Ante las elecciones en España, mirada a Europa (2). EL ANCLAJE EUROPEO DEL PACTO DE LAS DERECHAS EN ESPAÑA

28 de junio de 2023 

A un mes escaso de las elecciones generales anticipadas en España, crece la impresión de que el PP necesitará un acuerdo con VOX para conseguir mayoría parlamentaria y regresar el gobierno. Los recientes comicios autonómicos, y el celebrado previamente en Andalucía, han indicado el camino. Lo que queda por dilucidar es hasta dónde llegará esa colaboración.

Europa ofrece ejemplos de todo tipo y condición. Como en el análisis anterior sobre la participación/abstención, no me limitaré a los estados de la UE, ya que la integración económica y las responsabilidades compartidas en política exterior y de seguridad aconsejan fijarse también en las realidades de países como el Reino Unido, Suiza, Noruega o Islandia. Quedan fuera, por las razones ya expuestas en el trabajo anterior, los países balcánicos y los exsoviéticos.

El examen político de estos 31 estados ofrece una tipología de cooperación entre los partidos de derecha (conservadores liberales, liberal-conservadores o democristianos conservadores, todos ellos autoproclamados de centro-derecha) y los de extrema derecha (que deben ser identificados ideológicamente como nacionalistas ultraconservadores y/o identitarios, ajenos al discurso liberal).

He elaborado unos cuadros sinópticos que ofrecen una foto fija de las combinaciones políticas en las que intervienen los partenaires del PP y de VOX en la UE (afiliados o cercanos al Partido Popular Europeo y, en su caso al Grupo Popular del Parlamento de Estrasburgo) y  en los otros países considerados.

1. Gobiernos monocolor de los partidos afiliados al PPE.

1. GOBIERNO CONSERVADOR MONOCOLOR

PAÍS

PARTIDO

GRUPO Pº EURO

 

 

GRECIA





 

 

 

Nueva Democracia

Popular

 

 


En la actualidad, sólo ocurre en Grecia. El partido Nueva Democracia, liderado por Kiriakos Mitsotakis, acaba de renovar el éxito obtenido en mayo, ahora por mayoría absoluta, no debido a un incremento de sus votos, sino a los 50 escaños adicionales con que el sistema electoral prima a los ganadores.

Mitsotakis no necesita, por tanto, a la ultraderecha, que, en todo caso, se encuentra en la situación más fuerte desde el fin de la dictadura de los coroneles, hace cincuenta años. Tres partidos extremistas han conseguido un millón de votos y 35 escaños: Espartanos (13), Solución griega (12), Victoria (10). Las tres representantes corrientes diferentes del universo ultra. Espartanos es el heredero del movimiento neonazi Amanecer Dorado, que en las elecciones de enero de 2015, en plena crisis financiera llegó a conseguir 17 diputados. El fundador de Espartanos, Vasilis Stigkas,  ha mostrado en reiteradas ocasiones su simpatía por Amanecer Dorado. Uno de los antiguos portavoces  de esa formación neonazi, Ilias Kasidiaris, expresó su apoyo explícito a Espartanos, después de que su nuevo partido ultra, el Nacional de los Griegos, no fue autorizado a concurrir en las elecciones de este año. 

Solución griega es la opción nacionalista extrema que conecta con LAOS, ANE y otras formaciones. Y, finalmente, NIKH (Victoria) representa  los valores ortodoxos integristas.

Alguien puede echar de menos aquí a los tories británicos, que también gobiernan en solitario. Sin embargo, como ahora veremos, los situó, con matices, en el grupo siguiente.

 

2. Gobiernos monocolor de los partidos nacionalistas conservadores, homologables a VOX, reunidos en el grupo parlamentario europeo ECR (Conservadores y reformistas europeos)


2. GOBIERNOS NACIONALISTAS CONSERVADORES MONOCOLORES

PAÍS

PARTIDO

GRUPO Pº EURO

PARTIDO SATÉLITE

GRUPO Pº EURO

HUNGRÍA



NO INSCRITOS

 



NO INSCRITOS

 

 

Alª Jóvenes húngaros

En el PPE hasta 2021

 Pº DC Nac

En el PPE hasta 2021

POLONIA










 

Ley y Justicia

Conservad. y Reform.

Acuerdo|Solidaridad

Conservad. y Reform.


A día de hoy, en dos estados de la UE gobiernan en solitario partidos que llevan a cabo llevan a cabo políticas radicales o extremas de derecha: el PiS (Ley y Justicia), en Polonia,  el FIDESZ (Alianza de Jóvenes húngaros), en Hungría. Fuera de la UE, tenemos al mencionado Partido Conservador del Reino Unido.

El PiS es por número de votos (6,5 millones, en 2019) y por su condición hegemónica en su país casi indiscutible (casi el 45% de los votos, si tenemos en cuenta a sus dos partidos satélites ), el principal partido de la ultraderecha europea. La derecha conservadora moderada (Plataforma Cívica y el Partido Campesino, ambos adscritos al PPE) y los divididos y débiles liberales de Moderna Polonia, Iniciativa polaca y Unión Democrática Europea han hechos esfuerzos para  para acabar con el “reinado” de Kaczynsky, pero nunca han sido capaces de forjar una coalición exitosa. La xenofobia, el recelo ante cualquier limitación de soberanía que implica el avance del proyecto europeo y un feroz sentimiento antirruso colocan al PiS y sus satélites en una esquina sombría de Europa.

En Hungría tienen a su mejor aliado de la UE. Victor Orbán ha recorrido una larga travesía hacia la extrema derecha, desde sus iniciales posiciones liberales progresistas, en los estertores del régimen comunista. El FIDESZ (Alianza de Jóvenes húngaros por la Libertad) ha residido en casi todos los campamentos políticos de la derecha al centro europeos. En las últimas elecciones, toda la oposición presentó un frente unidos, pero Orbán se sirvió de los medios y del resto de palancas institucionales para mantenerse en el poder. Compañero de viaje de los liberales hasta finales de los noventa, luego fue acogido en el PPE, a pesar de que ya apuntaba modos autoritarios. La obsesión por no perder el liderazgo hizo que los conservadores liberales europeo aguantaran los ataques a la libertad, el Estado de Derecho, la independencia judicial, la libertad de información y otros atentados al orden liberal. Hasta que, en 2021, minutos antes de ser expulsado, Orbán decidió abandonar el Grupo Popular y pasar a ese cajón de sastre de los No adscritos. Por su buena relación con Moscú, tenía difícil acomodo en el ECR, liderado por polacos desde el abandono británico, y recientemente por los italianos de Meloni. Podría haber encajado en el Grupo Identidad y Democracia, con Le Pen, Salvini y los alemanes, pero el líder húngaro se ha tomado su tiempo y madura su estrategia. La convivencia con FIDESZ durante más de veinte años es uno de los asuntos más embarazosos para los partidos del PPE.

2b. El caso híbrido del Reino Unido

REINO UNIDO



NO PERTENECE

A LA UE



NO PERTENECE

A LA UE

 

Pº Conservador

Antes del Brexit estuvo en ECR 

Pº Unionista Democ.

 


A muchos puede sorprender el encaje matizado en este grupo del Partido Conservador británico. Sin embargo, su deriva política de los últimos años hacia un nacionalismo exacerbado y sus alianzas políticas continentales así lo indican. Esta formación, antes de ejecutarse el Brexit, ya no estaba alineado con el PPE en el Parlamento de los 28 de entonces, sino con el ECR. Los tories no se sentían cómodos con el europeísmo de los partidos de la derecha liberal-conservadora y los democristianos. En cambio, compartían la visión de los ultraconservadores gobernantes polacos y húngaros, recelosos del poder de Bruselas y partidarios de afianzar la preeminencia nacional en el proceso de construcción europea. De ahí que tenga sentido establecer una excepción con el Partido Conservador británico.

 

3. Gobiernos de coalición entre la derecha y la ultraderecha, en los que los adscritos o afines al PPE son el socio mayor y los nacionalistas conservadores y/o identitarios son el socio menor o subsidiario. Se dan dos casos en estos momentos: Croacia y Letonia

3. GOBIERNOS DE COALICIÓN COMO SOCIO MAYOR, CON NACIONALISTAS

PAÍS

SOCIO MAYOR

GRUPO Pº EURO

SOCIO MENOR NAC.

GRUPO Pº EURO

LETONIA









 

Nueva Unidad

Popular

Alianza Nacional

Conserv. Reform.

CROACIA







SIN REPRESENT.

 

 

Unión Demóc.Croacia

Popular

Pº Popular serbio

 


El caso croata merece comentario. El partido gobernante, la Unión Demócrata Croata (HDZ), es el mismo que condujo el país a la independencia, con posiciones nacionalistas tan extremas como la de sus homólogos serbios, y el que alentó la destrucción de Bosnia-Hercegovina para favorecer la partición de la República y agrandar el territorio nacional con los territorios de mayoría croata. En los últimos treinta años no se ha alejado de ese nacionalismo radical y excluyente, aunque su discurso formal se haya atenuado un tanto, entre otras cosas para acceder a los fondos europeos y hacerse presentable a sus pares del Partido Popular europeo, en cuyo Grupo parlamentario está integrado. Las credenciales cristianas (en su caso, católicas) han servido también de justificación para la normalización de los nacionalistas croatas. Pero su confesionalismo es más asimilable al de los polacos del PiS que a los alemanes de la CDU.

En cuanto a Letonia, la formación hegemónica, Vienotiba (Nueva Unidad) comulga con los principios fundamentales del PPE, pero nunca le ha hecho ascos a colaborar, incluso en el gobierno, con la ultraderecha nacionalista, donde todavía perduran las influencias nazis.

 

4. Gobiernos de coalición entre la derecha y la ultraderecha, pero con la relación de fuerzas invertida, es decir, con los nacionalistas conservadores y/o identitarios detentando la jefatura del ejecutivo y/o la mayoría de los ministerios, mientras los partidos conservadores-liberales o democristianos mantienen posiciones secundarias. Esta situación se da en dos estados: Italia y Chequia.


4. GOBIERNOS DE COALICIÓN COMO SOCIO MENOR, CON NACIONALISTAS

PAÍS

PARTIDO PRINCIPAL

GRUPO Pº EURO

SEGUNDO PARTIDO

GRUPO Pº EURO

SOCIO MENOR

SOCIO MENOR

GRUPO Pº EURO

ITALIA















 

Fratelli d'Italia

Conserv.Reform

Lega

Identidad y Democ.

Forza Italia

Noi Moderati

Popular

CHEQUIA



 


 






 

Pº Cívico Democrático

Conserv.Reform.

 

Democracia Cristiana 

Top 09


Popular

Italia es el paradigma del auge ultranacionalista y xenófobo en Europa. En la coalición tripartita que domina el país desde el naufragio del centro izquierda y el escaso fuelle de las soluciones tecnocráticas, cohabitan tres partidos. Hasta la crisis financiera, el que llevaba la voz cantante era Forza Italia, una formación más populista que doctrinaria. Hubiera encajado bien con los tories de la reciente época de Johnson, pero previamente los alemanes y los españoles convencieron a Berlusconi de que se integrara en el PP europeo, que perseguía la hegemonía en la Eurocámara, a costa de rebajar lo que hiciera falta las exigencias ideológicas.

Los otros dos partidos italianos militan en las dos familias del nacionalismo conservador, encuadradas en dos grupos europarlamentarios diferentes. Los Fratelli d’Italia se alinean con los polacos del PiS, ultracatólicos y, sobre todo, antirrusos. El partido de Giorgia Meloni, mientras fue el socio menor de la triada conservadora italiana, daba rienda suelta a su xenofobia y se permitía ciertas aproximaciones a Moscú. Pero desde que ascendiera a la posición dominante del trío y ocupara la jefatura del gobierno, los Fratelli se han desprendido del equipaje retórico, más molesto. La invasión rusa de Ucrania ha diluido cualquier veleidad prorrusa.

Por el contrario, la Lega decidió asociarse con la dirigente nacionalista francesa, Marine Le Pen, cuyas relaciones con el Kremlin provocaron una controversia aún no resuelta por completo. Ambos son las cabezas del otro eurogrupo en la Eurocámara: Identidad y Democracia. Su nombre lo dice casi todo. El nacionalismo identitario que defienden y representan ha reforzado las tendencias xenófobas en Europa. Son dirigentes que pertenecen a dos de los cuatro países más importantes del continente. Aunque no han conseguido conquistar la jefatura de sus respectivos ejecutivos, han condicionado las políticas de los partidos centristas en materia migratoria. El líder leguista, Mario Salvini, alcanzó su cenit de poder en 2018, al hacerse con la cartera de Interior y pilotar la política antinmigración, en un gobierno contra natura con los populistas del Movimiento 5 estrellas, quienes han ido evolucionando hacia posiciones liberales.

El PP europeo da por perdido al grupo Identidad y Democracia, donde se integran también los xenófobos alemanes de Alternativa por Alemania (AfD), pero de cara a las elecciones del año próximo no renuncia a un pacto con los Fratelli de Giorgia Melonia, y más después de la muerte de Berlusconi, una de cuyas consecuencias podría ser la desaparición de Forza Italia.  De no conseguirlo, el PPE se quedaría sin un socio en el tercer país de la UE.

En cuanto a Chequia, la derecha se ha venido agrupando desde todos sus ángulos: el liberal-conservador, el nacionalista y el populista, tanto en su vertiente empresarial como ciudadana. El factor personal ha tenido un peso determinante en la vida de estas formaciones, que huyen de las denominaciones clásicas. Domina ligeramente ahora el ODS, fundado por el que fuera primer ministro en los noventa, Vaclav Klaus, admirador entusiasta de Thatcher. A lo largo de los años, se ha mantenido próximo a los tories en los equilibrios europeos. Se le puede considerar como el más liberal de todos los que se reúnen en el grupo ECR del Parlamento de Estrasburgo

5. Gobiernos de coalición de partidos de la derecha conservadora-liberal con partidos ultranacionalistas, pero también con la presencia de centristas (liberales progresistas o reformistas) o de centro-izquierda (socialdemócratas y ecologistas). Este caso tiene lugar en Finlandia, Lituania y, fuera de la UE, en Suiza.

5. GOBIERNOS DE COALICIÓN CON NACIONALISTAS Y LIBERALES

PAÍS

PARTIDO PRINCIPAL

SEGUNDO PARTIDO

GRUPO Pº EURO

SOCIO NACIONALISTA

GRUPO Pº EURO

SOCIOS LIBERAL

GRUPO Pº EURO

FINLANDIA















 

Coalición Nacional

Democr. Cristiana

Popular

Verdaderos finlandeses

Identidad y Democr.

  Popular Sueco

Renovar Europa

 

LITUANIA
















 

Unión Patriótica

Democrac Cristiana

Popular

Agrup. Elect. Polacos

Conserv. Reformist

Mov .Libert |Libertad!

Renovar Europa

 

SUIZA





NO PERTENECE  A LA UE



NO PERTENECE  A LA UE




NO PERTENECE  A LA UE

 

Democracia Cristiana

Democrac Cristiana

 

Unión Democ.Centro

 

Liberal|Sociali

 


El caso más significativo a destacar en este bloque es el de Finlandia. Al no conseguir la joven líder socialista, Sanna Marin, revalidar su sorprendente victoria de 2019, se perfiló una nueva coalición de derechas. El gran resultado de los xenófobos del Partido de los Finlandeses, apenas unas décimas menos que Coalición Nacional, le hacía acreedor a un puesto seguro en el gobierno. Pero las turbulencias de las experiencias anteriores auguran un difícil recorrido. Para equilibrar este deslizamiento hacía el extremo, el principal partido conservador ha conseguido incorporar al gobierno a los liberales de la minoría sueca.

Lituania y Suiza son dos casos bien diferentes. En el país báltico, la derecha conservadora clásica (conservadora y democristiana) mantiene la hegemonía. En la coalición de gobierno la presencia del partido nacionalista de la minoría nacionalista polaca se compensa con dos partidos liberales europeístas.

En Suiza, la xenófoba Unión Democrática del Centro (engañoso nombre, como en otros muchos casos análogos) se ha ido debilitando en los últimos años, por el desgaste de la acción de gobierno, pero no lo suficiente como para perder su condición de primer partido del país. Prueba de su resistencia es que los partidos de centro-derecha y centro-izquierda participan en un gobierno de coalición amplia que en poco suaviza los postulados nacionalistas de la SVP-UDC

 

6. Gobierno de la derecha conservadora y liberal, con apoyo parlamentario externo y estable de la ultraderecha. Es el caso de Suecia, merced al pacto convenido hace unas semanas, tras el resultado de las últimas elecciones, que confirmaron el auge de los nacionalistas xenófobos.

6. GOBIERNOS COALICIÓN CONSERVADORES-LIBERALES CON APOYO PARLAMENTARIO NACIONALISTA

PAÍS

SOCIO CONSERV

SOCIO CONS.MENOR

GRUPO Pº EURO

SOCIO LIBERAL

GRUPO Pº EURO

APOYO EXT. NACIONALISTA

GRUPO Pº EURO

SUECIA















 

Moderados

Democ.Cristiana

Popular

Liberales

Renovar Europa

Demócratas suecos

Conserv.Reform.


Contrariamente a los ocurrido en Finlandia, conservadores y liberales suecos intentaron evitar a toda costa el estigma de gobernar con la ultraderecha. Al final, lo han conseguido, pero sólo formal o nominalmente. Los Demócratas suecos no estarán en el gobierno, pero se reservan la capacidad de hacerlo caer si le retiran su apoyo parlamentario. La cuestión migratoria será la clave del nuevo tiempo político sueco. Pero, en realidad, los xenófobos ya han conseguido que todos los partidos, incluida la socialdemocracia, asuman gran parte de sus enfoques. Lo mismo ha ocurrido en otros países, donde la ultraderecha no gobierno, ni siquiera tiene un peso tan influyente como en Suecia, Finlandia, Italia o Suiza. Incluso en países donde está sometida aún al cordón sanitario férreo, como en Alemania y Francia (y recientemente, Irlanda), esa derecha nacionalista conservadora e identitaria ha contaminado el discurso político y obligado a gobiernos liberales y social-demócratas a endurecer sus políticas migratorias.

 


ELECCIONES EN EUROPA I. LA ABSTENCIÓN. CLAVES Y EFECTOS

 21 de junio de 2023

Ante las elecciones anticipadas en España, parece oportuno revisar la situación política en Europa mediante una serie de análisis que abarcarán la actual salud de las formaciones y movimientos políticos, estrategias y circunstancias condicionantes. Comenzaré esta semana, con un aspecto transversal: la participación/abstención.

1.- CONSIDERACIONES PREVIAS

a) Ámbito de análisis.

Antes de proceder a la presentación de los datos y el análisis consiguiente, conviene hacer una serie consideraciones metodológicas y algunas aclaraciones.

He fijado dos ámbitos geopolíticos de referencia:

-el primero, por proximidad y marco jurídico-político común, la Unión Europea (27 países);

-el siguiente lo constituyen tres países ajenos a la UE pero miembros de la EFTA (Noruega, Islandia y Suiza) y, por supuesto, el Reino Unido, que hasta hace apenas un par de años formaba parte del club de Bruselas. Todos ellos tienen lazos económicos, culturales e incluso militares con la UE (excepto Suiza).

Dejo fuera a los estados balcánicos aspirantes a ingresar en la UE (Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Albania, Bosnia-Herzegovina y Kosovo) y a los pertenecientes a la desaparecida URSS, porque su realidad política es muy diferente. En cualquier caso, sus datos de participación son similares a los de los países excomunistas de la UE.

Para efectuar las comparaciones he considerado en primera instancia los índices de participación de la elección más reciente en cada Estado. Pero para ofrecer una perspectiva más amplia, me referiré también a la evolución registrada desde 1990, cuando se establecieron las democracias liberales en los antiguos países comunistas (los estados bálticos exsoviéticos, los países centro-orientales satélites de Moscú y las dos repúblicas exyugoslavas.

b) El caso francés

Me centraré en las elecciones generales, que no sólo establecen las mayorías parlamentarias, sino también prefiguran los gobiernos respectivos.

Pero el caso de Francia es particular. Al tratarse de una República de corte presidencialista (establecida en la Constitución de 1958), el jefe del Estado lo es también del Ejecutivo y, entre otras atribuciones, nombra al primer ministro.

En 2022, la diferencia entre la participación en las elecciones presidenciales y las legislativas fue superior a 26 puntos porcentuales, la brecha más alta en el sistema político vigente. La causa más evidente, pero no la única, es el sobrecargado calendario. En los últimos años, la dos elecciones se han celebrado de forma consecutiva con un lapso de apenas dos meses. Además, en ambos casos se realizan dos vueltas electorales, lo que permite pensar en el “efecto fatiga”.

A efectos de gobernabilidad, las elecciones presidenciales son las que definen de forma más influyente el rumbo político del país, por eso tendrá prioridad en el análisis. En todo caso, para lograr una mayor rigor, tendré en cuenta la participación en las legislativas.

c) El voto obligatorio

También debo recordar que en cinco de los países seguidos el voto es nominalmente obligatorio, aunque se trata de una formalidad de relativa importancia práctica. Se trata de Luxemburgo, Bélgica, Grecia, Chipre y Bulgaria. El incumplimiento de esta obligación ciudadana es castigado con multas y en algún caso con penas menores de cárcel. Puede pensarse que esto distorsiona las cifras de participación. Pero, en realidad, la normativa tiene pocos efectos prácticos, por lo menos en los países mediterráneos, y mucho menos en Bulgaria, que es el segundo en porcentaje de abstenciones. En los occidentales se debe tener en cuenta un cierto sesgo en el comportamiento electoral y conviene advertirlo.

d)  ¿Efecto del COVID?

En sentido contrario, otro factor que, a priori, habría podido incidir negativamente en la participación electoral fue la pandemia. Sin embargo, he cotejado los resultados de los comicios celebrados durante la emergencia sanitaria con los anteriores y no hemos apreciado una tendencia general a la baja. Con una sola excepción, Rumania, donde la abstención aumentó casi ocho puntos. Pero esto debe atribuirse más al deterioro del sistema político que al efecto disuasivo del COVID-19

2.- DISPARIDAD PARTICIPATIVA POR REGIONES GEOPOLÍTICAS

Lo primero que salta a la vista en la revisión de los datos es la amplia brecha existente entre  e los países con mayor y menos participación.  Incluso si descartamos los dos primeros por la formal obligatoriedad del voto (Luxemburgo y Bélgica), el decalaje entre unos y otros es de unos cuarenta puntos porcentuales. A efectos puramente indicativos he extraído la media de votación en las elecciones más recientes en cada país objeto del estudio (considerando las presidenciales en Francia por lo antes expuesto). La cifra es 68,05%.

El otro elemento distinguible es la cercanía geográfica de los estados según sus niveles de participación.

OCC-ATLÁNTICA

NÓRDICA

MERIDIONAL

CENTRO-ORIENTAL


De los doce países que superaron la media europea de participación en las elecciones más recientes, seis pertenecen a la zona occidental-atlántica, cinco a la nórdica (es decir, todos ellos), sólo uno a la meridional (Malta) y otros dos a la centro-oriental (Eslovenia y Hungría). 

Pero si subimos el listón apenas un punto por encima del 70%, todos los estados que lo superaron correspondían a las zonas occidental-atlántica o nórdica. Se mantiene, obviamente la excepción de Malta, un país muy pequeño, con una población inferior a  400.000 habitantes (como cualquier barrio populoso de una gran ciudad europea) y un sistema electoral que prima el bipartidismo. La alta participación es habitual en las entidades políticas pequeñas.

Por el contrario, los 17 países con participación igual o menor al 71% se ubican en las otras dos zonas diferenciadas: centro-oriental y meridional.

Esta selección geográfica se observa también si introducimos en el análisis la evolución electoral desde 1990.

Resulta muy relevante la pronunciada caída de la participación en los  países centro-orientales. Repartimos este bloque de países en tres gráficos para una mayor claridad expositiva.



El entusiasmo político tras el derrumbamiento de los regímenes comunistas, expresado en índices de participación superiores al 80% en los primeros años de democracia, se ha extinguido. La media del periodo no llega al 63% y la de las elecciones más recientes ni siquiera alcanza la mitad del electorado. Tres décadas después de su incorporación al orden liberal, no parece que sus ciudadanos se hayan sentido satisfechos con la democracia electoral.

Este mismo comportamiento a la baja se observa en los países meridionales. Con la salvedad de la mencionada excepcionalidad maltesa, desde los primeros años noventa el declive ha sido enorme: 27 puntos en Chipre, 24 en Italia, 20 en Grecia, 16 en Portugal (país éste que se encuentra ahora a la cola entre los europeos del sur) y 10 en España. 

En contraste, la participación se mantenido en un nivel por lo general estable y elevado en los países nórdicos. Ha descendido muy ligeramente en Suecia y algo más en Islandia, país que sufrió, junto con Grecia,  el episodio más pavoroso de la crisis financiera de la pasada década en Europa. En cambio, en los otros tres países (Dinamarca, Finlandia y Noruega) la participación se ha incrementado a lo largo de este periodo.


En los países occidentales, la participación se ha mantenido en niveles un poco por debajo de la media nórdica, pero, en todo caso,  ha sido estable y elevada, por encima del 75%. Francia no llega por poco a este nivel en las presidenciales y sufre un descenso muy pronunciado en las legislativas. Los guarismos han sido algo menores en los países anglosajones, ligeramente en Irlanda (2,5 puntos) y más notable en el Reino Unido, con una pérdida de 10 puntos.

3. POSIBLES CAUSAS DE LA PARTICIPACIÓN/ABSTENCIÓN

Hay muchas investigaciones, trabajos y también especulaciones y manipulaciones interesadas sobre las razones que impulsan a votar o a no hacerlo. Recomiendo los trabajos del Instituto IDEA, de Estocolmo, que hace una siguiente muy pormenorizado de los comportamientos electorales en todo el mundo (https://www.idea.int).

IDEA apunta 16 factores que pueden influir en la participación, agrupados en cuatro bloques:

- socio-económicos (dimensión demográfica, estabilidad poblacional, desarrollo económico).

- políticos (incertidumbre sobre el resultado electoral, percepción sobre las consecuencias de las elecciones, intensidad de las campañas, fragmentación políca)

- institucionales (sistema electoral, obligatoridad o no del voto, concurrencia de elecciones, facilidades o dificultades para votar, complejidad de los procedimientos electorales).

- individuales (edad, educación, interés político, conciencia cívica).

Para este trabajo, he seleccionado tres indicadores que pueden ser relativamente medibles y que, en algún caso, combinan los factores propuestos por IDEA. Son los siguientes: salud democrática, potencial económico relativo de cada país y desarrollo social.

a) La salud democrática

Como fundamento de la fortaleza del sistema democrático formal, los defensores del Estado liberal citan la solidez de las instituciones, unas reglas claras de gobernanza, niveles bajos de corrupción y el respeto sostenido a las reglas del Estado de derecho. Uno de los índices más empleados para medir estas conductas es el elaborado por Transparencia Internacional. Ciertamente, esta clasificación presenta una imagen pareja al de la participación electoral.

Dinamarca y los países escandinavos figuran en cabeza, seguidos por los occidentales-atlánticos, incluyendo también a Irlanda, donde, en cambio, se vota un poco menos que en los otros países de su zona.

En el sentido contrario, los países mediterráneos y centro-orientales presentan índices más bajos de transparencia, en coincidencia con sus tasas de participación electoral más pobres. Resalta el dato de la Hungría del ultranacionalista Orbán, cuya negativa calificación en transparecia empeora notablemente su resultado en participación electoral.

Hay dos casos disonantes. El primero es muy llamativo. Estonia presenta un índice de transparencia muy alto en relación al de participación electoral. Su reducida dimensión territorial (45.000 km2) y su escasa población (1,3 millones) sólo explican en parte su especificidad. El segundo vuelve a ser Malta, que se encuentra en el quinto puesto por la cola pese a su alta participación, lo que se refuerza su excepcionalidad.

b) El nivel económico

En mi percepción, los factores que determinan de manera más decisiva el nivel de participación son los de índole económica y social.  Observamos, en efecto, que, por lo general, los subgrupos establecidos por el criterio geográfico se consolidan y refuerzan bajo este otro ángulo de consideración.


Los países con el PIB más alto son los que encabezan la lista de participación electoral, y todos ellos pertenecen a las áreas occidental-atlántica y nórdica. Por el contrario, los que se encuentran en la mitad más baja de desarrollo económico son los que votan menos, con la reiterada salvedad de Malta.

c) El desarrollo social

Esa tendencia se confirma si ponemos el foco en la estructuras sociales. He acudido, por su alta aceptación como referencia de análisis internacional, al Índice de desarrollo humano (IDH), elaborado por la ONU. 


Los países que tienen el IDH más elevado son los occidentales-atlánticos y nórdicos, que son los que soportan una abstención menor. Se da la circunstancia, seguramente no por casualidad, que los dos países de la zona centro-oriental y meridional con mayor porcentaje de votación ciudadana (Eslovenia y Malta) son los que presentan el IDH más alto en sus zonas respectivas.

Aquí es necesario resaltar dos desviaciones con respecto a la participación electoral. Suiza acredita el IDH más alto del mundo, pese a su pronunciada abstención electoral. Y el Reino Unido, que supera a Eslovania y Malta en desarrollo humano, va por detrás de ellos en participación electoral.

No obstante, otros índices referenciales modifican un poco esta fojo fija del desarrollo social en Europa. En concreto, me refiero al índice de pobreza y riesgo de exclusión social que acaba de actualizar la Unión Europea, de ahí que sólo incluya a los países miembros.


La escala está compuesta en sentido contrario al de los gráficos anteriores. Observamos que, contrariamente al IDH, los países con peores resultados no son los mismos que tiene una baja participación electoral, salvo Rumania y Bulgaria. España o Grecia figuran aquí en los puestos peores y mejora en cambio la posición de Portugal y Chipre. También llama la atención los casos de Francia y Alemania (en posiciones medio-bajas) o, en sentido contrario, de los países centroeuropeos, que ocupan el tramo de menor riesgo de exclusión. Esto sn duda se debe al efecto de la inmigración. Las poblaciones inmigrantes son las que  padecen el mayor riesgo de exclusión y se trata de un colectivo que, en su mayor parte, no tiene derecho a voto; por tanto, no incrementa el índice de abstención.

4. BENEFICIARIOS DE LA PARTICIPACIÓN

Se tiene por cierto que un grado bajo de participación, o alto de abstención, favorece, por lo general, a los partidos del espectro de centro-derecha. Esta consideración se apoya en el carácter por lo general más crítico e inconformista del electorado de izquierda. Desde los sectores conservadores y liberales se combate ésta y otras manifestaciones tradicionales de la izquierda, como parte de la “guerra cultural” entablada en la arena política.

Para fundamentar mejor el debate, tendríamos que repasar los datos de las últimas elecciones celebradas en cada país.

En los países que registraron una participación por encima de la media (68,05%) en las eleciones más recientes las opciónes políticas más votadas fueron las siguientes:

-          Socialdemócrata: 6 (Bélgica, Malta, Suecia, Alemania, Finlandia y Dinamarca)

-          Liberal: 2 (Luxemburgo y presidenciales de Francia)

-          Conservadora: 1 (Países Bajos).

-          Nacionalistas conservadores o identitarios: 1 (Hungría).

A medida que se desciende en la participación aumenta el número de opciones políticas de centro derecha o extrema derecha más votadas. De hecho, por debajo de la media sólo se votó en primer lugar a los socialistas en Portugal y a los nacionalistas de izquierda (Sinn Feinn) en Irlanda. En el resto ganaron partidos conservadores (5), nacionalistas conservadores o identitarios (2) o liberales (1).

En cambio, si tomamos como referencia el índice medio en todo el periodo estudiado comprobamos que no siempre ha ganado el centro-izquierda en las citas  con mayor participación. Por el contrario, los partidos del centro derecha se han impuesto en doce ocasiones, los socialdemócratas en seis, los liberales en cinco y los nacionalistas conservadores en dos. Incluso los ahora desaparecidos partidos comunistas triunfaron a primeros de los noventa con elevadísimos índices de participación.







BERLUSCONI, TRUMP Y JOHNSON: TRES DESTINOS POPULISTAS

14 de junio de 2023

Silvio Berlusconi, Donald Trump y Boris Johnson han sido noticia estos últimos días. El primero, por su fallecimiento, tras una larga y controvertida vida personal y política; el segundo, por un nuevo procesamiento judicial, quizás el más peligroso de todos para él; y el tercero, porque un comité de su propio partido le ha cerrado la puerta del regreso al primer plano de la política al menos a corto plazo.

Los tres serán recordados como estandartes del populismo político, una corriente conservadora (fundamental pero no exclusivamente), que sirvió (¿sirve?) para ofrecer una alternativa ganadora a la debilitada oferta de la derecha conservadora tradicional e incluso, aunque en menor medida, al liberalismo centrista y a una socialdemocracia en crisis de identidad.  

Por supuesto, hay diferencias entre ellos, pero los tres han sido “seductores de masas”: capaces de arrastrar a millones de votantes sin necesidad de que estos confiaran del todo en su palabras o en sus actos, y sin importar la credibilidad de sus propuestas políticas. Berlusconi y Trump han tenido vidas privadas marcadas por el escándalo y un machismo mujeriego exacerbado y hasta exhibicionista. Johnson ha sido un poco más discreto, pero difícilmente puede ser considerado un adalid de esa decencia exigible en su base conservadora. Sus excesos incluso en los tiempos de pandemia lo han terminado condenando al ostracismo en que ahora se encuentra.

Johnson ha sido el más articulado, el más formado y el de mejor cuna social (nacido en la élite) y política (ascendió como un barón tory más). Trump y Berlusconi, por el contrario, no surgieron de una organización política preexistente, sino de la nada política. Más tarde, el norteamericano colonizó al Partido Republicano, hasta transformarlo, desfigurarlo y, dicen algunos, colocarlo en la rampa de destrucción. El italiano, en cambio, ignoró al gran partido de la posguerra, la Democracia Cristiana, a la que consideraba corrupta, ineficaz y acabada. Construyó algo nuevo, con los rasgos más populistas que se podían imaginar: ¡Forza Italia! era el grito de ánimo de los tifossi futboleros. Mantuvo la marca durante 30 años, aunque su declive parece haber tocado fondo: de ser la fuerza dominante en la coalición de las derechas ha pasado a ser la más débil, por detrás de los Fratelli y la Lega, con apenas un  20% de los diputados de las tres formaciones.

Cada cual ha sido producto de su tiempo, como cualquier líder político. Pero los tres han sido también game-changers, es decir, agentes de cambio del momento que les ha tocado vivir. Trump ha puesto patas arriba el sistema político de su país, ha modificado los equilibrios del bipartidismo, ha alterado los resortes del electorado conservador y, junto a todo ello, ha dejado  evidencia las grandes farsas de la democracia americana.

Berlusconi liquidó el sistema de la I República, que se basaba en un juego mayor binario entre la DC (clave del Gobierno) y el PCI (permanente oposición) y otro menor consistente en la selección flexible de acompañantes (socialistas, socialdemócratas, liberales y republicanos) del partido hegemónico. Il Cavaliere destruyó la alquimia de ese pentapartito del Centro-derecha con una nueva cultura política ... o más bien sin cultura política alguna: como un subproducto del show-business aplicado a la gestión pública. Berlusconi quiso construir su partido a semejanza de una empresa, pero no de cualquiera, sino de las suyas, bajo la aceitosa premisa del éxito.

Trump no llegó a tanto. Carece del talento, la paciencia y el equipo de gestión que tenía el milanés. Los negocios de los dos son opacos, sospechosos y con seguridad fraudulentos, pero en distinta proporción y medida. Y ambos se han movido en entornos jurídico-políticos muy diferentes; capitalistas, por supuesto, pero con normas y experiencia diferentes. Comparten la habilidad, lubricada por no pocos medios pseudoinformativos (de su propiedad, en el caso del italiano; abducidos, en el caso del neoyorquino ), para bloquear las investigaciones judiciales,  condicionarlas, demorarlas, neutralizarlas o dejarlas sin efecto a medio y largo plazo. Ambos son o han sido pimpinelas scarlatas del circo político que han orquestado a su alrededor.

Johnson también sacudió el panorama político. Pero, contrariamente a sus semejantes, se apoyó en una base preexistente, no tanto para transformar sus normas, sino para utilizarlas en su beneficio particular. Ni siquiera la que para muchos es su obra capital, el Brexit, fue proyecto original suyo: simplemente, se apropió de él, le confirió un sesgo personal y, sobre todo, lo convirtió en un factor del cambio estratégico más decisivo del Reino Unido en 50 años.

Berlusconi es ya historia (o está camino de serlo). Ha sido obsequiado con un improcedente funeral de Estado. Los obituarios, como suele ser habitual, se antojan demasiado halagadores o justificadores de su fraudulenta carrera política. Nunca fué un hombre de Estado, sino un pillo que supo aprovecharse del cansancio, la fatiga, el descreimiento y el cinismo de un electorado de vuelta de todo. Pocos creen que Forza Italia sobreviva a la muerte de su creador.

Johnson pasa de nuevo al purgatorio (y no es la primera vez), castigado ahora por los suyos e ignorado por el propio Primer Ministro, a quien él otorgó en su día la influyente cartera del Exchequer, es decir, el control de las cuentas del Reino. Nada nuevo en el rugoso mundo tory. Alguien de mucha mayor estatura como Margaret Thatcher también sucumbió ante un aquelarre similar de aparentes traiciones, deslealtades y abandonos en la estacada.

Trump tiene más cerca su regreso a la primera línea, aunque está bajo el intenso fuego de las causas judiciales por fraude, evasión fiscal, manejo indebido de documentos públicos sensibles, obstrucción a la justicia, conspiración política y un largo etcétera. El recorrido de cada una de estas causas judiciales en curso es susceptible de convertirse en un show con réditos electorales evidentes, siempre que él sepa controlarlos, lo cual es mucho decir. La pléyade de rivales que se han amontonado en las últimas semanas para disputarle la nominación republicana no parecen de entidad suficiente. El peor enemigo de Trump es el mismo. Pero su mejor baza también es él, su capacidad para conectar con un segmento amplísimo de población insensible al discurso impostado de una élite política sobre la democracia y los valores.

Estos tres grandes tenores del populismo han servido de inspiración a figuras menores locales, de procedencias diferentes y estilos políticos similares. Conviene aclarar que no todos aquellos que merecen la calificación de populistas en los medios de comunicación son semejantes o asimilables. La confusión es frecuente.

Las principales divisas de este firmamento que se ubica a la derecha del mainstream político n Europa son las siguientes:

- la primacía nacional.

- un patriotismo más bien rancio.

- rechazo casi absoluto a la inmigración.

- concepción muy tradicional de la familia.

- intervenciones demagógicas en la economía liberal.

Sin embargo, les divide una disputa fundamental: las relaciones con Rusia. Dos grupos claros se perfilan:

1) Los identitarios, que han tenido una relación fluida y poco conflictiva con Putin. En este grupo del Parlamento europeo figuran la francesa Marine Le Pen, la Lega del italiano Salvini, los alemanes del AfD, los flamencos belgas del Vlaams Belang y los xenófobos finleses y daneses, entre otros. Trump se podría ubicar aquí, aunque sus formulaciones ideológicas no son sólidas.

2) Los nacionalistas conservadores, rotundamente antirrusos. Es el caso, sobre todo, de los ultranacionalistas de los antiguos países comunistas, con el PiS (Ley y Justicia) polaco a la cabeza (excepción hecha del húngaro Orbán, en buenas migas con Putin). Se agrupan aquí la NVA (otra facción flamenca), los ultras españoles de VOX, los ultraderechistas griegos, los xenófobos suecos y, más recientemente, los neofascistas pálidos de Giorgia Meloni. La convivencia de Johnson con ellos tampoco fue una elección suya: los tories se integraron en el grupo de Parlamento europeo que los reúne (llamado Europeos Conservadores y Reformistas) antes de que él llegara al liderazgo del partido.

Berlusconi, tan dúctil en la escena internacional como en los negocios, eludió la adscripción de Forza Italia a cualquiera de estas dos corrientes nacionalistas  y consiguió integrarse en el Grupo Popular Europeo, que nunca le hizo ascos. Como no se los hizo al FIDESZ de Víctor Orbán, hasta que no tuvo más remedio que incoarle un expediente de expulsión, que él dejó sin efecto al tomar la decisión de irse del grupo “voluntariamente”. Si Il Cavaliere no hubiera sido admitido en el GPE, se habría unido a los identitarios, más amables con Rusia.

Para dar una idea de la pujanza nacionalista en Europa, la rama ultraconservadora dispone de 66 eurodiputados y la identitaria de 62; en total, 125, frente a los 177 populares y 143 socialistas. Pero si sumamos los votos que ambas facciones han obtenido en las últimas elecciones nacionales celebradas en cada país miembro de la UE, nos encontramos con que las dos facciones nacionalistas suman el mayor número de sufragios (más de 48.700.000), casi 700.000 más que los partidos conservadores liberales o democristianos del PP europeo. Más lejos quedan los socialdemócratas, por encima de los 42,2 millones de votos.

 

KOSOVO Y SERBIA: DE LA GUERRA AL PUDRIMIENTO

7 de junio de 2023

Kosovo fue la última de la serie de guerras que destruyeron Yugoslavia. Más específicamente, fue el conflicto que condenó a Serbia como perdedor declarado de un proceso de destrucción sin precedentes hasta entonces en el continente desde 1945. La crisis del sistema unificador comunista tras la muerte de Tito coincidió con la parálisis terminal del sistema soviético (del que no formaba parte militar y políticamente). Nacionalismos combativos se impusieron a la democracia liberal como referente movilizador de unas poblaciones huérfanas de orientación y de liderazgo. Muchos de los dirigentes comunistas, pero también disidentes u opositores se convirtieron a al nacionalismo emergente.

Aunque la historiografía y el relato político occidentales tienden a señalar a los dirigentes serbios como los principales responsables de la tragedia, lo cierto es que los otros no fueron inocentes en la tragedia. La actuación del Ejército Federal a favor de los serbios (no en vano, la mayoría de la oficialidad era serbia) explica sólo en parte este análisis sesgado. La aparente superioridad militar serbia ayudó a crear un relato de victimismo en las otras minorías, que se filtró desde los medios y modificó una posición occidental inicialmente si no neutral sí más cautelosa.

En Kosovo, la percepción de la responsabilidad serbia era mayor, si acaso, puesto que no se trataba de una República, sino de una provincia de la propia Serbia, pero con una mayoría de población de origen albanés y de religión musulmana. En Kosovo empezaron a tejerse las confrontaciones étnicas, a comienzos de los 80, y en Kosovo quedó sellada la derrota serbia al tratar Milosevic de sofocar a sangre y fuego la revuelta armada albanesa, provocando los bombardeos de la OTAN y, consecuencia de ello, la caída posterior del régimen.

El apoyo occidental a la independencia de Kosovo nunca fue unánime (España es uno de los países que no ha reconocido el nuevo Estado) y no ha dejado de ser polémico en este cuarto de siglo que ha transcurrido desde el final de la guerra. La UCK, organización guerrillera que se opuso a Belgrado, cometió excesos y crímenes comparables, a su nivel, a los perpetrados por los serbios. Las precedentes guerras yugoslavos se replicaron en Kosovo, con todo su arsenal de manipulaciones, engaños, falsedades y simplificaciones.

En estos casi veinticinco años, Kosovo no ha tenido una vida fácil. Serbia nunca ha admitido la amputación de una parte de su territorio nacional, que es justamente la más sagrada, porque el imaginario colectivo lo considera como la cuna de la nación.

PULSO EN EL NORTE

La población serbia, mayoritaria en las provincias norteñas de Kosovo, decidió boicotear las elecciones municipales, harta de que la prometida autonomía pactada en 2013 siguiera sin llegar una década después. No obstante, las autoridades centrales continuaron adelante con el proceso electoral. La participación no alcanzó el 4%. A finales de mayo, los cinco ediles electos, todos ellos albanos-kosovares, aunque de distintos partidos, se apresuraron a tomar posesión de sus cargos, pero se encontraron con una masiva oposición de activistas serbios en las afueras del Ayuntamiento (1). Se desató una batalla campal, en la que salieron heridos una cuarentena de soldados de la fuerza de pacificación occidental (KFOR), cuando intentaban separar a los manifestantes de policía albano-kosovar, que se había empleado con brutalidad según la BBC (2).

Ante el alto riesgo de escalada, Macron, Scholz y Borrell presionaron a los líderes serbio y kosovar para que atajaran la crisis y a éstos últimos les instaron a que se repitieran las elecciones, en condiciones aceptables para los serbios. Pristina tardó poco en aceptar.

Washington fue más allá. El embajador Hovenier anunció la cancelación de la participación de Kosovo en unas próximas maniobras militares. Y no sólo eso: amenazó con “cesar todos los esfuerzos para ayudar a Kosovo a conseguir el reconocimiento de aquellos países que aún no lo han hecho y favorecer su integración en las organizaciones internacionales” (3). Pocas veces los norteamericanos se habían puesto tan duros con Prístina. Les irritó expresamente la falta de coordinación con la KFOR en la contención de las protestas serbias. La nueva firmeza de Estados Unidos responde a dos claves principales: una local y otra regional.

El actual primer ministro kosovar es Albin Kurtin, un histórico de la facción más a la izquierda de la disidencia albanesa. Es un dirigente tenaz y poco proclive a las componendas diplomáticas. En su época de activista se negó a salir de prisión cuando Belgrado decretó una amnistía, porque no reconocía la autoridad de sus carceleros convertidos a la clemencia. Luego, ganada la independencia, ejerció una oposición combativa contra la corrupción y la deriva autoritaria del Partido Democrático kosovar y otras formaciones herederas de la antigua guerrilla de la UCK. Los serbios consideran a Kurtin un enemigo implacable, pero su intransigencia puede resultar provechosa para Belgrado, como se ha visto en esta crisis, según un medio croata (4).

EL DOBLE JUEGO DE VUCIC

La clave regional tiene que ver con la situación de Serbia, el mayor aliado de Moscú en la región. Después de Milosevic, el país ha atravesado por años de enorme inestabilidad. Tras un breve periodo de orientación liberal occidentalista, se impuso un régimen neonacionalista. O dicho de otra forma, vástagos de Milosevic consiguieron recuperar un poder que nunca perdieron por completo. El actual presidente, Alexander Vucic, fue ministro de Comunicación en su último gobierno. El partido que lidera, denominado “progresista” (SNS), encadena mayorías absolutas abrumadoras. La propaganda y la manipulación permanentes le han servido para sortear la hostilidad occidental, amedrentar a la oposición liberal y someter a la débil izquierda.

En Kosovo, Vucic ha interpretado un papel nacionalista, pero sin excesos innecesarios. Con los suyos, ha desplegado un discurso reivindicativo y beligerante altamente efectivo (de hecho, el SNS es también mayoritario en los distritos serbo-kosovares), mientras con los europeos y americanos se ha mostrado dialogante y negociador.

Esta política de doble juego no es del todo ficticia. Vucic no es un nacionalista doctrinario, como no lo fue en su día Milosevic. Para él y sus adláteres, el nacionalismo es un instrumento de movilización y control. En el deterioro de las relaciones ruso-occidentales, Vucic ha sabido mantener un equilibrio razonable. Aspira a superar el informal veto de incorporación a la UE, pero sin renunciar a las privilegiadas relaciones económicas, energéticas y comerciales con Moscú, que tiene en Serbia a su principal aliado europeo con diferencia.

En el terreno doméstico, Vucic ha manejado su dominio político, institucional, social y mediático sin apenas apuros. Pero últimamente han empezado a acumularse problemas. Y, como suele ocurrir en los países de tendencia autoritaria, por donde menos se espera. Dos tiroteos mortales, protagonizados por individuos sin adscripción organizada y sin motivación política identificada, han generado un movimiento de protesta social sin precedentes. Estos dos luctuosos y aislados incidentes han liberado un malestar social que ha estado reprimido durante años. Una importante manifestación popular cogió desprevenido al poder. Vucic trató de reaccionar con un acto de réplica que resultó decepcionante para los suyos. La ciudadanía roza la rebeldía, pero es difícil que la oposición pueda debilitar seriamente a Vucic (5).

En Bosnia-Hercegovina, el líder de los serbios, Milorad Dodik, mantiene un política de abierto desafío hacia las autoridades centrales de Sarajevo. Amaga continuamente con la secesión y, en todo caso, toma decisiones que exceden su ámbito competencial, según la oficina tutelar europea. Dodik es un aliado estrecho de Putin y mantiene una relación fluida con Vucic, pero cada uno tiene sus agendas y las prioridades no siempre son las mismas. La guerra de Ucrania ha alterado las estrategias políticas de los dirigentes serbios en el Estado matriz y en sus territorios afines. Washington trata provocar una brecha entre Moscú y Belgrado y Kosovo puede ser una oportunidad para conseguirlo.

Esta última crisis es el reflejo del pudridero político en que se han convertido los Balcanes desde el final de las guerras yugoslavas. Los nacionalistas no ganaron las contiendas bélicas a sus adversarios de etnia o religión, pero consolidaron su control sobre sus respectivas poblaciones, en cooperación con las redes mafiosas tejidas durante la guerra y con otras posteriores, bajo la impotencia y/o la pasividad del tutelaje occidental.

 

NOTAS

(1) “Protesters, peacekeepers injured as violence erupts in Horth Kosovo”. BIRN (BALKAN INVESTIGATIVE REPORT NETWORK), 29 de mayo.

(2) https://www.bbc.com/news/world-europe-65748024

(3) “U.S. penalises Kosovo after unrest in Serb-majority North”. BIRN (BALKAN INVESTIGATIVE REPORT NETWORK), 30 de mayo; “Crisis en el Nord: les américains sont-ils en train de lâcher le Kosovo?”. COURRIER DES BALKANS, 31 de mayo.

(4) “La politique sangrenue d’Albin Kurti ne peut que nuire aux intérêts du Kosovo”. TOMISLAV KRANEC. VECERNJI LIST (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL, 3 de junio).

(5) “Serbie: un moi de révolte contre le violence, malgré la crisis au Kosovo”. COURRIER DES BALKANS, 3 de junio.