LA IMPROBABLE RESTAURACIÓN DE LA 'GUERRA FRÍA'

19 de marzo de 2014
                
La anexión rusa de Crimea, tras el resultado favorable del referéndum en la península y la inmediata acogida del Kremlin a su antiguo territorio, amenaza con pasar definitivamente página en las relaciones de Occidente con Rusia.
                
En algunos medios se habla ya de un retorno a la 'guerra fría'. Es una visión precipitada y emocional. Naturalmente, no es descartable al cien por cien. Pero es altamente improbable. Si Moscú no intenta replicar la obtención de otras regiones del sur y este de Ucrania, la crisis entrará en una fase de estabilización. No sin daños, por supuesto, pero libre de sobresaltos incontrolables. Veamos las razones de esta estimación :
                
EL SÍNDROME BOOMERANG
                
Occidente perdería más de una confrontación prolongada con Moscú que de la digestión incómoda de la 'satisfacción' rusa en Ucrania. Rusia no es ya la superpotencia comunista asentada en la capacidad disuasoria de su arsenal nuclear. Ahora se la percibe sobre todo como un vasto territorio que alberga la mayoría de las materias primas de planeta y un extraordinario campo de oportunidades para el capitalismo internacional.
                
Es conocida la dependencia energética europea del gas ruso. Es desigual en dimensión e impacto, pero condiciona una política consensuada. Hay alternativas en marcha, pero llevarán tiempo. Es el caso del Corredor meridional, que arranca en Azerbaiyán y concluye en Italia. O el plan estadounidense de incrementar las exportaciones de gas natural licuado (LNG) a Europa, pero no se trata de algo inmediato ni está garantizado su éxito (1).  
                
Se sabe menos de la interdependencia del capital financiero ruso y occidental es inmensa. Una cuarta parte del billón de dólares inyectado en el sistema financiero tras la crisis de 2008 ha ido a parar a fondos vinculados a las grandes empresas estatales rusas (con Gazprom a la cabeza). El gestor líder de este mercado global, PIMCO, tiene colocada casi la tercera parte de todo su capital en bonos de las empresas y el gobierno de Moscú. Reconducir ese flujo de capital hacia áreas menos problemáticas es una operación muy compleja y arriesgada debido a normas de vinculación de fondos. Rusia es el líder en el índice JP Morgan Chase, que mide el mercado de bonos corporativos de los países emergentes (2).
                
UN MUNDO POR FIJAR
                
Más allá de los intereses económico-financieros, hay otras áreas de cooperación con Rusia que Occidente quiere preservar. Aunque Moscú no tenga la capacidad de incidir en los equilibrios mundiales como en la segunda mitad del siglo pasado, aún conserva una notoria influencia. El entendimiento diplomático con el Kremlin no es desdeñable. Es significativo que Putin haya manifestado expresamente su deseo de continuar cooperando con las potencias occidentales.
                
Oriente Medio es la zona más obvia e Irán el frente más inmediato a corto plazo. Es llamativo que pese al cruce de recriminaciones y reproches de estos días, los preparativos de la reanudación de las negociaciones de Ginebra sobre el plan nuclear iraní se han desarrollado con cierta fluidez. Siria es otro elemento de gran interés, aunque las posibilidades de un acuerdo global para concluir la guerra se antojen muy esquivas todavía. En todo caso, tarde o temprano, Moscú será imprescindible para cualquier arreglo, del tipo que sea.
                
Más a largo plazo, Rusia resulta imprescindible para estabilizar el mapa estratégico del Lejano Oriente. La ambivalencia con la que China ha reaccionado a la crisis de Ucrania no debe sorprender. Pekín se reserva todas sus bazas. No comprometerá el proceso de estrechamiento de relaciones económicas con Moscú por un asunto menor para sus intereses, aunque tampoco otorgará un cheque en blanco a Putin. China podría ser la gran beneficiaria del enfriamiento entre Occidente y Rusia, porque ambas partes podrían verse en la conveniencia, sino en la necesidad, de cortejar su favor.
                
¿UN DIVORCIO ACEPTADO?
                
Otra razón por la que no es previsible un desbordamiento de la situación es el relativo impacto de la pérdida de Crimea para Ucrania. Las nuevas autoridades de Kiev, en sintonía con muchos ucranianos del oeste del país, no contemplan lo ocurrido como una tragedia nacional. Es la tesis defendida por el analista Taras Kuzio (3).
                
Por mucho que ahora se eleve el tono con el incidente militar, lo cierto es que el nuevo gobierno ucraniano no siente la mínima tentación de desafiar el control ruso de Crimea. Digerida la humillación,  se apreciarán las ventajas: Kiev eliminará de su presupuesto pesados fardos como los subsidios agrarios y las pensiones, se librará del peaje que suponía albergar la Flota rusa del mar Negro y se privará del riesgo de inestabilidad que podría provocar la minoría tártara si prendiera el ánimo islamista.
                
AIRES DE DESQUITE
                
Obama y Merkel parecen competir por demostrar firmeza y han elevado el tono verbal de las advertencias, pero el juego de máscaras de las sanciones revela esta improbabilidad de la restauración de la 'guerra fría', bajo la forma que fuere. Que ni siquiera Estados Unidos y Europa hayan querido adoptar un paquete conjunto indicaría el malestar que subyace en esta decisión. No le ha pasado inadvertida a Moscú esta circunstancia, tan importante como el alcance de las medidas. De ahí el desdén y la mofa con que prebostes o secundarios del régimen se han tomado las supuestas medidas de castigo.
                
Putin está disfrutando de su éxito sin disimulo. Una buena parte de la opinión pública le sigue en esta manifestación de orgullo nacional. No era posible perpetuar la humillación sufrida durante los últimos veinticinco años. Gorbachov se ha sumado a las celebraciones endosando la anexión de Crimea como un acto de reparación y justicia. Ese gesto no le rehabilitará entre los sectores soviéticos y/o nacionalistas, pero indica hasta qué punto Occidente ha menospreciado el sentimiento de la población rusa este último cuarto de siglo.

(1) Ukraine Isn't Europe's Biggest Energy Risk. BRENDA SHAFFER. Centro Euroasiático de la Universidad de Georgetown. FOREIGN AFFAIRS, 11 de marzo de 2014.

(2) Foreign Investors in Russia vital to sanctions debate. NEW YORK TIMES, 17 de marzo 2014.


(3) Why Ukrainians Don't Mind Losing the Territory to Russia. TARAS KUZIO. Centre for Political and Regional Studies at the University of Alberta.FOREIGN AFFAIRS, 13 de marzo de 2014.

PUTINOLOGÍA

13 de Marzo de 2014

Mientras los dirigentes occidentales continúan dudando acerca de la respuesta más adecuada (y conveniente) a la crisis de Ucrania, analistas, expertos y entendidos tratan de escudriñar las motivaciones y estrategias del Kremlin. Con matices,  sin duda importantes, lo cierto es que  la gran mayoría de las evaluaciones que han podido leerse estas dos semanas coinciden en fijar la responsabilidad de lo ocurrido en una especie de designio personal o particular del presidente ruso.     Putin sería el gran villano. Un zar moderno. O una siniestra combinación de ‘superespía’ y ‘apparatchik’ adaptado a las exigencias actuales.
                 
El comportamiento de Putin en su década y media de funambulismo en las alturas del Kremlin le otorga una merecida mala fama democrática. Pero muchos analistas que ahora lo consideran como el ‘némesis’ de Occidente fueron condescendientes cuando ese acendrado autoritarismo parecía puesto al servicio de la construcción de un sistema neocapitalista, liberado de la anarquía y el desastre de los primeros años del post-sovietismo.
               
La expansión de los primeros años del siglo, motivada por alto precio de las materias primas y los productos energéticos, forjaron intereses cruzados entre los nuevos capitalistas rusos, incluidos los patronos de las empresas estatales, y potentes inversores occidentales. Las dudosas maneras del ‘gran patrón Putin’ preocupaban poco en gabinetes y consejos de administración de este lado del mundo.
                 
La crisis que sacudió los cimientos del capitalismo occidental terminaron por alcanzar también a las potencias emergentes en los últimos dos años y la estrategia integradora de Putin mostró sus limitaciones y contradicciones. El presidente ruso puso en práctica entonces una estrategia alternativa, más autárquica o de repliegue, menos vinculada a Occidente. No pocos analistas creyeron ver en esa rectificación un plan hasta entonces oculto, encaminado a recuperar para Rusia la condición de superpotencia. La treta política de retirarse al banquillo como primer ministro para retornar luego a la jefatura del Estado fue considerada como un síntoma  más de sus aviesas intenciones. Ucrania ha sido la confirmación definitiva. Y dolorosa.
                  
MENSAJES DE GUERRA FRÍA

Repasemos lo que algunos de estos expertos convertidos en ‘putinólogos’ han escrito estas dos semanas sobre el designio estratégico del Zar Putin.
                
          - Putin no pretendería proteger a la población rusa o asegurar la protección de la flota del Mar Negro, sino “demostrar que la gran potencia rusa ha vuelto (…) con la pretensión de  dominar a sus vecinos tanto económica como, ahora, militarmente”. (Kathryn Stoner, Universidad de Stanford).

- Para movilizar el apoyo político que necesita, Putín habría  apelado a un “nacionalismo emocional” que “desdeña a Occidente y alienta el rechazo al supuesto intento de imperialismo cultural”  (Daniel Treisman, Universidad de California, autor del libro ‘The Return: Russia’s Journey From Gorbachev to Medvedev).  

- Putin ha mostrado un “instinto político astuto”, pero se ha arriesgado a una “furiosa reacción de la minoría tártara”, una “batalla con el relativamente fuerte ejército de Ucrania” o una “explosión de violencia entre los grupos étnicos rusos y ucranianos por todo el país” (Kimberley Marten, profesor de la Universidad de Columbia)

- El “objetivo estratégico” de Putin “no es la secesión de Crimea, como los recientes acontecimientos podrían sugerir, sino provocar una crisis constitucional que recompondría Ucrania como estado confederal,  con un centro muy débil, el sector oriental más integrado con Rusia y el occidental con Polonia y la UE”. Uno de los inspiradores de Putin sería Iván Ilyn, filósofo e ideólogo de la Unión Militar Panrusa. Putin se vería a si mismo como el “último bastión del orden y los valores tradicionales” de la vieja Rusia que vuelve con renovada fortaleza, para resistir el “contagio del liberalismo occidental”, que constituye “un peligro real” para los intereses nacionales (Ivan Krastev, Presidente del Centro de Estrategia liberales de Sofía e investigador del Investigador del Instituto de Ciencias Humanas de Viena).

- Putin sería un “megalómano” que aspiraría a “desafiar el orden internacional”. No puede ser interpretado “en términos exclusivamente racionales”. Su “irracional demostración de fuerza podría reformar su legitimidad interna y estabilizar el sistema que ha construido”; pero, al cabo, “el comportamiento imperialista convertirá a Rusia es un estado gamberro y a Putin en persona non grata” (Alexander Motyl. Universidad Rutgers, New Jersey).

- Putin “puede guardarse Crimea ‘en compensación’ por la ‘pérdida’ de Ucrania, como baza de una negociación en la que imponga a los occidentales un derecho preferencial sobre Ucrania. Puede tratarse del anticipo de una intervención militar más amplia” (Richard Haas. Presidente del Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos).

- Putin es un ”game changer” (literalmente, un alterador del sistema internacional). Con él no funcionará la política de “pequeños pasos”; es decir, la respuesta flexible de sanciones escaladas y medidas (Strobe Talbott. Presidente de la Brooking Institution y ExSecretario de Estado).

- Putin “tiene una visión, una doctrina, fundada sobre una convicción: la desaparición de la URSS ha sido ‘el desastre geopolítico más importante del siglo XX’. Se ha dado a sí mismo una misión: restaurar todo lo que pueda el imperio soviético. Putin no imagina Rusia sin una especie de imperio a su alrededor, como si el expansionismo fuera un componente de la identidad rusa” (Alain Franchon. Editorialista de LE MONDE).

UNA VISIÓN MÁS EQUILIBRADA

Hasta aquí la muestra de una visión parcial o sesgada de lo ocurrido. Son muchos menos los analistas que resaltan otros factores que han contribuido a desencadenar la crisis. O que explicarían con más equilibrio el comportamiento o el instinto del presidente ruso.

Uno de ellos es poco sospechoso. Robert Gates, el que fuera Secretario de Defensa con Bush Jr. y con Barack Obama, a la sazón veterano combatiente de la guerra fría, admite que la “arrogancia occidental ha alimentado el revanchismo ruso”. La pretensión de los círculos de poder norteamericanos (y también europeos) de ampliar la OTAN hasta las mismas fronteras rusas  no ha hecho mucho para favorecer un ánimo constructivo en el Kremlin.

En 2008, cuando la OTAN amagó con invitar a Ucrania a incorporarse a la Alianza militar occidental, Putin dio un puñetazo verbal y frenó la iniciativa. Ahora, después de que los aliados occidentales no honraran el acuerdo político alcanzado para superar la crisis en Kiev –y obligaran a la oposición a hacer lo propio-, ¿no era de esperar que se reavivarán en Moscú las percepciones de acoso?

También  tiene particular interés tiene la reflexión de otro profesor norteamericano, Keith Darden (Profesor de la Escuela del Servicio Exterior de la Universidad Americana), en FOREIGN AFFAIRS. Lejos de refugiarse en clichés simplistas, Darden resalta factores esenciales como la división real del país entre la opción rusa y la europea o la crisis de legitimidad de las nuevas autoridades de Kiev, tanto por la forma de conquistar el poder como por los cargos y prebendas otorgados a las fuerzas más extremistas y reaccionarias, o las medidas dudosamente democráticas como la abolición del ruso como lengua oficial.

UCRANIA: ¿SE IMPONE LA CORDURA?



 6 de Marzo de 2014
                 
La crisis de Ucrania parece  haber entrado en una pausa, necesaria para calmar ánimos y calibrar salidas. La agitación mediática, bien alimentada por actitudes políticas hipócritas cuando no extremistas, parece haber remitido, afortunadamente.
                 
Algunos responsables políticos y analistas se apresuraron a proponer respuestas contundentes de castigo a Putin. Así se dice: a Putin. Se singulariza en el presidente ruso una política que, no lo olvidemos, es aceptada o comprendida por la mayoría de los ciudadanos rusos. Ucrania no es la 'guerra de Putin', ni Putin ha empuñado el fusil por una ambición personal de liderazgo imperial, como se ha simplificado en exceso estos días.
                 
PUTIN FRENA; KIEV BAJA EL TONO
                
Después de la exhibición moderada de fuerza del fin de semana, cuando Moscú se aseguró el control de la península de Crimea en el territorio, no ha ocurrido nada irreparable. No ha habido muertos y la tensión no se ha desbordado. Putin ha pisado el freno. Las operaciones militares no se extenderán al Este del país y se cancelaron las maniobras militares. Da la impresión de que el presidente ruso ha acumulado bazas para que una eventual negociación no pueda cuestionar lo que la mayoría de la élite y buena parte de la ciudadanía rusa considera como intereses irrenunciables.
                
Los nuevos dirigentes ucranianos, seguramente bien aconsejados por las cancillerías occidentales, han controlado su lenguaje provocador y han aceptado la situación con apreciable moderación, sin gestos inútiles ni alborotos para la galería. El dinero fresco europeo servirá de estimulo para poner sordinas a sus quejas.
                 
INDESEABLE 'UNIDAD' OCCIDENTAL
                 
Occidente ha actuado de oficio, con más moderación en los actos que en la retórica de la indignación. Obama ha tenido que equilibrar la incomodidad que el presidente ruso le provoca y el presumible deseo de replicar a la demagogia de los republicanos que, como era de esperar, le han tildado de inexperto y pusilánime. Las sanciones anunciadas por la Casa Blanca (multilaterales y bilaterales, económicas y militares, políticas y diplomáticas) son las que figuran en el manual de estos casos. Se puede dudar, razonablemente, de su eficacia, pero otras actuaciones de mayor músculo serían insensatas. Quienes las promueven son nostálgicos del mismo espíritu de guerra fría que ellos imputan al presidente ruso.
                  
La combinación de firmeza y templanza del Presidente Obama es de agradecer. Por otro lado, no hay que olvidar que la Casa Blanca necesita al Kremlin, si quiere acelerar el final de la guerra en Siria y mantener el rumbo en las negociaciones sobre el proyecto nuclear de Irán. Por no hablar del equilibrio estratégico en Asia, donde Estados Unidos no se puede permitir el riesgo de un acercamiento interesado entre Moscú y Pekín. Ambas potencias, por diferendos que arrastren, no dudarían en practicar una colaboración oportunista frente a la superpotencia, llegado el caso.
                
 Los dirigentes de la UE han sido cautos y no se han dejado arrastrar por un ficticio  ambiente catastrofista, pese a las ciertas licencias verbales de algunos de ellos. Europa no puede apuntarse a un catálogo de sanciones económicas que le perjudicarían tanto o más que a la propia Rusia. El valor de los intercambios comerciales de la UE con Moscú es doce veces superior al bilateral ruso-norteamericano. La dependencia energética europea del gas siberiano es inexistente en Estados Unidos.
                 
UNA UCRANIA PARA TODOS
                
 Lo razonable ahora sería negociar sin condiciones previas una serie de garantías legítimas para todos las partes interesadas. La integridad territorial de Ucrania debería ser preservada, pero sin atropellos, torpes proclamaciones e imposiciones absurdas a los distintos sectores de la población.
                 
No basta con agarrarse a la convocatoria de elecciones. A la actual coalición en Kiev le falta legitimidad para organizar en solitario el proceso. Debería intervenir la comunidad internacional para garantizar neutralidad y limpieza. Por ende, el resultado, sea el que sea, no puede servir de arma arrojadiza para el vencedor.
                 
El país necesita revisar su arquitectura institucional y dar un equilibrio a todos sus componentes de población, sin exclusiones ni presiones. Crimea y el resto de regiones de mayoría rusa en el este y sur del país deben disfrutar de garantías solventes de que sus legítimos derechos serán respetados. La intención de los separatistas crimeos de sancionar en un referéndum su unión a Rusia puede quedarse en un gesto si se plantea una opción federal en Ucrania. Es preciso aislar a los extremistas en todos los bandos, aunque después de haberlos utilizado con profusión esa tarea se antoje esforzada.
                 
UNA RELACIÓN CONSTRUCTIVA CON RUSIA
                 
Rusia puede reclamar garantías de que no será objeto de cerco, acorralamiento o presión. Pero no ejercer una especie de violencia preventiva. Washington debe demostrar a Moscú que no está aprovechando la crisis para seguir ganando batallas de guerra fría ya resueltas, ni pretende reducirlo a un país cualquiera del concierto mundial, porque eso sólo alentaría los instintos rusos más beligerantes.
                 
Putin y su círculo deben comprender que han llegado casi al límite. Una anexión de la mitad de Ucrania resulta inaceptable, si es que alguna vez han contemplado en serio tal proyecto. La incompetencia con la que han gestionado el deterioro de la convivencia en Ucrania les obliga a resignarse a un acomodo en el que pro-rusos y pro-occidentales convivan en paz y en libertad, sin amenazas ni imposiciones. Los nostálgicos de la guerra fría han estado prestos a reavivar esos fantasmas sobredimensionando la operación de Crimea. El presidente de Rusia sabe que las fuerzas armadas a su mando podrían tragarse Ucrania, si las somete a un esfuerzo extraordinario. Lo que no parece posible es que pudieran digerir la presa. La catástrofe se instalaría a ambos lados de esa frontera porosa. Rusia vería frenada su prosperidad económica o arruinado del todo su prestigio internacional.
                 
Putin lo sabe y la élite occidental sabe que él lo sabe. Alentar otros escenarios es jugar a aprendiz de brujo.

UCRANIA: LAS RESPONSABILIDADES DE LA CRISIS



3 de Marzo de 2014
                 
En Ucrania se han cometido todos los errores de bulto posibles, intencionados o no. La escalada a la que hemos asistido en los últimos días es todo menos inesperada, a la vista de los acontecimientos y comportamientos anteriores. La mayoría de los actores del drama no han sido capaces de anticipar las consecuencias. Los menos, no han querido hacerlo, o perseguían precisamente lo que está ocurriendo. Por partes.
               
Yanukóvich, el presidente depuesto. Corrupto, incapaz y torpe. Su poder estaba enfeudado a los oligarcas y al respaldo ruso. Se creía blindado por la fabulosa riqueza acumulada por su familia y las complicidades tejidas durante su mandato. No ha tenido estatura para hacer valer el peso de su cargo. En su rueda de prensa del viernes pasado, tuvo un momento de dignidad al reconocer que se sentía avergonzado por no haber sabido evitar lo ocurrido. Pero, fiel a su trayectoria, pronosticó su regreso al poder. Parece fuera de la realidad.
                
Los partidos de la oposición. Es imposible creer que sus acciones durante la revuelta en Kiev tuvieran otro propósito que conquistar el poder. Hay matices entre los tres grupos más importantes, pero, por lo general, han compartido el mismo instinto oportunista. Su discreto apoyo electoral se ha visto dopado por la épica de la movilización. Han ido casi siempre a remolque: primero del movimiento ciudadano y luego  de los grupos nacionalistas extremistas. Más decepcionante aún ha sido su comportamiento tras la huida de Yanukóvich. La decisión de derogar la ley que permitía a las regiones adoptar el ruso como segunda lengua oficial ha sido una muestra innecesaria de sectarismo. Resulta imposible no temer otras similares.  No parecen capaces de gestionar una crisis como ésta. La reacción al despliegue militar ruso en Crimea es exagerada. No puede evitarse la impresión de que prefieren un agravamiento de la situación para provocar la internacionalización de la crisis. Más que nunca, su consolidación depende de la protección exterior.
                 
Putin. Reaccionó tarde a la crisis. Creyó que con insuficientes inyecciones de crédito podía frenar las protestas y sofocar la atracción que el proyecto europeo tenía para la mayoría occidental del país. Su designio de reconstruir el corazón del antiguo imperio soviético bajo la forma inicial de una unión aduanera generó más inquietudes que esperanzas. Fue demasiado evidente que estaba harto de Yanukóvich y que le dejaría caer, lo que alentó a sus enemigos. No disponía de recambio, así que tuvo que jugar la única carta con la que se siente a gusto: la amenaza de la fuerza. El control militar de Crimea, vientre blando del estado ucraniano surgido de la descomposición soviética, es una operación técnicamente sencilla, pero está preñada de riesgos. Sólo una amenaza de secesión creíble puede forzar una negociación que garantice un equilibrio nacional. Para ser creíble, Putin tiene que mantener el pulso hasta el final. Juega con una doble presión: militar y económica. La primera ya está sobre el terreno. El control de los aeropuertos de Crimea y el despliegue militar ruso ha diluido, de hecho, la autoridad efectiva de Kiev sobre la península. La defección del jefe de la Armada ucraniana es una humillación incontestable. La presión económica es igualmente temible, ahora que parece apuntarse la recuperación económica en Europa. Lo malo es que ambas palancas comportan riesgos para Putin. La escalada militar no le conviene porque puede poner ser costosa e incierta. El cierre de la llave del gas dañaría a Ucrania y Europa necesitan ese bien ruso, pero también a Rusia, cuya economía estancada no puede permitirse una rebaja tan sustancial de ingresos.
                 
Los prorusos del Este y de Crimea. La comprensible alarma que ha despertado en ellos los acontecimientos en Kiev y la exhibición de fuerza de Rusia puede incitarlos a reacciones emocionales. La tentación secesionista es demasiado fuerte. A pesar de la retórica de la integridad territorial, es evidente que, al menos en Crimea, la opción de revertir la decisión de Kruschev (1954) gana adeptos. Si se radicalizan las cosas, los dirigentes pro-rusos dejarán de creer en la viabilidad de su autonomía regional y mirarán con ansiedad hacia el Kremlin en busca de una protección permanente. Sin llegar a la modificación de fronteras, que sería inaceptable para la OTAN, podría crearse un nuevo enclave ruso, al estilo de Abjasia y Osetia del Sur (en Georgia). En todo caso, esta revuelta dentro de la revuelta no cerraría el círculo: las minorías ucraniana y tártara de Crimea no lo aceptarían sin resistencia.
                 
Obama. Como en el resto de las crisis internacionales que le ha tocado soportar, el Presidente norteamericano ha intentado implicarse lo menos posible, sin eludir del todo su responsabilidad. Su preocupación dominante es la alteración del equilibrio estratégico. Obama ha tratado de recomponer ('resetear') las relaciones con Rusia superando la dinámica de la guerra fría y con la vista puesta en la prioridad estratégica del Extremo Oriente. Estados Unidos no puede permitirse un mayor estrechamiento de las relaciones entre Rusia y China. Una crisis como ésta puede abonar esa tendencia. El designio de Obama es reconstruir la maltrecha economía de su país, invertir la curva de la desigualdad, recuperar cierta cohesión social y consolidar el prestigio internacional de la superpotencia como factor de paz. La inestabilidad exterior perjudica y amenaza ese proyecto político.  Las bazas de Obama en Ucrania son limitadas, más allá de suspender foros de negociación con Moscú (G-8, pacto comercial bilateral) o jugar al envite militar en la frontera polaca. Fortalecer militarmente a los nuevos dirigentes de Kiev sería irresponsable, como apunta James Jefrey  (un alto cargo en la administración Bush al que tocó gestionar la guerra de Rusia y Georgia en 2008), porque les podría animar su actitud provocadora frente a Moscú.
                
Unión Europea. En su nombre -en el del proyecto europeo- se inició la contestación contra el régimen ucraniano depuesto, pero la dinámica de los acontecimientos, como suele ocurrir cuando las crisis se agravan, ha reducido su influencia. Que la UE suscribiera un acuerdo para resolver institucionalmente la crisis y no pudiera obligar a la oposición a respetarlo mermó mucho su crédito. Ahora que aparecen las armas en el escenario, Europa se verá forzada a un inevitable papel secundario, en beneficio de la OTAN, que no exactamente lo mismo. Si a Moscú no le interesa necesariamente una guerra económica, a la UE tampoco. Un tercio del gas que se consuma aquí viene de Rusia. Hay contratos en vigor hasta 2020. Además, la exposición a los riesgos no es uniforme para los 27. Los vecinos de Ucrania (Polonia, Rumania, Bulgaria) conservan aún experiencias inquietantes de Moscú. Alemania está llamada a liderar la posición europea, pero no está garantizada la cohesión del nuevo gobierno. El silencio del SPD es significativo. Incluso algunos portavoces democristianos abogan por la conciliación. No es tiempo de retos.
                 
En consecuencia, a nadie le interesa el desbordamiento de la crisis. Desgraciadamente, empero, Yugoslavia es el ejemplo más reciente de que los envites nacionalistas extremos pueden conducir a la catástrofe, si son drenados por intereses egoístas,. A Obama, Merkel, Hollande y otros líderes europeos se les debe exigir lo que es más dudoso esperar de Putin o de los inmaduros dirigentes ucranianos (pro-occidentales o rusos): inteligencia y templanza.