15 de abril de 2026
La estrepitosa derrota de Viktor Orbán después de 16 años en el poder ha sido saludada por gobiernos y fuerzas políticas mayoritarias en Europa, como una de las novedades más prometedoras de los últimos años. Es comprensible. Orbán y su partido, el FIDESZ, se habían convertido en el faro e inspirador de casi todas las formaciones de ultraderecha. No sólo había llegado al gobierno de su país sin apenas oposición viable, sino que ha ejercido un férreo poder durante más de tres lustros y ha puesto en jaque al establishment de Bruselas.
Pero
por influyente y dominador que el aún primer ministro húngaro haya sido, su
liderazgo no abarcaba a todo el espectro ultranacionalista europeo. Los dirigentes
de Ley y Justicia, también dominantes durante mucho tiempo en Polonia, no menos
reaccionarios que Orbán en los asuntos sociales e ideológicos y tan desafiantes
con las instituciones comunitarias como sus pares húngaros, se distinguían nítidamente
de ellos en algo esencial: eran ferozmente antirrusos. El nacionalismo de
Putin, conversión oportunista tras el poscomunismo, se sentía como una amenaza
en Varsovia, en contraste con la simpatía pragmática que siempre le ha
profesado Budapest.
En
la ultraderecha occidental se ha replicado esta escisión con la cuestión rusa
como parteaguas. En su día, Marine Le Pen o Mateo Salvini hacían buenas migas
con Putin, y, según se dice, -y en cierto modo se ha comprobado- se alimentaban
en sus abrevaderos financieros y políticos. En cambio, otros grupos de la
ultraderecha coincidían con los polacos en el odio al gran Oso del Este, por experiencia
histórica. Los más cercanos a Rusia no conseguían sacudirse de ese rechazo que
la época comunista contribuyó decisivamente a exacerbar.
De
hecho, si la ultraderecha estuvo y sigue estando escindida en el Parlamento y
en otras instituciones de la UE es precisamente por esta divergencia insalvable
en las relaciones con Moscú. La guerra de Ucrania vino a acrecentar las
diferencias internas en esta familia política, por lo demás coincidente en
muchos asuntos. Durante los últimos años antes del Brexit, los tories
británicos, los polacos de Ley y Justicia y los Fratelli neofascistas de
Giorgia Meloni constituían el triunvirato del ultranacionalismo conservador. Su
nombre oficial era Conservadores reformistas por Europa. ¿Qué querían
reformar? Pues ni más ni menos que la UE: privarla de su impulso plurinacional,
de su instinto burocrático y de su deriva elitista. Se trataba de recuperar a
toda costa el Estado Nacional, lesionado por años de un europeísmo falaz y
voraz. Y todo ello teñido por un anticomunismo enfermizo que sobrevivió a la propia
desaparición de la URSS (era el caso de tories y neofascistas).
En
otro lado estaban los que, compartiendo toda la retórica antieuropeísta y la
reinterpretación nacionalista del proyecto europeo, no veían en Putin lo que no
era; es decir, una reencarnación disimulada del comunismo, sólo porque hubiera
hecho su carrera en el KGB y conservara sus métodos. Del dirigente ruso del
siglo XX admiraron su capacidad para transformar los anclajes del pasado en lanzaderas
de un futuro basado en proclamas reaccionarias ligadas al soberanismo nacional,
la decadencia del sistema liberal, los valores sociales apegados a las
tradiciones, la resonancia de un pasado lejano confusamente imperial e inspirado
en referencias religiosas, militares y culturales, como garantes de un Orden
que nunca debió ser minado desde dentro.
Cuando
la conexión con Moscú empezó a ser un lastre, políticos como Marine Le Pen, o
Salvini, o en menor medida los alemanes de Alternativa, intentaron una
confluencia con el otro sector ultraconservador. Sin éxito.
Orbán
se movió siempre entre dos aguas. No estuvo ni con los polacos ni con la dupla
Le Pen-Salvini. De hecho, supo engatusar a la CDU alemana, que no quiso desperdiciar
las mayorías absolutas del FIDESZ para asegurar su predominio europeo sobre los
socialdemócratas. No en vano era un aliado incómodo pero útil. El Partido
Popular Europeo sólo aceptó abrir un expediente de expulsión contra el partido
de Orbán, cuando la situación ya se había hecho insostenible. Las continuas
afrentas a la Comisión, al Parlamento y a otras instituciones europeas llegaron
a salpicar a los gobiernos. La cercanía cada vez más peligroso a Putin fue el
factor decisivo de ruptura.
Orbán
navegó en su aislamiento con bastante habilidad durante los últimos años. Fue
muy eficaz al presentar el ascenso de la ultraderecha de la última década como
producto del éxito de su ejemplo. Se podía llegar al poder y gobernar, se podía
desafiar a Europa sin correr riesgos excesivos. Y se podía tener un amigo en el
Kremlin, sin ser un problema, sino más bien una garantía.
Los
polacos, incapaces existencialmente de aceptar esta última premisa, se
limitaron a una alianza no expresa con los afines húngaros, sin renuncia a su
autonomía. Partían con ventaja. Polonia cuadriplica en población a Hungría. Ninguno
de los dos países ha alcanzado nunca la pujanza económica de los checos, pero
siempre han estado por encima de eslovacos, rumanos y búlgaros en la lista de
pariente pobres de Centro y Este de Europa.
Tarde
o temprano, los equilibrios de Orbán en la UE y los abusos reiterados en el
interior de su país, con una ocupación asfixiante de las instituciones y de las
palancas del poder económico, tenían que resquebrajarse. La guerra ucraniana ha
expuesto a polacos y húngaros en medida similar, pero mientras los primeros dejaron
ver enseguida sus instintos xenófobos, prohibiendo la llegada de más refugiados
procedentes de Ucrania, los segundos plantearon la hostilidad hacia Kiev con
argumentos puramente económicos. Se presentaba a los dirigentes ucranianos como
los responsables del encarecimiento del gas procedente de yacimientos rusos mediante
supuestas operaciones fiscales y obstructivas. Orbán sostuvo su alianza
interesada con el Kremlin presentado a Ucrania como una enemiga no sólo de
Rusia, sino también de Hungría.
De
ahí que, cuando los Estados Unidos de Trump empezaron a regatear la ayuda militar
y económica a Zelenski y Europa se convirtió en la única garante de la
supervivencia ucraniana en una guerra estancada pero horriblemente desgastante,
Orbán vetó el paquete de 90 mil millones de euros que suponía una línea de vida
para Kiev.
Sin
embargo, la propaganda anti ucraniana de Orbán dejó de tener recorrido cuando
las consecuencias de la guerra empezaron a dejarse notar muy negativamente en
el nivel de vida de los húngaros. Si a eso se suma el cansancio comprensible
por tres lustros de dominio autoritario en todos los ámbitos del país, se
entiende la incubación de la crisis
terminal. Orbán era el dirigente más longevo de Europa en la actualidad. Pero
convertirse en perpetuo o emular los récords de Putin en la Rusia poscomunista se
trataba de una apuesta difícil de ganar.
Dicho
todo lo anterior, el autócrata húngaro no ha caído por la presión de los
sectores más dinámicos, y muchos menos progresistas, de la sociedad húngara. El
recambio que se dibuja en Budapest es inequívocamente conservador y muy
nacionalista. Péter Magyar, se ha dicho hasta la saciedad, es cuña del árbol
criado por Orbán. Era uno de sus colaboradores cercanos, hasta que se dio cuenta
de que el supremo e incontestable líder estaba agotado y que el enfrentamiento
continuo con Europa era una rémora para las élites a las que él pertenece por
su activismo político ligado al FIDESZ.
La
formación TISZA, acrónimo de Respeto y Libertad, fue recibida con alborozo por
el Partido Popular Europeo, que vio llegado el momento de recuperar un aliado junto
al Danubio. Los dirigentes conservadores y democristianos de la derecha europea
se frotan las manos con un Partido que tendrá una mayoría absoluta inédita en
Europa: 138 diputados de los 199 del Parlamento húngaro. El FIDESZ se ha
quedado en 55, de los 135 que tenía (si se suman también los escaños de su
aliado menor, la democracia cristiana húngara más ultra). No es aventurado predecir
que el partido de Orbán se disolverá o que muchos de sus diputados se unirán a
la marea victoriosa. Como anticipo de esta previsión, en las últimas semanas se
ha producido una deserción masiva de altos cargos del Gobierno y del Estado.
Cuando se hunde el barco...
Lo
inquietante de ayer es que los otros 6 escaños que completarán la Cámara han sido
ganados por el Movimiento de inspiración neonazi Mi Patria. Los
admiradores del Almirante Horthy, el aliado de Hitler durante el Tercer Reich,
emergerán en el impresionante edificio
del Parlamento húngaro.
La
izquierda socialista, ecologista y crítica ha sido borrada del mapa político.
Ni uno solo de los 56 diputados con que contaba hasta ahora esa difusa y desunida
agregaduría del centro-izquierda ha salvado el asiento. Hungría seguirá siendo,
pese a los resultados del 12 de abril, el país más derechista, conservador y
nacionalista de Europa. Simplemente ha desaparecido el amigo por antonomasia de
Putin. Eso es en realidad lo que se celebra en Bruselas, París, Berlín, Varsovia
y Roma.

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