el que se vigilará el despliegue aeronaval de Pekín en el llamado Mar del sur de China, una región marítima objeto de serias dispuestas entre varias potencias ribereñas (la propia China, Filipinas, Vietnam).
Obama anunció esta decisión ante el Parlamento australiano, en vísperas de reunirse con sus socios estratégicos asiáticos en Indonesia, en la cita anual de la ASEAN, en la que también estaba presente China, por supuesto. Aunque la medida sea muy discreta, lo importante es el camino que indica, según algunos analistas. En efecto, Obama aseguró también que los recortes previstos en el presupuesto del Pentágono (400 mil millones de dólares en los próximos diez años) no afectarían a la solidez de la seguridad asiática. De esta forma, el presidente confirmó lo que algunos de sus colaboradores ya venían apuntando desde hace tiempo: Asia será la prioridad estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Hillary Clinton fijó doctrina en un reciente artículo en Foreign Policy; el Secretario de Defensa, Leon Panetta, se ha referido en tono abiertamente crítico a la "falta de transparencia" del presupuesto militar y del despliegue operativo de China; y, finalmente, Thomas Donillon, el Consejero de Seguridad Nacional, anunció el necesario 'reequilibrio del énfasis estratégico' de Estados Unidos, una vez que se liquiden las operaciones militares en Irak y Afganistán.
HACIA EL PRIMER ESPACIO ECONÓMICO MUNDIAL
El segundo pilar es el económico. Si Estados Unidos quiere afirmar y reforzar su presencia militar es porque necesitar asegurar el gran espacio económico, comercial y financiero del futuro (ya presente, en realidad). Esa zona disputada del Mar de China constituye el escenario fundamental de las rutas mercantiles regionales. El valor del comercio que transita por esas aguas supera los 5 billones de dólares, la tercer parte de los cuales atribuibles a transacciones norteamericanas.
Pero, además, resulta de capital importancia para Estados Unidos 'estabilizar' la zona para asegurar el gran proyecto estratégico asiático de Washington: el 'TransPacific Partnership'; es decir, la gran zona de libre comercio del Pacífico. De momento, China no está incluida en este club, en tanto no 'cumpla' ciertas normas 'liberales' de comportamiento económico, comercial y monetario.
UNA COALICION REGIONAL FRENTE A PEKIN
El tercer pilar es el diplomático. Más allá de la disuasión militar, esta apuesta de Washington tiene un significado político. Obama envía, por fin, lo que muchos de sus socios asiáticos le reclamaban con ansiedad desde su llegada a la Casa Blanca: un pronunciamiento claro de firmeza frente a Pekín. Hasta ahora, la política de la Casa Blanca se percibía entre sus aliados como excesivamente apaciguadora. A esta percepción han contribuido notablemente los 'halcones' republicanos. Sea como fuere, la administración norteamericana se ha embarcado en una intensa campaña diplomática. Durante la reciente gira asiática, Obama hizo algo que a Pekín no debió gustar en absoluto: defender un enfoque multilateral para abordar las disputas marítimas regionales. Los chinos han insistido en tratar con cada país los diferendos concretos; de esta forma, su capacidad de presión es más fuerte.
Lo más llamativo, en todo caso, es el anuncio del establecimiento de vínculos con Myanmar (Birmania). El régimen militar ha adoptado algunas medidas de apertura, desde la designación del general Thein Sein como nuevo presidente del país. La propia oposición birmana, con la emblemática Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi a la cabeza, ha considerado alentadoras la evolución del régimen y se dispone a participar en el juego político. Obama se apresuró a tomar el testigo y anunció la próxima visita de la Secretaria Clinton a Rangún, aunque se cuidó de advertir que las autoridades birmanas debían dar muchos pasos todavía para alcanzar la democracia y el respeto de los derechos humanos.
Este maniobra de acercamiento a Myanmar también está relacionada con la política de firmeza hacia China, porque el régimen militar birmano pasa por ser uno de los principales aliados regionales de Pekín. No obstante, en los últimos tiempos se ha percibido en la región y en Occidente ciertas fricciones entre los dos países. El proyecto de construcción de una prensa en Myanmar puso en evidencia estas discrepancias. De hecho, hay quien asegura que en la apertura del régimen pesa más la búsqueda de nuevos aliados que un deseo democratizador.
Desde China, este giro norteamericano ha sido recibido con la habitual duplicidad. Lenguaje duro y desafiante en alguno de los medios oficiales (el Global Times, portavoz oficioso en política exterior, denunció maniobras dañinas e intento de arrinconar a China). En cambio, en la cumbre de la ASEAN, el primer ministro Wen Jiabao optó por un tono evasivo, moderado y elegante, muy en su línea, ya que pasa por ser el líder más reformista de la cúpula china. Aunque rehusó entrar en el fondo de la cuestión, se abstuvo de defender los puntos de vista oficiales más polémicos.
En definitiva, Estados Unidos oficializa esta 'nueva fase' de su política asiática, inaugura un tono público más firme con Pekín, contención sin renunciar al compromiso de incorporar a China al concierto internacional, y reafirma su condición de líder regional, en un nuevo 'balance estratégico'.
No es previsible que la política exterior tenga un gran peso en las elecciones del año próximo en los Estados Unidos. El desempleo, la crisis económica, el papel del Estado de los servicios público y el manido asunto de los values (valores) dominarán seguramente la campaña y determinarán el resultado.
No obstante, hay asuntos de política exterior que tiene una repercusión económica directa y contundente. Quizás el caso más claro, el que mejor percibe la opinión pública norteamericana, es el de las relaciones con China. En sus tres años de mandato, desde distintas latitudes políticas, se ha percibido como blanda, vacilante o desconcertada la actitud de Obama hacia la gran potencia emergente. Durante su reciente gira asiática, el presidente estadounidense ha escenificado un giro o, al menos, ha emitido un mensaje claro: está en marcha, y públicamente, una estrategia de contención y compromiso hacia Pekín.
REFUERZO DE LA PRESENCIA MILITAR
El primer pilar es el refuerzo de la presencia militar en la zona. Estados Unidos parece decidido a reforzar su presencia naval en el Pacífico, donde es una potencia innegable, y de donde nunca se ha retirado, aunque se haya hecho menos visible en las últimas décadas. El primer paso es el anuncio del envío de 2.500 marines a la base australiana de Darwin, un enclave estratégico desde el que se vigilará el despliegue aeronaval de Pekín en el llamado Mar del sur de China, una región marítima objeto de serias dispuestas entre varias potencias ribereñas (la propia China, Filipinas, Vietnam).
Obama anunció esta decisión ante el Parlamento australiano, en vísperas de reunirse con sus socios estratégicos asiáticos en Indonesia, en la cita anual de la ASEAN, en la que también estaba presente China, por supuesto. Aunque la medida sea muy discreta, lo importante es el camino que indica, según algunos analistas. En efecto, Obama aseguró también que los recortes previstos en el presupuesto del Pentágono (400 mil millones de dólares en los próximos diez años) no afectarían a la solidez de la seguridad asiática. De esta forma, el presidente confirmó lo que algunos de sus colaboradores ya venían apuntando desde hace tiempo: Asia será la prioridad estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Hillary Clinton fijó doctrina en un reciente artículo en Foreign Policy; el Secretario de Defensa, Leon Panetta, se ha referido en tono abiertamente crítico a la "falta de transparencia" del presupuesto militar y del despliegue operativo de China; y, finalmente, Thomas Donillon, el Consejero de Seguridad Nacional, anunció el necesario 'reequilibrio del énfasis estratégico' de Estados Unidos, una vez que se liquiden las operaciones militares en Irak y Afganistán.
HACIA EL PRIMER ESPACIO ECONÓMICO MUNDIAL
El segundo pilar es el económico. Si Estados Unidos quiere afirmar y reforzar su presencia militar es porque necesitar asegurar el gran espacio económico, comercial y financiero del futuro (ya presente, en realidad). Esa zona disputada del Mar de China constituye el escenario fundamental de las rutas mercantiles regionales. El valor del comercio que transita por esas aguas supera los 5 billones de dólares, la tercer parte de los cuales atribuibles a transacciones norteamericanas.
Pero, además, resulta de capital importancia para Estados Unidos 'estabilizar' la zona para asegurar el gran proyecto estratégico asiático de Washington: el 'TransPacific Partnership'; es decir, la gran zona de libre comercio del Pacífico. De momento, China no está incluida en este club, en tanto no 'cumpla' ciertas normas 'liberales' de comportamiento económico, comercial y monetario.
UNA COALICION REGIONAL FRENTE A PEKIN
El tercer pilar es el diplomático. Más allá de la disuasión militar, esta apuesta de Washington tiene un significado político. Obama envía, por fin, lo que muchos de sus socios asiáticos le reclamaban con ansiedad desde su llegada a la Casa Blanca: un pronunciamiento claro de firmeza frente a Pekín. Hasta ahora, la política de la Casa Blanca se percibía entre sus aliados como excesivamente apaciguadora. A esta percepción han contribuido notablemente los 'halcones' republicanos. Sea como fuere, la administración norteamericana se ha embarcado en una intensa campaña diplomática. Durante la reciente gira asiática, Obama hizo algo que a Pekín no debió gustar en absoluto: defender un enfoque multilateral para abordar las disputas marítimas regionales. Los chinos han insistido en tratar con cada país los diferendos concretos; de esta forma, su capacidad de presión es más fuerte.
Lo más llamativo, en todo caso, es el anuncio del establecimiento de vínculos con Myanmar (Birmania). El régimen militar ha adoptado algunas medidas de apertura, desde la designación del general Thein Sein como nuevo presidente del país. La propia oposición birmana, con la emblemática Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi a la cabeza, ha considerado alentadoras la evolución del régimen y se dispone a participar en el juego político. Obama se apresuró a tomar el testigo y anunció la próxima visita de la Secretaria Clinton a Rangún, aunque se cuidó de advertir que las autoridades birmanas debían dar muchos pasos todavía para alcanzar la democracia y el respeto de los derechos humanos.
Este maniobra de acercamiento a Myanmar también está relacionada con la política de firmeza hacia China, porque el régimen militar birmano pasa por ser uno de los principales aliados regionales de Pekín. No obstante, en los últimos tiempos se ha percibido en la región y en Occidente ciertas fricciones entre los dos países. El proyecto de construcción de una prensa en Myanmar puso en evidencia estas discrepancias. De hecho, hay quien asegura que en la apertura del régimen pesa más la búsqueda de nuevos aliados que un deseo democratizador.
Desde China, este giro norteamericano ha sido recibido con la habitual duplicidad. Lenguaje duro y desafiante en alguno de los medios oficiales (el Global Times, portavoz oficioso en política exterior, denunció maniobras dañinas e intento de arrinconar a China). En cambio, en la cumbre de la ASEAN, el primer ministro Wen Jiabao optó por un tono evasivo, moderado y elegante, muy en su línea, ya que pasa por ser el líder más reformista de la cúpula china. Aunque rehusó entrar en el fondo de la cuestión, se abstuvo de defender los puntos de vista oficiales más polémicos.
En definitiva, Estados Unidos oficializa esta 'nueva fase' de su política asiática, inaugura un tono público más firme con Pekín, contención sin renunciar al compromiso de incorporar a China al concierto internacional, y reafirma su condición de líder regional, en un nuevo 'balance estratégico'.
EL ESPEJISMO EUROPEO
17 de noviembre de 2011
En medio del naufragio, gobiernos, parlamentos, representantes políticos, portavoces mediáticos y líderes sociales europeos persiguen desesperadamente fórmulas no ya para acabar con la crisis, sino, en el mejor de los casos, para suavizarla y/o acortarla. Lo cual no quiere decir que se detecte pluralismo en el debate. Salvo desde posiciones muy minoritarias, se impone una suerte de 'pensamiento único', el mismo que alentó, estructuró intelectualmente, y ahora pretende justificar y escamotear escandalosamente las causas y efectos de la crisis.
LA 'SOLUCION' TECNÓCRATA
Sorprende el entusiasmo -o al menos el alivio- que ha provocado la instauración de sendos gobiernos 'tecnocráticos' en Grecia e Italia. Quizás sea la desesperación o el rechazo a lo conocido, pero ha bastado con conocer la identidad de los dos nuevos 'capitanes' para sembrar semillas de 'esperanza'. Se ensalzan los perfiles de Papademos y Monti, se enfatiza su competencia, se destaca su 'apoliticismo' (por así decirlo). En cambio, se silencia o se aplica sordina a otros rasgos inquietantes. En el caso de Monti, el más laureado, se pasa por alto su trayectoria profesional en defensa de políticas claramente responsables del desaguisado. ¿Qué confianza merece el hombre que actuó de 'conseguidor' de Goldman Sachs en Europa? LE MONDE, en su perfil actualizado del nuevo jefe del gobierno italiano, recuerda esta línea de su curriculum pero elude valorarla, sumándose al tono positivo general.
Desde otra sensibilidad mediática, declaradamente liberal, el semanario británico THE ECONOMIST afirma en su último comentario editorial que los tecnócratas pueden ser buenos para determinar medidas financieras, sostenibilidad de la deuda y tipos de esfuerzos a realizar. Pero matiza: "no lo son tanto a la hora de establecer cómo debe ser distribuido ese esfuerzo, si se debe elevar impuestos o recortar prestaciones a uno u otro sector social (...) Ésas son cuestiones políticas, no técnicas. Y no dejarán de serlo porque se nombre primer ministro a un tecnócrata".
Más allá de las virtudes y capacitaciones personales, lo cierto es que los que deciden o los dueños del 'relato de la crisis' se empeñan en afirmar que las cosas empiezan a encauzarse. Ojalá. Pero debe permitirse serias dudas al respecto.
Entre las mayores preocupaciones recurrentes durante la gestión política de la crisis, se encuentra el deseo -la ansiedad, podríamos decir- de 'salvar' el proyecto europeo. Lo que, en primer término, y en este momento de la película, equivale a reflotar el euro. Algunos economistas reputados sobre cuya competencia no cabe albergar muchas dudas, impugnan esta visión. No sólo los archileídos y respetados 'nobeles' Krugman o Stiglitz. Otros más 'neutros' o incluso ortodoxos, más apegados a la ideología neoliberal, o 'social-liberal' están empezando a cuestionarse ciertos dogmas vigentes desde los ochenta.
Pero no parece que estas críticas, dudas o revisiones vayan a hacer zozobrar la mano de hierro que conduce el timón europeo. Estos días, se debate con fruición imprecisas propuestas de cambios legislativos y jurídicos para evitar, prevenir o, eventualmente, sancionar a 'incumplidores'.
LA RECETA ALEMANA
Alemania encabeza ese esfuerzo. La canciller Merkel, obligada a ciertas concesiones para evitar una catástrofe en Grecia, parece escarmentada y quiere asegurarse de que no volverá a ser colocada ante un dilema indeseable. Lo hace por convicción, sin duda, forjada en su tardía militancia anticomunista y en su rigurosa formación luterana. Pero también empujada por sus urgencias electorales. Los democristianos alemanes encadenan siete derrotas electorales regionales, sus socios liberales se derrumban y la perspectiva de la pérdida del poder federal, como puro castigo, resulta inquietamente real.
Hay en Alemania un convencimiento obstinado en que la culpa de todo esto la tienen los gobiernos 'gastones' europeos (del sur, principalmente) y sus sociedades irresponsables o ligeras de costumbres. No toleran que mientras ellos, los alemanes, han hecho sacrificios y se han ajustado a consumir conforme a sus posibilidades, los demás han dado rienda suelta a sus caprichos y excesos. Algo de razón pueden tener. Pero tienden a cerrar los ojos ante la realidad de la aparente prosperidad alemana. El crecimiento germano se basa en la fortaleza de su sector exportador, algo que no se ha construido durante ni en los años inmediatos a la crisis, sino en décadas. Y, por cierto, con base no sólo en el esfuerzo propio sino en la generosidad ajena durante los años de la reconstrucción de posguerra.
Alemania ha sido 'generosa' con muchos países europeos, porque, entre otras cosas, el desarrollo de esos a los que ha contribuido a ayudar garantizaba la fortaleza de su economía, la fidelización de sus mercados para sus productos manufacturados y de alto valor añadido.
Francia se pega a la rueda alemana, como los ciclistas que no confían demasiado en sus fuerzas y esperan ser 'llevados' a meta sin quedar descolgados. El presidente Sarkozy está obsesionado con no separarse de la 'locomotora alemana'. De ahí que se haya rescatado la tesis del 'directorio europeo' comandado por el famoso eje París-Berlín, para escenificar una carrera con el pelotón partido (o sea: la Europa a varias velocidades). Pero lo cierto es que Sarkozy hace virtud de la necesidad: no puede ocultar, entre otras cosas, que el naufragio transalpino amenaza seriamente la estabilidad de los bancos franceses, muy comprometidos por la deuda italiana.
En otras instancias y capitales europeas, las presiones alemanas y la ansiedad francesa han provocado alarma. Se escuchan reproches y admoniciones más o menos elegantes. Bruselas se ha convertido en un hervidero de cabildeos y cenáculos de unos países y otros: los de la locomotora, todos los del euro, los más solventes del euro, los ajenos al euro. Más que fracturas ideológicas o políticas, hay puras posiciones de poder... o de debilidad.
Con la reforma del Tratado de Lisboa, recién estrenado, Merkel pretende blindar el proyecto europeo, aplicando esa máxima comunitaria de que 'Europa avanza a golpe de crisis'. Este pretendido axioma se instauró en los noventa, cuando otras turbulencias financieras y monetarias pusieron en jaque la integración europea y generó dudas y debilidades políticas notables. Entonces, Alemania arrostró gran parte de la responsabilidad por las dificultares que se autoimpuso al forzar una unificación precipitada y altamente gravosa, de la que toda Europa se resintió. No más, desde luego, que la propiedad sociedad alemana, por mucho entusiasmo que el 'reencuentro' provocara en la mayoría de los ciudadanos.
¿OBSTINACIÓN O DESIGNIO?
Se antoja como manifestaciones del gran espejismo europeo las supuestas 'soluciones clásicas': el rigor (para la mayoría), la austeridad (selectiva), el temor a la amenaza fantasma de la inflación (inexistente), el anatema del gasto público (inversión social), la demonización de la deuda (la pública), la persistencia en la desregulación (laboral, financiera, etc.). O ahora, después del desaguisado, la debilidad en el control de las finanzas y la ausencia de sanciones contundentes de las prácticas directamente o indirectamente delictivas. Se persiste en atar el proyecto de integración europea a los grandes intereses económicos con escasa atención a las necesidades y aspiraciones sociales.
No es posible que opciones descaradamente ideológicas -y hasta cargadas de cierto fanatismo- se presenten como recetas puramente técnicas. Que, como tales, sólo deben (y ahora pueden) ser aplicadas por técnicos. Eso sí, todos ellos investidos de un sacerdocio coloreado con los matices extraídos de la paleta que ha ennegrecido el panorama social europeo todos estos años. ¿Es obstinación, rigidez? ¿O todo obedece a un designio cuidadosamente programado?
Hay otra dimensión de este espejismo europeo: el considerar que los ciudadanos de los países miembros quieren más Europa, una casa común, un proyecto federal o confederal. Se citan encuestas, por supuesto. Pero la crisis ha dejado claro que el vigor de los estados-nación persiste y que la solidaridad intereuropea no estaba tan madura como se proclamaba con la mejor intención. En las distintas posiciones observadas durante las últimas semanas por unos y otros se percibe más la ansiedad por salvar los muebles propios que por preservar el edificio común.
En medio del naufragio, gobiernos, parlamentos, representantes políticos, portavoces mediáticos y líderes sociales europeos persiguen desesperadamente fórmulas no ya para acabar con la crisis, sino, en el mejor de los casos, para suavizarla y/o acortarla. Lo cual no quiere decir que se detecte pluralismo en el debate. Salvo desde posiciones muy minoritarias, se impone una suerte de 'pensamiento único', el mismo que alentó, estructuró intelectualmente, y ahora pretende justificar y escamotear escandalosamente las causas y efectos de la crisis.
LA 'SOLUCION' TECNÓCRATA
Sorprende el entusiasmo -o al menos el alivio- que ha provocado la instauración de sendos gobiernos 'tecnocráticos' en Grecia e Italia. Quizás sea la desesperación o el rechazo a lo conocido, pero ha bastado con conocer la identidad de los dos nuevos 'capitanes' para sembrar semillas de 'esperanza'. Se ensalzan los perfiles de Papademos y Monti, se enfatiza su competencia, se destaca su 'apoliticismo' (por así decirlo). En cambio, se silencia o se aplica sordina a otros rasgos inquietantes. En el caso de Monti, el más laureado, se pasa por alto su trayectoria profesional en defensa de políticas claramente responsables del desaguisado. ¿Qué confianza merece el hombre que actuó de 'conseguidor' de Goldman Sachs en Europa? LE MONDE, en su perfil actualizado del nuevo jefe del gobierno italiano, recuerda esta línea de su curriculum pero elude valorarla, sumándose al tono positivo general.
Desde otra sensibilidad mediática, declaradamente liberal, el semanario británico THE ECONOMIST afirma en su último comentario editorial que los tecnócratas pueden ser buenos para determinar medidas financieras, sostenibilidad de la deuda y tipos de esfuerzos a realizar. Pero matiza: "no lo son tanto a la hora de establecer cómo debe ser distribuido ese esfuerzo, si se debe elevar impuestos o recortar prestaciones a uno u otro sector social (...) Ésas son cuestiones políticas, no técnicas. Y no dejarán de serlo porque se nombre primer ministro a un tecnócrata".
Más allá de las virtudes y capacitaciones personales, lo cierto es que los que deciden o los dueños del 'relato de la crisis' se empeñan en afirmar que las cosas empiezan a encauzarse. Ojalá. Pero debe permitirse serias dudas al respecto.
Entre las mayores preocupaciones recurrentes durante la gestión política de la crisis, se encuentra el deseo -la ansiedad, podríamos decir- de 'salvar' el proyecto europeo. Lo que, en primer término, y en este momento de la película, equivale a reflotar el euro. Algunos economistas reputados sobre cuya competencia no cabe albergar muchas dudas, impugnan esta visión. No sólo los archileídos y respetados 'nobeles' Krugman o Stiglitz. Otros más 'neutros' o incluso ortodoxos, más apegados a la ideología neoliberal, o 'social-liberal' están empezando a cuestionarse ciertos dogmas vigentes desde los ochenta.
Pero no parece que estas críticas, dudas o revisiones vayan a hacer zozobrar la mano de hierro que conduce el timón europeo. Estos días, se debate con fruición imprecisas propuestas de cambios legislativos y jurídicos para evitar, prevenir o, eventualmente, sancionar a 'incumplidores'.
LA RECETA ALEMANA
Alemania encabeza ese esfuerzo. La canciller Merkel, obligada a ciertas concesiones para evitar una catástrofe en Grecia, parece escarmentada y quiere asegurarse de que no volverá a ser colocada ante un dilema indeseable. Lo hace por convicción, sin duda, forjada en su tardía militancia anticomunista y en su rigurosa formación luterana. Pero también empujada por sus urgencias electorales. Los democristianos alemanes encadenan siete derrotas electorales regionales, sus socios liberales se derrumban y la perspectiva de la pérdida del poder federal, como puro castigo, resulta inquietamente real.
Hay en Alemania un convencimiento obstinado en que la culpa de todo esto la tienen los gobiernos 'gastones' europeos (del sur, principalmente) y sus sociedades irresponsables o ligeras de costumbres. No toleran que mientras ellos, los alemanes, han hecho sacrificios y se han ajustado a consumir conforme a sus posibilidades, los demás han dado rienda suelta a sus caprichos y excesos. Algo de razón pueden tener. Pero tienden a cerrar los ojos ante la realidad de la aparente prosperidad alemana. El crecimiento germano se basa en la fortaleza de su sector exportador, algo que no se ha construido durante ni en los años inmediatos a la crisis, sino en décadas. Y, por cierto, con base no sólo en el esfuerzo propio sino en la generosidad ajena durante los años de la reconstrucción de posguerra.
Alemania ha sido 'generosa' con muchos países europeos, porque, entre otras cosas, el desarrollo de esos a los que ha contribuido a ayudar garantizaba la fortaleza de su economía, la fidelización de sus mercados para sus productos manufacturados y de alto valor añadido.
Francia se pega a la rueda alemana, como los ciclistas que no confían demasiado en sus fuerzas y esperan ser 'llevados' a meta sin quedar descolgados. El presidente Sarkozy está obsesionado con no separarse de la 'locomotora alemana'. De ahí que se haya rescatado la tesis del 'directorio europeo' comandado por el famoso eje París-Berlín, para escenificar una carrera con el pelotón partido (o sea: la Europa a varias velocidades). Pero lo cierto es que Sarkozy hace virtud de la necesidad: no puede ocultar, entre otras cosas, que el naufragio transalpino amenaza seriamente la estabilidad de los bancos franceses, muy comprometidos por la deuda italiana.
En otras instancias y capitales europeas, las presiones alemanas y la ansiedad francesa han provocado alarma. Se escuchan reproches y admoniciones más o menos elegantes. Bruselas se ha convertido en un hervidero de cabildeos y cenáculos de unos países y otros: los de la locomotora, todos los del euro, los más solventes del euro, los ajenos al euro. Más que fracturas ideológicas o políticas, hay puras posiciones de poder... o de debilidad.
Con la reforma del Tratado de Lisboa, recién estrenado, Merkel pretende blindar el proyecto europeo, aplicando esa máxima comunitaria de que 'Europa avanza a golpe de crisis'. Este pretendido axioma se instauró en los noventa, cuando otras turbulencias financieras y monetarias pusieron en jaque la integración europea y generó dudas y debilidades políticas notables. Entonces, Alemania arrostró gran parte de la responsabilidad por las dificultares que se autoimpuso al forzar una unificación precipitada y altamente gravosa, de la que toda Europa se resintió. No más, desde luego, que la propiedad sociedad alemana, por mucho entusiasmo que el 'reencuentro' provocara en la mayoría de los ciudadanos.
¿OBSTINACIÓN O DESIGNIO?
Se antoja como manifestaciones del gran espejismo europeo las supuestas 'soluciones clásicas': el rigor (para la mayoría), la austeridad (selectiva), el temor a la amenaza fantasma de la inflación (inexistente), el anatema del gasto público (inversión social), la demonización de la deuda (la pública), la persistencia en la desregulación (laboral, financiera, etc.). O ahora, después del desaguisado, la debilidad en el control de las finanzas y la ausencia de sanciones contundentes de las prácticas directamente o indirectamente delictivas. Se persiste en atar el proyecto de integración europea a los grandes intereses económicos con escasa atención a las necesidades y aspiraciones sociales.
No es posible que opciones descaradamente ideológicas -y hasta cargadas de cierto fanatismo- se presenten como recetas puramente técnicas. Que, como tales, sólo deben (y ahora pueden) ser aplicadas por técnicos. Eso sí, todos ellos investidos de un sacerdocio coloreado con los matices extraídos de la paleta que ha ennegrecido el panorama social europeo todos estos años. ¿Es obstinación, rigidez? ¿O todo obedece a un designio cuidadosamente programado?
Hay otra dimensión de este espejismo europeo: el considerar que los ciudadanos de los países miembros quieren más Europa, una casa común, un proyecto federal o confederal. Se citan encuestas, por supuesto. Pero la crisis ha dejado claro que el vigor de los estados-nación persiste y que la solidaridad intereuropea no estaba tan madura como se proclamaba con la mejor intención. En las distintas posiciones observadas durante las últimas semanas por unos y otros se percibe más la ansiedad por salvar los muebles propios que por preservar el edificio común.
ITALIA: EL CADÁVER Y EL ENTERRADOR
14 de noviembre de 2011
Una epidemia (política) mortal recorre Europa. Afecta a los dirigentes. O, más apropiadamente, a los jefes de gobierno y sus colaboradores más inmediatos (aunque no a todos). Este panorama de cadáveres (figurados) sólo es comparable, en su aspecto tétrico, al que componen los zombies: en realidad, ya están muertos, y lo saben, o lo sospechan, pero caminan y caminan, como si confiaran en que, haciéndolo, funcionará algún tipo de conjuro que, al cabo, les librará in extremis de su destino mortal.
La 'crisis financiera' (como se llama un poco a la ligera, para que encaje bien en los titulares de prensa y rótulos de los telediarios) se ha llevado por delante ya a media docena de líderes europeos en los tres últimos años. A unos los han apartado las urnas, cuando se ha propiciado esa oportunidad; a otros, sus propios correligionarios o socios de coalición. En realidad, unos y otros han sido agentes interpuestos. El verdadero verdugo ha sido... LA CRISIS.
LA PARADÓJICA CAIDA DE BERLUSCONI
El último en caer ha sido el italiano Silvio Berlusconi. Como intérprete esencial del espectáculo en política, su 'desgracia' no ha decepcionado, por supuesto. Su salida nocturna del Palacio Chiggi, el sábado 12 de noviembre, constituye una pieza melodramática más de su carrera (pseudo) política.
Estos días, naturalmente, se pueden leer análisis y balances de la 'era Berlusconi', algunos muy agudos, finos y ocurrentes. Saviano y Tabucchi firman dos muy interesantes en EL PAIS. Hay un cierto consenso entre los medios progresistas a la hora de expresar una satisfacción indescriptible por el final del mayor bufón de la política europea en esta etapa del tránsito secular. No faltan razones, claro está. Pero, en estos momentos propicios de examen de conciencia, sería pertinente preguntarse por la responsabilidad de los 'progresistas' en la prolongación insoportable de Berlusconi. Y, lo que es peor, del 'berlusconismo'.
Vayamos al personaje, primero. Berlusconi llenó un vacío, como muchos recuerdan ahora con propiedad. Me tocó personalmente cubrir para TVE la primera victoria electoral del sui generis empresario milanés, en 1994. Incluso entre la izquierda, la emergencia de su estrella política a partir de su fortaleza mediática despertaba cierto interés, cierta curiosidad. Se consideraba al personaje como un fenómeno efímero. Se lo interpretó más bien como una anomalía. Una especie de catarsis necesaria para la enferma república italiana... Enferma de una enfermedad interminable, tras décadas de fiebre alta, de sobresaltos, de coqueteo con el deceso, siempre aplazado. Algunos incluso lo consideraron como algo desagradable pero necesario, porque no creyeron que fuera duradero. Después de todo, ¿qué era duradero en la política italiana?
La izquierda leyó mal lo que significaba Berlusconi, porque no supo ver que por detrás se escondía el 'berlusconismo'. Es decir, que en realidad lo que se estaba fraguando no era la regeneración de la república, hundida ya definitivamente bajo el peso de la corrupción (Tangentópoli) y el descrédito de los políticos profesionales/tradicionales. Después de todo, Berlusconi, zafio y salaz, barrería de una u otra forma con la sobrecarga de sotanas en la política italiana, mandaría a los viejos (y, en ciertos casos, siniestros) dinosaurios democristianos a los altares, a las sacristías o a capillas oscuras y marginales. A la postre, el Vaticano, eterno operador de la política italiana, se convirtió al 'berlusconismo', por acción (casi siempre) o por omisión (cuando convino).
La 'piccola' izquierda socialista (socialdemócrata) creyó incluso que Berlusconi contribuiría a liquidar la resistencia del poderoso PCI, aunque los comunistas ya hubieran hacía tiempo abandonado sus siglas y el comunismo... y su alma entera, según algunos de los suyos.
En realidad, no ocurrió ni una cosa ni otra. La vieja clase política se deshizo de sus hábitos, pero algunos de sus exponentes, los que tenían edad y vigor para hacerlo, se reciclaron. Y los nuevos, los 'hechos a medida', no resultaron mejores ni más probos, precisamente. Los comunistas, lejos de desaparecer y favorecer el crecimiento de los socialistas, de una socialdemocracia digna de tal nombre, demostraron su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Como 'leal oposición' al magnate, se reforzaron. Hasta fueron cómplices de la resurrección de 'Il Cavalieri', como apunta acertadamente Tabucchi en su mencionado artículo, al poner en marcha una reforma constitucional con la que pretendían sobrevivir políticamente, cuando en realidad lo que consiguieron fue prolongar la estela de su adversario formal. Después de eso, cumplido su papel, voluntario o no, los ex-comunistas y el el resto de la izquierda se diluyeron definitivamente en 'olivos' o 'margaritas'.
Berlusconi puso en pie el 'berlusconismo' desde el primer día. Nada de lo que se esperaba ocurrió. Nada, claro está, que tuviera que ver con renovación, siquiera vitriólica, de la política italiana. Lo que se cumplió fue lo que se temía: la continuación de la corrupción, pero con otros métodos. O con los mismos, pero mejor vendidos. Con más descaro: con más focos. Visto desde ahora, la 'Tangentopoli', por muy despreciable que fuera, se antoja minúscula comparada con la colusión descomunal de esta década y media larga.
Pero lo peor no han sido las obscenas manifestaciones de este 'ordine nuovo sui generis' (no hay espacio, siquiera para enumerarlas). Lo más grave ha sido la sensación de impunidad que Berlusconi ha sido capaz de construir a su alrededor. Se comprende que muchos italianos saltaran a la calle la noche del sábado para celebrar la caída del magnate (en una escena que me recordó mucho a la liquidación política de Craxi, por cierto). Pero quizás Berlusconi habría durado mucho más, si las turbulencias de la crisis no hubieran puesto al descubierto su calamitosa gestión.
Lo más desalentador de la caída de Berlusconi es que no la han propiciado sus víctimas, sino sus propios aliados (de conveniencia; en realidad, todos sus socios han sido de esa naturaleza), los dirigentes de su coalición, aguardando detrás de las columnas desde hace tiempo, a la espera del momento propicio para asestar la puñalada. O sus agentes naturales: es decir, los mercados, el sistema capitalista (en su manifestación más brutal y descarnada) que lo elevó y consagró, del que se ha nutrido, el que ha propiciado su poder y su proyección política. A Berlusconi lo ha matado el único aire que respira: el dinero.
La oposición, las oposiciones (política, ideológica, social, mediática), han asistido al fin (provisional) de Il Cavalieri como espectadoras. Consecuencia de esas dos décadas de impotencia, la izquierda y toda la gente decente (políticamente) de Italia asiste ahora desarmada a una salida incierta y dudosa de tanta inmundicia.
MONTI Y LA EXTRAÑA COMPLACENCIA
Mario Monti emerge como un nuevo 'príncipe' de la cosa pública. 'Príncipe', no en el sentido 'maquiaveliano' (que no 'maquiavélico'), sino en su resonancia aristocrática. Se le presenta también como otro personaje destinado a superar la basura, aunque con una proyección estética completamente opuesta al magnate milanés. La discreción hecha hombre para hacer olvidar cuanto antes el exhibicionismo bochornoso encarnado por su antecesor.
Curiosamente, la izquierda italiana (y europea) recibe a Monti con alivio, con cierta complacencia. No es cuestión de construir aquí una crítica de su trayectoria. Pero tampoco conviene olvidar lo que representa el 'elegido' (por un ex-comunista también, por cierto, el Presidente Napolitano). Es paradójico que, en el monumental desconcierto que vive la clase dirigente europea, se pergeñen como bomberos ciertos exponentes tecnócratas (en Grecia, en Italia, ¿donde será el siguiente?). La tecnocracia europea lejos de poder acreditar soluciones a lo que vivimos ahora, es más bien cómplice y responsable de lo ocurrido. Desde la tecnocracia se han propiciado políticas que han contribuido sobremanera primero al desorden financiero y luego a estas políticas de respuesta, claramente injustas y seguramente inadecuadas e ineficaces.
Consideración final. Que Berlusconi huela ya a podrido, no significa que esté muerto del todo. Puede ser un zombi al revés: no un muerto que se cree vivo, sino un vivo al que todos creen ya muerto. Que Monti exude sensatez y eficacia no quiere decir que vaya a aplicar las recetas que mejor convenga a la mayoría de los italianos. Es probable que ni pueda, ni lo pretenda. Recordando 1994, en Italia casi nunca las cosas son como parecen.
Una epidemia (política) mortal recorre Europa. Afecta a los dirigentes. O, más apropiadamente, a los jefes de gobierno y sus colaboradores más inmediatos (aunque no a todos). Este panorama de cadáveres (figurados) sólo es comparable, en su aspecto tétrico, al que componen los zombies: en realidad, ya están muertos, y lo saben, o lo sospechan, pero caminan y caminan, como si confiaran en que, haciéndolo, funcionará algún tipo de conjuro que, al cabo, les librará in extremis de su destino mortal.
La 'crisis financiera' (como se llama un poco a la ligera, para que encaje bien en los titulares de prensa y rótulos de los telediarios) se ha llevado por delante ya a media docena de líderes europeos en los tres últimos años. A unos los han apartado las urnas, cuando se ha propiciado esa oportunidad; a otros, sus propios correligionarios o socios de coalición. En realidad, unos y otros han sido agentes interpuestos. El verdadero verdugo ha sido... LA CRISIS.
LA PARADÓJICA CAIDA DE BERLUSCONI
El último en caer ha sido el italiano Silvio Berlusconi. Como intérprete esencial del espectáculo en política, su 'desgracia' no ha decepcionado, por supuesto. Su salida nocturna del Palacio Chiggi, el sábado 12 de noviembre, constituye una pieza melodramática más de su carrera (pseudo) política.
Estos días, naturalmente, se pueden leer análisis y balances de la 'era Berlusconi', algunos muy agudos, finos y ocurrentes. Saviano y Tabucchi firman dos muy interesantes en EL PAIS. Hay un cierto consenso entre los medios progresistas a la hora de expresar una satisfacción indescriptible por el final del mayor bufón de la política europea en esta etapa del tránsito secular. No faltan razones, claro está. Pero, en estos momentos propicios de examen de conciencia, sería pertinente preguntarse por la responsabilidad de los 'progresistas' en la prolongación insoportable de Berlusconi. Y, lo que es peor, del 'berlusconismo'.
Vayamos al personaje, primero. Berlusconi llenó un vacío, como muchos recuerdan ahora con propiedad. Me tocó personalmente cubrir para TVE la primera victoria electoral del sui generis empresario milanés, en 1994. Incluso entre la izquierda, la emergencia de su estrella política a partir de su fortaleza mediática despertaba cierto interés, cierta curiosidad. Se consideraba al personaje como un fenómeno efímero. Se lo interpretó más bien como una anomalía. Una especie de catarsis necesaria para la enferma república italiana... Enferma de una enfermedad interminable, tras décadas de fiebre alta, de sobresaltos, de coqueteo con el deceso, siempre aplazado. Algunos incluso lo consideraron como algo desagradable pero necesario, porque no creyeron que fuera duradero. Después de todo, ¿qué era duradero en la política italiana?
La izquierda leyó mal lo que significaba Berlusconi, porque no supo ver que por detrás se escondía el 'berlusconismo'. Es decir, que en realidad lo que se estaba fraguando no era la regeneración de la república, hundida ya definitivamente bajo el peso de la corrupción (Tangentópoli) y el descrédito de los políticos profesionales/tradicionales. Después de todo, Berlusconi, zafio y salaz, barrería de una u otra forma con la sobrecarga de sotanas en la política italiana, mandaría a los viejos (y, en ciertos casos, siniestros) dinosaurios democristianos a los altares, a las sacristías o a capillas oscuras y marginales. A la postre, el Vaticano, eterno operador de la política italiana, se convirtió al 'berlusconismo', por acción (casi siempre) o por omisión (cuando convino).
La 'piccola' izquierda socialista (socialdemócrata) creyó incluso que Berlusconi contribuiría a liquidar la resistencia del poderoso PCI, aunque los comunistas ya hubieran hacía tiempo abandonado sus siglas y el comunismo... y su alma entera, según algunos de los suyos.
En realidad, no ocurrió ni una cosa ni otra. La vieja clase política se deshizo de sus hábitos, pero algunos de sus exponentes, los que tenían edad y vigor para hacerlo, se reciclaron. Y los nuevos, los 'hechos a medida', no resultaron mejores ni más probos, precisamente. Los comunistas, lejos de desaparecer y favorecer el crecimiento de los socialistas, de una socialdemocracia digna de tal nombre, demostraron su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Como 'leal oposición' al magnate, se reforzaron. Hasta fueron cómplices de la resurrección de 'Il Cavalieri', como apunta acertadamente Tabucchi en su mencionado artículo, al poner en marcha una reforma constitucional con la que pretendían sobrevivir políticamente, cuando en realidad lo que consiguieron fue prolongar la estela de su adversario formal. Después de eso, cumplido su papel, voluntario o no, los ex-comunistas y el el resto de la izquierda se diluyeron definitivamente en 'olivos' o 'margaritas'.
Berlusconi puso en pie el 'berlusconismo' desde el primer día. Nada de lo que se esperaba ocurrió. Nada, claro está, que tuviera que ver con renovación, siquiera vitriólica, de la política italiana. Lo que se cumplió fue lo que se temía: la continuación de la corrupción, pero con otros métodos. O con los mismos, pero mejor vendidos. Con más descaro: con más focos. Visto desde ahora, la 'Tangentopoli', por muy despreciable que fuera, se antoja minúscula comparada con la colusión descomunal de esta década y media larga.
Pero lo peor no han sido las obscenas manifestaciones de este 'ordine nuovo sui generis' (no hay espacio, siquiera para enumerarlas). Lo más grave ha sido la sensación de impunidad que Berlusconi ha sido capaz de construir a su alrededor. Se comprende que muchos italianos saltaran a la calle la noche del sábado para celebrar la caída del magnate (en una escena que me recordó mucho a la liquidación política de Craxi, por cierto). Pero quizás Berlusconi habría durado mucho más, si las turbulencias de la crisis no hubieran puesto al descubierto su calamitosa gestión.
Lo más desalentador de la caída de Berlusconi es que no la han propiciado sus víctimas, sino sus propios aliados (de conveniencia; en realidad, todos sus socios han sido de esa naturaleza), los dirigentes de su coalición, aguardando detrás de las columnas desde hace tiempo, a la espera del momento propicio para asestar la puñalada. O sus agentes naturales: es decir, los mercados, el sistema capitalista (en su manifestación más brutal y descarnada) que lo elevó y consagró, del que se ha nutrido, el que ha propiciado su poder y su proyección política. A Berlusconi lo ha matado el único aire que respira: el dinero.
La oposición, las oposiciones (política, ideológica, social, mediática), han asistido al fin (provisional) de Il Cavalieri como espectadoras. Consecuencia de esas dos décadas de impotencia, la izquierda y toda la gente decente (políticamente) de Italia asiste ahora desarmada a una salida incierta y dudosa de tanta inmundicia.
MONTI Y LA EXTRAÑA COMPLACENCIA
Mario Monti emerge como un nuevo 'príncipe' de la cosa pública. 'Príncipe', no en el sentido 'maquiaveliano' (que no 'maquiavélico'), sino en su resonancia aristocrática. Se le presenta también como otro personaje destinado a superar la basura, aunque con una proyección estética completamente opuesta al magnate milanés. La discreción hecha hombre para hacer olvidar cuanto antes el exhibicionismo bochornoso encarnado por su antecesor.
Curiosamente, la izquierda italiana (y europea) recibe a Monti con alivio, con cierta complacencia. No es cuestión de construir aquí una crítica de su trayectoria. Pero tampoco conviene olvidar lo que representa el 'elegido' (por un ex-comunista también, por cierto, el Presidente Napolitano). Es paradójico que, en el monumental desconcierto que vive la clase dirigente europea, se pergeñen como bomberos ciertos exponentes tecnócratas (en Grecia, en Italia, ¿donde será el siguiente?). La tecnocracia europea lejos de poder acreditar soluciones a lo que vivimos ahora, es más bien cómplice y responsable de lo ocurrido. Desde la tecnocracia se han propiciado políticas que han contribuido sobremanera primero al desorden financiero y luego a estas políticas de respuesta, claramente injustas y seguramente inadecuadas e ineficaces.
Consideración final. Que Berlusconi huela ya a podrido, no significa que esté muerto del todo. Puede ser un zombi al revés: no un muerto que se cree vivo, sino un vivo al que todos creen ya muerto. Que Monti exude sensatez y eficacia no quiere decir que vaya a aplicar las recetas que mejor convenga a la mayoría de los italianos. Es probable que ni pueda, ni lo pretenda. Recordando 1994, en Italia casi nunca las cosas son como parecen.
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