HOLLANDE, CONTRA LA FATALIDAD

7 de Mayo de 2012


                Hollande ya es presidente electo de la República Francesa. No hubo sorpresas: el candidato socialista ha ganado a Sarkozy por tres puntos holgados (51,7-48,3), un margen inferior al que obtuvo Sarkozy sobre Royal en 2007. Votaron ocho de cada diez franceses, algo menos que hace cinco años. Para la gran mayoría de los progresistas europeos, la elección del candidato socialista representa una oportunidad después de varios años de frustración.

                Del primer discurso tras su victoria merecen destacarse estas dos frases: “Estoy orgulloso de haber devuelto la esperanza” y “la austeridad no debe ser una fatalidad en Europa”. Es justo lo que quería escuchar la inmensa mayoría que considera enormemente injustas y mezquinas las políticas ahora en vigor. Hollande ha acertado con el mensaje. Ahora debe poner todo el empeño en hacerlas realidad.

                No será fácil. La clase dirigente europea aguarda al nuevo presidente francés con una mezcla de recelo y expectación. La apuesta por el crecimiento, con la que Hollande se ha comprometido frente a la obstinación suicida por una austeridad sin recorrido, cobra una dimensión nueva si se defiende, no desde cualquier lugar, sino desde París. El presidente francés saliente, Nicolás Sarkozy,  o lo comprendió demasiado tarde, o simplemente creyó que sin adoptar esa divisa no podía ganar.

                A Françoise Hollande le esperan todo tipo de obstáculos. La canciller alemana, la tecno-burocracia de Bruselas y la élite financiera podrán mostrarse aparentemente flexible con el recién llegado, no tanto porque hayan iniciado un ejercicio de autocrítica, sino porque querrán evitar una polémica que dificulte su estrategia frente a la crisis. Le brindarán un discurso conciliador para, es de temer, apretar a la hora de hacer concesiones realmente significativas sobre los ajustes, los préstamos, la promoción de políticas activas de empleo y otras herramientas que dibujen un horizonte diferente.

                Justicia y Juventud serán sus dos prioridades, aseguró Hollande en su discurso de victoria. Una síntesis esencial, que toca el núcleo de la crisis de civilización y valores, mucho más profunda que la económica o social. Justicia implica volver a redistribuir la riqueza y reequilibrar la carga fiscal. A la juventud se la promete más recursos en formación para reforzar las oportunidades de acceder el empleo.

Pero además, el próximo Presidente de Francia quiere sumar a la trinidad de principios fundacionales de la República (libertad, igualdad y fraternidad) otros dos: legalidad y laicidad. Un binomio más sutil, abierto a varias interpretaciones. La legalidad, como respuesta a los favoritismos, excesos y trampas del periodo sarkoziano. La laicidad, en tanto espíritu de concordia, frente a la intolerancia, para superar las contradicciones culturales o religiosas.

Hollande acertó en su mensaje inicial. Merece confianza, por supuesto, aunque es difícil despejar las dudas sobre la capacidad que tendrá de honrar sus compromisos. Le hará falta algo más que su personalidad pragmática y su voluntad inquebrantable de ‘reussir’, de triunfar. Estas elecciones tendrán una ‘tercera vuelta’ con las legislativas de junio. La izquierda necesita una mayoría contundente para afianzar la primacía de la política sobre los chantajes las finanzas especulativas. La incógnita: el resultado del Frente Nacional.

LA DESPEDIDA DE SARKOZY       

Nicolás Sarkozy compareció ante sus entregados seguidores con una declaración solemne de dignidad. El presidente saliente asumió enseguida su total responsabilidad por la derrota. Sus palabras –a la vez grandilocuentes y emocionales- juguetearon con la idea de retirarse de la política, sin mencionarlo expresamente. “Me dispongo a volver a ser un francés más entre todos los franceses”. Pero a continuación aseguró –entre aclamaciones- que seguirá defendiendo los valores de Francia, “desde otro lugar”.

Sarkozy defendió su mandato, sus diez años en la cúspide de la política francesa: como ministro, primero; como Presidente, después. No resistió la tentación de denostar a quienes le han criticado o han ofrecido una valoración distorsionada de su gestión “al servicio de la Nación”. Una despedida –temporal o definitiva, eso se verá- en la que pudo detectarse cierto resentimiento sobre el presente más cercano, una ambigüedad sobre el futuro y nula autocrítica por sus acciones públicas.

ESTRAMBOTE GRIEGO

En todo caso, sigue confirmándose que la crisis económica y social pasa facturas a los que gobiernan.  En Francia, desde luego, y por supuesto también en Grecia, donde los socialistas del PASOK, diluidos en el gobierno técnico de coalición, han sido reducidos al 15% en las elecciones legislativas del domingo, lo que les convierte en los principales perdedores. Los conservadores de Nueva Democracia pasan a ser la primera fuerza política, pero con penas el 22% de los votos. Los dos grandes partidos tendrán que gobernar juntos. Pero, en el caso de que lo consigan, será una ‘pequeña coalición’: han perdido cuarenta puntos (del 77% a sólo 37%). Frenar a los extremos del  espectro político se antoja difícil. La extrema izquierda cuadriplica sus resultados y se coloca apenas unas décimas por debajo de los socialistas. Los neonazis tendrán una veintena de diputados en el Parlamento. Grecia quizás sea uno de los países europeos que más confían en que las nuevas luces del Eliseo favorezcan un clima menos agobiante. Hoy por hoy, la cuna de la democracia occidental se ha  convertido en un cementerio político.








FRANCIA: ELECCIONES Y MEDIOS, PODER Y CIRCO

3 de mayo de 2012

El papel de los medios ha sido ampliamente debatido en la campaña de las elecciones presidenciales francesas.  La polarización ha resultado mucho más acentuada que en elecciones precedentes, lo que no ha pasado desapercibido a los analistas más atentos.

¿SARKOZY COMO VICTIMA?

THE ECONOMIST –quizás el medio no francés que ha apoyado más explícitamente la continuidad en el Eliseo- habla de ‘sarkofobia’. Se apoya en algunos trabajos de la prensa conservadora para afirmar que nunca un candidato había soportado una campaña mediática tan negativa.  El seminario británico liberal extrapola un dato sobre las elecciones profesionales en la Televisión pública (que otorgó más de un tercio de representantes a la central sindical de orientación comunista CGT) para afirmar que los periodistas franceses ‘tienden a ser de izquierdas’.  Algo bastante extendido en Europa, podríamos decir. Los periodistas tal vez son de izquierdas; los dueños de los medios, todo lo contrario.

Es curiosa esta percepción del sesgo mediático en contra de Sarkozy olvida el férreo control que el presidente saliente ha intentado ejercer en los medios públicos.  Como en España, la derecha neutraliza a la radiotelevisión pública y la pone firmemente bajo su control, pero en realidad reserva sus favores y preferencia a los medios privados. Las privilegiadas relaciones de Sarkozy con los grandes colosos mediáticos franceses como Bouygues, Lagardère o Dassault le ha permitido un apoyo bastante claro del primer canal de televisión generalista (TF-1) y su filial de noticias en continuo (LCI), de una de las cadenas de radio con más influencia política (Europe-1), de la revista de mayor circulación (Paris-Match) y del diario conservador de más tradicional (Le Figaro).

LA PARADÓJICA DEBILIDAD DE LOS MEDIOS

Más interesante sobre el comportamiento mediático en la campaña resulta la entrevista en LE MONDE con el sociólogo Jean-Louis Missika. Su diagnóstico es que “los medios se han mostrado más débiles y menos prescriptores” durante la (larga) campaña presidencial. Es particularmente interesante su análisis de la cobertura mediática del principal de los eventos políticos clásicos (las elecciones). Missika considera –con razón- que los periodistas carecen de fuerza para imponer una agenda informativa de las elecciones, porque, entre otras cosas, la complejidad y carestía de la cobertura ha hecho que los estados mayores de los candidatos ‘privaticen’ la imagen de sus patrones; es decir, que “produzcan sus propias imágenes. Una imagen limpia, estándar, significativa y controlada”. 

Este juego mediático está cargado de  trampas fatales para el ejercicio de la profesión. El acceso al patio trasero, oculto para el gran público, tiene su morbo, pero comporta contrapartidas. El periodista necesita sorprender cada día. Olvida lo esencial y se concentra en lo llamativo. Juega a crear la imagen de los candidatos, cuando en realidad, se limita a transmitir el producto de laboratorio que efectúan sus equipos de campaña.

Naturalmente, hay excepciones e imprevistos. O mejor dicho, hay productos que resultan y otros que no. El de Sarkozy, en esta ocasión, contrariamente a 2007, no ha sido favorable.  Missika cree que se debe a la propia personalidad del presidente saliente, “quien ha hecho de la imprevisibilidad una estrategia”.

¿Error de Sarkozy o cansancio de la sociedad francesa, batida por el desencanto de la crisis? Un poco de todo. Sarkozy se impuso a Segolène Royal hace cinco años en el terreno de la imagen, de la exposición pública. Entonces, era un aspirante. Y jugaba con la simpatía de quien se enfrenta a una élite que nunca lo aceptó y que ahora se regocija con su anunciada caída en desgracia, su liquidación política. Frente a su elaborado perfil de hombre hecho a sí mismo, hijos de inmigrantes húngaros, ‘outsider’ en la política, ajeno al pedigrí de los ‘enarcas’ (la Escuela Nacional de Administración, vivero de la clase política dirigente francesas durante décadas), la candidata socialista de entonces proyectó una imagen rígida, distante, poco empática con su propia base social, como atenazada por la pretensión de parecer apropiada para el puesto, agobiada por la responsabilidad en ciernes.

                Ahora es bien distinto. Sarkozy  sigue presentándose como un hombre sencillo que habla directamente al pueblo, sin mediaciones ni compromisos externos (las élites, si se trata de sus rivales conservadores; los sindicatos, en el caso de su adversario socialista).  Pero ya no llega de fuera: es el Presidente. Ha ejercido el poder y se ha servido de él a conciencia. No puede explotar su ‘virginidad’, su ‘limpieza’ (los casos de corrupción lo han sepultado en las encuestas de valoración), su credibilidad se ha convertido en oportunismo (demasiados cambios de opinión en apenas días o semanas).

                LA (PEN)ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

El debate del jueves por la noche era una de las pocas ocasiones que le quedaban a Sarkozy  para provocar ese shock que podría invertir la tendencia y forzar una ‘foto-finish’ el domingo. En realidad, los debates casi nunca desestabilizan una situación política. Entretienen más que clarifican. Contribuyen al circo político y reservan un pequeño espacio a la sorpresa, de ahí el encanto que suscitan en políticos y periodistas. Y ésta no ha sido una excepción.

Sarkozy eligió el ataque, la confrontación directa, buscando quizás un error de bulto de su rival o la pérdida de su habitual templanza, etc. Hubo tensión en algunos momentos, pero el candidato socialista se mantuvo por lo general dentro del guión de confrontación de programas y exposición de su alternativa diferenciada. Sin embargo, no eludió el choque con Sarkozy, sobre todo en los reproches de carácter personal. En el cuerpo a cuerpo, Hollande no pareció tan cómodo, aunque sus réplicas no carecieron de contundencia.

Curiosamente, las referencias a España como ejemplo poco conveniente para combatir la crisis también provocaron cierta tensión entre los candidatos. Sarkozy quiso comparar la Francia de Hollande con la España de Zapatero, por la afinidad ideológica de ambos dirigentes políticos. Pero el líder del PSF le recordó a Sarkozy que él afeaba su política de oposición poniendo de ejemplo a Zapatero como “buen socialista". Hollande, temeroso de permanecer demasiado tiempo en terreno resbaladizo, se zafó acusando a Sarkozy de irse al exterior para eludir responsabilidades sobre su gestión de la crisis.

Los momentos más tensos se vivieron fue cuando Sarkozy acusó a Hollande de “mentiroso” y ”calumniador”, en dos ocasiones, una de ellas a propósito del impuesto sobre las grandes fortunas, que el presidente negó con vehemencia haber suprimido. El candidato socialista le replicó que a falta de argumentos, no perdía ocasión de “mostrarse desagradable”.  Cruce de palabras crudas, más buscado por Sarkozy que por Hollande, que salió indemne de la última prueba mediática. Salvo sorpresa mayúscula, será el próximo Presidente de la República francesa.

HOLLANDE: LO MÁS IMPORTANTE NO ES GANAR



                El triunfo de François Hollande en la primera vuelta de las elecciones francesas ha sido exigua y no del todo convincente. El punto y medio de ventaja sobre Nicholas Sarkozy no abona una excesiva confianza en la victoria definitiva. Y, lo que es peor, tendrá que afrontar una recta final de campaña llena de peligros y tentaciones. Peligros: las trampas de su rival, que juega con el aparato institucional a su favor. Tentaciones: la de reconquistar  el componente, obrero, trabajador, popular, del Frente Nacional, lo que obligará a desfigurar su mensaje. Como ha ocurrido con las insinuación sobre el voto de extranjeros.

                    LIGERO DOMINIO DE LA DERECHA

                Como decía recientemente un sociólogo galo, la primera vuelta de las elecciones francesas es tiempo de posiciones; la segunda vuelta, de decisiones. Pues bien, la foto fija de las posiciones no muestra un vuelco. El voto de derechas ha sido más numeroso que el de izquierdas: 47 frente a 43 por ciento. Con una tasa de participación superior al 80% (no más alta que las anteriores, pero envidiable para España), no cabe creer en el abstencionismo endémico de algunos sectores progresistas. Es algo más. O algo distinto que eso. El mensaje de izquierdas se echa más en falta, justo cuando más necesario parece. Francia no es una excepción, a pesar de la falsa creencia que suele situar en el país vecino el depósito de los valores de progreso.
                En ese sentido, la elección secundaria, el duelo de 'teloneros' entre Marine Le Pen y Jean-Luc Melenchon se ha zanjado con victoria de la primera por más de siete puntos (18 frente 11 por ciento) No es que tal resultado constituya propiamente una sorpresa. De hecho, algunos sondeos extremadamente optimistas sobre el 'flamboyante' líder de la izquierda habían sido puestos en cuestión por observadores más cautelosos. El acariciado 15% se ha visto rebajado, a la hora de la verdad, en casi cuatro puntos menos y siete por debajo de la 'outsider' más exitosa.

                  FRENTE NACIONAL: ENTRE LA CONTESTACION Y LA INFLUENCIA

                El resultado tan comentado de Marine Le Pen no es ni tan magnífico ni tan sorprendente como pretenden algunos comentaristas. La máxima dirigente actual del FN apenas ha superado en un par de décimas el resultado de su padre en la primera vuelta de 2002. Pero entonces, Jean Marie obtuvo la segunda plaza, desplazando de forma humillante a Lionel Jospin, un candidato honesto del PSF, aunque con demasiados enemigos en el interior de su partido (incluso, a veces, él mismo). La ultraderecha francesa se institucionalizó en los últimos años, por su poder municipal y por su capacidad para influir en el alma y en la política pragmática de la derecha pos-gaullista, neoliberal, globalizadora. Marine Le Pen, antes y durante la campaña, tuvo la habilidad de recuperar el tono antisistema que constituía la esencia originaria del partido, pero, sin desprenderse de la capacidad de influir en la basculación de ese mismo sistema, en proceso de desprestigio.

                EL 'TODO O NADA' DE SARKOZY

                Sarkozy pierde, pero conserva algunas de sus opciones para continuar mandando. Necesita enfangarse en un discurso contradictorio, demagógico y alborotado, para quebrar la confianza en su rival socialista. No parece haber muchas dudas en que lo hará, si cree que tiene algunas posibilidades de invertir la tendencia en su favor. Por eso quiere todos los debates posibles: para provocar errores de Hollande.
                En los últimos meses y durante la campaña propiamente dicha, Sarkozy, fiel a su oportunismo, adoptó algunas propuestas poco consistentes con las políticas de austeridad que había adoptado -por convicción o por su alianza de conveniencia con la canciller Merkel. Decidió atajar la progresión de Hollande con esta idea: 'yo también soy capaz de saltar el charco de la recesión, pero con más experiencia/solvencia que mi rival'. Sin contraer riesgos. Sin asustar a los ´mercados´. Haciendo valer su interlocución con la 'dama de hierro' alemana. Y, al mismo tiempo, ganarse a los votantes del Frente Nacional más alarmados por el giro a la izquierda, con el señuelo de que a veces hay que optar lo malo para evitar lo peor.  

                PERDONES Y RECOMPENSAS     

                Lo más obvio es que el presidente saliente necesita que le 'perdonen' no sólo los votantes del Frente Nacional. También los moderados del MoDem. No tendrá que improvisar. Lleva meses preparándose para esa estrategia de combatir en dos frentes y combinar mensajes contradictorios, de templanza y radicalismo, de tolerancia e intransigencia, de europeísmo blando y antieuropeísmo duro.
                El líder centrista Bayrou ha sido cauto y no ha dado instrucción de voto a sus electores después de su discreto -aunque esperado- nueve por ciento. Los votantes centristas son más de derechas que de izquierdas, eso hay que tenerlo claro. Si votan a Hollande no será tanto por simpatías ideológicas o cercanías programáticas, aunque el vencedor provisional haya vivido siempre en las latitudes más templadas del socialismo francés.  Será más por rechazo a Sarkozy, a su estilo, a su desprecio de estos años por sus 'primos' del centro-derecha. Con su inhibición, Bayrou se deja querer ante posibles ofertas, sin descartar la de convertirse en inquilino del Hotel Matignon (Jefatura del Gobierno).

                 FIERAMENTE, HOLLANDE

                Después de veinte años de larga, penosa y por momentos poco edificante travesía del desierto, los socialistas podrían, por fin, colocar en el Eliseo a uno de los suyos. No precisamente al más carismático o ilusionante. Pero si, seguramente, al más táctico. Otro signo de los tiempos.
                En los perfiles que hemos leído durante las últimas semanas hay una coincidencia en resultar su condición de hombre tranquilo. O su pragmatismo. Hollande le ganó el liderazgo a Martine Aubrey, una socialista con referencias más clásicas. Las querellas fratricidas del socialismo francés habían devaluado notablemente el debate de ideas. Hollande emergió como una respuesta moderada. En otras palabras, ganó la interna, porque se le percibió con más posibilidades de triunfar en la grande. De hacerse con la presidencia y poner fin a una deriva que parecía devolver a Francia a los tiempos de la Cuarta República en que se antojaba imposible un triunfo electoral de la izquierda.
                Lo más importante no es ganar. Cualquier dirigente o militante socialista consideraría absurda esta afirmación. Después de todo, ¿no se eligió a Hollande para ganar? ¿no era la mejor opción para hacerse con el voto de la clase media francesa, harta de los excesos 'sarkozianos'?. El candidato socialista también ha revisado sus posiciones originales. Con el pronunciado acento en favor de las políticas de estímulos económicos, de empleo público, de intervención estatal sin complejos, ha virado a la izquierda. Pero no sólo eso: se ha diferenciado claramente del oportunismo de Sarkozy.
                El malestar que ronda en torno a Hollande es que, aun cuando consiga finalmente capitalizar el rechazo de centristas y ultraderechistas a Sarkozy y ganar la presidencia, no está garantizado que pueda hacer lo que asegura que hará. Es posible que renuncie a ello una vez que se siente en el Eliseo. Que la hostilidad del entorno se lo trague. Que tenga que guardar en el cajón algunas de sus recetas heterodoxas para favorecer el crecimiento porque el ejército sombrío de especuladores acose a un sistema bancario que presenta importantes debilidades.
                Hollande puede convertirse con un avatar de Obama, encerrando en su laberinto, sometido a una cohabitación infernal (más aún que la de su colega estadounidense), cortocircuitado por la tecno-burocracia de Bruselas, la intransigencia de Berlín y las recetas fracasadas de Francfurt.  Eso si no termina preso de la propia debilidad de sus convicciones. Sería lo peor que pudiera pasarle a la esperanza socialdemócrata. Mucho peor que perder sería decepcionar, fracasar o diluirse, una vez más, en un mandato sin identidad. Gestionar sin gobernar, sin hacer política. Capear el temporal esperando que pase lo peor de la crisis, minimizando el desgaste, invocando lo inevitable, la 'real-politik'. El destino trágico del socialismo europeo en tiempos de crisis.

EL MALVINAZO Y LA HIPOCRESÍA

 19 de abril de 2012

 La expropiación de Repsol-YPF por el Gobierno argentino ha desatado más excesos de los convenientes: verbales, gestuales y políticos. A la espera de las decisiones más cabales y racionales, casi todas las partes han dado rienda suelta a comentarios y valoraciones demagógicas, emocionales o presuntamente patrióticas y poco alentadoras. En estas cuestiones de conflictos entre gobiernos y empresas se produce, con bastante frecuencia, una incongruencia irritante. Cuando soplan vientos favorables y todo son ganancias, los dividendos se incrementan y las retribuciones de ejecutivos se multiplican, se quiere a los gobiernos -de cualquier signo y nacionalidad- lo más lejos y despistados que resulte posible y presentable. En cambio, cuando se tuerce el rumbo y todo lo que subía exponencialmente empieza a bajar siquiera ligeramente, se convoca al Gobierno más a mano, por supuesta adscripción nacional o por simpatías interpuestas, para que acuda(n) al rescate. Por ello, conviene una posición cauta y hasta escéptica. Las evidentes motivaciones oportunistas del Gobierno argentino son tan lamentables como las manifestaciones de orgullo herido, de indignación nacional o de atropello que se han escuchado de este lado.
Produce cierta incomodidad que, en casos como éste, se confunda con absoluto desparpajo los intereses de una compañía privada con los intereses generales. No se trata de inhibirse irresponsablemente. Pero se roza la gazmoñería cuando la lesión que ha podido causarse a unos particulares se convierta en afrenta nacional. Ni todos los españoles nos beneficiamos directa o indirectamente de las suculentas ganancias acumuladas por Repsol en su negocio argentino, ni nos veremos perjudicados dramáticamente ahora.

Si Repsol ha sido agredida, debe defenderse con los abundantes bazas de que dispone: una legislación internacional (muy favorable, por cierto, a los intereses de las compañías transnacionales), unos equipos jurídicos a los que hay que presumir competencia y sagacidad, y una experiencia en el terreno de la supervivencia en aguas difíciles, como se le supone a cualquier entidad de esa dimensión en el mundo de los negocios.

LAS OBLIGACIONES DEL GOBIERNO RAJOY

De las reacciones oficiales españolas, hay algunas que resultan reprochables. En primer lugar, las amenazas ambiguas rematadas con un estrambote que negaba la intencionalidad de la propia amenaza. “Las medidas se toman pero no se anuncian”, dijo la vicepresidenta Sáenz de Santamaría el pasado viernes. En sus palabras se advierte cierta tensión contradictoria. En su gestos, no reproducibles aquí, se apreciaba una clarísima intención intimidatoria; al cabo, ineficaz, como se ha visto.

Confirmada la resolución expropiatoria, el Gobierno adoptó una actitud más cautelosa. O bien porque reflexionó, o bien porque, después de todo, las ‘medidas no anunciadas’ no estaban del todo maduradas. Inmediatamente después, al calor de la reacción pública, alentada por encendidas valoraciones de editoriales, comentaristas y tertulianos, -también por chocantes declaraciones solidarias de amigos latinoamericanos de conveniencia-, se atisbó un cierto envalentonamiento de algunos titulares gubernamentales.

De todas las manifestaciones de desagrado y malestar, lo más chocante ha resultado los reproches, primero contenidos (Ministro Margallo) y luego explícitos (Ministro Soria) a la Administración norteamericana. ¿Se esperaba escuchar en Washington tambores batiendo en defensa de intereses corporativos ‘españoles’ solo porque desde aquellas latitudes se proclama por defecto la primacía de los negocios por encima de cualquier otra consideración? Esta pretensión resulta cuando menos ingenua. Como han señalado THE NEW YORK TIMES o el WALL STREET JOURNAL, intereses petroleros norteamericanos se suman a los chinos en el merodeo de los recursos energéticos argentinos.

El Gobierno español representa los intereses generales de los españoles, también de los accionistas de Repsol-YPF, pero cualquiera de las acciones legítimas que adopte para defenderlos no puede perjudicar a la inmensa mayoría de los nacionales que no han resultado directamente lesionados por la expropiación de la empresa. Eso parece obvio, pero no lo es tanto, a juzgar por la temperatura que marcan los termómetros políticos y mediáticos.

UNA DUDOSA RESTITUCION

La privatización de YPF y su adquisición por Repsol, a finales de los noventa, por decisión del Gobierno liquidador del nominalmente peronista Carlos Menem, formó parte de uno de los mayores expolios de la reciente historia argentina. Las privatizaciones acontecidas durante las últimas tres décadas de arremetida neoliberal -en América Latina y en los antiguos países comunistas, por citar sólo los casos más sangrantes- presentan muchos casos de lesión indiscutible de los intereses generales en los lugares donde se produjeron. La mayoría de los gobiernos o de sus exponentes políticos miraron para otro lado o fueron cómplices. Por no hablar de los portavoces de todas las clases en medios de comunicación, instituciones y empresas.

En cuanto al Gobierno argentino, qué duda cabe que resulta indisimulable el carácter oportunista de su actuación. Estos días han sido puestas en evidencia las contradicciones de los Kirchner con respecto a la petrolera. Son bien conocidos el politiqueo, la falta de transparencia y la incoherencia de la política energética del Gobierno de la pareja presidencial.

El talante de Cristina Fernández tampoco ha ayudado mucho en este momento. La ocasión era demasiado tentadora para satisfacer sus instintos populistas, pero sobre todo su estilo arrogante. Es una constante de su estilo de liderazgo: combina -de forma atrabiliaria muchas veces- la supuesta defensa de intereses nacionales, e incluso populares, con una verborrea innecesaria y contraproducente. Y lo que es peor, atiende mal o no atiende en absoluto defectos muy arraigados en las clases dirigentes argentinas: el amiguismo, la falsa apariencia, la propensión a la corrupción. Muchas de las causas justas que ha defendido durante su mandato -o el de su marido fallecido- han resultado fatalmente manchadas por el engaño, la impostura o la ignominia.

Cristina ha protagonizado su ‘Malvinazo’ particular, como lo hicieron los declinantes militares argentinos hace treinta años. Aquella aventura patriotera se disolvió en dolor, desastre, y descrédito. Pero, al mismo tiempo, aceleró el cambio democrático, que luego las penosas circunstancias económicas lastrarían durante más de una década.

Si Cristina no mantiene adecuadamente su apuesta le puede ocurrir algo parecido: la recuperación de un bien nacional, en este caso la gestión de los recursos petrolíferos, puede servir para reorientar positivamente su proyecto político. Pero es razonable temerse lo contrario: que se utilice para consolidar vicios y malversaciones. LA NACION, diario de derechas y muy hostil a la presidenta, ha recordado estos días que algunas de las personas designadas para hacerse cargo inmediato de la compañía acreditan un historial de sospechas, irregularidades e incompetencias. Las proclamas nacionalistas resultan huecas y sólo pueden impresionar a los interesados o los irreflexivos: no bastará con protestas de soberanía recobrada para que la recuperación formal de un recurso tan importante signifique una mejora real y objetiva de la mayoría de los argentinos.

EL GRAN RETO DE OBAMA 2.0: REDUCIR LA DESIGUALDAD

12 de abril de 2012

La retirada de Rick Santorum oficializa lo que ya parecía claro desde hace semanas: Obama y Romney se disputarán la Casa Blanca en noviembre. La batalla política se librará en el terreno económico. Los republicanos insistirán en la receta de la liberalización, ya fracasada. Los demócratas intentarán recuperar su 'alma' e insistirán en restablecer una mayor justicia social. Es prometedor, pero no está claro que la apuesta sea realmente comprometida.
Obama marcó el tono de la larga campaña, en un mitin celebrado esta semana en Florida, un Estado clave como siempre, en la resolución electoral. El presidente se adhirió una vez más a la denominada 'regla Buffet' para asegurar una imposición más justa sobre las grandes fortunas. La norma lleva el nombre de su promotor, el multimillonario Warren Buffet, conocido por sus provocadoras propuestas contra la codicia de los inversores y especuladores financieros. En concreto, sugirió que a los norteamericanos con renta superior al millón de dólares se les gravara con un tipo mínimo del 30%. Si se aplicasen sus propuestas, el fisco obtendría 50.000 millones de dólares en diez años.
Detrás de la adhesión de Obama a la 'regla Buffet' late el cálculo de que puede tratarse de un arma directa muy eficaz contra su competidor republicano. Romney soporta una fiscalidad de chiste. Su fortuna procede de las ganancias de capital, que están gravadas sólo con un 15%, pero paga un punto menos, según su última declaración fiscal, por exenciones y descuentos varios. Además, es sabido que la actividad profesional del candidato republicano se ha basado en liquidar empresas y despedir trabajadores.
Por tanto, estamos ante un escenario de 'Hombre rico, hombre pobre', por decirlo de modo coloquial. Obama aparece más que nunca en sintonía con la base demócrata, desde su elección hace tres años y medio. Pero los medios progresistas temen que esta estrategia tenga fundamentos demasiado oportunistas. Los comentaristas más críticos con el sistema le reclaman que profundice en sus propuestas de nivelación social.
UN RETROCESO DE MEDIO SIGLO
Estados Unidos ha vivido un proceso de desigualdad social como no se conocía desde los años veinte. Los datos son aterradores. Según el último censo, LA MITAD DE LOS NORTEAMERICANOS SON POBRES O DE RENTA BAJA. Poca gente en Europa es consciente de ello. Peor aún: la mayoría de los medios de comunicación, de allá y de acá, o desconocen o escamotean este hecho y siguen ofreciendo una imagen distorsionada de la realidad social de Estados Unidos.
A los cincuenta millones de pobres, se unen casi otro centenar más que no llegan a los 45.000 dólares (35.000 euros) de ingresos anuales. Alguien puede pensar que mucha gente en Europa no disfruta de esa renta, pero hay que tener en cuenta que los norteamericanos no disfrutan de servicios básicos gratuitos o a muy bajo coste como los que existen (todavía, e irregularmente) en la Unión Europea.
Merece la pena consignar algunos datos de la evolución registrada en desde que comenzó la 'revolución conversadora' en el arranque de la década de los ochenta:
- la renta del 20% de las familias más pobres ha descendido más de un 10%.
- por el contrario, las 5% más ricas han visto incrementarse su renta en un 64%.
- seis de cada diez niños o ancianos viven en alto riesgo de caer bajo el umbral de la pobreza.
- como era de esperar, la raza sigue siendo un factor esencial de la desigualdad: tres cada cuatro hispanos son pobres; les siguen en el ranking de desfavorecidos los afro-americanos.
La actual crisis económica y financiera ha acelerado este proceso de desigualdad. Desde 2007, el número de familias que han descendido a este estadio de riesgo de exclusión social ha aumentado más del 30%.
LA DESPROTECCION SOCIAL
Frente a este panorama social desolador, los sucesivos gobiernos se han comportado de forma insensible y hasta irresponsable, amparados bien en el supuesto afán de reducir fraudes, bien de aligerar las costas fiscales.
Este fin de semana, THE NEW YORK TIMES ha publicado un extraordinario informe en el que se denuncia el deterioro escandaloso del "welfare state". En el momento actual, cuando más se necesita un sistema ágil y vigoroso de compensación de los estragos causados por la crisis, asistimos a lo contrario: un abandono vergonzoso de los más vulnerables. Según estudios recientes, una de cada cuatro madres-solteras (por tanto, cabezas de familia) están desempleadas y carecen de ayuda social (no son menos de cuatro millones en toda la Unión).
Lo decepcionante es que el sistema de protección social que existía en Estados Unidos desde los tiempos del New Deal no empezó a ser demolido durante los años de Reagan o Bush Sr., sino en los de Clinton. Estimulado por el boom económico, el presidente demócrata de los noventa, desde sus acreditadas posiciones centristas, vio la oportunidad de "acabar con el estado del bienestar que hemos conocido", según el eslogan. El propósito era acabar con el abuso o la supuesta tendencia acomodaticia de millones de norteamericanos desfavorecidos. El viejo programa de Asistencia a familias con menores a cargo fue reemplazado por el de Ayuda temporal a familias necesitadas. Consecuencia: ahorro y desprotección.
En los años de bonanza, muchos de los beneficiarios del viejo 'welfare state" se convirtieron en trabajadores de bajo nivel, regular o mal pagados, pero salarialmente independientes. Cuando la crisis estalló, los nuevos parámetros de la asistencia social crujieron y las administraciones (la federal y las estatales) no respondieron adecuadamente.
La investigación previa ha demostrado algo todavía más insultante: que parte de los menguados fondos destinados inicialmente a la atención social se han empleado, en la práctica, en otras finalidades, lo que ha agravado la situación de desamparo y desprotección.
En 2008, Obama se mostró partidario de esta reforma a la baja de la protección social, seguramente para ganarse el apoyo de la clase media que no creía estar expuesta a los riesgos de la exclusión. Ahora tiene la oportunidad de revisar algunas de sus posiciones en esta materia y hacer mucho más consistente su oferta de justicia fiscal.

EE.UU.:LA HERENCIA DEL ODIO

30 de marzo de 2012

Lo único que le faltaba al enrarecido panorama social en Estados Unidos es que se desataran casos de odio racial, de racismo salvaje. Dos casos recientes ponen los pelos de punta y hacen temer un desbordamiento, una polarización, una proyección mediática inadecuada –a la vez tardía y oportunista- y un efecto político confuso y perverso.
Una mujer iraquí fue salvajemente asesinada en el extrarradio de San Diego. Su asesino dejó una nota junto a su cadáver acusándola de ser terrorista. Por ser iraquí, simplemente. Se trataba de una mujer perteneciente de confesión chií, que había colaborado con los norteamericanos después de la guerra del Golfo, por su rechazo a Saddam Hussein. La lógica del asesino, además de criminal, no podía ser más absurda y desnortada. La localidad donde ocurrieron los hechos es una especia de Little Iraq, por la cantidad de personas procedentes de allí y de otros países de Oriente Medio. En un reportaje ‘sobre el terreno’ el NEW YORK TIMES documentaba esta semana varios ejemplos de rechazo racista.
El otro caso ha tenido una repercusión mayor, aunque tardó semanas en conocerse públicamente. El 26 de febrero un joven afroamericano de 17 años, llamado Trayvon Martin, fue muerto por impacto en su pecho de una bala de 9mm, disparada por George Zimmermann, de 28 años, ‘capitán’ de una patrulla civil de vigilante. Las versiones de las defensas legales de ambos difieren radicalmente.
El abogado del autor de los disparos asegura que su cliente recibió del afroamericano un puñetazo en la nariz y, al hacer el gesto de llevarse la mano a la cintura, temió que fuera a sacar un arma y se limitó a defenderse. Por el contrario, el abogado de la victima asegura que Trayvon, que estaba desarmado, había salido a comprar una bolsa de gominolas y un lata de té frio cuando tropezó con el vigilante y, sin que él hiciera nada agresivo o ilegal, recibió el balazo.
POLICIA BAJO SOSPECHA
La actitud de la fuerza pública ha sido objeto de sospecha. Durante semanas se ha resistido a entregar las grabaciones de la conversación mantenida con el vigilante en los minutos anteriores a la muerte del joven negro. Los policías recomendaron al patrullero que no interviniera.
A pesar de ello, cuando se presentaron en el lugar de los hechos, los policías no hicieron que un médico reconociera a Zimmerman y creyeron su versión. La policía de la localidad donde ocurrieron los hechos, Sanford, presenta un historial un tanto polémico, con sospechosos comportamientos racistas, reconocidos incluso por las propias autoridades municipales. De hecho, el jefe de policía ha sido reemplazado por ‘falta de confianza’. El sucesor es negro. El asunto se encuentra ya bajo investigación y competencia federal, una vez que el caso ha adquirido dimensión nacional.
UNA LEY PERVERSA
El caso es que Trayvon está muerto y Zimmerman en libertad. El vigilante actuó bajo el amparo de la Ley “Stand your Ground”. Algo así como: ‘defiende tu terreno’. Es un concepto que conecta con uno de los principios más arraigados del conservadurismo norteamericano: el derecho a tomarse la justicia por su mano. Un arcaísmo que proviene de la colonización salvaje.
La controvertida ley rige en una veintena de estados de la Unión. En Florida fue promovida en su momento por el entonces gobernador Jebb Bush, el tercer miembro de la estirpe familiar. Pero a pesar de todo, este Bush se desmarcaba de la aplicabilidad de la ley en este caso y consideraba que nadie podía ampararse en ella para “cazar a cualquiera que nos vuelva la espalda”.
El diario LOS ANGELES TIMES ofrece algunos otros casos recientes de actuaciones individuales de defensa propia con resultado de muerte. En muchos de ellos, el agresor, o ‘vengador’, salió bien parado; o sea, en libertad, sin cargos. Algunos resultan sangrantes.
CRIMINALIZACIÓN DE LA VICTIMA
En declaraciones al diario CHRISTIAN SCIENCE MONITOR, Donald Tibb, un profesor de leyes de la Universidad de Drexel, especialista en procedimientos relacionados con delitos raciales o conculcación de derechos civiles, se inclina por considerar el caso como un ‘crimen de odio’; es decir, un crimen racista, y señala indicios de premeditación. Otros activistas que han apoyado a la familia en la movilización social postrera, sostienen argumentos similares que incriminan al agresor como un racista violento.
El asunto tiene su importancia, porque, de ser acusado de delito por motivo racial, la pena es cadena perpetua. Lo chocante del caso es que el abuso que podría haber cometido Zimmerman tiene menos castigo que si lo hubiera cometido un policía o un funcionario. Ser una patrullero civil lo exonera del delito por violación de los derechos civiles de Martin.
Estos embrollos legales crean una sensación de frustración en la población negra. Miles de afroamericanos se han echado a las calles para protestar no sólo por la muerte de su ‘hermano de color’, sino por la injusta arquitectura legal que, pese a las sucesivas conquistas desde los años sesenta, aún persiste en los Estados Unidos.
Cuando la indignación alcanzó un nivel imposible de escamotear por los medios de comunicación estatales, tras una tímida reacción inicial, el propio Presidente Obama se comprometió con un comentario que, a buen seguro, será utilizado torticeramente por sus rivales políticos y, más aún, por los voceros de la derecha norteamericana más recalcitrante. Dijo Obama que si él tuviera un hijo “sería como Trayvon Martin”.
El comentario presidencial va más allá de una muestra más o menos afortunada de simpatía con la víctima y sus allegados. Obama tuvo que demostrar que no tenía intención de reivindicar su raza si conquistaba la Casa Blanca, para merecer el apoyo o al menos la neutralidad de ciertos sectores sociales y políticos. Con él no fueron tan correctos sus enemigos. Recuérdese que le exigieron pruebas de su ciudadanía y otras vilezas semejantes.
Ahora, en un contexto de combate político agudizado contra la derecha más militante, Obama ha optado por no dar un paso atrás. Mientras su reforma del sistema sanitario se ve sometida a una inquietante revisión por el Tribunal Supremo, con argumentos que resultan incomprensibles en Europa, el conflicto racial puede convertirse en un nuevo frente electoral.
Los que creían que este problema ya estaba superado en América quizás han pecado de optimistas. En un agudo análisis para THE NATION, Melissa Harris-Perry, politóloga y experta en cuestiones de discriminación racial, afirma provocadoramente que “Trayvon Martin no es inocente. Es culpable de ser negro en un espacio público presumiblemente restringido”. Más aún, asevera: “a menudo es imposible para un cuerpo negro ser inocente”. Basta la indumentaria habitual de miles de jóvenes negros para que resulten sospechosos. Uno de los comentaristas conservadores más repelentes de la FOX, el latino Geraldo Rivera, no tuvo empacho en decir en su programa que si Trayvon no hubiera llevado la capucha de la sudadera cubriéndole la cabeza, Zimmerman no lo hubiera atacado. Lo que lleva a la profesora Harris-Perry a comentar que el joven afroamericano es considerado culpable no por cometer un acto agresivo o ilegal sino por su presencia física. Esta criminalización de la forma de presentarse en público puede justificar al hombre que lo disparó y dejar la conciencia tranquila a muchos norteamericanos, pero violentara aún más la convivencia democrática en Estados Unidos.

FRANCIA: TRAGEDIA TERRORISTA Y FARSA ELECTORALISTA

22 de marzo de 2012

FRANCIA: TRAGEDIA TERRORISTA Y FARSA ELECTORALISTA
El terrorismo ha irrumpido en la campaña electoral francesa, a pesar de que sus principales protagonistas –y desde luego, el más relevante, el propio Presidente-candidato- aparentaran lo contrario durante los días que mediaron entre el atentado de Montauban y el trágico desenlace final de Toulouse.
Después de que el joven de origen argelino Mohamed Merah asesinara a sangre fría a seis personas en un colegio judío, pareció imponerse una pausa en declaraciones que pudieran interpretarse como políticamente oportunistas. La localización del asesino en su domicilio y las horas que transcurrieron hasta su liquidación prolongaron la ‘tregua’. Pero, como algunos temían, el Presidente tardó apenas unos minutos en anunciar nuevas medidas para prevenir y perseguir a los ‘jihadistas’.
La breve intervención televisiva de Sarkozy estuvo cuidadosamente medida. Después de advertir contra el riesgo de confundir a “nuestros compatriotas musulmanes” con las “locas motivaciones de un terrorista”, el Presidente avanzó que el Gobierno promoverá una ley que castigará penalmente a las personas que “consulten de manera habitual sitios de Internet que hagan apología o que convoquen al odio y a la violencia” y/o a las que “viajen al extranjero para seguir trabajos de adoctrinamiento en ideologías que conduzcan al terrorismo”.
A falta de concreción definitiva, pueden avanzarse dos observaciones. En primer lugar, la precipitación de la actuación política. ¿No hubiera sido más lógico esperar a que se concluyera el proceso electoral? Por otro lado, resulta dudoso que consultar una página de Internet sea sinónimo de simpatías terroristas. ¿Los analistas, estudiosos o incluso los investigadores, policiales o no, se convierten en sospechosos?
UNA PRUDENCIA FICTICIA
La reacción inicial del entorno presidencial desde el atentado de Montauban hasta los días posteriores a la matanza de Toulouse había sido muy contenida, por temor a que cualquier agitación pudiera ser aprovechada por el extremista Frente Nacional, que tiene una expectativa de voto del 15%, según los últimos sondeos. Decía un comentarista estos días que Sarkozy y los suyos tenían muy presente el patinazo del gobierno Aznar después de los atentado del 11 de marzo de 2004, de ahí su cautela.
Sin embargo, esta fulminante presentación pública de nuevas medidas hace sospechar que la supuesta prudencia mantenida en días anteriores era ficticia y que sólo se estaba esperando a una resolución “positiva” del drama para extraer el consiguiente rédito político.
En las semanas previas a los atentados, Sarkozy había vuelto a sintonizar con argumentos propios del Frente Nacional referentes a la emigración. El presidente-candidato sabe que sólo atrayéndose parte de ese electorado puede mejorar sus perspectivas de triunfo. Su aparente remontada en los sondeos debió alentarle en ese sentido. Los últimos datos indican que se ha colocado escasamente a un punto del candidato socialista, François Hollande, en la primera vuelta, aunque sigue muy lejos de su oponente en el mano a mano final (la segunda vuelta).
Hollande se había cuidado muy mucho de no parecer agresivo, de no cometer un tropiezo, y sabe que los atentados, el terrorismo, la confusión entre la violencia y el islamismo y otras consideraciones relacionadas con la convivencia interracial constituyen un terreno tremendamente resbaladizo. Por eso, ante los crímenes de estos días ha mostrado una actitud cautelosa y exenta de polémica, invocando la unidad y otros llamamientos de una corrección política casi de manual.
El contrapunto crítico, en cambio, lo había puesto el candidato centrista, François Bayrou, quién no se privó de reprochar a Sarkozy de aprovecharse de “un creciente clima de intolerancia”, por motivos electoralistas. Bayrou aparece por detrás de Marine Le Pen en los sondeos sobre perspectivas de voto en la primera vuelta y es un hecho que le disputa caladeros electorales al actual inquilino del Eliseo. Los votos de Bayrou son claves para la decisión final, tanto o más que los de la candidata del Frente Nacional. De momento, las previsiones no son favorables para Sarkozy, porque son más los votantes de Bayrou que declaran preferir a Hollande en la segunda vuelta.
Como era lógico, Sarkozy se cuidó de no intervenir en la polémica y dejó o instruyó a sus principales colaboradores para que se encargaran de las réplicas correspondientes. El candidato prefirió blindarse en su otro papel, el presidencial, de más altura, ‘au dessus de la melée”, por encima de los acontecimientos, especialmente los desagradables. LE MONDE lo codificaba brillantemente hace unos días: el candidato Sarkozy se dispone a recoger el éxito del Presidente Sarkozy. Da la impresión de que así ha terminado ocurriendo.
EL DISCURSO DEL CANDIDATO-PRESIDENTE
El asunto del terrorismo, en cierto modo, mancha, es cierto. Y, sin embargo, presenta ventanas de oportunidad, si se considera fríamente, más allá de las solemnes declaraciones institucionales. Habrá que estar atentos a si, aparte de las medidas anunciadas, los estrategas de la UMP hacen una utilización más extensa de los recientes acontecimientos en el debate electoral durante este mes que falta para las elecciones.
Si deciden hacerlo, no tendrán que forzar mucho las cosas o parecer demasiado obvios. Les bastará con dar continuidad al relato sarkoziano, no ya desde que ocupa el sillón del Eliseo, sino antes, cuando era responsable del Ministerio del Interior. Desde entonces, son incesables las actuaciones y los discursos de Sarkozy sobre inmigración, seguridad e identidad nacional, hasta el punto de convertir la confluencia de estas tres categorías en la sustancia de su pensamiento y su actuación política.
En el discurso de Sarkozy se basa en dos premisas: 1) no se puede negar ni minimizar el asunto de la inmigración ni desvincularlo de las preocupaciones de seguridad ciudadana; y 2) sólo un gobierno con la firme voluntad de combatir la delincuencia en todas sus formas (común o terrorista) puede afrontar sus consecuencias.
El objetivo es que el electorado más conservador (xenófobo o no) otorgue al candidato-presidente el 6 de mayo la confianza de conveniencia que le negará el 22 de abril, para depositarla de corazón al Frente Nacional de Marine Le Pen. Los sondeos indican que la mayoría de estos votantes prefieren que su vota ‘se pierda’. Algunos, los menos, incluso parecen optar por apoyar a Hollande. De éstos, sólo unos pocos por convencimiento de que es el mal menor: la mayoría tan sólo por privar a Sarkozy de la posibilidad de seguir en el puesto. Curiosamente, el discreto cortejo de Sarkozy hacia el ‘votante del orden’ provoca tanto rechazo como simpatía potencial, pero comporta el daño colateral del alejarle del electorado centrista o más templado. Es obvio que los estrategas de la UMP consideran más recuperables los primeros que los segundos. Y, desde luego, acontecimientos dramáticos como los de los últimos días son susceptibles de ser utilizados, de una u otra forma, para desnivelar la balanza y activar el mecanismo del voto útil. De esta forma, teñida por las exigencias electorales, la tragedia podría devenir en farsa.