ESCOCIA COMO EJEMPLO


17 de octubre de 2012

         El referéndum para decidir sobre la independencia de Escocia se celebrará finalmente en otoño de 2014, de forma pactada y sin aparentes tensiones, en un clima de acuerdo político y de normalidad constitucional. 

        Para quienes desean una fórmula equivalente en España (el caso expreso de Cataluña, objeto de debate en las últimas semanas), el antecedente escocés tiene un valor incalculable, por las siguientes razones: desdramatiza el debate, acentúa la viabilidad y despeja dudas sobre el encaje europeo. Lo cual no implica que una hipotética separación (de Escocia o de Cataluña) ... o la partición de Bélgica en dos entidades confederadas (Flandes y Valonia), fuera el resultado más conveniente para la mayoría de la población. 

         Para este comentario nos centraremos en explicar las claves del proceso escocés y dejaremos que el lector establezca las comparaciones oportunas.

          UNA ASPIRACION DE TRES SIGLOS

          La independencia es un viejo anhelo del nacionalismo escocés.  Siempre hubo una fracción importante de los ciudadanos de esa tierra que consideró el Tratado de la Unión de 1704 (por cierto, fecha muy cercana a la 'derrota' histórica catalana) como un hecho político lamentable. Pero hasta 1934 no se agrupó en un Partido  unido ese sentimiento nacionalista.  Desde entonces y hasta 1999, con la denominada 'devolución', es decir, una suerte de régimen autonómico, las aspiraciones escocesas de autogobierno no habían encontrado cauce favorable, por falta de impulso popular y por una débil expresión política.

       Tony Blair avistó el 'peligro nacionalista' y muñó un sistema electoral autonómico distinto del estatal, más proporcional, para evitar una hipotética hegemonía nacionalista.  Los laboristas gobernaron dos legislaturas en coalición con los liberal-demócratas hasta que el auge nacionalista los desalojó del poder en Edimburgo. Pero los nacionalistas tuvieron que conformarse con una gestión en minoría. Hasta el año pasado, que la mayoría del Partido Nacionalista Escocés se reforzó. Se aceleró entonces la campaña pro-referéndum.

        Una de las grandes preguntas en estos procesos de separación gira en torno al 'momento'. Una vieja aspiración cobra nuevo  impulso por la oportunidad coyuntural. Los efectos de la crisis, las fracturas de la coalición conservadora-liberal y el atascamiento laborista hacen pensar en una prolongada permanencia de la opción nacionalista en Escocia. Las drásticas medidas de austeridad impuestas por Londres son percibidas en Edimburgo como especialmente perjudiciales para los escoceses.

          La otra cuestión recurrente es la viabilidad de estas viejas naciones como nuevos estados. Escocia no es, ni histórica ni actualmente, la parte más rica de Gran Bretaña (contrariamente a lo que ocurre con Cataluña). Pero dispone del importante recurso petrolero (el actual y el que apuntan algunas exploraciones), y eso parece dotar de cierto plus a sus aspiraciones independentistas. Por ubicación, dimensión y población, se ha comparado, un poco forzadamente, a Escocia con Noruega.
               
          UNA DURA NEGOCIACIÓN

         Aunque finalmente el acuerdo político ha sido total y se aborda el proceso de consulta en un clima de aparente cordialidad, las negociaciones no han sido fáciles.  Los partidos estatales (y no sólo los del gobierno: los laboristas manifiestan una hostilidad semejante a la independencia) han conseguido que la pregunta del referéndum sea única y clara. Resulta lógico, porque todos los estudios de opinión pública coinciden en no atribuir a los partidarios de la independencia más de un tercio de los votos en el mejor de los casos. En otras palabras, no parece probable la victoria del independentismo; de ahí que los 'unionistas' no quieran comprometer su victoria con interpretaciones abiertas y equívocas. 

        El objetivo sería neutralizar la operación política consistente en utilizar el referéndum para conseguir más poderes autonómicos (la llamada 'devolución max', o más poderes para la autonomía),  en compensación por el rechazo al independentismo. En un artículo para THE GUARDIAN, el profesor James Mitchell, se muestra crítico con el criterio de consulta acordado, ya que, en su opinión, esta opción de 'sí o no' impide la opción que, a su juicio,  "la mayoría de los escoceses prefieren": más competencias para los escoceses, sin llegar a la independencia. Mitchell cree muchos de los que votaran afirmativamente preferirían la fórmula 'devolution max', y muchos de inclinarán por la opción negativa no quieren simplemente el 'status quo'.

          A cambio de ceder en la claridad de la pregunta, los nacionalistas del primer ministro escocés, Álex Salmond, han logrado que en el referéndum puedan votar los mayores de 16 años. Supuestamente, los más jóvenes serían más entusiastas  de la independencia y su voto contribuiría a obtener mejores resultados en favor de su causa. Algunos analistas, sin embargo, se permiten dudar de esta interpretación. Por ejemplo, el semanario liberal THE ECONOMIST considera que los jóvenes son más nacionalistas, en efecto, pero no los comprendidos entre los 16 y los 18, sino los que tenían esa edad en los noventa, la llamada por algunos sociólogos  'generación Braveheart'. Ciertos sondeos apoyarían la tesis de que no más de un cuarto de los votantes más jóvenes en otoño de 2014 apoyarían la independencia. Los que tienen entre 18 y 24 serían aún más renuentes a la separación.
                
             ¿'NEVERENDUM'?

             Si esto es así, si los jóvenes  no son el 'motor de la independencia', ¿a qué tanto interés nacionalistas por incorporarlos al censo de la consulta? Quizás porque Salmond tiene un proyecto a largo plazo ('long game'), que consistiría en forjar una conciencia nacional con paciencia y por etapas. El referéndum sería la siguiente, pero no la última.

         Esto última evoca otra cuestión. ¿Cerrará el referéndum el debate? ¿Cuánto tiempo tardarán los independentistas en demandar otra consulta? Se tiene en mente el caso de Quebec, donde los partidarios de la separación de Canadá han conseguido celebrar varias consultas, sin conseguir su propósito. En este caso, el referéndum se convertiría no en una consulta sino en un puro instrumento de agitación política: un 'neverendum'. En todo caso, los nacionalistas han querido reforzar su credibilidad y se han comprometido indirectamente a aceptar las consecuencias duraderas de un eventual rechazo a la separación. Salmond ha dicho expresamente que "un referéndum es un acontecimiento único en una generación". Nada que descarte un Quebec.

CHÁVEZ: EL DESAFÍO MÁS DIFÍCIL EMPIEZA AHORA


10 de 0ctubre de 2012

              Hugo Chávez ha vuelto a triunfar en las elecciones presidenciales de Venezuela por un margen -casi diez puntos: 54,4% frente al 44,9%- mayor del previsto. La participación, superior al 80%, ha batido récords. Lejos de conseguir esos diez millones que hace no tanto tiempo anunciaba (se ha quedado en siete y medio), sus resultados son los peores de las cuatro elecciones que ha ganado. Con todo, esta victoria supone un éxito político que ni siquiera sus críticos más acerados podrán regatearle.... Públicamente, claro está. 

                NI CÁNCER, NI DESGASTE

                Éstas eran las elecciones más difíciles para Chávez. Por el desgaste en el ejercicio del poder y por la incertidumbre que provocaba el alcance de su enfermedad. El último de estos factores ha podido tener un efecto paradójico. Teniendo en cuenta que no se conoce el expediente médico del Presidente, o la mayoría de la población ha hecho un acto de fe en la superación del cáncer, o bien el caudal de simpatía parece haber sido más fuerte que las dudas sobre su capacidad de dirigir el país, o incluso de permanecer en el puesto. 

               La respuesta resulta llamativamente contundente porque Chávez no ha apuntado a un alter ego; es decir, no estaba garantizada una sucesión ordenada, al menos sobre el papel. Después de catorce años de 'quemar' colaboradores, el puñado de estrechos colaboradores - Jagua, Cabello y  Madero- parecen figuras menores,  aunque uno de los principales asesores del presidente, el español Monedero asegurara hace unos meses que "la continuidad del trabajo estaba garantizada sin el más mínimo problema".

                En todo caso, la impresión de los observadores más atentos es que se ha votado por Chávez y no por el proyecto. El propio Presidente avaló esta interpretación cuando personalizó expresamente en su persona el destino de la 'revolución bolivariana'. Casi todo el mundo en el aparato de poder chavista sabe perfectamente que la desaparición del 'comandante' abriría una crisis importante, de ahí que el asunto de su salud se haya esquivado. 
 
            El otro factor que debía haber pesado en contra de la tercera reelección, el desgaste por la permanencia prolongada en el poder, resulta más interesante y complejo de analizar. Los medios occidentales -y muy en especial la mayoría de los españoles- se toman muchas licencias con el caso venezolano -más exactamente con el 'chavismo'- que no se permiten con otros gobiernos, de la región iberoamericana, al menos. Aparte de Cuba, y por otras razones, sólo encontramos un caso similar: la Argentina de Kirchner (más Cristina que Néstor).

                DISTORSIONES PROPIAS... Y AJENAS

            A la gestión de Chávez se le aplican epítetos como autoritaria, populista, ineficaz, caótica, excéntrica, impredecible, arbitraria... e incluso, en algunos caso, antidemocrática, cuasi dictatorial, etc. Ciertamente, el llamado 'modelo bolivariano' no es ejemplar, desde luego. Tal vez no es lo que su líder o sus exégetas pretenden que es. No es un proceso de 'liberación  del imperialismo yanqui', ni un proyecto de justicia social, ni la construcción de un socialismo futuro ('socialismo del siglo XXI). Pero es innegable que el maná petrolero ha servido -también- para reducir la pobreza considerablemente (de la mitad de la población a menos de un tercio: más que en cualquier otro país del entorno) y para dar a la gente humilde servicios de los que nunca había disfrutado (vivienda, sanidad, educación). Y no menos importante: respeto. Con sus altibajos, sus contradicciones enormes, sus inconsistencias estructurales y un despilfarro innegable, el sistema bolivariano ha supuesto un avance para los sectores más vulnerables de la población venezolana. 

                Finalmente, los críticos del chavismo consienten en reconocer eso. Pero los más recalcitrantes se empeñan en explicar la permanencia del 'régimen' durante tres lustros simplemente por el reparto de prebendas, el miedo a las represalias y la eliminación de todos los contrapesos del poder ejecutivo. De todo eso ha habido, pero Venezuela está muy lejos de ser una dictadura. En otros países de la zona se detectan con facilidad elementos muy perturbadores del sistema democrático (por no hablar de justicia social) y no merecen atención crítica semejante a la que se pone en el caso venezolano. 

           Los enemigos más feroces del chavismo actuaron con relativa facilidad antes y después del chapucero golpe de Estado de 2002. La oposición ha tenido bastantes oportunidades para organizarse, dotarse de recursos económicos y presentarse con opciones relevantes en las citas electorales. Ha fracasado una y otra vez no porque estuviera perseguida, sino principalmente por sus divisiones internas, sus errores de diagnóstico, la falta de sintonía de sus propuestas con las necesidades populares y la debilidad de sus 'lideres'. En muchas ocasiones, la oposición a Chávez se había derrotado antes de ser vapuleada en las urnas.

                UN NUEVO ESCENARIO

                No parecía éste el caso de Capriles. Los medios internos y externos habían conseguido forjar una buena imagen de él. Se ha destacado su corta pero exitosa experiencia política como gobernador de uno de los principales estados (Miranda) o como alcalde de un suburbio de mayoría acomodada cercano a Caracas.  Algunos analistas le han llegado a situar en el centro izquierda, quizás porque el viejo partido representante de esta tendencia ideológica, la Acción Democrática del ya fallecido Carlos Andrés Pérez, le ha brindado su apoyo. Sin embargo, un escrutinio serio y preciso de su trayectoria y de sus propuestas no resiste esa adscripción a una versión renovada de socialdemocracia.

                En un comportamiento 'a lo Romney', Capriles ha ofrecido proyecciones muy diferentes de sus recetas. Y cuando se le ha pedido concreciones o aclaraciones, generalmente se ha salido por la tangente. El mayor valor  que los adversarios de Chávez veían en él es que era un candidato, esta vez sí, capaz de ganarle al 'monstruo'. Veremos si, después de esta última derrota, la oposición será capaz de llegar unida a las legislativas de diciembre. 

                Las masas más pobres del país que celebran la continuidad de Chávez no pueden ignorar las señales de agotamiento. En su vida cotidiana se dejan sentir los problemas que el 'socialismo' en construcción no es capaz de afrontar. Y no se trata de impaciencia. El abastecimiento alimentario, la provisión de servicios públicos esenciales, la inseguridad pública  o  el funcionamiento regular de la administración no encuentran respuestas solventes, más allá de improvisaciones, golpes de efecto, actuaciones voluntaristas y buenas intenciones. Si a ello unimos el fracaso del régimen en atajar la corrupción -peor aún: la aparición de formas nuevas y más escandalosas del fenómeno-, hay razones para temer que el declive físico del Comandante podría ser corolario de la decadencia del proyecto bolivariano.

                Lo peor para Venezuela no ha sido la derrota de la alternancia, sino la incapacidad del régimen para reinventarse, corregir sus excesos, perfilar políticas sólidas y garantizar un ejercicio del poder más institucional y menos personalista. Con respeto absoluto a la identidad nacional y a la trayectoria histórica, pero sin que estos factores -dignos de total respeto- se siguen invocando como coartadas para justificar derivas de mal gobierno.
               

UN DEBATE PRESCINDIBLE

4 de octubre de 2012



             No es que los debates electorales alumbren la conciencia de los ciudadanos, ni aclaren, por lo general, demasiados interrogantes sobre las opciones políticas a elegir en un momento dado. Con el tiempo, se ha reforzado su condición 'teatral', los aspectos más emotivos y 'caracteriales' de los candidatos. Al menos por eso, los debates electorales -y en particular el norteamericano- conservan cierto grado de expectación e interés.

         No fue ése el caso del primer debate presidencial, el miércoles  noche. Obama y Romney protagonizaron un debate bastante plano, más confuso del habitual, enormemente desordenado por momentos y más reiterativo de lo conveniente. Por no haber, no hubo ni siquiera tensión. Empecemos por éste último aspecto, porque marcó el tono del debate.

                APÁTICO OBAMA, ESQUIVO ROMNEY

              Las confrontaciones fueron muy medidas, como si ambos temieran parecer demasiado agresivos, conscientes sin duda de que la clase política atraviesa por muy bajos niveles de estimación. El deseo de corrección les llevó a veces a envolver las discrepancias en un reconocimiento de las buenas intenciones del rival. Lo hizo más Obama  que Romney, quizás porque el republicano tenía muy bien aprendida la lección de no meter la pata, de no dar la impresión de querer aprovecharse de la crisis o de los problemas con ánimo oportunista.  

              El Presidente ofreció una imagen apática, más de lo que ya por lo general se le suele atribuir. Por momentos, incluso pareció desconectado. Quizás se debiera al principio de quien va por delante no debe arriesgar o exponer, debe mantener un perfil bajo y esperar a que rival ataque para responder con una defensa eficaz y sin riesgos. Como Romney no atacó en demasía y templó mucho sus críticas, Obama permaneció agazapado y más tímido de lo conveniente en la defensa de su gestión. 

                ECONOMIA Y SANIDAD, EJES

                La economía dominó el debate. En realidad, la polémica fiscal. Pero rivalizó con ello, en tiempo y en énfasis, la sanidad, el modelo de atención a la salud. Sobre los impuestos, ambos candidatos se presentaron como defensores de la clase media. Obama defendió su política de reducir la carga fiscal a este segmento mediano de la ciudadanía y de forma muy liviana puso de manifiesto la intención de su rival de beneficiar a los ricos. Romney se mostró muy esquivo e impreciso en sus proclamas de estimular la economía mediante la reducción de impuestos. Incurrió en contradicciones y se refugió en una confusión prolongada durante toda su argumentación. Obama se mostró demasiado correcto, poco acerado. En unas ocasión le reprochó la mentira histórica del 'tricledown' (los grandes beneficios de los ricos terminan filtrándose a los de abajo). Y, sólo muy cerca del final, le reprochó que no revelará sus planes concretos. "¿No lo hace porque son demasiado buenos?", dijo Obama en una de sus pocas licencias irónicas de la noche.

                Romney acudió mucho a su gestión al frente del estado de Massachussets para preludiar lo que haría en la Casa Blanca. Lo hizo para destacar sus presuntas cualidades como negociador, como forjador de consenso; pero, sobre todo, para destacar su programa sanitario.  En un despliegue de cierto cinismo político, presentó su gestión como contrapunto del llamado 'Obamacare', la reforma sanitaria de la Casa Blanca. En realidad, en la 'Romneycare', pueden encontrarse muchas similitudes con la visión aplicada por Obama, y así intentó hacerlo ver el candidato-presidente. Pero le faltó energía para defender mejor este aspecto característico de su adversario: decir una cosa y la contraria o relacionar dos asuntos sin coherencia sin desprenderse de su sonrisa satisfecha.

             Romney hizo mucha espuma con la libertad de elegir (médico, seguro, asistencia, tratamiento, fármacos, etc.) o la supuesta mayor eficacia del mercado privado en la provisión de servicios. Como era de esperar, ignoró realidades palmarias como el exorbitante beneficio de las aseguradoras, las enormes limitaciones a los tratamientos en caso de enfermedades crónicas o los gastos administrativos excesivos de las compañías privadas. Obama lo señaló, pero, una vez más, se mostró demasiado condescendiente con la hipocresía de su rival.

                Lo mismo ocurrió con el asunto siguiente: el papel del Gobierno. Obama citó la famosa máxima de Lincoln ("Hay cosas que hacemos mejor juntos") y centró la responsabilidad del poder público en garantizar la libertad de oportunidades. Pero Romney se mostró más apasionado en rescatar los viejos ideales de los fundadores. Muy cómodo con esta retórica, combinó mensajes 'buenistas' (como la felicidad, el cumplimiento de los sueños), con otros menos inocentes como el fortalecimiento del aparato militar y el desplazamiento de la justicia social por un asistencialismo desfasado. Mostró con claridad su concepción de la sociedad cuando dijo que "el papel del Gobierno no es decidir quién gana y quien pierde". Curiosamente, fue aquí cuando Obama le reprochó no haberse plantado frente a los extremistas de su partido o simpatizantes, como si se le hubiera olvidado hacerlo mucho antes, en momentos más pertinentes con la marcha del debate.

                 LLAMADA DE ATENCIÓN

                En las conclusiones finales, Romney estuvo mejor que Obama. El Presidente empezó adoptando un tono emocional, que no es su fuerte, luego insistió en esa letanía de humildad que implica recordar que nunca pretendió ni pretende ser perfecto y culminó con una advocación demasiado previsible de "luchar cada día" por mejorar la vida de los ciudadanos. El candidato republicano resultó más eficaz, codificando lo que pasaría en el país si él ganaba y si ganaba su adversario. En apenas dos minutos, condensó una oferta electoral: doce millones de empleos, revocación de la reforma sanitaria, eliminación de los recortes del programa de asistencia médica (Medicare) y más dinero para el Pentágono. 

            
            Es muy posible que este mejor desempeño de Romney en el tramo final explique su percibida victoria en el debate. No es menos cierto que se esperaba peor actuación del aspirante y mejor del titular o 'incumbent'. No perder ya hubiera supuesto un triunfo para Romney. La impresión es que Obama se derrotó a sí mismo. No acertó con el tono y el clima. Incluso tuvo unos segundos de tensión con el moderador, el veterano y reverenciado Jim Lehrer, de la televisión pública, que ha sido criticado en algunos medios por no impedir la confusión y mostrarse demasiado complaciente con la indisciplina de los participantes.
              
               No es previsible un cambio de tendencia. Obama conservará su ventaja. Pero debe mostrarse más atento a estas ocasiones, porque, con frecuencia en política, el diablo aparece en los detalles.            

LITURGIA EN LA ONU Y CONFLICTOS ENQUISTADOS



    27 de septiembre de 2012

      Los discursos y debates en la Asamblea General constituyen una liturgia anual de escasa utilidad práctica, pero de cierto valor propagandístico y de imagen. Es la ocasión concertada para que cada país exponga sus principios y orientaciones de su política exterior. Y, lo que resulta más conveniente, para celebrar contactos y proponer o afinar acuerdos bilaterales y, en ocasiones, multilaterales.

        La actualidad más inmediata condiciona los mensajes y, desde luego, la atención mediática, los titulares. Las posiciones generales se ven arrastradas por los asuntos de oportunidad. Se ha notado la levedad de Europa, ensimismada en los agobios de la crisis económica. El líder de la única superpotencia, metido en campaña electoral, se ha ceñido a los asuntos de más riesgo político interno. Obama dedicó buena parte de su intervención ante la Asamblea General a reforzar el mensaje de comprensión y cooperación con el mundo árabe e islámico, a cuenta del famoso video sobre el Profeta, y de condena y rechazo por las reacciones de violencia, incluso homicida, que desencadenó.

         Ya dijimos en un comentario anterior que la política exterior era actora secundaria en el guión electoral, y así seguirá, cuando pasen definitivamente los momentos más tensos de la protesta islámica. Como el candidato aspirante no ha presentado opciones alternativas dignas de tal nombre, y sus propuestas son  eslóganes sin fundamento, no es previsible que la fase final de la campaña -ni siquiera los debates televisados-  genere una discusión más profunda.

Otra cosa serán los expedientes pendientes en la mesa del despacho Oval, que no podrán avanzar sustancialmente antes de la cita con las urnas: el programa nuclear de Irán; la guerra en Siria y sus efectos en países vecinos, singularmente Irak; una cierta estabilización en Afganistán; el macro-atascamiento de las negociaciones israelo-palestinas; y la tensión en Extremo Oriente por la disputas marítimas entre China y sus vecinos….entre otras.

             EL TRIÁNGULO SIRIA-IRÁN-IRAK

           El  más apremiante es el conflicto sirio, por las consecuencias devastadoras que puede tener en el propio país, pero también en los limítrofes. La guerra entre el régimen de Assad y los rebeldes parece encontrarse en fase de estancamiento, sin evoluciones dramáticas en las últimas semanas. Tampoco parece que las gestiones del nuevo mediador del ONU, el diplomático argelino Brahimi, hayan conseguido desbloquear la situación. 

           Lo que más preocupa ahora es la repercusión en el siempre volátil Irak, puesto que numerosos observadores creen ver en Siria una réplica de lo que ocurriera en aquel país tras la caída de Saddam: una guerra sectaria. La retirada de los soldados norteamericanos y la falta de acuerdo en su día para mantener una presencia militar estadounidense reducida, que contribuyera a formar a militares y policías iraquíes, provocan cierta ansiedad en Washington, ante la falta de instrumentos efectivos para evitar la creciente dependencia iraní del gobierno central iraquí. Aunque el primer ministro Maliki se cuida de no irritar a Estados Unidos, su cercanía con Teherán es palpable y su política de equilibrio es ampliamente cuestionada por numerosos altos funcionarios norteamericanos.

             La guerra siria ha complicado esta situación. Irán está intentando que el régimen sirio, su principal aliado en la zona, se mantenga firmemente en el poder, ya que está controlado por la minoría alauí, una versión local del chiísmo. Al parecer, los iraníes están utilizando espacio aéreo iraquí para encaminar material y recursos a Siria. Por el contrario, los rebeldes sirios más cercanos a las posiciones extremistas suníes, relacionadas más o menos directamente con Al Qaeda y otros grupos radicales, están reforzando sus conexiones con la insurgencia sunní de Irak, muy debilitada desde 2007, pero todavía activa. 

         Todos los intentos estadounidenses de dar a los suníes iraquíes (todopoderosos en la época de Saddam) una mayor cuota de poder han sido desbaratados por Maliki y el resto de dirigentes chiíes cercanos a Irán, aunque sea por pura conveniencia. Los kurdos, tercera minoría, tampoco colaboraron en aumentar la cuota de poder sunni, pese a algunas presiones de la Casa Blanca, recordadas esta semana por un artículo de balance del NEW YORK TIMES.

            Así las cosas, Estados Unidos se encamina hacia el décimo aniversario de la guerra contra el Irak de Saddam Hussein sin tener garantizada la estabilidad del país. Nada de lo que está ocurriendo puede sorprender a observadores y analistas medianamente avisados. Pero la disparatada estrategia de intervención dejaba escaso espacio para garantizar escenarios más estables y convenientes, incluso a los propios intereses norteamericanos, excepto los derivados de las necesidades de la propaganda o de los negocios petroleros.

             EL RECORDATORIO PALESTINO
                
          La Asamblea General suele ser un escenario de activismo palestino. Ya lo fue el año pasado y otros precedentes y lo ha vuelto a ser el actual, aunque las consecuencias sean limitadas. Absorbidos por la ansiedad de la supuesta ‘amenaza iraní’, los dirigentes israelíes parecen en esta ocasión poco preocupados por las iniciativas diplomáticas palestinas. Aún y así,  es inevitable cierta reacción de Israel, aunque sea de naturaleza propagandística.  

Estos días, uno de los principales miembros del gabinete, el ministro de Defensa, Ehud Barak, ha lanzado una propuesta doblemente provocativa: tanto para sus socios de gobierno y los colonos que mayoritariamente los apoyan, como para los rivales palestinos. En vista de lo que considera como acuerdo imposible, Barak ha planteado la anexión de tres áreas de colonización (donde viven 350.000 colonos) y la retirada y disolución del resto de asentamientos más pequeños y dispersos, para hacer realidad la separación definitiva de las poblaciones judía y palestina. Las aspiraciones electorales de Barak (líder de un pequeño partido, tras su ruptura con los laboristas) no parecen ser ajenas a su propuesta.

Como era de esperar, el rechazo ha sido bastante unánime. Los moderados israelíes no quieren admitir que la vía diplomática este agotada, aunque los hechos demuestren tozudamente lo contrario; los radicales no quieren ceder territorio, y evocan la resistencia opuesta en el Sinaí y en Gaza, en épocas anteriores. Los palestinos argumentan, con bastante razón, que esa ‘solución’ supone una imposición en toda regla, la fijación unilateral israelí de fronteras y una nueva amputación territorial.
La tensión en Extremo Oriente puede ser el gran asunto exterior de un previsible segundo mandato de Obama. Pero eso merece un comentario aparte.

IRÁN: RIESGOS, AMENAZAS Y PROPAGANDA



20 de septiembre de 2012

            Decíamos en el comentario anterior que la política exterior sería invitada de segunda fila en la campaña electoral norteamericana, salvo sorpresas o acontecimientos imprevistos, y ya apuntábamos el posible efecto, más o menos perdurable, de la 'cólera' que había provocado en el mundo musulmán un absurdo video 'denigratorio' de la figura del Profeta.

             Como se temía, las protestas fueron en aumento, en extensión e intensidad, y la 'imagen de América' se vio sometida a un nuevo proceso de erosión. Las presiones discretas pero muy firmes de la administración sobre algunas capitales árabes (Cairo, sobre todo), consiguieron que remitiera un tanto la presión. En todo caso, hay lugares fuera de control, como Afganistán, donde la respuesta de la insurgencia talibán fue especialmente audaz: un ataque contra una base occidental fue especialmente dañino en pérdidas humanas y materiales. El gobierno y el cuerpo diplomático de Estados Unidos se preparan 'para una protesta duradera', aseguraban varios analistas al NEW YORK TIMES.

                  LAS PRESIONES DE NETANYAHU

              El asunto potencialmente más peligroso es el debate sobre la respuesta al programa nuclear de Irán. El primer ministro israelí, a falta de una inmediata entrevista cara a cara con Obama, se decidió a 'tomar' los espacios más emblemáticos de la televisión norteamericana para 'elaborar su caso' en favor de una respuesta militar lo más temprano posible. Netanyahu controló sus críticas hacia la Casa Blanca, pero no se privó de la tentación oportunista de utilizar las violentas protestas antinorteamericanas para exagerar los peligros de 'un fanatismo con bomba nuclear'.

             La respuesta de la administración estadounidense vino de la embajadora en Naciones Unidas, Susan E. Rice, y fue conciliatoria y discreta, sin salirse del guión.  O sea, que Obama no parece dispuesto a que el mercurial jefe del gobierno israelí le marque el tono de la campaña. 

               Obama maneja el dossier iraní con tiento, sin parecer demasiado desinteresado, para no disgustar a los distintos centros de interés y presión judíos, pero con el aparente convencimiento de que la inteligencia y la capacidad militar de Estados Unidos tienen el desarrollo de los acontecimientos presentes y futuro bajo un razonable y tranquilizante grado de control. Oficialmente, la Casa Blanca sostiene que a Irán le falta todavía más tiempo del que presenta Netanyahu para resultar una amenaza real y que en ese lapso las dos palancas de presión -negociaciones y sanciones- pueden doblegar la supuesta intransigencia iraní. Entre otras cosas, porque Washington sigue sosteniendo, con base en sus informes de inteligencia, que no puede asegurarse que Teherán haya decidido ya fabricar armas nucleares.

             El último informe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (filtrado previamente, como algunos de los anteriores) indica que Irán ha avanzado notablemente en su programa atómico, y que el mayor desarrollo se ha producido en las instalaciones menos vulnerables a un ataque exterior: los espacios subterráneos en las montañas próximas a la ciudad santa de Qom. Pero no ofrece datos concluyes sobre las pretensiones militares iraníes.
               
                LA ESQUIVA DIMENSIÓN DE LOS PELIGROS

                Hay otro tipo de acciones preventivas, no admitidas públicamente, al menos de forma abierta, que quizás estén comportando más consecuencias de las conocidas: los actos de sabotaje´, inutilización u obstrucción de infraestructuras relacionadas o necesarias para la buena marcha del programa. El principal técnico responsable, Feyreddon Abbasi, ha denunciado recientes explosiones que provocaron cortes de fluido eléctrico en las dos principales instalaciones nucleares. Lo curioso es que estos hechos se habrían producido dos días antes de la llegada de los inspectores y éstos no hicieron mención de ello en su informe.

         Aparte de las denuncias, el Comandante militar de los Guardianes de la Revolución, el cuerpo pretoriano del régimen, dotado de lo mejor del armamento y los recursos militares iraníes, proclamaba las advertencias más directas hasta la fecha contra los eventuales agresores externos de su país. A las conocidas amenazas de un bloqueo del estrecho de Ormuz, que supondría el estrangulamiento del suministro de crudo, el General Jafari añadió referencias explícitas a un ataque masivo de misiles contra Israel, 'del que no quedará nada' y a la participación de sus aliados regionales (Siria, Hezbollah) en la respuesta.  

            Este tipo de lenguaje supone una munición para Netanyahu, ya que los israelíes saben que resulta más relevante la actitud incorregiblemente hostil de Irán que su verdadera capacidad para responder a un ataque preventivo liderado por Estados Unidos. La mayoría de los analistas, sin embargo, tanto dentro como fuera de la administración y de todos los escalones burocráticos de Washington, se toman en serio las consecuencias de una deriva o escalada militar de la crisis. 

         
             A este respecto, resulta de obligada consulta un informe suscrito por una treintena de especialistas, entre ellos destacados consejeros de seguridad, diplomáticos y altos cargos militares de gobiernos norteamericanos anteriores. El informe no pretende ofrecer conclusiones o recomendaciones explícitas, pero establece un estudio bastante detallado de los beneficios y costes de una intervención militar.
            
           En un editorial del pasado domingo titulado significativo de "No rush to war" ("No a una guerra precipitada"), THE NEW YORK TIMES, asegura que "un ataque de Estados Unidos podría retrasar el programa nuclear de Irán unos cuatro años a lo sumo, mientras que un objetivo más ambicioso -la garantía de que Irán nunca reconstituirá su programa nuclear o la desaparición del régimen- implicaría un conflicto de años, que afectaría a toda la región".
              
              LOS EFECTOS EN LA CAMPAÑA

              De todo esto se seguirá hablando en campaña. En esta ocasión, Romney se mantuvo en una actitud prudente, escarmentado por la inoportunidad escandalosa de sus comentarios sobre la respuesta de su rival a los sucesos de Bengassi. El candidato republicano ya ha dicho en numerosas ocasiones que el programa nuclear de Irán constituye "el principal fracaso de Obama en política exterior". Es de esperar que antes y después del primer debate, insista en esta crítica, aunque tratará de hacerlo con precaución para no volver a meter la pata.

            En el mismo acto del pasado mes de mayo, en el que hizo las polémicas aseveraciones sobre ese 47% de norteamericanos que no le votan porque son dependientes crónicos del gobierno, que no pagan impuestos y se presentan como "victimas del sistema", Romney se declaró contrario al principio de los dos Estados para resolver el principal conflicto de Oriente Medio (uno israelí y otro palestino), porque no resultaba "viable".  Ansioso por buscar un espacio en el que castigar a Obama, el candidato republicano golpea a su propia base social. Ya sea a los mayores que se benefician de los programas sanitarios del gobierno y votan en gran parte tradicionalmente a los republicanos, ya sea a los ciudadanos no partidistas que desean una solución justa del conflicto palestino-israelí que contribuya a apaciguar Oriente Medio.
                A este paso, Romney se está ganando a pulso el título de 'peor candidato presidencial de las últimas generaciones'.