LA FATAL AMISTAD

19 de marzo de 2025

Kissinger dijo en una ocasión que “ser enemigo de Estados Unidos era peligroso, pero ser amigo podía resultar fatal”. Nunca como ahora tal aseveración parece ser tan real. En la actual descomposición geopolítica, la amistad (entiéndase: las alianzas, los compromisos suscritos y derivados de décadas de decisiones compartidas) se ha convertido en el permanente abrazo del oso (y no precisamente el moscovita).

La guerra comercial emprendida por Trump contra sus clientes preferenciales ya está empezando a ser gravosa, no sólo para los socios supuestamente desleales según el Presidente, sino para la propia estructura económica norteamericana, acorde con las primeras estimaciones académicas (aunque no está claro si éstas son fruto del estudio riguroso o del reflejo de la autoprofecía cumplida).

El juego trumpiano del flip-flop (hoy, esto; mañana, lo otro; pasado mañana, ya veremos) aconseja esperar antes de lanzarse a valoraciones prematuras. Al cabo, los destinatarios de las represalias comerciales norteamericanas han respondido lo justo para no parecer débiles o sumisos, pero se han abstenido de ponerse en traje de batalla: siguen pensando que las reglas invisibles de la globalización harán entrar en razón a Trump, más temprano que tarde. El riesgo es que la rectificación se demore lo suficiente para provocar daños de lenta y dificultosa reparación, incluido EE. UU. (1).

LA FRONTERA NORTE, MÁS VISIBLE QUE NUNCA

El nuevo líder de Canadá ha viajado a Europa para reforzar amistades secundarias con las que compensar el desengaño sufrido con el amigo preferencial, con el vecino imprescindible. Mark Caney ha sustituido a un desgastado y autoderrotado Trudeau al frente del Partido Liberal y se ha convertido, automáticamente, en Primer Ministro, debido a su mayoría parlamentaria.

En vez de cumplir con la rutina de cualquier jefe de gobierno canadiense de hacer su primer viaje exterior a Estados Unidos, Caney ha cambiado el guion y optado por una gira binaria europea Paris-Londres (2). Un mensaje simbólico, según la Radio estatal: Canadá no está sólo frente a la fatalidad apuntada por Kissinger.

Algunos comentaristas liberales han reflotado la idea no precisamente nueva de que Canadá ingrese en la UE (3). El run-run llegó a los círculos políticos de Bruselas y sus portavoces se regocijaron por el atractivo que el Club tiene para países amigos. Pero la cosa no pasará de ahí. A otros países se les ha dado con la puerta en las narices o por su ubicación continental no europea (caso de Marruecos). A Turquía (europeo y asiático), se le han puesto condiciones sistémicas para el ingreso que esconden aprensiones religiosas, culturales y geoestratégicas. En Canadá gustan denominarse “el país no europeo más europeo”, pero difícilmente puede considerarse más merecedor de ese reconocimiento que el vecino meridional de España; en cambio, se le admite como más cercano a los criterios de gobernanza que Turquía.

Pero más allá del entretenido ejercicio intelectual y diplomático del europeísmo canadiense, el país más septentrional del continente americano está condenado a la fatalidad de la amistad estadounidense. O a la vecindad, que resulta a veces fatal y peligrosa a la vez, por seguir con la paradoja de Kissinger. El 80% del comercio canadiense se realiza con EE. UU. La integración económica, social y cultural entre ambos países es profunda y, hasta hace sólo unas semana, estable (4). Pero insinuar la vulneración de la independencia nacional ha sido demasiado. Trump ha jugado con la idea de que Canadá se convierta en el 51º estado de la Unión.

El orden liberal tiene un doble componente transoceánico, a lo largo del Atlántico y del Pacífico, pero también territorial, y no solo hacia el norte (Canadá), sino hacia el Sur (México, Centroamérica y Suramérica).

LA SERVIDUMBRE MERIDIONAL

Cuando miran al Sur, las clases dirigentes estadounidenses no suelen ver un amigo sino un subordinado, un subalterno. La noción del “patio trasero” no está obsoleta. Y ahora, menos que nunca. El comienzo de la “gran deportación” iniciada por Trump se apoya en esa visión imperialista rancia que Estados Unidos mantiene con sus vecinos meridionales desde el siglo XIX. La sustitución de España como potencia colonial no ha dejado de operar en las concepciones geoestratégicas, aunque la corrección de los discursos liberales la hayan vestido de librecambio mercantil, de defensa del orden democrático frente a la amenazas revolucionarias totalitarias y otras zarandajas.

Trump quiere ahora convertir a la América hispana en recipiente de lo que considera, sin rubor, residuos humanos, criminales disfrazados de delincuentes económicos o políticos. Se apoya en gobernantes regionales no sólo autoritarios, sino directamente relacionados con esas tramas mafiosas que pretende falsamente combatir (5). La amistad que cultiva con el salvadoreño Bukele para hacer efectiva la deportación es sólo una parte de su política. Trump no entiende de los escrúpulos liberales y está dispuesto a entender con el venezolano Maduro, al que fustiga al tiempo que seduce si se aviene a colaborar son sus propuestas migratorias.

Con México, Trump lo tiene más difícil. Desde las antípodas ideológicas, la flamante Presidenta Sheinbaum ha optado por continuar la táctica suave ya empleada por su antecesor. No porque comparta el instinto populista de Obrador, sino por su espíritu científico-técnico que le aconseja no repetir permanentemente el error hasta que se convierta en acierto. Sheinbaum ha querido retrasar las ínfulas trumpianas ofreciendo ciertas concesiones en materia de control migratorio, a la espera de que su poderoso colega del Norte se entretenga en otras misiones internacionales que arrojen un mayor dividendo para su vanidad personal. Al no comulgar ni con el pseudo nacionalismo retórico del viejo PRI, ni con el neoliberalismo que lo sustituyó, desde dentro y desde fuera del partido-Estado, la nueva Presidenta tiene un margen pragmático (6). Pero no ilimitado ni permanente.

LOS AMARGORES ATLÁNTICOS

En cuanto a la fatalidad de la amistad lejana en el espacio y cercana en intereses cuál es la europea-norteamericana, Estados Unidos ha dejado de ser el indiscutible patrón. En los tiempos de la dualidad soviético-norteamericana, la noción de protección pesaba sobre las políticas europeas con distinta intensidad pero con un amplio consenso entre las élites liberal-conservadoras-socialdemócratas. En el interregno entre estas “dos guerras frías”, Europa no cuestionó el “vínculo transatlántico”, pero se aprestó a utilizar el “dividendo de la paz” para liberar parte del lastre militar.

Ahora, al adoptar la noción de Rusia como “agente perturbador” del orden liberal, Europa vuelve a tener el complejo del amigo dependiente. Sólo que, ahora, el protector se ha vuelto fatal. No sólo le regatea el apoyo, sino que además flirtea con el “enemigo” oriental. Pero en el actual discurso del “rearme de Europa” (Von der Leyen dixit) no pesa tanto el desengaño hacia el amigo americano cuánto la presión de intereses industriales vinculados a la esfera militar, eso que los expertos del sector codifican como BITD (base industrial y tecnológica de la Defensa). Para las grandes empresas del conglomerado, la guerra de Ucrania es la “gran oportunidad” para ordenar e impulsar el sector, retomar la senda de los grandes beneficios y asegurar un horizonte de negocios tan sustanciosos como el disfrutado durante la era de la “amenaza soviética”. En una serie de artículos sobre la realidad y las perspectivas de la defensa europea, el diario francés LE MONDE ha expuesto los límites pero también las ambiciones del lobby militar-industrial (7). Falta por identificar con claridad a sus agentes políticos ante el gran debate que se prepara en Europa. Eso será motivo de próximos análisis.


NOTAS

(1) “Trump’s Tariffs and the Backlash From Canada and Other Countries, Explained”. ANA SWANSON. THE NEW YORK TIMES, 12 marzo; “Is Trump driving the US into a recession? – in charts”. THE GUARDIAN, 18 marzo.

(2) “Canada’s Carney starts first trip abroad with implicit digs at Trump”. POLITICO, 17 marzo.

(3) “Why Canada should join the EU. Europe needs space and resources, Canada needs people. Let’s deal“. THE ECONOMIST, 2 enero.

(4) “‘Most European Non-European Country’: Canada Turns to Allies as Trump Threatens”. MATTINA STEVIS-GRIDNEFF. THE NEW YORK TIMES, 17 marzo

(5) “The Myth of the Hardened Border. Why Crude Restrictions Can’t Stop Migrants, Drugs, or Disease. EDWARD ALDEN Y LAURIE TRAUTMAN. FOREIGN AFFAIRS, 6 marzo.

(6) “‘You’re Tough’: How Mexico’s President Won Trump’s Praise”. NATALIE KRITOEFF. THE NEW YORK TIMES, 14 marzo.

(7) “L’industrie de la défense européenne, un secteur encore très fragmenté face à la concurrence américaine” ( Série «L’économie de la guerre»). LE MONDE, 10-16 marzo.

TRUMP: GANANCIAS Y RIESGOS DEL FAROLEO

12 de marzo de 2025

Trump ha convertido el tablero internacional en una gigantesca mesa de póker. Las relaciones entre países, las alianzas, las reglas del juego entre adversarios se han tornado impredecibles, cambiantes a cada momento, arriesgadas. Cualquier tratado es susceptible de ser vulnerado o de ser interpretado a capricho (1). Una  decisión de hoy puede ser sustituida por otra contraria mañana. Ni siquiera en los turbulentos años 30 del siglo pasado se había llegado a tanto. Se sabía que Hitler era un tipo peligroso pero incluso los dirigentes que se engañaban a sí mismos podían intuir cuales eran sus objetivos estratégicos, aunque no alcanzaran a imaginar las barbaridades que estaba dispuesto a cometer.

El mundo occidental, aún hegemónico en el Planeta Tierra, vive un momento de desconcierto sin precedentes en los tiempos modernos. Los más cínicos entre las élites dirigentes sostienen o dejan entender que todo esto se trata de una afección pasajera que desaparecerá... o se la hará desaparecer por el “bien de la mayoría”. Puede ser, pero cabe preguntarse cuántos destrozos se pueden soportar.

No es casual ni azaroso que Trump utilizara el juego de naipes en la bochornosa escena del Despacho Oval para describir las opciones del Presidente de Ucrania. “No tienes cartas” en la guerra contra Rusia, le espetó. Es decir, hubiera sido más brutal aún, pero no inexacto, que le hubiera dicho “se te ve el farol”. Ese es el tipo de lenguaje en el que el ocupante de la Casa Blanca se siente a gusto. No en vano, el arte del faroleo es su estilo político. Con la diferencia de que él si cree tener buenas bazas en su mano. Lógicamente, para obtener el máximo rendimiento.

Los constantes cambios de opinión, las decisiones que apenas se mantienen un días o unas horas, las contradicciones incluso en la misma aparición ante los medios, la combinación de chanzas y amenazas (veladas o explícitas) responden a esa visión de los pulsos internacionales. Como soy el más fuerte  -sería su lógica-, estoy en condiciones de obtener lo que me proponga, pero el reto consiste en hacerlo con el menor coste posible.

LA CLAUDICACIÓN DE ZELENSKI

De momento, le ha dado resultado con el protegido ucraniano ahora en desgracia. El impulso de orgullo de Zelenski ha tenido un corto vuelo. La claudicación del Presidente ucraniano es evidente y se ha desplegado con un inevitable aire de humillación. La congelación sólo por unos días de la ayuda militar y de los datos de inteligencia militar le han hecho doblar la rodilla (2). Incluso rodeado de sus aliados europeos, tuvo que admitir que había sido un error llevar la contraria públicamente a Trump. Había sido advertido de que no lo hiciera, pero creyó que sus habilidades como showman televisivo le permitiría salir airoso del envite. No ha sido así.

Con Rusia, Trump también está faroleando. Una vez sometido el díscolo peón, ahora necesita que ese juego de equívocos que lleva años manteniendo con el Kremlin le reporte algún rédito sustancioso en clave personal. Hay motivos para sospechar que la paz en Ucrania le importa un bledo al Presidente regresado. Es su vanidad es casi lo único que le impulsa. En ese asunto y en todos los demás.

El trágala de Jeddah -no puede hablarse de acuerdo, en puridad- es el paso que la Casa Blanca necesitaba para escuchar la apuesta de Putin. Por la experiencia de las actuaciones del líder ruso, no cabe esperar de él actuaciones transparentes. Por el momento, sigue con su costoso esfuerzo de mejorar posiciones en el campo de batalla antes de comprometerse en una vía negociada. La leyenda de que Trump y Putin son aliados encubiertos es un elemento más del juego de propaganda que enturbia este conflicto desde el principio. Trump no tiene aliados (quizás ni siquiera entienda de verdad ese concepto), sino socios con los que hay que entenderse sin descartar engañarlos. Y a Putin le pasa lo mismo, aunque con otro estilo. Lo avala su carrera profesional, basada en la mentira y la extorsión.

En el mundo liberal, la alarma cunde. Al menos como ejercicio público. Esta visión angelical de una Europa trastornada por la deriva norteamericana es también muy difícil de creer. Los dirigentes políticos europeos son tributarios de una tradición colonial en la que imperaba siempre el espíritu del más fuerte y la retórica de los derechos humanos se sacrificaba en el altar de los intereses de las élites. Resulta candoroso escuchar las apasionadas proclamas de los líderes británico o francés, sobre el derecho a la independencia del pueblo de Ucrania. No hace tiempo que sus predecesores pactaron con Putin (los acuerdos de Minsk I y II) que sabían positivamente que no se iban a cumplir: ni por los rusos ni por los ucranianos (3).

En Europa,  la conclusión inmediata del desgarro transatlántico es esta urgencia armamentística envuelta en un paquete financiero improvisado a toda prisa, para apaciguar las primeras aprensiones sociales (4) . Los gobiernos del consenso centrista se protegen preventivamente de las críticas. Los liberales, como Macron, prometiendo que no va a ser necesario subir los impuestos (5); los conservadores, como Merz, el canciller in pectore, abjurando de sus rígidas reglas fiscales de contención del gasto y la deuda (6); los laboristas, justificando los primeros recortes en materia social (7).

El complejo industrial-militar siempre ha sido un factor de riesgo para el sistema democrático como denunció Eisenhower, cuando se despidió de la Casa Blanca a mediados de los 50. Bien lo sabía él, que era un producto de ese poder real. Durante las dos décadas siguientes, los Estados atendieron más las necesidades sociales que los escenarios de catástrofe militar. No fue casualidad que la revolución conservadora de los años ochenta se aparejara con un repunte de los gastos militares sin precedentes desde la II Guerra Mundial. Y no han cesado de aumentar desde entonces. El presupuesto militar de EE.UU es mayor que el de los 15 países que le siguen.


Fuente: Instituto de Estudios Estratégicos (Universidad de Georgestwon)

Empieza a clarificarse que el debate sobre este “esfuerzo en Defensa” tiene poco que ver con las amenazas militares reales y mucho con el riesgo de perder la batalla de la competencia que algunos sectores industriales perciben ante la irrupción de rival geoestratégico del siglo XXI.

En el juego de póker de Trump con sus socios comerciales más importantes (europeos, canadiense, mexicano), la apuesta es arriesgada, pero corregible. O eso piensa él, aunque los mercados bursátiles le haya mostrado ya su malestar y los gurús económicos ya estén avisando de una recesión autoinfligida (8).

Pero la verdadera partida de Trump la tendrá que jugar con China. En esa mesa no estará sentado sólo el Presidente croupier, sino muchos políticos y agentes del capitalismo americano que creen necesario frenar como sea a China. Si ya no funcionara el desrisking (reducir riesgos sin romper la baraja), habrá que adoptar el decoupling (desvincular las economías occidentales de las cadenas de suministro chinas). Las tácticas trileras de quien se creer poseedor de la mejor mano podrían resultarles útil a quienes juegan a mucho más largo plazo. Hay una partida mucho más importante que hace tiempo se está librando en una sala trasera y no bajo los focos de este liderazgo dopado por la cultura visual.

 

 NOTAS

(1) “All of the Trump Administration’s Major Moves in the First 50 Days”. THE NEW YORK TIMES, 11 de marzo (actualizado a diario).

(2) “Visualizing Ukraine’s military aid after the U.S. freeze”. THE WASHINGTON POST, 11 de marzo.

(3) “The Minsk Conundrum: Western Policy and Russia’s War in Eastern Ukraine” CHATTAM HOUSE.

https://www.chathamhouse.org/2020/05/minsk-conundrum-western-policy-and-russias-war-eastern-ukraine-0/minsk-2-agreement

(4) “Les dépenses militaires, un levier pour la croissance… et pour l’inflation”. BEATRICE MADELEINE. LE MONDE, 10 de marzo.

(5) “Face à la «menace russe», Emmanuel Macron sollicite la «force d’âme» des Français”. LE MONDE, 6 de marzo.

(6) “A fantastic start for Friedrich Merz. The incoming chancellor signals massive increases in defence and infrastructure spending”. THE ECONOMIST, 5 de marzo.

(7) “Starmer decries ‘worst of all worlds’ benefits system ahead of deep cuts”. THE GUARDIAN, 10 de marzo.

(8) “The Incoherent Case for Tariffs. Trump’s Fixation on Economic Coercion Will Subvert His Economic Goals”. CHAD BOWNE Y DOUGLAS IRWIN (Peterson Institute). FOREIGN AFFAIRS, 11 de marzo.

 

 

UCRANIA Y EL DILEMA DE EUROPA

 5 de marzo de 2025

Estas dos últimas semanas han conmovido las estructuras internacionales. Los comportamientos y decisiones del Presidente de los EE.UU han sacudido los cimientos del Orden Liberal al dar alas a algunos de sus adversarios. Este juicio es discutible, pero es un sentir general de gobiernos, políticos, académicos y analistas. Hay una desazón perfectamente perceptible en los atlantistas militantes y una perplejidad en los críticos de la Alianza occidental. Por motivos distintos, y hasta opuestos, ninguno de ellos se puede creer lo que está ocurriendo. Vayamos por partes.

Los atlantistas consideran una tragedia el giro que ha dado Trump, por mucho que estuviera anunciado. Nunca se creyeron que llegaría a socavar el fundamento de la solidaridad occidental. Ese ha sido el principio rector desde 1945 y, si tomamos en cuenta sus precursores, desde 1918.

Los más optimistas creen que la Alianza Atlántica ha sido sacudida pero es todavía salvable (1). Los más pesimistas consideran que el azote de Trump será tan profundo y violento que Europa debe aprovechar el momento para hacer virtud de la necesidad y convertir la crisis en oportunidad (2).

Atlantistas optimistas y pesimistas convergen en este último punto: se recupere o no el vínculo transatlántico, Europa debe caminar decididamente hacia un mayor y mejor compromiso defensivo. O sea, debe incrementar sus gastos militares y gastar -se proclama- de manera más eficaz e inteligente. Esta va a ser la consigna de los gobiernos europeos anclados en el consenso centrista, que son casi todos. Se avecinan conflictos.

EL REARME QUE VIENE

Ucrania va a ser el banco de pruebas de esta nueva Europa De la Defensa. De momento, la única conclusión concreta de la cumbre europea del pasado fin de semana con el presidente Zelenski fueron palmadas en la espalda y  protestas de solidaridad. En privado se admite que sin la cooperación norteamericana, la protección prometida a Ucrania es simple ilusión. El escaldado Presidente ucraniano ya está dando muestras de su disposición a pasar por el aro de Trump para negociar la paz (3).

La Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha avanzado una cifra para este esfuerzo militar: unos 800.000 millones de euros, cantidad similar a los fondos de recuperación del COVID. En esa cantidad se incluiría la autorización de deuda por un valor de 150.000 millones para que la UE preste dinero bonificado a los países miembros que presenten planes de inversiones militares. El problema es que no sobra el dinero. La UE aún no ha pagado la deuda contraída por el Plan de Recuperación y los intereses subsiguientes, que alcanza una suma equivalente al 20% del presupuesto anual del Club (4). Lo que no consiguieron las necesidades sociales en la crisis financiera parece allanado ahora para el esfuerzo militar. Un mensaje. Y un peligro (5).

Casi todos los gobiernos europeos -con muy pocas excepciones- son débiles, en el sentido de que dependen de coaliciones políticas sometidas a fuerte presión. Repasemos el mapa político actual.

- Alemania se encamina hacia la quinta Gran Coalición de la República Federal con el esfuerzo bélico como supuesto factor aglutinador. Los dos partidos del futuro gobierno han alcanzado un acuerdo de principio para que los gastos militares que superen el 1% del PIB no computarán en el mecanismo de freno de la deuda. Una especie de barra semilibre que atizará el riesgo de que los costes sociales refuercen el discurso de la oposición ultraderechista alineada con Trump y Rusia.

- Francia sigue enganchada del decreto-ley para dotarse de las herramientas básicas de gobierno como los Presupuestos y otras medidas esenciales, con una ultraderecha al acecho que se ha distanciado de Putin, pero quiere aprovecharse del tirón de Trump.

-Italia está gobernada por una ultraderecha atlantista y claramente contraria a Rusia, pero decididamente trumpista.

-España depende de una coalición en la que su socio menor recela de cualquier decisión que implique mayores gastos militares y, aunque sus simpatías prorrusas nostálgicas del periodo soviético se van desvaneciendo, cuesta admitir, con cierta razón, que se opte por el aislamiento de Moscú como principal palanca.

-Polonia está en manos de una mayoría liberal-conservadora que es tan  claramente antirrusa, como la oposición ultraconservadora.

En un panorama similar al alemán (gobierno de gran coalición o de coalición amplia entre los partidos del consenso centrista) se encuentran Rumanía, Bélgica, Austria (donde acaba de constituirse una coalición que aleja del poder a la extrema derecha afín al Kremlin), Chequia (aunque quizás por poco tiempo), Estonia (coalición social-liberal) y Letonia (coalición social-liberal-verde).

Disfrutan de una situación como Italia, más cómoda en este asunto de la guerra de Ucrania, gobiernos liberal-conservadores con mayoría clara (Grecia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo) o con la comprensión o el apoyo parlamentario de una extrema derecha poco afín a Moscú (Suecia, Finlandia, Croacia y Lituania). A estos habría que añadir los gobiernos de centro-izquierda, como el social-demócrata de Dinamarca (con una extrema derecha debilitada y alejada de Moscú) y Malta y los de coalición social liberal en Eslovenia y Chipre.

El apoyo reforzado a Ucrania y el rechazo a un entendimiento con Rusia en las actuales circunstancias puede provocar en los gobiernos de Holanda (formado por una coalición  en la que en este caso se encuentra una ultraderecha, el Partido de la Libertad, poco inclinado a hostigar a Rusia.  Cercanos a Moscú son los gobiernos de Hungría y Eslovaquia. Por tanto, la unidad es relativa, como en cualquier asunto importante.

Pero si se introduce la variable de las relaciones con la América de Trump, las tensiones se incrementan exponencialmente. Los Bálticos y Polonia no apoyarán una estrategia de confrontación con Estados Unidos.

EL POST-BREXIT HA COMENZADO

Otro aliado externo a la UE que puede provocar fricciones es el Reino Unido. Su protagonismo en esta primera fase de la crisis ucraniana ha sido evidente. La cumbre del alivio tras la bronca del Despacho Oval se celebró en Londres. No en vano, el premier Starmer ha sido el único que ha puesto sobre la mesa el despliegue de una fuerza europea de protección en Ucrania, cuando se acuerde un alto el fuego. El presidente francés hizo flotar la idea hace unas semanas, pero muy a su manera especulativa. Alemanes y mediterráneos se resistirán o negarán a aportar botas sobre el terreno (boots on the ground).

El Reino Unido tiene otro argumento que refuerza su posición en estos momentos: dispone, como Francia, de arsenal nuclear propio y de una potencia militar incuestionable, por no hablar de su experiencia en este tipo de despliegues de fuerza.

Alemania, entre los grandes, es el eslabón más débil. El futuro canciller es un atlantista radical, de los que están muy afectados por este desenganche americano de Europa. Friedrich Merz no renunciará a una reconciliación con la administración Trump lo más pronto posible, aunque se le planteen concesiones desde Washington. Está por ver qué piensan los socialdemócratas, cuya base social no está del todo convencida de las bondades de la gross koalition y más si se profundiza en el rearme.

LAS IZQUIERDAS, ANTE LA CRISIS OCCIDENTAL

Finalmente, conviene hacer una reflexión sobre los desgarros entre la izquierda moderada y radical ante las nuevas perspectivas. Los socialdemócratas han abrazado la causa de Ucrania de manera excesivamente emocional, motivados por la repugnancia que les produce el alineamiento de Putin con la extrema derecha europea. Es un argumento comprensible. Pero la izquierda excomunista o comunista reconvertida se resiste a comprar la narrativa que considera a Rusia la única responsable de la guerra. Y no les falta razón. La OTAN no tuvo en cuenta los legítimos intereses de seguridad (o de percepción de seguridad, que viene a ser lo mismo), al expandirse hacia el Este, contrariamente a sus compromisos al final de la guerra fría. Ucrania era una línea roja para Moscú y los aliados occidentales dijeron respetar esas aprensiones. La evolución de la crisis ucraniana ha supuesto una ruptura con esos compromisos y la respuesta contundente o brutal de Moscú (según las opiniones).

También es discutible que Rusia represente una amenaza para la seguridad europea, como se dice para justificar el incremento de los gastos militares. Para cualquier gobierno en el Kremlin (el actual o uno liberal), una cosa es Ucrania y otra es Polonia o los países bálticos. Moscú no tiene capacidad para enfrentarse a un país de la OTAN y salir vencedor. Es el factor de las minorías rusas en los países vecinos lo que el nacionalismo ruso, que Putin aproveche para consolidar su base de poder.  Si se le pide a la izquierda crítica europea que sea menos complaciente o simplemente pasiva con la Rusia putinista, también la socialdemocracia debería recuperar la visión de Willy Brandt, que construyó la Ostpolitik en los años setenta para hacer posible la distensión, sin por ello renunciar a los valores democráticos y a defender a los disidentes del Este.

 

NOTAS

(1) “Europe’s Moment of Truth. The Transatlantic Alliance Is Under Grave Threat—but Not Yet Doomed”. WOLFGANG ISCHINGER. FOREIGN AFFAIRS, 2 de marzo.

(2) “Europe is running out of hope Trump is still open to persuasion over Ukraine”. PATRICK WINCOUR (Corresponsal Diplomático). THE GUARDIAN, 4 de marzo.

(3) “Zelensky Offers Terms to Stop Fighting, Assuring U.S. That Ukraine Wants Peace”. MARC SANTORA. THE NEW YORK TIMES, 4 de marzo.

(4) “‘No more excuses’: Europe under pressure on defence spending three years after Russian invasion. JENNIFER RANKIN. THE GUARDIAN, 24 de febrero.

(5) “La Europa marcial, una bomba antisocial”. FRÉDÉRIC LEBARON Y PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, marzo de 2025.