ALARMAS MIGRATORIAS

29 de abril de 2010
Rumanos en Badalona. Hispanos en Arizona. Y europeos orientales como munición de un debate con desliz, quizás fatal, en la campaña electoral de Gran Bretaña. Coincidencia de tres argumentos de primera plana, que refleja ásperamente las alarmas de las políticas migratorias.
Por suficientemente conocida, no nos detendremos en la polémica suscitada por los panfletos de la organización local del Partido Popular de Badalona, en favor de la expulsión de los rumanos en situación de residencia ilegal. Ocupémonos de los otros dos casos.
ILEGALES APARENTES
En Arizona se ha promulgado una ley que permite detenciones de personas inmigrantes presuntamente ilegales por su mera apariencia externa. Morenos, más bajitos que los nativos: o sea, latinos. Arizona es uno de los estados de la Unión con más alta concentración de inmigrantes.
La pérfida ley con tintes racistas que ha firmado el gobernador -republicano- de Arizona es una patata hirviendo. Que haya expresado su apoyo un político como John McCain, senador por ese Estado, pero en su día partidario de iniciativas para legalizar a los inmigrantes irregulares, indica hasta qué punto los republicanos están dispuestos a lo que sea para perseguir un vuelco político y abortar el giro al centro.
Uno de los asesores de Bush y McCain en materia de inmigración, Mark McKinnon, señalaba estos días en el NEW YORK TIMES que "los republicanos salivan por las ganancias inmediatas sin detenerse mucho en los perjuicios a largo plazo". Lo malo es que los demócratas también está presos de las mismas servidumbres electorales. Cuando el empleo se resiste a brotar, a pesar de la candidez de ciertos indicadores macroeconómicos, la defensa de derechos de los inmigrantes, percibidos como competidores desleales en el mercado de trabajo, se les antoja arriesgada. Sobre todo a aquellos políticos que tienen su escaño bajo la luz roja de riesgo. Muchos demócratas se encuentran atrapados entre la fidelidad a dos electorados artificialmente confrontados: los obreros ("blue collars") sin trabajo y los latinos que contemplan con desazón la retórica xenófoba en alza.
Algunos líderes demócratas temen que el ejemplo de Arizona cunda en otros Estados apremiados por las presiones laborales, según una estimación de LOS ANGELES TIMES. La presunción de que actitudes duras hacia los irregulares pueden producir réditos electorales inmediatos podrían desencadenar el efecto contagio. Se calcula que en todo el territorio de Estados Unidos viven de forma ilegal más de quince millones de trabajadores extranjeros sin permiso de residencia.
No ha contribuido a prevenir el fenómeno la pasividad del gobierno federal durante el tiempo en que se ha venido gestando esta ley. Se lo reprochan a la administración Obama algunos medios liberales como THE NEW YORK TIMES o BOSTON GLOBE, con raíces muy lejanas de las tierras cálidas del suroeste. Conviene recordar que la revisión completa del sistema legal relacionado con la inmigración fue uno de los principales compromisos del candidato Obama. Otras urgencias políticas han ido demorando esta acometida, que se sitúa de nuevo en lo más alto de la agenda de la Casa Blanca, según ha admitido estos días el propio presidente.
Conforme aumenta la indignación en medios latinos estructurados y con influencia, crece la impresión de que el gobierno federal podría poner en marcha algún tipo de actuación para abortar la aplicación de la ley en Arizona. Anima a ello que también desde sectores de indisputable acreditación conservadora se hayan alzado voces de repudio a la ley. "Es muy de difícil de aplicar, sin amenazar las libertades civiles", ha comentado no precisamente un progresista como Jebb Bush, hermano del ex-presidente y ex-gobernador de Florida. En este estado, con muy fuerte presencia de cubanos exiliados, los latinos afincados y arraigados en el establishment constituyen una sólida base electoral para el partido republicano.
DESASTRES Y DEMAGOGIAS
La letalidad del debate migratorio aparece también en Gran Bretaña. Por debajo del contraste de las recetas para sanear cuentas y garantizar servicios emerge el malestar provocado por una complicada pedagogía de los asuntos migratorios. Según las encuestas de opinión, la inmigración es el segundo asunto que más preocupa a los británicos, después de la crisis económica.
Aunque con discursos de distinto tono, conservadores y laboristas habían arremetido contra el candidato liberal-demócrata, por su posición favorable a una amnistía para los sin papeles. El principal diario conservador no tabloide, el DAILY TELEGRAPH, ha calificado de "locura" las ideas de Nick Clegg. Los tories están practicando un juego peligroso: con su línea dura frente a la inmigración están sembrando xenofobia y alimentando expectativas electorales del Bloque Nacional, en el cálculo de que, finalmente, los electores molestos por la inmigración acudirán al voto útil y les votaran a ellos para forzar un giro radical de política en esa materia. Para los laboristas, el debate ya era de por si incómodo e indeseable. Feudos obreros golpeados por la crisis corren peligro de sucumbir a la demagogia ultraderechista. De ahí el perfil bajo de las propuestas laboristas y la falta de prudencia que Brown ha venido imputando al candidato emergente.
Pero nadie se podía imaginar el terrible estrambote de esta semana, en Rochdale. Este episodio se ha convertido ya en la bomba mediática de la campaña. La frustración de la votante laborista jubilada por la falta de empleo, su desagrado por el "aluvión" de inmigrantes del Este, las dificultosas explicaciones de Brown y el desahogo posterior del primer ministro convertido en exabrupto público por mor de otro micrófono que no se cerró a tiempo han conformado un cuadro de desastre. La prensa conservadora ha magnificado el incidente, mientras los estrategas laboristas se mesan los cabellos. Pero más allá de la peripecia fatal y de la hipócrita utilización del "resbalón", lo ocurrido pone en evidencia la peligrosidad del dossier migratorio, especialmente para la izquierda. La "intolerancia" que Brown apreció en la jubilada de Rochdale tiene los tentáculos muy desarrollados
La corrección y el arte del disimulo obliga al PP catalán a maquillar el brote populista antirumano en Badalona. Sin desautorizarlo, por supuesto. En Gran Bretaña habrá que esperar a la expresión electoral de la xenofobia, aunque ésta puede quedar camuflada bajo opciones más contenidas. En Arizona se han superado ya los límites de lo que resulta tolerable en un sistema democrático. ¿Cuánto tiempo pasará para que cunda el ejemplo? Las luces están en ámbar.

CON UN AIRE A OBAMA

23 de abril de 2010

El segundo debate electoral televisivo en Gran Bretaña confirmó que por primera vez en sesenta años existe una posibilidad cierta de que triunfe una tercera opción. El candidato liberal-democrático, Nick Clegg, sabía que sus rivales tratarían de arruinar su opción antes de que siguiera creciendo, pero no lo consiguieron. Aunque el debate sonó más igualado, la "sorpresa" electoral sigue encendida.
Clegg ha logrado instaurar un perfil obamiano. No debía sorprender teniendo en cuenta el entorno político en que se celebrarán estas elecciones: desgaste del partido gobernante, fragilidad de la opción y del liderazgo conservador y fuerte descrédito del sistema político por la corrupción. Nunca ser outsider ha sido tan rentable en la política británica (incluso en la europea). Ni el voto útil (prestar apoyo a los tories, para acabar con el gobierno que no supo atajar a tiempo la crisis), ni el voto del miedo (seguir apoyando a los laboristas ante el temor de que los conservadores implanten políticas neoliberales fracasadas y de gran coste social). Y apelación directa a los jóvenes para que no huyan de la política. Otra resonancia de Obama.
En el transcurso del debate, ésta ha sido la estrategia recurrente de Clegg: hacer creíble una alternativa profunda de cambio. Cuando Brown y Cameron se enzarzaban en algunas disputas sobre los servicios públicos o sobre la política a seguir en Europa, Clegg orientaba sus intervenciones a enfatizar la inutilidad de una disputa agotada. Con notable habilidad, el candidato liberal-demócrata consiguió disimular el aspecto quizás más frágil de su candidatura: la falta de definición en muchas de sus propuestas.
FORMALISMO EN POLÍTICA EXTERIOR
En política exterior, que se presentaba como asunto estelar de esta segunda cita televisiva, el debate ha sido decepcionante. Cameron articuló un discurso crítico con Bruselas, sin parecer demasiado atado a los principios tradicionales del euroescepticismo tory. Brown ha advertido contra el peligro de volver a luchar contra Europa en solitario, en referencia clara a la época thatcherista. Clegg, consciente de que el asunto no levanta pasiones y renta pocos votos, optó por el pragmatismo: había que estar en Europa porque le conviene a la economía británica (argumento muy similar al empleado por Brown). Clegg concedió que había que agilizar el funcionamiento de la Unión (acercamiento a sensibilidades tories), pero para eso había que permanecer dentro y ser activos (alejamiento de Cameron).
Pocas discrepancias en Afganistán y en la lucha internacional contra el terrorismo. En este asunto, Clegg decidió poner el énfasis en mejorar el equipamiento y los recursos destinados a las tropas británicas y en construir una estrategia que no tenga un componente exclusivamente militar. En un guiño a los que ya están cansados de aventuras bélicas, el candidato liberal-demócrata se hizo eco del pesar por la presión que supone combatir al mismo tiempo en Irak y en Afganistán. Brown ofreció una posición más elaborada que sus oponentes, a los que se notó poco motivados por este asunto: será difícil que cualquier gobierno adopte una posición alejada de las directrices de Washington. Clegg, al que habíamos escuchado alguna manifestación de autonomía al comienzo de la campaña, prefirió decir que "la relación con Estados Unidos no puede ser unidireccional".
En la cuestión del armamento nuclear, Brown puso en aprietos a Clegg al reprocharle falta de realismo por insinuar un desarme unilateral. El candidato liberal, como en otros asuntos donde teme resultar poco experimentado, se evadió del reproche señalando que lo que propone no es romanticismo sino pragmatismo: dotarse de sistemas más modernos y eficaces. Y citó de pasada a Obama para cimentar la utopía de un mundo sin armas nucleares. Cameron, más apegado a la doctrina tradicional, se limitó a defender la disuasión nuclear.
Mucha retórica en el debate sobre el cambio climático, sin apenas controversias, salvo los reproches de Cameron a la ineficacia europea o de Clegg a la posición subsidiaria y poco enérgica del laborismo en la cumbre de Copenhague. Brown ha defendido el papel británico y europeo al acercar las posiciones de Washington a Pekín y al resto de potencias emergentes.
MAS CONFRONTACIÓN EN ASUNTOS INTERNOS
El debate cobró viveza cuando se abandonaron los asuntos internacionales y se entró en las propuestas sobre la gestión de las pensiones, los servicios públicos, la fiscalidad o la inmigración. Brown adoptó una posición casi profesoral, alertando sobre el peligro de interrumpir medidas, estímulos y políticas que estaban sacando al país de la recesión. Cameron dibujó su ideas de gran sociedad frente a la supuesta opción laborista de gran gobierno. Adoptó tu tono más ofensivo cuando acusó al primer ministro de mentir sobre las intenciones conservadores, sobre todo en materia de recortes sociales. "Debería darte vergüenza decir algunas cosas", le espetó Cameron a Brown, a quien acusó abiertamente de aventar el miedo como táctica electoralista. El líder laborista no entró a ese trapo e insistió en los peligros de alejarse del buen camino. El tercer candidato asistió a estos escasos momentos de tensión con calculada distancia y sin comprometer una postura clara en el debate sobre más o menos Estado. Solventó la cuestión defendiendo la clásica respuesta de la "tercera vía": no más ni menos, sino mejor.
En materia de inmigración. Cameron también elevó el tono para reprochar a Brown el incremento incontrolado de la inmigración. El primer ministro replicó con el catálogo de medidas que han posibilitado una reducción del tráfico ilegal de personas en los últimos años. Clegg reprochaba a sus dos adversarios falta de voluntad política para afrontar el problema y descalificaba tanto las cuotas defendidas por el líder conservador, como la política de parches del dirigente laborista. Defendió, sin gran pasión en todo caso, la regularización de los ilegales, lo que aprovechó Brown para reprocharle que estaba favoreciendo una amnistía que, a la larga traería más problemas.
Otro asunto que podía resultar espinoso era el de la corrupción política y las medidas para combatirla. Fue muy contundente Brown, quien aseguró que debía echarse de la política a los que se les pillara en falta. Cameron, con muchos casos en la gatera, quiso que el asunto pasara deprisa. Clegg lamentó que las dos grandes fuerzas políticas no hubieran sido más activas. El moderador hizo aquí su única pregunta del debate, y fue al candidato liberal, al que un diario conservador había arrojado esa misma mañana ciertas acusaciones sobre cobro en sus cuentas privadas de donaciones poco transparentes. "Es una basura sin fundamento", espetó Clegg, que despachó así el asunto para que no prendiera el daño. Horas antes del debate, los laboristas habían criticado esas imputaciones y habían atribuido su autoría intelectual a ciertos propagandistas conservadores.
Y sobre lo que constituye la gran incógnita de estas elecciones: qué fórmula de gobierno será viable a partir del 6 de mayo, el debate resultó estéril, como era de esperar. A pesar de una pregunta de un ciudadano y de la petición de concreción del moderador, los candidatos se comportaron con mucha profesionalidad y dejaron el asunto abierto. Ante la posibilidad de un parlamento "colgado" ( es decir, sin una mayoría clara), todos prefieren esperar a las cartas con las que tienen que jugar. Las encuestas reflejan distancias mínimas y gran volatilidad. Los laboristas continúan en último lugar, pero con las opciones intactas. El sistema electoral les proporciona un plus, que podría ser decisivo el 6 de mayo. Cameron tendrá que utilizar armas más convincentes que el juego sucio de la prensa derechista para "desobamizar" la

EL NUEVO DIRECTORIO MUNDIAL

15 de Abril de 2010
La cumbre para atajar la proliferación nuclear y prevenir la amenaza de que "fuerzas terroristas" acceden algún tipo de armamento atómico ha servido para escenificar lo que parece un cambio de rumbo en las relaciones chino-norteamericanas. El llamado G-2 se perfila cada día más con el nuevo directorio mundial, aunque esta fórmula produzca repugnancia en las cancillerías mundiales.
Cada etapa de la historia de las relaciones internacionales tiene sus actores principales, sus secundarios, su reparto y hasta sus extras. En este mundo que dejó de ser bipolar hace dos décadas -a efectos prácticos, más-, pero que no es exactamente multipolar, a pesar de los intentos optimistas y bienintencionados de algunos analistas, sino más bien unipolar, el gran desafío es encajar el "fenómeno chino".
Se atribuye a Obama la convicción de que China debe ser su prioridad internacional. Pocos se lo discutirán, pese a que la hiperpotencia norteamericana se encuentre enfangada en guerras herederas, justas o discutibles, mucho más sangrientas e inciertas. No hay tanto consenso, en cambio, cuando se presentan las fórmulas de actuación con Pekín.
El viaje de Obama a China en noviembre de 2009 no fue precisamente un éxito. Conservadores y progresistas le reprocharon su debilidad aparente hacia los modernos mandarines post-comunistas, por razones diferentes: el artificialmente bajo valor del yuan, las reticencias a presionar a Irán o el escaso respeto a derechos humanos y libertades cívicas, entre otras de menor impacto mediático.
Obama tiene problemas para hacer exigencias a Pekín, como los tuvieron sus antecesores en la Casa Blanca. Su capacidad de presión es reducida. Pero, además, su posición bilateral es vulnerable. China es el principal acreedor de Estados Unidos. Atesora la mayoría de su deuda interna en bonos. Una palanca temible. El presidente norteamericano se mueve entre dos necesidades: la cautela y el ejercicio del liderazgo internacional.
Hace unas semanas, Obama mantuvo parado el Air Force One en la pista del aeropuerto próximo a Washington, porque la conversación telefónica que mantenía con su homólogo chino, Hun Jintao, no terminaba de concluir. Al final, Obama le arrancó el compromiso de asistir a esta cumbre sobre la proliferación nuclear. La Casa Blanca tuvo interés en señalar que en ese contacto se confirmó "un nuevo clima" bilateral.
En los últimos días, algunos habían querido apreciar posturas más flexibles de Pekín en los dos asuntos más sensibles del momento:
- un cambio en la política monetaria, con graduales apreciaciones inmediatas del yuan, postura que ya defiende abiertamente el Banco Central chino, frente a otras instancias más inmovilistas en el Ministerio de Comercio o en la Asamblea Nacional Popular.
- una predisposición más favorable a aceptar el "principio de las sanciones" para forzar un cambio en la política nuclear de Irán.
Para ganarse a Pekin, Obama había ofrecido previamente ciertos estímulos:
- renuncia a publicar un memorándum en el que, por petición expresa del Congreso, se denunciaban las manipulaciones monetarias de las autoridades chinas para colocarse en situación de ventaja competitiva.
- garantía de aprovisionamiento petrolero, en el caso de Teherán tomara represalias contra Pekín, si China se une al campo de las sanciones, según publica THE NEW YORK TIMES.
El azar ha hecho que un acontecimiento no esperado, aunque trágico, pueda favorecer el clima de diálogo. Ciertamente, el último terremoto ofrece una espléndida oportunidad para que la administración Obama exhiba gestos de extraordinaria generosidad con China.
En cualquier caso, las reglas del juego de este nuevo directorio están todavía en construcción. China ha observado cierta maestría en jugar al caliente y al frío. Lo más probable es que Pekín siga dilatando el proceso de discusión de las sanciones contra Irán, aunque deje de obstaculizar abiertamente esta opción. El catálogo que la diplomacia norteamericana ha trabajado con sus socios occidentales no está cerrado. Se manejan las siguientes: privación de acceso a crédito internacional, suspensión de la inversión extranjera en el sector energético iraní, medidas contra las numerosas e importantes empresas de los Guardianes de la Revolución (la fuerza pretoriana del régimen islámico), a la que los servicios de inteligencia occidentales atribuyen también el control del programa nuclear. Pekín siempre podrá establecer una alianza de conveniencias con Rusia para proponer fórmulas alternativas que permitan acomodos con Teherán.
Con respecto a las discrepancias sobre la política económica, los dirigentes chinos sostienen que Occidente tiene una actitud farisaica. En palabras de Zhu Feng, director adjunto del Centro Internacional de Estudios estratégicos de la Universidad de Pekín al diario LE MONDE: "Washington debería responder de manera positiva a Pekín, por el papel estimulante que China juega en la economía mundial, en esta fase de crisis financiera internacional". Considera Zhu Feng que "la rigidez de la posición americana no refleja la naturaleza de la nueva simbiosis chino-americana".
Sorprende el término "simbiosis" aplicado al actual momento, porque indica una aproximación de colaboración y no de confrontación. El pragmatismo chino es proverbial. El comunismo de Mao siempre tuvo un componente nacionalista, por mucho que costara percibirlo en el contexto de la guerra fría. Sus herederos, en cualquiera de sus facciones rivales, no se han apartado de ese principio rector de la doctrina internacional del fundador de la República Popular.
La clave para seducir a Pekín consiste es no presionar, pero también en desterrar cualquier impresión de que hace en silencio o de forma diplomática. Obama ha comprendido esto a la perfección, y eso explica sus atenciones públicas -a veces casi obsequiosas- con los chinos. Si Obama consigue fijar con China una relación bilateral sin sobresaltos, mejorará el registro histórico de Nixon y Kissinger en los setenta. Entonces, Washington y Pekín se encontraron en el terreno común de la contención de una declinante pero aparentemente todavía poderosa potencia soviética. Hoy se trata de otra cosa. La defensa de sus respectivos intereses estratégicos nacionales no tiene aún que conducir a un enfrentamiento inevitable. Aunque históricamente eso pueda ser inevitable, es probable que falten años para eso.

THRILLER POLÍTICO EN GRAN BRETAÑA

8 de Abril de 2010

Las elecciones más importantes en Gran Bretaña, en una generación. Así lo considera casi unánimemente la prensa británica y la mayoría de analistas y bloggeros de cierta reputación.
Importantes por reñidas, por lo incierto del resultado. Importantes por el efecto que pueda imprimirse a la estrategia de superación de la crisis. Importante por el reflejo que, por autónoma que sea la política británica de la continental, pueda tener su resultado en Europa. Y, finalmente, importantes por la lectura que pueda hacerse de la actitud de los ciudadanos hacia la clase política, tras una legislatura agujereada por las escándalos de corrupción y malversación de fondos.
El análisis de los datos es revelador. Para ganar, los tories necesitarían efectuar el “swing” (la remontada) más importante desde la Segunda Guerra Mundial, superior incluso (en un 1,6%), a la que protagonizó Margaret Thatcher en su arrolladora victoria de 1979, cuando la descomposición laborista y la marea neoconservadora parecían imparables. El ambiente no es favorable a quien gobierna ahora en Europa, y eso favorece a los conservadores. Pero los laboristas no parecen tan desprestigiados como hace treinta años, después de aquel terrible “invierno del descontento”, cuando prendió la impresión –exagerada, falsa- de que el país se encontraba al borde del colapso. Hablando de récords, también lo constituirá el hecho de que si Brown ganara, sería el cuarto mandato laborista consecutivo, algo que no ha ocurrido nunca.
LAS BAZAS DE BROWN
¿Cúales son las bazas del laborismo para ganar?
Primero, que su actual líder es un superviviente. No tiene desperdicio la foto de Gordon Brown en la puerta de Downing Street, el día del anuncio de la visita a Palacio para proponer a la Reina la disolución del Parlamento. El primer ministro, rodeado de la plana mayor de su gabinete, su “inner circle”, con expresión de satisfacción y confianza. La fortuna política de Brown es una de las más variables de Europa. Como su personalidad, según cuentan quienes lo conocen o han trabajado cerca. Como decía un comentarista político británico estos días, hace unos meses no estaba claro que Brown pudiera convocar elecciones. Si sus propios ministros –quizás alguno de los que ahora se retratan con él- lo hubieran abandonado, no habría sorprendido a nadie, y menos a los suyos, que estuvieron pensando en un sucesor, para evitar la convocatoria electoral. Como hicieron los tories, en 1990, cuando se atrevieron a “destronar” a la temible Margaret Thatcher.
En segundo lugar, los aciertos innegables en los momentos más dificiles. La crisis, lejos de rematarlo, lo ha apuntalado, por la eficacia de algunas de sus decisiones y por su poco acostumbrada habilidad de dar la impresión de ser el dirigente adecuado para el momento.
Y en tercer lugar, esa imagen de británico común, algo que raramente puede resultar una ventaja en estos tiempos, pero que se entiende por el hastío del público británico, intoxicado con el carisma desbordante de Blair. Brown va a explotar, sin duda, esa faceta de su personalidad, frente al elitismo contenido de su rival, el conservador Cameron, otro producto más de la factoría de Eton.
Es cierto que, en el inicio de la campaña, Brown parte como perdedor, según los sondeos. Pero, como dicen los anglosajones, es un perdedor que llega de atrás hacia adelante, o sea que da muestras de recuperación. Los seis puntos que el Labour aparece por debajo de los Tories eran más de diez hace apenas unos meses. Por supuesto, los laboristas deberán trabajar duro en la campaña. Pero la inquietud ha construido un nido en el cuartel de los conservadores.
LA OPCIÓN CONSERVADORA
Los conservadores se hicieron la foto de inicio de campaña lejos del Parlamento, tan desacreditado por escándalos que han salpicado también a muchos de sus diputados. Prefirieron el horizonte posmoderno del sur de Londres, tan caro a sus ensoñaciones del capitalismo popular que lo termina arreglando todo, aunque la realidad se empeñe en todo lo contrario.
Cameron, de ganar, sería el primer ministro más jóven de la historia, más aún que Blair cuando ganó en 1997, otro record a batir en estos comicios. Pero como se explicaba antes, su éxito tendría proporciones hercúleas, que encajan mal con la dimensión del personaje. Su imagen de modernizador del partido es poco sólida, no por sus intenciones, sino por el carácter correoso de un partido que demuestra una resistencia enfermiza al cambio en casi todos los asuntos de importancia.
El jóven y dinámico nuevo lider se ha propuesto conducir a los tories al centro. El mismo empeño de todos los conservadores -o todos los socialistas- cuando se trata de ganar elecciones. El centro se convierte en una divisa, no es un programa. Y es cuando la política se convierte en metafisica. En imagen: en propaganda. Tony Blair lo decia estos días, con un cinismo propio de mejor causa: “¿Dónde está su centro? ¿En su núcleo?”.
Las críticas conservadoras se basan en los supuestos fracasos laboristas en capítulos clásicos, como la subida de impuestos, la intervención estatal o al aumento de gasto público para afrontar la crisis y crear empleo. El aumento de las retenciones para fortalecer la seguridad social promete ser el asunto más debatido de la campaña. Y, en segundo lugar, la inmigración. Aquí, el centrismo de los tories experimenta un irrefrenable corrimiento de tierras hacia la derecha, hacia el terreno donde se encuentra su identidad y los intereses que expresan y defienden.
Y ahí es donde, presublimente, golpearan los laboristas: la contradicción entre la marca y las creencias, decía un estratega de Downing St. a un comentarista de THE GUARDIAN. Otro dirigente laborista, lucidamente preocupado por la credibilidad del propio sistema, apuntaba que en estas elecciones la disputa no será solamente entre laboristas y conservadores, sino entre política y antipolítica.
En esa disputa metapolítica podríamos asistir a otra circunstancia –desacostumbrada mejor que histórica- de estas elecciones: un Parlamento”colgado”(hung), sin mayoría, con tres actores en el reparto, en lugar de los habituales dos. Previendo la circunstancia más que probable de una dificil gestión de los resultados, se ha modificado ligeramente el calendario y se ha habitilado dias suplementarios para la consultas previas a la formación del gobierno.
Ese puede ser el momento de los liberales. Se esperaba algo similar en 1974 y en 1992, pero finalmente el público optó por lo gastado conocido. Ahora parece que vuelven a su mejor oportunidad. Si obtienen un número importante de diputados y se hacen imprescindibles para gobernar, los lib-dem pondrían un precio muy alto. Sostiene THE ECONOMIST que exigirían el cambio de la ley electoral, en beneficio de un sistema más proporcional que refleje mejor el panorama político, y –muy posiblemente- la cartera de Economía para su número dos, el prometedor Vince Cable, a quien los sondeos le otorgan la condición de “más preferido” para el puesto entre todos los electores.
“Será divertido”, comentaba con cierto jolgorio el polémico Alastair Campbell en un comentario de urgencia. Los tiempos no estan para bromas, pero las elecciones británicos prometen ser apasionantes.

RATZINGER, EN ENTREDICHO

31 de Marzo de 2010

Por un capricho del destino, en estos días de penitencia para los católicos su principal Jefe espiritual se ha visto envuelto en un intenso escrutinio sobre su credibilidad. El escándalo de los abusos sexuales le ha salpicado directamente por las dudas que han surgido acerca de su compromiso en la lucha contra el delito.
Benedicto XVI quiso despejar el ambiente sofocante que había creado la acumulación sobre casos de pedofilia, en una Carta a los católicos de Irlanda, país donde se han producido algunos de los casos más graves, pero ni mucho menos el único. Pero después de esta iniciativa, otras revelaciones y denuncias no sólo han cuestionado la eficacia del intento, sIno que han puesto en entredicho la propia credibilidad del actual Papa.

PECADO Y DELITO, ENCUBRIMIENTO Y RESPONSABILIDAD

En su pastoral a los obispos irlandeses, Ratzinger condenó con aparente claridad y contundencia los abusos sexuales a menores y afirmó la obligación ética y legal de colaborar con las autoridades civiles en el esclarecimiento de los hechos y en la depuración de responsabilidades. En un gesto sin precedentes, anunció la creación de una delegación para investigar la situación en Irlanda.
Y, sin embargo, causó un profundo malestar en círculos cristianos y laicos la ambigüedad manifestada en algunos aspectos críticos, a saber…
- No abogó claramente por una condena ejemplar, ni defendió medidas sancionadoras rotundas. Como jefe de un Estado, Ratzinger desarrolló un discurso impecable de colaboración con la justicia y persecución del delito. Pero en su calidad de líder espiritual, opuso la exigencia doctrinal del perdón y la redención del pecado.
- Ratzinger no mencionó la colusion entre la jerarquía católica irlandesa y las autoridades policiales en el mantenimiento del silencio y la ocultación de los hechos. Como consecuencia de la publicación del Informe gubernamental irlandés sobre los abusos sexuales de sacerdotes, cuatro obispos aludidos expresamente por posible responsabilidad en el ocultamiento de los hechos, presentaron su renuncia al cargo, pero el Papa sobre aceptó una de ellas.
- El mensaje se centró exclusivamente en Irlanda y las referencias a la extensión de la lacra fueron vagas o generales, sin menc ionar países ni señalar responsabilidades con nombres y apellidos, incluso de aquellos que han sido sancionados o incluso condenados.
Esta percibida ambigüedad ha despertado un rechazo muy apreciable en medios laicos y en círculos cristianos críticos. Es particularmente agudo el comentario de Terrence McKierman, fundador y presidente de una iniciativa ciudadana llamada Responsabilidadepiscopal.org, dedicada a rastrear el historial de los abusos: “Existe una fuerte tendencia a abordar este asunto como un problema de fé, cuando se trata en realidad de un problema de gestión eclesial y de incumplimiento de la obligación de dar cuenta de los actos”.
Varios expertos vaticanistas han rastreado la labor realizada por Ratzinger en la persecución y depuración de los delitos de abusos. En 1982, tres años y pico después de la entronización de Wojtila en Roma, Ratzinger asciende al cargo de Prefecto para la Doctrina de la Fé, una especie de Alto Comisariado doctrinal. Desde esta posición, y por su influencia decisiva en su antecesor papal, Ratzinger ejercía el puesto más determinante en la Curia. Pero no sólo eso. En el año 2001, el Vaticano aprobó una directiva queatribuía a la Congregación para la Doctrina de la Fé la competencia para tratar el espinoso asunto de los abusales sexuales cometidos por clérigos. Por tanto, el Papa polaco depositó en Ratzinger, su cardenal favorito, la máxima responsabilidad de la Iglesia en esa polémica materia. De ahí su responsabilidad. De ahí que Ratzinger se encuentre en el ojo del huracán.
La directiva de 2001 establecía otro principio, que ahora se revela devastador para la credibilidad de la jerarquía eclesiástica: la observación de un estricto secreto en el manejo de los casos de abusos sexuales. Se aducía entonces que con esta medida se pretendía proteger a las víctimas. Algunos analistas han resaltado la contradicción que supone recomendar la práctica del secreto y, cuando han comenzado a acumularse los escándalos, pedir a las diócesis locales que cooperen con la justicia.
Esta contradicción genera sospechas de hipocresia. En las páginas de LE MONDE, el director de su suplemento dedicado a las religiones, Frederick Lenoir, al referirse al silencio de los obispos durante décadas, emplea el término omertá, el que se utiliza en el código de la Mafia para mantener la ocultación de los delitos. Lenoir admite que, “desde 2001, Ratzinger ha sido impecable”. ¿Pero y antes?, “Antes –añade-es un misterio”.

¿RATZINGER, ENCUBRIDOR?

Según el NEW YORK TIMES, ni lo uno, ni lo otro. En una serie de artículos dedicados a calibrar la responsabilidad de Ratzinger en el encubrimiento de los delitos sexuales, el diario neoyorquino desvela actitudes y posiciones del actual Papa que resultan sumamente comprometedoras, desde luego sobre su credibilidad, y quizás algo más.
Lo más dañino es la revelación de que Ratzinger accedió a proteger al clérigo Lawrence Murphy, de Milwaukee (Winconsin, Estados Unidos), quien, según informes acreditados, había abusado de 200 niños con discapacidad auditiva ¡durante un cuarto de siglo! Después de frustrantes intentos fallidos de impedir que Murphy siguiera en contacto con niños de los que podía abusar, el asunto llegó a Ratzinger en 1996, en su calidad de máxima autoridad vaticana en la materia. El cardenal alemán se enfrentó entonces a un dilema tremendo: castigar al culpable, expulsandolo de la Iglesia, o atender a la suplicas del abusador que, en una carta personal, le rogaba que se le permitiera “vivir el tiempo que le quedaba en la dignidad del sacerdocio”. No hay prueba documental de la respuesta de Ratzinger. Pero Murphy murió dos años después, todavía como sacerdote en activo, lo que inclina a pensar que el futuro Papa optó por el perdón. Desde los ámbitos más críticos, se ha reprochado a Ratzinger que se haya autoexcluido de las admoniciones pronunciadas a los irlandeses.
Pero no es ésta la única mancha en el historial de Ratzinger. Otra no menos inquietante se refiere a su etapa como cabeza de la Iglesia en Munich. En aquellos años, entre 1977 y 1982, el Arzobispado de la capital bávara autorizó la acogida del cura Peter Hullermann, que había sido expulsado de Essen por haber abusado sexualmente de menores. El pedófilo fue sometido a terapia pero al cabo de poco tiempo volvió a ser encargado de un trabajo pastoral que incluía el trato con niños, a pesar de numerosos informes psiquiátricos que lo desaconsejaban rotundamente. Seis años después, el sacerdote Hullermann fue condenado a dieciocho meses de cárcel por delito de abuso sexual, una pena que no llegó a cumplir por beneficios penitenciarios.
Desde el Vaticano se explica que Ratzinger delegó la gestión de ese asunto en su Vicario General , Gerhard Gruber, quien asumió la completa responsabilidad. Pero es imposible que, dada la gravedad del caso, el entonces Arzobispo de Munich permaneciera en completa ignorancia sobre los hechos o se inhibiera.
En el Vaticano sentaron muy mal las revelaciones del Times. El OBSERVATORE ROMANO afirmó que los medios han actuado “con el claro e innoble intento de intentar golpear a Benedicto XVI y a sus más próximos colaboradoes a cualquier precio”.
En una línea de defensa más templada, otros expertos y periodistas del clrculo vaticano como Andreas Englisch y otros, alegan que, en su etapa alemana, manifestaba una completa desatención por los asuntos de personal o administrativos, lo que explicaría su falta de celo con los sospechosos de abuso. Sin embargo, el propio NEW YORK TIMES y otros medios han recordado estos días cómo Ratzinger si se implicó activamente en otros asuntos de personal, como el veto el nombramiento de un profesor de teología por sus inclinaciones progresistas o el castigo de un sacerdote que ofició una misa durante una de las numerosas misas pacifistas de primeros de los noventa. “Como Arzobispo –sentencia el TIMES- Benedicto empleó más energía en perseguir a los teólogos disidentes que a los delicuentes sexuales”. DIE ZIET afirma que “en 1980, Joseph Ratzinger fue parte del problema que le preocupa a él mismo hoy”. O sea, el silencio, el encubrimiento, el fomento, negligente o activo, de la impunidad.

OBAMA Y SARKOZY, DOS DESTINOS

25de marzo de 210

Los dos se encontrarán la semana que viene, en la cumbre transatlántica que tradicionalmente mayor interés político y mediático global suele despertar. Las habituales fricciones entre París y Washington –elevadas al rango categórico en las relaciones internacionales desde la época gaullista- parecen ahora mitigadas, después de que se superaran los peores momentos de la invasión de Irak.
Obama y Sarkozy representan dos perfiles muy distintos y dos proyectos políticos de pronunciado contraste. A cualquier analista le resultaría muy fácil oponer sus diferencias.Y, sin embargo, existen ciertas semejanzas subyacentes en las trayectorias, estilos y desafíos de cada uno de ellos.
En el pulso del momento, las diferencias prevalecen. El presidente norteamericano, viene de saborear una victoria que ha sabido mejor si cabe por lo incierto y arriesgado que llegó a presentarse. Su colega francés arrastra la primera derrota indiscutible desde que llegó triunfal al Eliseo. Se trata de una mera circunstancia de la caprichosa rueda de la fortuna política. Lo que nos parece más interesante es reflexionar sobre los destinos políticos que les ha tocado liderar y gestionar. Y aquí detectamos diferencias abismales, por supuesto, pero tambien curiosas coincidencias.
Ambos son políticos contradictorios, productos –y victimas potenciales, también- de la nunca resuelta tensión entre imagen y sustancia, que caracteriza estos tiempos de mercantilización de la política. Obama quiere “cambiar el rumbo”de su país, como pregonó en su ultramediática campaña, pero subvirtiendo las raíces de la familia política a la que pertenece, el Partido Demócrata, en permanente crisis de identidad. Sarkozy debe gran parte de su liderazgo a la ambición de trastocar la cultura política y el contrato social sobre el que se han establecido la cuarta y la quinta repúblicas. Ambos, aunque cada uno en su estilo, han presumido de esa voluntad transformadora que, probablemente, en los dos casos, se sitúe muy por encima de sus posibilidades reales. Los dos son partidarios de jugar a romper moldes, más que a romperlos en realidad. Pero los dos son conscientes de que los políticos, -los grandes o muy grandes, incluso- más que impulsar la historia, la mayoría de las veces son arrastrados por ella.
A Obama le ha tocado la responsabilidad de liderar la reforma de la atención sanitaria, aunque no era ése el principal proyecto de su campaña, ni siquiera fuera su planteamiento el más atrevido de su programa como candidato. Otros correligionarios demócratas eran más ambiciosos. Pero había una necesidad objetiva de hacerlo. El táctico Obama consideró seriamente aparcar el envite. Pero ya fuera por propia convicción o por oportuno consejo de su círculo más cercano, lo cierto es que asumió todos los riesgos de la batalla final. Al ganarla, probablemente ha marcado el destino de su mandato. Pero veremos… En los análisis políticos hay una exagerada tendencia a magnificar los acontecimientos inmediatos.
Lo que Obama ha hecho es proponer un giro en la trayectoria de América. La última vez que un presidente cambió de rumbo fue Ronald Reagan en los ochenta. El propio Obama recreaba este hecho, con una admiración que disgustó a los progresistas. La “revolución conservadora” agudizó las desigualdades sociales hasta niveles no conocidos en un siglo. En un interesante artículo en THE NEW YORK TIMES, uno de sus gurús económicos, David Leonhart, analiza la reforma sanitaria precisamente en esta clave: como corrección –parcial, incompleta- del proceso de desigualación social del proyecto neoliberal en América. Aconsejamos completar su lectura con el artículo del corresponsal político del semanario progresista THE NATION. Después de felicitarse por la aprobación de la ley en la Cámara Baja, John Nichols insta a “reformar la reforma”, precisamente por sus “insuficiencias y por su limitado alcance a la hora de afrontar el principal problema de la salud en su país: el dominio abusivo que ejerce sobre ella una industria aseguradora voraz y tramposa.
Nicolas Sarkozy también ha pretendido cambiar el rumbo de Francia, rompiendo en primer lugar con algunos tabúes de su familia política, el gaullismo. Ya casi nadie con relevancia política se reclama de ese marchamo nacionalista gastado por el uso y por el abuso.El orgullo del gaullismo se ha disuelto en el magma de sus contradicciones y su retórica grandilocuente. Sarkozy expresó mejor que nadie la necesidad de enterrarlo. Como quiso superar también el discurso antinorteamericano de salón. Construir una derecha moderna, defensora de los interesentes de siempre, pero con los mensajes oportunistas del centrismo. La fórmula parecía rentable, hasta que la pavorosa crisis financiera, primero, y económica, a continuación, hizo aflorar la verdadera crisis de Francia: la crisis social.
La elevada abstención registrada en las elecciones regionales habilita al principal editorialista de LE MONDE, Eric Fottorino, a pergeñar este diagnóstico: “Una Francia al borde de la crisis de nervios, incapaz de proyectarse en un porvenir común… sin encontrar en el Estado o en la política un recurso adaptado a sus males”. La lista de esos males está encabezada por un desempleo de larga duración y la recurrente crisis del “modelo social”. Cabría preguntarse si lo que está en crisis, no sólo en Francia, sino en gran parte de Europa, es ese modelo social de protección y promoción de derechos sociales o precisamente lo contrario: la falta de voluntad política para defenderlo, reformarlo y reforzarlo. O , como denuncian los progresistas norteamericanos, las amenazas no surgen de invertir en desarrollo social, sino de tener miedo a hacerlo.
En LIBERATION, el afamado analista Alain Duhamel hace recaer la responsabilidad del batacazo electoral del centro-derecha francés sobre el “hiperpresidente”. Considera que Sarkozy tiene dos posiblidades: “renunciar a varias reformas” o, “admitiendo y corrigiendo errores”, asumir los riesgos de continuar adelante. Le desaconseja lo primero, que Duhamel tilda de “derrotismo después de bonapartismo”, y le emplaza a lo segundo, con este programa: reforma ambiciosa de pensiones, actuación vigorosa contra los nichos fiscales y, con dimensión internacional, liderar la regulación de los mercados financieros.
La izquierda francesa ha recuperado oxígeno después de una asfixia que amenazaba ya con colapsar su cerebro político. Las encuestas de temperatura indican que la mayoría de los franceses quiere un cambio en el Eliseo en 2012. Lo que significaría un fracaso estrepitoso del proyecto sarkoziano de reforma. También en Estados Unidos, ciertos sondeos predicen que los republicanos tienen serias posibilidades de recuperar la mayoría legislativa en noviembre. Tanto Obama como Sarkozy van a gobernar en los próximos meses bajo la presión electoral. Una prueba interesante para comprobar sus respectivas voluntades “reformistas” y para calibrar el alcance de sus destinos políticos.

CATORCE MESES DESPUÉS

22 de marzo de 2010

Obama ha conseguido el primer gran éxito de su presidencia. Catorce meses de vacilaciones propias, de campañas insidiosas o groseras, de un debate en muchos momentos venenoso y terrible, la reforma de la sanidad ha salido adelante. Hay que confiar en que termine convirtiendose no en un triunfo suyo, sino de todo su país.
La Cámara de Representantes votó a favor de la versión que le había enviado el Senado por sólo tres votos de márgen. En un voto posterior, fueron aprobadas unas enmiendas que mejoran la ley y que ahora el Senado tendrá que considerar, seguramente de forma positiva. Ni un solo congresista republicano votó a favor.
El presidente parecía satisfecho al término de la votación. “No se trata de una reforma radical, pero si de una gran reforma”. Incluso después de conseguida la victoria, Obama se vió obligado a seguir espantando los fantasmas que han estado agitando la minoría conservadora. En este debate, los republicanos se han echado en brazos de la ultraderecha (los tea party y otros grupos de francotiradores contra todo aquello que suponga un avance social), de forma irresponsable. Incluso los comentaristas que han preferido mantener la neutralidad más escrupulosa, e incluso los que ofrecían un acreditado perfil moderado, han repudiado la estrategia destructiva del liderazgo republicano.
Ha habido, naturalmente, una motivación electoral, ya que muchos de ellos esperan que el salario del miedo les haga recuperar la mayoría en las elecciones legislativas de noviembre. Pero han operado también otros cálculos a más largo plazo: destruir la presidencia de Obama y afianzar un proyecto férreamente conservador, antes de que la población tome conciencia del enorme fiasco de la era neoliberal.
Los republicanos han predecido el hundimiento de América debido a esta ley, nada menos. Un “Frankestein fiscal”, “una vergüenza” dijeron anoche sus líderes en la Cámara”. Alarmistas e irresponsables, pero no originales. Es interesante recordar lo que los ultraconservadores profetizaron cuando Franklin sacó adelante la Seguridad Social en 1935: “Este ley supondrá la muerte de América”. Lo mismo reprocharon a Lyndon Johnson sacó adelante Medicare, el programa Medicare, de asistencia sanitaria a los más necesitados, a mediados de los sesenta. Más terribles fueron los ataques contra la Ley de Derechos Civiles, que alejó a Estados Unidos del racismo. Reagan también elevó el programa de cobertura sanitaria a la condición de “amenaza para la libertad americana”.
Obama, tantas veces vacilante en este año largo de presidencia, decidió finalmente afrontar esta propanganda malsana y colocarse en la senda histórica de Roosevelt y de Johnson, para hacer progresar a su país.
Como dice David Sanger, el principal corresponsal político del NEW YORK TIMES, este éxito –compartido por la mayoría, que no por la totalidad de sus correligionarios demócratas- tiene, sin embargo, un precio, y no pequeño. Se acabó la ilusión del “post-partidismo”. Al final, la política américana ha permanecido escindida en dos. Después de este debate será muy difícil que “se crucen los pasillos del Capitolio”.
El desgaste de estos meses habrá merecido la pena si los principios establecidos en la ley se cumplen. La reforma garantizará la cobertura sanitaria a más del 95% de la población en 2014. Antes se arbitraran medidas provisionales que cubrirán a lo que ahora están sin atender, someterá a control a las compañías aseguradores para que no nieguen la cobertura a personas en riesgo de contraer enfermedades, limitarán los gastos que no incidan directamente en la atención sanitaria, gravará aquellas polizas más caras o menos eficientes, establecerá un sistema de control del déficit con numerosas garantías y muchas más medidas que mejorarán el deficiente sistema actual.
En definitiva, esa reforma colocará a Estados Unidos más cerca de la familia de paises socialmente civilizados.