LA TRAGEDIA DE CUBA

27 de mayo de 2026            

En numerosas ocasiones se ha anunciado el final del sistema político de Cuba. A comienzos de los 60, cuando Estados Unidos intentó segar por la fuerza el despliegue de la Revolución. En el albor de los 70, cuando empezaron a aflorar las primeras contradicciones del castrismo y fracasos estrepitosos, como la emblemática campaña de la zafra, émulo no declarado de los experimentos de la Revolución Cultural china, aunque los dirigentes de La Habana tomaron partido por Moscú y no por Pekín en el cisma comunista. En los 80, cuando la sangría de las intervenciones solidarias anticolonialistas y antiimperialistas en África drenaron los escasos recursos de un Estado asfixiado por el bloqueo de los Estados Unidos y por los errores encadenados de la planificación y el sectarismo del modelo estatalista. Y, por supuesto, en los 90, después de la caída de la URSS, cuando la Cuba oficial se quedó sin el apoyo cada vez más insuficiente de la solidaridad del lejanísimo y también exhausto comunismo europeo.

La victoria de Chaves en Venezuela devolvió cierta esperanza a los dirigentes cubanos. De pronto, una República libertadora aparecía al otro lado del Caribe como proyecto de hermandad revolucionaria.

En un viaje profesional que hice a Cuba poco antes de la muerte de Fidel Castro, un mando intermedio del Estado me dijo que el gran líder consideraba al Comandante venezolano una especie de hijo llamado a defender y prolongar la herencia revolucionaria. Si había la oportunidad de anunciar algo positivo o abanderar alguna causa internacional, Fidel le cedía siempre el protagonismo a Hugo Chávez.

Cuando esa burbuja también estalló y la revolución bolivariana se estancó en contradicciones, corrupciones, represión e ineficacia, los herederos de Fidel comprendieron que el final, esta vez sí, estaba realmente cerca.

La presencia de Obama en la Casa Blanca reavivó ciertas esperanzas. Por primera vez no se hablaba desde Washington con el tono monocorde de la agresividad o el ultimátum. Obama fue el primer Presidente norteamericano que visitó Cuba en décadas, cenó en un paladar con su familia, suavizó las arbitrarias y dañinas sanciones norteamericanas y, sobre todo, abrió la puerta a una solución política. Deseosos de aferrarse a una esperanza inesperada, los herederos de Fidel atribuyeron al Presidente afro-americano una voluntad de cambio de mayor alcance que la que realmente tuvo.

Todo ese espejismo se evaporó bruscamente cuando Trump ganó sus primeras elecciones en 2016. Se restablecieron las sanciones, el bloqueo se reforzó y la política de vínculos familiares que permitieron respirar a la isla se interrumpió. Biden no volvió a la senda conciliadora de Obama. Contrariamente a lo permisivo que se mostró con Israel, se comportó con dureza frente a La Habana. Al fin y al cabo político de la guerra fría, el último Presidente demócrata sólo tuvo ojos y mente para el peligro que representaba Moscú.

LA INCÓGNITA DE TRUMP 2.0

Y ahora, con el regreso de un Trump oportunista, vengativo y errático, sólo podía ocurrir lo que está ocurriendo. Como no se puede detectar casi nada coherente, es inútil aplicar análisis racionales a lo que pueda hacer su administración en Cuba.

Todas las hipótesis parten del secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela y la subsiguiente operación de reciclado del régimen chavista en algo que todavía no se sabe qué es o en qué se convertirá. A Trump las sutilezas propias de Kissinger no le importan un ardite. Le vale con que Caracas les abra los pozos, o diga que lo va a hacer, y despliegue una retórica de cooperación que sustituya a la chavista clásica de combate y confrontación.

En Cuba, Trump parece darle vueltas a todo. Ora impone un bloqueo petrolero para forzar una rendición del régimen, ora deja abierta la puerta a una negociación, sin que se advierta qué objetivos pretende. Se escuchan ofertas de ayuda económica, gestionadas por la Iglesia, sin que La Habana lo rechace con la habitual retórica de los principios inquebrantables.  

Dicen los que conocen los entresijos de esta administración que Trump ha dejado el dossier cubano en manos de su Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, el norteamericano de origen cubano Marco Rubio. Un portavoz sin matices de la galaxia reaccionaria de Miami, el antiguo senador por Florida no ha dejado de desear un solo día la humillación del régimen de Castro. No obstante, sus cálculos políticos le conducen a procurar una solución “que evite la sangre”, aunque no termina de verse sobre qué bases puede diseñarse ese acuerdo preventivo (2). Quienes han respaldado la carrera política de Rubio se sentirán traicionados si la nomenklatura castrista se escapa viva y se reserva alguna suerte de privilegios.

Tampoco se sabe en que “nueva Cuba” están pensado los estrategas de la “liberación”, aunque podemos imaginarlo. Si Trump quiere hacer de Gaza una riviera turística, no es muy audaz aventurar que sueñe con convertir el país caribeño en un monumental resort, plagado de negocios lucrativos sólo para sus amigos, cómplices, donantes, compinches y mafiosos de Miami.

Trump quiso hacerse el generoso cuando hace unas semanas pasó por el alto el bloqueo para que un barco ruso hiciera llegar petróleo a las autoridades cubanas y aliviar la espantosa situación que se está viviendo. “Lo están pasando mal, así qué importa si alguien les quiere ayudar”, dijo el dirigente que presume de no tener escrúpulos con sus enemigos y adversarios. Otro gesto más de complacencia hacia su amigo Putin, para quien Cuba no es sino una pieza de museo en el recuerdo empolvado de la guerra fría.  Días después, en su línea de palo y zanahoria, Trump impuso nuevas sanciones a dirigentes cubanos implicados en el sector de la energía y en la “violación de derechos humanos”.

Pero en su habitual política de zigzagueos, lo último que se le ha ocurrido a Trump es ordenar al Departamento de Justicia que presente cargos contra Raúl Castro, por conspiración y asesinato de súbditos norteamericanos. El trasfondo fue una operación acontecida en 1994, cuando el entonces Ministro de Defensa y número dos del régimen era Ministro de Defensa. La defensa antiaérea cubana derribó dos aviones de Hermanos al Rescate, un grupúsculo anticastrista de Florida que pretendía repartir comida (¿también armas?).  Como es evidente que La Habana no entregará al hermanísimo, se ha evocado el escenario de una extracción como se hizo en enero con Maduro.

Naturalmente, Trump ignora operaciones cometidas por los protegidos de Estados Unidos. La más mortífera fue el atentado hace ahora 50 años contra un avión en vuelo de la compañía Cubana de Aviación, cometidos por una trama del exilio en Florida, que se saldó con la muerte de las 73 personas a bordo.

La farsa de la negociación pareció agotarse cuando Rubio afirmó que “Cuba representa un gran peligro para la seguridad nacional” de Estados Unidos, una afirmación evidentemente falsa.

Las autoridades de La Habana han respondido a esta estrategia de confusa presión con un esfuerzo de obligado pragmatismo. Por un lado, reciben a enviados de Trump con cierta deferencia y afirman que están dispuestos a negociar “sobre bases de reciprocidad e igualdad”. Incluso aceptan la visita del director de la CIA, la institución que ha intentado durante decenios no sólo derribar el sistema cubano, sino liquidar físicamente a sus dirigentes.

Cuando la ficción negociadora empezó a presentar tonos obscenos, se rescató parte de la retórica de la resistencia y se apeló a la combatividad del pueblo cubano. El último clavo ardiendo al que se agarra Cuba es que el voluble Presidente haya quedado empachado del fracaso político y estratégico en Irán.

Pero se duda mucho de que el régimen cubano pueda resistir mucho más tiempo. Con una población privada de fuel, viviendo a oscuras, sin el alivio de los muy precarios servicios públicos y en un escenario en que la escasez se ha tornado ya hambre, el legendario orgullo cubano se disuelve lentamente en la desesperación.

Mientras se pliega a hablar con esta administración, el gobierno llena las cárceles de presos políticos o de conciencia y deja salir a prisioneros comunes (dos mil, en abril), como poco práctica baza negociadora ante los belicosos norteamericanos. Algunas ong’s sostienen que la población carcelaria, incrementada desde la represión del estallido de protesta de julio de 2021, ha alcanzado una cifra récord: hay más de 1.200 personas entre rejas. Muchos de los 550 liberados en enero del año pasado tras un acuerdo con el Vaticano, volvieron a prisión en los meses siguientes. Las condiciones de los detenidos son pavorosas, según documentan algunas organizaciones humanitarias (3).

UN PROYECTO PARA CUBA

En un artículo que pretende ser ecuánime, o al menos equilibrado, el catedrático de la Universidad de Miami, Michael J. Bustamente, hace un repaso de las responsabilidades de la catástrofe en que ha quedado sumido el país.

No es fácil encontrar a un articulista norteamericano que hable con sinceridad de “coacción económica de Estados Unidos” o de “castigo colectivo” al pueblo cubano”. Y mucho de la necesidad de que Washington “debería rendir cuentas de su papel en la larga y torturada trayectoria de Cuba” (4).

Bustamente, ciertamente, denuncia la represión  (innegable), la ineficacia (palmaria), la corrupción (cada vez más indisimulable) de la casta dirigente cubana. Pero lo más interesante es su idea de construir un “nueva historia nacional” no sobre el imaginario egoísta y revanchista de los exiliados en Florida, sino a partir de las necesidades del pueblo que ha sufrido tanto un externo permanente como decisiones equivocadas e incompetentes y una represión tenaz e injusta de la discrepancia.

Si acaso, el enfoque de Bustamente peca de ingenuidad. Es imposible pensar que Estados Unidos va a permitir que se alumbre a cien kilómetros de sus costas algo que no sea pura sumisión a los intereses de los negocios norteamericanos. Hay toda una costra de resentimiento que se abatirá sobre Cuba en cuanto se consume la caída del régimen.

La gran pregunta ahora es hasta dónde está dispuesto a llegar la casta gobernante en La Habana, sabedora que de millones de ciudadanos temen un revanchismo que emite ya señales de venganza. La mayoría de la población está harta del régimen y exhausta por una realidad de privaciones y  desesperanza. Pero también sabe que poco o nada se puede esperar de quienes han apretado su cuello y menos aún de sus lacayos organizados en Florida.

Por supuesto, habrá también quien prefiera ver a los yanquis y a sus vasallos enseñorearse de las destruidas calles y parques de las ciudades y costas cubanas, si acompañan su dominación con la promesa de una cierta recuperación del tejido productivo. Se agarrarán a la ilusión de una soñada prosperidad, al precio que sea. Pocos recordarán lo que pasó en la Unión Soviética o en otros países del Este y Centro de Europa tras la caída del comunismo. La memoria es frágil. Y las opciones cada vez son más reducidas.


NOTAS

(1) “Cuba Says It’s Ready to Negotiate”. JACK NICAS. THE NEW YORK TIMES, 20 de mayo.

(2) “Rubio says Cuba is threat to US as Havana accuses him of 'lies'”. SOFÍA FERREIRA. BBC, 22 de mayo.

(3) “A Cuba, malgré les pressions des Etats-Unis, les arrestations d’opposants se poursuivent”. JEAN BAPTISTE SAINT-CYR. LE MONDE, 17 de mayo.

(4) “Cuba merece una nueva historia nacional” MICHAEL J. BUSTAMANTE. THE NEW YORK TIMES, 23 de mayo.

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