CHINA: CAMBIO DE GUARDIA, ¿CAMBIO DE RUMBO?



15 de noviembre de 2012

           El decimoctavo congreso del Partido Comunista de China ha elegido este 15 de noviembre, al Politburó (25 miembros, núcleo duro del poder) y a su nuevo Secretario General. Éste se convertirá, el mes de marzo, en Presidente de la República Popular. Xi Jinping llega a la cúspide del poder en Pekín después de una larga trayectoria política y un historial de peripecias personales convenientemente aderezado por la propaganda oficial y por su círculo de apoyo. En un artículo escrito para esta web en febrero, con motivo de una visita oficial a Estados Unidos, dimos cuenta de su biografía. Hoy situaremos al personaje en su contexto.
               China cambia de líder y de liderazgo. Estamos ante la primera generación de dirigentes que no han vivido la Revolución. La pregunta es: ¿cambiará China?, ¿se adoptarán reformas relevantes?, ¿se producirá una reorientación del antiguo 'Imperio del Centro'?

                UN PERIODO DE INCERTIDUMBRE

             Analistas internos y externos predicen un periodo de incertidumbre, lo cual no tiene por qué implicar cambios, sino todo lo contrario, un cierto atrincheramiento, si los gestores máximos no se sienten seguros para emprender auténticas reformas. La jerarquía china, con notables excepciones, no gusta de los vuelcos políticos. Es un poder intrínsecamente conservador. Cierto es que en el último medio siglo hemos asistido a dos periodos de transformaciones radicales: la 'Revolución Cultural', a mediados de los sesenta; y el giro radical posterior hacia el 'socialismo de mercado', a finales de los setenta. El segundo proceso fue, en parte, reacción al primero: una rectificación enorme motivada por las dimensiones cataclísmicas del periodo anterior. Pero en los últimos treinta años, la llamada 'doctrina Deng' ha ido enterrando los residuos revolucionarios. El 'pensamiento Mao Zedong' es hoy apenas una referencia emocional y puramente decorativa.

            En China ha triunfado el 'socialismo de mercado'; o mejor, el 'capitalismo de Estado'. Casi nadie con poder e influencia en el país lo cuestiona. El grupo de dirigentes que acaba de cumplir su ciclo deja a China como segunda potencia económica mundial indiscutible, con capacidad para condicionar y amenazar la hegemonía de la única superpotencia y a las puertas de conquistar una posición de supremacía militar en su área geográfica natural. Según datos oficiales, el PIB se ha multiplicado por cinco en una década gracias a un índice de crecimiento estable en torno al 10% anual. La renta de las poblaciones urbanas se ha triplicado con creces. En las zonas rurales se ha producido también una prosperidad apreciable, pero al partirse de una situación muy pobre, los datos no son tan significativos. 

           Pero Hu Jintao (Presidente y Secretario General) y Wen Yaobang (Primer Ministro) no han podido reconducir los aspectos más inquietantes de este modelo de crecimiento, basado excesivamente en el ímpetu de las exportaciones, sin un aumento equivalente del poder de compra interno. Como era de esperar, los efectos de la caída de demanda global ha terminando por lastrar el crecimiento chino, lo que ha obligado a programas de estímulo.

            Además, ese modelo no ha generado una prosperidad equitativa. La riqueza ha crecido, pero no se ha repartido. La brecha social es descomunal, debido a una desigualdad galopante, la mayor del mundo, según el índice Gini, aunque las autoridades chinas hayan suspendido su publicación. Las políticas sociales compensatorias son débiles aún. Como ejemplo, la inversión en salud, apenas un 5% del PIB, no ha aumentado proporcionalmente.

            Por todos estos motivos, China es hoy un Estado en conflicto, permanente y creciente. Las huelgas y protestas se han duplicado en los últimos cinco años, a pesar de la represión de toda índole, la censura y opacidad informativas. El peso aún excesivo de la propaganda como narrativa dominante ya no oculta, ni a los menos avisados, la gravedad de los problemas. El deterioro medio ambiental adquiere dimensiones de emergencia (el consumo de carbón se ha duplicado, con las consecuencias contaminantes conocidas).
           
          El otro elemento desestabilizador, por su dimensión, es la corrupción, que amenaza con gangrenar todo el sistema, como advirtió el propio Hu en su discurso de despedida ante el Congreso comunista. El caso Bo Xilai sólo es una muestra, escogida e interesada, del desprestigio de la clase política.  

            Y, además de eso, la apertura política es nula. No hay 'brotes verdes' de democracia en China. Hay cierto lustre mediático, muy controlado, manejado con mano firme. Las confrontaciones políticas se siguen resolviendo en clave de intrigas, juegos de influencia muy opacos, una práctica muy insidiosa del consenso entre los distintos sectores de poder y una ausencia absoluta de participación ciudadana. Como sostiene Liu Xiobo, profesor en Columbia, la práctica del poder en China se cierne a un reequilibrio de intereses entre las familias. Más que el partido, la ideología o la visión, el factor determinante en el ejercicio del poder es la red de conexiones. Un alimento imparable para la corrupción. 

              CONJETURAS SOBRE LOS NUEVOS 'PRINCIPES'

            Xi Jinping y Le Keqiang formarán el nuevo tándem dirigente. El primero seguirá siendo un 'primun interpares' y el segundo una especie de ejecutor de las grandes líneas políticas. Este dúo encarna el gran pacto político entre las familias. En un principio, el favorito de Hu Jintao para sucederle al mando era Le Keqiang, pero éste contaba con menos apoyos y un curriculum familiar menos glamuroso. Por el contrario, Xi Jinping gozaría del invaluable apoyo de la 'gran familia militar', presenta una biografía muy conveniente como 'victima' resistente de la Revolución Cultural y goza del respaldo del poderoso clan de Shanghai, donde ejerció hace años como líder del PCCH (liderado por el todavía muy influyente ex-Presidente Jian Zeming). 

        Los analistas escudriñan en las manifestaciones de Xi sus intenciones venideras. Pero, como pragmático a ultranza que parece ser, no serán sus ideas la base de sus actuaciones, sino la capacidad de amoldarse a las circunstancias y a las imposiciones de la realidad. Se cree que, por sus conexiones con el mundo militar, respaldará una política más nacionalista; es decir, una retórica de reivindicaciones territoriales, especialmente en las áreas insulares. China mantiene fronteras más o menos conflictivas con buena parte de sus catorce vecinos. El reciente incremento de las tensiones con Japón, Vietnam o Filipinas por el control de los islotes de los mares del Sur y Este han hecho palidecer lo que, hoy por hoy, constituye la gran espina clavada en el orgullo chino: la escisión de Taiwan, la antigua China nacionalista. En los últimos tiempos Pekín ha conseguido entablar relaciones más constructivas con Taipei, pero no es un tema que cualquier dirigente chino puede dar por resuelto hasta que no se consume la reunificación del país.

           Es probable que los problemas derivados de una probable ralentización económica tiente a los nuevos dirigentes chinos con la fabricación de cortinas de humo exterior y se generen escenarios artificiales -o naturales, aunque exagerados- de crisis externas para desviar la atención. Tampoco sería descabellado lo contrario: que la dimensión de los problemas, y la falta de canales políticos adecuados maniaten al régimen y lo obliguen a una introspección no deseada. En otras palabras, que las 'guerras internas' neutralicen las 'aventuras exteriores'.

             En sus relaciones externas, China no sólo tendrá que lidiar con la renuencia de los vecinos a dejarse imponer una lógica de superpotencia ávida de poder. Lo más decisivo será, como señala THE NEW YORK TIMES, la naturaleza de sus relaciones con los Estados Unidos, que acaba de emprender un viraje estratégico irreversible hacia la zona de Asia y el Pacífico.

           Como señalan Nathan y Scobell en un reciente artículo para FOREIGN AFFAIRS, China vive una contradicción insalvable: la atracción de numerosos cuadros de sus élites actuales y futuras hacia el modelo económico y cultural de Estados Unidos (el propio Xi, en cierto modo, con sus años de estudio y formación allí) y la creencia, ampliamente extendida en la jerarquía china, de que la superpotencia capitalista no es sincera en sus protestas de colaboración y sólo pretende controlar y, en último término, abortar la aspiración china de liderazgo mundial e incluso regional.
               

OBAMA, RELEGIDO. LA ALEGRÍA DEJA PASO A LA PREOCUPACIÓN POR LA TAREA PENDIENTE




 7 de Noviembre de 2012

          Barack Obama ha sido reelegido tras una larga noche en el que se hizo esperar la consecución de los apoyos necesarios. El triunfo en Virginia, anunciado a las 11,30 de la noche (hora local en la costa Este), le aseguraba la reelección, después de haber ganado también Winconsin, Iowa, Nevada y New Hampshire, cinco de los estados indecisos.  Luego se confirmó su triunfo en Colorado y Ohio.  Antes de conocerse los resultados en Florida, Romney admitió su derrota y llamó a Obama para felicitarlo. El Presidente ganaba un segundo mandato por un margen aparentemente cómodo. 

Sin embargo, Obama había ido cosechando estas victorias parciales decisivas por unos pocos miles de votos. De ahí que en el voto nacional global, Obama haya superado a Romney en alrededor de un punto porcentual. 

         La victoria de los demócratas en la elección presidencial se complementa con un ligero avance en el Senado, donde tendrán dos puestos más y ampliarán su mayoría a 52. Por el contrario, los republicanos han revalidado su dominio en la Cámara de Representantes. Este panorama político de agudizada polarización anuncia un segundo mandato extremadamente complicado para Barack Obama. 

          UN TONO IDEALISTA PARA RETOMAR EL IMPULSO

En su discurso de aceptación, pronunciado al filo de la medianoche, desde Chicago. El Presidente Obama optó por recuperar el tono idealista e inspirador de hace cuatro años. Después de rendir un encendido homenaje a sus más estrechos colaboradores, a todo el equipo de campaña y a los miles de voluntarios que han trabajado infatigablemente para hacer posible su victoria, se extendió en elevadas consideraciones sobre la dignidad de la acción política. En un crescendo emotivo, resucitó los mensajes de esperanza, unidad y fortaleza de la democracia norteamericana. “Estamos más unidos como pueblo de lo que sugiere el cinismo político”, dijo al final de su discurso. 

En cuanto a la estrategia futura, el Presidente reelecto se limitó a apuntar su intención de convocar a los líderes de las grandes corrientes políticas para abordar los grandes desafíos nacionales.  No había ambiente para más detalles. La noche pedía alivio, alegría y celebración.  En las calles de las principales ciudades de mayoría demócrata, miles de militantes y simpatizantes daban rienda suelta a su entusiasmo y liberaban la tensión de una larga y difícil campaña electoral. Los temores de fracaso del primer presidente afroamericano de los Estados Unidos habían sido conjurados.  

UN SEGUNDO MANDATO ENVUELTO EN INCERTIDUMBRE

Y, sin embargo, como reconoció el propio Presidente electo, lo más complicado empieza ahora. Los principales analistas planteaban en la larga noche del martes 6 de noviembre las dificultades que el Presidente reelegido tendrá que sortear para abordar los desafíos pendientes de estos últimos cuatro años: la superación de la crisis económica, la redistribución de la riqueza mediante una política fiscal justa y eficaz, la aplicación de la reforma sanitaria y la satisfacción de las aspiraciones de millones de inmigrantes sin reconocimiento legal. 

                Efectivamente, con estos resultados, puede temerse poca colaboración de la derecha. Es muy probable que la estrategia de obstruccionismo continúe e incluso se refuerce. No es descartable, incluso,  que los conservadores construyan un discurso de negación de legitimidad a cualquier política claramente reformadora de orientación progresista. En consecuencia, podrían crecer las opciones de los candidatos más radicales en 2016. La deriva del Partido Republicano hacia la extrema derecha se puede acentuar. Le tomará tiempo encontrar un líder para dentro de cuatro años. Romney quizás no lo fue nunca, aunque estuvo muy cerca de conseguirlo. En su discurso de concesión de la derrota, el exgobernador adoptó una postura elegante y conciliadora, pero sin contenido político de relevancia como suele ser habitual. Pudo más en el ambiente la decepción de sus partidarios, que llegaron a creer en la posibilidad de la victoria. Con bastante fundamento, a tenor de los resultados.

                En definitiva, Obama afronta el gran dilema de su carrera política: apurar todos los recursos que su cargo institucional le proporciona para hacer avanzar las causas que reclaman sus bases electorales o intentar un acomodo con sus adversarios para no arriesgar un segundo mandato de pesadilla.
                               

ESTADOS UNIDOS DECIDE SIN ENTUSIASMO



 6 de Noviembre de 2012
        
            Estados Unidos decide hoy si prefiere atenuar los tremendos efectos sociales de las crisis o, por el contrario, acentúa la tendencia a la desigualdad, la brecha social y la desprotección iniciada hace tres décadas. Eso es lo que está en juego este ‘primer martes después del primer lunes de noviembre de 2012’: la intensidad con la que la mayoría de la población soportará el fracaso estrepitoso del modelo económico-social.

                 El actual Presidente, Barack Obama, abandonadas ya sus promesas de ‘cambio’ (dentro del sistema), se esfuerza por convencer a los suyos, a los más próximos (los adversarios lo odian más allá de lo racional) de que merece un segundo mandato para intentar lo que no pudo o no se atrevió a hacer. No ha eludido incluso el tono de súplica, una humildad un tanto tramposa, y algo desconcertante, dada la fama que se ha ganado de líder distante.

             El aspirante, Mitt Romney, asumida ya por todos su condición camaleónica, la incógnita básica que despierta su hipotético mandato y la relativa victoria que supone haber llegado al día D con opciones reales de éxito, confía en que la frustración ciudadana combinada con las perversiones del sistema político norteamericano (la baja participación, los obstáculos estructurales y premeditados al derecho de voto y el sólido escepticismo de amplias capas de la población) le otorguen el ‘premio’ que le fue negado a su padre.

     INCERTIDUMBRE FINAL

    Nada está decidido, en efecto. Los últimos sondeos, bastante fiables en el trazo grueso en Estados Unidos, no rompen la barrera de las dudas; es decir, no son concluyentes para anticipar un ganador (‘too close to call’, en expresión local). Hay, eso sí, una ‘sensación’ de que Obama ha conseguido un despegue mínimo en los ‘estados indecisos’, que podría hacerle superar los 270 votos electorales necesarios. Pero ni el propio Presidente, ni desde luego sus estrategas se fían en absoluto. Basta con que el tiempo sea poco propicio o que una pulsión de última hora provoque un desplazamiento de ánimo para que vuelque la barca presidencial.
                 
              Lo que sí parece claro, ahora que Sandy se ha diluido, es que la tormenta ha lustrado un poco la figura presidencial que Obama se había dejado ensombrecer durante buena parte de la campaña. El líder de los demócratas ha medido bien los tiempos, el discurso y los gestos. Ha proporcionado el alivio moral oportuno y ha tomado las decisiones justas, incluso para merecer el apoyo de los dirigentes conservadores de dos de las zonas más afectadas por la tormenta: el gobernador de New Jersey (el radical y otrora ‘incendiario’ Christies) y el alcalde de Nueva York (el ‘businessman’ Bloomberg). Éste último, como pálido republicano que gusta de presentarse, incluso ha expresado su preferencia por él, con calculada discreción. Estos apoyos parecen más influyentes que el de Colin Powell,  al que no perdonará seguramente el votante republicano medio su inhibición hace cuatro años, facilitándose el ascenso de Obama a la Casa Blanca.

                OBAMA: DE LA ‘ESPERANZA’ AL ‘ESFUERZO
                 
               Si el Presidente consigue repetir mandato no habrá entusiasmo, pero si alivio. Produce cierta frustración entre los progresistas que una victoria se perciba como barrera frente al empeoramiento, en vez de impulso hacia la mejoría. Pero, no nos engañemos, ése es el ambiente reinante. Este fin de semana, la BBC World ha emitido un interesante documental dedicado al balance de estos cuatro años, con el significativo título ‘Qué ha sido de la esperanza’. El relato del periodista Andrew Marr no venía sazonado por las valoraciones de primeras figuras políticas o periodísticas, sino por las de secundarios seguramente más libres y desenvueltos en la expresión de sus opiniones. Como hilo audiovisual conductor, el autor empleaba las fotos de realizadas por una de las fotógrafas habituales del Presidente (y, antes, del candidato en 2008). La evolución del semblante de Obama resulta conmovedora: la amplia sonrisa optimista deja paso a la introspección no desprovista de amargura, la energía a la fatiga, el arrope de las masas a la reflexión en soledad. El candidato que se había impuesto modificar la ‘dinámica de Washington’, es decir, la enfermedad insidiosa del ejercicio del poder, ha sido triturado moralmente por la ambición de continuar. 


            La divisa ‘hope’ (esperanza) es muy querida para los demócratas. Recuérdese que Bill Clinton la utilizó en su campaña de 1992, casi inevitablemente, porque así se llamaba el pequeño pueblo de Arkansas en el que nació. Obama la recuperó en 2008 (y antes, en las primarias, frente a los Clinton, devorados ya entonces por la usura del poder). Cuatro años después, la consigna vaporosa de la esperanza se ha diluido en otra más resignada o menos convocadora de ilusiones: el ‘hard work’, el ‘trabajo duro’, el ‘esfuerzo’. Naturalmente, para seguir tirando del carro, y cuesta arriba. Como representación clamorosa de ello, ha sido precisamente el popular pero resabiado Bill Clinton quien ha acudido al rescate de Obama en dos momentos clave de esta campaña: la Convención Demócrata y el último gran acto electoral del Presidente (este fin de semana en Concord, New Hampshire).

           ROMNEY: LA MITICA DEL ‘ÉXITO

Frente a la ‘esperanza’ transmutada en ‘esfuerzo’, Romney  ha intentando establecer la mítica ilusionista y muy norteamericana del ‘éxito’. El suyo, claro está, como inspirador del pretendido por cada cual. Éxito individual, por supuesto. Al que se llega trabajando, sin duda, pero sobre todo por ‘competencia’ en el doble sentido del término: el que se reclama de la preparación y el que alude a la ambición de prevalecer sobre los demás.

También los republicanos efectúan en realidad variaciones sobre el mismo tema desde hace más de una generación. Reagan alcanzó la presidencia con el lema “hacer a América fuerte a otra vez”, frente a la supuesta debilidad del mandato de Jimmy Carter. La fortaleza tenía entonces un sentido de desafío externo, ya fuera frente a la amenaza soviética (declinante, pero ocultada o exagerada por el ‘establishment‘ de Washington); o, más oportuna, de los ‘ayatollahs’  iraníes. George W. Bush convirtió esa expresión de la fortaleza en ‘unilateralismo’ e imposición del método americano no ya a los rivales sino a los propios aliados, sin parar en guerras descabelladas y absurdas.

Ahora, Romney evoca la recuperación de la fortaleza inventándose la debilidad. Aunque para ello atribuya falsa y maliciosamente a Obama la presentación de excusas por el poderío de América.  El candidato republicano sólo interpreta el libreto ‘neocon’ adaptado al momento.  Paradójicamente, los grandes defensores de acabar con el ‘big government’ (un Estado fuerte), preconizan un incremento injustificado y absurdo de la mayor y más costosa de las instituciones estatales: el aparato industrial-militar. El mensaje es tan incoherente como lo era hace treinta años. En realidad más, porque ni los riesgos, ni las amenazas (reales o teóricas son comparables). Pero, además, es inconsistente con la propia realidad del país. La vulnerabilidad de  América no tiene que ver con la exposición indefensa al enemigo externo (terrorista o comercial), sino con los crecientes desequilibrios internos: desigualdad social desbocada, obsolescencia de sus infraestructuras y corrupción de su sistema político.  

Esta última era resaltada por Jeffrey Sachs, el que fuera economista jefe del Banco Mundial y hoy agudo crítico del sistema, en el citado documental de la BBC. Poca gente, sin embargo, le presta atención. Resulta sorprendente que en Europa se siga contemplando a la democracia norteamericana con una mirada tan poco crítica, cuando se encuentra instalada en la prevalencia del dinero, la falta de transparencia, la chapuza del proceso electoral (cuando no abiertamente el fraude), la escasa renovación de cuadros, la colusión de los grandes medios de comunicación y la esclerosis de las propuestas programáticas. 

Pero esto no estará hoy en la mente y en el corazón de los norteamericanos: bastará con elegir entre la invocación al ´esfuerzo´ y la promesa del ‘éxito’.