ESCENARIOS CONVULSOS, AMISTADES CONFUSAS

11 de julio de 2012 
               
Desde el comienzo de su mandato, el Presidente Obama abandonó el unilateralismo de la administración Bush en la gestión de los problemas mundiales y restableció un método de diálogo y consenso con los socios mayores, los miembros de la OTAN.  Pero en su condición de líder indiscutido e indiscutible de la esfera occidental, Estados Unidos ha seguido marcando la pauta de las certificaciones de buena conducta, debido a dos factores fundamentales: la percepción de cambios estratégicos y  las presiones internas.
                LA ‘PREFERENCIA’ AFGANA
                En el caso de Afganistán, las presiones internas son demasiado visibles. Estados Unidos acaba de otorgar a este país el estatus de aliado preferente fuera de la OTAN. Es una consideración que excede la retórica diplomática, porque tiene efectos económicos y militares. En la Conferencia de Tokio se concretó la significación futura de este compromiso. Estados Unidos arrastró a sus aliados de la OTAN y a los de la alianza paralela en Asia a fortalecer un futuro sin amenazas en el cuarto país más pobre de la tierra, y quizás el más volátil de todos, en cuanto a los intereses occidentales se refiere. Los 16 mil millones de dólares aportados deberían servir para edificar una infraestructura elemental de desarrollo en el país. Ha pasado inadvertido que esa cantidad, a depositar en cuatro años, es idéntica a la que Estados Unidos se gastará anualmente en consolidar los aparatos de seguridad (Fuerzas Armadas y policía).
Europa ha aceptado sin entusiasmo, y aportará cantidades mucho más pequeñas, comparativamente, porque no se fía de que el dinero sea invertido correctamente. Aunque la donación está supeditada al cumplimiento de unas condiciones de buen gobierno y erradicación de la corrupción, y el propio presidente Karzai ha admitido que se trata de una exigencia justa y razonable, no está claro que pueda alcanzarse ese objetivo.
                Pero Obama no puede parar la dinámica de abandono europeo de Afganistán y necesita una estabilización exprés y un escenario de cierta claridad antes de noviembre. La grandilocuencia de los gestos no compensa las dudas y los recelos sobre el terreno.
                Afganistán es un caso especial, porque representa el escenario más complicado de la política exterior norteamericana. Pero no el único. Por ceñirnos a estos últimos cuatro años, los de la administración Obama, la selección de aliados ha estado sometida a procesos de revisión complejos e inciertos.
En Asia, la ‘doctrina Clinton’ sobre la prioridad estratégica de este continente para los intereses norteamericanos en el comienzo de este siglo y la necesidad de ofrecer una contención política, militar y económica al surgimiento de China. Europa contempla con sumo interés esta situación, pero no juega un papel determinante. Si bien, la hegemonía china en el mundo emergente se confirma día a día, pese a las dificultades, y sufre también las consecuencias en su economía y en su modelo social, lo cierto es que Estados Unidos percibe una amenaza mucho más directa, porque Pekín le está disputando la preponderancia en el escenario mundial. Estas urgencias explican el cambio de actitud de Washington hacia Birmania, precipitadamente favorable según algunos analistas.
BAILE DE DISFRAZES EN ORIENTE MEDIO
                En el otro escenario más conflictivo del momento, el mundo árabe, la consideración de aliados está sometida a revisión intensa y la confusión se acrecienta por semanas. En un reciente artículo del NEW YORK TIMES se examinan las paradojas que dominan la actitud de Washington, impensables hace unos años.
                Incluso en los lugares en que todavía se puede sostener un discurso maniqueo, como en Siria, las percepciones de aliados y enemigos no se perfilan con claridad. Si las potencias occidentales no se permiten considerar de momento la intervención militar es, básicamente, porque no están seguro de quien se beneficiaría de la caída del régimen alawita de Assad. Resulta tentador el debilitamiento indirecto de Irán, pero la emergencia de una Siria sunní conservadora ligada a los intereses de las petromonarquías del Golfo no tranquiliza a Occidente. Peor aún sería la ‘yemenización’ (conflicto étnico y radicalización religiosa) del país.
Siria no es Libia, se dice con frecuencia en los análisis de los expertos militares. Cierto. Se trata de dos países muy distintos en cuanto a la consideración de riesgo de una acción militar. Pero las diferencias son de también de orden político y estratégico. Libia no está en el epicentro del mundo árabe islámico, la influencia de los islamitas ortodoxos es más lejana, la implantación de las células radicales es mucho menor. Y prueba de ello han sido las elecciones legislativas recientes, que han roto con la cadena de triunfos islámicos en la franja mediterránea africana, a favor de una coalición de corte liberal y afinidades occidentales. En cambio, Siria es un elemento fundamental en el equilibrio regional. La desestabilización del país repercutiría en toda la región y las consecuencias no serían fáciles de absorber.
Ocurre lo mismo en Egipto, donde esa percepción alterada de aliados y rivales es muy aguda estos días. Una vez confirmado en la jefatura del Estado, el candidato de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, ha decidido marcar su territorio al declarar la nulidad de la disolución del Parlamento electo, lo que supone un desafío a los militares, pero también a los jueces (la otra pieza institucional clave del antiguo régimen). Se avecina una cohabitación en toda regla. Y tanto los poderes fácticos como el poder político miran a Washington para percibir de qué lado se decantan allí los favores o las simpatías. De momento, puede pensarse con cierta lógica que si a Morsi se le permitió tomar posesión es porque Estados Unidos previno a los militares de una maniobra de fuerza. Pero no es un secreto que muchos miembros de la administración norteamericana están mirando con lupa las actuaciones de la cofradía antes de extenderle un apoyo seguro.
Algunos ejemplos paradójicos. Preocupa en Washington que Morsi manifestara su intención de pedir la entrega de Omar Abdel Rahman, el Jeque ciego que cumple cadena perpetua en Estados Unidos por el primer atentado contra las Torres Gemelas. Pero, al mismo tiempo, se le concede visa a un parlamentario salafista que jugó un papel relevante en la organización yijadista Gamma Islamia en los años noventa.
Todo ello se explica por ese vertiginoso cambio de percepciones. Las opciones islamistas ya no se asocian al terrorismo, como en la época de Bush, sino que se ven como ventanas de oportunidad para prevenir derivas radicales.
 Este cambio de óptica en la identificación de bandos crea incomodidad en la sociedad egipcia. Los sectores liberales y progresistas censuran a Morsi que haya restablecido el Parlamento disuelto, aduciendo futuras complicaciones jurídicas, cuando en realidad temen la consolidación de una orientación islámica conservadora en el país. Entre el sable y la sotana, eligen lo primero, porque creen que los militares pueden estar más controlados por el amigo americano. ¿Estarán en lo cierto?

MEXICO: LA VICTORIA PÁLIDA DEL PRI


               


                5 de julio de 2012

                Enrique Peña Nieto será el próximo Presidente de México. El PRI, que dirigió los destinos del país durante siete décadas y acabó su mandato desprestigiado por la corrupción y el autoritarismo, se ha sentido reivindicado  Pero esta victoria no ha sido inequívoca ni estará ausente de polémica.

La ventaja amplia de diez puntos avanzada por las primeras estimaciones se vio reducida sustancialmente al término del conteo oficial en apenas seis puntos. Peña tendrá que gobernar sin haber sido respaldado por más de la mitad de los mexicanos. El PRI tampoco pudo contará con la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que limitará el margen de maniobra del Ejecutivo. En compensación, ha reforzado su poder regional, ya que gobernará en dos de cada tres estados.

Pero empañan mucho más este resultado favorable las denuncias de irregularidades y chapuzas electorales, que confirmaban los temores ya avanzados durante las últimas semanas de campaña. El candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, segundo en la carrera, ha impugnado los resultados, como hizo seis años atrás, cuando sostuvo que había sido él y no el conservador Felipe Calderón quien había ganado las elecciones presidenciales.

                En esta ocasión, el margen otorgado por la autoridad electoral a vencedor (PRI) es mucho mayor, unos cinco puntos, frente al medio punto de ventaja concedido en 2006 al derechista Partido de Acción Nacional (PAN). Pero, contrariamente a lo ocurrido hace seis años, la protestas no han venido sólo de la gran coalición de izquierda liderada por el PRD, sino por sectores organizados de la ciudadanía, en particular por el movimiento estudiantil de protesta, #YoSoy132. Las irregularidades denunciadas consisten en falta de papeletas de votos en algunos colegios electorales, compra-venta de credenciales electorales, amenazas y extorsiones, etc.

                ¿REGRESO AL PASADO?

                En todo caso, con o sin discusión, la victoria atribuida al PRI confirma el fracaso de la alternancia de la derecha después de doce años de escasas reformas, modestos resultados económicos, estancamiento de los problemas sociales más acuciantes y, sobre todo, el incremento de la violencia (más de 50.000 muertos), fruto de una estrategia de militarización del combate contra los cárteles del narcotráfico. La candidata ‘panista’ (conservadora) no ha superado el 25% de los votos. Ni siquiera contó con el apoyo decidido de su correligionario y actual presidente, Felipe Calderón. Peor aún,  el antecesor de éste, el también derechista Vicente Fox, recomendó el voto para el candidato de sus rivales del PRI.

                Peña Nieto habría ganado estas elecciones sin que se sepa a ciencia cierta con que programa cuenta para afrontar los grandes desafíos del país. A pesar de las protestas de renovación del partido que dirigió los destinos de México durante siete décadas, la ambigüedad continua siendo su principal divisa. El futuro Presidente no actuó precisamente como renovador en su anterior cargo como Gobernador del Estado de México, el más poblado de la treintena que compone la Federación mexicana.

                El triunfador electoral eludió los temas más espinosos del panorama político y social. Algunas de sus propuestas más concretas, como la contratación de un exitoso policía colombiano como asesor de seguridad, persiguieron más el impacto que la clarificación de su proyecto político. Por sus credenciales, se le atribuye un pragmatismo sin referencias muy precisas. En este sentido, Peña Nieto pretende situarse en el centro, más como tierra de nadie donde podrá maniobrar con más comodidad que como voluntad de equilibrio entre la derecha y la izquierda. Se espera que avance en la liberalización económica y que busque una relación sin conflictos con Estados Unidos. Pero en Washington temen que afloje en el acoso a los narcos para asegurarse una mayor paz social. Sus primeras declaraciones prometiendo una conducta sin compromisos hacia los capos de la droga parecen dirigidas a despejar esas dudas.

                En los próximos días se sabrá si su victoria en la ‘grande’ (como llaman los mexicanos a la elección presidencial) se ve reforzada con la mayoría ‘priísta’ en el Parlamento. De momento, también parece consolidada su hegemonía en los gobiernos regionales. Nunca perdió este anclaje en el poder, que le ha sido el PRI de gran utilidad para recuperar la Jefatura del Estado.

                Peña Nieto ha asegurado que su triunfo no representa un regreso al pasado, porque él representa una nueva generación y el PRI ha aprendido de sus errores y ha cambiado. No ha resultado convincente, ni para sus adversarios, ni para una buena parte de los mexicanos. Pero si un porcentaje suficiente de ellos ha decidido depositarle su confianza, puede deberse en gran parte al fuerte sentido práctico y conservador de los mexicanos.

                EL AVANCE INSUFICIENTE DE LA IZQUIERDA

La izquierda tendrá que seguir trabajando para consolidar una opción de gobierno, que de momento se limita a reforzar sus posiciones en la capital del Estado, el Distrito Federal, y la gobernación en media docena de estados. No es un mal resultado, pero los mexicanos progresistas más activos confiaban en dar la vuelta a la historia y asumir la responsabilidad de acabar con el ciclo de fracasos históricos de México.

La derrota por segunda ocasión consecutiva de López Obrador disparó las especulaciones sobre su ‘jubilación’ política.  Durante la campaña, algunos analistas progresistas temieron que los votantes de izquierda no compartieran ciertos guiños casi místicos del discurso de su candidato, como sus apelaciones a la bondad y a la búsqueda de la felicidad como motivaciones supremas de la acción política. Este discurso de AMLO puede deberse en parte al esfuerzo por hacer más amable su imagen y borrar el malestar que despertó en ciertos sectores de la clase media su insistencia en no admitir la victoria de Calderón en 2006 por considerarla fraudulenta.

Al final, la opción de izquierda fue revitalizada por el movimiento juvenil de protesta ‘#Yosoy132’, sin discusión la gran novedad de la campaña electoral. La denuncia de los manejos del viejo (y nuevo) aparato ‘priísta’ y las valientes críticas de los manejos propagandísticos de los oligopolios televisivos han constituido una de las grandes novedades de este proceso electoral. Está por ver si se consolida y ejerce un papel dinamizador de las opciones progresistas en México.

LA ‘ANOMALÍA’ DE LA IZQUIERDA EN LATINOAMERICA

27 de junio de 2012

           Es un hecho que Latinoamérica vive una etapa inusitada de gobiernos de izquierda, progresistas o de orientación popular. Es un fenómeno no conocido antes, ni siquiera en los setenta, cuando algunas experiencias de apertura, cambio y ensayo de transformación social terminaron ahogadas en sangre.

           Después del catastrófico experimento del llamado Consenso de Washington, la fórmula codificadora de las políticas neoliberales que arruinaron muchos de esos países y empobrecieron canallescamente a sus poblaciones, se fueron abriendo paso alternativas progresistas plurales y muy variadas, apegadas a las características nacionales y sustentadas en particulares fortalezas materiales y sociales.
              El caso es que, hoy, Iberoamérica está políticamente escorada a la izquierda, o a las izquierdas, porque, como acertadamente se ha dicho, hay notables diferencias entre unos casos y otros. Pero todos ellos comparten el objetivo común de la redistribución de la riqueza y la desconfianza hacia las recetas terribles que hicieron retroceder social, económica y culturalmente a sus naciones.
               Las oligarquías, o simplemente las élites, no han aceptado de buen grado el avance democrático en cada uno de esos países. Las resistencias no han cesado y los obstáculos se multiplican. Ya no parece posible el golpe de Estado militar, por su brusquedad. Pero existen todavía numerosos instrumentos para dificultar la estabilización de un proyecto progresista en el subcontinente americano.
             El último ejemplo lo hemos visto en Paraguay, con la escandalosa maniobra de destitución del primer presidente de izquierdas en la historia de ese atormentado país. Por otro lado,  esas maniobras de freno a la izquierda pueden ser preventivas, como es el caso, bien distinto, de México.
                PARAGUAY: UN GOLPE DE ESTADO, SIN INTERROGANTES
            Lo ocurrido en Paraguay puede contarse de muchas maneras. Pero resulta difícil escamotear el hecho fundamental. Que una clase política deudora del único poder realmente existente, el oligárquico latifundista, utiliza torticeramente unos mecanismos constitucionales para derribar a un presidente, el exsacerdote Fernando Lugo, ajeno a sus intereses. El motivo(o la excusa) que origina la destitución es un oscuro incidente de represión policial en un punto alejado del país. Una ocupación campesina de una finca provoca una intervención policial, se desata un tiroteo y mueren once personas. Sin dar la oportunidad de investigar tranquila y adecuadamente los hechos, a pesar de sospechas sólidas sobre manipulaciones en la autoría de los crímenes, se pone en marcha la maquinaria de acoso al presidente Lugo. El incidente policial coincide con la noticia de otra paternidad oculta  del exsacerdote, escándalo que resulta insoportable para la hipocresía social de la rancia clase dirigente paraguaya.
            Hay demasiadas inconsistencias en la destitución de Lugo, aparte del apresuramiento mencionado. El mandato del presidente estaba próximo a concluir (apenas le restaban nueve meses en el cargo). ¿A qué tanta prisa? Obviamente, se le quería apartar del poder institucional para que no molestara los previsibles manejos de los candidatos más comprometidos con la oligarquía, ansiosa de restaurar el control político absoluto del país.
          Lamentable, el programa de transformación social previsto por Fernando Lugo no se ha realizado tanto por los obstáculos de los poderosos, como, es de justicia admitir, por inconsistencias y contradicciones de los sectores progresistas, y también por la ingenuidad  y los errores del propio presidente, poco hábil para neutralizar su propio aislamiento.
       No está demasiado lejos el caso de Honduras, donde a pesar de los golpes de pecho y las indignaciones contenidas, se consolidó el golpe de Estado (allí sí directamente militar, aunque, por lo general, incruento). Ni desde Washington, ni desde las capitales europeas, por no hablar de las atalayas mediáticas, se hizo un serio esfuerzo para abortar el proyecto golpista. Todo indica que en Paraguay ocurrirá lo mismo. Las condenas de los gobiernos izquierda de los países vecinos no han obtenido acompañamiento adecuado de sus homólogos norteamericanos o europeos, que se han limitado a declaraciones blandas.
Resulta significativo que muchos medios,  incluso de aquellos que se consideran como liberales o progresistas en sus posiciones editoriales ante sus realidades nacionales, hayan  criticado casi más  las reacciones irritadas de algunos gobiernos latinoamericanos de izquierda que la maniobra de destitución de Lugo. O peor. Que muchos hayan utilizado el término ‘golpe de estado’ entre interrogantes minimiza el alcance de lo ocurrido. La legalidad del mecanismo no otorga legitimidad al proceso de desgaste, acoso y derribo. Aunque todo ello se denuncie, se termina enfatizando casi tanto o más los errores e insuficiencias de Lugo.
En algunos casos, los medios se han comportado como exponente del poder empresarial más que como expresión de conciencia democrática. Por eso, igual que ahora en Paraguay, en otros momentos y lugares han mostrado esa misma actitud, con acierto desigual: en Ecuador, en Bolivia, en Nicaragua, en Perú, en Argentina y, con gran virulencia, en Venezuela. Últimamente, también en Brasil, desde que la presidenta Dilma Roussef ha decidido apostar por una política de mayor intervención estatal en la economía.
            MÉXICO: SEÑALES DE ALERTA
Este domingo se celebran elecciones presidenciales en México. En las últimas, hace seis años, al candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, le birlaron con toda seguridad la victoria, como había ocurrido en 1988, con Cuautéhmoc Cárdenas. Fueron dos momentos en que la izquierda mexicana se encontró a las puertas del poder. En el caso más antiguo, frente a la todavía poderosa maquinaria del PRI; en el más reciente, frente a la menos experimentada del PAN. Pero, en ambas ocasiones, los grandes intereses corporativos se alinearon con los corruptos aparatos políticos e institucionales para impedir un giro significativo en la orientación del país.
          El mandato del actual presidente Felipe Calderón (PAN, conservador) ha sido controvertido. En gran medida, debido a su estrategia de militarización de la lucha contra la violencia de los cárteles de la droga, que ha costado 60.000 muertos. En parte por eso, y en parte por la falta de apoyo sólido de su propio partido a la desdibujada candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota,  se dibuja un escenario de regreso al poder del PRI. Pero la fragilidad e insolvencia de su candidato, Enrique Peña Nieto  –pura burbuja mediática y de mercadotecnia política- , hizo que la opción de izquierdas encarnada en López Obrador creciera hasta situarse en posiciones de aspirar a ganar la partida el próximo domingo, favorecido en parte por el impulso juvenil.
Cuando se empezaron a estrechar las encuestas, se produjeron distintas maniobras mediáticas, especialmente detestables en México, y espectaculares movimientos subterráneos de dinero. Y algo más. Prominentes dirigentes del PAN, entre ellos el anterior presidente Fox, han apostado por Peña Nieto (veladamente, el propio Calderón). A muchos les ha sorprendido este posicionamiento. Sin embargo, no debería extrañar tanto. Es la expresión del temor de los grandes intereses al triunfo de la izquierda.
Los dirigentes de las izquierdas latinoamericanas, incluido Andrés Manuel López Obrador, arrastran motivos más que sobrados de crítica. Pero lo mismo podría decirse, aunque con mucha más razón y énfasis superior, de sus adversarios políticos. Pero, por lo general, a la izquierda se la juzga con mayor rigor. Se amplifican sus errores y se tienden a minimizar las trampas y obstáculos a que se ven enfrentados en su gestión. Desgraciadamente, desde muchos ámbitos de poder, la victoria electoral o el mandato político de la izquierda en Iberoamérica se sigue considerando como una anomalía.

EGIPTO: ¿PULSO O JUEGO DE TRONOS?


21 de junio de 2012

                Egipto es una República desde hace sesenta años. Los militares derribaron una Corona que se había hecho impopular, inservible y extemporánea. Pero antes que las Fuerzas Armadas pusieran al rey Farouk en el camino del exilio, los devotos Hermanos Musulmanes ya habían socavado la legitimidad del régimen monárquico. Obviamente, los militares nunca les reconocieron ese mérito. Al contrario: los pusieron bajo la lupa y los decapitaron políticamente en 1954, cuando consiguieron construir una justificación suficiente: un supuesto y más que improbable complot para asesinar al coronel Nasser. Los líderes de la cofradía fueron liquidados, encarcelados, torturados y perseguidos. Para ellos comenzó la era del 'takfir': el 'martirio'.
                Luego vinieron mejores tiempos;  o más bien, menos atroces. La cofradía fundada por Hasan el Banna en 1928 se mantuvo en la clandestinidad, en la sombra o en la tolerancia vigilada y supo esperar su momento, mientras se hacía fuerte a base de proporcionar a muchos egipcios lo que el régimen no les daba: servicios sociales y ayuda muy variadas para aliviar la vida cotidiana.
                Ahora, cuando están a punto de enterrar al tercer presidente-general, los HM parecen decididos a que no haya un cuarto, más disfrazado y vergonzante que los anteriores, pero uno más del cuarto más exclusivo de banderas, al  fin y al cabo.
                Muerto ya, o vivo artificialmente, (el desenlace puede ser cuestión de horas o de meses), el ciclo Mubarak se ha cerrado. Una revolución palaciega dio inicio a la dinastía y una revolución popular creyó haberla acabado. Pero las Fuerzas Armadas se resisten a que esa sea la conclusión de la película. Se ha diseñado un Brumario en el vergel asediado del Delta.
                EL DISEÑO MILITAR
                Los militares aceptaron de mala gana el incómodo 'proceso revolucionario'. Conscientes de que no podían aplastarlo del todo, por temor a la reacción de Washington, optaron por poner reiteradamente obstáculos, forzar posiciones radicales que pudieran justificar actuaciones más contundentes y pactar con los que más le preocupaban para neutralizar el alcance de los cambios. Esos socios eran, naturalmente, los Hermanos Musulmanes, y no los portavoces juveniles de las manifestaciones de la Plaza Tahrir.
                La conglomeración piadosa jugó al caliente y al frío con los militares, a sabiendas de que se trataba de eso para consolidar su base de poder, construir su legitimidad internacional y deshacerse, de paso, de rivales incómodos en la marea del malestar revolucionario.
                Las elecciones fueron el momento culminante. En las legislativas obtuvieron un resonante éxito, que apenas compartieron con los salafistas que amenazaban desbordarlos con sus proclamas islámicas mucho más radicales y menos pactistas.  Los militares no se conformaron con lo que Washington les soplaron a la oreja: la conveniencia de entenderse con los Hermanos. Los uniformados exploraron al máximo el miedo de los sectores laicos y más dinámicos de la sociedad egipcia para apañar un calendario pseudolegal que los alejara del poder político.
                En un clima de confusión inenarrable, de amenaza persistente de estallidos violentos, de miedo al golpe sangriento, el Directorio de las Fuerzas Armadas optó por 'golpe blando'.  Todo ha estado calculado al detalle. Esperaron al último recurso electoral, por si la siembra del miedo y el lógico deseo de estabilidad hubiera germinado en una victoria de 'su' candidato, el último primer ministro de Mubarak, como él también Jefe en su día de la Fuerza Área, y representante del orden anterior transmudado en candidato de la eficacia.
                De momento,  los cálculos no han fluido. A Shafik le habrían faltado, según la mayoría de las fuentes, un millón de votos para acabar con el discurso de los Hermanos Musulmanes. Mohamed Morsi, el candidato oficial de la cofradía, después de un inicio de campaña muy vacilante, por el empuje y el prestigio de un rival disidente, se habría hecho con el 52% de los votos, según la mayoría de los escrutinios conocidos en la noche del lunes, poco antes de la noticia del estado terminal de salud del derrocado 'raïs'. El problema es que Shafik no lo reconoce y considera que el vencedor es él. A la hora de escribir estas líneas, la Comisión electoral ha aplazado la publicación de los datos finales. Lo que no contribuirá a normalizar la situación.
                Seguramente previendo todo esto, la cúspide militar se anticipó a los datos oficiales para anunciar su decisión de reforzar su control sobre el proceso revolucionario. Dígase bien 'reforzar', porque el control no lo han perdido su nunca: tan sólo han relajado oportunamente las riendas para aplacar a internos y externos.           El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas disuelve definitivamente el Parlamento, después de que un sospechoso Tribunal Supremo ya hubiera pronunciado un veredicto de nulidad parcial por supuestas irregularidades sobre las que no se han aportado pruebas merecedoras de tal nombre. En consecuencia, invalida la Comisión parlamentaria que había sido designada para redactar la nueva constitución, y se arroga directamente esa competencia, que encargará a un órgano cuyos miembros seleccionarán los propios militares. En tercer lugar, ya avisan al futuro presidente (con independencia de su identidad) que se reservan el nombramiento de Ministro de Defensa y el veto sobre importantes porciones del presupuesto, en realidad todos aquellos que afectan a los militares. O sea, en Egipto, casi todas. Y una cosa más: cabe suponer que los poderes presidenciales consagrados en la futura Constitución resultarán bastante limitados. Para evitar sorpresas.
                EL DOBLE JUEGO ISLAMISTA Y LA PASIVIDAD OCCIDENTAL
                No es extraño que los Hermanos Musulmanes hablen de 'golpe de Estado encubierto'. Y que ese diagnóstico sea compartido por otros sectores críticos. Pero la gran paradoja de Egipto es que los egipcios que política, anímicamente o culturalmente más aprecian o desean la democracia son los más renuentes a afrontar todas sus consecuencias. No es criticable del todo esta posición. Estos sectores temen que una dictadura político-moral sustituya a una de orden político-militar. Puestos a elegir, muchos (aunque no es una posición unánime) prefieren soportar a los militares, porque consideran que son más presionables por Washington. Y por la calle, puede decirse hasta cierto punto, en la medida en que los Hermanos Musulmanes pueden alardear de una legitimidad popular de la que carecen estos militares, mitad cínicos, mitad tramposos.
                Dicho todo lo cual, este poder fáctico que son las Fuerzas Armadas ha contado con el apoyo involuntario de su cuasi-vecina Siria. Por comparación, el escamoteo militar de derechos y libertades en Egipto parece cosa menor frente al baño de sangre y las perspectivas de ciclo interminable de odio y violencia. Occidente tiene puesto el foco en Siria y prefiere conformarse con lo que ocurra en Egipto, porque ya se sabe que en el país del Nilo, los desbordamientos son controlados. THE NEW YORK TIMES reprochaba estos días a sus gobiernos respectivos su responsabilidad en la deriva autoritaria en Egipto. El diario neoyorquino lamentaba en concreto que la administración Obama hubiera reanudad la ayuda militar (1300 millones de dólares) sin garantía del respeto castrense al proceso democrático. El periódico francés LE MONDE, por su parte, consagraba alguno de sus artículos de fondo a esclarecer los contactos y pasarelas más que discretas entre militares e islamistas, lo que tiende a fomentar la idea de que, en el fondo, gobierne quien gobierne, estas dos instancias del poder en Egipto podrán escenificar públicamente un pulso a cara de perro, pero, por debajo de la mesa, intercambiaran cartas y favores, en un auténtico 'juego de tronos'.

GRECIA: EL VOTO DEL MIEDO


18 de junio de 2012

                Los griegos han preferido lo malo conocido antes que una imprecisa resistencia a las imposiciones de Bruselas. Esa es una de las interpretaciones de las elecciones legislativas del domingo. Caben otras, por supuesto. Por ejemplo, las que apuntan a un impulso de ‘sensatez’ y compromiso con las reglas del juego europeo, por dolorosas e insoportables que resulten, con la esperanza de que terminen dando resultado.
                Por miedo o sensatez, cabe hablar de continuidad, aunque con matices. Si se confirma la coalición de los conservadores de Nueva Democracia con los socialistas del PASOK (con algún otro socio, para que salgan las cuentas: más de 175 diputados), ‘los de siempre’, es decir, los que han provocado esta situación abismal del país, seguirán teniendo, presumiblemente, la responsabilidad de continuar al frente. No será una tarea fácil, por tres razones:
Primera, porque casi la mitad del país ha rechazado tajantemente la austeridad. La mayoría de Nueva Democracia es un poco ficticia. En  realidad, el partido de Antonis Samaras sólo ha aventajado en cuatro puntos a la coalición izquierdista SYRIZA, que ha ganado diez puntos y veinte diputados. Los 129 diputados obtenidos ayer por ND no reflejan su fuerza real. Como se sabe, el sistema electoral griego concede una ‘propina’ de 50 escaños al partido que obtiene el primer puesto, para corregir la proporcionalidad y favorecer la `gobernabilidad’. Los socialistas confirman su hundimiento y prácticamente repiten los resultados de hace unas semanas. Apenas aportarán 33 escaños.
                Segunda, porque la ‘troika’ no pondrá fácil una renegociación del ‘rescate’. En Bruselas –pero sobre todo en Berlín- apretarán las tuercas a Samaras, ahora que se ha espantado la amenaza de una ‘rebelión griega’. El líder conservador puede ser víctima de su propia retórica populista y ambigua, porque tendrá que enseñar sus cartas.  Como ha ocurrido en España, en el gobierno la derecha no podrá seguir jugando al gato y al ratón.
                Tercera, porque, con o sin revisión de los acuerdos, las condiciones de vida de los griegos seguirán deteriorándose y el crédito acordado en las elecciones de ayer puede esfumarse rápidamente. Una buena parte de las clases medias ha decidido jugar por lo más seguro, con la esperanza de que encontrarán cierta comprensión europea. Si ésta no se materializa visiblemente, no es descartable un violento deterioro del clima social.  Este escenario es más que posible, después de cinco años de recesión, con un 22% de desempleo oficial (que sube al 30% en la población más dinámica, entre los 25 y los 35 años), una reducción real de los salarios superior al 20% en el sector privado y aún más pronunciado en el público, una eliminación drástica de servicios y, en general, un empobrecimiento brutal de los sectores más vulnerables. Como es obvio, sólo unas elecciones -y menos éstas, bajo estas circunstancias- no arreglan nada.
                Una consideración adicional. El voto a los neonazis se mantiene en los mismos niveles (7%), aunque pierdan tres diputados. Lo que indica que el malestar, la tendencia a la persecución del chivo expiatorio (inmigrantes) y el discurso encanallado de la seguridad siguen vivo. Y crecerán, si ese deterioro social se profundiza, como parece desgraciadamente inevitable, en caso de que la deseada renegociación de las condiciones de la ‘ayuda’ se frustre o no se lleve a cabo con sensibilidad e inteligencia.

SIRIA: EL JUEGO DE LAS POTENCIAS


14 de junio de 2012
      
                Las grandes potencias libran una guerra diplomática en Siria, como remedo de una indeseable confrontación militar. La situación en el país se degrada, la escalada de violencia aumenta y la emisión de mensajes engañosos se intensifica, como suele ocurrir en este tipo de conflictos. Sólo una cosa parece segura: la población civil sufre y los más vulnerables padecen las peores consecuencias.
                ARMAS PARA UNOS Y OTROS
                En el cruce de acusaciones y recriminaciones entre las potencias occidentales y el binomio Rusia-China, el último episodio ha sido la imputación mutua de envío de armas a los beligerantes.
La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, denunció la venta de armas rusas a Siria, que el ejército de Assad emplea para endurecer la represión de la revuelta contra su régimen. Además, en un tono agrio, reprochó a Moscú que haya mentido sobre este asunto: “siempre han dicho que el material enviado a Siria no tenía relación con las acciones internas; esto es manifiestamente falso”, sentenció Clinton.
En un primer momento, la jefa de la diplomacia estadounidense no mencionó expresamente que esas armas eran helicópteros de combate empleados por el ejército sirio para intentar expulsar a las milicias rebeldes en algunos enclaves del noroeste del país donde se han hecho fuertes en las últimas semanas.  Pero después de que fuentes oficiales rusas insistieran en que sólo suministraban a Damasco “material defensivo”, Clinton renovó sus denuncias y citó expresamente que los “helicópteros rusos” utilizados por Assad estaban provocando una “escalada del conflicto”.
Expertos militares rusos consultados por LE MONDE señalaron que los helicópteros a los que podía apuntar la imputación de Clinton fueron vendidos a Siria por el desaparecido régimen soviético hasta comienzos de los noventa. Algunos de estos aparatos, del tipo Mi-17 y Mi-24 habrían sido reenviados por Damasco a Rusia “para ser reparados” y ahora se encuentran a punto de ser devueltos a Siria.
Al parecer, Hillary conocía este detalle, pero lo ignoró en sus comentarios, para “poner en difícil posición a los rusos”, según un alto funcionario del Pentágono citado por el NEW YORK TIMES.
La sociedad pública rusa que gestiona el comercio  de material bélico al extranjero (Rosoboronexport) afirmó en un comunicado que todas sus transacciones “son conformes a las exigencias del Consejo de Seguridad de la ONU y a otros acuerdos internacionales”. El propio Ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, se atuvo a este guión oficial en Moscú, en declaraciones efectuadas durante una visita oficial a Teherán. Pero añadió cierto picante al replicar la recriminación de su colega norteamericano con una referencia a la “hipocresía” Washington, que ha vendido armas utililizadas en operaciones represivas por otros gobiernos de la región, en velada alusión a Egipto y demás países árabes donde se han producido revueltas populares.
                En paralelo al asunto de los helicópteros rusos, se ha conocido que también la oposición armada al régimen de los Assad ha recibido suministros de armamento extranjero, para elevar su capacidad de respuesta. Durante un reciente encuentro en Estambul, los propios dirigentes de la coalición antigubernamental siria reconocieron que están recibiendo misiles anti-carro de fabricación turca, pagados por dinero saudí y catarí. La revelación no constituyó ciertamente una gran sorpresa, puesto que ya habían emergido denuncias al respecto, pero ha dejado en mal lugar al gobierno turco que, de forma reiterada, ha manifestado que su intervención en el conflicto interno sirio se ha limitado a proporcionar ayuda humanitaria a la población civil, acogiendo a los refugiados y a los huidos de la violencia.
 En sus manifestaciones de estos días, Hillary Clinton eludió cualquier referencia al suministro de armas a la oposición siria, pese a que la administración norteamericana fue consultada sobre la operación,  según atribuye el NEW YORK TIMES a fuentes oficiales.
Los misiles anti-carros han tenido cierta influencia en el desarrollo de las operaciones militares, ya que, según valoraciones de la oposición siria, el Ejército se ha abstenido de desplegar esos vehículos de combate en el interior de las ciudades, por temor a que fueran presa fácil de los rebeldes.
                ¿GUERRA CIVIL O GUERRA SECTARIA?
                El otro elemento que ha captado el interés mediático reciente ha sido la implícita consideración del conflicto como ‘guerra civil’. Lo hizo el responsable de los observadores de la ONU en Siria, Hervé Ladsous, y la propia Hillary Clinton, al relacionar el empleo de los helicópteros rusos como factor decisivo en la “espiral hacia la guerra civil”. 
                Resulta más significativa la observación sobre la dimensión sectaria del conflicto. Ya hace tiempo que algunos periodistas y otros observadores con acceso a los lugares de combaten han denunciado que los combates en Siria están respondiendo a una división sectaria. La familia Assad descansa su poder en la fidelidad de la secta alauí, una versión local del chiismo, que reúne al 13% de la población siria. Por su parte, la mayoría de la oposición está controlada por representantes suníes, aunque tienen una voz nada desdeñable otras minorías (e incluso, recientemente, algunos alauíes).
                La minoría gobernante en Siria ha conseguido durante años el apoyo de cristianos y otras minorías, con la excusa de que un predominio ejecutivo de la mayoría suní representaría su marginación social y política. En la práctica, eso es lo que ha ocurrido con la hegemonía alauí forjada por su control de las fuerzas armadas y otras instituciones de fuerza en el país.
                Pero lo más interesante de las últimas semanas, cuando la oposición ha ganado fuerza en algunas zonas del país, es que ciertas bases alauíes reprochan al régimen de los Assad un cierto abandono. Este temor se ha incrementado después de algunas operaciones de represalia de la oposición armadas contra núcleos de mayoría alauí. Lo que habría provocado réplicas muy sangrientas de milicias alauíes, supuestamente apoyadas por el ejército, contra poblaciones casi totalmente suníes (como es el caso de Houla, por ejemplo). Algunas versiones, citadas en un interesante artículo del NEW YORK TIMES, atribuyen estas matanzas al intento de ciertos sectores alauíes por “consolidar su control en partes del país, de forma que puedan defenderse en un conflicto prolongado con los suníes”.
                Lo que resulta más inquietante para los Assad es que se extienda el descontento de los alauíes, que tiene motivaciones diversas y hasta contrapuestas. Unos consideran que la estrategia represiva está generando un odio entre los suníes que sólo puede perjudicarles porque desencadena ánimo de revancha, virtualmente imparable en caso de victoria de los rebeldes. Otros, por el contrario, estiman que el Presidente no está haciendo todo lo posible para protegerlos e incluso en los barrios alauíes de Homs se han cantado eslóganes como “Bashar se ha vuelto suní”, seguramente con la mente puesta en el hecho de que la ‘primera dama’, Asma Al-Akhras, pertenece a una familia de notables suníes de esa ciudad.