EUROPA, ATASCADA

26 de Mayo de 2014
                
Las elecciones de ayer dejan a Europa atascada, sin soluciones satisfactorias ni opciones con respaldo sólido. El habitual comportamiento ciudadano de acudir a estos comicios para saldar cuentas con sus partidos nacionales se ha combinado, este año, con un rechazo creciente  y justificado hacia el propio proyecto europeo. El malestar ha superado a la resignación y la abstención, pese a los augurios, no ha aumentado.
                
El sistema electoral proporcional arroja una foto bastante fiel del estado de ánimo del electorado: fragmentado, confuso, angustiado, perplejo, desconcertado.  
                
Los partidos mayoritarios -PPE y PSE- se ven privados de crédito para continuar con las políticas más o menos pactadas que se han venido desarrollando hasta la fecha.
                
Los populares (conservadores) no pierden lo suficiente como para dejar de ser los más votados y se atrincheran en una proclamación de victoria numérica que tiene un recorrido muy corto. La solidez del liderazgo alemán compensa la fragilidad francesa, por citar las distintas venturas de mayor repercusión. Los conservadores británicos, discutibles aliados desde otro grupo parlamentario en el espectro de la derecha, también han sido castigados.
                
Los socialistas no ganan lo que precisaban para intentar un cambio de rumbo, si es que realmente estaban decididos a hacerlo (y esa duda, extendida, ha sido una de las causas de su frenazo).  El empujón hacia arriba de los alemanes (al que parece haberles beneficiado la coalición con Merkel) o los italianos (con el efecto Renzi aún sin desgastar) se volatiliza con el batacazo francés (en caída libre hasta límites históricos) o la decepción española.
                
Unos y otros pueden intentar coaliciones inciertas, inestables y, a la postre, ineficaces. Sólo la gran coalición al estilo alemán asegura mayorías , pero es elevado el riesgo de que el deterioro que cada uno arrastra pueda tener un efecto multiplicador. La apelación a la emergencia o a la responsabilidad puede entenderse en las cúpulas, pero es aceite en el fuego que devora la credibilidad europea. Comienza ahora una tortuosa negociación a varias bandas (interna, en el Parlamento, e inter-institucional, entre los portavoces del legislativo y el Consejo) para cuadrar el círculo.
                
Los partidos minoritarios celebran hoy su ascenso con un entusiasmo no menos efímero. Deben saber que el clima de protesta que les ha favorecido ha brotado en otros momentos de crisis y se ha terminado extinguiendo por no representar una alternativa fiable de gobierno. Salvo que ahora la descomposición se acelere, claro está. Porque no todas esas fuerzas emergentes reman en la misma dirección. Todos ellos quieren sancionar el actual proyecto europeo, pero desde posiciones ideológicas distintas y, en algún caso, incompatibles.
                
En la derecha, estos agentes contestatarios del gran pacto político que ha gobernado Europa en las últimas décadas (Frente Nacional francés; UKIP, en Gran Bretaña; Alternativa, en Alemania;  el italiano Cinco Estrellas, el FOP austríaco, el Partido del Pueblo danés, el descendiente NP holandés o el ascendente Alba Dorada griego, los flamencos radicales del NVA, etc) no se ponen de acuerdo en amalgamar fuerzas para constituir un Grupo parlamentario compacto. Por su propia naturaleza excluyente, el nacionalismo, el euroescepticismo, el populismo, el racismo, la xenofobia  y el 'odio' son impulsos destructivos pero no sirven para construir un proyecto alternativo coherente.  
                
En la izquierda, no hay una contradicción entre las propuestas nacionales y europeas, pero se mantiene un fraccionamiento muy típico. Y, lo que es más decisivo, la crítica irreconciliable de estas opciones más a la izquierda  hacia los partidos socialdemócratas, por comprensible que resulte, hace imposible la configuración de una alternativa viable de gobierno europeo que garantice una mayor justicia social.  La estrategia de del viejo topo que horada el sistema capitalista no responde a la urgencia del momento.
                
Así pues, inquietante pero no sorpresivo panorama europeo, , escasas perspectivas de desbloqueo salvo un gran pacto en torno al núcleo central con desplazamiento hacia la derecha, tambor batiente de las distintas formas del nacionalismo y una emergente izquierda crítica que debilitará más a la izquierda pactista que a la derecha resistiblemente desgastada.
               

                

INDIA: DESCIFRANDO A MODI

22 de Mayo de 2014

                
India cambia de rumbo político. Toma el relevo, de nuevo, el Bharatiya Janata Party (Partido del Pueblo Indio), conservador, nacionalista, tradicionalista e hinduista. En las últimas décadas ha sido el principal contrapunto al partido del Congreso, forjado por Gandhi, Nehru e Indira como gran intérprete socio-político de la herencia poscolonial.                 No se trata de una alternancia más. La victoria del BJP  ha sido abrumadora: 282 de los 543 diputados del Parlamento. La derrota del Congreso tiene dimensiones de hundimiento.

Este resultado perfila tres grandes proyecciones: la emergencia de un nuevo líder de enorme envergadura (Narendra Modi), el final de la dinastía Gandhi y un posible cambio de paradigma político, con la incorporación de India a la gran corriente del capitalismo global, sin las bridas protectoras que, pese a las reformas ‘liberales’ del último cuarto de siglo, han preservado un modelo propio de desarrollo.
                
FANTASMAS Y TEMORES            
                
Modi es la estrella rutilante del firmamento político indio, en el que abundan las estrellas menores, pero son raros los astros-rey. Como si la poderosa proyección de los padres fundadores y sus herederos eclipsaran la emergencia de nuevos líderes carismáticos.
                
De origen humilde (su padre era vendedor de té, y él mismo se ganó así la vida de joven) y fuertes convicciones hinduistas, Modi no es un recién llegado, sino un veterano político y gestor (63 años). Ha hecho su carrera en el estado de Gujarat, laboratorio de la alternativa conservadora en lo político, comunal y religioso, y liberal en lo económico.
                
Para muchos, el gran triunfo de Modi responde, fundamentalmente, al frenazo económico. El índice de crecimiento ha pasado del 9% a menos del 5% en los últimos cuatro años, lo que pondría en riesgo la proyección de la India como gran potencia emergente. El Congreso no ha sabido atajar el declive. El venerable Singh (81 años) ha carecido de vigor político para completar el programa de reformas que iniciara en 1991 como Ministro de Finanzas, debido a las presiones internas en el partido del Congreso, a la resistencia descomunal de las élites burocráticas, a la imparable corrupción y a las tensiones regionales.
                
La victoria abrumadora de Modi tiene una significación aún mayor si se tiene en cuenta que arrastra fantasmas y temores. El gran movimiento nacional-religioso Rashtriya Swayamsevak Sangh (traducible como ‘Cuerpo Nacional de Voluntarios’, especie de boys-scoutts del hinduismo) siempre lo tuvo como uno de sus principales hijos, llamados a liderar el gran proyecto de restauración codificado en el termino hindutva (‘hinduidad’), según el cual la India es una nación intrínsecamente hindú (80% de la población). En los ochenta, Modi impulsó la destrucción de la mezquita de Ayodhya para erigir un templo en honor del dios Ram, lo que provocó enfrentamientos inter-confesionales que dejaron miles de muertos.

Mucho más graves fueron sus responsabilidades en la gran masacre de Gujarat, en 2002, cuando ya era primer ministro local. Una turbamulta hinduista se entregó con saña a la matanza de musulmanes, después de que un tren con peregrinos hindúes fuera asaltado por seguidores islámicos (esto último nunca demostrado). No se aclaró si Modi alentó esa revuelta o simplemente miró para otro lado mientras se desataba la matanza (1).
                
LA RETORICA MODERNIZADORA

En la última década, sin desatender a esa base social e ideológica extremista, Modi fue construyendo otra narrativa más pragmática, basada en la alianza con los sectores de negocios, tanto nacionales como extranjeros. Gujarat se convirtió en un espejo para quienes sostenían que el modelo mixto del Congreso, contradictorio e incierto, estaba ya acabado y debía sustituirse por una decidida apuesta por el capitalismo neoliberal, para atraer inversiones nacionales y extranjeras. Durante la campaña, Modi se ha cuidado de no evocar la ‘hindutva’, ha evitado la agresividad contra los musulmanes y ha practicado un “camuflaje” ideológico y político, según sus críticos (2).

Su campaña ha estado diseñada con esmerado cálculo. La retórica se ha alejado del orgullo étnico hindú para apuntar al futuro. India será el país más poblado de la tierra en 2028, según previsiones de la ONU. Modi quiere haber completado para entonces un programa orientado a colocar al país en el liderazgo del presente siglo, compartido con China. Eso significa atraer capital, mejorar las infraestructuras, proporcionar empleo al millón de jóvenes indios que se incorporan cada mes al mercado de trabajo.

No obstante, Modi sigue dando miedo. Y no sólo a la gran mayoría de los 175 millones de  musulmanes que habitan la India (14% de la población), sino a muchos observadores independientes. El semanario liberal THE ECONOMIST, que simpatiza con sus métodos económicos ‘pro-business’, proclamó, sin embargo, que “Modi no debería ser primer ministro”, por sus políticas de división (3). Su política exterior es una incógnita, ya que ha combinado sus promesas de dureza contra el terrorismo procedente del extremismo pakistaní con ambiguas declaraciones de entendimiento con el gran vecino islámico.
                
¿FINAL DE UNA ÉPOCA?
                
El Congreso sabía que no tendría fácil permanecer en el poder. Para afrontar el presentido desastre, el Partido del Congreso optó, una vez más, por un Gandhi (el apellido familiar no procede del padre de la patria, Mohandas Gandhi, sino de otro Gandhi, Feroze, marido de Indira, la hija de Nehru, el primer ministro de la independencia). El elegido fue Rahul, hijo del asesinado Rajiv y de su esposa italiana, Sonia (actual líder del Partido), nieto de Indira, ‘mártir’ también, y bisnieto del Pandit Nehru.
                
Esta continuidad dinástica ha sido flexible. Tras el asesinato de Rajiv, el hijo de Indira, su esposa, la italiana Sonia, debía haber asumido la responsabilidad del gobierno, pero prefirió limitar su liderazgo al Partido y depositar la responsabilidad de la gestión en Manmohan Singh, un economista de confianza.  En vísperas del derrumbamiento de la URSS, un aliado discutible o de conveniencia durante la guerra fría, el Congreso supo ver la necesidad de un giro pragmático para acometer una apertura económica, una liberalización sin excesos, una especie de ‘tercera vía’ entre el socialismo desarrollista de Nehru y el neoliberalismo en voga.

Singh consiguió grandes logros y puso los cimientos del gran auge de la India. Pero la corrupción y la crisis de finales de los noventa abrieron el camino al Bharatiya Janata, en 1999. Alternancia fallida: el Congreso recuperó el poder en 2004 y tuvo la oportunidad de completar las reformas, con la victoria en 2004. Fue el periodo de la confirmación de la India como país BRIC, emergente, potencia indiscutible del nuevo siglo, lo que condujo a la revalidación abrumadora en 2009. Pero los efectos de la crisis financiera internacional pasaron factura (4).
                
Singh, por edad y por desgaste, ya no podía ser candidato. Su hombre de confianza en el gobierno, el ministro de Finanzas, Chindabaram, no contaba con la confianza de la ‘familia’, y por lo tanto, del Congreso. La elección de Rahul parecía sacada de una tragedia. Nunca se percibió que pudiera evitar el desastre. Existía la opción de su hermana Priyanka, mucho más enérgica y carismática, que a muchos les hacía recordar la figura de su abuela Indira, pero al casarse perdió el apellido. Rahul, 43 años, con su escaso bagaje de dos mandatos parlamentarios y una indisimulada incomodidad con el desempeño político, ha terminado sacrificando la herencia. Está por ver si el Congreso encontrará un nuevo discurso y un nuevo liderazgo libre del ‘patronazgo Gandhi’.

(1) Para un buen resumen de la trayectoria política de Narendra Modi, se recomienda el artículo "India face au péril nationaliste", escrito por CHRISTOPHE JAFFRELOT, investigador del Centre d'etudes et de recherches internationales (CERI, Sciences Po-CNRS), LE MONDE, 11 de Mayo de 2014.

(2) "Narendra Modi, hindou a l'extrême"? FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE CULTURE ER IDEÉES, 15 de Mayo de 2014. 

(3) "Can anyone stop Narendra Modi"?. THE ECONOMIST, 5 de Abril de 2014.

(4) Para el deterioro del mandato del Congreso, véase "India's Changing Political Fortunes", RONOJOY SEN. CURRENT HISTORY, Abril 2014.

OTAN: ¿REGRESO AL NEGOCIO TRADICIONAL?

14 de Mayo de 2014
                
La crisis de Ucrania y lo que se presenta como un designio expansivo de Rusia para recuperar influencia (y territorio) en el antiguo espacio de dominación soviética ha empezado a generar un debate sobre la necesidad de recuperar la 'vieja OTAN'.
                
Ante la 'falta de trabajo', por la presentida integración paulatina de la nueva Rusia en el sistema de seguridad euroasiático, la Alianza Atlántica 'migró' para seguir dando sentido a su existencia. Sus destinos principales son más o menos conocidos por el gran público: Irak, Afganistán y Libia. Ahora, la OTAN se plantea 'volver a casa' para ocuparse de ese nuevo socio al que ya no se considera tan amistoso o colaborador como parecía.
                
UN BALANCE DESIGUAL              
                
La OTAN  no presenta una hoja de servicios 'fuera de zona' intachable. En el Pentágono no se disimula la decepción por esta 'ampliación de horizontes' de la alianza occidental, políticamente clave de la contención antisoviética en la guerra fría, aunque militarmente un brazo subsidiario del poderío norteamericano. El que fuera Secretario de Defensa de Estados Unidos con Bush hijo y con Obama, Robert Gates, fue muy crítico con la OTAN en su despedida del cargo, por la débil voluntad política de sus líderes, la escasa capacidad de movilización de efectivos y la rácana aportación de fondos a las guerras que Washington ha librado estos últimos años contra el enemigo de este comienzo de siglo  (el "terrorismo islámico") o residuos seleccionados de enemistades antiguas (Gaddaffi).
                
Reprochan políticos, militares y académicos norteamericanos a sus socios de la Alianza que no fueran capaces de hacer un mayor esfuerzo en Afganistán, en los momentos más álgidos de la resistencia de los talibán, donde nunca superaron los 40.000 efectivos, frente al millón de soldados estadounidenses. O que en Libia todos votaran a favor de la intervención para 'defender' al pueblo (oficialmente, aunque en la práctica se tratará de acabar con el coronel Gaddaffi) y menos de la mitad de los miembros aportaran algún recurso y aún menos de un tercio participaran en los ataques aéreos.
                
En la comunidad política, militar y académica siempre hubo reticencias sobre esta 'externalización' de la OTAN. Un portavoz destacado de esta línea de pensamiento es Michael E. Brown, profesor de relaciones internacional de la Universidad George Washington.  Según su visión, los líderes occidentales cometieron tres grandes errores de juicio: uno, que Rusia iba a ser una nueva potencia "benigna"; dos, que Moscú iba a aceptar la ampliación de la OTAN sin recelo; y tres, que la organización político-militar iba a sacar provecho de sus misiones 'fuera de zona'. Nada de esto ocurrió.
                 
La desconcertada Rusia de los primeros años del post-sovietismo ha evolucionado hacia un nacionalismo reivindicativo (expansivo, para quienes ven en Crimea sólo el principio de futuras operaciones de 'recuperación territorial), provocado por la sensación de cerco que les produjo la ampliación hasta sus mismas puertas o los 'engaños' de la operación libia.
                
RECONSIDERACIÓN ESTRATÉGICA
                
Llegados a este punto, lo que procede ahora es 'volver a los orígenes' según Brown y otros expertos. El objetivo, propone Brown, sería una nueva "consideración estratégica", basada en los siguientes pilares:
                
- reconocimiento de que Europa aún afronta amenazas de seguridad inter-estatales;
                
- necesarias respuestas (militares, policiales, cibernéticas, de inteligencia y diplomáticas) para contrarrestar las nuevas y encubiertas formas de agresión de Rusia (provocaciones, propaganda, apoyo local, 'ciberataques', fuerzas especiales enmascaradas y muy bien preparadas)
                
- elaboración de una estrategia a largo plazo para tratar con Moscú.
                
Algunos de los principales jefes militares, en activo o ya en la reserva, han lanzado globos-sonda sobre el conveniente redespliegue de la Alianza para restaurar la contención del peligro ruso (antes soviético). Uno de ellos ha sido el Almirante Stavridis, anterior comandante de las fuerzas aliadas en Europa, quien tras lo que calificó de "toma de Crimea", hizo unas recomendaciones operativas en un artículo para FOREIGN POLICY (2).
                  
De momento, la respuesta se ha limitado a la imposición de sanciones que pueden hacer daño a Moscú, pero que se contemplan con renuencia europea, que se convierte en rechazo indisimulado en los sectores económicos, comerciales y financieros. Se saben de sobra las razones.  Europa es el principal socio comercial para Moscú: cerca del 40% del valor total, catorce veces más que Estados Unidos. Sólo las inversiones de empresas alemanas en Rusia iguales el valor de los intercambios comerciales ruso-estadounidenses. Lo más significativo es la dependencia energética (gas), ya que supera el tercio en países como la propia Alemania o Italia, pero es absoluta para Finlandia o los vecinos bálticos. Algunas empresas de energía europea tienen intereses compartidas con Rosneft, la compañía estatal rusa y han expresado alto y claro su oposición a las sanciones, junto con firmas de otros sectores productivos clave.
                
La respuesta militar ha sido aún más cautelosa que la económica o diplomática. La OTAN. Desde abril, se ha comenzado a reforzar la defensa de los países limítrofes con Rusia y la vigilancia aérea de los estados bálticos. Se procederá pronto al despliegue de más barcosy también en el Báltico y en el Mediterráneo oriental. Estados Unidos posicionará cuatro compañías de paracaidistas (600 hombres) en unos ejercicios conjuntos a realizar en Polonia, uno de los aliados que más abiertamente ha reclamado medidas suplementarias, aunque no lo hiciera formalmente en la reciente reunión del Consejo de ministros exteriores de la Alianza. El jefe militar de la OTAN, el general norteamericano Philip Breedlove, ha aprovechado la situación para formular la recurrente reclamación estadounidense a los socios europeos: que aportan más dinero y más efectivos.
                
Expertos militares han tenido mucho interés en resaltar lo que consideran "alta competencia rusa" exhibida en las operaciones especiales ejecutadas en Crimea. Consideran que Moscú ha mejorado muchísimo sus fuerzas de élite, en preparación, dotación, logística, inteligencia y, lo que más asombra, en concepción o doctrina.  Las fuerzas especiales supieron realizar acciones encubiertas con gran eficacia, profesionalidad y seguridad, desactivando la resistencia de Ucrania de forma rápida, efectiva y completa.
                
Que el "éxito" ruso en Ucrania sea merecedor de un esfuerzo militar europeo es, sin embargo, muy dudoso, debido a la persistencia de la crisis. Pero, aún más, seguramente tampoco resultaría políticamente conveniente, si tenemos en cuenta que, exageraciones aparte, la amenaza rusa a sus vecinos no deja de ser un ejercicio especulativo de políticos radicales, militares más o menos celosos de su misión y académicos de mentalidad conservadora y/o belicista.

(1) NATO's biggest mistake. The Alliance difted from its core mission -- And the world is paying the price. MICHAEL E. BROWN. Foreign Affairs, 8 de mayo de 2014.

(2) NATO needs to move now on Crimea action may provoke, but so does nothing. JAMES STAVRIDIS. Foreign Policy, 1 de abril de 2014.

(3) Russia displays a new militaru prowess in Ukrania's east. MICHAEL R. GORDON. New York Times, 21 de abril de 2014.

UCRANIA: EL ESPECTRO DE YUGOSLAVIA

8 de Mayo de 2014
                
El agravamiento de los actos de violencia en el sector oriental de Ucrania recuerda en cierta medida al inicio de las guerras yugoslavas de los noventa, aunque también se pueden identificarse factores diferenciadores.
                
LAS SIMILITUDES
                
La invocación de los derechos de las nuevas minorías. Tanto en su día en Bosnia, Croacia y finalmente Kosovo como ahora en Ucrania, grupos étnicos o de población que se sentían protegidos e identificados con el Estado del que eran ciudadanos (Yugoslavia o la URSS), percibieron que la nueva realidad política en la que pasaron a vivir suponía una amenaza para sus derechos, su lengua, su cultura o, en el caso yugoslavo, su religión.
                
En Ucrania, el factor que ha generado mayor combatividad ha sido la lengua. Es cierto que (como ocurría en Yugoslavia), la propaganda ha generado mucha confusión y contribuido notablemente al enfrentamiento. En la contienda serbo-croata, el problema era el alfabeto (cirílico, el serbio; latino, el croata), aunque el nacionalismo croata se empeñó en destacar supuestas diferencia idiomáticas que no pocos intelectuales han refutado como una pura invención o, en el mejor de los casos, como una manipulación grosera.

En Ucrania, gran parte de la población es bilingüe. Pero la torpeza del nuevo gobierno de Kiev, aboliendo el estatus del ruso como lengua oficial ha alimentado los sentimientos de ultraje de los núcleos de población del este y sur que se expresan preferentemente en ruso.

Contrariamente a Yugoslavia, la religión no ha sido un factor de confrontación, aunque sí ha estimulado el nuevo nacionalismo ruso que ha impulsado a Putin a poner en marcha esta campaña de recuperación del prestigio de Rusia y la evocación de los sueños de grandeza de la época dieciochesca de Catalina la Grande, resumida en la divisa ‘Nueva Rusia’.

El uso abusivo de la propaganda. Otro aspecto que nos permite encontrar en la crisis de Ucrania ciertos ecos yugoslavos es la utilización de etiquetas descalificadoras vinculadas a dramas del pasado, y en particular a la Segunda Guerra mundial.

En Yugoslavia, para las poblaciones serbias rebeldes, los dirigentes del nuevo Estado croata eran todos ‘ustachas’, es decir los militantes de extrema derecha que colaboraron con la ocupación nazi y establecieron una República títere de Hitler en Croacia, bajo la jefatura local de Ante Pavelic. Por el contrario, las autoridades de Zagreb consideraban a los rebeldes serbo-croatas o bien como comunistas y nostálgicos del Estado moribundo fundado por Tito, o, más frecuentemente,  como ‘chetniks’ (milicianos partidarios de la declinante monarquía serbia). Este último término lo utilizaba el gobierno de Sarajevo para calificar a los rebeldes serbo-bosnios, mientras éstos despreciaban al gobierno y el ejército bosnios con el apelativo de ‘turcos’, en referencia a la potencia otomana ocupante de suelo serbio durante siglos.

En Ucrania, los rebeldes pro-rusos, engrasados por los medios próximos al Kremlin, califican sistemáticamente de ‘fascista’ al gobierno de Kiev, El peso adquirido por la ultraderecha ucraniana durante las protestas de Maidán, en los confusos acontecimientos que precipitaron la torpe huida de Yanukóvich y el cambio de régimen han favorecido este discurso de mistificación y propaganda.  Al contrario, las nuevas autoridades de Kiev deslegitiman completamente el malestar de la población del este y del sur más cercana sentimental y culturalmente a Rusia y considera a sus activistas sólo como ‘marionetas del Kremlin’.

LAS DIFERENCIAS
                
La secuencia temporal. En el caso yugoslavo, la rebelión del grupo de población que se habían convertido en minoría en el nuevo Estado se produjo en las primeros semanas (Croacia) o meses (Bosnia) de la independencia.  En Kosovo, el levantamiento armado de la población albanesa desencadenó la intervención militar y paramilitar serbia de forma inmediata.

Por el contrario, en Ucrania han pasado quince años desde la desintegración de la URSS y el nacimiento del país como Estado independiente, aunque la comunicación entre las dos partes del país (occidental y suroriental) no haya sido siempre fácil.
                
El peso del apoyo exterior. En el caso yugoslavo, las rebeliones de la población serbia en Croacia (en las regiones de Krajina, Eslavonia y Srem occidental) o en Bosnia (en torno al núcleo occidental de Banja Luka, el corredor septentrional de Posavina, casi toda la franja oriental fronteriza con Serbia, partes de la meridional Herzegovina y la propia Sarajevo) contaron inicialmente con el apoyo del Ejército Federal Yugoslavo, cuya oficialidad era predominantemente serbia, y con la propia República de Serbia, que mantuvo la ficción del Estado de Yugoslavia durante algún tiempo, con la única colaboración de Montenegro. El aislamiento creciente, primero de la cada vez más fantasmal Yugoslavia, y luego de la propia Serbia, redujo el apoyo externo de los insurgentes hasta debilitar notablemente su causa, aunque contara siempre con una defensa diplomática, irregular y poco eficaz, de Moscú.
                
En cambio, en el caso de las entidades que están surgiendo en el este de Ucrania, es innegable no sólo el respaldo, sino el concurso efectivo de Rusia, ahora mucho más fuerte y con más recursos económicos y políticos que en los noventa. Una posible acción militar directa por parte de Moscú en defensa de la causa ‘pro-rusa’ no está garantizada, ni mucho menos, a corto plazo, a pesar de las señales alarmistas de los sectores más belicistas en Kiev, Washington y los países de Europa oriental que estuvieron bajo regímenes comunistas. Pero tampoco puede descartarse completamente, contrariamente a lo que sostiene el Kremlin en todos y cada uno de sus resortes diplomáticos y propagandísticos.
                
La dimensión estratégica. Sin restar importancia a las consecuencias de las guerras yugoslavas, en particular para el futura de la nueva Europa tras el final de la ‘guerra fría’, lo que se está ventilando en Ucrania tiene mayor trascendencia estratégica. A Rusia le importaba mantener unos gobiernos amigos en los Balcanes, entre otras cosas para limitar la influencia de Alemania en la región. Pero el destino de Yugoslavia no tenía una importancia decisiva para el porvenir de Rusia.

En Ucrania, por el contrario, Rusia entiende que está en juego su propia viabilidad como potencia regional de primer orden. Algunos incluso creen que detrás de las acciones rusas se encuentra el oscuro designio del Kremlin de reconstruir, sobre otras bases, el derrocado poder soviético. Automáticamente, esto obliga a Washington y a Europa a una implicación intensa, aunque de momento es evidente la falta de consenso sobre la respuesta más adecuada a Moscú, como se ha puesto de manifiesto en la actitud sobre las sanciones.

Pero además, que Rusia sea una potencia asiática confiere a la crisis una dimensión planetaria y no sólo europea, como se explicaba en un artículo anterior. En definitiva, Ucrania reproduce algunos mecanismos de las guerras yugoslavas, pero aporta una dimensión estratégica mucho más amplia e inquietante. 

AFGANISTÁN E IRAK: ELECCIONES Y AMENAZAS


30 de abril de 2014
                
Afganistán e Irak -las dos naciones dominadas formalmente por el primer ejército del planeta- se encuentran inmersos en procesos electorales. Así dicho, la intervención militar de Estados Unidos habría alcanzado los objetivos declarados de promoción de la democracia. Lamentablemente, no es así.
                
AFGANISTÁN: PELIGROS APARENTES Y OCULTOS
                
En Afganistán, la primera vuelta de las elecciones presidenciales han transcurrido con cierta normalidad, aceptable participación y ausencia de apariciones armadas de los talibán. Los dos candidatos en liza para la contienda final, Abdullah Abdullah y Ashraf Ghani, son pro-occidentales y han prometido suscribir el BSA (Bilateral Security Agreement), una especie de contrato que garantiza el control norteamericano sobre los asuntos de seguridad en un Afganistán sin fuerzas militares extranjeras. El todavía Presidente Karzai se ha negado a firmarlo, disgustado por lo que él considera como una serie inaceptable de desaires y conductas inapropiadas de sus antiguos protectores.
                
La narrativa dominante proclama que, sin el BSA, los talibán se encontrarían en inmejorables condiciones para asaltar la 'democracia' afgana, poner en jaque al nuevo gobierno, desarbolar a un ejército nacional todavía en consolidación y hacerse con el poder.
                
Algunos analistas, aunque pocos, ponen en duda la debilidad del Ejército afgano. Uno de ellos, Paul Miller, acaba de publicar un artículo en FOREIGN AFFAIRS, en el que desarrolla una interesante y provocadora tesis, resumida perfectamente en el título: "El Ejército de Afganistán no es demasiado débil; es demasiado fuerte".
                
Las fuerzas armadas y de seguridad afganas reúnen más de 350.000 hombres, han recibido formación, asesoramiento, entrenamiento y armamento de Estados Unidos y de la OTAN, goza de una composición étnica variada, han generado un espíritu institucional y cuentan con un grado de aceptación y reconocimiento popular (con todas las dudas que esto pueda generar) superior al 90 por ciento. En definitiva: constituyen una suerte de Estado dentro del Estado.
                
A esta fortaleza operacional y política se opone la debilidad del resto de las instituciones, y particularmente del gobierno. La percepción que domina es que el poder civil es profundamente corrupto y altamente ineficaz (por este orden). Tanto si los problemas de seguridad se agudizan como si no, Miller sostiene que las fuerzas armadas representan una alternativa (peligrosa, no deseable) al gobierno constitucional.
                
Cabe preguntarse si, ya sea Abdullah (más probable) o Ghani el sucesor de Karzai, el nuevo presidente podrá manejar las dos amenazas: externa (los talibán) o interna (las fuerzas armadas). La clave -o al menos una de ellas- estará en la actitud de Washington; y, en caso positivo, en la intensidad del apoyo al proceso constitucional. Abdullah sería un presidente muy cercano a los intereses norteamericanos. Pero también lo parecía Karzai, y ya se ve el resultado. Por otro lado, es de origen mixto (pastún y tayiko), lo que asegura un valioso equilibrio étnico. Si las cosas se torcieran y la amenaza de un triunfo talibán creciera, no sería  descartable que Estados Unidos se decantara por apoyar una alternativa militar.
                
IRAK: SECTARISMO Y FRAGMENTACIÓN
                
El antecedente de ese escenario en los lindes de la catástrofe lo encontramos en Irak. Un año después de la retirada militar norteamericana, la estabilización no se ha producido, la percepción de deriva se ha acentuado y el país parece precipitarse en un panorama sombrío de múltiples divisiones y enfrentamientos.
                
Las elecciones de este miércoles podrían dar ventaja al primer ministro chií, Nuri Al Maliki, pero es muy dudoso que éste pueda forjar una mayoría estable y conciliadora al mismo tiempo. Quizás ni una ni otra.
                
Como explica el investigador noruego Reidar Visser en FOREIGN AFFAIRS, no supone mucho alivio que los comicios se planteen como un pulso cerrado entre los bloques confesionales, sunníes y chiíes. En realidad, el sectarismo sigue vigente. Lo que ocurre es que se ve camuflado por la intensa fragmentación en el interior de cada uno de ellos, motivada por las ambiciones personales y un clima político envenenado.
                
Los sunníes moderados ya no se fían del actual primer ministro, porque ha defraudado sus promesas de integración. Los líderes tribales se sienten traicionados y le ha vuelto la espalda. Y los insurgentes radicales, próximos al Al Qaeda o disidentes de esta organización y más fanáticos aún, han declarado la guerra sin cuartel al gobierno y dominan una franja de terreno al oeste y norte de Bagdad, que conecta de forma alarmante con las posiciones doctrinarias afines en Siria.
                
Maliki tampoco ha sido capaz de consolidar un entendimiento con los kurdos, debido a las desavenencias sobre el control de la exportación del petróleo, el principal recurso nacional: aquellos quieren reservarse una cuota para venderlo directamente a Turquía y el primer ministro quiere mantener el actual sistema centralizado para garantizar los ingresos.
                
En este contexto de discordia persistente y violencia enquistada, no habrá elecciones efectivas en muchas localidades sunníes dominadas por la insurgencia  (por huida de la población o por intimidación de la que aún permanece allí). Ni siquiera puede contarse con la influencia positiva de las tribus, renuentes a la insurgencia en otro tiempo pero cada vez más inclinadas a aceptar colaborar con ella antes que con el gobierno central.
                
De poco parece haberle servido a Estados Unidos el dinero, los recursos y las vidas entregadas. Irak sigue en terreno demasiado cercano al abismo, sin fórmulas políticas solventes y sin soluciones militares claras.
                
Las elecciones en Irak y Afganistán, por muy defendibles que puedan ser desde la coherencia democrática, se antojan como dudosamente eficaces para encarrilar la convivencia en ambos países.

                
Con cierta irritación, el propio Presidente Obama contestaba esta semana, desde Filipinas, a los críticos que le imputan "blandura" e indecisión en política exterior: "¿Por qué se muestran tan dispuestos a usar la fuerza militar, después de lo que nos ha ocurrido durante una década de guerra, con un coste tan enorme, en tropas y en presupuesto? ¿Qué piensan estos críticos que se ha conseguido con ello?". 

OBAMA, DE LA ALARMA UCRANIANA A LAS TURBULENCIAS ASIÁTICAS

24 de abril de 2014

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, realiza la esperada gira por Extremo Oriente que tuvo que cancelar el pasado otoño, por la amenaza republicana de bloquear la liberación de fondos para que la administración pudiera seguir funcionando.Este aplazamiento hace que el viaje de Obama se produzca en un momento de gran tensión internacional, debido a la crisis de Ucrania, cuya repercusión se deja sentir también en Asia Oriental, debido al clima de desconfianza y antagonismo que domina las relaciones entre las grandes potencias regionales.
             
UN DIFICIL EQUILIBIO REGIONAL

Más allá de la tensión con Rusia, Obama afronta este viaje como declaradas ambiciones, pero con limitaciones evidentes, como señala el NEW YORK TIMES. El presidente norteamericano quiere hacer de Asia el nuevo ‘pivote’ de la estrategia geopolítica de Washington, por entender que allí se concentran las oportunidades más evidentes de crecimiento económico y dinamización comercial. Asia como continente del siglo XXI es una visión que Obama ha aireado profusamente.
                
Sin embargo, las contradicciones y tensiones regionales son amplias y pillan a Estados Unidos en una difícil posición. No siempre puede la superpotencia estadounidense conciliar posiciones y neutralizar conflictos, muy arraigados históricamente e impulsados por motivaciones emocionales crecientes.
                
La hostilidad chino-japonesa se ha visto agravada por el diferendo territorial de la islas Sensaku-Diayu, en el que Washington ha tratado de no irritar demasiado a Pekín, sin cuestionar la alianza con Tokio, . En ciertos círculos de poder nipones, se considera que la posición estadounidense es ambigua, mientras en Pekín se tiene la percepción, sincera o interesada, de que Estados Unidos está respaldando si no promoviendo el nuevo nacionalismo japonés. Que iría más allá del conflicto territorial. Es la nueva política de defensa de Japón, cada vez más activa, intensa y expansiva lo que alarma en los núcleos políticos y militares de poder chino.
                
A ello se suma la siempre irresuelta cuestión de Taiwán. A Obama, como a cualquier presidente anterior, le resulta muy difícil actuar en beneficio de Pekín y en contra los chinos insulares, porque Taiwán tiene estupendas relaciones con sectores muy influyentes del Congreso. Tibet fue otro elemento de fuerte tensión entre Washington y Pekín, durante el primer mandato de Obama, debido a la recepción brindada al Dalai-Lama en la Casa Blanca.
                
No menor, aunque menos aireado, es el asunto de Filipinas. En Manila se comparte la angustia de los aliados asiáticos por lo que se considera falta de firmeza o de claridad de Washington frente a las políticas de reafirmación regional de China. Obama suscribirá acuerdos de cooperación naval, en la operación más importante de las relaciones bilaterales desde el cierre de la base de Subic Bay, al término de la guerra fría.  
                
De forma menos dramática, pero también inquietante, Estados Unidos es criticado por sus dos aliados mayores en la región, Japón y Corea del Sur, por entender cada cual que el amigo americano es más solicito con la otra parte que con la suya. El neonacionalismo japonés irrita en Seúl tanto como en China.  Las ostentaciones del primer ministro Abe en venerar los mitos japoneses de la segunda guerra mundial y su indisimulado revisionismo histórico constituye una afrenta difícil de asumir por los dirigentes y el pueblo surcoreano, víctima directa del imperialismo japonés del siglo pasado.
                
A todos los asuntos relacionados, debe añadirse la permanente amenaza del proyecto nuclear norcoreano. Algunos análisis abundan en el pesimismo sobre la reanudación de las negociaciones, aunque se haya registrado un mejor clima Pyongyang-Seúl;  y, lo que es más sorprendente, un acercamiento entre el régimen paleocomunista y los nacionalistas japoneses.
                
TEMOR A MANIPULACIONES RUSAS 

La desestabilización de Ucrania puede tener consecuencias indeseables para el sistema internacional establecido por el triunfante Estados Unidos en Asia tras la segunda guerra mundial. El factor más inquietante para Washington es la capacidad de Rusia para actuar en unas alianzas sometidas a crecientes presiones. 

Putin tiene cierto margen de maniobra para ‘manipular’ a las dos grandes potencias asiáticas, China y Japón, en función de la atención que Estados Unidos preste a sus deseos e intereses, ya que Washington no puede agradar a ambas partes a la vez. No al menos completamente o por mucho tiempo, debido a la amplitud de la discordia sino-nipona. Esta opción de Putin es desarrollada por el diplomático francés de origen taiwanés Yo-Jung Chen, en un artículo para THE DIPLOMAT, una publicación electrónica especializada en  asuntos de la región Asia-Pacífico.
                
Como ya se dijo aquí al comienzo de la crisis ucraniana, el agravamiento de las relaciones entre Moscú y las capitales occidentales puede provocar un reforzamiento de los vínculos entre Rusia y China, cada día más intensos. Aunque muchos de los elementos de desconfianza entre las dos potencias no se han superado completamente, lo cierto es que en los últimos años el acercamiento es notable.  Por razones económicas (energía y comercio), pero también estratégicas.
                
En este momento, Moscú y Pekin pueden ensayar la utilidad de una pinza frente a Washington.  Rusia puede dar un paso adelante en la habitual discreción con que se posiciona en las diferencias entre Pekín y Tokio por cuestiones territoriales y militares (el diferendo de las islas Sensaku-Diayu) , a cambio de que la cúpula china ignore la presiones diplomáticas occidentales en relación con la crisis ucraniana. Por otro lado, se tema que la retención occidental después de Crimea pudiera incitar a China a ensayar iniciativas militares en las zonas de disputa.
                
De forma alternativa, si Estados Unidos se muestra comprensivo o no del todo insensible a los intereses chinos, hasta el punto de irritar a su aliado japonés, Putin podría abonar la amistad con Japón, que ha venido cultivando con especial esmero en los últimos años . Contrariamente a Washington, el presidente ruso se ha abstenido de criticar las derivas nacionalistas del actual primer ministro Abe. Introducir un cuña en la alianza entre Estados Unidos y Japón no es fácil, pero podría ocasionar una creciente incomodidad hacia el aliado norteamericano.

HUNGRIA: LA PERVERSION DEMOCRÁTICA EN CASA

10 de Abril de 2014
               
Viktor Orban, el primer ministro húngaro, ha sido revalidado el domingo pasado en las urnas, al obtener su partido, el FIDESZ, un 44% de los votos. Se trata de un porcentaje envidiable, aunque haya perdido más de ocho puntos con respecto a 2010.
                
Lamentablemente, este resultado es motivo de inquietud para Europa. Desde que este abogado, de ideología originariamente liberal, tornada luego en populismo cristiano, ha conseguido consolidar su hegemonía política, Hungría es el mayor punto negro en el mapa de las libertades y derechos de los 28.
                
UN VIRAJE OPORTUNISTA

Orban creó FIDESZ (Alianza de Jóvenes Liberales) un año antes del derrumbamiento comunista. Lo acompañaban jóvenes liberales que al calor de la apertura que se vivía en Hungría a finales de los ochenta, consiguieron abrir un espacio de tolerancia. Fue en Hungría donde se produjo la grieta definitiva que precipitó el fin de la división europea,  al permitir a sus ciudadanos salir del país por la frontera austríaca, en mayo de 1989.
                
En los noventa, se produjo una recomposición del paisaje político húngaro. Como ocurriera en otros países vecinos, el sector más reformista del partido comunista se paso a la socialdemocracia. En el otro lado del espectro político, el Foro Democrático, de orientación conservadora, entró en decadencia. Orban aprovechó esta circunstancia, para convencer a la mayoría de sus compañeros de partido de dar un giro a la derecha y abandonar sus credenciales liberales. La estrategia resultó rentable, ya que FIDESZ ganó las elecciones en 1998. Desde entonces, el liberalismo del partido sólo puede encontrarse en el nombre.
                
La primera experiencia en el poder de Orban fue un fracaso. En 2002 perdió el gobierno. Les tocó el turno a los socialistas, que intentaron atemperar algunas medidas neoliberales de FIDESZ. Pero los casos de corrupción y los efectos de la crisis terminaron desacreditando su gestión. Durante su etapa en la oposición, Orban fue madurando un proyecto basado en tres componentes: autoritarismo, populismo y religión. El éxito fue arrollador: en 2010, se hizo con casi el 53% de los votos y los dos tercios del Parlamento.
                
LA DERIVA AUTORITARIA

Orban abusó de este mandato para sacar adelante una reforma constitucional y más de 800 leyes que sancionan el control y la persecución de los medios no afectos, lesionan la independencia judicial, invaden áreas de la sociedad civil, modelan las circunscripciones electorales a la conveniencia del partido gobernante y restringen derechos y libertades ciudadanas.
                
Este proyecto político y social autoritario se combina con un populismo rampante en materia económica. Sus orígenes neoliberales, propios de los noventa, están ahora camuflados con un retórica populista. Se clama contra las exigencias de austeridad de Bruselas o del FMI. Pero se ejecuta una política económica errática, que combina un confuso intento encubierto de nacionalización bancaria parcial con medidas fiscales claramente neoliberales (como la tasa única del 15%), que han favorecido a los más ricos, entre ellos, a numerosos simpatizantes del gobierno.  El crecimiento económico de los primeros años de gobierno se ha atascado. Las previsiones para este año apuntan a un escuálido 1%, y ello gracias a los fondos europeos para inversiones en infraestructura.
                
Pero el componente más inquietante del proyecto autoritario es el religioso. Orban se ha convertido en un auténtico ‘apóstol’ de un ‘cristianismo renacido’ en Hungría (1). Calvinista de origen, Orban ha ido publicitando una serie de actos propagandísticos propios de un régimen confesional que haría palidecer al nacional-catolicismo franquista. Asiste diariamente a misa y sus visitas al Vaticano son frecuentes. El control de la educación se le ha entregado a un pequeño partido aliado de orientación católica ultraconservadora. Para compensar los efectos fiscales dañinos, Orban ha establecido un sistema de compensaciones o subvenciones a una treinta de comunidades religiosas que están en su línea. Para proteger a la Iglesia católica que colaboró con el comunismo, se han cerrado el acceso a los archivos que albergan los documentos acreditativos de esa lacra histórica.
                
Paradójicamente, esta apuesta oportunista de Orban por el renacimiento católico no va de la mano con las creencias sociales. Los húngaros que se declaran católicos han pasado de cinco millones y medio a menos de cuatro millones en los últimos diez años. Otros casi tres millones se han negado a declarar su pertenecía confesional.
                
Todo este panorama abrumador se complica con la confirmación de un partido de extrema derecha, Jobbik, que se reclama heredero del mariscal Horthy, el militar que dirigió el país con puño de hierro en el periodo de entreguerras (1920-1944), elaboró las primeras leyes antisemitas en Europa y colaboró abiertamente con Hitler. Ante la pasividad del gobierno, estos años es frecuente contemplar en los espacios públicos de Hungría los estandartes de la Cruz de Hierro, la organización paramilitar aliada de los nazis y responsables de odiosos actos de genocidio durante la segunda guerra mundial. Con el 20% de los votos, Jobbik consolida su alarmante influencia en la sociedad húngara y permite a Orban declarar que la suya no es la opción política extremista. Pero entre el FIDESZ y Jobbik hay numerosas coincidencias de discurso y a nadie extrañaría que se produjera un trasvase de militantes y simpatizantes.
                
La ilustre pensadora húngara Agnes Heller, víctima de Holocausto y marxista disidente, o el respetado disidente y luego presidente de la Republica Checa Vaclav Havel denunciaron en su día las “inclinaciones dictatoriales” del sistema político implantado por Orban. El último embajador norteamericano bajo el régimen comunista, Mark Palmer, sostuvo en su momento que los líderes europeos deberían expulsar a Hungría de la UE debido a las políticas antidemocráticas de su primer ministro (2).
                
La posición del diplomático de EEUU no es tan descabellada. En 1993, los entonces doce miembros de la UE establecieron en Copenhague unos criterios  democráticos de admisión para los aspirantes a formar parte del club. Veinte años después,  muchos de esos estados del este de Europa, ya miembros de pleno derecho, no pasarían una reválida, como reflejaba recientemente el profesor de Princeton, Jan-Werner Müeller (3). La Hungría de Orban se ha situado a la cabeza de los incumplimientos de Copenhague. Los líderes de la UE critican a Putin y sancionan a Rusia, pero tienen entre ellos a un personaje político que, en materia de calidad democrática, es tan reprobable como el presidente ruso.

(1)    Viktor Orban, apôtre de la Hongrie. JOELLE STOLZ. LE MONDE CULTURE ET IDEES, 3 de abril de 2014.

(2)  El profesor James Kirchik recogía estos testimonios en un artículo publicado para FOREIGN AFFAIRS, en julio de 2012.

(3)   Dissapearing Democracy in the EU's Newest Members. JAN-WERNER MÜELLER. FOREIGN AFFAIRS. Abril de 2014.