13 de mayo de 2026
Las elecciones locales y regionales del Reino Unido han confirmado lo que se preveía desde hace meses: el derrumbe del laborismo, el retroceso significativo de los conservadores, el auge sin precedentes de la extrema derecha y un debilitamiento del bipartidismo expresado en el ascenso de los verdes y el refuerzo de los nacionalistas escoceses y galeses.
No conviene extrapolar estos resultados locales a nivel estatal, pero es indudable que reflejan bastante fielmente un estado de ánimo político. Y, en cierto modo, un aviso, una advertencia de un amplio segmento de electores que reclama cambios, aunque no haya consenso sobre su amplitud y sentido.
El
laborismo ha desperdiciado en apenas dos años una de las mayorías más amplias
de las últimas décadas, aunque siempre que se hacen estas valoraciones conviene
recordar que el sistema electoral británico distorsiona lo que sancionan las
urnas.
El
primer ministro Starmer ha sido un pasivo para su partido. El laborismo ha
tenido muchos líderes grises en el pasado, productos más de intrigas de aparato
y compromisos entre sectores que de una depurada reflexión sobre las
necesidades de su electorado. Y las ocasiones en que el partido se deslumbraron
por la brillantez natural o artificial de un líder carismático, las cosas
tampoco fueron mejor a medio o largo plazo: los éxitos se convirtieron en un
fraude ideológico o programático.
Starmer
pertenece a la primera de las categorías: un líder de circunstancias, al que
los resultados electorales convirtieron en una supuesta solución reformista
para sacar al país del marasmo en que lo había hundido la incompetente gestión
del Brexit por sucesivos liderazgos tories.
El
actual primer ministro, un exfiscal con reflejos burocráticos persistentes, se
dedicó antes e inmediatamente después de su victoria en 2024 a limpiar el
partido de los residuos izquierdistas que habían ocupado puestos de cierta
influencia en la maquinaria del partido durante los años de liderazgo de Jeremy
Corbin. El recurso del antisemitismo
sirvió para legitimar una purga entre unos medios de comunicación predispuestos
y unas élites encantadas de ver cómo se conjuraban elementos peligrosos en uno
de los partidos de gobierno en el país. A continuación, Starmer compuso un
gobierno de barones y baronesas que desde el principio trataron de combinar sus
aspiraciones políticas de futuro con las aspiraciones de las bases.
El
regreso de Trump a la Casa Blanca complicó una revisión ambigua del proceso del
Brexit, con el que se pretendía recuperar pie en Europa sin poner en
riesgo las ensoñaciones de la “relación especial” transatlántica y una
ambiciones fuera de rango en el antiguo territorio imperial en el Asia
emergente. El desarrollo de las sucesivas crisis internacionales dejaron al
laborismo indefinido en evidencia.
Como
coralario de esta errática política exterior, las manipulaciones para elegir al
antiguo gurú de la tercera vía blairista, Peter Mandelson, como embajador ante
la corte trumpista fue la gota que desbordó el vaso del descontento. Los
resabios burocráticos se combinaron con el puro oportunismo para arrojar un
resultado calamitoso. Las conexiones del político ya jubilado con el depredador
sexual y amigo de parrandas de Trump eran conocidas en Downing Street, pero o
se ignoraron o se consideraron amortizadas. Error de cálculo y pésima opción
ética.
Previamente,
el laborismo gubernamental había ido despojándose de sus propuestas sociales
más a la izquierda, mientras resolvía con visible torpeza los habituales
escándalos de corrupción, abuso de poder o simples descuidos de algunos de sus
colaboradores (a la par que rivales potenciales) más próximos (véase la vicepremier
Angela Reyner).
En
el Reino Unido, cuando se inicia la guerra fratricida en los partidos, no hay
quien la pare. Cuando se huele sangre, se es implacable. Muchos dirigentes
locales laboristas están resentidos con Starmer por haberlos arrastrado a las
tinieblas políticas. Y los aspirantes a sustituirlos se mueven con la cautela y
astucia de los chacales. En el Reino Unido, la ceremonia sacrificial se libra
en cada casa y no por asedio externo.
Si
Starmer aún no ha recibido la puñalada de Bruto es porque la alternativa que
reúne más apoyo, el alcalde del Gran Manchester, Andrew Burham, no es
parlamentario y, por tanto, no puede ser líder del partido. Cuando,
recientemente, con motivo de una elección parcial anticipada, surgió la
oportunidad de que se presentara como candidato los fontaneros de Starmer
bloquearon la operación para despejar de rivales internos la atribulada
situación del líder del partido. Otro aspirante, el actual ministro de Sanidad,
Wes Streeting, no parece contar con apoyos suficientes en la bancada laborista
(1).
Que
Starmer era un zombi político antes de las elecciones lo avanzaban todos los
sondeos fiables. Y que su derrumbamiento venía acompañado de un auge tan
espectacular como engañoso de la ultraderecha, también; en otras razones,
porque los conservadores penaban por recuperarse de unos años deplorables en el
gobierno.
Como
no todo el votante laborista iba a depositar su enfado o su frustración en las
proclamas demagógicas y xenófobas de la ultraderecha, empezó a forjarse una
alternativa hasta hace poco inesperada y seguramente precaria de un ecologismo
residual de clase media e ideología difusa. El Partido Verde británico ha sido hasta
la fecha poco más que una curiosidad y difícilmente parecía predestinado a
convertirse en una opción política de rescate. Pero Starmer y sus (escasos)
fieles han preferido estos meses ignorar estas luces verdes y se han dedicado a
resaltar los peligros y amenazas de la ultraderecha, pese a la inconsistencia
de las propuestas del partido Reform UK, agrupado en torno a la figura
pintoresca de su líder, Neil Farage.
Los sondeos, empero, indican una proyección inquietante de un opción política construida en torno al blindaje del Brexit, carente de un proyecto económico y social que vaya más allá de eslóganes simplistas sobre el nostálgico poderío británico.
Que
Reform UK sea en estos momentos el partido con mayor proyección de voto
en el Reino Unido a escala nacional no anticipa necesariamente el resultado
real de las próximas elecciones, porque hay un componente de malestar y
voluntad de rechazo. Pero tiene una validez innegable como síntoma del fracaso
de las opciones habituales de gobierno. El diagnóstico de la muerte del
bipartidismo haya muerto se puede antojar pronto prematuro, porque el sistema
electoral condiciona y favorece esa estructuración reduccionista del panorama
político.
Lo
que sí puede ocurrir es que, si no se enderezan conservadores y laboristas, los
dos próximos partidos de la alternancia sean distintos a los actuales. Los
últimos sondeos ponen a laboristas y ecologistas al mismo nivel en la intención
de votos, pero hay que relativizar estos datos, que pueden ser efímeros. No se
puede descartar una fusión o convergencia de tories y ultras, que sería,
en realidad, una reunificación, porque el origen de Reform UK se
encuentra en el tronco conservador (2).
El
laborismo lo tiene más difícil. Starmer ha prolongado la crisis con su actitud
numantina. En una comparecencia de urgencia esta misma semana, el todavía líder
laborista ha rechazado dimitir, ha prometido correcciones, sin muchas
precisiones, y se ha esforzado por transmitir un mensaje de esperanza bastante
hueco. Los medios más afines no le han seguido el libreto, quizás porque la
alternativa en el liderazgo no está cuajada (3). Para plantear el desafío, las
normas internas laboristas establecen que un 20% de los parlamentarios den el
paso adelante. Se está cerca, pero aún no se ha alcanzado esta cifra. Pero se
tiene la percepción de que otro traspiés echará por tierra este precario
salvavidas al que parece haberse agarrado el premier laborista.
NOTAS
(1) “Burnham allies warn against quick ‘coronation’ of
Streeting if Starmer quits”. THE GUARDIAN, 12 de mayo.
(2) “Reform UK risks blowing a once-in-a-century
moment. Nigel Farage’s party is filled with Tory throwbacks”. BAGEHOT. THE
ECONOMIST, 14 de enero.
(3) “How Keir Starmer lost authority over two days of
confusion and drama”. PETER WALKER & JESSICA ELGOT. THE GUARDIAN, 12 de
mayo.

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