3 de septiembre de 2026
El pacto defensivo suscrito este mes de agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán es el acto político más importante de los últimos años en la región que concentra la mayor densidad de población musulmana del mundo.
No
es el primer pacto de esta naturaleza ni será el último. No sustituye a otros
anteriores, ni pretende convertirse en un modelo o un ejemplo a seguir por
otros agentes regionales. Pero ha sacudido la zona, por el momento en que se ha
anunciado, las características de sus socios y la ambición que demuestran los
tres firmantes, implícita o explícitamente.
LAS
CLAVES DEL PACTO
¿Por
qué Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se han aliado de forma preferente, sin que
pretendan crear una alianza cerrada a otros? Por varias razones:
1)
Son las tres potencias político-militares más relevantes de la zona, desde el
Mediterráneo a los confines de la China.
2)
Tienen capacidades complementarias: Arabia Saudí dispone de gran músculo
energético y financiero; Turquía disfruta de un potente ejército convencional y
además está coordinado con la OTAN; y Pakistán es el único de los tres socios
que tiene armamento nuclear.
3)
Sus intereses particulares no son competitivos: Arabia esta inquieta sobre todo
por la inestabilidad en el Golfo Pérsico; Turquía está atenta a la deriva de
los conflictos más cercanos al Mediterráneo; y Pakistán mantiene desde hace
décadas un pulso con la India, en el otro extremo del rango geográfico del
Pacto.
4)
Comparten, en términos generales, la misma visión del Islam en el orden de sus
sociedades y en la dimensión geopolítica; es decir, sus ciudadanos profesan, en
su inmensa mayoría, la confesión sunní y, por tanto, tienen en el chiísmo más
reivindicativo o combatiente un enemigo común.
5)
Son agentes regionales preferentes para
Estados Unidos, cada cual en su ámbito territorial propio, pero también
comparten ciertos agravios y/o dudas sobre la fortaleza y estabilidad del
compromiso de seguridad norteamericano.
6)
Cada uno de los socios respeta las prioridades del otro y no pretende arrastrar
a los demás a un conflicto general si ello no respondiera a necesidades
específicas de seguridad.
Este
último punto es la clave, a pesar de que es el que ha generado una mayor
confusión. La provisión de la solidaridad, igual que está definido en la OTAN,
en su famoso artículo 5, puede invitar a pensar que, en caso de ser objeto de
agresión, cualquiera de los socios puede demandar a los otros dos su
participación en el esfuerzo defensivo que fuera necesario.
Sin
embargo, el Pacto de la Meca no es terminante en ese sentido. Nada es imperativo
u obligatorio, o no como supuestamente lo es en la OTAN (aunque esto también es
matizable). Los tres firmantes se han cuidado de resaltar en declaraciones
expresas que el mecanismo que se activaría en ese supuesto sería el contemplado
en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que establece el principio
inherente del derecho a una autodefensa individual y colectiva. Dicho de otra
forma: los socios no se han obligado a una respuesta automática militar en caso
de agresión a cualquiera de ellos.
Evidentemente,
la solidaridad defensiva que el Pacto de la Meca consagra deja abiertas
especulaciones sobre el posible alcance de esa cooperación militar, pero las
declaraciones políticas de sus líderes en la ceremonia de signatura del Pacto
fueron concluyentes.
¿UNA
ALIANZA CONTRA ALGUIEN?
También
ha generado cierto debate el objetivo estratégico del Pacto, en dos de sus
consideraciones fundamentales: ¿está dirigido contra alguien o es una respuesta
a una amenaza específica? y ¿se trata de poner las bases de acuerdos regionales
defensas más autónomos de Estados Unidos, como se pretende por ejemplo en
Europa y, en menor medida, en el Extremo Oriente?
Los
signatarios niegan que estén actuando contra alguien. ¿Son del todo sinceros o
simplemente tratan de no provocar a Irán, país que puede ser el más inquieto
por este pacto?
Evidentemente,
Arabia es el menos creíble, porque ha sido objeto de represalias iraníes, en
respuesta a los ataques militares norteamericanos de los últimos seis meses.
Más allá de la rivalidad confesional (sunníes vs. chiíes), los dos países
compiten por la hegemonía política en Oriente Medio y han apoyado a fuerzas
opuestas en distintos conflictos locales. Además, en Riad han sido muy activos
en la demanda a Estados Unidos para que no permitiera el desarrollo del
programa nuclear iraní, adoptando posiciones de presión análogas a las
desplegadas por Israel, aunque de mucho menor alcance.
No
obstante lo anterior, Arabia Saudí, a la vista del fracaso de los sucesivos
planes de neutralización atómica de Irán, ha hecho esfuerzos de acercamiento a
su rival, bajo el patrocinio de China, una gran potencia cada vez más
influyente en la región. Antes de la guerra actual, Riad y Teherán disfrutaban
de un deshielo en sus relaciones. Este esfuerzo no se ha arruinado del todo,
pero se ha complicado visiblemente.
Turquía
y Pakistán tienen una relación menos tensa con Irán, no exenta de problemas y
falta de confianza, naturalmente, pero sin llegar a comprometer el diálogo de
los últimos años. Pakistán incluso ha sido aceptado por Teherán como muñidor de
los intentos de mediación para detener o pausar la guerra, lo que se ha evaluado
como el mayor éxito diplomático de Islamabad en décadas.
A
la vista de los acontecimientos más recientes, está por ver si esta Alianza tiene
suficiente para contener la presente crisis y prevenir otras nuevas.
Aunque
Irán sea la amenaza no mencionada (el elefante en la habitación), estos tres
países temen también y casi con la misma intensidad el poder desatado de
Israel, más virulento que nunca, debido a la tolerancia sin límites de la Casa
Blanca a sus desmanes.
Seguramente
no es casualidad que el Pacto de la Meca, en preparación desde hace mucho
tiempo y preludiado por el acuerdo bilateral saudí-pakistaní, cristalizara poco
después de que el Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, proclamara a los
cuatro vientos el nacimiento de un eje por él mismo denominado “Alianza del Hexágono”,
compuesto por Israel, Grecia, India, Chipre y otros dos estados signatarios de
los acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, que el dirigente judió no
identificó.
La
enemistad de algunos de esos países con los de la triada de La Meca es más que
notoria. Grecia y Chipre no han resuelto sus diferencias históricas con Turquía
después de la invasión turca de la isla hace más de 50 años. Las tensiones en
el Mar Egeo son continuas, no sólo por cuestiones territoriales, sino también y
sobre todo por el control de los yacimientos de gas natural allí existentes.
India es el enemigo histórico de Pakistán, con escaramuzas y episodios bélicos
recurrentes de mayor o menor intensidad, que comportan el alto riesgo propio de
un conflicto entre potencias dotadas de armas nucleares.
Uno
de los dos países Abraham no citados por Netanyahu es, sin duda, los Emiratos
Árabes Unidos, un rival cada vez más acusado de Arabía Saudí, no sólo en la
competencia por el liderazgo en el Golfo Pérsico, sino también en la región de
África Oriental y el Mar Rojo, donde apoyan facciones combatientes en la guerra
interna de Sudan o en el pulso continuo entre Etiopía y Eritrea, con
implicación de guerrillas secesionistas en dos regiones etíopes (Tigray y
Oromia), o en la más distante Libia.
LLAMADA
DE ATENCIÓN A EE.UU
No
se ve muy claramente qué papel puede jugar el Pacto de la Meca en el control de
las crisis africanas, ni siquiera en una modificación de de los pulsos
estratégicos en Oriente Medio y el Asia meridional. Pero una cosa es segura: se
trata de una llamada de atención a Estados Unidos para que cuente con ellos a
la hora de decidir sus prioridades en la zona.
Antes
de anunciarse este pacto tripartito, Arabía Saudí había elevado el umbral de su
cooperación con Washington al sumar el elemento nuclear. Estados Unidos
brindaría tecnología atómica a los saudíes, sin descartar el enriquecimiento de
uranio, siempre que ello no se utilizara con fines militares. El acuerdo
vulneraba el Pacto de No Proliferación Nuclear del que Washington, forma parte,
pero es sabido que Trump hace mofa continua de los compromisos internacionales
de su país. Con todo, lo que ha sumido el acuerdo en la incertidumbre ha sido
que el Presidente lo condicionara a posteriori al establecimiento de relaciones
diplomáticas de Arabia con Israel. El trono saudí rechazó abiertamente esta
interpretación, porque no se atenía a la literalidad de lo acordado.
Aparte
de la inconsistencia que supone bombardear a un país (Irán) porque no se atiene
a las normas de la no proliferación nuclear, mientras se pacta con un vecino un
marco de cooperación nuclear que se sale de los limites establecidos no sólo
por las leyes internacionales, sino también por Estados Unidos en particular, este
nuevo derrape de Trump ha tenido implicaciones bilaterales serias. El fiasco diplomático, de dimensiones enormes
incluso para el estándar trumpista, molestó sobremanera en Riad y añadió más
dudas a la credibilidad de la actual administración norteamericana entre sus
aliados del Golfo.
Todas
estas cuestiones gravitan sobre el Pacto de la Meca y le confiere un alcance
que va más allá de sus objetivos iniciales. En todo caso, no hay que engañarse:
más allá de Trump, el establishment estratégico norteamericano ve con buenos
ojos acuerdos de este tipo, siempre que estén supeditados a la convergencia con
los intereses generales de Estados Unidos en esta amplia región del mundo.
REFERENCIAS:
“The Mecca Agreement: From
Imported Security to Regional Joint Security”. JALID AL-JABER. AFKAR / MIDDLE
EAST COUNCIL, 13 de agosto.
“What Is the Mecca Joint
Defense Pact—and What It Is Not?”. ALI BAKIR. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL,
13 de agosto.
“The Mecca Agreement: From
Diversifying Alliances to Regional Strategic Balance”. IBRAHIM AL-SHEIKH. AFKAR
/ MIDDLE EAST COUNCIL, 12 de agosto.
“What’s Netanyahu’s planned ‘hexagon’ alliance – and
can it work?”. ELIS GJIEVORI. AL JAZEERA, 23 de febrero.
“America Enabled the Gulf’s African Adventurism”. ZURI LINETSKY & MICHAEL
WOLDEMARIAM. FOREIGN POLICY, 3 de junio.
“The End
of the American Middle East”. MARC LYNCH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.
“The flow of arms and money feeding the war in Sudan
can be cut. What is missing is the Will”. HUBERT KINKOH. CHATHAM HOUSE, 20
de mayo.
“Trump’s Saudi Nuclear Deal Is Diplomatic
Malpractice”. DANIEL KURTZER & AARON
DAVID MILLER. FOREIGN POLICY, 27 de julio.
“The Looming Nuclear Crisis in the Gulf”. YOEL
GUZANSKI. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.
