15 de julio de 2026
Las dos potencias más militaristas de Occidente, Estados Unidos e Israel, no sólo han asolado países, poblaciones y principios legales o asesinado a oponentes políticos exteriores. También han invertido mucho dinero y abundantes recursos humanos o empleado sin rubor cómplices internos para instrumentalizar a elementos de las élites políticas, incluso con trayectorias muy contrarias a sus principios, para emplearlos como marionetas serviles.
Los
últimos casos para modelar el mundo a medida de sus intereses han sido revelados
por el diario liberal norteamericano THE NEW YORK TIMES, en dos trabajos de
investigación de enorme interés, en apenas unos días. En el primero de ellos,
se cuenta cómo el secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sólo
fue el primer acto de una operación al viejo estilo colonial. O, para decirlo
según el libreto del propio Trump, un reciclaje oportunista de la vieja Doctrina
Monroe.
Lejos
de esa falsa pretensión norteamericana de defender la instauración o el
restablecimiento de las democracias en su “patio trasero”, la administración
Trump diseñó un mecanismo de control político y económico del país caribeño a
medida de sus intereses. En sí misma, esta operación no es en absoluta nueva,
sino en todo caso algo diferente de otras emprendidas en el pasado. La novedad
más relevante es que ahora no sólo se admite, sino que se presume de ello.
Trump
ha hecho del Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, Marco
Rubio, su Virrey en Venezuela, sin necesidad de que siquiera pise el terreno
del país conquistado. Le basta con asegurarse que la Presidenta encargada,
Delcy Rodríguez, cumpla puntualmente sus instrucciones, con vasalla actitud y
vergüenza sin límites para los que creyeron en la Revolución bolivariana (1).
Las élites chavistas, salvo contadas excepciones, han sido cooptadas por el
“enemigo imperialista”.
Rubio
decide qué petróleo exportar y a través de qué sociedades instrumentales, por
supuesto norteamericanos, cómo cuadrar el presupuesto nacional y con quién
negociar y comerciar en el exterior. Rodríguez es poco más que una Jefa de
Servicio bien mandada y apenas si reclama que no se la humille en exceso o se
le suministren migajas de reconocimiento.
El
Virrey debe estar contento, porque empieza a cumplir su sueño de hijo de
emigrados de la Revolución cubana: convertir América Latina en un campo abierto
para los proyectos de explotación y desarrollo del capital norteamericano, sin
oposición ni riesgo alguno de revuelta de las poblaciones autóctonas o de
grupos políticos contestatarios.
EL
MODELO TRUMP
Trump
le ha enseñado una lección al establishment político, diplomático,
militar y académico de su país: no hace falta emprender un costoso despliegue
militar para asegurarse la servidumbre de un país dotado de jugosos recursos materiales.
En 2003, cuando Bush hijo siguió el consejo de los guerreros neocon y
completó la tarea de su padre en Irak, instaló a un diplomático de carrera,
Paul Bremer, como cónsul plenipotenciario en el país. Ataviado de unas
llamativas botas militares, recorrió el país impartiendo órdenes que pusieron
de manifiesto la ineptitud norteamericana sobre la estructura étnica, tribal,
social y política del país árabe. Ya se sabe en qué clase de desastre acabó
todo aquello: a los cien mil muertos (casi todos ellos civiles inocentes), se
unieron decenas de miles más en una carnicería de represión, terrorismo,
matanza interconfesionales y nuevo ciclo de bombardeos y operaciones militares
norteamericanas, con apoyo de sus aliados occidentales y regionales.
Trump
ha elegido ahora a un político de Florida que ha hecho carrera a la sombra de
los expatriados cubanos con la principal tarea de acabar con la Revolución de
1959. Lo que no han podido hacer los doce presidentes anteriores, con su
arsenal de operaciones militares encubiertas o descubiertas, presión implacable
y guerra económica descarada, sabotajes, infiltraciones y desestabilizaciones
de todo tipo, lo tiene a su alcance el actual magnate, que sueña con devolver
la isla a su estatus de resort de las frivolidades norteamericanas. No
se puede descartar que Rubio amplíe su actual territorio jurisdiccional en el
Caribe y añada Cuba al botín venezolano. La pareja revolucionaria Castro-Chávez
se removerá en sus tumbas.
Ya
no hacen falta gorilas militares locales para asegurar el dominio de ese patio
trasero para mantener a raya a las poblaciones insumisas latinoamericanas.
Son onerosas y, a la larga, ineficaces. Pese a toda la retórica del Orden
liberal, nadie ni quiere ni puede mover un dedo para oponerse a este designio
neoimperial.
LOS
CÁLCULOS DEL MOSSAD
La
otra marioneta, ésta tentativa -y parece que fallida- ha sido el expresidente
de Irán, Mahmud Ahmadineyad (2009-2013). El NEW YORK TIMES ha desvelado ahora
detalles de una operación que, en trazos gruesos, se conocía desde hace tiempo.
Uno de los vástagos más vitriólicos de la República Islámica, miembro del
equipo de estudiantes que asaltó la embajada norteamericana en Teherán y tomó
como rehenes a decenas de diplomáticos, funcionarios y residentes, se convirtió
en Jefe del Estado y resultó en el cargo más papista de que el Papa, es
decir, más radical que los vigilantes ayatollahs que siempre lo consideraron
una marioneta.
La
palabrería de Ahmadineyad a lo largo de su ascendente carrera política lo acreditaba
como uno de los peores enemigos de Israel: negación reiterada del Holocausto,
proclamaciones insistentes de la necesaria destrucción del Estado judío, instrucciones
aventadas a sus agentes locales en la región para hostigar a los países
regionales colaboracionistas con el sionismo, etc.
Pero
su suerte cambió cuando abandonó la Presidencia (según se dice, antes, al
perder el favor del aparato teocrático militarizado). Ahmadineyad fue marginado
progresivamente de puestos de responsabilidad y de dignidades asociadas, hasta
convertirse en figura incomoda, primero, y algo parecido a un marginado,
después.
El
fanático líder islámico se mantuvo fiel a los principios originales de la
Revolución y no renegó de sus fundamentos, pero se unió a las denuncias de
autoritarismo y corrupción que han ido creciendo en la última década pese a que
su mandato se inició con unas elecciones de escasa credibilidad y prosiguió con
una dinámica represiva implacable. Los reformistas nunca le admitieron en su
bando, así que se convirtió en una figura casi marginal de la clase política
iraní.
Las
condiciones parecían propicias para que el implacable pragmatismo israelí lo
convirtiera de enemigo existencial en marioneta política. Empezó a invertir en
su vasallaje, mediante operaciones de financiación y promoción de sus
actividades, con la cautela exigida. Se contactó con él en Budapest, a través
de una institución académica afín al entonces primer ministro húngaro, Orban, entre
otros lugares.
Hasta
que la marioneta cambió de manos. En los planes norteamericano-israelíes de
posguerra, el expresidente iraní parecía a comienzos de este año totalmente recuperado
para la contienda política, como opción alternativa a la élite dirigente iraní actual.
En otras palabras, se trataba de convertirlo en otra Delcy Rodríguez.
Todo
parecía ya dispuesto, con el ataque militar conjunto israelo-americano contra
Irán el último día de febrero de este año. Pero Ahmadineyad se vio atrapado en
su residencia bombardeada, en una extraña operación. El Mossad, en una de sus
celebradas operaciones, acudió en su rescate, lo extrajo del lugar en un coche
Peugeot negro y lo puso a resguardo. Sin embargo, sin saber cómo y por qué,
Ahmadineyad abandonó el piso franco en que lo habían instalado los agentes
israelíes. Los servicios de inteligencia de los Guardianes de la Revolución lo
retuvieron en lugar desconocido. Hasta que se le volvió a ver en público hace
sólo unos días, en los funerales por el asesinado Guía Supremo, Ali Jamenei,
asesinado en los primeros bombardeos israelíes de la guerra. ¿Ha sido
rehabilitado? ¿Se trataba de un agente doble? La historia quizá continuará.t
MARIONETAS
O SIMPATIZANTES DEL PASADO
Hay
otros ejemplos en la historia lejana y también en la reciente de esta
utilización de personajes en la cúpula de los Estados como marionetas de
potencias extranjeras, aunque no siempre se haya demostrado o reconocido. En la
Europa del Este la represión de la disidencia y las purgas en el interior del
sistema comunista gozaban del beneplácito cuando no de la instigación directa
de Moscú. Dirigentes como Gierek o incluso Jaruzelski, en Polonia; o Husak, en
Checoslovaquia, difícilmente pueden escapar a la consideración de marionetas
del Kremlin. Los dictadores latinoamericanos y asiáticos (el filipino Marcos,
el coreano Park, etc.) no podrían haber perpetrado sus fechorías sin apoyo y financiación
de la CIA y otras agencias norteamericanas.
A
veces, no hacía falta que esas figuras interpuestas recibieran órdenes o
actuaran al dictado. Tomaban decisiones alineadas con los intereses extranjeros
por convicción o simple adecuación a sus instintos de supervivencia. El caso
quizás más paradigmático es Yeltsin, el primer Presidente de la Rusia moderna,
que ganó unas elecciones en relativa buena lid, pero se rodeó de asesores
inspirados por las recetas del neoliberalismo salvaje de los ochenta.
Se
pretende ahora incluir en este último grupo de dirigentes convencidos afines a
los líderes europeos de la ultraderecha que han estado cultivando relaciones y
recibiendo dinero de Putin, pero la experiencia ha venido a demostrar que
ninguno de ellos ha operado como marioneta del actual Presidente ruso.
Ucrania ofrece un ejemplo complejo. Políticos locales de las dos últimas décadas han sido presentados como instrumentos de los intereses rusos en distinto grado y condición (Yulia Timoshenko, Leonid Kuchma o Víktor Yanúkovich). ¿Pero no lo fueron menos de Occidente Víctor Yushenko, Petro Poroshenko y ahora Volodímir Zelenski? Estrictamente, no. No al menos, como Delcy Rodríguez o como podía haber sido Mahmud Ahmadineyad. Aunque, a efectos prácticos, la diferencia no sea grande.
NOTAS
(1) “How Marco Rubio Is Running
Venezuela From Afar”. TYLER PAGER & ANATOLY
KURMANAEV. THE NEW YORK TIMES, 11 de julio.
(2) “Inside Israel’s Secret
Operation to Cultivate Ahmadinejad”. MAR
MAZZETTI, JULIAN BARNES, FARNAZ FASSIHI & RONEN BERGMAN. THE NEW YORK TIMES,
13 de julio.

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