OCCIDENTE LLEVA 40 AÑOS SIN ENTENDER A RUSIA

4 de julio de 2023

La “asonada” de Prigozhin ha disparado interpretaciones y hasta juicios prematuros sobre el futuro inmediato de Rusia. Por lo general, los gobiernos han sido más cautos que los medios y sus fuentes de autoridad (académicos, supuestos conocedores de cómo funciona el Kremlin, ex altos cargos o funcionarios desengañados). La cautela o la simple experiencia de cuatro décadas de desempeño profesional me aconsejan no ser muy atrevido.

La opinión dominante es que Putin ha visto resquebrajada su autoridad (Blinken dixit) con el plante del jefe de los mercenarios Wagner y la débil respuesta que recibió en primer lugar del Ejército y luego del propio Kremlin, permitiéndole escapar y refugiarse en Bielorrusia, tras la “mediación” del  autócrata Lukashenko.

Visto con ojos occidentales, lo ocurrido a finales de junio ha sido un desastre para el presidente ruso. Pero de un tiempo a esta parte, todo lo que ocurre en Rusia se percibe con un aire de catástrofe, de bomba de tiempo retardada. Los juicios se mueven entre los recurrentes juicios morales y las evaluaciones negativas sobre la conducción y ejecución de la campaña. Hay no pocos motivos para ello. Pero suele exagerarse lo negativo y obviar todo aquello que resulta favorable para los intereses del régimen ruso.

Nada de esto es nuevo. Occidente no ha hecho un gran papel a la hora de analizar, entender y anticipar los acontecimientos en Rusia al menos desde la llegada de Gorbachov a lo más alto de la jerarquía comunista. Las opiniones sobre el 7º Secretario General del PCUS oscilaron entre una relativa sorpresa por un cambio generacional que parecía que no iba a producirse nunca y un cierto entusiasmo cuando el dirigente soviético empezó a propagar a diestro y siniestro su credo aperturista. Gorbachov era conocido antes de su llegada a la cúspide del Kremlin, entre otras cosas por su viaje a Londres, cuando era el delfín presentido. Thatcher lo bendijo con una de sus frases de hija de tendero: “con este hombre se puede hacer negocios”.

Aquella “puesta de largo” fue el inicio de un cambio de paradigma mediático occidental sobre la URSS. Un líder simpático en ciernes prometía cambios y gustaba de exhibirlos y exhibirse, pensando más en los públicos ajenos que en su propio pueblo. A finales de 1990, cuando su política de reformas estructurales (perestroika) y de apertura (glasnost) ya empezaba a embarrancar, hice un viaje profesional a Moscú, con un equipo de TVE. Hablamos con dirigentes, pero también con la gente de la calle y pudimos comprobar lo que los corresponsales Lluçía Oliva y Xavier Sitjá nos habían comentado: Gorbachov era impopular. No conseguimos ni una sola opinión favorable. Tampoco de sus predecesores. Escepticismo total. Pero los medios occidentales, en su gran mayoría, presentaban a Gorbachov como un dirigente esforzado y valiente dispuesto a acabar con la guerra fría y reformar lo irreformable.

Los gobiernos eran más precavidos. Las cumbres con Reagan mejoraron el clima y propiciaron el deshielo en las relaciones Este-Oeste, que estaban muy tiesas desde el derribo del avión civil surcoreano por los soviéticos, el mayor programa armamentístico americano “en tiempos de paz” y los habituales pulsos en la periferia mundial. Cuando Gorbachov se dio cuenta de que sus buenas palabras y promesas no eran suficientes, empezó a ponerle precio a las reformas. Literalmente. Sabía que el país estaba en la ruina y que la perestroika se convertiría pronto en una entelequia si no recibía ayuda occidental. El deseo de Alemania de acceder a lo que hacía sólo unos años parecía imposible, la unificación nacional, fue la gran baza negociadora del dirigente soviético. Kohl presionaba a Washington para que avalara el rescate financiero de Moscú, a sabiendas de que ese era el camino más corto para propiciar el reencuentro alemán, como cuenta la historiadora Katherine Spohr.

Y entonces, a Occidente se le marchitó el encanto. Los apoyos empezaron a ser matizados y se pasó del elogio al cálculo de costes. Si el líder soviético jugaba a mercadear, habría que subir la puja, para lograr reducir el aparato militar soviético, sobre cuya lealtad al nuevo líder pesaban serias dudas. En las repúblicas soviéticas, Gorbachov había perdido crédito e importaba poco su tira y afloja con Occidente. Del Báltico al Cáucaso se reforzaban las opciones separatistas.

Con el intento de golpe de 1991, se puso de manifiesto que la estabilidad de la URSS pendía de un hilo. Pero, más allá de eso, quedaron en entredicho muchas de las exageraciones sobre el poderío sombrío del KGB, la implacabilidad del Ejército Rojo y el aplastante peso burocrático del partido. La chapuza fue de categoría. Esta opereta de Prigozhin conecta con aquella otra.

Pero el Gorbachov que vino de Crimea era ya un zombi, pese a los aliviados pronósticos occidentales, que vieron en el fracaso del golpe una oportunidad final para presidente soviético. Craso error. En la URSS terminal cada cual hacía su juego, y a su manera. El Estado había dejado virtualmente de existir. Y, de pronto, cuando las repúblicas nucleares decidieron, en diciembre de 1991, levantar acta de fallecimiento, a Gorbachov sólo le quedó ordenar el arriado de la bandera en lo alto del Kremlin la noche de Navidad (cristiana).

Occidente había calculado mal las intenciones y posibilidades de Gorbachov. El último líder soviético no era, no podía ser, un transformador, sino un simple bombero, más o menos solemne. Nunca tuvo el crédito de un pueblo agotado y descreído, ni de una élite que sólo se preocupaba por estar lo mejor situada ante un futuro desconocido e incierto.

Pero como el mundo, especialmente el occidental, ya por entonces iba muy deprisa, los estrategas se aferraron a la estrella emergente, el presidente ruso, Boris Yeltsin. Sus cualidades políticas eran muy pobres. Sus ideas no pasaban del umbral de las bravuconadas arreciadas por el vodka. Era un populista avant la lettre. La actitud occidental se resume en un viejo lema medieval: a rey muerto, rey puesto. Se apostó por Yeltsin como si de un estadista luminario se tratara. El amigo Boris dejó hacer, con tal de presumir desde su poltrona del Kremlin. Le llenaron los polvorientos despachos con discípulos enfervorecidos de Milton Friedman y otros santones neoliberales. Se liquidó el viejo aparato productivo soviético a precio de saldo. Los directores de empresas herrumbrosas se convirtieron de la noche a la mañana en accionistas mayoritarios. Un capitalismo popular flotando en una gigantesca burbuja se convirtió en la divisa de la nueva Rusia. Los medios podían ir a Moscú y hablar con todo el mundo, visitar las tiendas, ver los estantes llenos y las calles plagadas de franquicias occidentales. Pero el pueblo contemplaba los escaparates del lujo con desganada impotencia. Una incipiente clase media luchaba por abrirse paso, aunque sólo en las grandes ciudades. En la Rusia profunda el reloj iba mucho más despacio, pero hacia atrás. 

Cuando estalló la crisis del rublo, en 1998, a Occidente le cogió de nuevo con el pie cambiado. El experimento capitalista se disolvía en la insustancialidad. Yeltsin ya estaba amortizado. El batacazo de realidad acabó con un liderazgo tambaleante y fraudulento. Cuando se confirmó su retirada, lo único que le quedaba era su gesta a lomos de un tanque en 1991.

En la trastienda ya asomaba el recambio, con registros diametralmente opuestos. Las élites, con la aprobación de Occidente, daban por terminada la etapa estruendosa de la revolución democrática. Se buscaba a alguien discreto y eficaz. Un tal Putin, que se había ganado fama de gestor en el equipo del prooccidental alcalde de San Petersburgo, consiguió abrirse paso en las contiendas burocráticas del Kremlin y llegar a lo más alto de la administración presidencial. Sus credenciales alcantarilleras resultaban tranquilizantes, después de los excesos de Yeltsin.

El primero en darse cuenta de que Putin no era lo que parecía ser fue el propio Presidente saliente, que estuvo toda la noche del triunfo electoral de su sucesor esperando en vano una llamada de gratitud y consejo. Occidente no las tuvo nunca consigo. Pero Putin, que conocía bien los mecanismos y prejuicios de las élites del mundo libre, les ofreció lo que ellas más aprecian casi siempre: estabilidad, orden y las menos sorpresas posibles.

Sin hacer casi ruido, completó el control de los mandos burocráticos, dictó nuevas normas a los nuevos ricos, puso condiciones al poder de los millonarios, recolocó a sus fieles de los aparatos de fuerza (siloviki) y reconstruyó pacientemente un partido que estuviera tan alejado de los comunistas como de los liberales, con la fórmula en auge del nacionalismo.

Pero había que ofrecer algo al pueblo. A falta de prosperidad tangible, orgullo de ser rusos, un sentimiento colectivo que restañara años de humillación. En la paz había perdido lo que había ganado en la gran guerra patria. Se necesitaba un poder fuerte y un padre al frente. Un Stalin de nuevo cuño, del que pocos rusos, cuando hubo que derrotar al III Reich,  que ya se había olvidado de la revolución proletaria universal y se había abonado al conservadurismo ruso.

Chechenia le ofreció a Putin la oportunidad de demostrar que a él, siempre sobrio y deportista, nunca le temblaba el pulso para afrontar los desafíos. Acabó con la revuelta chechena a sangre y fuego. Occidente, que ahora tanto lamenta la destrucción de Ucrania, protestó de forma académica por la reducción de Grozni a cenizas. El islamismo radical necesitaba una lección, y Putin había asumido el coste de impartirla sin coste para Occidente. Otros horrores vinieron, en Beslán, en Moscú.... Pero a Occidente le sirvió que Putin estuviera limpiando el patio trasero y parte de la cocina. No se interpuso. Había otras prioridades.

Llegó el órdago de Bin Laden y Estados Unidos volvió a actuar con la lógica belicista que lo había empujado a Vietnam, distorsionando o simplemente construyendo peligros y amenazas inexistentes. La “guerra contra el terror” propiciaría la mayor sangría internacional en una generación. Putin brindó a Washington una colaboración interesada, pero valiosa, al facilitar la el uso de las bases militares en los tanes (países excomunistas de Asia Central), en la invasión de Afganistán. La historia propiciaba un guiño irónico. La enfermedad terminal soviética se aceleró en Afganistán, abonada por el apoyo armamentístico, logístico y financiero de una guerrilla islamista integrista en la que había hecho sus primeras armas el propio Bin Laden. No sabemos si Putin pensó en que su ayuda a Estados Unidos podría convertirse, con el tiempo, en  un regalo envenenado. Pero entonces su comportamiento se interpretó como responsable y propio de un socio fiable en la lucha contra el terror.

Una vez que Putin se sintió seguro dentro y fuera, creyó llegado el momento de corregir ciertos abusos cometidos contra Rusia en los años del débil Gorbachov y el incompetente Yeltsin. Había que devolver a la nación su grandeza perdida. La crisis financiera occidental de 2008 le brindó una oportunidad. La intervención en Georgia supuso un cierto shock en Occidente. Tras pensárselo un poco, Bush Jr. no quería acabar su mandato con un riesgo elevado de guerra mayor, cuando a duras penas podía digerir la pesadilla que había creado en Irak. Por un momento, la OTAN pensó en reanudar la marcha hacia el Este que se había iniciado en tiempos del indolente Yeltsin. En 2008 se le prometió a Ucrania luz verde, pero sin fecha de apertura. Una trampa diplomática.

Con Obama en la Casa Blanca, la repugnancia ante aventuras exteriores alcanzó su máxima expresión. Se disparó el reset con Moscú, con la esperanza de abortar una nueva guerra fría. Nunca se entendió bien el desafío de una Rusia desacomplejada. No se trataba del capricho de un un líder que había acabado por asomar su rostro autoritario. La recuperación del orgullo nacional, por demagógico que pudiera parecer, y lo era, tenía la capacidad de reemplazar a un inexistente proyecto político. La explotación de los inmensos recursos naturales, ahora bajo el control más o menos férreo del Estado, proporcionaba los medios para afrontar desafíos ambiciosos. La era de la humillación había acabado. Era el tiempo de la reconstrucción, no la abstracta o burocrática perestroika de Gorbachov, sino la solemne, gloriosa y romántica visión de los nacionalistas doctrinarios, tan perseguidos por el Zar como por los bolcheviques.

Putin maniobró en el interior para desactivar las escasas resistencias residuales. Pero cuando se encontró con huellas occidentales en las alfombras se dispuso a pasar la aspiradora potente de la represión y le enseñó los dientes a la Casa Blanca. Ahí se acabaron por completo las ilusiones occidentales de una convivencia razonable. Occidente había vuelto a calcular mal.

En plena calentura, Putin lanzó la campaña de recuperación de Crimea y de protección de las minorías rusófonas del este de Ucrania. Obama decidió que la cosa no merecía una guerra y avaló una fórmula diplomática europea que detuviera al Ejército ruso y a sus protegidos locales. Los dobles acuerdos de Minsk no fueron la antesala de la paz, sino una etiqueta de caducidad del alto el fuego. Ucrania no estaba dispuesta a concederles derechos razonables a los prorrusos de sus provincias orientales. Occidente pensaba que Putin estaba haciendo posturing y que no se atrevería a ir más lejos. Luego vino Trump y las cosas se pudrieron. Putin ganó tiempo para preparar la siguiente jugada y ensayar estrategias bélicas en Siria. La unidad atlántica se empezó a agrietar con las ocurrencias del presidente hotelero.

Cuando Occidente se percató de que Putin estaba dispuesto a todo en Ucrania, ya era demasiado tarde. Minsk se había consumido en sus inconsistencias, por la duplicidad ucraniana y por el desinterés ruso. Consumada la invasión, todo lo que se ha venido escribiendo sobre Putin tiene tinta gruesa. Se confunden deseos con realidades. Se airean los errores y se anticipa la derrota de Rusia con precipitación innecesaria. Se arma hasta los dientes a Ucrania, con el mismo designio con el que se actuó en Afganistán: lograr la derrota del antiguo enemigo renacido más que para favorecer la victoria de un aliado reciente del que se tienen en privado más dudas de las que se admite en público. Propaganda obliga.

Y, para terminar, el plato más indigesto del cocinero del Kremlin ha evocado visiones del ocaso del “reinado de las mentiras” (Bret Stephens, NYT). O el “principio del fin de Putin” (Liana Kim y Michael Kimmage, del Consejo de Relaciones exteriores ). El episodio es demasiado bufonesco para deducir de él consecuencias muy sólidas. Se le ha dado una trascendencia interesada, porque la apuesta occidental por la derrota de Rusia exige resultados que la festejada contraofensiva ucraniana tarda en producir. Quizás, una vez más, en las motivaciones más sencillas podemos encontrar las explicaciones más convincentes. Prigozhin “no quería perder su negocio militar” (Olga Bogieva, Moskovski Komsomolets).  Putin dejó de jugar a enfrentar poderes regulares e irregulares del Estado. O se cansó de las destemplanzas del expresidiario. El jefe de los mercenarios sintió que lo habían dejado tirado y se veía obligado a pasar por el aro. Hizo un número postrero y aceptó la mínima oportunidad de salvar la cara. En esas horas de incertidumbre, se deslizaron especulaciones sobre la supuesta desaparición de Putin, se hicieron cábalas sobre una solución de fuerza (Anton Troianovski, New York Times). Sólo los rusos que mejor conocen la situación, como la analista Tatiana Stanovaya, recordaron lo poco que se sabe. Es cierto que las guerras, y más en países autoritarios, aceleran los procesos. Pero siempre hay un tiempo de maduración. Y no parece que lo hayamos alcanzado en Rusia. No creo que estemos en 1917, como dijo el propio Putin con intención diferente a los analistas occidentales, o en 1604 (Zubok). Ni en 1991.

Ante las elecciones en España, mirada a Europa (2). EL ANCLAJE EUROPEO DEL PACTO DE LAS DERECHAS EN ESPAÑA

28 de junio de 2023 

A un mes escaso de las elecciones generales anticipadas en España, crece la impresión de que el PP necesitará un acuerdo con VOX para conseguir mayoría parlamentaria y regresar el gobierno. Los recientes comicios autonómicos, y el celebrado previamente en Andalucía, han indicado el camino. Lo que queda por dilucidar es hasta dónde llegará esa colaboración.

Europa ofrece ejemplos de todo tipo y condición. Como en el análisis anterior sobre la participación/abstención, no me limitaré a los estados de la UE, ya que la integración económica y las responsabilidades compartidas en política exterior y de seguridad aconsejan fijarse también en las realidades de países como el Reino Unido, Suiza, Noruega o Islandia. Quedan fuera, por las razones ya expuestas en el trabajo anterior, los países balcánicos y los exsoviéticos.

El examen político de estos 31 estados ofrece una tipología de cooperación entre los partidos de derecha (conservadores liberales, liberal-conservadores o democristianos conservadores, todos ellos autoproclamados de centro-derecha) y los de extrema derecha (que deben ser identificados ideológicamente como nacionalistas ultraconservadores y/o identitarios, ajenos al discurso liberal).

He elaborado unos cuadros sinópticos que ofrecen una foto fija de las combinaciones políticas en las que intervienen los partenaires del PP y de VOX en la UE (afiliados o cercanos al Partido Popular Europeo y, en su caso al Grupo Popular del Parlamento de Estrasburgo) y  en los otros países considerados.

1. Gobiernos monocolor de los partidos afiliados al PPE.

1. GOBIERNO CONSERVADOR MONOCOLOR

PAÍS

PARTIDO

GRUPO Pº EURO

 

 

GRECIA





 

 

 

Nueva Democracia

Popular

 

 


En la actualidad, sólo ocurre en Grecia. El partido Nueva Democracia, liderado por Kiriakos Mitsotakis, acaba de renovar el éxito obtenido en mayo, ahora por mayoría absoluta, no debido a un incremento de sus votos, sino a los 50 escaños adicionales con que el sistema electoral prima a los ganadores.

Mitsotakis no necesita, por tanto, a la ultraderecha, que, en todo caso, se encuentra en la situación más fuerte desde el fin de la dictadura de los coroneles, hace cincuenta años. Tres partidos extremistas han conseguido un millón de votos y 35 escaños: Espartanos (13), Solución griega (12), Victoria (10). Las tres representantes corrientes diferentes del universo ultra. Espartanos es el heredero del movimiento neonazi Amanecer Dorado, que en las elecciones de enero de 2015, en plena crisis financiera llegó a conseguir 17 diputados. El fundador de Espartanos, Vasilis Stigkas,  ha mostrado en reiteradas ocasiones su simpatía por Amanecer Dorado. Uno de los antiguos portavoces  de esa formación neonazi, Ilias Kasidiaris, expresó su apoyo explícito a Espartanos, después de que su nuevo partido ultra, el Nacional de los Griegos, no fue autorizado a concurrir en las elecciones de este año. 

Solución griega es la opción nacionalista extrema que conecta con LAOS, ANE y otras formaciones. Y, finalmente, NIKH (Victoria) representa  los valores ortodoxos integristas.

Alguien puede echar de menos aquí a los tories británicos, que también gobiernan en solitario. Sin embargo, como ahora veremos, los situó, con matices, en el grupo siguiente.

 

2. Gobiernos monocolor de los partidos nacionalistas conservadores, homologables a VOX, reunidos en el grupo parlamentario europeo ECR (Conservadores y reformistas europeos)


2. GOBIERNOS NACIONALISTAS CONSERVADORES MONOCOLORES

PAÍS

PARTIDO

GRUPO Pº EURO

PARTIDO SATÉLITE

GRUPO Pº EURO

HUNGRÍA



NO INSCRITOS

 



NO INSCRITOS

 

 

Alª Jóvenes húngaros

En el PPE hasta 2021

 Pº DC Nac

En el PPE hasta 2021

POLONIA










 

Ley y Justicia

Conservad. y Reform.

Acuerdo|Solidaridad

Conservad. y Reform.


A día de hoy, en dos estados de la UE gobiernan en solitario partidos que llevan a cabo llevan a cabo políticas radicales o extremas de derecha: el PiS (Ley y Justicia), en Polonia,  el FIDESZ (Alianza de Jóvenes húngaros), en Hungría. Fuera de la UE, tenemos al mencionado Partido Conservador del Reino Unido.

El PiS es por número de votos (6,5 millones, en 2019) y por su condición hegemónica en su país casi indiscutible (casi el 45% de los votos, si tenemos en cuenta a sus dos partidos satélites ), el principal partido de la ultraderecha europea. La derecha conservadora moderada (Plataforma Cívica y el Partido Campesino, ambos adscritos al PPE) y los divididos y débiles liberales de Moderna Polonia, Iniciativa polaca y Unión Democrática Europea han hechos esfuerzos para  para acabar con el “reinado” de Kaczynsky, pero nunca han sido capaces de forjar una coalición exitosa. La xenofobia, el recelo ante cualquier limitación de soberanía que implica el avance del proyecto europeo y un feroz sentimiento antirruso colocan al PiS y sus satélites en una esquina sombría de Europa.

En Hungría tienen a su mejor aliado de la UE. Victor Orbán ha recorrido una larga travesía hacia la extrema derecha, desde sus iniciales posiciones liberales progresistas, en los estertores del régimen comunista. El FIDESZ (Alianza de Jóvenes húngaros por la Libertad) ha residido en casi todos los campamentos políticos de la derecha al centro europeos. En las últimas elecciones, toda la oposición presentó un frente unidos, pero Orbán se sirvió de los medios y del resto de palancas institucionales para mantenerse en el poder. Compañero de viaje de los liberales hasta finales de los noventa, luego fue acogido en el PPE, a pesar de que ya apuntaba modos autoritarios. La obsesión por no perder el liderazgo hizo que los conservadores liberales europeo aguantaran los ataques a la libertad, el Estado de Derecho, la independencia judicial, la libertad de información y otros atentados al orden liberal. Hasta que, en 2021, minutos antes de ser expulsado, Orbán decidió abandonar el Grupo Popular y pasar a ese cajón de sastre de los No adscritos. Por su buena relación con Moscú, tenía difícil acomodo en el ECR, liderado por polacos desde el abandono británico, y recientemente por los italianos de Meloni. Podría haber encajado en el Grupo Identidad y Democracia, con Le Pen, Salvini y los alemanes, pero el líder húngaro se ha tomado su tiempo y madura su estrategia. La convivencia con FIDESZ durante más de veinte años es uno de los asuntos más embarazosos para los partidos del PPE.

2b. El caso híbrido del Reino Unido

REINO UNIDO



NO PERTENECE

A LA UE



NO PERTENECE

A LA UE

 

Pº Conservador

Antes del Brexit estuvo en ECR 

Pº Unionista Democ.

 


A muchos puede sorprender el encaje matizado en este grupo del Partido Conservador británico. Sin embargo, su deriva política de los últimos años hacia un nacionalismo exacerbado y sus alianzas políticas continentales así lo indican. Esta formación, antes de ejecutarse el Brexit, ya no estaba alineado con el PPE en el Parlamento de los 28 de entonces, sino con el ECR. Los tories no se sentían cómodos con el europeísmo de los partidos de la derecha liberal-conservadora y los democristianos. En cambio, compartían la visión de los ultraconservadores gobernantes polacos y húngaros, recelosos del poder de Bruselas y partidarios de afianzar la preeminencia nacional en el proceso de construcción europea. De ahí que tenga sentido establecer una excepción con el Partido Conservador británico.

 

3. Gobiernos de coalición entre la derecha y la ultraderecha, en los que los adscritos o afines al PPE son el socio mayor y los nacionalistas conservadores y/o identitarios son el socio menor o subsidiario. Se dan dos casos en estos momentos: Croacia y Letonia

3. GOBIERNOS DE COALICIÓN COMO SOCIO MAYOR, CON NACIONALISTAS

PAÍS

SOCIO MAYOR

GRUPO Pº EURO

SOCIO MENOR NAC.

GRUPO Pº EURO

LETONIA









 

Nueva Unidad

Popular

Alianza Nacional

Conserv. Reform.

CROACIA







SIN REPRESENT.

 

 

Unión Demóc.Croacia

Popular

Pº Popular serbio

 


El caso croata merece comentario. El partido gobernante, la Unión Demócrata Croata (HDZ), es el mismo que condujo el país a la independencia, con posiciones nacionalistas tan extremas como la de sus homólogos serbios, y el que alentó la destrucción de Bosnia-Hercegovina para favorecer la partición de la República y agrandar el territorio nacional con los territorios de mayoría croata. En los últimos treinta años no se ha alejado de ese nacionalismo radical y excluyente, aunque su discurso formal se haya atenuado un tanto, entre otras cosas para acceder a los fondos europeos y hacerse presentable a sus pares del Partido Popular europeo, en cuyo Grupo parlamentario está integrado. Las credenciales cristianas (en su caso, católicas) han servido también de justificación para la normalización de los nacionalistas croatas. Pero su confesionalismo es más asimilable al de los polacos del PiS que a los alemanes de la CDU.

En cuanto a Letonia, la formación hegemónica, Vienotiba (Nueva Unidad) comulga con los principios fundamentales del PPE, pero nunca le ha hecho ascos a colaborar, incluso en el gobierno, con la ultraderecha nacionalista, donde todavía perduran las influencias nazis.

 

4. Gobiernos de coalición entre la derecha y la ultraderecha, pero con la relación de fuerzas invertida, es decir, con los nacionalistas conservadores y/o identitarios detentando la jefatura del ejecutivo y/o la mayoría de los ministerios, mientras los partidos conservadores-liberales o democristianos mantienen posiciones secundarias. Esta situación se da en dos estados: Italia y Chequia.


4. GOBIERNOS DE COALICIÓN COMO SOCIO MENOR, CON NACIONALISTAS

PAÍS

PARTIDO PRINCIPAL

GRUPO Pº EURO

SEGUNDO PARTIDO

GRUPO Pº EURO

SOCIO MENOR

SOCIO MENOR

GRUPO Pº EURO

ITALIA















 

Fratelli d'Italia

Conserv.Reform

Lega

Identidad y Democ.

Forza Italia

Noi Moderati

Popular

CHEQUIA



 


 






 

Pº Cívico Democrático

Conserv.Reform.

 

Democracia Cristiana 

Top 09


Popular

Italia es el paradigma del auge ultranacionalista y xenófobo en Europa. En la coalición tripartita que domina el país desde el naufragio del centro izquierda y el escaso fuelle de las soluciones tecnocráticas, cohabitan tres partidos. Hasta la crisis financiera, el que llevaba la voz cantante era Forza Italia, una formación más populista que doctrinaria. Hubiera encajado bien con los tories de la reciente época de Johnson, pero previamente los alemanes y los españoles convencieron a Berlusconi de que se integrara en el PP europeo, que perseguía la hegemonía en la Eurocámara, a costa de rebajar lo que hiciera falta las exigencias ideológicas.

Los otros dos partidos italianos militan en las dos familias del nacionalismo conservador, encuadradas en dos grupos europarlamentarios diferentes. Los Fratelli d’Italia se alinean con los polacos del PiS, ultracatólicos y, sobre todo, antirrusos. El partido de Giorgia Meloni, mientras fue el socio menor de la triada conservadora italiana, daba rienda suelta a su xenofobia y se permitía ciertas aproximaciones a Moscú. Pero desde que ascendiera a la posición dominante del trío y ocupara la jefatura del gobierno, los Fratelli se han desprendido del equipaje retórico, más molesto. La invasión rusa de Ucrania ha diluido cualquier veleidad prorrusa.

Por el contrario, la Lega decidió asociarse con la dirigente nacionalista francesa, Marine Le Pen, cuyas relaciones con el Kremlin provocaron una controversia aún no resuelta por completo. Ambos son las cabezas del otro eurogrupo en la Eurocámara: Identidad y Democracia. Su nombre lo dice casi todo. El nacionalismo identitario que defienden y representan ha reforzado las tendencias xenófobas en Europa. Son dirigentes que pertenecen a dos de los cuatro países más importantes del continente. Aunque no han conseguido conquistar la jefatura de sus respectivos ejecutivos, han condicionado las políticas de los partidos centristas en materia migratoria. El líder leguista, Mario Salvini, alcanzó su cenit de poder en 2018, al hacerse con la cartera de Interior y pilotar la política antinmigración, en un gobierno contra natura con los populistas del Movimiento 5 estrellas, quienes han ido evolucionando hacia posiciones liberales.

El PP europeo da por perdido al grupo Identidad y Democracia, donde se integran también los xenófobos alemanes de Alternativa por Alemania (AfD), pero de cara a las elecciones del año próximo no renuncia a un pacto con los Fratelli de Giorgia Melonia, y más después de la muerte de Berlusconi, una de cuyas consecuencias podría ser la desaparición de Forza Italia.  De no conseguirlo, el PPE se quedaría sin un socio en el tercer país de la UE.

En cuanto a Chequia, la derecha se ha venido agrupando desde todos sus ángulos: el liberal-conservador, el nacionalista y el populista, tanto en su vertiente empresarial como ciudadana. El factor personal ha tenido un peso determinante en la vida de estas formaciones, que huyen de las denominaciones clásicas. Domina ligeramente ahora el ODS, fundado por el que fuera primer ministro en los noventa, Vaclav Klaus, admirador entusiasta de Thatcher. A lo largo de los años, se ha mantenido próximo a los tories en los equilibrios europeos. Se le puede considerar como el más liberal de todos los que se reúnen en el grupo ECR del Parlamento de Estrasburgo

5. Gobiernos de coalición de partidos de la derecha conservadora-liberal con partidos ultranacionalistas, pero también con la presencia de centristas (liberales progresistas o reformistas) o de centro-izquierda (socialdemócratas y ecologistas). Este caso tiene lugar en Finlandia, Lituania y, fuera de la UE, en Suiza.

5. GOBIERNOS DE COALICIÓN CON NACIONALISTAS Y LIBERALES

PAÍS

PARTIDO PRINCIPAL

SEGUNDO PARTIDO

GRUPO Pº EURO

SOCIO NACIONALISTA

GRUPO Pº EURO

SOCIOS LIBERAL

GRUPO Pº EURO

FINLANDIA















 

Coalición Nacional

Democr. Cristiana

Popular

Verdaderos finlandeses

Identidad y Democr.

  Popular Sueco

Renovar Europa

 

LITUANIA
















 

Unión Patriótica

Democrac Cristiana

Popular

Agrup. Elect. Polacos

Conserv. Reformist

Mov .Libert |Libertad!

Renovar Europa

 

SUIZA





NO PERTENECE  A LA UE



NO PERTENECE  A LA UE




NO PERTENECE  A LA UE

 

Democracia Cristiana

Democrac Cristiana

 

Unión Democ.Centro

 

Liberal|Sociali

 


El caso más significativo a destacar en este bloque es el de Finlandia. Al no conseguir la joven líder socialista, Sanna Marin, revalidar su sorprendente victoria de 2019, se perfiló una nueva coalición de derechas. El gran resultado de los xenófobos del Partido de los Finlandeses, apenas unas décimas menos que Coalición Nacional, le hacía acreedor a un puesto seguro en el gobierno. Pero las turbulencias de las experiencias anteriores auguran un difícil recorrido. Para equilibrar este deslizamiento hacía el extremo, el principal partido conservador ha conseguido incorporar al gobierno a los liberales de la minoría sueca.

Lituania y Suiza son dos casos bien diferentes. En el país báltico, la derecha conservadora clásica (conservadora y democristiana) mantiene la hegemonía. En la coalición de gobierno la presencia del partido nacionalista de la minoría nacionalista polaca se compensa con dos partidos liberales europeístas.

En Suiza, la xenófoba Unión Democrática del Centro (engañoso nombre, como en otros muchos casos análogos) se ha ido debilitando en los últimos años, por el desgaste de la acción de gobierno, pero no lo suficiente como para perder su condición de primer partido del país. Prueba de su resistencia es que los partidos de centro-derecha y centro-izquierda participan en un gobierno de coalición amplia que en poco suaviza los postulados nacionalistas de la SVP-UDC

 

6. Gobierno de la derecha conservadora y liberal, con apoyo parlamentario externo y estable de la ultraderecha. Es el caso de Suecia, merced al pacto convenido hace unas semanas, tras el resultado de las últimas elecciones, que confirmaron el auge de los nacionalistas xenófobos.

6. GOBIERNOS COALICIÓN CONSERVADORES-LIBERALES CON APOYO PARLAMENTARIO NACIONALISTA

PAÍS

SOCIO CONSERV

SOCIO CONS.MENOR

GRUPO Pº EURO

SOCIO LIBERAL

GRUPO Pº EURO

APOYO EXT. NACIONALISTA

GRUPO Pº EURO

SUECIA















 

Moderados

Democ.Cristiana

Popular

Liberales

Renovar Europa

Demócratas suecos

Conserv.Reform.


Contrariamente a los ocurrido en Finlandia, conservadores y liberales suecos intentaron evitar a toda costa el estigma de gobernar con la ultraderecha. Al final, lo han conseguido, pero sólo formal o nominalmente. Los Demócratas suecos no estarán en el gobierno, pero se reservan la capacidad de hacerlo caer si le retiran su apoyo parlamentario. La cuestión migratoria será la clave del nuevo tiempo político sueco. Pero, en realidad, los xenófobos ya han conseguido que todos los partidos, incluida la socialdemocracia, asuman gran parte de sus enfoques. Lo mismo ha ocurrido en otros países, donde la ultraderecha no gobierno, ni siquiera tiene un peso tan influyente como en Suecia, Finlandia, Italia o Suiza. Incluso en países donde está sometida aún al cordón sanitario férreo, como en Alemania y Francia (y recientemente, Irlanda), esa derecha nacionalista conservadora e identitaria ha contaminado el discurso político y obligado a gobiernos liberales y social-demócratas a endurecer sus políticas migratorias.