17 de febrero de 2011
Egipto, don del Nilo, proclamó Herodoto. Las crecidas del río daban vida al país, porque regaban sus campos y alimentaban a sus gentes. En el arranque del siglo XXI, ha sido otra crecida, ésta política, de carácter democrático, la que puede convertirse en semilla promisoria de un futuro distinto y mejor para Egipto. Y para todos sus vecinos.
CON LA GUARDIA EN ALTO
Es muy posible que tengan razón los que aconsejan prudencia ante la evolución de los acontecimientos en Egipto, después de la aceleración histórica provocada por la crecida democrática de las últimas tres semanas. Tranquiliza, no obstante, que los propios líderes del movimiento juvenil que ha jubilado precipitadamente al raïs aseguren que mantienen de momento la confianza en la cúpula militar.
La situación es paradójica, cuando menos. Es verdad que el régimen sigue intacto, y que, salvo algunos policías expedientados y ciertos ex-ministros bajo la lupa, sólo Mubarak ha pagado los platos rotos. Es verdad que, nominalmente, en la cabeza del Estado se encuentra el militar más significado de la etapa anterior, el ministro de Defensa Tantawi, a quien los propios dirigentes de la revuelta motejaban como "el perrito faldero de Mubarak". Es verdad que las promesas de una democracia plena y sin trampas han conseguido por fin disolver las manifestaciones populares, después de dos semanas de seducción militar fallida.
Pero no es menos cierto que los primeros pasos prácticos resultan alentadores. El panel de juristas que prepara una nueva Constitución presenta una composición plural y hasta inesperada, con la presencia al frente de un destacado crítico del presidente depuesto, de un prestigioso jurista abiertamente identificado con los Hermanos Musulmanes y de otro cristiano de credo copto, la principal minoría del país. O que los pronunciamientos públicos de la cúspide castrense parecen negar cualquier eventualidad de permanencia en el poder más allá de lo que lleve organizar la consagración de una democracia abierta y pluralista. Incluso se ha autorizado la recogida de fondos para asistir a familias de los caídos durante las protestas. Y muchos detalles más que hacen mostrar un semblante de confianza a los 'jóvenes egipcios' que se han ganado la admiración mundial.
Y con eso y todo, en la medida en que nadie se convierte a la democracia de la noche a la mañana, los que se resistían a dejar la Plaza de Tahrir o los que no bajan la guardia merecen respeto y atención.
PERFIL DE UNA REVOLUCIÓN
En espera de que se despejen todas esas dudas, lo más interesante de estos días han sido los análisis y disecciones de las fuerzas revolucionarias. Con escasas discrepancias, éste sería el retrato robot del primer agente revolucionario en el mundo árabe desde mitad del siglo pasado:
- persona joven, en su treintena, como edad dominante;
- hombre o mujer, sin distinción significativa de género;
- liderazgo competente, preparado, reflexivo y flexible.
- mensaje laico, moderno, abierto y tolerante, que no ha excluido a la juventud de los Hermanos Musulmanes, en gran parte porque en ningún momento los islamistas han intentado pescar en río revuelto
- conocedores de los recursos comunicativos electrónicos (al menos a nivel de usuario, y más avanzado entre los líderes)
- inspiración en el propio movimiento tunecino, con viajes significativos en momentos cruciales de la apuesta revolucionaria.
- influencia de asociaciones democráticas horizontales y partidarias de la no violencia, poco conocidas en Occidente, como la serbia Otpor (que resultó decisivo en la caída de Milosevic), y el pensador norteamericano Gene Sharp, a quien de momento nadie cuelga sospechosas vinculaciones.
- madurez inesperada de una oposición acostumbrada a la humillación y el ninguneo, que ha sabido dejar el control del movimiento a sus verdaderos inspiradores y no apuntarse de forma oportunista un falso protagonismo.
PARTE PROVISIONAL DEL CONTAGIO
A medida que pasan los días, brotan los focos de tensión, se amplían y extienden las protestas y el virus contestatario gana pie en otros países islámicos: Argelia, Libia, Yemen, Irán, Irak (¡Irak!), Jordania, Marruecos, Bahrein... No hay tiempo para detenerse en todos. Los dos últimos han sorprendido a algunos, por cuando se consideraba que los tronos concitan un respeto reverencial que no infunden las repúblicas. ¿Será otra falsa creencia, como las que han quedado ridiculizadas a orillas del Nilo? A la hora de escribir esta crónica, Bahrein se perfila como el escenario más caliente. Tropas en las calles, contestación abierta, dinamismo bloguero, fuerte sensación de marginación de la mayoría chií (80% de la población) frente a un gobierno poco querido, el de la familia Jalifa, no por ser sunní, sino por su estilo autoritario y nepótico.
Con especial interés aguardamos los acontecimientos en Marruecos. La manifestación prevista para el domingo puede sacar a nuestro vecino de la falsa sensación de estabilidad en la que se agazapaba desde el comienzo de las protestas en la inmensa plaza pública árabe de este invierno.
Irán es un caso ciertamente aparte. Se trata del único país en el que los occidentales han alentado expresamente a los opositores que pretenden acabar con el régimen gobernante. Ni siquiera le acompaña Libia en esta categoría, después de que Gadaffi entrara ya hace años por el aro y perdiera hasta el mínimo eco contestatario de la hegemonía occidental. Importante e inoportuno ejercicio de hipocresía occidental: por muy despreciables que resulten los dirigentes de la República islámica, resulta obsceno el descaro con que se acude a la doble vara de medir.
DOBLE RASERO OCCIDENTAL
Estados Unidos ha hecho el mayor gasto hasta el momento en la gestión de la crisis, aunque su capacidad de influencia haya resultado limitada, como subrayan los atónitos analistas norteamericanos. Estos días se han ido conociendo con más detalle las contradicciones, dobles lenguajes y raseros, mensajes equívocos y fricciones en el interior de la administración Obama.
La preocupación de Obama ante la posibilidad cierta de ser colocado en el 'lado equivocado de la historia' por las poblaciones árabes desconcertó a muchos de sus más cercanos colaboradores, que tiraron del manual de los intereses y escondieron el de los valores. Quizás porque él mismo resultó por momentos preso de la ansiedad ante un cambio demasiado rápido. Al final, tuvo que convencer a algunos de sus irritados aliados, que le aconsejaban mantener la 'cabeza fría' y no llevar demasiado lejos la aplicación práctica de su famoso discurso pronunciado precisamente en El Cairo durante su primera gira por Oriente Medio.
Más allá del desconcierto, el papel de Occidente en este proceso abierto y de resultado aún incierto merece una profunda reflexión, aunque no hay que hacerse demasiadas ilusiones. No deja de resultar grotesco que, mientras las poblaciones árabes parecen decididas a levantarse contra sistemas de gobierno autoritarios, ineficaces, insensibles y caducos, una de las democracias con más carga de historia, la italiana, arrastre lo que arrastra. El caso Berlusconi resulta casi un guiño de la Historia, una coincidencia asombrosa y un signo del empobrecimiento democrático en Occidente.
UN GRAN DÍA PARA EGIPTO
11 de febrero de 2011
… Y para todos los pueblos árabes. Nadie habría aventurado hace apenas unas semanas que el moderno faraón pudiera ser abatido del pedestal blindado por décadas de autoritarismo, abuso de poder, miedo, embrutecimiento y complicidad exterior.
Mubarak no se ha ido. Lo han echado centenares de miles de personas, la mayoría jóvenes, que ha convertido su condición de esperanza potencial en auténtica realidad ilusionante de un futuro mejor para el país.
A media tarde del viernes no sabemos todos los detalles que han terminando doblegando la resistencia del raïs, cuyo último testimonio fue el decepcionante discurso de la noche del jueves.
Es más que probable que haya sido finalmente el Ejército el que le ha señalado la puerta de salida a un presidente que se había escondido y atrincherado en el Palacio de Heliópolis. En todo caso, es la institución militar la que toma el mando. Se trata de la mejor opción posible, siempre y cuando los militares interpreten correctamente y sin trampas la voluntad popular.
El actual Jefe de las Fuerzas Armadas, General Sami Hafez Enam, es un hombre de sesenta años que ha tenido una formación distinta a la de Mubarak, Suleiman y Tantawi (Ministro de Defensa), pertenecientes a una generación anterior. Pero se sabe muy poco de las deliberaciones que han celebrado estos días los altos mandos castrenses. Es significativo que se haya reunido el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ya que sólo lo había hecho anteriormente en 1967 y 1973, durante las dos guerras contra Israel.
El portavoz de la oposición con mejor predicamento en Occidente y entre la juventud laica egipcia, Mohamed ElBaradei, había solicitado ese esfuerzo patriótico a las Fuerzas Armadas. Reconociendo su importancia en la estabilización de una ‘transición ordenada’ (pero también inequívoca) hacia una verdadera democracia pluralista que garantice una mayor justicia social, ElBaradei propone que un militar forme parte de un Consejo Presidencial provisional junto a otros dos miembros por determinar. La hoja de ruta de la revolución propuesta por la oposición es sensata y de libro: disolución del Parlamento, abolición de la Constitución y redacción de un nueva bajo la que se celebren elecciones en el plazo de un año.
Queda por aclarar si se legalizarán todos los partidos, incluidos los más radicales o los islamistas, Aparte de otros muchos detalles que se irán dilucidando en los próximos días….
De momento, este viernes este día ocupa ya un lugar destacado en el calendario moderno de Egipto.
Por cierto, y como curiosidad, un día como hoy, hace 32 años (en 1979), triunfaba otra revolución en el mundo islámico. Los seguidores de Jomeini forzaban el final de la dictadura del Sha. Sólo una casualidad, por supuesto, ya que ni el momento, ni el contexto, ni el propósito de ambos acontecimientos históricos pueden o deben ser comparados.
… Y para todos los pueblos árabes. Nadie habría aventurado hace apenas unas semanas que el moderno faraón pudiera ser abatido del pedestal blindado por décadas de autoritarismo, abuso de poder, miedo, embrutecimiento y complicidad exterior.
Mubarak no se ha ido. Lo han echado centenares de miles de personas, la mayoría jóvenes, que ha convertido su condición de esperanza potencial en auténtica realidad ilusionante de un futuro mejor para el país.
A media tarde del viernes no sabemos todos los detalles que han terminando doblegando la resistencia del raïs, cuyo último testimonio fue el decepcionante discurso de la noche del jueves.
Es más que probable que haya sido finalmente el Ejército el que le ha señalado la puerta de salida a un presidente que se había escondido y atrincherado en el Palacio de Heliópolis. En todo caso, es la institución militar la que toma el mando. Se trata de la mejor opción posible, siempre y cuando los militares interpreten correctamente y sin trampas la voluntad popular.
El actual Jefe de las Fuerzas Armadas, General Sami Hafez Enam, es un hombre de sesenta años que ha tenido una formación distinta a la de Mubarak, Suleiman y Tantawi (Ministro de Defensa), pertenecientes a una generación anterior. Pero se sabe muy poco de las deliberaciones que han celebrado estos días los altos mandos castrenses. Es significativo que se haya reunido el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ya que sólo lo había hecho anteriormente en 1967 y 1973, durante las dos guerras contra Israel.
El portavoz de la oposición con mejor predicamento en Occidente y entre la juventud laica egipcia, Mohamed ElBaradei, había solicitado ese esfuerzo patriótico a las Fuerzas Armadas. Reconociendo su importancia en la estabilización de una ‘transición ordenada’ (pero también inequívoca) hacia una verdadera democracia pluralista que garantice una mayor justicia social, ElBaradei propone que un militar forme parte de un Consejo Presidencial provisional junto a otros dos miembros por determinar. La hoja de ruta de la revolución propuesta por la oposición es sensata y de libro: disolución del Parlamento, abolición de la Constitución y redacción de un nueva bajo la que se celebren elecciones en el plazo de un año.
Queda por aclarar si se legalizarán todos los partidos, incluidos los más radicales o los islamistas, Aparte de otros muchos detalles que se irán dilucidando en los próximos días….
De momento, este viernes este día ocupa ya un lugar destacado en el calendario moderno de Egipto.
Por cierto, y como curiosidad, un día como hoy, hace 32 años (en 1979), triunfaba otra revolución en el mundo islámico. Los seguidores de Jomeini forzaban el final de la dictadura del Sha. Sólo una casualidad, por supuesto, ya que ni el momento, ni el contexto, ni el propósito de ambos acontecimientos históricos pueden o deben ser comparados.
EL SECUESTRO DE LA REVOLUCION
10 de febrero de 2011
A medida que pasan los días, crece la incertidumbre sobre la suerte de la revolución egipcia. Todos los actores de la crisis tratan de fortalecen sus posiciones conscientes de que no se ha dicho la última palabra.
LA PEREGRINACION DE TAHRIR
El actor principal, el pueblo egipcio que desea el cambio y desea que empieza ya, sin demoras, ni condiciones, ni trampas, se prepara para un pulso largo, complicado y peligroso. La plaza Tahrir se ha convertido en núcleo y símbolo de la protesta popular. ‘República Tahrir’ como le ha denominado el analista norteamericano Roger Cohen, uno de los editorialistas de NEW YORK TIMES. El otro, el afamado Thomas Friedman cita a un amigo cairota que ve la congragación del céntrico enclave como la “hajj a la Meca”; es decir, la peregrinación al principal sitio sagrado del Islam.
Con este analogía, el amigo de Friedman invita a una brillante reflexión sobre la naturaleza que, día a día, adopta la rebelión popular contra el autoritario régimen egipcio. No se trata de un movimiento religioso, ni de un ejemplo más de la amenaza islámica, como durante décadas ha esgrimido Mubarak para garantizarse el apoyo blindado de Washington.
Estos días se han leído en la prensa árabe, en Al Jazeera (que ahora descubren con ingenuo asombro muchos comentaristas norteamericanos) y los medios internacionales numerosos reportajes con los portavoces de la protesta. La reaparición esta semana del gerente de Google en Egipto , Wael Ghonim, en la Plaza Tahrir y en una entrevista posterior con un canal de televisión, después de haber sido detenido el 28 de enero por las fuerzas de seguridad, provocó un impulso de entusiasmo entre los resistentes. Ghonim favoreció la propagación de los primeros conatos de protestas al abrir una página en la red social Facebook con el título “Todos somo Jaled Said”, el joven que resultó muerto a palos en Alejandría y que se ha convertido, de alguna manera, en el ‘bouazizi egipcio’.
El protagonismo juvenil en la revolución es el elemento clave. Como se ha dicho estos días, los 100 millones de árabes entre 18 y 30 años parecen haber dado el paso definitivo hacia la liberación de su países, con una agenda en la que resulta difícil percibir un aroma islámico, sino más bien una aspiración de bienestar y modernidad. El efecto de las redes sociales, de la conectividad global ha sido condición necesaria pero no suficiente de la movilización, por mucho que se quiera seguir aventando el riesgo de extremismo religioso.
ENTENDER A LA HERMANDAD
Estos días se han publicado análisis interesantes en la prensa internacional acerca de la estrategia de los Hermanos Musulmanes (HM), el principal grupo político egipcio con identidad islámica. En LE MONDE, bajo el título ‘Qué quieren los Hermanos Musulmanes’ se pasa revista a la realidad actual de esta formación política, social y cultural, con la aportación de varios es expertos que han venido estudiando sus planteamientos y su evolución reciente.
Existe cierto consenso en considerar que en los Hm cohabitan varias sensibilidades, que podrían agruparse en tres tendencias fundamentales: los teocráticos, partidarios de un régimen a lo iraní; los salafistas, que avalarían una interpretación rigorista de los textos, en la línea de los saudíes; y, finalmente, los ‘demócratas’ o ‘reformistas’, para los cuales es preciso, al menos de momento, conciliar la charía con la democracia.
Los expertos consultados por LE MONDE ofrecen distintas visiones sobre la estrategia de los HM ante la revolución en marcha que vive Egipto.
Tewflik Aklimandos, historiador en el Colegio de Francia, estima que esa división es doctrinal pero no política y que, en caso de necesidad, el aparato ordenará una movilización de las bases con presupuestos todavía alejados de la ‘conversión democrática’. “Como los bolcheviques en 1917”, asegura.
En cambio, otros dos expertos discrepan de esta visión crítica. Stéphan Lacroix, islamista en la Facultad de Ciencias Políticas de París, admite que los militantes no se han definido sobre la estrategia a seguir y que el proceso de depuración estratégica sigue pendiente. La actitud conciliadora surge del convencimiento de que, “si fracasan las negociaciones, ellos saben que serán las primeras víctimas de la represión”. En todo caso, Lacroix considera que esta prudencia no es simplemente táctica y parece convencido de que, si el espacio político se abre, los HM se conformarán como partido islámico-conservador, porque saben que “el islamismo triunfante de los primeros setenta se ha apaciguado”.
Con esta apreciación coincide Joshua Stacher, un investigador de la universidad norteamericana de Kent. El modelo sería el APK turco, el partido del primer ministro Erdogan. Lo que no quiere decir que la Hermandad abandonara definitivamente su programa máximo: simplemente aplazaría su ejecución hasta fortalecer sus posiciones sociales e institucionales.
En el NEW YORK TIMES, un inestigador de las actuaciones de la CIA en Oriente Medio se muestra también confiado en la evolución democrática de los HM, no tanto por convicción, cuanto por necesidad. Reuel Marc Gerecht afirma que esta formación está intentando conciliar el islam con la libertad, en una especia de ‘confluencia de civilizaciones’ (frente a ese choque inevitable tan denostado que aventuraba Huttington), porque sabe que no tiene otro camino para llegar al poder.
LA ANESTESIA DE SULEIMÁN
El régimen egipcio está consiguiendo ganar tiempo, pero aún no ha conseguido ‘secuestrar la revolución’. Las maniobras de Suleimán son todo lo hábiles que se esperaban, porque se conocía la sutileza con que se conduce este personaje, el preferido por Israel para la sucesión de Mubarak, según confirmaron algunos de los despachos de Wikileaks. Promete un calendario de reformas y un compromiso democrático. Pero la presión de la calle le ha obligado a mostrar la fiereza autoritaria, al decir que ‘Egipto no estaba maduro para la democracia’, que la retirada inmediata de Mubarak conduciría al caos, o que no se puede descartar un ‘golpe’ (no dijo de quien) si los manifestantes desbordaban los límites.
Los contactos que ha mantenido Suleimán con las fuerzas políticas de la oposición permiten interpretar la estrategia del poder: retrasar compromisos, asegurar el control de la calle, debilitar a la oposición mediante maniobras divisorias y alentar el desasosiego árabe para favorecer las presiones sobre Washington.
EL EMBROLLO DE OBAMA
La administración Obama se ha enredado. En Washington se ha diluido las expresiones de simpatía ante las manifestaciones de entusiasmo popular, tan del gusto presidencial. Las consideraciones pragmáticas han recobrado en Washington el papel dominante que ocuparon los primeros días de revuelta. No poco habrán influido las llamadas implorantes desde Ryad, Amann y otras capitales árabes. Pero sobre todo el intenso teléfono rojo con Tel Aviv.
Fuentes oficiales norteamericanas se empeñan en quitar importancia al atasco y afirman que las partes se han dado un respiro. Pero esta fase de espera hace que emerjan las consideraciones críticas. La elección de Frank Wisner como enviado especial ante el raïs durante la fase álgida de las protestas resultó una torpeza incomprensible, debido a su perfil sospechoso por sus relaciones personales de larga data con Mubarak y su condición de abogado del Ejército egipcio.
Probablemente, Obama persiga una equidistancia entre la ‘República Tahrir’ y sus aliados regionales. Sería lo ideal para conservar intereses y preservar su imagen de líder idealista comprometido con libertad y el cambio. Pero no le será fácil que la dupla Mubarak-Suleimán acepte algunos puntos de su plan para esa “transición ordenada”. Lo más inmediato, el levantamiento del estado de sitio y la renuncia a todo tipo de práctica represiva. Y, lo esencial: que las negociaciones con la oposición estén basadas en propuestas ‘significativas’ sobre el futuro político de Egipto.
Por segunda vez desde el comienzo de la crisis, el Vicepresidente Biden le ha leído esta cartilla Suleiman, aunque quizás en esta ocasión con otras provisiones más discretas. Lo que no sabemos es si han sido ‘conminaciones’ o ‘recomendaciones’ para evitar que los intereses pro-occidentales no corran riesgos innecesarios.
En todo caso, no se habla, públicamente, por supuesto, de la renuncia de Mubarak, que los revolucionarios han convertido en ‘arco de su estrategia’ de combate y que la Casa Blanca, por razones obvias, elude. No sólo por conveniencia, sino por estética diplomática.
El problema para Washington es que la tozudez de los revolucionarios es inatacable, mientras que la de Mubarak y Suleimán resulta cada día más incómoda. En THE NATION, RICHARD DREYFFUS cree que ‘declinante el poder y la influencia de los Estados Unidos en Oriente Medio. El analista del semanario progresista norteamericano considera que la suspensión de la ayuda militar a Egipto resultaría ahora inconveniente, no porque esté a favor de ella, sino porque se podría repetir el garrafal error cometido con Pakistán, país al que se retiró la ayuda a finales de los noventa, tras el golpe de Musharraf, para luego restablecerla e incrementarla para ganarse el favor de los militares pakistaníes contra Al Qaeda.
El NEW YORK TIMES, periódico tan defensor de la causa judía como de las visiones mundiales de los progresistas templados, añade a las demandas de la Casa Blanca una serie de exigencias para Suleimán; a saber: la creación de una comisión independiente para vigilar el proceso democrático, el criterio pactado para el registro de partidos políticos, el acceso garantizado de todos los participantes a los medios de comunicación oficiales y la presencia de observadores internacionales en las elecciones para supervisar el voto y el recuento.
En Heliópolís, un aislado pero astuto Mubarak debe también ocupar su tiempo en asegurar que su fortuna, más entre 40 y 70 mil millones de dólares, según THE GUARDIAN, se encuentra a buen recaudo. Para eso también necesita este tiempo precioso.
A medida que pasan los días, crece la incertidumbre sobre la suerte de la revolución egipcia. Todos los actores de la crisis tratan de fortalecen sus posiciones conscientes de que no se ha dicho la última palabra.
LA PEREGRINACION DE TAHRIR
El actor principal, el pueblo egipcio que desea el cambio y desea que empieza ya, sin demoras, ni condiciones, ni trampas, se prepara para un pulso largo, complicado y peligroso. La plaza Tahrir se ha convertido en núcleo y símbolo de la protesta popular. ‘República Tahrir’ como le ha denominado el analista norteamericano Roger Cohen, uno de los editorialistas de NEW YORK TIMES. El otro, el afamado Thomas Friedman cita a un amigo cairota que ve la congragación del céntrico enclave como la “hajj a la Meca”; es decir, la peregrinación al principal sitio sagrado del Islam.
Con este analogía, el amigo de Friedman invita a una brillante reflexión sobre la naturaleza que, día a día, adopta la rebelión popular contra el autoritario régimen egipcio. No se trata de un movimiento religioso, ni de un ejemplo más de la amenaza islámica, como durante décadas ha esgrimido Mubarak para garantizarse el apoyo blindado de Washington.
Estos días se han leído en la prensa árabe, en Al Jazeera (que ahora descubren con ingenuo asombro muchos comentaristas norteamericanos) y los medios internacionales numerosos reportajes con los portavoces de la protesta. La reaparición esta semana del gerente de Google en Egipto , Wael Ghonim, en la Plaza Tahrir y en una entrevista posterior con un canal de televisión, después de haber sido detenido el 28 de enero por las fuerzas de seguridad, provocó un impulso de entusiasmo entre los resistentes. Ghonim favoreció la propagación de los primeros conatos de protestas al abrir una página en la red social Facebook con el título “Todos somo Jaled Said”, el joven que resultó muerto a palos en Alejandría y que se ha convertido, de alguna manera, en el ‘bouazizi egipcio’.
El protagonismo juvenil en la revolución es el elemento clave. Como se ha dicho estos días, los 100 millones de árabes entre 18 y 30 años parecen haber dado el paso definitivo hacia la liberación de su países, con una agenda en la que resulta difícil percibir un aroma islámico, sino más bien una aspiración de bienestar y modernidad. El efecto de las redes sociales, de la conectividad global ha sido condición necesaria pero no suficiente de la movilización, por mucho que se quiera seguir aventando el riesgo de extremismo religioso.
ENTENDER A LA HERMANDAD
Estos días se han publicado análisis interesantes en la prensa internacional acerca de la estrategia de los Hermanos Musulmanes (HM), el principal grupo político egipcio con identidad islámica. En LE MONDE, bajo el título ‘Qué quieren los Hermanos Musulmanes’ se pasa revista a la realidad actual de esta formación política, social y cultural, con la aportación de varios es expertos que han venido estudiando sus planteamientos y su evolución reciente.
Existe cierto consenso en considerar que en los Hm cohabitan varias sensibilidades, que podrían agruparse en tres tendencias fundamentales: los teocráticos, partidarios de un régimen a lo iraní; los salafistas, que avalarían una interpretación rigorista de los textos, en la línea de los saudíes; y, finalmente, los ‘demócratas’ o ‘reformistas’, para los cuales es preciso, al menos de momento, conciliar la charía con la democracia.
Los expertos consultados por LE MONDE ofrecen distintas visiones sobre la estrategia de los HM ante la revolución en marcha que vive Egipto.
Tewflik Aklimandos, historiador en el Colegio de Francia, estima que esa división es doctrinal pero no política y que, en caso de necesidad, el aparato ordenará una movilización de las bases con presupuestos todavía alejados de la ‘conversión democrática’. “Como los bolcheviques en 1917”, asegura.
En cambio, otros dos expertos discrepan de esta visión crítica. Stéphan Lacroix, islamista en la Facultad de Ciencias Políticas de París, admite que los militantes no se han definido sobre la estrategia a seguir y que el proceso de depuración estratégica sigue pendiente. La actitud conciliadora surge del convencimiento de que, “si fracasan las negociaciones, ellos saben que serán las primeras víctimas de la represión”. En todo caso, Lacroix considera que esta prudencia no es simplemente táctica y parece convencido de que, si el espacio político se abre, los HM se conformarán como partido islámico-conservador, porque saben que “el islamismo triunfante de los primeros setenta se ha apaciguado”.
Con esta apreciación coincide Joshua Stacher, un investigador de la universidad norteamericana de Kent. El modelo sería el APK turco, el partido del primer ministro Erdogan. Lo que no quiere decir que la Hermandad abandonara definitivamente su programa máximo: simplemente aplazaría su ejecución hasta fortalecer sus posiciones sociales e institucionales.
En el NEW YORK TIMES, un inestigador de las actuaciones de la CIA en Oriente Medio se muestra también confiado en la evolución democrática de los HM, no tanto por convicción, cuanto por necesidad. Reuel Marc Gerecht afirma que esta formación está intentando conciliar el islam con la libertad, en una especia de ‘confluencia de civilizaciones’ (frente a ese choque inevitable tan denostado que aventuraba Huttington), porque sabe que no tiene otro camino para llegar al poder.
LA ANESTESIA DE SULEIMÁN
El régimen egipcio está consiguiendo ganar tiempo, pero aún no ha conseguido ‘secuestrar la revolución’. Las maniobras de Suleimán son todo lo hábiles que se esperaban, porque se conocía la sutileza con que se conduce este personaje, el preferido por Israel para la sucesión de Mubarak, según confirmaron algunos de los despachos de Wikileaks. Promete un calendario de reformas y un compromiso democrático. Pero la presión de la calle le ha obligado a mostrar la fiereza autoritaria, al decir que ‘Egipto no estaba maduro para la democracia’, que la retirada inmediata de Mubarak conduciría al caos, o que no se puede descartar un ‘golpe’ (no dijo de quien) si los manifestantes desbordaban los límites.
Los contactos que ha mantenido Suleimán con las fuerzas políticas de la oposición permiten interpretar la estrategia del poder: retrasar compromisos, asegurar el control de la calle, debilitar a la oposición mediante maniobras divisorias y alentar el desasosiego árabe para favorecer las presiones sobre Washington.
EL EMBROLLO DE OBAMA
La administración Obama se ha enredado. En Washington se ha diluido las expresiones de simpatía ante las manifestaciones de entusiasmo popular, tan del gusto presidencial. Las consideraciones pragmáticas han recobrado en Washington el papel dominante que ocuparon los primeros días de revuelta. No poco habrán influido las llamadas implorantes desde Ryad, Amann y otras capitales árabes. Pero sobre todo el intenso teléfono rojo con Tel Aviv.
Fuentes oficiales norteamericanas se empeñan en quitar importancia al atasco y afirman que las partes se han dado un respiro. Pero esta fase de espera hace que emerjan las consideraciones críticas. La elección de Frank Wisner como enviado especial ante el raïs durante la fase álgida de las protestas resultó una torpeza incomprensible, debido a su perfil sospechoso por sus relaciones personales de larga data con Mubarak y su condición de abogado del Ejército egipcio.
Probablemente, Obama persiga una equidistancia entre la ‘República Tahrir’ y sus aliados regionales. Sería lo ideal para conservar intereses y preservar su imagen de líder idealista comprometido con libertad y el cambio. Pero no le será fácil que la dupla Mubarak-Suleimán acepte algunos puntos de su plan para esa “transición ordenada”. Lo más inmediato, el levantamiento del estado de sitio y la renuncia a todo tipo de práctica represiva. Y, lo esencial: que las negociaciones con la oposición estén basadas en propuestas ‘significativas’ sobre el futuro político de Egipto.
Por segunda vez desde el comienzo de la crisis, el Vicepresidente Biden le ha leído esta cartilla Suleiman, aunque quizás en esta ocasión con otras provisiones más discretas. Lo que no sabemos es si han sido ‘conminaciones’ o ‘recomendaciones’ para evitar que los intereses pro-occidentales no corran riesgos innecesarios.
En todo caso, no se habla, públicamente, por supuesto, de la renuncia de Mubarak, que los revolucionarios han convertido en ‘arco de su estrategia’ de combate y que la Casa Blanca, por razones obvias, elude. No sólo por conveniencia, sino por estética diplomática.
El problema para Washington es que la tozudez de los revolucionarios es inatacable, mientras que la de Mubarak y Suleimán resulta cada día más incómoda. En THE NATION, RICHARD DREYFFUS cree que ‘declinante el poder y la influencia de los Estados Unidos en Oriente Medio. El analista del semanario progresista norteamericano considera que la suspensión de la ayuda militar a Egipto resultaría ahora inconveniente, no porque esté a favor de ella, sino porque se podría repetir el garrafal error cometido con Pakistán, país al que se retiró la ayuda a finales de los noventa, tras el golpe de Musharraf, para luego restablecerla e incrementarla para ganarse el favor de los militares pakistaníes contra Al Qaeda.
El NEW YORK TIMES, periódico tan defensor de la causa judía como de las visiones mundiales de los progresistas templados, añade a las demandas de la Casa Blanca una serie de exigencias para Suleimán; a saber: la creación de una comisión independiente para vigilar el proceso democrático, el criterio pactado para el registro de partidos políticos, el acceso garantizado de todos los participantes a los medios de comunicación oficiales y la presencia de observadores internacionales en las elecciones para supervisar el voto y el recuento.
En Heliópolís, un aislado pero astuto Mubarak debe también ocupar su tiempo en asegurar que su fortuna, más entre 40 y 70 mil millones de dólares, según THE GUARDIAN, se encuentra a buen recaudo. Para eso también necesita este tiempo precioso.
EL ENROQUE DE MUBARAK
3 de Febrero de 2011
¿Por qué Mubarak se resiste a abandonar el poder?
Las reticencias del raïs egipcio a entregar de forma inmediata e inequívoca el poder podría deberse a las siguientes razones: intentos de manipular a la oposición, límites en la neutralidad del Ejército, vacilaciones y temores en las potencias occidentales y, por qué no admitirlo, la cuestión particular, el orgullo personal.
UNA OPOSICIÓN UNIDA, ¿POR CUANTO TIEMPO?
Mubarak confía en que las contradicciones empiecen a cuartear el frente unido que hoy exhibe la oposición. Eso no ocurrirá de inmediato, pero si se demora la 'rendición' del presidente, su habilidoso hombre de confianza y ahora vicepresidente, Omar Suleimán, puede contar con un tiempo precioso. En su calidad de Jefe de los servicios de inteligencia, Suleimán puede sacar estupendo partido de la información de que dispone (la real y la maquillada) para explotar las indudables diferencias que la actual coalición anti-régimen mantiene con respecto al futuro del país.
Hoy por hoy, la línea argumental básica consistiría en convencer a nacionalistas, demócratas, liberales e izquierdistas de que todos ellos quedarían aplastados bajo la hegemonía de los islamistas, por ser estos la fuerza opositora más numerosa y mejor estructurada. Para prevenir este escenario a medio plazo, Suleimán puede persuadirles de que es preciso arbitrar desde ahora garantías y mecanismos institucionales. Y eso exigiría tiempo y orden, que en estos momentos sólo puede garantizar Mubarak, con el apoyo de los militares.
LA NEUTRALIDAD DEL EJÉRCITO PUEDE CADUCAR
Efectivamente, en ningún caso, el Ejército toleraría que de las crisis emergiera la perspectiva futura de una alternativa islamista, siquiera moderada, como la que representan los Hermanos Musulmanes, quienes cada día que pasa se sienten más seguros de que su momento está cercano. Aunque se hayan resignado a aceptar el final de Mubarak, los militares también pedirán tiempo, y su calendario puede coincidir más con los cálculos del raïs que con las últimas revisiones de la Casa Blanca y sus aliados.
Los límites de la neutralidad militar también tienen que ver con el mantenimiento del orden público y la paz en las calles. El envío de supuestos seguidores de Mubarak (policías encubiertos, paramilitares, es igual) a la plaza de Tahrir y a otros lugares donde se celebran las concentraciones ciudadanas tendrían el propósito de elevar la tensión, propiciar y favorecer enfrentamientos físicos (y hasta armados) y justificar una intervención menos elegante que la desempeñada hasta ahora por el Ejército.
En un escenario de caos total, si el número de muertos aumenta, los soldados no pueden limitarse a bailar con los manifestantes o a poner flores en las bocanas de los carros de combate. No es que los militares vayan a jugarse su prestigio por defender el destino personal de Mubarak. Pero tampoco pueden tolerar, por instinto y tradición, una deriva descontrolada de los acontecimientos. El orgullo impediría cualquier solución que les dejara en evidencia.
VACILACIONES Y TEMORES OCCIDENTALES
El cambio de tono en Obama -y, en cascada, en el resto de dirigentes occidentales- puede haber sido interpretado por Mubarak de dos formas, no necesariamente contradictorias o excluyentes: como una traición después de una impresionante hoja de servicios en favor de los intereses occidentales; y como una exigencia de imagen para no dar la impresión de que el mundo opulento es insensible a los valores que defienden cuando son otros pueblos quienes los reclaman.
Mubarak puede tener motivos, por lo tanto, para considerar que las invocaciones occidentales en favor de una transición pacífica son modificables o negociables si él consigue invertir la dinámica actual de los acontecimientos. Mubarak debe imaginarse, con bastante razón, que en el ánimo de las cancillerías mundiales pesará mucho más el pánico al caos que las aspiraciones democráticas del pueblo egipcio. Por eso, la presión que Obama pueda ejercer -por ejemplo congelando la ayuda de 1.500 millones de dólares- es un arma de doble filo.
¿Qué pasaría si la caída del régimen egipcio propiciara la extensión del contagio revolucionario a otros países 'sensibles'.
El primero en la lista de potenciales infectados es Yemen, en estos momentos el frente más activo -aunque contradictorio- en la lucha contra Al Qaeda. El presidente Saleh ya ha anunciado que no se presentará a las próximas elecciones, siguiendo la misma línea de apaciguamiento en la que ha fracasado su colega egipcio. En la línea de riesgo, aparece, a continuación, Jordania. El rey Abdullah ya se ha visto obligado a cambiar de nuevo el gobierno bajo la presión de la calle reclamando cambios profundos. Si el monarca hachemí no consigue dominar la situación, el clima de revuelta podría ganar adeptos en Marruecos y, aunque menos probablemente, en las petromonarquías del Golfo. En este último caso, ya no es el freno del islamismo o la contención de Irán lo que estaría en juego, sino la estabilidad del abastecimiento petrolero occidental.
ISRAEL, EN GABINETE DE CRISIS
La tesis del contagio está siendo aireada profusamente estos días por la prensa israelí más cercana al gobierno y por no pocos 'expertos' norteamericanos que durante años han justificado doctrinariamente el apoyo a regímenes dictatoriales o autoritarios en Oriente Medio.
Israel trata de hacer virtud de la necesidad. La inestabilidad en Egipto le preocupa más que a cualquier otra potencia occidental. De ahí que el Ministerio de Exteriores haya hecho circular una nota entre las principales cancillerías mundiales advirtiendo que abandonar ahora al régimen de Mubarak puede comportar 'serias consecuencias'. Israel está enviando el claro mensaje de no arrojar al niño con el agua de la bañera. En otras palabras, en esta hora, ante todo, cabezas frías.
Netanyahu teme que, una vez más, Obama se deje llevar por una aparente cuestión de principios. En realidad, lo que debe preocuparle más del presidente norteamericano no es su supuesto idealismo, sino la retórica del idealismo. Es decir, que se vea preso de sus declaraciones de simpatía por las aspiraciones de libertad, democracia y prosperidad, si los acontecimientos en Egipto se salen definitivamente de cauce. Probablemente, se trate de temores infundados. En Washington se asiste a un reparto de papeles. Obama juega el rol de defensor de las grandes causas populares, mientras es de esperar que la secretaria Clinton y el Pentágono asuman el discurso pragmático de la 'estabilidad'.
EL ORGULLO DE UN OCTOGENARIO
Y finalmente, tampoco debe descartarse que en el ánimo numantino del raïs haya pesado la ambición de no pasar a la historia como un dictadorzuelo que se escapa por la puerta de atrás. Probablemente, no quiere ser un Ben Ali. Arruinados sus designios dinásticos, a sus 82 años debe esperar ya poco de la vida, salvo concluirla con honor. En su discurso del martes por la noche se encuentran inflamadas referencias a su honor más de soldado que de líder político. Suena a morir con las botas puestas.
¿Por qué Mubarak se resiste a abandonar el poder?
Las reticencias del raïs egipcio a entregar de forma inmediata e inequívoca el poder podría deberse a las siguientes razones: intentos de manipular a la oposición, límites en la neutralidad del Ejército, vacilaciones y temores en las potencias occidentales y, por qué no admitirlo, la cuestión particular, el orgullo personal.
UNA OPOSICIÓN UNIDA, ¿POR CUANTO TIEMPO?
Mubarak confía en que las contradicciones empiecen a cuartear el frente unido que hoy exhibe la oposición. Eso no ocurrirá de inmediato, pero si se demora la 'rendición' del presidente, su habilidoso hombre de confianza y ahora vicepresidente, Omar Suleimán, puede contar con un tiempo precioso. En su calidad de Jefe de los servicios de inteligencia, Suleimán puede sacar estupendo partido de la información de que dispone (la real y la maquillada) para explotar las indudables diferencias que la actual coalición anti-régimen mantiene con respecto al futuro del país.
Hoy por hoy, la línea argumental básica consistiría en convencer a nacionalistas, demócratas, liberales e izquierdistas de que todos ellos quedarían aplastados bajo la hegemonía de los islamistas, por ser estos la fuerza opositora más numerosa y mejor estructurada. Para prevenir este escenario a medio plazo, Suleimán puede persuadirles de que es preciso arbitrar desde ahora garantías y mecanismos institucionales. Y eso exigiría tiempo y orden, que en estos momentos sólo puede garantizar Mubarak, con el apoyo de los militares.
LA NEUTRALIDAD DEL EJÉRCITO PUEDE CADUCAR
Efectivamente, en ningún caso, el Ejército toleraría que de las crisis emergiera la perspectiva futura de una alternativa islamista, siquiera moderada, como la que representan los Hermanos Musulmanes, quienes cada día que pasa se sienten más seguros de que su momento está cercano. Aunque se hayan resignado a aceptar el final de Mubarak, los militares también pedirán tiempo, y su calendario puede coincidir más con los cálculos del raïs que con las últimas revisiones de la Casa Blanca y sus aliados.
Los límites de la neutralidad militar también tienen que ver con el mantenimiento del orden público y la paz en las calles. El envío de supuestos seguidores de Mubarak (policías encubiertos, paramilitares, es igual) a la plaza de Tahrir y a otros lugares donde se celebran las concentraciones ciudadanas tendrían el propósito de elevar la tensión, propiciar y favorecer enfrentamientos físicos (y hasta armados) y justificar una intervención menos elegante que la desempeñada hasta ahora por el Ejército.
En un escenario de caos total, si el número de muertos aumenta, los soldados no pueden limitarse a bailar con los manifestantes o a poner flores en las bocanas de los carros de combate. No es que los militares vayan a jugarse su prestigio por defender el destino personal de Mubarak. Pero tampoco pueden tolerar, por instinto y tradición, una deriva descontrolada de los acontecimientos. El orgullo impediría cualquier solución que les dejara en evidencia.
VACILACIONES Y TEMORES OCCIDENTALES
El cambio de tono en Obama -y, en cascada, en el resto de dirigentes occidentales- puede haber sido interpretado por Mubarak de dos formas, no necesariamente contradictorias o excluyentes: como una traición después de una impresionante hoja de servicios en favor de los intereses occidentales; y como una exigencia de imagen para no dar la impresión de que el mundo opulento es insensible a los valores que defienden cuando son otros pueblos quienes los reclaman.
Mubarak puede tener motivos, por lo tanto, para considerar que las invocaciones occidentales en favor de una transición pacífica son modificables o negociables si él consigue invertir la dinámica actual de los acontecimientos. Mubarak debe imaginarse, con bastante razón, que en el ánimo de las cancillerías mundiales pesará mucho más el pánico al caos que las aspiraciones democráticas del pueblo egipcio. Por eso, la presión que Obama pueda ejercer -por ejemplo congelando la ayuda de 1.500 millones de dólares- es un arma de doble filo.
¿Qué pasaría si la caída del régimen egipcio propiciara la extensión del contagio revolucionario a otros países 'sensibles'.
El primero en la lista de potenciales infectados es Yemen, en estos momentos el frente más activo -aunque contradictorio- en la lucha contra Al Qaeda. El presidente Saleh ya ha anunciado que no se presentará a las próximas elecciones, siguiendo la misma línea de apaciguamiento en la que ha fracasado su colega egipcio. En la línea de riesgo, aparece, a continuación, Jordania. El rey Abdullah ya se ha visto obligado a cambiar de nuevo el gobierno bajo la presión de la calle reclamando cambios profundos. Si el monarca hachemí no consigue dominar la situación, el clima de revuelta podría ganar adeptos en Marruecos y, aunque menos probablemente, en las petromonarquías del Golfo. En este último caso, ya no es el freno del islamismo o la contención de Irán lo que estaría en juego, sino la estabilidad del abastecimiento petrolero occidental.
ISRAEL, EN GABINETE DE CRISIS
La tesis del contagio está siendo aireada profusamente estos días por la prensa israelí más cercana al gobierno y por no pocos 'expertos' norteamericanos que durante años han justificado doctrinariamente el apoyo a regímenes dictatoriales o autoritarios en Oriente Medio.
Israel trata de hacer virtud de la necesidad. La inestabilidad en Egipto le preocupa más que a cualquier otra potencia occidental. De ahí que el Ministerio de Exteriores haya hecho circular una nota entre las principales cancillerías mundiales advirtiendo que abandonar ahora al régimen de Mubarak puede comportar 'serias consecuencias'. Israel está enviando el claro mensaje de no arrojar al niño con el agua de la bañera. En otras palabras, en esta hora, ante todo, cabezas frías.
Netanyahu teme que, una vez más, Obama se deje llevar por una aparente cuestión de principios. En realidad, lo que debe preocuparle más del presidente norteamericano no es su supuesto idealismo, sino la retórica del idealismo. Es decir, que se vea preso de sus declaraciones de simpatía por las aspiraciones de libertad, democracia y prosperidad, si los acontecimientos en Egipto se salen definitivamente de cauce. Probablemente, se trate de temores infundados. En Washington se asiste a un reparto de papeles. Obama juega el rol de defensor de las grandes causas populares, mientras es de esperar que la secretaria Clinton y el Pentágono asuman el discurso pragmático de la 'estabilidad'.
EL ORGULLO DE UN OCTOGENARIO
Y finalmente, tampoco debe descartarse que en el ánimo numantino del raïs haya pesado la ambición de no pasar a la historia como un dictadorzuelo que se escapa por la puerta de atrás. Probablemente, no quiere ser un Ben Ali. Arruinados sus designios dinásticos, a sus 82 años debe esperar ya poco de la vida, salvo concluirla con honor. En su discurso del martes por la noche se encuentran inflamadas referencias a su honor más de soldado que de líder político. Suena a morir con las botas puestas.
EGIPTO: EL TRIUNFO POPULAR Y EL PAPEL DEL EJÉRCITO
31 DE ENERO DE 2011
Pase lo que pase, la revolución democrática y popular ha triunfado en Egipto. En el peor de los casos, Mubarak puede mantenerse formalmente en el poder, pero no podrá seguir gobernando como hasta ahora.
UNA ESTRATEGIA PARA LA REVUELTA
Como ocurrió en Túnez, la clave de los acontecimientos inmediatos no reside en la capacidad amedrentadora del régimen, ni en el manejo institucional de la crisis para aplazar el derrumbamiento, ni siquiera en las presiones (llamadas orientaciones) que se reciban desde Washington. La clave va a consistir en la voluntad cívica de mantener las protestas, en la inteligencia con las que se conduzcan, sin violencias gratuitas ni revanchas infructuosas, en la capacidad de encontrar un portavoz autorizado. De momento, todo marcha razonablemente bien, incluso la última de las premisas señaladas. El laureado ElBaradei, por alejado que parezca de las necesidades populares, tiene la ventaja de atesorar importante prestigio internacional. Su mensaje del domingo en Plaza Tahrir parece oportuno: 'ahora no podemos retroceder'.
LAS MANIOBRAS DE MUBARAK
Decíamos en el comentario del jueves que Mubarak debía tener un plan B. Algunos elementos de ese plan lo hemos visto este fin de semana larguísimo. Cambio cosmético de gobierno, modificación de sus planes (deseos) en el asunto sucesorio, compromiso con la Casa Blanca y el Pentágono para unir su suerte al futuro de la estabilidad regional. Suena realista e inteligente. El problema es que los acontecimientos le han atropellado.
La medida más visible ha sido designar a un vicepresidente, después de casi treinta años de mandato. Nunca quiso hacerlo. La explicación habría que buscarla, al principio, en las incógnitas que rodearon su acceso al poder, por el trauma tremendo que significó el asesinato cinematográfico de Sadat. Luego, el país se acostumbró a la situación y la aparente irrelevancia del asunto hizo que el puesto siguiera vacante. Y, en los últimos diez años, nunca planteó abiertamente su designio sucesorio en la persona de su hijo, para no arriesgarse al rechazo abierto de los militares, pero congeló definitivamente el asunto de la vicepresidencia.
Ahora, el elegido ha sido el único posible, Omar Suleiman, un hombre tan cercano a Mubarak que algunos analistas lo consideran un alter ego. Durante años ha sido el jefe de los servicios de inteligencia, y se mantuvo en el cargo incluso después de que la edad le hubiera obligado a retirarse, mediante un decreto presidencial especial. Es el dirigente egipcio en el que probablemente más confían los norteamericanos, incluido el propio Mubarak. A la plena concordancia en los asuntos políticos se añaden numerosos vínculos personales. Incluido uno que resulta casi indestructible. Suleimán le ha salvado la vida a Mubarak en más de una ocasión, la más conocida en Etiopía, cuando olió el peligro y consiguió sacarlo en un blindado de una amenaza inminente. Su nombramiento como número dos oficial, acordado o no con su aliado mayor y protector imprescindible, ha provocado alivio en Washington.
El otro elemento del plan es involucrar al Ejército en el control directo de la crisis. La forma en que lo ha hecho Mubarak merece una reflexión. Después de los violentos acontecimientos del viernes, y ante la sorpresa general, decretó la retirada de las fuerzas policiales de las calles. Algunos vieron en esta extraña decisión una maniobra de Mubarak. Por unas horas, el pillaje se extendió y cundió la impresión de un vacío de poder. En numerosos barrios, los vecinos tuvieron que autodefenderse de bandas descontroladas. Quizás era eso lo que Mubarak pretendía. Puesto que la policía había resultado desbordada y Estados Unidos le había advertido contra un baño de sangre, sólo parecía quedarle por jugar la carta del Ejército.
EL PAPEL DEL EJÉRCITO
Los militares siempre han evitado implicarse en el trabajo sucio de contener la ira popular en protestas anteriores. Era de esperar que, ante el peligro de caos, se sintieran obligados a asumir la responsabilidad de garantizar el orden. Pero actuando con prudencia y moderación máxima. Eso lo sabía Mubarak, y le convenía. En primer lugar, porque de esta forma agradaba a sus protectores norteamericanos y se garantizaba un plus de su confianza. Y, en segundo lugar, porque necesita tiempo para comprobar la capacidad de resistencia de una población exasperada. De hecho, continúa limitando los recursos de comunicación (Internet, telefonía móvil, etc.) de los que protestan, para minar su moral.
Por tanto, el plan B se encuentra en plena fase de ejecución. Se asegura una extensión, aunque sea tímida y temporal, del crédito norteamericano y se asegura la cooperación militar. Ahora bien, el problema de esta estrategia es que tiene un recorrido muy corto. No pocos analistas consideran que el régimen está acabado, entre ellos el anterior embajador israelí.
Si tal percepción se confirmara, los militares se convertirían en la clave de la nueva situación, sea cual sea el desenlace. Ya como garantes durante una etapa de transición, ya como tutores de una opción más abierta o democrática. Mientras se desplegaba la revolución en las calles de El Cairo y de otro puñado de grandes ciudades, una delegación del ejército egipcio encabezada por su propio jefe se hallaba en el Pentágono, en viaje de trabajo. La gravedad de los acontecimientos aconsejó su regreso prematuro. Aunque el Almirante Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos aseguró que no trataron 'formalmente' con sus colegas las opciones para encarar la crisis, en cambio admitió que lo habían celebrado conversaciones 'en los pasillos'.
LA PERPLEJIDAD OCCIDENTAL
Mientras el sentimiento de contagio es cada vez más intenso en otros países de la zona, con mayor o menor presencia pública, las cancillerías occidentales se mueven entre la perplejidad y la incomodidad de verse de nuevo impelidos a reaccionar frente a hechos consumados. Los líderes de las principales potencias pueden contribuir a estabilizar la situación y ayudar a controlar el proceso, pero no determinarlo por completo. La letra grande de las declaraciones de Obama y del resto de líderes resalta el compromiso con la libertad, las aspiraciones democráticas y los deseos de una vida mejor de la población egipcia. La letra pequeña es más cicatera: ni exige elecciones limpias, ni cambios institucionales profundos, ni retira por completo el apoyo a los que ahora garantizan la barrera de contención en esa convulsa zona del mundo. Compárese la reacción que ejercieron tras las polémicas elecciones iraníes y la que han mantenido durante la presente revolución árabe y resultará muy fácil apreciar las diferencias.
Pase lo que pase, la revolución democrática y popular ha triunfado en Egipto. En el peor de los casos, Mubarak puede mantenerse formalmente en el poder, pero no podrá seguir gobernando como hasta ahora.
UNA ESTRATEGIA PARA LA REVUELTA
Como ocurrió en Túnez, la clave de los acontecimientos inmediatos no reside en la capacidad amedrentadora del régimen, ni en el manejo institucional de la crisis para aplazar el derrumbamiento, ni siquiera en las presiones (llamadas orientaciones) que se reciban desde Washington. La clave va a consistir en la voluntad cívica de mantener las protestas, en la inteligencia con las que se conduzcan, sin violencias gratuitas ni revanchas infructuosas, en la capacidad de encontrar un portavoz autorizado. De momento, todo marcha razonablemente bien, incluso la última de las premisas señaladas. El laureado ElBaradei, por alejado que parezca de las necesidades populares, tiene la ventaja de atesorar importante prestigio internacional. Su mensaje del domingo en Plaza Tahrir parece oportuno: 'ahora no podemos retroceder'.
LAS MANIOBRAS DE MUBARAK
Decíamos en el comentario del jueves que Mubarak debía tener un plan B. Algunos elementos de ese plan lo hemos visto este fin de semana larguísimo. Cambio cosmético de gobierno, modificación de sus planes (deseos) en el asunto sucesorio, compromiso con la Casa Blanca y el Pentágono para unir su suerte al futuro de la estabilidad regional. Suena realista e inteligente. El problema es que los acontecimientos le han atropellado.
La medida más visible ha sido designar a un vicepresidente, después de casi treinta años de mandato. Nunca quiso hacerlo. La explicación habría que buscarla, al principio, en las incógnitas que rodearon su acceso al poder, por el trauma tremendo que significó el asesinato cinematográfico de Sadat. Luego, el país se acostumbró a la situación y la aparente irrelevancia del asunto hizo que el puesto siguiera vacante. Y, en los últimos diez años, nunca planteó abiertamente su designio sucesorio en la persona de su hijo, para no arriesgarse al rechazo abierto de los militares, pero congeló definitivamente el asunto de la vicepresidencia.
Ahora, el elegido ha sido el único posible, Omar Suleiman, un hombre tan cercano a Mubarak que algunos analistas lo consideran un alter ego. Durante años ha sido el jefe de los servicios de inteligencia, y se mantuvo en el cargo incluso después de que la edad le hubiera obligado a retirarse, mediante un decreto presidencial especial. Es el dirigente egipcio en el que probablemente más confían los norteamericanos, incluido el propio Mubarak. A la plena concordancia en los asuntos políticos se añaden numerosos vínculos personales. Incluido uno que resulta casi indestructible. Suleimán le ha salvado la vida a Mubarak en más de una ocasión, la más conocida en Etiopía, cuando olió el peligro y consiguió sacarlo en un blindado de una amenaza inminente. Su nombramiento como número dos oficial, acordado o no con su aliado mayor y protector imprescindible, ha provocado alivio en Washington.
El otro elemento del plan es involucrar al Ejército en el control directo de la crisis. La forma en que lo ha hecho Mubarak merece una reflexión. Después de los violentos acontecimientos del viernes, y ante la sorpresa general, decretó la retirada de las fuerzas policiales de las calles. Algunos vieron en esta extraña decisión una maniobra de Mubarak. Por unas horas, el pillaje se extendió y cundió la impresión de un vacío de poder. En numerosos barrios, los vecinos tuvieron que autodefenderse de bandas descontroladas. Quizás era eso lo que Mubarak pretendía. Puesto que la policía había resultado desbordada y Estados Unidos le había advertido contra un baño de sangre, sólo parecía quedarle por jugar la carta del Ejército.
EL PAPEL DEL EJÉRCITO
Los militares siempre han evitado implicarse en el trabajo sucio de contener la ira popular en protestas anteriores. Era de esperar que, ante el peligro de caos, se sintieran obligados a asumir la responsabilidad de garantizar el orden. Pero actuando con prudencia y moderación máxima. Eso lo sabía Mubarak, y le convenía. En primer lugar, porque de esta forma agradaba a sus protectores norteamericanos y se garantizaba un plus de su confianza. Y, en segundo lugar, porque necesita tiempo para comprobar la capacidad de resistencia de una población exasperada. De hecho, continúa limitando los recursos de comunicación (Internet, telefonía móvil, etc.) de los que protestan, para minar su moral.
Por tanto, el plan B se encuentra en plena fase de ejecución. Se asegura una extensión, aunque sea tímida y temporal, del crédito norteamericano y se asegura la cooperación militar. Ahora bien, el problema de esta estrategia es que tiene un recorrido muy corto. No pocos analistas consideran que el régimen está acabado, entre ellos el anterior embajador israelí.
Si tal percepción se confirmara, los militares se convertirían en la clave de la nueva situación, sea cual sea el desenlace. Ya como garantes durante una etapa de transición, ya como tutores de una opción más abierta o democrática. Mientras se desplegaba la revolución en las calles de El Cairo y de otro puñado de grandes ciudades, una delegación del ejército egipcio encabezada por su propio jefe se hallaba en el Pentágono, en viaje de trabajo. La gravedad de los acontecimientos aconsejó su regreso prematuro. Aunque el Almirante Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos aseguró que no trataron 'formalmente' con sus colegas las opciones para encarar la crisis, en cambio admitió que lo habían celebrado conversaciones 'en los pasillos'.
LA PERPLEJIDAD OCCIDENTAL
Mientras el sentimiento de contagio es cada vez más intenso en otros países de la zona, con mayor o menor presencia pública, las cancillerías occidentales se mueven entre la perplejidad y la incomodidad de verse de nuevo impelidos a reaccionar frente a hechos consumados. Los líderes de las principales potencias pueden contribuir a estabilizar la situación y ayudar a controlar el proceso, pero no determinarlo por completo. La letra grande de las declaraciones de Obama y del resto de líderes resalta el compromiso con la libertad, las aspiraciones democráticas y los deseos de una vida mejor de la población egipcia. La letra pequeña es más cicatera: ni exige elecciones limpias, ni cambios institucionales profundos, ni retira por completo el apoyo a los que ahora garantizan la barrera de contención en esa convulsa zona del mundo. Compárese la reacción que ejercieron tras las polémicas elecciones iraníes y la que han mantenido durante la presente revolución árabe y resultará muy fácil apreciar las diferencias.
EGIPTO: EL IRRESTIBLE AROMA DEL JAZMÍN
27 de enero de 2011
No será fácil que la revolución tunecina prenda en otros países del mundo árabe. Ni será suficiente el entusiasmo juvenil propagado por las redes sociales. Ni bastará el coraje de una ciudadanía exasperada. Ni sería prudente menospreciar la capacidad represiva de los autócratas. Ni debe darse por supuesto el apoyo occidental, que nunca se producirá antes, sino después de un eventual triunfo revolucionario. Pero lo que está ocurriendo estos días en Egipto y flota ya en el ambiente en otros países de la región no tiene precedentes.
A casi todo el mundo le ha sorprendido la rapidez con la que ha prendido el espíritu tunecino en las calles egipcias. En un primer momento, las autoridades creían estar en disposición de sofocar las protestas, debido a la estrategia preventiva en que han sido formados los aparatos represivos del país. Tan seguros estaban que en el Ministerio del Interior consideraron conveniente dejar que las manifestaciones se produjeran, no por respeto democrático, sino porque consideraban que se agotarían en sí mismas, en cuanto se aumentara la presión represiva. La impresión es que los cálculos han fallado. Las protestas callejeras impulsadas por el Movimiento 6 de abril, una iniciativa cívica pluralista impulsada desde Internet, continúan y se extienden por varias ciudades importantes del país. Los detenidos son ya centenares, quizás millares. Se han registrado las primeras víctimas mortales.
EGIPTO NO ES TÚNEZ, ¿Y QUÉ?
En Egipto, la protesta tiene puntos de concordancia con lo acontecido en Túnez: rechazo de la corrupción, del autoritarismo, de la represión, del deterioro permanente de la calidad de vida, de la arrogancia burocrática, de las mil formas de represión. Pero son muy apreciables también las diferencias. A saber:
- Egipto es la gran potencia demográfica, cultural y política de la zona, por muy deteriorado que se encuentre su liderazgo en el mundo árabe.
- Egipto no es un régimen autoritario exclusivamente personalista, aunque uno de los motivos de la irritación popular sea la amenaza de una sucesión dinástica.
- El Ejército es el verdadero garante de la continuidad del régimen, por no decir que el Ejército es, realmente, la esencia institucional del régimen.
- Los partidos de la oposición mantienen cierta independencia del poder, aunque son débiles, están sometidos a presión y su presencia electoral es más el resultante del capricho del aparato gobernante que de la voluntad ciudadana.
- La principal fuerza opositora organizada (e implantada socialmente) son los Hermanos Musulmanes -islamistas moderados, por no decir abiertamente conservadores- , probablemente la formación política autóctona árabe más antigua.
- La estabilidad de Egipto es clave para la estrategia norteamericana en un momento de sempiterno atasco de las negociaciones de paz, una situación volátil en Palestina, un conflicto más complicado cada día en Irán, una transición aún incierta en Irak y la gangrena afgana (más alejada geográficamente) lejos de ser atajada.
Por estas y otras razones, decíamos en un comentario anterior que sería ilusorio equiparar a Egipto con Túnez. La observación sigue siendo válida. Que Túnez haya caído puede digerirse. En cambio, un proceso similar en Egipto provocaría una oleada de pánico desde el Atlántico hasta el Índico. Pero que un cambio político forzado desde la calle en Egipto constituya un terremoto, mientras lo de Túnez pudiéramos asemejarlo a un temblor, no quiere decir que sea imposible. Los sismógrafos del departamento de Estado se encuentran en estado de alerta. De hecho, nadie se atreve ya a pronosticar el rumbo de los acontecimientos.
ESPECULACIONES SOBRE UN PLAN B
Después de lo ocurrido en Túnez, es impensable que el régimen no disponga de un plan B, y que tal alternativa de emergencia no haya sido consultada en Washington y en otras cancillerías mundiales. A ello se refiere Marc Lynch en FOREIGN POLICY. De momento, el partido oficial señala a los Hermanos Musulmanes como instigadores. Pero es obvio que nadie se lo cree. Aunque la treta puede justificar una postrera oleada represiva de los islamistas.
En los papeles de Wikileaks, rescatados esta semana por LE MONDE, se deslizaban ciertos comentarios del embajador norteamericano de Bush en El Cairo poco clementes con Hosni Mubarak. Pero lo más interesante era el supuesto rechazo del Ejército a la solución dinástica. Los militares llevan sesenta años gobernando el país, desde que la revolución de los coroneles derribara al Rey Faruk en 1952. Los 'rais' egipcios han salido de los cuarteles (Nasser, Sadat, Mubarak). Lo más probable es que no hayan renunciado a que las cosas cambien. Que Mubarak colocara ya hace diez años a su hijo Gámal, banquero, filántropo, 'modernizador' y pro-occidental en la línea sucesoria fue recibido con cautela, sin un rechazo expreso, a sabiendas de que el patriarca no desafiaría directamente a las Fuerzas Armadas. Mubarak ha sido un gobernante autócrata, pero no personalista. En un hombre que se salvó por los pelos del atentado de un islamista que acabó con la vida de Sadat, en 1981, durante el desfile conmemorativo de la efímera victoria del Yom Kippur, la cautela ha sido norma básica de su conducta política. Siempre ha tenido muy claro la base de su poder. Consciente de su dependencia, intentó que los norteamericanos avalaran la operación dinástica como un ejercicio de modernización.
Hace unos años, durante un viaje profesional a Egipto, comprobé cómo Gámal Mubarak trataba de convertirse en el líder de una juventud educada, occidentalizada, de clase media alta, a la que instruía en sus fundaciones y centros de promoción profesional, que eran lubricados con los beneficios de negocios bancarios, suyos y de sus asociados. El 'delfín' fue ocupando puestos secundarios, que no discretos, en el aparato del partido oficial (PND), con vistas a su lanzamiento definitivo en el momento oportuno. Pero Mubarak, quizás alertado por el malestar cuartelero, nunca se atrevió a dar el paso, hasta no contar con los apoyos convenientes. Dicen los mentideros cairotas que el plan ya estaba maduro. Que Mubarak se presentaría de nuevo en 2012, pero que a los dos años de mandato se retiraría por razones de salud y que Gamal asumirá el 'trono' de Heliópolis. Los norteamericanos aceptarían esta solución, siempre y cuando el heredero adoptara decisiones formales un poco más atrevidas que su colega sirio, Bashir el Assad, cuyas credenciales reformistas han resultado bastante decepcionantes.
OCCIDENTE, EN GUARDIA
El presidente Obama hizo una referencia oportunista a Túnez en el discurso del Estado de la Unión, refiriéndose al prófugo Ben Alí (y, desde ayer, delincuente en busca y captura por la Interpol, por evasión de divisas) como 'dictador'. A buenas horas...
Algunos analistas interpretan que las palabras de Obama en defensa de "las aspiraciones democráticas de los pueblos" suponen una advertencia a Egipto. Es dudoso. La Casa Blanca ha tenido interés en filtrar que Obama ha hablado hace un par de días con Mubarak, nos cuenta THE NEW YORK TIMES. Naturalmente, tardaremos en saber el contenido sustancial de ese diálogo urgido por los acontecimientos. Pero no es descartable que uno de los asuntos fuera precisamente ese plan B, por si las protestas se salen de los cauces controlables. Los propagandistas del Presidente aseguran que en su discurso de junio de 2009, precisamente en El Cairo, se encuentran los fundamentos de la 'doctrina Obama' para la región: democracia, libertad, pero sobre todo respeto y rechazo de intervención militar para imponer soluciones externas. Cada cual lo interpretó a su gusto, como suele ocurrir con estas piezas doctrinales.
En Israel deben estar barajando todas las opciones posibles. Aunque la estabilidad les preocupa, no hay que descartar que el derrumbamiento controlado de las autocracias árabes, siempre y cuando den paso a regímenes abiertos y sometidos a cierta tutela occidental, puede resultar un desenlace más que deseable. Por muy imprecisa y arriesgada que resulte la situación, si las autoridades surgidas de estos procesos de cambio contaran con el apoyo occidental oportuno (fundamentalmente económico, mediante gigantescos planes Marshall) y se consolidaran, el riesgo islamista se alejaría. Pero no están los hornos fiscales para esos bollos, y esa es la principal debilidad de las soluciones alternativas imaginativas.
De momento, todo esto son especulaciones. Variantes más o menos realistas de ese plan B. En los próximos días comprobaremos si el plan A consiste en resistir a toda costa, que se pase la fiebre. Que se evapore el aroma del jazmín.
No será fácil que la revolución tunecina prenda en otros países del mundo árabe. Ni será suficiente el entusiasmo juvenil propagado por las redes sociales. Ni bastará el coraje de una ciudadanía exasperada. Ni sería prudente menospreciar la capacidad represiva de los autócratas. Ni debe darse por supuesto el apoyo occidental, que nunca se producirá antes, sino después de un eventual triunfo revolucionario. Pero lo que está ocurriendo estos días en Egipto y flota ya en el ambiente en otros países de la región no tiene precedentes.
A casi todo el mundo le ha sorprendido la rapidez con la que ha prendido el espíritu tunecino en las calles egipcias. En un primer momento, las autoridades creían estar en disposición de sofocar las protestas, debido a la estrategia preventiva en que han sido formados los aparatos represivos del país. Tan seguros estaban que en el Ministerio del Interior consideraron conveniente dejar que las manifestaciones se produjeran, no por respeto democrático, sino porque consideraban que se agotarían en sí mismas, en cuanto se aumentara la presión represiva. La impresión es que los cálculos han fallado. Las protestas callejeras impulsadas por el Movimiento 6 de abril, una iniciativa cívica pluralista impulsada desde Internet, continúan y se extienden por varias ciudades importantes del país. Los detenidos son ya centenares, quizás millares. Se han registrado las primeras víctimas mortales.
EGIPTO NO ES TÚNEZ, ¿Y QUÉ?
En Egipto, la protesta tiene puntos de concordancia con lo acontecido en Túnez: rechazo de la corrupción, del autoritarismo, de la represión, del deterioro permanente de la calidad de vida, de la arrogancia burocrática, de las mil formas de represión. Pero son muy apreciables también las diferencias. A saber:
- Egipto es la gran potencia demográfica, cultural y política de la zona, por muy deteriorado que se encuentre su liderazgo en el mundo árabe.
- Egipto no es un régimen autoritario exclusivamente personalista, aunque uno de los motivos de la irritación popular sea la amenaza de una sucesión dinástica.
- El Ejército es el verdadero garante de la continuidad del régimen, por no decir que el Ejército es, realmente, la esencia institucional del régimen.
- Los partidos de la oposición mantienen cierta independencia del poder, aunque son débiles, están sometidos a presión y su presencia electoral es más el resultante del capricho del aparato gobernante que de la voluntad ciudadana.
- La principal fuerza opositora organizada (e implantada socialmente) son los Hermanos Musulmanes -islamistas moderados, por no decir abiertamente conservadores- , probablemente la formación política autóctona árabe más antigua.
- La estabilidad de Egipto es clave para la estrategia norteamericana en un momento de sempiterno atasco de las negociaciones de paz, una situación volátil en Palestina, un conflicto más complicado cada día en Irán, una transición aún incierta en Irak y la gangrena afgana (más alejada geográficamente) lejos de ser atajada.
Por estas y otras razones, decíamos en un comentario anterior que sería ilusorio equiparar a Egipto con Túnez. La observación sigue siendo válida. Que Túnez haya caído puede digerirse. En cambio, un proceso similar en Egipto provocaría una oleada de pánico desde el Atlántico hasta el Índico. Pero que un cambio político forzado desde la calle en Egipto constituya un terremoto, mientras lo de Túnez pudiéramos asemejarlo a un temblor, no quiere decir que sea imposible. Los sismógrafos del departamento de Estado se encuentran en estado de alerta. De hecho, nadie se atreve ya a pronosticar el rumbo de los acontecimientos.
ESPECULACIONES SOBRE UN PLAN B
Después de lo ocurrido en Túnez, es impensable que el régimen no disponga de un plan B, y que tal alternativa de emergencia no haya sido consultada en Washington y en otras cancillerías mundiales. A ello se refiere Marc Lynch en FOREIGN POLICY. De momento, el partido oficial señala a los Hermanos Musulmanes como instigadores. Pero es obvio que nadie se lo cree. Aunque la treta puede justificar una postrera oleada represiva de los islamistas.
En los papeles de Wikileaks, rescatados esta semana por LE MONDE, se deslizaban ciertos comentarios del embajador norteamericano de Bush en El Cairo poco clementes con Hosni Mubarak. Pero lo más interesante era el supuesto rechazo del Ejército a la solución dinástica. Los militares llevan sesenta años gobernando el país, desde que la revolución de los coroneles derribara al Rey Faruk en 1952. Los 'rais' egipcios han salido de los cuarteles (Nasser, Sadat, Mubarak). Lo más probable es que no hayan renunciado a que las cosas cambien. Que Mubarak colocara ya hace diez años a su hijo Gámal, banquero, filántropo, 'modernizador' y pro-occidental en la línea sucesoria fue recibido con cautela, sin un rechazo expreso, a sabiendas de que el patriarca no desafiaría directamente a las Fuerzas Armadas. Mubarak ha sido un gobernante autócrata, pero no personalista. En un hombre que se salvó por los pelos del atentado de un islamista que acabó con la vida de Sadat, en 1981, durante el desfile conmemorativo de la efímera victoria del Yom Kippur, la cautela ha sido norma básica de su conducta política. Siempre ha tenido muy claro la base de su poder. Consciente de su dependencia, intentó que los norteamericanos avalaran la operación dinástica como un ejercicio de modernización.
Hace unos años, durante un viaje profesional a Egipto, comprobé cómo Gámal Mubarak trataba de convertirse en el líder de una juventud educada, occidentalizada, de clase media alta, a la que instruía en sus fundaciones y centros de promoción profesional, que eran lubricados con los beneficios de negocios bancarios, suyos y de sus asociados. El 'delfín' fue ocupando puestos secundarios, que no discretos, en el aparato del partido oficial (PND), con vistas a su lanzamiento definitivo en el momento oportuno. Pero Mubarak, quizás alertado por el malestar cuartelero, nunca se atrevió a dar el paso, hasta no contar con los apoyos convenientes. Dicen los mentideros cairotas que el plan ya estaba maduro. Que Mubarak se presentaría de nuevo en 2012, pero que a los dos años de mandato se retiraría por razones de salud y que Gamal asumirá el 'trono' de Heliópolis. Los norteamericanos aceptarían esta solución, siempre y cuando el heredero adoptara decisiones formales un poco más atrevidas que su colega sirio, Bashir el Assad, cuyas credenciales reformistas han resultado bastante decepcionantes.
OCCIDENTE, EN GUARDIA
El presidente Obama hizo una referencia oportunista a Túnez en el discurso del Estado de la Unión, refiriéndose al prófugo Ben Alí (y, desde ayer, delincuente en busca y captura por la Interpol, por evasión de divisas) como 'dictador'. A buenas horas...
Algunos analistas interpretan que las palabras de Obama en defensa de "las aspiraciones democráticas de los pueblos" suponen una advertencia a Egipto. Es dudoso. La Casa Blanca ha tenido interés en filtrar que Obama ha hablado hace un par de días con Mubarak, nos cuenta THE NEW YORK TIMES. Naturalmente, tardaremos en saber el contenido sustancial de ese diálogo urgido por los acontecimientos. Pero no es descartable que uno de los asuntos fuera precisamente ese plan B, por si las protestas se salen de los cauces controlables. Los propagandistas del Presidente aseguran que en su discurso de junio de 2009, precisamente en El Cairo, se encuentran los fundamentos de la 'doctrina Obama' para la región: democracia, libertad, pero sobre todo respeto y rechazo de intervención militar para imponer soluciones externas. Cada cual lo interpretó a su gusto, como suele ocurrir con estas piezas doctrinales.
En Israel deben estar barajando todas las opciones posibles. Aunque la estabilidad les preocupa, no hay que descartar que el derrumbamiento controlado de las autocracias árabes, siempre y cuando den paso a regímenes abiertos y sometidos a cierta tutela occidental, puede resultar un desenlace más que deseable. Por muy imprecisa y arriesgada que resulte la situación, si las autoridades surgidas de estos procesos de cambio contaran con el apoyo occidental oportuno (fundamentalmente económico, mediante gigantescos planes Marshall) y se consolidaran, el riesgo islamista se alejaría. Pero no están los hornos fiscales para esos bollos, y esa es la principal debilidad de las soluciones alternativas imaginativas.
De momento, todo esto son especulaciones. Variantes más o menos realistas de ese plan B. En los próximos días comprobaremos si el plan A consiste en resistir a toda costa, que se pase la fiebre. Que se evapore el aroma del jazmín.
LOS ESCENARIOS DE LA REVOLUCIÓN TUNECINA
20 de Enero de 2011
La revolución tunecina continua en pleno desenvolvimiento y no está claro aún hacía que escenario evolucionará en las próximas semanas o meses. Como suele ocurrir en estos casos, todos los actores principales evalúan sus posibilidades, se procuran sus apoyos internos y externos, barajan alternativas sobre la marcha y se van adaptando de forma flexible a una situación fluida y cambiante.
LA REVOLUCION SECUESTRADA
Éste es el escenario más probable. De hecho, ésa parece ser la situación actual. Los principales colaboradores del ex-presidente Ben Alí se habrían hecho con las riendas institucionales, con el pretexto -no necesariamente exento de fundamento- de evitar que el país se hunda en el desorden público, el deterioro productivo, la frustración social y, como resultado de todo ello, el caos.
El mantenimiento en el nuevo gobierno provisional del propio primer ministro del régimen derrocado, Mohamed Ghanuchi, y de sus cuatro principales ministros (Economía, Defensa, Exteriores e Interior) resulta decepcionante para el movimiento ciudadano que precipitó la caída de la 'mafia-familia' Ben Ali-Trabelsi. Es comprensible. Cuando el jefe de Estado interino, Fuad Mebaza, -otro alto cargo del régimen depuesto, el presidente del Parlamento- anunció la composición del Ejecutivo de transición encargado de conducir el proceso político, una nueva oleada de protestas sacudió las calles tunecinas. Era de esperar.
Los partidos de la oposición consentida y la Central Sindical UGTT, que habían prestado sus efectivos para este gabinete provisional, comenzaron a volverse atrás, para no quedar expuestos a la reacción popular, y algunos se han retirado del Ejecutivo. Es difícil determinar si se ha tratado de un ejercicio más de oportunismo o pragmatismo, como el que han mantenido durante décadas, cuando se prestaron a servir de coartada institucional a la dictadura de Ben Alí, o si han decidido someterse a un auténtico proceso de renovación, bañándose en el Jordán revolucionario.
Los segundones de la era Ben Alí argumentan que cierta continuidad nominal resulta oportuna y hasta necesaria, porque el movimiento revolucionario carece de líderes capaces de conducir un proceso tan arriesgado como el que está viviendo Túnez, debido precisamente a la represión, a la persecución de dirigentes opositores, al miedo. Como prueba de sus buenas intenciones, han vaciado las cárceles, han roto sus carnés del partido oficialista (RCD) y han desconocido la Constitución vigente a la hora de convocar elecciones, para dar tiempo a todas las fuerzas opositoras, no sólo a las toleradas hasta ahora, a organizarse.
Estos días algunos de estos dirigentes de la época pasada andan dorando blasones de resistencia interna y boicoteos silenciosos al presidente depuesto. Tampoco este fenómeno es exclusivo de la revolución tunecina. Ni el planteamiento de estos "demócratas de toda la vida" es necesariamente descabellado o puramente oportunista. Pero tampoco es inocente. No hay que descartar que las élites beneficiarias del sistema clientelar anterior, aunque fuera de forma subsidiaria, pretendan conservar ahora parte de sus privilegios, modificando su discurso y poniéndose al frente de la marea democrática. Es la impresión dominante y, de confirmarse, estaríamos, efectivamente, ante el secuestro de la Revolución.
LA REVOLUCIÓN CONFIRMADA
Si las propias fuerzas sociales que, con su coraje cívico, precipitaron la caída de Ben Alí son capaces de articular un liderazgo plural, integrador, paciente, inteligente y vacunado de personalismos y vanidades, no es descartable que la "intifada tunecina" -como le ha llamado Al Jazeera- consiga sus objetivos más nobles. O, para decirlo más claramente, que se desactiven las posibles conspiraciones para vaciar de contenido real el movimiento revolucionario. Algunos exiliados, como Moncef Marzouki, ya han regresado al país, y otros, como el líder islamista moderado Rachid Ghanuchi, lo harán en breve, aunque éste reserve sus opciones para momentos más calmados. Las dudas sobre la viabilidad de este escenario no son pequeñas, debido a la ausencia de una cantera de líderes, la nula penetración de los partidos proscritos, la confusión propia del momento, la impaciencia de algunos sectores que exigirán mejoras inmediatas o el oportunismo de actores genuinamente nuevos pero no por ello mejores que los derrocados.
LA REVOLUCION UNIFORMADA
En el caso de que la presión democrática desbarate esta especie de transición ordenada y controlada que los herederos del régimen derribado están urdiendo, pero no genere líderes capaces y procesos coherentes y realizables, la amenaza de desorden es desgraciadamente real. En ese caso, los militares gozan de una ventaja indudable para convertirse en árbitros de la situación. No sólo por su relativa neutralidad política o por su historial de permanencia en los cuarteles sin ceder a tentaciones intervencionistas. En esta hora, resulta más decisivo que haya facilitado el éxito revolucionario negándose a colaborar en el último y desesperado intento represivo de Ben Alí. Que su principal jefe, el general Rachid Ammar, diera la puntilla al ex-presidente y certificara su defunción política con la ya famosa sentencia de 'estás acabado', es hoy en día un activo político. Circulan análisis contradictorios sobre las ambiciones del general Ammar, sin que nadie se atreva a acreditar sus verdaderas intenciones, como apunta el corresponsal del NEW YORK TIMES.
LA ANTORCHA TUNECINA
Mientras se resuelven estos dilemas -ya clásicos en cualquier proceso político revolucionario-, en los países vecinos se hacen intensos intentos para asimilar y neutralizar los efectos del ejemplo tunecino, ya sean los magrebíes (o norteafricanos, en general) o los europeos del otro lado del mediterráneo. De momento, en Egipto, Argelia y Mauritania ya se han registrado émulos de Bouazizi, el jóven licenciado en paro que con su sacrificio precipitó la protesta.
Cientos de analistas, editorialistas e intelectuales en el mundo árabe han querido ver en la "intifada tunecina" (Al Jazeera) el "turning point" (cambio de tendencia) que impulsará a los pueblos árabes a volverse contra sus dirigentes (Rami Juri, director del Instituto Issam Fares de la Universidad Americana de Beirut). Pero, sin restar trascendencia a lo ocurrido en Túnez, no está claro que "la antorcha tunecina iluminará todo el mundo árabe", como proclamaba entusiasta el diario libanés AS SAFIR.
Egipto está blindado, y no precisamente por Europa, cuyas 'garantías' sólo han estado a la altura de su indignidad precedente, sino por Estados Unidos. Es verdad que una explosión de cólera puede poner en apuros a la dictadura institucionalizada y militarizada de Mubarak, pero el sistema de alarmas se antoja más eficaz que en Túnez. Aunque sólo sea porque el régimen está más prevenido. Con la misma naturalidad con la que se ha laminado a la oposición islamista moderada o conservadora de los Hermanos Musulmanes o se reprimen focos de descontento social, se puede abortar un amago revolucionario. A Egipto le 'protege' su frontera con Israel. Aunque las arcas de Washington no están boyantes, es difícil creer que, en caso de alarma seria, los norteamericanos, alentados por los israelíes, no acudirían al rescate para reforzar subsidios, menudear limosna social o aplicar parches urgentes.
Algo parecido, aunque con componentes geoestratégicos un poco diferentes, le ocurre a Marruecos. La habilidad de la monarquía alauí para presentarse como garante regional frente al peligro islamista le proporciona cierta protección externa. Pero quizás el factor más tranquilizador para la Corona es que, pese a que el no ya tan joven rey ha defraudado a los optimistas que esperaban una renovación más amplia y sincera del sistema, lo cierto es que el descrédito en la cúspide del poder no ha alcanzado aún el nivel de pudrimiento tunecino.
El caso argelino es más peliagudo. Los disturbios callejeros de las últimas semanas podrían indicar que el malestar social va en aumento. Pero, como en Egipto, los aparatos represivos -materiales y de inteligencia- están permanentemente en sobre aviso, después de los violentos sucesos de 1988 y de la pesadilla terrorista-represiva que siguió al fraude electoral de los primeros noventa. En el semanario norteamericano THE NATION, Karima Bennoune apunta también la posibilidad de que las últimas protestas no hayan sido tan espontáneas, sino que hayan respondido a intereses corporativos privados que controlan los mercados del azúcar y otros productos sometidos a regulación gubernamental.
De Libia no llegan noticias fiables, aunque la inquietud no disimulada de Gadaffi indicaría que nadie está a salvo. Y, finalmente, Mauritania parece el eslabón más débil, aunque este frágil país sufre una inestabilidad endémica y los procesos revolucionarios, de ocurrir, se confundirían, seguramente, con cuartelazos habituales.
Qué decir de los paises occidentales, cuya indignidad ha sido puesta en evidencia en la caída de la 'dictadura turística' de 'Zinochet' Ben Alí (doble caricatura del diario argelino EL WATAN). En un editorial concluyente, THE GUARDIAN resume bien lo ocurrido:
"Estados Unidos y Europa han respaldado regímenes árabes herméticos y fallidos, por considerarlos barreras frente al radicalismo islámico. Se trata de una estrategia terriblemente desorientada, precisamente porque ayuda a conforma la narrativa yijadista de un Occidente hostil a los intereses de los pueblos musulmanes".
¿Quién se atreve a cuestionar que, como propone en LE MONDE Michel Camau (autor del libro "Síndrome autoritario. Política en Túnez, desde Burguiba a Ben Alí") urge reconsiderar esa estrategia?
La revolución tunecina continua en pleno desenvolvimiento y no está claro aún hacía que escenario evolucionará en las próximas semanas o meses. Como suele ocurrir en estos casos, todos los actores principales evalúan sus posibilidades, se procuran sus apoyos internos y externos, barajan alternativas sobre la marcha y se van adaptando de forma flexible a una situación fluida y cambiante.
LA REVOLUCION SECUESTRADA
Éste es el escenario más probable. De hecho, ésa parece ser la situación actual. Los principales colaboradores del ex-presidente Ben Alí se habrían hecho con las riendas institucionales, con el pretexto -no necesariamente exento de fundamento- de evitar que el país se hunda en el desorden público, el deterioro productivo, la frustración social y, como resultado de todo ello, el caos.
El mantenimiento en el nuevo gobierno provisional del propio primer ministro del régimen derrocado, Mohamed Ghanuchi, y de sus cuatro principales ministros (Economía, Defensa, Exteriores e Interior) resulta decepcionante para el movimiento ciudadano que precipitó la caída de la 'mafia-familia' Ben Ali-Trabelsi. Es comprensible. Cuando el jefe de Estado interino, Fuad Mebaza, -otro alto cargo del régimen depuesto, el presidente del Parlamento- anunció la composición del Ejecutivo de transición encargado de conducir el proceso político, una nueva oleada de protestas sacudió las calles tunecinas. Era de esperar.
Los partidos de la oposición consentida y la Central Sindical UGTT, que habían prestado sus efectivos para este gabinete provisional, comenzaron a volverse atrás, para no quedar expuestos a la reacción popular, y algunos se han retirado del Ejecutivo. Es difícil determinar si se ha tratado de un ejercicio más de oportunismo o pragmatismo, como el que han mantenido durante décadas, cuando se prestaron a servir de coartada institucional a la dictadura de Ben Alí, o si han decidido someterse a un auténtico proceso de renovación, bañándose en el Jordán revolucionario.
Los segundones de la era Ben Alí argumentan que cierta continuidad nominal resulta oportuna y hasta necesaria, porque el movimiento revolucionario carece de líderes capaces de conducir un proceso tan arriesgado como el que está viviendo Túnez, debido precisamente a la represión, a la persecución de dirigentes opositores, al miedo. Como prueba de sus buenas intenciones, han vaciado las cárceles, han roto sus carnés del partido oficialista (RCD) y han desconocido la Constitución vigente a la hora de convocar elecciones, para dar tiempo a todas las fuerzas opositoras, no sólo a las toleradas hasta ahora, a organizarse.
Estos días algunos de estos dirigentes de la época pasada andan dorando blasones de resistencia interna y boicoteos silenciosos al presidente depuesto. Tampoco este fenómeno es exclusivo de la revolución tunecina. Ni el planteamiento de estos "demócratas de toda la vida" es necesariamente descabellado o puramente oportunista. Pero tampoco es inocente. No hay que descartar que las élites beneficiarias del sistema clientelar anterior, aunque fuera de forma subsidiaria, pretendan conservar ahora parte de sus privilegios, modificando su discurso y poniéndose al frente de la marea democrática. Es la impresión dominante y, de confirmarse, estaríamos, efectivamente, ante el secuestro de la Revolución.
LA REVOLUCIÓN CONFIRMADA
Si las propias fuerzas sociales que, con su coraje cívico, precipitaron la caída de Ben Alí son capaces de articular un liderazgo plural, integrador, paciente, inteligente y vacunado de personalismos y vanidades, no es descartable que la "intifada tunecina" -como le ha llamado Al Jazeera- consiga sus objetivos más nobles. O, para decirlo más claramente, que se desactiven las posibles conspiraciones para vaciar de contenido real el movimiento revolucionario. Algunos exiliados, como Moncef Marzouki, ya han regresado al país, y otros, como el líder islamista moderado Rachid Ghanuchi, lo harán en breve, aunque éste reserve sus opciones para momentos más calmados. Las dudas sobre la viabilidad de este escenario no son pequeñas, debido a la ausencia de una cantera de líderes, la nula penetración de los partidos proscritos, la confusión propia del momento, la impaciencia de algunos sectores que exigirán mejoras inmediatas o el oportunismo de actores genuinamente nuevos pero no por ello mejores que los derrocados.
LA REVOLUCION UNIFORMADA
En el caso de que la presión democrática desbarate esta especie de transición ordenada y controlada que los herederos del régimen derribado están urdiendo, pero no genere líderes capaces y procesos coherentes y realizables, la amenaza de desorden es desgraciadamente real. En ese caso, los militares gozan de una ventaja indudable para convertirse en árbitros de la situación. No sólo por su relativa neutralidad política o por su historial de permanencia en los cuarteles sin ceder a tentaciones intervencionistas. En esta hora, resulta más decisivo que haya facilitado el éxito revolucionario negándose a colaborar en el último y desesperado intento represivo de Ben Alí. Que su principal jefe, el general Rachid Ammar, diera la puntilla al ex-presidente y certificara su defunción política con la ya famosa sentencia de 'estás acabado', es hoy en día un activo político. Circulan análisis contradictorios sobre las ambiciones del general Ammar, sin que nadie se atreva a acreditar sus verdaderas intenciones, como apunta el corresponsal del NEW YORK TIMES.
LA ANTORCHA TUNECINA
Mientras se resuelven estos dilemas -ya clásicos en cualquier proceso político revolucionario-, en los países vecinos se hacen intensos intentos para asimilar y neutralizar los efectos del ejemplo tunecino, ya sean los magrebíes (o norteafricanos, en general) o los europeos del otro lado del mediterráneo. De momento, en Egipto, Argelia y Mauritania ya se han registrado émulos de Bouazizi, el jóven licenciado en paro que con su sacrificio precipitó la protesta.
Cientos de analistas, editorialistas e intelectuales en el mundo árabe han querido ver en la "intifada tunecina" (Al Jazeera) el "turning point" (cambio de tendencia) que impulsará a los pueblos árabes a volverse contra sus dirigentes (Rami Juri, director del Instituto Issam Fares de la Universidad Americana de Beirut). Pero, sin restar trascendencia a lo ocurrido en Túnez, no está claro que "la antorcha tunecina iluminará todo el mundo árabe", como proclamaba entusiasta el diario libanés AS SAFIR.
Egipto está blindado, y no precisamente por Europa, cuyas 'garantías' sólo han estado a la altura de su indignidad precedente, sino por Estados Unidos. Es verdad que una explosión de cólera puede poner en apuros a la dictadura institucionalizada y militarizada de Mubarak, pero el sistema de alarmas se antoja más eficaz que en Túnez. Aunque sólo sea porque el régimen está más prevenido. Con la misma naturalidad con la que se ha laminado a la oposición islamista moderada o conservadora de los Hermanos Musulmanes o se reprimen focos de descontento social, se puede abortar un amago revolucionario. A Egipto le 'protege' su frontera con Israel. Aunque las arcas de Washington no están boyantes, es difícil creer que, en caso de alarma seria, los norteamericanos, alentados por los israelíes, no acudirían al rescate para reforzar subsidios, menudear limosna social o aplicar parches urgentes.
Algo parecido, aunque con componentes geoestratégicos un poco diferentes, le ocurre a Marruecos. La habilidad de la monarquía alauí para presentarse como garante regional frente al peligro islamista le proporciona cierta protección externa. Pero quizás el factor más tranquilizador para la Corona es que, pese a que el no ya tan joven rey ha defraudado a los optimistas que esperaban una renovación más amplia y sincera del sistema, lo cierto es que el descrédito en la cúspide del poder no ha alcanzado aún el nivel de pudrimiento tunecino.
El caso argelino es más peliagudo. Los disturbios callejeros de las últimas semanas podrían indicar que el malestar social va en aumento. Pero, como en Egipto, los aparatos represivos -materiales y de inteligencia- están permanentemente en sobre aviso, después de los violentos sucesos de 1988 y de la pesadilla terrorista-represiva que siguió al fraude electoral de los primeros noventa. En el semanario norteamericano THE NATION, Karima Bennoune apunta también la posibilidad de que las últimas protestas no hayan sido tan espontáneas, sino que hayan respondido a intereses corporativos privados que controlan los mercados del azúcar y otros productos sometidos a regulación gubernamental.
De Libia no llegan noticias fiables, aunque la inquietud no disimulada de Gadaffi indicaría que nadie está a salvo. Y, finalmente, Mauritania parece el eslabón más débil, aunque este frágil país sufre una inestabilidad endémica y los procesos revolucionarios, de ocurrir, se confundirían, seguramente, con cuartelazos habituales.
Qué decir de los paises occidentales, cuya indignidad ha sido puesta en evidencia en la caída de la 'dictadura turística' de 'Zinochet' Ben Alí (doble caricatura del diario argelino EL WATAN). En un editorial concluyente, THE GUARDIAN resume bien lo ocurrido:
"Estados Unidos y Europa han respaldado regímenes árabes herméticos y fallidos, por considerarlos barreras frente al radicalismo islámico. Se trata de una estrategia terriblemente desorientada, precisamente porque ayuda a conforma la narrativa yijadista de un Occidente hostil a los intereses de los pueblos musulmanes".
¿Quién se atreve a cuestionar que, como propone en LE MONDE Michel Camau (autor del libro "Síndrome autoritario. Política en Túnez, desde Burguiba a Ben Alí") urge reconsiderar esa estrategia?
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