ALEMANIA: GRIETAS EN LA SACROSANTA ESTABILIDAD

25 de septiembre

Al final, las elecciones alemanas no han resultado tan previsibles. Ciertamente, los pronósticos se cumplieron en lo fundamental –triunfo de Merkel, descenso de los dos grandes partidos y ligero ascenso de los pequeños-, pero el elemento sobresaliente ha sido el auge de la extrema derecha por encima de las previsiones.

Estas son las primeras conclusiones que pueden extraerse de la jornada.

1) MERKEL TENDRÁ UN CUARTO MANDATO, PERO A UN PRECIO CONSIDERABLE

La CDU apenas alcanza el 33%, pierde casi nueve puntos y tendrá 66 escaños menos, en claro beneficio de la derecha, liberal o xenófoba. Victoria amarga e incómoda. Las tensiones sociales no han podido ser tapadas con el discurso complaciente de Merkel. El malestar por la inmigración es el síntoma y no tanto el problema. Durante sus tres mandatos, la desigualdad social ha alcanzado niveles no conocidos desde la posguerra, aunque haya una percepción de bienestar y prosperidad en la mayoría de la población. Los votos que se le escapan a la derecha no podrá recuperarlos fácilmente a la izquierda. Angela Merkel está obligada a fuertes concesiones para seguir gobernando.


2) UNA COALICIÓN TRABAJOSA, INCIERTA E INESTABLE

Liberales y verdes se perfilan como los potenciales socios de la CDU para sumar la mayoría en el Bundestag. Sería la llamada coalición Jamaica, porque los colores de los partidos que la compondrían coinciden con los de la bandera del país caribeño (negro, amarillo y verde).  Difícil operación política, en todo caso: casi una cuadratura del círculo. Liberales y verdes se encuentran en las antípodas en política ecológica y migratoria. La consulta a las bases que las respectivas direcciones han anunciado para decidir sobre la entrada en el gobierno puede resultar un quebradero de cabeza para la canciller en funciones.

3) ¿FIN DEL MITO DEL BALUARTE DEL ORDEN LIBERAL

Alemania no es tan distinta. A pesar de los intentos de no pocos analistas de presentarla como el baluarte del orden liberal frente a los populismos nacionalistas, xenófobos y antieuropeos, la realidad es que el electorado alemán no se ha comportado de manera diferente al de otros países europeos. Alternativa por Alemania (AfD) pasa de rozar el 5% en 2012 a arañar el 13% este año. Curiosamente, un porcentaje casi idéntico al obtenido por el Frente Nacional en la primera vuelta de las últimas elecciones legislativas en Francia. Un ascenso indiscutible, inquietante e imposible de ignorar o menospreciar. AfD se convierte en el tercer partido del país. Su discurso en contra de la inmigración y de la acogida de refugiados se ha instalado en una parte considerable de la sociedad alemana. Pero, además de eso, en AfD aparecen, cada vez con menos disimulo, actitudes y opiniones revisionistas del trauma alemán de los años treinta y cuarenta. Sin llegar, por ahora, a justificar el nazismo, algunos de sus dirigentes reprochan al sistema una excesiva autoflagelación, reprochan los complejos y la vergüenza y alientan la recuperación del orgullo alemán, con propósitos indefinidos.

4) FIN DE ERA PARA LA SOCIALDEMOCRACIA.

El SPD sigue la senda desastrosa del resto de partidos homólogos europeo. Pierde cinco puntos con respecto a 2012 y se queda en el 20,5% de los votos emitidos, su peor registro desde el final de la guerra. Como se temía, la estrategia de la grosse koalition para moderar el efecto de la hegemonía de la derecha e introducir ciertos avances en política social o europea ha resultado del todo decepcionante. No extraña, por ello, que Martín Schulz anunciase en la noche del domingo que el SPD pasará a la oposición, sin duda alguna. Ni siquiera las apelaciones de Merkel a la estabilidad podrían modificar esta decisión. Algunos dirigentes querrían ese entendimiento con el centro derecha, pero la base es completamente opuesta, como ocurre en otros lugares de Europa. El fracaso en Alemania sanciona el final de una era en la socialdemocracia europea. El inesperado resultado favorable de los laboristas parece sugerir que sólo con un giro a la izquierda se podrá recuperar a un electorado desengañado y desmovilizado.

5) LOS MINORITARIOS DEBILITAN EL BIPARTIDISMO

Los tres partidos pequeños que aspiran a cuestionar el bipartidismo han obtenido unos resultados positivos. Los mejor parados han sido los liberales, que vuelven al Bundestag, y con fuerza. Rozan el 11% de los votos, serán el segundo partido de la previsible coalición y estarán en condiciones de obtener ciertas concesiones de Merkel en materia económica. La política de la canciller, deudora del cristianismo social, se había acercado mucho a las propuestas socialdemócratas, tanto por convencimiento cuanto por oportunismo político. Los liberales se sitúan a la derecha, al menos en el terreno económico y social, aunque en los asuntos morales presumen de posiciones más abiertas que los democristianos.

Los Verdes mejoran apenas unas décimas. La participación en una eventual coalición de gobierno amenaza con acentuar las divisiones ya evidentes en el partido. No debe darse por seguro una posición favorable de la militancia.

Finalmente, la izquierda también sube medio punto y tendrá cinco diputados más. No puede decirse que haya capitalizado el descenso del SPD. Con el 9% hará oír su voz contraria a la política económica y al proyecto europeo de integración anclado en las recetas de la austeridad. Pero no es previsible un acercamiento a los socialistas.

Alemania tendrá que combatir contra el sobresalto de la inestabilidad y deberá contener el populismo de los extremos. En el tablero político de mando se han encendido luces de seria advertencia. Los socialdemócratas no pueden seguir escondiéndose de una crisis y deben encarar una reflexión profunda. Merkel deja de ser incuestionable. El cuarto mandato de la canciller puede ser, como los de Adenauer y Kohl, el de su inevitable decadencia política. La excepcionalidad alemana se ha terminado.
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ALEMANIA: LAS ELECCIONES DE LA RUTINA

20 de septiembre de 2017

Alemania vota este domingo en un clima de continuidad y distensión que la distingue de otros escenarios europeos y occidentales.

Hace nueve meses, las perspectivas eran algo diferentes. Los sorprendentes resultados de las presidenciales norteamericanas animaron un exagerado temor a una deriva populista en Europa. La derrota de las fuerzas xenófobas y antiliberales en Holanda y Francia y las dudas sobre la viabilidad del Brexit después de retroceso tory en Gran Bretaña le han restado dramatismo a estos comicios alemanes.

A todo ello se añade la evaporación de la perspectiva de cambio político. La canciller Merkel se dispone a obtener un cuarto mandato, tras el espejismo de un ascenso socialdemócrata. El nuevo liderazgo del SPD en la persona del otrora presidente de Parlamento europeo, Martin Schultz, no ha tenido vigor suficiente para acabar con la era merkeliana.

MÁS MERKEL

Así las cosas, la única incógnita aparente de estas elecciones es la fórmula de gobierno que sucederá a la gross coalition actual. Naturalmente, dependerá de los resultados. Por lo pronto, se descarta un ejecutivo monocolor, porque parece imposible una mayoría absoluta de los democristianos (CDU).

Tampoco se baraja la continuidad. La alianza entre los dos grandes parece agotada. La efímera posibilidad de éxito electoral llevó al SPD a romper los puentes de colaboración con la CDU y sería inconsecuente y oportunista restablecerlos ahora.

Lo que resta es una coalición de la CDU con dos de los partidos menores. Si no le alcanza la suma de los liberales del FPD, que debe regresar al Bundestag tras una penosa travesía del desierto, Merkel intentará atraerse los verdes, que se han ido fracturando y moderando. No se espera que la canciller solicite el respaldo de los xenófobos de Alternativa por Alemania (AfD), que entrarán con seguridad en el Parlamento, debido a las insalvables distancias que han mantenido con ella en estos años pasados.

En la oposición restarían también los socialdemócratas y los izquierdistas de Die Linke. Una debacle democristiana podría permitir al SPD componer una coalición con los verdes y con la izquierda, pero este escenario es altamente improbable.

Detrás de esta matemática escasamente especulativa asoma la estabilidad del sistema político alemán. El bipartidismo nunca ha ejercido un dominio absoluto en la Alemania de posguerra, aunque las distintas soluciones de gobierno siempre han pivotado en torno a democristianos y socialdemócratas, o bien sumando fuerzas estas dos formaciones o agregando cada una de ellas a uno de los partidos menores (por debajo del 10%). Por lo tanto, puede hablarse, en cierto modo, de un bipartidismo imperfecto o variable. O, en términos más actuales de un “consenso centrista”.

UNA ESTABILIDAD CON SOMBRAS BAJO CONTROL

El escaso espacio para la sorpresa o el frenazo del populismo que ha provocado alarma en otros países europeos no significa que Alemania sea un plácido lugar sin tensiones ni problemas. Una mayoría de politólogos occidentales –pero sobre todo los norteamericanos- presentan a la Alemania merkeliana como el gran baluarte liberal frente a las turbulencias populistas (Trump, Brexit, xenofobia, neoautoritarismo, etc.)

Esta visión sobrevalora la capacidad de Alemania, e incluso su voluntad. Las ambiciones alemanas tienen más que ver con su bienestar económico que con su liderazgo político. El escarmiento de los dramáticos fracasos del sueño de grandeza alemana en la primera mitad de siglo pasado dio paso a un pragmatismo mantenido en los últimos sesenta años, que ha demostrado ser mucho más eficaz.

Alemania ha pasado de la supremacía militarista a la hegemonía económica haciendo el menor ruido posible. Pero no siempre ha podido pasar de puntillas. El proyecto europeo ha sido el marco en que el liderazgo alemán ha sido asumido en el interior y aceptado en el exterior.

Sin embargo, la rígida posición alemana en la gestión de la crisis económica de la pasada década ha empeorado la percepción que se tiene de Alemania en otros lugares de Europa. Mientras Berlín asumía el rol disciplinario en Europa, le brotaban de nuevo fantasmas indeseables en casa. La apariciónde fuerzas tributarias de antiguas resonancias trágicas bajo nuevos disfraces provocó alarmas dentro y fuera del país.

La crisis migratoria de 2015 otorgó a Merkel una oportunidad única para enderezar esta deriva antipática de Alemania. De canciller de hierro pasa a canciller de seda. El rigor se convirtió en humanitarismo, por efecto de la propaganda y de la propia debilidad, inconsecuencia y miedo de sus socios europeos. Pero la pretendida generosidad (que era más bien conveniencia) hacia los desplazados de las guerras lejanas fue mejor valorada en Europa que en sectores conservadores de su propio país.

Y entonces vino la inevitable rectificación. Angela adoptó una posición menos angelical. Luego, los acontecimientos antes mencionados le ayudaron a presentarse como el exponente de la estabilidad occidental en un orden convulso. El país recuperó su apreciada normalidad, que algunos comentaristas tildan de aburrida.

Alemania tiene aversión a hiperliderazgos y sobresaltos. La reunificación resultó un proceso largo, complicado y penoso, pero ya parece superado. La prosperidad xige una tranquilidad de hierro. Las tensiones son inevitables en el ámbito social y territorial, pero parecen bajo control. La proyección exterior se mantiene bajo parámetros de influencia económica y discreción diplomática, que eclipsan los medidos y muy limitados compromisos militares, siempre éstos bajo paraguas europeo.

Por todo ello, las elecciones de este fin de semana constituirán un ejercicio más de la rutina democrática alemana, que ni siquiera las sospechas de hackeo exterior (ruso) podrán alterar.

EL DRAMA DE LOS ROHINGYA Y LOS LÍMITES DE LA PROTECCIÓN HUMANITARIA

14 de septiembre de 2017
                
En los últimos días estamos asistiendo a un nuevo episodio de uno de los dramas más lacerantes del panorama internacional: el de la minoría rohingya en Birmania, o Myanmar, (denominación que ha adoptado el país desde hace algún tiempo.
                
El ejército birmano, uno de los más brutales y sanguinarios del planeta, ha lanzado una nueva campaña de persecución contra esa población de credo musulmán. Casi 400.000 personas se han visto obligados a huir de sus míseros hogares en busca de un incierto refugio en Bangladesh, territorio originario de la mayoría de sus ancestros. Los lugares de acogimiento a los que llegan están saturados y carecen de condiciones decentes de vida.
                
El Consejo de Seguridad de la ONU, reunido este miércoles, ha resuelto el relativo y problema de conciencia de la comunidad internacional con una resolución meliflua, sin nervio, en la que se limita a reclamar a Birmania que efectúe “pasos inmediatos para detener la violencia contra los rohingyas”.
                
Previamente a esta discreta e inane decisión, altos responsables de la Naciones Unidas, como el delegado de derechos humanos o el propio Secretario General habían calificado la represión birmana como “limpieza étnica”. Tal calificación equivale a crimen de guerra en derecho internacional. Justifica una pose de indignación, pero no parece que vayan a derivarse consecuencias. La desesperación y más que probable muerte de decenas de miles de personas por la acción insoportable de un régimen oprobioso merece menos esfuerzo y, por supuesto, menos determinación, que el programa militar atómico de Corea, por ejemplo.
                
UNA HISTORIA ATORMENTADA
                
Como en la mayoría de las catástrofes humanitarias o en las situaciones de abuso estructural en el otrora llamado Tercer Mundo, o el mundo menos desarrollado, el atropello de la minoría rohingya hunde sus raíces en la época colonial. Se agradece el esfuerzo del diario francés LE MONDE por recordarnos el origen de este drama (1).
                
En la tercera década del siglo XIX, después de conquistar el territorio de Arakan, en el oeste de Birmania, el Imperio británico alentó la inmigración de población musulmana desde la fronteriza región de Bengala Oriental. Las razones de esta política son de distinta naturaleza. Desarrollo económico y necesidad de mano de obra abundante, desde luego. Pero también resultaba conveniente neutralizar a la mayoría budista de ese nuevo territorio del Imperio con la aportación notable de población de otro origen étnico y de distinta confesión religiosa.
                
Esta manipulación de la población de diferentes extracciones étnicas o religiosas se produjo más a las claras durante la segunda guerra mundial. Después de la invasión japonesa de Birmania, hubo enfrentamientos violentos entre las comunidades budista y musulmana. Los japoneses apoyaron a los primeros y los británicos a los contrarios, no por simpatía con sus causas, sino para debilitar al adversario.
                
En los años cincuenta, en este territorio ya mixto de Arakan, que adopta el nombre de estado de Rakhin, surge un movimiento activista que reclama la creación de un estado musulmán en condiciones semejantes al del resto de entidades que componen la Unión birmana de posguerra. Las autoridades birmanas y la gran mayoría de la población budista rechazan de forma tajante esta aspiración, niegan la existencia misma de esta población como minoría y considera a sus integrantes como simples exiliados bengalíes.
                
LA EXCUSA INSOSTENIBLE DEL TERRORISMO
                
Esta política birmana favorece la aparición de grupos guerrilleros en los sesenta, que adoptan formalmente el nombre de rohingya. Unos tienen carácter secular y otros adoptan credos islamistas. Los movimientos migratorios de las décadas anteriores han diversificado la población a la que esos grupos dicen representar. Para entonces no son ya sólo personas de origen bengalí, sino también de procedencia árabe, turca y persa.       
                
A comienzos de los setenta, se produjo la partición de Pakistán y la conversión de su territorio oriental (Bengala) en el nuevo estado de Bangladesh, lo que provocó otro drama humano de pavorosas proporciones, que tuvo una repercusión notable en Occidente y generó un movimiento de solidaridad y compasión.
                
La aparición de Bangladesh alentó inicialmente a estos movimientos contestatarios e insurreccionales entre la minoría rohingya, pero sus divisiones internas, la falta de arraigo social, el rechazo de la mayoritaria población budista y el carácter ferozmente represivo del régimen militar birmano los han ido reduciendo a la irrelevancia.
                
En la actualidad, existe un autodenominado Ejército de salvación de los rohingyas de Arakan, que han realizado algunos ataques de baja intensidad contra puestos policiales birmanos, pero que adolecen de una mínima capacidad militar. De ahí que las imputaciones de terrorismo que arguyen las autoridades, militares y ahora también civiles, de Myanmar para justificar la persecución de los rohingyas constituyan una simple excusa para esconder una política xenófoba con tintes genocidas.
                
LA COMPLICIDAD DE AUNG SAN SUU KYI
                 
Especialmente llamativa ha sido la postura de la dirigente birmana Aung San Suu Kyi. Antes de consolidarse como la líder de facto del país, la Premio Nobel de la Paz de 1991 se había pronunciado a favor de una actitud “tolerante, comprensiva y constructiva” con respecto a la minoría rohingya. No ha sido eso lo que ha hecho. Hace unas semanas, en una entrevista con la BBC que produjo gran impacto, aunque no quizá gran sorpresa, rechazó rotundamente el calificativo de “limpieza étnica”. Posteriormente, ha observado un silencio cómplice con las operaciones represivas (2).
                
La Nobel de la Paz paquistaní Malala y otras figuras de la escena internacional han sido muy críticos con la líder birmana y alguno ha habido que le ha solicitado que devuelva el premio del Instituto noruego por no haber hecho honor al mérito que conlleva (3). Otro galardonado con esa distinción, el Presidente Obama amparó la transición democrática birmana, aunque eran más que dudosas las garantías sobre el respeto de los derechos humanos básicos que cabía esperar de las autoridades birmanas.
                
El decepcionante comportamiento de la dama birmana puede explicarse, pero no justificarse, por la falta de autonomía política de la que en la práctica disfruta. El acuerdo impuesto por los militares para aceptar una peculiar transición democrática le impide acceder a un cargo de responsabilidad. Su partido, la Liga por la Democracia, fue el más votado en las últimas elecciones, pero ella no pudo ser candidata a la Presidencia por una absurda ley que niega este derecho a las personas que tengan hijos nacidos en el extranjero, como es el caso de ella. Una ley a medida.          
                
El calvario rohingya continuará hasta que la atención mediática se desvanezca, como ha ocurrido en otras ocasiones. El drama de los misérrimos tiene un alcance muy corto.


NOTAS:

(1) LE MONDE, 13 de septiembre.

(2) WASHINGTON POST, 6 de septiembre.


(3) THE GUARDIAN, 5 de septiembre.

COREA DEL NORTE: UN DILEMA SIN SOLUCIÓN

 6 de septiembre de 2017
                
El dilema de Corea del Norte parece lejos de una resolución aceptable. Los sucesivos análisis que se han ido haciendo a lo largo del verano sobre la mejor manera de responder a los desafíos del régimen norcoreano apuntan diferentes líneas de acción, pero todos coinciden en una cosa: no hay una opción clara. Al cabo, el resultado es una sucesión de frustraciones: la respuesta militar arrastra consecuencias inaceptables, la vía diplomática ya se ha demostrado inviable y la presión económica parece impracticable o no decisiva.
                
LA LOCURA DE LA OPCIÓN MILITAR
                
Al dotarse de una capacidad de respuesta disuasoria (núcleo de la estrategia nuclear vigente desde 1945), la dinastía Kim cree haberse garantizado una protección existencial. Pyongyang ha blindado su seguridad bajo riesgo de catástrofe inaceptable para sus enemigos. El régimen pretende mantener su sistema medieval de gobierno (olvídense del comunismo), fortificándose en una ciudadela atómica. Corea del Norte no aspira a ganar. Se ha limitado a convertir en inaceptable su derrota, su extinción.
                
La desaparición de la Unión Soviética y la suerte que han corrido algunos de los dictadores que se amparaban en la implícita protección del mundo bipolar han servido a los Kim (y en particular al actual) de lección decisiva. Kim Jong-Un no quiere acabar como Saddam o como Gaddafi. Tampoco acepta que su suerte dependa de un protector externo, como le pasa a Assad con Rusia o Iran. Prefiere tener todas las cartas en la mano. O la única que puede hacer dudar a sus enemigos: que su extinción signifique un daño insufrible para sus verdugos.
                
Por eso, la retórica militarista de Trump es inútil. Peor aún: “legitima” el programa militar del dictador norcoreano, según Antoine Bondaz, responsable del área de Asia septentrional de la Fundación de Investigaciones estratégicas (1). Ese diluvio de “fuego y furia” que Trump evocó no acabaría sólo con Corea del Norte. En su perdición, Kim Jong-Un podría tener la capacidad de ocasionar una catástrofe inimaginable a su vecino y rival del sur, castigaría horriblemente a Japón y, muy probablemente, podría eliminar de mapa a San Francisco (pongamos por caso). Algo inaceptable para cualquier presidente sensato (o incluso con altas dosis de insensatez como el actual). Los expertos parecen coincidir en la inviabilidad de un ataque preventivo que eliminaría el arsenal nuclear norcoreano antes de que pudiera dispararse el primer misil. Y uno sólo bastaría para infligir un daño inaceptable.
                
UNA APROXIMACIÓN "REALISTA"
                
Algunos reclaman paciencia y consideran que se pueden reconducir la crisis desde la firmeza. El director del Instituto de Estudios USA-Corea del Sur, David Kang, sostiene que la supuesta irresponsabilidad de Kim es un mito. En su opinión, el “lobo de Pyongyang” no se comporta como un loco, sino como el ejecutivo de una multinacional. Sabe muy bien lo que se hace. Pretende no sólo asegurar la continuidad del régimen, sino hacerlo más autónomo, reforzar su base productiva, fomentar el desarrollo y mejorar las condiciones de vida de la población, lógicamente sin aflojar en absoluto su naturaleza ultra autoritaria (2).
                
Por eso, algunos analistas se atreven a plantear lo que parece más plausible o menos malo: ya que no se ha sido capaz de prevenirlo, como reprocha Jeffrey Lewis, experto en política de no proliferación nuclear, hay que asumir el hecho consumado de una Corea del Norte nuclear y limitar el alcance de sus consecuencias (3). Después de todo, como se ha recordado estos días, el mundo ha aceptado algo no menos peligroso como el duelo nuclear implícito entre India y Pakistán.
                
Los “realistas”, como el profesor John Delury, investigador del Centro de Relaciones chino-norteamericanos y profesor de la Universidad de Yonsey, consideran, por tanto, que en vez de airear la amenaza militar, hay que concentrarse en congelar, limitar y someter la potencia nuclear norcoreana a estrictas reglas de actuación (4).
                
Desde Corea del Sur se defiende esta vía, aunque no de forma unánime. El actual presidente Moon, hijo de refugiados de la guerra de los 50, quiere evitar a toda costa la escalada militar. Ganó las elecciones con un programa digamos que pacifista, pero la agudización de la crisis le ha hecho adaptar su discurso. Mantiene su posición a favor de una salida negociada, pero Kim lo desprecia como un peón más del imperialismo americano. Moon se aviene ahora a instalar el sistema antimisiles (THAAD) que rechazaba como candidato y plantea un rearme del país. Otros dirigentes creen que hay que endurecer el discurso, pero no ofrecen alternativas muy claras de cómo hacerlo (5).
                
Trump no ha ayudado mucho volviendo a plantear, en mitad de este último episodio de la crisis, la posibilidad de rescindir el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur, basado en su absurdo y tramposo principio de “América first” y en la falsa pretensión de que los pactos comerciales vigentes perjudican a Estados Unidos.
                
EL DOBLE FILO DE LAS SANCIONES
                
El debate se replica en el asunto de las sanciones. Para los halcones, constituirían un último recurso antes de pasar a la respuesta militar. Para los pacifistas, una palanca que debería sostenerse en la lógica del palo y la zanahoria.  
                
La efectividad de las sanciones pasa por presionar a China, que es donde reside la clave de la supervivencia material de Kim. La embajadora norteamericana en la ONU ha evocado el embargo energético. Pero la guerra económica presenta limites e incógnitas considerables.  
                
Kerry Brown, profesor de estudios chinos del King College de Londres, pone en duda la capacidad de China para hacer claudicar a su protegido. Y aunque así fuera, es discutible que le compense hacerlo (6). Después de todo, el problema no es de Pekín, es de Seúl y Washington. El perjuicio que a los dirigentes chinos puede producirles el enojo norteamericano por la falta de energía en la presión contra Pyongyang es asumible. Un derrumbamiento de Corea del Norte le crearía a China un problema indesplazable de refugiados, entre otros. Y a largo plazo, tendría a una Corea unificada aliada de Occidente en su frontera sur. Por lo tanto, es preferible para Pekín mantener la carta norcoreana en la baraja que descartarla del juego.
                
La zanahoria que esgrimen los más constructivos consiste en premiar al régimen con reducir la presión, e incluso ofrecerle ciertos incentivos económicos (comercio, inversiones, etc.), si acepta plantarse en su potencial actual y no continuar con su programa nuclear.
                
La duda de quienes se muestran escépticos ante esta opción apaciguadora reside en las incógnitas sobre la verdadera motivación de Kim. ¿Se puede dar por seguro que el líder norcoreano sólo pretender blindar su seguridad, garantizar su existencia? ¿Puede descartarse que no pretenda atacar a Corea del Sur con armas convencionales, terreno en el que es muy superior a su rival, y forzar una reunificación de la península bajo sus condiciones? ¿Qué pasaría entonces? El fracaso estrepitoso de la vía diplomática combinada con la presión devendría de nuevo en el indeseable dilema militar.

NOTAS

(1) LE MONDE, 4 de septiembre.
(2) FOREING AFFAIRS, 9 de agosto.
(3) FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.
(4) FOREIGN AFFAIRS, 22 de agosto.
(5) NEW YORK TIMES, 4 de septiembre.
(6) BBC, 5 de septiembre.

                

PARA EL REGRESO, ARENAS MOVEDIZAS

26 de Julio de 2017
                
El nuevo curso se anticipa agitado. Se da por descontado en los escenarios de crisis, en los que, por supuesto, ni siquiera puede hablarse de pausa estival (Siria, Venezuela, Yemen, Libia, Turquía, Corea del Norte, Irak, Palestina, Afganistán, etc.). Pero el panorama se antoja también inquietante en otros lugares por lo general considerados estables, como Europa y, singularmente Estados Unidos.
                
EL DESGOBIERNO DE TRUMP
                
En los mencionados escenarios internacionales incide de manera especialmente negativa el descontrol cada día más evidente en la única superpotencia mundial. Washington ha pasado a ser, en sí mismo, un factor de preocupación y no un elemento de estabilidad.
                
La deriva caótica del mandato Trump debilita también la gobernabilidad interna del país. Las relaciones entre el Capitolio y la Casa Blanca son cada día más disfuncionales: ahí están la ácida polémica sobre la ley sanitaria o las sanciones del Congreso a Rusia frente a los deseos del Presidente de una normalización con el Kremlin (ensayada en el escenario sirio).
                
Trump desconfía de quienes él mismo ha nombrado, como acredita el desencuentro casi obsceno con el Fiscal General (y Ministro de Justicia) o el destemplado despido del portavoz presidencial (al que nadie echará de menos).  
                
Circulan ahora rumores sobre la dimisión del Secretario de Estado, Rex Tillerson. La diplomacia norteamericana se encuentra bajo asedio. Cientos de puestos sin cubrir. Políticas básicas pendientes de definir. Recortes de fondos sin precedentes. Desconcierto general. Descontento masivo. Y lo que faltaba: nula sintonía con el Presidente. Lo único que funciona es aquello en lo que él no mete mano.
                
Resulta sintomático que, entre los continuos debates que genera el actual desgobierno en Washington, se haya colado también el de auto perdón. Es decir, el perdón de Trump a sí mismo, en caso de que se confirmaran faltas, delitos o crímenes (según calificación) del inquilino mayor que impulsaran el impeachment. A falta de precedentes y de prescripciones constitucionales claras, el debate jurídico está servido.
                
Como ya han señalado algunos analistas, aunque finalmente Trump no pudiera ser destituido por falta de pruebas en la trama rusa, o por cualquier otra razón relacionada con sus prácticas ilegales como candidato, no debe descartarse otra vía para desalojarlo de la Casa Blanca: la incompetencia probada. Esta última imputación más complicada de acreditar en términos jurídicos, pero muy transparente en su dimensión política y mediática.
                
A la vuelta del receso estival, empezará la campaña de las legislativas de mitad de mandato (noviembre de 2018). Es más que probable que los republicanos quieran marcar distancias con un ejecutivo que desacredita y mancha. Pero su división más profunda de las dos últimas décadas es un factor adicional de debilidad.
                
El estrepitoso fracaso continuado de acabar con la reforma sanitaria de Obama es un ejemplo cruel de la duplicidad del Great Old Party (GOP). El revanchismo de sus líderes legislativos se ha estrellado con la sensatez o simplemente el pragmatismo de algunos de sus colegas más moderados, y sobre todo de los gobernadores que atisban, sin grandes dificultades, el enorme daño que provocará el desmantelamiento de un ya de por si modesto sistema de protección sanitaria.
                
MAY: LA PESADILLA DEL BREXIT
                
El Brexit será otro asunto que, tras el receso, tomará fuerza imparable será el Brexit. Aunque se ignora en qué dirección. En Europa se tiene la sensación de que Londres no negocia con seriedad. O porque no sabe lo que quiere o porque no puede, debido a las contradicciones internas, a la debilidad políticas o al agarrotamiento que produce un futuro muy plagado de incertidumbres. El caso es que el gobierno británico no enseña papeles no presenta propuestas. Se limita a perder un tiempo del que, paradójicamente, carece.
                
El acuerdo poselectoral con los unionistas del Ulster, que la Premier May creyó suficiente para salvar los muebles del desastroso resultado del 8 de junio, se ha revelado muy alicorto. Las aguas bajas muy turbias en el Partido Conservador. Se habla de luchas internas y de candidatos para dar el golpe de gracia a una jefa de gobierno que ha resultado menos competente de lo que parecía. La sombra del ocaso Thatcher planea sobre Downing Street.
                
Esta crisis interna en el campo euroescéptico alienta a quienes reclaman otra consulta, pero esta vez sin mentiras, sin propaganda engañosa. Del Brexit means Brexit se puede pasar al Brexit not anymore.
                
MACRON: SE ACABA LA LUNA DE MIEL
                
Tampoco es que el otoño se anuncie muy prometedor en aquellos lugares o para aquellos dirigentes que han concluido el presente curso político como vencedores natos. Son los casos del flamante Presidente de Francia, Emmanuel Macron, o la Canciller de Alemania, Ángela Merkel.
                
Macron ha tenido su primera crisis con la sorprendente (por inhabitual) dimisión del Jefe del Estado Mayor, debido a desavenencias por los recortes presupuestarios. El episodio no debe tener mayores consecuencias en sí mismo. Pero anticipa las dificultades que el nuevo gobierno puede encontrarse a la hora de alinear sus optimistas discursos con las exigencias de la realidad.
                
Una inesperada, abrumadora (y quizá irreal) mayoría parlamentaria no es garantía suficiente de gobernabilidad, por cómodo que le resulte al Ejecutivo. Las frustraciones sociales persisten. El trámite rápido de la nueva contrarreforma laboral será un elemento de malestar cuyo alcance está por ver. El tiempo de los discursos ha expirado. También el de los gestos, cerrado con el estrambótico e innecesario show compartido con el contaminante Trump. La rentreé marcará el ingreso del joven presidente francés en la usura imparable de gobernar.
                
MERKEL: VIENTOS FAVORABLES, PERO...
                
En el caso de la Canciller Merkel, no habrá apenas vacaciones, técnicamente hablando. Se someterá al juicio de las urnas el 24 de septiembre. Las últimas encuestas le predicen una victoria numérica incontestable (unos 15 puntos de ventaja). La rectificación de las políticas migratorias ha frenado a los nacionalistas xenófobos de Alternativa por Alemania (AfD) y ha propiciado la recuperación democristiana (CDU/CSU). El auge de los socialdemócratas (SPD) parece haber tocado techo, al caducar el efecto novedoso del candidato Shulz.

                
La repetición de la gross coalition parece descartada. Los liberales, de vuelta en el Bundestag, podrían proporcionarle la estabilidad que ella persigue y alejar el fantasma de una mayoría tripartita alternativa (SPD, Grünen, Die Linke). Pero en las semanas restantes puede haber alteraciones o sorpresas. De ahí la proverbial cautela de la Mutti (Madre) Merkel.