9 de septiembre de 2026
La crisis de este verano en Ceuta ha tenido un amplio eco exterior. Pero las reacciones y comentarios, por lo general, se han centrado en el asunto migratorio y menos en el impacto que un deterioro de la situación de convivencia pueda tener para el Norte de África, una región que vive un agravamiento notable, por encima de lo que desgraciadamente allí es habitual.
Todos
los países de Magreb atraviesan momentos que bien puede ser calificados de
críticos. Marruecos, el más involucrado en la crisis de Ceuta, parece, a
primera vista el que goza de mayor estabilidad. Pero es un espejismo. La
aparente mejoría de la situación económica y la solidez engañosa de su sistema
político puede inducir fácilmente a la confusión.
MARRUECOS:
LOS CÁLCULOS DEL RÉGIMEN
Marruecos
se ha beneficiado siempre de un apoyo occidental innegable, en sucesivas etapas
de la historia reciente. Por no irnos muy atrás, desde comienzos de este siglo,
al ofrecerse a Estados Unidos y Europa como gendarme contra el islamismo
radical después de los múltiples atentados del 11 de septiembre. La retórica de
la seguridad que proporcionaba Marruecos frente a otros Estados supuestamente
más débiles o menos eficaces en la lucha contra el radicalismo islamista saltó
por los aires al conocerse la procedencia de algunos de los responsables de los
atentados de Madrid en 2004.
Posteriormente,
Marruecos supo mantenerse como referencia indispensable para Occidente al
sumarse al grupo de países árabes dispuesto a entablar relaciones plenas con
Israel, en el marco de los Acuerdos Abraham, auspiciados por Trump al término
de su primer mandato presidencial.
El
gesto de Marruecos no era gratis. A cambio, la administración Trump reconoció
la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, pese a las resoluciones
vigentes de la ONU. Esta decisión de Washington supuso un giro en la política
de sus aliados europeos, que con Alemania y Francia a cabeza compraron el Plan
de Autonomía marroquí sobre el territorio, “pendiente de descolonización”.
España, potencia administradora, fue la siguiente pieza que se ganó Marruecos,
en una decisión muy controvertida y nunca explicada satisfactoriamente por el
gobierno.
El
Sahara es la piedra angular de la política exterior de Marruecos. Presiona a
los países que puede presionar, con sus armas, poderosas, pero no tanto como al
régimen real le gustaría que fueran, y se muestra sumiso y solicito con quienes
no puede hacer otra cosa. Trump se ha convertido en un protector muy
conveniente para Rabat. Otros presidentes u otras administraciones han sido
igualmente favorables a Marruecos en las últimas décadas, pero ninguna había
llegado a cuestionar el proceso de descolonización ni a dar por muerto el
derecho de la población saharaui a pronunciarse sobre su futuro.
Lo
que ofrece ahora Marruecos a Trump es un alineamiento con Israel, en un momento
de convulsión de las alianzas regionales. Junto con los Emiratos, el reino
alauí va muy delante de otros estados árabes en la senda de la conciliación con
el Estado judío. Ante las complicaciones que está ocasionando la estúpida
guerra contra Irán, la actual administración se ha visto obligada a
reconsiderar el peso de sus aliados en la región y a presionar a favor de
fórmulas que incorporen a Israel en una red de alianzas bilaterales o
multilaterales solventes. Marruecos no va a regatear su apoyo, si consigue
resolver de una vez el dossier saharaui (1).
El
silencio de la administración Trump en la crisis de Ceuta resulta ensordecedor.
Las referencias a posibles interferencias directas o indirectas de los
servicios de inteligencia israelí resultan compatibles con estos
realineamientos en la amplia región del Norte de África y Oriente Medio.
Los
vecinos de Marruecos también arrastran situaciones internas muy pesadas.
ARGELIA:
UN DIFÍCIL EQUILIBRIO
Argelia,
en una permanente dialéctica de conflicto/entendimiento con los dos países
europeos más cercanos (Francia y España), contempla con inquietud la creciente
revaloración de su enemigo marroquí (2). En Argel, principal valedor de los
independentistas saharauis, el giro de París y Madrid hizo mucha mella. Con
mucha paciencia y trabajosa diplomacia las dos capitales europeas han subsanado
el daño infligido, pero no sin dejar un reguero de resentimiento y
desconfianza, más profundo e intenso con Francia, debido a otros asuntos
conflictivos nunca resueltos, que datan de la época coloniaL.
El
caso es que el régimen argelino, que juega a un equilibrio con las potencias occidentales,
la emergente China y su tradicional aliada Rusia, no termina de resolver sus
problemas económicos endémicos, ni de legitimar un sistema político corroído
por el autoritarismo y la corrupción. Las sucesivas crisis argelinas desde los
noventa han arruinado la legitimidad originaria de la revolución
anticolonialista. En el otrora Tercer Mundo (hoy Sur Global), Argelia ha
perdido el poder de atracción del que gozó un tiempo ya muy lejano. El maná del
petróleo no ha servicio ni para garantizar la prosperidad del país, ni para
favorecer un régimen de derechos y libertades.
Pero
los focos más ardientes de la región hay que situarlos en Túnez y Libia.
LIBIA:
UN CAOS RENTABLE PARA ALGUNOS
En
Libia, quince años después del derrocamiento de Gaddafi, se vive tal situación
de caos económico, vacío institucional e
inseguridad crónica que no resulta extraño que algunos añoren los tiempos de la
Jamahiriya (la República de las masas del Coronel).
Desde
2014, tras la primera fase de la guerra civil inicial, el país sigue dividido
en dos, territorial, económica y políticamente. Y eso sin entrar en detalles,
que nos llevarían a incrementar la pormenorización de las fracturas (3). En la
región occidental de Tripolitania (en torno a la capital, Tripoli) hay un
gobierno reconocido por la ONU en su momento y hoy carente de cualquier
legitimidad, al prolongar su vigencia sus cabecillas sin respeto alguno de la
legalidad internacional. Está liderado por Abdel Hamid Dbeibah, pero sólo
formalmente; en la práctica, quien lleva las riendas es su sobrino Ibrahim, al
frente de un tinglado clientelar establecido sobre el control de los pozos
petroleros locales.
La
región oriental de la Cirenaica, en torno a Benghazzi, es el feudo relativo de
un colaborador de la primera hora de Gaddaffi y luego renegado y exagente de la
CIA, el general Jalifa Haftar. Pero, como ocurre con sus enemigos del otro lado
del país, las segundas generaciones van asumiendo el poder cotidiano. Uno de
los hijos de Haftar, Saddam, es el hombre fuerte de este clan, apoyado en un
férreo control militar y, también como en el otro lado, alimentado por exportación ilegal de petróleo. De esta forma,
la principal riqueza del país se convierte en la garantía de poder de los dos
cabecillas, para desgracia del pueblo libio, que ha visto cómo a una dictadura
de un iluminado le ha sustituido el caos tan africano de señores de la guerra
sostenidos por la corrupción y el bandidaje.
No
sólo estos factores internos explican la interminable guerra libia. Las
potencias extranjeras juegan un papel decisivo. Haftar y su clan se han visto
apoyados por Arabia Saudí y los Emiratos, desde el Golfo, y por el autoritario
régimen militar (sólo en apariencia civil) de Egipto. En su momento, también
Rusia apostó por este general de fortuna, aunque últimamente, tras la
reestructuración de la política de Kremlin en el Sahel, ha tomado alguna
distancia. Como hace cualquier autócrata de la zona, Haftar vendió a Occidente
la póliza del seguro contra el islamismo. No le fue difícil. La Cirenaica era
un hervidero de milicias inicialmente opuestas al régimen de Gaddafi, que
degeneraron en bandas dedicadas a controlar pozos de petróleo y redes de
abastecimiento. Haftar ha puesto orden, pero no del todo, y aún se enfrenta a
revueltas o amenazas de tales en el Fezzan y otras zonas meridionales del país.
Dbeibah
goza del apoyo de Turquía, como principal valedor, sin olvidar a las potencias
europeas que han intentado mantener su influencia en el país (Francia e Italia,
sobre todo). Erdogan chocó con Putin en Siria y vio en Libia una plataforma
importante para proyectar sus intereses en África. La orientación islamista
moderada del patrón de la Tripolitania le ofrecía claramente esa oportunidad.
En
los años anteriores a Trump, Estados
Unidos estuvo apoyando al nominal gobierno de Trípoli. Pero el caprichoso
Presidente ha volteado las opciones. Ahora se ha erigido en promotor de una
solución de conciliación entre los dos bandos, con su estilo de enviar a un
próximo de la familia, el padre del marido de su hija Tiffany, Massad Boulos, para
que forje un acuerdo entre los dos cabecillas. Y, de paso, deje contratos suculentos sobre la
explotación futura del petróleo libio. Las multinacionales Chevron y
Conoco-Philipps ya han tomado posiciones sobre el terreno.
Por
el momento, y salvo unos ejercicios militares impensables conjuntos, no se han cosechado resultados prometedores de
esta operación diplomática tan opaca y carente de legitimidad. Sólo una cosa
parece clara: el pueblo libio no va a tener ocasión de pronunciarse sobre estos
enjuagues (4).
Europa
es, como en casi toda África, un actor cada vez más secundario. Libia, entre
otras muchas cosas, es una plataforma de lanzamiento de la migración
clandestina y ha sido, en los años del post-gaddafismo, terreno especialmente
propicio para las mafias del sector, como está suficientemente acreditado.
Ninguna de las dos facciones parece responder a la influencia europea, aunque
los de Tripoli suenen más cercanos, aunque sólo sea porque aducen su aval onusiano.
Pero las pretensiones de la ONU sobre una consulta popular hace tiempo que dejaron
de ser tenidas en cuenta. En los manejos de Trump y su consuegro, ha sido
completamente marginada.
TÚNEZ:
UNA TIRANÍA CONSENTIDA
En
Túnez, estas inconsecuencias europeas se están pagando caras. El apoyo tibio al
actual Presidente, Kaïs Saïed, un profesor de Derecho convertido en dictador
desde que disolviera todas las instituciones o las conformara a su antojo, en
2021, se ha convertido en un fiasco notable. En la actualidad, Saïed ni
siquiera mantiene un contacto fluido con Bruselas ni con las principales
capitales europeas. Hace dos años recibió a Von der Leyen y Meloni, como
adalides de un control migratorio de dudosa legalidad y de miserable moral. A pesar
de las violaciones continuas de derechos y libertades, con más de un centenar
de dirigentes de la oposición política y sindical en la cárcel o expulsados del
país y el sofocamiento de cualquier iniciativa crítica en el país, la UE siguió
enviando dinero al gobierno tunecino, durante al menos dos años desde la deriva
dictatorial de Saïed (5).
Como
ya ocurrió con el golpe del General Al Sisi en Egipto, en nombre de control del
islamismo y, en este caso, de la migración irregular, cualquier déspota parece
resultar útil a una buena parte de los dirigentes europeos. Mientras el país se
hunde en una miseria política y material, con la crisis económica más profunda
de toda la región, se hace la vista gorda. El verano ha sido especialmente
tenso, con manifestaciones de protesta por los cortes de electricidad, las
carencias de alimentos y de agua, el estrangulamiento de las redes de
aprovisionamiento y una sensación de colapso en los servicios públicos, unido a
una represión implacable. La división de la oposición entre los islamistas, los
partidarios del depuesto régimen militar de Ben Alí en 2011 y los sectores
progresistas impide que se haya podido forjar una alternativa de poder creíble.
Los observadores creen que la situación es explosiva (6).
EGIPTO:
AUTORITARISMO Y AMBIVALENCIA
De
Egipto, qué se puede decir. En el corregido sistema de alianzas en Oriente
Medio (que siempre ha sido la referencia de las élites del país, y no el
Magreb), Egipto parece inclinarse por el lado no completamente entregado a los
intereses israelíes. Pero se trata de un espejismo. El Cairo no ha revisado en
profundidad las relaciones con su vecino judío, ha participado oscuramente en
la gestión del calvario de Gaza y, sobre todo, no puede permitirse incomodar en
demasía a Estados Unidos, de cuya ayuda económica y militar depende la
estabilidad del régimen.
Al
Sisi es uno de los generales africanos que tanto gustan a Trump: autoritario y
sin escrúpulos a la hora de machacar a quienes se le oponen o resisten. La
población egipcia aguanta a duras penas un vínculo diplomático cada vez más
impopular con Israel. Pero tampoco se ha sumado, de momento y pese a las
expectativas iniciales, al Pacto de la Meca (ver análisis de la semana
anterior), impulsado por Arabia, Turquía y Pakistán. Estos tres países son
también dependientes de Estados Unidos, de forma diferente y en distinto grado.
Pero Egipto supera a todos ellos en debilidad política y estratégica. Es una incógnita
cuánto tiempo puede mantener Al Sisi esta ambivalencia regional (7).
NOTAS
(1) “Entre le Maroc et les
Etats-Unis, une lune de miel diplomatique et militaire”. CÉLIA CUORDIFEDE.
LE MONDE, 6 de febrero.
(2) “Entre l’Algérie et le Maroc,
une inquiétante course aux armements”. ALEXANDRE AUBLANC. LE MONDE, 4 de
febrero.
(3) “En Libye, quinze ans après
la chute de Kadhafi, le modèle autoritaire du maréchal Haftar s’est étendu dans
la majorité du pays”. NISSIM GASTELLI. LE MONDE, 2 de febrero.
(4) “Dans une Libye divisée,
Donald Trump mise sur son ‘art du deal’ pour se poser en faiseur de paix”. FRÉDÉRIC
BOBIN. LE MONDE, 7 de septiembre.
(5) “Twin protests erupt in Tunisia and Lybia”. NOSMOT
GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 29 de julio; “En Tunisie, Kaïs Saïed, qui
fait face à une forte colère sociale, s’isole sur la scène internationale”.
MONIA BEN HAMADI. LE MONDE, 27 de julio.
(6) “Five Years After Saied’s Power Grab,
Tunisia Is Isolated and Unmoored”. SABINA HENENBERG Y SARAH YERKES. CARNEGIE,
27 de julio.
(7)“Egypt’s Tightrope Walk Between Saudi Arabia and
the UAE”. HAISAM HASSANEIN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 23
de enero.
