ARGELIA: LA CRISIS NO ESTÁ CERRADA


8 de abril de 2019
            
Abdelatif Buteflika se ha convertido en el quinto jefe de Estado árabe obligado a abandonar su puesto por la presión popular. Después de mes y medio de protestas populares tenaces y valientes, los distintos filtros del régimen argelino han ido mostrándose cada vez más predispuestos a sacrificar la figura poco más ya que ritual con el propósito de salvaguardar sus órganos vitales.
         
En paralelo a esta aparente retirada paso a paso, medida y calculada quizás para sopesar el grado de conformidad o inconformidad ciudadana, el régimen ha librado un ajuste de cuentas o un reequilibrio interno de fuerzas. A la postre, quien ha decidido el juego ha sido el actor más fuerte: las fuerzas armadas.
            
Cuando hace una semana el jefe del Ejército, el general Ahmed Gaid Salah sancionó que el presidente no estaba ya en condiciones de dirigir el país y, por lo tanto, debía aplicarse el artículo 102 de la Constitución, que contempla la inhabilitación por razones de salud, la suerte de Butteflika quedó sellada.
      
Otras ramas del régimen habían intentado maniobras transitorias para ganar tiempo, como instrumentalizar la previa decisión del propio presidente de renunciar a la cuarta reelección u otras oscuras operaciones políticas de transición, empleando a figuras de prestigio internacional (1).
           
La decisión militar hizo rápidamente recordar el ejemplo egipcio: las fuerzas armadas interpretan de manera aparentemente sorpresiva un giro de conducta, dan la espalda al protegido o a la figura de autoridad y se ponen del lado del pueblo. Sin duda, para salvar lo esencial del régimen que, en la práctica, dirigen y tutelan (2).
            
Otros analistas, aun aceptando esta analogía, consideran que el caso argelino presenta diferencias singulares con respecto al antecedente egipcio, debido a las características propias de la estructura de poder argelino y, sobre todo, a la fuerza de la legitimidad histórica del régimen (3). Es una disquisición más académica que política. A la postre la trama político-burocrática-empresarial-militar no puede desentrañarse con facilidad. Los militares no han oficiado sólo de guardianes pretorianos de la revolución institucionalizada: han sido también beneficiarios del sistema.
             
EL FINAL DE UN DÉSPOTA MÁS

La impresión es que Butteflika se ha despedido de la historia sin ni siquiera poder escribir la última línea de su relato con cierta dignidad. No se ha encontrado tiempo para un tributo de última hora, menos para una despedida con honores. Es probable que su hermano y alter ego, Said, se resistiera hasta el último momento a este final con aire de bochorno. Como suele ocurrirles a los déspotas, en la hora de la liquidación, no es fácil encontrar a quien le escriba el epitafio político. 
            
La trayectoria del ya expresidente argelino está plagada de gestos de soberbia política e institucional, envueltos en una liturgia gestual y populista. Como fiel servidor que fue del coronel Bumedian, el militar que derrocó a Ben Bella e instauró la deriva autoritaria de la revolución, Butteflika se ancló en el capricho y la opacidad. Nunca permitió que se investigara debidamente una trama corrupta por la que se desviaron más de 60 millones de francos a través de una red de consulados argelinos en el extranjero. Como presidente se encargó de neutralizar al Tribunal de Cuentas y abortar la investigación judicial que intentaba rastrear la operación (4). 
            
Con Butteflika ya en el baúl de los trastos rotos, la clase política y empresarial que ha crecido a la sombra del poder se pregunta cómo neutralizar el impulso renovador de la calle. Los argelinos han protagonizado una impecable protesta, firme y pacífica a la vez, como atestiguan algunos testigos presenciales que nos han dejado valiosos documentos de estas semanas (5). Entre bastidores, los exponentes del régimen han ido preparando planes de contingencia. Todos ellos pasan por persuadir al Ejército de que lo mejor es mantener firme el control de los acontecimientos.

LOS ESCENARIOS PREVISIBLES
    
En cuanto a los escenarios de futuro inmediato, la politóloga argelina Louise Dris Aït-Hamadouche señala los más previsibles. El primero, que se desarrolle lo establecido en la Constitución; es decir, tras la retirada del jefe del Estado, un periodo de transición bajo la autoridad del presidente del Senado y la organización de elecciones presidenciales. Una segunda posibilidad sería que, por presión popular, el régimen se viera desbordado y aceptara la creación de un “colegio presidencial” formado por personalidades consensuadas con la oposición y un gobierno técnico. Finalmente, no es descartable una reforma constitucional que propiciara un cambio más profundo, una transición pactada hacia un nuevo equilibrio de poderes (6).
            
La clave, una vez más reside en los militares. No parece probable que el ejército argelino se despolitice por completo; esto es, que renuncie a ejercer su influencia, por no decir a su hegemonía en la orientación de los acontecimientos. Se ha mostrado prudente y contenido durante estas semanas de protesta, pero nunca ha renunciado a ejercer el control. Por el contrario, ha demostrado que sigue marcando los tiempos de la crisis.
            
Otro factor importante es la ausencia de una alternativa estructurada y organizada. La calle ha barrido definitivamente a unos partidos desacreditados y estériles, tanto a los serviles como a los opositores.

            
Por todo ello, el intento o la apariencia de consenso, de acuerdo nacional sería lo más aconsejable. La vía egipcia ha podido ser válida para liquidar lo agotado pero no parece efectiva para construir la continuidad. A la postre, si la situación se deteriorara, no se puede descartar que se agite el riesgo de un renacimiento islamista para evitar un excesivo relajamiento de los mecanismos de fuerza o, peor aún, de cierto encantamiento con los espejismos de la democracia y la libertad.


 NOTAS


(1) En l’Algérie, l’armée a précipité la démission de Bouteflika malgré la resistance de son entourage”. AMIR AKEF. LE MONDE, 3 de abril.

(2) “Lesson for Algeria from the 2011 egyptian uprising”. ADEL ABDEL GHAFFAR y ANNA L. JACOBS. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de marzo.

(3) “Buteflika resigns: next steps in uncharted territory”. BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 3 de abril.

(4) “Abdelaziz Bouteflika, une fin sans gloire”. YASSINE BABOUCHE Y FAIÇAL METAOUI. TOUT SUR L’ALGERIE, 2 de abril.

(5) “A protest made in Algeria”. DALIA GHANEM. FOREIGN POLICY, 2 de abril.

(6) “Il est ilusoire d’envisager une dépolitization immédiate de l’armée”.Entrevista con LOUISE DRIS-AÏT-HAMADOUCHE. LE MONDE, 4 de abril.

NOTAS

(1) En l’Algérie, l’armée a précipité la démission de Bouteflika malgré la resistance de son entourage”. AMIR AKEF. LE MONDE, 3 de abril.

(2) “Lesson for Algeria from the 2011 egyptian uprising”. ADEL ABDEL GHAFFAR y ANNA L. JACOBS. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de marzo.

(3) “Buteflika resigns: next steps in uncharted territory”. BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 3 de abril.

(4) “Abdelaziz Bouteflika, une fin sans gloire”. YASSINE BABOUCHE Y FAIÇAL METAOUI. TOUT SUR L’ALGERIE, 2 de abril.

(5) “A protest made in Algeria”. DALIA GHANEM. FOREIGN POLICY, 2 de abril.

(6) “Il est ilusoire d’envisager une dépolitization immédiate de l’armée”.Entrevista con LOUISE DRIS-AÏT-HAMADOUCHE. LE MONDE, 4 de abril.

UCRANIA: EL VIRUS TRUMP, EN LAS PUERTAS DE RUSIA


3 de abril de 2019
            
La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ucrania confirma el auge del populismo sin fronteras. Un cómico carente de experiencia política alguna, sin proyecto político definido ni estructura partidaria cuajada se ha situado en cabeza.
            
Volidimyr Zelensky, un actor de comedia televisiva, ha obtenido el 30% de los sufragios, doce puntos más que el actual presidente, Petro Poroshenko. Ambos se disputarán el principal cargo del país en la segunda vuelta. Queda eliminada la polémica e incombustible Yulia Timoshenko, insider y agitadora a la vez de la política ucraniana.

LA CORRUPCIÓN COMO REVULSIVO

Las razones del triunfo de un completo outsider parecen bastante claras. La gran mayoría de los ciudadanos se siente profundamente decepcionada por la marcha del país y responsabiliza a la clase política del fracaso del proyecto nacional, después de dos revoluciones, una guerra inacabada (y tal vez inacabable) y muchas promesas incumplidas o frustradas.

Ucrania es el país más pobre de Europa. Su renta per cápita está por debajo de los 3.000 $, inferior a la de la minúscula Moldavia, otra de las repúblicas del suroeste exsoviético), y un tercio de la de Rusia. Dos millones de personas han abandonado el país en los últimos años. Los economistas calculan que Ucrania necesitará medio siglo para alcanzar el desarrollo de su otra gran vecina, Polonia (1).

Pero con ser fundamental este paisaje depresivo, la principal lacra que atenaza el desarrollo del país es la corrupción. Aunque dicen los analistas de la evolución ucraniana que se han hecho mejoras en los últimos años, lo cierto es que la percepción ciudadana sigue siendo negativa. Los llamados oligarcas, es decir una casta de hombres económicos muy poderosos con capacidad para manipular y condicionar las decisiones de los dirigentes políticos, son los verdaderos amos. Están enfrentados entre sí, al menos algunos de ellos, pero también comparten el designio de marcar el destino nacional a su antojo y conveniencia.

El propio Poroshenko es uno de esos oligarcas, al frente de un imperio comercial que gira en torno al chocolate. Desde su triunfo electoral en 2014, con el respaldo explicito de Occidente (traducido en dólares, créditos y compromisos de ayuda militar), el actual jefe del Estado presenta un balance muy desigual de su gestión. Prometió acabar con la guerra, eliminar la corrupción e impulsar el desarrollo económico y social. No ha conseguido ninguno de los tres objetivos, al menos de forma convincente: la guerra está congelada pero no terminada, la corrupción sigue presentando niveles escandalosos y el país parece firmemente anclado en el vagón de cola continental. 

Sobre este panorama de pobreza, malestar e incertidumbre se erige la figura, no del todo inesperada, del populismo. Las encuestas predecían desde primeros de año un debilitamiento de la veterana Timoshenko (2), un estancamiento del incumbent y el crecimiento irresistible de Zelensky. Esta vez, los sondeos no se han equivocado.

UN POPULISMO FICTICIO.

Como Trump, Zelensky se coloca en cabeza impulsado por la televisión. Pero, contrariamente al s
how de dudoso gusto y baja catadura del magnate neoyorquino, el actor ucraniano ha cimentado su candidatura en una narrativa pretendidamente basada en la realidad, aunque con rigor discutible. En su serie, titulada El servidor del pueblo, el autor y protagonista representa a un joven que vive aún en casa de sus padres. Agobiado por las dificultades de encontrar trabajo y labrarse un porvenir, se enfrenta con el sistema y se propone conquistar el poder para cambiar la dinámica de las cosas. Zelensky ha convertido a su candidato ficticio en aspirante real y a su personaje en líder político.
Uno de los principales especialistas norteamericanos en Ucrania, Alexander Motyl, crítico de la Rusia
putiniana y del sistema soviético, ha diseccionado la serie El sriviente del pueblo. Resalta que, en la representación de la realidad del país, el cómico ha omitido aspectos tan fundamentales como la ocupación de Crimea por unidades militares rusas (2014) o la guerra en las regionales orientales del bajo Don. Motyl cree que Zelenski es, en realidad, un populista pro-ruso y coincide con Poroshenko, su favorito explícito, en que este crítico de la corrupción y el patronazgo es, en realidad, una marioneta de otro de los oligarcas, Igor Kolomoiskyi, el dueño, entre otras empresas, de la cadena que emite su producción televisiva (3).

LAS BAZAS DE POROSHENKO.
No está claro que este impulso de protesta le alcance a Zelensky para confirmar su triunfo definitivo. Los analistas predicen que Poroshenko obtendrá los apoyos necesarios para imponerse en la segunda vuelta. La falta de proyecto político del candidato de protesta podría ser determinante. Un poco como Marine Le Pen, que agita y revuelve el escenario político, pero carece de apoyos para ocupar el lugar principal. Para algunos, el voto inicial ha sido una llamada de atención o un desahogo, pero a la hora de la verdad se retomará, bien que con desgana, el camino conocido (4).

Poroshenko se ha presentado a la reelección con un proyecto inequívocamente nacionalista, que se condensa en su lema: “Ejercito, fe y lengua”. Estos últimos años se han destinado fondos cuantiosos para construir unas fuerzas armadas capaces de recuperar la integridad del territorio nacional y asegurar su defensa, con un resultado fallido a medias. Se han promovido la lengua y la cultura ucranianas, muy similares a las rusas, pero artificialmente presentadas como distintas y promovidas con ánimo reivindicativo (5). Y,
last but no least, se ha propiciado la ruptura con la Iglesia ortodoxa rusa para establecer una línea nacional-religiosa autónoma (6).
Los símbolos que maneja el presidente ucraniano son los arquetípicos del nacionalismo combatiente. Pero contrariamente a Zelensky, Poroshenko mira hacia el Oeste en busca de respaldos, de dinero y de garantías. Lo ha obtenido a regañadientes o con condiciones no siempre a su alcance. Occidente lo mira con recelo o como la opción menos mala, más como dique frente al Kremlin que como socio fiable. No gusta en los despachos de Bruselas los experimentos populistas. Desde luego, no los trágicos, pero tampoco los cómicos.

Otra cosa es es el capricho de la Casa Blanca, cuyo actual inquilino se siente vanidosamente complacido por el crecimiento de la cohorte de admiradores que proliferan, tanto en la Europa poscomunista como en la occidental. Sólo el sesgo correcto y severamente antirruso de sus asesores exteriores podría disuadir de Trump de un extemporáneo pronunciamiento que pudiera investir a este candidato ficticio.
    
       


NOTAS

(1) “Will a comic actor become Ukraine’s next President? Why Volodimyr Zelenskiy won the first round of elections”. MELINDA HARING. FOREIGN AFFAIRS, 2 de abril.

(2) “Yulia Timoshneko attemps comeback in Ukrainian election. CHRISTINA ESCH. DER SPIEGEL, 28 de febrero.

(3) “Ukraine’s TV President is dangerously pro-russian”. ALEXANDER J. MOTYL. FOREIGN POLICY, 1 de abril.

(4) “No joke: Ukraine TV comedian wins election’s first round”. THE NEW YORK TIMES, 31 de marzo.

(5) “Is the risk of ethnic conflict growing in Ukraine?”. ELISE GIULIANO. FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo.

(6) “In Ukraine, après le schisme les convulsions religieuses”. LE MONDE, 13 de febrero.


THERESA DE LOS MIL DÍAS

28 de marzo de 2019
              
Como una Ana Bolena de estos tiempos, Theresa May rendirá su cabeza (política) mil días después de haber llegado a lo más alto. No será el Rey (o la Reina) quien la arroje al cadalso, sino el alter ego del poder británico, el Parliament, o más bien sus partenaires tories, que la escogieron como segunda esposa, tras repudiar al primerizo Cameron, un pretendiente que nunca pudo complacer los anhelos soberbios de un Reino rupturista.
                
Ciertamente, la severa y encallecida Theresa carecía de los encantos seductores de aquella damisela perturbadora e intrigante del Renacimiento. Pero ambas practicaban, aunque con desigual habilidad, el arte del doble juego, la ambigüedad y la deliberada indefinición para confundir a adversarios, rivales o tibios.
                
Esta licenciosa digresión ucrónica encaja en el panorama surrealista que se dibuja en el distrito londinense de Westminster, sede de las principales instituciones británicas. Después del doble rechazo al farragoso y inconvincente acuerdo de separación con Europa, agotadas todas las estratagemas de dilaciones y órdagos, exhaustas las invocaciones al desastre o a la catástrofe, May se encuentra en la torre del castillo aguardando la implacable sanción del destino. Ofrece su cabeza al soberano para salvar su legado político, una carta otorgada que no podrá garantizar lo que se le exigía: la reconquista de la glorioso independencia nacional.
                
El dilema del divorcio de Europa ha consumido la energía no sólo de los políticos  o los burócratas más dilectos del Reino. Lo más grave es que ha atizado los impulsos fratricidas más enconados de la nación británica. El Brexit ha sido más destructivo que la tan novelada guerra de las dos rosas, porque ha roto amistades, separado familias y perturbado el diálogo social.
                
Es dudoso que otras elecciones, las segundas en dos años, puedan arreglar el entuerto, porque es probable que arrojen un resultado idéntico o muy parecido al actual. La fractura va más allá de las posiciones ideológicas. La pertinaz división conservadora encuentra réplica no menos agria en sus oponentes laboristas. En ambos campos hay partidarios de una u otra rosa (brexiter o remainer) y terceros incomprendidos que tratan inútilmente de tender puentes sobre fosas cada vez más abismales. Solo los marginales liberales o los alejados escoceses se mantienen unidos en su oposición a la ruptura con la UE.
                
Desde el pasado lunes, el Parlamento ha tomado el control del Brexit, reduciendo a la primera ministra a una especie de jefa de negociado en el callejón de Downing Street. Theresa May ha convertido el take back control (“recuperar el control”), famoso lema de Dominic Cummings, el publicista que diseñó la campaña del Brexit, en failure of control (o “pérdida de control”), en expresión de Stephen Paduano, un periodista colaborador de la London School of Economics, uno de los templos de la inteligencia británica (1).  
                
Pero, como era de esperar, este guiño orwelliano de poder parlamentario tampoco ha servido para salir del atolladero. Las ocho propuestas indicativas presentadas por los diputados como alternativas al dos veces repudiado Acuerdo de Retirada fueron rechazadas por el pleno de los Comunes, este miércoles.
                
Las propuestas que más cerca estuvieron de prosperar fueron la del histórico tory pro-europeo Kenneth Clarke de negociar una “amplia o permanente unión aduanera” entre el Reino Unido y la UE, o la de un par de laboristas (Kyle y Wilson), que consistía en someter a  referéndum cualquier acuerdo que pudiera salir de esta agónica ronda  parlamentaria (2).
                
Nadie confía en nadie. Como en las piezas más sombrías de la dramaturgia shakespeariana, el Reino se consume en la recriminación o la desconfianza. Tampoco falta el impulso ciego de la traición, y no en sentido alegórico. El diario conservador TELEGRAPH desveló hace unos días que los brexiteers más radicales contactaron con los nacional-populistas polacos, italianos y húngaros para que sus gobiernos ejercieran el veto e hicieran imposible la prolongación del artículo 50 (3).
                
Europa espera con impaciencia cada vez menos contenida. La diplomacia ha agotado ya sus habilidades y encubrimientos. Los días de prolongación del Brexit concedidos a una humillada primera ministra resultan tan irreales y estériles como las maniobras de una Theresa May sentenciada.
                
Amanda Sloat, la analista de la BROOKINGS para el Brexit, prevé un futuro incierto, tanto si al final, por acoso y derribo, saliera adelante el Acuerdo de Retirada (WA), como si se impone el Brexit duro (4).
                 
La ruptura radical implicará renunciar a las cláusulas pactadas del divorcio, sin periodo de transición y sin salvaguarda o excepción para la frontera entre las dos Irlandas.
                
Pero incluso el WA resucitado tampoco despejará los nubarrones. Gran Bretaña y Europa -anticipa Sloat- se enfangarán en un interminable proceso de discusión, pieza a pieza, regulación a regulación, sobre aduanas, tarifas, normativas, controles sanitarios, patrones de calidad, etc.
                
Se avecina, si algo inesperado no lo remedia, un tiempo de niebla densa en el Canal de Mancha, un factor atmosférico que convoca la nostalgia y la melancolía, como apuntaba con mezcla de ironía y tristeza Sam Byers, un escritor británico residente en Estados Unidos (5).
                
Al cabo, como Bolena en su tiempo, May no ha sabido colmar la ambición que devora a su furibundo señor. Ana no pudo dar al Rey el vástago que prolongara la dinastía. Theresa no ha sabido proporcionar a ese Reino replegado sobre sí mismo el mapa hacia un futuro glorioso libre de las ataduras continentales.

NOTAS

(1) “This is what ‘Taking back control’ looks like”. STEPHEN PADUANO. FOREIGN POLICY, 27 de marzo. https://foreignpolicy.com/2019/03/27/this-is-what-taking-back-control-looks-like/

(2) THE GUARDIAN, 28 de marzo.



(5) “Britain is drowning itself in nostalgia”. SAM BYERS. THE NEW YORK TIMES, 23 de marzo. https://www.nytimes.com/2019/03/23/opinion/sunday/britain-brexit.html

INFORME MUELLER: EL HUMO Y EL FUEGO

27 de marzo de 2019

                
Por fin hay informe Mueller, pero el informe Mueller no es fin del Rusiagate. El fiscal especial que ha investigado durante casi dos años las controvertidas relaciones del equipo de campaña de Trump con el Kremlin ha rendido cuentas al Fiscal General, William Barr, quien ha remitido un extracto del informe, no el texto completo, a los líderes del Congreso, junto a su particular interpretación, más favorable a Trump de lo que el propio informe sugiere.
                
UN FINAL ABIERTO
                
El informe Mueller resulta intrigante por lo que dice y por lo que no dice. O por lo que se sabe que dice y no dice. Tan significativas son sus afirmaciones como sus inhibiciones.
                
1) No se ha podido probar que existiera colusión entre Trump o miembros de su equipo de campaña y agentes rusos para influir en las elecciones presidenciales de 2016.
                
2) No se pronuncia sobre un posible delito de obstrucción a la justicia por parte de Trump y asociados. Para ser claros: el investigador se abstiene de exonerar al presidente. En  cambios, el fiscal general sí lo hace, quizás apresuradamente, al señalar que si no hay delito no puede haber obstrucción, lo cual es discutible.  Barr da un paso más al argumentar que no se han podido establecer una “intención corrupta” en el comportamiento del entorno de Trump. Al fin y al cabo, como dice el NEW YORK TIMES, Barr ha hecho lo que Trump esperaba que hiciera cuando lo nombró, para reemplazar al ultraconservador pero díscolo Sessions (1).
                
Una frase del editorial del WASHINGTON POST sobre la investigación de las relaciones de Trump con Rusia durante el periodo electoral capta con brillantes el momento político norteamericano: “Where there is smoke, there is not always fire”: Que haya humo no siempre quiere decir que haya fuego (2).
                
Las incógnitas persisten y seguirán abiertas, incluso después de que se conozca todo el contenido de la investigación. A juzgar por las conclusiones que el fiscal general ha entregado al Congreso, Mueller se abstiene de calificar jurídicamente comportamientos a falta de pruebas concluyentes: sólo los describe o los señala. Por tanto, la serie continuará. Hay humo, no se ha declarado un incendio general, pero quien sabe si hay fuego no localizado aún.
                
Hay que recordar también que las controvertidas relaciones de Trump con la Rusia de Putin no es el único asunto que proyecta negros nubarrones sobre su figura pública y privada. Hay varias causas pendientes en el estado de Nueva York relacionadas con sus negocios, sus prácticas fiscales, sus estrategias crediticias, sus presuntos encubrimientos de sobornos a testigos de conductas sexuales lesivas o incómodas para sus propósitos electorales, etc. En total 199 cargos criminales, 37 acusaciones o declaraciones de culpabilidad y cinco sentencias de prisión ya firmes para antiguos operativos y colaboradores. En definitiva, Trump sigue estando bajo sospecha. Por Rusia y por Trumplandia (3).
                
LA DIVISIÓN POLÍTICA GARANTIZA LA PROLONGACIÓN DE LA POLÉMICA
                
Los republicanos respiran aliviados, porque no se ven en la obligación de defender contra corriente a su teórico líder político. Lo han hecho de mala gana durante dos años, excepto algunos pocos convencidos, más por el cálculo político de no incomodar a la base social trumpiana que por convicción sincera. Pero también están los alienados con el Presidente, algunos con la furia de los conversos como el senador Graham, que ya ha amenazado con investigar al FBI y, en particular, a su exjefe Comey.
                
Trump ha cantado victoria. Ha hecho una interpretación sesgada del resultado, desde luego. Aunque inicialmente pareció que iba a mostrarse más contenido de lo habitual, la prudencia le duró horas. Ya está de nuevo entregado a insultos y descalificaciones (“son unos traicioneros”, ha dicho de quienes respaldaban una investigación exhaustiva). Comentaristas no necesariamente afines intuyen que sus opciones de reelección son más sólidas ahora que hace dos meses, tras el desgaste del cierre del gobierno o la polémica por el muro fronterizo. Se esperan con impaciencia las encuestas para comprobar si hay indulto social.
                
En los demócratas afloran distintas sensibilidades pero todos coinciden en una cosa: Barr tiene que hacer público todo el informe Mueller, para superar esta fiebre especulativa sobre lo que investigador dice o no dice, insinúa o no insinúa, sugiere o no sugiere, recomienda o se inhibe. Esa es una batalla unificadora en el partido y en esa se concentran ahora todas las tendencias, sabedoras de que más tarde volverán a surgir las desavenencias de familia.
                
EL ALCANCE DE LA DIVISIÓN DEMÓCRATA.
                
La división demócrata sobre la estrategia a seguir con el caso Trump no será fácil de resolver. Los más moderados tienen aversión a un conflicto demasiado agudo. Les repulsa Trump, pero aspiran a recuperar ese electorado tradicional que gravita entre los dos grandes partidos, en los estados oscilantes de los grandes lagos y el sureste. Demasiada hostilidad hacia Trump les aleja del objetivo electoral.
                
El sector centrista no pretende dejar de presionar al presidente hotelero, pero cree que se le debe derrotar en las urnas y no empeñarse en un casi imposible proceso de destitución en el Congreso. Para esta corriente, la batalla no es ya la eliminación política prematura de Trump, sino las respuestas a los problemas que más preocupa al electorado: inmigración, sistema sanitario, política fiscal, etc,
                
El ala izquierda, en claro auge tras los resultados legislativos de noviembre, presiona para que se supere la pesadilla del trumpismo y se persiga con todos los medios legítimos disponibles las irregularidades innumerables del empresario-candidato-presidente. Esta corriente no establece una distinción entre establecer la responsabilidad de la actual Casa Blanca y la lucha por una sociedad más justa. Son las dos caras de la misma moneda.
                
En los dos próximos años asistiremos a dos batallas en Washington: la tradicional, que entablaran demócratas y republicanos por la Casa Blanca; y la que el partido del Barrito librará en su propio seno por definir su estrategia. Pragmatismo versus principios. Eficacia frente a autenticidad. Reforma continuista frente a cambio sustancial.
                
Nunca antes el debate interno demócrata se ha planteado en términos tan nítidos. Nunca ha tenido el ala izquierda tanta pujanza, tantos líderes como ahora. Bien es verdad que no todo el ala progresista actúa al unísono. Hay muchas voces y un riesgo más que alto de cacofonía, de confusión. Estas discrepancias no se corresponden solamente con el campo de actuación: candidatos y congresistas. En cada uno de ellos se perciben diferencias de sustancia. No es lo mismo el socialismo democrático de Sanders que el progresismo fiscal rectificador de Warren. No es lo mismo el pragmatismo indefinido de Kamala Harris, que la ambigüedad amable de O’Rourke o la ambición por la reconquista del centro de Klobuchar, Gillibrand o Booker. Y queda pendiente lo que decida Biden, cuyo perfil tradicional provoca recelo entre los progresistas y lesiona las opciones de los moderados.

¿HABRÁ REPLIEGUE DE LOS MEDIOS?
                
Se abre otra línea de debate: el papel de los medios de comunicación. Los sectores ya han empezado a lanzar nuevas salvas contra la credibilidad de los medios más críticos con el presidente.
                
El mantra de las fake news amenaza con arreciar y convertirse en doctrina presidencial. De hecho se percibe ya cierto tono de contención en los medios mayoritarios que han mantenido una línea de oposición al presidente hotelero, aunque no puede hablarse todavía de autocrítica. En los medios más progresistas, se acusa la falta de definición del Informe Mueller, pero tampoco se tenían en esas latitudes demasiadas expectativas. Al fin y al cabo, el fiscal especial es un producto genuino del sistema.  

NOTAS

(1) “No collusion, no ‘exoneration’” (Editorial). THE NEW YORK TIMES, 24 de marzo.

(2) “Trump did not collude. But it’s wrong to say Mueller exonerated him” (Editorial). THE WASHNGTON POST, 24 de marzo.

(3) “The President has not be exonerated”. JOHN NICHOLS. THE NATION, 25 de marzo.