14 de octubre de 2026
La
disponibilidad y el precio del diésel -este consecuencia en gran parte de
aquel- se han convertido en la clave de las dos guerras con mayor foco de
atención en el mundo en la actualidad, ambas en fase de estancamiento.
La
Administración Trump es la mayor responsable del caos energético actual, por
acción, omisión o interferencia. Su última ocurrencia ha sido levantar parcialmente
a Rusia, de forma unilateral, sin acuerdo con los aliados, la prohibición de exportar
fuel en los mercados internacionales.
Los
argumentos aducidos por el extravagante inquilino de la Casa Blanca son
cuestionables. Ucrania -ha asegurado- está causando un daño a agricultores y
consumidores norteamericanos al atacar las refinerías rusas que producen
diésel, provocando escasez en el mercado y la subsiguiente subida de precios. Trump
denominó esta iniciativa como “tregua energética”. En pocas palabras, se trata
de propiciar ingresos a Moscú, a cambio de un alivio indeterminado para los
consumidores mundiales.
El
problema es que los contendientes no forman parte de la decisión americana. Zelensky la rechazó de forma expresa y con
ironía. El Kremlin reaccionó primero con un silencio sepulcral y luego con hechos.
Los ataques rusos continúan: el último, este martes contra una planta en Kiev.
Para
mayor descrédito de la medida trumpiana, estudios independientes acreditan
que el impacto de la guerra de Irán en los mercados energéticos es mayor que el
del conflicto ruso-ucraniano. En algo más de un año han salido de circulación
un millón de barriles diarios de diésel (1).
Trump
trata inútilmente de esconder su responsabilidad en una guerra que sólo él y su
cómplice Netanyahu provocaron. Acostumbrado a tratar de tapar una mentira con
otra mayor, Trump se termina enredando y parece fiar todo a que el pudrimiento
de la crisis obligue a una salida para la que espera, llegado el momento,
encontrar otro argumento falaz.
La
guerra está congelada en Ormuz. Si algo ha conseguido el mando militar
norteamericano es bloquear la salida de petróleo iraní, provocando una presión
aún mayor sobre su economía. Esa fue la segunda fase de la guerra contra el
régimen de Teherán: al no conseguir su derrumbamiento por medios militares
directos, se optó por la asfixia definitiva de sus finanzas.
Los
análisis más objetivos indican que Irán está sufriendo y que parte de sus
élites recomienda con cierta impaciencia más flexibilidad con Washington. Pero,
al parecer, en el círculo del fantasmal Mojtaba Jamenei se ha impuesto un
círculo de radicales al que él se siente muy unido por trayectoria e ideología:
su Consejero de Seguridad Nacional, Moshe Rezaei, y el nuevo Jefe de las
Fuerzas paramilitares represivas, Hossein Taeb (2).
Según
algunas fuentes, la estrategia iraní estriba en reforzar el sistema de
resistencia económica contra las sanciones occidentales, que el régimen
implantó hace 15 años, y provocar una derrota republicana en las elecciones de
medio mandato a primeros de noviembre, que imprima un cambio de guion en la
administración estadounidense. Cálculos arriesgados, si es que son ciertos.
YEMEN,
DERIVA DE LA GUERRA CONTRA IRÁN
La guerra de Trump/Netanyahu excede la solapa iraní. Uno de los
principales aliados de Teherán, y desde luego el más solvente, los huthíes yemeníes
han puesto en jaque al aliado hasta ahora preferente de Washington en la
región: Arabia Saudí.
Esa
guerrilla de inspiración chií heterodoxa lleva más de diez años desafiando el
orden en la Península arábiga. Ha ido conquistando y estabilizando posiciones
en Yemen, ninguneando al Gobierno oficial y humillando a las dos potencias
zonales: las petromonarquías saudí y emiratí. El mayor éxito de los huthíes
ha sido quizás haber propiciado la quiebra en las relaciones entre Riad y Abu
Dhabi, ya muy tensionadas por sus diferencias en otros conflictos cercanos y,
en particular, en el Mar Rojo y África Oriental.
Arabia
y los Emiratos ya no sostienen la misma estrategia en Yemen. Ambos quieren la
derrota de los huthíes pero no defienden las mismas alternativas de
poder. Riad sigue apostando por un gobierno mal llamado central (que es, en
realidad un títere), mientras Abu Dhabi apuesta por unas guerrillas centrífugas
sin que se perciba bien su estrategia, más allá de dañar los intereses saudíes.
Envalentonados
por sus triunfos militares y políticos, los huthíes han seguido
avanzando hasta conquistar el estratégico puerto suroriental yemení de Mokha,
que es vital para el control del estrecho de Bab-el-Mandeb, punto de conexión
de la salida del Mar Rojo al Océano Índico. Con el bloqueo parcial de Ormuz,
este enclave se convirtió en la alternativa para asegurar la exportación
parcial de crudo de los productores regionales al resto del planeta.

EL INFERNAL MAPA DE CONFLICTOS EN EL MAR ROJO
|
BANDO |
ETIOPÍA |
SUDÁN |
VECINOS |
ORIENTE M. |
|
A |
GOBIERNO CENTRAL |
REBELDES MILITARES (RSF) |
SOMALILAND |
EAU |
|
B |
GUERRILLAS SECESIONISTAS REBELDES
(*) |
EJÉRCITO SUDÁN (SAF) |
ERITREA |
ARABIA SAUDÍ |
(*) FRENTE DE LIBERACIÓN DEL PUEBLO DEL TIGRÉ (TPLF); MOVIMIENTO NACIONAL AHMARA (FANO ); EJÉRCITO
DE LIBERACIÓN DE OROMO (OLA); FRENTE DE
LIBERACIÓN NACIONAL DE OGADÉN (ONLF); MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN DEL PUEBLO
BENISHANGUL; MOVIMIENTO DEMOCRÁTICO DEL PUEBLO GUMUZ
Este tramado de conflictos y alianzas (informales más que formales) responde a una tradición muy inveterada en África: los enemigos de mi adversario son mis amigos. Si una pieza se altera, el tablero entero se modifica (5). En ningún sitio esto ha sido más claro que en Etiopía.
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El
actual gobierno central del Premio Nobel Abiy Ahmed se enfrenta de nuevo a la rebelión
de los secesionistas de la región norteña del Tigré. Una campaña militar
anterior en 2022 concluyó sin resultados claros, aunque favorables al régimen
de Addis Abeba. Previamente, Abiy había conseguido pacificar las relaciones con
la vecina Eritrea, un país ahora independiente pero que hasta 1991 había
formado parte de Etiopía. Se da la circunstancia de que Abiy lideró una coalición
de partidos regionales opuesta a los gobernantes etíopes desde los años 70,
originarios del Tigré. Abiiy y el Presidente eritreo, Isaías Afwerki, fueron cercanos
durante años. Pero las pretensiones del líder etíope de recuperar la salida del
país al mar, perdida con la secesión eritrea, y otras pretensiones hegemónicas acabaron
con esa amistad y puso al régimen de Asmara contra el de Addis Abeba.
Un
enrevesado juego de tronos que ha implicado a los países vecinos del cuerno de
África. Somalia ya era enemigo tradicional de Etiopía desde la guerra fría. En
Addis Abeba, un gobierno militar marxista había derribado al Emperador Haile Selassie,
mientras en Mogadiscio mandaba el prooccidental Siad Barre. Por contra, la
región de Somaliland se separó de la caótica disciplina del gobierno
somalí en 1991, acercándose a Etiopía por razones prácticas.
Egipto
se ha convertido en un enemigo de Etiopía por la gestión del Alto Nilo. La gran
presa del Alto Nilo perjudica los regadíos egipcio. El gobierno de Sudán se
alineó con el de El Cairo en este conflicto. De ahí que cuando el Ejército
sudanés, auténtico patrón del país, se fracturó entre las fuerzas regulares y
las especiales, los rebeldes encontraran apoyo informal del gobierno etíope.
Y
luego entraron los países de la Península Arábiga y sus aliados. Arabia Saudí se
ha posicionado a favor del Presidente de facto y jefe del Ejército regular de
Sudán Abdelfatah al-Burhan, debido a intereses compartidos desde hace mucho
tiempo. En consecuencia, se ha situado en el bando contrario al gobierno
central etíope. En cambio, Emiratos se posicionó claramente del lado de las
Fuerzas especiales de Soporte Rápido (RSF), comandada por el general Dagalo,
conocido por su apoyo (Hemedti), al que ha brindado dinero y armas.
El
alineamiento opuesto de las dos petromonarquías del Golfo ha colocado a Israel
junto a los Emiratos y el Gobierno central etíope (por lo demás contrario a una
hegemonía musulmana en la región), mientras que Turquía se ve vinculada a
Arabia Saudí por su afinidad sunní y, recientemente, por el Pacto de la Meca,
que forja una imprecisa solidaridad defensiva entre ambos países y Pakistán.
Conclusión:
Occidente se ve atrapado en las contradicciones de unas guerras estancadas que
no puede o no sabe cómo terminar, mientras la trampa energética provoca
empobrecimiento y malestar creciente en sus poblaciones.
NOTAS
(1) “Which war is having the biggest impact on diesel prices - Iran or Ukraine?”. BEN CHU. BBC, 12 de octubre.
(2) “Iran’s theory of Victory”. NARGE
BAJOGHLI & VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 9 de octubre
(3) “Why
are the Houthis attacking Saudi airports and how are the missiles getting
through”. JASON BURKE. THE GUARDIAN, 12 de octubre.
(4) “Why
the Gulf’s most powerful countries are at odds. A feud between Saudi Arabia and
the UAE will have far-reaching consequences”. THE ECONOMIST, 17 de febrero.
(5) “The
New Red Sea Wars.Conflicts in the Middle East and the Horn of Africa Have
Become Inseparable” ALAN BOSWELL. FOREIGN AFFAIRS, 6 de octubre.



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