EL GATILLO Y LA PANTALLA


20 de marzo de 2019
                
El aberrante atentado de Nueva Zelanda pone de relieve las dimensiones del fenómeno terrorista en la era digital. En estos tiempos, el crimen no sólo es un pretendido acto de reivindicación, venganza, emulación o combate. También se diseña para concitar adhesiones de una comunidad afín más o menos clandestina y  anestesiar el rechazo mediante la conversión del acontecimiento en un espectáculo casi irreal.
                
No es la primera vez que un asesino fanático “transmite” los detalles de su fechoría. Pero este individuo australiano ha franqueado algunos límites, al exhibir un dominio perverso de la tecnología como factor multiplicador de su alarde de odio.
                
La masacre de Christchurch nos deja notables lecciones, tanto por la sustancia del hecho como por los procedimientos empleados, su alcance y las responsabilidades ajenas:
                
1)  La principal amenaza terrorista mundial ya no es necesariamente islamista (sin pretender minimizarla), sino la que representan grupos o individuos relacionados con el racismo o supremacismo blanco. Muchos expertos vienen desde hace tiempo señalando esta realidad, algunos de ellos, norteamericanos (lo que no deja de ser especialmente significativo), como Daniel Byman, de la Brookings Institution, o Peter Bergen, autor de varios libros sobre el terrorismo yihadista.
                
Una de las consideraciones que Byman hace del luctuoso episodio de Christchurch es que, en su actuación de vigilancia, “los  servicios de seguridad y las agencias gubernamentales [norteamericanas] tienen que priorizar al nacionalismo blanco y a otras formas de terrorismo de extrema derecha”. Justamente lo contrario de lo que ha hecho la administración Trump, que ha reducido los fondos de estos programas policiales (1).
                
Bergen asegura que la amenaza terrorista en América ya no son los grupos yihadistas, Desde el tan consecuencial 11 de septiembre de 2001, el terrorismo blanco ha sido mucho más letal, en gran medida porque anida y crece un entorno de impunidad y negligencia oficial (2).
                
En otras partes del mundo, incluida Europa (recuérdese al noruego Breivik o el activismo de baja intensidad de grupos neonazis y afines), este terrorismo blanco parece alejado del radar de los servicios de  seguridad y es alentado por una islamofobia creciente (3).
                
2) La reglamentación del uso doméstico o particular de armas con gran poder destructivo no es sólo una asignatura pendiente en Estados Unidos. En Nueva Zelanda se han frustrado no pocos intentos de controlar esta acreditada amenaza. Ahora, la primera ministra Ardern parece dispuesta a sacar adelante una ley que restrinja la posesión de estas armas, pese a las presiones de un influyente lobby industrial, aunque no tenga capacidad de presión de la Asociación estadounidense del rifle. Está por ver hasta dónde puede llegar la enérgica jefa del gobierno neozelandés, porque no ha precisado el alcance de su iniciativa (4).
                
3) El espectáculo es el mensaje. El gatillo es casi nada sin la pantalla. El impacto creciente e imparable de las redes sociales en cada ámbito de la vida social y personal también ha impregnado, y de qué manera, el fenómeno terrorista. Este Brenton Tarrant no sólo irrumpió en las dos mezquitas-objetivo con sofisticadas armas de matar. Se dotó también de herramientas de difusión y propaganda en tiempo real y se aseguró de propagar previamente sus fundamentos racistas y supremacistas. En su osadía, llegó a enviar su panfleto de odio (con el pretencioso título de Manifiesto) a la propia oficina de Ardern, ocultando, naturalmente, los aspectos operativos (5).
                
4) Las grandes compañías del universo digital han vuelto a mostrar sus carencias a la hora de neutralizar, cuando aún resulta eficaz, la propagación de esta terrible amenaza. Como ocurre con la dimensión policial de la lucha antiterrorista, la legislación de control y prevención difiere según países y/o culturas. Europa se ha esforzado en controlar a los gigantes tecnológicos de la cibercomunicación, tanto en los asuntos fiscales como de seguridad, pero en Estados Unidos apenas si se han realizado avances, debido a ciertos escrúpulos que invocan la defensa de la libertad de expresión.
                
Aunque firmas como Facebook, Twitter, Google o Youtube aseguren que suprimieron tan deprisa como pudieron la reemisión del video del asesino australiano, millones de copias siguieron fluyendo impunemente por las redes. La tecnología para abortar contenidos indeseables o peligrosos va por detrás de la habilidad de los delincuentes para eludir estos controles, como se ha puesto de manifiesto en este caso. Basta con alterar ciertas especificidades de color, tamaño u otras para desbaratar el algoritmo de detección y hacer circular el perverso contenido por las autopistas desprotegidas de la comunicación social e interpersonal (6).
                
5) La respuesta política importa. Y mucho. Estos días se ha valorado favorablemente el comportamiento valiente de la mencionada primera ministra laborista neozelandesa. No es la primera vez que posicionamientos públicos de Jacinda Ardern generan muestras de reconocimiento e incluso de admiración. En este caso, su empatía hacia familiares y deudos de las víctimas, sus muestras de respeto y apoyo hacia la comunidad musulmana y algunos gestos, como el uso de hijab en sus comparecencias públicas posteriores al atentado, le han valido el aplauso general (6). Aunque algunas de sus afirmaciones (por ejemplo, su declarada intención de no referirse en lo sucesivo al criminal por su nombre para privarle de notoriedad) puedan resultar discutibles, la estatura demostrada estos días contrasta con otros casos (7).
                
Inevitablemente, nos referimos a Donald Trump. Aparte de unas condolencias convencionales y carentes de energía -y tal vez de sinceridad-, el presidente hotelero volvió a minimizar el peligro del supremacismo blanco. Un intento sin duda de borrar sus huellas en una trayectoria vergozante de simpatía y connivencia pasiva hacia ese terrorismo blanco señalado por los investigadores como la principal amenaza terrorista. Difícilmente podría esperarse otra cosa de un presidente que, en una de sus primeras decisiones ejecutivas, pretendió anular los permisos de entrada en Estados Unidos de ciudadanos procedentes de más de media docena de países con mayoría confesional musulmana. O que convierte falsa e injustamente a los inmigrantes latinos en factores de criminalidad y delincuencia.
                
El liderazgo político no sólo es responsable del terrorismo por la debilidad en la prevención o la ineficacia en la persecución. Puede favorecerlo también si lo justifica, lo minimiza o lo equipara a otras manifestaciones legítimas de protesta o malestar social. Trump lo ha hecho con motivo de los atentados racistas de estos dos últimos años. Sus muestras de simpatía lo convierten en cómplice de las narrativas e imaginarios supremacistas (8).
                
Líderes europeos y del resto del mundo están emulando a Trump, por oportunismo más que por convicción, como el brasileño Bolsonaro, que por estos días visita Washington con su tropel de ministros racistas, machistas o negacionistas. Las políticas xenófobas de Salvini, de Orban y de otros dirigentes europeos con mando en plaza o aspirantes a conseguirlo abonan, lo admitan ellos o no, el terreno del fanatismo criminal, porque lo inscriben en un falso relato de protección frente a una invasión imaginaria o de defensa, nada menos, que de los valores cristianos. Difícil encaje en una doctrina que tiene como primer precepto el de no matarás.

NOTAS

(1) “Five initial thoughts on the New Zeland terrorist attack”. DANIEL L. BYMAN. BROOKINGS INSTITUTION, 15 de marzo.

(2) “The real terrorist threat in America”. PETER BERGEN y DAVID STERMAN. FOREIGN AFFAIRS, 30 de octubre de 2018.

(3) Algunas reflexiones de especial interés: “Guide to Islamophobia”. (Recopilación de artículos). FOREIGN POLICY, 15 de marzo; “New Zealand massacre highlights global reach of white extremism”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 15 de marzo; “The march of white supremacy, from Oklahoma City to Christchurch”. JAMELLE BOUIE y “The anatomy of White terror”. ASNE SEIERSTAD, ambos en THE NEW YORK TIMES, 18 de marzo.

(4) “Jacinda Ardern says cabinet agrees New Zealand gun reform ‘in principle’”. THE GUARDIAN, 18 de marzo; “From Aramoana to Christchurch: a shorthand of New Zealand relationship with guns”. THE ATLANTIC, 17 de marzo.

(5) “How the Christchurch shooter played the world’s media”. FOREIGN POLICY, 15 de marzo.

(6) “How social media’s business model helped the New Zealand massacre to go viral”. THE WASHINGTON POST, 18 de marzo;  “Spread of New Zealand attack videos sparks global calls to hold tech giants accountable”. CATZAKRZEWSKI |TECHNOLOGY 202. THE WASHINGTON POST, 18 de marzo.

(7) “Jacinda Ardern’s response to the mosque attacks praised worldwide”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST; “Ardern says she will never speak suspect’s name”. THE GUARDIAN, 19 de marzo.

(8) “It’s not complicated. Trumps encourages violence”, DAVID LEONHARDT. THE NEW YORK TIMES, 17 de marzo; “The racist theory that underlies terrorism in New Zealand and the Trump presidency”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 18 de marzo.


EUROPA, EN ORDEN DISPERSO

13 de marzo de 2019

                
A poco más de dos meses de las elecciones europeas, el panorama político de la Unión es sombrío. Cabe preguntarse incluso si puede hablarse de Unión strictu sensu, es decir, de proyecto compartido, de estrategias consensuadas, de políticas coordinadas, de lealtades comprometidas pese a las normales y deseables diferencias ideológicas.
                
El Brexit suele citarse como el caso más preocupante de la política europea. En parte, es cierto, pero este largo y agónico proceso de desacoplamiento británico está escondiendo o relegando otros procesos menos evidentes.
                
LA AGONÍA DEL BREXIT
                
De nada le ha servido a Theresa May el apaño jurídico-político obtenido a última hora sobre el backstop (salvaguarda) irlandesa. La derrota parlamentaria del martes sobre el acuerdo con los 27 fue algo menos abrumadora (149 votos negativos más que afirmativos) que la anterior (230 rechazos más que apoyos), pero humillante por igual. A la hora de escribir este comentario (miércoles, 13), son dos las opciones tasadas en Westminster: voto hoy para decidir si se sale de la Unión a las bravas; y, en caso negativo, mañana, jueves, propuesta de extensión de la fecha de salida, sobre la que decidiría, en su caso, el Consejo Europeo del 21 de marzo (1) Pero a estas opciones se une una tercera que aún no está inscrita en el calendario de sesiones, pero que se siente como elefante en la habitación: un segundo  referéndum para deshacer el nudo gordiano. Sin descartar elecciones anticipadas, pese al pánico tory (2).
                
El problema es que la división parlamentaria ni siquiera se explica por la fractura partidaria. Los tories están a la greña, en parecidas proporciones a los laboristas. En los dos campos moran brexiteers y remainers, e incluso conciliadores resignados. En la periferia, hay más homogeneidad: liberales y nacionalistas escoceses son partidarios decididos de la permanencia, mientras los unionistas irlandeses se alinean con los euroescépticos más duros.
                
Pase lo que pase en las próximas 48 horas, haya salida sin acuerdo el 29 de marzo o prórroga para seguir mareando la perdiz y desgastar a los recalcitrantes (la doctrina May), lo cierto es que la relación de Gran Bretaña con Europa va a ser motivo de controversia durante mucho tiempo, añadiendo sal en una herida proverbial.
                
Desde Europa, el Brexit se ha convertido en una pesadilla, pero más emocional que política. Casi todo el debilitado liderazgo europeo ha dado ya por descontado el desenganche británico. Sin duda, el goteo de las consecuencias económicas se dejará sentir con aflicción. Pero el hartazgo de la situación se sobrepone a la preocupación (3). O al menos eso es lo que se desprende del discurso pero también de las actitudes. No ha habido demasiada piedad para la poco inspirada May, tan denostada como Thatcher en Bruselas, pero menos respetada. Mas allá de una cortesía palaciega o un desinflado flotador postrero, se le ha dejado a su suerte.   
                
¿NEOGAULLISMO O SOPLO NAPOLEÓNICO?
                
En la fracturada Unión pesan otros procesos: la falta de respuesta coherente y solidaria a la inmigración, la pasividad ante los síntomas de una nueva recesión en ciernes, la falta de respuesta a los síntomas crecientes de desinterés norteamericano por el orden mundial vigente desde 1945, el desconcierto ante la amenaza nacional-populista, la parálisis ante el desafío chino o ruso (distintos pero potencialmente convergentes), por no hablar de la renuncia a tener un voz cadenciosa en los conflictos de Oriente Medio y el Magreb.
                
Ante esta falta abrumadora de liderazgo, se pretende elevar Macron, el presidente francés, como único capaz de unificar, de marcar el camino del “renacimiento europeo”. En una “carta a los ciudadanos europeos” (4) proclama un programa de cambio, basado en tres pilares (libertad, protección y progreso. Lo ha hecho sin contar con nadie, como una iniciativa voluntarista, de urgencia. ¿Reflejo gaullista o soplo napoleónico, como un impulso del destino?
                
Los rivales políticos internos le han reprochado arrogancia, vanidad y cierta hipocresía, al erigirse en profeta europeo mientras fracasa estrepitosamente en su proyecto interno, francés. La revuelta de los gilets jaunes se apaga, pero su respuesta del gran debate nacional ha volado corto y las causas del malestar social restan intactas.
                
En su carta se perfila una propuesta de vuelco institucional que ha molestado o confundido a muchos. Como bien apunta Sylvie Kauffmann, una de las editorialistas de LE MONDE, Macron “hace tabla rasa de los formatos existentes” (5). Ignora al BCE, no menciona a la zona euro y se refiere a Schengen  sólo para afirmar la necesidad de revisarlo por completo (mettre a plat). Oblitera el eje franco-alemán y parece pasar de las alianzas no escritas que han impulsado el proyecto europeo. Es la suya una ambición por encima de divisiones nacionales y alineamientos tácticos o programáticos.   
             
Los socios de Macron han respondido con fría cortesía, o con desgana. En Alemania, el gran partner, no se oculta cierta incomodidad por el afán pretencioso de Macron. Desde el SPD lo utilizan para denunciar la parálisis de la canciller Merkel (cada día más pato cojo), pero sin adherirse a sus ideas; desde la CDU se le recuerda que deben respetarse los canales existentes.
                
Al cabo, Macron no inventa nada. Más bien reacciona al nacional-populismo, a la deriva aislacionista-nacionalista de Trump y a las inquietudes euroasiáticas con el instinto de salvaguarda del sistema. Pone énfasis en la seguridad y relega las recetas de mayor justicia social a una retórica de protección.
                
LAS TURBULENCIAS MEDITERRÁNEAS
                
Mientras en el norte cunde la marea nacional-populista antimigratoria y en el centro se afianza, además de lo anterior, un instinto anticomunitario y, en cierta medida, se ignora el mandato institucional, en el sur se avivan similares peligros.
                
En Italia, se consolida la Lega como primer fuerza política. Más allá de bravuconadas retóricas, que la perdida batalla sobre el presupuesto ha reducido a su verdadera dimensión, el gobierno de los dos populismos hace exhibición de cabalgada en solitario. El último ejemplo es la decisión de sumarse al proyecto chino de nueva ruta de la seda, estrategia de penetración económica, tecnológica y comercial de Pekín, en su afán por convertirse en el principal actor internacional del siglo. Los ultras italianos se ofrecen como cabeza de puente de esa revolución que Bannon no pudo anclar en EE.UU., debido a la personalidad egocéntrica y errática de Trump. En contraste, el PDI gira a la izquierda, en busca de un electorado perdido, al elegir a Zingaretti, actual presidente de la región del Lazio, émulo de Corbyn, como nuevo líder (6).
                
En España, el final confirmado del bipartidismo y la emergencia, cuatro décadas después, de una ultraderecha hasta ahora domesticada bajo las alas normalizadoras del conservadurismo predicen la prolongación de un clima de ingobernabilidad, agravado por el brote independentista en Cataluña. El ciclo electoral irresolutivo amenaza con prolongarse.
                
Así las cosas, Europa camina en orden disperso, capturado en sus contradicciones nacionales, sin estrategias claras, frente a un mundo en transformación, convulso y peligroso.

NOTAS

(1) “MPs ignore May’s pleas and defeat her Brexit deal by 19 votes”. THE GUARDIAN, 13 de marzo.

(2) “What’s next for Brexit: Britain plays the ultimate game of ‘Deal or not Deal’”. AMANDA SLOAT. BROOKINGS INSTITUTION, 7 de marzo.

(3) “Europe needs to show Britain the door”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 7 de marzo (reproducción de un artículo publicado originalmente en THE WASHINGTON POST, 30 de enero).

(4) “Pour une renaissance européenne”. EMMANUEL MACRON, (Varios diarios europeos), 4 de marzo.

(5) “Dans sa ‘lettre aux citoyens d’Europe’, Macron fait table rase des formats existents dans le UE”. SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE, 6 de marzo.

(6) “Los votantes del PD italiano eligen a un izquierdista para sustituir a Renzi” LA VANGUARDIA, 3 de marzo.

ARGELIA: UN PRESIDENTE ZOMBI FRENTE A UNA JUVENTUD DESENCADENADA


6 de marzo de 2019
                
Argelia vive días de fuerte agitación social. La decisión del presidente Bouteflika de optar electoralmente a un quinto mandato ha encendido las calles de la capital y de otras ciudades importantes del país. El jefe del estado está internado en un hospital de Ginebra, tras un accidente vascular cerebral que lo tiene postrado. Se trata de un presidente fantasmal, que ni aparece en público ni ejerce muchas de las funciones de su cargo. No exactamente una marioneta, pero sí una figura puramente referencial de un entramado de poder cada vez más cerrado sobre sí mismo. La juventud protagoniza las protestas, hartas de un sistema agotado, sostenido por la vigilancia policial, la tutela militar y la corrupción de los cuadros dirigentes (1).
                
La primavera árabe pasó por Argelia como un soplo apenas perceptible. Desde luego, hubo revueltas, protestas en las calles y  un cierto desafío para el poder. Pero Bouteflika, entonces en la mitad de su tercer mandato, maniobró con habilidad para desactivar el peligro que alertó al régimen. Contrariamente a lo que ocurrió en Túnez o Libia, el régimen argelino superó la prueba de la indignación con pocos daños (2). Como Marruecos... mutatis mutandis.
                
El malestar que aumenta día a día en Argelia va más allá del rechazo a un líder. Es el reflejo del hartazgo social y de la expresión al fin desencadenada de una nueva generación que ya no puede ser engañada o intimidada por los dos grandes fenómenos socio-políticos de la historia argelina como país soberano: la guerra de liberación nacional e independencia (1954-1962) y la guerra contra el islamismo extremista en la década de los noventa (3).
                
UNA PROLONGADA DESLEGITIMACIÓN
                
Durante más de treinta años, la legitimidad del régimen argelino se basó en la epopeya anticolonial.  Fiereza y orgullo de un pueblo que sus dirigentes interpretaron en su beneficio, no sólo político, sino también en forma de lucro personal y privilegios blindados. Los tres pilares del sistema eran -y son- las fuerzas armadas, el aparato policial y de inteligencia y los altos funcionarios civiles, atrincherados en la gestión de los recursos energéticos, la gran riqueza nacional.
                
En el otoño de 1988, una revuelta popular y espontánea por el alza de los precios de los productos de primera necesidad comprometió  la estabilidad del régimen. La gente seguía teniendo miedo, pero el hambre fue una pulsión más poderosa. La desestabilización provocó dudas en el sistema. La oposición política, atenazada y siempre sumisa o débil, no supo o no pudo generar una alternativa. Fueron los contestarios religiosos, hasta entonces tan controlados por el poder como el resto de las fuerzas periféricas al sistema, quienes convirtieron el malestar social en expresión política.
               
En diciembre de 1991, los islamistas, dominados por sectores rupturistas, vencieron en la primera vuelta de las elecciones legislativas. Todo el mundo dio por hecho que, semanas después, confirmarían su victoria y estarían en condiciones de plantear una seria lucha por el poder real. El régimen se alarmó y, tras unos días de vacilación, decidió poner fin a la apertura forzada por la revuelta de 1988: suspendió la segunda vuelta electoral y se replegó sobre si mismo. En ese proceso le acompañó buena parte de la oposición, que temía más la irrupción islámica que la prolongación del autoritarismo institucional.
                
Para tapar el fiasco electoral, y mientras se preparaban para la guerra, los militares acudieron a un veterano de la independencia y luego exilado disidente, Mohamed Budiaf, figura respetada pero sin base alguna de poder, puro instrumento de una apariencia civil, si no democrática. El intento fracasó dramáticamente, con el asesinato del escogido, obra de uno de sus guardaespaldas, nunca se supo si incitado o dirigido desde el propio sistema.  
                
EL ESPANTO DE LA GUERRA CIVIL
                
La interrupción del proceso democrático provocó una guerra civil pavorosa. Para los islamistas, nunca convencidos de la vía democrática para hacer valer su modelo social, la decisión del régimen fue la demostración de que debían combatir a sangre y cuchillo. Se inició entonces un desafío terrorista desesperado, que fue replicado por una represión brutal, sin escrúpulos ni garantías.
                
La guerra de los noventa dejó 200.000 muertos, millones de desplazados, ruina económica, desestructuración social y profundo resentimiento. El régimen se militarizó aún más y la vida política quedó, más que nunca, bajo vigilancia policial. El partido de la liberación, el oficialista FLN, quedó desacreditado, estalló en facciones y se convirtió en una formación casi residual. Sus cuadros se refugiaron en la tercera dimensión del poder (tecnoburocracia), como aliados o subsidiarios de la dupla militar-policial (seguricracia).
                
LA SEGUNDA VIDA POLÍTICA DE BOUTEFLIKA
                
Ese fue el país que heredó Abdulaziz Bouteflika, ya por entonces un veterano del sistema. Había sido ministro de exteriores en los setenta, una de las figuras más activas del Movimiento de No Alineados, infatigable defensor de la causa saharaui en la Organización de la Unidad Africana y cara amable del estólido régimen argelino. La triada gobernante lo recuperó, con el propósito de proyectar otra imagen de Argelia.
                
En 1999, a sus sesenta años, Bouteflika era una persona bien distinta y Argelia era otro país. Cuarenta años de independencia y recursos energéticos fabulosos no habían alcanzado para cimentar un proyecto nacional sólido, estable y democrático. Argelia encaró el nuevo siglo con más miedo que esperanza. El trauma de los noventa resultó intimidatorio. Bouteflika se apoyó en las secuelas del espanto para consolidar el régimen. Alentó la creación de un sector de negocios integrados por antiguos funcionarios, militares retirados e intermediarios de intereses extranjeros. Disponía aún de consumada habilidad para mantener el equilibrio entre las fuerzas del sistema y de experiencia diplomática para esquivar desvaídas y poco convencidas presiones exteriores. Supo hacer de una estabilidad amordaza la garantía de continuidad, como ha explicado muy bien la historiadora argelina Karima Dirèche (4).
               
La eclosión de la primavera árabe y la coyuntura negativa de los mercados energéticos hizo que saltaran algunas costuras. Con paciencia de sastre, Bouteflika desactivó el peligro, como queda dicho más arriba. Pero no sin sobresaltos. La seguricracia se vió obligada a resolver ciertas pugnas internas. El poderoso jefe de la inteligencia militar, el general Mohamed Mediene, conocido como Toufik, cayó en desgracia a finales del verano de 2015. Era uno de los pocos militares que quedaban de una generación ya avejentada del ejército (los janvieristas o eneristas), que forzaron la salida del también general Chadli y llevaron el timón durante la guerra civil de los noventa. Bouteflika no fue un espectador neutral (5). Rescató a viejos rivales de Mediene y apostó por una nueva hornada militar, que ahora líder el jefe del Estado Mayor, general Saleh. El anciano presidente resulta conveniente para las fuerzas armadas (6). Se ha convertido en un figura fantasmal, una referencia histórica en blanco y negro. Un zombi.
                La oposición ha contemplado con impotencia este ciclo recurrente de regeneración /degeneración del régimen (7). Los islamistas reciclados (los contestatarios están muertos, en prisión o en el exilio) se han avenido a la colaboración institucional y a la complicidad política. Las fuerzas más tradicionales, como los bereberes del RCD o los socialistas, se han visto sacudidos por recambios generacionales y procesos de autocrítica. No han superado todavía el ninguneo de las dos últimas décadas. Otros grupúsculos de izquierda resultan insignificantes. Sólo el resucitado FLN ha generados alternativas, pero más aparentes que reales, como el exprimer ministro Benflis. El miedo ha guardado la viña argelina.
                
La juventud está sola, pero aparentemente resuelta. Ese puede ser un diagnóstico quizás arriesgado o apresurado de estas últimas semanas. La diáspora argelina en Francia contempla con cierta esperanza este nuevo proceso de contestación, pero ¿valdrá para algo? Es pronto para decirlo, después de lo ocurrido en 2011. Mientras, desde un hospital junto al Lago Leman, un octogenario cuyo poder real es el de la representación resume en su persona otra amarga deriva de una revolución liberadora.

NOTAS

(1) “A Argel, le colère de la jeunesse répond à la candidature d’Abdelaziz Bouteflika”. LE MONDE, 4 de marzo.

(2) “Retour au calme en l’Algérie après les manifestations contra la vie chère”. LE MONDE, 7 de enero de 2011.

(3) “Jusqu’où ira le mobilization contre Bouteflika en Algérie”. Entrevista con ABDOU SEMMAR, editor de la página web ALGÉRIEPART. COURRIER INTERNATIONAL, 26 de febrero.

(4) Entrevista con la historiadora argelina Karima Diéche. LE MONDE, 1 de marzo de 2019.

(5) “Algérie, depart forcé pour le general ‘Toufik’, puissant chef du renseignement”. LE MONDE, 13 de septiembre de 2015.

(6) “The Algerian Exception”. KAMEL DAOUD. THE NEW YORK TIMES, 29 de mayo de 2015.

(7) “Algérie: Quelles forces d’opposition face à Bouteflika”. LE MONDE, 4 de marzo.

EL BROMANCE DE HANOI, UNA CORTINA DE HUMO

27 de febrero de 2019

                
Acto segundo de la farsa. Trump y Kim celebran su segunda cumbre. Se ha pasado de un escenario de “furia y fuego”, a un pastel de banderas en rojo y azul (colores de ambos países). Del apocalipsis al bromance (“enamoramiento”, en palabras del propio Trump).
               
El escenario, Hanoi, habría sido un lugar extravagante hace apenas un año y medio. La capital de Vietnam, país aun formalmente comunista y único que ha derrotado a la potencia militar más poderosa de la Historia, alberga una cumbre entre su enemigo fundacional y el régimen comunista más ortodoxo del planeta.
                
Trump dijo escoger el lugar con supuesta intención: indicar a Corea del Norte en lo que puede convertirse (otro dragón de la economía asiática, como Vietnam), si se olvida de sus sueños nucleares y se abre al libre mercado (o así).
                
UNA NEGOCIACIÓN ESTANCADA
                
Pero lo cierto es que las negociaciones sobre la desnuclearización de Corea del Norte, la normalización completa de las relaciones intercoreanas y el sofoco del último rescoldo de la Guerra Fría (ahora que se habla de su reaparición) se han estancado miserablemente. El acto primero de la farsa se representó en Singapur, con una exhibición más de la impredecibilidad y la inconsistencia del presidente-hotelero: concesiones a la ligera y resultados hipotéticos sin credibilidad, según los conocedores del dossier.
                
Desde Singapur acá, los hombres del Presidente han tratado de recomponer el daño. Un encargado especial de las negociaciones, el veterano diplomático Steve Biegun, trata de dar sentido a un cuadro caótico. Fue nombrado en agosto y hasta enero no pudo acceder a sus contrapartes norcoreanas. En estos dos meses escasos cree haber detectado compromisos más o menos solventes en Pyongyang, como para poder afirmar que la cumbre de Hanoi será algo más que una salva propagandística. Biegun confía en que el régimen norcoreano se comprometa, con garantías, a desmantelar sus plantas de enriquecimiento y reprocesamiento de uranio en todo el país. Algo es algo.
                
El problema no está en las promesas -más o menos confiables- de Kim, sino en las concesiones a la ligera que a Trump se le antoje desplegar. Ya en Singapur suspendió las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur sin consultar con su aliado. Sus asesores temen que el presidente ceda a la tentación de “hacer Historia” y acepte suscribir una especie de final formal de la guerra e incluso una “declaración de paz”. Evidentemente, se trataría de un gesto simbólico, porque las dos Coreas ya han iniciado ese camino en sucesivas cumbres bilaterales (tres, en 2018). Pero en este conflicto los gestos cobran una dimensión de grandes proporciones, porque no sólo cimentarían un resultado más sólido, sino que legitimarían un régimen autoritario y represivo.
                
Algunos analistas se han esforzado por ofrecer opciones que limiten un resultado frustrante (o, lo que es peor, inquietante) en Hanoi. El anterior responsable de Asia en el Consejo de Seguridad, Victor Cha, recomendaba hace unos días que el entorno del presidente volviera con las manos vacías de compromisos concretos en materia de desnuclearización efectiva, aunque admitieran declaraciones altisonantes de paz y normalización ( ). Por su parte, el experto de la Brookings Institution, Robert Einhorn, planteaba un Plan B, tabú para muchos, pero recurso práctico para no diluir Hanoi en una salva de fuegos artificiales ( ).
               
                
ATENCIÓN SUBSIDIARIA
                
A Trump no le importa demasiado Corea (o las Coreas), más allá de lo que pueda alimentar su vanidad personal. Como le ocurre con el resto de asuntos internacionales. En Hanoi busca amortiguar la tormenta interna que se cierne sobre él a medida que se acerca la hora de la conclusión del informe Mueller. Cada elemento que se filtra, cada aspecto lateral que se conoce incrementa la presión sobre el presidente-hotelero, lo aísla un poco más y lo empuja hacia una salida deshonrosa de la Historia.
                
La cumbre de Hanoi coincide con dos acontecimientos internos demoledores. La Cámara de Representantes ha desautorizado su declaración de emergencia nacional para proveerse de fondos asignados a otros cometidos y emplearlos en la construcción del muro en la frontera con México. Un puñado de legisladores republicanos, escandalizados por el comportamiento de su supuesto líder político, se han unido en el rechazo a los demócratas, mayoritarios en la Cámara tras las elecciones de noviembre. En el Senado, tres republicanos ya han dicho que votarán como los demócratas, con lo que sólo falta uno más consumar la desautorización presidencial. Ciertamente, no parece posible que se llegue a los sesenta necesarios para neutralizar el veto presidencial, aunque no faltan ganas en el desconcertado partido conservador.
                
AIRES DE LOS SETENTA
                
Pero lo que verdaderamente preocupa al inquilino de la Casa Blanca son las derivas de la investigación del fiscal especial. Quedan días, según todas las fuentes, para que el informe Mueller sea entregado en el Departamento de Justicia. Aún no se sabe si todo el mundo podrá conocer su contenido. Por si acaso hubiera alguna tentación de reserva u ocultamiento, los demócratas ya han planteado citar a Mueller para que testifique ante el legislativo.
                
Pero en los márgenes de ese proceso, el más importante sin discusión de estos años, los “descubiertos” de “los hombres del Presidente” se están convirtiendo en factores de gangrenización de la Casa Blanca trumpiana.
                
Su exabogado, Michael Cohen, ha escenificado una testificación demoledora en la Cámara baja, calificando a su antiguo cliente de “estafador” y “mentiroso” y ofreciendo supuestas evidencias de malas prácticas y engaños reiterados en su actividad empresarial pero también en su vida política. Cohen ha asegurado que Trump estaba al corriente de las filtraciones de su asesor Stone a Wikileaks, portal cooperador del Kremlin en las interferencias rusas durante la última campaña presidencial para perjudicar a Hillary.
                
Puede sospechar con razón que, tras la ruptura contractual y personal, Cohen quiere arrojar elementos políticos y jurídicos radiactivos sobre Trump para salvar su propio honor. Igual que mintió ante el Senado, admitido por él mismo, puede estar haciéndolo ahora. Pero el peso de las pruebas puede haberle acotado el espacio de la impostura.
                
El problema para Trump es que muchos de sus operadores fraudulentos en su escalada política están siendo deconstruidos por la investigación. Cada semana que pasa, el aura de esta presidencia recuerda más y más a la de Nixon, aunque sus protagonistas y circunstancias sean absolutamente diferentes.
                
Ni las operaciones de imagen en el exterior ni el invento artificial de emergencias de seguridad nacional podrán salvar la presidencia de Trump. Sólo un impulso irracional de un electorado confundido y confuso, frustrado y engañado, podría rescatarlo de la ignominia.


NOTAS

(1) “What to expect at the second North Korea summit”. VICTOR CHA y KATRIN FRASER KATZ. FOREIGN AFFAIRS, 22 de febrero.

(2) “On North Korea, press for complete desnuclearization, BUT HAVE A Plan B”. ROBERT EINHORN. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de febrero.
               
               

ANTISEMITISMO: LAS PARADOJAS DE LA POLÉMICA

19 de febrero de 2018
           
Un nuevo fantasma recorre calles, gabinetes, redacciones y despachos de Europa: el antisemitismo. O, para ser más exactos, la percepción del antisemitismo como síntoma creciente del malestar social.
                
El asunto no es nuevo, naturalmente, pero ha cobrado fuerza en los últimos tiempos, debido a las contradicciones evidenciadas durante la crisis económica y social, el fracaso de las políticas europeas de respuesta y la emergencia del nacional-populismo.
                
Un sondeo realizado en enero para el Eurobarómetro, el indicador demoscópico de la UE, arrojaba un resultado inquietante:       la mitad de los 27.000 europeos consultados considera el antisemitismo como un problema real en sus países respectivos y más de la tercera parte (un 36%) cree que ha aumentado en los últimos cinco años. La inquietud es aún mayor entre quienes tienes amigos o conocidos judíos y, comprensiblemente, en la comunidad judía europea nueve de cada diez se confiesa alarmado. Son los franceses quienes encabezan la percepción de inquietud (siete de cada diez) y portugueses y estonios los que menos (apenas un 10%). España se encuentra entre los menos preocupados: sólo un 22% (1).
                
FRANCIA: LAS ARISTAS DE LA CRISIS
              
No puede extrañar que sea en Francia donde haya prendido con más fuerza esta inquietud. Hay razones históricas y políticas que lo explican. A finales del siglo XIX y principios del XX se registraron episodios inquietantes. El caso Dreyfuss fue el ejemplo más significativo. Durante la ocupación nazi, el régimen colaboracionista de Vichy practicó la persecución de los judíos, una herida que no ha terminado de cicatrizar en el cuerpo social galo. En las décadas siguientes, el fenómeno se ha manifestado con desigual intensidad, pero no ha desaparecido por completo. Pero la crisis económica y social, la degradación de las condiciones de vida, en especial en zonas y barrios desfavorecidos y la incidencia de la inmigración musulmana han recrudecido el problema.
               
La voz de alarma se ha vuelto a disparar estos últimos días, después de que el ministro del Interior diera a conocer que en 2018 los delitos de antisemitismo se habían incrementado un 74% con respecto al año anterior, y eso sólo teniendo en cuenta los hechos denunciados o verificados, porque se tiene la impresión de que el número de incidentes es mucho mayor (2). Los medios hacen inventario de numerosas manifestaciones, de desigual gravedad: pintadas filonazis, profanación de monumentos erigidos en memorias de victimas de asesinatos racistas, proliferación de mensajes de odio en redes sociales, intentos de agresión, comentarios despectivos e insultantes en lugares públicos, etc (3).
                
El problema se ha visto agrandado por la detección de mensajes y comportamientos antisemitas entre los gilets jaunes (chalecos amarillos), el principal movimiento de protesta social en la actualidad. El reputado intelectual de origen judío Alain Finkielkraut fue increpado y acosado el pasado sábado durante la habitual manifestación de los chalecos amarillos en París. El ensayista y miembro de la Academia Nacional es conocido por sus posiciones conservadoras en materia de inmigración y se ha sumado con entusiasmo a quienes creen que la cultura francesa está en grave peligro y que las banlieus (suburbios) son un foco de, integrismo musulmán antijudío. Curiosamente, sin embargo, se había criticado a los gilets jaunes por no haberse mostrado sensibles las condiciones de vida de los inmigrantes.         
                
Las invectivas apuntan, no obstante, mucho más alto. El propio Presidente de la República es objeto frecuente de estos ataques verbales. Debido a su pasado como ejecutivo de la Banca Rothschild, los propagandistas antisemitas lo consideran una “marioneta” de los intereses judíos en Francia, sin autoridad propia alguna. Macron se ha mostrado beligerante contra el antisemitismo en numerosas ocasiones, pero no participó el martes en la gran manifestación que reunió a fuerzas políticas y sociales para denunciarlo. Los convocantes se abstuvieron de invitar al Rasemblement National (antes Frente Nacional), que celebró sus propios actos por separado. El partido de Marine Le Pen mantiene que las instituciones republicanas han sido blandas con el antisemitismo debido a su falta de vigor frente a las consecuencias negativas de la inmigración musulmana.
                
En este amplio debate prima a veces lo emocional sobre lo racional. Es injusto por inexacto convertir a los gillet jaunes en cómplices del antisemitismo. La heterogeneidad de este movimiento explica que en su seno cohabiten sensibilidades distintas e incluso opuestas, de ahí que fuerzas políticas diversas hayan intentado reorientar su discurso (4).
                
ANTISEMITISMO COMO COARTADA DE ISRAEL
                
Otro factor perturbador es la confusión, a veces interesada, entre el antisemitismo y la crítica al Estado de Israel por la ocupación de Palestina. Algunos líderes de opinión proisraelíes tienden a colgar la etiqueta de antisemitismo a cualquier manifestación contraria al proyecto del sionismo.  Desde esos sectores (intelectuales, políticos, mediáticos) se acusa con frecuencia a la izquierda de haber sido indulgente con el antisemitismo, precisamente por sus posiciones en el conflicto cardinal de Oriente Medio. No es casualidad que el principal promotor de la Marcha de concienciación del pasado martes haya sido el Partido Socialista y que comunistas, izquierda radical y sindicatos se sumaran al evento. La izquierda institucional quiere demostrar que no hay motivos para que se la considere sospechosa. Ocurrió en su día lo mismo con el terrorismo islamista: el gobierno socialista promovió medidas policiales de gran dureza para desmentir cualquier veleidad de blandura.
                
Lo paradójico es que mientras los críticos hacia Israel parecen obligados a demostrar su inocencia, el propio primer ministro israelí cultive y aliente relaciones cálidas con los dirigentes europeos más susceptibles de simpatías antisemitas. Netanyahu promovió una cumbre en Jerusalén con el llamado Grupo de Visegrado, cuatro países de Europa central (Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría), cuyos líderes actuales se han destacado por sus posiciones cercanas al discurso antijudío. El primer ministro israelí, hábil manipulador, quiso profundizar en la división europea, irritado por la desafección de las principales potencias de la UE hacia sus políticas cada vez más extremistas y, en particular, su sintonía con Trump (5).
               
l final, a Netanyahyu se le torció la operación. Unas declaraciones suyas en la víspera de la cumbre sobre la colaboración de los polacos con los nazis (sin matizar) provocó una tormenta en Varsovia. El primer ministro Morawiecki se borró de la cita. Ya el año pasado una ley promovida que condenaba a todo aquel que denunciara a Polonia por colaboración con el régimen hitleriano provocó una crisis con Israel. Las presiones norteamericanas obligaron a Varsovia a rectificar el texto legal (6).
                
Estas contradicciones entre antisemitismo y posiciones críticas frente a Israel han generado fuertes tensiones en el laborismo británico, hasta el punto de convertirse en una de las bazas más activas contra el liderazgo de Jeremy Corbyn. Una crisis importante fue sólo parcialmente apaciguada el año pasado, pero ha emergido de nuevo ahora, combinada con la polémica del Brexit, que ha escindido al Labour. Los diputados que han abandonado estos últimos días el partido no sólo mencionan la resistencia de la dirección a defender sin tapujos un nuevo referéndum; también le reprochan no hacer frente a “la infección del azote racista antijudío” (7). Corbyn y el ala izquierda hicieron en su día esfuerzos por apaciguar este malestar interno, pero señalaron que los sectores más a la derecha del partido pretenden presentar como antisemitismo lo que, en realidad, son legítimos pronunciamientos críticos sobre la política exterior e interior de Israel.


NOTAS

(1) Eurobarómetro. COMISIÓN EUROPEA, enero 2019. http://europa.eu/rapid/press-release_IP-95-1387_es.htm

(2) “Le nombre d’actes antisémites recensés a augmenté de 74% en France en 2018”. LE MONDE, 11 de febrero.

(3) “Antisémitisme: en France, les différents visages d’une haine insidieuse et banalisée”. LE MONDE, 12 de febrero.

(4) “Les ‘gilets jaunes’, nouveau terrain d’influence de la nébuleuse complotiste et antisémite”. LE MONDE, 19 de enero; “Antisémitism: les ‘gilets jaunes’ face à leurs responsabilités”. LE MONDE, 17 de febrero.

(5) “Netanyahu seeks to cement EU rightist bloc at Jerusalem Visegrad summit”. HAARETZ, 18 de febrero.

(6) “Poland and Israel try to improve ties, but History intrudes”. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

(7) THE GUARDIAN, 20 de febrero.

IRÁN: CUATRO DÉCADAS DE UNA REVOLUCIÓN MALOGRADA

13 de febrero de 2019

                
La teocracia iraní ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la Revolución Islámica con el mismo enfoque y tono monocorde que imprime a su discurso público desde los tiempos fundacionales. Sin apenas sombra de autocrítica, refugiándose en el enemigo exterior como causa casi única de los males de la República (la disidencia interior es presentada como subsidiaria del todopoderoso foráneo), agarrada a los eslóganes, ajena a la realidad (1).
               
UN ENTORNO DISTINTO PERO NO DEMASIADO
                
Hoy el mundo es algo distinto de aquellos finales de la década de los setenta (pero no tanto como algunos analistas proclaman). Formalmente, concluyó la polarización Este-Oeste, aunque se ha recreado con otros supuestos ideológicos pero similares tensiones estratégicas. En el plano regional, la Revolución Islámica pretendió abrirse paso al margen de aquella rivalidad sistémica, generar su propio camino. Recuérdese que Jomeini denominaba Gran Satán a Estados Unidos, pero a la Unión Soviética le reservaba el apelativo de Pequeño Satán. Para una república esencialmente religiosa, el ateísmo comunista era completamente inaceptable. Pero el demonio norteamericano era el que había alentado, armado y protegido al tirano impío interior, era la amenaza más próxima, más peligrosa, el enemigo principal.
                
Esa lógica perdura hoy, que la URSS ha desaparecido y Estados Unidos impera como la única superpotencia. Irán se encuentra más a gusto con el autoritarismo neonacionalista en Moscú, llega a algunos acuerdos pragmáticos con el Kremlin, no exentos de desconfianza y prevención, pero aprovecha la utilidad de esa relación interesada para defenderse de la sempiterna amenaza. Los actores regionales también han experimentado cambios, por supuesto, pero  tampoco demasiado. Ese mundo árabe que se extiende al oeste es mayoritariamente sunní, la corriente islámica opuesta, irreconciliable.
                
Para la revolución resulto existencial la terrible guerra que, meses después de su triunfo, tuvo que librar con el vecino Irak. La suerte de la República Islámica se libró en las marismas del estuario de Shatt-el-Arab y zonas colindantes. Irán se desangró, ante la mirada complaciente de Estados Unidos y de otras potencias occidentales.
                
Es cierto que aquel ha desaparecido aquel Irak gobernado con mano de hierro por una minoría militar sunní, pese a que la mayoría de la población fue siempre fielmente chií. La aniquilación del régimen baasista en Bagdad y la consolidación de un nuevo poder afín confesionalmente debía ser un motivo de alivio en Teherán. Irónicamente, el nuevo sistema de poder central en Irak fue propulsado por Washington. Pero, ciertamente, los actuales dirigentes iraquíes en absoluto obedecen el dictado norteamericano. Se mueven entre la afinidad religiosa con Irán y la dependencia norteamericana, en una tensión contradictoria lejos de pronta resolución.
                
Un poco más lejos, otra potencia regional ha tomado el relevo de la hostilidad sunní. Es el reino de la Casa Saud, menos vocinglero o atrevido que el arrogante Saddam, pero mucho más peligroso porque atesora una alianza estratégica con el Gran Satán, ahora más sólida que nunca, pese al destrozo ocasionado por el caso Khassoghi. Irán y Arabia Saudí lideran una renacida dinámica de bloques irreconciliables en Oriente Medio, con guerra interpuestas, áreas de influencia, regímenes dependientes o directamente vasallos. Esta rivalidad está lastrando sus economías, pero la iraní es la más perjudicada por el acoso norteamericano, debido, aunque sólo en parte, al explosivo asunto nuclear.
                
EL ACUERDO NUCLEAR, CLAVE DEL FUTURO
                
El futuro en Irán pivota sobre la resolución de este dossier. El acuerdo que regía el desarrollo nuclear del país abrió grandes expectativas al régimen. Se esperaba con avidez el fin efectivo de las sanciones y los dividendos subsiguientes Trump ha hecho añicos el pacto pergeñado por Obama y Kerry.
               
Algunos analistas sostienen que los duros del régimen nunca quisieron ese acuerdo, porque estaban atrincherados en su discurso confrontacional y consideraban preferible la vía norcoreana, es decir, acceder al arma atómica como suprema garantía de supervivencia.  Pese a las reticencias del sucesor de Jomeini en la suprema magistratura, se firmó el acuerdo y, lo que es más importante, se ha mantenido pese a la ruptura de Trump. Irán esta respetando las provisiones del pacto, según todas las fuentes, incluyendo la inteligencia norteamericana, en abierta disputa con la propia Casa Blanca.
                
El resto de signatarios se atienen a ese compromiso y no han seguido el diktat de Trump. Europa ha desafiado a su gran aliado al crear un mecanismo de cambio que elude la red sancionadora de Washington (2). Pero es indudable que la economía iraní se ha resentido. La recuperación está congelada. Las promesas de los aperturistas sobre la bondad del acuerdo se han visto defraudadas. El Gran Satán resulta más amenazador que nunca, e incluso los moderados afilan su lenguaje, comprensiblemente. La Revolución encara una nueva década bajo el signo de la incertidumbre.
                
El aldabonazo de las protestas de finales de 2017 en el interior del país (menos sonoras en Teherán) constituyó un fuerte aviso de un innegable malestar social. Cuando una revolución fía su supervivencia a la represión del descontento es que ha fracasado. Algunos analistas consideran que el factor generacional puede ser definitivo en la suerte del sistema. No está tan claro. También el fanatismo se nutre de savia nueva, como ilustra un interesante trabajo sobre los mecanismos de propaganda del régimen (3).
                
La percepción de la amenaza exterior ha sido un elemento de cohesión en todos los movimientos revolucionarios de la era moderna (Estados Unidos, Francia, Unión Soviética, Cuba, etc.) Por supuesto, es un factor que termina agotándose, encerrado en las falsedades o unilateralidades de su discurso. Es necesario, pero no suficiente para consolidar el sistema de poder y termina resultando una justificación de las élites. Al cabo, como apunta el primer presidente de la República Islámica, Abolhassan Bani Sadr desde su exilio en París, en una entrevista con LA VANGUARDIA, “Estados Unidos no quiere un cambio de régimen en Teherán, porque saca provecho de él”. El expresidente exhibe cierta ingenuidad al hablar de Jomeini, de su duplicidad, de su oculto designio dictatorial, pero su análisis de la situación actual es bastante certera (4).
                
Con la moneda nacional derrumbada, el desempleo creciente y la pobreza en expansión, Irán vive horas sombrías. De la trágica sangría de los ochenta se ha pasado a la asfixia lenta. La influencia reforzada en el cercano exterior (Siria, Yemen o Líbano), las alianzas de conveniencia con Moscú, Pekín o Ankara y ese liderazgo moral entre los chíies de todo el mundo no dan de comer al pueblo iraní. El gobierno del moderado Rohani, elegido por una mayoría que quiere cambios reales dentro del sistema, está acogotado por el poder religioso (el supremo) y sus palancas instrumentales (militar, policial y judicial), garantes del inmovilismo. La respuesta debe proceder del interior, de los sectores más dinámicos de la sociedad. Pero la derrotada revuelta verde de 1999 (en el vigésimo aniversario) propició un repliegue del régimen. La ruptura está descartada. Sólo una reforma gradual parecería viable.

NOTAS

(1) Uno de los dossiers más extensos sobre las distintas dimensiones del 40 aniversario de la Revolución Islámica lo ha ofrecido la BROOKINGS INSTITUTION: https://www.brookings.edu/series/irans-revolution-forty-years-on/


(3) “Iran’s other generation gap, 40 years on”. NARGES BAJOGHLI. FOREIGN AFFAIRS, 11 de febrero.

(4) Entrevista con Abolhassan Bani Sadr. GEMMA SAURA. LA VANGUARDIA, 11 de febrero. https://www.lavanguardia.com/internacional/20190211/46366564367/bani-sadr-trump-iran-cambio-regimen.html