LAS DOS ALMAS PERDIDAS DE THERESA MAY

21 de noviembre de 2018

                
Theresa May no es la sucesora de Margaret Thatcher para los conservadores británicos. Ni en la felicidad del triunfo, ni en la desdicha del fracaso. Ni siquiera en el drama shakespeariano de la conjura o la traición. La premier de este atribulado inicio de siglo carece de la pasión que derramaba su antecesora a finales de la centuria pasada. Cada una es producto de su tiempo, como casi todos los líderes políticos. Pero Thatcher contribuyó a definir el suyo, mientras May se acomoda al que le ha tocado vivir, que no protagonizar. La dama de hierro fue una transformer; la mujer que ocupa ahora el 10 de Downing Street apenas si pudiera ser definida como una adapter.
                
El pasado martes, Rafael Behr, articulista de THE GUARDIAN, escribía, a cuenta de este  turbulento proceso de separación británica de la Unión Europea que Theresa May era una remainer en lo económico y una brexiter en lo cultural. Estas dos almas, que unos pueden considerar paralelas y otros contradictorias, reflejan en realidad el oportunismo político de la dirigente británica, una constante de su carrera política. Nunca se ha sabido bien que línea defendía Theresa May cuando llegó a la cúspide de un sistema tan masculinizado como el de los tories.
                
Cuando el malhadado David Cameron quiso cortar el nudo gordiano de la cuestión europea que estrangulaba el debate en su partido convocando un referéndum supuestamente clarificador, May se posicionó con la tibieza habitual en ella en el lado de los remainer, de los que, de mala gana pero con pragmatismo sin disimulo, considerana preferible quedarse, eso si modificando las condiciones de pertenencia. Participó en la campaña del referéndum como si no fuera con ella, como si tuviera miedo a comprometerse demasiado, más por una estética del deber que como una manifestación sincera de lealtad.
                
Triunfó el NO a Europa, ganó el Brexit, Cameron se marchó a casa y, con mayor o menos convencimiento, el derrotado primer ministro abrió las puertas de la sucesión a su secretaria del Interior. May, formalmente del lado de los remainers, se convirtió en ejecutora de los designios de los brexiteers. Ni siquiera necesitó cambiar el discurso, porque nunca tuvo uno que mereciera tal nombre. Su estilo político no consiste en marcar el rumbo, sino en navegar con el menor desgaste político, surfear sobre el oleaje y llegar a puerto como sea.
                
Brexit means Brexit fue su mantra durante el inicio de su mandato. Una consigna con la que quiso apaciguar a los euroescépticos que desconfiaban de ella para encabezar el sonoro divorcio con Europa. Para apalancar esta confianza forzada, pobló de brexiters su gabinete, y en puestos no precisamente menores, como el de Exteriores (el mercurial Johnson) o el propio encargado del divorcio (el taimado Davis). A los conservadores euroresignados alarmados por el resultado de la consulta, May les pareció una partenaire sospechosa. Nunca la tuvieron, y  con razón, como fiable defensora de sus tesis.
                
May se adaptó al espíritu imperante marcado por el orgullo del nacional-populismo tory, aunque ella, por carácter y temperamento, se encuentre muy alejada de ese sentimiento político. Comenzó a mostrarse muy brexiter, sin serlo, mientras navegaba por las aguas agitadas de Westminster, pero se protegía con su armadura adapter al visitar Bruselas u otras capitales europeas, componiendo el pragmático gesto de it’s this way (esto es lo que hay).
                
Esta ambigüedad calculada fue brillantemente captada por el semanario liberal THE ECONOMIST (sólidamente remainer), que motejó a la primera ministra como Theresa Maybe. Theresa quizás o Theresa tal vez. Es decir, Theresa... depende de las circunstancias.
                
Pero esta argucia exitosa o resultona tenía fecha de caducidad, marcada por la lentitud de las negociaciones de separación con Bruselas y por la exasperación de sus colegas políticos, incluyendo los propios miembros de su gabinete. Incluso los más templados empezaron a preguntarse si May tenía una estrategia o sólo seguía instrucciones de  un manual de supervivencia. Hubo deserciones, proliferaron las caras largas en las reuniones de Downing Street y se creó en una atmosfera confusa, de niebla política, de futuro incierto, de todo es posible... incluido un referéndum de salida. El Brexit means Brexit empezó a ser asaltado por la duda sobre si Brexit means whatever... o será lo que sea.
                
Este pasado verano, May, auxiliada por sherpas y apoyada solamente por unos pocos ministros más o menos fieles, o tan escurridizos como ella, alentó el Plan de Chequers, con el convencimiento de que había dado con la piedra filosofal, es decir, tomar de la UE lo conveniente (los beneficios económicos) y zafarse de lo molesto (las exigencias de la libre circulación de personas, es decir la inmigración, o la justicia europea). El gambito era un wishfull thinking, tan indefinido que hizo desconfiar a los brexiters duros y obtuvo sólo el apoyo tibio de los brexiters más pragmáticos. Con esta debilidad sin disimulo se presentó May en Bruselas en octubre. Y se vino con las orejas calientes. Macron, en su habitual tono tenor, y Merkel, casi siempre barítona, le descalificaron el expediente.
                
Las últimas semanas han sido un calvario para Theresa, la dúctil. Ha tenido que emplear todas sus habilidades y exprimir su aparentemente inagotable capacidad de paciencia para mantener a flote la barca, en espera de que apareciera el horizonte. El escabroso asunto de Irlanda, el backstop o barrera de seguridad, para garantizar una frontera que no pareciera una frontera, que conciliara el acuerdo de pacificación en Irlanda del Norte con la sacrosanta vinculación del Ulster al Reino Unido, estuvo a punto de arruinar definitivamente el acuerdo. Finalmente, se optó por la frialdad de las soluciones técnicas, para intentar aplacar el ardor de los sentimientos nacionalistas. Pero se trata de un apaño, no hay que engañarse.
                
El proceso del Brexit ha sido, estos dos años y medio, un relato bífido, un solapamiento de las negociaciones técnicas UE-UK  con las pasiones políticas en Londres. Lo anticipó Barnier, el negociador jefe de la UE, unos días antes de que sustanciara el acuerdo latente: la suerte dependerá de lo que pase en Westminster, no de lo que puedan pactar los europeos con el gobierno británico. Y así ha sido.
                
Al final, la propuesta de acuerdo consiste, en realidad, en prolongar el partido, no en resolverlo. En Europa se ha preferido no precipitar una situación caótica que la clarificación de la espina británica. May pretende disponer de algo con lo que blindarse para prolongar su paciente lucha por mantenerse. Ha variado ligeramente de guion al elegir el órdago para desafiar a los brexiters más recalcitrantes, sabedora de que no hay una alternativa mejor que la suya. May opera con una lógica pura de poder. No es una ideóloga, es una superviviente.
                
Esta ambivalencia dialéctica entre sus dos almas le ha servido para resistir, pero ambas han quedado deterioradas o perdidas en el empeño. Ha capeado la rebelión impotente en su gobierno y ha abortado la sangría de las cartas de desconfianza en el Comité 1922, otra antigualla del conservadurismo tory, que opera como una suerte de tribunal donde se prescribe el camino del calvario de los  premiers desventurados.
                
Dijo Churchill que a los primeros ministros conservadores se les debía de apoyar hasta la reverencia mientras gozaran de la confianza del partido, pero merecían ser lanceados cuando la perdían. Esta sentencia del histórico referente de los tories parece haber sido aprendida por Theresa May, aunque muy a sus manera. Después de todo, lo suyo no es la convicción, sino la condición.         

GUERRAS PASADAS Y PRESENTES


14 de noviembre de 2018             
                
Las conmemoraciones del centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial se han convertido en un ejercicio más del uso de la historia con cálculos políticos oportunistas, abiertamente en el caso de Trump y de forma más sibilina por parte de Macron, dos presidentes aparentemente opuestos pero con ciertas semejanzas en la maña política.
               
LA MALA DIGESTIÓN DE TRUMP
                
A Trump no le gustan los viajes, que se preparan regular y luego él se encarga de estropearlos sin remedio. Si los anfitriones son los aliados preferentes de EE. UU, todavía peor. Por esa razón, este viaje estaba plagado de riesgos. El presidente norteamericano estaba a otra cosa. Le preocupaba mucho más el recuento de Florida, o la suma de escaños de los demócratas a medida que se iban concluyendo los escrutinios, o las broncas internas en su staff. Además, la última cumbre de la OTAN había dejado un regusto amargo que los diplomáticos profesionales no pudieron endulzar. Los fastos del terrible acontecimiento que cerró el siglo largo exigían un liderazgo más sutil, más sensible. O sea lo contrario de lo que Trump quiere y puede ofrecer.
                
Trump llegó a Paris de muy mala gana, como desvela el WASHINGTON POST (1). Ya en el Air Force One tuvo una conversación telefónica difícil, y no era la primera, con la Premier May, que prefirió quedarse en Londres, para atender las negociaciones del Brexit. No es la primera vez que ocurre.                   
                
El discurso del ocupante nacional-populista de la Casa Blanca es de sobra conocido: Europa debe hacer mucho más (o sea gastar más) en su propia defensa y Estados Unidos debe pagar menos. Quizás por eso, debía haberle sonado bien que, en vísperas del emotivo encuentro, Macron abogara de nuevo por la creación de un Ejército europeo. Pero a Trump le pudo el malhumor y prefirió entenderlo como una afrenta. Hurgó sin tacto en las discordias transatlánticas: la factura militar aliada, el pacto nuclear con Irán y la balanza comercial.
                
Al cabo, Trump se dio un tiro en el pie al borrarse a última hora del acto de homenaje a los compatriotas caídos, cuyos restos yacen en el cementerio de Aisne-sur-Marne, debido a las adversas condiciones meteorológicas, aunque luego dijera que se lo había aconsejado su servicio de seguridad. Una afrenta a los veteranos, ejemplo asombroso de torpeza, incluso para alguien tan descuidado como él. Ya de regreso no se privó de evocar los bajos índices de popularidad de su otrora amigo Macron y añadió la injuria al insulto al ridiculizar el desempeño de los franceses en las dos guerras mundiales (2).
                 
LA SOLEDAD DE MACRON
                
La UE no ha respondido hasta ahora a este despliegue hosco del America First con una postura clara, coherente y coordinada. Para gran pesar de Macron, que ha fracasado tanto en este empeño como en su proclamado proyecto de reflotar la Unión Europea, basado en una fórmula de más Europa y más unida.
                
Macron ha buscado en vano la complicidad de la canciller Merkel. Pero la dirigente alemana, pese a sus buenas intenciones, reafirmadas en su discurso del martes ante el Parlamento de Estrasburgo sobre una necesaria seguridad europea, se ha visto atrapada en las maniobras internas de su partido. Al final, se ha resignado a una despedida por fases que puede ser más rápida de lo que ella quisiera. Merkel ha renunciado a seguir liderando su partido, la Unión Cristiano-demócrata, pero pretende seguir al frente del gobierno.
                Sus correligionarios rivales tienen otros planes. En su último número, el semanario DER SPIEGEL nos ofrece un relato apasionante de la lucha de poder interna en la CDU y un comentario editorial en el que pide a la canciller que se retire de una vez y de por terminado su servicio público, eso sí reconociéndole los méritos... Nobleza obliga (3).
                
En el resto de Europa, poco apoyo sólido puede encontrar Macron. Qué se podría esperarse de Gran Bretaña, siempre escurridiza cuando se trata de la relación transatlántica, y por demás ahogada ahora en las contradicciones, maniobras, trampas, traiciones y dramas del Brexit. Rebelión abierta en Italia, con guiños descarados de simpatía hacia Trump por parte de la Lega, el socio menor pero más pujante del gobierno, y de hostilidad manifiesta hacia Bruselas y París por los asuntos del presupuesto y la gestión inmigración. Inestabilidad política en España, en plena transformación del tablero político y la redefinición territorial. Por no hablar del abierto desafío de los recién llegados centroeuropeos, más trumpianos que el propio Trump, y más peligrosos, por contar con estructuras partidarias más fieles y articuladas.
                
Bajo el Arco del Triunfo, Macron pretendió conjurar los “demonios” europeos y opuso al nacionalismo rampante el “patriotismo” como valor positivo y solidario frente a la “traición” que representan los egoísmos de cada Estado que sólo pretenden defender lo suyo a costa de los otros. El inquilino del Eliseo compuso una de su figuras favoritas al presumir de ser francés sin despreciar a los demás. Corrección política en estado puro.
                
El problema es que a Macron le hacen un caso muy relativo sus socios europeos y, lo que es peor, cada vez menos ciudadanos franceses (4). En un año y medio se ha evaporado un caudal político que algunos siempre sostuvimos que era un tanto artificial, mediático, coyuntural. Francia no está en condiciones de liderar Europa, porque carece, hoy en día, de un liderazgo interno con suficiente solidez.
                
LA CASA BLANCA, EN ORDEN DE COMBATE
                
De vuelta en casa, el presidente hotelero rumia con amargura la conquista demócrata de la Cámara de Representantes y otros logros de última hora, que pueden hacerle la vida imposible, o muy cara, en el segundo tramo de su mandato. Trump se ha puesto en guardia. Después de librarse del fiscal general (a la sazón, ministro de justicia en EE. UU.) y colocar en su puesto a un mandado con una dudosa hoja de servicios (5), envió un mensaje muy claro al Partido Demócrata: si venís a por mí os presentaré batalla (6).
                
¿Pero eso es lo que quieren los demócratas? ¿Es eso lo que van a hacer? Hay muchas dudas al respecto (7). El nuevo partido mayoritario en la House está tan dividido como siempre, si no más. Se pueden distinguir tres grandes (que no únicas) corrientes: la derechista, heredera de los blue dogs (apenas distinguible de los republicanos moderados hartos de Trump); la centrista (exigente con el presidente pero dispuesta a llegar a acuerdo no lesivos con él); y la izquierda (partidarios en mayor o menor medida de las investigaciones sobre el inquilino de la Casa Blanca, hasta llegar al impeachment si es necesario, aunque dispersos y divididos entre los progresistas, más templados (Warren, Gillam, Abrams, Rourke), y los socialistas, jóvenes, neófitos y enérgicos defensores de un programa de justicia e igualdad.
                
Trump, eso puede darse por seguro, tratará de hurgar en las contradicciones demócratas para reforzar su posición y afrontar la reelección con razonables garantías. Si las cosas se tuercen, y aunque pueda sortear la investigación del fiscal especial Mueller, no es descartable que se haga a un lado, aduciendo confusas conspiraciones contra su persona, para no someterse a la humillación de la derrota, que su vanidad no sabría tolerar.

NOTAS

(1) “Five days of fury: inside Trump’s Paris temper, election woes and staff upheaval”. THE WASHINGTON POST, 14 de noviembre.

(2) “Trump bromance with Macron fizzles spectacularly”. THE ATLANTIC, 13 de noviembre.

(3) “After Angie.What Comes Next for Conservatives” y “Merkel Should Step Down from the Chancellery”. DER SPIEGEL, 8 de noviembre.

(4) Macron Hopes WWI Ceremonies Warn of Nationalism’s Dangers. Is Anyone Listening. THE NEW YORK TIMES, 8 de noviembre.

(5) “Matthew Whitaker. An Attack Dog with Ambition Beyond Protecting Trump”. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre; “Matthew Whitaker is unfit for the job”. Editorial. THE WASHINGTON POST, 9 de noviembre.

(6) “With Sessions Firing, Trump Quickly Tests Democratic Resolve”. THE NEW YORK TIMES, 7 de noviembre.

(7) “Midterm elections return Democrats to a debate over their 2020 presidential choice_ Passion or pragmatism”. THE WASHINGTON POST, 10 de noviembre; “Winning the House, Democrats Vow to Check and Balance Trump”. JOHN NICHOLS. THE NATION, 8 de noviembre; “Meet the new Hous democrats: They may not toe the line”. THE NEW YORK TIMES, 13 de noviembre.

EE.UU.: LAS ELECCIONES DE MITAD DE MANDATO PROFUNDIZAN LA DIVISIÓN POLÍTICA

7 de noviembre de 2018

                
El veredicto de las midterm ha sido desigual: los demócratas conquistan la Cámara de Representantes con suficiente holgura, pero los republicanos avanzan puestos en el Senado. No ha habido blue wave (oleada azul), pero si un fortalecimiento suficiente para frenar la agenda de Trump y consolidar las investigaciones que pesan sobre el presidente, aunque la mayoría reforzada del Great Old Party en el Senado puede hacer más difícil el impeachment. La causa progresista avanza aunque algunos de sus principales exponentes no hayan triunfado. El auge de la participación en más del 35% es el reflejo de una mayor movilización ciudadana.
                
Éstas son las principales claves de la gran jornada electoral de ayer, considerada como una de la más importantes de la política norteamericana en las últimas décadas.
                
1) El Partido Demócrata dominará la Cámara de Representantes al arrebatar más de los 23 escaños necesarios al Partido Republicano para obtener una superioridad aún pendiente de definir. La Cámara baja permitirá al partido azul frenar la agenda de Trump, impulsar la investigación sobre sus maniobras en la campaña electoral de 2016 y sus dudosas conexiones con la Rusia de Putin y, lo que puede ser más destructivo, esclarecer sus irregularidades empresariales y financieras.
                
2) Trump puede contar con un cierto colchón de protección al reforzar el Great Old Party (GOP) el control del Senado, con la ganancia de 2-3 escaños. Si los senadores republicanos deciden proteger a su líder nominal, Trump puede escapar a la destitución, aunque quede muy expuesto de cara a la reelección en 2020. Asimismo, el presidente podrá asegurar la nominación de nuevos puestos en su ejecutivo, ya que es la Cámara Alta tiene la atribución de confirmarlos.
                
3) El país sale más dividido aún de estas elecciones correctivas. Se reproduce una situación similar a 2010, cuando Obama perdió el apoyo de la Cámara de Representantes debido al empuje conservador impulsado por el auge del tea party. El pulso entre conservadores y liberales, con los múltiples matices existentes a uno y otro lado, se incrementará. Nos esperan dos años de disputas políticas aún más feroces.
                
4) La izquierda obtiene un resultado prometedor. El legislativo contará con más representantes progresistas que nunca y una representación más amplia de las minorías, en particular las mujeres y los afroamericanos. Algunos candidatos emblemáticos han conseguido entrar en el Capitolio: Alexandra Ocasio-Cortez (la latina y socialista será la congresista más joven en la historia del país); Ayanna Presley, la primera afro-americana que gana un escaño de representante por Massachussets; el mismo caso de Jayana Hayes, ella por Connetticut; las musulmanas y socialistas Rashida Tlalib (hija de palestinos) e Ilhan Omar (de origen somalí); Verónica Escobar y Silvia García, primeras latinas en la House, por Texas; Sharice Davids, lesbiana, primera congresista nativa (indígena), obtiene un escaño por Kansas; Jared Pollis, será el primer gobernador gay, al ganar en Colorado.
                
Sin embargo, se han producido sonoras decepciones. Andrew Gillum, considerado como sucesor de Obama, no ha conseguido su propósito de convertirse en el primer gobernador afroamericano de Florida, al ser derrotado por el republicano y aliado de Trump Ron DeSantis, por apenas un punto de diferencia. El progresista Beto O’Rourke no ha podido arrebatarle el escaño del senado por Texas al ultraconservador Ted Cruz, que no oculta su aspiración a intentar de nuevo el asalto a la Casa Blanca. La afroamericana Stacey Abrams parece que se quedará a pocos votos de lograr la gobernación del sureño estado de Georgia.
                
5) En los llamados swinging states o estados cambiantes (los que suelen decidir las elecciones), se ha reflejado esta corrección hacia el centro-izquierda.  El territorio de Trump queda mermado con los avances demócratas en zonas como el Medio Oeste o la región de los lagos (Illinois, Michigan, Winconsin, Minnesotta), que han sido tradicionalmente demócratas, pero se inclinaron en 2016 del lado republicano, debido a la basculación del electorado blanco trabajador a favor del mensaje proteccionista y nacionalista de Trump.
                
6) Desde la Segunda Guerra Mundial nunca había votado tanta gente en unas elecciones de este tipo, lo que indica el incremento del interés ciudadano por la política. Según cifras provisionales, han votado 114 millones de personas, frente a los 83 millones de 2014, un aumento del 37%. Sin duda, el clima de polarización explica esta mayor afluencia a las urnas. Pero también la creciente sensación de que el país se encuentra en una delicada encrucijada. Algunas de las conquistas sociales se han percibido en peligro y otras causas emergentes han empujado a sectores habitualmente pasivos o descreídos a pronunciarse.
                
7) En la jornada de ayer también se celebraron referéndums sobre cuestiones de especial importancia. Por destacar algunos, en Florida, pese al triunfo del candidato conservador en la gobernación del Estado, los ciudadanos votaron a favor de acabar con la privación de voto para las personas con antecedentes penales.

                
Al cabo, las midterm estimularán el debate y la confrontación política, ya que los dos grandes partidos intentarán ofrecer la imagen del país que más le conviene a cada uno. Los demócratas son más fuertes frente a Trump, pero el presidente se hace fuerte ante un liderazgo republicano que ha tratado de hacer virtud de la necesidad con un aliado en la Casa Blanca al que nunca han considerado uno de los suyos. La izquierda ha dado un paso adelante, pero más tímido de lo deseado y tendrá que seguir trabajando en la movilización social y ciudadana para avanzar en la causa de la justicia social.

CRIA CUERVOS


31 de octubre de 2018

El fantasma de la violencia ultraderechista asoma de nuevo en las sociedades occidentales, cada vez con mayor presencia y tonos más amenazadoras. Los sucesos de este verano en Alemania, algunos incidentes con población inmigrante en Italia, episodios inquietantes en Brasil, a lomos de una campaña virulentamente envalentonada del exitoso militar filo golpista Bolsonaro; y, ahora, los últimos actos de violencia y terrorismo en Estados Unidos así lo indican.

TRUMP, O EL ODIO COMO RECURSO

Empecemos por el último caso. La matanza de feligreses judíos en una sinagoga de Pittsburgh remató una oleada de envíos de bombas artesanales a políticos, medios y otras personas de notoriedad social, críticos con Trump.
           
El inquilino de la Casa Blanca se ha mostrado, como es habitual, inconsistente en sus comentarios y condenas. Acompaña palabras de compasión y aparente firmeza contra la violencia con tuits que alientan, incitan o justifican todo lo contrario. Y peor que eso, anuncia decisiones plagadas de intolerancia, prejuicios y racismo.

Algunos expertos consultados por el corresponsal del diario británico THE GUARDIAN, denuncia que Trump ha alentado esta violencia esta violencia racista con sus proclamas irresponsables (1). De poco importa que su yerno sea judío (y su hija, por voluntad de consorte), porque discrimina a los miembros de esa comunidad por la simpatía que demuestran hacia él.

En parecidos términos se han expresado los editorialistas de los principales diarios norteamericanos (2). Casi todos ellos resaltan la hipocresía de la presencia de Trump en Pittsburgh para homenajear a las victimas del supremacista blanco autor del odio atentado en la sinagoga. Se ha recordado profusamente estos días cómo el lenguaraz presidente igualó a manifestantes antirracistas y violentos militantes supremacistas tras los luctuosos incidentes del pasado año en Carolina del Norte.

Y mientras se desata la verborrea presidencial, sigue creciendo la violencia racista, que se ha cobrado en Estados Unidos un numero similar de victimas (alrededor del centenar) al de los extremistas islámicos desde el 11 de septiembre. De ahí que proceda hablar de terrorismo de ultraderecha (3)

Más ultrajante ha sido su decisión de enviar a más de cinco mil soldados a la frontera con México ante la eventual llegada de la caravana de migrantes procedentes de los países centroamericanos. Esta medida, a todas luces desproporcionada y carente de la mínima lógica en términos de seguridad, refuerza el relato trumpiano de que la caravana ha sido infiltrada por supuestos individuos naturales de Oriente Medio, agentes del yihadismo, que tendrían la intención de atentar en el país (4).

Trump completó la semana el cuadro anunciando una orden ejecutiva que modificaría el derecho automático a la ciudadanía norteamericana que asiste a cualquier persona que nazca en territorio nacional. Lo que equivaldría, según algunos expertos jurídicos, a una vulneración de la decimocuarta enmienda de la Constitución (5).

Estos disparates políticos y legales abonarían la tesis de que Trump no está capacitado para ejercer la primera responsabilidad ejecutiva del país, si no fuera porque, en realidad, sus decisiones, declaraciones y conductas responden, según ciertas estimaciones, a un plan político meditado, por perverso que resulte.

EL IMPULSO DE LA VANIDAD

Con Trump casi nada está claro. Es evidente que él no es un estratega de la extrema derecha nacionalista, pero sus proclamas tipo America first resultan gratas y convenientes a esos grupos. Algunos asesores del inarticulado presidente acreditan un historial poco dudoso, como Stephen Miller, autor de discursos e inspirador de mensajes presidenciales, tras la despedida no suficiente explicada de Steve Bannon.

Pero no conviene confundirse. No es la nebulosa extremista quien mece la cuna del irresponsable comportamiento presidencial. No pocos dirigentes del Partido Republicano alientan a Trump a comportarse de esta manera, con la intención velada, pero transparente a su pesar, de influir en las legislativas de la semana próxima (midterm electrions), en las que se augura un triunfo bastante contundente de los demócratas, e incluso una presencia inusitada de representantes de ala izquierda del partido en la Cámara de Representantes.

También esta versión esta sujeta a cuestionamiento. Hace unos días, el NEW YORK TIMES, crítico habitual con esta Casa Blanca, apuntaba una aparente colaboración entre el jefe del ejecutivo y los demócratas para sacar adelante ciertas propuestas electorales de Trump, en particular el programa de infraestructuras (6). No sería necesariamente maquiavélico este escenario. Trump ha demostrado no tener espíritu partidario alguno, pero no porque combata el sectarismo, sino porque no le importa otra cosa que sus intereses y su imagen. No es por ideología, sino por vanidad.

Por tanto, no es descartable una exhibición errática de Trump, tras el 6 de noviembre, gobernando, o más bien alardeando, a derecha e izquierda, en función exclusivamente de sus cálculos electorales de 2020.

En esa labor a Trump no le importa criar cuervos, o porque cree que pueden ser controlables, o por pura irresponsabilidad. El advenedizo político cree sintonizar con un espíritu intolerante arraigado en numerosos sectores de la población americana donde todavía no se han cerrado las heridas de la guerra de secesión y con otras más recientes de odio y violencia que afloraron en los sesenta del siglo pasado.

EPÓNIMOS POR DOQUIER

Estos peligros de aliento instrumental de la extrema derecha cobran dimensión de alarma en Brasil con la victoria de Jair Bolsonaro, que ha hecho del oportunismo el mejor aliado de su fanatismo cultural e ideológico. La fórmula de mano dura contra la violencia en favelas y calles, la persecución de chivos expiatorios y la agresión a las mayorías pobres y/o empobrecidas desconcertadas o debilitadas ha obtenido el apoyo de la mitad holgada de la población. En fin, un programa de gobierno divisivo y desequilibrado, que podría generar tumultos sociales, en cuanto se empiecen a manifiestar las consecuencias reales y no sólo retóricas o engañosas de su discurso.

También ha criado cuervos la derecha institucional alemana, inconforme con el discurso compasivo de Angela Merkel. Los últimos reveses electorales en Baviera y Hesse han obligado a la canciller a arrojar la toalla con retardo. Ella misma se ha posicionado como “pato cojo” de la política alemana y europea, cansada o quizás irritada por la “traición” de sus propios correligionarios, que han cuestionado su liderazgo desde aquel “verano de los refugiados”, en 2015. Ya nada será igual en Alemania, contaminada por el virus nacional-populista, siempre expuestos a los peores fantasma de la historia autóctona. La socialdemocracia se diluye en una creciente irrelevancia y la derecha nacionalista corre el riesgo también de criar cuervos con su discurso xenófobo. En fin, no estamos en los años treinta del siglo XX, pero se entiende que la preocupación vaya en aumento.


NOTAS

(1)   “Donald Trump’s rhetoric has stoked antisemitism and hatred, experts warn”. DAVID SMITH. THE GUARDIAN, 30 de octubre.

(2)   Trump embraces ‘wag the dog’ politics”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 31 de octubre.

(3)   Tesis defendida por dos especialistas en terrorismo islámico: PETER BERGER, en “The real terrorist threat in America. It’s no longer jihadist groups”. FOREIGN AFFAIRS, 30 de octubre; y por  DANIEL BYMAN, en “When to call a terrorist a terrorist”, en FOREIGN POLICY, 29 de octubre.

(4)   “How Trump-fed conspiracy theories about migrant caravan intersect with deadly hatred. JEREMY W, PETERS. THE NEW YORK TIMES, 29 de octubre.

(5)   “The fourteenth amendment can be revoked by executive order”. GARRET EPPS. THE ATLANTIC, 31 de octubre.

(6)   “How a democratic House can work with Trump”. THE NEW YORK TIMES, 26 de octubre.