ELECCIONES EN EUROPA I. LA ABSTENCIÓN. CLAVES Y EFECTOS

 21 de junio de 2023

Ante las elecciones anticipadas en España, parece oportuno revisar la situación política en Europa mediante una serie de análisis que abarcarán la actual salud de las formaciones y movimientos políticos, estrategias y circunstancias condicionantes. Comenzaré esta semana, con un aspecto transversal: la participación/abstención.

1.- CONSIDERACIONES PREVIAS

a) Ámbito de análisis.

Antes de proceder a la presentación de los datos y el análisis consiguiente, conviene hacer una serie consideraciones metodológicas y algunas aclaraciones.

He fijado dos ámbitos geopolíticos de referencia:

-el primero, por proximidad y marco jurídico-político común, la Unión Europea (27 países);

-el siguiente lo constituyen tres países ajenos a la UE pero miembros de la EFTA (Noruega, Islandia y Suiza) y, por supuesto, el Reino Unido, que hasta hace apenas un par de años formaba parte del club de Bruselas. Todos ellos tienen lazos económicos, culturales e incluso militares con la UE (excepto Suiza).

Dejo fuera a los estados balcánicos aspirantes a ingresar en la UE (Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Albania, Bosnia-Herzegovina y Kosovo) y a los pertenecientes a la desaparecida URSS, porque su realidad política es muy diferente. En cualquier caso, sus datos de participación son similares a los de los países excomunistas de la UE.

Para efectuar las comparaciones he considerado en primera instancia los índices de participación de la elección más reciente en cada Estado. Pero para ofrecer una perspectiva más amplia, me referiré también a la evolución registrada desde 1990, cuando se establecieron las democracias liberales en los antiguos países comunistas (los estados bálticos exsoviéticos, los países centro-orientales satélites de Moscú y las dos repúblicas exyugoslavas.

b) El caso francés

Me centraré en las elecciones generales, que no sólo establecen las mayorías parlamentarias, sino también prefiguran los gobiernos respectivos.

Pero el caso de Francia es particular. Al tratarse de una República de corte presidencialista (establecida en la Constitución de 1958), el jefe del Estado lo es también del Ejecutivo y, entre otras atribuciones, nombra al primer ministro.

En 2022, la diferencia entre la participación en las elecciones presidenciales y las legislativas fue superior a 26 puntos porcentuales, la brecha más alta en el sistema político vigente. La causa más evidente, pero no la única, es el sobrecargado calendario. En los últimos años, la dos elecciones se han celebrado de forma consecutiva con un lapso de apenas dos meses. Además, en ambos casos se realizan dos vueltas electorales, lo que permite pensar en el “efecto fatiga”.

A efectos de gobernabilidad, las elecciones presidenciales son las que definen de forma más influyente el rumbo político del país, por eso tendrá prioridad en el análisis. En todo caso, para lograr una mayor rigor, tendré en cuenta la participación en las legislativas.

c) El voto obligatorio

También debo recordar que en cinco de los países seguidos el voto es nominalmente obligatorio, aunque se trata de una formalidad de relativa importancia práctica. Se trata de Luxemburgo, Bélgica, Grecia, Chipre y Bulgaria. El incumplimiento de esta obligación ciudadana es castigado con multas y en algún caso con penas menores de cárcel. Puede pensarse que esto distorsiona las cifras de participación. Pero, en realidad, la normativa tiene pocos efectos prácticos, por lo menos en los países mediterráneos, y mucho menos en Bulgaria, que es el segundo en porcentaje de abstenciones. En los occidentales se debe tener en cuenta un cierto sesgo en el comportamiento electoral y conviene advertirlo.

d)  ¿Efecto del COVID?

En sentido contrario, otro factor que, a priori, habría podido incidir negativamente en la participación electoral fue la pandemia. Sin embargo, he cotejado los resultados de los comicios celebrados durante la emergencia sanitaria con los anteriores y no hemos apreciado una tendencia general a la baja. Con una sola excepción, Rumania, donde la abstención aumentó casi ocho puntos. Pero esto debe atribuirse más al deterioro del sistema político que al efecto disuasivo del COVID-19

2.- DISPARIDAD PARTICIPATIVA POR REGIONES GEOPOLÍTICAS

Lo primero que salta a la vista en la revisión de los datos es la amplia brecha existente entre  e los países con mayor y menos participación.  Incluso si descartamos los dos primeros por la formal obligatoriedad del voto (Luxemburgo y Bélgica), el decalaje entre unos y otros es de unos cuarenta puntos porcentuales. A efectos puramente indicativos he extraído la media de votación en las elecciones más recientes en cada país objeto del estudio (considerando las presidenciales en Francia por lo antes expuesto). La cifra es 68,05%.

El otro elemento distinguible es la cercanía geográfica de los estados según sus niveles de participación.

OCC-ATLÁNTICA

NÓRDICA

MERIDIONAL

CENTRO-ORIENTAL


De los doce países que superaron la media europea de participación en las elecciones más recientes, seis pertenecen a la zona occidental-atlántica, cinco a la nórdica (es decir, todos ellos), sólo uno a la meridional (Malta) y otros dos a la centro-oriental (Eslovenia y Hungría). 

Pero si subimos el listón apenas un punto por encima del 70%, todos los estados que lo superaron correspondían a las zonas occidental-atlántica o nórdica. Se mantiene, obviamente la excepción de Malta, un país muy pequeño, con una población inferior a  400.000 habitantes (como cualquier barrio populoso de una gran ciudad europea) y un sistema electoral que prima el bipartidismo. La alta participación es habitual en las entidades políticas pequeñas.

Por el contrario, los 17 países con participación igual o menor al 71% se ubican en las otras dos zonas diferenciadas: centro-oriental y meridional.

Esta selección geográfica se observa también si introducimos en el análisis la evolución electoral desde 1990.

Resulta muy relevante la pronunciada caída de la participación en los  países centro-orientales. Repartimos este bloque de países en tres gráficos para una mayor claridad expositiva.



El entusiasmo político tras el derrumbamiento de los regímenes comunistas, expresado en índices de participación superiores al 80% en los primeros años de democracia, se ha extinguido. La media del periodo no llega al 63% y la de las elecciones más recientes ni siquiera alcanza la mitad del electorado. Tres décadas después de su incorporación al orden liberal, no parece que sus ciudadanos se hayan sentido satisfechos con la democracia electoral.

Este mismo comportamiento a la baja se observa en los países meridionales. Con la salvedad de la mencionada excepcionalidad maltesa, desde los primeros años noventa el declive ha sido enorme: 27 puntos en Chipre, 24 en Italia, 20 en Grecia, 16 en Portugal (país éste que se encuentra ahora a la cola entre los europeos del sur) y 10 en España. 

En contraste, la participación se mantenido en un nivel por lo general estable y elevado en los países nórdicos. Ha descendido muy ligeramente en Suecia y algo más en Islandia, país que sufrió, junto con Grecia,  el episodio más pavoroso de la crisis financiera de la pasada década en Europa. En cambio, en los otros tres países (Dinamarca, Finlandia y Noruega) la participación se ha incrementado a lo largo de este periodo.


En los países occidentales, la participación se ha mantenido en niveles un poco por debajo de la media nórdica, pero, en todo caso,  ha sido estable y elevada, por encima del 75%. Francia no llega por poco a este nivel en las presidenciales y sufre un descenso muy pronunciado en las legislativas. Los guarismos han sido algo menores en los países anglosajones, ligeramente en Irlanda (2,5 puntos) y más notable en el Reino Unido, con una pérdida de 10 puntos.

3. POSIBLES CAUSAS DE LA PARTICIPACIÓN/ABSTENCIÓN

Hay muchas investigaciones, trabajos y también especulaciones y manipulaciones interesadas sobre las razones que impulsan a votar o a no hacerlo. Recomiendo los trabajos del Instituto IDEA, de Estocolmo, que hace una siguiente muy pormenorizado de los comportamientos electorales en todo el mundo (https://www.idea.int).

IDEA apunta 16 factores que pueden influir en la participación, agrupados en cuatro bloques:

- socio-económicos (dimensión demográfica, estabilidad poblacional, desarrollo económico).

- políticos (incertidumbre sobre el resultado electoral, percepción sobre las consecuencias de las elecciones, intensidad de las campañas, fragmentación políca)

- institucionales (sistema electoral, obligatoridad o no del voto, concurrencia de elecciones, facilidades o dificultades para votar, complejidad de los procedimientos electorales).

- individuales (edad, educación, interés político, conciencia cívica).

Para este trabajo, he seleccionado tres indicadores que pueden ser relativamente medibles y que, en algún caso, combinan los factores propuestos por IDEA. Son los siguientes: salud democrática, potencial económico relativo de cada país y desarrollo social.

a) La salud democrática

Como fundamento de la fortaleza del sistema democrático formal, los defensores del Estado liberal citan la solidez de las instituciones, unas reglas claras de gobernanza, niveles bajos de corrupción y el respeto sostenido a las reglas del Estado de derecho. Uno de los índices más empleados para medir estas conductas es el elaborado por Transparencia Internacional. Ciertamente, esta clasificación presenta una imagen pareja al de la participación electoral.

Dinamarca y los países escandinavos figuran en cabeza, seguidos por los occidentales-atlánticos, incluyendo también a Irlanda, donde, en cambio, se vota un poco menos que en los otros países de su zona.

En el sentido contrario, los países mediterráneos y centro-orientales presentan índices más bajos de transparencia, en coincidencia con sus tasas de participación electoral más pobres. Resalta el dato de la Hungría del ultranacionalista Orbán, cuya negativa calificación en transparecia empeora notablemente su resultado en participación electoral.

Hay dos casos disonantes. El primero es muy llamativo. Estonia presenta un índice de transparencia muy alto en relación al de participación electoral. Su reducida dimensión territorial (45.000 km2) y su escasa población (1,3 millones) sólo explican en parte su especificidad. El segundo vuelve a ser Malta, que se encuentra en el quinto puesto por la cola pese a su alta participación, lo que se refuerza su excepcionalidad.

b) El nivel económico

En mi percepción, los factores que determinan de manera más decisiva el nivel de participación son los de índole económica y social.  Observamos, en efecto, que, por lo general, los subgrupos establecidos por el criterio geográfico se consolidan y refuerzan bajo este otro ángulo de consideración.


Los países con el PIB más alto son los que encabezan la lista de participación electoral, y todos ellos pertenecen a las áreas occidental-atlántica y nórdica. Por el contrario, los que se encuentran en la mitad más baja de desarrollo económico son los que votan menos, con la reiterada salvedad de Malta.

c) El desarrollo social

Esa tendencia se confirma si ponemos el foco en la estructuras sociales. He acudido, por su alta aceptación como referencia de análisis internacional, al Índice de desarrollo humano (IDH), elaborado por la ONU. 


Los países que tienen el IDH más elevado son los occidentales-atlánticos y nórdicos, que son los que soportan una abstención menor. Se da la circunstancia, seguramente no por casualidad, que los dos países de la zona centro-oriental y meridional con mayor porcentaje de votación ciudadana (Eslovenia y Malta) son los que presentan el IDH más alto en sus zonas respectivas.

Aquí es necesario resaltar dos desviaciones con respecto a la participación electoral. Suiza acredita el IDH más alto del mundo, pese a su pronunciada abstención electoral. Y el Reino Unido, que supera a Eslovania y Malta en desarrollo humano, va por detrás de ellos en participación electoral.

No obstante, otros índices referenciales modifican un poco esta fojo fija del desarrollo social en Europa. En concreto, me refiero al índice de pobreza y riesgo de exclusión social que acaba de actualizar la Unión Europea, de ahí que sólo incluya a los países miembros.


La escala está compuesta en sentido contrario al de los gráficos anteriores. Observamos que, contrariamente al IDH, los países con peores resultados no son los mismos que tiene una baja participación electoral, salvo Rumania y Bulgaria. España o Grecia figuran aquí en los puestos peores y mejora en cambio la posición de Portugal y Chipre. También llama la atención los casos de Francia y Alemania (en posiciones medio-bajas) o, en sentido contrario, de los países centroeuropeos, que ocupan el tramo de menor riesgo de exclusión. Esto sn duda se debe al efecto de la inmigración. Las poblaciones inmigrantes son las que  padecen el mayor riesgo de exclusión y se trata de un colectivo que, en su mayor parte, no tiene derecho a voto; por tanto, no incrementa el índice de abstención.

4. BENEFICIARIOS DE LA PARTICIPACIÓN

Se tiene por cierto que un grado bajo de participación, o alto de abstención, favorece, por lo general, a los partidos del espectro de centro-derecha. Esta consideración se apoya en el carácter por lo general más crítico e inconformista del electorado de izquierda. Desde los sectores conservadores y liberales se combate ésta y otras manifestaciones tradicionales de la izquierda, como parte de la “guerra cultural” entablada en la arena política.

Para fundamentar mejor el debate, tendríamos que repasar los datos de las últimas elecciones celebradas en cada país.

En los países que registraron una participación por encima de la media (68,05%) en las eleciones más recientes las opciónes políticas más votadas fueron las siguientes:

-          Socialdemócrata: 6 (Bélgica, Malta, Suecia, Alemania, Finlandia y Dinamarca)

-          Liberal: 2 (Luxemburgo y presidenciales de Francia)

-          Conservadora: 1 (Países Bajos).

-          Nacionalistas conservadores o identitarios: 1 (Hungría).

A medida que se desciende en la participación aumenta el número de opciones políticas de centro derecha o extrema derecha más votadas. De hecho, por debajo de la media sólo se votó en primer lugar a los socialistas en Portugal y a los nacionalistas de izquierda (Sinn Feinn) en Irlanda. En el resto ganaron partidos conservadores (5), nacionalistas conservadores o identitarios (2) o liberales (1).

En cambio, si tomamos como referencia el índice medio en todo el periodo estudiado comprobamos que no siempre ha ganado el centro-izquierda en las citas  con mayor participación. Por el contrario, los partidos del centro derecha se han impuesto en doce ocasiones, los socialdemócratas en seis, los liberales en cinco y los nacionalistas conservadores en dos. Incluso los ahora desaparecidos partidos comunistas triunfaron a primeros de los noventa con elevadísimos índices de participación.







BERLUSCONI, TRUMP Y JOHNSON: TRES DESTINOS POPULISTAS

14 de junio de 2023

Silvio Berlusconi, Donald Trump y Boris Johnson han sido noticia estos últimos días. El primero, por su fallecimiento, tras una larga y controvertida vida personal y política; el segundo, por un nuevo procesamiento judicial, quizás el más peligroso de todos para él; y el tercero, porque un comité de su propio partido le ha cerrado la puerta del regreso al primer plano de la política al menos a corto plazo.

Los tres serán recordados como estandartes del populismo político, una corriente conservadora (fundamental pero no exclusivamente), que sirvió (¿sirve?) para ofrecer una alternativa ganadora a la debilitada oferta de la derecha conservadora tradicional e incluso, aunque en menor medida, al liberalismo centrista y a una socialdemocracia en crisis de identidad.  

Por supuesto, hay diferencias entre ellos, pero los tres han sido “seductores de masas”: capaces de arrastrar a millones de votantes sin necesidad de que estos confiaran del todo en su palabras o en sus actos, y sin importar la credibilidad de sus propuestas políticas. Berlusconi y Trump han tenido vidas privadas marcadas por el escándalo y un machismo mujeriego exacerbado y hasta exhibicionista. Johnson ha sido un poco más discreto, pero difícilmente puede ser considerado un adalid de esa decencia exigible en su base conservadora. Sus excesos incluso en los tiempos de pandemia lo han terminado condenando al ostracismo en que ahora se encuentra.

Johnson ha sido el más articulado, el más formado y el de mejor cuna social (nacido en la élite) y política (ascendió como un barón tory más). Trump y Berlusconi, por el contrario, no surgieron de una organización política preexistente, sino de la nada política. Más tarde, el norteamericano colonizó al Partido Republicano, hasta transformarlo, desfigurarlo y, dicen algunos, colocarlo en la rampa de destrucción. El italiano, en cambio, ignoró al gran partido de la posguerra, la Democracia Cristiana, a la que consideraba corrupta, ineficaz y acabada. Construyó algo nuevo, con los rasgos más populistas que se podían imaginar: ¡Forza Italia! era el grito de ánimo de los tifossi futboleros. Mantuvo la marca durante 30 años, aunque su declive parece haber tocado fondo: de ser la fuerza dominante en la coalición de las derechas ha pasado a ser la más débil, por detrás de los Fratelli y la Lega, con apenas un  20% de los diputados de las tres formaciones.

Cada cual ha sido producto de su tiempo, como cualquier líder político. Pero los tres han sido también game-changers, es decir, agentes de cambio del momento que les ha tocado vivir. Trump ha puesto patas arriba el sistema político de su país, ha modificado los equilibrios del bipartidismo, ha alterado los resortes del electorado conservador y, junto a todo ello, ha dejado  evidencia las grandes farsas de la democracia americana.

Berlusconi liquidó el sistema de la I República, que se basaba en un juego mayor binario entre la DC (clave del Gobierno) y el PCI (permanente oposición) y otro menor consistente en la selección flexible de acompañantes (socialistas, socialdemócratas, liberales y republicanos) del partido hegemónico. Il Cavaliere destruyó la alquimia de ese pentapartito del Centro-derecha con una nueva cultura política ... o más bien sin cultura política alguna: como un subproducto del show-business aplicado a la gestión pública. Berlusconi quiso construir su partido a semejanza de una empresa, pero no de cualquiera, sino de las suyas, bajo la aceitosa premisa del éxito.

Trump no llegó a tanto. Carece del talento, la paciencia y el equipo de gestión que tenía el milanés. Los negocios de los dos son opacos, sospechosos y con seguridad fraudulentos, pero en distinta proporción y medida. Y ambos se han movido en entornos jurídico-políticos muy diferentes; capitalistas, por supuesto, pero con normas y experiencia diferentes. Comparten la habilidad, lubricada por no pocos medios pseudoinformativos (de su propiedad, en el caso del italiano; abducidos, en el caso del neoyorquino ), para bloquear las investigaciones judiciales,  condicionarlas, demorarlas, neutralizarlas o dejarlas sin efecto a medio y largo plazo. Ambos son o han sido pimpinelas scarlatas del circo político que han orquestado a su alrededor.

Johnson también sacudió el panorama político. Pero, contrariamente a sus semejantes, se apoyó en una base preexistente, no tanto para transformar sus normas, sino para utilizarlas en su beneficio particular. Ni siquiera la que para muchos es su obra capital, el Brexit, fue proyecto original suyo: simplemente, se apropió de él, le confirió un sesgo personal y, sobre todo, lo convirtió en un factor del cambio estratégico más decisivo del Reino Unido en 50 años.

Berlusconi es ya historia (o está camino de serlo). Ha sido obsequiado con un improcedente funeral de Estado. Los obituarios, como suele ser habitual, se antojan demasiado halagadores o justificadores de su fraudulenta carrera política. Nunca fué un hombre de Estado, sino un pillo que supo aprovecharse del cansancio, la fatiga, el descreimiento y el cinismo de un electorado de vuelta de todo. Pocos creen que Forza Italia sobreviva a la muerte de su creador.

Johnson pasa de nuevo al purgatorio (y no es la primera vez), castigado ahora por los suyos e ignorado por el propio Primer Ministro, a quien él otorgó en su día la influyente cartera del Exchequer, es decir, el control de las cuentas del Reino. Nada nuevo en el rugoso mundo tory. Alguien de mucha mayor estatura como Margaret Thatcher también sucumbió ante un aquelarre similar de aparentes traiciones, deslealtades y abandonos en la estacada.

Trump tiene más cerca su regreso a la primera línea, aunque está bajo el intenso fuego de las causas judiciales por fraude, evasión fiscal, manejo indebido de documentos públicos sensibles, obstrucción a la justicia, conspiración política y un largo etcétera. El recorrido de cada una de estas causas judiciales en curso es susceptible de convertirse en un show con réditos electorales evidentes, siempre que él sepa controlarlos, lo cual es mucho decir. La pléyade de rivales que se han amontonado en las últimas semanas para disputarle la nominación republicana no parecen de entidad suficiente. El peor enemigo de Trump es el mismo. Pero su mejor baza también es él, su capacidad para conectar con un segmento amplísimo de población insensible al discurso impostado de una élite política sobre la democracia y los valores.

Estos tres grandes tenores del populismo han servido de inspiración a figuras menores locales, de procedencias diferentes y estilos políticos similares. Conviene aclarar que no todos aquellos que merecen la calificación de populistas en los medios de comunicación son semejantes o asimilables. La confusión es frecuente.

Las principales divisas de este firmamento que se ubica a la derecha del mainstream político n Europa son las siguientes:

- la primacía nacional.

- un patriotismo más bien rancio.

- rechazo casi absoluto a la inmigración.

- concepción muy tradicional de la familia.

- intervenciones demagógicas en la economía liberal.

Sin embargo, les divide una disputa fundamental: las relaciones con Rusia. Dos grupos claros se perfilan:

1) Los identitarios, que han tenido una relación fluida y poco conflictiva con Putin. En este grupo del Parlamento europeo figuran la francesa Marine Le Pen, la Lega del italiano Salvini, los alemanes del AfD, los flamencos belgas del Vlaams Belang y los xenófobos finleses y daneses, entre otros. Trump se podría ubicar aquí, aunque sus formulaciones ideológicas no son sólidas.

2) Los nacionalistas conservadores, rotundamente antirrusos. Es el caso, sobre todo, de los ultranacionalistas de los antiguos países comunistas, con el PiS (Ley y Justicia) polaco a la cabeza (excepción hecha del húngaro Orbán, en buenas migas con Putin). Se agrupan aquí la NVA (otra facción flamenca), los ultras españoles de VOX, los ultraderechistas griegos, los xenófobos suecos y, más recientemente, los neofascistas pálidos de Giorgia Meloni. La convivencia de Johnson con ellos tampoco fue una elección suya: los tories se integraron en el grupo de Parlamento europeo que los reúne (llamado Europeos Conservadores y Reformistas) antes de que él llegara al liderazgo del partido.

Berlusconi, tan dúctil en la escena internacional como en los negocios, eludió la adscripción de Forza Italia a cualquiera de estas dos corrientes nacionalistas  y consiguió integrarse en el Grupo Popular Europeo, que nunca le hizo ascos. Como no se los hizo al FIDESZ de Víctor Orbán, hasta que no tuvo más remedio que incoarle un expediente de expulsión, que él dejó sin efecto al tomar la decisión de irse del grupo “voluntariamente”. Si Il Cavaliere no hubiera sido admitido en el GPE, se habría unido a los identitarios, más amables con Rusia.

Para dar una idea de la pujanza nacionalista en Europa, la rama ultraconservadora dispone de 66 eurodiputados y la identitaria de 62; en total, 125, frente a los 177 populares y 143 socialistas. Pero si sumamos los votos que ambas facciones han obtenido en las últimas elecciones nacionales celebradas en cada país miembro de la UE, nos encontramos con que las dos facciones nacionalistas suman el mayor número de sufragios (más de 48.700.000), casi 700.000 más que los partidos conservadores liberales o democristianos del PP europeo. Más lejos quedan los socialdemócratas, por encima de los 42,2 millones de votos.

 

KOSOVO Y SERBIA: DE LA GUERRA AL PUDRIMIENTO

7 de junio de 2023

Kosovo fue la última de la serie de guerras que destruyeron Yugoslavia. Más específicamente, fue el conflicto que condenó a Serbia como perdedor declarado de un proceso de destrucción sin precedentes hasta entonces en el continente desde 1945. La crisis del sistema unificador comunista tras la muerte de Tito coincidió con la parálisis terminal del sistema soviético (del que no formaba parte militar y políticamente). Nacionalismos combativos se impusieron a la democracia liberal como referente movilizador de unas poblaciones huérfanas de orientación y de liderazgo. Muchos de los dirigentes comunistas, pero también disidentes u opositores se convirtieron a al nacionalismo emergente.

Aunque la historiografía y el relato político occidentales tienden a señalar a los dirigentes serbios como los principales responsables de la tragedia, lo cierto es que los otros no fueron inocentes en la tragedia. La actuación del Ejército Federal a favor de los serbios (no en vano, la mayoría de la oficialidad era serbia) explica sólo en parte este análisis sesgado. La aparente superioridad militar serbia ayudó a crear un relato de victimismo en las otras minorías, que se filtró desde los medios y modificó una posición occidental inicialmente si no neutral sí más cautelosa.

En Kosovo, la percepción de la responsabilidad serbia era mayor, si acaso, puesto que no se trataba de una República, sino de una provincia de la propia Serbia, pero con una mayoría de población de origen albanés y de religión musulmana. En Kosovo empezaron a tejerse las confrontaciones étnicas, a comienzos de los 80, y en Kosovo quedó sellada la derrota serbia al tratar Milosevic de sofocar a sangre y fuego la revuelta armada albanesa, provocando los bombardeos de la OTAN y, consecuencia de ello, la caída posterior del régimen.

El apoyo occidental a la independencia de Kosovo nunca fue unánime (España es uno de los países que no ha reconocido el nuevo Estado) y no ha dejado de ser polémico en este cuarto de siglo que ha transcurrido desde el final de la guerra. La UCK, organización guerrillera que se opuso a Belgrado, cometió excesos y crímenes comparables, a su nivel, a los perpetrados por los serbios. Las precedentes guerras yugoslavos se replicaron en Kosovo, con todo su arsenal de manipulaciones, engaños, falsedades y simplificaciones.

En estos casi veinticinco años, Kosovo no ha tenido una vida fácil. Serbia nunca ha admitido la amputación de una parte de su territorio nacional, que es justamente la más sagrada, porque el imaginario colectivo lo considera como la cuna de la nación.

PULSO EN EL NORTE

La población serbia, mayoritaria en las provincias norteñas de Kosovo, decidió boicotear las elecciones municipales, harta de que la prometida autonomía pactada en 2013 siguiera sin llegar una década después. No obstante, las autoridades centrales continuaron adelante con el proceso electoral. La participación no alcanzó el 4%. A finales de mayo, los cinco ediles electos, todos ellos albanos-kosovares, aunque de distintos partidos, se apresuraron a tomar posesión de sus cargos, pero se encontraron con una masiva oposición de activistas serbios en las afueras del Ayuntamiento (1). Se desató una batalla campal, en la que salieron heridos una cuarentena de soldados de la fuerza de pacificación occidental (KFOR), cuando intentaban separar a los manifestantes de policía albano-kosovar, que se había empleado con brutalidad según la BBC (2).

Ante el alto riesgo de escalada, Macron, Scholz y Borrell presionaron a los líderes serbio y kosovar para que atajaran la crisis y a éstos últimos les instaron a que se repitieran las elecciones, en condiciones aceptables para los serbios. Pristina tardó poco en aceptar.

Washington fue más allá. El embajador Hovenier anunció la cancelación de la participación de Kosovo en unas próximas maniobras militares. Y no sólo eso: amenazó con “cesar todos los esfuerzos para ayudar a Kosovo a conseguir el reconocimiento de aquellos países que aún no lo han hecho y favorecer su integración en las organizaciones internacionales” (3). Pocas veces los norteamericanos se habían puesto tan duros con Prístina. Les irritó expresamente la falta de coordinación con la KFOR en la contención de las protestas serbias. La nueva firmeza de Estados Unidos responde a dos claves principales: una local y otra regional.

El actual primer ministro kosovar es Albin Kurtin, un histórico de la facción más a la izquierda de la disidencia albanesa. Es un dirigente tenaz y poco proclive a las componendas diplomáticas. En su época de activista se negó a salir de prisión cuando Belgrado decretó una amnistía, porque no reconocía la autoridad de sus carceleros convertidos a la clemencia. Luego, ganada la independencia, ejerció una oposición combativa contra la corrupción y la deriva autoritaria del Partido Democrático kosovar y otras formaciones herederas de la antigua guerrilla de la UCK. Los serbios consideran a Kurtin un enemigo implacable, pero su intransigencia puede resultar provechosa para Belgrado, como se ha visto en esta crisis, según un medio croata (4).

EL DOBLE JUEGO DE VUCIC

La clave regional tiene que ver con la situación de Serbia, el mayor aliado de Moscú en la región. Después de Milosevic, el país ha atravesado por años de enorme inestabilidad. Tras un breve periodo de orientación liberal occidentalista, se impuso un régimen neonacionalista. O dicho de otra forma, vástagos de Milosevic consiguieron recuperar un poder que nunca perdieron por completo. El actual presidente, Alexander Vucic, fue ministro de Comunicación en su último gobierno. El partido que lidera, denominado “progresista” (SNS), encadena mayorías absolutas abrumadoras. La propaganda y la manipulación permanentes le han servido para sortear la hostilidad occidental, amedrentar a la oposición liberal y someter a la débil izquierda.

En Kosovo, Vucic ha interpretado un papel nacionalista, pero sin excesos innecesarios. Con los suyos, ha desplegado un discurso reivindicativo y beligerante altamente efectivo (de hecho, el SNS es también mayoritario en los distritos serbo-kosovares), mientras con los europeos y americanos se ha mostrado dialogante y negociador.

Esta política de doble juego no es del todo ficticia. Vucic no es un nacionalista doctrinario, como no lo fue en su día Milosevic. Para él y sus adláteres, el nacionalismo es un instrumento de movilización y control. En el deterioro de las relaciones ruso-occidentales, Vucic ha sabido mantener un equilibrio razonable. Aspira a superar el informal veto de incorporación a la UE, pero sin renunciar a las privilegiadas relaciones económicas, energéticas y comerciales con Moscú, que tiene en Serbia a su principal aliado europeo con diferencia.

En el terreno doméstico, Vucic ha manejado su dominio político, institucional, social y mediático sin apenas apuros. Pero últimamente han empezado a acumularse problemas. Y, como suele ocurrir en los países de tendencia autoritaria, por donde menos se espera. Dos tiroteos mortales, protagonizados por individuos sin adscripción organizada y sin motivación política identificada, han generado un movimiento de protesta social sin precedentes. Estos dos luctuosos y aislados incidentes han liberado un malestar social que ha estado reprimido durante años. Una importante manifestación popular cogió desprevenido al poder. Vucic trató de reaccionar con un acto de réplica que resultó decepcionante para los suyos. La ciudadanía roza la rebeldía, pero es difícil que la oposición pueda debilitar seriamente a Vucic (5).

En Bosnia-Hercegovina, el líder de los serbios, Milorad Dodik, mantiene un política de abierto desafío hacia las autoridades centrales de Sarajevo. Amaga continuamente con la secesión y, en todo caso, toma decisiones que exceden su ámbito competencial, según la oficina tutelar europea. Dodik es un aliado estrecho de Putin y mantiene una relación fluida con Vucic, pero cada uno tiene sus agendas y las prioridades no siempre son las mismas. La guerra de Ucrania ha alterado las estrategias políticas de los dirigentes serbios en el Estado matriz y en sus territorios afines. Washington trata provocar una brecha entre Moscú y Belgrado y Kosovo puede ser una oportunidad para conseguirlo.

Esta última crisis es el reflejo del pudridero político en que se han convertido los Balcanes desde el final de las guerras yugoslavas. Los nacionalistas no ganaron las contiendas bélicas a sus adversarios de etnia o religión, pero consolidaron su control sobre sus respectivas poblaciones, en cooperación con las redes mafiosas tejidas durante la guerra y con otras posteriores, bajo la impotencia y/o la pasividad del tutelaje occidental.

 

NOTAS

(1) “Protesters, peacekeepers injured as violence erupts in Horth Kosovo”. BIRN (BALKAN INVESTIGATIVE REPORT NETWORK), 29 de mayo.

(2) https://www.bbc.com/news/world-europe-65748024

(3) “U.S. penalises Kosovo after unrest in Serb-majority North”. BIRN (BALKAN INVESTIGATIVE REPORT NETWORK), 30 de mayo; “Crisis en el Nord: les américains sont-ils en train de lâcher le Kosovo?”. COURRIER DES BALKANS, 31 de mayo.

(4) “La politique sangrenue d’Albin Kurti ne peut que nuire aux intérêts du Kosovo”. TOMISLAV KRANEC. VECERNJI LIST (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 3 de junio).

(5) “Serbie: un moi de révolte contre le violence, malgré la crisis au Kosovo”. COURRIER DES BALKANS, 3 de junio.

EL NACIONAL-POPULISMO CONTRAATACA

 

31 de  mayo de 2023

Con la derrota de Trump, a finales de 2020, la amenaza del nacional-populismo se creía contenida. El ataque de Rusia contra Ucrania, con todas las dificultades económicas e incertidumbres sobre la seguridad europea y mundial, reforzaba la percepción de que los amigos de Putin en Europa, es decir los nacionalistas populistas, tendrían más complicado vender sus propuestas. La ampliación de la OTAN fue impulsada y capitalizada por los partidarios del orden liberal, ya conservadores, ya socialdemócratas. Algunos vieron en la derrota de Marine Le Pen, en mayo de 2022, una primera confirmación de esa tendencia a la baja.

Fuera de Europa, se acababa la bochornosa experiencia de Bolsonaro en Brasil, pese al intento desesperado de sus partidarios de perturbar la toma de posesión de Lula, imitación burda del 6 de enero estadounidense. La contención de la crisis económica tras los primeros meses de pánico ante un posible shock energético y el avance de la agenda “reconstructora” de Biden, junto con los malos resultados cosechados por los republicanos trumpianos en las legislativas de medio mandato en Estados Unidos, parecían despejar esa amenaza. El estancamiento de la operación especial rusa en Ucrania era otro factor positivo para los analistas liberales.

UN RETROCESO SOLO APARENTE

Pero junto a estos síntomas “positivos” se sucedían otros de signo contrario que aconsejaban una evaluación más circunspecta. Los aprendices de Trump se podían haber estrellado, pero el maestro, pese al primero de los reveses judiciales, se afianzaba en sus aspiraciones de regresar a la Casa Blanca. Sus rivales conservadores (DeSantis, Haley, etc.) van por muy detrás de él en las encuestas, aunque falte mucho aún para la contienda presidencial. Mientras, los republicanos preparaban su enésimo secuestro del sistema político con la artificial e irresponsable crisis del “techo de deuda” (1), que ha hipotecado durante semanas las energías políticas, ya de por si limitadas, del presidente Biden. La entente cordial entre Moscú y Pekín ha compensado los los errores y las incompetencias del Kremlin y/o de las fuerzas armadas rusas en Ucrania.

En Europa, las sucesivas citas electorales iban desmintiendo las previsiones de derretimiento del entusiasmo nacional-populista. Por el contrario, la extrema derecha presentaba con fuerza sus credenciales en una zona que durante décadas les fue muy hostil: Escandinavia. La victoria insuficiente de los socialdemócratas en Suecia y Finlandia abría la puerta a gobiernos de coalición entre la derecha conservadora y los nacionalistas xenófobos.

En Italia, se consumaba el otoño pasado el regreso de la triada conservadora, pero en esta ocasión encabezada por la formación nominalmente más nacionalista, la heredera del fascismo: los Fratelli (Hermanos). Giorgia Melloni se convertía en la primera dirigente de extrema derecha que encabezaba un gobierno en Europa occidental desde la segunda mundial.

En los últimos meses, la percepción de que el nacional-populismo era un enfermo terminal con salud de hierro ha ido aumentando, hasta el punto de hacer que vuelvan a dispararse las alarmas de académicos y analistas liberales con invocaciones a reforzar las opciones de centro (2).

El triunfo de Nueva Democracia en Grecia (que se reforzará con la repetición electoral de junio) deba anotarse, aparentemente, en el haber de la derecha conservadora-liberal que representa el Partido Popular europeo. Pero Mitsotakis, pese a su aurea cosmopolita, su política económica liberal y su formación estadounidense, ha practicado una política migratoria similar a la que propugna la extrema derecha por doquier, ante la pasividad de sus socios europeos (3).

Un libreto parecido utilizó en su día Sarkozy, en Francia. En diciembre del año pasado, su partido, Les Républicains eligió a su nuevo líder. Éric Ciotti era el más extremista de los candidatos en liza. Poco se diferencia de Marine Le Pen y casi nada de Éric Zemmour, el propagandista xenófobo sin filiación política que fracasó en las últimas elecciones  presidenciales. Los problemas de Macron, debido a la aguda crisis social provocada por la crisis de la reforma del sistema de pensiones, han dado vuelos al mortecino partido histórico de la derecha, ahora en manos de su facción ultra.

En Alemania, las encuestas indican un auge de la formación xenófoba Alternativa por Alemania (AfD. Y en la Centroeuropa tan influida por las dinámicas germanas, el nacional-populismo tampoco cede. Sigue firme en Hungría y Chequia y puede revalidar su dominio en Polonia este próximo otoño, aunque el gobernante PiS (Ley y Justicia) esté reforzando sus actuaciones autocráticas con la excusa de la guerra de Ucrania (4). Este último caso constituye la gran excepción en lo que a Rusia se refiere. Los nacionalistas ultraconservadores polacos del PiS son los más fervientes enemigos de Moscú en Europa, por razones históricas bien conocidas, de ahí que solo hayan empatizado con los populistas derechistas ajenos a cualquier veleidad prorrusa.

ERDOGAN, ADALID DEL NACIONALISMO TRIUNFANTE

Los últimos resultados electorales en los dos extremos del Mediterráneo, España y Turquía, afirman la consolidación de esta tendencia. Erdogan ha ganado con una apuesta sin matices por el nacionalismo populista, en este caso compatible con una sintonía pragmática con el Kremlin. Al turco medio, y desde luego a los estratos más populares, les importa poco que su Presidente haga buenas migas con Putin, incluso a costa de irritar a sus formales aliados de la OTAN. Sólo los intereses de Turquía cuentan, y eso pasa por una política exterior autónoma, sin servilismos ni dependencias. Ese es el discurso de Erdogan, junto con otros resortes que le han funcionado bien en el pasado: la explotación falaz del peligro terrorista kurdo, la manipulación de las palancas económicas, la utilización abusiva de los instrumentos del Estado y otros trucos propios de los regímenes autoritarios. Nada le ha privado de conseguir en la segunda vuelta lo que le faltó en la primera: el respaldo de los sectores residuales extremistas con los que completar un electorado adicto a las maneras fuertes, a la autoridad suprema, a la ilusión de un país celoso de  no obedecer imposiciones de nadie.

Un analista turco liberal, Soner Cagaptay, residente en Estados Unidos, afirma que Erdogan ha asumido el “modelo del régimen autoritario de Putin”, y señala sus características principales: persecución de los oponentes políticos, control absoluto de los medios de comunicación, vaciamiento de las funciones reales de las instituciones, purga de los aparatos de poder, etc. En esta confluencia cada vez más cercana ha tenido mucho peso, según Cagaptay, la gratitud que Erdogan le profesa a su colega ruso por haber sido el único dirigente de peso mundial que le brindó su apoyo tras la intentona de golpe de estado militar en 2016 (5).

Que ambos países tengan intereses geoestratégicos a veces distintos no empece una cooperación en materia diplomática y de seguridad más que fructífera. Erdogan vende drones a Ucrania, pero no participa en el cerco económico contra Rusia y hace de mediador en el crucial asunto de la exportación de grano ucraniano. Donde Occidente ve contradicciones e incluso deslealtad, la mayoría de los turcos aprecia independencia, seguridad y firmeza. La oposición ha fracasado por una combinación de torpeza (lectura errónea de la popularidad de Erdogan) e impotencia (ejercicio asfixiante del poder). El aspirante Kilicdaroglu creyó que impregnando su discurso con un nacionalismo de ocasión e incorporando a su gran coalición a fuerzas extremistas recelosas del actual Presidente podía atraerse a un sector descontento por la crisis económica y los abusos autoritarios. No ha sido así. Una vez más, las copias funcionan peor que el original.

AYUSO, ENTRE EL CONSERVADURISMO Y EL NACIONAL-POPULISMO

El reciente resultado electoral español tiene perfiles propios, como todos, pero no es ajeno a esta tendencia de nuevo creciente del nacional-populismo. Y no sólo por el alza de VOX, tras un periodo en que parecía retroceder (como sus homólogos en el resto de Occidente).

Quizás la gran vencedora de las autonómicas haya sido Isabel Díaz Ayuso. A pesar de ser la líder en Madrid del Partido Popular (de línea conservadora-liberal en el tablero europeo, como el francés Ciotti), su estilo de gobierno, político y propagandístico se asemeja mucho al populismo derechista, aunque se cuide de no repetir los clichés xenófobos de VOX.

La relación con sus adversarios se asemeja a la que practica Trump, por sus registros directos, aparentemente desacomplejados, cargados de confrontación y sin la menor preocupación por la corrección política liberal. Como el expresidente hotelero, no tuvo empacho en agitar la sombra del pucherazo en los días previos a las elecciones, por si venían mal dadas.

La presidenta madrileña se asemeja a Giorgia Meloni en la repugnancia por las sutilezas ideológicas, pero su discurso es más astuto. Ayuso utiliza un lenguaje llano, a veces populachero, para hacer ver que no tiene miedo a pelear con la izquierda en terreno a priori adverso. Contra toda evidencia, defiende su gestión de los servicios públicos esenciales, que ha debilitado notablemente. Meloni ya lo está haciendo, sin demora (6).

Con Erdogan coincide en utilizar con descaro la inventada complicidad de sus rivales con los “terroristas y/o separatistas” (kurdos o vascos y catalanes, según el caso), para desacreditarlos. Son mensajes simplistas y falaces, que cuentan con la complacencia de la mayoría de los medios de comunicación, de ahí que resulten efectivos, en tiempos de tribulación y crisis, de exageradas amenazas internacionales y de ansiedades sociales derivadas de los efectos de la pandemia.

 

NOTAS

(1) “The unique absurdity of the U.S.’s looming debt default”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 24 de mayo.

(2) “Make the Center vital again. How to turn back the populist tide and build support for the liberal order”. PETER TRUBOWITZ y BRIAN BURGOON. FOREIGN AFFAIRS, 3 de mayo.

(3) “As Greece vote,  leader says blocking migrants built ‘Good will’ with Europe”. THE NEW YORK TIMES, 21 de mayo.

(4) “Poland’s government may seek to ban opponents from politics”. THE ECONOMIST, 30 de mayo.

(5) “Erdogan’s Russian victory”. SONER CAGAPTAY. FOREIGN AFFAIRS, 29 de mayo.

(6) “En Italie, Giorgia Meloni choisit le 1º May pour rogner les minima sociaux”. LE MONDE, 2 de mayo.


FUERZA ELECTORAL DEL NACIONAL-POPULISMO EN LA UNIÓN EUROPEA

EUROPA OCCIDENTAL

Alternativa por Alemania

Rasembl.
National y als.

 

Fratelli d’Italia

Lega Nord

Vox

Pº de la Libertad (Holanda)

NacionalistFlamencos (Bélgica)

Solución griega y Creación Nacional

Chega (Portugal)

12,64%

13,2%

25,99%

8,77%

15,09%

10,79%

28%

5,28%

7,18%

 

EUROPA CENTRAL Y ORIENTAL

Ley y Justicia (Polonia)

FIDESZ (Hungría)

PºDemCívico
Libertad y Dem.Directa (Chequia)

Libertad y Solidaridad / PºNacional / Ntra.Eslovaq

Revival /
Arriba Bulgaria!

Alianza Unión Rumanos

Unión Dem (Croacia) * y afines

Pº Demóc, esloveno * y afines

43,59%

53,29%

23,95%

12,35%

16,51%

9,08%

48,27%

25,03%

(*) Aunque está encuadrado en el PPE, es profundamente nacionalista.

 

EUROPA NÓRDICA  Y  PAÍSES BÁLTICOS

Demócratas suecos

Verdaderos finlandeses

Pº Pueblo danés

 

Pº Pop.Const (Estonia)

Alianza Nac. (Letonia)

Asoc.Polacos Orden y Justicia y otros

 

20,50%

20,10%

8,70%

 

16,05%

9,29%

5%

 

 


GRECIA: NAUFRAGIO EN ÍTACA

24 de mayo de 2023

Hace cincuenta años, Lluis Llach, músico y cantautor catalán, maduraba la creación más ambiciosa y brillante de su trayectoria artística, hasta entonces. Viatge a Itaca, obra del poeta griego por entonces ya  fallecido Konstantinos Kavafis, no era uno más de esos poemas a los que Llach, como tantos otros, había dado un nuevo  aliento de vida mediante su conversión en canciones de resistencia, lucha y esperanza de libertad. Viatge a Ítaca rompía las fronteras de la militancia política y social. Iba más allá del atrevimiento del mensaje combativo (como había sido L’Estaca, a finales de los sesenta). El valor original del poema musicado de Kavafis residía en la celebración de la utopía. La obra salió a la luz en 1974, año de convulsiones políticas y esperanzas renacidas en toda España. Y en Grecia, donde la “dictadura de los coroneles” se desfondaba tras su aventurera intervención en Chipre. En el país de Kavafis empezaba a despuntar el alba de libertad, que se extendería luego por todo el sur de Europa: primero, Portugal; luego, España.

Las nubes de la política real ensombrecieron pronto la utopía kavafiana en cualquiera de esos tres países. La democracia les llegó en uno de esos momentos de dificultades extremas (crisis del petróleo tras la guerra del Yom Kippur, agotamiento del modelo de nivelación social de la socialdemocracia europea e irrupción del neoconservadurismo revanchista anglosajón).

El modelo ultraliberal que ha dominado Europa (y Estados Unidos, su inspirador y motor) hasta finales de la primera década del presente siglo arrasó con todos los avances sociales de la segunda posguerra europea. Y Grecia, de nuevo Grecia, se convirtió en el epítome de esa masacre social y política. La ruina del país, propiciada por la mala gestión de los gobiernos del “consenso centrista” (PASOK y Nueva Democracia) y las recetas neoliberales subsiguientes, dinamitó la estructura política del país.

En 2012, en un panorama dantesco de quiebras, desempleo, pobreza y hambre, surgió una alternativa de izquierdas con ribetes utópicos, sin anclaje orgánico en las familias clásicas (socialistas o comunistas). SYRIZA inspiró un nuevo viaje a Ítaca, una singladura que debía ir “más allá de los árboles caídos que ahora nos aprisionan”, como había escrito Kavafis.

Ya se sabe cómo acabó aquella travesía griega de la esperanza renacida. Tsipras y Varufakis creyeron haber cegado a Polifemo, pero el monstruo de la gruta de la austeridad europea resultó tener más de un ojo y el “Dios del viento” no impulsó el barco de los utópicos, sino que lo desguazó con inclemencoa. Tsipras fue humillado en Bruselas. Y, cuando intentó presentar su claudicación como una tregua antes de seguir la travesía, muchos desengañados griegos le volvieron la espalda. En 2019 aún pudieron aguantar a pesar de perder las opciones de gobierno. Ahora, cuatro años después, se ha levantado acta del naufragio. En estos ocho años de tormentosa singladura, SYRIZA ha perdido la mitad de sus “guerreros fieles al pueblo”: de 145 diputados ha pasado a 71.

¿Qué ha ocurrido para que la utopía se haya disuelto en la amargura del fracaso?

EL DESENGAÑO DE SYRIZA

SYRIZA no ha encontrado la sabiduría que Kavafis loaba como la auténtica recompensa del viaje. El gran error de Tsipras y los suyos fue hacer creer que se podía derrotar al enemigo austericida sólo con gritar a las armas y remar con entusiasmo. No supo en su momento apreciar el valor de la paciencia, algo comprensible en parte, si se tiene en cuenta el apremio de la situación que heredaron. No ha aprendido lo suficiente de los errores o no ha construido  la manera de explicarle a los griegos que no estaba preparada para combatir contra dioses tan implacables.

El proyecto se ha ido debilitando y el ejército de combatientes ha ido menguando, víctima de la endémica enfermedad de la izquierda utópica europea: la división creada por el personalismo, disfrazado de exigencias ideológicas puristas. La SYRIZA fuerte y unida de 2012 se ha roto en tres. El grupo mayor, que conserva siglas y la mayor parte de dirigentes, ha logrado poco más del 20% de los votos, dieciséis puntos menos que en enero de 2015. La facción intelectual, crítica y provocadora de Varufakis (Mera’25) ni siquiera ha franqueado la barrera del 3% necesaria para obtener representación parlamentaria. La escisión Rumbo a la Libertad (nombre de claras resonancias kavafianas), supera a los anteriores en unas décimas, pero tampoco lo suficiente para acceder a la Asamblea. Esta desbandada de los navegantes utópicos debería servir de aviso a las formaciones españolas análogas, ante los desafíos electorales.

Otra lección del desastre ha sido la ruptura de puentes con el merecidamente denostado PASOK, ahora en otro trabajoso viaje de reconstrucción/regeneración, que le ha valido un empuje electoral de 4 puntos (hasta el 11%), insuficiente para mejorar sus opciones negociadoras.

LA ENGAÑOSA GESTIÓN DE MITSOTAKIS

Lo más lacerante del desfondamiento de SYRIZA es que su adversario conservador llegaba muy ensuciado al combate electoral. El gobierno de Kyriakos Mitsotakis arrastraba una cadena de escándalos que ilustraban la pobre salud democrática del país. Las escuchas telefónicas de periodistas, empresarios e incluso del líder socialista Nikos  Androulakis, orquestadas desde los servicios secretos a través de una empresa informática en la que tenía participación el sobrino del primer ministro, desnudaron la hipocresía de la retórica liberal (1). Todo ello acompañado de un control cada vez más estrecho de los medios y de una reforzada vigilancia policial (2).

Más sangrante había sido el accidente ferroviario de febrero (57 muertos), que sacó a flote el deterioro criminal de las infraestructuras griegas tras la prolongada austeridad y el recorte de la inversión pública (3), considerado en su día como puro gasto para Bruselas y los gobiernos griegos sumisos. El actual jefe del gobierno ha tratado de compensar esas políticas con medidas que pudieran tener rédito electoral inmediato, pero siempre con la óptica de estimular fiscal y financieramente a los negocios (4).

Mitsotakis, de cuna rica y experimentada en las artimañas del poder, ha demostrado conocer mucho mejor los trucos de las democracias para presentar ciertos datos económicos como artículos de fé en la lucha por la supervivencia política (5). En 2022, tras el final declarado de la pandemia, el crecimiento económico se ha cifrado en el 5,2%, a costa del desempleo más alto de Europa (11%, pero un 24% entre los jóvenes) y una agudización de la desigualdad, con más de la cuarta parte de la población en situación de pobreza y un claro riesgo de exclusión (6).

Atención aparte merece la regresiva política migratoria, que se ha ejercido sin complejos y con la complacencia de Europa (7). La denegación de auxilio a barcos en dificultades han provocado una oleada de indignación entre las organizaciones humanitarias (8). El número de víctimas mortales en la ruta del Mediterráneo central ya ha batido los récords de años anteriores, y aún no estamos en verano, la estación que registra los mayores flujos migratorios.

Nada de esto, que apela a la condición humana más noble, ha importado demasiado. Quienes desprecian la utopía como alimento de la inestabilidad y acreditan sus prestigiosos títulos académicos como garantía de eficacia han ganado la partida en Grecia. Una vieja epidemia se extiende de nuevo por el país: la desmemoria. Que lleva como corolario la apatía: un 40% de los griegos ni siquiera ha ido a las urnas.

Pero el esfuerzo de Mitsotakis no ha concluido. Como le falta un puñado de diputados para la mayoría absoluta, utilizará el mecanismo de reforma de la ley electoral para forzar otros comicios en verano. Pretende aprovechar el naufragio de SYRIZA para hacerse con todo el botín político. Ni siquiera esas decenas de miles de jóvenes mayores de 16 años que pueden votar este año evitarán la catástrofe de la izquierda utópica. Ítaca está aún más lejos.

 

NOTAS

(1) “European Parliament report condemns spyware abuses in Greece”. BALKAN INVESTIGATIVE NEWS REPORT, 9 de mayo.

(2) “Greece’s prime minister wins an election but lacks a majority”. THE ECONOMIST, 21 de mayo.

(3) “Vent de colère après la catastrophe ferroviaire”. COURRIER DES BALKANS, 6 de marzo.

(4) “An election won’t end Greece’s troubles”. AKIS GEORGAKELLOS y HARRIS MYLONAS. FOREIGN POLICY, 19 de mayo.

(5) “Le premier ministre Kyriakos Mitsotakis sollicite un second mandat pour dejouer ‘l’instabilité’”. LE MONDE, 21 de mayo.

(6) “En Grèce, des élections legislatives, sur lesquelle plane le spectre de l’impasse politique” (resumen de prensa griega). COURRIER INTERNATIONAL, 21 de mayo.

(7)  “As Greece votes, leader says blocking migrants built ‘good will’ with Europe”. THE NEW YORK TIMES, 21 de mayo.

(8) “EU asks Greece to investigate video showing migrants abandoned at sea”. THE NEW YORK TIMES, 22 de mayo;