LA RESPUESTA A TRUMP DEBERÍA SER GLOBAL, PERO NO LO SERÁ

28 de enero de 2025

El comportamiento de Trump en sus primeros días como Presidente responde a lo temido por los más pesimistas. Al menos en lo que se refiere al fuego de artificio: las amenazas, rociadas de bravatas del sheriff que se arroga competencias más allá de lo que le corresponde.

Trump no es un fenómeno completamente nuevo. Hemos visto a otros presidentes norteamericanos haciendo exhibiciones unilaterales de fuerza en las últimas décadas. Pero lo distintivo en su caso es que no discrimina entre aliados y adversarios. O si se quiere, de momento, la ha emprendido sobre todo con quienes supuestamente tienen acuerdos de cooperación política, económica o militar.

En este comportamiento opuesto a los parámetros conocidos se basan los analistas para proponer dos líneas de actuación: no dar por garantizada la “protección” de las últimas siete décadas e incrementar las inversiones en aquella parte de la división del trabajo que parecía corresponder al socio norteamericano: la defensa.

Lo primero, ya fue apuntado por Merkel durante el primer mandato de Trump y luego reafirmado por Macron en su muy particular estilo provocador. Nada se ha avanzado en los sustancial. No es una cuestión de ideología o de fractura derecha/izquierda, con las correcciones que el centrismo pueda incorporar. Es una cuestión de intereses (1).

Ciertamente, estos días se observa y se siente un regocijo expreso de las fuerzas de ultraderecha ante el impetuoso comienzo del inquilino de la Casa Blanca. Meloni es la única jefa de gobierno europeo occidental que asistió a la bizarra toma de posesión de Trump. Nada más regresar a Roma dio orden de poner de nuevo en marcha su bochornoso proyecto de expulsión de emigrantes irregulares hacia la cooperativa Albania, desdeñando/desafiando las decisiones judiciales. O sea, una réplica de la conducta de Trump. Y algo más: dejó escapar a un antiguo jefe de la policía judicial libia acusado por el Tribunal Penal Internacional de haber torturado a los emigrantes.  Un premio a las complicidades con el gobierno de Roma (2).

En parecidos términos se ha manifestado el húngaro Orban, que ha insinuado su disposición a bloquear nuevos paquetes de ayuda a Ucrania. De esta forma, se convierte en espejo del nuevo Secretario de Estado, Marco Rubio, que ha dado una orden a sus diplomáticos y técnicos en ese mismo sentido. Se supone que con esta medida se marca una pausa para favorecer la apertura de negociaciones, por primera vez en tres años. Pero no se moverá nada hasta que Trump y Putin escenifican la reunión más esperada de los últimos mil días: una cumbre que evocaría Múnich u otras citas de la ignominia en el imaginario liberal occidental.

Hasta aquí, lo esperado. ¿Pero qué pasa con el silencio de los aliados tras las bravatas sobre Groenlandia o la exhibición de palo ante Colombia? La línea oficial consiste en no entrar en provocaciones, mientras se pueda. Pero la primera ministra danesa y el presidente colombiano no han tenido más remedio que responder. La primera, poniéndose digna, lo que le ha valido la mofa del hombretón de Washington (3). El segundo, tirando de orgullo antiimperialista, para luego dar marcha atrás y plegarse ante las amenazas, al percibir su soledad (4).

No entrar a los agarrones está bien, pero cuando uno siente las barbas pelar, no parece aconsejable sólo mirar para otro lado. En América Latina, México dejó oír su protesta por el cambio de nombre de México, pero ha preferido no ir más allá hasta comprobar si realmente del otro lado de Río Grande soplan vientos ácidos.

En Europa, se trata de hacer un vacío de silencio, sin tomar decisiones políticas preventivas como sería, por ejemplo, una Cumbre extraordinaria de la UE. Algunos verían en esta iniciativa justo lo que se quiere evitar, es decir, caer en la trampa de la provocación. Se prefiere que los discretos cauces diplomáticos sirvan para atemperar el ambiente. Quizás. Pero un pronunciamiento solemne de Europa podría valer también para enviar un claro mensaje al otro lado del Atlántico del tipo de “esas no son maneras”. No ocurrirá. Entre otras cosas, porque es muy improbable que se consiga un acuerdo sólido. Por citar el caso más importante. ¿Alguien espera que Alemania se pronuncia a tres semanas de las elecciones? El muy prudente Scholz huye de un desaire como el encajado por su correligionaria Frederiksen. Y el democristiano Merz no se quiere arriesgar su ventaja en los sondeos a que Trump diga lo bien que trabajaría con los ultras de AfD.

Otra elemento disuasivo es la posición de Londres. Por mucho que a los laboristas les repugne el nuevo estilo en Washington, es seguro que el muy convencional primer ministro Starmer no pondrá en peligro la “relación especial” por un entendimiento de escaso rédito con Europa. En premio, Trump ya le ha regalado algunos de sus elogios envenenados. Después de todo, tras medio año en el gobierno, el laborismo no tiene aún una política europea (5).

En la zona más hirviente el planeta, Oriente Medio, también Trump ha echado leña al fuego. Su posición extremista a favor de Israel no puede sorprender a nadie, pero sus aireadas amistades con las repúblicas dictatoriales y las monarquías feudales árabes hicieron concebir a algunos incautos que se esforzaría en ser más prudente. Para acabar con esta ilusión, se le ha ocurrido impulsar nada menos que una “limpieza étnica” en Gaza; es decir, expulsar a los dos millones y pico de palestinos e instar a egipcios y jordanos buscarles acomodo. La cosa suena a esperpento, aunque realidad no es más que una cruel simpleza más. Grupo de derechos humanos y activistas palestinos han respondido con críticas acervas, calificando la propuesta de “impracticable, ilegal y peligrosa”.  Desde El Cairo y Ammán se ha rechazado la ocurrencia, pero sin alharacas, para no irritar al gran amigo (6).

Así las cosas, ya se puede dibujar un patrón de conducta aliado. Silencio hasta que el pisotón duela, y cuando eso ocurra ya se verá: o marcha atrás, o paños calientes, o, si no hay más remedio, lo que de momento se evita: cierta clase de respuesta unitaria. El problema es que Trump puede sacar partido de lo que él mismo llamó “estrategia del hombre loco”, dispuesto a hacer lo que fuera, cuando se refirió a sus argucias negociadoras con el norcoreano Kim, en 2018. Una profesora de la Universidad de Pensilvania ha dibujado los riesgos de ese juego (7). Sin duda que los hay: para Trump, pero también para el resto de dirigentes.


NOTAS

(1) “Défense: les raisons du grand blocage de l’Europe”. PHILIPPE RICARD y PHILIPPE JACQUÉ. LE MONDE, 25 de enero.

(2) “En Italie, le gouvernement de Giorgia Meloni libère un officiel libyen accusé de tortures sur des migrants par la Cour pénale internationale”. LE MONDE, 23 de enero.

(3) “Donald Trump says residents of Greenland want to be part of US”. JENNIFER RANKIN. THE GUARDIAN, 26 de enero.+

(4) “Colombia Agrees to Accept Deportation Flights After Trump Threatens Tariffs”. THE NEW YORK TIMES, 26 de enero.

(5) “Britain’s government lacks a clear Europe policy”. THE ECONOMIST, 23 de enero.

(6) “Trump’s Gaza proposal rejected by allies and condemned as ethnic cleansing plan”. EMMA GRAHAM-HARRISON. THE GUARDIAN, 26 de enero.

(7) “The Limits of Madman Theory. How Trump’s Unpredictability Could Hurt His Foreign Policy”. ROSEANNE MCMANUS. FOREIGN AFFAIRS, 24 de enero.

 

 

 

TRUMP O LA PRESIDENCIA MESIÁNICA

 22 de enero de 2025

Trump nunca decepciona. Y más ahora, que “Dios le ha salvado de la muerte” para sacar a América de su actual “estado de declive” y conducirla hacia una nueva “edad dorada”. Este “mandato” viene sazonado con una retórica imperialista rancia, agresiva y falaz. En su discurso inaugural, Trump declaró el “estado de emergencia” en la frontera sur, pese a que el flujo migratorio está en su nivel más bajo desde 2020. Además, ordenó reanudar la construcción del muro y la inscripción de los cárteles del narcotráfico en el registro de organizaciones terroristas. Para dar más carnaza a sus seguidores, rebautizó el Golfo de México como Golfo de América y reiteró que “recuperará el canal de Panamá del control que ahora ejercen allí los chinos”.

Esta mezcla atrabiliaria de mentiras, efectismos y amenazas no sorprende a nadie, pero tampoco debería mover a la hilaridad. Trump saca músculo con los débiles. Entre sus primeras órdenes ejecutivas firmadas en un estadio deportivo (luego vinieron otras en el Despacho Oval), destacan la anulación de la aplicación informática mediante la cual se podía solicitar el permiso de residencia sin agolparse en la frontera y la supresión del derecho de nacionalidad a los hijos de extranjeros sin papeles (medida que va a ser recurrida ante la Justicia en 21 estados). Todo esto es antesala de la deportación masiva de inmigrantes en situación irregular. El Wall Street Journal desveló hace unos días que se preparaba una operación masiva en Chicago (1). El pretor elegido por Trump para ejecutarla, Tom Homan, advirtió al alcalde de la ciudad que “no se pusiera en su camino”.  Al hacerse públicos los planes, se arruinó el “efecto sorpresa” y parece que la ejecución se va a demorar.

Otras de las órdenes ejecutivas más llamativas, que no sorpresiva, ha sido el perdón de los asaltantes del Congreso en 2021. Aquel espectáculo bochornoso fue instigado por un presidente que nunca ha admitido su derrota en las urnas. La mayoría ultraconservadora que domina el Tribunal Supremo lo ha blindado de ese delito como de otros muchos al convertir en impune a un presidente en ejercicio en impune. Una barbaridad jurídica que refleja la deriva constitucional. En un país en el que sus máximos dirigentes  se permiten un día sí y otro también dar lecciones al mundo sobre el estado de derecho, se hace escarnio del principio básico de la igualdad ante la ley y de la discrecionalidad del poder ejecutivo la administración práctica de la justicia. Al cabo, no sólo Trump ha perdonado a unos delincuentes. También su sucesor/antecesor ha utilizado este polémico privilegio presidencial para exonerar a su hijo y a otras personas próximas con la dudosa excusa de protegerlo de su vengativo rival.

Pese a este exhibicionismo de poder con aires absolutistas, hay motivos para dudar si el león será tan fiero como pretende presentarse. No está claro si la retórica del 45º/47º Presidente es simplemente una manifestación más de su compulsivo comportamiento narcisista o si existe un sólido propósito de alterar los fundamentos del orden internacional. Las clases dirigentes de los países aliados, y de los adversarios también, no consideran resuelto el dilema. Entre las bravuconerías y los actos reales hay de momento un espacio de incertidumbre. La retirada del acuerdo de París sobre el cambio climático se daba por descontada. Pero su agenda de aranceles y tarifas aduaneras está sólo apuntada y falta por definir. Sobre Ucrania no dijo una palabra en el discurso inaugural y más tarde lanzó mensajes confusos y contradictorios.

Maggie Haberman es una de las periodistas que llevan más tiempo siguiendo a Trump: desde el inicio de su aventura presidencial hace ahora una década. El fin de semana firmaba en el New York Times un largo análisis en el que, según el testimonio coincidente de más de una docena de personas que han estado en contacto con Trump en las últimas semanas, el retornado Presidente cree tener ahora un “mandato” para hacer lo que no supo, no pudo o no le dejaron hacer en su primer periodo en la Casa Blanca (2). Trump, con su pulsión manipulativa habitual, exagera el apoyo electoral recibido. Si bien es cierto que ganó el voto popular, no como en 2016, casi la mitad de los votantes le volvieron la espalda. Obtuvo algo más de 77 millones de sufragios frente a los casi 75 millones de su rival demócrata: la diferencia fue de unos 2,3 millones de votos, apenas un punto y medio porcentual de los votantes. Por tanto, solo la alterada presentación de los datos que suele hacer Trump puede inducir a hablar de “mandato”.

Otro interesante rasgo de este Trump 2.0 es su convicción de haber vencido muchas de las resistencias del establishment a su programa radical de hace ocho años. Ahora piensa que “todo el mundo quiere ser mi amigo”. Pero su percepción de los centros de poder parece perturbada por su ilimitada vanidad. Su retórica rompedora crea la impresión de estar desafiando el sistema. Nada más lejos de la realidad.

En efecto, como aquí hemos señalado reiteradamente, Trump es más bien un producto defectuoso del sistema. En la historia universal, no ha habido un solo Imperio o potencia dominante que no haya soportado líderes aparentemente fuera de norma, outsiders, iluminados, dictadores o directamente perturbados. La confusión o desconcierto de los contemporáneos suele explicarse por la violencia de sus actuaciones más que por su motivación profunda de socavar los cimientos del equilibrio de poder. El Imperio Romano tuvo su momento Calígula y sus émulos restauradores del Sacro Imperio Romano-Germánico arrastraron varias generaciones de monarcas incapaces, caprichosos y autoconvencidos de que sus decisiones estaban ungidas por inspiración divina. El propio Hitler se apoyó en la élite industrial-militar para convertir casi en eterno (el Reich de los mil años) un designio de supremacía nacional y racial frente a la amenaza judeo-bolchevique. Stalin corrompió las bases de la revolución soviética llevando al paroxismo el autoritarismo leninista, no para propiciar la revolución proletaria internacional sino para restaurar el nacionalismo decadente de los zares con otra retórica. Algo que algunos han querido ver ahora, con retorcida intención, en las políticas de Putin.

Trump retoma el viejo discurso del “destino manifiesto” que los grandes industriales de finales del siglo XIX invocaron para consagrar a Estados Unidos como el imperio emergente  y triunfante frente a la decadencia europea. Quiere volver a él. No por casualidad utiliza el mismo concepto de “edad dorada” (Gilden Age) como divisa de su segunda etapa presidencial. Pero hay más.

La creciente invocación a  Dios (“a nuestra religión”, dijo el lunes) conecta con la inspiración teocrática implícita en el sistema norteamericano de gobierno y legitimación de las dominaciones internas y externas. Que un pagano como Trump exhiba este momento San Pablo refleja la verdadera naturaleza de sus intenciones. La confirmación de la división clásica de géneros y la revocación de los derechos trans va en este sentido de moralina impostada. Al señalar este 20 de enero como el “día de la Liberación” anticipa un discurso redentor de los abusos cometidos por las “élites burocráticas” que han “extraído” el alma del país a sus legítimos dueños, esos ciudadanos que viven con el empeño de mejorar su vida, o de enriquecerse, por qué no, apelando a la ética de los evangelistas y otras ramas del protestantismo triunfante. 

Lo paradójico del trumpismo, construido a golpe de improvisación y adaptación permanente, es que ha edificado su auge electoral y social apelando a los derechos de las mayorías frente a unas minorías rapaces. Trump no tiene un programa (y mucho menos una trayectoria) obrerista. Se aprovecha de la frustración de las masas obreras y rurales. Que un empresario enriquecido por prácticas acreditadamente fraudulentas haya sido capaz de convertirse en intérprete del malestar de las capas menesterosas es algo que se viene estudiando desde hace años. Hitler manipuló a millones de obreros y empleados alemanes, pero su extracción social era pequeño-burguesa: plebeya, a los ojos de los grandes industriales, banqueros y residuos de la casta nobiliaria. 

Para reconstruirse y recuperar el poder ejecutivo, Trump se sirve de las élites a las que dice denostar, sean judiciales, económicas o políticas. Ha usado los recursos del sistema constitucional para componer un Tribunal Supremo y una red de juzgados afines con la mecánica de la designación a dedo. Ha seducido a los multimillonarios de la nueva economía o sector tecnológico para consagrar sus privilegios monopolistas a cambio de engrasar su costosa campaña sin fin. Ha renunciado a crear un nuevo partido que ordene ese tiempo dorado que anuncia, para apropiarse del más antiguo, tradicional y convencional del país.

Así las cosas, para los que no somos estadounidenses, cabe preguntarse cómo nos podemos defender de un falso profeta más (valga el pleonasmo). Y, sobre todo, hasta dónde llegará este presidente mesiánico. Como dice la muy veterana periodista Karen Tumulty, hay que estar “atentos a lo que hace, no nos distraigamos con lo que dice” (3). La clave estará de nuevo en los límites que le pondrá el poder real, sin rostro, sin brillo, sin focos, pero con plena conciencia de sus intereses.

 

NOTAS

(1) “Trump to Begin Large-Scale Deportations Tuesday”. THE WALL STREET JOURNAL, 17 de enero.

(2) “Trump Aims for Show of Strength as He Returns to Power”. JONATHAN SWAN & MAGGIE HABERMAN. THE NEW YORK TIMES, 20 de enero.

(3) “Watch what Trump does. Don’t get distracted by what he says”. KAREN TUMULTY. THE WASHINGTON POST, 21 de enero.

LA GUERRA DE LOS HIELOS

 15 de enero de 2025

Donald Trump, a quien se espera con una mezcla de aprensión y curiosidad, pasa por ser un heterodoxo en relaciones internacionales. No se le puede adscribir a corriente o doctrina alguna que no sea la de sus peregrinas ideas y recurrentes caprichos, para desesperación de quienes, desde posiciones encajables en el  establishment creyeron, en su primer mandato, poder atemperarlo, modelarlo y orientarlo por el buen camino

Ante su segunda etapa en el gobierno, resulta imposible saber si habrá sacado alguna conclusión práctica de sus erráticos impulsos anteriores o, al contrario, irrumpirá en la Casa Blanca con bríos renovados. De momento, los indicios indican esto último. Sus declaraciones y proclamas han sonado intemperantes, irrespetuosas con los vecinos y despectivas hacia los aliados. Rebautizar el Golfo de México como “Golfo de América, “invitar” a Canadá, no en términos cordiales precisamente, a convertirse en el estado número 51 de la Unión, o hacerse con Groenlandia por las malas o por las peores no auguran un segundo mandato razonable. De sus alardes sobre la guerra de Ucrania o de las amenazas de aranceles para intimidar a amigos y adversarios, para qué hablar. 

Algunos comentaristas ya han calificado estas señales del presidente electo como propias de un neoimperialismo  y no del aislacionismo que caracterizó la política exterior de Estados Unidos durante la primera mitad del siglo pasado, hasta que las guerras mundiales obligaron a cambiar el rumbo. Pero este neoimperialismo de Trump tiene poco de rompedor o novedoso. Se trata en realidad de un mercantilismo rancio propio de las primera globalización mundial marcada por el triunfo del capitalismo sobre el feudalismo.

Es bajo este prisma que debe entenderse sus ambiciones sobre Groenlandia, para malestar de los daneses, soberanos del territorio, e inquietud de los habitantes del lugar, que llevan años aspirando a una autonomía mucho más amplia de la que tienen, sin excluir la independencia,

Estos días se ha tratado de explicar el interés que puede tener esta inmensa plataforma parcialmente helada en la entrada del Ártico para un personaje como Trump. Pese a su ignorancia demostrada en cuestiones geoestratégicas, al futuro presidente no se le escapan las riquezas submarinas naturales del lugar (gas, petróleo, etc) y la abundancia de las denominadas materias raras que resultan esenciales para el desarrollo de la nueva economía sostenible (1). Ese sería el primero y más evidente factor de codicia.

El segundo, no tan inmediato, pero cada vez más cercano, es la importancia de Groenlandia como punto estratégico del control de nuevas rutas mercantiles marítimas a medidas que el cambio climático vaya provocando el deshielo de vastas zonas marítimas en el Océano Ártico. A día de hoy, ya se están ensayando esas rutas, con limitaciones derivadas de la falta de medios para hacer viable la navegación en condiciones seguras.

Para hacer transitable la ruta ártica es preciso, de momento, una flota de barcos rompehielos, que sólo posee Rusia (principal potencia en la zona) en cantidades relevante: unos 40 navíos (entre públicos y privados). Estados Unidos, que aspira a tener un papel decisorio en la región desde su plataforma de Alaska, sólo tiene dos y están completamente obsoletos. Dos aliados occidentales en la región superan en potencial a Washington: Finlandia, que dispone de 12, y Canadá que disfruta de 9.

Finlandia está siendo cortejado abiertamente por el complejo industrial-militar norteamericano para que aporte su know-how en la edificación de una flota que permite hacer más navegables esas aguas heladas.  El país nórdico europeo ha sido neutral hasta hace poco más de un año, y siempre muy atento a las intereses de seguridad de Rusia. Pero es sabido que la guerra de Ucrania trastocó un orden vigente desde la Segunda Guerra mundial. 

En 2024, Estados Unidos, Canadá y Finlandia suscribieron un pacto conocido como Esfuerzo de Cooperación Antihielos por el cual los tres estados se comprometen a fomentar la construcción de una flota de rompehielos para todos sus aliados y socios. Se estima que, en los próximos diez años, estos clientes de los países promotores demandaran un centenar de este tipo de embarcaciones (2).

LA OBSESIÓN POR CHINA

A los estrategas occidentales no les preocupa sólo la hegemonía de Rusia en la zona, sino la pujanza de China, que ve el Ártico como una potencial nueva ruta para su expansionismo comercial. La flota de rompehielos china es también canija (sólo tiene cuatro barcos de este tipo), pero existe el convencimiento de que en el marco de su actual “amistad sin límites” con Moscú es previsible que Pekín pueda utilizar la flota rusa o impulsar la suya propia. Se cree incluso que el interés chino no es solo comercial, sino también militar, según documentos oficiales conocidos en Occidente.

Esta preocupación por los efectos del nuevo eje Moscú-Pekín en la zona es tan creciente que el año pasado el Departamento de Defensa de Estados Unidos modificó su Estrategia del Ártico. A partir de ahora, se considera a China como el principal desafío de seguridad para Estados Unidos en esa parte del planeta. No es que Rusia haya dejado de preocupar. Al contrario: Rusia es contemplado como un actor imprescindible en el desarrollo del potencial chino.

Otros analistas cuestionan este enfoque de prioridades. Un cualificado experto en China, el investigador noruego Jo Inge Bekkevold, considera que el Pentágono ha sobreestimado el desafío chino en su Estrategia del Ártico (3). En su opinión, Pekín presenta muchas vulnerabilidades para ejercer a corto o medio plazo una posición de dominio en la zona. No forma parte de la Convención de la ONU sobre Derecho del Mar, que establece el marco jurídico de las reclamaciones de soberanía sobre yacimientos de recursos naturales cualesquiera. Dicho de otra manera, China está muy lejos del Ártico. Su puerto más septentrional está en la misma latitud que Venecia. Y en lo que respecta a su despliegue militar, la Armada china no presenta demasiadas inquietudes en la zona y depende notablemente de su cooperación con Rusia. El verano pasado, ambos países desarrollaron unos ejercicios militares en el Pacífico, traspasaron el estrecho de Bering y se acercaron a la costa de Alaska.

RUSIA, LA GRAN POTENCIA REGIONAL

El investigador noruego estima que Rusia sigue siendo el agente primordial en la zona. No en vano concentra la mitad de los espacios de soberanía en el Ártico. Pero, además, hay otros factores que abundan es esta perspectiva. En la península de Kola se encuentra la base naval de la Flota Norte de Rusia, donde reposan dos de cada tres submarinos de propulsión nuclear, la principal baza militar rusa en caso de una confrontación con Estados Unidos, debido a los misiles que transportan. El documento estratégico del Pentágono admite que, en caso de una conflagración entre las dos potencias, el Ártico sería muy probablemente el principal escenario de combate. En este sentido, se ha vuelto a activar la 11ª División aerotransportada en Alaska.

Otra investigadora noruega, Liselotte Odgaard (Instituto Hudson), recuerda que los submarinos rusas tienen capacidad para viajar desde el mar de Barents, atravesar la Bear Gap, entre la península escandinava y las islas Svalbard, y surcar las aguas heladas junto a la costa este de Groenlandia sin ser detectados. En los cinco años posteriores a la toma de Crimea, Rusia construyó casi 500 instalaciones militares en el Ártico (4).

A esto hay que añadir la dimensión logística. El llamado corredor GIUK, entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, constituye una ruta vital por la cual EE.UU y Canadá encaminarían sus suministros al Norte de Europa en caso de conflicto con Rusia. Moscú podría fácilmente perturbar esta ruta, porque los estados nórdicos europeos no disponen de capacidad militar para detectar a las fuerzas rusas que operan en los mencionados enclaves. No en vano, el anterior secretario general de la OTAN, noruego para más señas, advertía que la OTAN necesitaba con urgencia una estrategia viable en el Ártico.

Este esbozo siquiera sumario de las opciones estratégicas en el Ártico pueden ayudar a entender el interés de Trump por Groenlandia, o porque él mismo lo tenga en mente, o porque sus asesores políticos y militares se hayan encargado de recordárselo. Sin menospreciar en modo alguno las motivaciones comerciales o industriales, parece evidente que la necesidad de asegurar el triunfo en una hipotética “guerra de los hielos” convierte al territorio bajo soberanía danesa en objeto de deseo del Presidente norteamericano y sus inspiradores.

 

 NOTAS

(1) “Why is Donald Trump talking about annexing Greenland?”. THE ECONOMIST, 8 de enero.

(2) “Can NATO Ice Out China and Russia in the Arctic”. MATTHEW FUNAIOLE y ALDAN POWERS-RIGGS. FOREIGN POLICY, 28 agosto 2024.

(3) “The New U.S. Arctic Strategy Is Wrong to Focus on China”. JO INGE BEKKEVOLD. FOREIGN POLICY, 11 noviembre 2024

(4) ”NATO Is Unprepared for Russia’s Arctic Threats”. LISELOTTE ODGAARD. FOREIGN POLICY, 1 de abril de 2024.

 

LOS PÁJAROS OSCUROS QUE SOBREVUELAN EUROPA

 8 de enero de 2025

La agitación de los fantasmas extremistas domina el discurso europeo en este inicio de un año augurado como problemático (por los templados) o como catastrófico (por los pesimistas). El peligro más cotizado estos días es el de Trump, acompañado de su adlátere, el personaje internacional del momento, Elon Musk, animador de una extrema derecha crecida por doquier.

Tiene pinta de que las andanadas verbales del magnate de las redes sociales, los coches eléctricos y las aventuras espaciales van a copar titulares en las próximas semanas o meses. Es probable que Trump, pese a su infatigable ánimo de generar titulares de impacto (ahí están sus insinuaciones sobre la toma de Groenlandia o del Canal de Panamá), conceda a su generoso donante de campaña buena parte del foco principal en esta continua gresca mediática.

Los rifirrafes verbales de Musk con el premier Starmer o con el Presidente Macron son sólo el principio (1). La anunciada entrevista con Alice Weidel, la dirigente de los ultras alemanes, a sólo un mes de las elecciones anticipadas en la República Federal, añadirá más tensión. Pero cabe preguntarse si llegará la sangre al río. Los vigilantes del orden occidental, en ambos lados del Atlántico, tratarán de evitar que se incendien los cimientos de la Alianza. Pero algunos ya se están preguntando qué será Musk en la Corte de Trump: ¿bufón o valido? Otros, como el semanario THE ECONOMIST se preocupan por su influencia en la política económica. ¿Tendrá un poder real desde su pilotaje de la “eficacia administrativa”? (2).

LA ULTRADERECHA SIGUE AVANZANDO

La ultraderecha europea se felicita del viraje en Washington y los avances electorales recientes (Italia, Países Bajos, Austria, Eslovaquia, Rumania) envían un mensaje de sintonía a la dupla Trump-Musk. La pieza mayor de esta “Europa central putinista” (THE ECONOMIST) sería Alemania. Que gane en febrero la Unión Cristiano-demócrata no rebajará la dimensión del problema. El futuro canciller, Friedrich Merz, será el más derechista desde el nacimiento de la RFA. Ese ha sido el éxito principal de los amigos de Musk, la Alternativa por Alemania (AfD), tanto o más que sus éxitos en los länders orientales. La derecha liberal-conservadora está adoptando el discurso y las políticas de la extrema derecha, y no sólo por motivos  tácticos (frenar su ascenso). También por convicción: cree llegado el momento de aparcar sus decoros centristas y apuntarse a la reacción.

La primera consecuencia de este cambio de paradigma estratégico sería el abandono de la ficción del cordón sanitario, es decir de aislamiento político de la extrema derecha. Se está viendo estos días en Austria, donde el dirigente del Partido Popular (ÖVP), Karl Neuhammer, ha tenido que declinar el encargo de formar gobierno y dimitir como líder de su partido, al no encontrar una fórmula de gobierno que excluyera a los ultras del Partido de la Libertad (FPÖ), el más votado en las elecciones de septiembre (29%). Las puertas de la cancillería se abren para Herbert Kickel, una figura oscura que se ha apuntado a las proclamas reaccionarias más extremas. El ÖVP se deja abiertamente querer y la socialdemocracia se lame las heridas (3).

Hace unas semanas, Stephen Walt, heterodoxo profesor de relaciones internacionales en  Harvard, presentaba a Austria como el “modelo europeo para América”, por sus notables  logros sociales, políticos y económicos. Una estancia de meses en el país le había seducido, aunque no hasta el punto de cegarle ante su rostro más despreciable (4).

El caso austríaco es todo menos pionero. La actual Presidenta de la Comisión Europea y el jefe del Grupo Popular en la Eurocámara hace tiempo que vienen practicando la misma política, por caminos y con estímulos distintos. Más que la preservación de los valores, el motor en  Europa es la conservación del poder, a toda costa. El cordón sanitario se ha convertido en un estorbo. Bien lo saben los franceses, que han visto como el partido de Marine Le Pen, aún en el limbo de las pretensiones de poder, ha sido capaz de derribar el simulacro de gobierno Barnier.

A este panorama de peligros, amenazas y debilidades políticas se suma la perspectiva sombría sobre la evolución de la guerra en Ucrania. El avance lento pero seguro del ejército ruso en el Donbass y el temor a que la administración Trump cumpla su ambigua promesa de favorecer un final de conflicto favorable a los intereses del Kremlin tiene muy agitado al establishment europeo y a sus gabinetes de pensamiento.

En un artículo para el Consejo de Relaciones exteriores de Washington, uno de los principales think-tanks occidentales, un grupo de académicos, ex altos cargos y estrategas de cinco grandes países europeos (entre ellos, la exministra española de asunto exteriores, Arancha González Laya) recomienda un “rearme” de Europa a todos los niveles (económico, comercial y militar) frente a la doble amenaza del “asedio” ruso y del “abandono” norteamericano del vínculo transatlántico. Poco importa que en ocho años Europa haya duplicado sus gastos militares, en términos relativos (en relación al PIB), o que su ayuda militar, financiera y humanitaria a Ucrania ya haya superado a la de EE.UU (109 mil millones frente a 90 mil millones de $). Se pide más, se recomienda más, se advierte que, sin más, Europa puede condenarse (5). Lo que los autores no explican es cómo esta Rusia que no ha sido capaz de doblegar en tres años a Ucrania, podría atreverse a atacar a un país europeo de la OTAN. Es el viejo discurso de la guerra fría que resulta rentable para cierto sector de la industria y sus tentáculos políticos, militares y académicos.

EL RECURSO ISLAMISTA

Si no fuera suficiente con la ultraderecha crecida y un temido entendimiento de conveniencia entre Rusia y Estados Unidos, el temor a un retorno del islamismo extremista favorece los enfoques alarmistas. Hay cuatro factores coadyuvantes, de distinto nivel e intensidad.

a) El acto terrorista de Magdeburgo, aunque fuera cometido por un musulmán anti islamista y simpatizante de la AfD, abona el miedo. El efecto se multiplicó con el atentado de año nuevo en Nueva Orleans. Se percibe un nuevo impulso del enfoque policial.

b) La muerte, esta misma semana, del fundador del Frente Nacional de Francia y los homenajes de sus huestes mantendrán a la ultraderecha en el centro del escenario durante algunos días. Otro acontecimiento ha ayudado al expandir el mensaje xenófobo de los lepenistas: la conmemoración del décimo aniversario de la matanza de Charlie-Hebdo y de los otros atentados islamistas de enero de 2015 en París. La ultraderecha no dejará que la amenaza islamista se desvincule de la inmigración. Y la derecha liberal, tampoco.

c) La barbaridad de Gaza hace temer una respuesta de los radicales islamistas por la pasividad con la que muchos estados europeos han reaccionado ante la matanza israelí. Tarde o temprano, se sospecha, alguien pagará por ello. Este y el siguiente son los factores consecuenciales más determinantes.

d) La incertidumbre ante la evolución la evolución de la crisis en Siria. Hay que recordar que el aplastamiento de la rebelión siria fue la causa de la mayor parte de la crisis migratoria en Europa en 2015. Ahora, el triunfo de una organización franquicia de Al Qaeda, aunque luego desvinculada de ella sin abjurar de su ideario islamista, ha generado un debate sobre cómo relacionarse con el nuevo poder en Damasco. De momento, domina la vía pragmática, es decir, utilitarista, resumida en una fórmula tan sencilla como antigua: si los nuevos dirigentes colaboran con Occidente, se olvidarán viejos pecadillos; pero si se muestran demasiado acomodaticios con los enemigos de esta época (léase Irán, Rusia, China o Afganistán) solo pueden esperar un trato no muy diferente del infligido al régimen derrocado (6)

Es muy improbable que Al-Shara y su milicia islamista enfaden a Occidente, cuando necesitan miles de millones de dólares para reconstruir el país. Los países del Golfo, con sus disputas y sus habituales juegos de tronos, no dudarán en acudir al rescate de un país que hasta hace un mes parecía fuera de de su área de influencia (7).

Otra cosa son los efectos colaterales que el realineamiento de Siria puede provocar en la región. La gran incógnita es cómo conciliar los intereses occidentales con los designios de Turquía. Como ya ocurriera durante la campaña contra el Daesh, el régimen turco no está dispuesto a tolerar que se consolide un semi-estado autónomo kurdo al otro lado de su frontera suroriental. Trump tuvo la tentación temporal de entregar a los valiosos aliados kurdos a los caprichos de Erdogan, pero lo impidieron tanto el Pentágono como del Departamento de Estado, que lo obligaron a rectificar. Como en tantas otras cosas, se ignora lo que hará ahora.

 

NOTAS

(1) ”L’année Trump s’ouvre sur une offensive antidémocratique et anti-européenne menée par Elon Musk”. SYLVIE KAUFFMANN (Editorialista). LE MONDE, 3 de enero.

(2) Will Elon Musk dominate President Trump’s economic policy? THE ECONOMIST, 2 de enero.

(3) “¿El canciller Kickl o nuevas elecciones? Cómo podría continuar la política austriaca ahora”. DER STANDARD, 5 de enero.

 (4) “Austria Should Be America’s European Model”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 11 de diciembre.

(5) “Can American Abandonment Help Europe? The Continent Has a Chance to Address Its Own Weaknesses”. ARANCHA GONZÁLES LAYA, CAMILLE GRAND, KATARZYNA PISARSKA, NATHALIE TOCCI Y GUNTRAM WOLFF. FOREIGN AFFAIRS, 6 de enero.

 (6) “The Best Way for America to Help the New Syria” STEVEN SIMON & JOSHUA LANDIS. FOREIGN AFFAIRS, 3 de enero.

(7) “Saudi Arabia and U.A.E. Tread Cautiously With Syria’s New Leaders”. ISMAEL NAAR. THE NEW YORK TIMES, 4 de enero.

 


CARTER: UN PRESIDENTE NORTEAMERICANO COMO NINGÚN OTRO

 31 de diciembre de 2024

James Carter será recordado por casi todo el mundo como el político que mejor dignificó un cargo después de abandonarlo.

En aquella América atormentada por las barbaridades cometidas en Vietnam y el escándalo del Watergate, la sanación se antojaba casi milagrosa. Los cuatro años -sólo un mandato- que Carter pasó en la Casa Blanca, en la segunda mitad de los setenta, fueron tormentosos: por la pavorosa crisis económica iniciada antes de su llegada al poder; por el impacto de la revolución iraní, que provocó el segundo shock petrolero en Occidente, acabó con uno de los dos gendarmes de Estados Unidos en Oriente Medio y, a la postre, arruinó su presidencia; y por la invasión soviética de Afganistán, que desencadenó la última oleada de la guerra fría.

Nunca fue un Presidente tan criticado por republicanos y demócratas, pese a que éstos últimos no tuvieron más remedio que admitir algunos de sus logros (1).

LOS CONTRASTES DE LA POLÍTICA EXTERIOR

Al Presidente Carter se le recordará ante todo como el artífice de la primera paz entre Israel y un país árabe (Egipto), tras tres guerras terribles (o una sola que nunca acabó de verdad). Carter inauguró el modelo Camp David, es decir, el encuentro personal e íntimo entre enemigos irreconciliables para conseguir lo imposible. La convivencia entre Sadat y Begin fue difícil, por momentos agría y casi siempre estuvo al borde de la ruptura. Durante semana y media, el Presidente se implicó personalmente, mediando, aconsejando y tratando de eliminar los obstáculos que dificultaban el acuerdo. 

Tras la paz de Camp David tardarían en repetirse ese logro. Otro político sureño demócrata como él (Clinton), conseguiría el acuerdo entre la OLP e Israel (1993), y un año más tarde se sumaría Jordania.  Los once restantes presidentes fracasaron estrepitosamente.

Pero el Oriente Medio que Carter pretendió pacificar se volvió contra él como una maldición. Irán surgió como una nueva potencia, no árabe, pero existencialmente enemiga de Israel y de todas aquellas naciones que osaran firmar la paz con el enemigo sionista.  La revolución chií destruyó la Presidencia de Carter, al tomar como rehenes a 52 personas en la embajada norteamericana en Teherán.

Después de unas negociaciones sin éxito, Carter autorizó en abril una operación militar de rescate que fracasó debido a un accidente mortal en las fase preliminar. Los esfuerzos por lograr la liberación siguieron, pero fueron boicoteados por los republicanos. Según publicó el año pasado el New York Times, colaboradores de Reagan prometieron a Jomeini un mejor trato cuando su candidato llegara a la Casa Blanca. Carter nunca recuperó su crédito ante la nación. En noviembre perdió estrepitosamente las elecciones y su legado presidencial quedó fatalmente deteriorado.

Con la Unión Soviética, Carter estableció una política de presiones y recompensas,  diseñada por su asesor de seguridad, Zbigniew Brzezinski, de origen polaco y ferozmente anticomunista. Aunque prosiguió en el camino de la distensión, apretó al Kremlin para que mejorara la situación de los derechos humanos, lo que permitió la liberación de disidentes soviéticos y judíos rusos que querían abandonar el país. En materia militar, comenzó la modernización de los arsenales y planteó la instalación de misiles nucleares en Europa, pero logró un acuerdo de control de armas que no boicoteó el Kremlin, sino el Senado americano (2).

La invasión soviética de Afganistán, en diciembre de 1979, cuando a Carter le restaba menos de un año de mandato, arruinó este equilibrio de la detente. El Presidente impuso un embargo de grano a la URSS, una superpotencia militar que se encontraba, sin saberlo, en la fase terminal de su historia. Afganistán fue el Vietnam soviético, pero mucho más letal: fue, si no la causa, sí el precipitante de su brusco hundimiento. Carter boicoteó las Olimpiadas de Moscú (1980) y favoreció los movimientos clandestinos de oposición en los países bajo influencia soviética en Europa  (3). Sin embargo, continuó con la política de acercamiento a China iniciada por Nixon y Kissinger, pese a situarse en las antípodas de su visión del mundo.

Su política de derechos humanos le puso en malos términos con las dictaduras latinoamericanas. La revolución sandinista triunfó durante su mandato, sin que él lo impidiera. Reagan siempre consideró esto un error y llegó a vulnerar la ley para revertirlo. Carter devolvió el control del Canal de Panamá, punto estratégico del comercio mundial, a su legítima dueña, la República panameña. Trump ya ha amenazado con emular a Reagan y rectificar aquella decisión.

UN BAPTISTA AFERRADO A SUS PRINCIPIOS

En política interior, Carter ha sido poco vindicado, pese a que sus logros no son menores. Esto es debido a la inflación galopante que se comió la prosperidad de las décadas anteriores. Pero su administración ha sido luego considera modélica en ciertos aspectos, evocados estos días por su jefe de gabinete, Stuart Einzenstat. Carter expandió los programas educativos (desde el correspondiente Departamento ministerial qué él creó); reformó el sistema de tráfico terrestre y aéreo (quizás su logro doméstico más reconocido); fortaleció la protección de los consumidores frente a las grandes corporaciones; y amplió la superficie de parques nacionales.  Pero su principal legado fue, sin duda, la política social. Carter fué un firme defensor de los derechos civiles y designó más mujeres, negros y judíos para altos puestos de la administración que sus 38 predecesores juntos (4).

¿Por qué entonces fue tan denigrado? Sin duda por la catástrofe de Irán y los efectos devastadores de la crisis económica. Pero también por la perfidia de sus rivales republicanos y de los demócratas que nunca quisieron verle en la Casa Blanca. Desde que  lanzó su candidatura presidencial, a mediados de los setenta, se constituyó un grupo de presión denominado “Todos menos Carter”. Se le reprochaba no ser un “profesional” de la política. No lo era y hasta cierto punto, no lo quiso ser.

Se le consideraba un político sureño sin la experiencia de Johnson, pero sobre todo sin el colmillo del establishment. En su Georgia natal, donde fue Gobernador, favoreció las políticas contra la segregación racial y la desigualdad social. Sus padres eran dueños de una plantación de cacahuetes, que él heredó y convirtió en una próspera explotación. No era, obviamente un socialista, sino un baptista que de sólidas creencias que se guiaba por sus principios cristianos de humanismo, humildad y compasión (5). En los últimos años de su vida, hasta que le quedaron fuerzas, no dejó de trabajar por la causa de la igualdad social y racial y de construir casas y servicios para los más necesitados.

EL MEJOR EXPRESIDENTE

Con todo, su figura se agigantó cuando dejó la Casa Blanca. Contrariamente a la gran mayoría de sus predecesores y sucesores, que se han dedicado a hacer dinero y fortalecer su redes de influencia para su servicio personal o de las grandes corporaciones, Carter se dedicó a trabajar por la paz, desde sus posiciones ideológicas. Consciente de que su tarea en Oriente Medio fue inconclusa, como expresidente abogó tenazmente por los derechos de los palestinos que Egipto prometió defender en Camp David. Carter se convirtió en un crítico implacable de Israel hasta considerar su tratamiento de los palestino como similar al apartheid surafricano. Por supuesto, esto le valió la etiqueta de “antisemita” por el lobby sionista norteamericano (6).

Pero Carter se atrevió con otro tabú en Estados Unidos. Durante décadas puso en evidencia las contradicciones, mentiras y falsedades del sistema político norteamericano. Creó una entidad de estudios y acción (Centro Carter) para asesorar y vigilar el funcionamiento de la democracia en todo el mundo. A lo largo de los años, ha supervisado cientos de procesos electorales. Pero en vez de dar lecciones a los demás países, Carter tuvo la honestidad de denunciar el corrupto modelo americano. “Las elecciones en nuestro país deberían ser supervisadas por observadores internacionales”, dijo en una ocasión. Con toda la razón. Ningún otro presidente se ha atrevido a tanto. En 2002 fue reconocido con el Nobel de la Paz por las iniciativas puestas en marcha por su organización (7).

Hace un año pasó uno de los tragos más amargos de su vida al presenciar la muerte de su esposa Rosalyn, con la que estuvo casado 77 años. Casi siempre vivieron en la misma casa de Plains (Georgia). Al final de su vida ella ya sufría demencia y no lo reconocía, pero no quiso separarse de ella.

Con Carter desaparece un tipo de político que no tiene equivalente en la historia reciente de Estados Unidos. Hace unos años dijo que conservaba una viñeta de prensa en la que un niño le dice a su padre: “Papi, de mayor quiero ser un expresidente de los Estados Unidos” (8).

NOTAS

(1) “Jimmy Carter, Peacemaking President Amid Crises, Is Dead at 100”. PETER BAKER  y ROY REED. THE NEW YORK TIMES, 29 de diciembre.

(2) “A Four-Decade Secret: One Man’s Story of Sabotaging Carter’s Re-election”. THE NEW YORK TIMES, 18 MARZO 2023.

 “Jimmy Carter Was the True Change Agent of the Cold War”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 29 de diciembre.

(3) “What Jimmy Carter Left Behind. The Foreign Policy Legacy of an Underappreciated President”. TOM DONILON. FOREIGN AFFAIRS, 29 de diciembre.

(4) “History views Carter’s legacy — and his many accomplishments — all wrong”. STUART EIZENSTAT. THE WASHINGTON POST, 29 de diciembre; “How Jimmy Carter Changed American Foreign Policy. An Enduring—and Misunderstood—Legacy. STUART EIZENSTAT. FOREIGN AFFAIRS, 20 de mayo

(5) “Carter’s book on Israeli ‘apartheid’ was called antisemitic– but was it prescient?”. CHRIS MACGREAL. THE GUARDIAN, 30 de diciembre.

(6) “Jimmy Carter followed his principles, not popular politics”. THE WASHINGTON POST, 29 de diciembre.

(7) “America Needs More Jimmy Carters”. THE NEW YORK TIMES (editorial). 29 de diciembre.

(8) “Prophet of the post-presidency: how Jimmy Carter changed the world”. JOHN GARDNER. THE GUARDIAN, 29 de diciembre.

 

EUROPA, SIN LIDERAZGO

26 de diciembre de 2024

El año termina mal para Europa y puede empezar peor. El eje franco-alemán ya no es lo que era, pero hasta hace poco conserva cierta capacidad de liderazgo en la UE. Ahora es difícil detectarlo. Los gobiernos de ambos países son quizás los más inestables de los 27. Peor, el alemán es dimisionario, en espera de las elecciones anticipadas de febrero; el francés fue anunciado en vísperas de Navidad y tendrá su primera prueba de fuego a mitad de enero en la Asamblea Nacional, sin más apoyos que los que precipitaron la caída de Barnier.

FRANCIA: MÁS DE LO MISMO

El Gobierno Bayrou ha sido una decepción, pese al voluntarioso intento del primer ministro por presentarlo como un equipo de políticos experimentados e inmunes al desfallecimiento. El dirigente centrista ha armado un collage de personalidades con pedigree para afrontar los desafíos económicos. Pero no ha ampliado su base parlamentaria. La mayoría de la treintena y media de ministros pertenecen al centro macronista y a la derecha republicana.

Bayrou pretende haber atendido a las sensibilidades de la izquierda moderada al incluir a los exsocialistas Elisabeth Borne, Manuel Valls y François Rebsamen (éste último es aún formalmente militante, pero su alejamiento del partido es notorio). El truco no ha funcionado. Las tres figuras son especialmente agrias para el PSF.

No es extraño, por tanto, que el Secretario General, Olivier Faure, calificara de “provocación” la composición del gabinete. “Bayrou no ha respetado ninguna de nuestra condiciones” para el pacto de evitación de la censura, advirtió el líder socialista. Los socialistas contaban con que el jefe del gobierno dejara al menos abierta la reconsideración de la reforma de la ley de jubilación, pero no ha sido así. “¿En que mundo viven?”, ha sido la respuesta despectiva de Bayrou.

En este clima de desencuentro, otros miembros de la dirección socialista han llegado incluso más lejos en sus manifestaciones de agravio. A día de hoy, la moción hacer correr a Bayrou la misma suerte que su predecesor se ha reabierto.

Para más escarnio, el centrista mantiene al derechista Bruno Retailleau en Interior y recupera a su predecesor, Gérald Darmanin (en su día un fiel de Sarkozy y luego convertido al macronismo), para la cartera de Justicia. Este ministro protagonizó una fuerte polémica al ponerse del lado de la policía y en contra la judicatura en una sonora confrontación institucional.

La carta de la experiencia tampoco ha conmovido a nadie. Por primera vez desde el gobierno de Maurice Couve de Murville en 1968 (el último de De Gaulle), hay cuatro exprimeros ministros en un Gobierno. Esta argucia de Bayrou ha facilitado el comentario sarcástico del  Resamblement National: “el regreso de las momias”, han dicho en el partido de Marine Le Pen. Y por si esto no fuera suficiente, se ha dejado saber que el partido de Marine Le Pen vetó la elección de Xavier Bertrand como titular de justicia. El presidente del departamento de Hautes-de-France es el más centrista de los dirigentes de Derecha Republicana (herederos del gaullismo), pero sobre todo es la bestia negra de los lepenistas, como dice la prensa liberal. Bayrou ha negado las presiones, pero el propio Bertrand rechazó el ofrecimiento de otra cartera de menor peso que le ofreció el primer ministro. El descosido es general.

NI que decir tiene que desde la izquierda radical el regocijo es grande. La franja insumisa no le concedió ni el beneficio de la duda a Bayrou desde el principio. Ahora proclama su acertada visión e insiste en que el político centrista es un peón más que Macron lanza a los leones para aplazar su inevitable dimisión.

El primer ministro juega con la baza de la emergencia económica. Es la misma que intentó Barnier, sin éxito, pero con cada crisis se agrava la percepción de catástrofe. Francia está bajo la lupa de las agencias de calificación crediticia, ha dicho estos días Bayrou para meter presión a los socialistas y conseguir que no se recomponga el bloque de la izquierda.

En otra maniobra de trompe d’oeil (truco o engaño), Bayrou ha escogido a un banquero de perfume social-liberal para dirigir Economía. Eric Lombart es un banquero de orígenes familiares adinerados pero de una sensibilidad social, que promueve un “capitalismo más responsable” o “más regulado”. Es otro próximo a Macron para cumplir con una tarea que él mismo ha denominado “difícil”, evitando términos más contundentes que perjudicarían la confianza.

Con estos mimbres empezará Francia el año: deficitaria y endeudada la nación por encima de todos los niveles aceptables en Bruselas y desprovisto de legitimidad política desde verano, cuando Macron fue victima de su propia ambición.

El Presidente está en sus horas más bajas de aceptación. Muy pocos le apoyan ya, incluido entre sus filas, donde se piensa más en clave 2027 que en salir del atasco actual. No es raro que un diario de centro como LE MONDE haya publicado una serie de cuatro largos artículos que deconstruyen virtualmente al presidente. La sensación con la que se queda el lector es que el joven reformista que pretendía cambiar Francia de arriba abajo hace siete años se ha revelado como un diletante narcisista, poco apegado a la verdad, aislado y cada vez más paranoico (1).

ALEMANIA: UN GIRO DERECHISTA

En Alemania, lo que se espera es un giro derechista sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Friedrich Merz, el dirigente que ganó el liderazgo de la CDU tras la retirada de Angela Merkel, aparece como el político situado más a la derecha en la historia de la República Federal, más incluso que Adenauer.

Merz fue desatendido por la excanciller por sus políticas conservadoras extremas en todas las materias sociales sensibles, desde los derechos laborales a la inmigración. No se ha privado de hacer comentarios xenófobos o sarcásticos sobre los refugiados. Su cometido al frente del Comité de vigilancia de un fondo de inversión norteamericano dejó bien a las claras qué tipo de política pretende imponer en Berlín. Se acabó el consenso centrista en la política alemana, tras varias décadas de forzado maridaje. Alemania camina hacia un liberalismo salvaje sin las correcciones sociales que la socialdemocracia fue edificando y la CDU respetando parcialmente, sobre todo en la era de Merkel. 

El nuevo Canciller parece que lo tendrá fácil para imprimir este giro. Las encuestas le dan mayoría absoluta. Ni siquiera necesitaría la habitual muletilla de los liberales, que pueden quedarse fuera del Bundestag, tras una colaboración a contracorriente con socialdemócratas y verdes en la actual coalición de gobierno.

El principal partido de la oposición será la ultra Alternativa por Alemania, que después de sus éxitos del pasado otoño en los länder del Este se prepara para lo que su denominación pretende: ser una verdadera alternativa de poder. De momento, ese objetivo parece lejano.  La candidatura de Merz puede perjudicarle, porque mucho votante ultraconservador podría decidir que es más seguro otorgarle a una CDU escorada a la derecha la responsabilidad de conducir el país.

La deriva alemana tiene cierta  similitud con la francesa. Una ultraderecha atrapada en el cordón sanitario se va haciendo cada vez más fuerte y va ganando batallas sin necesidad de ocupar el centro del poner, imponiendo la naturaleza de sus políticas. AfD puede esperar a que el desgaste inevitable del gobierno y una previsible recuperación de socialdemócratas y verdes obligue a la CDU a algún tipo de acuerdo si quiere mantenerse a medio plazo en el poder.

El futuro gobierno ultraconservador tiene que resolver el enorme nudo en que encuentra atrapada Alemania desde la guerra de Ucrania. Merz es mucho más virulento contra Putin, pero el estrangulamiento energético del país y el daño que una mayor confrontación comercial con China, impulsada por Trump, ocasionaría a la industria exportadora alemana puede obligarlo a ser más pragmático.

Tampoco se visualiza cómo pueden llegar a entenderse mejor Berlín y París en las circunstancias actuales. La derecha centrista alemana suele mezclar mejor con el centro-izquierda francés. Las dos derechas combinan mal, irónicamente, y más si una se asienta de nuevo en el ultraliberalismo que Merz representa y la otra se mueve en la indefinición para evitar una mayor fractura social. Hace 50 años, el liberal Giscard y el socialdemócrata Schmidt creyeron ilusamente pactar una salida a la crisis del shock petrolero. Hoy en día, todo se antoja aún  más oscuro.

 

NOTAS

(1) «Le président et son double»

 

FRANCIA NO ES NÔTRE-DAME

18 de diciembre de 2024

Las volutas de la crisis política francesa han terminado por erosionar a su principal instigador, el Presidente de la República. Se presentó como bombero ante el anunciado  incendio “de los dos extremismos” (de derecha y de izquierda), que podría reducir Francia a cenizas. Pero, en realidad, al disolver la Asamblea Nacional en junio, en puertas de los Juegos Olímpicos, ofició de pirómano y echó leña a un fuego que lleva tiempo asediando el edificio de la V República.

En su discutible manejo de la crisis, Macron ha ido quemando primeros ministros y arruinando, dificultando o emborronando carreras políticas. A la exsocialista Elisabeth Borne le agotó la paciencia, su virtud tecnocrática más destacada. A su ahijado político Gabriel Attal lo arrojó al pie de los caballos, cuando éste creía sostenerlos por las bridas en galope hacia el Eliseo 2027. Rescató al antiguo gaullista Barnier, un eurócrata ennoblecido con el acuerdo sobre el tramo final del Brexit, pero el resultado ha sido un final sin gloria: su gobierno, el más corto del actual sistema político.

El círculo de fuego se cerraba sobre el Eliseo, aunque la alarma se extendió a todos los partidos del consenso centrista. Las maniobras presidenciales salpicaban chispas sobre la túnica del émulo de Nerón, pero amenazaban con devastar a toda la clase política. Los excluidos de cualquier solución -el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y los insumisos de Jean-Luc Mélenchon- insistían en que el siguiente en ir a la pira funeraria debía ser el propio Macron. La dimisión del Presidente se ha convertido para ellos en un mantra inalterable.

Esta apuesta ha sido el talón de Aquiles de la trabajosa unión de la izquierda. El esfuerzo que hizo posible el relativamente exitoso Nuevo Frente Popular daba muestras de agotamiento, una vez fracasada la apuesta de la joven tecnócrata Lucie Castets como jefa de gobierno.

Instalado en su despacho de la rue de Varenne, Barnier quiso convertir el lema “nada con Le Pen” en un más pragmático “sin algo con Le Pen, nada es posible”. Concesiones supuestamente menores se convirtieron en un arma arrojadiza para la oposición de izquierda. El cordón sanitario había saltado en pedazos, al obtener la ultraderecha la preciada palanca de hacer caer al gobierno Barnier en cuanto quisieran. Y así lo hicieron. Bastó con que apoyaran una moción de censura planteada por el Nuevo Frente Popular, en protesta por un proyecto de presupuestos impuesto por decreto. Como dijo el Coordinador general de los insumisos, Manuel Bompard, Barnier quiso elegir entre el deshonor y la censura y, al final, ha tenido el deshonor y la censura.

Tras la caída del político saboyano, arreciaron las presiones para forzar la dimisión de Macron. Pero se trataba de fuego artificial. Las llamas no crepitaban en el Eliseo, sino en Matignon, sede del Primer Ministro, convertido ya en lugar indeseable.

EL MAL PASO DE MACRON

Macron se arropó en los fastos de la recuperación de Nôtre Dame para ilustrar ante la nación cómo recuperarse del fuego devastador. Mientras sus rivales le urgían a ofrecer una solución, el Presidente se complacía en admirar las naves restauradas de la Catedral de París. Para cualquier político francés hubiera sido muy difícil resistirse a la analogía del esplendor triunfante sobre la destrucción. Pero para Macron simplemente resultaba imposible.

El Presidente alargó el suspense cumpliendo con un viaje previsto a Oriente Medio y alentó las discrepancias entre sus rivales. Finalmente, parecía decidido a tirar de otro de sus cachorros, el ministro dimisionario de Defensa Sebastián Lecornu, un político de nueva hora, muy cercano a la primera dama, Brigitte Macron, a pesar de que muchas voces en su propio partido le recomendaban la solución más tranquilizadora de François Bayrou.

Macron desoyó estos consejos, fiel a su deriva ultrapresidencialista. En su papel de Júpiter, citó a Bayrou en el Eliseo, pero no para ofrecerle el cargo, sino para informarle que no era el elegido. Lejos de agachar la cabeza, este veterano político centrista, forjado en la larga estela desventurada del giscardismo, decidió contragolpear. Retó al Presidente a nombrarlo primer ministro, si no quería verse privado del apoyo de la cincuentena de diputados de su formación, el MoDem (Mouvement Démocrat), uno de los miembros de la coalición presidencial. “O me nombras o retiro mis canicas”, le espetó. Y Macron, al presentir que esta vez el Eliseo podría estallar en llamas, reculó. Lo paradójico es que el nuevo primer ministro lidera una formación que apenas tiene cuatro diputados más que la familia política de Barnier. El déficit democrático del nuevo primer ministro es el mismo. Lo que cambia es su posición de pivote en la política francesa.

EL ETERNO CANDIDATO

Bayrou es el eterno candidato. Nunca ha aspirado a presidir Francia, pero siempre ha creído que podría influir en su destino desde el sillón de Matignon. A sus 73 años, este político acostumbrado al pacto y la componenda cree estar en mejores condiciones que sus antecesores para componer una mayoría sin combustiones espontáneas, sin sentirse preso de nadie. Ni siquiera del Presidente, al que ya ha torcido el brazo una vez, aprovechando su extrema debilidad. Sus amigos lo consideran dúctil, pero de férreas convicciones. Democristiano de inspiración, liberal sin excesos en lo económico y muy abierto en sus amistades políticas. Tiene buena entrada en el socialismo y ha evitado hacer escarnio de las filas lepenistas. Tiene en común con ellas haber sido acusado de utilizar el sueldo ficticio de los asesores de los parlamentarios europeos como tapadera de la financiación ilegal de sus respectivos partidos. Ese puente podría serle de utilidad.

Está por ver si Bayrou podrá forjar un gobierno, según él mismo ha dicho, reserré (compacto) y compuesto de personalidades, es decir, de figuras de prestigio. Los socialistas ya están enviando señales inequívocas de colaboración, pero no incondicional, basado en la intuición de que no es posible la moción de censura interminable. Comunistas y ecologistas, con menos bazas, caminan por una senda similar. Los insumisos ya denuncian el entreguismo, paso previo a gritar “traición”. En la práctica, el Nuevo Frente Popular ha sido puesto de momento entre paréntesis.

La derecha republicana no está contenta. Con Barnier, uno de los suyos, no tenía garantizada una preminencia que no había ganado en las urnas, pero sí al menos una influencia superior a su fuerza política parlamentaria. Con Bayrou es probable que vuelva a su estado marginal.

Pastorear el rebaño político no es el mayor desafío del este político del Béarn, que quiere conservar su puesto como alcalde de la pirenaica ciudad de Pau. Ya ha dicho que la incompatibilidad de cargos fue un error y que un ministro o un diputado cumple mejor su papel si no se le priva del arraigo en la política local. Una guerra secundaria más que unir a la demanda de una mayor dosis de proporcionalidad electoral.

Pero el verdadero reto es afrontar la crisis económica y fiscal del país, con un déficit del 6% del PIB, una deuda galopante y una degradación de la solvencia crediticia del país. La lupa de Bruselas está puesta sobre las finanzas de Francia. El margen de actuación se estrecha. Las medidas serán dolorosas, por mucho consenso que Bayrou sea capaz de articular.

Macron espera a conocer el gobierno que le presenta su elegido a la fuerza. Por lo pronto, se ha ido a Mayotte, para consolar a los habitantes del enclave francés en el Índico arrasado por el ciclón Chido. Con cierto desdén, desde la administración presidencial han recordado a Bayrou que debe esperar.

Las relaciones entre el Eliseo y Matignon puede volverse tan agrias como suele ocurrir cuando el buen clima entre supuestos aliados se deteriora. En esos casos, hasta la cohabitación entre líderes de distinto signo político puede resultar más candorosa.

A Macron no le ha funcionado el efecto Nôtre-Dame. En Francia es cada vez más intenso el olor a chamusquina.