JAPÓN: SUCESIÓN CANTADA, FUTURO INCIERTO

 9 de septiembre de 2020

La dimisión del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, formalmente por motivos de salud, a finales de agosto, abre un nuevo frente de incertidumbre en Asia, en un momento de grandes zozobras por la inestabilidad en Hong-Kong, los efectos persistentes del coronavirus, la renovada hostilidad entre Pekín y Delhi, los planes de refuerzo militar de China en los archipiélagos marítimos en disputa y el empuje nacionalista en toda esta vasta región mundial.

Lo único que puede asegurarse en la sucesión japonesa es el nombre del futuro primer ministro. Será Yoshihide Suga, el actual secretario general del Gobierno, encargado de la portavocía y comunicación y mano derecha de Abe. Continuismo puro y duro, que la mayoría absoluta del partido gobernante, el Liberal Demócrata (coaligado con el pequeño grupo conservador Komeito) refuerza aún más.

Japón tiene uno de los sistemas políticos más estables del mundo. De los más rígidos y esclerotizados, también. Setenta años de pensamiento único, de alternancia real, de innovación política casi nula. El envejecimiento demográfico del país arrastra, de alguna forma, el endurecimiento de las arterías políticas nacionales (1).

ABE: UN BALANCE DE CONTRASTES

Shinzo Abe ha estado diez años en el poder, en dos etapas: una inicial en 2006-2007 y luego desde 2012 hasta la fecha. En esta segunda es cuando planteó su proyecto de cambio, conservador de talante pero de alcance ambicioso, articulado en tres ejes fundamentales: mayor agilidad de los procedimientos burocráticos en la gestión del país; nueva orientación económica, que combinaba criterios liberales con fomentos keynesianos de crecimiento económico; y una dinámica política exterior que reforzará el papel de Japón en el mundo, mediante una diplomacia personal muy enérgica y una revisión profunda de las capacidades militares.

El balance de la era Abe es complejo. Se le reconocen éxitos en materia económica, el aligeramiento de los abrumadores aparatos, normas y prejuicios tradicionales. El tiempo de la deflación crónica, iniciado en la década de los noventa parece haber quedado atrás, pero los índices de crecimiento prometidos por el dimisionario primer ministro no se han producido. La media supera muy ligeramente el 1% de media anual, por debajo del objetivo fijado (2%).

Japón salió de la crisis financiera mundial 2012, antes que Europa e incluso que Estados Unidos, pero la actual pandemia ha puesto el reloj de nuevo a cero. El PIB ha caído casi un 7,8% en el último trimestre y se espera una detracción anual de un 24% (2).

La política exterior ha sido quizás el campo de mayor visibilidad del liderazgo de Shinzo Abe. Para un político nacionalista y populista como él, la amplitud del escenario internacional era una tentación irresistible.

El gran proyecto de Abe fue sacudirse los complejos de la era imperial, superar esa penitencia del derrotado (y humillado) y recuperar para las fuerzas de defensa nacional misiones, tareas y convicciones propias de una potencia mundial de primer orden. Para ello debía cambiarse la constitución, abrogar el carácter exclusivamente defensivo del aparato militar, modernizar los arsenales armamentísticos y afirmar una nueva política de defensa activa de los intereses nacionales (3).

A pesar de haber realizado avances significativos en materias prácticas, el cambio constitucional no ha podido llevarse a término al no reunir el consenso parlamentario necesario. Sectores pacifistas o simplemente conservadores de la sociedad japonesa se movilizaron para frenar las ambiciones de Abe. Incluso en su propio partido surgieron resistencias palpables.

No obstante, Abe ha sabido proyectar una imagen de líder fuerte, indiscutido e indiscutible, respetado por aliados y rivales y capaz de cubrir vacíos y riesgos. Con Trump ha sabido forjar una relación muy del gusto del presidente hotelero: primacía del toque personal, informalidad del diálogo frente a la dinámica institucional y gusto por la cultura de los negocios como contrapeso a las presiones burocráticas.

El logro más sobresaliente de Abe ha consistido en mantener la interlocución con Trump, sin poner en peligro la relación con Pekín. Ciertamente, los conflictos territoriales con China no han avanzado sustancialmente, debido a la identidad nacionalista de ambos gobiernos. Pero el primer ministro saliente ha caminado sobre el campo de minas con visible habilidad.

En gran parte, esto se ha debido a su capacidad para ejercer un cierto liderazgo regional. Tras la retirada de Estados Unidos del Tratado de libre comercio en la zona de Asia Pacífico, Abe asumió la responsabilidad de mantener en espíritu y en la práctica esta piedra angular del orden liberal en Extremo Oriente. 

En los últimos años, Japón ha incrementado sus relaciones bilaterales con Australia e India, dos actores regionales que, en mayor o menor medida, contrarrestan la voluntad hegemónica de China. Sin embargo, las relaciones con Corea del Sur se han agriado notablemente, debido a la arrogante manera de gestionar el eterno dossier de las mujeres coreanas utilizadas como esclavas sexuales durante la segunda guerra mundial (4).

AUSENCIA DE CARISMA

Suga no parece especialmente dotado para mantener este protagonismo exterior de Abe. Carece de experiencia en política internacional, apenas si ha viajado fuera del país y no se le conocen ideas propias en este terreno. Su baza reside en el conocimiento de los aparatos de poder (legislativo, partidista y burocrático), la fidelidad al modelo que parece asentado en el país y una garantía de estabilidad sin sobresaltos que dopa la política japonesa de las últimas tres generaciones. Nada excitante pero aparentemente seguro.

Los analistas contraponen estas dos realidades. La apreciada estabilidad no alcanzar para acometer los cambios profundos que el país necesita y la audacia que se precisa para avanzar en las tareas que Abe ha dejado incompletas. Suga parece carecer de ambición para un propósito de esa envergadura.

Hace décadas que Occidente dejó de contemplar a Japón como un gran rival que se tragaba empresas y amenazaba con imponer su dominio sobre la economía mundial. Hoy es un socio distante, viejo y remolón, con algunos accesos del mal humor, pero no demasiado inquietantes.

China sabe que ha superado en casi todos los terrenos a su ancestral adversario regional, pero debe contar con él para afianzar sus intereses. Japón sigue siendo, con todas sus contradicciones, el principal baluarte del orden occidental en Asia.


NOTAS

(1) “Le départ de Shinzo Abe, une chance pour la démocratie au Japon”. ASAHI SHIMBUN, 31 de agosto; “Course à la succession de Shinzo Abe dans un Japon inquiet”. PHILIPPE PONS Y PHILIPPE MESMER. LE MONDE, 3 de septiembre.

(2) “Abe’s legacy is more impressive tan his muted exit suggests”. THE ECONOMIST, 3 de septiembre.

(3) “Abe’s resignation is en unexpected test”. JAMES L. SCHOFF. CARNEGIE, 3 de septiembre.

(4) “Abe ruined the most important democratic relationship in Asia”. S. NATHAN PARK. FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.

TRUMP SE DESLIZA HACIA LA PARANOIA

3 de septiembre de 2020

A dos meses exactos de las elecciones presidenciales, el ambiente político en Estados Unidos se enrarece por momentos. La crisis racial se agrava y amenaza con producir nuevos episodios de violencia y enfrentamiento social, la emergencia sanitaria está lejos de estar controlada, aunque parece disminuir en los últimos días (seis millones de casos y 183.000 muertos) y la perspectiva de una agria polémica sobre los resultados parece inevitable. 

En una entrevista con Fox Televisión y en sus habituales exabruptos en redes sociales, el presidente de las 20.000 mentiras atribuyó a su rival una sarta de imputaciones negativas falsas, envueltas en una confusa y deshonesta narrativa de conspiraciones. Biden estaría manejado por elementos “tenebrosos” relacionados con la extrema izquierda (1). Incluso para lo que Trump nos tiene acostumbrado, estas manifestaciones son fruto de un desesperado intento por revertir el pulso de las encuestas y sugieren un estado mental paranoico incompatible con la función que supuestamente ejerce (2).

El candidato demócrata trata de denunciar la deriva demencial de su rival, con mensajes de moderación y de conciliación, como haría, con mayor o menor sinceridad, cualquier dirigente político merecedor de tal responsabilidad. Frente a la aseveración de Trump de que Biden será una especie de marioneta de esas fuerzas oscuras, el vicepresidente con Obama aporta su trayectoria de político moderado, partidario de la ley y el orden, alejado de cualquier radicalismo. La selección de Kamala Harris como número dos refuerza este antídoto frente a la demagogia trumpiana.

Pero no es la vileza de las imputaciones de un presidente desmandado lo que más inquieta, sino un conjunto de amenazas a la normalidad del proceso electoral. Aparecen de nuevo indicios preocupantes sobre interferencias de Rusia, o sus agentes, en forma de mecanismos informáticos de desinformación o intoxicación (3), que no son sino una prolongación de otras formas más burdas de propaganda de los sectores más serviles a Trump.

LA SOMBRA DE UNA LARGA NOCHE ELECTORAL

Más grave son los indicios de una crisis constitucional si, como ya hemos señalado en estas páginas, el actual inquilino de la Casa Blanca se agarrase al sillón del despacho oval, se negase a conceder la victoria de Biden y denunciase un inventado intento de fraude. Las dificultades puestas al voto por correo (4), preludiado por el intento fallido de reducir fondos al servicio postal (Trump se ha visto obligado a dar marcha atrás), o una interpretación sesgada y maliciosa del voto popular son algunos de los desvelos recurrentes estas últimas semanas entre no pocos expertos en el sistema político y electoral norteamericano. Trump, con sus veladas y expresas amenazas, no ha hecho nada por reducir esa inquietud, sino todo lo contrario. Ya lo hizo en 2016, precisamente por estas fechas, cuando Hillary Clinton le aventajaba en todas las encuestas. Con más motivo ahora que las previsiones son más negativas y su gestión esta sepultada bajo la catástrofe sanitaria, el descrédito internacional y la incitación al odio y la confrontación racial.

En efecto, Biden acredita una sustancial ventaja en todas las encuestas fiables, aunque esto represente poco después de lo ocurrido hace cuatro años. Pero el candidato demócrata en esta ocasión despierta mucho menos rechazo entre las bases demócratas e incluso en los sectores republicanos más templados.

Más decisivo puede resultar el cambio de ánimo entre las bases que dieron a Trump la victoria en 2016. El estudio detallado de las preferencias declaradas en circunscripciones donde puede decidirse la votación refleja una quiebra de la confianza en las recetas expeditivas y milagrosas de Trump y un respaldo, con mayor o menor convicción, a Biden, como ha puesto de manifiesto un trabajo de la delegación estadounidense del semanario THE ECONOMIST (5).

“SORPRESAS” Y MANIPULACIONES

En todo caso, es aún muy pronto y pueden ocurrir muchas cosas que alteren esta tendencia. Biden puede cometer errores (no sería extraño en un político famoso por sus gafes). O Trump puede usar sin empacho sus prerrogativas presidenciales con fines descaradamente electoralistas. Ha roto, desconocido y hecho mofa de muchas normas de neutralidad institucional como para no esperar que continúe con la misma tónica.

El último indicio de esto último es la comunicación del Centro de prevención de enfermedades sobre una posible vacuna contra el COVID a primeros de noviembre. Los profesionales más prestigiosos y neutrales han sido neutralizados y este organismo supuestamente técnico ha sido puesto al servicio de la propaganda presidencial. Trump necesita urgentemente una “bala de plata” con la que revertir una trayectoria calamitosa en la gestión de la crisis sanitaria. Tras los sonoros fracasos de sus ocurrencias anteriores, la ansiada vacuna tiene un enorme poder de seducción para una población harta y desesperada.

También debe esperarse alguna que otra “sorpresa de Octubre”, como ocurre en casi todas las campañas electorales norteamericanas. Hace cuatro años fue el asunto de los correos electrónicos de Hillary Clinton, comandado por el entonces director del FBI, que terminó rompiendo de manera escandalosa con un Trump ya presidente. Comey reconoció posteriormente que su decisión pudo haber perjudicado a la candidata demócrata, pero nunca se arrepintió de su iniciativa, por sensible que fuera el momento en que se produjo.

Será difícil que Trump consiga, vacuna aparte, otra carta ganadora, por ejemplo, en política exterior, salvo alguna acción espectacular que hiciera resentirse a China. La ya conocida operación diplomática entre Israel y los Emiratos, presentada como un éxito espectacular, no tiene ni gancho electoral ni recorrido diplomático consecuencial. Ni cosechará votos, ni proporcionará prestigio a una administración que ha destrozado las bases del liderazgo norteamericano en el mundo occidental.

INCITACIÓN AL ODIO

Por el contrario, el clima de enfrentamiento social y de aliento de los sectores más extremistas y violentos que defienden el odio racial podría convertirse en un boomerang para Trump. Su viaje a Kenosha, Wisconsin (uno de los estados claves en las elecciones) ha sido una autentica provocación (6). Lejos de mostrar una simpatía elemental hacia la última víctima afroamericana del exceso policial, el presidente incendiario ha alentado de nuevo las prácticas represivas más abusivas (7). Si, a modo de aprendiz de brujo, pretende atizar un clima de violencia para justificar una respuesta policial contundente bajo su liderazgo y dejar en evidencia la supuesta debilidad de Biden, no puede descartarse que la situación se le vaya de las manos y se produzca un incendio aún más incontrolable del que tuvo lugar tras el asesinato de George Lloyd (8). El juego de la manipulación de las pasiones raciales es muy peligroso en Estados Unidos, como nos enseña la Historia.


NOTAS

(1) “Trump blames ‘far-left politicians’ for violence in wake of police shooting on visit to Wisconsin”. THE WASHINGTON POST, 2 de septiembre.

(2) “Trump’s paranoia commands the government”. JEET HEER. THE NATION, 2 de septiembre.

(3) “American intelligence knows what Russia is doing”. EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto; “The Kremlin’s plot against democracy. How Russia updated it 2016 playbook for 2020”. ALINA POLYAKOVA. FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre.

(4) “Will you have enough time to vote by mail in your state”. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto.

(5) “Donald Trump’s re-election hinges on another Split between the popular vote and the electoral college”. CHECK AND BALANCE SECTION. THE ECONOMIST, 29 de agosto.

(6) “Trump isn’t calling for unity. He’s stoking rage”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 31 de agosto.

(7 “Trump fans strife as unrest roils the U.S.”. PETER BAKER y MAGGIE HABERMAN. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto.

(8) “Trump looms over a new age of far-right militancy”. ISHAM THAROOR. THE WASHINGTON POST, 1 de septiembre.

FRAUDES, PORRAZOS Y VENENOS

26 de agosto de 2020

La crisis política en Bielorrusia se prolonga, sin que se aviste una solución. El supuesto fraude electoral con el que el presidente Lukashenko querría perpetuarse en el poder ha provocado una oleada de protestas, inicialmente originadas en los núcleos sociales de la oposición, pero extendida luego a los sectores más afines al régimen.

El Kremlin, aliado incómodo y últimamente reñido con el déspota, medita su próxima jugada. En los últimos días había crecido la presión europea contra Rusia, ante el riesgo de una intervención de rescate.


VIOLENCIA EN LAS CALLES, DILEMA EN LOS DESPACHOS


En realidad, Putin tiene poco apetito para una operación de ese tipo. No aceptaría que Bielorrusia siguiera el camino de Ucrania, desde luego, pero tal eventualidad es remota. La principal candidata de la oposición, Svetlana Tijanovskaya, predica un cambio liberal y la apertura del país al capital extranjero, entre otras medidas (1). Pero no son esas las preferencias de buena parte de la población (2).  La mayoría de los ciudadanos que se manifiestan desde el pasado 9 de agosto buscan un cambio de gobierno, pero no un giro radical de la orientación geopolítica del país (3). No hay un rechazo frontal a Rusia ni un entusiasmo ciego por la vía prooccidental (4). Lo cual resulta lógico si nos atenemos a lo ocurrido en Ucrania. Los obreros de las industrias estatales que han dado la espalda a Lukashenko no quieren la venta del país y la incertidumbre que supondría para sus medios de vida (5).

Una periodista polaca que conoce Bielorrusia ha ofrecido una visión interesante. Contempla la crisis no como una recreación del Maidán ucraniano, sino como un eco de la revuelta de Solidarnosc en Gdansk, hace ahora cuarenta años (6). La interpretación es discutible. Pero también el relato dominante en los medios occidentales. Por supuesto, es sospechoso ese 80,1% que los resultados oficiales atribuyen al actual presidente en las elecciones, pero no parece razonable que se conceda sin más la victoria a Tijanovskaya. La propuesta del presidente ucraniano de repetir las elecciones parece más lógica, pero ya se sabe que el neófito político cotiza a la baja desde el enorme barrizal en que Trump lo metió el año pasado.

Putin no olvida que Lukashenko lo acusó de presionarlo hace unos meses, tras un progresivo enfriamiento de las relaciones. Una intervención de rescate ahora es más que improbable, porque tendría consecuencias negativas para el Kremlin en la escena exterior y tampoco las ventajas resultan evidentes. Lo más probable es que el presidente ruso aliente una tercera vía que ancle a Bielorrusia a los intereses rusos, con otro protagonista al frente (7). Tampoco será fácil porque el rudo Lukashenko parece dispuesto a morir matando, con su kalashnikov al hombro y su nutrida escolta de siloviki (fuerzas de seguridad) (8).


UN ENVENENAMIENTO INOPORTUNO


Cuando aún no se avistaba una solución a la crisis política en Bielorrusia irrumpía el escándalo del presunto envenenamiento de Aleksei Navalny, el líder más mediático de la oposición rusa. El político cayó enfermo en un vuelo desde Siberia a Moscú. En su entorno proclamaron desde un principio que había sido envenenado. Como no ingirió nada en el avión, las sospechas se centraron en el aeropuerto de Omsk, ciudad de origen del viaje, donde tomó un té. Los médicos rusos afirmaron luego que no habían encontrado restos de elementos tóxicos en su organismo. Las autoridades rusas permitieron el traslado de Navalny a Berlín, reclamado por Alemania. Los médicos del Hospital de la Caridad discreparon de sus colegas rusos y mencionaron la existencia de una sustancia que afecta al sistema nervioso. No se teme por su vida, pero se anuncian secuelas importantes y, en todo caso, un obligado reposo que puede prolongarse semanas o meses.

Las relaciones de Alemania con Rusia se han degradado notablemente en los últimos años. Berlín bloqueó a primeros de año la iniciativa francesa de una revisión de la política europea de sanciones y enfriamiento. Merkel arrastra un historial de frías relaciones con Putin, incluso en lo personal. Las sospechas de ciberataques rusos contra instituciones alemanas complicaron cualquier acercamiento.

Sin embargo, resulta extravagante este episodio. Navalny ha sido hostigado en repetidas ocasiones, pero, en general, su actividad ha sido tolerada por el sistema, ya que no representa un serio desafío al poder omnímodo de Putin. Además, el momento no podía ser más inoportuno. En este contexto enrarecido y confuso, lo menos que le interesa a Putin es al mediático Navalny en coma inducido en una cama de Berlín. El envenenamiento de “traidores” (espías) o de disidentes (opositores) fue una práctica habitual en las tácticas de guerras del KGB que el oficial Putin conoció de sobra. Los servicios de seguridad rusos que heredaron ese know-how lo aplicaron en los casos de Litvinenko y Skripal, que se conozca. Navalny tiene consideración de agente político prooccidental pero no de agente que ha vendido información al enemigo extranjero.  Veremos en qué queda esta serpiente venenosa del verano.


TRUMP, TÓXICO


Desde la Casa Blanca se observa un clamoroso silencio ante el caso Navalny y una burocrática respuesta a la crisis de Bielorrusia. Y no sólo porque el patrón se encuentra apurado por sus pobres expectativas electorales y sus cambalaches para dificultar la victoria de su rival demócrata. Trump se encuentra atrapado entre su oscura relación con Putin y su inconsistente retórica nacionalista. El secretario Pompeo, que le lleva la carpeta exterior cada vez con mayor confianza, oficia de muñidor de iniciativas históricas, junto al yernísimo Kushner, como se ha puesto de relieve con el acuerdo entre Israel y los Emiratos. Una iniciativa diplomática de relativa elegancia con la que salir del atolladero de un fantasmal “plan de paz” que avalaba la anexión israelí de la ribera occidental del Jordán, algo que nadie en la escena internacional decía aceptar.

Poco interesado por el veneno misterioso y menos aún por los porrazos con los que el autócrata de Minsk quiere acabar con la revuelta, Trump destila otras sustancias tóxicas, que son más que mentiras o manipulaciones, contra su rival demócrata. Su intervención en la Convención republicana no se ha apartado un centímetro de su discurso agresivo y falaz. Patético papel el de los teloneros del GOP (Great Old Party), con discursos complacientes hacia un líder que, en el fondo, desprecian. El Partido Republicano ya se ha convertido en el Partido de Trump y costará rehacerlo sobre bases más decentes.

En plena ceremonia de la impostura, estallaba un nuevo episodio de brutalidad policial contra un afroamericano, Jacob Blake, en una localidad de Wisconsin. El ciudadano sobrevivirá, pero quedará inválido, según los médicos que lo han atendido. Esta es la deprimente realidad norteamericana y no el socialismo de Biden que predican los trumpianos. Nadie está seguro de que elecciones habrá en noviembre, si el presidente hotelero aceptará una eventual derrota o se agarrará a todo tipo de excusas para obstaculizar el relevo. El otro escenario, una segunda sorpresa pesadilla (la reelección), es relegada a la condición de una indeseable distopia.


NOTAS

(1) “The women who started a revolution in Minsk”. GARETH BROWNE. FOREIGN POLICY, 17 de agosto.

(2) “The end of Lukashenkismo? On the knife edge in Belarus”. CHRISTIAN ESCH. DER SPIEGEL, 21 de agosto.

(3) “Belarus goes on its own way”. MARYIA SADOUSKAYA-KOMLACH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.

(4) “Belarus’s protests aren’t particularly anti-Putin”. RAJAN MENON. FOREIGN POLICY, 19 de agosto.

(5) “Minsk, capital d’une Biélorrusie divisée”. MOSKOVSKY KOMSOMOLETS, 26 de agosto (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL).

(6) “Un scénario a la ‘Solidarnosc” est en course en la Biélorrussie”. ALLA DOUBROVIK-RUKHOVA. DEN (Kiev), 13 de agosto (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL).

(7) “Game over for Lukashenko: the Kremlin’s next move”. DIMITRI TRENIN; “Turmoil in Belarus: looking beyond the horizon”. EUGENE RUMER. CARNEGIE ENDOWMENT, 17 de agosto.

(8) “Biélorrussie: derrièrre le maintien d’ Alexandre Loukachenko, la loyauté de ses forces de sécurité”. BENOÎT VITKINE. LE MONDE, 22 de agosto.

KAMALA HARRIS: DEL BUS ESCOLAR CONTRA LA SEGREGACIÓN AL DESAFÍO DE FUTURO

 18 de agosto de 2020   

Los demócratas abren una fría y distante Convención en medio de trauma nacional por el fracaso en contener el virus más globalizado de la historia, pero con el convencimiento de que están llamados a pilotar la mayor rectificación política desde el periodo de entreguerras. 

Han elegido al candidato presidencial menos carismático y movilizador de las dos últimas generaciones. Lo que se compensa con su condición de mínimo denominador común, o, mejor dicho, de comodín para cualquier rumbo que se adopte. A sus 77 años, con toda una vida en el legislativo y/o en el Ejecutivo, Joe Biden es un hombre-puente. Por primera vez se admite sin sonrojo que se puede elegir a alguien para un solo mandato. Un presidente de transición, un facilitador del cambio generacional.

Con eso en mente, la elección de nº 2 era esencial. Pero hay que decir enseguida que no se trataba de una decisión abierta o amplia. Las cartas venían marcadas por la demografía electoral y por el contexto político de los últimos años (1). Había que elegir una mujer y, preferentemente, afroamericana. Tras aplicar esa criba, más o menos aceptada por la mayoría, las opciones de reducían notablemente.  A última hora, se trataba de una decisión binaria: Kamala Harris (senadora por California y malograda precandidata presidencial) o Susan Rice, consejera de seguridad con Obama. Una tercera candidata, Karen Bass, congresista por California, tenía un historial de opiniones radicales, incluso en estos tiempos de claro viraje a la izquierda del Partido Demócrata, amén de ser una desconocida para el propio Biden.

Rice quedó eliminada por su falta de experiencia electoral (demasiado teórica, perfil tecnócrata, producto de la élite de las relaciones exteriores). Harris triunfó por decantación, pero también por sus propios méritos. Hace un año era una de las principales favoritas en la carrera por la nominación, pero su ambigüedad ideológica, su trayectoria polémica como fiscal y su pobre campaña electoral le privaron del reconocimiento partidario demasiado pronto. Se ha recordado estos días hasta la saciedad la agresividad con que Harris asaltó la idoneidad de Biden mediante un ataque directo, a la yugular, en el primer debate de precandidatos. En efecto, el exvicepresidente quedó en evidencia, no tanto por su presunta falta de sensibilidad de hace décadas sobre la desigualdad racial, que Harris le imputó, sino por su ausencia de reflejos y su resignación ante la agresividad de un rival, algo que no se perdona en la política norteamericana.

La candidatura de Kamala, hija de padre jamaicano y madre india, vino impulsada por la poderosa corriente de las minorías raciales, que son cada vez más decisivas en el alma del Partido Demócrata. Pero no basta con esgrimir orígenes; al menos no en Estados Unidos: hay que acreditar actuaciones. De aquella niña Kamala, hija de inmigrantes a la que un autobús contra la segregación recogía cada mañana para asegurar su escolarización sin discriminación, a esta candidata del siglo XXI hay un abismo en forma de hoja de servicios muy tradicional como fiscal en San Francisco y California. Demasiado establishment para presentarse como un apóstol de la renovación.

Tras su prematuro fracaso como candidata, Kamala viró a la izquierda para sintonizar con los sectores más dinámicos del partido, defensores de una oposición sin cataplasmas institucionales al presidente más peligroso en la historia de América. Harris no ha hecho un viaje ideológico a la izquierda: se ha dejado impulsar por la dirección que lleva el viento. Con la inteligencia política y una pugnacidad discursiva que nadie le discute. Un vigor indiscutible (2).

Después de haber cargado de plomo las alas de Biden, y una vez que éste obtuviera la nominación del miedo a perder de nuevo, o del mínimo denominador común, Kamala se ofreció discretamente para formar parte del empeño por sacar a Trump de la historia. Y el candidato no se dejó cegar por el resentimiento: fiel a sus décadas de política pragmática, hizo virtud de la necesidad, pelillos a la mar y descalificaciones a la papelera. Kamala reunía lo que el libreto recomendaba como mejor opción, y ella debía ser, por tanto, la elegida. Ni siquiera hizo falta que la senadora se disculpara por aquel ataque lejano. Más honor para Biden, que ni siquiera se lo pidió. Pragmatismo disfrazado de generosidad. Por las dos partes (3).

Pero, si ha sido el pragmatismo y no la ideología o la vocación de cambio lo que ha impregnado la decisión sobre la número 2, ¿por qué la izquierda demócrata la ha aceptado con tan aparente docilidad? Muchos de sus portavoces coinciden en que la “maleabilidad” de Kamala no es un inconveniente, sino una oportunidad (4). Si la ocasión social lo propicia, la segunda de un Presidente Biden no se opondrá a un impulso progresista. Puede que trate de atemperarlo o canalizarlo, pero no lo combatirá. Sobre todo, si quiere preservar sus opciones como candidata en 2024, en caso de que la salud jubile a Biden. Y aún más, si Trump renueva su triunfo: será Biden quien pierda ahora, no ella.

La evolución demográfica empuja al Partido Demócrata hacia la izquierda. El consenso centrista se ha debilitado. Los republicanos lo han hecho trizas, pero no ahora, con Trump, sino desde el canto de sirena del tea party. El conservadurismo compasivo de W Bush fue ahogado por el impulso neocon. Las elecciones primarias demócratas de los últimos meses han confirmado este giro político. Los moderados siguen conservando el control de los caucus legislativos, pero la contestación de la base es cada vez más pujante. Que una recién llegada como Alexandra Ocasio-Cortez sea una de las estrellas de esta Convención demuestra la fortaleza de la izquierda. Por primera vez en generaciones, se habla de socialismo democrático en el Partido sin miedo a dejar rastro. Sanders puede ser un outsider, pero no sus ideas.

Kamala (nombre indio que significa flor de loto) deberá tener en cuenta esa tendencia si quiere ser una opción de futuro. Ya no vale sólo con ser mujer y afroamericana, condiciones que no se eligen, que vienen dadas. Hay que optar, hay que tomar decisiones políticas, no vale con no molestar, con buscar el centro. Ese papel ya está adjudicado a Biden, porque para eso ha sido elegido: para desalojar a alguien nefasto de la Casa Blanca, pero no para diseñar y construir el futuro. Por eso, la selección de Kamala Harris es también relevante: se trata de un relevo generacional anunciado. Sin saltos en el vacío. Para que las Ocasio-Cortez, el squad de vanguardia de las minorías combativas tenga algo que decir en su momento, hay que transitar por un sendero intermedio de cambios sin sobresaltos o derivas radicales

Los demócratas tendrán la oportunidad de definir la nueva generación, mientras los republicanos purgan sus pecados de la última década, con mayor o menor inteligencia, como ha escrito David Brooks con su agudeza habitual (5). Pero no está garantizado que lo consigan. Obama, visiblemente excitado por la selección de Harris, sabe mejor que nadie que ya no sólo se vive de símbolos, de estereotipos, de identidades raciales o de género. Ser el primer presidente afroamericano de la historia no cambió sustancialmente pautas sociales injustas en América. Ser la primera mujer negra que entra en la Casa Blanca tampoco es un salvoconducto para la transformación. Kamala Harris ha dotado a la candidatura de Biden de un vigor innegable. Pero, si los demócratas ganan el 3 de noviembre, contra todas las trampas políticas e institucionales de las elecciones norteamericanas, sólo habrá sido el principio de una marcha tan larga como la campaña por los derechos civiles iniciada cuando Kamala se subía a aquel autobús escolar.

NOTAS

(1) “How Joe Biden chose Kamala Harris as VP”. THE NEW YORK TIMES, 14 de agosto.

(2) “Kamala Harris’s nomination is a turning point for the Democrats”. RON BROWNSTEIN. THE ATLANTIC, 12 de agosto.

(3) In picking Harris, Biden makes history and plays safe”. DAN BALZ. THE WASHINGTON POST, 12 de agosto.

(4) “The big reasons Lefties aren’t upset about Kamala Harris”. ELAINE GODFREY. THE ATLANTIC, 12 de agosto; “The ambition of Kamala Harris will serve Kamala Harris”. JEET HEER. THE NATION, 12 de agosto.

(5) “What Will happen to the Republican Party if Trump loses in 2020”. DAVID BROOKS. THE NEW YORK TIMES, 8 de agosto.

LÍBANO: EL ABISMO

 12 de agosto de 2020

Las causas de la horrible doble explosión en el puerto de Beirut, que causó la muerte de 160 personas, herido a miles más y privado de sus casas a centenares de miles, tardarán en esclarecerse, si es que alguna vez se llega a saber lo ocurrido. El almacenamiento fraudulento e incomprensible, durante años, de 2750 toneladas de nitrato de amonio, un compuesto altamente volátil, ha evidenciado la quiebra del Estado libanés: descontrol oficial, información deficiente, falta de seguridad básica y descoordinación de los servicios públicos.

Desde octubre, se habían registrado intermitentes manifestaciones de protesta, como en Irak o en Argelia, ecos tardíos de la llamada “primavera árabe”. Pero Líbano presenta características peculiares que lo hacen especialmente insolvente. Carece de recursos naturales potentes y ha soportado el enorme peso de los huidos de la guerra de Siria, su otrora poderoso país. Lo que terminó por precipitar el colapso fue el derrumbamiento del sistema financiero y la ruina del tejido comercial, sus principales garantías de estabilidad durante décadas, incluso en los peores momentos de la interminable guerra civil (1975-1990).

La gestión bancaria y la política monetaria han sido asombrosamente incompetentes. La clase dirigente se entregó a prácticas ilegales o arriesgadas en extremo que terminaron arruinando al país y obligando a pedir un rescate financiero al Fondo Monetario Internacional, sin que de momento hayan concluido las negociaciones para obtener los miles de millones requeridos para el rescate (1). La divisa nacional ha perdido el 80 % de su valor y la pobreza alcanzará pronto a tres cuartas partes de la población. La pandemia había agravado la situación. La devastadora destrucción de la semana pasada en Beirut ha sido la puntilla (2).

El gobierno ha dimitido, pero no será suficiente para aplacar la revuelta social (3). Los ciudadanos no resisten ya la incuria del sistema político. No es algo reciente. Líbano se encuentra atrapado en un pacto comunitario y confesional de reparto de los puestos más altos del Estado, pero, por derivación, de toda la estructura de poder. Desde hace ocho décadas, los cristianos (maronitas: una rama local) tienen reservada la Jefatura del Estado y una serie de altos cargos en las instituciones; los musulmanes sunníes detentan la jefatura del gobierno y gran parte del entramado burocrático; los musulmanes chiíes, mantienen la presidencia del Parlamento y el dominio de gran parte de los órganos legislativos.

Este acuerdo resultaría aparentemente pacificador y previsor de conflictos mayores si no fuera porque ha generado un sistema extendida y profundamente clientelar. Los sucesivos intentos por modernizar la estructura de poder han resultado baldíos, cuando no han servido para afianzarlo bajo una falsa modernización. El sistema está arraigado en la herencia colonial y en la perniciosa influencia que las potencias vecinas han ejercido sobre el país.

Pero esta explicación esquemática no agota la caracterización de la profunda crisis libanesa. Líbano es uno de los países más complejos del mundo y, desde luego, de Oriente Medio. Las alianzas no siempre son naturales o responden a las fracturas religiosas o sectarias habituales en otros lugares. Ya ocurrió durante la guerra civil, cuando los sirios se aliaron con los cristianos para combatir y casi aniquilar a los palestinos, a los que antes había protegido. Las distintas facciones cristianas (nacionalistas, falangistas, tradicionalistas) pelearon entre sí encarnizadamente en procura de la hegemonía política en su comunidad y luego se dividieron aún más, cuando tomaron distinto partido ante la invasión israelí de los primeros ochenta, que algunas promovieron y otras contemplaron con creciente recelo.

La irrupción de la República Islámica de Irán modificó los equilibrios en toda la región, con especial impacto en Líbano. Las facciones chiíes tradicionales se vieron desbordadas por Hezbollah (Partido de Dios). En su triple dimensión de formación política, organización social y milicia combatiente, Hezbollah se fue convirtiendo no sólo en el principal actor de la vida nacional, sino también en el factor decisivo de la derrota de Israel, la primera después de décadas de éxitos militares en la región.

La fortaleza de Hezbollah alteró el alineamiento político libanés. Las injerencias externas modificaron definitivamente el panorama. Líbano ha sido un territorio muy activo en la pugna entre Arabia Saudí e Irán. El asesinato, en 2005, del entonces primer ministro, Rafik Hariri, se interpretó como una batalla más de ese conflicto externo. Una de las teorías que circulan estos días en Beirut es que la explosión del puerto fue provocada para retrasar la fase final del juicio por aquel asesinato, que debía tener lugar a mediados de este mes. Cuatro agentes de Hezbollah son los principales acusados, como supuestos agentes de Siria y de Irán.

En el campo sunní, dominado por las petromonarquías del Golfo, no siempre ha habido armonía. Sus líderes han sido intérpretes de los intereses de sus protectores. Lo cual no ha impedido episodios bochornosos, como la detención en Riad, durante varios días, del entonces jefe del gobierno, Saad Hariri (hijo de Rafik). Nadie se creyó la versión oficial (denuncia de un supuesto complot de los chiíes); más bien, los saudíes le habrían leído la cartilla para obligarlo a una mayor firmeza frente a Hezbollah. Difícilmente podía hacerlo y confirmó su dimisión.

En el liderazgo cristiano se han profundizado las diferencias. El actual jefe del Estado, el exgeneral Michel Aoun, es uno de los militares más galardonados del ejército. Nunca aceptó las presiones de Israel y mucho menos de Arabia Saudí. Al cabo, prefirió avenirse con las fuerzas proiraníes, a quienes le podía ofrecer su influencia en el estamento militar.

Paradójicamente, el reparto sectario del poder no se corresponde ya con las nuevas alianzas electorales intercomunitarias (8 de marzo y 14 de marzo, respectivamente), que pretenden ser intercomunitarias. Antiguos enemigos en la guerra civil son hoy aliados. Esta recomposición ha blindado a la clase dirigente y de la disidencia ciudadana no ha surgido alternativa funcional alguna.

Tampoco ha ayudado mucho Occidente. Washington se ha borrado de la región. Francia, el poder colonial, nunca ha renunciado a su influencia. Es curioso que Macron viaje a Beirut para exigir cambios profundos para favorecer la ayuda internacional, en un tono poco habitual en un dirigente extranjero (4), cuando París ha sido el principal garante internacional de ese reparto arcaico de poder y sigue apostando por un gobierno de unidad (5).

El presidente Aoun le reprochó a Macron su inapropiada injerencia y rechazó una investigación internacional sobre la catástrofe, insinuando que podría perjudicar el esclarecimiento de lo ocurrido. Reclamó las imágenes de satélite, quizás sabedor ya de que en ellas se podía apreciar en el cielo un elemento extraño (bomba, misil), segundos antes de las explosiones. Se ha interpretado que el jefe del Estado apuntaba a Israel, que habría ejecutado una operación encubierta de destrucción del material explosivo supuestamente almacenado por Hezbollah. Hassan Nasrallah, su veterano líder, ha negado cualquier relación con el nitrato de amonio. Pero es bien conocido que la milicia chií controla el puerto de Beirut desde hace años, aparte de otras infraestructuras básicas del estado.

Este relato sobre conspiraciones ficticias o reales y las discusiones sobre las responsabilidades de la catástrofe complicarán aún más cualquier fórmula de salida de la crisis. El malestar social irá en aumento y la presión exterior podrá jugar un papel determinante.


NOTAS

(1) “Lebanon as we know is dying”. STEVE A. COOK. FOREIGN POLICY, 30 de julio.

(2) “A big blow should lead to a big change in Lebanon”. THE ECONOMIST, 8 de agosto.

(3) “Lebanon’s government has resigned. That’s not early enough. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 10 de agosto; “Beirut’s deadly blast reignites anger against Lebanon’s ruling elite”. REBECCA COLLARD. FOREIGN POLICY, 5 de agosto.

(4) “Emmanuel Macron à la foule libanaise: ‘Je comprends vôtre colère’. LE MONDE, 7 de agosto.

(5) “Lebanon needs transformation, not another corrupt unity government”. HANIN GHADDAR. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 11 de agosto.

 

LA DERIVA AUTORITARIA DE TRUMP


29 de julio de 2020
               
Cuando se ha traspasado ya la cuenta atrás de los cien días para las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el panorama para Donald Trump es bastante sombrío. El inquilino de la Casa Blanca se encuentra sumido en un mar de crisis y no emite señales convincentes de tenerlas bajo control. La emergencia sanitaria, la pugna con China, el malestar racial, una campaña electoral en creciente caos, una base social que parece resquebrajarse, unas encuestas unánime y ampliamente desfavorables, una protesta social en auge y la militarización de la represión del descontento suponen un lastre demasiado pesado. Incluso para Trump

En este verano sin las tradicionales convenciones partidarias presenciales, con una alteración notable del campo de juego político, una polarización extrema y una crisis de confianza en el sistema político como no se había conocido desde finales de los sesenta (pero con más intensidad ahora que entonces), este presidente que surgió del malestar social ha generado un rechazo que ya parece imparable.
                
Si Trump no es reelegido, sería el primer presidente en cuarenta años que fracasa en el intento, un estigma que empaña cualquier legado. Carter, que firmó una presidencia menos catastrófica de lo que sus contemporáneos se empeñaron en pintar, se reivindicó después, a base de denunciar los enormes fallos estructurales del sistema, en particular el sistema electoral. Hoy se encuentra bajo la penumbra de una penosa enfermedad, pero se ha ganado sobradamente la calificación de mejor expresidente de EEUU desde el final de la segunda guerra mundial.
                
¿ACEPTARÁ TRUMP UNA HIPOTÉTICA DERROTA?

A Trump, el presidente de las 20.000 mentiras (y subiendo), ocurriría todo lo contrario. Empezando por su salida de la Casa Blanca, ejercicio que mide la elegancia de un político norteamericano tras culminar su trabajo. Se acumulan dudas acerca de la disponibilidad de Trump a aceptar su hipotética derrota. El propio magnate fallidamente metido a estadista abona estos temores al declarar a la FOX que “no digo que si ni que no” (1). 

En realidad, ya lo está haciendo, con sus insinuaciones, como lo hizo hace cuatro años, cuando proclamó que el Estado profundo no le dejaría conquistar la Casa Blanca, cuando, en realidad, las interferencias que han podido probarse más bien estaban dirigidas a lo contrario, es decir, a propiciar su triunfo electoral.

Un profesor de leyes del Amherst College, de Massachussets, contempla un escenario de pesadilla: resultados muy apretados en algún estado clave, complicado con la gestión del voto por correo, podría provocar que el legislativo estatal, bajo control republicano, certifique la victoria de Trump, mientras el gobernador, demócrata, se incline por notificar la victoria de Biden. Una crisis institucional que dejaría pequeña a la de 2000, tras el caótico recuento de Florida, pero en esta ocasión sin el Tribunal Supremo puede zanjar el problema (2).

Todas estas no son especulaciones veraniegas. Trump parece fuera de control. Se ha entregado a un pulso de represalias con China (guerra de consulados), sin que se aviste una estrategia coherente, sin coordinación alguna con sus aliados asiáticos, y mucho menos con los europeos. Estos tratan de procurarse mecanismos de control de un difícil diálogo con Pekín, atendiendo a sus intereses nacionales, véase Japón, o en un esfuerzo de concertación que aún no está maduro, como es el caso de Europa.

UNA MAREA DE PROTESTAS SOCIALES 

Esta incompetencia en materia internacional no es algo nuevo ni distinto a lo que llevamos viendo desde enero de 2017. Pero ahora se produce en plena desacreditación del liderazgo norteamericano, evidenciada por la crisis sanitaria (3). Que Estados Unidos sea el país occidental donde la pandemia parece más desbocada, en la que el primer mandatario actúa al margen o incluso en contra de las indicaciones médicas y científicas resulta extravagante e incomprensible. La cifra de muertos se acerca a los 145.000 y cada día se suman récords de contagio (65.000 casos más). Trump ha tratado ahora de dar marcha atrás en algunos de sus absurdos consejos (sobre el uso de la mascarilla o la exigencia de distancia social), pero ya es demasiado tarde. Los académicos, diplomáticos, militares de alta graduación y políticos no sectarios están escandalizados y abochornados. No se recuerda tan poco respeto por la figura presidencial desde los últimos días de Nixon.
        
A esta zozobra de una salud quebrada y de un ridículo internacional inesperado, se une la inquietud creciente por el ramalazo autoritario, manu militari, de las protestas sociales, que empezaron galvanizadas por el asesinato del afroamericano George Floyd y que se han convertido ya en una marea de descontento social desconocida en el ultimo medio siglo. La intervención de unidades policías militarizadas por iniciativa federal en Portland, Oregón, sin el visto bueno de las autoridades locales se ha extendido a otras ciudades y estados (4).

Pero lejos de provocar una retracción de la protesta, ha ocurrido todo lo contrario. Las manifestaciones se han propagado por todo el país. Erica Chenoweth, una investigadora de la Harvard Kennedy School, citada por el corresponsal de THE ECONOMIST, indica que en las últimas semanas se han registrado más de 43.000 protestas en Estados Unidos, con la participación de más de 28 millones de ciudadanos. El 80% de los condados (counties, la unidad político-electoral) han vivido protestas políticas de consideración desde el inicio del mandato de Trump (5).
                
Esta respuesta autoritaria al clima social de descontento ha hecho aparecer el fantasma de la tentación fascistoide de Trump, no sólo desde la perspectiva de los grupos políticos o mediáticos más a la izquierda (6), sino de algunos observadores más moderados (7). Trump está nervioso y cada vez más irritado. Los datos macroeconómicos anteriores al coronavirus le proporcionaban un discurso triunfalista y se creía ganador seguro ante un flojo y deslucido candidato demócrata. Biden, en cambio, ha crecido a base de los errores y la incompetencia arrogante del incumbent (presidente en ejercicio). El cómputo medio de las encuestas le otorgan una ventaja superior a ocho puntos en el global nacional, pero, y esto es lo más importante, le sitúa firmemente por delante en los estados considerados claves para la elección (que lo apoyaron en 2016) e incluso en algunos que suelen votar desde hace décadas sólidamente republicano (8).
                
Ciertamente es muy pronto aun para sentenciar a Trump. Biden tiene una capacidad contrastada para meter la pata o dispararse en el pie, pero le basta ahora con ser prudente (algo que no costará mucho) y dejar que su rival siga añadiendo clavos a su ataúd político. Este año hará falta mucho más que la sorpresa de octubre para hacer variar una tendencia que parece firme en favor de un cambio. Pero si Trump demostró no saber ganar, es bastante probable que sea incapaz de aceptar la derrota y se agarre a una narrativa de fraude (que en todo caso iría en la dirección opuesta a la que él proclama). Con mayor o menor resistencia, cabe esperar una escena de autovictimización. Un puro teatro bufo que puede hacer de su despedida forzada un auténtico esperpento.

NOTAS


(2) “What if Trump loses but refuses to leave office? Here, the worst-case scenario”. LAWRENCE DOUGLAS. THE GUARDIAN, 27 de julio.

(3) “American global standing is at a low point. The pandemic made it worse”. DAN BALZ. THE WASHINGTON POST, 26 de julio.

(4) “Cities in bind beyond Portland”. THE NEW YORK TIMES, 26 de julio.

(5) Checks & Balance. JOHN PRIDEAUX. THE ECONOMIST, 24 de julio.

(6) “Trump’s secret police have never been a secret to Brown people” ELIE MYSTAL. THE NATION, 27 de julio.

(7) “Why fascists fail. History’s autocrats have been the architects of their own demise. Even if they seises power, so will Trump”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 21 de julio; “Nothing can justify the attack on Portland”. QUINTA JURECIC y BENJAMIN WITTES. THE ATLANTIC, 21 de julio.


UE: UN ACUERDO MUY EUROPEO, PARA BIEN Y PARA MAL


22 de julio de 2020

El acuerdo de Bruselas para financiar la reconstrucción tras el desastre del COVID-19 ha generado comentarios y valoraciones por lo general optimistas y hasta triunfalistas. En parte es lógico por la dimensión de lo conseguido, pero también por las dificultades que se tuvieron que remontar y lo cerca que se estuvo del fracaso. Una estimación menos apasionada conduce a un balance más matizado, que, sin restar trascendencia al resultado, evita la tentación de las habituales hipérboles con que suelen despacharse estos tipo de acuerdos. Éste sería el enfoque:

1) No puede minimizarse que, por primera vez, Europa decide acometer, como Unión, un problema económico que, si bien es común, no ha afectado a todos sus integrantes por igual. La solución alcanzada sigue siendo ambiciosa con respecto a momentos delicados anteriores, pero no tanto para romper moldes o haber sentado las bases de una Europa federal. No estamos, en expresión utilizada medios internacionales exteriores a la Unión, ante “un momento hamiltoniano”, en referencia al plan del Secretario del Tesoro norteamericano que decidió asumir la deuda de los 13 estados (las excolonias), contraída durante la guerra de Independencia frente al Imperio británico (1).

2) El esfuerzo es considerable, ya que se mantiene la cuantía pactada por el eje francoalemán (750.000 millones de euros), que se suman a las cantidades aportadas en otros mecanismos de ayuda por el BCE. Pero la modificación del reparto de esa suma entre subsidios y préstamos es un de los límites con que se ha topado la ambición. París y Berlín, secundados con entusiasmo por los países más afectados por la pandemia, quería que 500.000 euros fueran a fondo perdido y 250.000 en créditos a devolver. La presión de los frugales del norte rebajó el primer rubro y amplió el segundo hasta dejar el reparto en 390-360, cerca del equilibrio que, a la postre, ellos se marcaron como una de las condiciones para transigir.

3) La desconfianza no ha sido del todo derrotada en el desvelo de Bruselas. Si bien el plan de reconstrucción no queda supeditado estrictamente a un programa de ajuste como el impuesto a Grecia, los países reticentes han conseguido que se les reconozca la capacidad de discutir el desembolso. No han conseguido derecho de veto en esa eventual revisión, pero presionarán para que los países beneficiarios de las ayudas acometan reformas que ahora no han sido del todo precisadas. Si se hubiera abierto ese melón, el acuerdo hubiera sido imposible. La delegación española cree haber salvado un impedimento que hubiera puesto al gobierno de coalición al pie de los caballos. Los 140 mil millones obtenidos (72 mil millones en subsidios) son un balón de oxígeno. Puede haber presiones en forma de “freno de emergencia”, holandés o de quien sea, más adelante. Es un camino plagado de curvas.

4) Las invocaciones al triunfo de un espíritu de solidaridad europea son exageradas o un poco wishfull thinking. Lo que ha primado no ha sido un espíritu de ayuda a los más débiles por parte de los más fuertes o de los más generosos de entre los más fuertes, aunque se presente de esta forma por resultar más ventajoso políticamente. En realidad, no está tan claro, cuando se cierren por completo las cuentas de esta gigantesca operación, quien saldrá a la postre ganando. Los países más resistentes al acuerdo han conseguido, además de lo ya señalado, que se incrementen los retornos que reciben de la UE (el famoso cheque británico que obtuvo en su día Thatcher). Cuando haya que devolver los créditos, la Comisión quizás se vea obligada a reducir ayudas agrícolas y fondos de cohesión, una histórica reivindicación de los frugales. Estas incógnitas futuras no pueden ser olvidadas a la hora de hacer balance de esta cumbre prolongada (2).

5) Nada hubiera sido posible sin un cambio de posición de Alemania, con respecto a la posición de intransigencia en defensa de la austeridad mantenida durante la crisis de principios de la segunda década del siglo. Pero no es que Merkel, o su gobierno, o el Parlamento de la RFA, o la mayoría de los ciudadanos hayan abjurado de sus posiciones rigurosas en materia fiscal.

La canciller cambia de posición a mediados de abril, cuando empieza a considerar la necesidad de una solución que, con matices y controles, convierte en común el esfuerzo para salir de la recesión que se avecina. Los factores que determinan este giro de Merkel han sido muy bien explicados por los corresponsales de LE MONDE en Alemania:

a) Para obtener la luz verde de Merkel, Macron acepta varias exigencias alemanas: que el mecanismo de ayuda sea “excepcional” y “temporal”, es decir, que no sea un precedente, y, muy importante, que la deuda sea contraída formalmente por la Comisión Europea y no mutualizada por todos los países miembros, un poco al estilo de la Alemania federal, lo que permite a Berlín defender la causa frente al contribuyente alemán (otra cosa es cómo se pagará, cuestión que ha quedado sin resolver en Bruselas)-

b) Un contexto diferente al de 2009, con tasas de interés cero o negativas, que aportan menos fundamento al rigor fiscal. Esto ha propiciado un cambio de humor de los sabios ecónomos alemanes, ahora más proclives a las ayudas, porque, a la postre, beneficiarán también a la industria alemana. Si los países del sur no se recuperan, dejarán de comprar productos alemanes. De nuevo, la solidaridad se evapora ante consideraciones más prosaicas.

c) El esfuerzo de financiar la descarbonización, valga decir, la transición ecológica, exige una concertación europea, más necesaria si cabe por la amenaza de un conflicto creciente con China. El momento exige cerrar filas.

d) Un nuevo aire en el pilotaje de las finanzas alemanas, con el socialdemócrata Olaf Scholz como timonel, inclinado a soluciones más flexibles, menos ortodoxas que su antecesor, el muy fundamentalista Schäuble. El equipo ha cambiado y la sintonía entre la socialdemocracia pálida y el capitalismo compasivo de Merkel ha favorecido el consenso interno en Berlín.

6) El pacto de Bruselas no ha sido forjado por idealistas de la causa europeísta (si es que eso ha existido alguna vez), sino por líderes pragmáticos sabedores de que su supervivencia política o su legado dependía en gran medida de un resultado positivo aceptable y moderadamente arriesgado.

La Canciller Merkel, presidenta de turno de le UE pero líder indiscutible del Club, se está despidiendo. Ésta ha sido, quizás, su última cumbre. En noviembre, sus colegas de la CDU eligirán a un nuevo aspirante a sucederla en las elecciones del otoño de 2021. Merkel no quiere irse en medio de una Europa en una recesión prolongada y sin haber adoptado medidas al menos paliativas. Su prestigio y su herencia hubieran quedado seriamente comprometidos.

En el caso de Macron, tras dos años de soledad y frustración en su empeño de relanzamiento europeo, no podía fracasar de nuevo. Los cronistas que cuentan lo que ocurría a puerta cerrada en Bruselas coinciden en presentarlo como el más vehemente de los 27. A pesar de su estilo elegante, el presidente francés gusta de desplegar ese estilo teatral que acredita su pasión por el arte escénico. Como un héroe indignado frente a las adversidades, se permitió amonestar a los primeros ministros de Holanda y Austria por lo que entendió eran maniobras de obstrucción, en el caso del primero, y de desplantes, en el caso del segundo.

7) Con el mismo razonamiento, sería un poco reduccionista convertir al holandés Rutte o al austriaco Kurz es los spoilers de esta cumbre larga de Bruselas. Sin duda, han sido los personajes antipáticos o anticlimáticos para la mayoría de los medios españoles, italianos, griegos, portugueses y en cierta medida franceses. Pero, como es natural, han defendido los intereses de los grupos sociales y políticos a los que representan.

En estos países del norte, no tan austero como aquí se quiere simplificar, existe una fuerte presión de los partidos nacional-populistas, que no sólo han crecido por su mensaje anti inmigratorio, sino también por su marcada posición contraria a una Europa más federal, más “solidaria” o más integrada. Rutte es liberal-conservador y Kurz democristiano-conservador y lideran un electorado cada vez más seducido por la extrema derecha. En Suecia, Dinamarca y Finlandia gobiernan los socialdemócratas, pero las formaciones nacional populistas le han privado del apoyo de parte de sus bases.   

En resumen, el desvelo de Bruselas ha sido, de nuevo, más un ejercicio de compromiso que un avance histórico, sin desdeñar su importancia. Quedan cabos sueltos por definir, pero los países más afectados por el COVID-19 obtienen un alivio imprescindible para afrontar meses (o años) muy difíciles.

NOTAS

(1) “Did Europa have its ‘Hamilotinian’ moment? Not exactly”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 22 de julio.

(2) “The EU’s €750 billion covid-19 plan is historic -but no quite Hamiltonian. THE ECONOMIST, 21 de julio.

(3) “Comment Angela Merkel s’est convertie au plan de relance pour éviter l’efrondement de l’Europe”. THOMAS WIEDER y CÉCILE BOUTELET. LE MONDE, 17 de julio.