16 de septiembre de 2026
Cada
vez que un partido de extrema derecha obtiene un buen resultado en unas elecciones en Europa se agita el pánico
entre partidos e instituciones del orden liberal. Si el sobresalto procede de
Alemania, como ha sido el caso, con el triunfo de AfD en las regionales de
Sajonia-Anhalt, se genera la tormenta perfecta: se evoca el nacional-socialismo
y otras formas de fascismo de los años treinta.
Pero
no estamos en los años treinta. Europa es muy distinta y el mundo ha cambiado
profunda y radicalmente. Las instituciones liberales son más fuertes ahora que
entonces, los aparatos coercitivos de los Estados liberales tienen muy
engarzados sus intereses corporativos con la ideología política dominante, las
redes de protección social son más sólidas (aunque se hayan visto debilitadas en
las últimas décadas precisamente por las recetas liberales) y la población
evidencia un ánimo combativo sensiblemente menor, debido a la atracción del
consumismo, la alteración de los
vínculos de clase y la inversión de valores.
Lo
anterior no quiere decir que no exista riesgo para el sistema de derechos y
libertades. Pero conviene analizar cuánto peligro radica en el ascenso social y
electoral de la ultraderecha y cuánto procede de las políticas reactivas de los
partidos del consenso centrista, desde los conservadores a la socialdemocracia.
En toda Europa, las élites políticas han empezado a adoptar políticas
inicialmente patrocinadas e impulsadas por la ultraderecha en los ámbitos más
sensibles del ánimo ciudadano, como la migración, la identidad cultural, el
sentimiento nacional y otros.
En
Francia, por ejemplo, desde el triunfo de los lepenistas en las
elecciones europeas en 2019, el gobierno Macron ha impulsado leyes
restrictivas. Una sobre Seguridad pública, que restringe las libertades
públicas; otra sobre inmigración que preveía la desposesión de la nacionalidad
francesa a los ciudadanos que estuviera acusados de delitos contra las fuerzas
de orden; y una más, que ponía el foco en las limitaciones del Islam político.
Por
lo demás, se exagera la capacidad de las formaciones de ultraderecha nacional
para forjar alianzas operativas entre ellas y condicionar el rumbo político de
Europa. Precisamente por sus prejuicios nacionalistas, cualquier esfuerzo de
carácter transfronterizo genera desconfianza e incluso rechazo en sus filas. Incluso en los asuntos en los que suelen
converger, las recetas de unos grupos y otros no son necesariamente. Por
ejemplo, en el crucial tema de la inmigración, AfD promete la expulsión de dos
millones de ciudadanos alemanes de origen extranjero, mientras Reagrupament
National (RN), el partido de Marine Le Pen, plantea el control estricto, no la
“remigración”.
Por
eso, la ultraderecha ha ido arrastrando una división permanente en el
Parlamento Europeo y carece de una voz común en el ámbito social y mediático.
Ciertamente, en los últimos años se han hecho esfuerzos de acercamiento y
orillado los principales factores de división, pero no los han superado del
todo.
DE
LA FIESTA A LA FRUSTRACIÓN
En
Alemania, el peligro parecía conjurado desde hace medio siglo, cuando las
penurias y humillaciones de la posguerra dieron paso a la prosperidad y el
orgullo “sano” que se codificó en el “milagro alemán”.
Cuando,
en los ochenta, Alemania ya se había convertido en la principal potencia económica
europea, se detectaron los primeros síntomas de inquietud, pero sin llegar
nunca al nivel de seria preocupación. El marco podía ser la divisa más fuerte
de Europa, pero la Bundeswehr seguía siendo un ejército desdentado, la
descentralización del poder era la más amplia del continente, las instituciones
eran sólidas e independientes del poder político, la población alemana era muy
homogénea y la migración muy reducida y funcional para el desarrollo del país.
Todo
cambió a comienzos de los noventa, debido a varios factores. El más influyente,
sin duda, fue la reunificación del país, tras la caída del régimen comunista en
el Este. Los primeros intentos de una aproximación gradual se vieron
sobrepasados muy pronto por la euforia de un reencuentro rápido y la ilusión de
una transfusión de la prosperidad occidental en el anémico nivel de vida en el
Este.
Ya
se sabe lo que ocurrió. Cayo el muro represivo, pero se levantó otro de
distinta naturaleza: social, psicológico, moral. El Oeste dejó de sentirse como
un espejo en el que el Este ansiaba mirarse para convertirse en un dominador
que imponía sus normas, controlaba los recursos de los nuevos länders, despreciaba
al recién llegado y lo mantenía en un papel secundario en la República Federal.
La
fiesta de la reunificación se convirtió en una crisis nacional, que se ha prolongado
a lo largo de tres décadas. La brecha económica y social apenas se ha reducido,
o incluso, en algunos parámetros, ha aumentad:
-
la población se ha incrementado en un 10% en el Oeste y ha decrecido un 16% en
el Este.
-
el PIB por cápita en el Este es 18 puntos más bajo que el Oeste (71,77/100)
-
el sueldo medio de un asalariado en el Oeste es de 4.800 €, mientras en el Este
no llega a los 4.000 € (3.973 €).
-
la migración interalemana ha crecido en más de un millón de personas, pero de
forma muy desigual: envejece el Este y rejuvenece el Oeste.
-
único indicador positivo para el Este: la fortaleza del sistema de guarderías
en las regiones de la exRDA rebaja la brecha económica de genero al 5%, frente
al 14% en los länder occidentales (Datos del Instituto Alemán de Economía,
reproducidos por Der Spiegel).
El
mapa de la desigualdad económica y social es muy nítido. El siguiente gráfico,
elaborado por el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP) localiza con
claridad las zonas más deprimidas del estado. La mayoría se encuentran en el
Este, con sólo dos focos en el Oeste (la cuenca del Ruhr y el Sarre), debido a
la crisis del sector minero a la desindustrialización metalúrgica, básicamente.
https://www.govdata.de/dl-de/by-2-0
Pese
a los esfuerzos políticos por reducir el impacto de esta brecha en el sentir
político, la escisión electoral se ha ido agrandando. En un primer momento, una
izquierda heredera del viejo partido comunista pero más orientada al socialismo
democrático crítico dominó en los länders del Este. Luego, desde el cambio
social, con el incremento de la inmigración y la tensión en los servicios
sociales, dejó el camino sembrado a la ultraderecha.
El
voto al extremismo derechista no superó el umbral del 5%, sumando todas las
formaciones de esa familia política. Tras la crisis migratoria de 2015, AfD se
consolidó como hegemónica en la extrema derecha y reunió el 12,64% de los votos
en las elecciones federales. Descendió dos puntos y medio en 2021 (10,39%),
pero se recuperó con fuerza en 2025 hasta reunir la quinta parte de los
votantes (20,8%). En el Este, la
progresión ha sido mucho más acusada. El siguiente gráfico recoge la evolución
del voto a AfD en las tres últimos elecciones regionales en los cinco länder
orientales.
(El empuje de AfD se reforzará con toda seguridad tras los
resultados de las elecciones de este domingo en Berlin y Mecklemburgo-Pomerania
Occidental).
El dominio hegemónico en Sajonia-Anhalt tiene una explicación
bastante clara. Se trata del segundo länder más pobre de la República Federal
(sólo le va a la zaga Mecklenburgo-Pomerania Occidental), y el que más
acusadamente está sufriendo la baja natalidad. Para cubrir la demanda de
trabajadores se ha acudido a la inmigración, lo que ha abonado el discurso
xenófobo de AfD. Originalmente, este
partido fue impulsado por economistas de la parte occidental del país que
estaban preocupados por la pérdida de soberanía económica y el reflotamiento de
las economías del sur continental. Poco a poco, otros dirigentes más afines a
la ultraderecha han terminado por controlar el partido. Europa sigue siendo
objeto de las críticas, pero se ha adoptado un perfil más populista para
atraerse a las masas descontentas por la crisis del sector exportador debido a
la competencia de China, las tensiones en las prestaciones sociales y los
relatos manipulados sobre la identidad nacional y cultural.
Dos factores externos socavaron el idílico proyecto de la
reunificación: la guerra de los Balcanes y el hundimiento de la Unión Soviética,
fenómenos distintos pero interconectados.
Alemania percibió la crisis de los Balcanes como un factor de
oportunidad para sentar una influencia sin apenas resistencia práctica en esa
amplia región de Europa. Yugoslavia, dominada hasta cierto punto por Serbia,
nunca fue del agrado del mundo germánico. Su desaparición forzada tuvo en
Berlin un agente muy activo. En Europa, Francia y otras potencias no vieron con
buenos ojos exte expansionismo discreto de Alemania, pero no pudo evitarlo. A
cambio de tener manos libres en la conformación de un nuevo orden
socio-económico en las exrepublicas yugoslavas, Berlin aceptó sustituir el
marco por el euro.
En las dos décadas siguientes, lo que iba a ser un nuevo
periodo de prosperidad balcánico bajo control alemán se diluyó en la
frustración. En la guerra de Kosovo, de finales de los noventa, Alemania asumió
la financiación y el suministro militar de la dudosa milicia separatista (a
cuyo liderazgo se juzga ahora en el Tribunal de Crímenes de La Haya). Con el paso del tiempo, los Balcanes se
transformaron en una de las principales rutas de la migración procedente de
Oriente Medio y Asia Central, tras las revoluciones fallidas de la Primavera
árabe y la guerra de Afganistán. La promesa se convirtió en pesadilla.
Consecuencias aún mayores ha comportado la desaparición de la
URSS. Rusia asumió la mayor parte de la herencia soviética. En los años
noventa, el destino de la nueva Alemania y la nueva Rusia parecían entrelazados
con bastante armonía. Los gobernantes alemanes vieron a la riqueza petrolero y
gasística rusa como una alternativa a la dependencia tradicional de Oriente
Medio. Las élites políticas y económicas de ambos países compartieron proyecto.
El epítome más conocido fue el fichaje del exCanciller socialdeócrata
Schröeder como alto ejecutivo de Gazprom, la empresa estatal rusa de gas. Alemania
había cambiado de dependencia energética, no la había eliminado.
Desde finales de la primera década de este siglo, las
relaciones bilaterales empezaron a tensarse. Fue precisamente en Munich, en
2007, durante la tradicional conferencia de Seguridad europea, cuando Vladímir
Putin dejó muy claro que Rusia no seguiría siendo el actor secundario en las
relaciones con Occidente. El año siguiente se produjo la intervención rusa en
la vecina República exsoviética de Georgia, a favor de los separatistas de la
región de Osetia del Sur, de población mayoritariamente rusa. En Occidente, se
paso de la cooperación a la contención. Alemania, empero, mantuvo el nivel de
intercambios energéticos con Moscú. Hasta que Putin ordenó la toma de Crimea,
que Rusia siempre consideró parte del país.
CAMBIO DE ERA
En 2022, la invasión de todo el Este de Ucrania consumó la
ruptura entre Alemania y Rusia. El entonces Canciller socialdemócrata Olaf
Scholz proclamó un “cambio de era” (zeitenwende) y anunció un programa
de inversión y reforzamiento de la capacidad militar de la República Federal y
de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania. Los tabúes que se mantenian desde el
final de la segunda guerra mundial empezaron a caer.
Con el gobierno actual de democristiano derechista Friedrich
Merz, la política militarista de Berlin se ha acentuado. La sacrosanta política
alemana de equilibrio presupuestario y
el control de la deusa ya no se aplica al gasto militar. Se ha aprobado un
fondo de medio billón de euros para renovar y ampliar las infraestructuras de
defensa. La ayuda a Ucrania supera ya con creces los 60 mil millones de
dólares. La crisis de la industria exportadora por la competencia china ha
disparado la tentación de convertir al sector militar en el nuevo motor de la
economía nacional.
En el plano social y económico el impacto de la gestión de la
guerra en Ucrania ha sido tremendo. La
economía está estancada La producción industrial ha descendido casi un 10%
desde 2022. El ciclo de la alta dependencia energética tampoco se ha resuelto,
simplemente está cambiando de origen: del gas ruso se va a pasar al gas licuado
norteamericano.
La inflación y la crisis subsiguiente ha perjudicado sobre
todo al Este, de ahí que en los länder orientales el sentimiento antiruso
abonado por los dirigentes occidentales no haya tenido tanto predicamento. No
se trata tanto de que hayan reverdecido las conexiones entre los territorios de la extinta exRDA y sus
protectores soviéticos/rusos. De hecho, las tensiones entre Moscú y Berlin-Este
se mantuvieron incluso durante los años álgidos de la guerra fría, por no hablar del divorcio entre
Gorbachov y Honecker, en los años de agonía de ambos Estados. No hay nostalgia
comunista en la sintonia entre el Kremlin y los líderes de la AfD. Los dos son
nacionalistas. No se añora el estatalismo, sino la sensación, verdadera o
falsa, de una seguridad material básica.
La insistencia de los medios liberales alemanes y europeos en
presentar a la AfD practicamente como un “caballo de Troya” del Kremlin y una
amenaza para el proyecto de la Unión Europea es una exageración, que sirve para
eludir las responsabilidades por un proceso de reunificación fallido e injusto.
En este empeño han ayudado, sin duda, reflejos de los dirigentes ultranacionalistas
que recuerdan al régimen nacionalsocialista. Pero ni estamos en los años
treinta, ni la sociedad alemana, incluida la oriental querría ni remotamente la
recreación de un régimen tan perverso.
La clase política alemana debería preguntarse si el muro de
fuego (brandmauer) ha sido la mejor fórmula para alejar a la AfD de la
cercanía del poder. Quizás lo mejor para disipar las falsas promesas de las
ultraderechas sea testarlas en los gobiernos. Suecia acaba de ofrecer un
ilustrativo ejemplo al respecto: el partido ultra Demócratas de Suecia,
colaborador externo de la coalición conservadora-liberal, ha retrocedido tres
puntos, perdido más de 215.000 votos y tendrá 11 diputados menos en el Riksdag.
Si el avance de AfD continúa, ya no es descartable que la CDU
imprima un giro radical en su política de alianzas (otro zeitenwende,
éste interno) y se plantee la vía sueca (tambien ensayada en Finlandia)
de cohabitación flexible con los ultranacionalistas. Si la táctica del
aislamiento no ha funcionado, quizás haya que probar con la domesticación.
Todo, claro, en nombre de la defensa de la democracia alemana.
REFERENCIAS
“Entre protestation et conquête du pouvoir: l'AfD à l'approche des élections régionales à l'Est”. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 3 de septiembre.
“The AfD crashes the CDU’s
party”. TOM NUTALL. THE ECONOMIST, 7 de septiembre
“The AfD’s victory in Saxony-Anhalt marks a
turning point for Germany – but perspective is important”. GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM
HOUSE, 10 de septiembre.
“Germany’s ‘Firewall’ Against the Far Right Is
Being Tested as Never Before”. JIM TANKERSLEY. THE NEW YORK TIMES, 7 de
septiembre.
“Germany’s
Shattered Consensus”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 8 de septiembre.
“German Democracy, as We Knew
It, Is Over”. JOHN KAMPFNER. FOREIGN POLICY, 9 de septiembre.
“Europe’s next Hegemon.
The perils of German Power”. LIANA FIX.
FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.
“I know why many east Germans vote
AfD. And no, it’s not an inherited longing for dictatorship”. CAROLINA
WÜRFEL. THE GUARDIAN, 15 de septiembre.
“¿Una
Alemania lista para la guerra?”. PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre

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