LA SOCIEDAD IMAGINARIA DE LOS DEMÓCRATAS DE EE.UU.




              Concluyó la Convención Demócrata la noche del jueves, con el colofón del discurso de aceptación de la nominación como candidato presidencial, pronunciado por Barack Obama. El Presidente en ejercicio (incumbent, en el lenguaje norteamericano) intentó insuflar a los suyos la convicción de que la elección de noviembre será histórica.

            "En los próximos años -ha dicho Obama- se adoptaran grandes decisiones en Washington, sobre empleo y economía; impuestos y déficits; energía y educación; guerra y paz; decisiones que tendrán un gran impacto en nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos durante las próximas décadas".

            Un sentido de responsabilidad, no exento de cierto dramatismo, ha sustituido el tono entusiasta y desbordadamente optimista de hace cuatro años. "No se trata de una elección cualquiera -ha insistido el Presidente- sino de una elección entre dos diferentes senderos para América, una elección entre dos visiones fundamentalmente diferentes del futuro".

                ¿DOS MODELOS DE SOCIEDAD?

             El mensaje de Obama es consistente con las otras grandes proclamas escuchadas en la Convención de Charlotte, Carolina del Norte. Los pesos pesados demócratas han sostenido, en discursos y estilos variados, que el pueblo norteamericano decidirá entre dos modelos de sociedad: uno más individualista/egoísta y otro más colectivo/solidario. 

              El ex-presidente Clinton, erigido el gran animador de la fiesta, lo dijo con estas palabras: "si quieren un país en el que los ganadores se lo lleven todo y cada uno busque su conveniencia, voten a los republicanos; si quieren, en cambio, un país de prosperidad y responsabilidad compartidas, entonces voten a Obama y Biden".

           De forma más poética, más retórica o más de sociedad ideal en el imaginario norteamericano, la esposa de Obama, Michelle, encargada de la carga emotiva del encuentro, afirmó que su marido sabe bien "cómo hacer realidad para todos el sueño americano en el siglo XXI". 

            Este 'leit-motiv' de la Convención Demócrata ha sido en parte voluntario y en parte forzado. No son tiempos de optimismo y hay que apelar a los grandes ideales. Pero más allá del 'aire caliente' de una ocasión como ésta, lo que está en mente de la dirección demócrata es el triunfo electoral. 

              Como el peso de la crisis recae más sobre el que gobierna que sobre el que espera beneficiarse del desgaste para tomar las riendas, los demócratas necesitaban una estrategia ganadora en un entorno hostil. No resultaba eficaz proclamar promesas de resultados inmediatos. Lo dijo Obama en su discurso: "no pretendo decir que lo que ofrezco sea rápido y fácil; hará falta años para afrontar los desafíos que se nos presentan".

             Este mensaje nos suena, ¿no? Algo así han dicho, estos últimos meses, los dirigentes europeos al competir en unas elecciones o al iniciar su tarea de gobierno: Hollande, Rajoy o Monti (por citar sólo los últimos). ¿Les diferencia su modelo de sociedad? Solo en los matices. 

               ¿Ocurre algo similar en Estados Unidos? Seguramente, si. Los demócratas enfatizan el enfoque del modelo de sociedad como una estrategia electoral, aunque lo presenten como una cuestión esencial o de identidad. Naturalmente, no es lo mismo votar a Romney que a Obama, pero ambos no representan modelos tan distintos como pretenden los demócratas. 

           Si la Convención republicana fue -como decíamos en el comentario anterior- un aquelarre de mentiras groseras y casi desvergonzadas, el cónclave demócrata ha sido un esfuerzo de reconstrucción de un imaginario político, no ajeno completamente a la realidad, pero tampoco cabal. Uno de los episodios más destacados, el discurso de Bill Clinton, es el mejor ejemplo de ello.

              El ex-presidente dedicó su discurso a fundamentar con datos y estadísticas las diferencias históricas e inmediatas de las gestiones demócratas y republicanas. Resistió la tentación de airear en demasiada sus éxitos macroeconómicos, para no parecer que promocionaba más su legado que el mandato de Obama (como algunos temían que hiciera).  Contrariamente a los republicanos, no mintió. Pero si eludió o silenció ciertas realidades importantes. Por ejemplo, que durante su presidencia se prolongaron las políticas de desregulación  y descontrol financiero que condujeron luego a la catástrofe; o que tampoco se frenó la desigualdad social iniciada en los ochenta. Clinton escenificó la representación de un mundo igualitario que el 'establishment' demócrata proclama más que practica, sin duda para conectar con sus bases, para no decepcionar sus expectativas.

              Ese mismo empeño fue el de Michelle Obama, pero en el plano personal, el que se dirige sin atajos al corazón. Al proclamar que los cuatro años en el Casa Blanca "no han cambiado a Barak", la 'primera dama' quiso asegurar que su marido -y ella misma- no se habían apartado de los millones de norteamericanos que se han abierto paso por el trabajo y el esfuerzo diarios. Que seguían siendo como ellos. Otra construcción imaginaria, que no falsa.
 
                ¡VIVA LA CLASE MEDIA!

           Hay que matizar, sin embargo, que el destinatario de  los mensajes políticos e imaginarios de la Convención no han sido las clases o los grupos sociales más desfavorecidos. El protagonista en Charlotte ha sido, explícitamente, la 'clase media'. Y aquí es donde se desvela la estrategia de la dirección demócrata. La clase media es la que decidirá la contienda electoral de noviembre (y cualquier otra). Esa mayoría de la población, "presionada y acosada", como dijo Elisabeth Warren, la oradora más a la izquierda de la Convención, no tiene, sin embargo, un modelo de sociedad único. No tiene referencias ideológicas uniformes, como en cualquier país occidental. Puede ser tan insolidaria como las clases más favorecidas. Peo ahora hay que conquistar su corazón, de ganar sus votos, de hacerles sentir víctimas de unas políticas que muchas veces apoyaron, consciente o inconscientemente, imbuidas por esa 'cultura del éxito' que los demócratas en este momento critican o cuestionan no como tal, sino en la versión interpretada por los republicanos. 

          Al cabo, de eso se trata. No de elegir entre dos modelos de sociedad, sino entre dos interpretaciones -más áspera o más suave- de un mismo modelo compartido por republicanos y demócratas. O, en la claves de las Convenciones de estos días, entre la mentira y la representación. Entre el cinismo y la compasión. Nada más... O nada menos. 

AQUELARRE FALSARIO DE LOS REPUBLICANOS NORTEAMERICANOS

5 de Septiembre de 2012

        Que los discursos y propuestas políticas están plagados de promesas de difícil cumplimiento, de supuestos discutibles y de verdades a medias es algo que se tiene asumido por la ciudadanía con relativa tranquilidad. A veces, incluso, los líderes políticos mienten; de forma descuidada o piadosa, en muchas ocasiones. Pero, por mucho que el desprestigio de la mal denominada 'clase política' política haya hecho fortuna, pocas veces hemos escuchado la sarta de mentiras palmarias, descaradas y malintencionadas -sin exagerar- que se han proferido en la reciente Convención del Partido Republicano de los Estados Unidos.

             LA IMPOSTURA DE LA REGENERACION 

             El G.O.P. (Viejo Gran Partido), como se conoce en el argot político de allá al Partido Republicano, vive momentos críticos desde el final de la última administración que detentó, hace casi cuatro años. Corroído por la ineptitud ante la crisis financiera, que sus políticas ayudaron y alentaron a manifestarse con estrépito, y desprestigiado por las mañas y mentiras que metieron al país en una aventura bélica innecesaria e ilegal, los republicanos se replegaron en la oposición con ánimo de revancha. 

        Tan disparatados fueron los mandatos de W. que dirigentes, militantes y simpatizantes del partido se convencieron de que hacía falta otra 'revolución conservadora', otra vuelta a imprecisos pero convincentes orígenes, un discurso de regeneración y simpleza, como requisito imprescindible para reconquistar el poder. Máxime cuando consideraban que se había producido una suerte de 'usurpación', por el triunfo arrollador y entusiasta de un tal Barack Obama, a quien negaron ya antes del primer día no ya la cordialidad mínima, sino la propia legitimidad. Gran sarcasmo, cuando las 'victorias' electorales de Bush llegaron envueltas en un insoportable tufo fraudulento.

          El tono de esa presentida regeneración lo dio un movimiento que se autodenominó 'Tea party', por su supuesta vinculación con el espíritu de los fundadores, el episodio iniciático de la rebelión contra la colonia británica, el rechazo al poder del Gobierno (del Estado, se diría en Europa), la reivindicación de la libertad individual y la repulsión a pagar impuestos o a sufragar cualquier política pública merecedora de tal nombre.

           El entusiasmo con que fue acogida esta iniciativa, por lo demás absolutamente inhábil como programa de gobierno, desarticulada desde el punto de vista organizativo y profundamente reaccionaria en sus fundamentos, obligó a los aspirantes a dirigir el Partido, sentarse en el Capitolio y recuperar la Casa Blanca a seguir su melodía, aunque cada cual trataba de adaptar la letra de su discurso como podía. 

          Con ese son oportunista, los republicanos se aprovecharon de la crisis financiera y económica que sus políticos habían contribuido decisivamente a crear para dominar la Cámara de Representantes, pero no pudieron conquistar el Senado, más influyente y decisivo. Con todo, su emergencia legislativa sirvió para hacer la vida imposible al Presidente. Obama vaciló, intentó pactar con fuerzas intrínsecamente negadas para el consenso y la conciliación, decepcionó a muchos sectores de su base social y, fiel a una estrategia de corredor de fondo, confió en los atisbos de recuperación para desactivar la amenaza ultraconservadora en la milla final de su proceso de reelección.

                Los precandidatos republicanos, fieros y desunidos pese a sus razonables perspectivas de éxito, se entregaron a una pelea descarnada que hizo olvidar la retórica de los vigilantes inspiradores. Los preferidos del 'tea party' se fueron diluyendo ante la figura que menos  credenciales del nuevo espíritu neoconservador podía presentar.  Las ínfulas de regeneración y vuelta a los confusos orígenes cedieron ante la fuerza del dinero electoral. Después de tres años de proclamar pureza, los republicanos terminaron por inclinarse ante la conveniencia oportunista que encarna, mejor que ningún otro en el partido republicano, Mitt Romney.
 
                El ex-gobernador de Massachussets, con una trayectoria política conservadora, pero muy alejada de los postulados del 'tea party', llegó a las vísperas de la Convención con la nominación en el bolsillo pero con la frialdad de los suyos en el ambiente. Para lograr ese otro triunfo, no el de la suma de delegados, sino el de corazón o el afecto, eligió a Paul Ryan, un joven representante de Wisconsin que no se había calcinado en las primarias, y favorito del 'tea party' partidario por sus políticas fiscales radicales, que Romney nunca practicó. 

                MENTIRAS NUEVAS, VIEJAS Y PODRIDAS

            Con este bagaje de impostura camuflada, atenuada por razonables opciones de triunfo en noviembre y por una pareja electoral más acorde con el ánimo de los tiempos, se congregaron los republicanos en Tampa, Florida, un Estado que será, una vez más, crucial en la decisión electoral.  Y por mucho que las Convenciones sean una patraña como elemento de debate político, y que encontrar algún grado autenticidad se convierta en un propósito alucinado, lo cierto es que el  'circo de Tampa' se convirtió en un auténtico aquelarre. 

           Romney desplegó su experiencia como obispo mormón para justificar su trayectoria política y, lo que fue más chocante, personal. Su discurso fue mediocre e hizo poco por calentar el corazón de sus votantes. Así lo reflejaron las encuestas. El candidato dejó la artillería para su compañero de 'ticket', el airado Ryan.  El candidato a Vicepresidente aplicó un espejo deformado para glosar algunas de los acontecimientos políticos de los últimos tres años. No es que ofreciera una interpretación sesgada o interesada de lo ocurrido. Es que mintió descarada y vergonzosamente.  

          Hasta los medios en perfecta sintonía con el 'establishment' publicaron crónicas tan sólo dedicadas a poner en evidencia su grosera alteración de los hechos. Tan escandaloso resultó el espectáculo que la 'patochada' de un Clint Eastwood patético pasó sin pena ni gloria (e incluso con el bochorno apenas disimulada de la muy correcta esposa de Romney).  Algunas publicaciones progresistas recordaron con datos que las Convenciones republicanas suelen ser depósitos de mentiras célebres (citaron a Reagan, a Bush padre y a W). Pero Ryan se pasó de la raya. Pero, no fue una opción personal, sino una estrategia calculada de manipulación, desinformación y encanallamiento del debate político para provocar reacciones intemperadas de los demócratas y fortalecer un clima de tensión y confrontación. Puede dudarse, con bastante fundamento, de la eficacia de tal estrategia. Pero encaja en ese escenario de catástrofe con el que los republicanos quieren presentar la realidad del país, en el que sólo un 'cambio' podría enderezar el rumbo. Lo que constituye, sin duda, la mentira más esencial.

LA SOMBRA DE AL QAEDA


26 de julio de 2012

                Los últimos atentados en Irak y Siria se atribuyen a una acción más o menos coordinada, pero supuestamente inspirada por ramas locales de Al Qaeda, una organización dúctil y esquiva como pocas.

                La emergencia ‘jihadista’ no ha sido repentina en Siria, por supuesto. Desde hace unos meses –como poco, desde finales de año- se venían identificando acciones con la marca de Al Qaeda. Pero el incremento de atentados con coche bomba y suicidas han clarificado las sospechas. Eso no quiere decir que todos los de la primera categoría lleven el sello ‘binladista’. De hecho, los propios combatientes supuestamente desligados de Al Qaeda han admitido utilizar este método para desestabilizar posiciones del régimen. Pero fuentes de inteligencia norteamericanas e institutos de investigación que efectúan un seguimiento pormenorizado de las operaciones militares aseguran que al menos tres organizaciones afiliadas a la matriz que ahora dirige el egipcio Al Zawahiri habrían actuado con cierta regularidad en Siria. A saber: el Frente por el pueblo de Levante Al Nusra (que sería la más poderosa o numerosa), las Brigadas Abdullan Azzam y la Brigada del Martirio Al Baraa ibn Malik.

                EL DOBLE FRENTE JIHADISTA

                Lo que ha puesto en alerta a los países árabes vecinos y a las potencias occidentales ha sido la confluencia de estas actuaciones con el recrudecimiento de los desafíos terroristas en el vecino Irak. La cadena de una cuarentena de atentados realizados en varias localidades del país, con más de un centenar de víctimas en total, ha sido reivindicado por grupos locales de Al Qaeda, que parece tener un líder respetado, Abu Baker Al Baghdadi, del que poco se sabe, más allá de sus pretensiones por convertirse en heredero Al Zarquaui, liquidado ya hace unos años por el ejército norteamericano.

                Al Baghdadi transmitió el pasado fin de semana un mensaje en el que se congratulaba por el ‘coraje y la paciencia’ de los hermanos combatientes en Siria. Días después, uno de sus subalternos en Irak, de seudónimo Abu Thuha, en Kirkuk,  proclama el objetivo de crear en ambos países una especie de ‘Estado islámico unificado’ que declararía la guerra a Irán e Israel y liberaría Palestina.

                Más allá de la evidente intencionalidad propagandística carente de realismo, esta proclama puede considerarse un síntoma de la vinculación existente entre las organizaciones ‘jihadistas’ suníes que operan en Siria e Irak, según admiten algunos expertos y estudiosos norteamericanos. Los alauíes sirios, minoría en su país, constituyen una versión local del chiismo, mayoritario en Irak y detentador del poder después Saddam, que impuso el dominio de la minoría sunní. Alauíes sirios y chiíes iraquíes cuenta con la protección más o menos firme de Irán. De ahí que la disputa interna en ambos países tenga un alcance regional. 

La confirmación independiente de la presencia de Al Qaeda en Siria es y será aprovechada por el régimen sirio, que pretende presentar la insurgencia como la acción de células terroristas. Obviamente, se trata de una imputación interesada con la que se quiere deslegitimar globalmente a la oposición. Pero la afirmación no es completamente falsa, aunque algunos portavoces del opositor Congreso Nacional Sirio hayan asegurado no tener evidencia de la presencia de sucursales de Al Qaeda en Siria. 

No es eso lo que dicen altos funcionarios iraquíes, quienes aseguran, según cita THE NEW YORK TIMES, que “los extremistas buscados por Irak son los mismos que ahora está persiguiendo Siria”. Irak no sería el único lugar de procedencia de los ‘binladistas’ que combaten en Siria. Bab al-Hawa, puesto fronterizo con Turquía, ahora bajo control rebelde, se habría convertido en “punto de congregación jijadista”, según el diario neoyorquino.  

Por otro lado, los rebeldes sirios que combaten en las calles a los soldados de Assad expresan cierta indiferencia ante la supuesta presencia de células de Al Qaeda –no desde luego rechazo- e incluso la dan por bienvenida, si contribuye a derribar el régimen. 

EL OJO Y EL PUÑO DE ISRAEL

Estas informaciones de la prensa occidental acerca de la amenaza combinada de Al Qaeda en Siria e Irak se han sumado a las propagadas sobre el riesgo latente que supone el arsenal químico del régimen alauí. La confirmación de un portavoz oficial del Ministerio de Exteriores en Damasco, luego matizada por el propio titular del departamento, se ha interpretado no tanto como una amenaza sino como un puro ejercicio disuasorio. Es decir, confirmamos que disponemos de las armas para hacer más creíble su uso como último recurso, si se produjera una ‘intervención extranjera’. 

En Israel se dispararon las alarmas. O, más bien, cabe decir que se puso al día el discurso, porque los planes de contingencia israelí están a punto desde el comienzo de la crisis. Tanto los servicios de inteligencia como el liderazgo político contemplan con preocupación la evolución de los acontecimientos. 

Lo que más se teme es que, en una acción desesperada, un sector del Ejército propicie una transferencia del arsenal militar –y en particular de las armas químicas- a los milicianos chiíes libaneses de Hezbollah. O que, en caso de derrumbamiento precipitado del régimen, ese armamento sea capturado por combatientes indeseados de la rebelión. El Ministro israelí de Defensa, el laborista Ehud Barak, aseguró que, ante la inminencia de cualquiera de los dos casos, contemplarían una operación militar para impedirlo. En LE MONDE, Gilles Paris, especialista en Oriente Medio, ponía en boca de un “alto responsable diplomático francés” que esa “sería una razón suficiente para provocar una intervención americana o israelí”. 

Los israelíes se han desmarcado de simpatía occidental hacia los rebeldes, como han hecho en el resto de las revueltas árabes. En Jerusalén prefieren el status quo, porque temen que el descontrol de la situación permita derivas alarmantes. Si bien es verdad que la derrota del clan Assad y el final de la hegemonía alauí en Siria tendría el efecto de privar a Irán de su principal aliado en la zona y debilitaría tremendamente a los chiíes de Hezbollah en Líbano, la mencionada emergencia de Al Qaeda cuestionaría esas ganancias. Israel había iniciado hace años unos contactos discretos con Siria, bajo mediación turca, que ciertamente no condujeron a nada. Pero, de alguna forma, los manejos de Damasco habían dejado de constituir una preocupación mayor para Israel, salvo en su capacidad para ejercer un papel desestabilizador en Líbano.

SIRIA: ¿EL PRINCIPIO DEL FINAL O EL FINAL DEL PRINCIPIO?


19 de julio de 2012

                Los acontecimientos se precipitan en la crisis siria. No son pocos los observadores que predicen ya un desenlace más o menos inmediato. Los que sostienen esta tesis se refieren, claro, al final del régimen. Otros, más cautos, consideran que la debilidad del poder oficial es innegable pero alargan los plazos de su definitivo hundimiento.
                Dos hechos han agudizado el debate en los últimos días: la aparente demostración de fuerza de los rebeldes, al llevar los combates a zonas sensibles de Damasco, y el atentado que ha costado la vida a tres altos cargo del aparato político-represivo.
                Los combates en la capital se pueden considerar todavía como acciones de guerrilla (golpear y replegarse), más que el inicio de un asedio, puesto que los rebeldes, aunque aumenten su capacidad ofensiva paulatinamente, no parecen aún en condiciones de desafiar el centro de gravedad del régimen. Con todo, el descaro con el que se produjeron sus operaciones, a dos kilómetros apenas del Palacio Presidencial, suponen como mínimo un golpe de efecto de indudable importancia psicológica. Uno de sus principales objetivos sería incrementar las defecciones no sólo de oficiales y soldados, sino también de personalidades prominentes cuya lealtad al régimen se debilita progresivamente.
                El segundo hecho tiene un impacto más rotundo, más directo. El atentado contra el principal Centro de Coordinación de las operaciones contra la rebelión y la muerte de tres jerarcas del régimen (otros también destacados están seriamente heridos) comporta un valor de propaganda indiscutible. La operación –todavía por esclarecer- ha sido reivindicada por los rebeldes y por una especie de célula jihadista que habría extendido su capacidad operativa recientemente. Esta doble atribución extiende dudas sobre la autoría y dispara las especulaciones sobre un posible ajuste de cuentas en el interior del clan dominante.
De los tres eliminados, el más notorio, sin duda, es Assef Shawkat, el viceministro de Defensa. Aunque su jefe y superior, el general Daud Rajha, (cristiano, por cierto) también pereciera en el atentado, Shawkat es la pieza más importante, por ser el cuñado del presidente (marido de su hermana Bushra). Desde su puesto, el fallecido aseguraría el control del ejército regular, vigilando posibles traiciones y defecciones. Una de las más notorias hasta la fecha ha sido la de Manaf Tlass, amigo y coetano del Presidente, e hijo del que fuera durante décadas ‘lealísimo’ ministro de Defensa de Hafez el Assad, padre del régimen. El abandono de Tlass supuso una alarma escandalosa para Bashar, aunque pudiera no haberle cogido completamente de sorpresa.
El responsable de la información de Oriente Medio en LE MONDE, Benjamin Barthe, recuerda, en una conversación con los lectores, que las relaciones de Shawkat con su otro cuñado, Maher el Assad, “eran notoriamente malas”. Como responsable de la muy poderosa 14 División del Ejército, una especie de guardia pretoriana dotada de los mejores medios materiales y militares, Maher pasa por ser el ‘hombre fuerte’ del régimen, el preferido de los radicales defensores de la resistencia a toda costa. Nadie se atreve a calificar las relaciones entre Bashar y su hermano pequeño, pero en algunos poblados alauitas –afirma Barthe-, se oye el eslogan ‘Bashar a la clínica (por su profesión de oftalmólogo), Maher al poder’.
EL MARGEN NEGOCIADOR
A estas alturas, con apenas un 50% del territorio firmemente bajo control, en el régimen sirio se estarán calibrando todas las opciones. En cuanto a las militares, las limitaciones de defensa numantina se estrechan. El aprovisionamiento del bando oficialista se limita al apoyo ruso. El posible recurso al arsenal químico no descartable, desde luego, pero manipulaciones anteriores sobre este supuesto en otros lugares abonan el escepticismo.
En cambio, aumenta el suministro militar de los rebeldes. Ziad Majer, profesor libanés de la Universidad norteamericana en París y  destacado especialista en Siria, asegura que los insurgentes se benefician de tres líneas de aprovisionamiento de armas: las que proceden del propio ejército, por captura, derrota o abandono en combate; las procedentes del tráfico de larga data en la frontera iraquí; y, más recientemente, las que llegan a través de Turquía, convertida en la potencia más activa en el apoyo a los rebeldes. El diario NEW YORK TIMES ha publicado un documentado informe sobre el experimentado uso de las bombas y otros artefactos explosivos por parte de los rebeldes.
La otra opción del clan Assad para cambiar la dinámica de los acontecimientos es la diplomática. Si se confirmara la decadencia militar del régimen, podría activarse una posible solución que redujera daños. En este punto, los intereses del actual poder sirio y de Rusia (y, en parte, también China) podrían seguir convergiendo. Moscú podría modificar de forma oportunista su posición de intransigencia, si se le dan garantías de conservar su influencia estratégica en Siria, lo que pasa por el mantenimiento de base naval de Tartus. La importancia de esta instalación se ha exagerado en Occidente, según algunos analistas rusos (a este respecto, léase el análisis de Ruslán Pusjov en FOREIGN AFFAIRS). Más que una presencia militar, lo que Rusia se juega en Siria es una baza para actuar como elemento relevante en Oriente Medio, aparte del prestigio, claro, ya muy deteriorado. Pero la capacidad de maniobra de Moscú está ligada al poderío de los Assad. Si éste se derrumba, ¿para qué atender las preocupaciones rusas?
LA DESESPERACIÓN ALAUÍ
El aliciente para que Occidente se aviniera a un rescate controlado del actual régimen sería, supuestamente, evitar una prolongación del conflicto; es decir, que el principio del final se convirtiera en final del principio. Que la ‘guerra de liberación’ contra el régimen de los Assad deviniera en guerra de resistencia de la minoría alauí, con pocas pero significativas aportaciones de otras minorías
Los alauíes más favorecidos –o más temerosos- por cuatro décadas y media de privilegios hacen sus cálculos. La derrota militar –por traición o por desgaste- no tiene por qué abocar a la aniquilación o el exilio (en el caso de los principales prebostes locales). En algunos círculos se evoca abiertamente la consolidación de territorios alauíes liberados, defendidos a machamartillo, con los poderosos medios que conservaría esta minoría ahora gobernante, en el noroeste del país.
Se dibuja, según estas previsiones, una analogía con la resistencia de la minoría serbia en Croacia, por algunas similitudes aparentes: proporción de población muy pareja (un 12%) y fuerte presencia y control de los aparatos militares y de seguridad. Pero se aprecia también una notable diferencia: Serbia podía proporcionar y canalizar un abastecimiento intenso y permanente, mientras que el eventual aliado de los alauíes sirios, Irán, apenas podría emprender un esfuerzo de esa naturaleza, por discontinuidad territorial.
La base de una resistencia alauí descansa en otros factores. No está garantizada la unidad de los rebeldes una vez conseguido su objetivo de derrotar al régimen. La capacidad de los alauíes y otros descontentos, por no hablar de rivalidades internas, puede convertirse en un tormento para los futuros responsables de la ‘nueva Siria’. Esta amenaza es aún más fuerte que en Libia, donde las hostilidades tribales y regionales  constituyen un factor permanente de desestabilización.

ESCENARIOS CONVULSOS, AMISTADES CONFUSAS

11 de julio de 2012 
               
Desde el comienzo de su mandato, el Presidente Obama abandonó el unilateralismo de la administración Bush en la gestión de los problemas mundiales y restableció un método de diálogo y consenso con los socios mayores, los miembros de la OTAN.  Pero en su condición de líder indiscutido e indiscutible de la esfera occidental, Estados Unidos ha seguido marcando la pauta de las certificaciones de buena conducta, debido a dos factores fundamentales: la percepción de cambios estratégicos y  las presiones internas.
                LA ‘PREFERENCIA’ AFGANA
                En el caso de Afganistán, las presiones internas son demasiado visibles. Estados Unidos acaba de otorgar a este país el estatus de aliado preferente fuera de la OTAN. Es una consideración que excede la retórica diplomática, porque tiene efectos económicos y militares. En la Conferencia de Tokio se concretó la significación futura de este compromiso. Estados Unidos arrastró a sus aliados de la OTAN y a los de la alianza paralela en Asia a fortalecer un futuro sin amenazas en el cuarto país más pobre de la tierra, y quizás el más volátil de todos, en cuanto a los intereses occidentales se refiere. Los 16 mil millones de dólares aportados deberían servir para edificar una infraestructura elemental de desarrollo en el país. Ha pasado inadvertido que esa cantidad, a depositar en cuatro años, es idéntica a la que Estados Unidos se gastará anualmente en consolidar los aparatos de seguridad (Fuerzas Armadas y policía).
Europa ha aceptado sin entusiasmo, y aportará cantidades mucho más pequeñas, comparativamente, porque no se fía de que el dinero sea invertido correctamente. Aunque la donación está supeditada al cumplimiento de unas condiciones de buen gobierno y erradicación de la corrupción, y el propio presidente Karzai ha admitido que se trata de una exigencia justa y razonable, no está claro que pueda alcanzarse ese objetivo.
                Pero Obama no puede parar la dinámica de abandono europeo de Afganistán y necesita una estabilización exprés y un escenario de cierta claridad antes de noviembre. La grandilocuencia de los gestos no compensa las dudas y los recelos sobre el terreno.
                Afganistán es un caso especial, porque representa el escenario más complicado de la política exterior norteamericana. Pero no el único. Por ceñirnos a estos últimos cuatro años, los de la administración Obama, la selección de aliados ha estado sometida a procesos de revisión complejos e inciertos.
En Asia, la ‘doctrina Clinton’ sobre la prioridad estratégica de este continente para los intereses norteamericanos en el comienzo de este siglo y la necesidad de ofrecer una contención política, militar y económica al surgimiento de China. Europa contempla con sumo interés esta situación, pero no juega un papel determinante. Si bien, la hegemonía china en el mundo emergente se confirma día a día, pese a las dificultades, y sufre también las consecuencias en su economía y en su modelo social, lo cierto es que Estados Unidos percibe una amenaza mucho más directa, porque Pekín le está disputando la preponderancia en el escenario mundial. Estas urgencias explican el cambio de actitud de Washington hacia Birmania, precipitadamente favorable según algunos analistas.
BAILE DE DISFRAZES EN ORIENTE MEDIO
                En el otro escenario más conflictivo del momento, el mundo árabe, la consideración de aliados está sometida a revisión intensa y la confusión se acrecienta por semanas. En un reciente artículo del NEW YORK TIMES se examinan las paradojas que dominan la actitud de Washington, impensables hace unos años.
                Incluso en los lugares en que todavía se puede sostener un discurso maniqueo, como en Siria, las percepciones de aliados y enemigos no se perfilan con claridad. Si las potencias occidentales no se permiten considerar de momento la intervención militar es, básicamente, porque no están seguro de quien se beneficiaría de la caída del régimen alawita de Assad. Resulta tentador el debilitamiento indirecto de Irán, pero la emergencia de una Siria sunní conservadora ligada a los intereses de las petromonarquías del Golfo no tranquiliza a Occidente. Peor aún sería la ‘yemenización’ (conflicto étnico y radicalización religiosa) del país.
Siria no es Libia, se dice con frecuencia en los análisis de los expertos militares. Cierto. Se trata de dos países muy distintos en cuanto a la consideración de riesgo de una acción militar. Pero las diferencias son de también de orden político y estratégico. Libia no está en el epicentro del mundo árabe islámico, la influencia de los islamitas ortodoxos es más lejana, la implantación de las células radicales es mucho menor. Y prueba de ello han sido las elecciones legislativas recientes, que han roto con la cadena de triunfos islámicos en la franja mediterránea africana, a favor de una coalición de corte liberal y afinidades occidentales. En cambio, Siria es un elemento fundamental en el equilibrio regional. La desestabilización del país repercutiría en toda la región y las consecuencias no serían fáciles de absorber.
Ocurre lo mismo en Egipto, donde esa percepción alterada de aliados y rivales es muy aguda estos días. Una vez confirmado en la jefatura del Estado, el candidato de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, ha decidido marcar su territorio al declarar la nulidad de la disolución del Parlamento electo, lo que supone un desafío a los militares, pero también a los jueces (la otra pieza institucional clave del antiguo régimen). Se avecina una cohabitación en toda regla. Y tanto los poderes fácticos como el poder político miran a Washington para percibir de qué lado se decantan allí los favores o las simpatías. De momento, puede pensarse con cierta lógica que si a Morsi se le permitió tomar posesión es porque Estados Unidos previno a los militares de una maniobra de fuerza. Pero no es un secreto que muchos miembros de la administración norteamericana están mirando con lupa las actuaciones de la cofradía antes de extenderle un apoyo seguro.
Algunos ejemplos paradójicos. Preocupa en Washington que Morsi manifestara su intención de pedir la entrega de Omar Abdel Rahman, el Jeque ciego que cumple cadena perpetua en Estados Unidos por el primer atentado contra las Torres Gemelas. Pero, al mismo tiempo, se le concede visa a un parlamentario salafista que jugó un papel relevante en la organización yijadista Gamma Islamia en los años noventa.
Todo ello se explica por ese vertiginoso cambio de percepciones. Las opciones islamistas ya no se asocian al terrorismo, como en la época de Bush, sino que se ven como ventanas de oportunidad para prevenir derivas radicales.
 Este cambio de óptica en la identificación de bandos crea incomodidad en la sociedad egipcia. Los sectores liberales y progresistas censuran a Morsi que haya restablecido el Parlamento disuelto, aduciendo futuras complicaciones jurídicas, cuando en realidad temen la consolidación de una orientación islámica conservadora en el país. Entre el sable y la sotana, eligen lo primero, porque creen que los militares pueden estar más controlados por el amigo americano. ¿Estarán en lo cierto?