MACRONIZACIÓN

21 de junio de 2017
                
Francia ya tiene completada las bases de un nuevo experimento político. La V República se aleja de la bipolaridad derecha-izquierda, después de eludir la tentación del populismo nacionalista. Lo que definirá el nuevo tiempo es un ensayo de centro, ambiguo y conciliador, anclado en desprendimientos de ambos bloques y comunicados mediante pasarelas sólidas pero aéreas. Como un puente de diseño vanguardista.

Este nuevo modelo viene avalado por esa atracción a veces tan irresistible de los nombres y caras nuevos, casi novísimos en muchos casos, con la celebrada transfusión de sangre ajena a la política profesional. Y todo casi de golpe, como si se tratara de un tsunami político repentino y enérgico. Al frente de esta arquitectura de formas ligeras y perfiles suavizados, un líder construido en tiempo récord, propulsado por su juventud, con el punto asumible de rebeldía contra estructuras anquilosadas, una historia personal generadora de cierta simpatía y un sentido muy inteligente de la oportunidad.

Francia se macroniza. ¿Qué quiere decir tal cosa? Pues que se entrega, al empeño indefinido y vaporoso de un discurso de renovación, modernización y limpieza. No sin reservas o renuencias de sectores muy numerosos de la sociedad francesa. Lo refleja la abrumadora, inquietante y significativa abstención: más de un 57% en la segunda vuelta.  Son índices propios de Estados Unidos. El supuesto entusiasmo que el discurso macronita proclama es muy relativo. La desafección se ha resuelto en la apatía. El rechazo se ha diluido en un alta dosis de indiferencia.

EL MODELO MACRON

El experimento Macron suena demasiado a marketing¸ con mayores o menores dosis de habilidad. No todo es entusiasmo lo que reluce. Hay mucha aleación detrás. O al menos la justa para aparentar sostenibilidad suficiente, de momento.

La manera en que las legislativas han revalidado y reforzado la apuesta presidencial de mayo conecta con el inicio de la V República, pero con orientaciones diferentes. El creador del régimen, el general De Gaulle, prefiguró un sistema de estabilidad, control y liderazgo fuerte. Al cabo, Macron no ha necesitado liquidar ese modelo sino reinterpretarlo. 

La ventaja del modelo Macron es que casi todo el mundo cree que puede encajar. El inconveniente, en cambio, surge del esfuerzo continuo de precisión que sus colaboradores estarán obligados continuamente a habrá que hacer para que el esfuerzo no se despilfarre en iniciativas dispares y hasta contradictorias.

Con una mayoría absoluta tan abrumadora, el 60% de los escaños de la Asamblea Nacional, casi todo el mundo tiende a pensar que el Presidente, su primer ministro y el gobierno en su conjunto tendrán las manos libres para aplicar las reformas prometidas. Pero como esas reformas son demasiado ambiguas y como los instintos políticos de la élite macronista procede de esferas tan diversas, el riesgo de cacofonía y confusión es elevado.

No hay todavía un partido macronista como tal. Igual que no hubo un partido gaullista, al principio del regreso del general. La reunión de voluntades de finales de los cincuenta y primeros de los sesenta en torno a De Gaulle se reclamaba de una visión nacionalista y conservadora. La que ahora inicia su andadura se antoja liberal, renovadora y europeísta. Etiquetas que dicen poco. O que dicen lo que interesa que digan.

LA LIQUIDACIÓN DE LOS OPONENTES

La marea Macron ha pulverizado al Partido Socialista, más allá de los cálculos más pesimistas de hace apenas un año. Con ser dolorosa, su reducida presencia en el Parlamento (una treintena de diputados: una décima parte de los que tenía desde 2012) no es lo más grave. El verdadero drama es el clima de desconfianza, desaliento y resentimiento que transmiten sus dirigentes, y la apatía de sus simpatizantes. El castigo recibido no es un correctivo: suena a liquidación. Uno de los responsables de este fracaso histórico, el exprimer ministro Manuel Valls, insinuaba hace unas semanas la desaparición del Partido. Le faltó coraje para admitir que él pasaría a la historia como uno de sus principales enterradores.La derecha heredera del gaullismo no ha sufrido un varapalo tan grande, en términos absolutos. Pero el resultado es igualmente catastrófico, porque, contrariamente al PSF, Los Republicanos aspiraban a gobernar. O, después del 8 de mayo, a condicionar seriamente al gobierno. Ni una cosa, ni la otra. Con su centenar largo de diputados, podrán incordiar y reconstruir sus opciones de alternativa, pero su influencia ha quedado severamente limitada.

Una vez más, el Frente Nacional se revela como un fantasma más del Louvre. Asusta, pero no muerde. Tiene capacidad para generar miedo, rechazo y, si se quiere, odio. Socava la confianza en las instituciones, destila intolerancia, pervierte los llamados valores republicanos. Pero los diques electorales del sistema son más poderosos que sus embestidas. Por primera vez estarán en la Asamblea Nacional. Pero sus ocho voces no bastan para constituir un coro atronador en la cámara de resonancia política por naturaleza.

La izquierda radical (que no extremista) tendrá un peso más importante. Pero es más que probable que muchas de sus energías de pierdan en temidas rivalidades entre los insumisos de Melenchon (17 diputados) y comunistas (1º escaños) por conquistar la hegemonía del discurso crítico. De momento, se anuncia que no habrá grupo parlamentario conjunto. Cada uno hará la guerra por su cuenta. Lo de siempre.

La primera piedra de toque del Ejecutivo será la reforma de la ley del trabajo. La pretensión de sacarla adelante mediante decreto-ley queda superada por una mayoría absoluta que permite legitimarla con todas las garantías y bendiciones políticas y legales. Macron y su gobierno se someterán a la primera prueba de fuego. Pero más en la calle que en el Parlamento, porque la izquierda radical se alineará con la presumible movilización sindical. De los socialistas sólo cabe esperar división y debilidad.

El otro desafío inmediato es el Brexit. Macron permanecerá sentado en el andén hasta que llegue el tren de Berlín, en septiembre.  Tanto si Merkel repite como pasajera (lo más probable) o se estrenara Shultz, el nuevo presidente francés no debe tener problemas de interlocución. Es la versión exterior de su modelo de pasarelas a derecha e izquierda, sin rigidices ideológicas o políticas, con la flexibilidad que proporciona un discurso genérico y esquivo, abierto a componendas dentro de los habituales márgenes tolerables.  

PRIMAVERA EFÍMERA EN RUSIA

16 de junio de 2017
                
Rusia está revuelta. Las manifestaciones que se han extendido por varias ciudades de todo el territorio nacional parecerían indicar que se está desarrollando un amplio movimiento de contestación a Putin, con vistas a las elecciones presidenciales del año que viene.
   
El Kremlin ha reaccionado sin vacilación. Más de un millar de participantes han sido detenidos, entre ellos el líder de la protesta, Alexei Navalny, el opositor más destacado del panorama político.
              
El actual movimiento comenzó a generarse en marzo, tras un documental inspirado por Navalny en el que se denunciaba con fiereza la corrupción en las esferas más altas del régimen.    
                
Se destacaba el caso del primer ministro y mano derecha política de Putin, Dimitri Mevdeved, que aparecía como propietario de mansiones, yates y otros bienes de lujo, que en Rusia solo está al alcance de los oligarcas, la élite más rica del país. Esas y otras revelaciones propiciaron que miles de jóvenes se echaran a la calle hace tres meses en ochenta ciudades para denunciar la deshonestidad de los dirigentes políticos.
              
Previamente, antes de las elecciones de 2012, otro ciclo de protestas fue replicado por el poder con centenares de penas de prisión.
         
Este nuevo ciclo de contestación juvenil coincide con un clima de malestar social por unas decisiones inmobiliarias que privarán a más de millón y medio de moscovitas de sus viviendas actuales en barriadas céntricas de la capital y su reubicación en otras zonas. La compensación ofrecida por las autoridades no ha aplacado los ánimos, por falta de confianza palpable. El malestar se ha traducido en otra oleada de manifestaciones, diferentes a las de los jóvenes, que también ha sido drásticamente afrontadas por las autoridades.
             
UN PULSO A MEDIO PLAZO
            
Navalny eligió cuidadosamente la fecha de convocatoria de esta última protesta, el 12 de junio, día de la festividad nacional. De esta forma, el astuto dirigente opositor ha pretendido disputar a Putin la interpretación exclusiva del nacionalismo. Tras la caída del comunismo, la desconfianza hacia el socialismo como versión democrática y moderada de un modelo económico y social más igualitario, y la amarga experiencia del liberalismo despiadado de los noventa, Putin adoptó el nacionalismo como cobertura ideológica de un sistema ecléctico y arbitrario.
                
Hoy por hoy, Putin no parece tener rival serio que le dispute el triunfo en las elecciones de marzo de 2018. La oposición institucional acurrucada en la Duma es débil, está dividida y en cierto modo amedrentada por el control casi absoluto que el patrón del Kremlin ejerce sobre todas palancas del Estado, la económica, la represiva y la propagandística.
             
Navalny, por el contrario, representa algo distinto, un nacionalismo moderno que utiliza un lenguaje de claras resonancias occidentales, que se apoyó en el auge de las redes sociales para ganar en extensión y en alcance. El apoyo que ha reunido es, por consiguiente, juvenil y muy dinámico, urbano e interesado por las experiencias democráticas occidentales, en particular la norteamericana. Pero carece de estructuras, de mandos intermedios y de implantación en el medio rural, en la Rusia profunda.
        
A pesar de estas debilidades, Navalny pretende retar a Putin el año que viene. No con la pretensión de ganar, por supuesto, sino con la clara intención de someterlo a mayor desgaste, a un plus de exposición pública y de erosión moral. Simultáneamente, el dirigente de esta oposición diferente confía en fortalecer sus futuras opciones, extender su predicamento a otros sectores sociales y convertirse en una alternativa sólida del poder en la era post-Putin.
             
Estos planes de Navalny no han pasado desapercibidos al Kremlin. Tras detenerlo, se le han imputado cargos, con la aparente finalidad de privarle de sus derechos políticos e impedir, de esta forma, su candidatura en las elecciones de marzo de 2018.
                 
EL DESENGAÑO DE PUTIN
                
La neutralización de Navalny busca cercenar de raíz el actual ciclo de protestas. Pero hay otros factores de mayor inquietud para el Kremlin. Las esperanzas de un levantamiento de las sanciones, promovido por la administración Trump, se desvanece a medida que la negra nube de la colusión con Rusia condiciona la dinámica política en Washington. El triunfo de Macron y la anunciada revitalización del eje franco-alemán no son tampoco buenas noticias para Putin.

                
Son estos reveses exteriores, más que la contestación interna, lo que puede provocar nuevos son reflejos defensivos y represivos en el Kremlin. Aunque Putin no tema a Navalny, si la situación económica y social no mejora, cualquier conato de protesta puede tornarse incómoda. Por eso, cabe anticipar que Putin mantendrá a raya a esta oposición imberbe y evitará sin contemplaciones que la efímera primavera se prolongue más de lo conveniente.

GRAN BRETAÑA: THERESA MAY NOT; CORBYN PERHAPS

9 de junio de 2017
                
La Primera Ministra británica, Theresa May, justificó la convocatoria anticipada de elecciones (snap election) para demandar a los electores un mandato sólido y estable que le permitiera negociar en posición de firmeza con la Unión Europea la resolución del Brexit.
                
El resultado ha sido justo el contrario. May ha perdido la mayoría escasa que heredó de Cameron. Gran Bretaña tendrá eso que por estos pagos se denominada hung Parliament, es decir, un legislativo sin mayoría absoluta con la que un partido puede asegurar una gestión sin sobresaltos.
                
Los resultados han provocado un enorme impacto en las filas conservadoras. En voz baja, algunos ya empiezan a cuestionar el liderazgo de May. La editora política de la BBC, Laura Kuenssberg, citaba a primera hora de la mañana un comentario shakespearino de un alto cargo del gobierno: “el partido tory es una monarquía absoluta dirigido por una regicida”.
                
Este efecto boomerang del 8 de junio recuerda un al fiasco de Chirac en 1997, cuando el entonces presidente francés adelantó las elecciones legislativas para aprovechar una coyuntura que creía favorable y termino provocando la derrota de su partido.
                
El fracaso de May se debe a una combinación de errores de cálculo, una deficiente campaña electoral y cierta inconsistencia política. El oportunismo suele tener las alas muy cortas. El cambio continuo de discurso, el tacticismo extremo, proporciona ventajas muy efímeras. Sostener una cosa y su contraria a veces desconcierta a los rivales, pero terminan confundiendo a los electores, incluyendo a los más fieles o convencidos. Theresa Maybe, la etiquetó THE ECONOMIST.
                
Theresa May fue elevada prematuramente a la condición de futura gran líder del Partido Conservador. Muy pocos discutieron su candidatura como sucesora del malhadado James Cameron. Ni siquiera muchos de los que ahora ya toman medidas de su ataúd político. La abrumadora mayoría de esa prensa adicta a los tories que domina el panorama mediático de Gran Bretaña contribuyó notablemente a afianzar esa percepción.
                
La política es cruel y la política británica lo es especialmente. Tiene poca consideración con los derrotados. Y esta victoria conservadora es una derrota en toda regla. Theresa May adoptó el modo Theresa Maybe para contentar a todo el mundo y se ha encontrado con que el electorado la ha convertido en Theresa Maynot. Pronto sabremos si será Theresa out.
               
De momento, la PM ha manifestado que “no tiene intención alguna de dimitir”.
               
CORBYN PERHAPS.
                
La otra cara de la moneda ha sido Jeremy Corbin. El laborismo no sólo no se ha derrumbado, como predecían rivales, analistas y no pocos exponentes de ala moderada o centrista del partido, sino que ha reforzado su presencia en Westminster con más de una treintena de diputados adicionales.
                
Se intuía en los últimos días este cambio de la tendencia destructora de los dos últimos años. El fuego amigo contra el contestado líder fue disminuyendo a medida que Corbyn cosechaba éxito tras éxito en una campaña que ha recordado a la de Bernie Sanders.
                
Corbyn es la antítesis de May. Es un hombre de principios, de convicciones, de coherencia, se compartan o no sus posiciones. Contra todas las previsiones y augurios, contra el relato interesado del pensamiento (casi) único, contra las tendencias abrumadoras de la mercadotecnia política, el veterano político de base, fiel a sus referencias marxistas, Corbyn parece haber devuelto al laborismo un cierto sentido de pertenencia.
                
Quizás. Sería deseable. Algunos indicadores, aún por confirmar, avalan esta esperanza:

                - el incremento del voto joven es uno de los factores decisivos en la mejora del Labour.

                - la recuperación de buena parte del voto escocés, en perjuicio de los nacionalistas, que habían logrado arrebatarle el voto progresista con su giro a la izquierda, en comicios anteriores.

                - los avances en el norte de Inglaterra, golpeado por la desindustrialización, que se echó en brazos del nacionalismo del Brexit.
               
Algunos portavoces del laborismo centrista han reprochado con insistencia a Corbyn que se empeñara en repetir sus convicciones izquierdistas en vez de afilar críticas certeras contra Cameron y May. Esta madrugada, el reivindicado líder laborista ha pedido a la jefa del gobierno que dimita, porque “ha perdido votos, apoyos y confianza”.
                
El triunfo político de Corbyn refuerza la tendencia observada en los últimos meses en la socialdemocracia europea en favor de optar por dirigentes que dicen querer recuperar un discurso más consistente de izquierdas, abandonar definitivamente políticas que han perjudicado a su teórica base electoral y comprometerse activamente con la igualdad y la defensa de derechos de las mayorías sociales.
               

               

                

GRAN BRETAÑA: ELECCIONES BAJO LA PRESIÓN DE MÚLTIPLES IMPOSTURAS

7 de junio de 2017
                
Gran Bretaña celebra este jueves unas elecciones anticipadas. El sobresalto terrorista es sólo el último de una serie de factores que convierten a estas elecciones en una prueba dramática para la democracia británica, porque están sometidas a la presión de múltiples imposturas.
                
1) El falso dilema entre seguridad y libertades. El terror y la libertad no son compatibles. Es un axioma demasiado obvio sobre el que no hace falta debatir. Más controvertido es, en cambio, el falso dilema entre seguridad y libertades. No está resuelto el debate. Y no sólo por su complejidad. Hay un interés político es dejarlo abierto para favorecer la degradación democrática.
                
La reacción de la Primera Ministra May es todo menos sorprendente. Forma parte de la identidad conservadora apoyarse en el desafío terrorista para restringir derechos y recortar libertades. Su afirmación de que “un exceso de tolerancia ha favorecido el extremismo” no sólo es discutible. Resulta sorprendente escuchárselo a alguien que ha sido durante seis años Secretaria del Interior. O que ha prometido recortar la plantilla policial. Para abundar en el doble lenguaje, prometió luego reformas legales para acelerar deportaciones y reducir garantías en el tratamiento de sospechosos. Pero hay algo más que doctrina tradicional en este discurso de mano dura.
               
2) El oportunismo antes que los principios. La conducta de la Premier británica ha estado dictada por el oportunismo tanto o más que por la ideología. Defendió con pocas ganas la permanencia en Europa durante la campaña porque creyó que sería la opción triunfadora. Cuando la manipulación y las mentiras propiciaron el resultado contrario, transitó calculadoramente entre esas dos posiciones habituales en los tories: la euroresignación y el euroescepticismo.
                
Más tarde, ya al frente del gobierno, la primera fase de la gestión del Brexit puso en evidencia su limitada estatura política. Su ambigüedad y sus vacilaciones no fueron inocentes. Más que asumir el riesgo de defender ideas propias, May trató de aprovechar el viento favorable de la intoxicación mediática para fortalecer sus posiciones políticas: tanto fuera, frente a los socios europeos, con una pose de firmeza nacional, como dentro, en su partido y ante los ciudadanos.
                
La tentación electoralista era demasiado fuerte para dejarla pasar. Aunque había dicho que no convocaría elecciones, bastó que las encuestas le auguraran una mayoría abrumadora para proceder a uno más de sus oportunistas giros de actuación.
                
Para aprovechar la decadencia de sus principales rivales, los laboristas, May rescató el recurso del conservadurismo compasivo. Un discurso recubierto de pálidas resonancias sociales para amortiguar propuestas que profundizan en el recorte de derechos y prestaciones a los sectores más vulnerables de la sociedad como pensionistas, dependientes, infancia, etc.
                
Todo parecía encarrilado hacia el dominio más abrumador de los tories en una generación. Pero la campaña de May ha sido altamente decepcionante, incluso teniendo en cuenta los antecedentes mencionados. Eludió el debate con los líderes del partido y puso en evidencia sus debilidades en una entrevista con uno de los principales sabuesos periodísticos del país. Poco a poco los sondeos han ido reflejando un acortamiento progresivo de la ventaja tory en las intenciones de voto.
                
El reciente atentado de Londres, sumado al sufrido en abril y al de mayo en Manchester, le brindó una nueva oportunidad de apoyarse en una impostura para rectificar una tendencia en la opinión pública, muy variable, volátil y desconcertada.
                
3) Britannia, First. Gran parte del electorado británico se encuentra bajo el efecto de una gigantesca intoxicación política, que consiste en desplazar sobre la UE la responsabilidad de su fracaso como país. Sin duda. Europa, el modelo tecno-económico fallido de construcción europea, ha contribuido notablemente al retroceso de derechos sociales, el aumento de la desigualdad y la degradación de la calidad de vida de los ciudadanos. Pero las políticas conservadoras británicas, no han sido muy diferentes, ni han aliviado estos azotes. La respuesta tory ni ha sido ni puede ser social. Es nacionalista. May se ha subido al mismo carro que ha propulsado a Trump, aunque sus representaciones públicas sean diferentes. Estridente y bordeando el ridículo, el norteamericano; taimada y engañosa, la británica.  
                
Este discurso de la preeminencia nacional confunde al electorado que no profesa convicciones políticas o ideológicas muy sólidas, que se identifica con pulsiones primarias, ancladas en imaginarios culturales e historicistas de dudosa autenticidad. Pero que funcionan electoral y socialmente.
                
Cada vez es más claro que May se ha envuelto en la bandera del Britannia First como atajo presentido para escapar del laberinto en que su propio partido se metió para disimular el agotamiento de sus posiciones políticas.  
                
4) El autoengaño laborista. En este panorama de confusión, propaganda e impostura, las opciones de una recomposición racional eran prácticamente inexistentes. Ni siquiera una opción alternativa sólida lo hubiera garantizado. Pero ni siquiera había eso al otro lado. Los laboristas llevan años empeñados en dinámicas autodestructivas, alejados de su base social, arruinados por debates estériles disfrazados de modernidad, eficacia y pragmatismo. El denominado giro al centro se ha convertido en un viaje al vacío ideológico, una deriva ética y una irrelevancia electoral.
                
Corbyn es la respuesta inconformista a ese desastre. Su triunfo en el duelo partidario interno nunca fue aceptado por los moderados de las diversas tendencias. Los tenores parlamentarios minaron su liderazgo desde el principio. No se le perdonó el apoyo que recibió de sectores ajenos a las estructuras consolidadas. El año pasado en cenáculos laboristas se apostaba por el deceso político ineludible de Corbyn. Cuando May convocó las elecciones, algunos dirigentes laboristas respiraron aliviados al creer que la agonía se acortaba.
                
Pero no es eso lo que parece que vaya a ocurrir. Contrariamente a la Primer Ministra, el líder de la oposición ha hecho una campaña más que notable. Corbyn ha movilizado a la juventud como hacía tiempo que un candidato laborista no lo conseguía. Ha defendido con pasión y convicción sus ideas, en vez de refugiarse en las conveniencias de algunos de sus antecesores. Ha proyectado una idea de país más cohesionado y solidario, una crítica más solvente y honesta del modelo europeo.

                
Seguramente, no le servirá para evitar la derrota. Pero, al menos, si obtiene un resultado digno, Corbyn habrá logrado combatir la impostura de que la izquierda tiene que proponer ideas y propuestas propias de la derecha para recuperar confianza y reconstruir el apoyo social. Para los progresistas, ésta puede ser la única consecuencia positiva de estas elecciones bajo la presión de múltiples imposturas. 

LA TORMENTA ATLÁNTICA

1 de junio de 2017

Tenía que pasar y ha pasado. El primer viaje de Trump a Europa ha sido un desastre. Sin paliativos. Tanto, que los líderes europeos ni siquiera se han esforzado en disimularlo.
                
Los artificieros que rodean al Presidente para evitar que se suicide diplomáticamente con sus habituales impertinencias han debido sentirse desanimados. Habían sorteado la etapa mesoriental con bastante soltura y mucha fanfarria, aunque con pocos resultados. En Europa, las cosas fueron mal enseguida y terminaron peor a la primera de cambio.
                
“Trump abandona la OTAN”. Así tituló su comentario semanal Judy Dempsey, la editora de la publicación sobre estrategia europea del Carnegie Endowmwent Institute, uno de los principales think-tank occidentales. Más allá de la ironía, el relato de la veterana informadora no tiene desperdicio. “Menuda cena”, comienza por decir, para referirse al tenso y gélido ambiente de una cita en la que, por lo general, suelen imponerse las buenas palabras, mientras se deja a los colaboradores y asesores la antipática tarea de limar las asperezas (1).
                
En esta ocasión, las asperezas se encallaron en la mesa principal. Más que eso hubo: empujones, regañinas y admoniciones de un Presidente bajo sospecha dentro y desacreditado fuera. Confesaba recientemente un avezado diplomático que en el precavido laboratorio de las relaciones internacionales se trabajaba siempre con la hipótesis de que uno o varios dirigentes mundiales se saliera de sus cabales; ahora, señalaba, ya no es una hipótesis.
                
El desencuentro entre ambos lados del Atlántico había empezado mucho antes de que Trump subiera al Air Force One. Desde que, en su discurso inaugural proclamara que “América es lo primero” (America First), consagrando sus simplezas de campaña sobre el comercio internacional o el deterioro climático, el choque quedó anunciado.
                
Otros factores habían envenenado el ambiente. Naturalmente, la inquietante retórica de cooperación con Rusia, que puede ser algo más, y peor, que pura ingenuidad o deslices de aficionado. Y también, desde luego, el coqueteo con los partidos nacional-populistas europeos en un año de contiendas electorales de gran trascendencia.
                
MERKEL, EN COMBATE
                
Es cierto que entre aliados no suelen producirse zascas de este tipo. Pero tampoco es tan insólito. Desde la guerra de Corea en los cincuenta a la cruzada post-11S, la relación entre los socios atlánticos está plagada de minas desactivadas o explosionadas bajo control.
                
En los tiempos de la guerra fría, quien enfriaba los pies norteamericanos en el confort de la casa común atlántica eran los franceses, con sus sillas vacías en la OTAN o la voluntad de afirmar iniciativas independientes. Macron tampoco se ha mordido ahora la lengua. Pero el latigazo ha venido del otro lado del Rhin. Los alemanes solían guardar la línea ortodoxa fijada por Washington. Ni siquiera la Ostpolitik (política hacia el Este), promovida por Willy Brandt, nunca fue cuestionada por EE.UU.
                
Ángela Merkel, siempre contenida y cautelosa en exceso, debió regresar tan irritada de las dos cumbres con Trump (OTAN y G-7) que se permitió algo poco común en ella: disparar sin fogueo. Escogió un ambiente distendido -una fiesta cervecera en Múnich- para lanzar un mensaje imposible de minimizar. “Europa debe hacerse cargo de su propio destino. Los tiempos en que podíamos depender de otros ya se han acabado”. Y por si no se había entendido bien, remachó luego: “esto es lo que hemos visto estos últimos días”.  Merkel se refería a las garantías de seguridad, no a la autonomía política, obviamente.
                
El caso es que las palabras de la Canciller causaron un gran revuelo. Otra veterana del observatorio mundial, Anne Applebaum, concluye que “la relación americano-germana, el corazón de la alianza transatlántica durante más de 70 años, ha tocado histórico fondo” (2). DER SPIEGEL cree que Merkel “ha perdido la esperanza de que pueda incluso trabajar constructivamente con Trump”, aunque apunta cálculos electorales en la andanada de la Canciller (3). Algo similar sostiene THE ECONOMIST, con su saludable escepticismo habitual (4).
                Alemania celebra elecciones en septiembre. Aunque el susto de un triunfo de los social-demócratas parece haberse desvanecido tras el fracaso en Renania del Norte-Westfalia, la canciller no es amiga de riesgos.  La andanada de la canciller juega a favor de corriente: la desconfianza de los alemanes en Trump supera a la que tienen en Putin en más de 20 puntos.
                
A la vista de la polvareda, la misma Merkel se esforzó por poner paños calientes y asegurar que las relaciones con EE.UU. son esenciales.
                
¿Y AHORA QUÉ?
               
Los dirigentes europeos no son los jeques árabes. Están al frente de democracias y no de regímenes semi-feudales. No está permitido casi todo. “Trump no es un hipócrita”, dicen con cierta guasa provocadora Henry Farrell y Martha Finnemore. Estos dos analistas del teatro mundial sostienen que la hipocresía, “el tributo que el vicio paga a la virtud” (Rochefoucauld dixit) es imprescindible para sostener el orden internacional. El actual inquilino del primer centro de poder mundial carece de esa habilidad (5).
                
Es la gran pregunta. Paciencia y templanza. Pero también firmeza. Veremos qué decide este jueves el mercurial presidente con respecto al acuerdo de París sobre el clima. Si se retira, como lleva advirtiendo, se habrá consumado un escenario de desconfianza, de desvinculación.
                
Con ser muy sensible el dossier ecológico, resultaría mucho más devastadora una riña comercial. Trump, que es un consumidor pertinaz de coches germanos de lujo, se permitía esta misma semana criticar a los alemanes por montar fábricas en México para vender automóviles en EE.UU. En uno de sus celebrados tuits, daba rienda suelta a su irritación contra Berlín por el superávit alemán en la balanza bilateral (ciertamente, muy elevado: 65 mil millones de dólares), cuando Washington paga la mayor parte de la factura de la seguridad alemana (y europea). Alemania gasta el 1,2% de su PIB en defensa, muy lejos del 2% que Washington ha venido reclamando durante años, aunque para Trump podría no ser suficiente. 
                
Como sostienen no pocos expertos, el problema no es el volumen de gasto sino el método. No el cuánto sino el cómo. El gasto europeo en Defensa más que escaso es ineficaz, redundante, desordenado y desarmonizado, ha insistido estos días Stephen Walt, el siempre lúcido profesor de Harvard (6). No es cuestión de gastar más en carros de combate, en aviones, en logística, etc. Se trata de hacerlo mejor, de subsanar todos esos defectos y otros más. Nadie confía en que se consiga pronto.
                
Trump omitía que el saldo comercial es un juego de balanzas múltiples. En algunas pierde y en otras su país sale abrumadoramente beneficiado. En todo caso, el Presidente ignoraba, o no quiere saber que, aunque quisiera, Alemania no puede negociar asuntos comerciales con Estados Unidos porque se trata de un dominio reservado a la Unión Europa.
      
Alemania no va a romper con EE.UU. Ni Francia. Pero ninguna de ellas, ni siquiera Gran Bretaña, siempre más atenta a apaciguar las turbulencias atlánticas, parece dispuesta a que se les trate con desconsideración o menosprecio. El vínculo está para unir, no para ahogar. 

NOTAS

(1) CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 26 de mayo. 

(2) THE WASHINGTON POST, 29 de mayo.

(3) DER SPIEGEL, 29 de mayo.

(4) THE ECONOMIST, 30 de mayo.

(5) FOREIGN AFFAIRS, 30 de mayo. 

(6) FOREING POLICY, 30 de mayo.

EL "REALITY SHOW" DE "TRUMP DE ARABIA"

24 de mayo de 2017
                
Durante la campaña, Trump exhibió una tendencia enfermiza a proyectar un universo paralelo: sobre la decadencia de América, sobre el desequilibrado sistema comercial mundial, sobre la amenaza migratoria… O sobre la guerra de religiones. “El Islam nos odia”, dijo una y otra vez, en una irresponsable incitación a eso mismo que él pretendía falsamente denunciar.
                
Trump aterrizó en Arabia Saudí dispuesto a someterse a un giro orwelliano, con tal de salir indemne de un potencial desastre diplomático. Se avino a corregir su embridar su retórica y a decir lo que le aconsejaron, con mayor o menor agrado. Dicho a la manera trumpiana: a comerse sus propias palabras. Stephen Miller, el mismo asesor xenófobo que elaboró parte de sus exabruptos de campaña, le apañó para la ocasión un discurso de tono conciliador, con el que hacer olvidar tanta barbaridad demagógica reciente. En definitiva, una vuelta al guion convencional, al que informa la política exterior norteamericana desde antes de que él naciera.
                
En su forzada corrección (1), Trump no incidió en las causas profundas del terrorismo o de la inestabilidad de la región, como intentó Obama en 2009, en su mensaje de El Cairo, con mayor honestidad intelectual. Pero no era eso lo que le interesaba al actual presidente, y mucho menos a sus anfitriones saudíes.
                
De lo que se trataba era de que todo volviera a estar en su sitio con los jeques, tras la incómoda era de Obama, debido al acuerdo nuclear iraní y a los recelos (que no la oposición) del anterior presidente a avalar en su totalidad los excesos saudíes en Yemen.
                
Trump le dijo a los saudíes lo que quieren oír: que la Casa Blanca considera a Irán como el principal agente perturbador en Oriente Medio, con su respaldo político, militar y financiero a la Siria de Assad y a las milicias terroristas de Hezbollah en el Líbano, los grupos paramilitares shíies en Irak o la minoría houthi en Yemen.
                
La restauración del orden se coronó con una cuestionable venta de armas (110 mil millones de dólares). Y para rematar la puesta en escena, el showman televisivo se sometió un espectáculo de folklore local que no le debió hacer gracia alguna. El paseo de su esposa e hija, con modelos ad hoc para no escandalizar a la puritana familia anfitriona, puso la guinda de la performance.
                
EL ALIVIO IRANÍ
                
Mientras el contenido presidente recitaba estas y otras cantinelas que apenas entiende, en Iran se confirmaba la reelección del moderado Rohani como presidente de la República, por un margen convincente, casi veinte puntos, frente a su rival, el conservador Rasi, de siniestro historial.  El presidente iraní, más formado y experimentado que su homólogo de Washington, situó el contexto con elegante discreción. En vez de enredarse en replicas inútiles, resaltó su deseo de que la “nueva administración norteamericana se asiente para abordar los asuntos que interesan a ambos países en beneficio de la estabilidad regional”.
                
Los resultados en Irán suponen un alivio transitorio. Como señala Suzanne Maloney, una de las principales expertas occidentales en la República islámica, el importante triunfo de los moderados y aperturistas no elimina las resistencias del establishment conservador, que sigue controlando gran parte del aparato militar y policial y la judicatura. Más de un tercio del electorado sigue respaldando a los ultras (2).
                
No obstante, hay motivos para ser moderadamente optimista. El triunfo de Rohani se ha amplificado por el excelente resultado de los reformistas y moderados en los comicios municipales paralelos. En Teherán, por ejemplo, todos los concejales pertenecen a la línea aperturista. La perspectiva de una transición aperturista parece más cercana ahora, para algunos observadores, como el teólogo iraní exiliado Mehdi Khalaji (3).
                
Trump permanece ajeno a estos contrastes y matices.  para no estorbar el exótico reality show de Ryadh. Iran tiene un sistema político brutal, pero al menos un parte de sus dirigentes son elegidos por la ciudadanía. Arabia Saudí es una dictadura teocrática sin matices.
                
Con este bagaje tan pobre, Trump fue a cumplimentar al otro aliado tradicional de Washington en la región que contempla el nuevo tiempo con aparente entusiasmo: Israel. Ya no tanto. La euforia de los ultranacionalistas israelíes tras el triunfo de Trump se desvanece a medida que pasan las semanas. La promesa electoral de trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén se ha olvidado. La barra libre a las colonias se ha esfumado, aunque Trump se mostrará más permisivo que Obama. Sin hacer mucha alharaca, en la Casa Blanca se recupera la doctrina de los dos estados. A falta de un cambio de sustancia, gestos: como la foto en el Muro de las lamentaciones, con desprecio de la sensibilidad palestinas, apenas compensada con una visita de compromiso a Belén.
                
El soplo de Trump al jefe de la diplomacia rusa de una supuesta operación terrorista del Daesh, suministrada a Washington supuestamente por el Mossad, ha alertado a la inteligencia israelí. Los serios y profesionales servidores del “puño de David” no comparte el entusiasmo de los extremistas que menudean en el gobierno: prefieren el estilo serio y articulado de Obama, pese a las diferencias de concepto que pudieran haber existido (4).
                
EL ATENTADO DE MANCHESTER Y EL ESPECTRO DEL IMPEACHMENT
                
Como contrapunto trágico de la orquestada gira de Trump, ocurría el atentado de Manchester. Por primera vez, el látigo del terrorismo yihadista sacude una campaña electoral en Occidente. ¿Casualidad? Probablemente, aunque quizás es más acertado estimar que el Daesh golpea cuando puede y no cuando quiere.  
                
Manchester, en todo caso, es obra de grupos extremistas que son tributarios de una visión medievalista de la fé no muy distinta de la que inspira a la petromonarquía saudí. Días antes de la llegada de Trump, Arabia Saudi utilizó a Egipto en la ONU para impedir una moción de Washington que pretendía incluir en la lista mundial de organizaciones terroristas al “Estado Islámico de Arabia”. El argumento de Ryadh, que irritó a Washington, es que no existe tal cosa, que en el suelo saudí no hay una estructura del Daesh, sino células sueltas o “lobos solitarios”, como en Occidente. Naturalmente, es dudoso que Trump evocara este asunto en su lobotomizada estancia entre palacios y verbenas.
                
A la espera de la etapa europea, el primer viaje de Trump al exterior con aires de ópera bufa se salda de la manera esperada. Más allá de un gafe menor, la camisa de fuerza impuesta por colaboradores y/o familiares ha evitado ridículos mayores.
                
El ganador del colegio electoral ha estado más pendiente del goteo incesante de sus destrozos internos. Nuevas revelaciones ofrecen indicios cada vez más inquietantes de que Trump ha intentado obstruir la labor de la justicia y manipular en su beneficio a los servicios de inteligencia. La obscena exhibición de su incompetencia se solapa con una conducta que podría ser considerada delictiva.


NOTAS

(1) “Don’t be fooled by Trump’s Saudi Arabia speech. He’s still an islamophobe”. MEHDI HASSAN. THE WASHINGTON POST, 22 de mayo.

(2) “What will Rohani’s repeat mean for Iran and Washington”. SUZANNE MALONEY. BROOKINGS INSTITUTION, 22 de mayo.

(3) “Iran’s next big transition is coming sooner than you think”. MEHDHI KHALAJI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 23 de mayo.

(4) “Israel intelligence furious over Trump’s loose limps”. KAVITA SHURANA, et alas. FOREIGN POLICY, 19 de mayo.

MACRON: EL ACTO DECISIVO DE SU GRAN OBRA TEATRAL

17 de mayo de 2017
                
De joven, el flamante presidente francés quería ser dramaturgo. Con esa ambición sedujo a su profesora y terminó convirtiéndola en su esposa. Una historia personal casi insuperable, de esas que definen una biografía, que perfilan un carácter. Luego ha ido ampliando su producción, tanto en el terreno de la realización privada, como en el de la vida pública. Se encuentra ahora en plena ejecución de su obra maestra. Ha concluido con brillantez el primer acto (planteamiento: su ascenso político) y el segundo (nudo: la victoria electoral); le queda ahora el tercero (la realización: el gobierno).
                
UN ÉXITO A CABALLO DE LOS TIEMPOS
                
Macron ganó las recientes elecciones francesas con un mensaje de optimismo, de confianza en las posibilidades del país y de reunificación de las energías nacionales y sociales. Nada original. Nada nuevo, pese a las favorables proyecciones mediáticas, basadas en el endeble argumento de que no pertenecía a los partidos tradicionales de la V República.
                
En política, hay pulsiones que, siendo muy superficiales, resultan muy eficaces. En tiempos de fatiga, de desconcierto, de escepticismo, la tentación de la novedad es muy poderosa. Macron representa eso: el espejismo de lo nuevo, de lo distinto, de lo positivo.
                
La victoria de Macron ha hecho que muchos analistas crean conjurado, al menos de momento, el peligro del populismo, del nacionalismo extremista, de la extrema derecha. Es una pretensión engañosa. En Francia, había un voto del miedo manipulado por Marine Le Pen y el Frente Nacional y un voto del miedo al miedo, sobre el que ha cabalgado con habilidad el candidato vencedor.
                
El nuevo tiempo en Francia no será muy distinto del viejo, pero tendrá un envoltorio distinto. Los problemas de un país no los cambia casi nunca unas elecciones, ni siquiera a veces una revolución (o varias, en cadena). La historia ofrece numerosos ejemplos de uno y de lo otro. En la política actual, tan importante es lo que pasa como lo que se representa. Macron es el resultado provisional de una fabulosa representación. Inacabada.
                
LOS PRIMEROS PASOS  
                
Macron-presidente tardará en diferenciarse del Macron-candidato. Parecerse lo más posible a lo que se dice ser es un activo carísimo en política, y más ahora cuando la confianza ciudadana anda tan escasa. Los primeros pasos en el Eliseo han sido muy calculados.
                
1) Visita a Alemania para unir su suerte a la de la dirigente política más estable de Europa: Angela Merkel. Macron se erige en recuperador de un eje franco-alemán que, en realidad, nunca ha estado seriamente en cuestión. Hollande prometió liberarse de la austeridad, pero no quiso o no puedo hacerlo, y desde luego nunca se planteó impugnar la alianza estratégica con Alemania. Macron no inventa nada, ni siquiera reescribe esta parte del guion. Más bien, acentuará la tramoya. Inflará la agenda, con el consentimiento de Merkel, que puede servirse del joven líder francés para apuntalar sus ya sólidas perspectivas electorales en septiembre, como se ha visto con el batacazo socialdemócrata en la Renania del frenado Shultz. Macron y Merkel se encontrarán muy a gusto en el terreno compartido de la ambigüedad.
                
2) Nombra a un segunda fila de la derecha como primer ministro. Es difícil que pueda haber sorprendido la designación de Edouard Philippe. Su nombre circulaba hace días en las quinielas políticas. No ha pasado por alto que este político es uno de los veintiún parlamentarios que no ha cumplido estrictamente con las reglas de transparencia sobre patrimonio e intereses. Algo poco coherente con la regeneración que Macron proclama.

La selección no ha podido ser más cuidadosa. Macron ha elegido a un personaje secundario, sin ambiciones a corto plazo. Un político que interpreta bien el estilo macronista: dice que a veces es de derechas y a veces de izquierdas (sic).
               
Philippe, hasta ahora alcalde de Le Havre, una ciudad atlántica de la desembocadura del Sena, es un fiel de Juppé, el líder del sector moderado, más centrista de la derecha. Juppé fue derrotado por Fillon en las primarias con un programa contrario sin ambages al discurso nacional-populista que había ido calando en su partido desde los tiempos de Sarkozy.
                
La intención de Macron parece clara: elige a un dirigente de la derecha tibia para agudizar las contradicciones de Los Republicanos, afilar aún más el debate de las legislativas y cobrar ventaja en la más que probable batalla de la cohabitación. Macron ya despedazó al Partido Socialista. No es probable que haga lo propio con la derecha. Pero puede neutralizarla o dificultar sobremanera su labor de oposición. En eso parece estar. La composición del gobierno es corolario de lo anterior.
                
3) La conclusión de las listas electorales con la que competir con garantías en las legislativas de junio también lleva esa marca de ambición con formas suaves que caracteriza a Macron. El político externo a su formación que con más claridad apoyó su candidatura presidencial, François Bayrou, líder del centrista MODEM (Movimiento demócrata) ha empezado a probar los peligros de la engañosa suavidad de su socio político. Después de pactar con él o con sus colaboradores una reserva de puestos en las listas de las legislativas, se vio cogido de corto, en artimañas propias de la vieja política de siempre. Al final, tras poner el grito en ese cielo que Macron ocupa ahora casi en exclusiva, consiguió recuperar algunas posiciones en la batalla política. Pero la confianza puede haber quedado comprometida.
                
EL GRAN DESAFÍO
                
El gran desafío para Macron no estará en el escenario, sino en la platea, en parte en el patio de butacas (los poderes económicos que le reclamarán la involución social) y sobre todo en el gallinero, es decir, en los espacios alejados de las mejores posiciones de visión, en las fábricas, talleres, oficinas, aulas, ambulatorios, transportes públicos y demás lugares donde la derrota de la extrema derecha será alimento muy escaso para afrontar la dura vida diaria.
                
Para navegar en este horizonte de conflicto, Macron reescribirá el guion de identificar extrema derecha y extrema izquierda. Con la etiqueta de los extremos coincidentes intentará neutralizar la contestación, deslegitimarla, hacerla sospechosa. Le ha servido en la campaña, pero será mucho más difícil conseguirlo desde el Eliseo.

Macron puede maniobrar sobre el escenario dar continuidad a los actos anteriores. Pero igual que el acto tercero de una obra teatral exige máximo poder de convicción y una superior tensión dramática, gobernar es siempre más exigente que hacer campaña. Su anterior experiencia de gobierno al frente de Economía resultó decepcionante, pero consiguió que su responsabilidad se disolviera en la de su patrón Hollande. Ahora no tiene ese recurso. Macron ya no es un outsider. El poder lo ha colocado bajos los focos, en el lugar central, sin pausas ni escapes. Ningún otro tropiezo minimizará los que él pueda cometer sobre las tablas. La ambigüedad tiene los días contados. El optimismo está amortizado con la victoria. Ahora comienza el verdadero drama de gobernar. El acto decisivo.