LA GUERRA DE HIELO

20 de mayo de 2020

                
Cada vez se evoca más la guerra fría para describir el estado actual de las relaciones entre las dos principales superpotencias (o la superpotencia y la aspirante) mundiales: Estados Unidos y la República Popular de China.
                
La crisis del coronavirus ha agudizado una disputa que venía desarrollándose en los meses anteriores (disputa comercial más o menos aguda, tensiones por el despliegue militar chino  en aguas internacionales  frente a sus costas y las de sus vecinos, flirteos diplomáticos con los rivales regionales de Washington, acercamiento táctico a Rusia, etc.). Mal que bien todas estas incomodidades se iban gestionando, aplicando correcciones diplomáticas a los faroles políticos, en particular en el dossier comercial. Obviamente, la intemperancia y la incoherencia de la (des)administración norteamericana impregnaba la tranquilidad de una pegajosa incomodidad.
                
Lo que la alarma sanitaria ha provocado es un desequilibrio a favor de las maneras fuertes, de los retos testosterónicos, de las miradas de western por parte del presidente hotelero, cada día más inverosímil en su condición de dirigente. O como ha dicho Obama estos días, incapaz incluso de pretender que es un dirigente.
                
Los chinos, con su habitual templanza, amparada por la falta de controles internos, juegan a ridiculizar las bravatas norteamericanas, a hurgar en las divisiones transatlánticas, a llenar el vacío de liderazgo (1) y a arrimar dinero hacia las agencias de ese orden internacional que el Washington de la posguerra inspiró y que el Washington convulso actual desdeña. Hay abundantes ejemplos de esta paradójica inserción de Pekín en la arquitectura capitalista liberal. El compromiso de financiar con 2 mil millones de dólares adicionales la investigación de la OMS sobre el virus maligno es la última de ellas.
                
En la actitud beligerante de Trump y sus escuderos (Pompeo, Navarro, Pöttinger, por mencionar los más vocingleros) hay poco de visión estratégica y mucho de electoralismo en corto, que es lo que al inquilino de la Casa Blanca únicamente interesa y comprende. A su base electoral y a los arrimados republicanos les importa tan sólo que en la Casa Blanca haya alguien que no se achante, sin medir las consecuencias.
                
Por esa razón, y otras relacionadas, China será el gran tema de campaña del presidente combativo. En torno al peligro amarillo girará toda la retórica o demagogia. Pieza clave de ello será la consideración de Joe Biden, el virtual candidato demócrata, como parte del problema: por su blandura o incluso por su complicidad con el enemigo. Ya ha empezado la traca de twiters y de escaramuzas telecomerciales. En esta clave hay que ver los ataques paranoicos contra Obama de los últimos días. Biden, número dos del presidente afroamericano, será presentado como una marioneta suya, pero por encima de ambos, la siniestra orquestación de Pekín y su designio de debilitar a América y arruinar a los americanos.
                
Este esperpento, que no discurso (le falta coherencia argumental), empuja al G-2 hacia un escenario no de guerra fría, sino de guerra congelada, de hielo.  Sin duda, hay semejanzas entre este arranque de siglo y la segunda mitad del XX. Pero el mundo es distinto y la China de hoy no es la URSS de entonces. Las economías norteamericanas y soviéticas nunca estuvieron conectadas, mientras que las dos superpotencias actuales son polos insustituibles de la actual globalización. Si la receta Kennan sobre el containment de una URSS en expansión condujo a la guerra fría, es de esperar que las contradicciones de la rivalidad china-americana de estos días no permita pasar del punto de congelación de un conflicto latente pero controlado (2).
                
El pulso Washington-Pekín mantiene en guardia a los actores internacionales que gravitan en torno a la energía desprendida de esa confrontación: los aliados europeos y asiáticos de Washington, los clientes subsidiarios de la expansión china (el entramado de países atados a la moderna ruta de la seda y otras iniciativas similares), y terceros países que contemplan a Pekín como un pivote de compensación en el (des) equilibrio planetario.
                
La política de confrontación que la campaña electoral norteamericana puede agudizar insistirá en el decoupling, el desacoplamiento entre las economías de ambos países, tras cuatro décadas de largo y paciente proceso de interdependencia (3). Ese es el objetivo de los halcones de la Casa Blanca. Por pánico o por cálculo, algunas grandes empresas ya están haciendo planes de contingencia para trasladar sus centros de operaciones de territorio chino e instalarlos en otros países asiáticos más templados o amigables (eso incluye Vietnam, gran paradoja de la historia, país todavía formalmente comunista, pero enemigo tradicional del gigante del norte).
                
Sin embargo, no pocos economistas llaman la atención sobre la inutilidad de este empeño. Hay demasiados intereses compartidos en la estructura actual de la globalización como para que el decoupling se pueda producir con eficacia. Puede ser más grande el daño que el beneficio, porque también perjudica a los americanos, como dice un analista del muy conservador Instituto Cato (4).
                
Curiosamente, China contempla este despliegue de agresividad norteamericana con la paciencia estratégica habitual, que no hay que confundir con condescendencia (4). Xi Jinping es ya un presidente vitalicio, o puede serlo, si la crisis de sistema no se profundiza y los mecanismos represivos funcionan medianamente. Pese a la severa llamada de atención que ha supuesto el coronavirus y las pesadas consecuencias que arrastrará, Xi sigue convencido de que este será el siglo de China y a él le corresponde poner las bases de ese liderazgo. Sea así o no, parece que estamos en el momento Sputnik de China, como dice el economista Branko Milanovic (5). El actual gran timonel sabe que, gane quien gane en las elecciones de noviembre, tendrá que lidiar con un ambiente hostil a China en la Casa Blanca. Biden puede desinfectar de estupidez el despacho oval, pero previamente tendrá que comprar cierta retórica de firmeza hacia Pekín, porque necesita el electorado victimista y victimizado de su rival republicano (6).
                
En lo que el candidato demócrata puede separarse más claramente de Trump es en la relación con los aliados. No es fácil construir un relato de fortalecimiento de América a partir de la recuperación de los lazos que han hecho fuerte el orden liberal internacional. Por muchos problemas que haya con los europeos por el reparto de la carga defensiva (frente a Rusia, se supone), está cantada la recuperación de una estrategia común para frenar la tendencia china a no respetar las reglas del comercio internacional o de la propiedad intelectual.
                
Con los asiáticos se puede decir lo mismo, pero debe añadirse el decisivo aspecto del riesgo acrecentado de la inseguridad. Japón, Corea del Sur, Filipinas (incluso el ya mencionado Vietnam) se sienten amenazados por el despliegue naval chino en la cadena de islotes de los mares interiores compartidos con el coloso regional. Durante la crisis sanitaria, se ha reforzado  el dispositivo militar chino en la zona (7). Pero los gobiernos de la región se han sentido tan alarmados por esto como por la desenfocada actitud de la Casa Blanca, que insiste en que sus aliados paguen más por su protección y dejen de depender del amigo americano.

NOTAS

(1) “China is happy to fill the leadership vacuum left by the U.S.”. DER SPIEGEL, 6 de mayo.        

(2) “The source of China’s conduct. Are Washington and Beijing fighting a new cold war?”. ODD ARNE WESTAD. FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre 2019.

(3) “The great decoupling”. KEITH JOHNSON y ROBBIE GRAMER. FOREIGN POLICY, 14 de mayo.

(4) “Making China pay would cost americans dearly”. DOUG BANGOW. FOREIGN POLICY, 5 de mayo.

(5) “Is the pandemic China’s sputnik moment? What a virus reveals about two systems”. BRANKO MILANOVIC. FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.

(6) “What does Washington want from China? Pique is not a policy”. CHRISTOPHER HILL. FOREIGN AFFAIRS, 11 de mayo.

(7) “Under cover of pandemic, China steps up brinkmanship in South China sea. ROBERT A. MANNING y PATRICK M. CRONIN. FOREIGN POLICY, 14 de mayo.  

VENEZUELA: DE LA TRAGEDIA A LA FARSA

13 de mayo de 2020


En Venezuela, el oscuro episodio de una operación tipo Bahía Cochinos se ha resuelto en farsa. Tardaremos en saber hasta donde llegan las responsabilidades de los actores en liza, quien miente, oculta, tergiversa o simplemente disimula. La narración de la trama puede seguirse en las piezas elaboradas por periodistas del Washington Post (1).
                
Como suele ocurrir en este tipo de operaciones ilegales encubiertas/descubiertas, hay muchos cabos sueltos por atar, huellas visibles e invisibles, siniestras intenciones disfrazadas de nobles propósitos, preparativos poco acordes con el alcance del proyecto y chapuzas por encima de lo tolerable.
                
UNA OPERACIÓN CHAPUCERA
                
Después del fiasco golpista del 30 de abril de 2019, el presidente “encargado”, Juan Guaidó intentó procurarse una salida para recuperar la iniciativa. Creó, al efecto, un denominado Comité estratégico, suerte de estado mayor, para diseñar una estrategia de derribo del madurismo. Al frente colocó a Juan José Rendón, un operador político que rompió con el régimen en 2013 y se exiló en Miami, patria chica de anticastristas y antichavistas.
                
Después de una ronda de contactos con una docena de abogados, de estudiarse en detalle el operativo de Bahía Cochinos y de contactar con mercenarios bajo la pátina de expertos en seguridad, organizó, en septiembre pasado, una reunión en su casa con los líderes de la oposición, Guaidó a la cabeza. El invitado de ocasión fue Jordan Goudreau, un boina verde norteamericano retirado de origen canadiense, de dudoso historial. El exmilitar presentó un plan consistente en infiltrar un comando en Venezuela, conectar con militares venezolanos afectos, secuestrar a Madero, su familia y otros altos cargos y propiciar una revuelta.
                
En octubre se acordó el plan, pero a partir de ese momento, las cosas empezaron a torcerse y los relatos, en consecuencia, difieren. Goudreau afirma que Guaidó apoyó la contratación de sus servicios en un documentos firmado. Rendón niega esto último. Cada uno aporta documentos distintos para respaldar su versión. Por lo que cuentan los protagonistas, hubo un problema de dinero (otro clásico de estas operaciones supuestamente idealistas), aunque los dirigentes opositores comprometidos juran y perjuran que se dieron cuenta de lo loco que estaba el tal Goudreau, que se había inventado apoyos y recursos de los que no disponía y decidieron abandonar el plan. El militar, un veterano de Irak y Afganistán, asegura que había simpatizado con el pueblo de Venezuela, después de haber realizado un trabajo de seguridad para el millonario dueño de la Virgin, Richard Branson,  que había organizado un  concierto prorefugiados venezolanos en la localidad fronteriza colombiana de Rio Hacha.
                
LA CASA BLANCA, DE PERFIL
                
Goudreau asegura que contactó con un miembro del staff del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, en relación con su plan. Pero portavoces del número dos de Trump lo niegan. Lo mismo ha hecho el presidente-hotelero. Que en la Casa Blanca se desentiendan del muerto es lo esperado. Y hasta puede que digan la verdad. O que sea una verdad a medias. Esta administración no ha escondido su intención de derribar al régimen de Maduro, whatever it takes, haciendo lo que fuera. Pero cuadra más una operación desde dentro, es decir, otro golpe a la vieja usanza, más doctrina Escuela de las Américas que la cochinada anticastrista. Tampoco debe tomarse el desmentido de Trump/Pence como inequívoco. Nunca suele haber huellas o pruebas de compromisos de esa naturaleza.
                
GUAIDÓ, DEBILITADO
                
Para Guaidó, negativas y correcciones apartes, el episodio puede ser devastador. Su credibilidad ha quedado en entredicho. La frustración del presidente encargado salta a la vista. Después de un inicio prometedor, ha corrido la misma suerte que otros dirigentes opositores: carece de respaldo interno suficiente o decisivo. La población puede estar desengañada, sin duda, del bolivarismo y sus herederos maduristas. Pero no se fía de esta oposición elitista, y menos aún si se echa en brazos del viejo gorilismo trasmutado en hombres de Harrelson. Aunque se ampare en una retirada a tiempo, la sola consideración de una operación militar mercenario pone en evidencia su debilidad.
                
La creciente dependencia de Colombia que Guaidó evidencia es un baldón más. El actual gobierno de Bogotá es el más derechista desde Uribe: de hecho Duque es un ahijado del implacable expresidente. La obsesión antiterrorista de la ultraderecha de guante blanco colombiana, con su mentalidad de paramilitarismo intacta y sus innumerables cadáveres en el armario, no es la mejor compañía para el presidente “encargado”.
                
ÉXITO EFÍMERO DE MADURO  
                
Tampoco es que Maduro salga muy bien parado de esta farsa, aunque sea un ganador provisional. Desde luego, le beneficia poder reforzar su narrativa de régimen acosado por el imperialismo, y aún así vigilante y resistente. El presidente ha presumido de estar al corriente de todos los detalles de la trama, hasta los más insignificantes y ha exhibido como trofeos de guerra a dos colaboradores norteamericanos de Goudreau, sanos y salvos.
                
Más allá de este innegable tanto propagandístico, Maduro tiene que afrontar el problema real de su país, que no es necesariamente el fantasma de Bahía Cochinos. La quiebra del sistema productivo, el impacto de las sanciones de Washington y el descenso brutal del precio del petróleo ya eran factores suficientes para colocar a su gobierno al borde del colapso. Pero la crisis del coronavirus, aunque cuantitativamente menos grave que en otros países, puede convertirse en el golpe de gracia (2).
                
Las carencias materiales y humanas de hospitales y centros de salud (sólo hay 80 ventiladores para 28 millones de habitantes), la interrupción persistente del fluido eléctrico y el incremento de los precios hasta limites de locura son amenazas mucho más reales que unos cuantos mercenarios en la costa. Para el responsable de la división latinoamericana del International Crisis Group, Ivan Briscoe, el coronavirus puede ser la tormenta perfecta para el régimen madurista (3).
                
La gran baza del heredero de Chávez es la lealtad de las fuerzas armadas, garantizada por su posición dominante en empresas públicas y negocios privados. En pocas palabras, los militares venezolanos no son fáciles de comprar. Ya lo vimos hace un año con el fracasado golpe del 30 de abril. Nadie se quiere arriesgar a cambiar de caballo sin garantías sólidas. Y la oposición no puede presentarlas. El seguro que otrora podía representar Washington es hoy una rémora. Reducir a Maduro a la condición de narcotraficante al frente de una banda de delincuentes sirve de poco, cuando hay sospechas serias de tales cargos entre militares renegados del bolivarismo.
                
De Puente Llaguno a Miami, de 2002 a 2020, la derrota golpista, militar o mercenaria de la Venezuela chavista o tardochavista ha pasado de la tragedia a la farsa. Para escarnio de la oposición, fútil gloria del régimen e indiferencia de la mayoría del pueblo venezolano.

NOTAS

(1) “From a Miami condo to the Venezuelan coast, how a plan to ‘capture’ Maduro went rogue”. THE WASHINGTON POST, 7 de mayo.

(2) “Venezuela’s health care crisis now poses a global threat”. FOREIGN POLICY, 12 de marzo.

(3) “A perfect storm for Venezuela”. IVAN BRISCOE. FOREIGN AFFAIRS, 11 de mayo.
           

RUSIA: PUTIN SE AUTOCONFINA


 6 de mayo de 2020
                
La crisis sanitaria ha sacudido Rusia con menos intensidad en términos cuantitativos: unos 1.500 muertos hasta la semana pasada. Una densidad de población menor que la de otros países y la dispersión habitacional lo explican en parte.
                
Sin embargo, la debilidad del sistema sanitario ruso, una economía bajo presión por el efecto de las sanciones internacionales, el desfondamiento del precio del petróleo y un estilo de gobierno autoritario y escasamente empático son factores de inquietud.
                
LA AGENDA, ALTERADA
                
El confinamiento ha alterado -arruinado- una quincena de acontecimientos políticos de enorme potencial propagandístico. El 22 de abril se iba a celebrar una consulta nacional sobre los cambios constitucionales que eliminaban la limitación de mandatos presidenciales y, por tanto, la perpetuación de Putin en el Kremlin. El 9 de mayo se iba a conmemorar en la Plaza Roja, con un desfile a la vieja usanza, el 75º aniversario de la victoria contra la Alemania nazi.
                
El coronavirus lo ha barrido todo y el Zar y su círculo de fieles se han replegado detrás de los muros de la fortaleza moscovita (1). Segundones  tecnócratas aparecen al frente de la gestión de la enfermedad. La figura emergente de la política rusa, el alcalde de la capital, Sergei Sobyanin, fue encargado por el patrón de pilotar la respuesta del Estado a la pandemia. Le precede una imagen de gestor eficiente y riguroso, un técnico sin aparentes aspiraciones políticas (¿quién las tiene en la Rusia de hoy?). Un poco desplazado ha quedado el primer ministro, Mijáil Mishutin, que resultó afectado por la enfermedad. Su papel en el gobierno se reduce al de un contable con poderes, ya antes de la crisis sanitaria.
                
Este repliegue del líder ruso ha coincidido con un descenso de su popularidad de unos seis a siete puntos (del 70 al 63 por ciento), según una encuesta del Centro Levada. Analistas liberales en Moscú creen ver cierto desgaste del gran líder, pero admiten también la ausencia de alternativa política. La población rusa campea en su habitual escepticismo (2)
                
En su introspección, Putin prepara la reaparición. Se le supone calculando riesgos y afinando estrategias, internas y externas, inmediatas y a largo plazo. Las urgencias están claras: frenar la enfermedad e intentar que la salida del encierro, prevista para el 12 de mayo, no comporte sobresaltos. La tarea siguiente será aplicar el acuerdo con Arabia Saudí y EE.UU para lograr un repunte del precio del petróleo. El peligroso juego a la baja que el Kremlin practicó con la monarquía árabe para desgastar el rival, pero sobre todo para frenar la nueva fiebre oro negro norteamericano, se les fue de las manos. Rusia necesita que el precio del crudo no baje de 42,5 dólares el barril para sostener el presupuesto. No hay mucho margen de riesgo. Los expertos calculan que la crisis sanitaria provocará una caída del 6% en el PIB.
                
Estas cifras de catástrofe son similares a las de otros países, aunque el golpe puede resultar más severo por la debilidad estructural de la economía nacional. En compensación, Rusia tiene un cierto margen financiero de seguridad. Dispone de un fondo soberano equivalente al 10% de su PIB, lo que le permitiría aguantar al menos un par de año antes de acudir a préstamos internacionales, según el economista Serguei Guriev, radicado en la facultad de Ciencias políticas de la Sorbona parisina (3).
                
LA RECOMPOSICIÓN EXTERIOR
                
Estas incertidumbres económicas obligarán al dueño del Kremlin a replantearse ciertas operaciones exteriores (4). Ya se han operado cambios discretos en Siria y Libia, los dos conflictos más agudos (junto a Yemen) de la agitación árabe iniciada hace una década.
                
En Siria, el acuerdo con el autócrata Erdogan ha sido celebrado por los propagandistas rusos como una jugada maestra del Putin, porque ha permitido consolidar el debilitamiento de la OTAN en el flanco oriental y apuntalar al agente ruso en la región, el régimen de Assad. La guerra se ha congelado en la provincia noroccidental de Idlib, donde conviven grupos rebeldes de distinta significación, procedencia y patronazgo. En la franja kurda fronteriza con Turquía se mantiene un equilibrio tenso, con una reducida presencia norteamericana en el sector más oriental. Suena a pudrimiento, a crisis perpetua, a solución pendiente durante años. Moscú quiere ahora un parón, hasta ver qué ocurre en las elecciones norteamericanas de noviembre.
                
En Libia, los rusos también se guardan las cartas. El apoyo activo y contundente que habían prestado al general Haftar en sus sucesivas intentonas de asalto a Trípoli se ha frenado. El militar con ínfulas de dictador se ha visto sacudido precisamente por el relevante apoyo militar que los turcos han brindado al débil gobierno mal llamado de unidad, a cambio de sustanciosas ventajas en el futuro del país. La guerra parece de nuevo estancada, sin previsión de movimiento significativos en las próximas semanas... o meses.
                
Putin y Erdogan, aparentes rivales en Libia como en Siria juegan a ser maestros del tablero, a condicionar movimientos y definir estrategias. A ejercer un doble condominio.
                
Con ese frente mediterráneo estancado y un esfuerzo militar aparentemente aplacado, Putin mira al Este para consolidar una alianza que le permita respirar económicamente y  mantener bazas de presión internacional. El acercamiento a China, cauteloso y plagado de contradicciones, puede abrirse a nuevas áreas de oportunidad debido al empeoramiento de las relaciones entre Washington y Pekín, a causa del coronavirus. El Secretario Pompeo sigue empeñado en culpabilizar a China y Trump amenaza con la reapertura de la guerra comercial, en esta ocasión como castigo.
                
Putin, como es lógico, ha seguido un camino distinto. Aunque en canales más discretos de comunicación entre las burocracias de ambos países se habrían producido reproches rusos por la gestión inicial de la pandemia en Pekín, el aparato de propaganda ruso ha aireado otro relato. En abril, Putin habló por teléfono con Xi Jinping para felicitarle por haber ganado la “guerra contra el virus”.
                
Los grandes conglomerados económicos rusos cuentan con una pronta recuperación de la economía china para sus exportaciones de materias primas. El comercio bilateral en general aparece como un factor de sostenibilidad en esta etapa procelosa. En los primeros meses de este año calamitoso, mientras el comercio exterior chino cayó un 8,4%, el bilateral con Rusia aumentó un 3.4%. En los planes rusos de mejorar su infraestructural digital, los productos chinos aparecen como los principales proveedores, con el 5G de Huawei al frente. Los sistemas de vigilancia callejera y ciudadana aplicados por las autoridades china durante la crisis del coronavirus hacen las delicias del Kremlin  (5).  Putin se prepara para el mundo post-Covid 19.

NOTAS

(1) “Russia’s leaders are self-isolating from their people”. TATIANA STANOVAYA. CARNEGIE MOSCOW, 7 de abril.

(2) “Are Russians finally sick of Putin?”. ANDREI KOLESNIKOV. CARNEGIE MOSCOW, 7 de abril.

(3) “Au Kremlin, le coronavirus a tour gâché’”. SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE, 22 de abril.

(4) “The imperatives and limitations of Putin’s rational choices. PAVEL K. BAEV. BROOKINGS INSTITUTION, 28 de abril.

(5) “The Pandemic could tighten China’s grip on Eurasia”. ALEXANDER GABUEV. FOREIGN POLICY, 23 de abril.


ISRAEL: LAS MÚLTIPLES VIDAS DE NETANYAHU

29 de abril de 2020

                
Después de un año de semivacío político, tres elecciones generales, vuelcos en las alianzas, amenazas mayores sobre el proceso de paz y una crisis sanitaria sin precedentes, Israel tiene por fin gobierno. Y, adivinen quién estará al frente... Benjamín Netanyahu... el dirigente más longevo en el cargo en la corta pero intensa historia del país.
                
El líder populista de la derecha israelí es un maestro de la supervivencia política, un experimentado maniobrero que ha sabido sortear todo tipo de jugadas, internas y externas, que han pretendido debilitar su creciente poder y su condición de líder indiscutible y casi indispensable de una sociedad israelí cuyas dos terceras parte se declara conservadora (1).
                
El último éxito de Netanyahu ha sido triple:
                
- asegurarse su continuidad al frente del gobierno durante los próximos 18 meses.         
- mejorar su posición ante el proceso judicial (el juicio está fijado para el 24 de mayo) por tres encausamientos relacionados con corrupción (soborno, fraude y abuso de confianza).
                
- romper el bloque opositor que, en tres elecciones consecutivas le había discutido la hegemonía política.
                
El coronavirus, lejos de haber erosionado a Bibi lo ha reforzado, al profundizar el instinto de seguridad y repliegue en el tejido social (2).
                
EL DILEMA DE BENNY GANTZ
                
La coalición Kajol Lavan (Azul y Blanco) rompió filas después de haber obtenido en marzo un resultado peor de lo esperado y quedar por detrás del Likud (tres diputados menos). Tres formaciones componían esa coalición, dos de ellas lideradas por antiguos jefes del ejército y la tercera por una formación centrista denominada Hay futuro, muy crítica con Netanyahu. El cabeza de cartel electoral era Benny Gantz, un general tranquilo, moderado y con cierto carisma (como muchos de su categoría). A punto estuvo de desbancar a Netanyahu  en septiembre del año pasado, pero le faltaron apoyos parlamentarios, en una Knesset ya más fracturada que nunca (3).
                
Después de marzo, Gantz podía reunir una coalición para derribar a Netanyahu, pero necesitaba, entre otros, el apoyo de los árabes israelíes, quienes se presentaron unidos en la denominada Lista Conjunta y habían obtenido el mejor resultado de su historia (4). Una muestra de otras de las factores socio-políticos israelíes: la demografía. Para hacerse una idea de la debilidad de Gantz, baste decir que el número de diputados de su partido propio es el mismo que el de la lista árabe: 15.
                
El exgeneral había jurado y perjurado que no colaboraría con Netanyahu, por dignidad política. Prometió promover todas las iniciativas necesarias para impedir que los encausados por corrupción pudieran dirigir los destinos del país. Las elecciones no le dieron esa capacidad. Maniobras parlamentarias inéditas bloquearon decisiones que afectaban a la suerte del primer ministro en funciones. Netanyahu escapó de la tenaza. Y Gantz cambió de estrategia.
                
Ante la perspectiva de unas cuartas elecciones, que seguramente no hubieran sido más favorables que las de marzo, el líder de Kajol Lavan aceptó discutir un compromiso para establecer una suerte de gobierno de unidad a la israelí; es decir, rotatorio. Esta fórmula ya se utilizó en los ochenta (1984-1988), entre el Likud de Isaac Shamir, y el Partido Laborista de Shimon Peres. Durante año y medio, Netanyahu ostentará la jefatura del gobierno primero y Gantz será viceprimer ministro y se ocupará de los asuntos exteriores Al final de este periodo, se intercambiarían los papeles.
                
Por tanto, Netanyahu asegura el gobierno de inmediato, gana tiempo y puede reforzar su posición frente a la justicia. Que luego, 18 meses más adelante, honre el acuerdo y le entregue el gobierno a Gantz es algo que muchos observadores políticos ponen en duda. Contrariamente a lo ocurrido en los ochenta,  Gantz no dispone de la fuerza parlamentaria y política de que entonces gozaban los laboristas (5).
                
A los compañeros de travesía de Gantz no les ha convencido el gambito de su líder ocasional. El general Moshé Yalon, exjefe del Mossad, entre otros cargos, y dirigente más conservador de los blanquiazules, se sintió frustrado. Había roto años antes con Netanyahu y no se fía un pelo de él. Aún más irritado se mostró el centrista y periodista Yaïd Lapid. La ruptura era inevitable. De los 33 diputados de Azul y Blanco, 18 estarán a la oposición.
                
Gantz tiró entonces de los laboristas, pero tras su decepcionante deriva de los últimos años poco o muy poco le aportarán. El partido que fundó Israel y que ha tenido la responsabilidad de dirigir al joven país en varias guerras, el que inspiró su modelo de sociedad democrática, solidaria y parcialmente colectivista, es hoy una formación marginal, corroída por las divisiones internas, desnaturalizada y carente de influencia social. Sólo tiene 3 diputados en la Knesset. Dos, entre ellos su líder, Amir Peretz, se suman a esta forma local gran coalición pero el tercero se ha opuesto ruidosamente. Una convención del partido ratificó la decisión por el 62% de los votos, el pasado fin de semana. Habrá más desgarros en un socialismo israelí cada vez más irrelevante.
                
Netanyahu gana. Gantz obtiene cierto reconocimiento nacional e internacional por renunciar supuestamente a sus ambiciones personales en beneficio de los intereses generales de país y parece confiado en embridar primero al líder del Likud y luego promover un cambio de rumbo cuando controle el timón (6)
                
¿ANEXIÓN DE CISJORDANIA?
                
Aparte del tensionado equilibrio entre el poder político y el judicial, la actuación del nuevo ejecutivo sobre el proceso de paz será un asunto capital, que amenazará continuamente con hacer saltar tan delicada fórmula de gobierno (7).
                
Para ganar votos de la derecha más recalcitrante, Netanyahu prometió la anexión de más sectores del territorio de Cisjordania y abrazó con entusiasmo el Plan Kushner, que sepulta definitivamente la solución de los dos Estados (Israel y Palestina). Esa última propuesta norteamericana ni es de paz ni plantea una negociación en serio. De ahí que no haya recibido el respaldo de otros actores importantes de la Comunidad Internacional. Europa está en desacuerdo y la mayoría de los estados árabes también, aunque han mantenido una posición evasiva, a la vista de las peculiares relaciones que mantienen con la administración Trump.
                
Gantz es ambiguo. No es  precisamente un paloma (un blando) en asuntos de seguridad y no ve con malos ojos la anexión limitada de territorio. Pero quiero hacerlo en consenso con las potencias internacionales, y no sólo con Estados Unidos. Lo más probable es que el asunto se aplace, aunque conforme vaya corriendo el tiempo Netanyahu se verá más y más presionado a cumplir con su promesa. A no ser que ya haya diseñado su abandono de la carrera política, algo que apuntan ciertos comentaristas. No es seguro que su sucesor se muestre más conciliador con los palestinos.

NOTAS

(1) “Strike three: how a ruling coalition still eludes Israel’s Netanyahu”. AARON DAVID MILLER. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNACIONAL PEACE, 5 de marzo.

(2) “Israeli Polls show Corona helps recrown ‘King Bibi’ for now”, DAVID POLLOCK. FIKRA FORUM, THE WASHINGTON INSTITUTE, 28 de abril.

(3) “Benny Gantz, l’homme qui no voulaît pas être premier ministre d’Isräel”. HA’ARETZ, 27 de marzo.

(4) “Israel’s Joint List has a new strategy”. ASAD GHANEM. FOREIGN AFFAIRS, 23 de enero.

(5) “In Israel, Benny Gantz decides to join with rival Netanyahu”. NATHAN SACHS y KEVIN HUGGARD. BROOKINGS INSTITUTION, 27 de marzo.

(6) “Benny Gantz did the right thing by putting his country first”. DENNIS ROS y DAVID MAKOVSKY. FOREIGN POLICY, 7 de abril.

(7) “Netanyahu power is extended as rival accepts Israel unity government”. THE NEW YORK TIMES, 20 de abril.



GUERRAS AL CUADRADO


22 de abril de 2020
                
En países como Yemen, Libia o Afganistán no hacía falta el COVID-19 para que la tragedia asfixiara la vida. La guerra ha seguido asolando esos lugares, sin apenas respiro (en Afganistán, a salvo de un alto el fuego, hay una tregua frágil y no siempre contrastable. Naturalmente, el coronavirus no se ha privado de extenderse por allí también y dejará un reguero de dolor y muerte. Duplicará el sufrimiento de las naciones y reforzará el autoritarismo de gobiernos, pseudogobiernos y caciques. El resultado: guerras al cuadrado.
                
YEMEN: EL FRACASO DEL PRÍNCIPE
                
Desde el pasado 8 de abril, Arabia Saudí observa un alto el fuego unilateral. Un paso más en la admisión del fracaso de la estrategia de la Casa Real. La coalición que lideran los saudíes se ha ido desintegrando en los últimos meses. Primero se descolgaron Egipto, Jordania y Marruecos, Qatar fue expulsada y los Emiratos Árabes optaron por una estrategia diferente: apoyar a un grupo separatista sureño. Lo que debilitó aún más al exiliado Presidente Hadi, reducido ya a la irrelevancia. Cinco años de destrucción y catástrofe humanitaria (1).
                
La deriva en Yemen es un golpe duro para el ambicioso príncipe heredero, que dirige el Reino encaramado en el trono de su padre, enfermo y con sus facultades casi exangües, según diversas fuentes. Mohamed Bin Salman, en su calidad de Ministro de Defensa y todopoderoso dirigente ha continuado con sus inclementes purgas de familia. Solo cuenta, y con la boca pequeña, con el apoyo de Trump (o de su yerno Kushner). El hundimiento de los precios del petróleo por la brutal retracción de la demanda y el pulso con Rusia lo ha debilitado aún más. En Yemen sólo busca una salida, en modo alguno ya una victoria  (2).
                
Los hutis tratan de sacar partido a su tenacidad y han puesto condiciones exigentes para avenirse a un acuerdo que ponga fin a las hostilidades (3). Este grupo  rebelde, controlado por una rama local del chiísmo, pretende consolidar sus ganancias militares y se ha hecho fuerte en la capital, Sanaa, y en varias regiones del norte del país, lo que le permite amenazar a las fuerzas oficialistas pertrechadas en las zonas fronterizas con Arabia Saudí, en el nordeste.
                
LIBIA: UN CONDOMINIO RUSO-TURCO
                
Los dos bandos enfrentados en Libia mantienen un pulso sobre la suerte de la capital. El gobierno reconocido por la ONU (con pocos efectos prácticos) está sostenido en la práctica sólo por Turquía, que ha suscrito un acuerdo de cooperación militar a cambio de acceso a recursos energéticos de Libia.
                
Desde el sur y desde el este, el general Haftar, apoyado por Rusia, los Emiratos Árabes y Egipto intenta desde hace un año romper la defensas y conquistar la ciudad. Pareció a punto de conseguirlo hace tres meses. Los mercenarios Wagner, pagados por Moscú, pusieron en aprietos a los defensores de Trípoli, pero un forzado consenso internacional lo impidió. Rusia y Turquía, patrones de cada bando, acordaron congelar los frentes. Moscú espera obtener beneficios materiales y estratégicos en Libia (4), pero no al precio de arruinar su cooperación con Ankara, con la que ha hecho tratos bastante ventajosos en Siria, tras el tenso enfriamiento de los turcos con sus aliados norteamericanos y europeos (5).
                
En todo caso, la tregua acordada en Berlín resultó efímera. La capacidad disuasiva de las potencias occidentales había dejado de existir. Los combates se reanudaron, pero la situación militar ha cambiado en las últimas semanas. Erdogan encomendó a miles de milicianos veteranos de la guerra de Siria la defensa de Trípoli (6), tarea en la que están comprometidos también los milicianos libios de la ciudad occidental de Misrata.
                
Las fuerzas pro-turcas han conseguido el control de dos plazas y una base militar ubicadas entre Misrata y Trípoli, lo que ha proporcionado una línea vital al gobierno del islamista moderado Fayed Sarraj. Otro factor determinante ha sido la defensa antiaérea turca instalada en Trípoli, que ha neutralizado a los aviones del ambicioso general libio (7).
                
Hay que ver lo que hacen ahora los Emiratos y Rusia. No tienen por qué actuar de la misma forma. Contrariamente a la monarquía árabe, el Kremlin quiere preservar sus relaciones fructíferas con Erdogan. Es una cautela recíproca: los drones turcos no atacan las posiciones de los mercenarios pagados por Moscú. Por otro lado, el coronavirus apenas ha comenzado a golpear en Libia. Los contagios y fallecimientos son escasos, de momento, pero se ignora la fiabilidad de las cifras.
                
AFGANISTÁN: RETIRADA, NO PAZ
                
Técnicamente, el país vive una situación de no paz, no guerra. Una tregua, que no un alto el fuego. Washington pactó con los talibán un acuerdo de retirada de las tropas, a cambio de imprecisas garantías sobre la prohibición de albergar a organizaciones terroristas en suelo afgano. El acuerdo no incluyó al gobierno afgano más que de forma subsidiaria (8). Las prisas de Trump por sacar a las tropas del país antes del inicio de la campaña electoral son la causa de esta situación que ha sido duramente criticada por dos de los jefes militares norteamericanos que sirvieron en Afganistán.
                
El general John Allen considera que el acuerdo es un “camino a ninguna parte” que no traerá la paz, contempla demasiadas concesiones a los taliban, no establece mecanismos de verificación claros, no garantiza la protección de los derechos de las capas sociales más amenazadas por un eventual regreso de los estudiantes coránicos al poder y deja en una posición sumamente débil al gobierno afgano, roto y dividido (9)
                
El general Petraeus es aún más duro, si cabe. Afirma que el acuerdo adolece de una “asimetría peligrosa” que otorga a los taliban una ventaja incomprensible en la gestión del proceso. El proceso de retirada militar no está acompañado de las necesarias garantías de cumplimiento de las obligaciones contraídas por la guerrilla islámica. De esta forma, los taliban se erigen en cooperadores indeseados de la estrategia antiterrorista de Washington. Un dislate basado en la presunción de que Estados Unidos y los taliban tienen el mismo concepto de lo que es una organización terrorista (10).
                
Para mayor escarnio, la clase política está dividido y rota. Tanto es así que hay dos gobiernos, el oficial, presidido por Ashraf Gahni, y el contestario, liderado por Abdullah Abdullah, que oficiaba hasta las elecciones como primer ministro, un apaño negociado por John Kerry, secretario de Estado con Obama para solventar una disputa sobre los resultados electorales. La polémica se repitió con motivo de las elecciones del año pasado.
                
La división no es sólo una cuestión de ambición personal. Ghani representa a la etnia mayoritaria, los pastunes, mientras que Abdullah, un tayiko, abandera la causa de las otras minorías, tradicionalmente marginadas del poder central. Ni el embajador Jalilzad, autor intelectual del acuerdo de “paz”, ni el propio Secretario Pompeo han logrado que los dos bandos resuelvan sus disputas. Como resultado de esta intransigencia, Trump decidió congelar la ayuda a Afganistán, sin la cual el país será empujado aún más hacia el precipicio.
                
En la fase inicial del acuerdo se contemplaba el intercambio de prisioneros, como paso previo a la negociación de un nuevo marco político entre el gobierno y los taliban. La cosa se enredó durante las primeras semanas, se produjeron acciones militares aisladas como forma de presión y retorsión. Finalmente, Ghani fue liberando milicianos prisioneros poco a poco.
                
El coronavirus ha venido a complicar las cosas. A fecha 20 de abril se habían registrado más de mil casos de coronavirus y 36 muertos. Estas cifras seguramente son más abultadas, pero no hay manera de comprobarlo, sobre todo fuera de Kabul (11).
                
Aunque se espera que, al menos, sirva para consolidar una tregua, formalmente no hay un alto el fuego y cualquier incidente puede provocar una escalada. Washington cree tener garantizada una retirada sin sobresaltos; es decir, un elemento de propaganda para presentar la salida de Afganistán como un final neutro, cuando, en realidad, se trata de una derrota evidente.

NOTAS

(1) “Five years of Yemen conflict gives muddled picture for Saudi coalition”. AHMED NAGI. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNACIONAL PEACE, 31 de marzo; “Quitter ou non le Yémen? Una casse-tête por Riyad. STEPHEN A. SECHE. ARAB GULF STATES INSTITUTE, reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 25 de marzo.

(2) “Saudi Arabia lokks for an exit to the war in Yemen”. THE ECONOMIST, 18 de abril; “Saudi Arabia wants out of Yemen”. BRUCE RIEDEL. BROOKINGS INSTITUCIÓN, 13 de abril.

(3) “Houthies release their wish list to end the Yemen War”. ELANA DE LOZIER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST”, 9 de abril.

(4) “Russia’s growing interests in Libya”. ANNA BORSHCHEVSKAYA. THE WASHINGTON INSTITUTE, 24 de enero.

(5)“En Libye, le grand marchandage entre Moscu et Ankara”. MARIE JEGO, BENOÎT VITKINE Y FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 24 de enero; The Libyan civil war is about to get worse. JALEL HARCHAOUI. FOREIGN POLICY, 18 de marzo;

(6) “Among the syrian militiamen of Turkey’s intervention in Libya”. FREDERIC WEHREY. THE NEW YORK REVIEW OF BOOOKS, 23 de enero.

(7) “Guerre en Libye. Le maréchal Haftar affaibli par l’implication croissante des Turcs”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 18 de abril.

(8) “Peace hasn’t broken out in Afghanistan”. JAMES DOBBINS. FOREIGN AFFAIRS, 16 de marzo.

(9) “The US-Taliban peace: a road to nowhere”. JOHN R.ALLEN. BROOKINGS INSTITUTION, 5 de marzo.

(10) “Can America trust the Taliban to prevent another 9/11”. DAVID PETRAEUS y VANCE SERCHUK. FOREIGN AFFAIRS, 1 de abril

(11) “In Afghanistan, the Coronavirus could be deadlier than War”. EZATULLAH MEHRDAD, LINDSEY KENNEDY, NATHAN PAUL SOUTHERN. FOREING POLICY, 17 de abril.

ÁFRICA: LA CATÁSTROFE MÁS SILENCIOSA

15 de abril de 2020

                
Mientras el coronavirus parece remitir en Asia, aplaca su furia en Europa y está aún por saciar su voracidad en América, la próxima etapa de su expansión se sitúa en África, el continente más vulnerable. El colofón de la tragedia global se producirá, si algún factor inesperado no lo remedia o mitiga, donde más daño humano puede hacer.
                
De momento, el COVID-19 recién ha comenzado a destruir vidas y amenaza con un desastre de proporciones inusitadas en el continente africano. A la hora de escribir este comentario, el número de victimas mortales superaba las ochocientas y el número de casos registrados los 15.000, dos terceras partes de ellos en las últimas dos semanas. La catástrofe se aproxima a un ritmo acelerado. Como en todas partes. Pero más silenciosamente.
                
Y si en todas partes el virus ha matado, desbordado los sistemas sanitarios, desconcertado a los gobernantes y asustado y encerrado a la población, en África todos esos daños se pueden multiplicar de manera insoportable. Nada que no nos temiéramos, pero no por ello menos doloroso. Recuérdese que una plaga tan mortífera como la del Ébola mató a más de 11.000 personas en dos años (de 2014 a 2016).
                
Las medidas de protección que las autoridades sanitarias nos recuerdan una y otra vez son sencillamente inaplicables en una buena parte del continente africano; incluso, como se puntualizado oportunamente, la más básica como lavarse las manos. Un lujo para un tercio de los habitantes de aldeas o barriadas miserables de África!!
                
EL PEOR ESCENARIO
                
La movilización de la OMS y de otros organismos internacionales sólo podrían paliar el desastre que se avecina. Se ha calculado que las naciones africanas necesitarían una cantidad sólo inicial de 100.000 millones de dólares para afrontar la destrucción más básica del sistema económica y productivo. Pero esos fondos se duplicarán en un plazo menos inmediato (1).
                
El dinero llegará a cuentagotas y para cuando la tragedia se despliegue en África con toda su crudeza en otros continentes más desarrollados estaremos en el inicio de una incierta recuperación, o mejor dicho, aplanando la curva de la recesión. No habrá mucho margen para la generosidad. Ni siquiera podemos dar por hecho que se anula la deuda. Macron y Guterres (secretario general de la ONU) han propuesto la condonación, sin medias tintas. De momento, el G-20 parece estar de acuerdo, más bien, en un aplazamiento del pago de 20 mil de los 32 mil millones a que asciende la deuda. En estos momentos, el pago de los servicios de la deuda africana se come el 20% de los recursos de los estados de riqueza intermedia.
                
Servicios básicos como la propia sanidad, más necesaria e insuficiente que nunca, la educación o las infraestructuras imprescindibles se estancarán o retrocederán en prestaciones. Millones de personas pasarán de la miseria a la desesperación. O a la extinción. Un retroceso de tres décadas, en términos de nivel de vida, según Oxfam (2)
                
Algunos informadores comprometidos que tienen el enorme coraje de ocuparse de África y luchan contra el virus infatigable e inextinguible del olvido ya nos ilustran con los perfiles del capítulo más trágico de esta pandemia. A la pobreza y el subdesarrollo hay que sumar la escasa por no decir nula calidad democrática vigente. Ya se está empezando a ver la brutalidad con que unas autoridades sin cultura alguna del respeto a los derechos humanos ejecutaran un ilusorio confinamientos: toques de queda, violencia policial y militar, malos tratos generalizados, atropellos, etc.
                
Las migraciones inter africanas son un elemento constante de la economía regional. Valga el ejemplo de Mozambique y Suráfrica que cita Amanda Sperber en un trabajo reciente. Miles de trabajadores del primer país (uno de los diez más pobres del mundo) trabaja en las minas surafricanas. Las restricciones a la movilidad y el parón productivo secarán ese modo de vida, acarreando miseria y desesperación (3).
                
Los refugiados constituyen otro colectivo de enorme vulnerabilidad. Uganda, el país que alberga al mayor número de ellos, más de millón y medio dentro de sus fronteras, ha visto como las raciones del Programa Alimentario Mundial se han reducido en un 30% desde comienzos de este mes, justo cuando se empezó a acelerar el impacto de la pandemia.
                
UN SISTEMA DE SALUD BAJO MÍNIMOS
                
El sistema de salud africano es uno de los más endebles y precarios del mundo, como es bien sabido. Aun teniendo en cuenta la desigualdad de recursos entre unos países y otros,  los más afortunados se encuentran muy lejos de Europa, Estados Unidos e incluso Asia meridional o América del Sur. África sólo absorbe el 1% de la inversión sanitaria mundial y apenas cuenta con dos médicos por cada 10.000 habitantes (4)
                
En lo que se refiere al coronavirus, los datos de la OMS son pavorosos. En el África subsahariana, el número de camas de UCI es de 5 por millón de habitantes (4.000 por millón en Europa). Sólo Senegal y Suráfrica estaban en condiciones de hacer test del coronavirus al inicio de la crisis, hace apenas un mes. Ya se han dotado medios de diagnósticos la mayoría de los países, pero en cantidad mucho más precaria que el mundo desarrollado. Hay países pobrísimos, como la República Centroafricana, que sólo cuenta con 3 respiradores artificiales. Costa de Marfil, ochenta, pero con una población cinco veces mayor. En Malí, país sacudido por una guerra interna e internacional contra el yihadismo y sublevaciones regionales y tribales diversas, ya tiene la infraestructura sanitaria bajo mínimos. El director de la ONG Alima, con experiencia en el continente, asegura que para afrontar el coronavirus África tendría que multiplicar sus camas UCI por cuarenta, ocho veces más que Francia (5).
                
Cuando los sistemas sanitarios apenas se han restablecido del esfuerzo del Ébola, tendrán que afrontar ahora este nuevo desafío, mucho más impetuoso. Y sin Obama en la Casa Blanca. El primer presidente afroamericano de la Historia lideró un esfuerzo internacional. (6) Trump, en cambio, responde a la crisis sanitaria más grave de los tiempos actuales retirando la contribución financiera a la ONU, ofreciendo un nueva muestra de incompetencia política y de incontinencia verbal... y mintiendo: 18.000 embustes, más de
                
China, que ha hecho de África su reserva de minerales estratégicos (oro, uranio, cobalto, platino, tántalo, etc) y un importante campo de inversiones con la vista en el futuro. Pekín ha comenzado a servir material sanitario a algunos países con los que cultiva interesadas relaciones económicas. Todo indica que la crisis reforzará la penetración china en África, para sobresalto de muchos estrategas occidentales (7).
                
Finalmente, como seguramente ocurrirá en el resto del planeta, los efectos de esta pandemia se dejarán notar también en los sistemas políticos. Los procesos de democratización emprendidos de las últimas dos décadas se han estancado o retrocedido, o se han visto alterados por la lucha contra franquicias locales del yihadismo internacional, en algunos casos como pura excusa para fortalecer regímenes autoritarios o militarizar el control de la oposición política y la revuelta social.

NOTAS

(1) “África needs debt relief to fight COVID-19”. VARIOS AUTORES. BROOKINGS INSTITUTION, 9 de abril.

(2) “Africa meets pandemia with violence, confusion”. AMANDA SPERBER. FOREIGN POLICY, 3 de abril.



(5) “L’Afrique au défi de son système de santé”. LE MONDE, 3 de abril.

(6) “How to lead in a time of pandemic”. NICHOLAS BURNS. FOREIGN AFFAIRS, 25 de marzo.

(7) “China teje una telaraña sobre el África negra”. LA VANGUARDIA, 15 de abril; África, el continente del futuro. VANGUARDIA DOSSIER, Octubre-diciembre 2019