EL TRÁGICO DESTINO DE MIJAIL GORBACHOV
UCRANIA, SEIS MESES: ESTANCAMIENTO Y PERPLEJIDAD
Se alcanzan los seis meses de guerra en Ucrania en aparente estancamiento. Los frentes en el este y en el sur apenas se han movido en las últimas semanas. A falta de operaciones bélicas significativas, los defensores han podido efectuar golpes de efecto notable con ataques en la retaguardia rusa, tanto en Crimea como bien adentro del otro lado de la frontera (1). Aún queda por dilucidar si el asesinato de Darya, hija del ideólogo ultranacionalista ruso, Alexander Dugin, ha sido obra de los servicios especiales ucranianos, del FSB ruso o de cualquier organización criminal (2).
Por debajo de este bloqueo bélico salpicado por sobresaltos colaterales crece una inquietante sensación de impotencia diplomática (3). No hay rastro de negociación, más allá de eso que en su día se llamó “la humanización de la guerra”, es decir, hacer más soportable una situación que es insoportable de por sí. Después del acuerdo para reanudar las exportaciones de grano de Ucrania por el puerto de Odessa, muñido por el presidente turco Erdogan como mediador interesado, la ONU ha tomado el relevo para intentar evitar una catástrofe nuclear en la central de Zaporiyia. Se supone que hay contactos muy discretos entre Moscú y Washington con vistas a un intercambio de prisioneros no relacionados directamente con la guerra. Todo lo demás es propaganda.
En Ucrania, hay una efervescencia patriótica alimentada por el relativo éxito de la resistencia, el decisivo apoyo armamentístico occidental (norteamericano, sobre todo) y la audacia de esas operaciones ajenas a los frentes de combate. La celebración del día de la independencia, coincidente con los seis meses de guerra, ha nutrido un tipo de discurso triunfalista en el que importa menos la realidad que la motivación.
En la Rusia oficial, se vive de espaldas a la guerra. A pesar de los 15.000 muertos estimados o la minoración más que notable de su arsenal militar. El verdadero impacto de las sanciones es objeto de debate fuera del país, pero las autoridades se esfuerzan por minimizarlo y contrarrestarlo con medidas inteligentes y, complementariamente, taparlo con las dificultades que se viven en los países europeos, debido a las tensiones energéticas e inflacionistas. La victoria es cuestión de tiempo, según el Kremlin(4).
En Occidente, se aprecia ya un punto de indiferencia por la guerra en sí, debido a la “fatiga de la solidaridad”. Se avizora un “otoño del descontento”, preludio de un “invierno cruel”, si, como se teme, se confirma la recesión en todo el espacio occidental. Pero no hay de momento flojera en los discursos oficiales.
En Washington, se anuncia, como ‘regalo’ por el 31º cumpleaños de la independencia de Ucrania, el mayor tramo de crédito para reforzar el aparato militar del país: 3 mil millones de dólares adicionales. Ya asciende a 13 mil millones el monto del apoyo norteamericano desde el comienzo de la guerra. Alemania, desde un principio más remisa y ahogada en la perspectiva de una temporada de restricciones energéticas, añade un modesto aporte de 500 millones de dólares. Desde Francia, Macron mantiene a duras penas su doble lenguaje: no cierra las puertas a la negociación, pero alimenta la retórica de resistencia ucraniana. La soflama bélica de la coalición atlantista es cosa de los bálticos y en menor medida de los polacos. A medida que los desplazados vayan regresando a sus hogares, ahora más seguros, aunque en absoluto prósperos, se reducirá la presión solidaria en Polonia.
SIN RUMBO CLARO
Los especialistas no se ponen por completo de acuerdo sobre el rumbo que tomará el conflicto, ni siquiera sobre lo que hay que hacer. FOREIGN AFFAIRS ha publicado en las últimas semanas análisis en los aparecen estas líneas gruesas de divergencia:
- quienes desean que Ucrania gane esta guerra a toda costa (5);
- los que creen que puede ganarla, al menos parcialmente, siempre que los occidentales hagan sus deberes (6);
- los escépticos ante el optimismo ucraniano y occidental (7);
- los que temen un escenario viable de derrota rusa por el riesgo que ello supondría de respuesta desesperada de Moscú, en forma de represalias contra la población civil o incluso de apertura de la caja de Pandora nuclear (8).
Los optimistas no aclaran, sin embargo, en que consistiría una ‘victoria ucraniana’. Los maximalistas se alinean con el discurso de Zelensky, que últimamente insiste una y otra vez en que no basta con expulsar a los rusos de las zonas ocupadas estos últimos seis meses, sino que el objetivo es también recuperar Crimea. Otros expertos son menos categóricos en esto último, pero mantienen que el mínimo aceptable es volver al 24 de febrero; para decirlo en términos más tecno-diplomáticos, ‘regresar a Minsk’; o sea, retomar el proceso negociador. Ninguna de las dos posiciones parece probable. El problema es que no se perfila otra iniciativa con mejores perspectivas.
Los más fríos todavía apuestan por el lento pero seguro efecto corrosivo de las sanciones. Un equipo de la Universidad de Yale ofrecía recientemente una radiografía bastante perturbadora de la economía rusa, basada en los propios datos oficiales de Moscú (9). Por el contrario, otros analistas oponen que Rusia ha sabido encontrar un ecosistema de supervivencia, como antes lo han hecho Cuba, Corea del Norte o Irán, por poner algunos ejemplos (10).
En el mundo en desarrollo o en emergencia, no se comparten los diagnósticos occidentales sobre esta guerra. No por simpatía especial hacia Putin, sino por lo que se percibe como una visión occidental egoísta e hipócrita, que convierte determinadas causas en universales, mientras ignora otras o, peor aún, instiga, favorece y hasta protagoniza actuaciones contrarias a su retórica cuando le interesa. África y Oriente Medio ofrecen ejemplos de ello. Incluso en Asia hay casos evasivos muy significativos, como el de India, que compra ahora más petróleo ruso e ignora las sanciones, o Indonesia, que no ha querido marginar a Rusia de la cita del G20, a celebrar este año.
Caso aparte es el de China, que no se ha movido sustancialmente de su posición de apoyo político y retórico a Rusia como objeto de presión occidental, pero sin defender explícitamente la invasión de Ucrania y sin vulnerar abiertamente las sanciones. No tanto sutilidad diplomático como ejercicio de ese viejo adagio: con el enemigo de mi adversario hay que comportarse como si fuera un amigo, lo sea o no.
Así las cosas, casi todo el mundo apuesta por una guerra larga, de trincheras más que de movimientos, de acciones laterales o marginales, de golpes de efecto, a la espera de que el agotamiento favorezca posiciones más sensatas o realistas.
NOTAS
(1) "Six months of hell in Ukraine: how Putin’s crazy war reached deadlock". SHAUN WALKER. THE OBSERVER, 20 de agosto.
(2) "The global politics of Russia’s notorious nationalist ideologue". ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 23 de agosto.
(3) "Russia, Ukraine, and the decision to negotiate". STEVEN PIFER. BROOKINGS INSTITUTION, 1 de agosto.
(4) "Putin thinks he's winning". TATIANA STANOVAYA (Carnegie Center). THE NEW YORK TIMES, 18 de Julio.
(5) "It’s Too Soon for a Lasting Diplomatic Settlement". ALINA POLYAKOVA (Universidad John Hopkins)Y DANIEL FRIED (Consejo Atlántico y ex-embajador USA en Polonia); "The Real Key to Victory in Ukraine. Why Sustaining the Fight Is Everything in a War of Attrition". KRISTIN BRATHWAITE (James Madison College) y MARGARITA KONAEV (Center for American Security). FOREIGN AFFAIRS, 8 y 29 de junio.
(6) "A Ukraine Strategy for the Long Haul. The West Needs a Policy to Manage a War That Will Go On". RICHARD HAASS (Council of Foreign Relations). FOREIGN AFFAIRS, 10 de junio.
(7) "Ukraine’s Implausible Theories of Victory. The Fantasy of Russian Defeat and the Case for Diplomacy". BARRY R. POSEN (MIT). FOREIGN AFFAIRS, 8 de Julio.
(8) "Playing With Fire in Ukraine. The Underappreciated Risks of Catastrophic Escalation". JOHN MEARSHEIMER (Universidad de Chicago). FOREIGN AFFAIRS, 17 de Agosto.
(9) "Actually, the Russian Economy Is Imploding". JEFFREY SONNENFELD y STEVE TIAN. (Universidad de Yale). FOREIGN POLICY, 22 de Julio.
(10)"Who’s Winning the Sanctions War? The West has inflicted damage on the Russian economy, but Putin has so far contained those costs. BRUCE W. JENTLESON (Wilson Center y Universidad de Chicago). FOREIGN POLICY, 18 de agosto.
LOS CONFLICTOS EN EL ARCO DE LA CRISIS DEL MUNDO ISLÁMICO
17 de agosto de 2022
Una nueva era de confrontación entre las grandes potencias ha desplazado del interés mediático los conflictos otrora denominados “de baja intensidad” en el mundo islámico. Se trata del “arco de la crisis”, figura empleada por el que fuera Secretario de Estado de Carter, Cyrus Vance, que él dibujaba desde Marruecos hasta Pakistán. La guerra de Ucrania, ya del todo internacionalizada, se admita o no, y las nuevas tensiones con China, desplazan del primer foco mediático a esa docena, al menos, de conflictos internos, fronterizos, bilaterales o de alcance regional, algunos combinados. Puede ser de interés repasarlos someramente.
En el Magreb, norte de África o África atlántica y mediterránea, se ha abierto de nuevo el riesgo de un rebrote de la guerra en el Sahara, tras el cambio de postura española en favor de un apoyo a la ambigua, indefinida y engañosa propuesta marroquí de una autonomía para el territorio. Los independentistas saharauis no parecen estar sobrados de fuerza para amenazar el control militar de Rabat, pero el reino alauí tampoco se puede permitir otro periodo de inestabilidad en el Sahara.
Este conflicto ya ha agudizado la rivalidad argelino-marroquí hasta límites peligrosos. Aunque ambos regímenes tratarán de evitar una confrontación mayor, el riesgo estriba en la ausencia de canales de diálogo y en cualquier malentendido o incidente que pueda desatar un choque directo. Francia y España tienen un papel reducido como potenciales mediadores, debido a la desconfianza de Argel.
En Túnez, la deriva autoritaria del Presidente Kais Saïed se afianza tras el referéndum constitucional del mes pasado. A pesar de la baja participación (apenas un 30%), lo que implica un relativo éxito de la campaña de boicot de la oposición, el jefe del Estado ha conseguido formalmente legalizar su giro presidencialista casi absoluto. Muchos de los sectores sociales que lo apoyaron tras su elección, por representar un aparente intento de superar el bloqueo político e imprimir un toque populista a la revolución de 2011, están ahora decepcionados y asustados, en un entorno de agobiante crisis económica. El Ejército es la clave. Pero hasta ahora parece posicionarse en favor del poder fuerte que Saïed pretende consolidar (2).
En Libia, el caos continúa imperando. Dos gobiernos se disputan la legitimidad. Las alianzas de hace unos años se han modificado un tanto, en parte por realineamientos internos, pero también por el diferente grado de presión de las potencias que ejercen presión sobre el país: Egipto, Turquía, los Emiratos o Rusia, con Estados Unidos y Europa en el asiento de atrás. El flujo del petróleo se ha visto interrumpido en algún periodo (3).Los esfuerzos de la ONU han sido inoperantes.
En Egipto, la situación de los derechos humanos ya es pavorosa y la presión económica se asemeja a una bomba de relojería. La represión cimenta el control del Presidente-general Al Sisi tanto o más que en la era de Mubarak. La situación de las cárceles, revelada por recientes informes periodísticos, es terrible (4). El peligro islamista sigue reducido al Sinaí. Pero el malestar social podría favorecer su extensión al resto del país.
Palestina se ha convertido en un gran pudridero. Deterioro de las condiciones de vida, bloqueo sin aparente salida del mal llamado proceso de paz, esclerosis del liderazgo palestino, indiferencia más que impotencia de las potencias occidentales y desesperación creciente de la población. El último episodio de violencia en Gaza refleja el estado actual de las cosas. Israel se siente más seguro que nunca de liquidar a su antojo lo que considera riesgos para su seguridad con la desproporción habitual y mayor impunidad que nunca. La resistencia palestina se divide aún más, incluso entre las fuerzas que no aceptan la vía política negociadora, como Hamas y la Yihad. (5).
Israel se encamina hacia las quintas elecciones en poco más de dos años, sin que se vislumbre la superación del estancamiento político. El primer ministro interino, Yair Lapid, se ha ganado sus oportunas credenciales guerreras este verano en Gaza, algo que podría servirle para intentar neutralizar el discurso belicoso de Netanyahu y reconstruir la híbrida alianza que ha gobernado los últimos meses. Bibi lucha no sólo por su supervivencia política, sino también para escapar del cerco judicial que amenaza con enviarle a prisión o, en el mejor de los casos, inhabilitarlo para los restos (6).
Líbano se hunde en el estancamiento económico y en el inmovilismo político, dos años después de la gigantesca explosión en el puerto de Beirut (7). Ni las presiones de Macron, ni las protestas sociales recurrentes han alterado un pacto político artificial que asegura el reparto de poder entre castas sectarias y grupos de interés.
Siria asiste a la prolongación de una guerra inacabada. Atrás queda el conflicto total que asoló el país durante una década e hizo perder a la mitad de su población, por fallecimiento, desplazamiento o exilio. Pero continúan focos bélicos en el norte, donde Turquía aspira a consolidar una especie de protectorado para neutralizar a las guerrillas kurdas. Erdogan quiere que Putin le permita hacer las operaciones de limpieza pertinentes, a cambio de ese papel ambivalente que el presidente turco está jugando en la guerra de Ucrania (8). El régimen sirio sigue dependiendo más que nunca de Moscú y Teherán. La filial de Al Qaeda conserva férreamente su enclave en el noroeste y los herederos del Daesh aspiran a restablecerse en zonas desérticas (9).
Irak se instala en la confrontación permanente. A las luchas sectarias que dieron lugar al nacimiento y auge de los extremistas sunníes del Daesh, se unen ahora las agrias disputas entre distintas facciones chiíes. Proiraníes y nacionalistas luchan por controlar el gobierno y las instituciones políticas y de seguridad. Las ocupaciones recientes del Parlamento por los partidarios de Moktada Al-Sadr reflejan el descontrol actual. Vencedor de las elecciones, pero sin mayoría absoluta, el clérigo sempiternamente disidente pretende llevar a su terreno a unas masas descontentas con todos (10). El riesgo de explosión social es altísimo.
Irán está a punto de dotarse de la capacidad nuclear. Biden se ha quedado a mitad de camino entre la negociación y la presión. Parece que, en los últimos días, se han producido avances en Viena. Israel calla y actúa: mata a científicos y prepara actos de sabotaje, con la complicidad, cuando no la cooperación de Washington. A la postre, los israelíes confían en que, incluso si hay acuerdo, éste se convierta en papel mojado y esta o la próxima administración de Estados Unidos se avenga a proporcionar la munición que el estado judío necesita para destruir el operativo nuclear iraní (11).
Yemen se encuentra en estado de tregua, en todo caso precario. No hay indicios de compromisos políticos o de seguridad que permitan concebir esperanzas de acuerdo a largo plazo. El alto el fuego actual se debe al agotamiento temporal de los beligerantes: los rebeldes hutis apoyados por Irán y las fuerzas saudíes y emiratíes que respaldan a un gobierno central que ha dejado de existir, privado de poder real (12).
Afganistán cumple estos días el primer aniversario del regreso de los talibán. A las potencias internacionales les preocupa que el país vuelva a ser santuario de terroristas internacionales. Pero al afgano medio y pobre le laceran otras lacras. El ambiente social es tétrico. La pobreza crece hasta amenazar ya al 97% de la población y el hambre es la realidad cotidiana de la mitad de los ciudadanos. Explican esta catástrofe la destrucción provocada por la guerra, la mala gestión, el aislamiento internacional y el bloqueo de los fondos externos del Estado por parte de Estados Unidos. Un periodista local acaba de hacer un diagnóstico muy realista de la situación (13). En el movimiento talibán ya hay grietas entre los sectores más inmovilistas y los pragmáticos que estarían abiertos a cierta apertura para conseguir un respiro de Occidente. De no abrirse una vía de compromiso, podrían generarse revueltas, de las que podría aprovecharse Jorrasán, filial local del ISIS, mucho más fuerte que Al Qaeda. Tampoco atraviesan por buen momento las relaciones con el vecino y protector/ dominador Pakistán, cuyo nuevo gobierno se ve sacudido por una deuda externa que ya alcanza el 30% del PIB.
NOTAS
(1) ”North Africa’s frozen conflict”. HANNAH RAE ARMSTRONG. FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.
(2) “The end of the Tunisian model”. SARAH YERKES. FOREIGN AFFAIRS, 15 de Agosto; “The major issue in Tunisia remains the ailing economy”. JAKES WALLES. CARNEGIE, 3 de Agosto.
(3) “Libya: crisis watch”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, julio 2022.
(4) “’Slow death’: Egypt’s political prisoners recount horrific conditions”. VIVIAN YEE. THE NEW YORK TIMES, 8 de agosto.
(5) Entrevista con la investigadora Leila Seurat, sobre las diferencias entre Hamas y la Yihad Islámica. LE MONDE, 9 de agosto.
(6) “Israel and Gaza keep up their precarious dance”. NEIL ZILBER e “Israel likely headed to another election: outlining the political battle ahead. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 9 de Agosto y 24 de junio.
(7) “Deux ans après la double explosion au port de Beyrouth, l’enquête toujours entrevée”. LAURE STEPHAN. LE MONDE, 4 de Agosto.
(8) “Erdogan and Putin: complicated relations with mutual benefits. STEVEN ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 11 de Agosto
(9) “Containing a resilient ISIS in Central and North-eastern Syria”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 18 de julio.
(10) “Big Bang in Baghdad?”. MARSIN ALSHAMARY). CARNEGIE, 3 de agosto; “Is Moqtada al-Sadr trying to stage a Jan 6 insurrection in Iraq?”. SIMONA FOLTYN. FOREIGN POLICY, 11 de agosto.
(11) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 de junio.
(12) “Yemen. Truce or consequences”. AHMED NAGY. CARNEGIE, 8 de agosto.
(13) “Can the Taliban be contained”. SAAD MOSHENI. FOREIGN AFFAIRS, 16 de agosto.
LA TORMENTA SOBRE TAIWÁN
10 de agosto de 2022
Las maniobras militares aeronavales de China en torno a Taiwán (al parecer inconclusas aún) han avivado las especulaciones acerca de las “verdaderas intenciones” de los dirigentes de Pekín. El debate no es nuevo. Desde la guerra revolucionaria, con el triunfo de los comunistas en el continente y el atrincheramiento de los nacionalistas en la isla (e islotes anejos) frente a la provincia de Fujian se hacen predicciones sobre el futuro de una de las crisis latentes más perdurable de las últimas décadas.
En setenta años no ha cambiado el designio chino de reunificar el país, como es lógico. Lo que ha variado, quizás, son las estrategias, la percepción de los tiempos y la gestión de prioridades, en función de los equilibrios geoestratégicos, de las necesidades del país y, no menos importante, de los cálculos de poder de la élite comunista.
Los dirigentes y habitantes de la isla han vivido una evolución más clara. Del periodo nacionalista intransigente se pasó a una cohabitación menos militante, luego a la consideración de una unificación pactada (al estilo del acuerdo sobre Hong Kong, hoy en cuestión), hasta llegar a la situación actual, dominada claramente por el deseo de resistirse a la unificación, que una parte cada vez mayor de la población contempla como una pura absorción y el final de un modo de vida.
Los vecinos de China y Taiwán se han sentido relativamente cómodos con el statu quo, porque les permitía sacar beneficio del comercio diferencial con ambas. Pero han vivido con la inquietud de saber que, al cabo, estaban disfrutando de una estabilidad incierta. Estados Unidos, hasta hace muy poco poder omnímodo en el Pacífico, se adaptó a una realidad que no podía ni quería cambiar debido al alto precio que se vería obligado a pagar. En los primeros setenta sacrificó la retórica de la libertad y la democracia cuando se le abrió la oportunidad de acercarse a China, con un triple propósito: neutralizar a un gigante que se despertaba, posicionarse ante una inmensa oportunidad de mercado y aprovecharse de la inquina intracomunista entre Moscú y Pekín para cercar a la URSS. Sacrificó para ello el reconocimiento oficial de la realidad de la entonces Formosa, sin dejar de apuntalar su existencia con ambiguas políticas de apoyo militar y vigorosa cooperación económica.
Los tiempos han cambiado. China se ha convertido en una superpotencia económica y cree llegado el tiempo de dotarse de un poderío militar equivalente a su nuevo estatus internacional. El viejo designio de la unificación nacional renace, acorde con el lema con el que el actual número uno del régimen, Xi Jinping, pretende definir su mandato: el “rejuvenecimiento nacional”.
En los análisis y comentarios que se pueden leer estos días sobre esta última crisis de Taiwán, hay un denominador común, por encima de la diferencia de percepciones y calibramiento de las capacidades de China para llevar a cabo su proyecto nacional. Todo son especulaciones o estimaciones de lo que puedan estar considerando los dirigentes chinos. Se sabe poco a ciencia cierta, a pesar de cuarenta años de una creciente cooperación con Pekín en todo tipo de ámbitos. Pero casi todos los expertos admiten que resulta muy difícil predecir la conducta de una élite política en apariencia más fuerte que nunca, pero últimamente sometida a gran presión por el frenazo del desarrollo económico que hasta solamente tres años parecía imparable, pese a los indudables problemas estructurales.
Analistas estadounidenses como Oriana Skylar-Mastro (Universidad de Stanford, entre otras instituciones), Bonnie Lin (Centro de estudios estratégicos de Georgetown), David Sachs (Consejo de Relaciones Exteriores), Andrew J. Nathan (Universidad de Columbia), o Ryan Hass (Brookings y asesor jefe para China en la administración Obama) entre otros otros han publicado estos días sus reflexiones en publicaciones especializadas ajenas al gran público (1) y ofrecido sus apreciaciones en una gran cantidad de artículos y piezas audiovisuales más asequibles. No se deben olvidar las opiniones expresadas por autores taiwaneses tanto oficiales como oficiosas (2), ni, naturalmente, las valoraciones de Pekin, expresadas a través de sus canales institucionales (3)
Los análisis de todos ellos, con sus diferentes enfoques y orientaciones, giran en torno a las siguientes variables:
¿Ha renunciado Pekín definitivamente a una unificación pacífica o por decantación, como parecía ser el caso en el periodo inicial del despegue económico? ¿Está dispuesta esta China a correr el riesgo de una intervención militar para recuperar el control de Taiwán? ¿Están preparadas las Fuerzas Armadas para acometer una tarea semejante, pese al incremento del gasto militar de las últimas décadas? ¿Existe una opinión compartida en la jerarquía china sobre el grado de implicación que está dispuesto a asumir Washington? ¿Dispone el alto mando de una estrategia solvente para afrontar una eventual respuesta militar norteamericana? ¿Cuáles son las estrategias ante las diversas eventualidades militares y con qué flexibilidad se podrían implementar en la práctica ante escenarios cambiables sobre el terreno? ¿Le puede ser de utilidad los errores y dificultades de la operación rusa en Ucrania?¿Cuenta Pekín con poder neutralizar a los vecinos, en caso de un posicionamiento activamente hostil liderado por Washington? ¿Se contempla el uso del armamento nuclear en caso de que todo saliera realmente mal?
Estos mismos especialistas se ocupan también de elucidar la posición de Estados Unidos y sus aliados asiáticos en caso de crisis mayor. Y, aunque las incógnitas, deberían ser menores, a priori, no hay un convencimiento claro sobre el alcance de una implicación militar de Washington en caso de invasión o de gran acción militar china.
Las consideraciones sobre la eventual conducta de China son especulativas, por lo general, aunque se disponga de un conocimiento considerable sobre los recursos y la capacidad de las fuerzas armadas y los mecanismos de actuación del liderazgo político. Sobre este último factor, que es clave para determinar la decisión final, hay también muchos prejuicios, tanto ideológicos como políticos. La inteligencia académica no es independiente de los grandes intereses económicos y estratégicos desde el momento en que sus trabajos y su estatus social y profesional está sustentada por ellos.
La tradicional opacidad del poder político en China contribuye a esta clima neblinoso en la percepción de los dilemas y las disyuntivas que pueden pesar en el proceso de toma de decisiones en Pekín. El juicio que se hace al actual presidente chino es prácticamente unánime en el establishment político, militar, diplomático y académico de Estados Unidos y de la inmensa mayoría de sus aliados regionales y occidentales. Se trata de una figura de una gran ansia de poder (no sólo corporativo, también personal), expansionista ante su entorno, convencido de su misión como conductor del proceso de liderazgo chino en esta fase de la civilización. Este dibujo de la personalidad política de Xi tiene base razonablemente justificada en sus actuaciones, discursos y proclamas, pero a los hechos se añaden las motivaciones y los juicios de intención. No es que se haya vuelto a la lógica de la guerra fría, porque, en realidad, nunca se abandonó del todo. Pero sí asistimos a un recrudecimiento de la demonización en la conformación de los análisis y en el diseño de los perfiles de los dirigentes juzgados como hostiles o más bien como peligrosos.
La unanimidad de los medios adeptos al orden liberal resulta un poco inquietante, si tenemos en cuenta las experiencias de desinformación, manipulación, ocultamiento, sesgos narrativos o falseamiento que hemos padecido en las últimas décadas. El autoritarismo y el ejercicio vicioso del poder de los “enemigos” favorece esta modelación de la opinión pública y hace más difícil una comprensión cabal de los problemas internacionales, que no pueden reducirse a un cuento de buenos y malos.
NOTAS
(1) Relación de trabajos consultados:
-“Implicaciones for Taiwan of the divergences in narrative on China’s future”. RYAN HASS. BROOKINGS, 8 de Agosto.
-“The Taiwan temptation. Why Beijing might resort to force”. ORIANA SKYLAR-MASTRO. (Instituto Freeman Spogli , Universidad de Stanford). FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2021.
-“Beijing is still playing the long game on Taiwan. Why China is not poised to invade”. ANDREW J NATHAN (Profesor de la Universidad de Columbia). FOREIGN AFFAIRS, 23 de junio.
-“How to survive the next Taiwan strait crisis”. DAVID SACHS (Consejo de Relaciones Internacionales). FOREIGN AFFAIRS, 29 de julio.
“China’s Taiwan invasion plans may get faster and deadlier”. BONNY LIN (Director de China en el Centro de Estudios estratégicos internacionales de la Universidad de Georgetown) y JOHN CULVER (Oficial retirado de inteligencia). FOREIGN POLICY, 29 de abril.
(2) “China’s military exercices aren’t a crisis- yet”. LEV NACHMAN (Profesor de la Universidad Nacional de Chengchi, Taiwan). FOREIGN POLICY, 5 de Agosto; “Xi Jin-ping may attack Taiwan to secure his legay”. LEE HSI-MIN. (Almirante y ex-jefe del Estado Mayor de las Fuerzas armadas de Taiwan). THE ECONOMIST, 3 de agosto.
(3) Se encuentra una amplia y muy accesible muestra en Global Times, publicación on line sobre asuntos mundiales. https://www.globaltimes.cn/
EL ENREDO CHINO Y EL RECURSO ANTIYIHADISTA
ÁFRICA: EL TABLERO NO TAN MARGINAL DE LAS GRANDES POTENCIAS
27 de julio de 2022
Si en alguna región del mundo el frente antirruso es más débil o menos compacto es África. El continente donde malvive más de la mitad de la población más pobre del planeta ofrece, sin embargo, un atractivo no menor para los poderosos de la Tierra.
Estos días coinciden varias iniciativas políticas y diplomáticas en el continente: las más visibles son las giras del presidente francés, Emmanuel Macron, y del ministro ruso de exteriores, Sergei Lavrov. Más discretamente, las autoridades chinas ejercen una acción constante sobre el terreno. Estados Unidos, en aparente retroceso, mantiene sus bazas militares sin descuidar las económicas. La UE, que delega en Macron el liderazgo en la región, lanzó a comienzos de año un intento de recuperación del terreno perdido.
Los africanos y africanas están padeciendo las consecuencias de la guerra en Ucrania, de forma menos mediática, pero mucho más contundente que en Occidente (1). Allí el problema no es sólo el alza de los precios de los productos de necesidad, sino el desabastecimiento mismo de alimentos. Más de trescientos millones de personas se encuentran en serio e inminente riesgo de hambre. De los 13 países en alerta roja, 11 son africanos, como señala Christopher Barrett, especialista en política agraria de la Universidad de Cornell. La tesis de este investigador es que, en realidad, la actual crisis global alimentaria es anterior a la guerra de Ucrania y hunde sus raíces en una equivocada e insuficiente política mundial y particularmente occidental (2).
Pero mientras la gente pobre se muere literalmente de hambre o parece condenada a una vida sin esperanza, las grandes potencias y conglomerados económicos están embarcados en una carrera frenética por controlar sus recursos minerales, energéticos y naturales, juegan sus bazas en los incontables conflictos armados locales y aseguran bases militares para afianzar sus posiciones geoestratégicas (3). Después del final de la guerra fría, Occidente parecía ejercer un control casi absoluto del continente. Las élites de los países otrora en la órbita de Moscú intentaron mantener su estatus negociando fórmulas diversas de acomodo con el mundo occidental.
EL LIDERAZO ECONÓMICO DE CHINA
Por entonces, China apenas contaba con una presencial marginal en la región. Treinta años después, la conjunción del poder público y privado de China ha ganado el liderazgo en algunos sectores del desarrollo continental, especialmente el de las infraestructuras. La aceleración ha sido sobresaliente en la última década. Pekín ya controla casi un tercio de los proyectos (31%), mientras Occidente sobrepasa una décima parte (12%). Hace apenas diez años, esos porcentajes se leían a la inversa. El peso de las grandes infraestructuras determina el conjunto de la balanza comercial de continente con las grandes potencias. Los intercambios con China suman 250 mil millones de $, mientras con Occidente suman una cuarta parte de esa cantidad (4). El poderío chino se ve lastrado por problemas estructurales. El más relevante es la deuda de los países receptores del capital chino, lo que genera un nuevo tipo de dependencia. Esta bomba retardada también fragiliza a las empresas y entidades financieras chinas, que están buscando nuevas fórmulas para hacer más sostenible la penetración en África.
Después de la pandemia, las autoridades de Pekín han incorporado una visión más amplia de sus relaciones en África, que trascienda el beneficio económico a medio o largo plazo. La diplomacia china parece decidida a involucrarse, no sin cautela, en esfuerzos de mediación política para tratar de resolver conflictos regionales o locales que pueden ser muy malos para los negocios (5).
En el nuevo enfoque de Pekín influye, sin duda, en el intento occidental por ganarse a los dirigentes considerados más proclives. El caso más claro es el de Zambia, el país que tiene la deuda más alta con China. El nuevo presidente, Hakainde Hichilema, prometió una política más independiente de Pekín e incluso canceló algunos proyectos. Biden lo premió, invitándolo a su Cumbre de las democracias a finales del año pasado. Macron ha decidido ahora hacer una parada en Lusaka para afianzar el buen feeling mutuo apreciado en la reunión euroafricana del pasado febrero. Pero los dirigentes chinos se han movido con rapidez y ya han ofrecido a Hichilema un plan de reducción de la deuda. Parecidas iniciativas se han acometido en otros países (6).
El caso de Rusia es distinto, debido a su menor capacidad económica. La gran baza del Kremlin en la zona es la militar. Su industria de armamento encuentra en el atribulado panorama político y étnico africano un mercado muy provechoso. Y no sólo armas; también soldados, mercenarios. El grupo Wagner, que se relaciona con el magnate ruso Prigozhin, un veterano asociado de Putin desde los tiempos de San Petersburgo, extiende su penetración por todo el continente (7). El caso más llamativo ha sido el de Mali, donde las nuevas autoridades militares locales le enseñaron la puerta a Francia, sellando el destino de la operación anti yihadista Barkhane (8).
EUROPA: RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO
La actual gira de Macron elude el triángulo crítico (Mali, Burkina Fasso, Níger) y se centra en Camerún, Benin y Guinea Bissau, países que se encuentran en la ruta del Sahel hacia el centro del continente, donde se encuentra el otro polo de la presencia francesa (9). El presidente francés trata de reflotar los intereses de potencia (neocolonial, para algunos observadores locales), y de erigirse en delegado europeo. En febrero, la UE reconoció que había perdido demasiado terreno en África y lanzó un programa de inversiones por valor de 150 mil millones de euros hasta 2027. La cifra puede parecer enorme, pero varios analistas y dirigentes africanos estiman que se queda muy corta para las necesidades del continente. Y, aun así, algunos estados europeos se mostraron recelosos o escépticos. Es muy probable que las prioridades marcadas por la guerra de Ucrania reduzcan el alcance del plan comunitario (10).
EE.UU.: ESCALA HACIA ORIENTE
Estados Unidos ha perdido interés económico en África. La inversión directa ha bajado un tercio, del pico de 69 mil millones $ en 2014 a los 46 mil millones de 2020. El comercio también ha perdido valor: en la década pasado se redujo a una tercera parte. Para finales de este año hay proyectada una cumbre con los países africanos (11). Aparte de la ayuda sanitaria por el COVID, insuficiente y tardía, Washington contempla la deriva africana con lentes fundamentalmente militares. Le preocupa la penetración económica china, naturalmente y le incomoda el margen de influencia de Rusia. El objetivo es afianzar la red de bases y alianzas con que apoyar el despliegue en el Mediterráneo, Oriente Medio y Océano Índico. A veces saltan alarmas, como un supuesto proyecto de base naval china en África Occidental, que el propio Pentágono se encargó de desactivar (12).
Washington ejerce una influencia activa pero menos aparente que en otras zonas. Pone especial atención a los conflictos más peligrosos, como el de Etiopía, por la importancia estratégica del país. Otro país prioritario es el Congo, principal productor mundial de litio, mineral esencial, entre otras cosas, para el desarrollo de los coches eléctricos en las próximas décadas. El gran país del corazón de África apunta a potencia petrolífera, tras la decisión del gobierno de Kinsasa de ofertar a las multinacionales la exploración en tierras de gran valor ecológico (13).
África, inmenso cementerio humano a cielo abierto, atesora un gran botín. Seis décadas después de la última ola de descolonización, los mecanismos de la dependencia han cambiado de cara, pero continúan dominando la vida de sus 1.300 millones de almas, tantas como las que viven en India, el país más poblado de la tierra.
NOTAS
(1) “L’Afrique paie déjà le prix de la guerre en Ukraine”. LE MONDE, 22 marzo.
(2) “The global food crisis shouldn’t have come as a surprise”. CHRISTOPHER BARRETT (Universidad de Cornell). FOREIG AFFAIRS, 25 julio.
(3) “Rebels without a cause. The new face of African Warfare. JASON K. STEARNS (Director del Grupo de Investigación del Congo en el Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York). FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2022, “Africans caught in the geopolitical crossfire”. FOREIGN POLICY AFRICAN BRIEF, 25 mayo.
(4) “How Chinese firms have dominated African infrastructure”. THE ECONOMIST, 16 febrero.
(5) “Quand la Chine joue les mediatrices diplomatiques en Afrique et au Moyen-Orient. SOUTH CHINA MORNING POST (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL), 26 marzo.
(6) “Where China is changing its diplomatic ways (at least a little)”. JANE PERLEZ. NEW YORK TIMES, 25 julio.
(7) “Small bands of mercenaries extend Russia’s reach in Africa. THE ECONOMIST, 15 enero; “Nostalgie et Kalashnikovs. Why Russia wins some simpathy in Africa and the Middle East. THE ECONOMIST, 12 marzo.
(8) “Mali, Lybie, Soudan, Centroafrique et Mozambique: récit de cinq ans d’avancée russe en Afrique”. LE MONDE, 28 enero; “The future of Russia-Africa relations”. JOSEPH SIEGLE. BROOKINGS, 2 febrero; “La poutinophilie d’une partie des africans relève d’un rejet de l’Occident. (Entrevista con PAUL-SIMON HANDY, investigador camerunés en Etiopía). LE MONDE, 9 marzo, “Russia has big plans for Afrique”. SAMUEL RAMANI (Universidad de Oxford). FOREIGN AFFAIRS, 17 febrero;
(9) “Emmanuel Macron au Cameroun et Bénin, une tournée a risqué”. LE MONDE, 26 de julio.
(10) “Sommet UE- Afrique: Paris et Bruxelles veulent rattraper le temps perdue. LE MONDE, 16 de febrero.
(11) “Will Biden deliver on his commitment to Africa in 2022?”. WHITNEY SCHENEIDMAN. BROOKINGS, 10 de enero.
(12) “Fears of a Chinese naval base are overblown. COBUN VAN DEN STANDEN (SOUTH AFRICAN INSTITUTE OF INTERNATIONAL AFFAIRS). FOREIGN POLICY, 3 de marzo.
(13) “Congo to auction land to oil companies: ‘our priority is not to save the planet’”. NEW YORK TIMES, 24 de julio.
BIDEN, EN EL LABERINTO DE ORIENTE MEDIO
Joe Biden ha concluido su primera gira por Oriente Medio con los píes fríos y la cabeza caliente. Las urgencias de la guerra de Ucrania y la presión del calendario del programa nuclear iraní empujaron al Presidente norteamericano a hacer acto de presencia en una región cuya prioridad siempre quiso rebajar, cuando ocupaba responsabilidades políticas menores. Eso que convenimos en llamar establishment, agente de los grandes intereses americanos y globales, le indicaron la conveniencia de no parecer demasiado distante personalmente de la revisada arquitectura de seguridad regional.
LA TRAMPA SAUDÍ
El Presidente confía en que, a cambio de comerse sus palabras de tratar al todopoderoso Príncipe heredero, Mohamed Bin Salman (MBS), como un paria internacional, los saudíes consigan que la OPEP avale en su reunión de este otoño un incremento del bombeo de crudo. Eso reduciría la presión sobre los precios y aliviaría la presión energética de Moscú sobre Europa. No parece fácil: Arabia Saudí y los otros países del Golfo están al límite de su capacidad, como le recordó Macron a Biden en el reciente G7.
Poco más se esperaba públicamente de una cita envenenada. Las cuentas pendientes del Presidente con MBS enturbiaban las perspectivas. Al cabo, el orquestado encuentro entre ambos dirigentes no ha sido útil para la imagen de la Casa Blanca (1). Biden sustituyó el apretón de manos por el choque de puños, y el gesto irritó tanto o más a Hatice Cengiz, la novia/viuda del disidente Kassoghi, al editor del Washington Post (del que el asesinado periodista era colaborador) y a las organizaciones de derechos humanos (2). Aparte de esto, el presidente se metió una vez en líos. Biden aseguró que había tratado el asunto Kassoghi con Mohammed Bin Salman desde el principio de su conversación y que le había recriminado su responsabilidad personal en el escabroso asesinato. Por el contrario, el jefe de la diplomacia saudí (y anterior embajador en Washington) dijo no haber escuchado al Presidente expresarse en esos términos. Requerido por los medios para explicarse, Biden dejó traslucir cierta exasperación.
Este caso ha recibido mucha más atención en la prensa americana que la muerte de la periodista palestino-norteamericana Shireen Abu Akleh, por disparos de la policía militar israelí, aunque en Washington han preferido aducir razones técnicas para no avalar la autoría del disparo. Las repercusiones diplomáticas de estas dos muertes, aunque muy distintas en su alcance, han puesto en evidencia la hipocresía o el cinismo con que el poder en Washington utiliza el asunto de los derechos humanos en la política internacional. La amplia experiencia en la materia nos indica que cuando se trata de vulneración de derechos humanos en países adversarios, el asunto se convierte en objeto de batalla constante y en medidas de sanciones acordes con el interés práctico del asunto, mientras que, cuando las violaciones son practicadas por países amigos, aliados o cómplice, como en este caso, la respuesta no sobrepasa el umbral de la retórica y el postureo. Esto es lo que se le ha reprochado a Biden en esta ocasión, y con razón (3). Pero su comportamiento no ha sido distinto al exhibido por sus antecesores.
Los asuntos más profundos de la gira no han aparecido en titulares, en parte por su complejidad, pero también por encontrarse en fase embrionaria o, a lo sumo, de maduración. La recurrente cuestión de hasta dónde quiere implicarse EE.UU. en las estrategias de seguridad en Oriente Medio lleva años siendo objeto de análisis en despachos y gabinetes. Hay quienes opinan que la prioridad china y la urgencia rusa desplazan a la turbulenta e intratable región a un lugar secundario. Pero los datos prácticos indican otra cosa menos rotunda.
Biden aseguró en vísperas de embarcarse el Air Force One que, por primera vez, un presidente visitaba la región sin que hubiera fuerzas norteamericanas en misiones de combate (4). Afirmación cuando menos inexacta. Negociadores norteamericanos en anteriores administraciones demócratas le recordaron que la noción “misiones de combate” está abierta a interpretaciones (5). En medios más críticos, como THE INTERCEPT, se detalló cómo la persistencia del esfuerzo militar norteamericano en la región está lejos de decaer, aunque una pax americana siga siendo esquiva (6).
UNA NUEVA ARQUITECTURA DE SEGURIDAD REGIONAL
Los estrategas norteamericanos, en todo caso, alumbran una nueva arquitectura de seguridad en Oriente Medio más multilateral, por así decirlo. Está asentada en los llamados “acuerdos Abraham”; es decir, la alianza entre Israel y algunos estados árabes aliados de Washington, con el propósito decidido y explícito de cercar a Irán, pero también de evitar nuevos sobresaltos “primaverales” como el de 2010 (7).
Se trata de una alianza en construcción, con proyectos integrados de defensa, pero no exenta de contradicciones y visiones diferentes (8). Ya están a bordo dos de las monarquías muy conservadoras de Golfo (los Emiratos y Bahréin). Se espera a Arabia Saudí, que prefiere una aproximación gradual y desde luego, pone un precio más alto, por exigencias de imagen, debido a sus responsabilidades religiosas. Como anticipo, durante la gira de Biden se ha hecho oficial la cesión de El Cairo a Riad de las islas Tirana y Sanafir, que controlan el acceso al Golfo de Aqaba desde el Mar Rojo (9). Recuérdese que el cierre de esos enclaves por Nasser y la consiguiente interrupción de la navegación fue una de las causas inmediatas de la guerra de los Seis días, en 1967.
Marruecos se sumó desde un principio al modelo Abraham a cambio del reconocimiento de su soberanía sobre el Sahara por la administración Trump. Biden no piensa modificar esa posición, pese a lo que dijo en su día (otra renuncia más) y a lo que piensan muchos demócratas. Jordania está formalmente ausente, por la cuestión palestina, pero su colaboración es amplia y multidireccional. Egipto es socio básico e imprescindible y, como siempre, clave de cualquier alianza regional. Bajo el férreo mando de Al Sisi el país de las pirámides ha superado todos los niveles de violación de derechos humanos ante la clamorosa ausencia de medidas eficaces de Washington.
Israel es la gran beneficiaria de esta alianza, que algunos han definido como la OTAN de Oriente Medio (barbarismo terminológico y estratégico, pero resultón). En realidad, antes de que cuajaran los Abraham, este acercamiento israelo-árabe era palmario. Sólo la retórica de la solidaridad árabe con Palestina dificultaba la oficialización (10).
EL CERCO A IRÁN
La animosidad frente a Irán (país no árabe, por lo demás) ha facilitado el abandono de la impostura. El proyecto nuclear del régimen de los ayatollahs es el elemento unificador de una estrategia militar compartida. El acuerdo roto por Trump no termina de ser reparado por Biden, porque nadie está convencido de que ya sea útil. Washington pone condiciones más duras que la de 2015 (eliminación del programa de misiles, renuncia a la desestabilización regional mediante el apoyo a sus aliados chíies, controles de verificación reforzados y retirada más pausada de las sanciones (11). Teherán no encuentra alicientes para aceptar estos cambios. Con uranio enriquecido ya al 60%, se encuentra a punto (dos semanas) del umbral de la bomba (breakout), y por tanto en posición de fuerza, en caso de que no haya acuerdo de renovación (12).
Israel sigue rechazando cualquier tipo de compromiso, pero su posición no es ya tan monolítica. En las FF.AA. y en la Inteligencia se empiezan a escuchar voces en favor de un acuerdo de limitación o temporización, para ganar tiempo. El objetivo israelí sigue siendo la destrucción completa del programa nuclear iraní, pero ahora se reconoce que la ruptura de Trump fue un error, porque aceleró el esfuerzo atómico de los ayatollahs, sin habilitar el “permiso” y los recursos materiales de una acción militar.
La actual administración, como las anteriores, se cuida de avalar la solución militar y menos de suministrar a Israel la munición necesaria para un ataque efectivo. Pero sigue mirando para otro lado mientras se acumulan los asesinatos de científicos iraníes por el Mossad, algo que nadie discute (13). El régimen iraní lo considera inevitable y parece reponerse con cierta facilidad de estas pérdidas (14). En todo caso, se trata de actos que, en otros casos, Washington (y Occidente en general) consideraría como “terrorismo internacional”. Un ejemplo de doble rasero.
La gira de Biden no ha ofrecido públicamente nada nuevo en este asunto, entre otras cosas porque Israel se encuentra con un gobierno provisional, tras la ruptura de la heteróclita coalición que hace un año alejó del poder a Netanyahu. Habrá elecciones en otoño y, si King Bibi vuelve a tomar los mandos, este consenso de presión concertada “diplomática” sobre Irán podría quebrarse. Sólo la certidumbre de que el régimen islámico adoptara la decisión de fabricar la bomba obligaría a Washington a replantearse la opción de pura fuerza. El tiempo se está agotando.
NOTAS
(1) “Was Biden’s Middle East trip worth it?”, ISHAAN THAROOR. WASHINGTON POST, 18 julio; “Biden’s fraught sadu visit garners scathing criticism and modest accords”. PETER BAKER y DAVID SANGER. NEW YORK TIMES, 15 julio.
(2) “Joe Biden has a Saudi problem”. YASMINE FAROUK (CARNEGIE). WASHINGTON POST, 13 julio.
(3) “The true cost of the Biden’s Saudi visit. A meeting with MBS undermines Human Rights globally”. AGNÈS CALLAMARD. FOREIGN AFFAIRS, 13 julio;
(4) “Why I’m going to Saudi Arabia. JOE BIDEN. WASHINGTON POST, 9 julio.
(5) “What to expect from Biden’s big Middle East trip”. STEVE COOK y DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 8 julio.
(6) “Biden’s trip is about exiting the Middle East- but U.S. might get pulled back in”. MURTAZA HUSSEIN. THE INTERCEPT, 14 julio.
(7) “The Abraham accords and the changing shape of the Middle East. DAVID ROSS. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 23 junio; “Can Biden pivot to normalcy in the Middle East?. NATHAN SACHS. BROOKINGS, 12 julio.
(8) “From arabs and israelís Bide hears very different ‘new’ Middle East”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 14 julio.
(9) “Getting an Israeli-saudi deal on Tiran and Sanafir. DAVID SCHENKER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 8 julio.
(10) “Why the Abraham accords fall short. Sidelining the Palestinians is a recipe for violence, not peace”. ZAHA HASSAN Y MARWAN MUASSER. FOREIGN AFFAIRS, 7 junio; “Make the Middle East safe for Tyranny”. PETER BEINART. BLOG PERSONAL, 11 julio.
(11) “What America should do if Iran nuclear deal talks fail”. MARIA FANTAPPIE y VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 1 julio.
(12) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 junio.
(13) “Why Israel keeps assassinating Iranian officials”. DANIELLE PLETKA. 29 junio.
(14) “Why Iran is downplaying Israel assassinating its officials”. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 1 julio.
