UCRANIA: TODOS LOS FRENTES DE LA BATALLA



12 de diciembre de 2013
                
Las manifestaciones de las últimas semanas en varias ciudades de Ucrania, en favor del proceso de integración en la Unión Europea, parecen haber alcanzado el punto crítico. El sistema de poder, encabezado nominalmente por el Presidente Yanúkovich, se enfrenta a un desafío mayor del que había previsto. Pero no sólo por la determinación de los manifestantes y del respaldo que les brinda una heterogénea oposición. Lo que quizás pueda ser más peligroso para el régimen y determinante para el desenlace de la crisis son las actuaciones políticas y diplomáticas exteriores.
                
El actual conflicto comienza en 21 de noviembre.  Ese día, el Parlamento, controlado por el gubernamental Partido de las Regiones, suspende las negociaciones con Bruselas, cuando estaba a punto de cerrarse un acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. En sólo unas horas, los partidos de la oposición y grupos cívicos europeístas, la mayoría juveniles y dinamizados por las redes sociales, se concentran en la Plaza de la Independencia, el lugar emblemático de la "revolución naranja" de 2004, para exigir que el Presidente rectifique y vuelva a la senda europea.      Yanúkovich había dado cerrojazo a las negociaciones en vísperas de la cumbre sobre las relaciones de la UE con antiguos países comunistas euroasiáticos, a celebrar en Vilnius.
                 
Las negociaciones con Europa comportaban también unos compromisos paralelos de ajuste económico. La situación de Ucrania, en plena recesión, es desesperada. La deuda se negocia a un interés del 10%.El país necesita con urgencia un préstamo, que negociaba con el FMI, de 14 mil millones de euros para eludir la suspensión de pagos. El gobierno de Kiev asegura que las condiciones puestas en cada caso por Europa y por el FMI ahogaría a medio plazo al país. De ahí que, con desagrado, el Presidente se volviera hacia el vecino del Este. A Putin no le costaría demasiado borrar con un cheque los números rojos de Yanúkovich.  Y éste es el temor de muchos de los manifestantes.
                 
EL TEMIDO ABRAZO DEL OSO RUSO
                
 Los opositores no ponen mucha atención a las duras condiciones occidentales. Ven el proceso europeo una oportunidad para cambiar el rumbo del país, ya que el borrador del acuerdo contemplaba también unas exigencias de democratización y transparencia. Pero, sobre todo, Europa significa para ellos una efectiva póliza de seguros para alcanzar la  independencia efectiva de la tutela rusa. De hecho, la oposición de Moscú al acuerdo de asociación era pública y notoria.
                 
Ciertamente, el Presidente Putin se había referido en términos muy negativos al proyecto europeo de atraerse a Ucrania. Rusia cree que la "pérdida" del vecino ucraniano representaría una amenaza para sus intereses estratégicos. Al proyecto europeo de Ucrania, Moscú opone una especia de unión aduanera, de la que ya forman parte, junto a Rusia,  Bielorrusia y Kazastán. La incorporación de Ucrania supondría recomponer el núcleo central de la desaparecida Unión Soviética, una aspiración a la que nunca ha renunciado el propio Putin y los herederos de los viejos aparatos comunistas que supieron adaptarse a los nuevos tiempos y sacar el mayor provecho posible, tras los caóticos años finiseculares.
                
Ucrania no es un país más de la antigua órbita soviética. Las vinculaciones históricas, económicas y culturales con Rusia de esta gran nación -más extensa que Francia y parecida población que España- no son en absoluto desdeñables. La mitad oriental  del país habla ruso y todo su aparato productivo está ligado a su vecino. Rusia es la destinaria de la tercera parte de las exportaciones ucranianas. En el último tramo de las negociaciones con la UE, Moscú cerró la entrada a los productos ucranianos durante unos días. Una advertencia expresa y brutal. Como en su momento lo fué -y puede volver a serlo- el cierre del grifo o la subida drástica de la factura del gas ruso que calienta las casas y hace funcionar las fábricas ucranianas (1).
                 
LA GRAN 'FAMILIA'
                 
Yanúkovich es un antiguo exponente de la 'nomenklatura' soviética en Ucrania. Ex-  director de una empresa estatal, se enriqueció, como tantos otros, con la introducción de la economía de mercado y los procesos de privatización. Su feudo era la región oriental de Doneskt, núcleo de la desfasada industria pesada. La población allí es ruso parlante y, por lo general, no comparte las simpatías europeas de los más dinámicos sectores sociales de Kiev y el oeste del país, tradicionalmente más incómodos con la influencia de Moscú.
                 
El Presidente ucraniano se ha beneficiado de esta escisión para consolidar una base de poder y neutralizar a la oposición liberal. El antiguo partido comunista le sirvió en su momento de aliado circunstancial. Pero, ya desde hace tiempo, la corrupción del clan gobernante ha terminado por aislar a Yanúkovich. Diversas investigaciones periodísticas cifran en miles de millones de dólares la fortuna acumulada por el Presidente y sus parientes. En los círculos políticos y mediáticos, se conoce a este grupo como la 'simia' o la 'familia'. Los hijos del Presidente son riquísimos y no lo esconden. Tienen negocios en todos los sectores de la economía. Este núcleo familiar se apoya en una red de altos cargos y funcionarios originarios de la región de Donetsk y en negocios compartidos con los principales oligarcas del país. Algunos dirigentes opositores aseguran que la cúspide del Estado se asemeja a una mafia.
                 
Y sin embargo, estos lazos, que han servido para que Yanúkovich se haga con el control de los recursos económicos y aparatos del Estado, pueden convertirse en su peor pesadilla, si los magnates perciben que al Presidente puede írsele la situación de las manos. No es un distanciamiento reciente. Antes de las actuales protestas, algunos oligarcas habían mostrado ya su insatisfacción por la codicia de los vástagos del patrón. La línea entre socios y rivales es cada día más fina (2).
                 
LA PRESIÓN DIPLOMÁTICA
                 
De todo esto son muy conscientes los dirigentes europeos.  Y norteamericanos, que han demostrado un interés nada secundario por la situación en Ucrania. Ángela Merkel ha  mostrado una hostilidad indisimulada frente a Yanúkovich, hasta el punto de desairarle en público durante la mencionada cumbre de Vilnius. La canciller alemana interrumpió al Presidente cuando éste discursaba acerca de las insatisfactorias negociaciones con Bruselas. "No es necesario que siga hablando. Ya sabemos que no va a firmar, de todos modos", asegura el semanario alemán DER SPEIGEL que dijo Merkel. La encargada de asuntos exteriores de la UE, Ashton, visitó Kiev a renglón seguido para leerle la cartilla al presidente ucraniano.
                 
Los norteamericanos han sido más discretos, pero no menos contundentes, a tenor de lo que los propios portavoces de Washington admiten. En los últimos días, han llamado a los despachos de Kiev en serio tono de advertencia el Vicepresidente Biden y los secretarios de Estado y de Defensa (además de la acción presencial  en Kiev de la número dos de exteriores), tanto para frenar la represión de los manifestantes como para 'convencer' al Presidente ucraniano de que le conviene aceptar las recetas económicas que 'recomienda' el FMI.
                 
UNA DUDOSA ALTERNATIVA
                
 La debilidad de la presión occidental radica en las dudas sobre la solvencia de la oposición, como fuerza de relevo con garantías. El hombre de Merkel es Víctor Klitschko, un ex-boxeador cuyo discurso se centra casi exclusivamente en la lucha contra la corrupción. El nombre de su partido lo dice casi todo: Odar ("Puñetazo"). La conveniencia le ha hecho unirse a las otras dos formaciones opositoras. La más conocida en Occidente es la encabezada por la carismática Yulia Timoshenko, que sigue en prisión por supuestos delitos de corrupción, y cuya liberación ha exigido en vano desde hace años la Unión Europea y Estados Unidos. En su etapa de gobernante tampoco fue un ejemplo de transparencia. Simplemente, demostró habilidad al alinearse con Occidente, cuando Moscú la presionó. La tercera fuerza es liza es la Svoboda ("Libertad"), ultranacionalista, cuyo objetivo fundamental es librarse al país del control ruso.
                
 Frente a la rebelión cívica, Yanúkovich ha pretendido combinar la exhibición de fuerza con la apariencia de diálogo, al aceptar la propuesta de tres anteriores presidentes de organizar una 'mesa redonda' para explorar salidas a la crisis.  No parece que esta iniciativa desactive la protesta. La conjunción de las tres presiones -callejera, diplomática y mafiosa- pueden suponer el golpe de gracia para Yanúkovich, pese a su mayoría parlamentaria. Sobre todo porque el amparo interesado que podría encontrar en Moscú parece tener un blindaje de insuficiente grosor.

(1) Leer en FOREIGN AFFAIRS, "Five more years of Yanukovych". Octubre de 2012

(2) Leer en LE MONDE, "La 'famille' se porta bien", 11 de diciembre de 2013       
               

JAPON Y CHINA: EL PELIGROSO JUEGO DEL GATO Y EL RATÓN



4 de diciembre de 2013

                 
El pulso entre China y Japón por las islas Sensaku-Diayu está provocando situaciones de tensión que afecta no sólo a los dos grandes colosos asiáticos. También se encuentran concernidas otras países vecinos y, desde luego, la superpotencia que ha garantizado el actual equilibrio de seguridad en la zona durante medio siglo.
                
En el actual proyecto de consolidación de China como potencia mundial de primer orden, los aspectos estratégicos constituyen uno de los pilares fundamentales, junto con el impulso económico y el reforzamiento de la arquitectura institucional. Nos ocupamos de los dos últimos en un comentario reciente.
                
El conflicto, latente desde hace tiempo, se agravó el año pasado, cuando el gobierno de Japón decidió recuperar algunos de estos islotes despoblado a un ciudadano que las tenía en alquiler, supuestamente para evitar que cayeran en poder de un grupo ultranacionalista que deseaba adquirirlas para desarrollar una campaña nacionalista hostil a China. Sin embargo, Beijing interpretó esta iniciativa como una provocación. Los dirigentes chinos aseguran que las islas pertenecen a China y que les fueron arrebatas durante la expansión japonesa a finales del siglo XIX. Tokio rechaza esta versión y sostiene que se anexionó las islas sin intervención militar porque estaban vacías y nadie las reclamaba.
               
CHINA SUBE LA APUESTA
                 
En los últimos años, Beijing ha incrementado sus gestos de afirmación en las islas, con frecuentes incursiones de patrulleras navales en las aguas circundantes. La última medida ha sido crear una zona aérea de identificación (ZAI) en torno a las islas, obligando a todos los aparatos aéreos que transiten por ella a comunicar su bandera, matriculación y plan de vuelo, además de mantenerse en contacto permanente por radio. En caso contrario, incurrirían en el riesgo de ser interceptados o algo peor, ya que el mando militar chino anunció que "adoptaría medidas defensivas de emergencia".
                
Es la primera vez desde 1949 que la República Popular de China expande su espacio estratégico marítimo. Y lo hace solapando la zona de defensa aérea nipona. Con esta decisión, Beijing afirma responder a la "arrogancia japonesa" y quiere dejar claro que no piensa aceptar el actual 'status quo'. Lo que, sin duda, pone a prueba  la alianza entre Washington y Tokio.
                 
Como era de esperar, Japón protestó enérgicamente y reclamó el amparo a Estados Unidos, en virtud de compromiso de seguridad mutua que vincula a ambos estados. La reacción de Washington fué rápida y todo lo contundente que merecía la ocasión. El Pentágono invocó la libertad de navegación y tránsito por el espacio aéreo internacional y confirmó una misión, previamente decidida, de dos aviones B-52 no armados, que atravesaron la zona sin cumplir con las exigencias chinas. Poco después, hicieron lo mismo aviones F-15 japoneses. Beijing se inhibió de cualquier respuesta coercitiva. Aparentemente, la apuesta china se quedó en farol. Pero lo cierto es que las autoridades norteamericanas recomendaron a las compañías aéreas de su país que cumplieran con las órdenes chinas. No hay confianza, por tanto, en que puede producirse un incidente que tendría graves consecuencias para la seguridad de la región.
                 
Estos episodios podrían resolverse en unos días si no reflejaran una dinámica de inestabilidad en la región. Desde hace años, China está acometiendo importantes inversiones en su aparato militar y ha formulado cambios relevantes en su estrategia de poder regional. No se ha quedado atrás Japón, país que hasta hace sólo unos años estaba todavía purgando los pecados expansionistas del pasado. Esta escalada ha arrastrado a otros países, incluida la India, a realizar importantes inversiones en sus aparatos militares.
                
 JAPON REFUERZA SU APARATO MILITAR
                
 En Japón, la supuesta 'amenaza china' ha servido de motivación al gobierno para incrementar en casi un 3% el presupuesto militar del próximo año y revisar la directiva de seguridad nacional.
                 
De forma coherente con estos cambios de naturaleza estratégica, se ha embarcado en un ambicioso programa armamentístico. En los últimos meses, se han botado varios navíos de gran tonelaje y se han desplegado varios porta-helicópteros de veinte mil toneladas en vacío, los barcos más grandes del archipiélago desde el final de la segunda guerra mundial. El nombre de este navío no puede ser casual. Se le ha 'bautizado' Izumo, un crucero que participó en la guerra contra China en los años treinta.

Este despliegue naval (que se ampliará en años venideros) se complementa con la creación de una unidad anfibia de 700 hombres, especializada en la toma de islas, y el despliegue de nuevos aviones de vigilancia de alta tecnología, de fabricación norteamericana. 
          
                 
LA INCOMODIDAD DE WASHINGTON
                 
Varios analistas norteamericanos califican este duelo como "juego del gato y el ratón" entre los dos gigantes asiáticos y consideran que se trata de un asunto de fanfarronería por ambas partes, pero admiten que se pueden producir errores de cálculo que provoquen un acontecimiento grave. De ahí la seriedad con la que la administración se ha tomado el asunto.
                
 La doctrina Obama de pivotar sobre Asia las prioridades estratégica norteamericana de los años venideros exige un compromiso de convivencia con Beijing, pero también una política firme de los pactos existentes con sus aliados en la zona, que contemplan el despliegue de la potencia china con creciente inquietud. La gira que el Vicepresidente Biden está realizando por la zona -programada desde hace tiempo- no puede resulta más oportuna. La embajadora en Tokio, Caroline Kennedy, recientemente nombrada, fue muy explícita al declarar, en plena crisis, que la creación de la ZAI "sólo sirve para incrementar la tensión en la región". Un asesor  chino en la materia se limitó a decir que la respuesta norteamericana resulta "negativa para una sólida relación entre grandes potencias". Lenguaje muy prudente para el tono habitualmente elevado de China en estos asuntos presentados como de dignidad nacional.
                 
A Washington le inquietan estas actitudes de fuerza de los dirigentes chinos, pero tampoco comulga con el exhibicionismo nacionalista del actual gobierno japonés, liderado por el primer ministro Shinzo Abe.  Lo que menos desea Obama es verse implicada en un conflicto artificial, cuando en realidad lo que pretende es fortalecer reglas de comportamiento que aseguren la estabilidad regional y garantice un entorno comercial y económico sin riesgos.
                 
En algunos círculos estratégicos y políticos de Estados Unidos se tiene la idea de que el nuevo equipo exterior y de seguridad de la administración Obama carece de  suficiente experiencia y conocimiento de las tensiones estratégicas y los manejos en Asia. Parece una crítica excesiva, porque, de momento, las respuestas del Secretario de Defensa, del equipo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado han resultado eficaces. Pero nadie confía en que se registren muy pronto nuevos episodios de tensión.
               

IRAN: EL ÚNICO ACUERDO POSIBLE



25 de noviembre de 2013
                 
Durante el fin de semana, se cerró el drama en el Hotel Intercontinental de Ginebra. Los negociadores de las principales potencias mundiales pactaron con los representantes de Irán una fórmula que, al menos por ahora, encauza uno de los asuntos más espinosos de la escena internacional. El acuerdo es provisional, como se había planteado desde un principio, y proporciona el tiempo preciso para consolidarlo en un plazo aproximado de seis meses.
                
 Los términos del acuerdo, tal y como ha filtrado la propia Casa Blanca y, parcialmente, la República iraní, son sumamente medidas y reflejan tal vez el único compromiso posible.
                 
Irán se compromete a paralizar su programa nuclear, con las siguientes medidas:
                 
- Cesar el enriquecimiento de su uranio por encima del 5% y desmantelar todo el sistema técnico que permitiría hacerlo
               
- Neutralizar o diluir (en óxido)su stock enriquecido al 20%.
                 
- Detener la construcción de nuevas centrifugadoras de uranio.
                
 - Interrumpir las obras de construcción de un reactor en la Central de Arak
                 
- Parar la producción de combustible con destino a la instalación anterior
                 
- Renunciar a construir una fábrica capaz de extraer plutonio a partir de combustible (que era la manera alternativa de dotarse de armas nucleares, junto al enriquecimiento del uranio).
                
 - Permitir "accesos cotidianos" de los inspectores de la AIEA a las instalaciones clave de Natanz y Fordo y a otros sitios relevantes, como las fábricas de centrifugadoras y la de Arak.
                 

En contrapartida, las grandes potencias se comprometen a una suavización "limitada, temporal, concreta y anulable" de las sanciones contra la República islámica, por un valor de siete mil millones de dólares, con las siguientes medidas:
                
 - desbloqueo bancario de 4,2 mil millones de dólares, producto de la venta del petróleo iraní
                
 - suspensión parcial de sanciones sobre el "oro y los metales preciosos, el sector automovilístico y las exportaciones petroquímicas"
                 
- permiso de "reparaciones e inspecciones en Irán para algunas compañías aéreas"
                
 - autorización de la entrega de 400 millones de euros para financiar los estudios de estudiantes iraníes en el extranjero
                
 - facilitación de las actuales relaciones humanitarias entre Irán y el resto del mundo
                 
- mantenimiento del principal paquete de sanciones, como el bloqueo de las reservas de cambio iraní, el boicot de una veintena de bancos iraníes y las aplicadas a los programas militares, entre otras.
                 
RESPIRO, MOMENTANEO, PARA OBAMA
                 
Bastará con una orden ejecutiva del Presidente de los Estados Unidos para que estas sanciones sean levantadas o suspendidas. De esta manera, se evita un tortuoso debate y el riesgo a un voto dividido en el Congreso.
                 
Pero igual que el acuerdo no puede sorprender y responde a las expectativas de quienes creían en su consecución, tampoco puede llamar especialmente la atención del inmediato rechazo de Israel. Varios portavoces judíos ya han dicho que éste es un "mal acuerdo", en referencia a lo que Obama dijo en su momento que nunca suscribiría. De la misma manera, se esperaba también que las autoridades israelíes dijeran que no se sienten "ligados" al acuerdo y que se consideraban libres para adoptar las medidas necesarias para proteger la seguridad de la nación.
                 
De momento, otra de las potencias regionales recelosas con el proceso negociador, Arabia Saudí, guarda silencio. La monarquía wahabí ha manifestado su oposición a cualquier concesión a Irán, su máximo enemigo y rival islámico. Más allá del acuerdo nuclear, lo que inquieta en Riad es que este proceso de acercamiento diplomático entre Washington y Teherán conduzca a un cambio de prioridades estratégicas en Oriente Medio. Según algunos analistas de la región, los saudíes temen que Estados Unidos vuelva a sus alianzas anteriores a los ochenta, cuando Irán actuaba de gendarme norteamericano en la región. Se trata de una aprensión descabellada, pero tal recelo ha sido expresado al parecer de forma discreta por algunas portavoces del régimen.
                 
Obama se ha mostrado prudentemente satisfecho con el resultado, a sabiendas de que el camino está plagado de minas. Israel intensificará su labor de "lobby" en círculos legislativos de Washington y no dudará en propagar todo tipo de informaciones, rigurosas o no, sobre supuestos incumplimiento iraníes del acuerdo de Ginebra. Dos 'popes' del pensamiento estratégico, como Brzezinski y Scowcroft han apoyado el propósito de Obama. Sin embargo, el principal consejero presidencial en la materia durante su primer mandato, Gary Samore, encabeza ahora una organización denomina "Unidos contra un Irán nuclear", dedicada a sabotear intelectual un compromiso con la República islámica.
                 
En los círculos oficiales de Irán, se hace virtud de la necesidad. La cúspide del régimen se muestra satisfecha con lo alcanzado, que califica de "éxito". Tampoco debe sorprender esto, ya que no había opciones de fracaso para los dirigentes iraníes. De Ginebra sólo se podía salir con un acuerdo. Éste era precisamente el argumento de quienes defienden la línea dura de actuación: la necesidad que Teherán tiene de conseguir un aligeramiento de las sanciones permitía a las grandes potencias obtener más. Es decir, no otra cosa que el desmantelamiento de su programa nuclear.
                
Es pronto aún para anticipar consecuencias a largo plazo. Lo obtenido parece ser realista y beneficioso para la gran mayoría.

CHINA: ¿HACIA UNA NUEVA FASE DE LA REVOLUCIÓN?



21 de Noviembre de 2013

A mitad de la década de los sesenta, el entonces Presidente Mao Zedong vistió de "revolución cultural" una gigantesca operación política, que acarreó una feroz represión. Frente a lo que percibía como peligros de una tímida apertura, Mao generó una dinámica de afirmación de su poder personal y una purga sin miramientos de posibles rivales, con la excusa de un giro a la izquierda y una purificación de las amenazas "revisionistas".
                 
A finales de los setenta, muerto el patriarca y tras unos años de posicionamientos e indecisiones en la jerarquía del aparato comunista, una de las "víctimas" de la "Revolución Cultural", Deng Xiao Ping, se afianzó como el líder de una tendencia "modernizadora" que se marcaba como objetivo superar los excesos del pasado, mejorar el sistema productivo del país y sustituir la ideología por la eficacia. Contrariamente al "padre fundador", Deng escenificó el rechazo del poder personalizado con su renuncia a cargos formales (excepto la aparentemente discreta presidencia de la Comisión militar de la Asamblea Nacional). Un poder en la sombra, aunque reconocido, respetado y hasta temido por todos.
                
En esa línea trazada por Deng estamos aún, aunque el proceso haya pasado por fases de agitación, crisis, rectificaciones y bloqueos, con la matanza de Tiananmen como momento más dramático. Treinta y cinco años después de la corrección estratégica impulsada por Deng, ese "intelectual orgánico" de la Revolución china que es el Partido Comunista ha vivido una sucesión de dirigentes grises, llamados a interpretar un libreto estricto, constreñidos por la exigencia del consenso sistémico y con estrechos márgenes para el sello propio.  
                 
UN NUEVO MANDARÍN
                 
El último de estos 'mandarines rojos', el actual Secretario del Partido (todavía el cargo político  prevalente) y Presidente de la República (la púrpura institucional), es Xi Jinping. Desde su acceso a la cúspide del poder en Pekín, se le ha escrutado con paciente dedicación en Occidente, por considerar que su perfil personal y el momento en que le ha tocado ejercer la función de 'primus interpares' generaba notables expectativas de que podía ser el líder llamado a concluir, por fin, el proyecto estratégico de Deng.
                 
Xi Jinping, efectivamente, presenta una hoja personal de servicios y una tradición familiar muy atractivos. Una triada de elementos le situaba en posición de envidiable oportunidad para convertirse en el hombre del momento histórico: hijo de un general héroe de la Larga Marcha (legitimidad revolucionaria); carrera continuada y firme a través de todos los escalones y áreas burocráticas (experiencia de gestión) y una estancia de formación en Estados Unidos (conocimiento del mundo exterior).
                
Entre los "sinólogos" no existe un consenso sobre el verdadero alcance de la figura de Xi. Sin duda, sería prematuro establecerlo, puesto que apenas lleva un año al frente del gigantesco aparato. Los más audaces consideran, en todo caso, que ya hay elementos suficientes para pensar que su liderazgo va a ser el más asertivo desde el comienzo de las reformas.  Su actuación en la recientemente concluida Conferencia del Partido avalaría esta estimación. Xi anunció unas sesenta medidas que deben profundizar el cambio económico, social y político de China en los próximos años.
                 
LOS  DESIGNIOS DE XI JINPING
                
El proyecto político del nuevo líder comunista se basa en tres pilares: la consolidación del nuevo modelo económico híbrido (el llamado "capitalismo comunista", un auténtico oxímoron) que confirme a China como segunda potencia mundial con capacidad para condicionar el liderazgo planetario de la superpotencia norteamericana; la reestructuración del sistema político, mediante una combinación de una apertura significativa pero contralada, que neutralice las fisuras regionales y los desafíos de las aspiraciones democráticas; y la hegemonía estratégica y militar en su amplia zona de influencia (el Extremo Oriente).
                 
En el primero de estos pilares es donde parece registrarse los avances más visibles. La Conferencia Política mencionada ha confirmado la adopción de medidas que aparentemente profundizan en la liberalización económica, al otorgar un "rol decisivo" al mercado en la definición y orientación de la política económica.  Xi Jinping, en tándem con su primer ministro Li Keqiang, ha conseguido aprobar políticas que en tres décadas de proceso reformista no habían avanzado lo suficiente. Son, entre otras, la capacidad de los campesinos para vender o enajenar sus tierras de labranza, la autonomía de los bancos para establecer los tipos de interés, el permiso a inversores privados para crear bancos nuevos, la imposición de multas y sanciones mucho más severas a las viejas industrias altamente contaminantes y otras medidas de protección medioambiental, y el control más eficiente del gasto público.
                 
En el segundo pilar, la reestructuración del sistema político, la Conferencia del Partido ha adoptado quizás las decisiones más llamativas, puesto que se ha decidido la creación de dos órganos de poder hasta ahora inexistente en la arquitectura institucional, como son el Consejo de Seguridad (según el modelo del existente en Estados Unidos) y una especie de Consejo de notables que estará encargado de impulsar las reformas económicas, para reforzar el combate contra las trabas burocráticas, el veneno de la corrupción y otras inercias del sistema.
                 
Pero, además, en esta esfera política, han llamado mucho la atención en Occidente la abrogación o significativa suavización de ciertas políticas restrictivas o directamente represivas que habían conseguido mantenerse a lo largo de estos treinta años. Las más destacadas son la eliminación de los campos laborales de reeducación (auténticos campos de concentración), la limitación de la aplicación de la pena de muerte y la relajación del control de la natalidad (la famosa política de "un solo hijo"). A propósito de esta última medida, algunos especialistas, como Daniel Altman, señalan que es demasiado tímida o llega demasiado tarde, porque China se encuentra ya indefectiblemente en una dinámica demográfica equiparable a la de Japón en términos de envejecimientos con las amplias consecuencias que ello comporta.
                
Este segundo pilar se completa con otros reajustes en las dinámicas políticas internas, que parecen confirmar un mayor control de Xi Jinping y su primer ministro Li Kequiang. Algunos hablan ya de una mayor concentración del poder de la cúspide, con respecto a los equipos dirigentes anteriores. O de una menor dependencia de los órganos tradicionales, que viene a ser lo mismo. Ésa sería una de las razones de los Consejos (Seguridad y Económico) anteriormente mencionados. En el caso del primero, se perfila el modo de gestión del tercer pilar del proyecto de Xi: un control más personal, o más 'presidencial' de la política exterior y militar (totalmente interconectadas), favorecido por las excelentes conexiones que se le atribuyen con las fuerzas armadas.
                
Los analistas más escépticos advierten, no obstante, que, de momento, estas medidas sólo están enunciadas, pero se desconocen calendario y procedimientos concretos de aplicación, por lo que conviene ser prudentes a la hora de valorar las intenciones reformistas del actual equipo dirigente.