EUROPA, SIN LIDERAZGO

26 de diciembre de 2024

El año termina mal para Europa y puede empezar peor. El eje franco-alemán ya no es lo que era, pero hasta hace poco conserva cierta capacidad de liderazgo en la UE. Ahora es difícil detectarlo. Los gobiernos de ambos países son quizás los más inestables de los 27. Peor, el alemán es dimisionario, en espera de las elecciones anticipadas de febrero; el francés fue anunciado en vísperas de Navidad y tendrá su primera prueba de fuego a mitad de enero en la Asamblea Nacional, sin más apoyos que los que precipitaron la caída de Barnier.

FRANCIA: MÁS DE LO MISMO

El Gobierno Bayrou ha sido una decepción, pese al voluntarioso intento del primer ministro por presentarlo como un equipo de políticos experimentados e inmunes al desfallecimiento. El dirigente centrista ha armado un collage de personalidades con pedigree para afrontar los desafíos económicos. Pero no ha ampliado su base parlamentaria. La mayoría de la treintena y media de ministros pertenecen al centro macronista y a la derecha republicana.

Bayrou pretende haber atendido a las sensibilidades de la izquierda moderada al incluir a los exsocialistas Elisabeth Borne, Manuel Valls y François Rebsamen (éste último es aún formalmente militante, pero su alejamiento del partido es notorio). El truco no ha funcionado. Las tres figuras son especialmente agrias para el PSF.

No es extraño, por tanto, que el Secretario General, Olivier Faure, calificara de “provocación” la composición del gabinete. “Bayrou no ha respetado ninguna de nuestra condiciones” para el pacto de evitación de la censura, advirtió el líder socialista. Los socialistas contaban con que el jefe del gobierno dejara al menos abierta la reconsideración de la reforma de la ley de jubilación, pero no ha sido así. “¿En que mundo viven?”, ha sido la respuesta despectiva de Bayrou.

En este clima de desencuentro, otros miembros de la dirección socialista han llegado incluso más lejos en sus manifestaciones de agravio. A día de hoy, la moción hacer correr a Bayrou la misma suerte que su predecesor se ha reabierto.

Para más escarnio, el centrista mantiene al derechista Bruno Retailleau en Interior y recupera a su predecesor, Gérald Darmanin (en su día un fiel de Sarkozy y luego convertido al macronismo), para la cartera de Justicia. Este ministro protagonizó una fuerte polémica al ponerse del lado de la policía y en contra la judicatura en una sonora confrontación institucional.

La carta de la experiencia tampoco ha conmovido a nadie. Por primera vez desde el gobierno de Maurice Couve de Murville en 1968 (el último de De Gaulle), hay cuatro exprimeros ministros en un Gobierno. Esta argucia de Bayrou ha facilitado el comentario sarcástico del  Resamblement National: “el regreso de las momias”, han dicho en el partido de Marine Le Pen. Y por si esto no fuera suficiente, se ha dejado saber que el partido de Marine Le Pen vetó la elección de Xavier Bertrand como titular de justicia. El presidente del departamento de Hautes-de-France es el más centrista de los dirigentes de Derecha Republicana (herederos del gaullismo), pero sobre todo es la bestia negra de los lepenistas, como dice la prensa liberal. Bayrou ha negado las presiones, pero el propio Bertrand rechazó el ofrecimiento de otra cartera de menor peso que le ofreció el primer ministro. El descosido es general.

NI que decir tiene que desde la izquierda radical el regocijo es grande. La franja insumisa no le concedió ni el beneficio de la duda a Bayrou desde el principio. Ahora proclama su acertada visión e insiste en que el político centrista es un peón más que Macron lanza a los leones para aplazar su inevitable dimisión.

El primer ministro juega con la baza de la emergencia económica. Es la misma que intentó Barnier, sin éxito, pero con cada crisis se agrava la percepción de catástrofe. Francia está bajo la lupa de las agencias de calificación crediticia, ha dicho estos días Bayrou para meter presión a los socialistas y conseguir que no se recomponga el bloque de la izquierda.

En otra maniobra de trompe d’oeil (truco o engaño), Bayrou ha escogido a un banquero de perfume social-liberal para dirigir Economía. Eric Lombart es un banquero de orígenes familiares adinerados pero de una sensibilidad social, que promueve un “capitalismo más responsable” o “más regulado”. Es otro próximo a Macron para cumplir con una tarea que él mismo ha denominado “difícil”, evitando términos más contundentes que perjudicarían la confianza.

Con estos mimbres empezará Francia el año: deficitaria y endeudada la nación por encima de todos los niveles aceptables en Bruselas y desprovisto de legitimidad política desde verano, cuando Macron fue victima de su propia ambición.

El Presidente está en sus horas más bajas de aceptación. Muy pocos le apoyan ya, incluido entre sus filas, donde se piensa más en clave 2027 que en salir del atasco actual. No es raro que un diario de centro como LE MONDE haya publicado una serie de cuatro largos artículos que deconstruyen virtualmente al presidente. La sensación con la que se queda el lector es que el joven reformista que pretendía cambiar Francia de arriba abajo hace siete años se ha revelado como un diletante narcisista, poco apegado a la verdad, aislado y cada vez más paranoico (1).

ALEMANIA: UN GIRO DERECHISTA

En Alemania, lo que se espera es un giro derechista sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Friedrich Merz, el dirigente que ganó el liderazgo de la CDU tras la retirada de Angela Merkel, aparece como el político situado más a la derecha en la historia de la República Federal, más incluso que Adenauer.

Merz fue desatendido por la excanciller por sus políticas conservadoras extremas en todas las materias sociales sensibles, desde los derechos laborales a la inmigración. No se ha privado de hacer comentarios xenófobos o sarcásticos sobre los refugiados. Su cometido al frente del Comité de vigilancia de un fondo de inversión norteamericano dejó bien a las claras qué tipo de política pretende imponer en Berlín. Se acabó el consenso centrista en la política alemana, tras varias décadas de forzado maridaje. Alemania camina hacia un liberalismo salvaje sin las correcciones sociales que la socialdemocracia fue edificando y la CDU respetando parcialmente, sobre todo en la era de Merkel. 

El nuevo Canciller parece que lo tendrá fácil para imprimir este giro. Las encuestas le dan mayoría absoluta. Ni siquiera necesitaría la habitual muletilla de los liberales, que pueden quedarse fuera del Bundestag, tras una colaboración a contracorriente con socialdemócratas y verdes en la actual coalición de gobierno.

El principal partido de la oposición será la ultra Alternativa por Alemania, que después de sus éxitos del pasado otoño en los länder del Este se prepara para lo que su denominación pretende: ser una verdadera alternativa de poder. De momento, ese objetivo parece lejano.  La candidatura de Merz puede perjudicarle, porque mucho votante ultraconservador podría decidir que es más seguro otorgarle a una CDU escorada a la derecha la responsabilidad de conducir el país.

La deriva alemana tiene cierta  similitud con la francesa. Una ultraderecha atrapada en el cordón sanitario se va haciendo cada vez más fuerte y va ganando batallas sin necesidad de ocupar el centro del poner, imponiendo la naturaleza de sus políticas. AfD puede esperar a que el desgaste inevitable del gobierno y una previsible recuperación de socialdemócratas y verdes obligue a la CDU a algún tipo de acuerdo si quiere mantenerse a medio plazo en el poder.

El futuro gobierno ultraconservador tiene que resolver el enorme nudo en que encuentra atrapada Alemania desde la guerra de Ucrania. Merz es mucho más virulento contra Putin, pero el estrangulamiento energético del país y el daño que una mayor confrontación comercial con China, impulsada por Trump, ocasionaría a la industria exportadora alemana puede obligarlo a ser más pragmático.

Tampoco se visualiza cómo pueden llegar a entenderse mejor Berlín y París en las circunstancias actuales. La derecha centrista alemana suele mezclar mejor con el centro-izquierda francés. Las dos derechas combinan mal, irónicamente, y más si una se asienta de nuevo en el ultraliberalismo que Merz representa y la otra se mueve en la indefinición para evitar una mayor fractura social. Hace 50 años, el liberal Giscard y el socialdemócrata Schmidt creyeron ilusamente pactar una salida a la crisis del shock petrolero. Hoy en día, todo se antoja aún  más oscuro.

 

NOTAS

(1) «Le président et son double»

 

FRANCIA NO ES NÔTRE-DAME

18 de diciembre de 2024

Las volutas de la crisis política francesa han terminado por erosionar a su principal instigador, el Presidente de la República. Se presentó como bombero ante el anunciado  incendio “de los dos extremismos” (de derecha y de izquierda), que podría reducir Francia a cenizas. Pero, en realidad, al disolver la Asamblea Nacional en junio, en puertas de los Juegos Olímpicos, ofició de pirómano y echó leña a un fuego que lleva tiempo asediando el edificio de la V República.

En su discutible manejo de la crisis, Macron ha ido quemando primeros ministros y arruinando, dificultando o emborronando carreras políticas. A la exsocialista Elisabeth Borne le agotó la paciencia, su virtud tecnocrática más destacada. A su ahijado político Gabriel Attal lo arrojó al pie de los caballos, cuando éste creía sostenerlos por las bridas en galope hacia el Eliseo 2027. Rescató al antiguo gaullista Barnier, un eurócrata ennoblecido con el acuerdo sobre el tramo final del Brexit, pero el resultado ha sido un final sin gloria: su gobierno, el más corto del actual sistema político.

El círculo de fuego se cerraba sobre el Eliseo, aunque la alarma se extendió a todos los partidos del consenso centrista. Las maniobras presidenciales salpicaban chispas sobre la túnica del émulo de Nerón, pero amenazaban con devastar a toda la clase política. Los excluidos de cualquier solución -el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y los insumisos de Jean-Luc Mélenchon- insistían en que el siguiente en ir a la pira funeraria debía ser el propio Macron. La dimisión del Presidente se ha convertido para ellos en un mantra inalterable.

Esta apuesta ha sido el talón de Aquiles de la trabajosa unión de la izquierda. El esfuerzo que hizo posible el relativamente exitoso Nuevo Frente Popular daba muestras de agotamiento, una vez fracasada la apuesta de la joven tecnócrata Lucie Castets como jefa de gobierno.

Instalado en su despacho de la rue de Varenne, Barnier quiso convertir el lema “nada con Le Pen” en un más pragmático “sin algo con Le Pen, nada es posible”. Concesiones supuestamente menores se convirtieron en un arma arrojadiza para la oposición de izquierda. El cordón sanitario había saltado en pedazos, al obtener la ultraderecha la preciada palanca de hacer caer al gobierno Barnier en cuanto quisieran. Y así lo hicieron. Bastó con que apoyaran una moción de censura planteada por el Nuevo Frente Popular, en protesta por un proyecto de presupuestos impuesto por decreto. Como dijo el Coordinador general de los insumisos, Manuel Bompard, Barnier quiso elegir entre el deshonor y la censura y, al final, ha tenido el deshonor y la censura.

Tras la caída del político saboyano, arreciaron las presiones para forzar la dimisión de Macron. Pero se trataba de fuego artificial. Las llamas no crepitaban en el Eliseo, sino en Matignon, sede del Primer Ministro, convertido ya en lugar indeseable.

EL MAL PASO DE MACRON

Macron se arropó en los fastos de la recuperación de Nôtre Dame para ilustrar ante la nación cómo recuperarse del fuego devastador. Mientras sus rivales le urgían a ofrecer una solución, el Presidente se complacía en admirar las naves restauradas de la Catedral de París. Para cualquier político francés hubiera sido muy difícil resistirse a la analogía del esplendor triunfante sobre la destrucción. Pero para Macron simplemente resultaba imposible.

El Presidente alargó el suspense cumpliendo con un viaje previsto a Oriente Medio y alentó las discrepancias entre sus rivales. Finalmente, parecía decidido a tirar de otro de sus cachorros, el ministro dimisionario de Defensa Sebastián Lecornu, un político de nueva hora, muy cercano a la primera dama, Brigitte Macron, a pesar de que muchas voces en su propio partido le recomendaban la solución más tranquilizadora de François Bayrou.

Macron desoyó estos consejos, fiel a su deriva ultrapresidencialista. En su papel de Júpiter, citó a Bayrou en el Eliseo, pero no para ofrecerle el cargo, sino para informarle que no era el elegido. Lejos de agachar la cabeza, este veterano político centrista, forjado en la larga estela desventurada del giscardismo, decidió contragolpear. Retó al Presidente a nombrarlo primer ministro, si no quería verse privado del apoyo de la cincuentena de diputados de su formación, el MoDem (Mouvement Démocrat), uno de los miembros de la coalición presidencial. “O me nombras o retiro mis canicas”, le espetó. Y Macron, al presentir que esta vez el Eliseo podría estallar en llamas, reculó. Lo paradójico es que el nuevo primer ministro lidera una formación que apenas tiene cuatro diputados más que la familia política de Barnier. El déficit democrático del nuevo primer ministro es el mismo. Lo que cambia es su posición de pivote en la política francesa.

EL ETERNO CANDIDATO

Bayrou es el eterno candidato. Nunca ha aspirado a presidir Francia, pero siempre ha creído que podría influir en su destino desde el sillón de Matignon. A sus 73 años, este político acostumbrado al pacto y la componenda cree estar en mejores condiciones que sus antecesores para componer una mayoría sin combustiones espontáneas, sin sentirse preso de nadie. Ni siquiera del Presidente, al que ya ha torcido el brazo una vez, aprovechando su extrema debilidad. Sus amigos lo consideran dúctil, pero de férreas convicciones. Democristiano de inspiración, liberal sin excesos en lo económico y muy abierto en sus amistades políticas. Tiene buena entrada en el socialismo y ha evitado hacer escarnio de las filas lepenistas. Tiene en común con ellas haber sido acusado de utilizar el sueldo ficticio de los asesores de los parlamentarios europeos como tapadera de la financiación ilegal de sus respectivos partidos. Ese puente podría serle de utilidad.

Está por ver si Bayrou podrá forjar un gobierno, según él mismo ha dicho, reserré (compacto) y compuesto de personalidades, es decir, de figuras de prestigio. Los socialistas ya están enviando señales inequívocas de colaboración, pero no incondicional, basado en la intuición de que no es posible la moción de censura interminable. Comunistas y ecologistas, con menos bazas, caminan por una senda similar. Los insumisos ya denuncian el entreguismo, paso previo a gritar “traición”. En la práctica, el Nuevo Frente Popular ha sido puesto de momento entre paréntesis.

La derecha republicana no está contenta. Con Barnier, uno de los suyos, no tenía garantizada una preminencia que no había ganado en las urnas, pero sí al menos una influencia superior a su fuerza política parlamentaria. Con Bayrou es probable que vuelva a su estado marginal.

Pastorear el rebaño político no es el mayor desafío del este político del Béarn, que quiere conservar su puesto como alcalde de la pirenaica ciudad de Pau. Ya ha dicho que la incompatibilidad de cargos fue un error y que un ministro o un diputado cumple mejor su papel si no se le priva del arraigo en la política local. Una guerra secundaria más que unir a la demanda de una mayor dosis de proporcionalidad electoral.

Pero el verdadero reto es afrontar la crisis económica y fiscal del país, con un déficit del 6% del PIB, una deuda galopante y una degradación de la solvencia crediticia del país. La lupa de Bruselas está puesta sobre las finanzas de Francia. El margen de actuación se estrecha. Las medidas serán dolorosas, por mucho consenso que Bayrou sea capaz de articular.

Macron espera a conocer el gobierno que le presenta su elegido a la fuerza. Por lo pronto, se ha ido a Mayotte, para consolar a los habitantes del enclave francés en el Índico arrasado por el ciclón Chido. Con cierto desdén, desde la administración presidencial han recordado a Bayrou que debe esperar.

Las relaciones entre el Eliseo y Matignon puede volverse tan agrias como suele ocurrir cuando el buen clima entre supuestos aliados se deteriora. En esos casos, hasta la cohabitación entre líderes de distinto signo político puede resultar más candorosa.

A Macron no le ha funcionado el efecto Nôtre-Dame. En Francia es cada vez más intenso el olor a chamusquina.

SIRIA: ¿UNA ALEGRÍA EFÍMERA?

11 de diciembre de 2024

La caída del régimen y la huida de Assad han desencadenado un ambiente de júbilo en Siria. Las imágenes son intercambiables por las de otros sucesos semejantes. Disparos al aire de las milicias triunfadoras, despliegue de banderas, celebraciones interminables, apertura de las cárceles, regreso de algunos exiliados... Lo vimos en Irak, tras la caída de Saddam Hussein, y en Libia, después del hundimiento del sistema político de Gadafi.  O en Yemen, tras la caída de Saleh. Ya sabemos en que quedaron aquellas alegrías. ¿Pasará lo mismo en Siria?

Si por una vez los errores ajenos sirven de algo, podría pensarse que los nuevos dirigentes están avisados y estarían en mejores condiciones de prevenirlos. Pero es sabido que sólo se aprende en carne propia, y no siempre. En Irak, dos décadas después, no se ha salido del marasmo; en Libia, la situación es igual o peor.  Yemen no solo ha dejado de existir como Estado unitario: ni siquiera hay un Estado funcional. Tampoco pueden presumir de libertades y prosperidad otros países de la zona que derrocaron a tiranos, como Egipto o Túnez: los actuales dirigentes se parecen mucho a los anteriores.

Siria tiene muchas papeletas para repetir la senda catastrófica: historial de odios étnicos (azuzados), tradición represiva, debilidad de las instituciones estatales constructivas y relativa escasez de recursos materiales, por enunciar sólo los problemas mayores. Pero el peor peligro es la ambición de las potencias regionales e internacionales, que no renunciarán a poner sus zarpas sobre el país y sus martirizada población. La amalgama de fuerzas rebeldes refleja esa pugna por el control del futuro sirio.

VECINOS INCÓMODOS

Turquía aspira a ejercer una tutela, no sólo para evitar la consolidación de un entidad kurda próxima a su frontera meridional, sino para disponer de una palanca que fortalezca sus aspiraciones de gran potencia regional.

Irán parece resignado a perder gran parte de su influencia en Siria, pero tratará por todos los medios de impedir que se convierta en un país hostil. Aún conserva ciertos elementos de presión entre las fuerzas de inteligencia y seguridad. Por esa razón, es clave saber si los nuevos dirigentes procederán a una depuración de los órganos de control y represión y si tienen capacidad para hacerlo sin precipitar una respuesta contraria. Una cosa es que los resortes del régimen se hayan rendido con facilidad y otra que estén dispuestos a ser sacrificados. Tienen armas, información y apoyo externo para hacer la vida imposible a quienes pretendan purgarlos. El régimen de los ayatollahs, en el estado actual de precariedad interna y de debilitamiento de sus aliados regionales (Hamas, Hezbollah) podría aceptar tener una voz en la definición y orientaciones estratégicas del nuevo Estado y que se le permitiera libertad de tránsito hacia el Líbano.

Irak querría que la influencia de los alauíes (rama local del chiismo), desmedida con respecto a su porcentaje de población, no fuera eliminada del todo. Hasta la caída de Saddam Hussein, Bagdad y Damasco rivalizaban por el control del relato político y cultural del movimiento nacionalista panarabista Baas. Ahora son otros tiempos. Es de esperar que en Bagdad se siga la senda de su protector persa, aunque los chiíes locales todavía cuentan con la figura del Gran Ayatollah Sistani, que no acepta de buen grado la tutela de sus homólogos iraníes. La palanca que Washington aún conserva en Irak puede ser de gran valor.

Jordania desea evitar que se instale un régimen islamista, aunque sea más suave que el fallido Daesh. Pero tanto o más teme un nuevo Líbano como el de los 70, en el que las facciones palestinas se reorganicen y amenacen la muy precaria estabilidad de la monarquía, en un país con mayoría de población palestina.

Israel no renunciará a sacar partido de la situación. Ya lo está haciendo. Por lo pronto ha destruido parte de la fuerza naval siria: otro de sus ataques preventivos. Previamente, en nombre de su sacrosanta seguridad (que implica la inseguridad de los demás), se apresuró a ocupar la zona desmilitarizada en los Altos del Golán, un territorio fantasma en el que todavía son visibles los efectos de la guerra de 1973. Después de todo, el apellido de guerra del cabecilla principal, Al Jolani, es tributario de ese territorio (Jolani o Golani: el del Golán). Si el nuevo régimen no le ofrece garantía de seguridad, y seguro que todas le parecerán pocas al extremista gobierno actual, es muy probable que esa ocupación de la zona desmilitarizada se convierta en definitiva, como los territorios conquistados en 1967. Según algunas noticias de última hora, el ejército israelí ha ido más allá de la zona desmilitarizada. Es una señal.

ACECHO DE LAS POTENCIAS GLOBALES

Pero además de los países vecinos, hay que contar con las potencias globales, que han invertido no pocas energías e intereses en esta Siria destruida de arriba abajo, pero con un valor estratégico nada desdeñable.

Rusia no tendrá ya un aliado tan fiable y sumiso, pase lo que pase a corto plazo. Los alauíes se han apoyado en la protección soviética, primero, y rusa, más tarde, para asegurar su control sobre el país. Mientras Egipto, Irak, Argelia o Yemen fueron alejándose de Moscú, en etapas y grados diferentes, Siria se mantuvo como el peón inalterable. Prueba de ello son las dos bases que el Kremlin mantiene en el país: la naval de Tartús, que le asegura el acceso al Mediterráneo, y la aérea de Jmeimim, a muy poca distancia de la anterior. Ambas se encuentran en la región occidental de Latakia, que no por casualidad es el feudo de los alauíes sirios. Esa población estará ahora a la defensiva, hasta conocer la intenciones de los nuevos dueños.

Putin quizás habría podido evitar el hundimiento de Assad si se hubiera atenido al guion de 2015, cuando hizo valer el poder de su aviación para aplastar el levantamiento rebelde y sostener a la insurgencia kurda en el norte para que contuviera a los amenazantes turcos en vez de presionar sobre Damasco. Pero ahora la guerra de Ucrania ha debilitado sus bazas y ha tenido que elegir lo menos malo. Al dar acogida en Moscú a Assad y a su familia (se ignora a cuantos de sus miembros), premia los servicios prestados durante más de medio siglo.

La influencia que Rusia puede seguir teniendo en Siria es una incógnita, con el futuro de las bases en primer término. El acceso al Mediterráneo es una baza estratégica de primer orden. La penetración rusa en África, que ha experimentado un gran impulso en los últimos años, necesita de esas plataformas militares. El Kremlin puede luchar para conservarlas, poniéndose a disposición del nuevo régimen. Por supuesto, es muy dudoso que el garante de Assad pueda ser aceptado ahora el protector de sus enemigos. Además, para eso tendría que rehacer su pacto con Turquía, que, a buen seguro, tendrá una influencia notable en el nuevo régimen. Pero cosas más raras y paradójicas se han visto en Oriente Medio.

 

Estados Unidos contempla lo ocurrido con una mezcla de inquietud y satisfacción. Digan lo que digan sus portavoces oficiales, el statu quo que ahora ha saltado por los aires no le venía mal a Washington ni a su protegido israelí. Al cabo, el régimen de Assad era un enfermo terminal que se limitaba a sobrevivir, sin ser un riesgo para sus vecinos. El ángulo más positivo está claro: en un año, el llamado “eje de la resistencia”, construido pacientemente por Irán, ha quedado reducido a la mínima expresión. Y la influencia rusa en la región está ahora en el limbo.

Por el lado opuesto, preocupa en Washington que Turquía haya dejado de ser una garantía de solidaridad occidental en Siria, donde ha practicado una política completamente ajena a los intereses norteamericanos. De hecho, allí donde se fraguaron principalmente las tensiones turco-norteamericanas, en la década anterior. 

A Estados Unidos no le gustaría que se instalara en Damasco un régimen islamista siquiera moderado como el que pretende proyectar el cabecilla de la principal facción de la revuelta. Ahmed Al Shar, nombre real de Al-Jolani, fue antes líder de Al-Nusra, franquicia de Al Qaeda en Siria, y sólo rompió con ella cuando no quiso acomodarse a un pacto con el Daesh, como se explicaba en el comentario de la semana pasada.

Pero, si estos islamistas blandos terminaran imponiendo su predominio en el nuevo gobierno,  tampoco sería de extrañar que Washington se acomodara, siempre y cuando obtuviera garantías imprescindibles. A saber: que evitara aplicar criterios de gobernanza basados en la interpretación más radical de la sharia; que se limitara al mínimo (si no fuera posible eliminarlas) las concesiones a Moscú; que se abstuviera de presionar a Israel; que dejara de condicionar la política libanesa; y que se abstuviera de dar cobijo a grupos radicales palestinos.

Luego vendría otra lista retórica sobre respeto de derechos y libertades de las minorías, la democracia y los valores universales,  pero sólo de cara a la galería. Al cabo, Estados Unidos mantiene alianzas de primer orden con monarquías absolutistas y republicas autoritarias (dictaduras sin cuento todas),  sin el menor problema de conciencia. Siria no tiene por qué ser una excepción.

Europa no está en primera línea. ¿Se la espera? De momento, los primeros movimientos han consistido en animar a los inmigrantes sirios para que regresen a sus hogares (en muchos casos, destruidos). Y, por supuesto, anunciar que ya no se aceptará la entrada de más sirios. Por tanto, Europa suelta lastre y, quizás, aunque no está el horno para bollos, tire de cheques, como suele hacer en la región, para contribuir a la reconstrucción material.

En ese papel de pagador, pero con retorno de influencia política más directa, son más seguras las monarquías del Golfo, que se han deshecho de un incómodo actor al que, no obstante, hace poco habían vuelto a aceptar en la mesa común árabe. ¿Cinismo o real politik? ¿Diplomacia o duplicidad? Un poco de todo.

En este cóctel de intereses externos cruzados, de debilidad del tejido social y étnico y de una inevitable sed de venganza, la experiencia nos dice que haríamos bien en no ser demasiado optimistas sobre el futuro de Siria. En Oriente Medio, las alegrías suelen devenir en tragedias.

EL ARCO DE LAS CRISIS: SIRIA, GEORGIA Y COREA DEL SUR

 4 de diciembre de 2024 

Tres crisis han alcanzado niveles de alarma en los últimos días: Siria, Georgia y Corea del Sur. En todos estos casos, se trata de procesos que se venían gestando desde hace tiempo, de forma más o menos larvada. Los focos parecen distantes (Oriente Medio, el Cáucaso y Extremo Oriente). Y, sin embargo, parece detectarse una notable conexión entre ellos, debido a la participación, en distinto grado, de las principales potencias en la escena mundial.

LA MADEJA SIRIA

Siria es quizás el caso más claro de conflicto internacionalizado. Aunque los actores locales juegan un papel importante, sus actuaciones y el rumbo de los acontecimientos no podrían explicarse sin la decisiva influencia de poderes externos.

Los islamistas de Hayat-Tahrir-Al Sham (traducible por Organización para la Liberación del Levante) han tomado el control de Aleppo, segunda ciudad del país, y avanzan hacia el sur, a través de la provincia de Hama. En Aleppo, los islamistas han contado, según fuentes turcas, con el apoyo del Ejército Nacional sirio (ENS), una organización militar amparada, armada y financiada por Turquía. ( ).

Hayat-Tahrir-Al Sham (HTS) fue la única milicia islamista que ha resistido en Siria. Se hizo fuerte en la región de Idlib, en el noroeste del país. Este grupo es el sucesor del Frente Al-Nusra, franquicia en su día de Al Qaeda en Siria. Cuando la red de Bin Laden compitió violentamente con el Daesh por la hegemonía islamista, en Siria hubo un intento fallido de conciliación. De Al-Nusra nació la HTS, bajo el liderazgo de Abu Mohamed Al-Golani. Aleppo estuvo en manos de Al-Nusra hasta 2016, cuando la acción combinada del  ejército regular sirio Assad, milicianos de Hezbollah, consejeros militares iraníes y la aviación rusa permitieron al régimen sirio recuperar el control. Poco después, Assad declaró la guerra ganada a “los enemigos”, pero un 30% del territorio nacional quedó fuera del control de las fuerzas gubernamentales y aliadas. Ese escaso tercio rebelde se concentraba en el norte. En el noroeste, el HTS controlaba la provincia de Idlib. Y en la franja septentrional fronteriza con Turquía se crearon entidades autónomas, unas bajo control de las milicias kurdas del YDF, enemigas tanto del régimen sirio como de los islamistas, y otras en poder de los protegidos de Turquía, y hostiles por tanto a los kurdos (2).

Pero la actuación muy intensa y activa de Turquía en la crisis complicó las cosas. Los turcos no podían aceptar la consolidación de un mini-estado kurdo en esa zona fronteriza, sabiendo que los kurdos sirios están siendo apoyados por las organización kurda turca del PKK, que Ankara considera como terrorista. El presidente Erdogan ordenó que fuerzas militares turcas combatieran esas milicias kurdas, para disgusto de Estados Unidos, que apreciaba mucho su capacidad militar en la lucha contra el Daesh.

Trump intervino en la disputa como elefante en una cacharrería. Guiado por su instinto de preferencia por los “hombres fuertes” se puso del lado de Erdogan y ordenó que las fuerzas norteamericanas dejaran de apoyar a las milicias kurdas. La reacción en el Pentágono y entre los diplomáticos y agencias de apoyo fue de estupor, por considerar que la decisión de Trump equivalía a traicionar a sus preciados aliados. Al cabo, las instrucciones del mercurial presidente, como en tantas otras cosas, no se materializaron. Pero los kurdos sirios se dieron cuenta que debían asegurar una alternativa más segura que la protección americana y negociaron un acuerdo con Assad, que permitiera estabilizar sus posiciones en el norte frente a las acometidas turcas, sin amenazar la estabilidad del régimen sirio. Moscú, tradicional aliado de los kurdos desde la época soviética, apoyo este pacto.

La madeja siria es un reflejo de los frágiles equilibrios de poder. La lucha de todos contra todos sacude las alianzas tradicionales y las condiciona a contradictorios intereses tácticos (3).

Turquía es enemiga de Siria debido a la adscripciones de cada uno de esos Estados a los dos troncos rivales del Islam, sunní y chií (o, en el caso siro, alauí, rama local de la anterior). Pero, a la vez, Turquía es un aliado de la OTAN, pero se opone radicalmente a la colaboración de Estados Unidos con los kurdos sirios, por la vinculación con sus hermanos turcos. Rusia es la aliada tradicional de Siria desde al menos la guerra de 1967 contra Israel y mantiene dos importantes bases, una naval, en Tartús, y otra aérea, en Jmeimim (ambas en la provincia de Lakatía), que le permiten un acceso seguro y estable al Mediterráneo. Rusia y Turquía son enemigos históricos, no sólo tras el orden internacional establecido después de la II Guerra Mundial, sino mucho antes, con intereses enfrentados en el Cáucaso y en el Mar Negro. Pero la evolución de Turquía desde el acceso de Erdogan, un islamista “moderado”, al poder en 2003 (primero como jefe de Gobierno y, desde 2014, como Presidente de la República) ha generado tensiones continua con Occidente. Como palanca de protección, Erdogan ha alcanzado pactos de convivencia con Putin, pese a las diferencias históricas y recientes entre ambos estados.

Hasta donde pueden llegar ahora los islamistas en este nuevo desafío contra el régimen de Damasco es algo difícil de predecir. Pero no debe escaparse el momento en que esto se produce. Hezbollah ha sido diezmado en su arsenal, cadena de mando, liderazgo y efectivos por los intensos bombardeos israelíes del último año contra sus bases, cuarteles, depósitos de armas y viviendas en Beirut y en el sur del Líbano. No parece que la milicia libanesa chií puede ser ahora de mucha utilidad para Assad. Irán se encuentra muy ocupada en restañar el daño que Israel ha infligido a su aliado libanés y, por supuesto, a Hamas, en Gaza. Aunque Teherán tiene como prioritaria la estabilidad del régimen alauí sirio, y así lo ha reiterado estos días, tampoco se encuentra en un momento óptimo para afrontar otra crisis regional.

Los apuros de los aliados regionales de Siria obliga a Moscú a un esfuerzo adicional para impedir un nuevo hundimiento de Assad. La aviación rusa, en combinación con la siria, están intentando frenar el avance de HTS hacia el sur, pero la desorganización y debilidad del ejército sirio hace muy difícil articular una barrera de protección en tierra.

Por otro lado, Rusia no se encuentra tampoco en las mismas condiciones que hace una década. La guerra en Ucrania le exige la plena utilización de sus recursos militares y una prolongación de sus compromisos en Siria podría resultar inoportuno (4). De ahí que en Moscú se intente activar algún tipo de pacto de ocasión con Ankara para estabilizar la situación.

El líder turco no parece controlar a los islamistas de HTS, pero sus protegidos del ENS podrían no colaborar más con ellos o dificultar su avance. En el pasado, estas diferencias ya impidieron formar un frente unido de las fuerzas antigubernamentales sirias. Erdogan podría pedir contrapartidas, pero Assad no dispone de mucho margen, si quiere salvar el régimen y su propia vida y la de su familia.

Turquía e Irán también se han acercado en los últimos años, pese a las enormes diferencias que mantienen, tanto ideológicas como de influencia exterior en zonas vecinas. En tanto potencias regionales les conviene que los conflictos locales no se degraden, pero los turcos intentarán aprovechar las ventajas coyunturales y los iraníes mitigar las debilidades.

Y finalmente está el papel de Estados Unidos, que mantiene a casi un millar de soldados en Siria, para asesorar y apoyar a sus fuerzas locales afines en Siria, agrupadas en el Ejército Libre de Siria (ELS), dominado por los kurdos, pero con la participación de milicias sunníes prooccidentales. Fuentes de la administración Biden han admitido que, pese a la adscripción islamista de HTS, no ven con malos ojos que el régimen sirio pueda verse en apuros. Pero lo que más satisface a Washington es que Moscú tenga que distraer fuerzas y energía para acudir en socorro de Assad.

Ni que decir tiene que a Israel también le conviene esta súbita reactivación del conflicto inacabado en Siria, porque le abre otro frente a Irán y podría obligar a Hezbollah, en caso de que su aliado sirio realmente lo necesitase, a ayudarle en lo que pudiera.

GEORGIA: LA SOMBRA DE MAIDAN

Hasta aquí la madeja siria. Pero las conexiones de las crisis del momento no se paran ahí. En Georgia, la decisión del partido gobernante de suspender las negociaciones de adhesión a la Unión Europea han provocado una crisis social y política de consideración (5). El partido ‘Sueño Georgiano’ se ha venido alineando con el Kremlin desde su aparición en la escena política, impulsado por un oligarca afín a Moscú. Hace unos meses ganó las elecciones parlamentarias por un margen abrumador, pero la oposición denunció fraude masivo, igual que la Jefa de Estado, que estuvo originariamente cercana a Rusia pero terminó pasándose al campo proeuropeo (6).

La suspensión de las negociaciones con Bruselas han provocado una reacción frontal de las fuerzas europeístas. Desde hace una semana, miles de personas se manifiestan de forma permanente ante el edificio de la Asamblea Nacional, en lo que se ha considerado en medios occidentales o georgianos prooccidentales como “momento Maidan”, en recuerdo del movimiento ucraniano que inició la ruptura con Rusia hace una década (7).

Una rebelión en Georgia complicaría seriamente las cosas para el Kremlin, que cuenta con este aliado para mantener una cierta estabilidad en el Cáucaso. Con Siria en llamas de nuevo y la ofensiva en varios frente en Ucrania y en el sur de propio territorio (región de Kursk), lo que menos necesita Putin es otro foco de revuelta ciudadana en Georgia (8).

COREA: PASO EN FALSO

El sobresalto coreano parece desconectado de este arco de la crisis. Pero no del todo. El intento del Presidente ultraconservador, Yoon Suk Yeol, de imponer la ley marcial en el país, invocando indefinidas amenazas contra la seguridad del país parece haberse vuelto contra él. Un Parlamento con una mayoría hostil  al Presidente difícilmente hubieran aceptado una medida tan desproporcionada. Incluso los diputados de su propio partido le volvieron la espalda y votaron la noche pasada contra la decisión de su líder, propiciando un resultado de 192 a 0, a favor de la derogación de la orden presidencial y de la destitución del Presidente. Yoon no tuvo otra opción que volverse atrás.

Cabe preguntarse qué ha podido motivar un movimiento políticamente suicida como éste. La tensión política en Corea del Sur era máxima desde que se supo que miles de tropas norcoreanas han sido enviadas a Ucrania y Rusia para apoyar las operaciones militares rusas. Paralelamente, el régimen norcoreano había recrudecido sus habituales amenazas contra su vecino del sur. Pero inquieta más en Seúl el reforzamiento de los acuerdos de cooperación militar entre Moscú y Pyongyang.

¿Pretendía el Presidente Yoon anticiparse a una crisis temida y asegurarse un poder casi absoluto para desactivar la contestación pacifista en su país? ¿Contaba con que el inminente relevo en la Casa Blanca podría ayudarle a consolidar su posición autoritaria, teniendo en cuenta el fracaso del acercamiento Trump con el líder norcoreano Kim Jong-un? Es difícil de decir. Pero este paso de Yoon ha sido calamitoso. Sus horas como Presidente parecen contadas. Corea del Sur, el mejor aliado de Washington en Asia, junto con Japón, entra en una fase de incertidumbre.

Una reflexión final: todo esto ocurre en plena transición en Washington hacia no se sabe bien dónde. Y, mientras, en Europa, hay un gobierno en funciones en Alemania, otro a punto de caer en Francia, si se confirma la moción de censura anunciada para la tarde del miércoles en París, y un ejecutivo comunitario recién estrenado en Bruselas.


NOTAS

(1) “Syrie: la grande ville d’Alep échappe au contrôle du régime de Bachar Al-Assad après l’offensive de groupes islamistes radicaux. LE MONDE, 1 de diciembre.

(2) “Hayat Tahrir al-Sham y la insurgencia gobernante”. LUIS MONTERO MOLINA. ATALAYAR, agosto de 2023

(3) “Mapping who controls what in Syria”. AL JAZEERA, 1 de diciembre; “In Syria, a sudden reminder of a war that never ended”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 1 de diciembre.

(4) “What the Fall of Aleppo Means for Russia”. HAMIDREZA AZIZI y NICOLE GRAJEWSKI. FOREIGN POLICY, 2 de diciembre; “Rebels behind Aleppo’s surprise fall took advantage of Russian and Iranian distraction”. DAN SABBAGH. THE GUARDIAN, 1 de diciembre.

(5) “La Géorgie reporte sa demande d’adhésion à l’Union européenne, la population dénonce une trahison”. LE MONDE, 28 de noviembre

(6) “Georgia’s Dangerous Moment Is a Challenge for the EU”. THOMAS DE WAAL. CARNEGIE FOUNDATION, 31 de octubre.

(7) “Georgia’s Maidan Moment”. IA MEURMISHVILI. FOREIGN POLICY, 2 de diciembre.

(8) “What’s Behind the Protests in the Country of Georgia? THE NEW YORK TIMES, 2 de diciembre

 

CRIMINALES DE GUERRA Y DIRIGENTES RESPETABLES

27 de noviembre de 2024

El revuelo ocasionado tras la resolución del TPI que ordena la detención del primer ministro y del exministro de Defensa de Israel y del dirigente del ala militar de Hamas (se desconoce si aún vive) por supuestos crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad ha quedado en una tormenta dentro de un vaso de agua.

El fallo tiene un notable valor simbólico o moral, porque es la primera vez que resultan encausados dirigentes aliados de Occidente (1). Pero los efectos prácticos serán nulos. ¿Alguien se imagina a Netanyahu detenido al bajar de un avión en Europa o en cualquier otra parte del mundo? Por supuesto, Estados Unidos ya estaba fuera de esta ecuación, pues desconoce sistemáticamente resoluciones judiciales contrarias a sus políticas.

En su actual sexto periodo como jefe del gobierno israelí, Netanyahu ha efectuado nueve viajes al extranjero: tres a Estados Unidos (dos, para asistir a sesiones de la AGNU); cuatro a las capitales de los principales estados de la UE (Alemania, Francia e Italia) y de Gran Bretaña; y los otros dos a Jordania (país aliado mediante un Tratado de paz) y Chipre (con el que Israel mantiene intereses económicos de cierta importancia).

El presidente Macron sugirió que Francia cumpliría con el mandato del TPI. Esta declaración equivale a un brindis al sol. Netanyahu gusta de las provocaciones: lo ha demostrado en numerosas ocasiones y en escenarios diversos, pero nunca tentaría la suerte en ninguno de los grandes estados europeos, los únicos que le interesan (excepciones menores aparte).

La única reacción que le importa al Primer ministro israelí, presunto responsable de crímenes de guerra, es la de Estados Unidos. Y ésta ha sido la esperada y la deseada: apoyo incondicional a Israel y protestas por la decisión judicial calificada de “indignante” por la Casa Blanca.

Biden añade el insulto a la injuria desacreditando la imparcialidad de una de esas instituciones multilaterales que dice defender en sus discursos ampulosos sobre el orden democrático liberal. Tampoco este comportamiento es nuevo, ni puede generar sorpresa alguna. Washington ha blindado diplomáticamente a Israel en sus continuos desmanes durante décadas. Incluso cuando aparenta criticar sus “excesos” o “errores”, como en Gaza o Cisjordania, se abstiene sistemáticamente de adoptar medidas que alteren la conducta de su protegido.

El primer Presidente de estos tiempos que ha sido defenestrado por la presión de su propio partido no se ha quedado sólo en la defensa encendida de Israel frente a la “injusta e inexplicable” decisión del TPI. Pesos pesados como los senadores Tom Cotton o Lindsey-Graham, miembros de la influyente Comisión de Exteriores, anunciaron sanciones contra el fiscal Khan. Mike Waltz, el Consejero de Seguridad Nacional escogido por Trump, aseveró que el TPI tendrá “una fuerte respuesta” en enero (2).

De esta forma, los presuntos criminales de guerra y los respetables dirigentes del “líder del mundo libre” se han alineado en el mismo lado. No hace falta que llegue Trump para cuestionar ese manoseado Orden Liberal: ya lo están haciendo, con sus actos, los que se proclaman como sus principales defensores y estandartes.

Así las cosas, resulta pertinente un comentario de Stephen Walt,  profesor de Relaciones Internacionales de Harvard, al último libro de Noam Chomsky sobre la política exterior de EEUU. El “idealismo” que se le atribuye es un mito. La supuesta defensa que la “nación indispensable” hace de la libertad, la ley y los derechos humanos es una flagrante mentira, sostiene Chomsky. Walt, no precisamente un izquierdista, admite que, a la postre, el viejo intelectual estaba en lo cierto al denunciar, desde hace décadas, la violación de la Carta de las Naciones Unidas y de los derechos y libertades de los pueblos por los sucesivos presidentes. Y todo en favor de intereses corporativos: complejo industrial militar, compañías energéticas, grandes empresas, bancos y entidades financieras (3).

LÍBANO: UN ACUERDO OPORTUNO

Sólo una semana después del fallo del TPI, se ha acordado un alto el  fuego de 60 días entre Israel y Hezbollah, para poner fin a esta deriva de la última carnicería en Oriente Medio. A estas alturas a casi nadie escandaliza que el gobierno oficial del Líbano haya sido una simple comparsa en las negociaciones, porque eso es en lo que se ha convertido tras muchos años de interferencias insoportables de las potencias regionales, de refriegas sectarias y de comportamientos dañinos de sus élites políticas y económicas.

Se presentan como padrinos de esa ”ceremonia de paz”, los Presidentes de EE.UU y de Francia, en un acto de condominio que no sólo resulta estéticamente poco edificante, sino que, además, es engañoso. No hay una simetría en las influencias que ambos estados occidentales tienen en este momento en Líbano, por mucho que Francia no deje de aferrarse su condición de antigua potencia colonial.

Lo que se ha pactado, básicamente, es una aplicación de la Resolución 1701 del CSNU, que data de hace nada menos que 18 años, cuando se puso final a la penúltima guerra en Líbano, una vez que Israel fracasó en su intento de destruir a Hezbollah y “pacificar” el sur del vecino septentrional.  El acuerdo presente actualiza los principales parámetros de aquel compromiso ficticio. Teóricamente se “vacía“ de armamento pesado de Hezbollah una amplia franja de terreno, desde la frontera con Israel hasta el río Litani; se retiran las fuerzas invasoras israelíes;  y se establece el despliegue del ejército regular libanés. ¿Cuánto tiempo durará este “arreglo”? Nadie se atreve a pronosticarlo.

Hezbollah se encuentra obviamente debilitado tras la brutal campaña israelí. La milicia chií ha sido descabezada y su estructura seriamente dañada; su arsenal, mermado. Pero, como señalan algunos conocedores de la cuestión, la principal organización político-militar libanesa está down, pero no out. Disminuida pero no derrotada del todo (4).

En estos trece meses han muerto casi 4.000 libaneses y 100 israelíes. Más de un millón de libaneses se han visto obligados a abandonar sus hogares (antes lo habían hecho 60.000 de israelíes que habitaban en las aldeas fronterizas). Barrios enteros de Beirut han quedado convertidos en montones de escombros, ciudades y pueblos del sur del país han sido arrasados.  Israel, claro, se reserva la decisión de volver a la carga cuando considere comprometida su “seguridad”. Y ya se sabe cómo aplica ese principio.

Una solución estable para el Líbano requiere de algo más que apaños dictados por las urgencias de los contendientes. Décadas de dislocamiento político, económico, religioso e institucional exigen compromisos mucho más amplios y justos. Casi nadie con poder quiere de verdad un Líbano fuerte o estable (5).

En todo caso, el acuerdo de alto el fuego sobre Líbano servirá para hacer más tragable el blanqueamiento de Netanyahu y su gobierno sobre el que ya pesa la acusación de genocida. La destrucción de Gaza de momento sigue adelante. La respuesta del gobierno israelí al TPI ha consistido en endurecer las condiciones de reparto de ayuda a una población asediada, desplazada continuamente y martirizada durante trece meses. Otro crimen de guerra, como acredita Human Rights Watch, una de las principales organizaciones jurídicas de Estados Unidos, entre otras (6).

Pero si no bastara con destruir la vida y el futuro de centenares de miles de personas, Netanyahu también parece decidido a sofocar las pocas voces que se atreven a discrepar de su política criminal. El gobierno ha ordenado retirar la publicidad institucional en el diario Haaretz, órgano de la izquierda social y política, el único que se ha atrevido a condenar la estrategia de guerra de la mayoría parlamentaria, aunque haya incurrido en contradicciones y equívocas disculpas a lo largo de estos meses (7). El proyecto autoritario avanza día a día en Israel, con la connivencia de la mayoría social. Los más radicales esperan que el regreso de Trump a la Casa Blanca permita acelerar los planes de anexión de “Judea y Samaria” (denominación bíblica con la que se refieren a los territorios palestinos de Cisjordania) y eliminar cualquier foco de oposición activa en Israel.

Por tanto, no se debería señalar únicamente al villano Netanyahu y sus cómplices, sino a todos esos dirigentes tan respetables del mundo occidental (y de otras zonas del mundo) que lo defienden, lo protegen cuando las cosas se ponen más feas, lo justifican o ignoran sus abusos permanentes, no solo contra sus enemigos exteriores sino contra sus propios adversarios internos, cada vez más amenazados.

 

NOTAS

(1) “Le mandat d’arrêt de la CPI contre Benyamin Nétanyahou, un tournant pour la justice internationale”. STEPHANIE MAUPAS (Corresponsal en La Haya). LE MONDE, 22 de noviembre.

(2) “ICC warrants put spotlight on Israel and its U.S. defenders”, ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 22 de noviembre.

(3) “Noam Chomsky has been proved right”.  STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 15 de noviembre.

(4) “Five questions about the cease-fire between Israel and Hezbollah. Limited strikes could continue even after the truce”. DANIEL BYMAN. FOREIGN  POLICY, 26 de noviembre.

(5) “Lebanon’s day after. Will the Country Survive the War With Israel?”. MAHA YAHIA. FOREIGN AFFAIRS, 20 de noviembre.

(6) “Israel accused of crimes against humanity over forced displacement in Gaza”. THE GUARDIAN, 15 de noviembre.

(7) https://www.haaretz.com/israel-news/2024-11-24/ty-article/.premium/israeli-govt-to-cut-ties-with-haaretz-over-publishers-remarks-on-freedom-fighters/00000193-5e5c-d68e-a1db-fe5c54cf0000


TEMORES EUROPEOS ANTE EL HURACÁN DONALD

20 de noviembre de 2024

No hay análisis internacional estos días en Europa que no pivote sobre el efecto de una segunda administración Trump. El Presidente electo concita todas las miradas, agudiza aprensiones, condiciona estrategias y sirve también para justificar políticas.

Los tres grandes temores que la élite europea tiene ante el cambio político en Washington son los siguientes: debilitamiento -ruptura, para los más pesimistas- del vínculo transatlántico; amenaza proteccionista en forma de agresivos derechos de aduana y aranceles; y  aliento adicional a la extrema derecha.

1. EL VÍNCULO TRANSATLÁNTICO.

Trump desea modificar la dinámica que ha construido el equilibrio mundial desde 1945, se piensa en los círculos del establishment a ambos lados del Atlántico. No es que quiera romper la alianza vigente, pero desea, y con urgencia, que se revisen las minutas, que se repartan los gastos. Que Europa pague por su defensa, que la dependencia exista sólo en la medida en que sea beneficiosa para EE.UU, pero no demasiado onerosa, como él piensa que ocurre ahora.

A decir verdad, Trump tampoco es original en esto. Otros muchos presidentes y cientos de senadores y congresistas pensaron y piensan lo mismo, pero lo expresaron y expresan de otra manera: fueron y son más discretos, más sutiles, más diplomáticos.

En su primer mandato, Trump escenificó su malestar de manera intempestiva, en ocasiones hasta grotesca, con un grado de incorrección inapropiado en los grandes salones de la política internacional. Pero, al cabo, se trató de mucho ruido y pocas nueces. Sus asesores fueron reconduciendo la situación y convenciéndolo de mejor o peor grado de que había otras formas de ejercer la palanca norteamericana de persuasión.

Para los europeos, la estrategia consistió en resistir. No ridiculizar el exceso las ocurrencias y bravatas del socio y dejar que los aparatos diplomático, político, militar y académico embridaran al díscolo líder. Sólo se consiguió a medias. Pero, al final, se impuso la lógica del poder: los intereses pesaron más que los caprichos, por intensos que estos fueran.

Ahora que ya la segunda temporada del culebrón Trump está a punto de salir del horno, muchos se preguntan si la estrategia de la contención será suficiente. Crece la urgencia de la denominada “autonomía estratégica de Europa”, un concepto grandilocuente más retórico que práctico, al menos a corto plazo. En su favor, sin embargo, opera que lo defiendan ahora tanto franceses -siempre los más entusiastas- como los alemanes -tradicionalmente más precavidos, debido a la percepción de la necesidad del paraguas americano por su neutralización militar tras la segunda guerra mundial. Incluso se empiezan a escuchar voces británicas favorables, al menos en los sectores moderados de los dos partidos de la alternancia de gobierno (1).

Pero esa transformación de la política de seguridad europea exigirá mucho dinero, medios y laboriosas negociaciones. Trump se acabará mucho antes, y aunque en la Casa Blanca se instale otro Presidente al que le resulte rentable usar esa cubertería, no está asegurado que quisiera romper la vieja vajilla atlántica.

Este temor está avivado por la deriva indeseable de la guerra en Ucrania. La sospecha de que Trump puede presionar a favor de un acuerdo favorable a los intereses rusos sigue vigente. La reducción del problema a una negociación de mercadillo como sugiere el empresario hotelero es un recurso electoralista más que una estrategia seria. Contrariamente a lo que se dice, en el Kremlin no están convencidos del efecto benéfico del regreso de Trump. Putin, como espía y maestro del engaño que es, no se aparta del escalón de la cautela. Apretará lo que pueda en los frentes hasta comprobar que hay de verdad en las bravatas del retornado Presidente.
Pasado el umbral de los 1.000 días de guerra, el levantamiento parcial de la prohibición de usar los misiles norteamericanos de largo alcance (¿pronto también los británicos y franceses?) para atacar objetivos en territorio ruso ha supuesto una escalada. Moscú ha vuelto a evocar la posibilidad de una respuesta nuclear. Todo ello puede tanto incentivar el instinto de Trump de acabar con la guerra cuanto antes como lo contrario. La imprevisibilidad es su divisa (2).

Por lo tanto, el huracán Donald sobre las costas de la estabilidad transatlántica puede pronto degradarse en cortas tormentas violentas o en episodios de desaires ya conocidos o por conocer, pero no amenazar el preciado vínculo. Los estados europeos pasarán por caja con bolsas más llenas, pero a cuentagotas. A cambio de esta rémora prolongada, ofrecerán su apoyo frente al desafío chino y el peligro ruso, aunque a Trump este último no le suponga una preocupación mayor. De momento, ha seleccionado como jefe de la diplomacia al senador Rubio, que no es precisamente un amigo del Kremlin, ni tampoco un maníaco revisor de las cuentas con los amigos europeos. Más bien podría comportarse como un neocon exigente, incluso arrogante, pero remiso a romper la baraja.

2. EL PROTECCIONISMO

Es la amenaza más creíble, sin duda. El estilo de mercadeo del Presidente encaja perfectamente con este eje de su política exterior. Pero las estructuras de la globalización limitan muy seriamente su capacidad de actuación. La economía mundial está demasiado trabada como para deshacer una parte sin desbaratar el conjunto. Los aranceles que Trump quisiera imponer si las cuentas no salen como a él le gustaría -resumido en el slogan déficit comercial cero- tendrían un efecto boomerang para la economía norteamericana, como han señalado expertos de todas las escuelas económicas del país. Un incremento brutal de la inflación, la disrupción de muchas de la cadenas de distribución, la quiebra de empresas, el aumento del paro... un caos total. Aunque los efectos reales no sean tan horribles como estiman las predicciones, el daño sería considerable. Por eso, es razonable esperar que los grandes intereses utilicen todos los recursos a su alcance -todos- para neutralizar o moderar los instintos mercantilistas de ese hombre de negocios  de segunda fila convertido en intérprete político principal del capitalismo mundial (3).

Hay otro elemento que puede desenmascarar los reproches pretendidamente librecambistas de los principales estados europeos. Cuando a los principales sectores económicos les interesa, se acogen al recurso proteccionista, usando todo tipo de argumentos, desde económicos hasta ecológicos, pasando por los sociales y culturales.

Por no irnos muy lejos, lo estamos viendo estos días con la resistencia francesa a firmar el acuerdo de libre cambio con Mercosur (integrado por varios países de América del Sur). Los campesinos franceses ya están en pie de guerra y amenazan con reproducir las tractoradas de hace unos meses, pero con más munición, si cabe. La clase política se ha tomado tan serio las advertencias de los sindicatos agrarios que unos 600 diputados y senadores de todos los grupos políticos han dirigido una carta a la Presidenta de la Comisión Europea para que no remita al Consejo y al Parlamento europeos el acuerdo con Mercosur y se reevalúe la situación (4). Macron, doctrinalmente favorable a la libertad de comercio ha expresado también su oposición, frente a las posiciones favorables de Alemania y España, entre otros. Francia no está sola en el rechazo, pero carece de aliados potentes.

En categoría aparte, por su dimensión y su alcance estratégico, es la batalla comercial con China. También en este capítulo reina la división en Europa, lo que hace mucho más difícil el manejo del previsible endurecimiento de la política comercial norteamericana hacia la superpotencia asiática. Alemania se resiste a utilizar arsenal arancelario, porque teme ese efecto de retroceso que Trump parece desdeñar. Otros socios europeos con menor músculo exportador se ven obligados a responder a la voracidad mercantil china. Será muy difícil conseguir acuerdos sin desestabilizar todo el sistema.

Por tanto, presentar a Trump como el único disruptor de la globalización y un peligro para la salud general del orden económico internacional resulta exagerado.

3. EL ALIENTO A LA ULTRADERECHA

Este pilar del discurso liberal europeo es quizás el más engañoso, porque lo han adoptado sin apenas reservas la gran mayoría de medios y líderes de opinión. Pretender que el segundo triunfo de Trump, más aparatoso y amplio que el primero, supone un refuerzo de las opciones de extrema derecha en Europa (y en el resto del planeta) es sólo una verdad a medias.

En realidad, la extrema derecha surgió en Europa Occidental antes de estallar el fenómeno Trump. Y previamente, en la otra Europa (los antiguos países de la esfera de influencia soviética). Marine Le Pen, Salvini, Orbán, Wilders y otros tantos menos conocidos ya eran figuras emergentes antes de que el magnate neoyorquino saliera de su torre en Manhattan para proyectar su ambición política sobre el resto del país. Y si tenemos en cuenta el populismo capitalista, el otro elemento sobre el que se ha construido este auge autoritario, Berlusconi no fue un trasunto del trumpismo, sino un precursor.

Que Trump favorece la consistencia y consolidación de la extrema derecha puede aceptarse. Pero que constituye un factor esencial, no. Las propuestas de los ultras europeos mantendrán previsiblemente su vigencia cuando Trump sea historia, incluso si su mandato acaba en fracaso. Las fuerzas gobernantes europeas debe hacer un análisis más serio y crítico del que han hecho hasta ahora. El gran problema no es “el peligro para la democracia liberal”, sino las limitaciones que la “democracia liberal” demuestra para asegurar la prosperidad de las mayorías sociales.

Pero además, la hipocresía no ayuda. Mientras se airean los cordones sanitarios y se denuesta a la ultraderecha en las tribunas, se pacta con ella en los despachos, como hemos visto en la Comisión y en el Parlamento. Se desprecia a Víctor Orbán porque habla con fluidez con Putin y presume de ser amigo de Trump, pero ha sido el Partido Popular Europeo el que más ha contribuido a su consolidación exterior al mantenerlo como socio del grupo durante años (los años de Merkel, por cierto).

Ahora, la socia respetable es Giorgia Meloni, básicamente porque no comparte las tentaciones prorrusas de sus correligionarios franceses, húngaros o alemanes. Pero, en cambio, lleva a cabo políticas migratorias no muy distintas en sustancia que las anunciadas por Trump. La presidenta de la Comisión Europea avala estas recetas aberrantes de la dirigente italiana, otros partidos de la alternancia gobernante asienten o callan y algunos, como el laborismo británico, le conceden calificaciones favorables.

El corresponsal europeo del GUARDIAN ha añadido una línea de análisis que cuestiona este supuesto impulso de la extrema derecha por el triunfo de Trump (5). Los nacional-populismos de ultraderecha suelen chocar entre ellos, como se comprueba en su incapacidad siquiera para unirse en un solo grupo en el Parlamento europeo. En cuanto a la relación de Trump con ellos, podemos asistir a tensiones notables, sobre todo si se concretan las amenazas de guerra comercial. De confirmarse la retirada del apoyo norteamericano a Ucrania, las tensiones entre los partidos pro y anti rusos de la ultraderecha aumentarán.

El huracán Donald ha disparado las alarmas en los gabinetes de opinión europeos y, con menor dramatismo, en cancillerías y despachos. Sin querer minimizar los riesgos, parece más sensato revisar los mecanismos domésticos de prevención, es decir, los pilares fundamentales de la arquitectura europea, detectar mejor su fallas y profundizar en sus aspectos de mejora y no dejarse llevar por la tentación ventajista del catastrofismo.

 

NOTAS

(1) “Welcome to Trump’s world. His sweeping victory will shake up everything”. THE ECONOMIST, 6 de noviembre.

(2) “What Does Trump’s Election Victory Mean for Russia?”. TATIANA STANOVAYA. CARNEGIE, 7 de noviembre.

(3) “Smile, Flatter and Barter_How the World Is Prepping for Trump Part II”. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre.

(4) “Les agriculteurs manifestent pour mettre la pression sur le gouvernement et empêcher la signature de l’accord de libre-échange avec le Mercosur”. LE MONDE, 18 de noviembre;  “L’appel de plus de 600 parlementaires français à Ursula von der Leyen”. LE MONDE, 12 de noviembre.

(5) “Second Trump reign could make life ‘a lot harder’ for EU’s far-right leaders”. JON HENLEY, THE GUARDIAN, 17 de noviembre.

 

TRUMP, CON EL HACHA; LOS DEMÓCRATAS, EN EL DIVÁN

13 de noviembre de 2024

La triple derrota del Partido Demócrata en Estados Unidos (Casa Blanca, Senado y todo indica que también Cámara de Representantes) está provocando una marejada interna monumental. Como suele ocurrir en estos casos, la acrimonia en la identificación de las responsabilidades es muy aguda. La derecha culpa a la izquierda; la izquierda, a la derecha; y el centro, a las dos corrientes anteriores. Hasta ahora, los portavoces del reproche han sido principalmente los comentaristas afines al Partido y algunos dirigentes locales. Los notables callan. Pero se sospecha que, al cabo, se expresan a través de esas voces desenfundadas.

La interpretación de unos resultados electorales son siempre escurridizas, porque cada cual arrima el ascua a su sardina y desplaza el fracaso hacia el amigo rival. En la política norteamericana, aún más, debido a la descentralización del sistema. Las estructuras partidarias son relativamente débiles. Cada candidato se gana la posición recolectando dinero, con o sin ayuda del partido, cultivando los intereses de su circunscripción y calculando la ecuación coste-beneficio de apoyar o no a los peces gordos propios.

Lo publicado, emitido y posteado desde la madrugada del 5 de noviembre refleja una tendencia general al lamento sesgado y al reckoning (reflexión de fondo, podría decirse). Pero las orientaciones de esa supuesta autocrítica son diversas y enfrentadas.

Hay quienes han disparado ya sin retirarse al rincón de pensar. Hasta la fecha, las criticas a la cúspide se pueden agrupar en dos: las condiciones materiales de los norteamericanos y las “guerras culturales”.

LAS COSAS DE COMER

Algunos dirigen sus dardos a Biden. Aparte de afearle que tardara tanto en retirarse, le reprochan que se enredara demasiado en abstracciones democráticas en lugar de atajar más firmemente el problema de la inflación y el deterioro del nivel de vida (1). Lo que antes de ayer se presentaba como una gestión económica brillante, envidia del resto de Occidente, se torna ahora fallida. La inyección de dinero público sin precedentes en las últimas décadas para superar la depresión del COVID se defendió en su momento como contraste positivo frente a la austeridad neoliberal que gripó al país en la década anterior. Biden fue mucho más lejos que Obama y, desde luego, que Clinton. Y no sólo con el manejo puntual del keynesianismo, sino con ciertos gestos populistas, como calzarse la gorra y participar en manifestaciones junto a obreros huelguistas del automóvil (2).

Ahora resulta que no ha sido suficiente. De hecho, una de las polémicas más ácidas de los últimos días ha sido provocada por la crítica de Bernie Sanders, un senador que no pertenece a la disciplina del partido pero aparece asociado a él: una peculiaridad más de la política norteamericana. El senador que atormentó la campaña de Hillary Clinton en 2016 con sus propuestas obreristas e izquierdistas ha manifestado “que no debe sorprender que la clase obrera haya abandonado a los demócratas, ya que los demócratas han sido los primeros en abandonar a los trabajadores norteamericanos”. Muchos comentaristas liberales afines al Partido han salido en tromba para desautorizar este juicio, mientras figuras del ala izquierda, como Alexandra Ocasio-Cortez lo han defendido (3).

Desde sensibilidades centristas se han escuchado análisis más moderados. Se admite ahora que la cúspide del partido del burrito debería haber permanecido más atentas a las preocupaciones cotidianas de sus bases (4). A Harris le señalan debilidades que contrastan con los exagerados elogios recibidos cuando su candidatura recibía dinero y sondeos favorables. Otros consideran un error que acudiera a cortejar a los republicanos más moderados, como Liz Cheney, para que le ayudaran a extraer votos de las clases medias acomodadas conservadoras. La candidata demócrata tardó mucho en perfilar sus planes económicos y ni siquiera a última hora supo hacerlos creíbles (5). En general, el análisis de la estrategia de campaña demócrata ha sido demoledor (6).

La recuperación de la clase trabajadora se antoja, a día de hoy, una quimera (7). Un destacado comentarista de la izquierda europea ha constatado sobre el terreno la repugnancia que le producen a muchos obreros y empleados blancos las peroratas de líderes demócratas demasiados aseados sobre los derechos de las minorías sociales (gays, transgénero), la igualdad de género o el derecho al aborto, mientras descuidaban las raíces de la prosperidad americana. Buena parte de esa población se ha sentido cautivada por la ultraderecha populista y xenófoba (8).

A esas bases enfadadas y radicalizadas, Biden las denominó “basura”, en lo que ahora se considera como otro de sus patinazos habituales. Trump se aprovechó de ello y apareció con el chaleco de los recogedores de residuos, para solaz de sus seguidores.

LAS CONTRADICCIONES MIGRATORIAS Y CULTURALES

El otro factor vulnerable ha sido la gestión migratoria. Los demócratas han pretendido encajar dos discursos contradictorios: el “humanismo” hacia los inmigrantes y la dislocación provocada por la demagogia sobre la inseguridad. Muchos votantes potenciales de los demócratas son inmigrantes a los que, sin embargo, les preocupa que la entrada de ilegales de dudosa reputación dañe la percepción que se tiene de ellos en las clases medias y acomodadas. Muchos han comprado el discurso simplista de Trump, que se dedicó en campaña a ensalzar a los latinos buenos y denigrar a los malos.

Esta manipulación se observa también en el debate de las llamadas “guerras culturales”. A los latinos no les seducen los avances de los que están tan orgullos los “progresistas” de cuello blanco. Es la famosa polémica del wokismo, vocablo confuso que sirve para un roto y para un descosido, pero que, en todo caso, los ultraconservadores le han endilgado a Harris y a su entorno. Trump ha preferido tildarla de “marxista” (¿?) y, en su habitual juego de palabras, referirse a ella como “Camarada Kamala”.

Las penitencias demócratas durarán mucho tiempo. El triple poder (trifecta) de que van a disfrutar los republicanos en Washington no se producía desde 2008, cuando Obama arrastró mayorías en las dos Cámaras del Capitolio. Duró poco ese privilegio. En sólo dos años el movimiento reaccionario Tea Party socavó el discurso optimista del primer Presidente afro-americano de la historia y recuperó para los republicanos la Cámara Baja. La división subsiguiente en el Great Old Party durante los cuatro años de Trump propició que los demócratas volvieran a tener una barrera de contención frente a las tropelías del ahora retornado Presidente. Ahora ese poder se esfuma de nuevo.

Trump regresa con una agenda feroz, y sin frenos. Los primeros cargos conocidos (algunos a expensas de confirmación senatorial) indican que se avecina una gestión extremista, caprichosa e incompetente (9). Hará falta mucho coraje, imaginación y sensibilidad política y social para frenar la ola ultraderechista. Justo lo que no parece sobrar en el Partido Demócrata.

 

NOTAS

(1) “This is all Biden’s fault”. JOSH BARRO. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre.

(2) “Maybe now Democrats will address working-class pain”. NICHOLAS KRISTOF. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre.

(3) “Democrats got clobbered. Bernie Sanders and AOC thint they know why”. PHILIP ELLIOT. TIME, 7 de noviembre.

(4) “What the Democrats do now”. LORA KELLY. THE ATLANTIC, 11 de noviembre.

(5) “Harris had a Wall Street-approved economic pitch. It felt flat”. NICHOLAS NEHAMAS y ANDREW DUEHREN. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre.

(6) “How Kamala Harris -and Joe Biden- lost to Donald Trump and left Democrats in shambles. THE WASHINGTON POST, 9 de noviembre; “How Trump won y how Harris lost”. THE NEW YORK TIMES, 7 de noviembre.

(7) “Democrats have to understand: Americans think they are worse”. THE ECONOMIST, 7 de noviembre.

(8) “I’ve on the road speaking to US right. Trump’s victory was not a surprise”. OWEN JONES. THE GUARDIAN, 6 de noviembre.

(9) “Trump’s first picks”. TOM NICHOLS. THE ATLANTIC, 11 de noviembre.