ASUNTOS GRAVES QUE EL CORONAVIRUS HA DESPLAZADO

11 de marzo de 2020

                
El mundo se mueve al ritmo de la propagación del Coronavirus y del relato muchas veces alarmista de unos medios abonados al opiáceo del espectáculo catastrófico. El despotismo informativo hace que los asuntos perentorios desplacen a los necesarios análisis de fondo. El interés se centra prioritariamente en los avances del virus y en los esfuerzos por aislar/proteger/tranquilizar a la población. Los Estados tratan de buscar soluciones que refuercen el control de la infección con la preservación de las libertades y el sostenimiento del sistema productivo. Pero se habla mucho menos de las carencias de los sistemas sanitarios, como consecuencia de años y años de recortes.
                
Entretanto, otros conflictos, potencialmente tan peligrosos o más, quedan fuera o muy marginados en el radar mediático. Intentamos compensarlo con una rápida puesta al día de hechos y claves.
                
SIRIA: ECOS DEL PULSO RUSO-OTOMANO
                
La tensión entre el gobierno local y la vecina Turquía por la evolución de los acontecimiento en la región de Idlib, única parte importante del país que todavía escapa al control del gobierno de Damasco, ha obligado a Moscú a un pacto de contención. Las dos figuras autoritarias más notables de la periferia europea, Erdogan y Putin, tuvieron que emplearse a fondo para combinar su doble juego con una engañosa vocación conciliadora.
                
Tras una tensa cumbre de cuatro horas acordaron un alto el fuego que recordaba al de 2015. Entonces, un caza ruso fue derribado por la defensa antiaérea turca poniendo a las dos potencias al borde de una guerra frontal; en esta ocasión, más de treinta soldados turcos murieron en una emboscada supuestamente perpetrada por el ejército sirio, pero bajo el amparo del dispositivo militar ruso desplegado en Siria.
                
Estos días se han vuelto a evocar los ecos de la histórica confrontación entre los desaparecidos imperios otomano y zarista. Erdogan y Putin han utilizado parte de su retórica y sus recursos propagandísticos para dorar sus blasones políticos. Un juego peligroso cuyos réditos podrían ser de corto vuelo pero de alto potencial destructivo. Putin corteja a Erdogan con el propósito principal de afianzar la brecha en la OTAN (1).
                
GRECIA: UNA NUEVA CRISIS DE REFUGIADOS
                
Derivada del anterior conflicto, se agranda por momentos una nueva crisis de refugiados aunque de dimensión menor a la de 2015. El incremento de los desplazados sirios que las autoridades turcas han permitido dirigirse hacia Grecia, con el consiguiente problema humanitario y político, ha vuelto a agriar las ya ríspidas relaciones entre la UE y Turquía.
                
De nuevo, Erdogan desafía a la indecisa y asustadiza Europa, que hace piruetas imposibles entre su discurso de conciencia y el miedo a que el asunto se le escape de las manos y propicie otro brote del nacional-populismo xenófobo. La Comisión le ha prometido 700 millones de euros al gobierno del conservador Mitsotakis para salir del paso. Pero tendrá que pactar con el líder turco una revisión de lo acordado en 2016. Entonces, tras el repliegue que siguió a la reacción compasiva la UE, puso en manos del aspirante turco la contención del problema (2). Con Alemania en plena crisis sucesoria de liderazgo y Francia en vísperas de unas elecciones que pueden confirmar la fragilidad del presidente, las respuestas serán esquivas. Italia, otro foco de inestabilidad, es ahora epicentro de la amenaza vírica. El ultra Salvini utiliza sin rubor la crisis para agudizar las contradicciones de la acrobática coalición de gobierno.
                
AFGANISTÁN: LA PAZ DE LAS PRISAS
                
El acuerdo de alto el fuego entre norteamericanos y taliban en Afganistán sigue sin convencer al gobierno de Kabul, marginado en las negociaciones y sometido a una división interna en absoluto novedosa, con dos autoproclamados presidentes. La sociedad civil tiembla ante las prisas de Trump por dejar el país antes de noviembre y la más probable reanudación de la guerra. Otro fracaso del proyecto neocon, que Obama no pudo o supo atajar (3).
                
ISRAEL: LAS VIDAS POLÍTICAS DE NETANHAYU
                
El bloqueo político en Israel después de tres elecciones en menos de un año. Las correcciones de las urnas han sido mínimas. Netanyahu se mantiene pero no araña los apoyos suficiente para tener la mayoría que le permita formar gobierno. El partido de los generales (Kavol Lahan: Azul y Blanco) fracasa de nuevo en su empeño de poner fuera de circulación al primer ministro aireando sus casos de corrupción, que la Justicia abordará la semana que viene. Los partidos árabes, unidos en una sola lista, alcanzan su mejor resultado histórico y dificultan un acuerdo flexible.
                
Para evitar unas cuartas elecciones que difícilmente trajeran la solución, se vuelve a plantear un gobierno de unidad nacional, pero los adversarios de Netanyahu, centristas o extremistas, se resisten, para no dar más vida al mayor gato político en la historia del país (4).
                
INDIA: EL PELIGRO PROYECTO NACIONAL-AUTORITARIO DE MODI
                 
El creciente malestar de la comunidad musulmana y de otras minorías de la India por el empuje del programa nacional-autoritario del primer ministro Modi y sus organizaciones racistas aliadas (5).
                
Desde la última crisis de Cachemira, a finales del pasado año, la hindutva, una suerte de proyecto de depuración étnico, religioso y político del gobierno está agravando las tensiones sociales. La represión de los focos de protesta, como el de hace un par de semanas en Delhi, agitan un peligroso polvorín y agudiza los factores de fricción con el vecino Pakistán.
                
USA: LAS DECEPCIONANTES PRIMARIAS DEMÓCRATAS
                
El triunfo de Biden en Michigan y otros estados del Alto Medio Oeste le pone la nominación al alcance de la mano. El establishment se ha salido con la suya. Podrá manejar sin problemas a un candidato flojo, proclive al gafe y a la confusión, coequipier de Obama pero antagonista en estilo, empuje y sustancia. Las bases demócratas progresistas no ocultan su decepcionadas. El relato de un triunfo más probable frente a Trump en noviembre es más que discutible. La incógnita ahora es si Sanders seguirá peleando, como en 2016, o se avendrá a un engañoso frente unido.
                
El coronavirus (con su cadena imprevisible de efectos) podría ser un enemigo mucho más fuerte para Trump que Biden, incluso con un partido demócrata aparentemente cohesionado. Si EEUU entra en recesión, como se temen algunos analistas, los apoyos del presidente actual se podrían volatilizar rápidamente. Aunque la  trama ucraniana, generadora del proceso del impeachment, podría reaparecer, el debate se centraría en la supuesta fortaleza de América que Trump prometió en 2017.  


NOTAS

(1) “Putin and Erdogan reach accord to halt fighting in Syria”. NEW YORK TIMES, 5 de marzo. “Russie, Iran et Tuquie auront bon multiplier les accolades au sommet; ells n’ont pas le mêmes desseins sur l’avenir de la Syrie”. ALAIN FRANCHON. LE MONDE, 7 de marzo.

(2) “Europe’s morality is dying at the Greek border”. PAUL HOCKENOS. FOREIGN POLICY, 5 de marzo; “Refugiés: la Grece refuse toujours d’ouvrir ses frontiers”.LE COURRIER DES BALKANS, 5 de marzo; “L’UE face le cinisme de la Turquie”. EDITORIAL. LE MONDE, 6 de marzo.

(3) “Us-Taliban peace deal: a road to nowhere”. JOHN ALLEN. BROOKINGS INSTITUTION, 7 de marzo; “After 18 years, is this peace deal or just a way out”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 1 de marzo; “Afghanistan: une paix en forme de défaite. EDITORIAL. LE MONDE, 4 de marzo.

(4) “Strike three: How a ruling coalition still eludes Israel’s Nentayahu”. DAVID AARON MILLER. CARNEGIE ENDOWMENT, 5 de marzo.

(5) “How Hindu supremacists are tearing India apart”. SAMAN SUBRAMANIAN. THE GUARDIAN, 20 de febrero.

EE.UU.: DOS OCTOGENARIOS OPUESTOS SE DISPUTARÁN EL ALMA DEMÓCRATA

4 de marzo de 2020

                
La contestación interna demócrata por la Casa Blanca ha quedado despejada. Ni siquiera hizo falta el Supermartes para depurar la abultada lista inicial de candidatos. Cuando se abrieron las urnas en los 14 estados que reúnen una tercera parte de los delegados, algunos aspirantes ya se habían retirado (Buttigieg, Klobuchar, Steyer). La victoria, el sábado, del exvicepresidente Biden en Carolina del Sur confirmó su arraigo en el votante afroamericano moderado, por el influjo de Obama.  
                
En el Supermartes ha ocurrido más o menos lo esperado. Sanders se ha impuesto en el estado con más delegados de la jornada (California) y también en Utah, Colorado y en el suyo, Vermont. Biden obtiene el segundo estado, Texas, además de Virginia, Minnesota, Massachussets y cinco estados sureños. Queda por decidir Maine. Un duelo repartido, aunque el auge del exvice, favorecido por la retirada previa de los centristas, le ofrece el impulso esperado. Con su victoria en California, el candidato socialista conserva sus opciones.
                
La mejor candidata, Elisabeth Warren, ha perdido incluso en el estado donde es senadora  (Massachussets), en beneficio de Biden y es cuestión de horas su retirada. El mil millonario Bloomberg sólo ha ganado en el mini enclave de Samoa, a pesar de los 500 millones que habían invertido en su debut electoral: un fracaso sin paliativos preludio del fin.
                
El duelo Biden-Sanders será una disputa por el alma del partido. Moderados contra progresistas. Centro o izquierda. Establishment frente a bases. No será, como en 2008, una lucha de egos (Obama/Hillary), sino más bien una versión corregida y empeorada de 2016 (Hillary/Sanders). Empeorada, porque Biden tiene una estatura y una competencia mucho menor que la única mujer candidata a la presidencia, hasta la fecha.
                
MEDIOCRIDAD VS RUPTURA
                
La élite demócrata deposita sus esperanzas de triunfo en un candidato mediocre, con reflejos políticos escasos, trayectoria gris aunque prolongada, vigor dudoso y carisma mínimo. Su mayor activo consiste en haber sido el vicepresidente de Obama, que no precisamente su hombre de su confianza. Más allá del afecto del contacto, de las horas pasadas juntos, de difusa proximidad ideológica, en Biden hay muy poco de Obama. Ni siquiera el recuerdo ( ).
                
En Sanders se reúne el espíritu de rebeldía de las bases demócratas más combativas, hartas de las componendas de la dirección, mientras la mayoría se empobrece cada día. La obsesiva preocupación por ocupar el centro ha dejado sin respuestas a millones de ciudadanos. La moderación y la templanza no le sirvieron a Obama para avanzar sustancialmente en la defensa de los derechos y las reivindicaciones sociales de la mayoritaria clase media baja o de las minorías.
                
En 2016, Sanders le discutió a Hillary el pulso del partido, movilizó a la juventud, conectó con los sectores tradicionales de la clase trabajadora blanca, pero no fue capaz de atraerse a latinos y afros. La poderosa atracción de los Clinton en esas minorías ancló a los demócratas en ese centro inercial que es, en realidad, una derecha civilizada, frente al radicalismo cada vez más acusado de los republicanos.
                
El fracaso de Hillary frente a Trump evidenció las limitaciones de la estrategia centrista de la dirección demócrata. La derrota de la candidata en los estados industriales en decadencia de los grandes lagos (Michigan, Wisconsin y Minnesota) le costó la presidencia, pese a lograr tres millones más de votos en el total nacional.  
                
COMBATE POR EL ELECTORADO FRUSTRADO
                
Frente a Trump, Sanders aparece ahora favorito claro en esos lugares claves, un año más, en la conquista de la Casa Blanca, según los sondeos. El candidato de la izquierda habla un lenguaje que entienden los perdedores del neoliberalismo de las últimas décadas. Competirá en el mismo terreno que Trump, pero con un registro muy diferente, en realidad opuesto, al de Trump. El discurso de la gente guapa en despachos blindados se ha convertido en sospechoso. Es la hora de la discusión en la mesa de la cocina.
                
Biden juega con la maquinaria partidista a su favor y eso lo convierte, en cierto modo, en favorito. Pero la lección de 2016 está fresca. La apuesta por lo que parecía seguro resultó fallida. Los activistas de la izquierda están muy vigilantes ante cualquiera de las maniobras que el aparato puede realizar para favorecer al candidato del establishment. Biden tendrá que ser mucho más convincente de lo que ha sido hasta ahora para despegar, para llegar a Milwaukee en verano con los deberes hechos. No lo tiene asegurado.
                
Los debates han desnudado al exVice. Salvo algunos destellos, no le ha visto con ideas claras, con reflejos dispuestos. Continuas invocaciones al legado de Obama. Eslóganes vacíos. Y poco más. El resto ha sido silencios, despistes, frases hechas, torpes defensas de las invectivas de sus rivales. Biden es un candidato apático escondido detrás de una sonrisa floja.
                
Pero cuenta con el voto del miedo, de la precaución, de la inercia. Pueden acudir a él todos aquellos que temen el discurso socialista de Sanders, su propuesta por el cambio, por el crecimiento de los servicios públicos, por una política exterior más atenta a las necesidades de las sociedades y menos por los intereses de las élites serviles de Washington.
                
Sanders, no lo olvidemos, ni siquiera es miembro del Partido Demócrata. Se une a los senadores azules en comisiones y bancadas, pero va por libre. Es un independiente: de carné y de espíritu. Resulta misterioso su predicamento en la juventud a su edad avanzada. Su estado de salud puede resultar un baldón considerable. Ha superado un reciente infarto, pero asegura encontrarse en condiciones de luchar por el liderazgo de la nación. No todos le han creído.
                
La ventaja que Sanders tiene sobre Biden en los feudos industriales se invierte en los enclaves afroamericanos, un sector clave en cualquier victoria demócrata. Es previsible que Obama, espantado con Sanders, le echa una mano a su antiguo segundo en ese terreno. Debe pesar considerablemente su influencia, aunque hasta la fecha el expresidente ha sido muy cauto, quizás por una falta no confesable de fe en Biden.
                
La contestación demócrata ha dejado otra amarga realidad social. No es exagerado decir que Hillary Clinton y Elisabeth Warren -situadas en latitudes ideológicas diferentes- han sufrido un sesgo negativo de género. Poco ha importado su indudable calidad como candidatas frente al prejuicio de buena parte de la sociedad norteamericana, mucho menos avanzada que la europea en este aspecto.
                
Como en otras elecciones, la participación será decisiva. El hartazgo de Trump puede empujar al electorado demócrata a implicarse este año y no repetir el inmenso error de 2016. Todo dependerá de la marcha de la campaña, del contraste final entre los dos aspirantes. La democracia norteamericana envejece aunque la sociedad sea cada vez más joven y más plural. Una paradoja apasionante.
               

CHINA: EL CISNE NEGRO

26 de febrero de 2020

                
China trata de restablecerse del golpe sufrido por la epidemia del  coronavirus. Las medidas sanitarias y de salud pública, adoptadas tardíamente, parecen arrojar ya resultados positivos, aunque es difícil calibrar si la remisión de los casos registrados se debe a la actuación oficial o al debilitamiento de la enfermedad.
                
Con casi 80.000 casos registrados y 2.700 fallecimientos en la cinco semanas de duración del brote, el sistema público de salud ha quedado seriamente en evidencia. Pero no sólo eso. El sistema político en su conjunto ha resultado erosionado.
                
Una de las principales expertas occidentales en China, Elisabeth Economy, directora de estudios asiáticos del Consejo de Relaciones Exteriores de Washington, considera que la crisis del coronavirus ha destapado las “contradicciones y debilidades del régimen” (1). La rígida centralización del poder, el control obsesivo de la información, las paranoias conspiratorias, el instinto autoritario y otras características inherentes al sistema ralentizaron la respuesta.
                
Sin embargo, Economy admite que, una vez asumido el problema, el aparato político y administrativo arbitró una contundente maquinaria de respuesta que ha logrado aislar a más de 100 millones de personas, poner en funcionamiento hospitales de emergencia, distribuir mascarillas y canalizar el flujo de la información útil de servicio. Se han anunciado también iniciativas legislativas y reglamentarias para controlar el funcionamiento de los mercados de animales al aire libre (origen del virus) y otras disposiciones preventivas. Reformas necesarias pero inevitablemente tardías.
                
LOS APUROS DE XI
                
En el plano político, el régimen ha actuado según el libreto conocido de depuración selectiva y discutible de responsabilidades, señalando chivos expiatorios y protegiendo a los más altos responsables del partido y del Estado. Después de matar al mensajero, en este caso sancionando al joven doctor Li Wenlian, el primer facultativo que alertó del virus (luego fallecido), la cúspide ha purgado a centenares de cuadros dirigentes en la provincia de Hubei, foco originario de la enfermedad.
                
Como era de esperar, no se han extraído conclusiones profundas sobre la naturaleza del sistema. Ninguna reflexión, al menos pública, sobre la gestión de la información, la escasa autonomía de los profesionales de la salud, la renuencia a recibir apoyos tempranos del exterior, etc. Según el discurso oficial, los errores han sido personales no estructurales.
                
El presidente Xi apareció en público cuando ya se había desatado el pánico. Ordenó al primer ministro Le Kiang que se desplazara a Wuhan para cumplir con el ritual de levantar el ánimo de la población y exhibir el músculo organizativo del Estado. El máximo líder se reservó para discretos actos de propaganda que resultaron poco convincentes o para afirmar la autoridad del Estado, en una alocución por video conferencia a 170.000 cuadros.
                
La figura reverencial, casi paternal, que Xi ha ido construyéndose desde su elevación a la cúspide del Partido y del Estado hace siete años ha resultado también infectada por este “virus del demonio”, como ha sido definido en medios chinos. El líder chino había conseguido que sus pares renunciaran a serlo, es decir, que le reconocieran una autoridad suprema, eliminarán la limitación de mandatos en todos los ámbitos de poder y consideraran su “pensamiento”, su doctrina política y estratégica, al mismo nivel que las de Mao o Deng. El dirigente más poderoso en cuatro décadas atraviesa por sus peores momentos desde 2012.
                
LA INFECCIÓN ECONÓMICA
                
Algunos periodistas occidentales residentes en China opinan que la mayoría de la población se mantiene escéptica sobre la capacidad del régimen para controlar los daños, aunque pueda limitar la extensión de la epidemia. Las previsiones sobre los efectos a largo plazo sobre el funcionamiento productivo del país son inquietantes. Circulan ya estimaciones sobre las pérdidas que esta epidemia puede provocar no sólo en China sino en todo el mundo, debido al peso fundamental del gigante asiático en el comercio y la economía mundiales.
                
Por mucho que se declare la enfermedad bajo control, el aislamiento u otras formas de limitación de movimientos de centenares de millones de trabajadores chinos (750 millones, se calcula) impide la vuelta a la normalidad. La producción sigue al ralentí, pese a los esfuerzos de los responsables políticos y empresariales. Aunque las cifras no son suficientemente precisas, se estima que el crecimiento económico de este año, fijado en un 5,5% (ya modesto para China, a tenor de su trayectoria reciente) podría reducirse al 4% al final de este primer trimestre, el índice más bajo desde 1992 (2).  
                
Si se tiene en cuenta que China representa un tercio del crecimiento mundial, es fácil explicarse la preocupación en los centros neurálgicos del poder económico mundial, alarmismos aparte. La vacilante recuperación económica occidental tras la pavorosa crisis de finales de la primera década del siglo puede verse frenada. Diversos economistas predicen que el crecimiento mundial anual en este primer trimestre oscilaría entre el 1 y 1,2%. Las principales bolsas internacionales han caído esta semana, tras confirmarse la propagación del virus en otras regiones de Asia (Corea del sur y Japón, en cabeza) Europa (Italia, Alemania, Francia, Gran Bretaña, por debajo de la docena en España) y Estados Unidos (más de medio centenar de infecciones).
                
Se ha querido atemperar estas preocupaciones recordando que el SARS, que azotó China y gran parte de Asia en 2003, tuvo a la postre un efecto limitado, pero, como señala la corresponsal jefe de NEWSWEEK en Pekín, Melinda Liu, hace 17 años la economía china representaba tan sólo el 4,% del PIB mundial y hoy supone casi el 17% (3).
                
La prohibición de viajar a China ha sido adoptada ya por 70 países. Pero con la propagación a otras zonas del mundo esta tendencia se reforzará. Se trata de una media “inevitable pero eficaz”, según una investigadora en sistemas legales sanitarios de la Universidad de Georgetown. Las limitaciones en los desplazamientos entre las dos principales economías mundiales le costarán a los Estados Unidos más de 10 mil millones de dólares (4). Las compañías aéreas, navieras y ferroviarias de todo el mundo ya empiezan a evaluar los daños previsibles. La Asociación del Transporte aéreo internacional estima unas pérdidas de casi 30 mil millones de dólares.
                
Al cabo, ese “cisne negro”, ese agente “saboteador” de la economía china que tanto temía Xi Jinping, no vendrá de fuera, de la “agresión comercial” norteamericana o de la presión internacional por el pirateo industrial o la política monetaria de Pekín, sino por una enfermedad respiratoria que amenaza con asfixiar el “rejuvenecimiento” de China.


NOTAS

(1) “The Coronavirus is a stress test for Xi Jinping”. ELISABETH C. ECONOMY. FOREIGN AFFAIRS, 10 de febrero.

(2) “How do you keep China’s economy running with 750 million in quarantine?”. MELINDA LIU. FOREIGN POLICY, 24 de febrero.

(3) “Virus travel ban are inevitable bur ineffective”. MARA PILLINGER. FOREING POLICY, 23 de febrero.

(4) “As covid-19 epidemic slows, China tries to get back to work”. THE ECONOMIST, 25 de febrero.


LA SOLEDAD DE MACRON

19 de febrero de 2020

                
Un mundo sin Occidente. Es el título de la edición de este año de la Conferencia de Múnich sobre seguridad internacional, el llamado Davos de la política exterior, lugar de reflexión y codificación de los mensajes sobre el estado del mundo. El invitado estelar ha sido el presidente francés, Emmanuel Macron, siempre dispuesto a acaparar titulares y celoso de atraer la atención con sus audaces opiniones y propuestas.
                
El momento era especialmente propicio (en realidad, siempre suele serlo), con los dos colosos planetarios atrapados en situaciones sensibles. En Estados Unidos, comienza una larga, bronca e incierta campaña electoral, sin una contestación clara de lado demócrata y un incumbent (o presidente en ejercicio) embravecido por la impunidad de su turbios manejos políticos y el ánimo de revancha contra quienes se permiten cuestionarlo. En China, una epidemia de oscuro origen y dimensiones inquietantes amenaza con dificultar aún más un crecimiento económico que ya se venía resintiendo de la disputa comercial con los norteamericanos y de las propias debilidades estructurales del sistema.
                
Macron habló en Múnich en nombre de Francia, claro, pero también pretendió hacerlo, con el respeto que correspondía, en nombre de Europa. O, si se quiere, pensando en Europa, en la consolidación y avance de su proyecto de integración. A él le correspondió, en esta ocasión, marcar las diferencias con Estados Unidos con respecto al auge de China (1).
                
A Macron le rodea desde hace tiempo cierto aire de soledad. De incomprensión. O de molestia. No es un outsider, naturalmente. Es el presidente de Francia, el segundo país de Europa, en términos económicos. Los presidente franceses de la Quinta República gustan de ejercer como depositarios de la esencia del proyecto europeo, como Carlomagnos modernos. Macron luce esa herencia con entusiasmo y dedicación, con el atropello de su juventud y la intensidad de su ambición.
                
En Múnich, el líder galo ha vuelto a predicar la necesidad de que Europa se ponga a la altura del desafío que afronta. Ha pedido a sus líderes, pero en especial a los alemanes, que demuestren ambición para relanzar “la aventura europea”. “No estoy frustrado sino impaciente”, dijo en la capital bávara (2). A Macron le gusta demostrar que él está unos pasos o unos metros, o quizás unos kilómetros por delante de otros líderes coetáneos, y eso a veces irrita. No se ha olvidado todavía su etiqueta de “muerte cerebral” con que diagnosticó a la OTAN el otoño pasado, con más acierto que oportunidad.
                
Macron tiene razón en mucho de lo que dice, pero genera desconfianza sobre sus intenciones. Como les pasaba a casi todos sus antecesores, proyectan fuera de Francia una ambición que se les complica en casa. El cuadragenario líder francés quiere que Europa no se jubile, que no se resigne a la irrelevancia. Que no sucumba por dejación ante ese nuevo mundo bipolar (G-2) que se dibuja entre Estados Unidos y China. No cuestiona el vínculo transatlántico, pero insiste en la necesidad de una alianza más europea, menos dependiente de Washington. Con mérito, porque Estados Unidos da señales constantes e inequívocas de que Europa ya no es su prioridad internacional. Y no solo por la desgracia de Trump. Ese debilitamiento del vínculo ya fue visible con Obama, con Bush Jr. e incluso con Clinton. No es una cuestión de liderazgo, sino de equilibrios inestables en un mundo en transformación.
                
En ese propósito de autonomía europea, Macron pretende contar con dos apoyos imprescindibles: Alemania y Rusia, las dos potencias continentales de los últimos dos siglos. Apoyos asimétricos, bien sûr.
                
Alemania es el socio preferente, axioma de la reconciliación tras las dos guerras del siglo XX  y el estado de beligerancia permanente de la centuria anterior. El eje franco-alemán ha sido un factor incuestionable de la construcción europea en los últimas seis décadas. Ha resistido todos los incidentes de la guerra y la posguerra fría, del nonnato nuevo orden de los noventa y de la actual crisis del orden liberal. Oficialmente, esa relación no se cuestiona. Pero no es un secreto para nadie que el eje está en sus horas más bajas. En un reciente y espléndido trabajo, el corresponsal de LE MONDE en Berlín y su principal editorialista para temas internacionales han contado los entresijos del enfriamiento franco-alemán (3).
                
Macron y Merkel (M & M) no mezclan bien. Les separa la brecha generacional (42/65 años), el estilo (audacia vs. prudencia) , sus reflejos políticos (ambición vs. cautela), y el timing de sus carreras (cúspide y declive). También sus referencias de origen (globalización y guerra fría) y sus designios de futuro (proyecto, para uno; legado, para otra). Comparten una cierta idea (amplia) de Europa, pero difieren del papel de los apoyos y de los colaboradores/rivales.
                
Macron quiere una Europa autónoma, amiga pero no dependiente de Estados Unidos. Una combinación de De Gaulle y Lafayette. Merkel entiende los fundamentos del discurso de su amigo francés, ha admitido públicamente que Europa debe velar por su futuro más sola que antes, pero cree que el desapego norteamericano es remediable. La protección nuclear tiene mucho que ver con este desafine de percepciones. Por eso Macron ha ofrecido poner el arsenal atómico francés en la balanza de un debate general sobre la defensa europea.
                
Merkel se ha inhibido pero no el Jefe del Estado, el casi decorativo Steinmeier, que acogió la oferta con calidez, junto con otra voces políticas (4).  La Canciller está de retirada y hasta sus fieles defensores empiezan a pensar que quizás no debería prolongar su despedida, para facilitar su sucesión tras el fiasco de Turingia y la eliminación de su elegida (5).
                
El otro colaborador necesario de la estrategia de Macron es Rusia, un tradicional aliado de Francia antes de los soviets. Hay una línea de continuidad en las relaciones París-Moscú, con los avatares históricos correspondientes. La Rusia postsoviética es mucho más conflictiva para Europa de lo que fue la URSS. Las reglas del juego están ahora menos claras. Pero en la ambigüedad surgen las oportunidades. Macron quiere recuperar a Rusia para Europa, por un conjunto de razones, y no es el menor el desafío de China (6). El presidente francés quiere evitar que Moscú sea el socio menor pero necesario de Pekín. Macron cree que Putin juega la carta preferente de Asia (versión propia del obamiano pivot to Asia) más por necesidad que por vocación, por necesidades tácticas y no tanto por designios estratégicos.  
                
Merkel tiene una visión más pragmática o recelosa del Kremlin, como sufridora que fue del orden soviético en media Europa. Alemania hace negocios, incluso de primer orden, con Rusia (el gasoducto), pero desconfía de sus propósitos. Confianzas, las justas.
                
Macron ha tomado las riendas diplomáticas del conflicto de Ucrania, ha promocionado las reuniones formato Normandía, ha propiciado aproximaciones, con Merkel a su lado, pero con menos entusiasmo, sabedor de que sin resolver esa espina no habrá conciliación entre Rusia y Europa. Por lo demás, Macron no es ingenuo, y sabe que hay un Mordor por debajo de la piel de Putin, un espíritu de kagebista que obliga a extremar las precauciones.
                
En la ambición de Macron hay un aire de teatralidad que conecta con sus aficiones privadas. En su corte hay intrigantes que no comparten sus designios (un sector de la casta diplomática refractaria a los cambios), una clase política dominada por el reflejo de subsistir más que de innovar, una mayoría social que reclama otras prioridades. Macron está solo.

NOTAS

(1) “Les dessacords américano-européens évidents à Munich”. COURRIER INTERNATIONAL, 16 de febrero; “Americans urges Europe to join forces against China. But Europeans want to steak out an independent position between the two superpowers·. THE ECONOMIST, 16 de febrero.

(2) “Macron exhorte a les allemands à être ‘plus ambitieux pour relancer ‘l’aventure europénne’”. LE MONDE, 15 de febrero.

(3) “Entre Paris y Berlin, une entente sous tensions”. THOMAS WIEDER y SILVYE KAUFFMANN. LE MONDE, 13 de febrero.

(4) “L’Allemagn doit cesser de tergiverser sur la defense européenne”. MICHAEL THUMANN, DIE ZEIT, 14 de febrero.

(5) “Es geht um Deutschlands stabilität”, ECKART LOHSE. FRANKFURTER ALLGEMEINE ZEITUNG, 13 de febrero (Traducido por COURRIER INTERNATIONAL como “Et si Angela Merkel demmissionait?” ).

(6) “La champagne russe d’Emmanuel Macron”. PIOTR SMOLAR. LE MONDE, 14 de febrero.






ALEMANIA SE ENREDA CON EL CORDÓN SANITARIO

12 de febrero de 2020
                
La dimisión diferida de la presidenta de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK para amigos, colegas y medios), y su renuncia a la candidatura para la Cancillería en 2021 ha abierto una crisis más en Alemania. Que podría no ser la última, si se quiebra la endeble GROKO (Gross Koalition) y se precipita el adelanto de las legislativas.
                
Merkel se ha quedado sin sucesora, Alemania carece de una líder futura identificable, Europa adolece de una dirección señalada y Occidente echa de menos una Europa sólida y estable en momentos inciertos para el llamado orden liberal de posguerra.
                
LA BOMBA DE TURINGIA
                
El motivo de la caída de AKK ha sido una oscura maniobra política en el land oriental de Turingia. Después de las elecciones regionales del otoño pasado, al no haber un partido con mayoría absoluta, se abrió la ronda de contactos para obtener una coalición de gobierno.
                
El más votado fue el jefe del ejecutivo saliente, el muy popular Bodo Ramelow, miembro de la formación Die Linke (La Izquierda), fruto de la fusión, en su día, entre los herederos del SED (antiguo partido comunista de la RDA )y el ala izquierda del SPD (socialdemócratas). Ramelow gobernaba al frente de una coalición con el SPD y los Verdes (rojo-rojo-verde, en el argot alemán). Pero los resultados no le permitieron renovar la fórmula.
                
La derecha tenía la oportunidad de hacerse con el poder en ese territorio profundo de la antigua Alemania comunista, siempre que sumaran los tres partidos: democristianos (CDU), liberales (FPD) y nacional-populistas (AfD). Esta última era la segunda fuerza más votada. Problema: la CDU había fijado un cordón sanitario sobre el AfD, por una cuestión de principios.
                
La colaboración con la ultraderecha es casi tabú político en Alemania, por razones históricas que no es necesario recordar. Merkel ha sido especialmente clara, activa y hasta militante en este aspecto. Eso le ha valido el respeto de mucha gente dentro y fuera del país, como estandarte del orden liberal y baluarte frente al nacionalismo en auge.
                
Pero sus correligionarios de Turingia no demostraron tantos escrúpulos. Con tal de derrotar como fuera a la izquierda en uno de sus feudos, apoyaron una oscura maniobra de sus otrora socios liberales para hacerse con el boscoso land. El candidato del FPD, Thomas Kemmerich, llevaba muy a gala haber logrado la recuperación de su partido, que estaba hasta ahora fuera del parlamento regional. A pesar de ser la formación más pequeña, su ambición le llevó a convencer a los democristianos de la necesidad de pactar con los nacionalistas ultras y se ofreció como cabeza de la operación (1). Los de Merkel aceptaron. Kemmerich fue investido en el parlamento de Erfurt. Y se desencadenó la tormenta.
                
Desde Berlín, se intentó echar marcha atrás, pero el daño ya estaba hecho. La canciller se enfureció. AKK se vio por completo superada. Intentó embridar a los cristianodemócratas de Turingia, sin conseguirlo. Quedó desautorizada. La dimisión estaba cantada. La suya y la de Kemmerich. Puede haber nuevas elecciones en Turingia, si no hay pacto centrista o de otra naturaleza. Y, en ese caso, no se descarta (¡oh, paradoja!) una victoria de la AfD (3).
                
LA FRAGILIDAD DEL CORDÓN SANITARIO
                
La afrenta de Turingia es tanto más grave cuando que el líder de la AfD en ese land es Björn Höcke, precisamente el líder del sector más extremista del partido (denominada Ala), que algunos consideran cercana al nacional-socialismo.
                
Para un país que está en permanente alarma ante cualquier manifestación de resurrección de las simpatías, reflejos, evocaciones o justificaciones del periodo nazi, esta crisis es como sal en una herida que nunca puede cerrar del todo. El FRANKFURTER RUNDSCHAU, diario  progresista proclamó que, en Turingia, “la democracia alemana había abdicado” (2).
                
Antes de este episodio mortal, AKK ya estaba seriamente cuestionada. Fue elegida sin el consenso real y convencido del partido  (sólo un voto forzado de conveniencia) a finales de 2018. Nunca cuajó y los reveses electorales pesaban en su contra (3). Pero Merkel y la facción mayoritaria centrista parecían decididos a prolongarle el crédito. Turingia la ha devorado. Seguirá en funciones hasta junio como líder de la CDU; y como Ministra de Defensa, por ahora.
                
Se abre de nuevo la pugna entre los democristianos, con el ala derecha dispuesta a desbaratar parte de la herencia centrista de Merkel. El relato de sus rivales es que la CDU se ha ido demasiado a la izquierda, y es hora de recuperar los principios identitarios del partido, conservador en material social y económica. La derechización de los liberales ayudó a este reposicionamiento centrista que ahora algunos consideran agotado.
                
Emergen de nuevo ahora los candidatos derrotados por AKK (o mejor, por Merkel), como Merz (ahora en la empresa privada, sexagenario exportavoz parlamentario y enemigo de la canciller) y Spahn (ministro de sanidad, joven y ambicioso cachorro). El candidato en reserva de Merkel es Armin Lascher, jefe del gobierno en Renania-Westfalia, el land más poblado. Los bávaros (CSU) contemplan la crisis con más que interés.
                
Hay cierto aire de hipocresía, o al menos de contradicción, en este asunto del cordón sanitario. La CDU no le hace ascos a la presencia de los nacional-populistas xenófobos del húngaro Victor Orban en el grupo parlamentario del Partido Popular europeo. Como en su día hizo Sarkozy en Francia, u hoy el PP en España, la ultraderecha es de uso múltiple, según las conveniencias políticas de cada momento.
                
Más allá de esta lucha partidaria y de los dilemas político-morales, la crisis de Turingia evidencia la fragilidad de la situación política alemana, con el panorama más fragmentado desde la posguerra (4). El consenso centrista se ha terminado. Las certidumbres sobre las que basaba el sistema aparecen bajo cuestión. El proyecto europeo capota. Las relaciones con Francia son incómodas. El vínculo con el primo norteamericano se ha vuelto conflictivo. En ese malestar (sensación tan alemana), anida el nacional-populismo como un parásito oportunista.
                
LA PERPLEJIDAD EUROPEA
                
Los europeos que recelaron de la Alemania emergente y poderosa, primero en los años engañosamente triunfalistas de la unificación y luego durante el periodo de la intransigente austeridad, contemplan ahora con cierta ansiedad el peligro de un repliegue germano hacia sus intereses estrictos, según la fórmula trumpiana: Alemania, primero.  Los nostálgicos del abrazo con la Alemania democrática y próspera de posguerra recuerdan el eslogan venturoso de otro tiempo: Por una Alemania europea, frente a una Europa alemana.
                
Agrava este pesimismo sobre Alemania, la herida interminable del Brexit y la falta de un liderazgo alternativo, ni siquiera ese directorio europeo del que tantas veces se ha hablado en debates de salón. Como dice Stephan Walt, el académico internacionalista de Harvard, “el futuro de la Europa post-Brexit es temible” (5). Europa corre el riesgo de caer en la irrelevancia mundial, en convertirse en una especia de pariente secundario de las decisiones mundiales, entre el arrollador auge de Asia, el desprecio de Estados Unidos y los chantajes de Rusia .

NOTAS

(1) “Germany’s Free Democrats are playing with fire in Thuringia”. CONSTANZE STELZEN-MULLER. BROOKINGS INSTITUTION, 6 de febrero.

(2) “Historischer brunck in Thüringen: mit dem faschisten gemeinsame Sache gemacht”. STEPHAN HEBEL. FRANKFURTER RUNDSCHAU, 5 de febrero.

(3) “Allemagne: ‘AKK’ dauphine désignée de Ángela Merkel, renonce a lui suceder” THOMAS WIEDER. LE MONDE, 10 de febrero.

(4) “Behold Germany’s post-Merkel future and despair”. PETER KURAS. FOREIGN POLICY, 7 DE febrero.

(5) “Europe post-Brexit future is looking scary”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 6 de febrero.

TIEMPO DE INFECCIONES

 5 de febrero de 2020

                
La propagación del virus de Wuhan ha desbordado el ámbito puramente sanitario y se ha convertido ya en objeto de seria preocupación económica y de controversia diplomática. El coronavirus mata personas (en el umbral de las 500 víctimas mortales al escribir estas líneas), desnuda la infraestructura social y el sistema de gestión de crisis de Pekín, amenaza con frenar aún más el crecimiento de la segunda economía mundial (descenso de un punto en el PIB, se estima), estimula los conflictos comerciales  y complica el atribulado diálogo con Occidente.
                
La epidemia va camino de convertirse en pandemia si, como parece, sigue cruzando fronteras por tierra, mar y aire. Catorce países más (hasta esta fecha) están afectados. El virus de propaga con un índice creciente de contagio. El intento inicial de las autoridades chinas de minimizar u ocultar detalles de la enfermedad no contribuyeron a fomentar la tranquilad en otras latitudes. Al síndrome respiratorio se unió el de la opacidad, tan propio de China en cualquiera de sus sistemas políticos históricos.
                
Dicho esto, en Occidente se reprodujeron ciertas pautas de salud democrática poco alentadoras. El coronavirus avivó el reflejo infeccioso del racismo en todas sus formas y manifestaciones: abierto, discreto, sibilino y propagandístico. El efectismo de algunos medios puso también de su parte, exagerando riesgos y estableciendo comparaciones poco rigurosas.
                
En este momento de tregua precaria en la guerra comercial que protagonizan ambas superpotencias económicas, era difícil que un acontecimiento como éste se abordara con un  poco más de serenidad. Se han cruzado acusaciones y reproches que en nada han ayudado a la población. China se queja de una cuarentena injustificada (es discutible) y Estados Unidos pone el acento en la falta de colaboración de Pekín hasta que la situación le desbordó.
                
Paradójicamente, el gran poderío de China se convierte en debilidad en un momento como éste. Las vías de penetración en la economía mundial se convierten en autopistas para la voracidad del virus. Como ha escrito una de las principales expertas en asuntos sanitarios (1), el coronavirus sea convertido en la “pandemia de la nueva ruta de la seda” (belt and road), el gigantesco programa de infraestructuras, con el que China pretende afianza su presencia en los países en desarrollo (y desarrollados con problemas).
                
LOS VIRUS NORTEAMERICANOS
                
La epidemia ha puesto en guardia a los sistemas sanitarios del mundo entero. Los técnicos con más responsabilidades tratan a duras penas de encauzar el problema, pero no todos los políticos ponen el mismo empeño en atajar el virus racista. Se detecta un silencio inhibitorio. China asusta por su poder y ahora alarma por este amenaza proveniente desde lo más profundo del país.
                
En Occidente, el sobresalto chino se solapa con virus de muy distinta naturaleza y condición, en este caso políticos y sociales de una incubación mucho más larga y prolongada, que no mata físicamente, pero destruye tejidos sociales, contamina principios democráticos y erosionas las bases de la convivencia.
                
En Estados Unidos, se han producido estos días tres acontecimientos que han dejado el evidencia la salud del sistema político: la fase final del proceso de impeachment, la primera jornada electoral de las primarias demócratas y la sumisión de la política a la propaganda, durante el tradicional discurso presidencial sobre el estado de la Unión.
                
Con un partidismo sin disimulo, los senadores republicanos impidieron la semana pasada la presentación de testigos que hubieran podido ser muy perjudiciales para su jefe político, dejando clara su voluntad de exonerarlo a pesar de las tropelías que hubiera podido cometer en el ejercicio de su cargo y la degradación democrático del sistema y del prestigio del país. Este miércoles, La Cámara alta confirmará el voto inculpatorio de la vergüenza (2).
                
Impotentes en el legislativo, los demócratas arrastraban el bochorno de sus inaugurales primarias en Iowa. El caos producido en el sistema de recuento durante la noche del martes retrasó la publicación de resultados, hasta el punto de que la noticia del ganador dejó de ser lo más importante en beneficio de las deficiencias electrónicas y una inaudita falta de previsión. El problema es algo más que una aplicación defectuosa. Estados Unidos arrastra una tradición calamitosa de infraestructuras fallidas en los procesos electorales. El escándalo de 2000 en Florida fue sólo el acontecimiento más publicitado, en una larga serie de fracasos. Tanto hablar de las supuestas interferencias rusas que pueden desnaturalizar las elecciones, cuando el problema más palpable del sistema se encuentra en casa (3). Y no es sólo técnico (aplicaciones, máquinas de votar, registros, etc), sino político: manipulación de censos, obstáculos a las minorías para ejercer su derecho de voto y otras perversiones, protección judicial de quienes restringen la expresión ciudadana y muchos problemas derivados más.
                
Trump se regocijó por este patinazo demócrata y se permitió insinuar las sospechas del fraude que lleva mentirosamente propalando desde 2016, cuando él es el principal sospechoso de no jugar limpio.  En su último discurso sobre el Estado de la Unión antes de la cita electoral de noviembre, el presidente de las 16.000 mentiras se empeñó a conciencia en olvidarse de los hechos y se extendió en la propaganda y las falsedades sobre sus “logros”. Retórica derechista y divisoria (migración, fanatismo religioso, descontrol de armas), autobombo económico (empleos y comercio) y falaces avances diplomáticos (pese a ser el presidente norteamericano peor valorado en el mundo en el último medio siglo). La sesión que es habitualmente cumbre de la solemnidad política en el Congreso degeneró en un episodio más de la fractura partidista. Trump se negó primero a estrechar la mano que le tendió Nancy Pelosi y la Presidenta de la Cámara, al término de la alocución presidencial, desgarró las páginas que contenían su discurso. Imágenes que codifican niveles de tensión política como pocas veces se ha visto.
                
LA MUTACIÓN DEL BREXIT          
                
En Europa, la gestión del acercamiento silencioso del coronavirus se ha producido en plena mutación de otro fenómeno infeccioso (político, diplomático, social y propagandístico), el del Brexit. El adiós (hasta ahora sólo político e institucional) de Gran Bretaña ha dejado paso a otro periodo no menos áspero. Tras un crudo divorcio, vendrá la negociación seca sobre las relaciones futuras, en particular las comerciales, pero también las normativas.
                
El premier Johnson se siente reforzado en su línea de jugar fuerte, de exhibir una fuerza que seguramente no tiene, de no amilanarse ante un socio más potente. El bombástico líder se permite cuestionar lo que él mismo ha firmado, hacer como que ignora compromisos contraídos en los anexos del acuerdo de separación y amagar con buscarse otros caladeros de mejor conveniencia para los británicos.
                
Los faroles de Johnson inquietan no por su capacidad propia, sino por el efecto que puedan tener sobre la tensionada economía europea. El negociador Barnier es lo opuesto del inquilino de Downing Street: serio, riguroso y minucioso. Pero el liderazgo continental está bajo mínimos, el riesgo nacional-populismo está lejos de haber sido desactivado, Trump tiene muchas posibilidades de seguir en la Casa Blanca y no hay excesiva confianza en los mercados.

NOTAS

(1) “Welcome to the belt and road pandemic”, LAURIE GARRETT. FOREIGN POLICY, 24 de enero

(2) “A dishonorable Senate”. Editorial. THE NEW YORK TIMES, 31 de enero; “If the Senators fail to call Bolton, their trial is a farce”. Editorial. THE WASHINGTON POST, 27 de enero; “Senate to emerge from impeachment trial guilty of extreme partisanship”. PAUL KANE. THE WASHINGTON POST, 1 de febrero.

(3) “Who needs the Russians”. ZEINER TUFEKCI. THE ATLANTIC, 4 de febrero: “Cyber-attacks and electronic voting errors threaten 2020 outcome, experts war”. THE GUARDIAN, 2 de enero.