LA TENTACION DEL SHERIFF JUSTICIERO


14 de septiembre de 2012

           
                La política exterior no fue un asunto de gran relevancia en las recientes Convenciones republicana y demócrata. Era de esperar, debido a la abrumadora preocupación del electorado por la crisis económica y social. Los asuntos internacionales que se mencionaron en los discursos más destacados tenían mucho que ver, significativamente, con las causas del desvelo de dirigentes y población, en particular los manejos y desempeños de la economía china (manipulación monetaria y fiscal y, últimamente, los signos de fatiga del consumo interno) o la incapacidad europea para encontrar respuestas eficaces. 

             Por lo demás, escasas referencias a Oriente Medio, un tema clásico en la agenda electoral. Si acaso, palabras de solidaridad con Israel ante la supuesta amenaza nuclear iraní (carentes de ardor, en el caso demócrata; puramente electoralistas, por parte de los republicanos). Tibias referencias a la guerra en Siria; prácticamente, ni una palabra sobre el dossier palestino; vaguedades sobre la 'primavera árabe'; y declaraciones sincopadas sobre el terrorismo internacional (más retrospectivas que prospectivas).

              Este tono anunciaba lo que se suponía iba a ser la recta final de la campaña: repliegue hacia dentro y miradas hacia fuera solo para reforzar la preocupación central y casi obsesiva. Salvo claro está que 'ocurriera algo' en el mundo, la llamada 'sorpresa de Octubre', un hecho inesperado con capacidad para agitar violentamente, o incluso voltear,  la tendencia.  

              Esta semana, la difusión de un video irrespetuoso con el Islam, provocó airadas manifestaciones de protesta ante la embajada estadounidense en El Cairo y  un asalto del consulado en Bengasi que causó la muerte del embajador y de otras tres personas de la delegación diplomática norteamericana en Libia. Otros actos más o menos violentos de desagravio han empezado a producirse en otros lugares.  El asunto puede desbordarse y reproducirse otra saga similar a  la de las caricaturas de Mahoma.

               Aunque pudiera tratarse de una operación planificada (aniversario del 11S), los hechos de Bengasi tienen mucho que ver con la falta de control en el país desde el inicio de la rebelión contra el régimen de Gaddafi, la incapacidad del gobierno para someter a las milicias a una autoridad legítima y un supuesto reforzamiento del radicalismo islámico (que las elecciones, empero, no confirmaron). En este sentido, parece oportuno el reciente comentario de de Frederic Wehrey en FOREIGN AFFAIRS: "la estrategia de intentar desmantelar las milicias regionales al tiempo que se hace uso de ellas como fuerzas armadas de alquiler podría estar incubando el descenso del país hacia los señoríos de guerra".  
 
                ROMNEY SE DISPARA EN EL PIE

                Lo racional en estos casos se acerca bastante a lo que ha hecho el Presidente Obama: solidaridad con las víctimas, condena firme de los actos violentos, compromiso de justicia, rechazo de la burla de las creencias y símbolos religiosos y apelación a la calma. Sencillo. De libro.  Pero su rival republicano no desaprovecha cualquier oportunidad de demostrar su inquietante inepcia en política exterior. Sus palabras al conocer los hechos de Bengasi fueron tan inadecuadas que su intención electoralista quedó prácticamente aniquilada por su asombrosa torpeza. La comprensión de Obama por el malestar que ha podido generar el video (promovido por un cristiano copto egipcio y apoyado por el predicador ultra norteamericano Terry Jones), fue interpretada por el candidato republicano como una 'petición de excusas', e incluso como 'simpatía hacia los atacantes'.

          Ya dijo Romney en la Convención que había desterrar las 'apologies' del lenguaje político-diplomático de Estados Unidos. Alentado por los aplausos irreflexivos de su grey,  ha considerado que éste era momento propicio para insistir en ello. Obama, comedido pero candidato al fin y al cabo, comentó en un comunicado posterior que "el gobernador Romney tiene la tendencia de disparar primero y apuntar después". Reacción medida, pero punzante.

                En realidad, Romney dijo algo todavía peor en 'su' Convención: que Estados Unidos no debería pedir permiso para actuar en defensa de sus intereses. Este lenguaje prepotente, que tan lamentables resultados le ha dado a la imagen exterior de Estados Unidos durante la administración Bush, es un anticipo de lo que podría ocurrir en caso de un triunfo republicano en noviembre.  Por supuesto, el aparato burocrático que rodeara al hipotético 'Presidente Romney' le disuadiría de las bravuconadas más descaradas, pero es probable que volviéramos a la molestia de estar liderados por un espíritu de 'sheriff justiciero'.
             Fred Kaplan, un analista de seguridad no precisamente 'paloma', resalta en SLATE la "escasa comprensión que Romney demuestra del oficio de Presidente y, en este caso, de cualquier puesto que implique el liderazgo político". Lo que más reprocha Kaplan al candidato republicano no es su error inicial, sino que no tuviera los reflejos o la voluntad de rectificar, una vez conocidos los hechos con más precisión, y repitiera sus ataques a Obama "con el indisimulado deleite de anotarse tantos políticos". Al exhibir una prudencia conveniente, los propios correligionarios de Romney (los líderes parlamentarios republicanos) pusieron en evidencia a su candidato presidencial.

                No es de extrañar estas extravagancias de Romney. Ya hizo mofa de ello el Presidente Obama en su discurso de Charlotte. Las intempestivas declaraciones del ex-gobernador en Londres, en vísperas de los Juegos Olímpicos había sido la última vez que demostraba su empeño en pisar cualquier 'cascara de plátano' a la vista. 

                IRÁN, COMO BANCO DE DESGASTE

               Más grave ha sido su conducta en el asunto de la nuclearización de Irán. Romney se ha convertido por entusiasta voluntad propia en el único amplificador de las incómodas presiones del primer ministro israelí, para que la administración Obama 'pinte una linea roja' al programa atómico de los ayatollahs; es decir, que pronuncie una explícita amenaza de intervención armada si siguen adelante.  El Presidente ha resistido firmemente las presiones y, en lo fundamental,  no se mueve de una línea clara: no permitirá que Irán se dote del arma nuclear, pero considera que aún hay tiempo de que funcionen las negociaciones y las sanciones. Obama puede estar acertado o no, pero resulta inaceptable la posición israelí.

                En los próximos días veremos cómo intenta aprovecharse Romney del último desencuentro entre la Casa Blanca y el jefe del gobierno israelí. Pretendía Netanyahu entrevistarse con Obama en Nueva York, durante las sesiones de la Asamblea General de la ONU, pero el 'staff' presidencial alegó razones de agenda para descartar la cita. Al conocerse esto, hubo ruido. Enseguida, portavoces norteamericanos dijeron que la entrevista podía celebrarse con posterioridad en Washington, pero que Israel no lo había solicitado. 

                Ya es tarde para un cambio de estrategia. Cabe esperar que, con los mimbres del Irán nuclear y los ataques de Bengasi,  Romney y su equipo de campaña quieran construir un caso de la supuesta 'debilidad' de Obama en política exterior. La tentación del 'sheriff justiciero' aparece de nuevo, aunque de momento lo único que puede apreciarse es 'fuego amigo' y, como víctima, el propio candidato republicano. ¿Pensarán lo mismo los electores?

LA SOCIEDAD IMAGINARIA DE LOS DEMÓCRATAS DE EE.UU.




              Concluyó la Convención Demócrata la noche del jueves, con el colofón del discurso de aceptación de la nominación como candidato presidencial, pronunciado por Barack Obama. El Presidente en ejercicio (incumbent, en el lenguaje norteamericano) intentó insuflar a los suyos la convicción de que la elección de noviembre será histórica.

            "En los próximos años -ha dicho Obama- se adoptaran grandes decisiones en Washington, sobre empleo y economía; impuestos y déficits; energía y educación; guerra y paz; decisiones que tendrán un gran impacto en nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos durante las próximas décadas".

            Un sentido de responsabilidad, no exento de cierto dramatismo, ha sustituido el tono entusiasta y desbordadamente optimista de hace cuatro años. "No se trata de una elección cualquiera -ha insistido el Presidente- sino de una elección entre dos diferentes senderos para América, una elección entre dos visiones fundamentalmente diferentes del futuro".

                ¿DOS MODELOS DE SOCIEDAD?

             El mensaje de Obama es consistente con las otras grandes proclamas escuchadas en la Convención de Charlotte, Carolina del Norte. Los pesos pesados demócratas han sostenido, en discursos y estilos variados, que el pueblo norteamericano decidirá entre dos modelos de sociedad: uno más individualista/egoísta y otro más colectivo/solidario. 

              El ex-presidente Clinton, erigido el gran animador de la fiesta, lo dijo con estas palabras: "si quieren un país en el que los ganadores se lo lleven todo y cada uno busque su conveniencia, voten a los republicanos; si quieren, en cambio, un país de prosperidad y responsabilidad compartidas, entonces voten a Obama y Biden".

           De forma más poética, más retórica o más de sociedad ideal en el imaginario norteamericano, la esposa de Obama, Michelle, encargada de la carga emotiva del encuentro, afirmó que su marido sabe bien "cómo hacer realidad para todos el sueño americano en el siglo XXI". 

            Este 'leit-motiv' de la Convención Demócrata ha sido en parte voluntario y en parte forzado. No son tiempos de optimismo y hay que apelar a los grandes ideales. Pero más allá del 'aire caliente' de una ocasión como ésta, lo que está en mente de la dirección demócrata es el triunfo electoral. 

              Como el peso de la crisis recae más sobre el que gobierna que sobre el que espera beneficiarse del desgaste para tomar las riendas, los demócratas necesitaban una estrategia ganadora en un entorno hostil. No resultaba eficaz proclamar promesas de resultados inmediatos. Lo dijo Obama en su discurso: "no pretendo decir que lo que ofrezco sea rápido y fácil; hará falta años para afrontar los desafíos que se nos presentan".

             Este mensaje nos suena, ¿no? Algo así han dicho, estos últimos meses, los dirigentes europeos al competir en unas elecciones o al iniciar su tarea de gobierno: Hollande, Rajoy o Monti (por citar sólo los últimos). ¿Les diferencia su modelo de sociedad? Solo en los matices. 

               ¿Ocurre algo similar en Estados Unidos? Seguramente, si. Los demócratas enfatizan el enfoque del modelo de sociedad como una estrategia electoral, aunque lo presenten como una cuestión esencial o de identidad. Naturalmente, no es lo mismo votar a Romney que a Obama, pero ambos no representan modelos tan distintos como pretenden los demócratas. 

           Si la Convención republicana fue -como decíamos en el comentario anterior- un aquelarre de mentiras groseras y casi desvergonzadas, el cónclave demócrata ha sido un esfuerzo de reconstrucción de un imaginario político, no ajeno completamente a la realidad, pero tampoco cabal. Uno de los episodios más destacados, el discurso de Bill Clinton, es el mejor ejemplo de ello.

              El ex-presidente dedicó su discurso a fundamentar con datos y estadísticas las diferencias históricas e inmediatas de las gestiones demócratas y republicanas. Resistió la tentación de airear en demasiada sus éxitos macroeconómicos, para no parecer que promocionaba más su legado que el mandato de Obama (como algunos temían que hiciera).  Contrariamente a los republicanos, no mintió. Pero si eludió o silenció ciertas realidades importantes. Por ejemplo, que durante su presidencia se prolongaron las políticas de desregulación  y descontrol financiero que condujeron luego a la catástrofe; o que tampoco se frenó la desigualdad social iniciada en los ochenta. Clinton escenificó la representación de un mundo igualitario que el 'establishment' demócrata proclama más que practica, sin duda para conectar con sus bases, para no decepcionar sus expectativas.

              Ese mismo empeño fue el de Michelle Obama, pero en el plano personal, el que se dirige sin atajos al corazón. Al proclamar que los cuatro años en el Casa Blanca "no han cambiado a Barak", la 'primera dama' quiso asegurar que su marido -y ella misma- no se habían apartado de los millones de norteamericanos que se han abierto paso por el trabajo y el esfuerzo diarios. Que seguían siendo como ellos. Otra construcción imaginaria, que no falsa.
 
                ¡VIVA LA CLASE MEDIA!

           Hay que matizar, sin embargo, que el destinatario de  los mensajes políticos e imaginarios de la Convención no han sido las clases o los grupos sociales más desfavorecidos. El protagonista en Charlotte ha sido, explícitamente, la 'clase media'. Y aquí es donde se desvela la estrategia de la dirección demócrata. La clase media es la que decidirá la contienda electoral de noviembre (y cualquier otra). Esa mayoría de la población, "presionada y acosada", como dijo Elisabeth Warren, la oradora más a la izquierda de la Convención, no tiene, sin embargo, un modelo de sociedad único. No tiene referencias ideológicas uniformes, como en cualquier país occidental. Puede ser tan insolidaria como las clases más favorecidas. Peo ahora hay que conquistar su corazón, de ganar sus votos, de hacerles sentir víctimas de unas políticas que muchas veces apoyaron, consciente o inconscientemente, imbuidas por esa 'cultura del éxito' que los demócratas en este momento critican o cuestionan no como tal, sino en la versión interpretada por los republicanos. 

          Al cabo, de eso se trata. No de elegir entre dos modelos de sociedad, sino entre dos interpretaciones -más áspera o más suave- de un mismo modelo compartido por republicanos y demócratas. O, en la claves de las Convenciones de estos días, entre la mentira y la representación. Entre el cinismo y la compasión. Nada más... O nada menos. 

AQUELARRE FALSARIO DE LOS REPUBLICANOS NORTEAMERICANOS

5 de Septiembre de 2012

        Que los discursos y propuestas políticas están plagados de promesas de difícil cumplimiento, de supuestos discutibles y de verdades a medias es algo que se tiene asumido por la ciudadanía con relativa tranquilidad. A veces, incluso, los líderes políticos mienten; de forma descuidada o piadosa, en muchas ocasiones. Pero, por mucho que el desprestigio de la mal denominada 'clase política' política haya hecho fortuna, pocas veces hemos escuchado la sarta de mentiras palmarias, descaradas y malintencionadas -sin exagerar- que se han proferido en la reciente Convención del Partido Republicano de los Estados Unidos.

             LA IMPOSTURA DE LA REGENERACION 

             El G.O.P. (Viejo Gran Partido), como se conoce en el argot político de allá al Partido Republicano, vive momentos críticos desde el final de la última administración que detentó, hace casi cuatro años. Corroído por la ineptitud ante la crisis financiera, que sus políticas ayudaron y alentaron a manifestarse con estrépito, y desprestigiado por las mañas y mentiras que metieron al país en una aventura bélica innecesaria e ilegal, los republicanos se replegaron en la oposición con ánimo de revancha. 

        Tan disparatados fueron los mandatos de W. que dirigentes, militantes y simpatizantes del partido se convencieron de que hacía falta otra 'revolución conservadora', otra vuelta a imprecisos pero convincentes orígenes, un discurso de regeneración y simpleza, como requisito imprescindible para reconquistar el poder. Máxime cuando consideraban que se había producido una suerte de 'usurpación', por el triunfo arrollador y entusiasta de un tal Barack Obama, a quien negaron ya antes del primer día no ya la cordialidad mínima, sino la propia legitimidad. Gran sarcasmo, cuando las 'victorias' electorales de Bush llegaron envueltas en un insoportable tufo fraudulento.

          El tono de esa presentida regeneración lo dio un movimiento que se autodenominó 'Tea party', por su supuesta vinculación con el espíritu de los fundadores, el episodio iniciático de la rebelión contra la colonia británica, el rechazo al poder del Gobierno (del Estado, se diría en Europa), la reivindicación de la libertad individual y la repulsión a pagar impuestos o a sufragar cualquier política pública merecedora de tal nombre.

           El entusiasmo con que fue acogida esta iniciativa, por lo demás absolutamente inhábil como programa de gobierno, desarticulada desde el punto de vista organizativo y profundamente reaccionaria en sus fundamentos, obligó a los aspirantes a dirigir el Partido, sentarse en el Capitolio y recuperar la Casa Blanca a seguir su melodía, aunque cada cual trataba de adaptar la letra de su discurso como podía. 

          Con ese son oportunista, los republicanos se aprovecharon de la crisis financiera y económica que sus políticos habían contribuido decisivamente a crear para dominar la Cámara de Representantes, pero no pudieron conquistar el Senado, más influyente y decisivo. Con todo, su emergencia legislativa sirvió para hacer la vida imposible al Presidente. Obama vaciló, intentó pactar con fuerzas intrínsecamente negadas para el consenso y la conciliación, decepcionó a muchos sectores de su base social y, fiel a una estrategia de corredor de fondo, confió en los atisbos de recuperación para desactivar la amenaza ultraconservadora en la milla final de su proceso de reelección.

                Los precandidatos republicanos, fieros y desunidos pese a sus razonables perspectivas de éxito, se entregaron a una pelea descarnada que hizo olvidar la retórica de los vigilantes inspiradores. Los preferidos del 'tea party' se fueron diluyendo ante la figura que menos  credenciales del nuevo espíritu neoconservador podía presentar.  Las ínfulas de regeneración y vuelta a los confusos orígenes cedieron ante la fuerza del dinero electoral. Después de tres años de proclamar pureza, los republicanos terminaron por inclinarse ante la conveniencia oportunista que encarna, mejor que ningún otro en el partido republicano, Mitt Romney.
 
                El ex-gobernador de Massachussets, con una trayectoria política conservadora, pero muy alejada de los postulados del 'tea party', llegó a las vísperas de la Convención con la nominación en el bolsillo pero con la frialdad de los suyos en el ambiente. Para lograr ese otro triunfo, no el de la suma de delegados, sino el de corazón o el afecto, eligió a Paul Ryan, un joven representante de Wisconsin que no se había calcinado en las primarias, y favorito del 'tea party' partidario por sus políticas fiscales radicales, que Romney nunca practicó. 

                MENTIRAS NUEVAS, VIEJAS Y PODRIDAS

            Con este bagaje de impostura camuflada, atenuada por razonables opciones de triunfo en noviembre y por una pareja electoral más acorde con el ánimo de los tiempos, se congregaron los republicanos en Tampa, Florida, un Estado que será, una vez más, crucial en la decisión electoral.  Y por mucho que las Convenciones sean una patraña como elemento de debate político, y que encontrar algún grado autenticidad se convierta en un propósito alucinado, lo cierto es que el  'circo de Tampa' se convirtió en un auténtico aquelarre. 

           Romney desplegó su experiencia como obispo mormón para justificar su trayectoria política y, lo que fue más chocante, personal. Su discurso fue mediocre e hizo poco por calentar el corazón de sus votantes. Así lo reflejaron las encuestas. El candidato dejó la artillería para su compañero de 'ticket', el airado Ryan.  El candidato a Vicepresidente aplicó un espejo deformado para glosar algunas de los acontecimientos políticos de los últimos tres años. No es que ofreciera una interpretación sesgada o interesada de lo ocurrido. Es que mintió descarada y vergonzosamente.  

          Hasta los medios en perfecta sintonía con el 'establishment' publicaron crónicas tan sólo dedicadas a poner en evidencia su grosera alteración de los hechos. Tan escandaloso resultó el espectáculo que la 'patochada' de un Clint Eastwood patético pasó sin pena ni gloria (e incluso con el bochorno apenas disimulada de la muy correcta esposa de Romney).  Algunas publicaciones progresistas recordaron con datos que las Convenciones republicanas suelen ser depósitos de mentiras célebres (citaron a Reagan, a Bush padre y a W). Pero Ryan se pasó de la raya. Pero, no fue una opción personal, sino una estrategia calculada de manipulación, desinformación y encanallamiento del debate político para provocar reacciones intemperadas de los demócratas y fortalecer un clima de tensión y confrontación. Puede dudarse, con bastante fundamento, de la eficacia de tal estrategia. Pero encaja en ese escenario de catástrofe con el que los republicanos quieren presentar la realidad del país, en el que sólo un 'cambio' podría enderezar el rumbo. Lo que constituye, sin duda, la mentira más esencial.

LA SOMBRA DE AL QAEDA


26 de julio de 2012

                Los últimos atentados en Irak y Siria se atribuyen a una acción más o menos coordinada, pero supuestamente inspirada por ramas locales de Al Qaeda, una organización dúctil y esquiva como pocas.

                La emergencia ‘jihadista’ no ha sido repentina en Siria, por supuesto. Desde hace unos meses –como poco, desde finales de año- se venían identificando acciones con la marca de Al Qaeda. Pero el incremento de atentados con coche bomba y suicidas han clarificado las sospechas. Eso no quiere decir que todos los de la primera categoría lleven el sello ‘binladista’. De hecho, los propios combatientes supuestamente desligados de Al Qaeda han admitido utilizar este método para desestabilizar posiciones del régimen. Pero fuentes de inteligencia norteamericanas e institutos de investigación que efectúan un seguimiento pormenorizado de las operaciones militares aseguran que al menos tres organizaciones afiliadas a la matriz que ahora dirige el egipcio Al Zawahiri habrían actuado con cierta regularidad en Siria. A saber: el Frente por el pueblo de Levante Al Nusra (que sería la más poderosa o numerosa), las Brigadas Abdullan Azzam y la Brigada del Martirio Al Baraa ibn Malik.

                EL DOBLE FRENTE JIHADISTA

                Lo que ha puesto en alerta a los países árabes vecinos y a las potencias occidentales ha sido la confluencia de estas actuaciones con el recrudecimiento de los desafíos terroristas en el vecino Irak. La cadena de una cuarentena de atentados realizados en varias localidades del país, con más de un centenar de víctimas en total, ha sido reivindicado por grupos locales de Al Qaeda, que parece tener un líder respetado, Abu Baker Al Baghdadi, del que poco se sabe, más allá de sus pretensiones por convertirse en heredero Al Zarquaui, liquidado ya hace unos años por el ejército norteamericano.

                Al Baghdadi transmitió el pasado fin de semana un mensaje en el que se congratulaba por el ‘coraje y la paciencia’ de los hermanos combatientes en Siria. Días después, uno de sus subalternos en Irak, de seudónimo Abu Thuha, en Kirkuk,  proclama el objetivo de crear en ambos países una especie de ‘Estado islámico unificado’ que declararía la guerra a Irán e Israel y liberaría Palestina.

                Más allá de la evidente intencionalidad propagandística carente de realismo, esta proclama puede considerarse un síntoma de la vinculación existente entre las organizaciones ‘jihadistas’ suníes que operan en Siria e Irak, según admiten algunos expertos y estudiosos norteamericanos. Los alauíes sirios, minoría en su país, constituyen una versión local del chiismo, mayoritario en Irak y detentador del poder después Saddam, que impuso el dominio de la minoría sunní. Alauíes sirios y chiíes iraquíes cuenta con la protección más o menos firme de Irán. De ahí que la disputa interna en ambos países tenga un alcance regional. 

La confirmación independiente de la presencia de Al Qaeda en Siria es y será aprovechada por el régimen sirio, que pretende presentar la insurgencia como la acción de células terroristas. Obviamente, se trata de una imputación interesada con la que se quiere deslegitimar globalmente a la oposición. Pero la afirmación no es completamente falsa, aunque algunos portavoces del opositor Congreso Nacional Sirio hayan asegurado no tener evidencia de la presencia de sucursales de Al Qaeda en Siria. 

No es eso lo que dicen altos funcionarios iraquíes, quienes aseguran, según cita THE NEW YORK TIMES, que “los extremistas buscados por Irak son los mismos que ahora está persiguiendo Siria”. Irak no sería el único lugar de procedencia de los ‘binladistas’ que combaten en Siria. Bab al-Hawa, puesto fronterizo con Turquía, ahora bajo control rebelde, se habría convertido en “punto de congregación jijadista”, según el diario neoyorquino.  

Por otro lado, los rebeldes sirios que combaten en las calles a los soldados de Assad expresan cierta indiferencia ante la supuesta presencia de células de Al Qaeda –no desde luego rechazo- e incluso la dan por bienvenida, si contribuye a derribar el régimen. 

EL OJO Y EL PUÑO DE ISRAEL

Estas informaciones de la prensa occidental acerca de la amenaza combinada de Al Qaeda en Siria e Irak se han sumado a las propagadas sobre el riesgo latente que supone el arsenal químico del régimen alauí. La confirmación de un portavoz oficial del Ministerio de Exteriores en Damasco, luego matizada por el propio titular del departamento, se ha interpretado no tanto como una amenaza sino como un puro ejercicio disuasorio. Es decir, confirmamos que disponemos de las armas para hacer más creíble su uso como último recurso, si se produjera una ‘intervención extranjera’. 

En Israel se dispararon las alarmas. O, más bien, cabe decir que se puso al día el discurso, porque los planes de contingencia israelí están a punto desde el comienzo de la crisis. Tanto los servicios de inteligencia como el liderazgo político contemplan con preocupación la evolución de los acontecimientos. 

Lo que más se teme es que, en una acción desesperada, un sector del Ejército propicie una transferencia del arsenal militar –y en particular de las armas químicas- a los milicianos chiíes libaneses de Hezbollah. O que, en caso de derrumbamiento precipitado del régimen, ese armamento sea capturado por combatientes indeseados de la rebelión. El Ministro israelí de Defensa, el laborista Ehud Barak, aseguró que, ante la inminencia de cualquiera de los dos casos, contemplarían una operación militar para impedirlo. En LE MONDE, Gilles Paris, especialista en Oriente Medio, ponía en boca de un “alto responsable diplomático francés” que esa “sería una razón suficiente para provocar una intervención americana o israelí”. 

Los israelíes se han desmarcado de simpatía occidental hacia los rebeldes, como han hecho en el resto de las revueltas árabes. En Jerusalén prefieren el status quo, porque temen que el descontrol de la situación permita derivas alarmantes. Si bien es verdad que la derrota del clan Assad y el final de la hegemonía alauí en Siria tendría el efecto de privar a Irán de su principal aliado en la zona y debilitaría tremendamente a los chiíes de Hezbollah en Líbano, la mencionada emergencia de Al Qaeda cuestionaría esas ganancias. Israel había iniciado hace años unos contactos discretos con Siria, bajo mediación turca, que ciertamente no condujeron a nada. Pero, de alguna forma, los manejos de Damasco habían dejado de constituir una preocupación mayor para Israel, salvo en su capacidad para ejercer un papel desestabilizador en Líbano.