HOLLANDE, ENTRE LA ESPERANZA Y LOS LÍMITES


14 DE MAYO DE 2012


La elección de François Hollande como Presidente de la República Francesa ha generado un viento de esperanza no sólo en el país vecino, sino entre los sectores progresistas de toda la Unión Europea. Aunque casi todo el mundo es consciente de que la amplitud y gravedad de la crisis no permite soluciones mágicas y mucho menos inmediatas, se confía en un cambio de tendencia, o al menos en un reequilibrio de la políticas, hasta ahora desafortunadas y estériles.
                Para calibrar la solvencia de estas expectativas, conviene analizar sobre todo tres factores estratégicos: la naturaleza y orientación de las propuestas de Hollande y su equipo, las realidades incontrovertibles de la economía, de la sociedad y la política francesas y la actitud del entorno europeo e internacional.

                HOLLANDE: SINTESÍS Y PRAGMATISMO           
   
No hay que esperar de Hollande un giro radical, en un doble sentido: combatividad exterior y ruptura drástica con la austeridad. Sus recetas, al menos por lo que ha defendido antes y durante la campaña, consisten en un reequilibrio. “Quiero ser un continuador y un renovador”, ha dicho recientemente. No es la cuadratura del círculo ni un mensaje puramente electoralista, para contentar a prudentes y esperanzados. Es el instinto del nuevo presidente francés. Su gusto por la ´síntesis’, como asegura Françoise Fressoz, analista de LE MONDE. (1)
Hollande fue secretario general del PSF durante casi una década. Su ambición fue cicatrizar y unificar el partido sobre líneas comunes. Evitó todo lo que pudo ahondar las fracturas, que lo habían debilitado increíblemente. Lo consiguió sólo a medias. Pero nunca abjuró de su estrategia. Finalmente, le ha dado resultado. O al menos eso pretende demostrar con la primera victoria presidencial socialista después de dos décadas de ostracismo. Obviamente, se puede replicar que el triunfo socialista se debe tanto a méritos del candidato como a la erosión del sarkozismo.
El instinto de consenso llevará a Hollande a evitar las confrontaciones. Dentro y fuera. En una inteligente conversación con Edgar Morin durante la campaña, el entonces candidato socialista dejó claro que “la izquierda debe portar grandes esperanzas, pero no puede limitarse a grandes momentos”. Debe permanecer. Debe iniciar una transformación a largo plazo. Y, para ello, debe asegurarse el gobierno por un periodo prolongado. Se acabó esa visión de los periodos de izquierda como breves paréntesis en el proyecto continuado de los conservadores.
Para eso eligieron los socialistas a Hollande en las primarias. Para conquistar el poder, pero también para durar en el poder. No un quinquenato. O dos. Más tiempo. La primera opción fue Dominique Strauss-Khan. Con el polémico compañero, ahora parece que definitivamente en desgracia, Hollande compartía la visión de un 'socialismo de la producción'. Una forma más elegante de referirse al 'social-liberalismo', a una versión 'blanda' de la socialdemocracia.
Hollande quiere que la izquierda haga posible que "la democracia sea más fuerte que los mercados, que la política recupere el control de las finanzas y gobierne la mundialización". Pero eso no es incompatible con intentar que "el mercado sea eficaz y competitivo". Por esa razón, no se trata de apartarse radicalmente la austeridad. Como el término quema, o mancha, Hollande usa otro más neutro: " sobriedad". Que es garantía y no obstáculo a la prosperidad.
                El nuevo presidente aspira a superar los excesos de la austeridad, pero no para adentrarse en otro de distinto signo. "El papel del político es luchar contra los excesos, los riesgos, las amenazas, y reducir las incertidumbres", asegura. Por eso, tampoco quiere ser un keynessiano a ultranza. Con independencia de que pudiera o no. Ha sido muy insistente en eso. No sólo en su discurso económico y social. También en el proyecto político. Ahí radica su idea de "presidencia normal". Ha combatido la 'sobreexposición' de Sarkozy, su hiper-presidencia. Asegura que gobernará con todos, con los otros actores políticos, y concebirá la jefatura del Estado como garantía de la búsqueda de consenso.
                Muy redondo el discurso, pero difícil seguramente de aplicar en las condiciones actuales. La polarización de la sociedad francesa es más amplia de lo que le gustaría admitir a Hollande. Y eso enlaza con el segundo factor a analizar: las realidades socio-económicas y políticas de Francia, que explican la fractura nacional.

                UNA ECONOMÍA FRAGIL, UNA SOCIEDAD FRACTURADA.

                La economía francesa es la quinta del mundo. No es una baza pequeña para afrontar la crisis por otro camino al escogido hasta ahora. Pero algunos datos son inquietantes.
                Francia soporta uno de los mayores índices de déficit público de la zona euro en relación con el PIB (5,2%). La izquierda sostiene, con mucha solvencia, que el déficit, ni es causa de la crisis, ni debe ser obstáculo para superarla. Pero el hecho es que Hollande se ha comprometido a rebajarlo al 3% a finales de 2013, lo que se antoja muy comprometido.
                El FMI pronostica que las promesas electorales de Hollande (la creación de empleo público en el sector educativo, la recuperación de servicios ligados a la atención social, el adelanto en dos años de la edad de jubilación, etc.) podría situar el déficit en el 3,9%. Aún en el supuesto de que esa institución acierte -lo cual es mucho suponer-, los umbrales de la austeridad podrían ser revisados, si se incorpore la perspectiva del crecimiento en un renovado Pacto Europeo para afrontar la crisis.
                Hollande tiene un desafío interno de la mayor trascendencia: construir un consenso social y nacional, que está ahora hecho pedazos. En las propuestas programáticas del nuevo presidente hay cierta ambigüedad sobre cómo va a diseñar el pacto social que necesita para afrontar la negociar con Berlín y las instancias anexas de poder en Europa. Cuenta con la comprensión de los sindicatos, pero a la hora de negociar a buen seguro emergerán los problemas y contradicciones.
                Desde Alemania se le va a reclamar un esfuerzo para flexibilizar el mercado laboral, como ya le ocurrió a Sarkozy. Con la diferencia de que el anterior presidente no tenía que afrontar una 'ruptura de familia'. Como recordaba recientemente THE ECONOMIST, incluso los ortodoxos que creen ahora necesario un alivio en las políticas de austeridad, como la plana mayor mundial del BANCO MUNDIAL, "han advertido que los costes labores en Francia se han elevado demasiado, si se tiene en cuenta el número de horas relativamente bajo que trabaja la gente". Esta situación no es sostenible y, en la lógica neoliberal, coloca al país en posición desventajosa con respecto a los países de Asia y Europa oriental.
                ¿Podrá Hollande sumar a los líderes sindicales a esa incierta ecuación que combinaría austeridad y crecimiento? No está garantizado, ni mucho menos. La experiencia dice que la proximidad política, e incluso la fraternidad ideológica no exime de conflictividad social. 

                EL DESAFÍO EUROPEO

                Consiga o no ese gran acuerdo social y nacional, lo que está claro es que, aún en el mejor de los casos, no será suficiente. Hollande deberá asegurarse una posición sólida en Europa. Debe exhibir mucha sabiduría política y mucha habilidad táctica para combinar la presión con la convicción. La fragilidad de la situación en el sur de Europa no le es ajena. En la situación socio-económica y financiera de Francia se pueden encontrar síntomas propios de la llamada 'debilidad mediterránea'. No son pocos los analistas que, para enfriar el ánimo progresista, se han dedicado estos días a resaltar el riesgo de una deriva de Francia: desde el núcleo duro en el que ilusoriamente proclamó Sarkozy que estaba anclado el país, hasta los márgenes escurridizos en que se esfuerzan en sobrevivir los vecinos del sur.
                Lo paradójico es que esta debilidad puede convertirse en fortaleza negociadora, si se combina con el crédito político que Hollande acaba de conseguir. Su éxito electoral le proporciona respaldo y tiempo, algo que, a pesar de las apariencias, no tiene de sobra la canciller Merkel. La reciente derrota de su partido en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado de Alemania, supone un serio aviso, aunque no pueda extrapolarse el resultado a nivel federal. En un año -si no hay sobresaltos antes- ella tendrá que someterse a las urnas. Aunque las encuestas le son favorables todavía, las perspectivas electorales de la jefa del gobierno germano son inciertas. El dilema de la nueva 'dama de hierro' se expresa en los siguientes términos: si afloja y percibe que se ha cedido en favor de los indisciplinados mediterráneo, su electorado puede volverle la espalda; si mantiene la presión y se niega a revisar el pacto fiscal de austeridad, el equilibrio europeo puede explosionar y provocar el colapso general.
                En cualquiera de los dos caminos hay horizontes de catástrofe. Esa es la gran baza diplomática de Hollande. No sólo es Francia, la nueva Francia, aliada de otros países, con o sin gobiernos conservadores, los interesados en una flexibilización de las políticas actuales. Alemania también corre riesgos inaceptables. La pretensión de convertir una Alemania europea en una Europa alemana es suicida, cuando menos. Una apuesta en exceso ambiciosa puede resultar suicida. No se puede gobernar desde Berlín -o desde sus epígonos tecnoburocráticos en Frankfurt y Bruselas- contra todos, o con el malestar del resto. Los mensajes de Monti, de Durao Barroso (a los que se unirá pronto Rajoy, sin duda) no suponen una conversión keynesiana, una rectificación de fondo, una autocrítica profunda. Responden a un instituto de supervivencia que Hollande, fiel a su pedigree político, puede explotar para conseguir una posición más razonable del socio alemán.
               
(1) Para saber un poco más del pensamiento y la praxis del flamante Presidente Hollande, se recomienda dos libros:
·         Devoirs de vérité. Edwy Plenel. Stock. Paris, 2006.
·         Droit d’inventaires. François Hollande y Pierre Favier. Seuil, 2009.

GRECIA Y EUROPA: LA PRIMAVERA CONVULSA


10 de mayo de 2012

                De la respuesta electoral griega a la brutal cura de austeridad impuesta desde los centros de poder tecnoburocrático y financiero europeos se ha dicho casi todo. Lo ha sintetizado muy bien María Margaronis para THE GUARDIAN Y THE NATION: el pueblo griego ha demostrado una actitud entre "desafiante y desesperada". 

                NUEVA DEMOCRACIA Y PASOK -los partidos del sistema- suman 149 escaños, 27 menos de los que necesitan para la mayoría en el Parlamento. La coalición de izquierdas Syriza -finalmente segunda por delante de los socialistas-  no ha querido renunciar a sus posiciones críticas y ha reprochado a los dos partidos tradicionales de gobierno que no se atreven a "rechazar las políticas de rigor". Como el líder del PASOK tampoco encontrará la fórmula mágica,  la gobernabilidad se jugará con casi toda seguridad en otros comicios inmediatos, a celebrar el próximo mes, seguramente el mismo día que se celebre la segunda vuelta de las legislativas francesas (17-J). 

                 No está claro que el riesgo del abismo produzca una ligera rectificación que permita una coalición conservadora-socialista. Esa mayoría se jugará sobre el filo de la navaja. Si las presiones sobre Grecia aumentan, con el objetivo de acobardar a los ciudadanos helenos, la fracción de electores más irritada con la situación podría reforzarse. Y aunque los dos grandes partidos obtuvieran los escaños suficientes para consagrar su matrimonio de conveniencia, el clima social seguiría degradándose. El derrumbe podría producirse en agosto, si las instituciones que deben decidir sobre el próximo paquete de rescate pronuncian un veredicto negativo. De momento, se anuncia un adelanto de dinero para liberar presión.

                La sombra parda que asoma por detrás de las ruinas de la democracia griega es inquietante, no en sí misma, sino por lo que tiene de síntoma de envalentonamiento de las opciones más indeseables y desesperadas. El progreso de la izquierda crítica, por saludable que sea, puede verse desbordado por esa otra marea infame que no tiene empacho alguno en rescatar lo más odioso de la historia europea. AURORA DORADA constituye un fenómeno mucho más preocupante y peligroso que el Frente Nacional, aunque ambas expresiones políticas beban de la misma turbiedad.

                El lunes, en los pasillos de Bruselas y en muchos gabinetes, no se hablaba tanto de la victoria de Hollande, cuanto de la deriva griega. Algunos analistas, jugando quizás de forma irresponsable, por hacer el juego a quienes utilizan el chantaje sobre Atenas, proclaman sin disimulo que una quiebra de Grecia provocaría tal nerviosismo e inestabilidad que no podría evitarse el efecto dominó sobre Italia y España.  El hundimiento del 'frente mediterráneo' dejaría seriamente expuesta a Francia -y en consecuencia, a Alemania- y provocaría el colapso.

                ALEMANIA, ATRINCHERADA

                El domingo, hay elecciones regionales en Renania-Westfalia, el principal länder alemán. El aviso del fin de semana en el pequeño Slechswig-Holstein anticipa tiempos inciertos para Ángela Merkel. A sus electores no les gusta que la canciller juegue a la conciliación. Por eso, es más que probable que en Berlín el plan B ya haya pasado a ser plan A; es decir, que la salida griega del euro se contemple como deseable o como mal menos, frente a la insistencia en lograr la continuación del tratamiento de choque actual. Eso al menos los sostienen varios expertos consultados por los corresponsales económicos del NEW YORK TIMES en Alemania. 

                La clase política alemana y la élite burocrático-financiera se atrincheran ante las embestidas anunciadas de este primavera convulsa, con un ojo en las pretensiones de Hollande y otro en la descomposición griega. El ministro de Finanzas y hombre fuerte del Gabinete, el incombustible Wolfgang Schäuble, dijo el pasado viernes que "la pertenencia a Europa no es obligatoria, es voluntaria, y que los griegos debían elegir". Un aviso imperturbable sobre la tentación helena de confirmar en junio la rebelión del 6 de mayo.

                En realidad, esta aparente frialdad alemana sobre un eventual naufragio griego puede tratarse de un farol más. Varios analistas alemanes, vinculados o no con el mundo financiero, consideran que el descuelgue de Grecia tendría, inevitablemente, repercusiones políticas muy serias. Y ni siquiera serviría para aliviar la presión sobre Italia y España (en consecuencia, para Francia y la propia Alemania, también). Todo el proyecto político de Europa se tambalearía. 

                Por eso, se habla también de un plan C como opción mixta: ni la presión sostenida, ni la salida griega del euro. Consistiría en una renegociación de las condiciones de austeridad. Una especie de intervención masiva, para garantizar desde Bruselas y Frankfurt el sostenimiento de los servicios básicos mediante entrega de dinero con cuentagotas. 

                La intransigencia alemana no es sólo ideológica o psicológica, por temor a un descontrol generalizado de la crisis de la deuda. Es interesada. Muy interesada. No se trata de que Europa hable alemán. Se trata de que permita a Alemania seguir blindando su relativa prosperidad actual, basada en dos pilares fundamentales interrelacionados: la fortaleza de su sector industrial exportador y un mercado laboral precarizado, abaratado y puesto al servicio de una competitividad sin piedad.

                LA COMPLICADA MISIÓN DE HOLLANDE

                En estos escenarios -desagradables todos ellos-, se perfila el intento constructivo de Hollande por forzar una orientación no fundamentalista de las políticas europeas.  Su propósito de incorporar un pacto de crecimiento que vaya más allá del nominalismo 'merkeliano' tropieza con dificultades sin cuento. En este sentido, la prensa anglosajona ha tratado estos últimos días de enfriar el entusiasmo relativo de la izquierda por el triunfo socialista en Francia proyectando diagnósticos más bien pesimistas sobre la salud de la economía francesa. Algunas de las cuales vienen de lejos, y otras se han generado por los errores del mandato 'sarkoziano'. 

                Francia soporta el mayor déficit de la zona euro en relación con el PIB (5,2%), lo que hace muy difícil que puede ser rebajado al 3% a finales de 2013, como se ha comprometido el próximo presidente en la campaña electoral. Es más, el FMI pronostica que las promesas electorales de Hollande (la creación de empleo público en el sector educativo, la recuperación de servicios ligados a la atención social, el adelanto en dos años de la edad de jubilación, etc.) podría situar el déficit en el 3,9%, según informa THE ECONOMIST.

                Frente a estos augurios, Hollande tendrá que demostrar que no ha vendido humo, ni esperanza, ni buenos deseos exclusivamente. Que la luz que se ha encendido en París puede iluminar el camino de salida de la crisis.

HOLLANDE, CONTRA LA FATALIDAD

7 de Mayo de 2012


                Hollande ya es presidente electo de la República Francesa. No hubo sorpresas: el candidato socialista ha ganado a Sarkozy por tres puntos holgados (51,7-48,3), un margen inferior al que obtuvo Sarkozy sobre Royal en 2007. Votaron ocho de cada diez franceses, algo menos que hace cinco años. Para la gran mayoría de los progresistas europeos, la elección del candidato socialista representa una oportunidad después de varios años de frustración.

                Del primer discurso tras su victoria merecen destacarse estas dos frases: “Estoy orgulloso de haber devuelto la esperanza” y “la austeridad no debe ser una fatalidad en Europa”. Es justo lo que quería escuchar la inmensa mayoría que considera enormemente injustas y mezquinas las políticas ahora en vigor. Hollande ha acertado con el mensaje. Ahora debe poner todo el empeño en hacerlas realidad.

                No será fácil. La clase dirigente europea aguarda al nuevo presidente francés con una mezcla de recelo y expectación. La apuesta por el crecimiento, con la que Hollande se ha comprometido frente a la obstinación suicida por una austeridad sin recorrido, cobra una dimensión nueva si se defiende, no desde cualquier lugar, sino desde París. El presidente francés saliente, Nicolás Sarkozy,  o lo comprendió demasiado tarde, o simplemente creyó que sin adoptar esa divisa no podía ganar.

                A Françoise Hollande le esperan todo tipo de obstáculos. La canciller alemana, la tecno-burocracia de Bruselas y la élite financiera podrán mostrarse aparentemente flexible con el recién llegado, no tanto porque hayan iniciado un ejercicio de autocrítica, sino porque querrán evitar una polémica que dificulte su estrategia frente a la crisis. Le brindarán un discurso conciliador para, es de temer, apretar a la hora de hacer concesiones realmente significativas sobre los ajustes, los préstamos, la promoción de políticas activas de empleo y otras herramientas que dibujen un horizonte diferente.

                Justicia y Juventud serán sus dos prioridades, aseguró Hollande en su discurso de victoria. Una síntesis esencial, que toca el núcleo de la crisis de civilización y valores, mucho más profunda que la económica o social. Justicia implica volver a redistribuir la riqueza y reequilibrar la carga fiscal. A la juventud se la promete más recursos en formación para reforzar las oportunidades de acceder el empleo.

Pero además, el próximo Presidente de Francia quiere sumar a la trinidad de principios fundacionales de la República (libertad, igualdad y fraternidad) otros dos: legalidad y laicidad. Un binomio más sutil, abierto a varias interpretaciones. La legalidad, como respuesta a los favoritismos, excesos y trampas del periodo sarkoziano. La laicidad, en tanto espíritu de concordia, frente a la intolerancia, para superar las contradicciones culturales o religiosas.

Hollande acertó en su mensaje inicial. Merece confianza, por supuesto, aunque es difícil despejar las dudas sobre la capacidad que tendrá de honrar sus compromisos. Le hará falta algo más que su personalidad pragmática y su voluntad inquebrantable de ‘reussir’, de triunfar. Estas elecciones tendrán una ‘tercera vuelta’ con las legislativas de junio. La izquierda necesita una mayoría contundente para afianzar la primacía de la política sobre los chantajes las finanzas especulativas. La incógnita: el resultado del Frente Nacional.

LA DESPEDIDA DE SARKOZY       

Nicolás Sarkozy compareció ante sus entregados seguidores con una declaración solemne de dignidad. El presidente saliente asumió enseguida su total responsabilidad por la derrota. Sus palabras –a la vez grandilocuentes y emocionales- juguetearon con la idea de retirarse de la política, sin mencionarlo expresamente. “Me dispongo a volver a ser un francés más entre todos los franceses”. Pero a continuación aseguró –entre aclamaciones- que seguirá defendiendo los valores de Francia, “desde otro lugar”.

Sarkozy defendió su mandato, sus diez años en la cúspide de la política francesa: como ministro, primero; como Presidente, después. No resistió la tentación de denostar a quienes le han criticado o han ofrecido una valoración distorsionada de su gestión “al servicio de la Nación”. Una despedida –temporal o definitiva, eso se verá- en la que pudo detectarse cierto resentimiento sobre el presente más cercano, una ambigüedad sobre el futuro y nula autocrítica por sus acciones públicas.

ESTRAMBOTE GRIEGO

En todo caso, sigue confirmándose que la crisis económica y social pasa facturas a los que gobiernan.  En Francia, desde luego, y por supuesto también en Grecia, donde los socialistas del PASOK, diluidos en el gobierno técnico de coalición, han sido reducidos al 15% en las elecciones legislativas del domingo, lo que les convierte en los principales perdedores. Los conservadores de Nueva Democracia pasan a ser la primera fuerza política, pero con penas el 22% de los votos. Los dos grandes partidos tendrán que gobernar juntos. Pero, en el caso de que lo consigan, será una ‘pequeña coalición’: han perdido cuarenta puntos (del 77% a sólo 37%). Frenar a los extremos del  espectro político se antoja difícil. La extrema izquierda cuadriplica sus resultados y se coloca apenas unas décimas por debajo de los socialistas. Los neonazis tendrán una veintena de diputados en el Parlamento. Grecia quizás sea uno de los países europeos que más confían en que las nuevas luces del Eliseo favorezcan un clima menos agobiante. Hoy por hoy, la cuna de la democracia occidental se ha  convertido en un cementerio político.








FRANCIA: ELECCIONES Y MEDIOS, PODER Y CIRCO

3 de mayo de 2012

El papel de los medios ha sido ampliamente debatido en la campaña de las elecciones presidenciales francesas.  La polarización ha resultado mucho más acentuada que en elecciones precedentes, lo que no ha pasado desapercibido a los analistas más atentos.

¿SARKOZY COMO VICTIMA?

THE ECONOMIST –quizás el medio no francés que ha apoyado más explícitamente la continuidad en el Eliseo- habla de ‘sarkofobia’. Se apoya en algunos trabajos de la prensa conservadora para afirmar que nunca un candidato había soportado una campaña mediática tan negativa.  El seminario británico liberal extrapola un dato sobre las elecciones profesionales en la Televisión pública (que otorgó más de un tercio de representantes a la central sindical de orientación comunista CGT) para afirmar que los periodistas franceses ‘tienden a ser de izquierdas’.  Algo bastante extendido en Europa, podríamos decir. Los periodistas tal vez son de izquierdas; los dueños de los medios, todo lo contrario.

Es curiosa esta percepción del sesgo mediático en contra de Sarkozy olvida el férreo control que el presidente saliente ha intentado ejercer en los medios públicos.  Como en España, la derecha neutraliza a la radiotelevisión pública y la pone firmemente bajo su control, pero en realidad reserva sus favores y preferencia a los medios privados. Las privilegiadas relaciones de Sarkozy con los grandes colosos mediáticos franceses como Bouygues, Lagardère o Dassault le ha permitido un apoyo bastante claro del primer canal de televisión generalista (TF-1) y su filial de noticias en continuo (LCI), de una de las cadenas de radio con más influencia política (Europe-1), de la revista de mayor circulación (Paris-Match) y del diario conservador de más tradicional (Le Figaro).

LA PARADÓJICA DEBILIDAD DE LOS MEDIOS

Más interesante sobre el comportamiento mediático en la campaña resulta la entrevista en LE MONDE con el sociólogo Jean-Louis Missika. Su diagnóstico es que “los medios se han mostrado más débiles y menos prescriptores” durante la (larga) campaña presidencial. Es particularmente interesante su análisis de la cobertura mediática del principal de los eventos políticos clásicos (las elecciones). Missika considera –con razón- que los periodistas carecen de fuerza para imponer una agenda informativa de las elecciones, porque, entre otras cosas, la complejidad y carestía de la cobertura ha hecho que los estados mayores de los candidatos ‘privaticen’ la imagen de sus patrones; es decir, que “produzcan sus propias imágenes. Una imagen limpia, estándar, significativa y controlada”. 

Este juego mediático está cargado de  trampas fatales para el ejercicio de la profesión. El acceso al patio trasero, oculto para el gran público, tiene su morbo, pero comporta contrapartidas. El periodista necesita sorprender cada día. Olvida lo esencial y se concentra en lo llamativo. Juega a crear la imagen de los candidatos, cuando en realidad, se limita a transmitir el producto de laboratorio que efectúan sus equipos de campaña.

Naturalmente, hay excepciones e imprevistos. O mejor dicho, hay productos que resultan y otros que no. El de Sarkozy, en esta ocasión, contrariamente a 2007, no ha sido favorable.  Missika cree que se debe a la propia personalidad del presidente saliente, “quien ha hecho de la imprevisibilidad una estrategia”.

¿Error de Sarkozy o cansancio de la sociedad francesa, batida por el desencanto de la crisis? Un poco de todo. Sarkozy se impuso a Segolène Royal hace cinco años en el terreno de la imagen, de la exposición pública. Entonces, era un aspirante. Y jugaba con la simpatía de quien se enfrenta a una élite que nunca lo aceptó y que ahora se regocija con su anunciada caída en desgracia, su liquidación política. Frente a su elaborado perfil de hombre hecho a sí mismo, hijos de inmigrantes húngaros, ‘outsider’ en la política, ajeno al pedigrí de los ‘enarcas’ (la Escuela Nacional de Administración, vivero de la clase política dirigente francesas durante décadas), la candidata socialista de entonces proyectó una imagen rígida, distante, poco empática con su propia base social, como atenazada por la pretensión de parecer apropiada para el puesto, agobiada por la responsabilidad en ciernes.

                Ahora es bien distinto. Sarkozy  sigue presentándose como un hombre sencillo que habla directamente al pueblo, sin mediaciones ni compromisos externos (las élites, si se trata de sus rivales conservadores; los sindicatos, en el caso de su adversario socialista).  Pero ya no llega de fuera: es el Presidente. Ha ejercido el poder y se ha servido de él a conciencia. No puede explotar su ‘virginidad’, su ‘limpieza’ (los casos de corrupción lo han sepultado en las encuestas de valoración), su credibilidad se ha convertido en oportunismo (demasiados cambios de opinión en apenas días o semanas).

                LA (PEN)ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

El debate del jueves por la noche era una de las pocas ocasiones que le quedaban a Sarkozy  para provocar ese shock que podría invertir la tendencia y forzar una ‘foto-finish’ el domingo. En realidad, los debates casi nunca desestabilizan una situación política. Entretienen más que clarifican. Contribuyen al circo político y reservan un pequeño espacio a la sorpresa, de ahí el encanto que suscitan en políticos y periodistas. Y ésta no ha sido una excepción.

Sarkozy eligió el ataque, la confrontación directa, buscando quizás un error de bulto de su rival o la pérdida de su habitual templanza, etc. Hubo tensión en algunos momentos, pero el candidato socialista se mantuvo por lo general dentro del guión de confrontación de programas y exposición de su alternativa diferenciada. Sin embargo, no eludió el choque con Sarkozy, sobre todo en los reproches de carácter personal. En el cuerpo a cuerpo, Hollande no pareció tan cómodo, aunque sus réplicas no carecieron de contundencia.

Curiosamente, las referencias a España como ejemplo poco conveniente para combatir la crisis también provocaron cierta tensión entre los candidatos. Sarkozy quiso comparar la Francia de Hollande con la España de Zapatero, por la afinidad ideológica de ambos dirigentes políticos. Pero el líder del PSF le recordó a Sarkozy que él afeaba su política de oposición poniendo de ejemplo a Zapatero como “buen socialista". Hollande, temeroso de permanecer demasiado tiempo en terreno resbaladizo, se zafó acusando a Sarkozy de irse al exterior para eludir responsabilidades sobre su gestión de la crisis.

Los momentos más tensos se vivieron fue cuando Sarkozy acusó a Hollande de “mentiroso” y ”calumniador”, en dos ocasiones, una de ellas a propósito del impuesto sobre las grandes fortunas, que el presidente negó con vehemencia haber suprimido. El candidato socialista le replicó que a falta de argumentos, no perdía ocasión de “mostrarse desagradable”.  Cruce de palabras crudas, más buscado por Sarkozy que por Hollande, que salió indemne de la última prueba mediática. Salvo sorpresa mayúscula, será el próximo Presidente de la República francesa.

HOLLANDE: LO MÁS IMPORTANTE NO ES GANAR



                El triunfo de François Hollande en la primera vuelta de las elecciones francesas ha sido exigua y no del todo convincente. El punto y medio de ventaja sobre Nicholas Sarkozy no abona una excesiva confianza en la victoria definitiva. Y, lo que es peor, tendrá que afrontar una recta final de campaña llena de peligros y tentaciones. Peligros: las trampas de su rival, que juega con el aparato institucional a su favor. Tentaciones: la de reconquistar  el componente, obrero, trabajador, popular, del Frente Nacional, lo que obligará a desfigurar su mensaje. Como ha ocurrido con las insinuación sobre el voto de extranjeros.

                    LIGERO DOMINIO DE LA DERECHA

                Como decía recientemente un sociólogo galo, la primera vuelta de las elecciones francesas es tiempo de posiciones; la segunda vuelta, de decisiones. Pues bien, la foto fija de las posiciones no muestra un vuelco. El voto de derechas ha sido más numeroso que el de izquierdas: 47 frente a 43 por ciento. Con una tasa de participación superior al 80% (no más alta que las anteriores, pero envidiable para España), no cabe creer en el abstencionismo endémico de algunos sectores progresistas. Es algo más. O algo distinto que eso. El mensaje de izquierdas se echa más en falta, justo cuando más necesario parece. Francia no es una excepción, a pesar de la falsa creencia que suele situar en el país vecino el depósito de los valores de progreso.
                En ese sentido, la elección secundaria, el duelo de 'teloneros' entre Marine Le Pen y Jean-Luc Melenchon se ha zanjado con victoria de la primera por más de siete puntos (18 frente 11 por ciento) No es que tal resultado constituya propiamente una sorpresa. De hecho, algunos sondeos extremadamente optimistas sobre el 'flamboyante' líder de la izquierda habían sido puestos en cuestión por observadores más cautelosos. El acariciado 15% se ha visto rebajado, a la hora de la verdad, en casi cuatro puntos menos y siete por debajo de la 'outsider' más exitosa.

                  FRENTE NACIONAL: ENTRE LA CONTESTACION Y LA INFLUENCIA

                El resultado tan comentado de Marine Le Pen no es ni tan magnífico ni tan sorprendente como pretenden algunos comentaristas. La máxima dirigente actual del FN apenas ha superado en un par de décimas el resultado de su padre en la primera vuelta de 2002. Pero entonces, Jean Marie obtuvo la segunda plaza, desplazando de forma humillante a Lionel Jospin, un candidato honesto del PSF, aunque con demasiados enemigos en el interior de su partido (incluso, a veces, él mismo). La ultraderecha francesa se institucionalizó en los últimos años, por su poder municipal y por su capacidad para influir en el alma y en la política pragmática de la derecha pos-gaullista, neoliberal, globalizadora. Marine Le Pen, antes y durante la campaña, tuvo la habilidad de recuperar el tono antisistema que constituía la esencia originaria del partido, pero, sin desprenderse de la capacidad de influir en la basculación de ese mismo sistema, en proceso de desprestigio.

                EL 'TODO O NADA' DE SARKOZY

                Sarkozy pierde, pero conserva algunas de sus opciones para continuar mandando. Necesita enfangarse en un discurso contradictorio, demagógico y alborotado, para quebrar la confianza en su rival socialista. No parece haber muchas dudas en que lo hará, si cree que tiene algunas posibilidades de invertir la tendencia en su favor. Por eso quiere todos los debates posibles: para provocar errores de Hollande.
                En los últimos meses y durante la campaña propiamente dicha, Sarkozy, fiel a su oportunismo, adoptó algunas propuestas poco consistentes con las políticas de austeridad que había adoptado -por convicción o por su alianza de conveniencia con la canciller Merkel. Decidió atajar la progresión de Hollande con esta idea: 'yo también soy capaz de saltar el charco de la recesión, pero con más experiencia/solvencia que mi rival'. Sin contraer riesgos. Sin asustar a los ´mercados´. Haciendo valer su interlocución con la 'dama de hierro' alemana. Y, al mismo tiempo, ganarse a los votantes del Frente Nacional más alarmados por el giro a la izquierda, con el señuelo de que a veces hay que optar lo malo para evitar lo peor.  

                PERDONES Y RECOMPENSAS     

                Lo más obvio es que el presidente saliente necesita que le 'perdonen' no sólo los votantes del Frente Nacional. También los moderados del MoDem. No tendrá que improvisar. Lleva meses preparándose para esa estrategia de combatir en dos frentes y combinar mensajes contradictorios, de templanza y radicalismo, de tolerancia e intransigencia, de europeísmo blando y antieuropeísmo duro.
                El líder centrista Bayrou ha sido cauto y no ha dado instrucción de voto a sus electores después de su discreto -aunque esperado- nueve por ciento. Los votantes centristas son más de derechas que de izquierdas, eso hay que tenerlo claro. Si votan a Hollande no será tanto por simpatías ideológicas o cercanías programáticas, aunque el vencedor provisional haya vivido siempre en las latitudes más templadas del socialismo francés.  Será más por rechazo a Sarkozy, a su estilo, a su desprecio de estos años por sus 'primos' del centro-derecha. Con su inhibición, Bayrou se deja querer ante posibles ofertas, sin descartar la de convertirse en inquilino del Hotel Matignon (Jefatura del Gobierno).

                 FIERAMENTE, HOLLANDE

                Después de veinte años de larga, penosa y por momentos poco edificante travesía del desierto, los socialistas podrían, por fin, colocar en el Eliseo a uno de los suyos. No precisamente al más carismático o ilusionante. Pero si, seguramente, al más táctico. Otro signo de los tiempos.
                En los perfiles que hemos leído durante las últimas semanas hay una coincidencia en resultar su condición de hombre tranquilo. O su pragmatismo. Hollande le ganó el liderazgo a Martine Aubrey, una socialista con referencias más clásicas. Las querellas fratricidas del socialismo francés habían devaluado notablemente el debate de ideas. Hollande emergió como una respuesta moderada. En otras palabras, ganó la interna, porque se le percibió con más posibilidades de triunfar en la grande. De hacerse con la presidencia y poner fin a una deriva que parecía devolver a Francia a los tiempos de la Cuarta República en que se antojaba imposible un triunfo electoral de la izquierda.
                Lo más importante no es ganar. Cualquier dirigente o militante socialista consideraría absurda esta afirmación. Después de todo, ¿no se eligió a Hollande para ganar? ¿no era la mejor opción para hacerse con el voto de la clase media francesa, harta de los excesos 'sarkozianos'?. El candidato socialista también ha revisado sus posiciones originales. Con el pronunciado acento en favor de las políticas de estímulos económicos, de empleo público, de intervención estatal sin complejos, ha virado a la izquierda. Pero no sólo eso: se ha diferenciado claramente del oportunismo de Sarkozy.
                El malestar que ronda en torno a Hollande es que, aun cuando consiga finalmente capitalizar el rechazo de centristas y ultraderechistas a Sarkozy y ganar la presidencia, no está garantizado que pueda hacer lo que asegura que hará. Es posible que renuncie a ello una vez que se siente en el Eliseo. Que la hostilidad del entorno se lo trague. Que tenga que guardar en el cajón algunas de sus recetas heterodoxas para favorecer el crecimiento porque el ejército sombrío de especuladores acose a un sistema bancario que presenta importantes debilidades.
                Hollande puede convertirse con un avatar de Obama, encerrando en su laberinto, sometido a una cohabitación infernal (más aún que la de su colega estadounidense), cortocircuitado por la tecno-burocracia de Bruselas, la intransigencia de Berlín y las recetas fracasadas de Francfurt.  Eso si no termina preso de la propia debilidad de sus convicciones. Sería lo peor que pudiera pasarle a la esperanza socialdemócrata. Mucho peor que perder sería decepcionar, fracasar o diluirse, una vez más, en un mandato sin identidad. Gestionar sin gobernar, sin hacer política. Capear el temporal esperando que pase lo peor de la crisis, minimizando el desgaste, invocando lo inevitable, la 'real-politik'. El destino trágico del socialismo europeo en tiempos de crisis.

EL MALVINAZO Y LA HIPOCRESÍA

 19 de abril de 2012

 La expropiación de Repsol-YPF por el Gobierno argentino ha desatado más excesos de los convenientes: verbales, gestuales y políticos. A la espera de las decisiones más cabales y racionales, casi todas las partes han dado rienda suelta a comentarios y valoraciones demagógicas, emocionales o presuntamente patrióticas y poco alentadoras. En estas cuestiones de conflictos entre gobiernos y empresas se produce, con bastante frecuencia, una incongruencia irritante. Cuando soplan vientos favorables y todo son ganancias, los dividendos se incrementan y las retribuciones de ejecutivos se multiplican, se quiere a los gobiernos -de cualquier signo y nacionalidad- lo más lejos y despistados que resulte posible y presentable. En cambio, cuando se tuerce el rumbo y todo lo que subía exponencialmente empieza a bajar siquiera ligeramente, se convoca al Gobierno más a mano, por supuesta adscripción nacional o por simpatías interpuestas, para que acuda(n) al rescate. Por ello, conviene una posición cauta y hasta escéptica. Las evidentes motivaciones oportunistas del Gobierno argentino son tan lamentables como las manifestaciones de orgullo herido, de indignación nacional o de atropello que se han escuchado de este lado.
Produce cierta incomodidad que, en casos como éste, se confunda con absoluto desparpajo los intereses de una compañía privada con los intereses generales. No se trata de inhibirse irresponsablemente. Pero se roza la gazmoñería cuando la lesión que ha podido causarse a unos particulares se convierta en afrenta nacional. Ni todos los españoles nos beneficiamos directa o indirectamente de las suculentas ganancias acumuladas por Repsol en su negocio argentino, ni nos veremos perjudicados dramáticamente ahora.

Si Repsol ha sido agredida, debe defenderse con los abundantes bazas de que dispone: una legislación internacional (muy favorable, por cierto, a los intereses de las compañías transnacionales), unos equipos jurídicos a los que hay que presumir competencia y sagacidad, y una experiencia en el terreno de la supervivencia en aguas difíciles, como se le supone a cualquier entidad de esa dimensión en el mundo de los negocios.

LAS OBLIGACIONES DEL GOBIERNO RAJOY

De las reacciones oficiales españolas, hay algunas que resultan reprochables. En primer lugar, las amenazas ambiguas rematadas con un estrambote que negaba la intencionalidad de la propia amenaza. “Las medidas se toman pero no se anuncian”, dijo la vicepresidenta Sáenz de Santamaría el pasado viernes. En sus palabras se advierte cierta tensión contradictoria. En su gestos, no reproducibles aquí, se apreciaba una clarísima intención intimidatoria; al cabo, ineficaz, como se ha visto.

Confirmada la resolución expropiatoria, el Gobierno adoptó una actitud más cautelosa. O bien porque reflexionó, o bien porque, después de todo, las ‘medidas no anunciadas’ no estaban del todo maduradas. Inmediatamente después, al calor de la reacción pública, alentada por encendidas valoraciones de editoriales, comentaristas y tertulianos, -también por chocantes declaraciones solidarias de amigos latinoamericanos de conveniencia-, se atisbó un cierto envalentonamiento de algunos titulares gubernamentales.

De todas las manifestaciones de desagrado y malestar, lo más chocante ha resultado los reproches, primero contenidos (Ministro Margallo) y luego explícitos (Ministro Soria) a la Administración norteamericana. ¿Se esperaba escuchar en Washington tambores batiendo en defensa de intereses corporativos ‘españoles’ solo porque desde aquellas latitudes se proclama por defecto la primacía de los negocios por encima de cualquier otra consideración? Esta pretensión resulta cuando menos ingenua. Como han señalado THE NEW YORK TIMES o el WALL STREET JOURNAL, intereses petroleros norteamericanos se suman a los chinos en el merodeo de los recursos energéticos argentinos.

El Gobierno español representa los intereses generales de los españoles, también de los accionistas de Repsol-YPF, pero cualquiera de las acciones legítimas que adopte para defenderlos no puede perjudicar a la inmensa mayoría de los nacionales que no han resultado directamente lesionados por la expropiación de la empresa. Eso parece obvio, pero no lo es tanto, a juzgar por la temperatura que marcan los termómetros políticos y mediáticos.

UNA DUDOSA RESTITUCION

La privatización de YPF y su adquisición por Repsol, a finales de los noventa, por decisión del Gobierno liquidador del nominalmente peronista Carlos Menem, formó parte de uno de los mayores expolios de la reciente historia argentina. Las privatizaciones acontecidas durante las últimas tres décadas de arremetida neoliberal -en América Latina y en los antiguos países comunistas, por citar sólo los casos más sangrantes- presentan muchos casos de lesión indiscutible de los intereses generales en los lugares donde se produjeron. La mayoría de los gobiernos o de sus exponentes políticos miraron para otro lado o fueron cómplices. Por no hablar de los portavoces de todas las clases en medios de comunicación, instituciones y empresas.

En cuanto al Gobierno argentino, qué duda cabe que resulta indisimulable el carácter oportunista de su actuación. Estos días han sido puestas en evidencia las contradicciones de los Kirchner con respecto a la petrolera. Son bien conocidos el politiqueo, la falta de transparencia y la incoherencia de la política energética del Gobierno de la pareja presidencial.

El talante de Cristina Fernández tampoco ha ayudado mucho en este momento. La ocasión era demasiado tentadora para satisfacer sus instintos populistas, pero sobre todo su estilo arrogante. Es una constante de su estilo de liderazgo: combina -de forma atrabiliaria muchas veces- la supuesta defensa de intereses nacionales, e incluso populares, con una verborrea innecesaria y contraproducente. Y lo que es peor, atiende mal o no atiende en absoluto defectos muy arraigados en las clases dirigentes argentinas: el amiguismo, la falsa apariencia, la propensión a la corrupción. Muchas de las causas justas que ha defendido durante su mandato -o el de su marido fallecido- han resultado fatalmente manchadas por el engaño, la impostura o la ignominia.

Cristina ha protagonizado su ‘Malvinazo’ particular, como lo hicieron los declinantes militares argentinos hace treinta años. Aquella aventura patriotera se disolvió en dolor, desastre, y descrédito. Pero, al mismo tiempo, aceleró el cambio democrático, que luego las penosas circunstancias económicas lastrarían durante más de una década.

Si Cristina no mantiene adecuadamente su apuesta le puede ocurrir algo parecido: la recuperación de un bien nacional, en este caso la gestión de los recursos petrolíferos, puede servir para reorientar positivamente su proyecto político. Pero es razonable temerse lo contrario: que se utilice para consolidar vicios y malversaciones. LA NACION, diario de derechas y muy hostil a la presidenta, ha recordado estos días que algunas de las personas designadas para hacerse cargo inmediato de la compañía acreditan un historial de sospechas, irregularidades e incompetencias. Las proclamas nacionalistas resultan huecas y sólo pueden impresionar a los interesados o los irreflexivos: no bastará con protestas de soberanía recobrada para que la recuperación formal de un recurso tan importante signifique una mejora real y objetiva de la mayoría de los argentinos.