3 de Diciembre de 2009
No por esperada, la decisión de Obama de incrementar los efectivos militares en Afganistán ha resultado menos decepcionante para diferentes medios progresistas de Estados Unidos. La referencia a una posible retirada en un plazo de dos años no resulta convincente, por cuanto aparece sometida a una normalización, que ahora se antoja sumamente dudosa.
El incremento en 30.000 soldados supone que el contingente militar estadounidense en Afganistán alcanzará prácticamente los 100.000 esta primavera. El coste será enorme: un millón de dólares por soldado y año. Aceptando que sean dos años lo que permanezcan en el país (escenario optimista), la factura habrá ascendido, a mitad del mandato de Obama, a 200.000 millones de dólares. Una cantidad abismal, que la izquierda americana reclama para otras necesidades sociales reconocidas por la actual administración y promovida por el ala progresista del Partido Demócrata.
Articulistas de THE NATION y otros medios progresistas manifestaron su desánimo antes y después del anuncio presidencial en el muy castrense escenario de West Point. El “síndrome Johnson”, del que hablábamos la pasada semana, se ha evocado estas últimas horas de nuevo, con más fuerza, incluso en diarios más convencionales, como el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR.
Lo paradójico del asunto es que, para eludir el riesgo que hubiera supuesto decidir simplemente una estrategia de salida, como ha hecho en Irak, Obama compra riesgo de otra naturaleza: el de ahogar su presidencia en un conflicto con escasas señales positivas.
Los asesores que han empujado a Obama a la opción del “refuerzo militar para acortar la presencia” en Afganistán –Gates, Clinton, Jones y Mullan- han empleado estos argumentos para defender la utilidad de incrementar las fuerzas militares:
1) para arrinconar a los talibanes, provocar las deserciones en sus filas, proteger a la población civil y consolidar un entorno de seguridad, condición no suficiente pero si necesaria, si se quiere promover un entramado económico que genere trabajo, prosperidad y futuro.
2) para eliminar cualquier vestigio de santuario para Al Qaeda;
3) para entrenar al ejército y policía afganos hasta garantizar su capacidad de combatir el riesgo extremista.
4) para, más allá de las razones puramente militares, fortalecer el mensaje político, no tanto dirigido a Kabul cuanto a Islamabad, de que la derrota del extremismo islámico en Afganistán es una prioridad estratégica de Washington y su compromiso en la lucha contra el terrorismo internacional , incuestionable.
La izquierda norteamericana replica con estas otras premisas, para considerar un “trágico error” la escalada militar:
a) los sucesivos incrementos anteriores de tropas (los últimos 21.000, decididos por el propio Obama, al poco de ocupar el cargo) no han mejorado la situación, o al menos no lo suficiente para justificar el sacrificio de los soldados y el gasto económico del esfuerzo militar. Y con respecto al resquebrajamiento del bando talibán, es dudoso que puedan aplicarse en Afganistán las técnicas seductoras de compra de voluntades que el General Petreus experimentó con bastante éxito en Irak, por los diferentes comportamientos tribales en uno y otro país y por la debilidad del botín a repartir en este pobrísimo país en comparación con el rico mesopotámico.
b) los militantes de Al Qaeda en Afganistán rondan el centenar, hay pruebas documentales de la práctica ruptura entre el Mullah Omar y Bin Laden y de un cambio de estrategia de los talibanes, que se alejarían de la internacionalización del conflicto afgano, lo que hace altamente improbable que los jihadistas internacionales recuperen su santuario allí. Y, en todo caso, aunque se restableciera la alianza entre talibanes y binladistas, Afganistán no sería el único refugio de los enemigos de América, y eso no quiere decir que se militaricen todos los escenarios sospechosos.
c) el compromiso con el régimen afgano es un error y una quimera, ya sea para entrenar a sus fuerzas de seguridad o para empeñarse en “hacer país”. No hay garantías de ninguna clase de que el gobierno de Karzai combata la corrupción, ni siquiera que la ampare o se beneficie de ella; y la situación de los derechos humanos empeora y contamina gravemente la credibilidad norteamericana (véase el inquietante reportaje de LE MONDE sobre la cárcel afgana de Sarposa, cerca de Kandahar, o el informe sobre las “celdas negras” del Pentágono, anexas a la siniestra prisión-base de Bagram).
d) la estabilidad de Pakistán difícilmente se apuntala con más fuerzas militares al otro lado de la frontera, cuando es precisamente esa presencia armada lo que provoca reclutamiento y adhesión al extremismo, agudiza las contradicciones en el seno del Ejército y afila las tensiones entre el estamento militar (el auténtico poder ) y el gobierno civil, débil, sospechoso y altamente manipulable cuando no chantajeable por propios y extraños (la autoridad del Presidente Zardari ha quedado claramente en entredicho al verse obligado a ceder el control de la estructura nuclear a su primer ministro, Gilani, considerado más aceptable por la jerarquía castrense).
e) los 200.000 millones de dólares que se “enterrarán” bajo las arenas y pedregales afganos no podrán ser empleados en el programa de reformas imprescindibles para mejorar las condiciones de vida de las capas más desfavorecidas de la sociedad norteamericana y, por tanto, perjudicará el proyecto político de Obama y de los demócratas. Hace unos días el NEW YORK TIMES publicó un estudio que revelaba el imparable avance de la pobreza en Estados Unidos: uno de cada ocho adultos y uno de cada cuatro niños se ve obligado a recurrir a la asistencia pública (“food stamps” o cupones) para comer.
Pero no solo los progresistas están descontentos. Una voz conservadora tan autorizada como Fred Kaplan, experto en asuntos militares del Washington Post, admite que no está seguro de lo adecuado de la decisión. Y los que se alinean con la opción militar critican el anuncio de retirada, por considerarlo, como ha dicho McCain, que “a un enemigo se le gana derrotándolo y no avisándole de cuando acaba la batalla”.
Los aliados occidentales tampoco parecen convencidos, por mucho que pongan caras de comprensión o pronuncien discursos de solidaridad. Al cabo, soldados, pocos. Ni se quiere, ni se puede.
EL ESPECTRO DE LYNDON B. JOHNSON
26 de noviembre de 2009
Después del puente de la festividad de Acción de Gracias, el presidente de los Estados Unidos anunciará el refuerzo militar en Afganistán. Algunos medios han adelantado ya que, seguramente, Obama decidirá enviar al menos 30.000 soldados más, a partir de la primavera.
El corresponsal del NEW YORK TIMES David Sanger, uno de los periodistas mejor informados de Washington desde su atalaya en la Casa Blanca, asegura que Obama “mandará múltiples mensajes a múltiples audiencias”: a sus correligionarios demócratas, a los militares, a la oposición republicana, a sus aliados occidentales, al gobierno afgano, al poder político-militar de Pakistán. Lo que hará inevitables las contradicciones y abonará las dudas.
Senadores y congresistas demócratas son cada día más sensibles a la petición de retirada militar que ha defendido siempre el ala izquierda del partido basándose en dos razones: la imposibilidad de detener el sacrificio de vidas a corto plazo y el coste creciente del mantenimiento de las tropas. Ambos factores han calado en la opinión pública hasta erosionar el respaldo popular al compromiso bélico: la última encuesta indica que son ya cuatro de cada diez los ciudadanos que piden la retirada militar. El otro día, la Presidenta de la Cámara de Representantes, la influyente californiana Nanci Pelosi, dejó claro que los demócratas no desean que el esfuerzo en Afganistán prive de los fondos necesarios para el cumplimiento de la agenda demócrata, con la reforma sanitaria en primer lugar. Cada soldado adicional costará un millón de dólares anuales. El articulista Nicholas Kristoff escribía hace unas semanas que con esa cantidad Estados Unidos podría levantar 20 escuelas en Afganistán.
Obama no es un entusiasta de la solución militar. Sus comentarios al respecto son prudentes y contenidos, pero los que le rodean lo perciben incómodo. La decepción que le ha provocado el proceso político en Afganistán ha acentuado su malestar. Por lo demás, es consciente de que los aliados occidentales se muestran cada día más esquivos, cuando no abiertamente reticentes, a prolongar –no digamos ya a incrementar- su presencia militar. La situación es tan incómoda que las críticas públicas han emergido de donde menos se esperaba: el secretario de Defensa británico no se mordió la lengua en el Parlamento y aseguró que las vacilaciones de Obama, junto al incremento de las bajas y la corrupción rampante en el gobierno afgano, habían arruinado el apoyo público al mantenimiento de las tropas. Con todo, Brown le ha prometido a Obama 500 soldados más. Sin duda, un esfuerzo irrisorio. Otros aliados guardan un silencio inquietante. Hillary Clinton explicará la decisión de la Casa Blanca, durante el Consejo Atlántico de otoño, la primera semana de diciembre. Se encontrará con caras largas, aunque no es previsible que escuche reproches para no dificultar más las cosas.
A pesar de todo ello, Obama se siente atrapado. En primer lugar, por su propia retórica construida durante la campaña. La “guerra de necesidad” va camino de convertirse en pesadilla muy similar a la de Irak. Los conservadores lo escrutan con lupa y han jaleado en cenáculos y tertulias radiotelevisadas la solicitud del General McChrystal. Las acusadas diferencias evidenciadas entre sus colaboradores durante las nueve reuniones del “gabinete de guerra” han prolongado la tardanza en adoptar una decisión y reforzado la sensación de que el Presidente no está convencido de lo que tiene que hacer. No hay que olvidar que el establishment político-mediático es irritantemente intolerante con la indecisión en la Casa Blanca cuando la ocupa un demócrata.
Obama dijo el otro día que está dispuesto a “concluir el trabajo”. Circulan diversas interpretaciones sobre el mensaje deliberadamente críptico del Presidente. Sanger y otros estiman que Obama justificará el incremento de tropas como el camino más corto para conseguir la retirada. Más soldados norteamericanos son necesarios para formar soldados y policías afganos. Con treinta o treinta y cuatro mil más, los efectivos norteamericanos en Afganistán superarían los cien mil, de forma que, en 2012, las fuerzas militares y de seguridad afganas estarán en disposición de completar por si solos, con apoyos menores, la batalla final contra los extremistas.
Si Obama no resulta convincente, los riesgos son muy elevados. Que los demócratas teman que Obama se encuentra prisionero de las exigencias militares y opten por obstaculizar la provisión de fondos para el incremento de tropas. Que los aliados, en el mejor de los casos, se echen a un lado para comprobar si la estrategia funciona sobre el terreno sin comprometer más soldados. Que el gobierno afgano incube y alimente su propia estrategia de diálogo interpastún con los talibanes a costa incluso de escamotear el esfuerzo militar. Que los pakistaníes recuperen el doble juego con sus fundamentalistas. Y el colmo sería que, como consecuencia de todo lo anterior, los talibanes consiguieran ciertos éxitos puntuales que hicieran cundir el nerviosismo y el pesimismo en Washington. Lo suficiente para que los republicanos pudieran presentar la estrategia de Obama (“reforzar para salir cuanto antes”) como fallida.
Consciente de estos peligros, Obama confía en que los refuerzos militares permitan obtener resultados notables inmediatos. El WALL STREET JOURNAL, propiedad del ultraconservador Murdoch, asegura que el nuevo jefe de las fuerzas aliadas en el sur del país, el general británico Nick Carter, tiene ya un plan para ejecutar la estrategia del general McChrystal. Se trataría de reunir a todas las fuerzas ahora dispersas en la regional meridional y muchas de las que se incorporarán el año que viene para construir con ellas un cordón de hierro en torno a la ciudad de Kandahar, el santuario de los talibanes. Este refuerzo incrementaría la seguridad urbana y permitiría implantar los instrumentos políticos, económicos e institucionales para debilitar la influencia de los radicales entre la población civil. En una segunda fase, este esquema aplicado a Kandahar se extendería al otro feudo talibán, la vecina provincia de Helmand.
De conseguirse estos objetivos, se habría logrado un éxito de indudable alcance propagandístico y podríamos asistir a un giro anímico en el desarrollo del conflicto. De esta forma, se apaciguaría el malestar demócrata, se neutralizarían las maniobras destructivas de los republicanos más hostiles, se aliviaría la negatividad de la opinión pública occidental hacia el compromiso bélico y se dejaría sin excusas a Karzai para que edificara una institucionalización decente en el país.
Pero si estos cálculos militares resultan ser un espejismo, se reforzaría la sensación de que Obama habría caído en la misma trampa que Lyndon B. Johnson cuando decidió, a mediados de los sesenta, apoyar la escalada militar en Vietnam propuesta por el Pentágono. (Al respecto, es muy recomendable el artículo reciente de Jonathan Schell en THE NATION). En ese caso, su presidencia podría encontrarse gravemente comprometida y más expuesta si cabe a los ataques furibundos que no han hecho más que empezar en el frente interno.
Después del puente de la festividad de Acción de Gracias, el presidente de los Estados Unidos anunciará el refuerzo militar en Afganistán. Algunos medios han adelantado ya que, seguramente, Obama decidirá enviar al menos 30.000 soldados más, a partir de la primavera.
El corresponsal del NEW YORK TIMES David Sanger, uno de los periodistas mejor informados de Washington desde su atalaya en la Casa Blanca, asegura que Obama “mandará múltiples mensajes a múltiples audiencias”: a sus correligionarios demócratas, a los militares, a la oposición republicana, a sus aliados occidentales, al gobierno afgano, al poder político-militar de Pakistán. Lo que hará inevitables las contradicciones y abonará las dudas.
Senadores y congresistas demócratas son cada día más sensibles a la petición de retirada militar que ha defendido siempre el ala izquierda del partido basándose en dos razones: la imposibilidad de detener el sacrificio de vidas a corto plazo y el coste creciente del mantenimiento de las tropas. Ambos factores han calado en la opinión pública hasta erosionar el respaldo popular al compromiso bélico: la última encuesta indica que son ya cuatro de cada diez los ciudadanos que piden la retirada militar. El otro día, la Presidenta de la Cámara de Representantes, la influyente californiana Nanci Pelosi, dejó claro que los demócratas no desean que el esfuerzo en Afganistán prive de los fondos necesarios para el cumplimiento de la agenda demócrata, con la reforma sanitaria en primer lugar. Cada soldado adicional costará un millón de dólares anuales. El articulista Nicholas Kristoff escribía hace unas semanas que con esa cantidad Estados Unidos podría levantar 20 escuelas en Afganistán.
Obama no es un entusiasta de la solución militar. Sus comentarios al respecto son prudentes y contenidos, pero los que le rodean lo perciben incómodo. La decepción que le ha provocado el proceso político en Afganistán ha acentuado su malestar. Por lo demás, es consciente de que los aliados occidentales se muestran cada día más esquivos, cuando no abiertamente reticentes, a prolongar –no digamos ya a incrementar- su presencia militar. La situación es tan incómoda que las críticas públicas han emergido de donde menos se esperaba: el secretario de Defensa británico no se mordió la lengua en el Parlamento y aseguró que las vacilaciones de Obama, junto al incremento de las bajas y la corrupción rampante en el gobierno afgano, habían arruinado el apoyo público al mantenimiento de las tropas. Con todo, Brown le ha prometido a Obama 500 soldados más. Sin duda, un esfuerzo irrisorio. Otros aliados guardan un silencio inquietante. Hillary Clinton explicará la decisión de la Casa Blanca, durante el Consejo Atlántico de otoño, la primera semana de diciembre. Se encontrará con caras largas, aunque no es previsible que escuche reproches para no dificultar más las cosas.
A pesar de todo ello, Obama se siente atrapado. En primer lugar, por su propia retórica construida durante la campaña. La “guerra de necesidad” va camino de convertirse en pesadilla muy similar a la de Irak. Los conservadores lo escrutan con lupa y han jaleado en cenáculos y tertulias radiotelevisadas la solicitud del General McChrystal. Las acusadas diferencias evidenciadas entre sus colaboradores durante las nueve reuniones del “gabinete de guerra” han prolongado la tardanza en adoptar una decisión y reforzado la sensación de que el Presidente no está convencido de lo que tiene que hacer. No hay que olvidar que el establishment político-mediático es irritantemente intolerante con la indecisión en la Casa Blanca cuando la ocupa un demócrata.
Obama dijo el otro día que está dispuesto a “concluir el trabajo”. Circulan diversas interpretaciones sobre el mensaje deliberadamente críptico del Presidente. Sanger y otros estiman que Obama justificará el incremento de tropas como el camino más corto para conseguir la retirada. Más soldados norteamericanos son necesarios para formar soldados y policías afganos. Con treinta o treinta y cuatro mil más, los efectivos norteamericanos en Afganistán superarían los cien mil, de forma que, en 2012, las fuerzas militares y de seguridad afganas estarán en disposición de completar por si solos, con apoyos menores, la batalla final contra los extremistas.
Si Obama no resulta convincente, los riesgos son muy elevados. Que los demócratas teman que Obama se encuentra prisionero de las exigencias militares y opten por obstaculizar la provisión de fondos para el incremento de tropas. Que los aliados, en el mejor de los casos, se echen a un lado para comprobar si la estrategia funciona sobre el terreno sin comprometer más soldados. Que el gobierno afgano incube y alimente su propia estrategia de diálogo interpastún con los talibanes a costa incluso de escamotear el esfuerzo militar. Que los pakistaníes recuperen el doble juego con sus fundamentalistas. Y el colmo sería que, como consecuencia de todo lo anterior, los talibanes consiguieran ciertos éxitos puntuales que hicieran cundir el nerviosismo y el pesimismo en Washington. Lo suficiente para que los republicanos pudieran presentar la estrategia de Obama (“reforzar para salir cuanto antes”) como fallida.
Consciente de estos peligros, Obama confía en que los refuerzos militares permitan obtener resultados notables inmediatos. El WALL STREET JOURNAL, propiedad del ultraconservador Murdoch, asegura que el nuevo jefe de las fuerzas aliadas en el sur del país, el general británico Nick Carter, tiene ya un plan para ejecutar la estrategia del general McChrystal. Se trataría de reunir a todas las fuerzas ahora dispersas en la regional meridional y muchas de las que se incorporarán el año que viene para construir con ellas un cordón de hierro en torno a la ciudad de Kandahar, el santuario de los talibanes. Este refuerzo incrementaría la seguridad urbana y permitiría implantar los instrumentos políticos, económicos e institucionales para debilitar la influencia de los radicales entre la población civil. En una segunda fase, este esquema aplicado a Kandahar se extendería al otro feudo talibán, la vecina provincia de Helmand.
De conseguirse estos objetivos, se habría logrado un éxito de indudable alcance propagandístico y podríamos asistir a un giro anímico en el desarrollo del conflicto. De esta forma, se apaciguaría el malestar demócrata, se neutralizarían las maniobras destructivas de los republicanos más hostiles, se aliviaría la negatividad de la opinión pública occidental hacia el compromiso bélico y se dejaría sin excusas a Karzai para que edificara una institucionalización decente en el país.
Pero si estos cálculos militares resultan ser un espejismo, se reforzaría la sensación de que Obama habría caído en la misma trampa que Lyndon B. Johnson cuando decidió, a mediados de los sesenta, apoyar la escalada militar en Vietnam propuesta por el Pentágono. (Al respecto, es muy recomendable el artículo reciente de Jonathan Schell en THE NATION). En ese caso, su presidencia podría encontrarse gravemente comprometida y más expuesta si cabe a los ataques furibundos que no han hecho más que empezar en el frente interno.
EL G-2, O LA COEXISTENCIA INTERESADA
19 de Noviembre de 2009
La visita de Obama a China ha sido la etapa más importante de su gira por Asia, ya nuevo epicentro de la hegemonía mundial. El balance es equívoco. La mayoría de los analistas destacan la “intransigencia”, la “firmeza” o la “solidez” de las posiciones mantenidas por los dirigentes chinos, según bajo qué prisma se analice el comportamiento de Pekín. Los portavoces de la administración norteamericana son más esquivos y prudentes y prefieren hablar de “un primer paso”.
La actitud de la Casa Blanca es razonable, aunque algunas críticas también lo sean. Hay motivos para exigirle a China ciertas garantías de comportamiento, si quiere que se le reconozca internacionalmente su liderazgo en el concierto mundial. La cuestión es cómo conseguirlo. Y en este punto es donde el “método Obama” no es necesariamente compartido por tirios y troyanos, por conservadores y progresistas, por occidentales y por los opositores chinos. Ni siquiera está claro que la nomenclatura china se sienta a gusto.
El aparato chino no ha facilitado la estancia de Obama. Quizás temerosos de que el encanto del joven presidente precipitase unos entusiasmos indeseables, los funcionarios chinos restringieron al máximo movimientos, exhibiciones y despliegues del ilustre huésped. Todo lo que no fueran contactos oficiales fueron resultaron eliminados, o recortados, controlados y codificados de forma asfixiante (encuentros con jóvenes, o con bloggeros, entrevistas con sectores sociales, apariciones informales, etc.). El muy prudente Hu Jintao y sus mandarines dejaron claro a Obama que no querían sorpresas mediáticas. El presidente norteamericano, fiel a su estilo respetuoso, aceptó. No sin resignación.
Esta aparente docilidad de la Casa Blanca no ha sido precisamente bien comprendida. Algunos protagonistas de la nueva sociedad china situados en los márgenes o abiertamente opuestos al sistema se han quejado no sólo de las presiones oficiales, sino de la actitud huidiza de los norteamericanos. EL NEW YORK TIMES nos ha ofrecido estos días algunos testimonios. Miembros de la Casa Blanca sondearon a algunos de ellos para un encuentro con el presidente o para otras actividades informales y luego, cuando los jerarcas consiguieron imponer el veto, no volvieron a llamar para excusarse y suspender el proyecto. Destacados disidentes, opositores o figuras de referencia de la apertura han expresado sin ambages su decepción.
En Estados Unidos, desde la derecha y desde la izquierda, se escuchan voces críticas. Los conservadores recuerdan que Bush (pero también Clinton) no se amedrantaron por esas protestas indignadas de Pekín y evocaron el asunto de los derechos humanos y las libertades políticas e individuales. Algunos, citados por el WASHINGTON POST, aseguran que Obama ha podido despilfarrar el esfuerzo de años anteriores. Los progresistas intentan comprender a la administración, pero no ocultan cierta incomodidad, porque advierten esa misma actitud evasiva en otros asuntos internos que exigirían más decisión y compromiso.
La posición de la Casa Blanca se basa en el convencimiento de que la presión sólo empeoraría las cosas. Pero el asunto de fondo no es una cuestión de estilo. La clave no es la debilidad de Obama, sino la debilidad actual de Estados Unidos. No presiona porque no quiere, sino porque no puede. Después de todo, es China la que está sosteniendo la estabilidad de la macroeconomía norteamericana, como le recordaba estos días el SHANGHAI MORNING POST.
Obama ha propuesto a China una estrategia compartida de partenariado para el liderazgo mundial. No porque simpatice con la visión del mundo que se proyecta desde Pekín, sino porque sólo desde allí se dispone de capacidad similar a la norteamericana para ejercer esa responsabilidad. Es una especie de tácito nacimiento del G-2.
Alguien ha visto en este planteamiento la recuperación de un mundo bipolar. No se trata de eso. Obama parece sinceramente fiel a una visión multilateral. No pretende regresar al viejo esquema de la guerra fría de dos superpotencias al mando del mundo. En los sesenta, después de la resolución de la crisis de los misiles de Cuba, Kruschev propuso la Coexistencia Pacífica, un concepto por el cual cada superpotencia se comprometía a aceptar a la otra y a reconocer sus intereses legítimos. Esa estrategia, con altibajos, se mantuvo hasta la desaparición de la URSS.
Ahora, con China, superada aparentemente la amenaza de la destrucción mutua, se trataría de edificar una suerte de Coexistencia Interesada. Se trataría de combinar la multilateralidad en las relaciones internacionales con esta bipolaridad difusa, no tanto basada en la fuerza disuasoria de los arsenales militares, sino en el juego de intereses pragmáticos dominantes en este mundo de las postideologías.
En este esquema, sin embargo, lo que interesa a Washington no es necesariamente lo que interesa a Pekín. Hay dos categorías de asuntos: los globales y los regionales. En todos ellos, los desacuerdos son más sonoros que los puntos de encuentro. Son conocidas las dificultades de Washington para conseguir el apoyo chino para coordinar la presión sobre Teherán y Pyongyang por sus respectivas ambiciones nucleares. O las desavenencias sobre el reparto de responsabilidades en la detención del deterioro medioambiental. Por no hablar del malestar que provoca en Washington la política monetaria china, aunque Obama también se haya abstenido de airearlo en Pekín. A este respecto, resultan muy interesantes dos artículos recientes de Paul Krugman y del semanario THE ECONOMIST, que comparten algunas conclusiones aunque se sitúen habitualmente en posiciones ideológicas bien distintas.
Pero lo que resulta extremadamente difícil de manejar para Obama son los asuntos que Pekin considera intratables, los internos, podríamos decir: la gestión de los derechos humanos en el interior de China, los conflictos étnicos en Xinjiang, la situación en Tibet o la seguridad de Taiwan. Obama no puede ignorarlos sin arruinar su prestigio internacional. Su respuesta, como parece haber hecho estos días con Hu, es colocarlos fuera del escrutinio público, según han tratado de explicar con discreción sus asesores más próximos.
Los asesores de Obama admiten que el presidente no se trae de Pekín compromisos concretos, pero rechazan el balance de manos vacías. Leyendo entre líneas, la administración convierte su diálogo con Pekín es su tarea más estratégica y seguramente se da todo el mandato para encauzarlo. Es un método distinto al propagandístico empleado por Nixon en 1972, cuando se inauguró el diálogo chino-norteamericano.
Parece inevitable que numerosas organizaciones cívicas se sientan desplazadas y que ciertos valores idealistas se perciban sacrificados en el altar del pragmatismo. A Obama le costará explicar que no los abandona, sino que ha considerado otra forma más eficaz a largo plazo de hacerlos prevalecer.
La visita de Obama a China ha sido la etapa más importante de su gira por Asia, ya nuevo epicentro de la hegemonía mundial. El balance es equívoco. La mayoría de los analistas destacan la “intransigencia”, la “firmeza” o la “solidez” de las posiciones mantenidas por los dirigentes chinos, según bajo qué prisma se analice el comportamiento de Pekín. Los portavoces de la administración norteamericana son más esquivos y prudentes y prefieren hablar de “un primer paso”.
La actitud de la Casa Blanca es razonable, aunque algunas críticas también lo sean. Hay motivos para exigirle a China ciertas garantías de comportamiento, si quiere que se le reconozca internacionalmente su liderazgo en el concierto mundial. La cuestión es cómo conseguirlo. Y en este punto es donde el “método Obama” no es necesariamente compartido por tirios y troyanos, por conservadores y progresistas, por occidentales y por los opositores chinos. Ni siquiera está claro que la nomenclatura china se sienta a gusto.
El aparato chino no ha facilitado la estancia de Obama. Quizás temerosos de que el encanto del joven presidente precipitase unos entusiasmos indeseables, los funcionarios chinos restringieron al máximo movimientos, exhibiciones y despliegues del ilustre huésped. Todo lo que no fueran contactos oficiales fueron resultaron eliminados, o recortados, controlados y codificados de forma asfixiante (encuentros con jóvenes, o con bloggeros, entrevistas con sectores sociales, apariciones informales, etc.). El muy prudente Hu Jintao y sus mandarines dejaron claro a Obama que no querían sorpresas mediáticas. El presidente norteamericano, fiel a su estilo respetuoso, aceptó. No sin resignación.
Esta aparente docilidad de la Casa Blanca no ha sido precisamente bien comprendida. Algunos protagonistas de la nueva sociedad china situados en los márgenes o abiertamente opuestos al sistema se han quejado no sólo de las presiones oficiales, sino de la actitud huidiza de los norteamericanos. EL NEW YORK TIMES nos ha ofrecido estos días algunos testimonios. Miembros de la Casa Blanca sondearon a algunos de ellos para un encuentro con el presidente o para otras actividades informales y luego, cuando los jerarcas consiguieron imponer el veto, no volvieron a llamar para excusarse y suspender el proyecto. Destacados disidentes, opositores o figuras de referencia de la apertura han expresado sin ambages su decepción.
En Estados Unidos, desde la derecha y desde la izquierda, se escuchan voces críticas. Los conservadores recuerdan que Bush (pero también Clinton) no se amedrantaron por esas protestas indignadas de Pekín y evocaron el asunto de los derechos humanos y las libertades políticas e individuales. Algunos, citados por el WASHINGTON POST, aseguran que Obama ha podido despilfarrar el esfuerzo de años anteriores. Los progresistas intentan comprender a la administración, pero no ocultan cierta incomodidad, porque advierten esa misma actitud evasiva en otros asuntos internos que exigirían más decisión y compromiso.
La posición de la Casa Blanca se basa en el convencimiento de que la presión sólo empeoraría las cosas. Pero el asunto de fondo no es una cuestión de estilo. La clave no es la debilidad de Obama, sino la debilidad actual de Estados Unidos. No presiona porque no quiere, sino porque no puede. Después de todo, es China la que está sosteniendo la estabilidad de la macroeconomía norteamericana, como le recordaba estos días el SHANGHAI MORNING POST.
Obama ha propuesto a China una estrategia compartida de partenariado para el liderazgo mundial. No porque simpatice con la visión del mundo que se proyecta desde Pekín, sino porque sólo desde allí se dispone de capacidad similar a la norteamericana para ejercer esa responsabilidad. Es una especie de tácito nacimiento del G-2.
Alguien ha visto en este planteamiento la recuperación de un mundo bipolar. No se trata de eso. Obama parece sinceramente fiel a una visión multilateral. No pretende regresar al viejo esquema de la guerra fría de dos superpotencias al mando del mundo. En los sesenta, después de la resolución de la crisis de los misiles de Cuba, Kruschev propuso la Coexistencia Pacífica, un concepto por el cual cada superpotencia se comprometía a aceptar a la otra y a reconocer sus intereses legítimos. Esa estrategia, con altibajos, se mantuvo hasta la desaparición de la URSS.
Ahora, con China, superada aparentemente la amenaza de la destrucción mutua, se trataría de edificar una suerte de Coexistencia Interesada. Se trataría de combinar la multilateralidad en las relaciones internacionales con esta bipolaridad difusa, no tanto basada en la fuerza disuasoria de los arsenales militares, sino en el juego de intereses pragmáticos dominantes en este mundo de las postideologías.
En este esquema, sin embargo, lo que interesa a Washington no es necesariamente lo que interesa a Pekín. Hay dos categorías de asuntos: los globales y los regionales. En todos ellos, los desacuerdos son más sonoros que los puntos de encuentro. Son conocidas las dificultades de Washington para conseguir el apoyo chino para coordinar la presión sobre Teherán y Pyongyang por sus respectivas ambiciones nucleares. O las desavenencias sobre el reparto de responsabilidades en la detención del deterioro medioambiental. Por no hablar del malestar que provoca en Washington la política monetaria china, aunque Obama también se haya abstenido de airearlo en Pekín. A este respecto, resultan muy interesantes dos artículos recientes de Paul Krugman y del semanario THE ECONOMIST, que comparten algunas conclusiones aunque se sitúen habitualmente en posiciones ideológicas bien distintas.
Pero lo que resulta extremadamente difícil de manejar para Obama son los asuntos que Pekin considera intratables, los internos, podríamos decir: la gestión de los derechos humanos en el interior de China, los conflictos étnicos en Xinjiang, la situación en Tibet o la seguridad de Taiwan. Obama no puede ignorarlos sin arruinar su prestigio internacional. Su respuesta, como parece haber hecho estos días con Hu, es colocarlos fuera del escrutinio público, según han tratado de explicar con discreción sus asesores más próximos.
Los asesores de Obama admiten que el presidente no se trae de Pekín compromisos concretos, pero rechazan el balance de manos vacías. Leyendo entre líneas, la administración convierte su diálogo con Pekín es su tarea más estratégica y seguramente se da todo el mandato para encauzarlo. Es un método distinto al propagandístico empleado por Nixon en 1972, cuando se inauguró el diálogo chino-norteamericano.
Parece inevitable que numerosas organizaciones cívicas se sientan desplazadas y que ciertos valores idealistas se perciban sacrificados en el altar del pragmatismo. A Obama le costará explicar que no los abandona, sino que ha considerado otra forma más eficaz a largo plazo de hacerlos prevalecer.
¿QUÉ CELEBRAMOS?
12 de Noviembre de 2009
Los máximos dirigentes europeos, con pocas excepciones, acudieron esta semana a Berlín para celebrar el vigésimo aniversario de la desaparición del muro que dividió durante décadas al país y a Europa.
Se trató de un acto solemne, más espectáculo que acontecimiento político, más destinado a satisfacer las emociones, un tanto ficticias, que a reflexionar sobre el significado de las “revoluciones de terciopelo”.
El muro, efectivamente, desapareció. Nadie lo derribó. Ni los ciudadanos germano orientales. Ni Gorbachov. Ni Reagan. Ni, por supuesto, las propias esclerotizadas autoridades de la RDA. No hubo hazañas, ni revoluciones. Fue un proceso acumulativo que necesitó de un malentendido para culminar en un hecho histórico.
Estos días se ha recordado con detalle la sucesión de errores, incompetencias, desconciertos y casualidades que condujeron a la noche del 9 de noviembre. Un mes antes, con motivo de la visita de Gorbachov a Berlin-Este para asistir al cuadragésimo aniversario de la RDA, fui enviado por Radio Nacional de España para cubrir el evento. La noche del sábado, 6 de octubre, fui testigo de una imponente manifestación con antorchas que recorrió las grandes avenidas del sector oriental de Berlin. Fué una aparente demostración de fuerza del régimen. Los protagonistas de la noche no fueron las camisas viejas que habían derrotado al nazismo, los veteranos militantes del SED, sino jóvenes comunistas que, por millares, desfilaron con un entusiasmo que superaba cualquier consigna propagandística. Pude ver a Gorbachov a pocos metros, departiendo emotivamente con el anciano Honecker. La famosa frase del último líder soviético (“la Historia castiga a quien llega tarde”) se ha interpretado abusivamente como una sentencia mortuoria del régimen comunista alemán. En realidad, se trataba de una invitación a sumarse al campo reformista. En una entrevista con la editora de THE NATION, Gorbachov reitera que nunca quiso liquidar el comunismo, sino hacerlo viable.
El día siguiente al desfile de las antorchas, unos cuantos centenares de personas se congregaron en el entorno de Alexander Platz para manifestar su apoyo a Gorbachov, no exactamente para condenar a sus dirigentes. Pero los medios occidentales presentaron esa discreta manifestación como el síntoma de una imparable protesta. La televisión alemana amplificó ese malestar que, hasta entonces, sólo había estado latente desde el verano, durante la crisis de las embajadas.
En los días siguientes, pequeños grupos de jóvenes, amparados en pequeñas iglesias protestantes de las ciudades germano orientales (Leipzig, Dresde, etc.), comenzaron a salir a la calle pidiendo “reformas”. Las autoridades dudaron entre reprimir o abrir la mano. No supieron hacer ni lo uno ni lo otro. Honecker no supo interpretar el momento, ni tenía salud para hacerlo. Sus propios compañeros de dirección, tan responsables como él, lo sustituyeron para salvar el régimen y salvarse ellos. Pero no demostraron su competencia. El régimen se fue diluyendo sólo, podrido como estaba, por un cinismo represivo y la corrupción de valores, no por una rigidez ideológica. En la oposición no existía la mínima organización. Como le ha dicho el director del Fondo Marshall, Ronald Asmus, al veterano reportero del NEW YORK TIMES, Steven Erlander, los cambios de 1989 fueron “absolutamente sorprendentes”.
Los ciudadanos germano orientales que, con perplejidad, se encontraron con las fronteras abiertas por un error de interpretación de una decisión administrativa, anhelaban tanto la libertad como la promesa de un paraíso de mercancías, de escaparates llenos, que les anunciaban las pantallas germano occidentales, en especial la berlinesa. Durante los años ochenta pase alguna vez a Berlín Este donde la esposa de una persona próxima tenía a su familia. No percibí en aquellos alemanes orientales más que un sombrío deseo de acceder al supermercado occidental.
No se trata de menospreciar el anhelo de libertad ni el alcance político de aquellos acontecimientos y de los que siguieron en el resto de países de la Europa bajo control soviético. Pero tampoco de aceptar sin matices una interpretación demasiado simple de ese proceso histórico.
Veinte años después, es obvio que un balance objetivo nos lleva a equilibrar luces y sombras, logros y fracasos, ilusiones cumplidas y amargas decepciones. En la antigua Europa del Este se han establecido democracias, pero su estabilidad es relativa, Algunos síntomas inquietantes de populismo, xenofobia e intolerancia de viejo y nuevo cuño han enquistado con singular vigor. Las diferencias sociales, que resultaron abrumadoras en los primeros momentos del nuevo capitalismo oportunista, salvaje y, en algunos casos, delincuente –y hasta criminal-, se mantienen y consolidan. Los antiguos directores comunistas de empresas del Estado se transformaron en agresivos emprendedores pseudo capitalistas, debido a corruptos procesos de privatización y saqueo de los bienes públicos. Las libertades públicas han sido manipuladas sin cuento. Los derechos humanos, relativizados.
El escritor Slavoj Zizek, en un artículo publicado en varios periódicos mundiales, ha hecho una disección inteligente del post-Muro. Un nuevo malestar se ha instalado y afianzado en la antigua Europa del Este, con tres componentes: nostalgia comunista, populismo nacionalista y paranoia anticomunista. No necesariamente enfrentados entre sí, sino conviviendo en el imaginario colectivo. Como se idealizó el capitalismo, no se aceptó que trajera inevitables desigualdades. Como los vencedores del cambio, fueron, en muchas ocasiones, los mismos que se habían aprovechado del “paraíso comunista”, una inevitable sensación de fraude caló hasta el tuétano de las capas sociales más vulnerables. Los perdedores creen añorar el viejo régimen, seguramente sin saber que lo que echan de menos es una seguridad mediocre pero firme.
Para Europa Occidental, “el final de la división europea” ha sido también ilusorio. Ahora afrontamos una división de otra naturaleza, pero no menos preocupante. El alemán es el caso más lacerante: todavía no han asimilado una reunificación que pudo hacerse de otra forma, y no sólo porque algunas potencias europeas lo desearan para frenar el auge alemán, sino para suavizar los sufrimientos de la propia población germana. Hoy en día, veinte años después, el paro en el Este es el doble que en el Oeste, pese a las inmensas transfusiones de capital por valor muy superior al billón de euros. Incluso en la glamurosa y artística Berlín, la vida sigue siendo más difícil que en las grandes capitales occidentales, como señala esta semana un extenso reportaje de LE MONDE. Los tratamientos de choque constituyeron un fraude que condenó ilusiones y sepultó proyectos de vida. No era inevitable que fuera así, y eso es lo que les hace, ante el juicio de la historia, imperdonables.
Los máximos dirigentes europeos, con pocas excepciones, acudieron esta semana a Berlín para celebrar el vigésimo aniversario de la desaparición del muro que dividió durante décadas al país y a Europa.
Se trató de un acto solemne, más espectáculo que acontecimiento político, más destinado a satisfacer las emociones, un tanto ficticias, que a reflexionar sobre el significado de las “revoluciones de terciopelo”.
El muro, efectivamente, desapareció. Nadie lo derribó. Ni los ciudadanos germano orientales. Ni Gorbachov. Ni Reagan. Ni, por supuesto, las propias esclerotizadas autoridades de la RDA. No hubo hazañas, ni revoluciones. Fue un proceso acumulativo que necesitó de un malentendido para culminar en un hecho histórico.
Estos días se ha recordado con detalle la sucesión de errores, incompetencias, desconciertos y casualidades que condujeron a la noche del 9 de noviembre. Un mes antes, con motivo de la visita de Gorbachov a Berlin-Este para asistir al cuadragésimo aniversario de la RDA, fui enviado por Radio Nacional de España para cubrir el evento. La noche del sábado, 6 de octubre, fui testigo de una imponente manifestación con antorchas que recorrió las grandes avenidas del sector oriental de Berlin. Fué una aparente demostración de fuerza del régimen. Los protagonistas de la noche no fueron las camisas viejas que habían derrotado al nazismo, los veteranos militantes del SED, sino jóvenes comunistas que, por millares, desfilaron con un entusiasmo que superaba cualquier consigna propagandística. Pude ver a Gorbachov a pocos metros, departiendo emotivamente con el anciano Honecker. La famosa frase del último líder soviético (“la Historia castiga a quien llega tarde”) se ha interpretado abusivamente como una sentencia mortuoria del régimen comunista alemán. En realidad, se trataba de una invitación a sumarse al campo reformista. En una entrevista con la editora de THE NATION, Gorbachov reitera que nunca quiso liquidar el comunismo, sino hacerlo viable.
El día siguiente al desfile de las antorchas, unos cuantos centenares de personas se congregaron en el entorno de Alexander Platz para manifestar su apoyo a Gorbachov, no exactamente para condenar a sus dirigentes. Pero los medios occidentales presentaron esa discreta manifestación como el síntoma de una imparable protesta. La televisión alemana amplificó ese malestar que, hasta entonces, sólo había estado latente desde el verano, durante la crisis de las embajadas.
En los días siguientes, pequeños grupos de jóvenes, amparados en pequeñas iglesias protestantes de las ciudades germano orientales (Leipzig, Dresde, etc.), comenzaron a salir a la calle pidiendo “reformas”. Las autoridades dudaron entre reprimir o abrir la mano. No supieron hacer ni lo uno ni lo otro. Honecker no supo interpretar el momento, ni tenía salud para hacerlo. Sus propios compañeros de dirección, tan responsables como él, lo sustituyeron para salvar el régimen y salvarse ellos. Pero no demostraron su competencia. El régimen se fue diluyendo sólo, podrido como estaba, por un cinismo represivo y la corrupción de valores, no por una rigidez ideológica. En la oposición no existía la mínima organización. Como le ha dicho el director del Fondo Marshall, Ronald Asmus, al veterano reportero del NEW YORK TIMES, Steven Erlander, los cambios de 1989 fueron “absolutamente sorprendentes”.
Los ciudadanos germano orientales que, con perplejidad, se encontraron con las fronteras abiertas por un error de interpretación de una decisión administrativa, anhelaban tanto la libertad como la promesa de un paraíso de mercancías, de escaparates llenos, que les anunciaban las pantallas germano occidentales, en especial la berlinesa. Durante los años ochenta pase alguna vez a Berlín Este donde la esposa de una persona próxima tenía a su familia. No percibí en aquellos alemanes orientales más que un sombrío deseo de acceder al supermercado occidental.
No se trata de menospreciar el anhelo de libertad ni el alcance político de aquellos acontecimientos y de los que siguieron en el resto de países de la Europa bajo control soviético. Pero tampoco de aceptar sin matices una interpretación demasiado simple de ese proceso histórico.
Veinte años después, es obvio que un balance objetivo nos lleva a equilibrar luces y sombras, logros y fracasos, ilusiones cumplidas y amargas decepciones. En la antigua Europa del Este se han establecido democracias, pero su estabilidad es relativa, Algunos síntomas inquietantes de populismo, xenofobia e intolerancia de viejo y nuevo cuño han enquistado con singular vigor. Las diferencias sociales, que resultaron abrumadoras en los primeros momentos del nuevo capitalismo oportunista, salvaje y, en algunos casos, delincuente –y hasta criminal-, se mantienen y consolidan. Los antiguos directores comunistas de empresas del Estado se transformaron en agresivos emprendedores pseudo capitalistas, debido a corruptos procesos de privatización y saqueo de los bienes públicos. Las libertades públicas han sido manipuladas sin cuento. Los derechos humanos, relativizados.
El escritor Slavoj Zizek, en un artículo publicado en varios periódicos mundiales, ha hecho una disección inteligente del post-Muro. Un nuevo malestar se ha instalado y afianzado en la antigua Europa del Este, con tres componentes: nostalgia comunista, populismo nacionalista y paranoia anticomunista. No necesariamente enfrentados entre sí, sino conviviendo en el imaginario colectivo. Como se idealizó el capitalismo, no se aceptó que trajera inevitables desigualdades. Como los vencedores del cambio, fueron, en muchas ocasiones, los mismos que se habían aprovechado del “paraíso comunista”, una inevitable sensación de fraude caló hasta el tuétano de las capas sociales más vulnerables. Los perdedores creen añorar el viejo régimen, seguramente sin saber que lo que echan de menos es una seguridad mediocre pero firme.
Para Europa Occidental, “el final de la división europea” ha sido también ilusorio. Ahora afrontamos una división de otra naturaleza, pero no menos preocupante. El alemán es el caso más lacerante: todavía no han asimilado una reunificación que pudo hacerse de otra forma, y no sólo porque algunas potencias europeas lo desearan para frenar el auge alemán, sino para suavizar los sufrimientos de la propia población germana. Hoy en día, veinte años después, el paro en el Este es el doble que en el Oeste, pese a las inmensas transfusiones de capital por valor muy superior al billón de euros. Incluso en la glamurosa y artística Berlín, la vida sigue siendo más difícil que en las grandes capitales occidentales, como señala esta semana un extenso reportaje de LE MONDE. Los tratamientos de choque constituyeron un fraude que condenó ilusiones y sepultó proyectos de vida. No era inevitable que fuera así, y eso es lo que les hace, ante el juicio de la historia, imperdonables.
EL MALESTAR
5 de Noviembre de 2009
Un malestar muy apreciable, pero no oficialmente admitido, recorre estos días Washington. El aniversario del triunfo electoral de Barack Obama ha llegado rodeado de noticias incómodas para el entorno presidencial, procedentes de dentro y fuera del país.
El éxito de dos candidatos republicanos a gobernador en Virgina y New Jersey es un asunto menor. Por mucho que los conservadores quieran proclamar que se confirma la pérdida de impulso político de Obama, lo cierto es que la clave del resultado hay que buscarla en la situación local de esos estados y en el perfil de los contendientes. Además, los republicanos tienen motivos de preocupación por las divisiones internas entre moderados y radicales que les ha hecho perder un representante, hasta ahora seguro, por Nueva York.
En todo caso, es forzoso admitir que Obama acusa cierto desgaste. Pero no por lo que le reprochan desde la derecha, sino por un estilo de gobernar que, tarde o temprano, tenía que pasarle factura. Un asesor del recientemente fallecido Ted Kennedy lo retrataba con agudeza en las páginas de LE MONDE: “Obama privilegia la opción del menor riesgo político”. Jeff Madrick, de la Universidad New School de Nueva York, afirma que el presidente ha dilapidado parte de su capital político por no atreverse a actuar con más decisión en áreas tan importantes como la reforma del sistema financiero o la reforma sanitaria. “El presidente da la impresión de que se conforma con medidas a medias. Políticamente, actúa como un árbitro, no como una fuerza motor de cambio”.
Algo similar puede detectarse en su política exterior. Hay que admitir, en su descargo, que la herencia desastrosa recibida no ha facilitado su tarea y que gran parte del esfuerzo ha tenido que depositarlo en restañar heridas y restablecer la confianza. Por razones de espacio, centrémonos en los dos asuntos de actualidad de esta semana: Afganistán y Honduras.
Es sabido la antipatía que el presidente norteamericano profesa hacia su colega afgano, Hamid Karzai. No cree en él; o más que eso, lo considera un lastre político. La forma en que Obama asumió en público su revalidación como presidente afgano es reveladora: le pidió que ataje la corrupción, en un tono que apenas disimulaba el convencimiento de que lo ha hecho estos últimos años ha sido protegerla, por no decir fomentarla y hasta beneficiarse de ella. Obama siente que tiene las manos atadas, pero se cuidará de explicitarlo públicamente, para que no se le pueda reprochar. Intentó sumar al candidato rival, Abdullah Abdullah, a un pacto político que desdibujara el poder de Karzai, como si eso fuera posible. Pero cuando se dio cuenta de que Obama no dispone aún de estrategia solvente, hizo virtud de la necesidad y decidió apearse del proceso y denunciar la ilegitimidad del segundo mandato de su rival electoral, debido a la persistente amenaza de fraude.
Obama demora la decisión sobre el futuro del compromiso norteamericano en Afganistán, como si todavía tuviera que ocurrir algo que sea decisivo para fijar su posición. No está claro a qué espera el presidente. ¿A qué Karzai se convenza de que sin cambio de actitud no habrá soldados adicionales? Probablemente, el líder afgano sabe que Obama no se enfrentará frontalmente con sus generales. Y, en caso de que eso ocurra, Karzai dispone de otras armas. Por de pronto, ha respondido ladinamente a las humillaciones silenciosas de la administración Obama.
En el entorno presidencial se cree que la administración Obama está de una u otra forma detrás del reportaje de las informaciones del NEW YORK TIMES, que acusaban al hermano del presidente de controlar el tráfico de drogas. El ministro afgano encargado de la lucha contra el narcotráfico, General Jodaidad, manifestó que “los contingentes americanos, británicos y canadienses de la OTAN tasaban la producción de opio en las regiones bajo su control”. Como recuerda ASIA TIMES el diplomático indio retirado con experiencia en la zona, M. K. Bhadrakumar, esta referencia directa a la implicación de los efectivos militares occidentales en el tráfico de drogas en Afganistán ya había sido evocada por el antiguo jefe de los servicios secretos militar de Pakistán, el general Hamid Gul, y por los rusos, que siguen teniendo alguna información valiosa sobre lo que pasa en el país.
Pero Karzai se guarda otra carta más: el pacto con los talibanes más moderados. O mejor habría que decir, con los más corruptibles. No es un secreto para nadie que los contactos son constantes y al más alto nivel en el entorno de Karzai. Algunas fuentes creen que el acuerdo con un personaje intermedio, el viejo guerrero antisoviético Gulbuddin Hekmatyar, es ya un hecho. Y esta criatura predilecta de la CIA en los ochenta es clave para persuadir a los talibanes de la Shura de Quetta, liderada por el propio Mullah Omar.
El otro escenario donde se han puesto en evidencia las contradicciones de Obama ha sido Honduras. Por supuesto, se trata de un asunto de escaso interés para Washington, por mucha fanfarria que se le haya dado al aparente acuerdo entre Zelaya y los golpistas. La administración estadounidense no ha tenido interés alguno en resolver la crisis como hubiera sido decente hacerla: presionando a los usurpadores y restableciendo al presidente legítimo. Prefirió dejar que los contactos se prolongaran en la ineficiente diplomacia regional, a sabiendas de que la mayoría de los gobiernos más próximos a Washington estaban en realidad encantados con “pararle los pies a Chávez”. Por esa razón, mientras se proclamaba el rechazo al golpismo, se le consentía a los golpistas dotarse del oxigeno necesario para consolidarse.
El acto final, o estrambote, consistente en una visita oficial norteamericana a Honduras para arreglar de una vez por todas el asunto, ha constituido, más que una prueba del compromiso, una demostración de un doble juego. Da la impresión de que Obama, poco interesado en el asunto, ha dejado que la burocracia del departamento de Estado, apegada a sus viejos reflejos, se haya impuesto sobre el difuso discurso ético de la Casa Blanca. La activa campaña de lobby a favor de los golpistas ha conseguido bloquear asuntos corrientes en la política latinoamericana de Obama, hasta convertir en conveniente sus enfoques.
Zelaya no volverá a ejercer como presidente, se celebre o no la mascarada de su regreso a Palacio. La vieja política tiene asegurada su continuidad en las elecciones del 29 de noviembre. Lo de menos es el destino personal del presidente depuesto y sus inmaduros planes de cambio constitucional. El verdadero daño lo sufrirán los sectores populares que habían confiado en que los tiempos del amparo norteamericano a golpes de Estado habían acabado.
Con la mitad del electorado reticente y los grandes intereses crecidos, Obama tendrá ahora que decidir el rumbo de su mandato. El presidente se va a ver obligado, le guste o no, a molestar a sus rivales, si no quiere que éstos consigan hacer prevalecer el malestar entre sus seguidores, los que estaban –aún lo están- ilusionados con un verdadero cambio político en la Casa Blanca.
Un malestar muy apreciable, pero no oficialmente admitido, recorre estos días Washington. El aniversario del triunfo electoral de Barack Obama ha llegado rodeado de noticias incómodas para el entorno presidencial, procedentes de dentro y fuera del país.
El éxito de dos candidatos republicanos a gobernador en Virgina y New Jersey es un asunto menor. Por mucho que los conservadores quieran proclamar que se confirma la pérdida de impulso político de Obama, lo cierto es que la clave del resultado hay que buscarla en la situación local de esos estados y en el perfil de los contendientes. Además, los republicanos tienen motivos de preocupación por las divisiones internas entre moderados y radicales que les ha hecho perder un representante, hasta ahora seguro, por Nueva York.
En todo caso, es forzoso admitir que Obama acusa cierto desgaste. Pero no por lo que le reprochan desde la derecha, sino por un estilo de gobernar que, tarde o temprano, tenía que pasarle factura. Un asesor del recientemente fallecido Ted Kennedy lo retrataba con agudeza en las páginas de LE MONDE: “Obama privilegia la opción del menor riesgo político”. Jeff Madrick, de la Universidad New School de Nueva York, afirma que el presidente ha dilapidado parte de su capital político por no atreverse a actuar con más decisión en áreas tan importantes como la reforma del sistema financiero o la reforma sanitaria. “El presidente da la impresión de que se conforma con medidas a medias. Políticamente, actúa como un árbitro, no como una fuerza motor de cambio”.
Algo similar puede detectarse en su política exterior. Hay que admitir, en su descargo, que la herencia desastrosa recibida no ha facilitado su tarea y que gran parte del esfuerzo ha tenido que depositarlo en restañar heridas y restablecer la confianza. Por razones de espacio, centrémonos en los dos asuntos de actualidad de esta semana: Afganistán y Honduras.
Es sabido la antipatía que el presidente norteamericano profesa hacia su colega afgano, Hamid Karzai. No cree en él; o más que eso, lo considera un lastre político. La forma en que Obama asumió en público su revalidación como presidente afgano es reveladora: le pidió que ataje la corrupción, en un tono que apenas disimulaba el convencimiento de que lo ha hecho estos últimos años ha sido protegerla, por no decir fomentarla y hasta beneficiarse de ella. Obama siente que tiene las manos atadas, pero se cuidará de explicitarlo públicamente, para que no se le pueda reprochar. Intentó sumar al candidato rival, Abdullah Abdullah, a un pacto político que desdibujara el poder de Karzai, como si eso fuera posible. Pero cuando se dio cuenta de que Obama no dispone aún de estrategia solvente, hizo virtud de la necesidad y decidió apearse del proceso y denunciar la ilegitimidad del segundo mandato de su rival electoral, debido a la persistente amenaza de fraude.
Obama demora la decisión sobre el futuro del compromiso norteamericano en Afganistán, como si todavía tuviera que ocurrir algo que sea decisivo para fijar su posición. No está claro a qué espera el presidente. ¿A qué Karzai se convenza de que sin cambio de actitud no habrá soldados adicionales? Probablemente, el líder afgano sabe que Obama no se enfrentará frontalmente con sus generales. Y, en caso de que eso ocurra, Karzai dispone de otras armas. Por de pronto, ha respondido ladinamente a las humillaciones silenciosas de la administración Obama.
En el entorno presidencial se cree que la administración Obama está de una u otra forma detrás del reportaje de las informaciones del NEW YORK TIMES, que acusaban al hermano del presidente de controlar el tráfico de drogas. El ministro afgano encargado de la lucha contra el narcotráfico, General Jodaidad, manifestó que “los contingentes americanos, británicos y canadienses de la OTAN tasaban la producción de opio en las regiones bajo su control”. Como recuerda ASIA TIMES el diplomático indio retirado con experiencia en la zona, M. K. Bhadrakumar, esta referencia directa a la implicación de los efectivos militares occidentales en el tráfico de drogas en Afganistán ya había sido evocada por el antiguo jefe de los servicios secretos militar de Pakistán, el general Hamid Gul, y por los rusos, que siguen teniendo alguna información valiosa sobre lo que pasa en el país.
Pero Karzai se guarda otra carta más: el pacto con los talibanes más moderados. O mejor habría que decir, con los más corruptibles. No es un secreto para nadie que los contactos son constantes y al más alto nivel en el entorno de Karzai. Algunas fuentes creen que el acuerdo con un personaje intermedio, el viejo guerrero antisoviético Gulbuddin Hekmatyar, es ya un hecho. Y esta criatura predilecta de la CIA en los ochenta es clave para persuadir a los talibanes de la Shura de Quetta, liderada por el propio Mullah Omar.
El otro escenario donde se han puesto en evidencia las contradicciones de Obama ha sido Honduras. Por supuesto, se trata de un asunto de escaso interés para Washington, por mucha fanfarria que se le haya dado al aparente acuerdo entre Zelaya y los golpistas. La administración estadounidense no ha tenido interés alguno en resolver la crisis como hubiera sido decente hacerla: presionando a los usurpadores y restableciendo al presidente legítimo. Prefirió dejar que los contactos se prolongaran en la ineficiente diplomacia regional, a sabiendas de que la mayoría de los gobiernos más próximos a Washington estaban en realidad encantados con “pararle los pies a Chávez”. Por esa razón, mientras se proclamaba el rechazo al golpismo, se le consentía a los golpistas dotarse del oxigeno necesario para consolidarse.
El acto final, o estrambote, consistente en una visita oficial norteamericana a Honduras para arreglar de una vez por todas el asunto, ha constituido, más que una prueba del compromiso, una demostración de un doble juego. Da la impresión de que Obama, poco interesado en el asunto, ha dejado que la burocracia del departamento de Estado, apegada a sus viejos reflejos, se haya impuesto sobre el difuso discurso ético de la Casa Blanca. La activa campaña de lobby a favor de los golpistas ha conseguido bloquear asuntos corrientes en la política latinoamericana de Obama, hasta convertir en conveniente sus enfoques.
Zelaya no volverá a ejercer como presidente, se celebre o no la mascarada de su regreso a Palacio. La vieja política tiene asegurada su continuidad en las elecciones del 29 de noviembre. Lo de menos es el destino personal del presidente depuesto y sus inmaduros planes de cambio constitucional. El verdadero daño lo sufrirán los sectores populares que habían confiado en que los tiempos del amparo norteamericano a golpes de Estado habían acabado.
Con la mitad del electorado reticente y los grandes intereses crecidos, Obama tendrá ahora que decidir el rumbo de su mandato. El presidente se va a ver obligado, le guste o no, a molestar a sus rivales, si no quiere que éstos consigan hacer prevalecer el malestar entre sus seguidores, los que estaban –aún lo están- ilusionados con un verdadero cambio político en la Casa Blanca.
TURQUÍA: TURBULENCIAS EN EL PUENTE
29 DE OCTUBRE DE 2009
Es lugar común en el análisis geoestratégico considerar a Turquía como puente entre Oriente y Occidente. A la clase política tradicional esa figura les ha resultado siempre atractiva, aunque para los kemalistas militares, auténticos dueños de las orientaciones estratégicas del país, el compromiso férreo con Occidente ha sido innegociable.
Las cosas están cambiando, sin embargo. La guerra contra Irak, en 2003, puso en evidencia el largo proceso de erosión de la posición turca. El triunfo de los islámicos en dos oleadas –una más radical, abortada por el ejército, y otra moderada, que parece consolidarse- ha profundizado esa revisión. El debate se centra en si el cambio es de estilo o de sustancia.
Consciente de su importancia para los intereses occidentales, Obama visitó Turquía en abril y evocó la manida fórmula del puente, citando expresamente los esfuerzos de la diplomacia turca en el conflicto árabe-israelí y en el anclaje de Rusia en un sistema internacional de convivencia. Otros actores no se muestran tan comprensivos como Obama.
OTRA MIRADA A ORIENTE
Israel ha mimado las relaciones con Ankara, desde el pacto de cooperación militar suscrito en 1996. Con el triunfo del AKP, esta relación se mantuvo, a pesar del islamismo suavizado de su líder, el actual primer ministro Erdogan. Pero las cosas se complicaron con la intervención militar israelí en Gaza, a finales del año pasado. Algunos medios turcos hablaron claramente de “brutalidad israelí” y el gobierno no disimuló su malestar. En enero, durante el encuentro suizo de Davos, Erdogan chocó con el presidente israelí, Shimon Peres, a quien reprochó ásperamente la conducta del Tsahal y el maltrato de la población civil palestina. A partir de aquí, todo se torció. El último desencuentro fue negativa de Ankara a participar en las maniobras militares de este año, para no coincidir con los “aviones que sobrevuelan Gaza” (Erdogan dixit). El ministro de Exteriores suspendió su visita oficial a Israel al no permitírsele visitar la franja. El puesto diplomático turco en Tel Aviv lleva meses sin cubrir.
Los líderes turcos aseguran que no quieren romper la alianza con Israel, pero tampoco “permanecer en silencio” ante “errores” de su vecino. El jefe del Estado, Abdhullah Gull, (exministro de exteriores y sustituto de Erdogan durante la suspensión temporal de éste en sus funciones de jefe de gobierno por decisión judicial) irritó a los dirigentes israelíes al comentar que “Turquía no estado jamás del lado de los perseguidores, sino que ha defendido siempre a los oprimidos”. No hizo falta más para que se anunciara en Israel el boicot a los productos turcos. En la sociedad civil, la hostilidad hacia Israel es perceptiblemente creciente. Una serie de la televisión estatal turca sobre la tragedia de Gaza presentaba una pésima imagen de los militares israelíes. Más de la mitad de los turcos se confiesan incómodos por la vecindad judía.
En contraste, la diplomacia turca ha estrechado relaciones con Siria. Las visas han sido eliminadas. Hace unos días, se ha celebrado un Consejo de Ministros común en Alepo, donde se anunció la próxima celebración de maniobras militares conjuntas, lo que ha agudizado la desconfianza israelí y provocado cierta perplejidad occidental.
LA ALARMA IRANÍ
Pero lo que realmente ha hecho encender las alarmas en Israel y en Occidente ha sido el acercamiento de los neoislamistas turcos a los ayatollahs iraníes, precisamente en este momento de cerco internacional a la República islámica por sus ambiciones nucleares.
Erdogan acaba de visitar Irán, donde ha sido recibido como un “amigo”. Más que eso, como un socio que puede acabar siendo estratégico. En una entrevista reciente con THE GUARDIAN, el primer ministro turco defiende apasionadamente las relaciones con Teherán, califica de “rumores” los proyectos de armamento nuclear iraní, considera “irracionales” las posibles sanciones y tacha de “locura” que se este barajando la posibilidad de ataques militares contra las instalaciones iraníes de producción atómica.
El acercamiento entre Irán y Turquía es paulatino. Sus intercambios comerciales, todavía débiles, han alcanzado ya los 8 mil millones de euros, pero se espera que aumenten un 50% en los próximos dos años, según LE MONDE. Irán es el segundo suministrador de gas de Turquía. Durante la visita de Erdogan, se han revisado importantes proyectos de cooperación. La frontera entre ambos países se presenta como un espacio de encuentro, no de separación: construcción de un gasoducto de casi 2.000 kilómetros, creación de una zona franca comercial y persecución concertada de los guerrilleros kurdos del PKK.
REEQUILIBRIOS EUROPEOS
Tan importante o más que la apertura al Este resulta el descubrimiento de las oportunidades de relación con Rusia. Rivales durante la guerra fría, Moscú y Ankara encuentran cada vez más terreno de entendimiento. Rusia está por muy delante de Irán en la provisión de gas natural a Turquía, ya que le proporciona las dos terceras partes del que compra fuera. En contrapartida, las inversiones turcas en Rusia se han incrementado notablemente. A largo plazo, la visión turca es transparente: convertirse en la puerta de acceso del gas ruso a Europa.
En el espacio sumamente volátil del Cáucaso, donde antes se libraba la hostilidad rusa turca, se construye ahora un espacio de cooperación. Rusia ha facilitado el acuerdo histórico entre Armenia (su aliado cristiano en la zona) y Turquía, impensable siquiera hace poco años. El reconocimiento del genocidio armenio practicado por los moribundos otomanos (1915-1918) y el protocolo para entablar relaciones diplomáticas es uno de los acontecimientos internacionales más trascendentes del año. La iniciativa es muy rentable porque permite a Ankara demostrar que no actúa en el exterior por criterios religiosos o culturales estrechos, sino por una sincera voluntad de reconciliación con todos sus vecinos.
En reciprocidad, Turquía ha presionado a Azerbaiyán (su protegido islámico), para que no dificulte las ambiciones rusas de controlar las reservas de gas locales. Por añadidura, Rusia cuenta con que Turquía contribuya a debilitar el apoyo occidental a Georgia.
Occidente percibe turbulencias en el puente. Del lado oriental, se consolidan los pilares, mientras por este lado se amplían las grietas. El mayor disgusto turco es con Europa. La ilusión de formar parte con pleno derecho en la UE se ha tornado en desencanto. Dos de cada tres turcos piensan que nunca serán admitidos y la mitad ni siquiera lo desea ya. El rechazo expreso de Sarkozy y la frialdad de Merkel han dañado la percepción de Europa, incluso en los círculos más pacientes y favorables como el empresariado. Son cada vez más los turcos que creen que las objeciones reales no tienen nada que ver con el respeto de los derechos humanos y la situación de Chipre, sino con su condición de musulmanes. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero apenas ha podido compensar este desánimo.
Desde Estados Unidos, esta recomposición de las alianzas de Turquía se ve también con preocupación. Los sucesivos presidentes norteamericanos se han ofrecido a defender la causa turca en Bruselas, pero el intento ha sido poco sincero o poco eficaz. Este desencuentro en el sur de Europa inquieta muy relativamente a Estados Unidos, contrariamente a sus amistades iraníes o rusas. Pero en Washington se es consciente de que la pertenencia a la UE anclaría a Turquía en este lado de orilla. Hoy en día, sólo uno de cada tres turcos considera imprescindible la vinculación con la Alianza occidental
DESMENTIDO TURCO
Los dirigentes turcos desmienten un cambio de orientación de su diplomacia y confirman su fidelidad hacia Occidente y su candidatura a la UE. La doctrina exterior turca está inspirada en los conceptos de “profundidad estratégica” (los intereses nacionales, primero) y “problema cero” con sus vecinos (o sea, diversidad de alianzas). El hombre que dirige la política exterior turca es Ahmet Davutoglu, uno de los principales ideólogos del AKP. En los últimos meses ha presentado con elocuencia los ajustes diplomáticos. Para que un puente sea estable, es preciso asegurar sus dos extremos. Muy cierto. O si se nos pide que facilitemos el diálogo con el mundo islámico a espaldas de Occidente, necesitamos afianzar su confianza. Impecable. Lo que puede resultar menos fácil a los neoislámicos turcos es sortear la dinámica de las líneas rojas. Que se dibujan no tanto en las cancillerías occidentales, cuanto en los cuarteles propios. Los militares turcos siempre han tutelado la democracia turca con la excusa de la preservación de la laicidad kemaliana. Es seguro que ahora tratarán de impedir a toda costa que se alteren los equilibrios en el puente.
Es lugar común en el análisis geoestratégico considerar a Turquía como puente entre Oriente y Occidente. A la clase política tradicional esa figura les ha resultado siempre atractiva, aunque para los kemalistas militares, auténticos dueños de las orientaciones estratégicas del país, el compromiso férreo con Occidente ha sido innegociable.
Las cosas están cambiando, sin embargo. La guerra contra Irak, en 2003, puso en evidencia el largo proceso de erosión de la posición turca. El triunfo de los islámicos en dos oleadas –una más radical, abortada por el ejército, y otra moderada, que parece consolidarse- ha profundizado esa revisión. El debate se centra en si el cambio es de estilo o de sustancia.
Consciente de su importancia para los intereses occidentales, Obama visitó Turquía en abril y evocó la manida fórmula del puente, citando expresamente los esfuerzos de la diplomacia turca en el conflicto árabe-israelí y en el anclaje de Rusia en un sistema internacional de convivencia. Otros actores no se muestran tan comprensivos como Obama.
OTRA MIRADA A ORIENTE
Israel ha mimado las relaciones con Ankara, desde el pacto de cooperación militar suscrito en 1996. Con el triunfo del AKP, esta relación se mantuvo, a pesar del islamismo suavizado de su líder, el actual primer ministro Erdogan. Pero las cosas se complicaron con la intervención militar israelí en Gaza, a finales del año pasado. Algunos medios turcos hablaron claramente de “brutalidad israelí” y el gobierno no disimuló su malestar. En enero, durante el encuentro suizo de Davos, Erdogan chocó con el presidente israelí, Shimon Peres, a quien reprochó ásperamente la conducta del Tsahal y el maltrato de la población civil palestina. A partir de aquí, todo se torció. El último desencuentro fue negativa de Ankara a participar en las maniobras militares de este año, para no coincidir con los “aviones que sobrevuelan Gaza” (Erdogan dixit). El ministro de Exteriores suspendió su visita oficial a Israel al no permitírsele visitar la franja. El puesto diplomático turco en Tel Aviv lleva meses sin cubrir.
Los líderes turcos aseguran que no quieren romper la alianza con Israel, pero tampoco “permanecer en silencio” ante “errores” de su vecino. El jefe del Estado, Abdhullah Gull, (exministro de exteriores y sustituto de Erdogan durante la suspensión temporal de éste en sus funciones de jefe de gobierno por decisión judicial) irritó a los dirigentes israelíes al comentar que “Turquía no estado jamás del lado de los perseguidores, sino que ha defendido siempre a los oprimidos”. No hizo falta más para que se anunciara en Israel el boicot a los productos turcos. En la sociedad civil, la hostilidad hacia Israel es perceptiblemente creciente. Una serie de la televisión estatal turca sobre la tragedia de Gaza presentaba una pésima imagen de los militares israelíes. Más de la mitad de los turcos se confiesan incómodos por la vecindad judía.
En contraste, la diplomacia turca ha estrechado relaciones con Siria. Las visas han sido eliminadas. Hace unos días, se ha celebrado un Consejo de Ministros común en Alepo, donde se anunció la próxima celebración de maniobras militares conjuntas, lo que ha agudizado la desconfianza israelí y provocado cierta perplejidad occidental.
LA ALARMA IRANÍ
Pero lo que realmente ha hecho encender las alarmas en Israel y en Occidente ha sido el acercamiento de los neoislamistas turcos a los ayatollahs iraníes, precisamente en este momento de cerco internacional a la República islámica por sus ambiciones nucleares.
Erdogan acaba de visitar Irán, donde ha sido recibido como un “amigo”. Más que eso, como un socio que puede acabar siendo estratégico. En una entrevista reciente con THE GUARDIAN, el primer ministro turco defiende apasionadamente las relaciones con Teherán, califica de “rumores” los proyectos de armamento nuclear iraní, considera “irracionales” las posibles sanciones y tacha de “locura” que se este barajando la posibilidad de ataques militares contra las instalaciones iraníes de producción atómica.
El acercamiento entre Irán y Turquía es paulatino. Sus intercambios comerciales, todavía débiles, han alcanzado ya los 8 mil millones de euros, pero se espera que aumenten un 50% en los próximos dos años, según LE MONDE. Irán es el segundo suministrador de gas de Turquía. Durante la visita de Erdogan, se han revisado importantes proyectos de cooperación. La frontera entre ambos países se presenta como un espacio de encuentro, no de separación: construcción de un gasoducto de casi 2.000 kilómetros, creación de una zona franca comercial y persecución concertada de los guerrilleros kurdos del PKK.
REEQUILIBRIOS EUROPEOS
Tan importante o más que la apertura al Este resulta el descubrimiento de las oportunidades de relación con Rusia. Rivales durante la guerra fría, Moscú y Ankara encuentran cada vez más terreno de entendimiento. Rusia está por muy delante de Irán en la provisión de gas natural a Turquía, ya que le proporciona las dos terceras partes del que compra fuera. En contrapartida, las inversiones turcas en Rusia se han incrementado notablemente. A largo plazo, la visión turca es transparente: convertirse en la puerta de acceso del gas ruso a Europa.
En el espacio sumamente volátil del Cáucaso, donde antes se libraba la hostilidad rusa turca, se construye ahora un espacio de cooperación. Rusia ha facilitado el acuerdo histórico entre Armenia (su aliado cristiano en la zona) y Turquía, impensable siquiera hace poco años. El reconocimiento del genocidio armenio practicado por los moribundos otomanos (1915-1918) y el protocolo para entablar relaciones diplomáticas es uno de los acontecimientos internacionales más trascendentes del año. La iniciativa es muy rentable porque permite a Ankara demostrar que no actúa en el exterior por criterios religiosos o culturales estrechos, sino por una sincera voluntad de reconciliación con todos sus vecinos.
En reciprocidad, Turquía ha presionado a Azerbaiyán (su protegido islámico), para que no dificulte las ambiciones rusas de controlar las reservas de gas locales. Por añadidura, Rusia cuenta con que Turquía contribuya a debilitar el apoyo occidental a Georgia.
Occidente percibe turbulencias en el puente. Del lado oriental, se consolidan los pilares, mientras por este lado se amplían las grietas. El mayor disgusto turco es con Europa. La ilusión de formar parte con pleno derecho en la UE se ha tornado en desencanto. Dos de cada tres turcos piensan que nunca serán admitidos y la mitad ni siquiera lo desea ya. El rechazo expreso de Sarkozy y la frialdad de Merkel han dañado la percepción de Europa, incluso en los círculos más pacientes y favorables como el empresariado. Son cada vez más los turcos que creen que las objeciones reales no tienen nada que ver con el respeto de los derechos humanos y la situación de Chipre, sino con su condición de musulmanes. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero apenas ha podido compensar este desánimo.
Desde Estados Unidos, esta recomposición de las alianzas de Turquía se ve también con preocupación. Los sucesivos presidentes norteamericanos se han ofrecido a defender la causa turca en Bruselas, pero el intento ha sido poco sincero o poco eficaz. Este desencuentro en el sur de Europa inquieta muy relativamente a Estados Unidos, contrariamente a sus amistades iraníes o rusas. Pero en Washington se es consciente de que la pertenencia a la UE anclaría a Turquía en este lado de orilla. Hoy en día, sólo uno de cada tres turcos considera imprescindible la vinculación con la Alianza occidental
DESMENTIDO TURCO
Los dirigentes turcos desmienten un cambio de orientación de su diplomacia y confirman su fidelidad hacia Occidente y su candidatura a la UE. La doctrina exterior turca está inspirada en los conceptos de “profundidad estratégica” (los intereses nacionales, primero) y “problema cero” con sus vecinos (o sea, diversidad de alianzas). El hombre que dirige la política exterior turca es Ahmet Davutoglu, uno de los principales ideólogos del AKP. En los últimos meses ha presentado con elocuencia los ajustes diplomáticos. Para que un puente sea estable, es preciso asegurar sus dos extremos. Muy cierto. O si se nos pide que facilitemos el diálogo con el mundo islámico a espaldas de Occidente, necesitamos afianzar su confianza. Impecable. Lo que puede resultar menos fácil a los neoislámicos turcos es sortear la dinámica de las líneas rojas. Que se dibujan no tanto en las cancillerías occidentales, cuanto en los cuarteles propios. Los militares turcos siempre han tutelado la democracia turca con la excusa de la preservación de la laicidad kemaliana. Es seguro que ahora tratarán de impedir a toda costa que se alteren los equilibrios en el puente.
GUION AFGANO PARA ANTES DEL INVIERNO
22 de octubre de 2009
El embrollo electoral en Afganistán se ha resuelto sin demasiados miramientos con las formas. Como corresponde a un estado de guerra. Y a la descomposición política reinante. La llamada Comisión Electoral Independiente no parece haber sido ni Comisión ni independiente; ni siquiera electoral: lo que ha habido en Afganistán ha sido un simulacro de sufragio para ratificar a un gobierno del que se ignora su apoyo real. Un equipo de investigadores de la ONU ha tenido que cocinar in extremis una fórmula tragable.
Habrá segunda vuelta el 7 de noviembre. Obama tendrá entonces un gobierno “legitimado” y un argumento para enviar más tropas. O para no hacerlo. Todo aparente y ficticio. Como la propia realidad política del país.
El conjunto de actuaciones que ha concluido en la convocatoria de la segunda vuelta refleja muy bien lo difícil que resulta confiar en una mínima institucionalidad. Karzai se ha visto literalmente obligado a aceptar que los resultados no le permitian confirmarse como presidente aún, en primera vuelta. Distintos responsables norteamericanos, políticos y militares, han ejercido una presión sin disimulos sobre el desprestigiado presidente afgano para que cejara en su obstinación de pretender haber ganado ya la reelección. El espectáculo de estos últimos días no ha sido edificante y alimenta los argumentos de quienes combaten, con o sin armas, al régimen. Los resultados finales oficiales del simulacro electoral del 20 de agosto atribuyen a Karzai el 49,7%. Una cifra envuelta en sospecha de pacto: lo justo para evitar la proclamación automática, que hubiera sido sonrojante; lo necesario para que el actual presidente se presente como reivindicado a falta del empujoncito final.
Obama estaba impaciente por resolver la chapuza electoral, porque mientras se mantuviera la incertidumbre sobre el proceso supuestamente democrático, resultaba imposible decidir el incremento del esfuerzo militar. El Presidente norteamericano utilizó precisamente esta carta para doblegar la resistencia de Karzai: si no hay segunda vuelta, no hay más soldados; si no hay más soldados, vuestra suerte estará echada. Este es el mensaje que –según narra el NEW YORK TIMES- el jefe del Pentágono Gates y el Consejero de Seguridad Jones le espetaron por teléfono al ministro de Defensa afgano. Más conciliador, el senador Kerry, presidente de la Comisión de Exteriores y reconocible aliado de Obama en el Senado, le susurró lo mismo al oído al propio Karzai, cuando en Washington se apercibieron de que las advertencias de Hillary Clinton no habían logrado doblegar al incómodo protegido. El premier Brown también actuó de telonero en este entremés de la tragedia afgana.
LOS RIESGOS QUE KARZAI QUISO EVITAR
La segunda vuelta se ha fijado para primeros de noviembre, por mandato constitucional. Pero se trata de un margen muy estrecho teniendo en cuenta lo trabajoso que es organizar unas elecciones en ese país. Una demora mayor podría haberse justificado, como cualquier otra irregularidad en este proceso, pero no había tiempo: el crudísimo invierno afgano arruinaría definitivamente cualquier tentativa electoral. En estas tres semanas –resume el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR- hay que arbitrar fondos para otros funcionarios electorales menos sospechosos, financiar la intendencia y movilizar a observadores y protectores. Todo menos sencillo.
Karzai se resistía a la segunda vuelta porque teme que se le complique la victoria. En primer lugar, por la reacción negativa de su propia base social. Algunos analistas que conocen con cierto rigor el terreno aseguran que el presidente había dado garantías a numerosos jefes tribales pastunes de que este trámite iba a resolverse con el simulacro de agosto. Muchos se arriesgaron a arrastrar a sus subordinados a las urnas, asumiendo los riesgos de represalia de los talibanes. Incidir en el riesgo de nuevo podría ser temerario, y muchos jefes locales lo van a meditar cuidadosamente.
El segundo temor de Karzai es que su contrincante, el locuaz exministro de Exteriores, Abdullah Abdullah, con un 28% oficial de los votos en primera vuelta, en su condición de tayiko, sea capaz de concentrar el voto de las etnias minoritarias, las no pastunes, y superarle en la segunda vuelta. El establishment pastún que apoya a Karzai sospecha que Washington considera golosamente esta opción, de ahí que la contemple como un “complot anglosajón”, como ha detectado LE MONDE.
EL DILEMA DE OBAMA
La preocupación pastún seguramente es exagerada. Obama no es Bush: Karzai no le importa nada. Su hombre en la zona, Holbrooke, lo desprecia y Clinton considera que ha edificado un “narcoestado”. Pero Obama teme que propiciar un presidente no pastún sería como inyectar energía devastadora a los talibanes, pastunes irredentos.
Conscientes de que no les conviene dejar caer a Karzai, aunque no conserven hacia él simpatía ni respeto, los asesores de Obama han intentado discretamente ensayar el gobierno de coalición o unidad nacional. Son fórmulas de consumo corriente en Occidente, pero virtualmente inaplicables en el entorno afgano. Abdullah se deja querer, pero Karzai se resiste. Veremos si aguanta.
Por si finalmente no hay pacto y es preciso llegar a las elecciones, los soldados de la ISAF tienen que centrarse desde ya en reconstruir el cordón protector. La preocupación se centrará en la seguridad, en que no haya mucha sangre, más que en la limpieza del proceso. Los resultados probablemente se pactarán de una u otra manera.
En paralelo, el vecino gobierno de Pakistán tendrá que reducir o devolver a los agujeros a los talibanes del Waziristán fronterizo antes de que en las zonas más altas asomen las nieves. El ejército paquistaní cumple la misión con el recelo y malestar acostumbrados y con la confianza de que la operación no tenga consecuencias mayores. Los humillantes atentados recientes parecen provocaciones destinadas a forzar al máximo las contradicciones en la institución armada, precisamente en un momento en que la cúspide militar le había puesto las peras al cuarto al propio Presidente, el cada día más desamparado viudo de Benazir.
Obama se ha encerrado en este callejón oscuro llamado af-pak, sin tener nadie fiable en quien apoyarse. Sólo un milagro podría abrirle una salida: dar con Bin Laden, vivo o muerto, en algún lugar de ese avispero, antes del Día de Acción de Gracias. Luego, el invierno apagará los fusiles y aplacará los ánimos. Hasta la primavera, claro, que promete ser la más salvaje desde 2001.
El embrollo electoral en Afganistán se ha resuelto sin demasiados miramientos con las formas. Como corresponde a un estado de guerra. Y a la descomposición política reinante. La llamada Comisión Electoral Independiente no parece haber sido ni Comisión ni independiente; ni siquiera electoral: lo que ha habido en Afganistán ha sido un simulacro de sufragio para ratificar a un gobierno del que se ignora su apoyo real. Un equipo de investigadores de la ONU ha tenido que cocinar in extremis una fórmula tragable.
Habrá segunda vuelta el 7 de noviembre. Obama tendrá entonces un gobierno “legitimado” y un argumento para enviar más tropas. O para no hacerlo. Todo aparente y ficticio. Como la propia realidad política del país.
El conjunto de actuaciones que ha concluido en la convocatoria de la segunda vuelta refleja muy bien lo difícil que resulta confiar en una mínima institucionalidad. Karzai se ha visto literalmente obligado a aceptar que los resultados no le permitian confirmarse como presidente aún, en primera vuelta. Distintos responsables norteamericanos, políticos y militares, han ejercido una presión sin disimulos sobre el desprestigiado presidente afgano para que cejara en su obstinación de pretender haber ganado ya la reelección. El espectáculo de estos últimos días no ha sido edificante y alimenta los argumentos de quienes combaten, con o sin armas, al régimen. Los resultados finales oficiales del simulacro electoral del 20 de agosto atribuyen a Karzai el 49,7%. Una cifra envuelta en sospecha de pacto: lo justo para evitar la proclamación automática, que hubiera sido sonrojante; lo necesario para que el actual presidente se presente como reivindicado a falta del empujoncito final.
Obama estaba impaciente por resolver la chapuza electoral, porque mientras se mantuviera la incertidumbre sobre el proceso supuestamente democrático, resultaba imposible decidir el incremento del esfuerzo militar. El Presidente norteamericano utilizó precisamente esta carta para doblegar la resistencia de Karzai: si no hay segunda vuelta, no hay más soldados; si no hay más soldados, vuestra suerte estará echada. Este es el mensaje que –según narra el NEW YORK TIMES- el jefe del Pentágono Gates y el Consejero de Seguridad Jones le espetaron por teléfono al ministro de Defensa afgano. Más conciliador, el senador Kerry, presidente de la Comisión de Exteriores y reconocible aliado de Obama en el Senado, le susurró lo mismo al oído al propio Karzai, cuando en Washington se apercibieron de que las advertencias de Hillary Clinton no habían logrado doblegar al incómodo protegido. El premier Brown también actuó de telonero en este entremés de la tragedia afgana.
LOS RIESGOS QUE KARZAI QUISO EVITAR
La segunda vuelta se ha fijado para primeros de noviembre, por mandato constitucional. Pero se trata de un margen muy estrecho teniendo en cuenta lo trabajoso que es organizar unas elecciones en ese país. Una demora mayor podría haberse justificado, como cualquier otra irregularidad en este proceso, pero no había tiempo: el crudísimo invierno afgano arruinaría definitivamente cualquier tentativa electoral. En estas tres semanas –resume el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR- hay que arbitrar fondos para otros funcionarios electorales menos sospechosos, financiar la intendencia y movilizar a observadores y protectores. Todo menos sencillo.
Karzai se resistía a la segunda vuelta porque teme que se le complique la victoria. En primer lugar, por la reacción negativa de su propia base social. Algunos analistas que conocen con cierto rigor el terreno aseguran que el presidente había dado garantías a numerosos jefes tribales pastunes de que este trámite iba a resolverse con el simulacro de agosto. Muchos se arriesgaron a arrastrar a sus subordinados a las urnas, asumiendo los riesgos de represalia de los talibanes. Incidir en el riesgo de nuevo podría ser temerario, y muchos jefes locales lo van a meditar cuidadosamente.
El segundo temor de Karzai es que su contrincante, el locuaz exministro de Exteriores, Abdullah Abdullah, con un 28% oficial de los votos en primera vuelta, en su condición de tayiko, sea capaz de concentrar el voto de las etnias minoritarias, las no pastunes, y superarle en la segunda vuelta. El establishment pastún que apoya a Karzai sospecha que Washington considera golosamente esta opción, de ahí que la contemple como un “complot anglosajón”, como ha detectado LE MONDE.
EL DILEMA DE OBAMA
La preocupación pastún seguramente es exagerada. Obama no es Bush: Karzai no le importa nada. Su hombre en la zona, Holbrooke, lo desprecia y Clinton considera que ha edificado un “narcoestado”. Pero Obama teme que propiciar un presidente no pastún sería como inyectar energía devastadora a los talibanes, pastunes irredentos.
Conscientes de que no les conviene dejar caer a Karzai, aunque no conserven hacia él simpatía ni respeto, los asesores de Obama han intentado discretamente ensayar el gobierno de coalición o unidad nacional. Son fórmulas de consumo corriente en Occidente, pero virtualmente inaplicables en el entorno afgano. Abdullah se deja querer, pero Karzai se resiste. Veremos si aguanta.
Por si finalmente no hay pacto y es preciso llegar a las elecciones, los soldados de la ISAF tienen que centrarse desde ya en reconstruir el cordón protector. La preocupación se centrará en la seguridad, en que no haya mucha sangre, más que en la limpieza del proceso. Los resultados probablemente se pactarán de una u otra manera.
En paralelo, el vecino gobierno de Pakistán tendrá que reducir o devolver a los agujeros a los talibanes del Waziristán fronterizo antes de que en las zonas más altas asomen las nieves. El ejército paquistaní cumple la misión con el recelo y malestar acostumbrados y con la confianza de que la operación no tenga consecuencias mayores. Los humillantes atentados recientes parecen provocaciones destinadas a forzar al máximo las contradicciones en la institución armada, precisamente en un momento en que la cúspide militar le había puesto las peras al cuarto al propio Presidente, el cada día más desamparado viudo de Benazir.
Obama se ha encerrado en este callejón oscuro llamado af-pak, sin tener nadie fiable en quien apoyarse. Sólo un milagro podría abrirle una salida: dar con Bin Laden, vivo o muerto, en algún lugar de ese avispero, antes del Día de Acción de Gracias. Luego, el invierno apagará los fusiles y aplacará los ánimos. Hasta la primavera, claro, que promete ser la más salvaje desde 2001.
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