HOLANDA: LAS IDEAS ULTRAS AVANZAN MÁS QUE SUS VOTOS

16 de marzo de 2017
               
El avance nacional-populista en Europa parece desacelerarse, a tenor de los resultados (aun provisionales) de las elecciones holandesa. Es comprensible que el actual primer ministro, Mark Rutte, hable de “rechazo del populismo” o que su afín alemana, la canciller Merkel, se exprese en términos casi idénticos, con menos cautela de la que en ella es habitual. Pero el resultado merece un análisis más cuidadoso y las conclusiones no deberían ser muy optimistas.

TRUMP COMO VACUNA

Es cierto que el llamado Partido de la Libertad, del bombástico Geert Wilders, no ha experimentado el auge que se esperaba hace unos meses. Aun así, gana en votos y sobre todo en escaños (tenía 15 y pasará a contar con 20). En realidad, en las últimas dos semanas los sondeos ya anticipaban el frenazo de la euforia que respiraban sus huestes tiempo atrás.

Wilders ya había descontado lo insuficiente de su tirón. Entre los motivos que explican el frenazo pueden citarse ciertos excesos verbales (mayores de los habituales), o su errático fin de campaña, con ausencias dictadas por miedo a un atentado o por guiños tácticos de difícil lectura.  No debe descartarse el efecto negativo que ha podido tener el desastroso inicio de mandato de su inspirador, el imprevisible Trump. Las meteduras de pata del Presidente norteamericano no han embellecido el espejo en el que Wilders se ha proyectado a veces. Pero más que los errores propios o los de sus semejantes de fuera, al nacional-populismo le ha contenido la exitosa estrategia de sus rivales más próximos, los partidos tradicionales de la derecha holandesa.

EL GIRO NACIONALISTA DE LOS CONSERVADORES

El partido gobernante holandés, liberal-conservador, ha conseguido mantener un margen suficiente para encabezar el futuro gobierno, de coalición, por supuesto. Pero en la batalla electoral se ha dejado 8 o 9 escaños y, lo que resulta más inquietante, se ha hipotecado a un discurso que, sin ser xenófobo, se acerca la sensibilidad avivada por los populistas. 

Rutte ha asumido la fórmula sarkoziana de fagocitar los mensajes del Frente Nacional para embellecerlos luego con retórica moderada, liberal o republicana. De la misma manera, el primer ministros holandés respaldó el giro de Merkel y la CDU en el asunto de la inmigración y la política de acogida a los desplazados de países devastados por la guerra.

Un sociólogo de la Universidad de Utrecht lo ha definido con lucidez: algunos de los partidos tradicionales se han movido en una dirección más nacionalista, aprovechando del viento que impulsaba el auge populista”. Efectivamente, los cristiano-demócratas, con un discurso también más nacionalista, han subido apreciablemente (6 escaños), y otros euroescépticos menos estridentes que Wilders suman 5 escaños.

Al cabo, muchos partidos en el Parlamento: algo habitual y natural en Holanda. El sistema proporcional favorece la fragmentación, pero no la explica por completo. El electorado holandés reparte sus apoyos desde hace décadas y apuesta claramente por gobiernos de coalición. La fuerte participación refleja el interés social por estos comicios.

Especial atención merece el derrumbamiento de los socialdemócratas del Partido laborista, socios desventurados en el gobierno de Rutte y paganos estrepitosos de la política de austeridad, que ellos han defendido abiertamente. Pierden 28 o 29 de los 38 escaños y quedarán reducidos a una condición casi marginal en el nuevo Parlamento. Holanda es el último acto de la tragedia socialdemócrata europea, que necesita asumir una autocrítica sincera y convincente, repensar programas y elaborar estrategias coherentes y eficaces.

La sangría del socialismo democrático ha aprovechado a los ecologistas, que, con el triple de diputados que tenían ahora, se convierten en el quinto partido del país y ganan bazas suficientes para entrar en el gobierno, si lo desean. Han encabezado el discurso anti-populista y, juntos con los liberales progresistas del D-66, han recogido los votos de los sectores más alarmador por el auge nacionalista (2).

LA OPORTUNA CRISIS CON TURQUÍA

La mutación discreta y calculada de los liberal-conservadores se ha reflejado en la artificial e innecesaria, pero muy oportuna crisis con Turquía de los últimos días, justo los inmediatos a la cita electoral.

En tiempos de confusión y crispación, nada mejor que la agitación de las pasiones nacionales para pescar en río revuelto, aunque lo obtenido termine a la postre por resultar de lo más indigesto.

La firmeza de Rutte al enfrentar los propósitos demagógicos Erdogan en la campaña del referéndum que debe confirmar el reforzamiento de sus poderes y el giro autoritario en Turquía no responde a la defensa del llamado orden liberal. Rutte ha visto en la crisis una oportunidad para presentarse como un candidato fuerte, sólido y firme frente a los aspectos políticos más negativos de otras culturas, que casualmente vienen acompañadas del peso excesivo de la religión, y más concretamente del credo musulmán.

Al populismo autoritario e islamista conservador de Erdogan, Rutte parece haber optado por oponer una intransigencia basada aparentemente en principios liberales, pero orientada a afianzar otro tipo de nacionalismo, menos bronco, más presentable. De otra forma no se entiende que se haya impedido a miembros del gobierno turco participar en actos políticos destinados a sus emigrantes nacionales en Holanda. También en esto Rutte sigue la estela alemana, aunque sus urgencias electorales eran mayores y las circunstancias lo han colocado en vanguardia de la crisis, mientras el gobierno de Merkel ha podido situarse en una posición relativamente menos expuesta.

A Erdogan le ha venido bien esta refriega, de ahí que haya avivado el fuego con todo tipo de acusaciones e imprecaciones. La alusión a los nazis constituye una provocación calculada, más que el efecto de la ofuscación producida por la humillación infligida a los altos cargos turcos. Un analista y académico turco residente en Europa, Cengiz Candar, coincide con el exembajador europeo en Ankara, Marco Pierini, en que la política exterior turca es sólo un apéndice de la política interna y en concreto de los planes y ambiciones del Presidente. Sin duda, es así, pero no es algo exclusivo de Turquía. Hay motivos para pensar que ese mismo reflejo ha operado en Holanda y se puede detectar en potencias europeas de superior rango.  

Lo más probable es que, después de las elecciones, las aguas vuelvan a su cauce. La bronca entre aliados no es nueva, pero suele resolverse de manera más diplomática. Incluso la llaga greco-turca ha permanecido bajo control durante décadas, con algunos episodios aislados de mayor virulencia. Por mucho que Erdogan multiplique sus gestos amistosos e interesados con el Kremlin, Turquía necesita a la OTAN, es decir a Estados Unidos, pero también a Europa Occidental, si quiere que su proyecto político genere una hostilidad que no pueda dominar.

NOTAS

(1) “Geert Wilders falls short as wary Dutch scatter their votes”. NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(2) LE MONDE, 15 de marzo (varios artículos).

(3) “Turkey’s domestically dirven foreign policy”. MARCO PIERINI. CARNEGIE EUROPE, 27 de febrero.


LA DERIVA AGRIA DE LA OTRORA PLÁCIDA HOLANDA

8 de marzo de 2017
                
Comienza la semana próxima el maratón electoral más inquietante en la reciente historia de la perpleja Europa. Nunca antes las formaciones políticas moderadas se habían visto sometidos a tantos y tan amenazantes desafíos en las urnas.
                
Holanda es la primera prueba del año. Insólito hasta hace poco tiempo. Como en otros países fundadores de la Unión, los nacional-populistas (creo que ésta formulación es más precisa que la de extrema-derecha) figuran como favoritos en las encuestas, aunque su fuerza parece que se ha debilitado en las dos últimas semanas.
                
UNA FIGURA PROVIDENCIAL

El gran líder es Geert Wilders. O más que líder, hombre orquesta, casi un sumo sacerdote de la holandidad, si se permite el barbarismo. Se le corta el traje ideológico con pocas palabras: nacionalista a ultranza, xenófobo sin disimulos, enemigo declarado de la integración europea, adicto a los redes sociales y enfant terrible de la escena nacional. Amigo confeso de Israel, desde que pasó un periodo de juventud en un kibutz, curiosamente un modelo de inspiración socialista. El provocador político holandés es un especialista en agitar el debate con todo tipo de manifestaciones, tuiters y pronunciamientos gruesos. (1) En suma, el estilo Trump de incorrección política que tanto parece seducir a Esperanza Aguirre.

No en vano, Wilders es, de todos estos líderes nacional-populistas europeos, el más cercano al inquilino de la Casa Blanca (el único, en todo caso, que consiguió entrada en la Convención del pasado verano en Cleveland). Incluso tiene su Bannon, el diputado Martin Bosna, uno de los teóricos de este neo-nacionalismo europeo. Pero incluso sus críticos le conceden mayor inteligencia y habilidades políticas que al magnate estadounidense. Con estas credenciales, Wilders es algo así como el macho-alfa de la camada ultra en Europa (2).

Así lo contemplan también algunas organizaciones ultraconservadoras de Estados Unidos, que le han brindado apoyo económico, tanto para sus actividades políticas como para afrontar causas judiciales por panfletos y documentales anti-musulmanes (3)
               
Wilders teme por su seguridad. Mucho. Hasta el punto de interrumpir su campaña, o de refugiarse en los tweets y eludir actos públicos. Hace poco, los servicios de seguridad detuvieron a un ciudadano de origen marroquí relacionado con el hampa local que preparaba, supuestamente, un atentado contra él. Lo pusieron pronto en libertad, al comprobar que el individuo era un fanfarrón y poco más. Pero Wilders no se fía y ha restringido sus apariciones públicas. No se sabe si para protegerse o para blindar su ventaja en los sondeos (4).

UN PARLAMENTO FRAGMENTADO, UNA COALICIÓN TRABAJOSA

El Parlamento holandés cuentan con 150 diputados. Los nacional-populistas del Partido por la Libertad (extravagante nombre para lo que representan) podrían obtener en torno a un 20%, es decir, unos 30 escaños. Los liberal-conservadores del actual primer ministro Rutte rondan el 16%. A continuación, aparecen en los sondeos los liberales europeístas del D-66, los ecologistas del Partido de la Izquierda Verde y luego los dos partidos del espectro socialistas los socialistas de izquierda y los laboristas (social-demócratas), éstos últimos muy debilitados por su apoyo a las políticas de austeridad: uno de sus dirigentes, el ministro de finanzas, Jeroen Dijsselbloem, es el actual presidente del eurogrupo.

Todos los cálculos probables anticipan que será preciso una coalición de cinco partidos para asegurar una mayoría eficaz de gobierno. Nadie acepta entenderse con el partido de Wilders, ni siquiera los liberal-conservadores que ya experimentaron esa agria experiencia en otro tiempo, hasta que Wilders rompió la baraja. El problema es que, sin Wilders, las cuentas se quedan muy estrechas. Todos confían en que se repita lo que hasta ahora viene siendo habitual: que los nacional-populistas se desinflen en las urnas. Pero este momento es distinto.

UNA CARRERA METEÓRICA

El auge de Wilders se apoya en dos asesinatos. El político Pym Fortuny y el cineasta y documentalista Theo Van Gogh, dos destacados portavoces de la supuesta “islamización de Holanda”, fueron asesinados en 2002 y 2004, respectivamente. Hasta esa fecha, la xenofobia parecía controlada en el país. En la última década ha crecido de manera inquietante y Holanda ha aportado algunos de los teóricos más vociferantes de la xenofobia europea, aunque cueste creerlo en un país con unas tradiciones de libertad, tolerancia y protección social más sólidas del continente. Wilders, por tanto, no ha inventado nada, pero le ha dado a la xenofobia populista un alcance que no había tenido antes. Con toda soltura utiliza expresiones como “chusma marroquí” y otras lindezas.

A sus rivales políticos les preocupa su capacidad para poner en evidencia e implantar en los votantes las debilidades, contradicciones, incumplimientos y fracasos de los demás. Quizás por eso, sin asumir de forma clara el discurso xenófobo, algunos partidos holandeses se han mostrado mucho más proclives al control migratorio y se han desmarcado de la idea merkeliana, ya corregida, de puertas abiertas a los refugiados (5). Como hizo Sarkozy en su momento ante el auge del Frente Nacional.

Wilders ha conseguido también debilitar el compromiso de la sociedad holandesa con el proceso de construcción europea. Durante décadas, los dutch figuraban siempre entre los más adeptos, como integrantes del núcleo fundador (e incluso antes, con la constitución del Benelux). Pero como sostiene Kem Korteweg, analista del londinense Centro para la Reforma europea, las cosas están cambiando muy sensiblemente (6).

Desde fuera de Holanda sorprende que, entre algunas minorías por lo general discriminadas en no pocos países, como los homosexuales, crezca el apoyo electoral a esta Partido por la Libertad. La explicación parece sencilla. Esas minorías ven en el Islam, o al menos en algunos de sus exponentes, una amenaza de intolerancia y negación de la libertad individual. De hecho, Fortuny era gay y su discurso ahondaba en esta desconfianza hacia el crecimiento de la población musulmana en Holanda.

Con 17 millones de habitantes y una superficie similar a la de Extremadura, Holanda es el país más densamente poblado de Europa, como es de sobra conocido, y el peso de la población de origen extranjero ha crecido en las últimas décadas, sin duda, pero no llega a la cuarta parte del total. Dos de las comunidades más numerosas son los marroquíes y los turcos, con 400.000 cada una, en números muy redondos. La acumulación de estas minorías en determinados barrios de ciudades neerlandesas ha disparado la xenofobia.

Pero el factor fundamental ha sido el debilitamiento del estado de bienestar. Holanda ha sido considerado muchos años por el Instituto Brueghel como un país más del llamado “modelo nórdico”, debido a la fortaleza y amplitud de su sistema de protección social. La crisis ha deteriorado eso notablemente. La conocida sensación, en parte real, en parte inducida, de que “no hay para todos” es un mantra también ya en Holanda.

Los nacional-populistas apelan a las capas más modestas de la población autóctona, porque son ellas las que “compiten” con los inmigrantes por la consecución de las ayudas. Este discurso de protección de los trabajadores nacionales, un mantra en Le Pen, en Trump, de la Liga Norte italiana o en los alemanes de AfD, es también el reclamo electoral de Wilders. El líder populista acusa a los partidos de izquierda de haberse refugiado en un electorado funcionarial o de empleados públicos, cuando no de la burguesía acomodada, y de haberse olvidado de los obreros y empleados, de los más vulnerables ante la crisis económica  y social.

NOTAS

(1) “Why the Dutch are drawn to right-wing populist Geert Wilders”. SEBASTIAN FABER. THE NATION, 21 de febrero.

(2) “Geert Wilders, reclusive provocateur, rises before Dutch vote”. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.

(3) “Before the elections, Dutch fear Russian medling, but also U.S. cash”. NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(4) “Dutch Trump even scares his own brother”. NADETTE DE VISSER. THE DAILY BEAST, 28 de febrero.

(5) “Aux Pays-Bas, le leader d’extrême droite Geert Wilders domine la campagne des legislatives”. LE MONDE, 28 de febrero.

(6) “How the Dutch fell out of love with the EU”. KEM KORTEWEG. CARNEGIE ENDOWMENT IN EUROPE, 2 de marzo.    


ALEMANIA: ¿DEL PROBLEMA A LA SOLUCIÓN?

1 de marzo de 2017
                
Europa mira al Oeste (Estados Unidos) con inusitado estupor y al Este (Rusia) con creciente aprensión. En estos momentos de perplejidad y desconcierto, el proyecto europeo se fragiliza, escasean las visiones lúcidas y transformadoras, se agotan los discursos que han conformado el relato colectivo durante más de medio siglo y se percibe una ansiedad excesiva por aferrarse a una referencia de solidez y estabilidad. Y muchas miradas, aunque no haya un consenso absoluto, convergen en el corazón del continente: en Alemania.
                
Quién lo habría de decir: Alemania, como esperanza de eso que ha convenido en llamarse el “orden liberal mundial” (1). Alemania, la gran potencia desestabilizadora del siglo pasado, renace de sus cenizas (materiales y morales), para erigirse de nuevo en el faro y motor del destino europeo.
                
En la segunda mitad del siglo XX lo hizo bajo el signo de la contrición y la autocrítica, de la modestia de gigante sin ambiciones de poder, para purgar un pasado de poder ilimitado. Se acuñó una fórmula resultona para definir el papel de Alemania la Europa próspera de las post-post-guerra: un gigante económico y un enano político.
                
Hasta que llegó el derrumbe de la Unión Soviética y se alumbró la oportunidad de la reunificación. La Alemania entera, sin divisiones, superada la humillación de la derrota y sus consecuencias prácticas, jugó un papel un tanto equívoco desde 1990 hasta la gran recesión de primeros del presente siglo. Se mantenía el discurso de la modestia política, pero su influencia, su peso, su descomunal capacidad para imponer su modelo de “capitalismo renano” se ha terminado imponiendo. Incluso a costa de factores que se consideraban intocables, como el famoso eje franco-alemán, motor y elemento equilibrador del proyecto europeo.
                
Esa visión un tanto anestesiada del nuevo poderío alemán saltó por los aires en Europa con los efectos devastadores de la austeridad, del modelo defendido a machamartillo desde Berlín (o desde Frankfurt). Algunos críticos, con ácido resentimiento, vieron en la política económica alemana la cristalización actual de las divisiones mecanizadas hitlerianas.
                
Por eso, durante esta última década, los defensores de un proyecto europeo de progreso focalizaron en Alemania, en el relativo consenso nacional en torno al nuevo poderío germano, el núcleo del problema: la intransigencia, la rigidez germana, como tópico distintivo de un supuesto carácter nacional o cultural. En realidad, el retroceso de los derechos sociales, el incremento de la desigualdad y otros elementos negativos que ha dejado la crisis no sólo ha sido consecuencia de esa visión obsesivamente anti-inflacionista imperante en Alemania, sino de las concepciones neoliberales de inspiración y desarrollo anglosajonas.
                
Ahora, en plena sacudida exterior, desde el Este y el Oeste, Europa se siente más insegura que nunca en medio siglo, con la eclosión de amenazas que se suponían superadas (el expansionismo ruso) y el aparente desestimiento del gran aliado al que se consideraba impertubable (la América egoísta/egotista que Trump representa).
                
Y en este panorama de incertidumbre sin precedentes, Alemania pasa a convertirse en la gran esperanza de esa “Europa de siempre”. Se olvidan las heridas de la austeridad y se evoca la Europa de los valores. El elemento catalizador de esta transformación un poco mágica fué la crisis de los refugiados, ese espejismo de Alemania como protectora de los más débiles, de los desamparados, en una Europa asustada, replegada, ahogada en su miedo (2).
              
LA MADRE SEVERA PERO JUSTA


Y a falta de proyecto, de programa, de compromiso político colectivo, se perfila la búsqueda afanosa de la figura ancla o providencial, no en el trágico sentido de la historia alemana, sino en la moderna concepción protectora. Ahí se reinventa a Ángela Merkel (3).
                
La solidez de la canciller como potencial líder europea no proviene de unas maneras fuertes, del tradicional autoritarismo prusiano. Por el contrario, lo que la ha afirmado durante unos años como referencia ha sido su capacidad para hacer valer su agenda sin estridencias, con firmeza, pero sin estrépitos. Una madre severa pero justa.
                
Y, sin embargo, la incuestionabilidad de la gran dama europea empieza a diluirse. Con inesperada rapidez y con sorprendente origen. Ha sido dentro y no fuera de su país donde ha empezado a minarse el liderazgo de Merkel. Más aún: no ha sido desde la oposición, ni siquiera desde sus socios/rivales socialdemócratas donde empezó a cuestionarse su invulnerabilidad política. Ha sido desde su partido, o desde la formación gemela de su partido en la siempre incómoda Baviera (4).
                
¿Por qué este cambio más o menos brusco? ¿Por qué se ha pasado la solidaridad de las estaciones de ferrocarril acogiendo a los refugiados expulsados de Centroeuropea al ‘síndrome de nochevieja’, es decir a la visión de los refugiados, de los extranjeros procedentes de regiones de guerra o de pobreza como potenciales terroristas, violadores o delincuentes?
                
Por los atentados, por supuesto. O quizás habría que decir: por la lectura deformada, por las exageraciones conscientes e inconscientes de la amenaza terrorista. Pero también por la tensión subyacente, no siempre explicita, en el seno de la sociedad alemana. Hace tiempo que una corriente xenófoba, populista, neonacionalista iba cobrando fuerza y tomando cuerpo en Alemania. Como en el resto de Europa. Y del mundo. Alemania no estaba tan vacunada de sus demonios, como los propios alemanes pensaban y los demás ciudadanos europeos habíamos llegado a creer (5).
                
Ahora que aguardamos con sobrecogimiento el resultado de las elecciones en Holanda o en Francia, debemos preocuparnos seriamente por la dimensión que esas fuerzas del desprecio sean capaces de alcanzar en Alemania el próximo mes de septiembre. Pero debemos desterrar la inmadura idea de que Merkel es una especie de tótem imprescindible para conjurar ese peligro. No es la afirmación de la Alemania que ella representa la solución a los errores, fracasos, miedos y fantasmas de Europa. No es la idea de un liderazgo personal como timón de un orden liberal a la deriva lo que debe imponerse en el discurso europeo.

LIMITES DE LA POSIBLE RECUPERACIÓN SOCIALDEMÓCRATA

Surge ahora la posibilidad de una nueva oportunidad de la socialdemocracia en Alemania (6). El candidato del SPD a la cancillería, Martin Schulz, ha impulsado en las encuestas al viejo partido de los trabajadores alemanes, tras una década larga de derrotas (7). Pero sería un error pensar que la relativa recuperación electoral de la socialdemocracia alemana puede ser, por si sola, un principio de solución a los problemas europeos.

Schulz pertenece a un sector menos acomodaticio del SPD, pero no es un recién llegado ni un exponente inequívoco de renovación. Ha presidido durante años un Parlamento europeo incapaz de conjurar la deriva. Ha criticado la austeridad, sin duda, pero se ha mantenido en la disciplina de un partido que erosionó los principios del socialismo europeo con la famosa agenda 2000 del excanciller Schröder.  

Además, aún ganando, el SPD y el propio Shulz tendrán que encontrar socios para gobernar, y lo más probable es que se vean obligados a repetir la fórmula de la gross coalition. La rivalidad de campaña puede resolverse en la convergencia de la gestión de gobierno: invertido el orden de los factores, pero inalterado el producto final

NOTAS

(1) “Merkel and the defense of the liberal order”. JUDY DEMPSEY. BROOKING INSTITUTION, 5 de enero.

(2) “Looking to Germany. Whar Berlin can do and can´t do for the liberal order”. STEFAN FRÖHLICH. FOREIGN AFFAIRS, 29 de enero.

(3) “Merkel, last stand”. PAUL HOCKENOS. FOREING AFFAIRS, 14 de febrero.

(4) “Merkel Should Beware Bavarians, Not Populists”. DAVID CLAY LARGE. FOREIGN POLICY, 3 de enero.

(5) “Germany’s Far Right now flirts with Hitler”. JOSEPHINE HUETLIN. THE WASHINGTON POST, 16 de febrero.

(6) “Angela Merkel, peut-elle perdre les prochaines elections législatives allemandes? THOMAS WIEDER. LE MONDE, 23 de febrero.

(7) “Meet Martin Schulz, the Europhile populist shaking up Germany’s elections”. CONSTANZE STENZENMÜLLER. THE WASHINGTON POST, 27 de febrero.


DE UN DONALD A OTRO DONALD: LA DESOLACIÓN EUROPEA

22 de febrero de 2017
                
Trump tuitea, se va de la lengua o reinterpreta la política exterior. Sus colaboradores próximos (los sensatos, los profesionales) acuden a enmendar sus ocurrencias, a embellecer sus ideas. O sea, a enmendarle la plana.
                
Con Europa, el inquilino de la Casa Blanca se ha empleado a modo. Con ese gusto que tiene por decir lo primero que se le ocurre (pocas cosas sensatas), ha conseguido algo que parece más que difícil: irritar a los dirigentes europeos. A éstos, si algo les caracteriza, generalmente, por tradición, trayectoria y cultura, es su templanza, o su cinismo, para responder a las críticas o a las declaraciones hostiles.
                
Pero Trump no es un político de la oposición, ni un analista o un periodista ácido, ni el portavoz de un movimiento social o antiglobalización. Es, aunque cada día cueste más aceptarlo, el Presidente de los Estados Unidos. Y lo que dice tal altísimo responsable internacional, sólo por decirlo, tiene consecuencias. No termina de entenderlo.
                
LA DIFÍCIL MISIÓN DEL COMANDO AVANZADO

La Conferencia de Múnich es un foro convencional de la seguridad europea, donde suelen escucharse opiniones, evaluaciones y sugerencias todo menos sorprendentes. De vez en cuando, alguien se sale del guion y agita a los aburridos informadores enviados a cubrir el evento. Como en 2003, cuando el entonces Secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, dijo aquello de que Alemania y los países que se oponían a la invasión de Irak eran la “vieja Europa”; en cambio, la “nueva Europa”, o sea la mayoría de los antiguos países del Pacto de Varsovia (o algunos “iluminados”, como la España de Aznar) comprendían con clarividencia la significación de la decisión del entonces Presidente Bush (W).
                Ya conocemos el desastre en el que se resolvió aquella iniciativa respaldada por la “nueva Europa”. En esa Europa supuestamente emergente han anidado numerosos partidos xenófobos, racistas y populistas sin muchos escrúpulos. Aunque, para ser honesto, en la vieja Europa no están libres de esos mismos peligros. Y en todos ellos, en el viejo y el nuevo continente, admiradores, o al menos oportunistas seguidores, de este otro Donald.
                Estos días en Múnich, cuatro altos miembros del gabinete Trump han intentado que se olvidaran las torpes afrentas cometidas por su locuaz jefe en las últimas semanas (1). Tirando de ese manual diplomático que Trump desprecia con insolente ignorancia, el Vicepresidente Pence, el Secretario de Estado, Tillermann, el de Defensa, Mattis, o el de Seguridad Interior, Kelly (éstos dos últimos, ex generales) han reiterado el mismo mensaje oído desde hace más de medio siglo: compromiso inequívoco e incondicional de EE.UU. con la seguridad de Europa, reafirmación de los valores, principios y objetivos largo tiempo compartidos. Compromiso pleno y solidario con el vínculo transatlántico. Eso sí: paguen usted más por la defensa europea, que si no será difícil convencer por mucho tiempo al Jefe de la utilidad de la Alianza. Con lo que está cayendo, mensaje erróneo (2).

No vale de mucho que los guardianes de la política europea (Tusk, Stontelberg, Junker) recuperen en público la sonrisa y digan lo que corresponde para que parezcan superados los malentendidos. Por si acaso, Alemania y Francia (vieja Europa) recuperan el recurrente proyecto de una defensa europea autónoma (3), aunque sin cuestionar la vigencia de la Alianza Atlántica. Nada nuevo, en realidad, pero la recuperación de la propuesta en estos momentos no puede ser pura coincidencia.

LA SOMBRA DEL IMPEACHMENT

Desde una Casa Blanca donde se trasnocha mucho viendo la televisión, se estropeó el discurso que los afanados escuderos habían intentado recomponer en Múnich. Trump produjo uno de sus creativos tuiter sobre el daño que la inmigración descontrolada había hecho en Suecia (insinuando un atentado terrorista inexistente). Y como le salieron al paso para sacarlo de su error, se despachó de nuevo con los medios (fake media) que no le siguen el juego.
                
Trump ha batido todos los récords de impopularidad de un ocupante de la Casa Blanca a estas tempranas alturas. No existe casi nadie, desde la derecha conservadora hasta la izquierda más crítica que no se tire de los pelos ante la perspectiva de cuatro años así. Ya empieza a molestar tener que escribir todo el rato de lo mismo: el monotema. Pero ¿podemos sustraernos a ello cuando la incompetencia, la irresponsabilidad o el caos parecen haberse instalado en el Despacho Oval?
                
Se le pasan a uno las horas leyendo lo que inteligentes analistas del poder político en Estados Unidos llevan escribiendo desde el 20 de enero, día de la inauguración presidencial.  Algunos se dejaron incluso ganar por la esperanza de que el triunfador de las elecciones (en la suma del Colegio de compromisarios) se dejara arrastrar por la cordura. Pero tras un espejismo inicial de amabilidad y aparente moderación, se desató el caos.
                
Trump se comporta en la Casa Blanca como en los mítines de campaña. Falta, insulta y descalifica más que propone, orienta o indica. La preocupación en EE.UU. alcanza límites desconocidos. Algunos ya ven en el recién estrenado Trump los indicios patológicos del Nixon de los últimos días. La institución, desprestigiada. La clase política, on fire. La nación, en vilo. Los aliados, sobrecogidos. Es la “niebla de Trump”, en palabras de David Rothkopf (2). ¿Acabará su mandato o será destituido? Éste es ya uno de los tópicos de conversación en Washington. No faltan los motivos, pero sus turbias relaciones con Rusia se destacan como las más peligrosas para la estabilidad de su mandato.
                
Hay una Europa que ve en Trump una oportunidad inesperada para medrar, para hacer avanzar sus causas demagógicas y peligrosas, para conseguir éxitos electorales impensables hasta hace poco. Pero hay otra Europa que asiste espantada a los que se proyecta desde EE.UU.  De poco sirven cantinelas business as usual como las proclamadas por sus segundos en Múnich. Cuando el Presidente se deje caer por este lado del Atlántico (Londres, obligada primera parada) ya puede anticiparse lo que ocurrirá: protestas, manifestaciones incluso más numerosas que las que en su día se dedicaron al otro Donald y a su jefe (W), una brecha sin precedentes en la alianza atlántica.

En tiempos del Brexit, del desafío xenófobo, del envite nacionalista-populista, una visita de Trump es lo último que se necesita por estos quebrantados pagos. Mejor que no venga, por ahora, le deben estar sugiriendo desde Berlín, París, Roma, Bruselas, ¿Madrid?).

El 8 de noviembre pasado, mientras se desarrollaban las votaciones en el encantador barrio de Georgetown, un enclave liberal del perímetro de Washington, unos apoderados (o lo equivalente de tal figura allí) de Hillary Clinton me decían que confiaban en la victoria de la candidata demócrata, porque, de lo contrario, Estados Unidos se convertiría en el hazmerreír de todo el mundo y en la vergüenza del país. ¿Les parece que exageraban?

NOTAS

(1)    “Trump team meets Europe”. BRUCE JONES. BROOKING INSTITUTION, 19 de febrero.

(2)    “Trump aides try to reassure Europe, but may remain wary”. HELENE COOPER. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

(3)    “Berlin veut fair advancer l’Europe de la defence”. LE MONDE, 14 de febrero.

(4) “The fog of Donald Trump”. DAVID ROTHKOPF. FOREIGN POLICY, 14 de febrero.

FRANCIA: EL NACIONAL-POPULISMO, AVANT LA LETTRE

15 de febrero de 2017
                
A poco más de dos meses de las elecciones presidenciales, Francia tiene en vilo a gran parte de Europa. Cuando aún no se ha digerido la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la perspectiva de que Marine Le Pen ocupe el Eliseo desde la próxima primavera añade un factor de preocupación indisimulable.
                
Quizás como antídoto contra el alarmismo, numerosos analistas políticos y técnicos demoscópicos aseguran que el sistema electoral francés hace muy difícil la victoria de la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta, resignados a que pasará el corte en la primera ronda del 23 de abril. Para ser Presidenta de la República, Marine Le Pen tendría -argumentan los optimistas- que vencer al candidato que supuestamente apoyarían el resto de formaciones políticas: sería Marine contra todos. Con pocas posibilidades de salir victoriosa.
                
¿Puede asegurarse tal cosa? En absoluto.
               
¿EL FINAL DE LA V REPÚBLICA?

Resulta un poco inútil enredarse ahora en unas encuestas u otras. Marine Le Pen aparece como favorita en todas ellas. Sólo esta emergencia reciente de Emmanuel Macron (poco sorprendente, por lo demás), le discute la primera posición en la primera vuelta. El exministro/pupilo de Hollande se perfila como candidato “por encima de todas las ideologías” para frenar la “vergüenza” de un escenario a lo Trump en Francia. El propio Macron se postula de tal guisa cuando dice que hay que superar la fractura derecha-izquierda para vencer el peligro que supone la irrupción ultraderechista. No sería de extrañar que algunos empiecen a compararlo, aquí, en España, con el Ciudadano Rivera, aunque con otro empaque. Y otro aire.
                
Que a Macron le estén saliendo ahora las cuentas no quiere decir que su candidatura sea sólida. Su programa es el no programa. Ambigüedad y vaguedad. El electorado francés está muy apegado a la tradición. Los dos bloques, más o menos elásticos, que han conformado la dinámica de la V República se han percibido hasta ahora como inalterables. Estas elecciones, sin embargo, podrían romper ese molde, si Le Pen y Macron, dos disidentes de ese sistema, cada uno a su manera, se alzan con el privilegio de competir por el Eliseo el 7 de mayo.
                
En la escalada demoscópica de Macron pesa tanto el escándalo que amenaza con minar la candidatura de François Fillon, como la corrosión interna del Partido Socialista y la fragmentación subsecuente de la izquierda más radical. El candidato de Los Republicanos (ex gaullistas y algo más) está enredado en el affair de los empleos ficticios de su señora y sus hijos, y ahora le surge un grano más con un posible fraude fiscal de su portavoz.
                
Las bases socialistas confirmaron el desapego hacia “su gobierno” del quinquenato que ahora se extingue con pena máxima y gloria nula eligiendo como candidato a la cabeza visible de los frondeurs, los diputados rebeldes. Benoît Hamon infunde cierta ilusión en esa masa de funcionarios públicos, intelectuales orgánicos y clases medias que no se dejan seducir por los cantos de sirena lepenistas ni por las propuestas mesiánicas de la izquierda más contestataria. Hamon ha desbancado al izquierdista Melenchón para ocupar una desmayada cuarta plaza, y aspira a unir fuerzas con él para optar a la sorpresa. Se ha rodeado de un equipo entusiasta y cuenta con el respaldo firme de la gran dama del socialismo francés, la exministra Martine Aubry, y la emergente alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Dos generaciones de mujeres del PSF para conjurar una crisis agónica del partido más fragmentado de la socialdemocracia europea.

Nadie cree, sin embargo, que sea suficiente haber vencido al aparato, al Eliseo y a Matignon, a esa inercia destructiva que corroe a la socialdemocracia europea. El PSF llega tarde a estas elecciones. Durante su etapa de gobierno, en vez de adelantar el reloj de los cambios, ha perdido el tiempo en componer un inane discurso de acomodación a la austeridad, la debilidad programática y la fragmentación autolesiva.
                
¿LE PEN CONTRA TODOS?

Ciertamente, la dicotomía centro-derecha/centro-izquierda, santo y seña del devenir político francés y europeo, está cuestionada por un nacionalismo que parece abandonar los cauces de lo correcto para incursionar en el terreno del populismo. La versión francesa de este fenómeno, diferente a la que ha triunfado en Estados Unidos, aúna el auge del sentimiento nacional con la decepción del desempeño de la izquierda. Pero, atención, no es Le Pen después de Trump. Marine había llegado antes, con discurso, con partido y con base social. Al mágico Donald le ha valido con la atracción fatal de los medios y la negligencia de la clase política.

La mayoría de los votos de Marine Le Pen no provienen de los ricos, o de la franja más extrema del nacionalismo, sino de cientos de miles, millones de trabajadores decepcionados por la falta de respuesta eficaz del socialismo a la crisis económica, la desindustrialización, el malestar de las banlieus, la inversión social, los aspectos más controvertidos de la inmigración, el incremento escandaloso de la desigualdad. El Frente Nacional no es de izquierdas, ni pretende serlo. Pero sí aspira a convertirse (lo es ya, en gran medida) en el partido de los trabajadores perdedores de la globalización; de los trabajadores franceses, a los que ni siquiera les vale con la compensación menguante de los beneficios sociales para paliar los devastadores efectos del paro. Para escuchar estas voces de obreros transmutados, es muy recomendable un reportaje de hace unas semanas en THE NEW YORK TIMES (1).

Le Pen y Trump comparten esa apelación de voto a los trabajadores “blancos” resentidos por el resultado social de la crisis. “América Primero” es la versión adaptada de “Francia para los franceses”, la divisa con la que el Frente Nacional ha estado resistiendo más de treinta años en los márgenes del sistema. Ha hecho falta que diez años de inclemente crisis haya terminado por hacer saltar las costuras del tensionado modelo social francés para que lo inimaginable se convierta en plausible. La victoria de Trump lo ha hecho factible.

Con la misma convicción con la que los analistas consideraban en octubre que Trump no podía ser Presidente, por miles de razones, casi todas ellas de una solidez aparentemente incuestionable, ahora sostienen que, como ha ocurrido antes, el temido éxito del Frente Nacional se quedará en espejismo.  

Fillon, en una maniobra que huele a desesperación, ha advertido que su eliminación en primera vuelta equivaldría a la consagración de la victoria de Marine Le Pen. “No puedo asegurar que la mayoría de mis votantes le vuelvan la espalda a la candidata del Frente Nacional para respaldar a un candidato de izquierdas”, ha venido a decir. Razonable. Pero, a la inversa, tampoco puede darse por seguro que el electorado de izquierda lo vote a él, sólo para evitar un triunfo de la candidata ultranacionalista, como hicieron con Chirac. Ha pasado mucha agua bajo los puentes del Sena para asegurar tal cosa. La base electoral de la izquierda está desanimada, desconcertada o, algo peor, adherida al engendro xenofóbico del obrerismo nacionalista, o del populismo, para entendernos mejor con el lenguaje al uso.

Pase lo que pase estos dos meses y pico, Francia dejará de ser una esperanza europea para convertirse en un dilema entre lo malo y lo peor.

(1) “Macron, the maverick”. KEMAL DERVIS.BROOKING INSTITUTION, 8 de febrero; “Emmanuel Macron steps into France’s political void”. NYT, 13 de febrero.

(2)    “La peur du loup Front Nationel”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 10 de febrero.

(3)    “Benoît Hamon dévoilé son équipe de champagne”. LE MONDE, 11 de febrero

(4)    “Will France sound the death knell for socialdemocracy”. JAMES ANGELOS. NYT, 24 de enero.

CALIFORNIA, CORAZÓN DE LA RESISTENCIA CONTRA TRUMP

8 de febrero de 2017

California no es el único lugar de Estados Unidos donde se afirma una resistencia encarnizada contra el mandato de Donald Trump. Pero es, quizás, el más emblemático y combativo. Desde la victoria del candidato republicano en el colegio electoral, el pasado noviembre, se percibe en California, desde donde escribo este comentario, la revitalización de los movimientos de protesta ciudadana. Cada vez son más los decididos a no permanecer pasivos ante el retroceso en materia de derechos y libertades.

Pero fue la orden ejecutiva del 27 de enero, que restringía la entrada en el país de ciudadanos procedentes de siete países de predominante religión musulmana y el cierre absoluto a los desplazados por la guerra de Siria, lo que ha colocado a este heterogéneo movimiento de resistencia en modo de conflicto abierto con la Casa Blanca. La protesta tiene varios frentes: institucional, social, profesional e ideológico.

ESTADO Y CIUDADES, CONTRA EL PODER FEDERAL

De todos ellos, el primero es quizás el más sorprendente, por su rapidez y contundencia. El propio Gobernador del estado, el veterano Jerry Brown, ha llegado a decir ante el Congreso local que está decididamente dispuesto a resistir todas las políticas federales de dudosa legalidad y, en particular, las que supongan una merma de los derechos de las minorías. O a proteger la reforma sanitaria de Obama, que California fue el primer estado en adoptar, y que ha reducido el número de desprotegidos a un mínimo histórico.

Los ayuntamientos de las principales ciudades y áreas metropolitanos han sido también muy beligerantes. Denis Herrera, fiscal general de San Francisco, la villa que parece a la vanguardia de las protesta, se ha querellado contra Trump, después de que el Presidente decidiera bloquear los fondos de ayuda federal a las ciudades que no colaboren con su política migratoria restrictiva.

Se calcula que viven en San Francisco 30.000 personas sin papeles, alrededor del 3% de la población. La ciudad recibe anualmente 1.200 millones de dólares, con los que sostiene programas de salud y ayuda social. Herrera evocó el llamamiento de Obama a defender la democracia durante el anuncio oficial de su iniciativa.

San Francisco es una de las llamadas “ciudades santuario”. Llevan décadas aplicando prácticas de tolerancia y protección de los inmigrantes. Otras villas, como la capital del estado, Oakland, Berkeley o San José no han adoptado de momento medidas legales contra la autoridad federal, pero ya han advertido que continuarán con su política de no detener a inmigrantes ni realizar pesquisas policiales para conocer el estatus migratorio de la población.

LABORATORIO DEL CAMBIO SOCIAL

Por esta razón, entre otras, numerosas ciudades de California fueron las primeras en movilizarse contra la orden ejecutiva anti-migratoria del nuevo presidente. En otros tiempos, este estado tuvo un gobernador, Pete Wilson, que promovió medidas restrictivas en materia de migración, la tristemente célebre Proposición 187, que eliminó fondos para programas sociales destinados a los inmigrantes sin papeles.

Pero esa sensibilidad se ha invertido, en parte por la evolución demográfica (se estima que los blancos dejarán de ser mayoría antes de la mitad de siglo), pero también por la pujanza de movimientos sociales progresistas y multirraciales.

EL MALESTAR DE SILICON VALLEY
Otro frente de resistencia que ha sido especialmente sonoro estas últimas semanas es el relacionado con el sector de las tecnologías de la comunicación, reunido en el Silicon Valley, en el norte de California, a un centenar de kilómetros de San Francisco. Las radicales medidas anti-inmigratorias generaron un movimiento imparable de protesta desde la base. Miles de empleados de las compañías más emblemáticas del sector (Google, Facebook, Twitter, Uber, Amazon, etc.) se han manifestado para  condenar las decisiones de la Casa Blanca. No es de extrañar, pues las plantillas de estas empresas, son racial y culturalmente muy diversas, como corresponde a una actividad caracterizada básicamente por la dinámica de la globalización. La tecnología que producen está destinada a eliminar barreras, no a levantarlas. De hecho, algunos de los ciudadanos que se vieron afectados por las barreras levantadas por Trump trabajaban en Silicon Valley.

En parte presionados por sus empleados, los responsables de algunas de estas compañías se han visto arrastrados a expresar de forma más comprometida sus posiciones contrarias a las restricciones migratorias y a la libertad de movimientos. Tras la victoria de Trump, algunos dirigentes de estas empresas intentaron mantener una cautelosa neutralidad. Incluso otros, como uno de los jefes de Uber, formaba parte del Consejo de asesores económicos del nuevo Presidente. Ya no: dimitió al comenzar la oleada de protestas. Microsoft fue una de las compañías que pasó de un discreto silencio a una posición activa de rechazo.

LA DERIVA VIOLENTA

Finalmente, la protesta anti-Trump ha galvanizado también a los sectores más radicales de la sociedad. Los movimientos anarquistas, que cobraron nuevo vigor con la crisis financiera y los abusos de Wall Street, han revivido con la elección del retrógrado magnate, y California ha sido uno de los escenarios más destacados de su reforzado protagonismo.

En Berkeley, epicentro de la revuelta universitaria de los sesenta, cientos de jóvenes acudieron a medios violentos (quema de neumáticos y otros objetos, rotura de ventanas, irrupción en edificios universitarios) para impedir impidieron que uno de los colaboradores del estratega jefe de la Casa Blanca, el ultraderechista Bannon, pronunciara una conferencia en el campus. Los incidentes adquirieron cierta gravedad. El alcalde demócrata de Berkely, comprometido en el frente anti-Trump, se vio obligado a denunciar la deriva violenta de la protesta y a llamar la atención sobre el riesgo de que estas provocaciones alienten respuestas radicales racistas o xenófobas, como ya ocurrió el año pasado.

En efecto, durante el proceso de las primarias, se produjeron enfrentamientos de cierta gravedad entre grupos de extrema derecha y extrema izquierda, en otras ciudades de California. En Anaheim, grupos antifascistas irrumpieron en una concentración del Ku Klux Klan, y en Sacramento grupúsculos anarquistas protagonizaron una batalla campal contra los skin-headsDe momento, son incidentes contados y aislados.De momento, son incidentes contados y aislados.

En todo caso, el malestar en California es tan notorio que se vuelve a hablar del Calexit, es decir, la separación de la Unión. Algo que, de momento, carece de fundamento real, aunque California se encuentra entre las diez economías más poderosas del mundo y podría ser muy viable como estado independiente. El desprecio que el nuevo inquilino de la Casa Blanca demuestra hacia valores muy preciados en amplios sectores del país podría alimentar esta tentación rupturista, por ahora minoritaria.  

DIEZ DÍAS QUE AVERGONZARON AL MUNDO: TRUMP DEGRADA LA DEMOCRACIA DE EE.UU.

1 de febrero de 2017
         
El nuevo Presidente de Estados Unidos ha ofrecido un anticipo inquietante de lo que puede ser su mandato: demagogia en el relato, distorsión de la realidad, precipitación política, desorden administrativo, desconcierto en la gestión de su equipo y, sobre todo, reflejos autoritarios, antidemocráticos e irrespetuosos con los derechos de ciudadanos y los valores de su país. Y todo en ello en menos de diez días. Ni lo más pesimistas podían prever semejante destrozo. En cantidad y en calidad.
                
Estados Unidos ha vivido el fin de semana más agitado desde los atentados del 11 de septiembre. En esta ocasión, no se trata de una agresión exterior, sino de quien, por mandato constitucional, está obligado a proteger las leyes y el estado de derecho. En nombre precisamente de una amenaza terrorista exagerada y un alarmismo inducido, el desbocado Trump hizo uso de su pluma presidencial para socavar uno de los pilares más positivos del sistema político y social norteamericano: la inmigración, el pluralismo de ideas y culturas y la diversidad racial.
                
El bloqueo de los refugiados sirios y la prohibición de entrada en el país a las personas procedentes de siete países de mayoría musulmana, incluidos quienes ya tenían la carta verde de residencia o estaban habilitados por un visado vigente, dejó atónitos a políticos, abogados, funcionarios y activistas. En apenas una hora, emergió un contrapunto esperanzador de la resistencia cívica frente al atropello. Miles de ciudadanos se congregaron de forma espontánea en los aeropuertos donde viajeros que intentan entrar o regresar a Estados Unidos estaban siendo retenidos por los funcionarios de migración.
                
Aparte de atentatoria contra derechos y libertades, la orden de Trump es incoherente. Y sospechosa. Ninguno de los atentados cometidos en Estados Unidos en los últimos quince años ha sido realizado por terroristas que procedieran de los países puestos en cuarentena. Y, sin embargo, otros como Egipto o Arabia Saudí, de los que eran nacionales muchos de los terroristas del 11 de septiembre, han quedado libres del plumazo xenófobo. Oportunismo, capricho o, como han apuntado sagazmente algunos comentaristas, casual circunstancia de que en esos países exentos tiene el magnate negocios o inversiones.
                
UNA GESTIÓN BOCHORNOSA

La orden ejecutiva de Trump no sólo representa un atentado contra los valores del país. Además, resultó una auténtica chapuza administrativa. La precipitación con la que actuó el presidente sorprendió incluso a algunos miembros de su propio gobierno, incluso el responsable político de gestionar la ejecución de la orden, el Secretario de Seguridad interior. El Secretario de Defensa, a quien Trump no para de ensalzar con esa retórica tan suya del elogio vacuo, ni siquiera fue consultado.

Aparte del fondo de la cuestión, algunos medios han detallado estos últimos días el clima de desconcierto que se vivió en los aeropuertos, ya que no había emergencia de seguridad alguna que justificara la precipitación de la medida (1).

El artífice de la medida fue el estratega jefe, Stephan Bannon, el propagandista de ultraderecha, supremacista blanco y xenófobo. Este mismo personaje fue el que inspiró gran parte del discurso de inauguración presidencial, atajo de invocaciones populistas, nacionalistas y catastrofistas que incomodaron a los sectores más templados del partido republicano.
               
La justicia no tardó mucho en actuar, aunque la reacción, ciertamente, no fue generalizada. Una juez de Brooklyn fue la primera en emitir una providencia que suspendía la retención de ciudadanos sin impedimento legal para ingresar en el país. La Secretaria de Justicia y fiscal general en funciones, nombrada por Obama y pendiente de sustitución, dio la instrucción a sus subordinados de no defender la orden ejecutiva por no estar ajustada a las leyes vigentes. Trump respondió a su manera. No esperó a que el Senado confirmara a su escogido para el puesto: la destituyó de inmediato, “por traición”, y nombró como interino a un fiscal de Virginia que se ha allanado a la voluntad del Jefe. Así parece que va a funcionar EE.UU. a partir de ahora, si la sociedad civil, el legislativo o los aliados no lo remedian.
               
Algunos dirigentes europeos ya han manifestado su desacuerdo e incluso su malestar. Unos, con cierta claridad, como Merkel, Hollande o Tusk. Otros, con una cautela excesiva, como la británica May, a quien los periodistas tuvieron que casi extraer una declaración de inconformidad. Millón y medio de británicos han solicitado que se cancela la programada visita de Trump este verano (2). El Presidente del Gobierno español ha ejercido su proverbial tancredismo: por una muy mal entendida prudencia, o por su habitual indolencia.
                
AFRENTA A MEXICO

En otros casos, no es malestar exterior sino afrenta. Es el caso de México. Otra orden-exprés trumpianas, la construcción de un muro, supuestamente para controlar la migración y prevenir la llegada de criminales (sic), constituye un escándalo, por las graves implicaciones diplomáticas y sociales. En Estados Unidos viven más de 30 millones de personas de origen mexicano, que han contribuido poderosamente a la prosperidad del país.
                
Este otro reflejo xenófobo conecta con la conspiratoria narrativa de la ruina americana provocada por acuerdos comerciales perniciosos. El NAFTA, tratado de libre comercio suscrito por Estados Unidos, México y Canadá, no ha significado daño económico y pérdida de empleo para los norteamericanos, como proclama engañosamente Trump. Un artículo antiguo, ahora reeditado, de la delegada de comercio en el gobierno de Bush padre, Carla Hills, pone en evidencia las falsedades en que descansan las invocaciones del actual presidente.

México absorbe la séptima parte de las exportaciones norteamericanas. O dicho de manera más gráfica: más que las destinadas a los emergentes BRIC (Brasil, Rusia, Indica y China), juntos. México le compra a Estados Unidos más productos estadounidenses que las cuatro potencias comercial europeas reunidas (Alemania, Gran Bretaña, Francia y Holanda). El suma y sigue de los datos que ridiculizan el discurso de Trump sería interminable, pero el artículo es imprescindible para hacerse una idea de la magnitud del engaño (3).

La agresiva iniciativa presidencial puede reabrir viejas heridas de humillación y vergüenza en el vecino del sur. Hace unos días, el historiador Enrique Krauze, liberal de vocación y moderado en sus expresiones políticas, advertía que, contrariamente a lo que ha sido tradición en México ante las numerosas ofensas y menosprecios históricos del gigante del norte, en esta ocasión no se puede actuar como si nada hubiera ocurrido. Por el contrario, se impone una respuesta firme e inequívoca de las autoridades de su país frente al atropello. (4).

El estreno de Trump se corona con la selección de un candidato cercano a los ultras para ocupar el puesto vacante en el Tribunal Supremo. Demócratas y progresistas ya han anunciado una resistencia feroz. En definitiva, diez días que han avergonzado a la América decente y a una comunidad internacional circunspecta. Trump parece dar la razón a quienes denuncian que su mandato degradará profundamente la democracia norteamericana.

(1)    “How Trump’s rush to enact inmigration ban unleashed global caos”. NEW YORK TIMES, 30 de enero.
(2)    “There May feels heat over travel ban as Donald Trump stands firm”. THE GUARDIAN, 31 de enero.
(3)    “NAFTAS’s economics upsides”. CARLA HILLS. FOREIGN AFFAIRS, 6 de diciembre de 2013.
(4)    “Trump threaten a good neighbor”. ENRIQUE KRAUZE. NEW YORK TIMES, 17 de enero de 2017.