CHINA, BISAGRA DEL PODER MUNDIAL

20 de mayo de 2026

En apenas unos días, el Presidente de China ha recibido en Pekín a sus homólogos norteamericano y ruso. En lo que va de año, Xi Jinping ha sido también anfitrión de los máximos dirigentes de Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña, España y algún otro. El mundo pasa por Pekín. China se posiciona como pieza clave en el actual tablero internacional.

Se discute mucho en estos tiempos hasta donde ha llegado el poderío chino. En la esfera económica, nadie discute que China es ya la segunda potencia mundial y muchos vaticinan que este siglo se consumará su hegemonía. Otros cuestionan esta último pronóstico y señalan los puntos débiles de las estructuras económicas chinas. Uno de ello es Theodore Bunzel, un veterano especialista en la materia, quien señala que el gigante  de Asia-Pacífico “no se puede permitir escalar una confrontación económica con los Estados Unidos” (1).

Esta opinión contrasta con las de quienes resaltan que el fortalecimiento de China ha sido en parte inducido por los errores occidentales. Algunos altos cargos y asesores relevantes en las administraciones demócratas recientes sostienen que la errática e inepta política de Trump está acelerando este proceso de afirmación de liderazgo mundial chino. Es el caso de Henrietta Levin (exconsejera en el Departamento de Estado): “América ha perdido su ventaja sobre China” (2). O de Rebecca Lissner y Mira Rap-Hooper (asesores influyentes en el equipo de Biden), para quienes “las concesiones de Estados Unidos están favoreciendo la capacidad de influencia china” (3).

DE LAS AMENAZAS A LOS HALAGOS

La reciente visita de Trump a Pekin ha reforzado estas impresiones. La fanfarria del encuentro ha sustituido a la sustancia, estiman la mayoría de los observadores. Con su facundia verbal acostumbrada, el Presidente norteamericano dejó caer que había conseguido ciertos compromisos de Xi (compra de aviones Boeing o de carne americana), que no figuran reflejados en la versión china de la reunión. Ni confirmaron tampoco miembros del staff norteamericano.

Esta “cumbre atmosférica” (como solían denominarse los encuentros entre las superpotencias en tiempos de la guerra fría) es un buen síntoma del callejón  sin salida en el que se ha metido Trump con su libreto de amenazas, extorsiones y bravuconadas en su relación con el mundo.

China ha sido quizás el ejemplo más humillante de las limitaciones del poderío americano. Sin estridencias, pero con firmeza, Pekín ha respondido a cada una de las represalias de Trump, poniendo en evidencia su ausencia total de estrategia. Pero fiel a su estilo de rudeza en guante de seda, los chinos han favorecido siempre pasarelas de salida a la tensión, como en el caso de la prohibición de la exportación de tierras raras y la graduación de aranceles.

Trump se ha ido acomodando al ritmo chino, acudiendo a otro de sus reflejos habituales: compensar con halagos y obsecuencias lo que no ha podido lograr con la amenaza de la fuerza. Es sabido que el presidente norteamericano admira el estilo autoritario por considerar que es mucho más práctico y consigue resultados más rápidos que los sistemas liberales debilitados por factores internos y externos. En Pekín, no ha tenido empacho en hacer gala de esa admiración (“es usted un gran líder... y así se lo digo a todo el mundo”, halagó a Xi), combinada con referencias retóricas sobre la cultura milenaria del pueblo chino, para ocultar la ausencia de compromisos relevantes concretos.

En cambio, Xi Jinping, sin amargar la cordialidad del encuentro, dejó claro desde el comienzo de la cumbre lo que más le interesa a su régimen en este momento: que China no aceptará interferencias en la gestión de la unificación del país; es decir, el asunto Taiwán. “Estados Unidos debe manejar el asunto de Taiwán con la máxima precaución”. La frase es suficientemente clara y respetuosa a la vez. En todo lo demás, Xi sabe que con Trump lo que hoy se pacte puede quedar mañana en agua de borrajas; y, por lo tanto, deriva la letra pequeña al trabajo de las burocracias gubernamentales. Esta confrontación de estilos (y de niveles de competencia política) es lo que ha llevado a algunos comentaristas a calificar la cumbre de “banal” (4).

Seguramente, en dos días de paseos y charlas ha habido más de lo que sabemos. Es muy probable que en privado Xi le haya sugerido a su colega que sea más flexible en la reconducción de la guerra contra Irán (un aliado sui generis de China, no hay que olvidarlo). Pero públicamente no trascendieron más que generalidades sin valor informativo aparente. Sobre Ucrania, por ejemplo, el Financial Times afirma que Xi le confesó a Trump que Putin se habría arrepentido de haber ordenado la invasión, pero el presidente americano ha dicho que no recuerda haberle oído tal afirmación.

LA “AMISTAD ETERNA”

Apenas dos días después de despedir a Trump, Xi Jinping ha recibido en la zona reservada de la capital china a su “amigo íntimo”, el Presidente ruso, Vladímir Putin. Los elogios inmaduros del mandatario americano ha dejado paso a fórmulas más políticas aunque no exentas de calidez. La verdadera relación personal entre Xi y Putin es imposible de verificar, pero parece evidente que en más de cuarenta encuentros han conseguido forjar un nexo de confianza. No hay fuerza que la fomentada en la necesidad, dice el adagio.

La cuestión es cómo se expresa esa necesidad mutua. La inmensa mayoría de los analistas estima que Rusia es el socio dependiente y China el dominante. Las cifras económicas son abrumadoras. China absorbe ya el 30% de lo que Rusia vende en el exterior y el 40% de lo que Moscú compra fuera procede de su gran vecino del sur. En cambio lo que China obtiene en Rusia sólo significa el 4% de sus importaciones, similar a lo que compra a Vietnam (5).

No obstante, el contenido de las importaciones chinas de Rusia tiene una capital importancia, ya que se trata fundamentalmente de materia prima energética: gas y petróleo, ambos imprescindibles para asegurar la capacidad productiva del país. “Amistad eterna o sin límites” aparte, China se aprovecha del impuesto tope internacional al precio del crudo ruso para comprar más barato.

Con la guerra de Irán y el cierre de Ormuz, los productos energéticos de Rusia han adquirido aún mayor prioridad para China: se han convertido en suministros seguros, frente a la inestabilidad que nubla y seguramente nublará durante un tiempo los procedentes de Oriente Medio. De nuevo, la necesidad se convierte en cimiento poderoso de la amistad.

Putin no va a dejar de aprovechar la oportunidad. Contrariamente a Trump, que amenaza a China para luego halagarla cuando se da cuenta de que su táctica agresiva no ha funcionado, Putin ofrece reforzar su ayuda como corresponde al comportamiento entre “amigos”, esperando ser atendido con reciprocidad.

Hace tiempo que Rusia quería construir el segundo gasoducto entre Rusia y China (Fuerza de Siberia 2, de 7.000 kilómetros de longitud, a través de Mongolia), para incrementar el volumen de importaciones al país vecino y, por lo tanto, reforzar los ingresos del Estado. Xi Jinping se mostraba reticente, porque no le hacía gracia depender tanto del suministro energético de su amigo ruso. De ahí que China, en su reciente Plan Quinquenal apostara por la electrificación extendida del país y el desarrollo de las energías renovables.

Pero la guerra de Irán ha terminado de eliminar las reservas de Pekín y el acuerdo para la financiación china del gasoducto está a punto de concluirse. Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie en Moscú, tal vez el think-tank occidental más influyente y conectado de la capital rusa, considera que “sólo queda precisar las cantidades de gas que China se compromete a comprar cada año y el préstamo a Moscú para financiar la construcción del gasoducto” (6). [En el momento de enviar este escrito, se ha sabido que el acuerdo se anunciará este miércoles, según el Kremlin]

En términos geoestratégicos, el eje Pekín-Moscú cobra una dimensión más equilibrada que en el ámbito económico. La cooperación militar ruso-china es sustancial y cada vez más amplia. China está interesada en la tecnología aeronaval rusa (aviación, submarinos atómicos, etc.) y Rusia obtiene de China componentes de doble uso (civil/militar) que eluden el régimen de sanciones a Moscú y pueden ser utilizados para reforzar el arsenal ruso en Ucrania.

La robustez de las relaciones bilaterales chino-rusas producen escalofríos en el establishment norteamericano, de ahí la irritación que manifiestan por las frivolidades e inconsistencias estratégicas de su Presidente. Incluso los aliados de Estados Unidos ha renunciado ya a concertar su estrategia hacia China con esta Casa Blanca y han optado por buscar espacio propio en la voluntad de Pekín.


NOTAS

(1) “There’s No Need to Fear China’s Economy”. THEODORE BUNZEL. FOREIGN POLICY, 13 de mayo.

(2) “America Has Lost Its Leverage Over China. How Trump and Xi Could Cement Beijing’s Advantage for Years to Come”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(3) “Spheres by Default. How U.S. Concessions Are Quietly Becoming Chinese Influence”. REBECCA LISSNER & MIRA RAPP-HOOPER. FOREIGN AFFAIRS, 16 de mayo.

(4) “The Trump-Xi Summit Was Remarkably Banal. A more confident China is happy to downplay presidential visits”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 15 de mayo.

(5) “Now it’s Vladimir Putin’s turn to visit Beijing”. THE ECONOMIST, 18 de mayo.

(6) “Vladimir Poutine attendu en Chine dans le sillage de Donald Trump pour demander à Xi Jinping un soutien renforcé”. MARIE JÉGO & LOUIS IMBERT. LE MONDE, 19 de mayo.

 

 

 

 

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