LOS DRONES COMO PARÁBOLA



14 de febrero de 2013 

Nunca, desde sus primeros días en la Casa Blanca, había dado el Presidente Obama la impresión de sentirse tan a gusto en el cargo. Transmite confianza, seguridad y una determinación muy reconocibles. Es en el repliegue indisimulable de sus rivales políticos republicanos donde se hace más palpable ese momento de fortaleza presidencial. Los empeños de "pasar por la parrilla" a dos de sus principales colaboradores de los próximos años, el Secretario de Defensa y el Director de la CIA, en las audiencias legislativas constituyen más una liturgia parlamentaria que una baza seria para reducir o condiciones el poder presidencial. 

Ni una mejora apreciable de la coyuntura, ni un repentino cambio favorable de la balanza de poder, ni otras consideraciones  fácilmente identificables explican esta impresión, por lo demás bastante generalizada.  Es como si Obama, que ofreció muestras inequívocas de cansancio y hasta de cierta depresión durante los últimos meses del año pasado -y más en concreto, en plena recta final de la campaña electoral-, se hubiera revigorizado. Quizás no tanto, o no solamente, por la victoria en noviembre, cuanto como resultado de una reflexión autocrítica sobre sus primeros cuatro años y la imperiosa necesidad de no desaprovechar la oportunidad de cambiar ciertas cosas. 

En su segundo discurso inaugural, Obama marcó el rumbo de su legado. El pasado martes, en su intervención ante el Congreso, con motivo del tradicional Estado de la Unión, confirmó las líneas programáticas:

                - revertir la dinámica social en Estados Unidos, favorecer una vida mejor para las capas medias y bajas (subida apreciable del salario mínimo) y hacer recaer sobre "los más ricos y poderosos", vía impuestos, la carga de la recuperación de la crisis; la palabra más empleada por el Presidente, más de cincuenta veces fue 'jobs' (empleos).

                - resolver con justicia y eficacia el asunto pendiente de la inmigración.

                - abordar el inicio del cambio del modelo productivo (abandonar la inhibición ante la agresión al medio ambiente).

                - afrontar ciertos tabús perniciosos del estilo de vida americano (el descontrol de la violencia por el uso/abuso doméstico de las armas de fuego.

                Obama ha clarificado su agenda política. Parece haberse liberado de cierto reflejo condicionado dominante en Washington y da muestras de haberse convencido de que fracasará como presidente si no cumple con estos objetivos. Después de cuatro años de ofensiva conservadora contra el concepto del "gobierno como problema", el Presidente parece haber encontrado una divisa con la que pretende imbuir políticamente a su gestión: no se trata de hacer más grande el gobierno sino más 'inteligente'. No más, sino mejor. 

Algunos analistas apreciaban en Obama un 'impulso activista', después del ánimo pactista iniciado a mediados de su primer mandato y de cierta tentación claudicante que le reprocharon los sectores más liberales (progresistas) de su propio partido. 

Para dar la réplica del discurso presidencial, los republicanos eligieron al Senador Marco Rubio, por su imagen supuestamente de futuro (juventud y origen inmigrante). Sin embargo, este líder hispano acudió a una fórmula demasiado tradicional en la oposición conservadora: presentar al Presidente como el típico dirigente demócrata que sólo piensa en "tax more, borrow more and spend more" ("gravar más, pedir prestado más y gastar más"). No fue precisamente brillante este potencial candidato del 'Great Old Party' en 2016. Lo que parece confirmar una cierta suerte de 'depresión republicana' desde noviembre. 

El recomendado 'regreso al centro' de los republicanos no será rápido ni fácil, porque muchos sectores del partido siguen anclados en una visión retrógrada, porque la mayoría de sus lubricadores de fondos no están por la labor de ceder terreno y porque no se percibe un liderazgo convencido y comprometido con ese cambio de rumbo. De momento, las iniciativas políticas emprendidas por los conservadores parecen puramente tácticas o reactivas.
                 
Del lado progresista, debería haber cierta satisfacción por este "enfoque social" de Obama, más preciso y explícito que nunca en el Presidente desde su llegada a la Casa Blanca. Y, sin embargo, en los púlpitos y tribunas más a la izquierda del panorama social y político se percibe cierta desconfianza e incluso escepticismo.
                
 El debate sobre el uso (abuso) de los 'drones', actualizado por la audiencia legislativa del candidato de Obama a director de la CIA, hizo emerger este 'malestar progresista'. Hay ciertas suspicacias por el 'doble lenguaje' de Obama en esta materia.  Se le reprocha al presidente inconsecuencia e insensibilidad, incluso complacencia por una política que contraviene sus principios declarados. Decíamos en el comentario anterior que Obama está lejos de ser un pacifista y poníamos como ejemplo el refuerzo de ciertos programas de carácter militar que han recibido un fuerte impulso con su presidencia.
                 
Uno de ellos, quizás el más emblemático es el de los 'drones' porque pone en evidencia más que cualquier otro las contradicciones de Obama como máximo dirigente del país. Ya no se trata de pragmatismo o ejercicio cínico del poder, sino de un elevado y difícilmente justificable coste en vidas humanas, y encima sin transparencia o, peor aún,  con maniobras de ocultamiento. 
                 
Hace unos días, el NEW YORK TIMES, por lo general muy propenso a justificar las decisiones de Obama, publicaba un acerado análisis en el que equiparaba los vicios de la lucha antiterrorista del Presidente con los de Georges W. Bush, a cuenta precisamente del programa de los aviones tripulados a distancia. Brennan, ya Director de la Central de Inteligencia, hombre de confianza presidencial y arquitecto de esa herramienta predilecta de Obama en la supuesta persecución de la amenaza terrorista, no despejó la mayoría de las dudas, ni resolvió los reproches que varias publicaciones de izquierda han detallado estos días.
               
 Si Obama no da una respuesta convincente en esta materia, corre el riesgo de que de que esos sectores críticos, por lo demás próximos ideológicamente a sus objetivos de gobierno, interpreten su actitud como una señal de altivez. Una condición similar a la que atribuyen a los 'drones' como parábola del ejercicio arrogante del poderío militar norteamericano.

LA GUERRA DE LOS GUSANOS



 7 de febrero

El presidente Obama no dedicó mucho tiempo a la política internacional en su segundo discurso inaugural. Pero hizo una referencia que fue muy del gusto de los comentaristas progresistas. Afirmó que la seguridad y la paz "no requieren de una guerra perpetua". Sin duda, se estaba refiriendo a su compromiso de liquidar la participación norteamericana en la guerra de Afganistán, pero algunos quisieron ver también la apuesta por la consolidación de diálogo y la colaboración ante los conflictos mundiales.
                 
Quizás. Pero, conviene aclararlo, Obama no es un pacifista, en el sentido coloquial del término. Es decir, no repudia intelectualmente el uso de la fuerza. Ha tratado de reducir la inercia burocrática y la voracidad del Pentágono y sus contratistas en todos los órdenes. Pero se ha demostrado un convencido de la potencia militar. Eso sí, la más adaptada y adaptable a las necesidades actuales.
                 
Puede decirse que la estrategia militar de Obama descansa sobre tres elementos más o menos visibles o identificables para la ciudadanía: las fuerzas especiales, los drones (aviones pilotados a distancia y de difícil detección) y, ahora, el 'ciberarmamento'. No tenemos espacio aquí para detenernos en todos, así que este comentario se lo dedicamos al último de ellos.
                 
UN COMBATE BIFRONTAL
                 
Estos últimos días, el diario NEW YORK TIMES ha publicado  que, "tras una revisión legal secreta", el Presidente de Estados Unidos dispone de "amplios poderes para ordenar un ataque preventivo", en caso de que se detecte una "evidencia creíble" de un "serio ataque digital exterior".  En unas semanas estarán preparados los procedimientos militares de defensa y represalia. De forma complementaria, se establecerá cómo deberán actuar las agencias de inteligencia para rastrear las amenazas de 'ciberataques' contra Estados Unidos.En realidad, estas últimas medidas son un paso más en una estrategia ya en marcha destinada a hacer de la "ciberseguridad" un pilar más de la defensa nacional. Otros países, incluido España, están siguiendo los mismos pasos.
                 
Durante algún tiempo, la 'ciberseguridad' había sido competencia de los aparatos de inteligencia, pero hace unos años que se encomendó al Departamento de Defensa compartir esta tarea, según el modelo de responsabilidad conjunta que se ha aplicado en la denominada "lucha contra el terrorismo". Los militares actuarán en zonas declaradas de guerra o en caso de gran amenaza (un '11 de septiembre digital')  y la inteligencia en lugares donde se practican operaciones secretas o clandestinas. El Pentágono dispone ya de un 'cibercomando', que ha pasado de 900 efectivos a cuatro mil durante el mandato de Obama. En el último año, los fondos dedicados a este concepto se elevaron a 3.600 millones de dólares.
                
 La razón de este cambio de estrategia fue el incremento de los ataques cibernéticos contra compañías e infraestructuras críticas norteamericanas. En octubre del año pasado el todavía Secretario de Defensa, Leon Panetta habló de un 'Pearl Harbour' digital "que ocasionaría destrucción física y pérdida de vidas, un ataque que paralizaría y conmocionaría a la nación y crearía un nueva y profunda sensación de vulnerabilidad".
                 
No estamos hablando del futuro, sino de acomodación legal y funcional del presente. Estados Unidos ya está practicando esta forma de guerra silenciosa. Aunque no se ha admitido oficialmente, por razones obvias, Irán fue objeto de 'ciberataques' combinados de Estados Unidos e Israel. Se inocularon dos 'gusanos' informáticos (Stunex y Flame) en las computadoras que gobernaban sus instalaciones nucleares, con el objetivo de obstaculizar y retrasar el proceso de enriquecimiento de uranio.       Este caso no sería un acto de defensa, al menos en sentido estricto, sino un "ataque preventivo", concepto muy polémico y con aristas legales sin limar antes y durante la guerra contra el terrorismo.
                 
Esta operación -conocida en el argot militar con el impropio nombre de "Juegos Olímpicos"- reavivó el debate ya existente sobre el alcance de la guerra cibernética, sus consecuencias sobre las estrategias de seguridad y las consecuencias sobre las relaciones internacionales.
                 
¿RIESGO DE COLAPSO O TIGRES DE PAPEL?
                
 Hace ya dos décadas, los investigadores John Arquilla y David Ronfeldt vaticinaron esta nueva forma de conflicto militar con otros medios y su rápida propagación. Entonces definieron la 'ciberguerra' como la "manera de lograr una ventaja significativa en combate mediante el ataque encubierto de las infraestructuras del enemigo sin necesidad de derrotar a sus fuerzas militares convencionales".
                 
Hay algunos ejemplos más o menos conocidos -aparte del de Irán- sobre la guerra informática. Quizás el más importante ocurrió durante la guerra de Georgia, en 2008, cuando las fuerzas rusas desactivaron los sistemas de mando, control y comunicaciones de Tblissi. También se destaca, en otro tipo de conflicto, protagonizado no por Estados, sino por grupos civiles más o menos organizados, el ataque sufrido por Estonia, supuestamente procedentes de sectores rusoparlantes que habitan en el país. Posteriormente, se han registrado un número crecientes de ataques e intentos abortados, algunos de consideración como el sufrido por la compañía petrolera saudí ARAMCO, que infectó 30.000 ordenadores.
                 
Según algunas evaluaciones, se ha alcanzado cierto nivel de alarma en gobiernos, empresas y organismos de seguridad. Hasta el punto de que otros investigadores han llamado la atención sobre el peligro de "histeria" acerca de estas 'ciberamenazas'. Hace un par de meses, Brandon Valeriano (de la Universidad de Glasgow) y Ryan Maness (de Chicago) publicaron un artículo en FOREIGN POLICY, titulado "La niebla de la Ciberguerra", en el que aseguran que "la mayoría de los 'ciberataques' a escala mundial son de carácter menor". Los autores hacen un repaso de los incidentes registrados y llegan a la documentada conclusión de que los daños han sido siempre -o casi siempre- escasos y subsanables, incluso entre países rivales o en situación de conflicto abierto o encubierto. Consideran que el riesgo de agresión terrorista en estos y en otros casos es 600 veces mayor que el 'ciberataque'.  Sin embargo, Valeriano y Maness previenen de un riesgo opuesto: el de la sobreactuación ante una amenaza de daño informático en sistemas e infraestructuras. Por no hablar del gasto -civil o militar- que todo ello comporta.
                 
De momento, Obama se dispone a dotarse, en su calidad de Comandante en Jefe, de atribuciones que le permitan actuar de forma rápida y eficaz ante amenazas graves. Algunas informaciones indican que la administración prepara un protocolo de colaboración con grandes corporaciones para compartir información y protocolos de actuación.  Un nuevo frente, y nuevas doctrinas, se perfilan en el horizonte de la seguridad internacional.



EE.UU.: LA LUCHA POR LA VOLUNTAD POLÍTICA DE LOS LATINOS


31 de enero de 2013

La inmigración se ha convertido en el asunto estrella del arranque del segundo periodo presidencial de Obama. Resulta esperanzador para las causas progresistas en América.  Naturalmente, no será coser y cantar, los riesgos son elevados y no está del todo garantizado que se consiga una respuesta justa y eficaz a las aspiraciones de once millones de personas. Pero hay elementos positivos.

OBAMA CONFIRMA SU INICIATIVA

La reforma migratoria se presenta como una iniciativa bipartidaria del legislativo, ciertamente. Pero los principios contenidos en el memorándum de los ocho senadores promotores responden en lo fundamental al programa avanzado por Obama en mayo del pasado año. El Presidente prometió que, en caso de victoria electoral, enmendaría su promesa incumplida durante sus primeros cuatro años y resolvería los aspectos más importantes del dossier migratorio, con un objetivo final preciso: dotar de ciudadanía a los once millones de 'ilegales' que viven, trabajan y, por tanto, contribuyen a la prosperidad de Estados Unidos.

Algunos temieron que se tratara de una argucia electoralista para recuperar la confianza de la población latina, que le había apoyado masivamente en su aplastante triunfo de 2008. Sea como fuere, dio resultado y Obama obtuvo en noviembre el 71% del sufragio latino.  Hubiera sido imperdonable otra dilación. En plena sintonía con las bases y la mayoría del liderazgo de su partido, Obama ha animado la iniciativa legislativa, pero con el añadido de añadir su prerrogativa ejecutiva si el resultado del pacto político resultara alicorto. Como había hecho días atrás con el control del uso privado de las armas de fuego.

La clave del pacto está en la atención a las preocupaciones republicanas para reforzar el control de las fronteras y frenar el tráfico ilegal de personas. Los demócratas no han tenido problemas para admitir esa exigencia republicana: en gran medida, la comparten. En todo caso, se trata de una realidad superada. El control ya se ha venido ejerciendo, y con alto grado de eficacia. Pero lo más importante es que ese flujo de personas en busca de una vida mejor ha caído en picado en los últimos: en parte, por el incremento de la vigilancia, pero sobre todo porque las expectativas de trabajo y prosperidad en el gigante del norte han disminuido con la recesión.

"LOS DEMOCRATAS QUIEREN, LOS REPUBLICANOS LO NECESITAN"

Con esta frase resumió Bob Menéndez, senador demócrata por New Jersey, la ecuación política que puede desatascar el conflicto migratorio. Efectivamente, los latinos se han convertido en una base de enorme arraigo y vitalidad en las filas demócratas. Sólo un sector de esta comunidad hispano-parlante, por lo general el más próspero, se alinea con las  posiciones republicanas. Aparte del reducto anticastrista de Florida y otras 'bolsas' reducidas de población, los latinos votan demócrata. La perspectiva de un hispano en la Casa Blanca no es sólo un guiño de ficción televisiva.

Pero, paradójicamente, ¿podría ser un latino republicano el próximo - Presidente de los Estados Unidos, o el siguiente al próximo?  No es descartable. De hecho, uno de los impulsores de la reforma migratoria, aunque con supuestos más restrictivos, es el senador por Florida y estrella ascendente del partido, Marcos Rubio. Se da por seguro que competirá en las próximas primarias. Quizás su candidatura sea prematura. Pero podría resultar una escaramuza útil para disputar a los demócratas su hegemonía en ese caladero de votantes.  

Y es que más allá del debate sobre la extensión y amplitud de los derechos de los inmigrantes, de la naturaleza de la reforma y de la tensión entre los derechos sociales de las personas y de las empresas (muy importante este último punto), lo que subyace aquí es la batalla por conquistar un electorado cada vez más influyente.

¿VIRAJE MODERADO DEL GOP?

Los moderados del GOP ('Great Old Party') ven en el dossier migratorio una oportunidad útil para reconducir la estrategia general y recuperar una senda más centrista. Ha sido especialmente significativo en este sentido el tono dominante en el cónclave de invierno del Partido. Las críticas al Tea Party y a la deriva extremista han sido muy explícitas y severas. Lo que coincide con encuestas recientes, que reflejan una desafección creciente de las bases republicanas hacia las posiciones fundamentalistas de ese plataforma que consiguió secuestrar el mensaje del partido hace casi cuatro años.

Hay otras novedades que permiten avistar un cambio de ánimo en el liderazgo republicano. Después del acuerdo sobre el abismo fiscal, no completamente exitoso para Obama, pero mucho menos para la oposición conservadora, los dirigentes legislativos del Partido Republicano se abstuvieron de plantear el desafío del techo de deuda, a sabiendas de que no obtendría el respaldo de la opinión pública. De forma discreta, optaron por aplazar el debate, una forma suave de retirada.

El apoyo a una solución del asunto migratorio que incluya lo fundamental de las aspiraciones progresistas podría ser, por tanto,  un síntoma más de ese viraje al centro de las posiciones republicanas, aunque los sectores más conservadores darán la batalla, como advierte Ángela Davis, la experta en inmigración del 'think tank' Centro para el Progreso Americano, en el NYT. De hecho, otra iniciativa legislativa paralela que contempla sólo la apertura de visados para captar talento y cerebro puede dificultar o provocar confusión en el debate.  Pero, a la larga,  es importante insistir, no es sólo la inmigración lo que está en juego, sino la reacomodación a largo plazo de las bases políticas de apoyo.

UN PERFIL CAMBIANTE

En la primera década de siglo, el porcentaje de la población latina ha aumentado casi cuatro puntos, hasta llegar al 16,3%. Aunque los tres estados tradicionales (California, Texas y Florida) albergan a la mitad de la población hispana, esta minoría ha aumentado significativamente en la última generación en otros estados de la Costa Este y el Medio Oeste (13% y 7% del total, respectivamente) e incluso los Grandes Lagos (con Illinois a la cabeza).

Los republicanos son conscientes de que su mensaje no encaja con el perfil socio-económico dominante en el electorado latino, pese a la emergencia de una clase media hispan. Por ello, hasta ahora han basado su estrategia de captación en dos factores: la creciente influencia de las confesiones evangelistas en ese sector de la población y su presunto 'conservadurismo' en materia de valores sociales, culturales, familiares o religiosos.

Sin embargo, también en esos aspectos, los latinos están evolucionando como lo acredita Gary Segura, de la Universidad de Stanford. Este profesor de Ciencia Política maneja diversas encuestas y consultas para asegurar que una mayoría de latinos acepta ya con fluidez el aborto, la libertad de elección sexual, el matrimonio homosexual y otras realidades sociales.

                

OBAMA: DE LAS BELLAS PALABRAS A LOS DIFICILES LOGROS




24 de enero de 2013

Barack Obama inauguró el lunes su segundo mandato con lo que mejor hace y lo que más le gusta: inspirar a buena parte de la población con ideas, proyectos y visiones. Aunque atemperado por el desgaste de cuatro años difíciles y desiguales, Obama rescató su capacidad de conectar con las aspiraciones de mucha gente en Estados Unidos, de interpretar el ánimo de cambio y progreso del país y su empatía con los más desfavorecidos ("los pobres, los enfermos, los marginados y las víctimas de los prejuicios").

Hay bastante coincidencia en que Obama presentó y defendió una "agenda progresista" para su segundo mandato. Conectó con el final de la reciente campaña, después de un comienzo vacilante y hasta desastroso. Con el triunfo, estrecho pero convincente, acumuló capital político y energía combativa. Salió del trance del engañoso "abismo fiscal" y se dispone ahora a gobernar.
          
Advertencia: Obama declama como progresista y actúa como centrista. Así lo ve al menos un importante sector de la izquierda norteamericana que, pese a las decepciones, todavía lo respalda. No tendrá ya apenas margen de error o vacilaciones. Suele decirse que el segundo periodo se les hace más corto a los presidentes. Los dos primeros años son los decisivos; en el tercero, la preocupación por el legado se hace obsesiva; y el año final todo el mundo está pendiente del desarrollo de las primarias, con dos candidatos frescos acaparando el interés. El inquilino de la Casa Blanca se convierte, salvo en casos de crisis grave, en un político en declive.

LOS GRANDES RETOS

Los estrategas de Obama han señalado tres objetivos inmediatos de este segundo mandato: regularizar y legalizar la inmigración, controlar el uso particular de las armas de fuego, nivelar algunas desigualdades sociales y arreglar viejas quiebras del sistema político. Luego existen otros asuntos domésticos también de importancia pero menor impacto y la aspiración de dejar la economía mejor de como la encontró. Los asuntos exteriores, por supuesto, aparecen en segunda fila, no olvidados, pero con las energías subordinadas a la culminación de una agenda interior más ambiciosa.

La inmigración es la gran prioridad de este año. Obama quiere dejar arreglado pronto (como muy tarde, en verano) un asunto que dejó pendiente en su primer periodo presidencial, aunque los electores latinos, los principales afectados por las carencias en la materia, se lo perdonaron y le brindaron un masivo apoyo a su reelección (el 71% le otorgó su voto).

Hay ya una comisión bipartidaria constituida y trabajando. Está integrada por pesos pesados de Capitol Hill. Los demócratas, sabedores de la importancia de la cuestión, han apretado los dientes y están dispuestos a que los republicanos no boicoteen o rebajen sus ambiciones de legalizar a los 11 millones de ilegales. El programa incluye la consolidación de la seguridad fronteriza, el cese de la persecución de los sin papeles por cuestiones menores; la progresiva integración social mediante la inserción educativa y laboral; absorción laboral reglada para el futuro; en definitiva, todos los pasos necesarios para alcanzar su conversión en ciudadanos de pleno derecho. 

Los republicanos están divididos. El sector ultra conservador sigue mostrándose hostil y aun cuando muchas voces en el Partido han dado la voz de alarma por el desapego electoral de las minorías, no parecen dispuestos a ceder completamente. Sin embargo, sus principales activos electorales en auge, como el Senador latino Marcos Rubio, parecen imponerse y están dispuestos a negociar. Aceptan los moderados la meta final de la ciudadanía, pero por etapas, con reconocimientos provisionales primero y plazos, procesos y condiciones más severas que los demócratas. El argumento de Rubio y sus afines es que no se puede tratar por igual a los que han actuado de forma legal y a los que han hecho trampas. Los demócratas replican que no están planteando una suerte de amnistía. El punto de acuerdo está a la vista, según los observadores del proceso. 

En el control de armas, Obama ha cumplido su promesa, después de la última matanza en Newtown (Connecticut), el pasado diciembre, y ha presentado una batería de medidas ejecutivas que espera poder implantar a pesar de las resistencias conservadoras y del abierto desafío de los poderosos lobbies del sector.
                 
Los datos indican que la iniciativa presidencial de combatir esta plaga fue respondida con una compra masiva de armas, municiones y complementos como no se recordaba en Estados Unidos. Como en las vísperas de la ley seca, los norteamericanos amantes de las armas corrieron a ampliar o modernizar sus arsenales.
                 
Las iniciativas en política social no están tan dibujadas y seguramente encontrarán obstáculos más numerosos e intrincados.  En materia de derechos políticos, Obama hizo una referencia alentadora al sistema de votación, caduco, perverso en algunos casos,  e incluso corrupto en momentos y enclaves puntuales.
                 
CAMBIAR EL RUMBO
                 
Para cumplir con este programa, o al menos para hacerlo avanzar, Obama confía en superar el discurso neoliberal y ultraindividualista, casi darwiniano, que se ha apoderado del escenario político nacional (y occidental) desde finales de los setenta. Sus frases "We must act" ("Tenemos que actuar"), o "no somos una nación de 'takers' ( traducible por 'tomadores' o 'mantenidos')  entroncan con el principio de que el Gobierno puede ayudar a resolver los problemas y no es, necesaria y fatalmente, parte de los mismos.
                 
En el discurso de su segunda inauguración, Obama se sumergió en una oratoria que entronca con Lincoln y Martin Luther Kin, de compromiso con la justicia, por encima de los cálculos y las componendas políticas. Lo que no le impedirá enredarse en ellas desde esta misma semana, sin duda. En un soberbio artículo para THE NEW YORKER, el destacado periodista Ryan Lizza ya desentrañó el desengaño de Obama ante la limitación de su poder para superar la maquinaria de Washington.  Hace unos días,  Jodi Kantor, en el NEW YORK TIMES, comparaba el estado de ánimo y la actitud de los Obama cuatro años después de cuatro años a la Casa Blanca y lo comparaba con el que mantenían al llegar, objeto en su día de de otro trabajo periodístico suyo. La conclusión no sorprende: la pareja no es la misma, a decir de sus amigos y allegados. No hay que confundirse: no es que hayan perdido la inocencia (eso ocurrió mucho antes de ganar la presidencia). Simplemente, aun no siendo triturados por el poder, se han visto obligados a acomodarse a sus exigencias.
                 
Pero ni las decepciones, ni el desgaste, ni las limitaciones comprensibles hacen imperativo un fracaso de la 'era Obama'. Tiene tiempo para hacer un buen trabajo, cumplir una agenda razonable de cambio y darle la vuelta a la tendencia histórica. No sólo se lo agradecerá el pueblo en nombre del que habla, sino todos los de este continente.