9 de febrero de 2012
A dos meses escasos del trigésimo aniversario de la última guerra colonial en América, los gobiernos de Londres y Buenos Aires han reabierto la retórica de la confrontación y resucitado los ecos de un conflicto que parecía condenado a los libros de Historia.
Tras un breve intercambio de declaraciones políticas de baja intensidad pero de cierto valor simbólico, Argentina consiguió que los países de Mercosur anunciaran en diciembre el cierre de sus puertos a los barcos con bandera de las Falklands, el nombre con que los británicos denominan a esas islas del Atlántico austral. El gobierno de David Cameron decidió el pasado mes enviar el destructor Dauntless a las Malvinas, al tiempo que calificaba las operaciones como “rutinarias”, para no ser acusado de ‘sobreactuar’. Como estandarte de este avance expedicionario, figura el príncipe Guillermo, en su misión de piloto de helicóptero de rastreo y rescate. El nieto de la Reina Isabel y segundo heredero en la línea de sucesión de la corona británica, permanecerá seis semanas en las Malvinas.
Este gesto militar no dejaba a la Presidenta argentina –en realidad, a cualquier mandatario que ocupara la Casa Rosada- otra opción que replicar en debida forma a Londres. Cristina Fernández convocó a una plétora de dirigentes políticos y sindicales –favorables y hostiles, junto a veteranos del 82 y personal del cuerpo diplomático, para solemnizar su respuesta. Argentina denunciará ante el Consejo de Seguridad de la ONU la “militarización británica del Atlántico sur”. Algunos esperaban algo más. Por ejemplo, el cierre del espacio aéreo argentino en torno a las islas, lo que habría interrumpido los vuelos entre Chile y las Malvinas. Eso hubiera significado una medida de fuerza, lo que hubiera representado una escalada, indeseada e indeseable, torpe y, más precisamente, inútil.
Nada más lejos de la intención de Cristina Fernández. Contrariamente a lo que les ocurría a los militares argentinos a primeros de los ochenta, la actual Presidenta no necesita el conflicto externo para salvar o prolongar artificialmente su posición en el poder. Malvinas, ahora como entonces, puede ser una baza propagandística, pero el juego es bien distinto.
GUERRA PERDIDA, DICTADURA LIQUIDADA
La guerra de las Malvinas resultó ser el canto de cisne de la última dictadura militar argentina. En abril de 1982, miles de soldados sin experiencia, mal preparados y peor abastecidos, fueron enviados por el incompetente, borrachín y patético General Leopoldo Fortunato Galtieri a ‘recuperar’ –primero- y ‘defender’ –después-, unas islas que cañoneras británicas habían conquistado un siglo y medio antes.
En ese tiempo, el conflicto se interpretó como el desesperado de los militares por detener su decadencia, después de casi seis años de locura asesina y desastroso experimento económico neoliberal, que arruinó económica y moralmente al país.
Pero mientras los soldados argentinos retomaban provisionalmente las islas, ante unos pobladores más atónitos que asustados, el país ya estaba iniciando una transición silente hacia la democracia. Las fuerzas políticas, aún agarrotadas por el terror de una represión fríamente calculada, hicieron auténticos equilibrios para respaldar los legítimos derechos de soberanía de la nación sobre las islas, sin por ello avalar la absurda aventura militar.
En las primeras semanas posteriores a la ilusoria reconquista, la mayoría de los principales líderes políticos y sindicales me confesaron sus temores de que la operación militar en Malvinas retrasara la evolución hacia la democracia. En realidad, muchos temían tanto la victoria como la derrota de Argentina. Que consideraran como real la primera opción ya decía bastante del nivel de desinformación en que se movía la clase política argentina del momento. Incluso los más castigados por la represión, como los residuales montoneros o los más enteros representantes de la Juventud Peronista (grupúsculo de extrema izquierda) se exhibían sin disimulo en la Plaza de Mayo vociferando la argentinidad de las Malvinas. Para ser justos, los líderes más templados –en el peronismo, en el radicalismo y en otras familias políticas menos significativas- no confiaban tanto en una derrota británica cuanto en una ilusoria solución diplomática que evitara la matanza y el ridículo. No fue posible. Margaret Thatcher decidió aprovechar la oportunidad de una inverosímil guerra externa para forjar su leyenda de liderazgo político sin fisuras, que luego aplicaría implacablemente en otras guerras internas (contra los independentistas irlandeses o contra el sindicalismo decadente, contra los servicios públicos, contra cuatro décadas de entender la política en su país.
La paradoja que arrojó la guerra de las Malvinas fue que, al cabo, resultó un éxito propagandístico, pero no para los que lo pretendieron (los militares argentinos), sino para los que tuvieron que responder (el gobierno conservador británico).
CRISTINA CAMBIA LA ECUACIÓN
Ahora, treinta años después, la Historia parece brindar la oportunidad de jugar otra baza. No en clave de revancha, naturalmente. El estatus de la Islas no va presumiblemente a cambiar, en este caso, mediante una reconsideración diplomática. Lo que está por ver es quien gana esta vez la batalla propagandística, la única posible.
La Presidenta argentina ha combinado con su habitual desparpajo la retórica populista con el discurso de la responsabilidad. Pero parece innegable que Cristina Fernández ha obtenido en toda la América Latina un clima de opinión contrario a Londres.
¿De qué servirá esta ‘ventaja diplomática’ frente al exhibicionismo militar de Londres? De poco, sostienen políticos de oposición y forjadores de opinión. Es cierto que Cristina Fernández no ha pasado de un manejo previsible de eslóganes poco originales (tal que pedirles a los británicos que ‘den una oportunidad a la paz’) o gestos de corto alcance, algo que le reprochan comentaristas conservadores nacionales como Morales Solá en LA NACIÓN.
Como el asunto es sensible y las encuestas confirman que tres de cada cuatro argentinos siguen respaldando sólidamente la soberanía sobre las Malvinas, las críticas a la iniciativa de la Casa Rosada son discretas. Portavoces del grupo CLARÍN, enfrentado desde hace años con los Kirchner, se lamentan de que “haya prevalecido la intención de crear un impacto político sobre la de presentar una política de Estado”, en palabras del analista Ricardo Kirschbaum. Suenan comprensibles, por mesurados, estos reproches, pero cabe preguntarse si había espacio para algo más. Como dicen los comentaristas de Página 12, más cercanos al Gobierno, lo que podía conseguirse, el ‘aislamiento diplomático de Londres’, o un cierto reforzamiento moral de la posición argentina, se ha obtenido con creces. Por mucho que el asunto tenga un recorrido corto y previsible en los estériles pasillos de la ONU.
EL EMBROLLO SIRIO
2 de febrero de 2012
La crisis siria se complica cada día que pasa. La violencia se extiende. Los opositores al régimen parecen ganar posiciones, lo que provoca un recrudecimiento de las operaciones del Ejército leal al régimen. La vía diplomática se atasca. Se negocia un acuerdo de compromiso que, cuando se alcance, podría verse rebasado por una circunstancias que evolucionan muy rápidamente.
ESPIRAL DE VIOLENCIA
Durante meses, se ha confiado en que la contestación siria encontrara unos cauces que excluyeran la salida violenta. Al principio, eran las propias potencias occidentales las que se mostraban renuentes a favorecer el refuerzo militar de los rebeldes. No se apreciaba con claridad el programa político de la oposición, se temía un baño de sangre sectario similar al ocurrido en Irak, y se temía sobremanera el contagio de la inestabilidad regional. Los líderes occidentales ensayaron la persuasión con el Presidente Assad. Hasta que se dieron cuenta de que, o bien el supuesto líder sirio no era verdaderamente el líder del sistema, o bien que su supuesta moderación no respondía a la realidad sino a puras conveniencias de imagen del joven Jefe del Estado.
Se han publicado en las últimas semanas ciertos perfiles de Bashar el Assad y análisis presuntamente bien fundamentados sobre la toma de decisiones del gobierno sirio, el equilibrio de poderes interno, las relaciones familiares y, naturalmente, la aparición de episodios de venganza y revancha en alguna de las ciudades contestatarias y el presumible efecto de un cambio en la estructura de poder de las distintas confesiones existentes en el país. Las conclusiones inquietantes han sido generalizadas y crecientes. Consecuencia: mantenerse a la espera de los acontecimientos sobre el terreno.
Y lo que ha ocurrido sobre el terreno es el avance de los rebeldes, más rápido y efectivo de lo previsto, debido en gran parte a las fracturas en el ejército, la repugnancia de muchos efectivos a disparar contra la población civil y el temor a que un vuelco en la situación desencadene una fiebre de represalias, como, en cierta medida está ocurriendo en Libia.
UNA REACCIÓN TARDÍA
Esta evolución aparente hacia un escenario de final de régimen hizo que las potencias occidentales se mostraran más decididas a apoyar decisiones que contribuyeran a acelerar el proceso. El incremento de la violencia represiva como respuesta a la ampliación de la contestación introdujo el llamado 'factor humanitario', un concepto por lo demás muy tramposo e hipócrita, pero que ha sido profusamente utilizado en este tipo de crisis.
Entretanto, el régimen parece haberse atrincherado y emite señales muy claras de que su caída tendría consecuencias graves para toda la región. Ésta es, probablemente, su última línea de defensa. 'O yo, o el caos', podría titularse el mensaje subliminal de Bashar el Assad. En realidad, se trata de una forma más conocida de caos, frente al caos absolutamente desconocido.
Lo peor para el presidente sirio es que este tipo de 'faroles' suelen ser de corto recorrido. La alianza de conveniencia entre las potencias occidentales y los regímenes conservadores árabes (muchos de ellos de similar catadura moral que el sirio, aunque con otras maneras y, desde luego, con otros amigos) esta prefigurando un acuerdo a lo yemení. Es decir, Assad (y su familia) salvaría el cuello, dejaría el poder a su vicepresidente y se convocarían elecciones. Una fórmula muy civilizada, pero de dudoso encaje en el actual clima envenenado en que parece haberse deslizado el país. Los clanes gobernantes más poderosos pueden contar con disfrutar de un exilio dorado, pero otros muchos asociados alauíes que han cumplido tareas subsidiarias no tienen las mismas expectativas, ni mucho menos. Esas minorías, que hasta ahora ocupaban posiciones de cierto privilegio en las fuerzas armadas y en la administración, miran hacia su frontera oriental y ven en el convulso y sangriento Irak un escenario que harán todo lo posible por evitar. La violencia sectaria que ha corroído el país y convertido el petulante proyecto de los neocon en palabrería e irresponsabilidad puede reproducirse en Siria, incendiar rápidamente Líbano y obligar a Israel a un esfuerzo de vigilancia inoportuno, ahora que sigue empeñado en encontrar la manera de neutralizar a Irán.
LAS PRETENSIONES DE RUSIA
En este panorama de internacionalización de la crisis, Rusia decide adoptar un papel más activo y neutralizar la iniciativa arabo-occidental, con la vista puesta en sus propios intereses estratégicos. Siria sigue siendo su aliado más firme en Oriente Medio, la garantía de que, ante cualquier nueva vuelta del interminable laberinto negociador en la zona, Moscú no se quedará fuera. Por si no quedara claro el interés ruso en no ser marginado de la solución a la crisis siria, el Kremlin ordenó el envío de un buque de guerra frente a las costas sirias a comienzos de enero.
Rusia no se ha limitado a atrincherarse en su posición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU: por tanto, con derecho a veto. No le ha costado mucho recabar el apoyo de China y de la India para obstaculizar el plan árabe apoyado por Estados Unidos y Europa. Contaba esta semana el New York Times las sutiles intervenciones de los diplomáticos chinos e indios. Sobre todo en Pekin, cualquier iniciativa que suena a injerencia externa pone los pelos de punta. La crisis siria ha servido para que los BRIC (Brasil se ha mantenido al margen en esta ocasión, contrariamente a lo que hizo con Irán) ensayen un ejemplo de acción diplomática coordinada, algo de lo que no siempre han sido capaces.
Aquí no se trata de Assad si o Assad no, sino de que sean los sirios los que decidan la solución a la crisis, vino a decir esta semana el ministro ruso de exteriores, Lavrov. No quiere Moscú que se repita algo similar a lo que pasó con Libia, donde la autorización para la protección civil derivó en intervención militar de la OTAN clara y decisiva. El argumento ruso es aparentemente impecable. Pero la hipocresía está repartida. Porque es verdad que Occidente no se limitó a cumplir la resolución de la ONU en Libia. Pero no es menos cierto que a Moscú no le preocupa precisamente el derecho de los sirios a decidir. Los rusos saben que las actuales circunstancias dificultan aún más, si cabe, la capacidad de los sirios para decidir civilizada y pacíficamente esa cuestión. De hecho, el propio régimen se ha mostrado esquivo con el intento de mediación rusa. Da la impresión de que el régimen de Damasco sólo acepta las gestiones diplomáticas como medio para ganar tiempo.
Por otro lado, Moscú sabe perfectamente que la caída del régimen es más que probable y por eso quiere abrir un canal de entendimiento con la oposición, por dividida, confusa y sospechosa que le parezca. Por eso ha invitado a unos y otros a negociar en Moscú. Una forma de controlar el proceso, de recuperar prestigio (si todo saliera bien) y de asegurarse influencia en Damasco, gane quien gane.
La oposición lo ha rechazado vivamente, porque cree contar ahora con otros apoyos más solventes en la comunidad árabe y en Occidente (pero ni mucho menos garantizados). Los países árabes conservadores no quieren oír hablar de un mayor protagonismo de Moscú. Y Occidente podría encontrar una oportunidad, naturalmente si se moderan las pretensiones rusas de ser una especie de árbitro (sin reconocerlo). De fondo, aparece la crisis de Irán. Rusia podría ofrecer una posición más flexible en la presión contra Teherán, si se le permite conservar su peón sirio. Lo que no está claro es que la élite alauí en Damasco se resigne a ser moneda de cambio.
La crisis siria se complica cada día que pasa. La violencia se extiende. Los opositores al régimen parecen ganar posiciones, lo que provoca un recrudecimiento de las operaciones del Ejército leal al régimen. La vía diplomática se atasca. Se negocia un acuerdo de compromiso que, cuando se alcance, podría verse rebasado por una circunstancias que evolucionan muy rápidamente.
ESPIRAL DE VIOLENCIA
Durante meses, se ha confiado en que la contestación siria encontrara unos cauces que excluyeran la salida violenta. Al principio, eran las propias potencias occidentales las que se mostraban renuentes a favorecer el refuerzo militar de los rebeldes. No se apreciaba con claridad el programa político de la oposición, se temía un baño de sangre sectario similar al ocurrido en Irak, y se temía sobremanera el contagio de la inestabilidad regional. Los líderes occidentales ensayaron la persuasión con el Presidente Assad. Hasta que se dieron cuenta de que, o bien el supuesto líder sirio no era verdaderamente el líder del sistema, o bien que su supuesta moderación no respondía a la realidad sino a puras conveniencias de imagen del joven Jefe del Estado.
Se han publicado en las últimas semanas ciertos perfiles de Bashar el Assad y análisis presuntamente bien fundamentados sobre la toma de decisiones del gobierno sirio, el equilibrio de poderes interno, las relaciones familiares y, naturalmente, la aparición de episodios de venganza y revancha en alguna de las ciudades contestatarias y el presumible efecto de un cambio en la estructura de poder de las distintas confesiones existentes en el país. Las conclusiones inquietantes han sido generalizadas y crecientes. Consecuencia: mantenerse a la espera de los acontecimientos sobre el terreno.
Y lo que ha ocurrido sobre el terreno es el avance de los rebeldes, más rápido y efectivo de lo previsto, debido en gran parte a las fracturas en el ejército, la repugnancia de muchos efectivos a disparar contra la población civil y el temor a que un vuelco en la situación desencadene una fiebre de represalias, como, en cierta medida está ocurriendo en Libia.
UNA REACCIÓN TARDÍA
Esta evolución aparente hacia un escenario de final de régimen hizo que las potencias occidentales se mostraran más decididas a apoyar decisiones que contribuyeran a acelerar el proceso. El incremento de la violencia represiva como respuesta a la ampliación de la contestación introdujo el llamado 'factor humanitario', un concepto por lo demás muy tramposo e hipócrita, pero que ha sido profusamente utilizado en este tipo de crisis.
Entretanto, el régimen parece haberse atrincherado y emite señales muy claras de que su caída tendría consecuencias graves para toda la región. Ésta es, probablemente, su última línea de defensa. 'O yo, o el caos', podría titularse el mensaje subliminal de Bashar el Assad. En realidad, se trata de una forma más conocida de caos, frente al caos absolutamente desconocido.
Lo peor para el presidente sirio es que este tipo de 'faroles' suelen ser de corto recorrido. La alianza de conveniencia entre las potencias occidentales y los regímenes conservadores árabes (muchos de ellos de similar catadura moral que el sirio, aunque con otras maneras y, desde luego, con otros amigos) esta prefigurando un acuerdo a lo yemení. Es decir, Assad (y su familia) salvaría el cuello, dejaría el poder a su vicepresidente y se convocarían elecciones. Una fórmula muy civilizada, pero de dudoso encaje en el actual clima envenenado en que parece haberse deslizado el país. Los clanes gobernantes más poderosos pueden contar con disfrutar de un exilio dorado, pero otros muchos asociados alauíes que han cumplido tareas subsidiarias no tienen las mismas expectativas, ni mucho menos. Esas minorías, que hasta ahora ocupaban posiciones de cierto privilegio en las fuerzas armadas y en la administración, miran hacia su frontera oriental y ven en el convulso y sangriento Irak un escenario que harán todo lo posible por evitar. La violencia sectaria que ha corroído el país y convertido el petulante proyecto de los neocon en palabrería e irresponsabilidad puede reproducirse en Siria, incendiar rápidamente Líbano y obligar a Israel a un esfuerzo de vigilancia inoportuno, ahora que sigue empeñado en encontrar la manera de neutralizar a Irán.
LAS PRETENSIONES DE RUSIA
En este panorama de internacionalización de la crisis, Rusia decide adoptar un papel más activo y neutralizar la iniciativa arabo-occidental, con la vista puesta en sus propios intereses estratégicos. Siria sigue siendo su aliado más firme en Oriente Medio, la garantía de que, ante cualquier nueva vuelta del interminable laberinto negociador en la zona, Moscú no se quedará fuera. Por si no quedara claro el interés ruso en no ser marginado de la solución a la crisis siria, el Kremlin ordenó el envío de un buque de guerra frente a las costas sirias a comienzos de enero.
Rusia no se ha limitado a atrincherarse en su posición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU: por tanto, con derecho a veto. No le ha costado mucho recabar el apoyo de China y de la India para obstaculizar el plan árabe apoyado por Estados Unidos y Europa. Contaba esta semana el New York Times las sutiles intervenciones de los diplomáticos chinos e indios. Sobre todo en Pekin, cualquier iniciativa que suena a injerencia externa pone los pelos de punta. La crisis siria ha servido para que los BRIC (Brasil se ha mantenido al margen en esta ocasión, contrariamente a lo que hizo con Irán) ensayen un ejemplo de acción diplomática coordinada, algo de lo que no siempre han sido capaces.
Aquí no se trata de Assad si o Assad no, sino de que sean los sirios los que decidan la solución a la crisis, vino a decir esta semana el ministro ruso de exteriores, Lavrov. No quiere Moscú que se repita algo similar a lo que pasó con Libia, donde la autorización para la protección civil derivó en intervención militar de la OTAN clara y decisiva. El argumento ruso es aparentemente impecable. Pero la hipocresía está repartida. Porque es verdad que Occidente no se limitó a cumplir la resolución de la ONU en Libia. Pero no es menos cierto que a Moscú no le preocupa precisamente el derecho de los sirios a decidir. Los rusos saben que las actuales circunstancias dificultan aún más, si cabe, la capacidad de los sirios para decidir civilizada y pacíficamente esa cuestión. De hecho, el propio régimen se ha mostrado esquivo con el intento de mediación rusa. Da la impresión de que el régimen de Damasco sólo acepta las gestiones diplomáticas como medio para ganar tiempo.
Por otro lado, Moscú sabe perfectamente que la caída del régimen es más que probable y por eso quiere abrir un canal de entendimiento con la oposición, por dividida, confusa y sospechosa que le parezca. Por eso ha invitado a unos y otros a negociar en Moscú. Una forma de controlar el proceso, de recuperar prestigio (si todo saliera bien) y de asegurarse influencia en Damasco, gane quien gane.
La oposición lo ha rechazado vivamente, porque cree contar ahora con otros apoyos más solventes en la comunidad árabe y en Occidente (pero ni mucho menos garantizados). Los países árabes conservadores no quieren oír hablar de un mayor protagonismo de Moscú. Y Occidente podría encontrar una oportunidad, naturalmente si se moderan las pretensiones rusas de ser una especie de árbitro (sin reconocerlo). De fondo, aparece la crisis de Irán. Rusia podría ofrecer una posición más flexible en la presión contra Teherán, si se le permite conservar su peón sirio. Lo que no está claro es que la élite alauí en Damasco se resigne a ser moneda de cambio.
OBAMA Y HOLLANDE, ¿AÚN HAY TIEMPO?
26 de enero de 2012
Estos días hemos asistido a la presentación programática de opciones moderadamente progresistas en dos de las principales potencias democráticas: Estados Unidos y Francia. El candidato socialista francés, François Hollande, ha presentado su programa para las elecciones presidenciales de abril, en un acto que abre oficialmente su campaña. Por su parte, el Presidente Obama ha fijado, en el último discurso de la Unión de su primer mandato, la estrategia para lograr su mantenimiento en la Casa Blanca cuatro años más.
REMAKE DEL ‘YES, WE CAN’
Ya hace unas semanas comentamos que Obama se había desprendido de sus hechuras presidenciales para ataviarse con las de candidato, con las que parece sentirte más a gusto. Eso explica que algunos hayan apreciado un cierto tono populista en el discurso anual más importante de la liturgia política norteamericana. Tal vez. Pero, en todo caso, no habría que reprocharle eso, sino lo que ha tardado en recuperar un mensaje comprometido con las clases medias y populares, con los sectores más desfavorecidos por la crisis, con las auténticas victimas de políticas desvergonzadas, injustas y fracasadas. Naturalmente, el espíritu conciliador de Obama (‘ecuménico’, dice acertadamente LE MONDE) le ha dado a su discurso del martes en el Congreso un tono ausente de crispación, pero no por ello menos firme.
Los ejes de un eventual segundo mandato de Obama serían los siguientes: 1) El gobierno no es un problema, sino parte de la solución de los problemas económicos; 2) Los ricos tienen que pagar más impuestos que los ciudadanos que están por debajo en la escala social; 3) el final de las guerras en Irak y Afganistán debe traducirse en un dividendo de paz, es decir, en políticas de estímulo para fomentar la creación de empleo, público y privado; y 4) Estados Unidos no debe resignarse a la abrumadora hegemonía fabril de China y debe recuperar recuperar una dinámica productiva.
RECUPERACIÓN DEL DISCURSO SOCIALISTA EN FRANCIA
En definitiva, podemos encontrar en el discurso de Obama una sintonía con la doctrina socialdemócrata europea, aunque esta significación política se encuentra muy desvaída y desnaturalizada durante el periodo de respuestas a la crisis, si no ya desde antes. Si repasamos el programa desgranado hace unos días por el candidato socialista francés, encontramos bastantes puntos coincidentes, salvando la diferencias en la cultura política de ambos países.
François Hollande ha sonado más combativo que Obama, más posicionado claramente en un discurso de izquierdas. Las diferencias de tono no se deben sólo a las peculiaridades nacionales. Es también una cuestión de oportunidad. Después de todo, el francés es sólo candidato y el norteamericano debe actuar como tal sin abandonar su papel institucional.
Aclarados estos matices, hay resonancias coincidentes en el lenguaje empleado para criticar el comportamiento de los poderes financieros. O en la distribución más equitativa de las cargas impositivas y el ataque a los “nichos fiscales”. O en la priorización del empleo público y de las políticas de oferta, en detrimento de medidas exclusivamente de austeridad o contención presupuestaria. O, más precisamente, en la recuperación de una imagen positiva del poder político como factor favorecedor y no obstaculizador de la recuperación económica.
Hollande no sólo ha empleado una retórica más contundente que Obama. También ha optado por formular políticas clásicas de la socialdemocracia que han ido quedado arrinconadas en las últimas dos décadas de hegemonía liberal en Europa. Destacan la apuesta por una “banca pública de inversiones” para apoyar a la pymes; una política activa de reindustrialización y contra la deslocalización (como Obama, por cierto); el control de los mercados financieros mediante políticas reguladoras y fiscales; promoción de empleo y formación juveniles; y otras políticas similares resumidas en “60 compromisos para Francia”.
No obstante, el gran problema de los socialdemócratas franceses (o europeos, ahora que españoles, alemanes o británicos hacen propósito de enmienda y se empeñan en regenerar sus políticas) no es la coherencia y solvencia de los programas, sino la credibilidad de sus discursos. Los socialistas europeos giran a la izquierda pierden las elecciones, se centran cuando ganan en las urnas y se van deslizando hacia la derecha a medida que se instalan en el poder. De esta forma, se ven atrapados en un ciclo ilusión-expectativas-gestión-decepción-crisis, que lastra gravemente su proyecto.
JUEGO SUCIO, Y SUICIDA, DE LOS REPUBLICANOS
El desafío de Obama se diferencia del de los socialistas europeos por la naturaleza y significación de sus rivales políticos. Los conservadores europeos se anclan, por supuesto, en políticas de austeridad, de contención de los déficits públicos, de timidez fiscal, pero son -o suenan- menos radicales en la retórica.
Este aspecto ha quedado muy claro en las primarias republicanas. Ya dijimos que la elevación de Romney como virtual candidato GOP era prematura. Como también lo sería considerarlo definitivamente fracasado por su derrota –esperable y esperada- en Carolina del Sur o el envalentonamiento sonrojante de Gingrich, un candidato, empero, con pies de barro.
Obama, paradójicamente, se ha visto favorecido por lo mismo que lo debilitó a mitad de su primer mandato: la exacerbada combatividad republicana. En la ansiedad por destruir el moderado reformismo del Presidente, los republicanos compitieron por conquistar el alma conservadora de América, ese supuesto espíritu libertario, antigubernamental, que Reagan resucitara falsamente hace tres décadas. Para ello, no dudaron en obstruir la recuperación de la crisis, dificultar al Ejecutivo su tarea responsable de afrontar la crisis y colocarlo contra las cuerdas presupuestarias.
Como ocurrió en los noventa con Clinton –precisamente bajo la batuta radicalizada de Gingrich-, los excesos republicanos han terminado por ahuyentar a amplios sectores de la clase media. La deriva radical no ha servido para afinar el discurso derechista sino para desorientar a sus exponentes electorales. La mayoría de ellos han optado por ser muy conservadores y además parecerlo (Santorum, Gingrich; mas lo ya descartados Perry y Bachman). Frente a uno solo, Romney, que prefirió sólo parecerlo sin serlo a fondo. La sensación creciente es que los simpatizantes republicanos no saben a qué cada carta quedarse, y no sólo por los erráticos resultados hasta la fecha (son muy pocas elecciones aún, muy pocos los delegados comprometidos, muchos los ataques, acusaciones y ‘escándalos’ en las recámaras), sino por el tono que reflejan las consultas y encuestas que se van conociendo.
Esta desorientación se traduce en una hostilidad creciente, en una agresividad llevada al terreno personal. Las tácticas de desprestigio practicadas contra Obama se han empleado también, por unos y otros, en el debate electoral interno republicano. Al final, si se impone Romney será por el cansancio que puede provocar ese radicalismo hueco y pernicioso. Pero no parece que consiga ser un candidato de unidad. Si triunfara Gingrich o Santorum significaría que la derecha política y social norteamericana habría optado por una estrategia confrontacional, suicida y demagógica. De ahí, la necesidad de que los demócratas perfilen y doten de contenido real sus propuestas y se preparen para una batalla sucia y políticamente cruenta.
Estos días hemos asistido a la presentación programática de opciones moderadamente progresistas en dos de las principales potencias democráticas: Estados Unidos y Francia. El candidato socialista francés, François Hollande, ha presentado su programa para las elecciones presidenciales de abril, en un acto que abre oficialmente su campaña. Por su parte, el Presidente Obama ha fijado, en el último discurso de la Unión de su primer mandato, la estrategia para lograr su mantenimiento en la Casa Blanca cuatro años más.
REMAKE DEL ‘YES, WE CAN’
Ya hace unas semanas comentamos que Obama se había desprendido de sus hechuras presidenciales para ataviarse con las de candidato, con las que parece sentirte más a gusto. Eso explica que algunos hayan apreciado un cierto tono populista en el discurso anual más importante de la liturgia política norteamericana. Tal vez. Pero, en todo caso, no habría que reprocharle eso, sino lo que ha tardado en recuperar un mensaje comprometido con las clases medias y populares, con los sectores más desfavorecidos por la crisis, con las auténticas victimas de políticas desvergonzadas, injustas y fracasadas. Naturalmente, el espíritu conciliador de Obama (‘ecuménico’, dice acertadamente LE MONDE) le ha dado a su discurso del martes en el Congreso un tono ausente de crispación, pero no por ello menos firme.
Los ejes de un eventual segundo mandato de Obama serían los siguientes: 1) El gobierno no es un problema, sino parte de la solución de los problemas económicos; 2) Los ricos tienen que pagar más impuestos que los ciudadanos que están por debajo en la escala social; 3) el final de las guerras en Irak y Afganistán debe traducirse en un dividendo de paz, es decir, en políticas de estímulo para fomentar la creación de empleo, público y privado; y 4) Estados Unidos no debe resignarse a la abrumadora hegemonía fabril de China y debe recuperar recuperar una dinámica productiva.
RECUPERACIÓN DEL DISCURSO SOCIALISTA EN FRANCIA
En definitiva, podemos encontrar en el discurso de Obama una sintonía con la doctrina socialdemócrata europea, aunque esta significación política se encuentra muy desvaída y desnaturalizada durante el periodo de respuestas a la crisis, si no ya desde antes. Si repasamos el programa desgranado hace unos días por el candidato socialista francés, encontramos bastantes puntos coincidentes, salvando la diferencias en la cultura política de ambos países.
François Hollande ha sonado más combativo que Obama, más posicionado claramente en un discurso de izquierdas. Las diferencias de tono no se deben sólo a las peculiaridades nacionales. Es también una cuestión de oportunidad. Después de todo, el francés es sólo candidato y el norteamericano debe actuar como tal sin abandonar su papel institucional.
Aclarados estos matices, hay resonancias coincidentes en el lenguaje empleado para criticar el comportamiento de los poderes financieros. O en la distribución más equitativa de las cargas impositivas y el ataque a los “nichos fiscales”. O en la priorización del empleo público y de las políticas de oferta, en detrimento de medidas exclusivamente de austeridad o contención presupuestaria. O, más precisamente, en la recuperación de una imagen positiva del poder político como factor favorecedor y no obstaculizador de la recuperación económica.
Hollande no sólo ha empleado una retórica más contundente que Obama. También ha optado por formular políticas clásicas de la socialdemocracia que han ido quedado arrinconadas en las últimas dos décadas de hegemonía liberal en Europa. Destacan la apuesta por una “banca pública de inversiones” para apoyar a la pymes; una política activa de reindustrialización y contra la deslocalización (como Obama, por cierto); el control de los mercados financieros mediante políticas reguladoras y fiscales; promoción de empleo y formación juveniles; y otras políticas similares resumidas en “60 compromisos para Francia”.
No obstante, el gran problema de los socialdemócratas franceses (o europeos, ahora que españoles, alemanes o británicos hacen propósito de enmienda y se empeñan en regenerar sus políticas) no es la coherencia y solvencia de los programas, sino la credibilidad de sus discursos. Los socialistas europeos giran a la izquierda pierden las elecciones, se centran cuando ganan en las urnas y se van deslizando hacia la derecha a medida que se instalan en el poder. De esta forma, se ven atrapados en un ciclo ilusión-expectativas-gestión-decepción-crisis, que lastra gravemente su proyecto.
JUEGO SUCIO, Y SUICIDA, DE LOS REPUBLICANOS
El desafío de Obama se diferencia del de los socialistas europeos por la naturaleza y significación de sus rivales políticos. Los conservadores europeos se anclan, por supuesto, en políticas de austeridad, de contención de los déficits públicos, de timidez fiscal, pero son -o suenan- menos radicales en la retórica.
Este aspecto ha quedado muy claro en las primarias republicanas. Ya dijimos que la elevación de Romney como virtual candidato GOP era prematura. Como también lo sería considerarlo definitivamente fracasado por su derrota –esperable y esperada- en Carolina del Sur o el envalentonamiento sonrojante de Gingrich, un candidato, empero, con pies de barro.
Obama, paradójicamente, se ha visto favorecido por lo mismo que lo debilitó a mitad de su primer mandato: la exacerbada combatividad republicana. En la ansiedad por destruir el moderado reformismo del Presidente, los republicanos compitieron por conquistar el alma conservadora de América, ese supuesto espíritu libertario, antigubernamental, que Reagan resucitara falsamente hace tres décadas. Para ello, no dudaron en obstruir la recuperación de la crisis, dificultar al Ejecutivo su tarea responsable de afrontar la crisis y colocarlo contra las cuerdas presupuestarias.
Como ocurrió en los noventa con Clinton –precisamente bajo la batuta radicalizada de Gingrich-, los excesos republicanos han terminado por ahuyentar a amplios sectores de la clase media. La deriva radical no ha servido para afinar el discurso derechista sino para desorientar a sus exponentes electorales. La mayoría de ellos han optado por ser muy conservadores y además parecerlo (Santorum, Gingrich; mas lo ya descartados Perry y Bachman). Frente a uno solo, Romney, que prefirió sólo parecerlo sin serlo a fondo. La sensación creciente es que los simpatizantes republicanos no saben a qué cada carta quedarse, y no sólo por los erráticos resultados hasta la fecha (son muy pocas elecciones aún, muy pocos los delegados comprometidos, muchos los ataques, acusaciones y ‘escándalos’ en las recámaras), sino por el tono que reflejan las consultas y encuestas que se van conociendo.
Esta desorientación se traduce en una hostilidad creciente, en una agresividad llevada al terreno personal. Las tácticas de desprestigio practicadas contra Obama se han empleado también, por unos y otros, en el debate electoral interno republicano. Al final, si se impone Romney será por el cansancio que puede provocar ese radicalismo hueco y pernicioso. Pero no parece que consiga ser un candidato de unidad. Si triunfara Gingrich o Santorum significaría que la derecha política y social norteamericana habría optado por una estrategia confrontacional, suicida y demagógica. De ahí, la necesidad de que los demócratas perfilen y doten de contenido real sus propuestas y se preparen para una batalla sucia y políticamente cruenta.
LA TRIPLE A DE SARKOZY
19 de enero de 2012
La pérdida francesa de la Triple A de la agencia Standard & Poors ha sido el último revés del presidente Sarkozy. Así debe considerarse esta medida: tanto un diagnóstico pesimista sobre la salud financiera del país cuanto una degradación política del Presidente.
Más allá de la seriedad de este tipo de calificaciones -muy cuestionable en su rigor y en su honestidad, como se ha visto en numerosos ejemplos recientes-, el mantenimiento de Francia en el pelotón de países más solventes había significado casi un 'totem' en la estrategia política del presidente. Como era de esperar, la prensa más crítica ha tirado de archivos para recordar las numerosas declaraciones en la que Sarkozy o sus colaboradores gubernamentales más cercanos fijaban en la calificación una especie de línea roja de la credibilidad del país... y de sus aspiraciones de continuar en el Eliseo. Al conocerse la degradación, esa misma maquinaria se ha empleado en minimizar la noticia, en relativizarla, en suavizarla.
En octubre, Sarkozy se declaraba "muerto" si Francia perdía la triple A, según una confidencia sus próximos, desvelada por el satírico semanario Le Canard Enchainé. Esa admisión de vulnerabilidad lo dejaba bien expuesto y privaba de fuerza al necesario cambio de discurso, si se confirmaba la degradación.
CONFIANZA EVAPORADA
La verdadera pérdida para Sarkozy ha sido la confianza en su capacidad para sobreponerse a los embates de la crisis. La reactivación del eje franco-alemán (que había pasado por momentos poco entusiastas en los últimos años) constituía un factor clave de la estrategia presidencial. Sarkozy se ha anclado en la 'firmeza alemana' durante la gestión de la crisis. El propósito: actuar de igual a igual, en la cúspide de la quebradiza pirámide europea.
Era una elección arriesgada, porque la ortodoxia germana no era de su gusto. El empeño obsesivo por la austeridad obligaba al Presidente a defender unas políticas en las que no creía del todo. La derecha gaullista nunca ha gustado de recetas tan radicales como las propagadas por el gran vecino. Al unir su suerte al liderazgo de Merkel, Sarkozy creía blindarse cuando en realidad ha terminado por debilitarse. La retirada de la Triple A -por limitada y cuestionable que sea esa calificación por sí misma- desacopla a Francia de Alemania en la percepción de los llamados mercados: introduce una cuña psicológica en el eje franco-alemán.
REFORMISMO FALLIDO
Hace dos años, después de los cambios fiscales, la abolición de las 35 horas o la reforma de las pensiones, Sarkozy creyó conveniente no agobiar a la sociedad francesa, darse un respiro. Pero la persistencia de la crisis, la falta de resultados patentes y el desempleo en el umbral del 10 por ciento parecieron obligarlo a recuperar sus esencias. Es decir, emprender el impulso reformador, intensificar un activismo político y legislativo muy de su estilo, ya desde sus tiempos de Ministro del Interior. Ahora, el impacto de la Triple A parece empujarlo a 'poner la quinta velocidad'.
En esta estrategia de reactivación no se trataría sólo de restablecer su solvencia como "capitán en la tormenta", sino de poner en evidencia las supuestas contradicciones e indefiniciones de su principal rival, el socialista François Hollande. Las reformas seleccionadas, calificadas de "estructurales" por el aparato político-mediático del Elíseo, son el incremento del IVA para financiar la protección social y descargar las cuotas empresariales y laborales (el llamado 'IVA social'), la introducción de la 'tasa Tobin' sobre las transacciones financieras y una remodelación del modelo educativo. No puede ser casualidad que todas ellas originen cierta incomodidad a los socialistas.
El problema es que, en esta reconstrucción acelerada del 'discurso reformista', a Sarkozy le sobra precipitación y le falta tiempo. A tres meses de las elecciones presidenciales, se ve sometido a una carrera contra el reloj. Necesita recuperar la confianza perdida y sólo puede hacerlo con éxitos a corto plazo. O con la percepción de que los éxitos no están lejos. Necesita, pues, algún síntoma de recuperación, un cambio de tendencia. Los expertos en la detección y análisis del ánimo electoral consideran que Sarkozy sigue anclado en la impopularidad y que en tan poco tiempo no podrá restablecer su crédito. Las reformas, algunas abortadas, otras poco comprendidas y ahora visiblemente precipitadas no parecen antídoto suficiente. Decía Hollande hace unos meses que "Sarkozy no podrá escapar al fracaso de su balance".
LIDERAZGO CUESTIONADO
Y si la confianza se resiste a recuperarse y las reformas no tienen el vigor ni la capacidad de arrastre suficiente, una tercera inquietud se proyecta sobre las aspiraciones de Sarkozy: el debilitamiento del liderazgo.
Las últimas encuestas indicarían que también debe ponerse en duda algo que durante mucho tiempo parecía seguro: el convencimiento de que Sarkozy no tenía rival a la vista en el centro-derecha francés. En su mandato no han crecido figuras políticas de talla. El primer ministro, François Fillon, pudo ser algún tiempo un proyecto de alternativa, pero su figura parece haberse desvanecido, unida a la deriva sarkozyana. El tiempo de los líderes alternativos en el gaullismo parece haberse cerrado definitivamente. En realidad, es el propio gaullismo, como doctrina política vigente, lo que parece haberse extinguido en el quinquenato de 'Sarko'. El 'hiperliderazgo' del Presidente sirvió durante un tiempo para ahondar la crisis socialista, pero ha terminado perjudicando las opciones de recambio en la derecha francesa.
En este sentido, a muchos ha sorprendido la 'resurrección' del centrista François Bayrou, que ha ganado siete puntos en el último sondeo, esta misma semana. Claro que sólo un 23% de los que le apoyan reconocen que su opción es definitivamente; más de las tres cuartas partes declaran poder cambiar de opinión. Para Sarkozy, lo más grave no es que Bayrou le haga encajar un resultado endeble en primera vuelta, sino que los votantes del centrista elijan a Hollande en la votación final. El sondeo mencionado indica que el 46% de los votantes iniciales de Bayrou se decantarían luego por Hollande, mientras que por Sarkozy sólo lo haría ahora un 32%.
¿El Presidente puede contar con los votos del Frente Nacional? No será fácil. Ni barato. Marine Le Pen se ha mostrado extremadamente dura con Sarkozy en las últimas semanas. Su respaldo electoral es alarmantemente firme. Y en alza. A los estrategas de la UMP les preocupa este vigor de la nueva líder ultraderechista, que cabalga a lomos de la crisis con la eficacia acostumbrada que suelen exhibir las opciones populistas radicales en momentos convulsos.
En esta fortaleza del Frente Nacional anida un escenario pesadilla para Sarkozy. Que parte de su electorado, el más conservador, se refugie en la protesta ultraderechista, y que el más moderado, opte por Bayrou, de forma que éste obtenga finalmente más votos que el Presidente y gane el 'ballotage' para enfrentarse a Hollande. Algunos analistas creen que la puntilla puede ser que, en los primeros días de abril, el centro-derecha perciba a Bayrou como mejor opción que el propio Presidente para batir al líder socialista. Entonces sí que Sarkozy habrá perdido su 'triple A' particular.
La pérdida francesa de la Triple A de la agencia Standard & Poors ha sido el último revés del presidente Sarkozy. Así debe considerarse esta medida: tanto un diagnóstico pesimista sobre la salud financiera del país cuanto una degradación política del Presidente.
Más allá de la seriedad de este tipo de calificaciones -muy cuestionable en su rigor y en su honestidad, como se ha visto en numerosos ejemplos recientes-, el mantenimiento de Francia en el pelotón de países más solventes había significado casi un 'totem' en la estrategia política del presidente. Como era de esperar, la prensa más crítica ha tirado de archivos para recordar las numerosas declaraciones en la que Sarkozy o sus colaboradores gubernamentales más cercanos fijaban en la calificación una especie de línea roja de la credibilidad del país... y de sus aspiraciones de continuar en el Eliseo. Al conocerse la degradación, esa misma maquinaria se ha empleado en minimizar la noticia, en relativizarla, en suavizarla.
En octubre, Sarkozy se declaraba "muerto" si Francia perdía la triple A, según una confidencia sus próximos, desvelada por el satírico semanario Le Canard Enchainé. Esa admisión de vulnerabilidad lo dejaba bien expuesto y privaba de fuerza al necesario cambio de discurso, si se confirmaba la degradación.
CONFIANZA EVAPORADA
La verdadera pérdida para Sarkozy ha sido la confianza en su capacidad para sobreponerse a los embates de la crisis. La reactivación del eje franco-alemán (que había pasado por momentos poco entusiastas en los últimos años) constituía un factor clave de la estrategia presidencial. Sarkozy se ha anclado en la 'firmeza alemana' durante la gestión de la crisis. El propósito: actuar de igual a igual, en la cúspide de la quebradiza pirámide europea.
Era una elección arriesgada, porque la ortodoxia germana no era de su gusto. El empeño obsesivo por la austeridad obligaba al Presidente a defender unas políticas en las que no creía del todo. La derecha gaullista nunca ha gustado de recetas tan radicales como las propagadas por el gran vecino. Al unir su suerte al liderazgo de Merkel, Sarkozy creía blindarse cuando en realidad ha terminado por debilitarse. La retirada de la Triple A -por limitada y cuestionable que sea esa calificación por sí misma- desacopla a Francia de Alemania en la percepción de los llamados mercados: introduce una cuña psicológica en el eje franco-alemán.
REFORMISMO FALLIDO
Hace dos años, después de los cambios fiscales, la abolición de las 35 horas o la reforma de las pensiones, Sarkozy creyó conveniente no agobiar a la sociedad francesa, darse un respiro. Pero la persistencia de la crisis, la falta de resultados patentes y el desempleo en el umbral del 10 por ciento parecieron obligarlo a recuperar sus esencias. Es decir, emprender el impulso reformador, intensificar un activismo político y legislativo muy de su estilo, ya desde sus tiempos de Ministro del Interior. Ahora, el impacto de la Triple A parece empujarlo a 'poner la quinta velocidad'.
En esta estrategia de reactivación no se trataría sólo de restablecer su solvencia como "capitán en la tormenta", sino de poner en evidencia las supuestas contradicciones e indefiniciones de su principal rival, el socialista François Hollande. Las reformas seleccionadas, calificadas de "estructurales" por el aparato político-mediático del Elíseo, son el incremento del IVA para financiar la protección social y descargar las cuotas empresariales y laborales (el llamado 'IVA social'), la introducción de la 'tasa Tobin' sobre las transacciones financieras y una remodelación del modelo educativo. No puede ser casualidad que todas ellas originen cierta incomodidad a los socialistas.
El problema es que, en esta reconstrucción acelerada del 'discurso reformista', a Sarkozy le sobra precipitación y le falta tiempo. A tres meses de las elecciones presidenciales, se ve sometido a una carrera contra el reloj. Necesita recuperar la confianza perdida y sólo puede hacerlo con éxitos a corto plazo. O con la percepción de que los éxitos no están lejos. Necesita, pues, algún síntoma de recuperación, un cambio de tendencia. Los expertos en la detección y análisis del ánimo electoral consideran que Sarkozy sigue anclado en la impopularidad y que en tan poco tiempo no podrá restablecer su crédito. Las reformas, algunas abortadas, otras poco comprendidas y ahora visiblemente precipitadas no parecen antídoto suficiente. Decía Hollande hace unos meses que "Sarkozy no podrá escapar al fracaso de su balance".
LIDERAZGO CUESTIONADO
Y si la confianza se resiste a recuperarse y las reformas no tienen el vigor ni la capacidad de arrastre suficiente, una tercera inquietud se proyecta sobre las aspiraciones de Sarkozy: el debilitamiento del liderazgo.
Las últimas encuestas indicarían que también debe ponerse en duda algo que durante mucho tiempo parecía seguro: el convencimiento de que Sarkozy no tenía rival a la vista en el centro-derecha francés. En su mandato no han crecido figuras políticas de talla. El primer ministro, François Fillon, pudo ser algún tiempo un proyecto de alternativa, pero su figura parece haberse desvanecido, unida a la deriva sarkozyana. El tiempo de los líderes alternativos en el gaullismo parece haberse cerrado definitivamente. En realidad, es el propio gaullismo, como doctrina política vigente, lo que parece haberse extinguido en el quinquenato de 'Sarko'. El 'hiperliderazgo' del Presidente sirvió durante un tiempo para ahondar la crisis socialista, pero ha terminado perjudicando las opciones de recambio en la derecha francesa.
En este sentido, a muchos ha sorprendido la 'resurrección' del centrista François Bayrou, que ha ganado siete puntos en el último sondeo, esta misma semana. Claro que sólo un 23% de los que le apoyan reconocen que su opción es definitivamente; más de las tres cuartas partes declaran poder cambiar de opinión. Para Sarkozy, lo más grave no es que Bayrou le haga encajar un resultado endeble en primera vuelta, sino que los votantes del centrista elijan a Hollande en la votación final. El sondeo mencionado indica que el 46% de los votantes iniciales de Bayrou se decantarían luego por Hollande, mientras que por Sarkozy sólo lo haría ahora un 32%.
¿El Presidente puede contar con los votos del Frente Nacional? No será fácil. Ni barato. Marine Le Pen se ha mostrado extremadamente dura con Sarkozy en las últimas semanas. Su respaldo electoral es alarmantemente firme. Y en alza. A los estrategas de la UMP les preocupa este vigor de la nueva líder ultraderechista, que cabalga a lomos de la crisis con la eficacia acostumbrada que suelen exhibir las opciones populistas radicales en momentos convulsos.
En esta fortaleza del Frente Nacional anida un escenario pesadilla para Sarkozy. Que parte de su electorado, el más conservador, se refugie en la protesta ultraderechista, y que el más moderado, opte por Bayrou, de forma que éste obtenga finalmente más votos que el Presidente y gane el 'ballotage' para enfrentarse a Hollande. Algunos analistas creen que la puntilla puede ser que, en los primeros días de abril, el centro-derecha perciba a Bayrou como mejor opción que el propio Presidente para batir al líder socialista. Entonces sí que Sarkozy habrá perdido su 'triple A' particular.
IRÁN, ¿UN CONFLICTO MILITAR INEVITABLE?
12 de enero de 2012
Con la campaña electoral norteamericana y la crisis económica de fondo, el debate sobre la escalada del conflicto en torno a la supuesta intencionalidad de Irán de dotarse de armas nucleares se acrecienta.
Como suele ocurrir en estos casos, la oportuna coincidencia o acumulación de 'acontecimientos' empuja el asunto hacia el primer plano de la actualidad: los movimientos militares norteamericanos; la advertencia militar iraní de cierre o bloqueo del estrecho de Ormuz; el anuncio iraní y la confirmación internacional posterior de la puesta en marcha de una nueva instalación nuclear cerca de Qom; la adopción de nuevas y más severas sanciones económicas occidentales... y, finalmente, para añadir dramatismo a la proliferación de noticias, el asesinato de otro científico iraní (el quinto desde 2007), relacionado con el programa nuclear (bajo sospecha de autoría israelí o norteamericana, según Teherán).
EL DILEMA DE LA INTERVENCIÓN MILITAR
Con este 'menú', no es extraño que muchos analistas se lancen a especular sobre la conveniencia, oportunidad y condiciones de una confrontación militar. El contexto es terrible: una guerra en pleno corazón de la fuente de aprovisionamiento petrolero de más de medio mundo puede provocar un caos sin precedentes y elevar a límites insoportables la crisis económica mundial.
Pero, por un ejercicio elemental de responsabilidad intelectual, lo primero que habría que plantear es si el origen de ese hipotético conflicto responde a la realidad. O, en otras palabras, si no estamos asistiendo a una manipulación sensacional como la que tuvo lugar con la guerra de Irak, en 2003. En este sentido, habría que responder a dos cuestiones fundamentales:
- ¿hay pruebas fidedignas de que, efectivamente, Irán pretende dotarse de armas nucleares?
- en caso afirmativo, ¿es lícito, ético o inteligente tratar de impedirlo por la fuerza?
A la primera pregunta no tenemos una respuesta concluyente, por mucho que los halcones pretendan lo contrario. Irán insiste en que sólo pretende dotarse de una fuente de energía adicional para garantizar su desarrollo económico. Desde luego, es comprensible que se dude de los informes de inteligencia, después de lo visto en crisis anteriores (singularmente la iraquí). Pero aún confiando en ellos, resulta que sus resultados no son concluyentes.
Micak Zenko, uno de los expertos de la llamada Comunidad de Inteligencia (IQ), acaba de recordar, en claro análisis para FOREING AFFAIRS, que no existen pruebas inequívocas de las supuestas intenciones armamentísticas de Irán. "Los proponentes de un ataque preventivo contra el sospechado programa nuclear iraní -escribe- raramente plantean la seguridad que tienen en que Irán construirá la bomba". Zenko añade que la Agencia Internacional de la Energía Atómica tiene controladas las quince instalaciones nucleares iraníes. Sería extremadamente arriesgado para las autoridades iraníes proceder a la producción de "material fisible" en esos lugares. Por tanto, no es factible que el organismo internacional dispusiera alguna vez de la 'smoking gun' (la prueba concluyente) que avalaría una operación militar.
La otra cuestión previa es si resulta lícito, ético o (por plantearlo con cierto cinismo) inteligente una escalada militar. Desde una perspectiva occidental o árabe (los estados temerosos de la potencia persa), puede entenderse la preocupación por vivir con un Irán dotado de armas nucleares. Pero el estatus nuclear de Israel, aceptado por Occidente sin el menor problema, plantea una cuestión sin resolver.
Dejando aparte estas dos cuestiones, la opción militar se maneja de momento en un plano académico, estratégico, casi como una respuesta no deseada aunque nada descartable, en caso de 'provocación' (léase, por el estrangulamiento iraní del suministro petrolero).
Israel presiona en favor de resolver este asunto cuanto antes, y no permitir que se haga demasiado tarde. A falta de una acción militar directa, la campaña de sabotaje (asesinato, destrucción parcial de instalaciones, tecnología y recursos, compra de científicos, etc.) parece una alternativa atractiva. EL NEW YORK TIMES, en un artículo en el que repasa estas operaciones encubiertas, no descarta, efectivamente la autoría israelí y, al menos, la connivencia de Washington, pese a los rotundos desmentidos oficiales norteamericanos.
Los exégetas de la intervención sostienen que no es viable la convivencia con un Irán capaz de amenazar con armas nucleares. Matthew Kroening, un asesor del Pentagono en asuntos nucleares e iraníes, asegura que los riesgos de un fracaso (resultaría muy difícil eliminar completamente las instalaciones iraníes) no constituyen razón suficiente para descartar una acción militar, porque está en juego la preservación de vitales intereses de seguridad de Estados Unidos. Un Irán nuclear condicionaría gravemente la política mediooriental de Washington y podría provocar la proliferación atómica en la región.
El asunto no ocupa un lugar preeminente en la campaña electoral norteamericana, pero no está ausente. El belicoso Gingrich es el único candidato republicano que ha planteado directamente colaborar con Israel en una hipotética operación militar. El resto muestra mayor cautela o no precisa sus posiciones.
EL ALCANCE DE LAS SANCIONES ECONÓMICAS
A los halcones la opción más templada de presión económica adoptada por la administración Obama, con el respaldo de los aliados europeos y asiáticos, les parece claramente insuficiente.
Sin entrar en la conveniencia o no de la acción militar, otros analistas cuestionan la eficacia de las sanciones, recientemente incrementadas. Resulta de particular interés el análisis de Suzanne Maloney, de la BROOKING INSTITUION. Esta investigadora considera que la decisión de Obama es "contraproducente" y supone la anulación de la estrategia llevada a cabo por Estados Unidos hacia Irán desde 1979: una combinación de presión y persuasión.
Argumenta Maloney que no se puede esperar que un país (o un régimen) al que se quiere destruir económicamente se avenga a buenos comportamientos. Más bien lo contrario: se le empujará a radicalizar su posición; es decir, a refugiarse en la última opción disuasiva: el arma nuclear. Justo lo contrario de lo que se pretende.
Pero, además, Maloney emplea otros razonamientos. El régimen islámico lleva décadas soportando presiones y sanciones -éstas no son las primeras, por supuesto- y hasta ahora, su estrategia de seguridad no ha sido debilitada, ni sus planes disuasivos alterados. De nuevo, todo lo contrario: se ha reforzado la línea dura, los sectores moderados o dialogantes han perdido fuerza o han resultado barridos, incluso con indudable pedigrí revolucionario (como Rafsanjani o Mussavi).
Considera Maloney que solo cabe explicarse la decisión de Washington como una apuesta por el cambio de régimen, por una rebelión interna, como consecuencia del caos que las sanciones podrían provocar. En esta impresión coincide Daniel Drezner en su análisis para FOREIGN POLICY. En Irak, esa pretensión resultó claramente fallida.
Por lo tanto, partiendo del principio de que a ninguna de las partes interesa la guerra (en todo caso, sólo a un sector de Israel), lo inteligente sería que la administración Obama regresara a su estrategia inicial: insistir en la vía negociadora, limitar los riesgos de una escalada y manejar los instrumentos de presión con cautela, dejando siempre una salida a los dirigentes iraníes.
Académicamente impecable. Política y diplomáticamente, un ejercicio endiablado.
Con la campaña electoral norteamericana y la crisis económica de fondo, el debate sobre la escalada del conflicto en torno a la supuesta intencionalidad de Irán de dotarse de armas nucleares se acrecienta.
Como suele ocurrir en estos casos, la oportuna coincidencia o acumulación de 'acontecimientos' empuja el asunto hacia el primer plano de la actualidad: los movimientos militares norteamericanos; la advertencia militar iraní de cierre o bloqueo del estrecho de Ormuz; el anuncio iraní y la confirmación internacional posterior de la puesta en marcha de una nueva instalación nuclear cerca de Qom; la adopción de nuevas y más severas sanciones económicas occidentales... y, finalmente, para añadir dramatismo a la proliferación de noticias, el asesinato de otro científico iraní (el quinto desde 2007), relacionado con el programa nuclear (bajo sospecha de autoría israelí o norteamericana, según Teherán).
EL DILEMA DE LA INTERVENCIÓN MILITAR
Con este 'menú', no es extraño que muchos analistas se lancen a especular sobre la conveniencia, oportunidad y condiciones de una confrontación militar. El contexto es terrible: una guerra en pleno corazón de la fuente de aprovisionamiento petrolero de más de medio mundo puede provocar un caos sin precedentes y elevar a límites insoportables la crisis económica mundial.
Pero, por un ejercicio elemental de responsabilidad intelectual, lo primero que habría que plantear es si el origen de ese hipotético conflicto responde a la realidad. O, en otras palabras, si no estamos asistiendo a una manipulación sensacional como la que tuvo lugar con la guerra de Irak, en 2003. En este sentido, habría que responder a dos cuestiones fundamentales:
- ¿hay pruebas fidedignas de que, efectivamente, Irán pretende dotarse de armas nucleares?
- en caso afirmativo, ¿es lícito, ético o inteligente tratar de impedirlo por la fuerza?
A la primera pregunta no tenemos una respuesta concluyente, por mucho que los halcones pretendan lo contrario. Irán insiste en que sólo pretende dotarse de una fuente de energía adicional para garantizar su desarrollo económico. Desde luego, es comprensible que se dude de los informes de inteligencia, después de lo visto en crisis anteriores (singularmente la iraquí). Pero aún confiando en ellos, resulta que sus resultados no son concluyentes.
Micak Zenko, uno de los expertos de la llamada Comunidad de Inteligencia (IQ), acaba de recordar, en claro análisis para FOREING AFFAIRS, que no existen pruebas inequívocas de las supuestas intenciones armamentísticas de Irán. "Los proponentes de un ataque preventivo contra el sospechado programa nuclear iraní -escribe- raramente plantean la seguridad que tienen en que Irán construirá la bomba". Zenko añade que la Agencia Internacional de la Energía Atómica tiene controladas las quince instalaciones nucleares iraníes. Sería extremadamente arriesgado para las autoridades iraníes proceder a la producción de "material fisible" en esos lugares. Por tanto, no es factible que el organismo internacional dispusiera alguna vez de la 'smoking gun' (la prueba concluyente) que avalaría una operación militar.
La otra cuestión previa es si resulta lícito, ético o (por plantearlo con cierto cinismo) inteligente una escalada militar. Desde una perspectiva occidental o árabe (los estados temerosos de la potencia persa), puede entenderse la preocupación por vivir con un Irán dotado de armas nucleares. Pero el estatus nuclear de Israel, aceptado por Occidente sin el menor problema, plantea una cuestión sin resolver.
Dejando aparte estas dos cuestiones, la opción militar se maneja de momento en un plano académico, estratégico, casi como una respuesta no deseada aunque nada descartable, en caso de 'provocación' (léase, por el estrangulamiento iraní del suministro petrolero).
Israel presiona en favor de resolver este asunto cuanto antes, y no permitir que se haga demasiado tarde. A falta de una acción militar directa, la campaña de sabotaje (asesinato, destrucción parcial de instalaciones, tecnología y recursos, compra de científicos, etc.) parece una alternativa atractiva. EL NEW YORK TIMES, en un artículo en el que repasa estas operaciones encubiertas, no descarta, efectivamente la autoría israelí y, al menos, la connivencia de Washington, pese a los rotundos desmentidos oficiales norteamericanos.
Los exégetas de la intervención sostienen que no es viable la convivencia con un Irán capaz de amenazar con armas nucleares. Matthew Kroening, un asesor del Pentagono en asuntos nucleares e iraníes, asegura que los riesgos de un fracaso (resultaría muy difícil eliminar completamente las instalaciones iraníes) no constituyen razón suficiente para descartar una acción militar, porque está en juego la preservación de vitales intereses de seguridad de Estados Unidos. Un Irán nuclear condicionaría gravemente la política mediooriental de Washington y podría provocar la proliferación atómica en la región.
El asunto no ocupa un lugar preeminente en la campaña electoral norteamericana, pero no está ausente. El belicoso Gingrich es el único candidato republicano que ha planteado directamente colaborar con Israel en una hipotética operación militar. El resto muestra mayor cautela o no precisa sus posiciones.
EL ALCANCE DE LAS SANCIONES ECONÓMICAS
A los halcones la opción más templada de presión económica adoptada por la administración Obama, con el respaldo de los aliados europeos y asiáticos, les parece claramente insuficiente.
Sin entrar en la conveniencia o no de la acción militar, otros analistas cuestionan la eficacia de las sanciones, recientemente incrementadas. Resulta de particular interés el análisis de Suzanne Maloney, de la BROOKING INSTITUION. Esta investigadora considera que la decisión de Obama es "contraproducente" y supone la anulación de la estrategia llevada a cabo por Estados Unidos hacia Irán desde 1979: una combinación de presión y persuasión.
Argumenta Maloney que no se puede esperar que un país (o un régimen) al que se quiere destruir económicamente se avenga a buenos comportamientos. Más bien lo contrario: se le empujará a radicalizar su posición; es decir, a refugiarse en la última opción disuasiva: el arma nuclear. Justo lo contrario de lo que se pretende.
Pero, además, Maloney emplea otros razonamientos. El régimen islámico lleva décadas soportando presiones y sanciones -éstas no son las primeras, por supuesto- y hasta ahora, su estrategia de seguridad no ha sido debilitada, ni sus planes disuasivos alterados. De nuevo, todo lo contrario: se ha reforzado la línea dura, los sectores moderados o dialogantes han perdido fuerza o han resultado barridos, incluso con indudable pedigrí revolucionario (como Rafsanjani o Mussavi).
Considera Maloney que solo cabe explicarse la decisión de Washington como una apuesta por el cambio de régimen, por una rebelión interna, como consecuencia del caos que las sanciones podrían provocar. En esta impresión coincide Daniel Drezner en su análisis para FOREIGN POLICY. En Irak, esa pretensión resultó claramente fallida.
Por lo tanto, partiendo del principio de que a ninguna de las partes interesa la guerra (en todo caso, sólo a un sector de Israel), lo inteligente sería que la administración Obama regresara a su estrategia inicial: insistir en la vía negociadora, limitar los riesgos de una escalada y manejar los instrumentos de presión con cautela, dejando siempre una salida a los dirigentes iraníes.
Académicamente impecable. Política y diplomáticamente, un ejercicio endiablado.
DE IOWA A HUNGRÍA
5 de enero de 2012
Se preguntarán los lectores que razones puede haber para relacionar, en el título de este comentario, ese pequeño estado norteamericano y el viejo país centroeuropeo. Pocas, naturalmente. Pero estos días se ha vivido en ambas unidades políticas, tan lejanas y distantes, la confirmación de un fenómeno creciente en la realidad política occidental, como reacción primaria a los apuros económicos, a las inquietudes sociales y a las crisis de valores. Se trata de un neoconservadurismo muy militante, activo y destructivo de todo aquello que incomoda su visión social y política.
IOWA, SÍNTOMAS Y PARADOJAS
No sería muy útil extraer demasiadas conclusiones de las primarias republicanas de Iowa. Como se ha dicho con pertinencia, la carrera acaba de comenzar, el Estado es pequeño y poco significativo o representativo, si nos atenemos a la reciente historia electoral. Baste recordar que quien luego sería el presidente republicano con mayor apoyo político en más de medio siglo, Ronald Reagan, fue derrotado en las primarias de Iowa en 1976, por un ya por entonces cuasi cadáver político, aunque en ese momento presidente en ejercicio (incumbent), Gerald Ford.
No importa por tanto que la victoria de Romney hay sido tan exigua, tan pírrica que, con razón, en su entorno no se haya podido disimular el sabor a derrota. Tampoco convendría exagerar la trascendencia del auge del 'ultra' Rick Santorum (curioso apellido para sus inclinaciones ideológicas). Lo más interesante, a nuestro juicio, es que el ex-gobernador republicano de Massachussets puede verse impelido a un juego de imposturas para ganar la nominación. Los resultados de Iowa pueden hacerle calcular que necesita parecer más conservador de lo que es, con el propósito de ganarse a las bases más movilizadas de su partido y sus simpatizantes.
Pero, al hacerlo, Romney corre el riesgo de dejarle completamente libre el centro al candidato demócrata, Barack Obama. Y no sólo eso: también puede perder el foco de las necesidades del país, exponerse a acusaciones de oportunismo en el proceso de primarias y sufrir un desgaste de legitimación. La retirada de Michelle Bachman, una versión más sofisticada de Sarah Pallin (ma non troppo) y la debilidad extrema de Perry más que fortalecer la moderación de Romney puede ensanchar las opciones de Rick Santorum y del 'anarquista' de derechas Ron Paul. El primero lo acosará con sus mensajes morales de catecismo; el segundo, le pondrá difícil formular posiciones de responsabilidad del Gobierno, en el tratamiento de la crisis.
El otro candidato conservador, bien que debilitado en Iowa, intentará no resultar laminado en New Hampshire, estado muy inclinado por Romney, y llegar vivo a Carolina del Sur para mantener sus opciones, al menos hasta el supermartes de primeros de marzo. Curiosamente, la ayuda podría venirle a Romney del ausente en Iowa, John Hutsman. También conservador, pero más templado, colaborador ocasional de Obama como titular de la embajada en Pekín, si su estrella se eleva, podría ayudar al front runner republicano a centrar el debate, a despojarlo del fundamentalismo conservador. Habrá que esperar, no a la próxima cita, sino a la siguiente.
LA SOMBRA DE HORTHY
Y si en los Estados Unidos el conservadurismo militante empuja hacia opciones políticas extremas, en Europa, más lenta en sus actuaciones y menos simple en sus manifestaciones, se dibujan panoramas no menos inquietantes.
El caso húngaro quizás haya pasado demasiado desapercibido. Pero es de una gravedad nada desdeñable. Un gobierno derechista y populista, amparado en una amplísima mayoría parlamentaria, en la debilidad política opositora y en una cierta paralización social, ha sacado adelante una reforma constitucional y un rearme legal que recorta las libertades cívicas, refuerza el poder del ejecutivo e instaura un autoritarismo en casi todos los ámbitos sociales, políticos e ideológicos.
Conviene recordar cómo se ha llegado a esta situación. Hungría fue el primero de los países bajo control soviético que inició la liberalización a finales de los ochenta. Fiel a su tradición de abrir brechas, como hizo en 1956, el sector reformista del comunismo húngaro comprendió la necesidad de modificar el sistema. Desde Hungría, y merced a la tolerancia oficial, se produjo la huida de ciudadanos turistas de otros países del Este durante el verano de 1989, desencadenando la crisis de las embajadas. Meses antes, el gobierno húngaro ya se había declarado en sintonía con la apertura de Gorbachov, cuando el resto de los aliados del Pacto de Varsovia permanecía atrincherado en la ortodoxia.
Sin embargo, la marea derechista (no confundir con liberal, al menos en lo político), barrió a los comunistas convertidos en socialistas. La derecha, moderada primero, más radical enseguida, se hizo con el poder a comienzos de los noventa. El fracaso de la introducción brutal de la economía de mercado propició el regreso de los socialistas al gobierno, pero distintos escándalos de corrupción y algunos episodios de incomprensible infantilismo generaron un escepticismo social que, al irrumpir la crisis financiera y económica, propició la arrolladora victoria electoral del los ultranacionalistas populistas del FIDESZ.
En un año al frente del gobierno, Víctor Orban ha convertido a Hungría en un laboratorio de ensayos revisionistas de las más elementales reglas del juego democrático europeo. Se ha pervertido la independencia judicial. Se ha amordazado a los medios. Se han acomodado los reglamentos electorales a las conveniencias del partido en el poder. Se han convertido en doctrina de Estado visiones, creencias y normas religiosas, al tiempo que se restringían y obstruían otros credos y se restringía el ejercicio de derechos de otras minorías. Y, en materia económica, se ha desafiado la ortodoxia del pensamiento único europeo, al cuestionar la independencia del Banco Central. La UE ha sancionado a Orban privándole de auxilio. Irónicamente, los húngaros no recibirán la misma medicina que los griegos.
Como resumen de esta transformación autoritaria, se elimina el término 'república' de la denominación oficial del país, que pasa a llamarse simplemente 'Hungría'. En una excelente entrevista con LE MONDE, el politólogo húngaro Gradvohl avanza el simbolismo de esta decisión. "El país no se define ya como un régimen político. Es el pueblo, más allá de sus fronteras, lo que construye su esencia".
En efecto, lo que Orban y sus seguidores recuperan es el viejo sentimiento de la patria desmembrada, diseminada, tras la derrota de la vieja Monarquia Dual (Austro-Hungría) en la Primera Guerra Mundial. Por el Tratado de Trianon, los vencedores impusieron un duro castigo a la patria magyar: la amputación de un tercio de su territorio. Orban reclama simbólicamente, con la modificación del nombre del país, que Hungría no está completa, que le falta esos territorios históricos en Eslovaquia, en Rumanía, en Ucrania, en Serbia (la Voïvodina). De ahi que Gradvohl y otros historiadores han visto en Orban una especie de evocación de Miklos Horthy, el almirante que asumió la regencia tras el derrumbamiento austrohúngaro y, durante todo el periodo de entreguerras, ya convertido en dictador, intentó reconstruir la integridad territorial lesionada. No dudó en aliarse a Hitler, en ser integrante del Eje, aunque al final lo traicionara y buscara un acuerdo secreto con las democracias. Terminó exiliado en Portugal, donde murió.
¿Se inspira Orban en el designio de Horthy? No en los medios, por supuesto, porque el contexto histórico es distinto y el origen de las frustraciones nacionalistas es diferente. Pero el sustrato es equivalente: una crisis económica devastadora y una ausencia clara de respuestas solvente por parte del sistema democrático liberal. La tentación autoritaria se presenta, por momentos, irresistible.
En los noventa, con la desaparición de los regímenes comunistas, se produjo un esperable auge de las reivindicaciones nacionalistas. Las nuevas élites políticas, huérfanas de referencias y oportunistas por las prisas en dotarse de discursos movilizadores, desempolvaron banderas e invocaron fantasmas. El impulso por lograr la prosperidad económica y social arrinconó momentáneamente el nacionalismo, pero no lo desterró. Y, ahora, la crisis y la decepción por el amparo de regresar a una Europa democrática, abre un periodo de incertidumbre . Como señalaba hace unos días THE GUARDIAN, la preocupación excede los limites de Hungría o el alcance de Orban. La pesadilla -concluía el diario- sería que esta forma de nacionalismo xenófobo y derechistas se convirtiera en la norma de la periferia europea".
¿Sólo en la periferia? Conviene recordar otros movimientos con predicamento político sólido como la Liga Norte en Italia, los nacionalistas-populistas ya mayoritarios en la Bélgica flamenca (con capacidad para desestabilizar el frágil gobierno 'unitario'), la tendencia xenófoba en Holanda y los países nórdicos (con el Estado de bienestar como principal objetivo a debilitar). Por no hablar de la incógnita del Frente Nacional en Francia, con el vigor que pueda infundirle el nuevo liderazgo de Marine Le Pen, quien podría aprovecharse del debilitamiento de la derecha gaullista o moderada.
Por tanto, a los dos lados del Atlántico, la fiebre ultraconservadora amenaza con secuestrar y abrasar el debate político, seducir con recetas salvadoras trascendentes, con apelar a la mano divina para ignorar o desdeñar las respuestas simplemente humanas. Se echa en falta una posición progresista sólida, auténtica y diferencia. En Norteamérica y en Europa. Es urgente y el tiempo se acaba.
Se preguntarán los lectores que razones puede haber para relacionar, en el título de este comentario, ese pequeño estado norteamericano y el viejo país centroeuropeo. Pocas, naturalmente. Pero estos días se ha vivido en ambas unidades políticas, tan lejanas y distantes, la confirmación de un fenómeno creciente en la realidad política occidental, como reacción primaria a los apuros económicos, a las inquietudes sociales y a las crisis de valores. Se trata de un neoconservadurismo muy militante, activo y destructivo de todo aquello que incomoda su visión social y política.
IOWA, SÍNTOMAS Y PARADOJAS
No sería muy útil extraer demasiadas conclusiones de las primarias republicanas de Iowa. Como se ha dicho con pertinencia, la carrera acaba de comenzar, el Estado es pequeño y poco significativo o representativo, si nos atenemos a la reciente historia electoral. Baste recordar que quien luego sería el presidente republicano con mayor apoyo político en más de medio siglo, Ronald Reagan, fue derrotado en las primarias de Iowa en 1976, por un ya por entonces cuasi cadáver político, aunque en ese momento presidente en ejercicio (incumbent), Gerald Ford.
No importa por tanto que la victoria de Romney hay sido tan exigua, tan pírrica que, con razón, en su entorno no se haya podido disimular el sabor a derrota. Tampoco convendría exagerar la trascendencia del auge del 'ultra' Rick Santorum (curioso apellido para sus inclinaciones ideológicas). Lo más interesante, a nuestro juicio, es que el ex-gobernador republicano de Massachussets puede verse impelido a un juego de imposturas para ganar la nominación. Los resultados de Iowa pueden hacerle calcular que necesita parecer más conservador de lo que es, con el propósito de ganarse a las bases más movilizadas de su partido y sus simpatizantes.
Pero, al hacerlo, Romney corre el riesgo de dejarle completamente libre el centro al candidato demócrata, Barack Obama. Y no sólo eso: también puede perder el foco de las necesidades del país, exponerse a acusaciones de oportunismo en el proceso de primarias y sufrir un desgaste de legitimación. La retirada de Michelle Bachman, una versión más sofisticada de Sarah Pallin (ma non troppo) y la debilidad extrema de Perry más que fortalecer la moderación de Romney puede ensanchar las opciones de Rick Santorum y del 'anarquista' de derechas Ron Paul. El primero lo acosará con sus mensajes morales de catecismo; el segundo, le pondrá difícil formular posiciones de responsabilidad del Gobierno, en el tratamiento de la crisis.
El otro candidato conservador, bien que debilitado en Iowa, intentará no resultar laminado en New Hampshire, estado muy inclinado por Romney, y llegar vivo a Carolina del Sur para mantener sus opciones, al menos hasta el supermartes de primeros de marzo. Curiosamente, la ayuda podría venirle a Romney del ausente en Iowa, John Hutsman. También conservador, pero más templado, colaborador ocasional de Obama como titular de la embajada en Pekín, si su estrella se eleva, podría ayudar al front runner republicano a centrar el debate, a despojarlo del fundamentalismo conservador. Habrá que esperar, no a la próxima cita, sino a la siguiente.
LA SOMBRA DE HORTHY
Y si en los Estados Unidos el conservadurismo militante empuja hacia opciones políticas extremas, en Europa, más lenta en sus actuaciones y menos simple en sus manifestaciones, se dibujan panoramas no menos inquietantes.
El caso húngaro quizás haya pasado demasiado desapercibido. Pero es de una gravedad nada desdeñable. Un gobierno derechista y populista, amparado en una amplísima mayoría parlamentaria, en la debilidad política opositora y en una cierta paralización social, ha sacado adelante una reforma constitucional y un rearme legal que recorta las libertades cívicas, refuerza el poder del ejecutivo e instaura un autoritarismo en casi todos los ámbitos sociales, políticos e ideológicos.
Conviene recordar cómo se ha llegado a esta situación. Hungría fue el primero de los países bajo control soviético que inició la liberalización a finales de los ochenta. Fiel a su tradición de abrir brechas, como hizo en 1956, el sector reformista del comunismo húngaro comprendió la necesidad de modificar el sistema. Desde Hungría, y merced a la tolerancia oficial, se produjo la huida de ciudadanos turistas de otros países del Este durante el verano de 1989, desencadenando la crisis de las embajadas. Meses antes, el gobierno húngaro ya se había declarado en sintonía con la apertura de Gorbachov, cuando el resto de los aliados del Pacto de Varsovia permanecía atrincherado en la ortodoxia.
Sin embargo, la marea derechista (no confundir con liberal, al menos en lo político), barrió a los comunistas convertidos en socialistas. La derecha, moderada primero, más radical enseguida, se hizo con el poder a comienzos de los noventa. El fracaso de la introducción brutal de la economía de mercado propició el regreso de los socialistas al gobierno, pero distintos escándalos de corrupción y algunos episodios de incomprensible infantilismo generaron un escepticismo social que, al irrumpir la crisis financiera y económica, propició la arrolladora victoria electoral del los ultranacionalistas populistas del FIDESZ.
En un año al frente del gobierno, Víctor Orban ha convertido a Hungría en un laboratorio de ensayos revisionistas de las más elementales reglas del juego democrático europeo. Se ha pervertido la independencia judicial. Se ha amordazado a los medios. Se han acomodado los reglamentos electorales a las conveniencias del partido en el poder. Se han convertido en doctrina de Estado visiones, creencias y normas religiosas, al tiempo que se restringían y obstruían otros credos y se restringía el ejercicio de derechos de otras minorías. Y, en materia económica, se ha desafiado la ortodoxia del pensamiento único europeo, al cuestionar la independencia del Banco Central. La UE ha sancionado a Orban privándole de auxilio. Irónicamente, los húngaros no recibirán la misma medicina que los griegos.
Como resumen de esta transformación autoritaria, se elimina el término 'república' de la denominación oficial del país, que pasa a llamarse simplemente 'Hungría'. En una excelente entrevista con LE MONDE, el politólogo húngaro Gradvohl avanza el simbolismo de esta decisión. "El país no se define ya como un régimen político. Es el pueblo, más allá de sus fronteras, lo que construye su esencia".
En efecto, lo que Orban y sus seguidores recuperan es el viejo sentimiento de la patria desmembrada, diseminada, tras la derrota de la vieja Monarquia Dual (Austro-Hungría) en la Primera Guerra Mundial. Por el Tratado de Trianon, los vencedores impusieron un duro castigo a la patria magyar: la amputación de un tercio de su territorio. Orban reclama simbólicamente, con la modificación del nombre del país, que Hungría no está completa, que le falta esos territorios históricos en Eslovaquia, en Rumanía, en Ucrania, en Serbia (la Voïvodina). De ahi que Gradvohl y otros historiadores han visto en Orban una especie de evocación de Miklos Horthy, el almirante que asumió la regencia tras el derrumbamiento austrohúngaro y, durante todo el periodo de entreguerras, ya convertido en dictador, intentó reconstruir la integridad territorial lesionada. No dudó en aliarse a Hitler, en ser integrante del Eje, aunque al final lo traicionara y buscara un acuerdo secreto con las democracias. Terminó exiliado en Portugal, donde murió.
¿Se inspira Orban en el designio de Horthy? No en los medios, por supuesto, porque el contexto histórico es distinto y el origen de las frustraciones nacionalistas es diferente. Pero el sustrato es equivalente: una crisis económica devastadora y una ausencia clara de respuestas solvente por parte del sistema democrático liberal. La tentación autoritaria se presenta, por momentos, irresistible.
En los noventa, con la desaparición de los regímenes comunistas, se produjo un esperable auge de las reivindicaciones nacionalistas. Las nuevas élites políticas, huérfanas de referencias y oportunistas por las prisas en dotarse de discursos movilizadores, desempolvaron banderas e invocaron fantasmas. El impulso por lograr la prosperidad económica y social arrinconó momentáneamente el nacionalismo, pero no lo desterró. Y, ahora, la crisis y la decepción por el amparo de regresar a una Europa democrática, abre un periodo de incertidumbre . Como señalaba hace unos días THE GUARDIAN, la preocupación excede los limites de Hungría o el alcance de Orban. La pesadilla -concluía el diario- sería que esta forma de nacionalismo xenófobo y derechistas se convirtiera en la norma de la periferia europea".
¿Sólo en la periferia? Conviene recordar otros movimientos con predicamento político sólido como la Liga Norte en Italia, los nacionalistas-populistas ya mayoritarios en la Bélgica flamenca (con capacidad para desestabilizar el frágil gobierno 'unitario'), la tendencia xenófoba en Holanda y los países nórdicos (con el Estado de bienestar como principal objetivo a debilitar). Por no hablar de la incógnita del Frente Nacional en Francia, con el vigor que pueda infundirle el nuevo liderazgo de Marine Le Pen, quien podría aprovecharse del debilitamiento de la derecha gaullista o moderada.
Por tanto, a los dos lados del Atlántico, la fiebre ultraconservadora amenaza con secuestrar y abrasar el debate político, seducir con recetas salvadoras trascendentes, con apelar a la mano divina para ignorar o desdeñar las respuestas simplemente humanas. Se echa en falta una posición progresista sólida, auténtica y diferencia. En Norteamérica y en Europa. Es urgente y el tiempo se acaba.
KIM JONG-UN, DUDOSO LÍDER EN BUSCA DE UN EPÍTETO
22 de diciembre de 2011
La aparición pública de Kim Jong-Un, el Tercer Kim ( o Kim-3), junto al féretro de su padre, Kim Jong-Il, el "amado líder", encabezando la corte 'paleocomunista' norcoreana ha ilustrado la nueva ronda de especulaciones sobre el futuro del hermético país y avivado las dudas sobre la estabilidad regional.
En artículos para FOREIGN AFFAIRS, tres destacados especialistas norteamericanos ofrecen sus análisis sobre las posibles consecuencias de la fragilidad del nuevo dirigente. Como avanzábamos hace unos días, se apunta una suerte de 'regencia'. En otras palabras, un liderazgo tutelado, o la tutela de un liderazgo sólo aparente.
UNA SUCESIÓN PRECIPITADA
Nicholas Eberstadt, autor de varios libros sobre Corea, afirma que, contrariamente a lo que hizo su padre, Kim Il-Sung, fundador del país y de la dinastía, el segundo Kim no ha dejado las cosas bien atadas. El 'Gran Líder', ciertamente, habría dudado. Primero pensó en su hermano Kim Jong Ju, pero el elegido resultó ser demasiado cruel, incluso para los estándares norcoreanos. Ensayó luego la idea de un liderazgo colectivo ('Party Center'), proyecto también condenado al fracaso por la naturaleza familiar del régimen. Fue entonces cuando escogió a su hijo primogénito, que parecía más interesado en la buena vida. Le inventó una mitología acorde con su destino político, lo formó, lo blindó y lo colocó al frente. Sus rivales, si quedaba alguno con posibilidades, se plegaron. Y Kim Jong-Il se convirtió en el 'Amado Líder'.
Durante sus diecisiete años de mandato, Kim Jong-Il se complació en la arbitrariedad en la toma de decisiones y en una suerte de audacia temeraria en el exterior, con el desarrollo de su programa nuclear y sus provocaciones puntuales destinadas a obtener concesiones o apoyos puntuales con que compensar las terribles consecuencias de su política para la población norcoreana. En el asunto sucesorio, se mostró curiosamente descuidado, según Eberstadt. Su hijo primogénito perdió todas las opciones después de protagonizar un escándalo internacional y el segundo desapareció de un día para otro sin motivo conocido.
Al final, le ha tocado al menor de sus hijos convertirse en el 'Tercer Kim'. Su debilidad parece evidente. Su promoción empezó muy tarde, sólo después de que el 'Amado líder' sufriera el último ataque coronario, el año pasado. Precipitadamente, fue ascendido a general, sin la mínima formación militar. Apenas se sabe de él que estudió en Suiza y poco más, fuera de los ensalzamientos hiperbólicos oficiales. Su competencia para el cargo es más que dudosa. Aunque eso mismo se pensaba de su padre, a pesar de la previsora campaña de su progenitor.
Los analistas creen efectivamente que el nuevo líder está rodeado de una camarilla que más que asesorarlo lo manipulará. Ken Gause, autor de un libro sobre el 'reinado' de Kim Jong-Il, desmenuza nombres, cargos, responsabilidades y presuntas ambiciones de esa "bizantina estructura de poder" norcoreana. Su conclusión, como la otros expertos, es que un tío y una tía del joven Kim-3, serán sus tutores directos. Lo que no quiere decir que sean ellos lo que controlen el poder. Otros jerarcas conservan margen suficiente. Por ello, Gause considera probable la prevalencia de las ambiciones particulares y una peligrosa lucha por el poder, que podría "desgarrar al régimen".
LOS ESCENARIOS MÁS TEMIDOS
El asesor de Bush Jr. para Asia y seguidor atento de la evolución norcoreana, Michael J. Green, desgrana los distintos escenarios que podrían derivarse de la debilidad del nuevo liderazgo norcoreano.
El primero, preocupante pero gestionable, consistiría en que, para ganarse el respeto de su corte, Kim Jong-Un quisiera emular a su padre y extremar las provocaciones, bien mediante la intensificación del programa nuclear, bien insistiendo en episodios de bravuconería militar. Los observadores señalan una fecha emblemática para testar la verdadera fortaleza del nuevo líder: el próximo mes de abril, fecha en la que se festejara el centenario de Kim Il-Sung, el padre de la patria. Además, nos encontraríamos en periodo de campaña en Estados Unidos y en Corea del Sur y, por tanto, si Kim-3 ha aprendido algo de su padre, resultaría un momento propicio para crear situaciones difíciles.
Inquieta más en Washington y otras capitales que al inexperto Kim - o a sus asesores/manipuladores se les ocurra plantear una especie de chantaje: que se le permita continuar con su programa nuclear a cambio de renunciar a la proliferación externa, es decir a no poner la tecnología nuclear coreana al servicio de otros estados poco simpáticos hacia Occidente. Ocurrió con Siria en 2003, e Israel se dio el gusto de destruir, cuatro años después, el reactor montado con el apoyo técnico y el plantel humano que Kim Jong-Il le brindó a Bachar el Assad.
En todo caso, como no parece que al joven Kim le brillen precisamente los espolones, se teme mucho más la eventualidad de un descenso en espiral hacia la anarquía, con varios grupos compitiendo por el poder, incluso hasta llegar a las manos, o sea a las armas. Ese tipo de conflicto desencadenaría, en primer término, una oleada de refugiados, lo que pone los pelos de punta en Seúl, Tokio y Pekín, principalmente. Pero lo que verdaderamente alarma a todo el mundo es la falta de información fiable sobre el desenlace más previsible de una crisis así, las dificultades para encontrar un interlocutor y, en consecuencia, las dudas sobre la estabilidad del control del arsenal nuclear. Estaríamos ante una amenaza a la seguridad de Asia de unas proporciones sin precedentes en más de medio siglo.
EL PAPEL DE CHINA
Ante este despliegue de escenarios privadores de sueño plácido, otros expertos apuntan al certificado de garantía que puede asegurar China. Pekín ha jugado siempre la carta norcoreana para sacar tajada en sus ambiciones diplomáticas y económicas. Cierto que con Kim Jong-Il, los jerarcas chinos habrían perdido en algún momento la paciencia. La prensa occidental afirmaba estos días que Pekín habría dado la 'bendición' al joven Kim. A saber...
Se sabe que China ha aumentado su inversión en proyectos industriales de Corea del Norte, especialmente en las minas de la región fronteriza entre ambos países. Las cantidades son modestas, apenas 100 millones de dólares, y están gestionadas por empresas medianas o pequeñas, de titularidad pública y privada, según Drew Thompson. A Pekin le interesaría por tanto la estabilidad de su incordiante vecino.
Otro experto, en este caso Françoise Nicolas, director del Centro Asia, del Instituto francés de Relaciones Internacionales, sugiere en LE MONDE que precisamente a causa de estos intereses económicos, los chinos podrían tratar de imponer en Corea una evolución semejante a la suya, la versión coreana del 'capitalismo comunista'.
Para Victor Cha, profesor de Georgetown e integrante de la administración G.W.Bush, la mejor garantía de estabilidad es que Corea del Norte se convierta en una provincia china, sin disimulos ni formalidades de independencia, según expone en un artículo para THE NEW YORK TIMES. Cha recuerda que gran parte de los dirigentes chinos ya estarían hartos de transferir utilidades a un régimen tan imprevisible.
En todo caso, a Pekín parece que le interesaría recuperar el diálogo multilateral a seis (EE.UU., China, Japón, Rusia y las dos Coreas) con que se encauzó el desafío nuclear de Kim Jong-Il en 2006. La actividad diplomática se encuentra prácticamente interrumpida desde que se agravaron los problemas de salud del ahora fallecido. Está por ver si el Tercer Kim se aviene a la vía tranquila. De momento, es sólo el hijo del 'querido líder' o el nieto del 'Gran Líder'. Un dudoso 'líder' en procura de un epíteto.
La aparición pública de Kim Jong-Un, el Tercer Kim ( o Kim-3), junto al féretro de su padre, Kim Jong-Il, el "amado líder", encabezando la corte 'paleocomunista' norcoreana ha ilustrado la nueva ronda de especulaciones sobre el futuro del hermético país y avivado las dudas sobre la estabilidad regional.
En artículos para FOREIGN AFFAIRS, tres destacados especialistas norteamericanos ofrecen sus análisis sobre las posibles consecuencias de la fragilidad del nuevo dirigente. Como avanzábamos hace unos días, se apunta una suerte de 'regencia'. En otras palabras, un liderazgo tutelado, o la tutela de un liderazgo sólo aparente.
UNA SUCESIÓN PRECIPITADA
Nicholas Eberstadt, autor de varios libros sobre Corea, afirma que, contrariamente a lo que hizo su padre, Kim Il-Sung, fundador del país y de la dinastía, el segundo Kim no ha dejado las cosas bien atadas. El 'Gran Líder', ciertamente, habría dudado. Primero pensó en su hermano Kim Jong Ju, pero el elegido resultó ser demasiado cruel, incluso para los estándares norcoreanos. Ensayó luego la idea de un liderazgo colectivo ('Party Center'), proyecto también condenado al fracaso por la naturaleza familiar del régimen. Fue entonces cuando escogió a su hijo primogénito, que parecía más interesado en la buena vida. Le inventó una mitología acorde con su destino político, lo formó, lo blindó y lo colocó al frente. Sus rivales, si quedaba alguno con posibilidades, se plegaron. Y Kim Jong-Il se convirtió en el 'Amado Líder'.
Durante sus diecisiete años de mandato, Kim Jong-Il se complació en la arbitrariedad en la toma de decisiones y en una suerte de audacia temeraria en el exterior, con el desarrollo de su programa nuclear y sus provocaciones puntuales destinadas a obtener concesiones o apoyos puntuales con que compensar las terribles consecuencias de su política para la población norcoreana. En el asunto sucesorio, se mostró curiosamente descuidado, según Eberstadt. Su hijo primogénito perdió todas las opciones después de protagonizar un escándalo internacional y el segundo desapareció de un día para otro sin motivo conocido.
Al final, le ha tocado al menor de sus hijos convertirse en el 'Tercer Kim'. Su debilidad parece evidente. Su promoción empezó muy tarde, sólo después de que el 'Amado líder' sufriera el último ataque coronario, el año pasado. Precipitadamente, fue ascendido a general, sin la mínima formación militar. Apenas se sabe de él que estudió en Suiza y poco más, fuera de los ensalzamientos hiperbólicos oficiales. Su competencia para el cargo es más que dudosa. Aunque eso mismo se pensaba de su padre, a pesar de la previsora campaña de su progenitor.
Los analistas creen efectivamente que el nuevo líder está rodeado de una camarilla que más que asesorarlo lo manipulará. Ken Gause, autor de un libro sobre el 'reinado' de Kim Jong-Il, desmenuza nombres, cargos, responsabilidades y presuntas ambiciones de esa "bizantina estructura de poder" norcoreana. Su conclusión, como la otros expertos, es que un tío y una tía del joven Kim-3, serán sus tutores directos. Lo que no quiere decir que sean ellos lo que controlen el poder. Otros jerarcas conservan margen suficiente. Por ello, Gause considera probable la prevalencia de las ambiciones particulares y una peligrosa lucha por el poder, que podría "desgarrar al régimen".
LOS ESCENARIOS MÁS TEMIDOS
El asesor de Bush Jr. para Asia y seguidor atento de la evolución norcoreana, Michael J. Green, desgrana los distintos escenarios que podrían derivarse de la debilidad del nuevo liderazgo norcoreano.
El primero, preocupante pero gestionable, consistiría en que, para ganarse el respeto de su corte, Kim Jong-Un quisiera emular a su padre y extremar las provocaciones, bien mediante la intensificación del programa nuclear, bien insistiendo en episodios de bravuconería militar. Los observadores señalan una fecha emblemática para testar la verdadera fortaleza del nuevo líder: el próximo mes de abril, fecha en la que se festejara el centenario de Kim Il-Sung, el padre de la patria. Además, nos encontraríamos en periodo de campaña en Estados Unidos y en Corea del Sur y, por tanto, si Kim-3 ha aprendido algo de su padre, resultaría un momento propicio para crear situaciones difíciles.
Inquieta más en Washington y otras capitales que al inexperto Kim - o a sus asesores/manipuladores se les ocurra plantear una especie de chantaje: que se le permita continuar con su programa nuclear a cambio de renunciar a la proliferación externa, es decir a no poner la tecnología nuclear coreana al servicio de otros estados poco simpáticos hacia Occidente. Ocurrió con Siria en 2003, e Israel se dio el gusto de destruir, cuatro años después, el reactor montado con el apoyo técnico y el plantel humano que Kim Jong-Il le brindó a Bachar el Assad.
En todo caso, como no parece que al joven Kim le brillen precisamente los espolones, se teme mucho más la eventualidad de un descenso en espiral hacia la anarquía, con varios grupos compitiendo por el poder, incluso hasta llegar a las manos, o sea a las armas. Ese tipo de conflicto desencadenaría, en primer término, una oleada de refugiados, lo que pone los pelos de punta en Seúl, Tokio y Pekín, principalmente. Pero lo que verdaderamente alarma a todo el mundo es la falta de información fiable sobre el desenlace más previsible de una crisis así, las dificultades para encontrar un interlocutor y, en consecuencia, las dudas sobre la estabilidad del control del arsenal nuclear. Estaríamos ante una amenaza a la seguridad de Asia de unas proporciones sin precedentes en más de medio siglo.
EL PAPEL DE CHINA
Ante este despliegue de escenarios privadores de sueño plácido, otros expertos apuntan al certificado de garantía que puede asegurar China. Pekín ha jugado siempre la carta norcoreana para sacar tajada en sus ambiciones diplomáticas y económicas. Cierto que con Kim Jong-Il, los jerarcas chinos habrían perdido en algún momento la paciencia. La prensa occidental afirmaba estos días que Pekín habría dado la 'bendición' al joven Kim. A saber...
Se sabe que China ha aumentado su inversión en proyectos industriales de Corea del Norte, especialmente en las minas de la región fronteriza entre ambos países. Las cantidades son modestas, apenas 100 millones de dólares, y están gestionadas por empresas medianas o pequeñas, de titularidad pública y privada, según Drew Thompson. A Pekin le interesaría por tanto la estabilidad de su incordiante vecino.
Otro experto, en este caso Françoise Nicolas, director del Centro Asia, del Instituto francés de Relaciones Internacionales, sugiere en LE MONDE que precisamente a causa de estos intereses económicos, los chinos podrían tratar de imponer en Corea una evolución semejante a la suya, la versión coreana del 'capitalismo comunista'.
Para Victor Cha, profesor de Georgetown e integrante de la administración G.W.Bush, la mejor garantía de estabilidad es que Corea del Norte se convierta en una provincia china, sin disimulos ni formalidades de independencia, según expone en un artículo para THE NEW YORK TIMES. Cha recuerda que gran parte de los dirigentes chinos ya estarían hartos de transferir utilidades a un régimen tan imprevisible.
En todo caso, a Pekín parece que le interesaría recuperar el diálogo multilateral a seis (EE.UU., China, Japón, Rusia y las dos Coreas) con que se encauzó el desafío nuclear de Kim Jong-Il en 2006. La actividad diplomática se encuentra prácticamente interrumpida desde que se agravaron los problemas de salud del ahora fallecido. Está por ver si el Tercer Kim se aviene a la vía tranquila. De momento, es sólo el hijo del 'querido líder' o el nieto del 'Gran Líder'. Un dudoso 'líder' en procura de un epíteto.
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