ISRAEL QUIEBRA EL DISCURSO LIBERAL

23 de octubre de 2024

El asesinato del líder de Hamas, Yahia Sinwar (pronúnciese Sinuar), ha constituido un doble mensaje de atención sobre la carnicería de Gaza, después de algunas semanas en relativo segundo plano, debido al desplazamiento del foco internacional hacia Líbano, las derivas migratorias en Europa y el pulso electoral en Estados Unidos.

El primer mensaje es mediático y propagandístico: Israel presentó al dirigente palestino aislado, derrotado, humillado y acobardado. La imagen ya forma parte de la galería de los horrores de la iconografía deshumanizadora del enemigo. Se detecta un placer insano en este exhibicionismo que persigue continuamente personificar el mal.

Durante mucho tiempo, se atribuían estas prácticas a las dictaduras y a los terrorismos. De un tiempo a esta parte, se han acabado los filtros y el autocontrol. En Estados Unidos, algún comentarista ha escrito que la administración Obama no exhibió el cadáver de Bin Laden o sus últimos segundos de vida, como ha hecho en cambio Israel con Sinwar. Tampoco la muy poco delicada administración neocon de George W. Bush filtró la ejecución en la horca de Saddam Hussein (aunque sí vimos al dictador iraquí después de ser atrapado en el zulo donde se escondía). El final filmado de Sinwar recuerda al linchamiento de Gadafi, realizado por las bandas armadas apoyadas por Occidente que iban a liberar Libia y han hundido al país en el caos.

El segundo mensaje es especulativo: se refiere a la posibilidad de que esa muerte pueda favorecer el final del martirio de Gaza. Biden lo estimuló con uno de sus insostenibles llamamientos a la negociación. Netanyahu le respondió con su arrogancia acostumbrada: “la guerra no ha terminado”.

En efecto, la guerra terminará cuando Israel consume su venganza por el 7 de octubre. No lo parará nadie, ni siquiera le privarán de los recursos militares que precisa. No se trata ya de los rehenes, o no principalmente,  se diga lo que se diga oficialmente. Probablemente, la mayoría estén ya muertos o morirán en los bombardeos siguientes. El sector dominante del gobierno quiere la aniquilación total del enemigo. Y gran parte de la sociedad: el 78% de los votantes del Likud (la derecha que lidera Netanyahu) se opone a detener la exterminación aunque sea para favorecer la liberación de los rehenes, según una encuesta del Canal 13 de la televisión israelí.

Los radicales no se conforman con esto: quieren recolonizar Gaza y, en el frente norte, neutralizar el sur del Líbano eliminando la capacidad militar de Hezbollah, aún a costa de una pavorosa  destrucción. Pero hay más. Los partidos religiosos y los representantes del movimiento de los colonos más fanáticos quieren aprovechar el momento para completar la ocupación de Cisjordania y acabar con cualquier tentación de entendimiento futuro con los palestinos “moderados”. Generales y responsables de la seguridad interior han advertido del peligro que esto supone, pero Netanyahu juega con este hipótesis por cálculos políticos egoístas (1).

En este ambiente, , el Secretario de Estado norteamericano intenta componer un puzzle casi imposible. Blinken quiere implicar a los países aliados del Golfo en la reconstrucción material de Gaza y en un nuevo esquema de seguridad que aplaque a Israel. Pero las petromonarquías ponen condiciones: un paraguas defensivo norteamericano con fuerza legal (una especie de tratado de defensa) y, para consumo interno, el compromiso de un futuro Estado palestino (2). La cuadratura del círculo, tal y como están las cosas.

LA IMPOSIBLE VICTORIA DEFINITIVA

En 1982, el Ejército israelí invadió Líbano con el propósito de acabar con la OLP, que por entonces había establecido allí su centro de mando. Llegó hasta Beirut, arrasando con todo lo que se encontraba a su paso y delegó en sus aliados de la falange libanesa la espantosa masacre en los campamentos de refugiados palestinos de Sabrá, Shatila y Burg-el-Barajneh. Arafat y su estado mayor se vieron obligados a huir a Túnez, donde tampoco les esperaría la tranquilidad. El jefe operativo de aquella operación fue el entonces Ministro de Defensa, Ariel Sharon, uno de los héroes del sionismo. Quince años antes había transformado la derrota inicial de la guerra del Yom Kippur en una audaz victoria en el Canal de Suez, lo suficientemente contundente como para acabar con el espíritu bélico de las élites militares y políticas egipcias. Pero aquel soldado abrasivo e incontrolable aprendió que no es lo mismo un Estado que tiene algo que proteger y conservar que una resistencia armada que poco o nada tiene que perder. Egipto firmaría la paz años después de aquel último intento de derrotar a Israel. La lucha palestina continuó bajo formas distintas, con acciones armadas o levantamientos populares (Intifada), a pesar de la división política, doctrinal y religiosa.

Insensible a estas previsiones, Netanyahu aspira a convertirse en el Sharon de esta época y exterminar a Hamas como actor militar y político. Analistas poco sospechosos de simpatía palestina advierten que tal propósito es inútil o de corto vuelo. La resistencia palestina opuesta a cualquier entendimiento con Israel resurgirá, sea cual sea su denominación, estructura y liderazgo (3). La espantosa masacre de Gaza abonará el resentimiento y la hostilidad entre los palestinos que han sobrevivido y los que han presenciado la tragedia. Un nueva Nakba, como la de 1948, privará a Israel de esa tranquilidad de cementerio que sus dirigentes han prometido.

Aunque los casos sean muy distintos, puede servir de referencia la liquidación de Bin Laden, precedida del debilitamiento militar de Al Qaeda. No tardó mucho en emerger el Daesh, mucho más virulento aún. Derrotado finalmente también, el extremismo yihadista parece neutralizado, pero nadie se atreve a certificar su final.

EL PERMANENTE DOBLE RASERO

Más allá del inmenso daño infligido a las poblaciones locales de Gaza y Líbano, la barbarie israelí está quebrando el discurso liberal. Hace tiempo que Israel ha dejado de ser el exponente de esa “civilización universal” con que se la presentaba en Occidente. La complicidad activa o pasiva de las democracias occidentales  se ha visto reforzada por el inflado discurso liberal ante la guerra de Ucrania. El doble rasero no es, ni mucho menos, una novedad. Pero la coincidencia de ambas crisis desnuda cualquier propósito justificativo.

Esto es precisamente lo que aborda un libro que acaba de aparecer en Francia. Edwy Plenel, exdirector de LE MONDE y fundador de Mediapart (una plataforma de denuncia de las malas prácticas políticas) arremete contra la hipocresía de la política exterior europea. El alegato parte de una crítica a la visión del mundo que presentara en su día Josep Borrell, expresada en el contraste entre el jardín (Europa) y la jungla (el resto del mundo no occidental). Plenel deplora que, en la tragedia de Gaza, los jardineros europeos hayan “abandonado la preocupación por el mundo y la humanidad”. Para ser justos, Borrell ha sido una de las voces europeas más críticas con Israel, junto con la del Presidente Sánchez. En todo caso, el reproche de Plenel va dirigido a la “geometría variable” del discurso exterior europeo (4).

En Estados Unidos, principal garante y coparticipe de los intereses israelíes, estas contradicciones se ignoran olímpicamente. Se impone sin rubor esta política de afear públicamente los “excesos” de Israel mientras se le garantizan los medios para ejecutar sus políticas. La coordinación es total cuando se trata de infligir un correctivo a Irán. Israel informa a Estados Unidos de sus planes de represalia y la administración Biden suministra al gobierno de Netanyahu el material antiaéreo más sofisticado de su arsenal para blindarse ante una posible -aunque improbable- réplica iraní.

En la retórica electoral, los demócratas se presentan como garantes de la democracia y del orden liberal global y pintan a Trump como aliado de las autocracias. Una verdad a medias. Ningún líder demócrata se ha planteado ni por un momento cortar el suministro de armas a Israel ni dejar de darle cobertura diplomática cuando la precise, aunque lo reclamen cada vez con más fuerza parte de sus bases sociales.

Una victoria de Harris mantendrá este relato de malestar contenido, invocaciones a la concordia, defensa de la fórmula desequilibrada de los dos Estados...  y poco más. Un triunfo de Trump, se dice, eliminará este falso envoltorio moral y extenderá un cheque en blanco a Netanyahu, sin comentarios paternalistas al dorso.

 

NOTAS

(1) “Israel’s Hidden War. The Battle Between Ideologues and Generals That Will Define the Country’s Future”. MAIRAV ZONSZEIN (International Crisis Group). FOREIGN AFFAIRS, 15 octubre.

(2) “How Blinken can seize opportunity after the death of Sinwar and Nasrallah. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 22 octubre.

(3) “Sinwar's death is serious blow to Hamas, but not the end of the war”. JEREMY BOWEN. BBC, 18 octubre; “Sinwar's death is serious blow to Hamas, but not the end of the war”. BEN HUBBARD. THE NEW YORK TIMES, 18 octubre; “Sinwar Is Dead, but Hamas Will Survive”. AUDREY KURTH CRONIN. FOREIGN AFFAIRS, 19 de octubre; “Sinwar is dead. Hamas is very much alive. History shows that you can’t kill your way out of a resistance movement”. STEVE COOK. FOREIGN POLICY, 18 octubre.

(4) “‘Le Jardin et la jungle’: Edwy Plenel s’attaque à l’hypocrisie de la diplomatie européenne”. JEAN-PIERRE STROOBANTS. LE MONDE, 18 octubre.

 

 

 

EUROPA, EN LA TRAMPA BÉLICA

16 de octubre de 2024

Los ecos de la guerras que llegan del Este se hacen más inquietantes a medida que transcurren las semanas. No hay perspectivas de conclusión en Ucrania, mientras que en Oriente Medio la vengativa y desproporcionada campaña israelí apunta a un nuevo ciclo de guerras locales, respuestas guerrilleras urbanas y amenazas de abrasamiento regional o estallidos localizados.

Europa está fuera de la gestión de la crisis bélica en Palestina y Líbano,pero sufre sus consecuencias. De forma inmediata, los ataques israelíes sobre la FINUL (fuerza de la ONU en Líbano), integrada por soldados españoles e italianos, entre otros. Estos cascos azules, como tantos otros, protegen poco, influyen menos e intimidan nada. Les aceptan los más débiles y les desprecian los más fuertes. Es una historia que se repite, con pocas excepciones, en el historial de las misiones internacionales mal llamadas de paz. Las airadas protestas de los ministros de exteriores difícilmente cambiarán el rumbo de las cosas.

A medio plazo, esta escalada bélica, más controlada de lo que parece, puede crear aún más complicaciones a Europa, si hubiera alteraciones en la circulación del petróleo procedente de esa zona. Incluso el riesgo de que eso suceda podría provocar un pánico que elevaría los precios.

El estancamiento de la guerra de Ucrania, con avances lentos pero mantenidos de las fuerzas rusas en Donetsk, ataques simultáneos contra infraestructuras civiles y militares e incrementos de armas entregadas por terceros dibujan un panorama sombrío del futuro cercano. Si la guerra afectara a los suministros de gas ruso, de una u otra manera, Europa sentiría sin duda la sacudida.

OTRA CURA DE AUSTERIDAD A LA VISTA

Los gobiernos europeos aprietan los dientes para hacen tragar a los ciudadanos otra cura de austeridad, la llamen como la llamen. Si se pone el foco en las tres grandes economías europeas (Alemania, Francia y Gran Bretaña), que influyen notablemente sobre el rumbo de las demás, lo que vemos son horizontes de crisis.

Alemania, si no hay sorpresas poco probables, cerrará 2024 con recesión, por segundo año consecutivo (-0,3% en 2023). La producción industrial ha caído, en particular la del sector de automoción (1). El pulso comercial europeo con China (la tercera guerra actual, ésta comercial) ha puesto a la primera potencia europea en estado de alarma. Berlín se ha desmarcado de la UE, pero no puede evitar el daño. Pekín sabe que los alemanes son el eslabón más débil de una guerra de nervios en el peor momento posible (2).

China es formalmente neutral en la guerra de Ucrania, pero se sabe que favorece a Rusia mediante una política de exportaciones de productos de doble uso (civil y militar) que alivia el bloqueo occidental a Moscú. El enfrentamiento comercial en forma de aranceles y tasas extras de aduana es otra forma de combate que deja víctimas por doquier.

El gobierno alemán está contra las cuerdas. La derecha democristiana ha puesto al frente a un dirigente que lleva años deseando romper con la herencia de Merkel y acabar con cualquier forma de restricción de la austeridad. Friedrich Merz puede ser canciller a finales del año próximo y, si en estos meses no se suaviza el clima político interno y externo, con mayoría absoluta. La extrema derecha, tras avanzar sus peones en el Este, podría ofrecerse como fuerza de reserva en caso de que las crisis bélicas se prolongasen y la base de la derecha se erosionara.

FRANCIA: COALICIÓN BAJO TENSIÓN

En Francia, también hay clima de alarma. Los indicadores macroeconómicos no pueden ser peores, en particular, los de déficit y deuda. El gobierno de derechas es minoritario en el ánimo de la nación, pero ha sido cocinado a partir de una receta inspirada desde el Eliseo, con los ingredientes autoritarios tradicionales de la V República. El primer ministro Barnier ha terminado colocando a sus correligionarios, antiguos gaullistas, conservadores de toda hora, en puestos clave del gobierno, en especial el Ministerio del Interior. Bruno Retailleau no ha dejado pasar mucho tiempo antes de anunciar que, pese al rechazo de los macronistas, va a proponer una nueva Ley de Emigración, más restrictiva aún que la aprobada por decreto en diciembre. Como responsable de la policía se espera de él mano dura, si la austeridad anunciada por Barnier y sus ministros liberales del área económica provoca respuestas sociales contundentes.

Hay que “sacar” 60 mil millones de francos imperativamente para reducir el déficit, rebajar la deuda y cumplir con las promesas de corrección que París ha hecho a Bruselas. Barnier plantea un recorte de 40.000 millones en gastos y obtener los 20 mil millones restantes de una mayor presión fiscal (2). En este punto aparecen las contradicciones de la actual alianza de gobierno. Los liberales y centristas próximos a Macron no quieren subidas importantes de  los impuestos y presionan a favor de reducción de gastos, pero el primer ministros y sus colegas conservadores son tradicionalmente renuentes a políticas demasiado liberales (3).

A cuenta de este debate sobre fiscalidad y déficit, tiene mucho interés la propuesta de Thomas Piketty. Bastaría con imponer una tasa excepcional de un 10% a las 500 mayores fortunas del país, para obtener 100.000 millones de euros, lo que resolvería el agujero en las arcas públicas. Las resistencias, que Piketty examina y desautoriza, reflejan las trampas políticas de la economía.

Desde la izquierda se protesta con la debilidad propia de una unidad cogida con alfileres, asaltada por continuas presiones del ala derecha del Partido Socialista y sobreactuaciones innecesarias de los insumisos frente a sus socios de coalición. No está claro que la izquierda controle la calle, en caso de desbordamiento social. O que sepa orientar esa presión hacia un desgaste insoportable de una derecha, cuya legitimidad para gobernar se encuentra desde un principio en entredicho. La beneficiaria de esta crisis política sin solución a la vista es la extrema derecha, que ha puesto un precio muy preciso a su apoyo exterior al gobierno: postulados migratorios y de orden público sin concesiones. Las huestes de Le Pen adoptan discursos equívocos contra la austeridad y la “preferencia nacional” en el reparto de las ayudas sociales.

EL LABORISMO, ATASCADO

En Gran Bretaña, el nuevo gobierno laborista no termina de arrancar. A finales de mes debe presentar sus Presupuestos al Parlamento. Lo que se ha filtrado hasta la fecha no cumple con la expectativas de una amplia base social que le devolvió la confianza electoral el pasado verano. Los indicios son tan claros que decenas de diputados laboristas se han anticipado en sus reservas y han pedido a la canciller (Ministra de Economía), Angela Reeves, que no se desvíe de las promesas hechas a los electores, en particular sobre el reforzamiento de los servicios públicos, ahora bajo mínimos. Pero el programa laborista exigiría 25 mil millones de libras suplementarios anuales, que sólo podrían obtenerse de una subida impositiva.

El primer ministro Starmer no termina de definirse. Para complicar la cosas, le ha estallado uno de esos mini escándalos tan habituales en la política británica. Se le acusa de haber aceptado regalos y prebendas, menores pero inapropiados y sobre todo muy incómodos en este momento de definición. Por lo demás, ese centrismo -que supuestamente le sirvió para desterrar de nuevo las tentaciones izquierdistas cíclicas en el laborismo- ha virado hacia una posición derechista en materias como inmigración o relaciones exteriores. 

Los elogios de Starmer a su colega italiana, Giorgia Meloni, por la “eficacia” de su política migratoria han causado una profunda irritación en sectores laboristas. Se teme que el primer ministro esté preparando a su base electoral para que asimile medidas muy restrictivas en la materia, sólo diferentes en estilo, que no en sustancia, de las aplicadas por los tories.

En política exterior, el primer ministro laborista ha confirmado sus posiciones proisraelíes, ya desplegadas durante la campaña contra el supuesto antisemitismo en su partido, lo que permitió purgar a cargos y dirigentes críticos con Israel.  Starmer se ha alineado con Biden, en esa reedición invariable de la “relación especial”, que convierte a Downing St. en  la sucursal europea de la Casa Blanca.

ESPERANDO A NOVIEMBRE

En la guerra de Ucrania, los laboristas británicos también adoptan el libreto que se escribe en Washington: apoyo firme al gobierno de Kiev, pero con el claro límite de no provocar a Moscú, lo que se traduce en la prohibición de usar las armas para atacar objetivos sensibles dentro del territorio ruso. El resto de los países europeos, salvo bálticos y polacos, comparten esta línea.

Las contradicciones británicas sobre Ucrania no son distintas a las europeas. El interés general empuja hacia alguna forma de solución negociada, pero, en las actuales circunstancias, esa opción favorecería con matices a Rusia, y eso es algo que los gobiernos europeos, presos de su retórica, no se pueden permitir. Ciertamente, ese opaco “Plan de la Victoria” que Zelenski ha presentado en las principales capitales occidentales no ha despertado mucho entusiasmo, pero no se reconoce abiertamente. De ahí que se apriete el nudo de las sanciones a Moscú y  se aumenten los préstamos a Kiev:  otros 35 mil millones de euros en 2025.  Para no agravar más las finanzas europeas, se tirará de los intereses que han generado los fondos rusos congelados en bancos e instituciones financieras europeas (7). De esta forma se ayuda a Biden a mantener abierto el grifo de asistencia a Ucrania, frente a las resistencias crecientes de los republicanos. Al menos en lo que resta de año.

Después de las elecciones de noviembre, se verá. Si gana Harris, se prevé continuismo en política exterior; es decir, más guerra, contenida en Ucrania y barra libre rebajada con regañinas a Israel en Oriente Medio. Pero se trata de previsiones inciertas: las encuestas predicen que los republicanos recuperarán el control del Senado y, aunque pierdan la Cámara Baja, ganarán espacio político para obligar a reconsiderar la política ucraniana de Estados Unidos y ampliar aún más el respaldo a Israel.

¿Y si gana Trump? Nadie quiere formularse ahora esa pregunta... públicamente al menos.


NOTAS

(1) “An Existential Crisis in the German Auto Industry”. DER SPIEGEL, 27 de marzo.

(2) “The EU hits China’s carmakers with hefty new tariffs”. THE ECONOMIST, 12 de junio.

(3) ”Le gouvernement promet 40 milliards d’économies dès 2025”. LE MONDE, 2 de octubre.

(4) ”Les propositions de Gabriel Attal, une mise en garde à Michel Barnier”. LE MONDE, 10 de octubre.

(5) ”L’imposition des milliardaires est un débat politique et non juridique”. THOMAS PIKETTY. LE MONDE, 12 de octubre.

(6) “Labour needs £25bn a year in tax rises to rebuild public services”. THE GUARDIAN, 10 de octubre.

(7) “Les Européens s’accordent sur une nouvelle aide financière à l’Ukraine”. LE MONDE, 10 de octubre.

 

LA AUSENCIA EUROPEA EN ORIENTE MEDIO

 9 de octubre de 2024

Un año después del ataque de Hamas contra territorio israelí fronterizo con la banda de  Gaza, se ha producido un esperado aluvión de reportajes, análisis y prospectivas sobre ese acontecimiento y sus consecuencias. El espectro de una guerra general en la región es más intenso cada día. Además de Israel y los palestinos, otros países se han visto involucrados de forma directa, con mayor o menor intensidad: Líbano, Irán, Irak, Yemen y Siria. Las grandes potencias no han podido, sabido o querido frenar la escalada, por complicidad con Israel (Estados Unidos), por falta de instrumentos efectivos o por cálculo estratégico (China y Rusia). En el caso de Europa, por una combinación de factores.  

Esta semana, el Alto representante para la política exterior europeo, ya saliente, Josep Borrell, lamentaba ante el Parlamento de los 27 la “ausencia” de Europa ante la nueva catástrofe en Oriente Medio. “Es fundamentalmente por la división”, dijo. Las palabras de Borrell son acertadas, pero obvias. Aunque se encuentre en retirada, se supone que aún tiene responsabilidades que le obligan a ser prudente.

Los contrastes europeos reflejan las contradicciones de las políticas oficiales, pero también el pluralismo de opiniones ciudadanas. La división, en realidad, es una constante de la política exterior europea. Esto viene determinado menos por las diferentes posiciones políticas de los partidos gobernantes en cada país que por los intereses no siempre convergentes. En el caso de Israel, Palestina y Líbano se ha podido apreciar claramente.

Los socialdemócratas alemanes coinciden con sus socios de gobierno, verdes y liberales, sin apenas problemas, pero también con la derecha francesa y los ultraconservadores italianos que mandan en Roma. Incluso fuera de la UE, pero europeos al fin, los laboristas ahora gobernantes en Londres no tienen fricciones con los tories recientemente expulsados del poder. Todos ellos han mantenido una posición marcadamente proisraelí, aunque se hayan mostrado un tanto compungidos por la abrumadora dimensión ante la muerte, la destrucción, el hambre y las enfermedades que asolan Gaza.

Europa arrastra aún la vergüenza del holocausto. En el caso alemán, el apoyo a Israel ha sido acrítico, y costoso (1). En otros países europeos enemigos del III Reich en la segunda guerra mundial, la pasividad cuando no la complicidad ante la persecución, la desposesión y la masacre de los judíos es menos conocida o ha sido menos aireada.

La división de Palestina, la creación del Estado sionista y las sucesivas guerras árabe-israelíes con sus secuelas de “terrorismo” y crisis energéticas han ido moldeando pero no necesariamente unificando la posición europea ante el conflicto.

Sin duda, se han hecho esfuerzos, como por ejemplo la ya muy lejana Declaración de Venecia (1980), que pretendía equilibrar la defensa de los derechos derechos palestinos e israelíes.  En esa línea se ha venido trabajando hasta ahora, pero desde una posición subsidiaria de Estados Unidos, como superpotencia decisoria, formalmente mediadora pero en la práctica completamente alineada con las posiciones israelíes. Hasta los noventa, Washington tuvo que pactar su política con Moscú, que se erigió en defensor de la “causa árabe”, más por la lógica de los bloques que por convicción.

Desde la desaparición de la URSS , la pax americana (es decir, el enquistamiento del problema palestino en una región sacudida por guerras sin fin) ha sido una constante. Europa ha puesto mucho dinero y apoyo técnico y civil para endulzar la amargura palestina. Estados Unidos ha dado cobertura política, diplomática y militar a Israel, sin importarle demasiado que éste haya minado sistemáticamente la viabilidad de ese futuro Estado palestino multiplicando sin cesar las colonias. Desde Oslo hasta aquí, la falacia de la convivencia asimétrica ha quedado definitivamente enterrada en Gaza.

En Europa, esa sensación de impotencia que Borrell expuso en la tribuna del PE ha tenido su lado menos malo. Habría sido peor ser cómplice activo de las equívocas negociaciones de alto el fuego en Gaza (2). Privada de influencia relevante, la energía europea se ha consumido en aplacar los contrastes provocados por las distintas sensibilidades.

España ha mantenido una posición destacada en la crítica de la actuación sin medida de Israel y su defensa de los derechos palestinos con el anuncio del reconocimiento de su Estado. Pero se trata de un gesto simbólico, solo acompañado por Irlanda y, fuera de la UE, por Noruega, por falta de consecuencias prácticas. Israel se ha despachado a gusto con falsas acusaciones de antisemitismo y la retahíla de descalificaciones vertidas contra quienes rechazan sus venganzas o se oponen a sus designios de poder absoluto.

Francia ha emitido señales contrarias, pero tardías. No es casualidad que el Presidente Macron haya levantado la voz después de los feroces bombardeos israelíes sobre Líbano. Paris todavía opera allí con un lógica neocolonial. Ese país sigue siendo un coto francés para sus socios europeos. Estados Unidos le consulta habitualmente, aunque sirve de muy poco. En esta ocasión, el Presidente francés se ha mostrado irritado por la nula disposición norteamericana para frenar a Israel en su fiebre militarista, al reprochar a su socio americano que siga proporcionándole armas con las que ejecuta la masacre (3). Ningún otro socio europeo, salvo los mencionados, ha hecho coro al Presidente francés.

En la escala de complicidad occidental sobre el tormento palestino, Estados Unidos ocupa el lugar preeminente, no solo por el citado suministro de armamento, sino también por una práctica negociadora hipócrita. La candidata demócrata, en su línea de calculada ambigüedad, ha tratado de desmarcarse tímidamente del apoyo férreo e incondicional de Biden a Israel. Este lunes, en la CBS, Kamala Harris evitó considerar a Netanyahu como un “aliado cercano” (4). Pero no parece suficiente para despejar dudas y disolver el malestar entre sus propios ciudadanos de origen árabe, con cuyos portavoces se ha reunido varias veces. El descontento es tan grande que, en un estado tan decisivo como Michigan, en el Medio Oeste, la falta de respaldo de esta minoría puede costarle las elecciones en noviembre (5).

NOTAS

(1) “Berlin's Support for Israel Is Damaging Its International Standing”. DER SPIEGEL, 5 de abril.

(2) “Guerre à Gaza: la faillite diplomatique de l’Union européenne”. LE MONDE, 2 de junio.

(3) “Emmanuel Macron se prononce en faveur de l’arrêt des livraisons d’armes à Israël pour la guerre à Gaza”. LE MONDE, 5 de octubre.

(4) https://www.cbsnews.com/video/kamala-harris-us-israel-relatioinship-60-minutes-video/

(5) “The Mideast War Threatens Harris in Michigan as Arab Voters Reject Her”. THE NEW YORK TIMES, 7 de octubre

¿HASTA DÓNDE LLEGARÁ ISRAEL?

 2 de Octubre de 2024

Oriente Medio se encuentra ya en otro de sus estados de alarma internacional, recurrentes desde hace décadas. Los supuestos esfuerzos diplomáticos para evitar que se desatara una “espiral bélica” han quedado sepultados por una lógica militarista que se ha vuelto a imponer desde el 7 de octubre del año pasado. Los bombardeos israelíes de Beirut y del sur del Líbano para asesinar al jefe de Hezbollah, Hasan Nasrallah, y descabezar el aparato militar de la organización se han desarrollado con la misma brutalidad empleada en Gaza, pese al discurso oficial judío. La incursión terrestre en el sur del Líbano, para favorecer el regreso de los 70.000 israelíes evacuados puede prolongarse tanto como sea necesario para eliminar la infraestructura bélica de la milicia (1). Finalmente, la respuesta iraní, en forma de lanzamiento de casi dos centenares de misiles hipersónicos sobre territorio israelí parece un gesto obligado, por cuestiones de imagen y prestigio, pero contenido, de manera similar al efectuado en abril, tras el asesinato del líder político de Hamas, en Teherán. A Israel le toca ahora mover ficha, sin duda.

Hasta aquí, todo encaja en el libreto de esa escalada que se dice querer contener. La cuestión clave, ahora y siempre, es la impunidad de Israel, la única potencia regional realmente capaz de alterar a su conveniencia, o la de sus dirigentes, los mal llamados equilibrios en la región (2). 

EL FIN DEL MITO DE SALADINO

Las guerras entre árabes e israelíes acabaron a mediados de los setenta. Lo que vino después fue la hostilidad entre una resistencia palestina cada vez más dividida (por las manipulaciones árabes de sus distintas ramas) y un estado judío fosilizado, radicalizado, militarizado y, últimamente, entregado a la tentación religiosa.

El mito de Saladino, es decir, el líder árabe capaz de liderar a toda una comunidad frente al enemigo conquistador (cristianos medievales o contemporáneos sionistas) se diluyó poco a poco. Pero en esa agónica derrota de las aspiraciones árabes medró, desde comienzos de los ochenta, una potencia exterior pero unida por la conexión religiosa del Islam. Irán, la antigua Persia, tomó el relevo del liderazgo contra el proyecto hegemónico de Israel en la región, al principio con reservas y dificultades por la renuencia árabe, y luego con determinación y fiereza.

Irán rompió con los moldes árabes. Ciertamente, hurgó en la brecha existente entre las dos corrientes político-religiosas, chiíes y sunníes (a favor, obviamente, de los primeros), pero sin dejar que el sectarismo perjudicara sus intereses estratégicos. Por ejemplo, a finales de los ochenta, favoreció e impulsó la creación de Hamas, a pesar de ser un grupo de confesión sunní, cuando la OLP empezaba a ceder ante la presión de la vía diplomática. Protegió y dio refugio a destacados dirigentes de Al Qaeda, también sunníes, en plena “guerra contra el terror” de EE.UU tras el 11 de septiembre. Esta flexibilidad se transformó en duplicidad en la Irak post-Sadam, al colaborar con los sunníes yihadistas en su guerra sin cuartel contra los ocupantes americanos, no sin combatirlos a muerte para defender a sus protegidos chiíes, cuando éstos se vieron amenazados por el proyecto mesiánico del Daesh.

La irrupción de Irán como rival esencial -en realidad, único- de Israel en la región ha transformado la naturaleza de la causa palestina. La lucha de los palestinos, una de las causas determinantes de la guerra civil en el Líbano desde los años setenta hasta la actualidad, se ha insertado en la realidad estratégica regional, que configura a este país como el peón adelantado del designio de los ayatollahs contra el Estado sionista. 

En los estados árabes más vinculados con Occidente, la narrativa militar palestina se ha ido diluyendo a favor de una institucionalización impotente y cada vez más corrupta.  En los estados árabes hostiles, la vieja retórica combativa se ha subsumido en los intereses de las castas gobernantes, sin apenas perfiles propios.

Se ha dicho que el 7 de octubre de 2023 cambió la historia en Oriente Medio, porque Israel, después de 50 años, se volvió a sentir vulnerable. Es una tentación recurrente exagerar la dimensión de los acontecimientos inmediatos, debido al impacto de sus consecuencias inmediatas. La realidad es más compleja. 

Israel fue humillada en lo que más fuerte se sentía: su conocimiento preciso y eficaz de las amenazas. Pero el ataque de Hamas, por audaz que fuera, no quebró, ni de lejos, la superioridad militar y diplomática del estado israelí. Al contrario, sirvió para reforzar una tendencia autoritaria, militarista, sectaria y, desde hace algún tiempo, fanática. 

Lo ocurrido en este año último ha desnudado las corrientes profundas que determinan el devenir histórico de Oriente Medio como zona sensible para el poder mundial. Estados Unidos no ha modificado sus percepciones, por la sencilla razón de que sus intereses no están sujetos a acontecimientos siquiera excepcionales. El genocidio de los palestinos en Gaza se está aplicando con brutalidad y consentimiento de las élites norteamericanas. Los aireados intentos diplomáticos por “pausar la masacre” son poco más que propaganda, cuya eficacia se difumina ante la continuidad pavorosa de la matanza. Se atribuye la responsabilidad del fracaso a la intransigencia de Hamas y de Israel como si fueran fuerzas simétricas. Se implica en la farsa a los estados árabes dóciles o colaboracionistas, atrapados en la lógica de la pax americana.

LÍBANO, DE NUEVO FACTOR DETERMINANTE

La única preocupación de Israel a lo largo de este último año ha sido la reactivación de la hostilidad de Hezbollah en el frente norte. O eso se ha querido transmitir. Quizás haya sido parte de la estrategia. Se decía que Israel estaba demasiado tensionado como para afrontar dos frentes de guerra. Pero es una falacia hablar de guerra para definir lo que está ocurriendo. Israel se enfrenta a rivales incapaces siquiera de amenazar su poder. 

El ataque cauteloso de Irán, obligado por una cuestión de prestigio, no modifica esta percepción. El daño para Israel ha sido ínfimo y su respuesta seguramente tampoco será desproporcionada. Estaríamos ante una repetición de lo ocurrido tras al asesinato del líder de Hamas en Teherán.

Los tan resaltados ataques de la milicia chií libanesa contra las poblaciones del norte israelí han obligado a evacuar a casi 70.000 personas de las poblaciones más por precaución que por riesgo real de catástrofe. La cúpula defensiva proporcionada por Estados Unidos ha conseguido desactivar el 99 por ciento de los misiles de Hezbollah. Las victimas israelíes de esta supuesta guerra son menores que las registradas en accidentes semanales de tráfico. El terror que sufren los habitantes de la frontera quedan empequeñecidos por las escenas cotidianas de las represalias de la aviación israelí. Sólo la propaganda o el seguidismo informativo puede seguir comparando realidades tan dispares.

Por todo ello, cabe preguntarse si Israel en vez de temer deseaba realmente una excusa creíble (o de apariencia creíble) para la enésima agresión contra el Líbano. La precisión con la que se ha empleado estos días invita a pensar lo segundo, en cada uno de los episodios: el alarde tecno-militar del episodio de los buscas, la eliminación de dirigentes de Hezbollah como si se tratara de un ejercicio de tiro al plato, el bombardeo de ciudades del sur y del cinturón meridional de Beirut, el asesinato de Hasan Nasrallah y de otros líderes de Hezbollah y Hamas y, ahora, la invasión terrestre. Demasiado para no pensar en un guion preestablecido desde hace tiempo.

Estos “éxitos” militares han estado acompañados de una arrogancia exhibicionista: Netanyahu, desde la misma ONU, ninguneando a una institución impotente a la que odia y desprecia por igual; el ministro de Defensa, presumiendo de la mano alargada de David; la supuesta oposición liberal, inclinándose ante la nueva exhibición de fuerza (3).

EL PADRINO NORTEAMERICANO

Algunos analistas con muchos años de experiencia en este conflicto se preguntan si la moribunda administración Biden ha quedado irremisiblemente dañada por este desdén israelí a la diplomacia americana. Estamos ante un juego de espejos deformantes. Una cosa es la presentación del conflicto ante la opinión pública mundial y otra las actuaciones estratégicas.

Biden ayudó poco a su propio discurso de moderación y contención, al reafirmar este martes lo que viene diciendo cuando la situación se aproxima al límite: que Estados Unidos estará siempre “y completamente” (tres veces utilizó este término) con Israel. ¿Quién lo dudaba? De hecho, desde Washington se avisó a Tel Aviv de la inminencia del ataque iraní y enseguida se activó la protección frente a los misiles balísticos iraníes del martes (4). 

Se vuelven a hacer ahora todo tipo de conjeturas sobre el pulso entre duros y pragmáticos en Irán, sin dejar de recordarnos la amenaza fantasma del programa nuclear, para que no bajar la guardia. Si Israel responde a este obligada represalia de Teherán y se da un paso más hacia esa temida guerra directa entre ambas potencias, está claro lo que hará esta administración demócrata en retirada y cualquiera que le suceda en enero. Por eso, no conviene prestar demasiada atención a los denominados “esfuerzos diplomáticos”. La lógica es militar.

Así las cosas, la pregunta clave es: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Israel en la instrumentalización de su venganza para imponer sus designios hegemónicos?


NOTAS

(1) “Killing of Nasrallah Pushes Mideast Conflict Into New Territory”. THE NEW YORK TIMES, 29 de septiembre.

(2) “A Beyrouth, le choc et la peur d’une guerre généralisée”. HÉLÈNE SALLON. LE MONDE, 30 de septiembre.

(3) “Can Israel Kill Its Way to Victory Over Hezbollah”. DANIEL BYMAN. FOREIGN POLICY, 29 de septiembre.

(4) “US looks unable to talk Netanyahu out of planned invasion of Lebanon”. ANDREW ROTH. THE GUARDIAN, 30 de septiembre; (4) “America Needs a New Strategy to Avert Even Greater Catastrophe in the Middle East”. ANDREW MILLER. FOREIGN AFFAIRS, 29 de septiembre.


LA ENÉSIMA GUERRA EN LÍBANO

24 de septiembre de 2024

Políticos, diplomáticos, analistas y medios llevan meses advirtiendo del “riesgo de escalada militar” entre Israel y la milicia libanesa de Hezbollah (Partido de Alá, de confesión chií). Todavía están en esa narrativa, pese a que lo ocurrido en estos últimos días permitiría hablar ya de guerra. Se puede incurrir en discusiones técnicas sobre la amplitud de las operaciones y, fijar una línea rebasada la cual se considere calificar la confrontación de “guerra”.

Este tipo de disquisiciones importan muy poco a la población que sufre los efectos de una hostilidad. Sólo en el pasado fin de semana han muerto casi cuatrocientas personas en el sur del Líbano y en Beirut; a las que hay que sumar un par de víctimas mortales en poblaciones del norte de Israel. Los intensos bombardeos israelíes de los últimos días difícilmente pueden escapar a la sensación de que el Líbano se encuentra atrapado de nuevo en la guerra. Una más.

Desde el pasado verano, se han venido haciendo intensas gestiones bajo control del gobierno norteamericano para que se mantuvieran las denominadas “reglas de confrontación” entre las dos partes, instauradas desde el final de la guerra que acabó en 2006 con la evacuación israelí del Líbano salvo algunas posiciones de seguridad y control. 

Desde octubre del año pasado, el liderazgo de la milicia chií se ha visto condicionado por las operaciones de Israel en Gaza y las interminables y falaces negociaciones para lograr treguas “humanitarias”. Mientras la campaña israelí continuase, era difícil que Hezbollah abandonara su política de solidaridad con Hamás y cesara en su hostigamiento intermitente contra las posiciones de Israel en la frontera o sobre núcleos dispersos de población. Todos los especialistas en este conflicto han venido coincidiendo en que ni Hezbollah ni Israel estaban interesados en una “escalada” que pudiera derivar en una “guerra total” (1).

La gran pregunta es si, para llegar a la situación en la que nos encontramos ahora, ha habido realmente voluntad de respetar esta actitud de restricción mutua o si uno o los dos bandos ha cambiado de estrategia y parece ahora más dispuesto a no frenar a toda costa la deriva militar. Hay opiniones para todos los gustos.

El ataque mediante la instalación de explosivos en buscas y walki-talkies empleados por operativos de Hezbollah ha sido jaleado como una muestra más de la “audacia” israelí en su combate contra sus enemigos. Se quiere dar la impresión de que Israel ha iniciado ya la “fase psicológica” de esa hipotética escalada, al infligir tamaña “humillación” a la milicia chií y enviarle el mensaje de que todas sus defensas y escondites son vulnerables (2).

Si se acepta este enfoque, parece claro que la decisión de la milicia chií no parece depender de su voluntad o designio estratégico, sino de su capacidad militar real para actuar sin perecer en el esfuerzo. Durante años se ha considerado a Hezbollah como el actor más sólido de la red de agentes proiraníes en Oriente Medio, de la que forman parte las milicias chiíes iraquíes, unidades especiales del ejército sirio, las milicias yemeníes de los hutíes y otros efectivos menores. Con un stock calculado de 100.000 mil cohetes, sistemas de detección e intercepción de misiles y un arsenal notable de drones, las capacidades bélicas de Hezbollah ha aumentado notablemente en los últimas décadas. A lo que hay que sumar la experiencia en combate reforzada por su participación en la guerra de Siria, donde fueron uno de los puntales del apoyo al régimen de Assad.

Pero dicho todo esto, la fortaleza de este partido-milicia palidece ante la superioridad abrumadora de Israel, que también es hoy mucho más fuerte que hace dieciocho años. La citada operación de los buscas no es, en realidad, más que un episodio más de una larga trayectoria de esfuerzo tecnológico por preservar la noción de invencibilidad israelí (3).

De lo anterior se deduce que el control de esa famosa “escalada” (o, para ser más fiel a la realidad, el freno de la misma antes de llegar al último escalón) sólo está en manos de Israel. No sólo el más fuerte militarmente dicta las normas y el ritmo de las guerras, por lo general. También el que posee las mejores bazas diplomáticas puede gestionar el alcance de los conflictos cuando ya se convierten en inevitables. Israel también domina ampliamente en este campo, pese a esa apariencia hipócrita de neutralidad de Estados Unidos y la impotencia habitual de los estados europeos más implicados. Una cosa es que se quiera frenar la escalada y otra que se esté dispuesto a controlar al bando más fuerte para impedir que imponga su ley o su estrategia. Washington no ha frenado significativamente a Israel en Gaza y no lo hará en Líbano, por mucho que los dirigentes norteamericanos afirmen lo contrario.

Hezbollah, sin duda, no está sólo o aislado. Sus socios del “eje de resistencia” pueden hostigar a Israel, abriendo frente simultáneos, pero es difícil que le ocasionen problemas insolubles. Además, no debe olvidarse que en el combate contra los hutíes yemeníes en el Mar Rojo participan fuerzas navales occidentales bajo el habitual liderazgo norteamericano.

En lo que respecta al gran patrón de la milicia libanesa, el régimen iraní, su capacidad de maniobra es también muy reducida. Las escaramuzas de confrontación directa entre Israel e Irán fueron abortadas hace unos meses no solo por la intervención de la administración Biden, sino también por la cautela dominante de ambas partes. Se juega siempre en la región con la noción de que, tarde o temprano, habrá una guerra entre estos enemigos irreconciliables. Pero ni eso está tan claro, ni ha llegado el momento, a pesar de las apariencias. La razón es simple: una guerra contra Israel podría significar el régimen de la teocracia chií, sometida a una presión social interna sin precedentes. Irán perdería esa guerra, sin apenas dudas. Israel podría verse muy afectada o sufrir daños difícilmente aceptables, pero prevalecería, aunque para ello tuviera que implicarse Estados Unidos, lo que haría, llegado el caso, sin reservas.

Esta dimensión de ”catástrofe” superaría los límites regionales y podría derivar en una guerra internacional sobre cuyas consecuencias se pueden hacer muchas especulaciones, pero no evaluaciones muy precisas. No estamos ya en los años setenta del pasado siglo, cuando EE.UU y la URSS pudieron controlar el desarrollo de la guerra del Yom Kippur. Pero basta con que la superpotencia norteamericana conserve casi intacto su poder de presión para decidir el curso de los acontecimientos. La cautela de China, que ha adquirido un perfil bajo en la crisis, y el silencio de Rusia, que apenas si ha condenado verbalmente la matanza de Gaza, hacen pensar en una estrategia deliberada de ambas potencias para depositar en Washington la carga del conflicto. Teherán ha desarrollado una diplomacia triangular con Pekín y Moscú, pero no le alcanza para apelar a un pacto de protección o defensa, en caso de un ataque masivo israelí. Lo que el régimen podría esperar de sus socios sería, tal vez, una intervención neutralizadora en las primeras fases del conflicto, antes de que la derrota y fin del régimen se hiciera inevitable.

Todas estas implicaciones operan en la mente de los dirigentes políticos y militares israelíes estos días en que la llamada “guerra total” se encuentran oscilando en el filo de la navaja.


NOTAS

(1) “Hezbollah doesn’t want a war with Israel”. MOHANAD HAGE ALI. FOREIGN AFFAIRS, 26 de julio.

(2) “The beeper balance sheet”. DANIEL BYMAN. FOREIGN POLICY, 19 de septiembre.

(3) “Attacks on Hezbollah alter balance of power in long-running fight”. BEN HUBBARD. THE NEW YORK TIMES, 21 de septiembre

EL DISCURSO DEL ODIO Y LOS CONFLICTOS INTERNACIONALES

18 de septiembre de 2024

La incitación a la violencia, real o atribuida, es uno de los asuntos del momento en la gestión de los conflictos internacionales pero también en el ámbito de las confrontaciones políticas nacionales. En las últimas décadas, este fenómeno se ha codificado en función de las narrativas políticas dominantes. En la actualidad parece imponerse el concepto ‘discurso del odio’.

La RAE define el odio como “antipatía o aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea”. Hay sinónimos sustitutivos como aborrecer, detestar, abominar, execrar, reprobar, despreciar, etc. Pero en el debate político occidental se ha impuesto la acepción moral. No es casualidad. En la actual confrontación de poder, desde Occidente se pretende afirmar la superioridad moral de los valores que considera fundacionales de su civilización. Pero los intérpretes de otros sistemas se han apuntado al combate contra la promoción del odio, desde sus puntos de vista propios.

En su estrategia de lucha contra el fenómeno en su dimensión global, la ONU, institución de convivencia entre sistemas distintos,  define el discurso del odio como "cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita, —o también comportamiento— , que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad".

Normalmente, el uso del término discurso del odio se atiene a esta formulación consensuada. Sin embargo, no siempre se emplea conforme a ella. Las crisis de los distintos sistemas políticos está provocando manifestaciones de malestar social cada vez más agrias y, en ciertos casos, violentas. La incitación, defensa o simplemente la tolerancia ante las protestas de esta naturaleza han sido consideradas en no pocas ocasiones por los dirigentes políticos de turno como ejemplos del ‘discurso del odio’.

Se pueden citar antecedentes de este uso interesado de tal concepto deslegitimador. Después de que el ‘terrorismo’, como fenómeno no sólo político sino también mediático, hiciera irrupción en los años setenta, se explotó la oportunidad de aplicar inapropiada y abusivamente este término para calificar actuaciones extremas o simplemente airadas: recuérdense expresiones como “terrorismo urbano”, “terrorismo de baja intensidad” y otras similares. Para castigar la incitación de estas conductas se estableció el delito de “apología del terrorismo”. Aparte de su contenido jurídico, este concepto tenía también un componente de deslegitimación política, ideológica y moral.  

El uso interesado del ‘terrorismo’ sigue vigente, por supuesto. Pero ahora el foco público está puesto principalmente en el ‘discurso y los delitos de odio’. No se trata solamente de un cambio de moda. Responde, posiblemente, a la mejor identificación del concepto con un enfoque moral y, por tanto, menos expuesto a las discrepancias públicas.

Después de todo, la ética se percibe como espacio de confort para los dirigentes. Si uno consigue que se le reconozca esta virtud, parece mejor protegido de críticas políticas o ideológicas. Las sucesivas crisis de las ideologías y de los sistemas que en ellas se soportan ha hecho de la rectitud el referente fundamental.

 

USO, ABUSO E HIPOCRESÍA

Pero, como ocurrió con el uso interesado del término ‘terrorismo’, la aplicación del ‘discurso del odio’ no siempre es coherente con las formulaciones coherentes o pactadas. Últimamente, estamos observando cómo se emplea también en las escaramuzas políticas. El uso y abuso de la mentira, una práctica secular en las refriegas políticas desde el principio de los tiempos, se ha convertido ahora en manifestación de ese omnipresente “discurso de odio”.

Colgar este sambenito a un rival o adversario o enemigo empieza a resultar muy rentable, por su capacidad descalificadora. Durante el último debate electoral, Trump acusó a Harris y a Biden de propiciar que “una bala vuele con dirección a mi cabeza”. Bastó con que un tipo extraño y desnortado merodeara esta semana con un arma de asalto por el campo de golf del candidato republicano, para que la supuesta víctima viera confirmada sus palabras. En otras ocasiones, ha sido al revés. Sus adversarios demócratas (y algunos republicanos) han acusado a Trump de propagar el odio por sus proclamas xenófobas contra los inmigrantes que quitan el trabajo a los americanos, les drenan atención médica y, últimamente, hit del verano, se comen sus mascotas.

En EE.UU prima lo simplista y directo.  La opción política es binaria; sin duda contraria a la realidad social, pero inalterada desde hace más de un siglo. La influencia de la religión en la política (en el sistema, mejor dicho) es también una constante que raramente se cuestiona, incluso por dirigentes o colectivos no creyentes. El uso del concepto oportunista del odio encuentra, pues, un terreno abonado. Y, desde luego, en absoluto novedoso. El uso de términos como “imperio del mal” para referirse a los adversarios exteriores es recurrente desde que los gurús neoconservadores de Reagan volvieran a implantarlo en el discurso político, en los años ochenta. Bush Jr. y sus ideólogos neocon lo rescataron y actualizaron con entusiasmo, como justificación de su estrategia de guerra preventiva contra el terror, ilegal y arbitraria, que causó decena de miles de muertos en Oriente Medio.

En Europa, también las referencias ideológicas también se ven solapadas por este auge de lo moral, aunque se despliegue con menos teatralidad. Los mismos dirigentes del consenso centrista que critican a la extrema derecha por sus discursos de odio, aplican con guante blanco políticas que criminalizan a los inmigrantes o, en tono menor, los convierten en chivos expiatorios del malestar social provocado por las quiebras del sistema. Citemos dos ejemplos de actualidad.

El gobierno tricolor alemán, con un socialdemócrata al frente, ha respondido al éxito electoral de la xenófoba Alternativa por Alemania (AfD) en dos länder del Este con la revisión de la política migratoria, el endurecimiento del asilo y la imposición de controles fronterizos. Esto último a costa de contravenir las normas de la Unión Europa (Schengen). De esta forma, Berlín, que suele estar a la cabeza de quienes piden sanciones por otros incumplimientos de reglas comunitarias, no ha tenido problemas en dar muy mal ejemplo con este caso.

Otro gobierno europeo de centro-izquierda, el laborista británico, se alarmó por el alarde de la extrema derecha este pasado verano contra los inmigrantes, en varias ciudades de la deprimida región de las Middlands. Pero, aparte de prometer mano dura y de condenar los discursos de odio, las medidas en estudio por su gobierno apuntan precisamente a colocar en la diana de las frustraciones a los mismos colectivos que los ultras fanáticos.

El primer ministro británico acaba de viajar a  Roma para “interesarse” en las recetas aplicadas por el gobierno de la ultraderechista Giorgia Meloni. Al término de su visita, Keir Starmer elogió los “destacados avances” de Italia para limitar la llegada irregular de inmigrantes y las actividades de las mafias traficantes. Meloni, con el apoyo de la Presidenta de la Comisión Europea, ha depositado el control migratorio en gobiernos norteafricanos, los de Egipto y Túnez, de nula vocación democrática y alarmantes conductas racistas, lo que les coloca en el foco del despliegue del odio que tanto se combate formalmente en Occidente.

Otro de los pilares de la “audaz” política migratoria italiana consiste en encargar a Albania la gestión de las demandas de asilo de las personas interceptadas durante su intento de penetración. Ese país balcánico aspira a ingresar en la UE, pero hay notables dudas sobre la calidad democrática de su sistema política. Además, la fórmula albanesa ha recibido fuertes críticas de los correligionarios de Starmer en Italia, por su elevado coste, su ineficacia y sus dudosos fundamentos éticos. En parecidos términos se ha expresado el exministro de Exteriores laborista David Miliban, hoy director de una ONG dedicada a la protección de los refugiados.

Estas mismas contradicciones se observan en otros asuntos de la política exterior europea. Por ejemplo, se etiquetan como expresiones de odio  (bajo la forma específica  del antisemitismo) las críticas a Israel por su criminal actuación en Palestina. Con el mantra del “derecho de Israel a defenderse”, se pasa por alto un comportamiento cargado de revanchismo, venganza y, en definitiva, de odio (con las notables excepciones de España y algún otro país).

Por el contrario, las acciones armadas de Hamas o de otras facciones palestinas no pactistas han sido consideradas como ‘terrorismo’ afecto al ‘eje del mal, porque se cobran víctimas civiles, entre otras imputaciones. Poco importa que las represalias militares israelíes hayan provocado, ahora y siempre, un número incomparablemente superior de muertos entre la población desarmada: en Gaza Israel ha matado a 40 personas por cada israelí asesinado por Hamas el 7 de octubre pasado. Pero sólo Hamas se encuentra como actor del discurso de odio en la categorización europea dominante.

Por supuesto, a quienes no condenan estas acciones militares por considerarlas como respuestas comprensibles a la ilegal ocupación de sus territorios, el sofocamiento de su economía y la paralización de su desarrollo social se les califica de “antisemitas” y, naturalmente, de propagadores del “discurso del odio”.

KAMALAMANÍA

13 de septiembre de 2024

El primer debate (y último) entre Kamala Harris y Donald Trump ha hecho olvidar el anterior entre Biden y el expresidente hotelero que precipitó la retirada del primero de la carrera electoral.

Los medios liberales occidentales están entusiasmados por el resultado de esta confrontación retórica entre los dos candidatos. La mayoría considera que Trump estuvo “a la defensiva” frente a las críticas agudas y bien articuladas de la líder demócrata. En líneas generales, fue así. Pero difícilmente podía ser de otra forma. La capacidad intelectual y argumentativa de uno y otra es abismal. También la que debería haber habido entre Biden y Trump, si el actual presidente no se encontrara en tal lamentable estado de agilidad mental.

Los propios responsables de la campaña de Harris se muestran cautos sobre las consecuencias reales del debate. “Ganar un debate no es ganar las elecciones”. Obvio. En 2016, Hillary Clinton “desnudó” política e intelectualmente a Trump en los debates, y, como es sabido, aunque ganara las elecciones, la candidata demócrata no consiguió llegar a la Casa Blanca por el sistema electoral vigente.

La Vicepresidenta puso casi toda su energía y dedicó sus mejores reflejos a poner en evidencia las inconsistencias de Trump, en casi todos los asuntos que se abordaron. Tampoco es que fuera muy difícil. El expresidente estuvo en su línea: demagógico, mentiroso, exagerado hasta la estupidez, falaz, aturullado, impreciso y, en algunos momentos, faltón. Cualquier candidato demócrata, incluso sin las habilidades de fiscal de Harris, hubiera hecho emerger la personalidad de Trump.

Los medios han destacado sus referencias inventadas -y lo que es peor, absurdas- sobre los inmigrantes que se comen las mascotas o la pretensión demócratas de matar a recién nacidos en nombre del derecho al aborto. Esta sarta de disparates desacreditan al que las dice.

Kamala sonreía, a veces con un deje de condescendencia. Trató de contenerse, pero no pudo o no quiso hacerlo cuando citó a lideres mundiales no identificados, quienes consideran a Trump una “desgracia”, o cuando dijo que Putin “se lo merendaría”.

En las últimas encuestas antes de la confrontación televisiva, la distancia se había cerrado: un empate técnico liquida la ventaja adquirida por Harris en las semanas posteriores a su selección y posterior confirmación como candidata demócratas. Como era de esperar, se acabó el entusiasmo de la novedad y del alivio por la retirada forzada de Biden.

Una de las claves de este estrechamiento de las encuestas es que muchos de los consultados no estaban convencidos aún de votar a la demócrata porque “necesitaban saber más de ella, de lo que plantea hacer”.

El debate podía haber sido una oportunidad para lograr ese nuevo impulso que Harris necesita, pero parece que lo desperdició. Sólo en el asunto del aborto, Kamala se mostró más precisa y contundente. En los temas económicos, sociales o de política exterior se limitó a manifestaciones vagas y generales, continuistas y convencionales, sin arriesgar posiciones. Ella mismo se destapó al solicitar el apoyo de los republicanos que están hartos de Trump. Ni un guiño a la izquierda demócrata, tal vez porque da por descontado su voto para cerrar el camino de vuelta a Trump.

No termina de entenderse en ese establishment nebuloso compuesto por la clase política convencional, los medios de comunicación y los poderes fácticos que la solidez intelectual, la coherencia política e incluso la objetividad son valores contumazmente despreciados por esa inmensa población que apoya ciegamente a Trump.

Los elogios que los medios liberales han dedicado a Harris se antojan forzados. El resultado de la pelea dialéctica era previsible. La actuación evasiva de la dirigente demócrata, en cambio, es decepcionante. Aparte de la consigna “frenar a Trump”, haría falta algo más para ir a votar con responsabilidad en noviembre.

Otro síntoma de esta pérdida de sustancia ha sido la relevancia que se le ha dado al apoyo de la cantante Taylor Swift a la candidata demócrata. Sin duda, 250 millones de seguidores constituyen un bocado apetecible de votantes. A esto se está reduciendo la política norteamericana.

 

POSDATA: Un apunte marginal sobre los moderadores. Debe ser celebrado que corrigieran con datos o cuestionaran las mentiras de Trump (no era habitual en citas anteriores). Pero quizás se echó en falta que pidieran a los dos participantes que eludieran responder a las preguntas que se les hicieron sobre sus posiciones electorales.