COREA DEL NORTE: UNA GUERRA IMAGINARIA

11 de abril de 2013


            Andan los actores e interpretes del mundo preocupados por el riesgo de un conflicto bélico a raíz de la enésima alarma generada en Corea del Norte. Con respecto a las anteriores, acontecidas en los últimos años, ésta de ahora parece cobrar visos de mayor verosimilitud. En realidad, se trata de una prolongación o continuidad de las anteriores. Con la cautela que exige un asunto de esta naturaleza, no parece osado afirmar que esta amenaza de guerra es básicamente propagandística.

ENCERRADO CON UN SÓLO JUGUETE
               
Corea del Norte es un país aislado, anacrónico, pobre y empobrecido, dirigido por una casta neurótica e irracional. Se ha entregado a una dinámica paradójica de generación de poder nuclear. Paradójico porque la supuesta motivación de supervivencia cotidiana (energía para no incrementar la dependencia) y existencial (defensa frente a una agresión fatal del enemigo o de los enemigos exteriores) se ha convertido en su principal factor de inseguridad.
           
La dinastía Kim, como casi todas las sagas familiares gobernantes, se agota a medida que se prolonga. Cada miembro recibe un legado menos sólido que su antecesor. El hasta ahora último de la serie evidencia una debilidad propia y heredada, a la vez. Los intentos de reforma –si es que existen en realidad- se ven sometidos por los imperativos de la propia lógica dinástica. El mantenimiento del régimen está ligado a la de la dinastía, porque uno y otra se han confundido con la viabilidad del país. De ahí que no haya elementos reales de rectificación. Ni el fondo  ni en la forma. Peor aún: la forma toma el mando frente a la vacuidad de un proyecto auténtico de país.
                
La forma en Corea del Norte es la propaganda. Es el mayor ejemplo real de la alegoría 'orwelliana'. Una realidad fabricada se construye en paralelo o en superposición a la vida real. No es sólo una clásica estrategia de diversión o mixtificación del poder. Es una necesidad existencial. Hay sistemas autoritarios que pueden existir con dosis medias de propaganda, porque disponen de fortalezas reales como cierta prosperidad económica, factores de cohesión social o agentes activos de arraigo social.  No es el caso de Corea del Norte. La propaganda como expresión superpuesta de esa vida vacía se ha convertido en el único sustento real del sistema político. Un reciente artículo en el diario EL PAIS sobre la vida cotidiana en Corea de Norte acreditan estas reflexiones.
           
Sólo así se explica lo ocurrido estas últimas semanas: la escalada (verbal) de amenazas y riesgos de guerra. Kim Jong-Un ha subido una raya en las provocaciones y el lenguaje altisonante. No porque disponga de más recursos que sus antecesores o porque tenga un mayor conocimiento del dominio militar, sino por todo lo contrario. El más joven de los Kim es el que menos formación ha tenido en este campo, el más dependiente de tutelas familiares, el que menos se había preparado para liderar, porque la desaparición de su padre llegó antes de lo previsto, y seguramente el que menos apetito ha tenido de actuar como un “comandante en jefe”. A falta de realidad, refuerza la propaganda, la realidad paralela. Tiene que hacer más ruidosa la amenaza de guerra para parecer más creíble.
                 
LA CONTRADICCIÓN CHINA
                
El profesor Bruce Cummings (Universidad de Chicago) analiza la evolución del comportamiento norcoreano y esa translación de la propaganda interna al dominio exterior. De la misma forma que sabe que las masas no se creen el cuento oficial (por eso el dispositivo asfixiante de vigilancia y represión), el régimen también “cuenta con el buen sentido de sus adversarios de no tomarse sus incesantes apelaciones bélicas en serio”.
                 
¿Qué sentido tiene entonces toda esta retórica guerrera? Supuestamente, se persiguen tres objetivos: primero, obligar a la nueva presidente surcoreana Park a elegir entre seguir con la línea dura o volver a comprometerse en negociaciones de convivencia que estabilicen el régimen de Pyongyang; segundo, testar la “paciencia estratégica” de Obama, que contemplado desde 2009 tres pruebas de misiles de largo alcance y dos ensayos nucleares; y tercero, advertir a China de que, para evitar el riesgo de que las cosas se salgan de control, es preferible seguir tolerando las violaciones de las sanciones que alinearse con Occidente en la aplicación  de las mismas.
                 
La evolución de China, efectivamente, es un factor muy interesante del análisis. Pekín ha sacado partido de su protegido norcoreano, pero ahora tiene intereses superiores; en particular, que las bravuconadas de Pyongyang no justifiquen un refuerzo militar de Estados Unidos en la zona, ya de por si impulsado por la nueva prioridad estratégica norteamericana concedida a Asia (la famosa "pivotación estratégica" de la nueva doctrina Obama). La aceleración del sistema de intercepción de misiles decidida por el Presidente, a requerimiento del Pentágono, (mil millones de dólares de coste) no sólo atenta contra la capacidad de Corea del Norte, sino también de China.
                
 EL RIESGO DE ESCALADA

Los profesores Lieber (Georgetown) y Press (Darmouth College) sostienen que la situación en Corea es un ejemplo clásico de la estrategia de la guerra fría, en la que se contemplaba el recurso nuclear como respuesta a una escalada no evitable de la guerra convencional. Pero en este caso, esa 'evitabilidad' es muy reducida debido a las nuevas doctrinas de combate norteamericanas que, en caso de conflicto, no buscan ganar territorio enemigo sino incapacitarlo mediante la inhabilitación de su “sistema nervioso central” (es decir, la destrucción de sus sistema de control, mando y comunicaciones). Lo cual empuja a un adversario dotado con armas nucleares a escalar el conflicto.

No obstante, la buena noticia en este caso, sostienen Lieber y Press, es que Corea del Norte no parece disponer de la tecnología suficiente para sostener una escalada en el estadio nuclear. Es altamente improbable que pueda aún dotar a sus miles de cabezas nucleares ni disponga de otros recursos de destrucción atómica. En todo caso, y mientras se tenga ese margen, recomiendan ambos expertos que Washington y Seúl “desarrollen opciones militares convencionales verdaderamente limitadas” que prevengan la escalada nuclear.

De forma complementaria, los profesores sugieren que se trabaje con Pekín la creación de “paraguas dorados para los jerifaltes del régimen”, por una sencilla razón: mientras éstos sepan que existe futuro  viable para ellos y sus familias, tendrán menos estímulos para embarcarse en opciones suicidas.

OBAMA EN MÉXICO: HACIA UNA NUEVA VECINDAD


2 de abril de 2013
Después de completada su aplazada visita a Israel y Palestina, con resultados más propagandísticos que palpables (con excepción de la reconciliación israelo-turca), el presidente Obama acomete esta semana otra de las ‘asignaturas exteriores’ que el agobio de los asuntos internos y el calendario político de los anfitriones han ido retrasando: la consolidación de una nueva vecindad con México. Tres son los pilares que sostienen las relaciones entre ambos países del norte de América: inmigración, seguridad y cooperación económica.
UN MARCO MIGRATORIO MÁS ESTABLE Y JUSTO
Sin duda, la inmigración puede ser el gran logro de la presidencia de Obama. Tras varias de décadas de pasividad o fracasos en la gestión del fenómeno migratorio, las urgencias de la crisis económica y la dimensión ya incontrolable de la población en situación de ilegalidad venían reclamando una solución global.
La política migratoria de Obama ha sido equívoca. Aunque el Presidente ha defendido la extensión de derechos, las detenciones y deportaciones de 'ilegales' han batido todos los records. Después de obtener el voto de siete de cada diez hispanos, Obama no podía seguir eludiendo esa ‘patata caliente’. Había además otro elemento decisivo de oportunidad: la necesidad de los republicanos de ganar el favor de ese electorado si quieren mantener sus opciones de poder político y no verse reducidos a sus feudos tradicionales.
El grupo bipartidista de senadores  y congresistas que elabora la reforma del sistema migratorio está “a punto” de cerrar un consenso legislativo, que incluirá, con las cautelas, plazos  y condicionantes que se quiera, la regularización de los ilegales y un acceso razonable a la ciudadanía.
Mucho ha ayudado el acuerdo previo entre empresarios y sindicatos sobre el muy espinoso asunto de los visados para trabajadores ‘invitados’ (‘guessworkers’) de escasa cualificación. Durante cuatro años dispondrán de una mano de obra creciente (de 20.000 a 75.000 visados anuales) y luego el incremento dependerá de la evolución del desempleo, hasta un máximo anual de 200.000 permisos de trabajo. Los sindicatos querían que el acuerdo garantizara que la afluencia de más trabajadores extranjeros no tirara hacia abajo los salarios, en un momento de creciente desigualdad en la evolución de las rentas. Los empresarios, pragmáticos después de todo, han aceptado que los sueldos de los ‘invitados’ no sean menores que los locales, para que no se produjera una situación de ‘dumping social’. El descenso del paro ha favorecido la aproximación de posturas.
Puesto que la inmensa mayoría de los once millones de inmigrantes ilegales son mexicanos, estas "buenas noticias"  crean un clima muy favorable para la llegada de Obama.
LA SEGURIDAD, RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
El otro asunto espinoso es la seguridad. En la segunda mitad del mandato del anterior presidente, el conservador Felipe Calderón, se incrementó la cooperación entre ambos países, hasta alcanzar dominios inéditos como el militar. El uso de bases mexicanas por militares y agentes de inteligencia norteamericanos en la detección y persecución de los ‘narcoterroristas’ supuso franquear una línea que parecía inalcanzable hace sólo unos años.
Hillary Clinton dio algunos pasos importantes en el sentido que la mayoría de los mexicanos esperaban de su gran vecino del norte: el reconocimiento de que la seguridad es una responsabilidad compartida. La violencia no es sólo debido a la gran potencia militar de los ‘capos’ de la droga, sino también a la liberalización del mercado de las armas de asalto (tras expirar el 2004 la prohibición impulsada por Bill Clinton) y la demanda desatada de estupefacientes por parte de los ciudadanos norteamericanos.  
Con esos antecedentes, Obama espera oír del nuevo presidente mexicano su prometida nueva estrategia de persecución de los clanes mafiosos. La definición de Peña Nieto en esta materia se está haciendo esperar, mientras el terrible contador de las víctimas de la violencia sigue corriendo: en sólo unos meses, ya se ha superado la cifra de tres mil muertos.
 Esta misma semana se ha confirmado que el principal capo de la droga mexicana, Joaquín “El Capo” Guzmán, domina la ruta de las anfetaminas en el triángulo Asia, México y Estados Unidos. El jefe del triunfante ‘Cartel de Sinaloa’ controla el 80% del mercado norteamericano de  estupefacientes, con ganancias anuales cercanas a los 3.000 millones de dólares, lo que le coloca en los principales puestos de escala FORBES, según datos contenidos en el “Atlas de la Seguridad y Defensa de México 2012”, de reciente publicación.
UN ESPACIO ECONÓMICO COMÚN MÁS EQUILIBRADO
Ante la envergadura de este desafío, el joven presidente ‘priísta’ ha dedicado sus primeros cien días a consolidar su base de poder. Se ha desprendido de algunas figuras enquistadas subrepticiamente en el poder (la temida jefa del sindicato de profesores, Elba Gordillo) y ha logrado un pacto político de envergadura con los partidos de la oposición. Ambos logros han sido muy apreciados en Estados Unidos. El Presidente mexicano parece decidido a acometer planes de “liberalización” en importantes sectores económicos. Una nueva entidad reguladora  deberá adoptar medidas para reducir el poder de los gigantes de los medios y las telecomunicaciones (Televisa y América Móvil) y se espera una pronta definición en la ‘joya de la corona’, el sector petrolero, que confirme el fin del monopolio de PEMEX.
En respuesta a estas señales, dos de los más influyentes diarios norteamericanos han dedicado editoriales en tono muy positivo. El WASHINGTON POST elogia la capacidad del Presidente mexicano para forjar consensos políticos que hagan avanzar las reformas y el NEW YORK TIMES califica de "ambiciosa" la agenda económica de Peña Nieto, no sin advertir que aún debe demostrar que la ejecución de los planes no estará hipotecada por los viejos defectos de favoritismo y corrupción.
Peña Nieto cuenta con un espaldarazo de Obama. La inversión norteamericana en México contribuirá a dotar de capital fresco a este impulso de liberalización, muy defendido por sectores reformistas, aunque hay razones para temer que los beneficios no lleguen a todas las capas sociales, como ha ocurrido con experiencias anteriores. Sin ir más lejos, el Tratado de Libre Comercio, que ha beneficiado más a Estados Unidos que a México, y en este país sólo a los privilegiados, por mucho que el 80% de las exportaciones mexicanas se dirija a EEUU.
Obama y Peña tienen la misión de garantizar un crecimiento equilibrado de las relaciones comerciales y económicas que favorezca el desarrollo de México, eleve el nivel de vida de la mayoría de la población mexicana y ensanche la demanda interna y externa del vecino del sur.  Del presidente de los Estados Unidos puede esperarse una aproximación de este tipo, pero su colega mexicano es todavía una incógnita y sus orígenes y recorrido no aconsejan demasiado optimismo.

OBAMA EN ISRAEL Y PALESTINA: ‘BUENISMO’ Y ‘SORPRESA’



28 de marzo de 2013
El presidente Obama dejó pasar su primer mandato sin cumplir con una exigencia casi inexcusable para un presidente norteamericano: viajar a Israel y renovar declamatoriamente lo que es una realidad inevitable desde hace décadas: la alianza estratégica entre ambos países. Más allá de ‘lobbies’ y presiones, de emociones e intereses, de afinidades y discrepancias, la vinculación entre Washington y el estado sionista está, hoy por hoy, al abrigo de cualquier contingencia.
El malestar de Obama con el primer ministro Netanyahu y sus muy belicosos e intransigentes socios de gobierno –anteriores, presentes y, a buen seguro, futuros- es una de esas contingencias. Ya le estaba resultando incómodo a Obama esa indisimulable relación ríspida con el jefe del gobierno israelí. Pero quizás eras Netanyahu quien, a la larga, podría resultar más perjudicado. Después de todo, sus intentos por desestabilizar a Obama han fracasao. Por lo tanto, se imponía volver si no a la casilla de salida si a una situación de ‘reseteo’ parcial, de borrón y cuenta nueva.
Como no estaban maduras –más bien muy verdes- las condiciones para la consecución de resultados prácticos, se trataba de orquestar una visita ‘atmosférica’, psicológica o, en términos menos obsecuentes, puramente ‘propagandística. Y así fue: la visita tuvo más de relaciones públicas que de sustancia. Pero sirvió al menos para que en ciertos sectores sociales israelíes se despejaran dudas sobre el compromiso de Obama con la causa israelí. Al precio, claro, de no poner demasiado en evidencia los obstáculos impuestos por el gobierno de Netanyahu en el proceso de paz, lo que ha sometido a las relaciones bilaterales a una tensión sin precedentes.
Un dato del todo revelador se conoció cuando Obama abandonaba la región: sólo el 0,7% de las tierras estatales de Cisjordania han sido entregadas a los palestinos, mientras que los colonos judíos han recibido el 38%. Es una cifra oficial, sometida al Tribunal Supremo israelí por la agencia de colonización del Estado israelí, que conocíamos aquí por una información del diario de orientación progresista HAARETZ.
La colonización constituye el fenómeno más pernicioso para el restablecimiento de una dinámica de paz. Israel acusa a los palestinos de poner condiciones –la detención de los asentamientos- para volver a la mesa de negociaciones. Es una imputación cuando menos hipócrita, por cuanto son los hechos consumados los que están condicionando de forma decisiva la concreción del acuerdo estratégico sobre la convivencia de dos Estados. Que Obama dijera a los “jóvenes israelíes” que los palestinos “se merecen un Estado propio” supone una mera declaración de buena voluntad, si uno de los requisitos fundamentales para el ejercicio efectivo de la soberanía se erosionaba de forma tan grave y constante como hace Israel con la continuidad de la colonización.
A falta de resultados concretos, Obama salvó el viaje con la concreción del acuerdo de reconciliación entre Israel y Turquía, que la diplomacia norteamericana venía meses gestando y que había llegado al punto de maduración días antes de la llegada del presidente a Israel. Una última intervención de Obama permitió anunciar el fin de las hostilidades políticas entre ambos Estados, que llevaban décadas de una discreta sociedad. El incidente de la flotilla con bandera turca en Gaza, en 2009 y la política de amistad árabe del premier turco agriaron las relaciones bilaterales. 
La guerra interna en Siria ha servido de importante acicate para normalizar la situación. Con Washington de mediador imprescindible, el acuerdo servirá de forma inmediata para analizar escenarios de salida de la crisis, prever contingencia y controlar las consecuencias en la medida de lo posible. A Israel le preocupa que el derrumbamiento del régimen sirio tenga un corolario similar al de Irak y a Turquía que se establezca un régimen islámico moderado con el que pueda trabajar sin que eso ponga en peligro sus provechosas relaciones con Irán.

BUENAS NOCHES, EUROPA; BUENOS DÍAS, ASIA



21 de marzo de 2013
                 



El sol sale por Oriente y se pone por Occidente. En los círculos de pensamiento estratégico norteamericano, esta evidencia de astronomía se traduce, mutatis mutandis, en una propuesta de prognosis: 'el futuro se apaga en Europa y se enciende en Asia'.             
                
 Hemos asistido esta semana en Chipre al último episodio de la interminable saga de las sanciones contra los vicios de gestión, con unas recetas y unos modos que merecerían el sarcástico título de 'rescata como puedas'. Más allá del debate de fondo sobre el insano crecimiento del sector bancario de la isla que jugó a ser paraíso, el comportamiento de las élites europeas ha vuelto a dejar en evidencia la debilidad dirigente, la mediocridad política.
                Entretanto, crece entre las poblaciones desesperadas una peligrosa percepción de Alemania como potencia egoísta que etiqueta a los débiles como perezosos y los somete a su intransigente disciplina. Ni siquiera los 'creyentes', es decir, los que han defendido contra viento y marea la conveniencia de las políticas de sacrificio y ajuste, ahora piden una flexibilización porque no se explican como algo que debía funcionar no tiene los efectos benéficos deseados.  Aceptan el magisterio de Berlín  pero refutan su severidad.
                
Varios lustros de obstinadas políticas socio-económicas, de liderazgo mediocre y extraviado y de creciente escepticismo ciudadano han recluido a Europa en una especie de sanatorio político y social. Por primera vez, los europeos no dejarán a sus hijos un legado de mejora material y moral. Se acabó el mito de la superación generacional.
                 
Hasta hace poco, Europa sacaba pecho ante Estados Unidos, pese a su aparente decadencia y sus periódicos conflictos domésticos. Después de todo, logros como los servicios sociales casi universales, el equilibrio entre libertad e igualdad, la combinación de tradición y modernidad mantenían a Europa como referente a la hora de aportar soluciones o remedios a los problemas globales. La crisis, entre otras cosas, también ha barrido esa percepción de la relevancia europea.
                 
 INVERSION DEL DEBATE TRANSATLÁNTICO
               
Hay cierta frustración en la actual administración norteamericana sobre el estancamiento europeo. Los dos polos del debate occidental han cambiado de campo, como los equipos de futbol tras el tiempo del descanso. Ahora es Estados Unidos quién juega en el terreno de lo público como solución, siquiera sea parcial, y no como problema. Europa, en cambio, se encierra en el área de la austeridad y la reducción de lo público, percibido como causa atávica del problema, y fía la solución a mantener su puerta a cero, es decir, sus cuentas sin números rojos.
                 
En su comentario semanal para THE NEW YORK TIMES, el analista conservador David Brooks se lamenta de que el sector más progresista del legislativo norteamericano (el ala izquierda de los demócratas, para entendernos) confía más que nunca en el gobierno para avanzar soluciones.  "Los demócratas quieren extraer 4.200 millones de dólares del sector privado y asignarlo al gobierno, donde creen que pueden ser empleados de forma más eficiente".  Y para hacerlo, claro, suben los impuestos, que estarían ya, según sus cifras, en su máximo histórico.  Ya se sabe: en Estados Unidos, cualquier debate político concluye en la consideración fiscal.
                 
Brooks  advierte que este 'keynesianismo' supuestamente radicalizado puede tener el efecto de 'declive europeo'. Basándose en un estudio del Nobel Edward Prescott,  el comentarista presenta un dato para el debate: "en los cincuenta, cuando los impuestos que soportaban eran bajos, los europeos trabajaban más horas que los americanos; cuando los impuestos subieron, se redujeron los incentivos para trabajar (...) y al cabo de unas décadas, las horas de trabajo en Europa se redujeron un 30%".
                 
Desde otra óptica pero con parecida elegancia, su compañero de columna en el NYT,  Paul Krugman, viene replicando que la crisis empezó a incubarse cuando se destruyeron las políticas de cohesión social y reducción de desigualdades que el sector público contribuyó decisivamente construir. O que el aligeramiento fiscal no genera por si mismo riqueza sino el reparto más desequilibrado de la misma. Pero pasemos al otro lado del axioma geopolítico.
                
 EL SENTIDO DEL 'RENACIMIENTO CHINO'
                 
Mientras asistimos a esta inversión en el debate interatlántico,  los druidas del pensamiento estratégico norteamericano enfocan sus miradas en el Pacífico. Washington ha convertido a Asia en su prioridad estratégica: en los hechos y en las doctrinas. Centrémonos en el pilar dominante de la emergencia asiática.
                 
En China, toma el mando un nuevo equipo, sin ruptura con el legado comunista pero con un discurso de rectificación que merece atención. Sinólogos nuevos y viejos, escépticos y curiosos advierten un tono acorde con las necesidades. El jefe del gobierno, Li Keqiang, toma el testigo de su antecesor, Wang Yaobang, y promete una sociedad más justa. Condición imprescindible para el cumplimiento de esta ecuación es la 'erradicación de la corrupción'. El remozado mandarinato chino no acepta que el proyecto de 'hombre nuevo' de la sociedad comunista se haya disuelto inevitablemente en la condición codiciosa del enriquecimiento material particular. Marx y Confucio siguen siendo antídotos contra las explosiones sociales. Es dudoso, en cambio, que los llamados 'príncipes chinos' (la versión local de la 'nomenklatura') crean de verdad en la nivelación social, una vez desestabilizado el sistema colectivista.
                 
Pero también se perciben alertas. El flamante Presidente Xi Jinpiang proclama un "renacimiento chino" o un "rejuvenecimiento de la nación". Expertos como el Director del Centro de estudios chinos de Sídney, Kerry Brown, ven en esta exhortación una peligrosa añoranza de la 'era dorada' del Imperio del Centro, a comienzos del siglo XVII, cuando China era la primera potencia económica mundial y proyectaba su dominio sobre todo Asia.
                 
 China compite en todos los frentes. Quiere ser fuerte económica y militarmente para blindarse políticamente y neutralizar quizás no tanto las fracturas sociales, cuanto más bien sus consecuencias. Ya sea en la reivindicación aparentemente nacionalista de los archipiélagos de su balcón marítimo, la 'neocolonización' de África, la protección interesada de la tiranía bufonesca norcoreana o el insidioso acecho de secretos industriales y pilares estructurales de la potencia rival,  los chinos piensan 'hacia adentro'. No se trata de una política expansiva, de conquista, de dominación del exterior cercano o lejano, sino de mantenimiento de la disciplina nacional. Dicho en corto: todo en China es política interna. Pero cuando se ocupa uno de cada quince kilómetros cuadrados de las tierras emergidas y se alberga a un quinto de la población mundial, todo lo interno es global. Y es susceptible de percibirse como amenaza.    
aza.