3 de junio de 2026
Los
líderes autoritarios (ya hubieren sido elegidos o impuestos mediante golpes de
Estado) suelen ampararse en guerras que ellos mismos provocan o favorecen para superar
problemas políticos, por general también autoinducidos.
El
caso histórico más reciente es el de los dictadores militares argentinos, que
quisieron desviar la atención de las monstruosidades generadas en seis años de
gobierno incontrolado y en la gestión ruinosa del país, invadiendo las Islas
Malvinas, para reavivar el espíritu patriótico de la mayoría de la población.
Por mucha legitimidad que asistieran a los argentinos en el reclamo de esos
territorios australes, era evidente desde el principio que la respuesta fue
equivocada, inútil y, a la postre, suicida para sus intereses.
También
Occidente cayó en operaciones similares con las guerras coloniales, aunque en
estos casos, las motivaciones no sólo eran tácticas u oportunistas, sino que
respondían a los intereses de las élites a las que esos gobiernos
representaban.
En
otras ocasiones, se pretendía resolver un conflicto mayor adquiriendo ventaja,
o negándosela al adversario principio, mediante una victoria militar que se
quería contundente, como le ocurrió a Estados Unidos en Vietnam, en la fase
final pero no menos aguda de la guerra fría.
En
Afganistán, la gerontocracia de una URSS ya en estado comatoso se embarcó en
una operación de sustitución de un gobierno afín por otro incondicional, mal
calculada y peor ejecutada. El resultado fue una guerra que no supo luchar y
terminó perdiendo de la peor manera posible: a costa no sólo de la renuncia del
control territorial, sino de la ruina del escaso prestigio que aún tenía.
Las
sucesivas guerras contra la exagerada amenaza terrorista, en sus distintas
versiones y amplitudes, tuvieron también mucho de trampa, es decir, de
motivaciones poco claras o inconfesables. Los atentados en calles y lugares
públicos de Occidente crearon, sin duda, un clima social propicio para imaginadas
soluciones militares, que nunca fueron tales.
Y
así llegamos a las dos últimas guerras mayores actuales (Ucrania e Irán),
protagonizadas respectivamente por dos viejos rivales de la guerra fría
(América y Rusia), pero con rumbos y sistemas políticos bien distintos a los de
las décadas posteriores a 1945. Ambos comparten la base fundamental del
oportunismo y el recubrimiento justificador de un nacionalismo revanchista que
los rusos pintan de renacimiento y recuperación de la influencia mundial y los
americanos presentan como el restablecimiento de la grandeza no tan lejana.
Las
dos cabezas de ese proyecto nacionalista (uno más doctrinario, el otro más
instrumental) se han visto abocados al destino de la guerra como tentación de
incremento de poder y legitimidad. Y a los dos les esta saliendo peor de lo
esperado.
PUTIN
SE ATASCA EN UCRANIA
Vladímir
Putin transita por el quinto año de “operación militar especial” con un 20% del
territorio ucraniano ocupado, que no asegurado, cientos de miles de víctimas,
una economía con tensiones inflacionistas y anémico crecimiento, paro en cifras
ya inquietantes y apoyo ciudadano menguante.
La
guerra ha pasado por diversas fases, favorables y adversas. Ahora se encuentra
en un estancamiento que cada cual lee a su manera. Putin dijo la semana pasada
en Astaná (Kazajstán) que el conflicto está en fase terminal. Pero otras
opiniones más independientes lo ponen en duda (1).
Ucrania,
que pareció sucumbir a primeros de año a un ataque de pesimismo, cuando se
confirmó que Estados Unidos había dejado definitivamente de ser un apoyo
fiable, de repente se ha encontrado con un arsenal de drones y misiles Hornet (largo
alcance) con los que percute en el interior de Rusia, generando inquietud en la
población del enemigo. Sus bazas negociadoras crecen (2).
Políticamente,
la “corrección” que pretendía Putin como baza para consolidar su poder personal
y su proyecto político se ha convertido en un problema del que no sabe cómo
librarse sin perder la cara y quien sabe si la poltrona del Kremlin. La alianza
entre oligarcas entregados, temerosos o colaboracionistas y los aparatos de
fuerza (militar, policial, inteligencia) se fractura. Por primera vez en un
cuarto de siglo, Putin no tiene el futuro asegurado, pese a que se haya
procurado cambios constitucionales que se lo permitirían jurídicamente (3)
TRUMP
SE CANSA DE IRÁN
Trump
es otro cantar. La guerra no era plato de su devoción; al contrario, uno de sus
clichés favoritos era evitar conflictos bélicos (típicamente los de Oriente
Medio) que no eran del interés de Estados Unidos, para concentrarse en el
ejercicio de la hegemonía económica, aunque utilizara medios de presión,
coerción y chantaje.
Con
el tiempo, sin embargo, el voluble Presidente le cogió gusto al gatillo y tuvo
la tentación autoritaria clásica: una especie de cesarismo del siglo XXI, en el
que la abrumadora superioridad tecnológica de la maquinaria militar americana sometiera
a los resistentes más díscolos.
La
destrucción del sistema político de Irán era un bocado demasiado apetitoso para
Trump. El régimen de los ayatollahs se encontraba aislado, muy debilitado regionalmente,
corroído por la corrupción y socavado por las sanciones de las potencias
occidentales, debido a su empeño en seguir adelante con un programa nuclear que
no terminaba de convertirse en garantía eficaz de supervivencia.
Después
de un primer ensayo el año pasado, la intensa campaña de bombardeos
israelo-norteamericanos de marzo debería haber doblegado a Irán, pero no ha
sido así. Ninguno de los objetivos (no declarados, pero implícitos para
cualquier Presidente de Estados Unidos desde 1979) se ha cumplido: el régimen
continúa en pie e incluso se han fortalecido los sectores más duros (los
paramilitares Guardianes de la Revolución), la represión continúa siendo
implacable, la oposición civil no ha tenido espacio ni cohesión para articular
un proyecto de país alternativo y el programa nuclear no ha sido aniquilado, como
proclamó el Presidente norteamericano). Además, puede atacar objetivos
norteamericanos en los vecinos países del Golfo. Ante esta deriva inesperada
del conflicto, los autócratas iraníes parecen tentados por la guerra permanente
(4).
ISRAEL
E IRÁN, AFERRADOS A LA GUERRA
Pero
la clave principal de la nueva orientación estratégica iraní reside en su
capacidad para convertir la guerra de Trump y Netanyahu en la guerra de Ormuz.
El estrangulamiento del estrecho mantiene en vilo a la economía global, y sólo
las reservas estratégicas y una diversificación energética creciente ha evitado
un shock completo. Los efectos del bloqueo recíproco (el inicial iraní y la
réplica americana para evitar la salida por ese enclave del gas y petróleo de
Teherán, alimento imprescindible de su resistencia) empiezan a ser muy notorios.
Según los expertos, aunque el tráfico marítimo se restablezca pronto, los
efectos de la crisis se dejaran notar muchos meses más (5).
De
ahí la desesperación de Trump por anunciar continuamente la inminencia de un
acuerdo, que la realidad desmiente horas después; a lo cual, el inconsistente
líder responde con amenazas hiperbólicas de destrucción del oponente que casi
nadie se toma ya en serio (6). Cuando se rebasen los 500 días de mandato, su
índice de desaprobación ciudadana alcanza el 60% (7).
Pero
se resiste a aceptar esta lógica el primer ministro israelí, adicto a la guerra
para defender con uñas y dientes sus intereses políticos y personales. Después
del genocidio de Gaza, Netanyahu quiso destruir a la milicia chií libanesa de
Hezbollah, el principal aliado de Irán en la región. Después de decenas de
miles de muertos, la destrucción salvaje del sur del país y más de un millón de
personas desplazadas forzosas, Hezbollah sigue en pie, debilitado, pero aún
capaz de responder con drones, misiles y armas antitanques (8).
En
Israel, hay un malestar creciente. La oposición derechista y centrista se ha
unido en una coalición que, en este momento, parece favorita para ganar las
elecciones de octubre y desalojar del poder a la conjunción
ultraconservadora-neofascista actual (9). Pero lo preocupante para Netanyahu es
que Trump está harto de su intransigencia y le despacha con destempladas
correcciones públicas, por mantener los bombardeos contra las guerrillas
libanesas. Las pasarelas de la Casa Blanca se tornan puentes levadizos y el
vínculo se amarga.
Los
temerarios autócratas mayores de este tiempo han caído en sus propias trampas.
Las guerras que han desencadenado socavan su base de poder. Se aprecia cada vez
con más claridad su esfuerzo por construir discursos paralelos de negociación y
paz que hagan olvidar sus fracasadas estrategias de guerra útil.
NOTAS
(1) “Où en est la
guerre en Ukraine? Suivez l’évolution des combats en cartes et graphiques. LE
MONDE, 2 de junio,
(2)” Ukraine Turns the Tide. Why a Cease-Fire Is Now a Real
Possibility”. JACK WATLING. FOREIGN AFFAIRS, 1 de junio.
(3) “A Less Muscular
Victory Day Parade Shows Putin’s Growing Vulnerability”. THE NEW YORK TIMES,
8 de mayo; “In Russia, the Public Mood Is
Souring. The Russian regime is now visibly motivated by fear”. ALEXANDER BAUNOV. CARNEGIE,
7 de mayo.
(4) “Iran Embraces a Forever War.
Tehran’s New Strategic Calculus”. MOHAMMAD AYATOLLAHI TABAAR. FOREIGN
AFFAIRS, 2 de junio.
(5) “The Energy Crisis Will Long Outlast the Iran War. The baked-in damage to oil and gas production will
take months to undo”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY,
1 de junio.
(6) “Trump Hits the Stalemate Phase of His International Interventions, and It Stings”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 31 de mayo.
(7) “Tracking the Presidency”. THE ECONOMIST, 27 de mayo.
(8)” Israel’s assault on southern Lebanon in video, maps and charts”. THE GUARDIAN,
11 de mayo; “Israel’s Lebanon Strategy Is
Self-Defeating”. STEVEN SIMON. FOREIGN POLICY, 14 de mayo; “Hezbollah’s
Trap for Israel”, SHIRA EFRON. FOREIGN AFFAIRS, 2 de junio.
(9) “A Trump Deal With Iran Could Spell Trouble for Netanyahu”. AARON DAVID MILLER Y CHARLES KURTZER. FOREIGN POLICY, 1 de junio; “Trump fragilise Nétanyahou en le contraignant à reporter son offensive sur Beyrouth”. LUC BRONNER. LE MONDE, 2 de junio.
