ESTADOS UNIDOS E IRAN: CÓMO SUPERAR TREINTA AÑOS DE ERRORES

16 de febrero de 2009
Bush le ha dejado un legado complicado a Obama en Irán. Durante meses, la opción de un ataque militar para abortar el programa nuclear iraní estuvo en la mesa del despacho Oval. Pero las exigencias en Irak y las discrepancias en el Pentágono demoraron la decisión.
Obama ganó las elecciones con una promesa de recuperar el diálogo diplomático, pero sin descartar las opciones de fuerza. El último elemento de “aguda preocupación” para la nueva administración de tensión ha sido la puesta en órbita del primer satélite iraní.
Los escenarios de una eventual acción militar norteamericana serían los siguientes: destrucción de la central nuclear de Natanz, bombardeo aéreo de las bases militares iraníes para neutralizar la respuesta, infiltración de fuerzas de élite desde Afganistán e Irak y un eventual bloqueo naval.
Los riesgos que presentarían estas operaciones militares serían los siguientes:
- El ejército iraní no es desdeñable, y menos si se trata de defender el suelon patrio.
- Misiles iraníes, pero también palestinos (Hamas) y libaneses (Hezbollah) podrían golpear Israel, lo que complicaría todo el escenario regional.
- Posible cierre del estrecho de Ormuz, lo que entrañaría el peligro de alterar el suministro de petróleo desde el Golfo Pérsico.
- Riesgo de no destruir por completo las instalaciones, lo que evitaría una “solución” para siempre y convertiría la crisis en un asunto por resolver.

Y si Washington no lo hace, tal vez Israel tomaría el relevo. Esta posibilidad aumentaría, si se confirmara una deriva extremista en el estado judío. La cuestión es si Obama podría evitarlo, como hizo Bush el año pasado, cuando le negó apoyo a Olmert en tres demandas, como reveló David Sanger en el NEW YORK TIMES: munición específica para destruir la central de Natanz (Israel no dispone de ella), permiso para sobrevolar Irak y suministro en vuelo de sus aviones.
Mohsen Rezai, ex-jefe de los Guardianes de la Revolución, le ha dicho al analista norteamericano Roger Cohen que Estados Unidos tiene limitada su capacidad de intervención militar durante una década (hasta que se recupere de la guerra iraquí). Subcontratar en Israel esa tarea de aniquilación militar de las capacidades nucleares de Irán constituye un riesgo inmanejable y la “más estúpida de las decisiones”, según Rezai.
Desde luego, para apaciguar a Israel lo mejor sería conseguir entablar ese diálogo que Obama prometió durante la campaña y que le costó ciertas críticas, incluso de quien ahora será la ejecutora de su diplomacia: Hillary Clinton.
Los medios norteamericanos han revelado contactos discretos del equipo encargado del dossier iraní en Washington con aliados europeos. Destacados actores del establishment norteamericano también están aconsejando claramente la negociación: el propio zar militar de la zona, General Petreus, el ex embajador especial para Afganistán, James Dobbins, o el ex embajador ante la ONU, Thomas Pickering.
Recientemente, en una entrevista para la cadena de televisión Al Arabiya, Obama empleó un tono constructivo y dialogante. Afirmó que Estados Unidos no es enemigo de Irán y admitió –esto es muy importante- que Estados Unidos “ha cometido errores” durante todos estos años. Treinta años de errores, en realidad. Errores ya previos a la caída del Shah, cuando emergía la corriente islámica, durante la crisis y después de la crisis. El catálogo precisa de más espacio del que disponemos, pero el reconocimiento de Obama cambió el discurso de las relaciones bilaterales, sea cual sea el resultado del esfuerzo diplomático.
En Irán, han recibido este discurso condicionadamente conciliador con cautela. Tanto “radicales” como “moderados”. Es preciso recordar que el impulso del programa nuclear se hizo durante los años de la presidencia de Jatamí, que puede regresar al poder si los máximo sacerdotes autorizan su candidatura en las elecciones presidenciales de junio. El actual presidente, Ahmadinejad, aseguró en el discurso conmemorativo del trigésimo aniversario de la Revolución, que Irán está dispuesto a entablar un diálogo basado en el “respeto mutuo”.
El momento es óptimo para negociar, puesto que el descenso brusco de los precios del petróleo ha agravado las dificultades económicas iraníes. Obama maneja persuasivos incentivos diplomáticos, que Bush desdeñó: el fin de las sanciones y la promoción de nuevas relaciones económicas y comerciales y, sobre todo, ciertas garantías de seguridad.
La metodología consistiría en englobar la cuestión iraní en el contexto regional y construir una visión de conjunto, que incluya el porvenir viable de Irak y la derrota definitiva de la amenaza jihadista en Afganistán. Curiosamente, Irán puede ser un socio de valía incalculable en la evolución positiva para Washington de ambos países vecinos.
En Irak, la ayuda iraní puede ser muy útil, en dos sentidos. Primero, por la influencia que la República islámica ejerce sobre la mayoría chií que detenta el gobierno central; y, segundo, por la neutralización de los grupos chiíes más radicales, quienes, sin el apoyo efectivo de Teherán, se verían muy debilitados. A cambio, Washington puede ofrecerle a Irán garantías de que sean preservados allí sus intereses, completada la retirada norteamericana. Irak nunca volverá a ser el mismo país, quizás si igual de próspero, pero políticamente más vulnerable. Todos los vecinos mantendrán una notable influencia, al menos durante un tiempo, e Irán aspira a no ser menos que Arabia Saudí, por ejemplo.
En Afganistán, ya hay un antecedente de colaboración iraní. Se trataría ahora de recuperar el espíritu de 1998, cuando Washington encontró en Irán un aliado inesperado frente al triunfo de los talibán. Hasta el punto de que los estudiantes radicales sunníes y los clérigos chiíes estuvieron al borde de un conflicto militar. Luego, la torpeza de la administración Bush favoreció una inverosímil inversión, que llegó a situar a los talibanes derrotados y a los mullahs amenazados en el mismo bando. Esta alianza circunstancial se ha ido debilitando, pero podría reavivarse si Obama no genera un cambio real de política en la zona. Hace unos días en el foro de Munich, los aliados de la OTAN coincidieron en que el puerto iraní de Chabahar sería una la alternativa más idónea a Pakistan para el suministro de sus efectivos en Afganistán.
Cohen evoca el ejemplo de Jomeini: contra su voluntad, se avino a hacer la paz con Irak, aunque había prometido no detener la guerra hasta la derrota de Saddam. Su sucesor en la conducción espiritual del país, Ali Jamenei, puede interrumpir o limitar el programa nuclear si es capaz de entender que lo que está en juego es la supervivencia de la Revolución.

OBAMA Y LA FUERZA CENTRÍPETA

13 de febrero de 2009

El presidente Obama ha conseguido sacar adelante un programa de estímulo económico –no su programa original-, con el que presuntamente afrontará la recesión y tratará de poner de nuevo al país en la senda del crecimiento. En total, se dedicarán 789 mil millones de dólares (49 mil millones menos de los inicialmente presentados)
En la gestión de esta iniciativa han operado dos fuerzas no necesariamente complementarias y, quizás, no coincidentes: lo que Estados Unidos –y el mundo- necesita y lo que el instinto de reforzamiento político por el que se ha conducido el Presidente.
Lo que el país necesita, a juicio del propio Obama y de la mayoría de sus asesores, es un programa ambicioso de estimulo. Recetas keynesianas de gasto público, de atención a los más desprotegidos en la crisis, de alejamiento de las clásicas políticas liberales y de renuncia a regalos fiscales. En esta línea militan una buena mayoría de los demócratas, aunque sea difícil efectuar un recuento preciso.
Pero lo que el instinto de reforzamiento político le aconsejaba a Obama era no imponer la mayoría demócrata para sacar SU programa, sino ponerlo en circulación negociadora para, a cambio de ciertas concesiones, lograr un apoyo lo más amplio posible en el legislativo. En realidad, sobre el plan pesaban reservas y observaciones no sólo de los rivales republicanos, sino también de correligionarios demócratas más cautelosos.
Los republicanos son hoy más débiles que en noviembre en el Congreso. Pero la recomposición ideológica del GOP se ha escorado a la derecha. Curiosa consecuencia del aluvión Obama. El país ha girado a la izquierda –o al centro, desde la derecha- , pero el segmento conservador ha profundizado la orientación derechista. Un candidato presidencial supuestamente más cerca del centro –McCain- no ha servido para centrar al partido en el Congreso. El electorado republicano ha preferido que Obama tuviera un contrapeso legislativo con más carga derechista.
Por tanto, lo estratégico no operaba en la misma dirección que lo táctico. La fuerza de la necesidad se veía contrapesada por la fuerza de la conveniencia. La fuerza de la necesidad precisaba de una energía decidida, progresista en este caso. La conveniencia empujaba al centro: era una fuerza centrípeta.
Esto debía ser conocido por los estrategas de la Casa Blanca cuando abordaron el juego de fuerzas en la gestión del programa de estímulo económico. No era previsible que los republicanos aceptaran simples retoques. Y así fue en las primeras fases del trabajo legislativo. Frustrado por la falta de respuesta positiva de los republicanos en la Cámara de Representantes, Obama dio instrucciones para efectuar concesiones. Las reticencias de algunos demócratas más centristas –los fiscalmente prudentes- complicaron las negociaciones y reforzaron indirectamente la tenacidad republicana.
La revisión en el Senado dejó un sabor amargo, porque se eliminaron, redujeron o modificaron algunas prioridades. Una última ronda consiguió mitigar un poco las concesiones, que habían provocado frustración en la mayoría de los demócratas. Pero, con todo, no se ha podido evitar que el programa final contuviera:
-Recortes en las asignaciones a los gobiernos de los estados para la inversión en la construcción y renovación de infraestructuras generadoras de empleo.

-Recortes en el programa de construcción de escuelas.

-Recortes en los programas sociales (ayuda escolar, comedores públicos, subsidios a los desempleados, etc.).

-Retirada de un programa que proporcionaría seguro médico urgente a los parados.

-Rebajas fiscales en una cuantía de equivalente a un tercio del valor de todo el paquete, lo que limitará la capacidad de maniobra de las administraciones para relanzar la economía.

El acuerdo final en la Cámara baja se completará este fin de semana y probablemente se rubricará con una firma solemne la semana que viene en hora de máxima audiencia televisiva. Todo para solemnizar esta primera manifestación del consenso.

Aspirar a una política de consenso es, en principio, razonable, y más en momento de conmoción nacional. Pero es crucial saber si la Casa Blanca había calculado el precio de su estrategia bipartidaria. Porque el consenso es un instrumento, no un fin en sí mismo.
Con todo, lo peor es que, en la búsqueda del centro, Obama ha cosechado un resultado pírrico: los suyos le han respaldado, pero apenas tres senadores republicanos terminaron dando su apoyo. Los demócratas más ambiciosos, incluida su líder parlamentaria, Nanci Pelosi, cree que se ha ido demasiado lejos en las concesiones.
Lo mismo ocurre con numerosos economistas escarmentados de las recetas fiscales y neoliberales. El Nobel Krugman calificaba de “destructora” esta presión centrista. “Se ha confortado a los confortados y afligido a los afligidos”, ha escrito en el New York Times. Sólo una política keynesiana contundente, sin complejos, podrá cambiar el rumbo económico del país, sostiene Krugman. Las concesiones fiscales no sólo serán inútiles, sino que agravarán el déficit público del país, que llegará al 8,3% del PIB.
Otros también ponen sordina a este “triunfo” de Obama. “No hay motivo para sacar el champán”, ironiza el NYT. “La agenda del miedo se ha impuesto a la agenda de la esperanza”, resume un analista de la liberal Brooking Institution. “Esto no constituye un New Deal”, proclama THE NATION.
Las cautelas con el gasto para relanzar la economía contrastan con la liberalidad empleada en el programa paralelo de rescate del sistema financiero, que costará el triple: dos billones y medio de dólares.
Hemos dicho alguna vez que Obama tiene tanto potencial para cambiar Estados Unidos como para decepcionar. Por el estilo de su política, por su instinto de aglutinar. Obama no es un idealista obligado a ser pragmático. Es un pragmático que cree en la eficacia de un discurso idealista.

¿UN MUNDO SIN PERIÓDICOS (IMPRESOS)?

09 de febrero de 2009

La depresión económica ha impactado gravemente en la prensa.La caída en los ingresos por publicidad es la primera causa de esta crisis que amenaza convertirse en terminal. Por término medio, los diarios norteamericanos han perdido más del cuarenta por ciento de su valor en sólo tres años, según el experto Alan Mutter. En lo que va de siglo muchos diarios se han depreciado en la mitad de su valor, si no más, según estimaciones de los propios editores. No es raro que en menos de veinte años se hayan destruido la cuarta parte de los empleos periódisticos que existían en 1990.
Pero la crisis económica no es la única razón de la amenaza. Ni siquiera la más decisiva.
Algunos críticos creen que la pérdida de influencia de los periódicos se debe a su falta de credibilidad. Este declive viene arrastrándose desde hace mucho tiempo –décadas, según algunos estudios-, pero se ha visto agudizado en los últimos años.
El clásico Pew Research Center asegura que la satisfacción ciudadana con los medios informativos ha pasado del 85 % en 1973 a 59 % en 2002. El derrumbamiento se ha acelerado desde 1991, justamente cuando se enterró definitivamente la guerra fría.
En Estados Unidos, los diarios norteamericanos tienen poco de qué presumir. Incluso los más prestigiosos se han visto arrastrados por la propaganda que la administración Bush consiguió implantar en el sistema nervioso de la comunicación ciudadana. Después del 11 de septiembre, la fiebre patriótica que se apoderó del país y una política de destrucción de los derechos humanos y de los fundamentos del Estado de derecho encontraron escasos obstáculos en los medios. Y cuando algunos de ellos empezaron a reaccionar, ya se antojaba demasiado tarde.
Muchos periódicos se dejaron llevar por las soflamas proyectadas desde la FOX, la cadena de televisión de Murdoch, convertida en la televisión de cámara de la Casa Blanca. Incluso el NYT, poco sospechoso de connivencia con la administración Bush, se contagió sin embargo de un clima irracional que avaló la negligencia y toleró los abusos, en nombre de la seguridad nacional. El caso Miller–una intoxicación convertida en falsa información sobre el supuesto arsenal de destrucción masiva de Saddam Hussein- se ha convertido en unas de las páginas negras de la historia del diario neoyorquino.
La reacción contra esta derrota de la información veraz fue precisamente lo que alumbró el nacimiento de uno de los blogs liberales más influyentes del momento, el Huffington Post. Su fundadora, Arianna Huftington, litigó duramente contra el Times. Algunos van más allá y creen que puso las bases de un nuevo periodismo. Luego siguieron otros blogs de similar factura y semejante empeño: la refundación del oficio de informar, en un mundo distinto.
Esta es precisamente la tercera gran causa que explicaría la incierta permanencia de los periódicos en la UVI: el desafío de la tecnología digital. Los diarios convencionales no parecen preparados para dar una respuesta que les asegure la supervivencia.
Si bien es cierto que todos los grandes diarios cuentan ya con ediciones digitales potentes, su estructura de negocio es poco solvente. Las empresas periodísticas confiaron hace unos pocos años en que sus hijos de papel pudieran superar su debilidad a base de las transfusiones de sus hermanos digitales. Pero el remedio no se ha demostrado efectivo, hasta la fecha. Hace unas semanas, el Financial Times aseguraba que un abonado de un periódico generaba 1.000 dólares de publicidad anual, mientras un visitante de una página web no llegaba a seis.
Las cifras de recientes estudios sobre los lectores de prensa en Estados Unidos hacen temer lo peor. Los jóvenes han dado la espalda a los periódicos. De los ciudadanos entre 18 y 35 años, no llegan al veinte por ciento los que dicen que le echan siquiera una ojeada al periódico. La edad media del lector de diarios es de 55 años. Las perspectivas son aún más sombrías. Un estudio de la Carnegie Corporation indica que escasamente uno de cada diez norteamericanos menores de 35 años acudirá en el futuro a los diarios para enterarse de las noticias.
Uno de los fenómenos que más irritación produce al establishment periodístico es la proliferación de los blogs y su incidencia sobre la calidad de los productos informativos. El editor ejecutivo del NYT, Bill Keller, asimiló algunos de estos blogs francotiradores a sanguijuelas intelectuales. “Viven del trabajo concienzudo y paciente de los medios convencionales”, dijo en una polémica conferencia hace unos meses. No le falta razón, pero los diarios, aguzados por el instinto de supervivencia, han terminado albergando blogs. Profesionales que mantienen cierta desconfianza ante la fiabilidad del este nuevo periodismo admiten que la comunidad blogera ha sabido crear mecanismos de control y revisión para evitar el descrédito.
Los más optimistas creen que este clima de depresión pasará y que los periódicos renacerán, aunque admitan que tendrán que seguir profundizando en sus adaptaciones a los nuevos tiempos y a los nuevos gustos. Pero la nómina de optimistas se reduce a medida que pasan las semanas, aumentan los números rojos y bajan los precios de mercado de los diarios. Por eso, se empiezan a escuchar otras ideas.
Steve Coll, un prestigioso reportero del Washington Post, ahora en otros cometidos profesionales e intelectuales, ha hecho una atrevida propuesta para “salvar los diarios”: convertirlos en entidades non profit; es decir, sin ánimo de lucro. La apuesta de Coll ha generado un interesante debate en el New Yorker, otros de los medios de referencia de la intelligentsia neoyorquina. Coll reconoce, no obstante, que no está el horno para bollos, y que magnates como Buffet o Gates no se dejarán seducir fácilmente por la idea de liderar un histórico rescate de los diarios.
Sea viable o no, se agradece el esfuerzo de Coll por dar altura a un debate que no debe reducirse a los cálculos económicos. Jefferson, que fue político y editor de un diario, dijo que si le dieran a elegir entre un país con gobierno y sin periódicos y un país con periódicos pero sin gobierno, se quedarían con lo último.
La crisis económica ha operado en un sentido inverso: ha revalorizado la necesidad de un gobierno, pero ha puesto en evidencia a los diarios. Habrá que preguntar a Obama si tiene alguna idea para revivir el espíritu defendido por Jefferson.

¿SEÑALES DE XENOFOBIA?

6 de febrero de 2009

Empiezan a escucharse desde diversos lugares, aunque no todavía no hayan adquirido una intensidad preocupante. A medida que la crisis económica va destruyendo empleo, se van produciendo declaraciones, manifestaciones y decisiones que reflejan una creciente actitud de rechazo o de prevención frente a los trabajadores inmigrantes.

No es casualidad que los lugares donde se han registrado los casos más flagrantes sean aquellos más apegados al modelo de crecimiento neoliberal y, por tanto, los más ajustados al espíritu de la globalización. Durante los años de bonanza esos países (Gran Bretaña e Irlanda, singularmente) han sido los más beneficiados, debido a un conjunto de normas (fiscales, laborales, etc.) que resultaron muy atractivas para el capital extranjero.

Pero ahora que el crecimiento se ha transformado en depresión y la inversión de tendencia tiene carácter global, el impacto se vive como una catástrofe. Gran Bretaña soporta dos millones de desempleados. Pero todo el mundo da por seguro que se franqueará la barrera de los tres millones antes de acabar 2009. Peor estamos por estos pagos, se dirá. Pero allí se habían acostumbrado a una oferta laboral abundante.

En Gran Bretaña, donde las regulaciones provenientes de Bruselas despiertan tantas suspicacias, en 1999 se adoptó en cambio con entusiasmo una directiva de tres años antes por la cual una empresa multinacional –directamente o a través de una filial local- podía contratar a trabajadores de su país de origen antes que a los locales. La multinacional tenía que respetar el derecho laboral local, pero no tenía por qué ofrecerles las mismas condiciones que a los trabajadores británicos.

En tiempos de oferta de empleo abundante, esto no despertó fuertes resquemores. Pero con el hundimiento de la actividad y el estrechamiento de los márgenes de ganancia, las empresas han empezado a acudir a la mano de obra inmigrante, más barata y menos protegida.

Los últimos casos han encendido la mecha. TOTAL, a través de una empresa subsidiaria italiana, ha contratado a miles de italianos y portugueses para ampliar una de sus refinerías en Lincolshire. Una concesionaria de ALSTHOM ha acudido a obreros españoles para la construcción de una central eléctrica en Newark.

Los sindicatos, presionados por una población trabajadora local cada vez más golpeada por la crisis, han reaccionado enarbolando eslóganes que unos pueden calificar de “nacionalistas” y otros de “xenófobos”, según cómo se interpreten.

El malestar es tan grande que las unions, a pesar de encontrarse limitadas por la restrictiva legislación sobre huelga impuesta por los gobiernos thatcherianos en la década de los ochenta, han optado por respaldar las protestas. La marea ha arrastrado al propio Gordon Brown. Después de haber alertado contra la tentación proteccionista desde la atalaya –este año deprimida- de Davos, el primer ministro se vio obligado a salir en defensa de los trabajadores británicos, en unas declaraciones a la BBC.

El mensaje de Brown fue interpretado a su conveniencia por ciertos sectores sindicales, que llenaron pancartas con frases más o menos textuales del primer ministro en las manifestaciones. Lo que obligó al propio Brown a matizar sus propósitos, con pronunciamiento conciliadores.

Valió de poco, porque pesos pesados de su gobierno se enzarzaron en una polémica abierta. Mientras el “liberal” Mandelsson (Ministro de Comercio) defendía las prerrogativas de las empresas y el riesgo del proteccionismo, el exsindicalista Johnson (Ministro de Sanidad) se mostraba partidario de defender en Bruselas un cambio de normativa para proteger a los trabajadores británicos.

El dominical de centro izquierda THE OBSERVER le recordaba a Brown que “los trabajadores británicos necesitan derechos, no protección” y le prevenía de lesionar a los inmigrantes, quienes han proporcionado “beneficios inconmensurables al Reino Unido”.

La desesperación crece y la presión para “echar” a los inmigrantes, hoy todavía contenida, puede convertirse en febril. El economista italiano Tito Boeri expresaba estos temores en el diario LA REPUBLICA y el ministro portugués de exteriores se escandalizaba por la dimensión y alcance de la protesta.

Italianos, portugueses y españoles han sido los destinatarios de la irritación más reciente. Pero el principal blanco son los polacos. Desde la entrada de Polonia en la UE, en 2004, cientos de miles de polacos llegaron a las Islas Británicos, beneficiados por la libre circulación de trabajadores y por las distintas manifestaciones del boom económico (inmobiliario, financiero o industrial). Fueron muy bien aceptados, por su fácil adaptación cultural, sus similitudes raciales y su actitud acomodaticia.

Ahora, empieza el camino de vuelta. En Irlanda, el fenómeno ya adquiere dimensiones notables. Para su emblemática fabrica de Limerick, DELL contrató a 15.000 polacos, el 15% de toda la población local. La multinacional británica ha hecho saber que seguirá contratando polacos… pero en Polonia, donde ha decidido “localizar” su producción. El “tigre céltico” ha dejado de parecerle atractivo.
El paro en Irlanda alcanzó en 8,5% en 2008. Pero no se ha tocado fondo, y los irlandeses pierden sus empleos a un ritmo más rápido que los polacos, muchas veces más cualificados, pero peor pagados. En un reportaje reciente, LE MONDE constataba que el sentimiento antipolaco en Irlanda es ya claramente perceptible. Pero, de momento, no se han registrado “actos hostiles”.

Estas primeras manifestaciones de xenofobia –o de nacionalismo- tienen sus antecedentes en Estados Unidos. Los últimos años de la administración Bush se han caracterizado por una creciente hostilidad hacia los inmigrantes. En un reciente editorial, el NEW YORK TIMES acusaba al gobierno de perseguir con más saña a los trabajadores indocumentados extranjeros que al crimen organizado, en una campaña que calificaba de “desproporcionada y cruel”. En otro comentario, el diario neoyorquino mostraba su preocupación por la falta de compromiso de Obama en esta materia. El otro día, una organización claramente xenófoba, la Coalición por el futuro trabajador americano, iniciaba una agresiva campaña en televisión.

Tal vez sea prematuro alarmarse, pero Europa debería estar atenta a este clima inquietante.

ZOMBIS JURÍDICOS

1 de febrero de 2009

El fantasma de Guantánamo legado por la administración Bush, no se ha resuelto del todo con las primeras órdenes ejecutivas del Presidente Obama. Desgraciadamente, la voluntad política del nuevo gobierno no será suficiente para liquidar la mayor vergüenza de la historia jurídica norteamericana desde Vietnam.
El embrollo legal, las implicaciones políticas de las alternativas penitenciarias y el estado de pánico creado por la utilización torticera de la amenaza terrorista complican la superación rápida de la pesadilla.
Las órdenes ejecutivas de Obama establecen el cierre del sistema de detención de Guantánamo en el plazo de un año, el repudio de las comisiones militares y la vuelta a la jurisdicción ordinaria –civil o militar- para abordar los casos, y la prohibición de torturas y sevicias en los interrogatorios de la CIA como método de obtener información de los supuestos terroristas detenidos o apresados.
Pero las organizaciones de defensa de los derechos humanos han señalado estos días ambigüedades en la decisión del nuevo presidente y factores políticos y psicológicos subyacentes que podrían tener desarrollos inquietantes en los próximos meses.
En primer lugar, la directiva presidencial no descarta de forma tajante el uso de “procedimientos especiales” de nuevo cuño para el tratamiento jurídico de algunos de los todavía 245 huéspedes de Guantánamo.
Sobre el asunto de los interrogatorios, algunos creen ver cierta ambivalencia. Es verdad que se establecen como referencia los manuales clásicos de las fuerzas armadas y se rechazan la presión física, la inducción de pánico, el sometimiento al aislamiento y otros métodos próximos a la tortura o claramente propios de ella. Pero el decreto presidencial deja la puerta abierta a “cambios de política”. Y, lo que algunos medios como LOS ANGELES TIMES han visto como más preocupante, se crea un grupo especial que deberá examinar esos manuales militares para “determinar si la CIA necesitaría orientaciones distintas o adicionales”.
Los que defienden la limpieza de las intenciones del nuevo gobierno aseguran que no hay por qué albergar sospechas y, en todo caso, señalan los factores que dificultaran una alternativa viable a los guantánamos.
En primer lugar, el riesgo de que, como consecuencia de las innumerables irregularidades cometidas, muchas de las acusaciones queden sin efecto, ahogadas en la nulidad del proceso. Eso podría provocar que algunos de los detenidos sobre los que pesan más que evidencias de responsabilidad de graves crímenes tuvieran que ser puestos en libertad. En este sentido, produce escalofríos a los asesores de Obama que el mismísimo Jaled Sheikh Mohamed, presunto cerebro del 11-S, pudiera verse exonerado por haber sido sometido al suplicio del waterboarding (“la bañera”), como otros “presos de gran valor”, por su relevancia en la cadena operativa binladista.
Otro factor que complicará la superación del problema es la difícil reubicación de los 245 de Guatánamo y de las decenas de detenidos más que andan repartidos por los miniguantánamos creados por los guerreros de la CIA, en forma de cárceles secretas, centros de detención flotantes y otras celdas ominosas. Algunas informaciones situaban a la mayoría de estos presos en dos cárceles militares de alta seguridad, en Kansas y Carolina del Sur. Pero podrían no ser suficientes; o, para los que sean sometidos a procesos civiles, se precisarían de prisiones ordinarias, ya en funcionamiento o por construir. Hasta ahora, representantes y senadores se han cuidado mucho de ofrecer sus estados respectivos para albergar a los presuntos culpables. Hay un temor extendido a que estos futuros penados sean imanes para acciones de represalia yihadista.
Tampoco ayuda la difícil expatriación de estos prisioneros irregulares. Por tres razones. Una, en sus países de origen no los quieren. Dos, no existen garantías de que reciban mejor trato que el sufrido; más bien al contrario: no en vano, los gobiernos árabes aliados de conveniencia de Estados Unidos han sido cómplices de la ilegítima política penitenciaria de la administración Bush y presentan terribles credenciales en materia de derechos humanos. Y tres, podrían resultar “filtrados”. Ya habría habido un caso: el del saudí Said Ali al-Shihri. Una vez abandonado Guantánamo y después de haber pasado por un programa de rehabilitación en Arabia, se habría convertido en jefe de Al Qaeda en Yemen, según fuentes de inteligencia citadas por el NEW YORK TIMES.
Y en Occidente, la importación de los guantánamos produce incomodidad e inquietud. Es cierto que algunos países europeos han aireado su disponibilidad de hacerse cargo de algunos para ganarse la simpatía de la nueva administración. Pero la mayoría ha aceptado con la boca muy pequeña y el corazón encogido. La reflexión previa sobre el asunto realizada por los ministros de exteriores de la UE no concluyó, como de esperar, con una posición común. El antecedente australiano prefigura complicaciones.
Por lo demás, si Obama ha resuelto el asunto Guantánamo y asociados, con las salvedades señaladas, en cambio ha aplazado el del centro de detención de Bagram, en Afganistán. Bagram huele incluso peor: los detenidos están sometidos a condiciones más duras y no tienen a acceso a sus abogados. El Presidente ha encargado al Fiscal General y al Ministro de Defensa que elaboren una solución alternativa en el plazo de seis meses. Pero ¿qué pasaría si se produce una ofensiva militar norteamericana en Afganistán, como parece más que probable? ¿Una nueva oleada de prisioneros taliban o jihadistas obligaría a Washington a revisar la revisión? ¿O a acelerarla?
Un juez de Columbia ha puesto un plazo mucho más corto –apenas un mes- para que la administración de respuesta a una petición de habeas corpus solicitada por cuatro detenidos en Bagram. Y el juez se basa precisamente en las intenciones contenidas en los decretos de Obama.
Además de ciertos jueces, numerosas asociaciones cívicas y medios progresistas, no parecen dispuestos a que los presos sin derechos se conviertan en zombis jurídicos, cuyos derechos legales estén formal o aparentemente vivos pero, en la práctica, se encuentren privados de vida real.

LA CARROZA Y LA CALABAZA

23 de enero de 2009

Después de la sobredosis de escenografía y los excesos mediáticos, llega la hora de la verdad para el Presidente Obama.

Quizás la clave de lo que anida ahora en el imaginario colectivo del ciudadano global se puede resumir en este anhelo: cómo debe hacer el Presidente Obama para responder a las esperanzas y evitar las decepciones.

La herencia es tan abrumadora, el contexto es tan negativo y la sensación de deterioro de la función pública esta tan extendida que Estados Unidos y buena parte del mundo se mueven entre los anhelos de cambio y el temor al fracaso, además sin alternativa.

Hay cierta irresponsabilidad en sobrecargar las expectativas. Parte debe atribuirse a unos medios erráticos, secuestrados por el espíritu del show-business y lastrados por el deterioro de la profesión. Con alivio, se ha podido leer estos días una confesión de parte en Los Angeles Times –por cierto, uno de los innumerables periódicos norteamericanos en la UVI.

“Debemos extraer las enseñanzas de nuestra historia reciente, en la que se ha visto cómo el apoyo de todo un pueblo a su presidente ha enterrado el más mínimo espíritu crítico, condición sin embargo necesaria para obligar a los políticos a rendir cuentas de sus actos”.

Se refiere LAT al ardor patriótico que los druidas de Bush construyeron después del fatídico 11 de septiembre y todas las perversiones que se derivaron de aquello. Que no ocurra ahora lo mismo, aunque por razones diferentes, clama el diario.

La fascinación por Obama responde más a consideraciones emocionales que a fundamentos racionales. Sin restar trascendencia histórica al acontecimiento, un conjunto de exigencias distorsiona el significado del momento político.

El fenómeno de la Obamanía no es, sin embargo, puro artificio. No creo que este político con imagen de buen chico sea producto de laboratorio o un líder con pies de barro. Lo relevante de su significado histórico es que ha sabido acompasar la originalidad relativa de su discurso con la necesidad objetiva, y lo ha hecho antes que muchos de sus rivales. Su intuición política se ha demostrado superior. Y en el mundo actual, la intuición marca la diferencia.

Un rasgo común de muchos de los comentarios de estos días es la combinación entre la excitación por algo nuevo -que además lo parece- y la ansiedad por el temor a que la carroza se convierta en calabaza. Hay demasiada tendencia en estos tiempos a construir historias, cuentos, fábulas sobre las respuestas políticas a los problemas colectivos. El personismo dominante necesita héroes. Aunque la realidad subyacente se complazca en destruirlos.

Obama es, en parte, producto (¿será victima?) de ese personismo. Un hombre pasa salvarnos de la crisis. Un hombre para redimir a un nación que ha comprobado como descansa sobre un sistema envenenado. Un hombre para enderezar el rumbo que no extravió una fuerza de la naturaleza sino un endemoniado proyecto de laboratorio. Todos los símbolos de una nación todavía joven han sido puestos estos días en estado de máxima excitación para multiplicar el efecto grandilocuente.

El estado de gracia no se ha agotado con el clímax de la toma de posesión de Obama. Ahora estamos asistiendo al fragor de las primeras medidas. Me atrevería a insinuar incluso que el balance de los emblemáticos primeros cien días ya esta diseñado en los despachos de la Casa Blanca, salvo sobresaltos no evitables.

No hay tiempo, ahora, para leer la letra pequeña o para escuchar a los que hablan en voz baja por temer a ser inoportunos. No es momento de aguafiestas.

Y sin embargo, es una exigencia intelectual proclamar que los excesos son negativos y son sospechosos. Que la decepción Obama, de confirmarse, no será sólo producto de conspiraciones o enemigos emboscados en pasillos, tejados y cloacas del sistema.

Debemos esperar un presidente mejor, más preparado, más amable, más dialogante, más racional, más inteligente. También más ambiguo. No ha ganado las elecciones un idealista. Curiosamente, Obama no ha dicho explícitamente que lo sea, pero sus discursos están construidos sobre esa presunción. Es lugar común en sus proclamas arremeter contra los cínicos. De un lado y de otro. Pero su praxis, su estilo político se alimenta de un pragmatismo cultivado en ese cinismo que el ejercicio de la política irremediablemente produce, sobre todo a partir de determinadas alturas.

Por todo ello, los que defendían con más pasión el triunfo de Obama hace un año sienten ahora más desasosiego que los que mantenían un actitud escéptica ante su discurso.

En todo caso, los primeros pasos de Obama suenan a tercera vía blairista: no más o menos Estado, sino mejor Estado, vigilancia pública discreta para prevenir derivas del mercado, ayuda pública no por caridad, sino como vía más segura para el bien común (una combinación de fabianismo y pragmatismo).

En el terreno de la libertades, doctrinal liberal clásica norteamericana: rechazo de la “falsa opción entre seguridad e ideales” . Con Guantánamo, se opta, de momento, por la suspensión cautelar, como se esperaba. Pero se anuncia que en un año ese monumento a la vergüenza será clausurado y los odiosos métodos de detención, tutela e interrogación de detenidos. asimilables a los de las dictaduras, serán abolidos. En renovación de la política, compromisos concretos de medidas éticas de transparencia y control.

En política exterior, recuperación del multilaterismo, pero versión Washington. Es decir, se proclama que se cuenta con todos, pero sobre la base de la visión norteamericana del mundo. Y una dosis de músculo dirigida a los enemigos recalcitrantes: “os derrotaremos”. Las primeras llamadas telefónicas al exterior le entretuvieron más en Oriente Medio. Israel le ha “regalado” a Obama una pausa en la masacre de Gaza. Pero no nos equivoquemos: los cien días coinciden con la recta final de la campaña electoral israelí. Es hora de recoger dividendos, después de las apuestas bélicas. Irak tendrá una “solución profesional”: los militares dirán cómo resolver el dilema de la retirada.

De esto y de lo demás, hablaremos en las semanas siguientes.

ESPERANDO A OBAMA

16 de enero de 2009

A sólo unos días de tomar posesión, Barack Obama ha multiplicado apariciones en los medios para anticipar el enfoque inicial que dará a su gobierno, sobre todo para afrontar la crisis económica. En paralelo, se han vertido en cascada consejos, recomendaciones y, por qué no, presiones sobre lo que, desde cada punto de vista, debería hacer para responder a los desafíos que tiene por delante.

Obama permanece fiel a si mismo. O al menos fiel a lo que se ha revelado como seguro de éxito hasta el momento: un discurso muy bien articulado, una ambigüedad hábilmente presentada como prudencia y una ambición en los fines atemperada por la moderación del discurso y las estrategias.

Los analistas más progresistas no ocultan su desasosiego por ciertas evasivas de Obama. O, peor aún, por cautelas que presagian cierta aprensión en el giro que debe dar para garantizar la profundidad del cambio. El flamante premio Nobel de Economía, Paul Krugman, que respaldó con entusiasmo su elección, le ha prevenido con insistencia desde el NEW YORK TIMES del peligro de “quedarse corto”. Le aconseja con pasión que se olvide de los recortes de impuestos, incluso a la clase media, y apuesta claramente por un keynesianismo sin complejos ni ambigüedades: gasto público, promoción de los servicios sociales, etc.

La evocación de Roosevelt está a la orden del día estos días en Estados Unidos. El propio Obama ha reconocido que está estudiando con detenimiento los discursos del presidente que consiguió sacar al país de la Gran Depresión de los años treinta.

Pero los tiempos son otros, y otros son los temperamentos políticos. Domina la sensación de que Obama evitará riesgos y, como él mismo dice, tratará siempre que pueda de hacer la síntesis de todos estos consejos, a veces contradictorios y hasta opuestos. Es evidente que apostará por una economía de fomento de la demanda, que enterrará las recetas neoliberales y buscará un impulso desde el sector público. Pero con particular atención a que no dispare el déficit que Bush ya ha dejado desbocado, con tres recortes fiscales y un incremento alarmante del gasto militar.

En síntesis, puede decirse que Obama va a moverse según estos principios:

- búsqueda del consenso interpartidario, siempre que pueda, moviéndose entre “ambos lados del pasillo legislativo”, en el lenguaje del Capitolio.

- toma constante de temperatura de los agentes económicos y sociales para evitar alarmas, preocupaciones o rechazos que dificulten la legitimidad de las medidas.

- pragmatismo en la ejecución de los planes.

En política exterior, el nuevo presidente tendrá que atender varios frentes del amplio “arco de la crisis” que cubre el mundo arabo-islámico. El relativo apacigüamiento iraquí apenas aliviará la renovada presión en Palestina, el dossier siempre pendiente de la nuclearización de Irán y el avispero del Asia meridional.
Su para muchos decepcionante performance ante la campaña bélica israelí en Gaza no debería haber sorprendido, si nos atenemos a sus propias declaraciones públicas o a la composición de su equipo diplomático.

Hillary Clinton estuvo brillante en su comparecencia ante el Comité del Senado que confirmó su nombramiento como Secretaria de Estado. Se esforzó por moderar su conocido talante pro-israelí, pero sin avanzar compromisos. Algún diario especula con la posibilidad de que Hillary ponga en escena a algún diplomático no “gastado” durante el mandato de su marido. Pero los nombres que hasta ahora han emergido son veteranos de aquellos años. Nunca como entonces se estuvo cerca de un acuerdo de paz, pero se acabó como siempre: en la frustración de la diplomacia norteamericana y en la recriminaciones mutuas entre israelíes y palestinos. THE GUARDIAN asegura que Obama estaría dispuesto a negociar de forma indirecta (casi clandestina) con Hamas, y cita a un diplomático próximo a los Bush como posible encargado de la misión.

El escenario afgano-pakistaní se presenta también confuso y lleno de interrogantes. Obama ha enviado a su vicepresidente, Joe Biden, a Islamabad, con toda probabilidad para que explique los parámetros de su estrategia ante aquel conflicto. Pero seguramente también a recibir información de primera mano sobre la actitud de los dirigentes pakistaníes; en particular, del nuevo jefe de los servicios de inteligencia militar, clave para cualquier política a implementar.

Los indios han elevado el umbral de la presión al hacer públicas supuestas evidencias sobre la involucración de los servicios secretos pakistaníes en los atentados de Bombay. LE MONDE ofrecía un resumen inquietante. Es de esperar que India atienda las peticiones de retención y prudencia que Obama, en la misma línea que la administración saliente, solicitará. Pero Nueva Delhi exigirá garantías en un sentido doble: que se acabe con cualquier forma de complicidad y que se castigue a la madeja de responsables.

El NEW YORK TIMES publicó el domingo pasado dos imprescindibles artículos de su corresponsal senior, David Sanger: uno dedicado a la sedicente incertidumbre acerca del control del armamento nuclear en Pakistán, y otro sobre lo que se sabe -y lo que se supone- del programa atómico iraní. La conclusión más importante es que los servicios de inteligencia norteamericanas trabajan mucho más en las sombras que en el conocimiento sólido de lo que ocurre.

Estas dudas sobre la fiabilidad de la información otorga sentido a una de las polémicas más agudas en la conformación del equipo de gobierno de Obama. La selección del Leon Panetta como director de la CIA ha sido muy criticada, sobre todo desde las propias filas demócratas. Panetta fue jefe de gabinete de Clinton. Su habilidad política y su competencia como gestor de crisis no están en discusión. Pero se reprocha al presidente en ciernes que haya elegido a una persona inexperta en asuntos de inteligencia. Después de varios días de debate, el asunto ha quedado solventado en gran parte por el talante conciliador de Obama y su habilidad para desactivar las críticas.

Ocurre también que el presidente electo está por estrenar, está entero. Hasta el propio Bush, en parte por exigencias del guión, le regala elogios. Pero le hará falta mucho más que el indudable capital político acumulado y la enorme esperanza dentro y fuera de Estados Unidos para dar respuestas ciertas, justas y creíbles a un mundo que está mucho peor que la última vez que un demócrata se sentara en el Despacho oval.