ITALIA: LA RESISTIBLE VICTORIA DE GIORGIA MELONI

28 de septiembre de 2022

La esperada victoria del partido de extrema derecha Fratelli en las elecciones legislativas del 25 de septiembre ha provocado sudores fríos en algunas latitudes europeas (1). Naturalmente, no es agradable que un partido que conserva una simbología y parte de la retórica fascista haya sido el más votado (26%). Sin embargo, es muy improbable que la nueva coalición gobernante de derechas en ciernes suponga una deriva ultra. Nada que ver con otra Marcha sobre Roma, cien años después de la orquestada por Mussolini para conquistar el poder. Pese a los temores liberales (2) o las previsiones mediáticas de centro-izquierda (3), Meloni gobernará bajo los patrones del consenso centrista, con algunas concesiones a sus encendidas bases. Estas son las razones de que su victoria sea resistible:

1) Italia depende hoy, como ayer y como casi siempre, del dinero europeo, en este caso de los fondos de reconstrucción para afrontar la depresión de la pandemia. El pasado junio Bruselas aprobó el plan de gobierno saliente (Plan de relanzamiento y resiliencia), que obliga a Italia al cumplimiento de una normas europeas incompatibles con la retórica de Fratelli o de su socio, la Lega. Los leguistas ya jugaron al plante frente a Europa y el pulso duró apenas un asalto.

2) El sobresalto de la victoria extremista en Italia ya está visto y asumido su alcance real. En 2018, dos formaciones autoproclamadas antisistema fueron las vencedoras por márgenes aún mayores al obtenido por Fratelli ahora. El Movimiento 5 Estrellas consiguió cerca del 33% y la Lega más del 17%. Como formaron una extravagante e inverosímil coalición, estamos hablando de la mitad del electorado activo. Se sabe cómo acabó la experiencia. El populismo y el aparente desafío a la Europa prepandémica dejó paso, tras sucesivas crisis, a un gobierno que fue la quintaesencia de la ortodoxia europea, con una de sus figuras emblemáticas al frente: el expresidente del Banco Central Europeo y “salvador” canonizado del euro, Mario Draghi. La derecha italiana vive desde hace treinta años en la dinámica del pendulazo: de la golosonería del populismo a la frugalidad liberal de aromas tecnocráticos. El empacho nacionalista se cura con la dieta europeísta. Y al rigor de ésta sucede el exceso de aquel.

3) El sistema electoral italiano favorece a las grandes coaliciones como la recuperada por las principales formaciones de la derecha para esta ocasión. La lógica de los polos (lo que en otros tiempos llamaríamos frentes y ahora se prefiere denominar acuerdos) posibilita mayorías muy sólidas de arranque, que se van desgastando de a poco o de repente, como ocurrió con el consenso en torno a Draghi. Meloni no tiene el antídoto contra esta enfermedad endémica de la política italiana que tritura proyectos y liderazgos políticos. Al contrario, parece expuesta más que algunos casos anteriores, porque carece de bases sólidas. La Lega y Forza Italia gozan de una implantación regional y local más extensa debido a los años de gobierno y, lo que es más importante, a su experiencia administrativa y su acceso a cargos y a presupuestos. Fratelli es ahora il capo maggiore pero no il capo di cappi en la derecha italiana. Cuando se disuelva la euforia de la victoria, Meloni empezará a sentir los cuchillos silbar por encima de su espalda: el inconfundible resplandor del fuego amigo.

4) La cohesión ideológica de los Fratelli es endeble. Y Meloni es la principal responsable. Ella ha sido quien ha diluido la retórica combatiente del neofascismo aggiornatto en una respetabilidad necesaria para quebrar el techo que le condenaba a ser el socio menor en la familia conservadora. Algunos de los principios proclamados por la líder ultra son más que asumibles por los partidos conservadores europeos: preeminencia de la empresa privada en la economía, libertad de elección educativa, centralidad de la familia tradicional en el modelo social e incluso el control más severo del los flujos migratorios o la prioridad nacional en el reparto de los fondos sociales (4). En estos dos últimos, la derecha liberal exhibe un discurso más inclusivo, que contrasta con políticas reales más restrictivas, como se ha visto en Francia, en Gran Bretaña o incluso en Alemania y los países nórdicos. La Meloni del gobierno seguirá muy probablemente ese patrón híbrido. No en vano, fue admitida en el grupo Reformista y Conservador del Parlamento europeo, que en su día lideraban los tories británicos (antes del Brexit) y los ultracatólicos polacos. El grupo más retóricamente xenófobo tenía reservada su cuota italiana a la Lega de Salvini, con Marine Len como líder más visible.

4) Otro factor de tensión en la gran coalición de derechas puede ser el ambiguo proyecto de reforma constitucional para implantar un régimen presidencialista al estilo francés. Se trataría de pasar a la II República, de la que se habla en Italia desde comienzos de los noventa, cuando se desfondaron dos de los pilares del sistema de partidos de la posguerra: la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, junto a los socios menores en ese juego tan italiano de la alternancia caprichosa entre el centro-sinistra o el pentapartito (centro derechista). Al final, se jugó con las mismas cartas institucionales y normativas. La I República se mantuvo con la flexibilidad que otorga la experiencia pragmática. Ahora, ciertas ambiciones personales pueden tensionar más la cuerda. No es un secreto que Berlusconi quiere despedirse de la política desde el Quirinal. Ese 8% largo que ha obtenido su partido es mejor de lo esperado y, desde luego, suficiente para utilizarlo como moneda de cambio para consumar sus aspiraciones presidenciales. Salvini ha arropado el fracaso de una pérdida de la mitad del porcentaje de votos y de escaños en una coalición triunfante. A cambio de apoyar al Cavalieri en sus ambiciones de púrpura estatal, planteará exigencias que lo beneficien de cara al futuro. Meloni cuenta con ocho diputados más (119) que Salvini (66) y Berlusconi (45) juntos: no suficientes para cabalgar en solitario. Tampoco puede esperar un cambio de alianzas a mitad de camino.

5) Las tensiones internacionales pueden favorecer otra línea de fractura en la coalición de derechas. Meloni ha hecho profesión de fe atlantista durante la crisis de Ucrania, y ya antes.  Esto también explica su cercanía con los polacos. Berlusconi, en cambio, aún ahora tiende a ser comprensivo con Putin, con el que cultivó una peligrosa e interesada relación. Hace sólo unos días, el ya anciano magnate vino a decir que a Putin lo habían empujado a invadir Ucrania sus malas compañías. Por el contrario, Salvini arrastra unos vínculos más astutos y oscuros con el presidente ruso, anclados en la retórica ultranacionalista, pero convenientemente engrasados con apoyo financiero moscovita. Algo similar a lo que se le atribuye a Marine Le Pen. En las bases se puede generar ruido que podría resultar útil en maquinaciones con otros propósitos. Si se tiene en cuenta que el Italia es el país europeo menos entusiasta con las sanciones a Rusia, el margen demagógico en ese terreno es amplio. Pero no lo suficiente para que, a la hora de la verdad, la macro coalición de derechas se salga del camino acordado en la OTAN (5).

En definitiva, Italia estrena novedad política, un gusto muy habitual en el país transalpino. La estabilidad del sistema italiano no se basa en la invariabilidad de las cabeceras de gobierno, sino en la capacidad de absorción y fagocitación de los extremismos y/o excentricidades. En el caso de la derecha, esto es meridianamente claro: Forza Italia, Lega y ahora Fratelli emergieron como formaciones rupturistas. Nada o poco rompieron las dos primeras, más bien al contrario, y nada esencial es previsible que altere la última, anclada y dependiente de las anteriores.

Más que un resistible ascenso de una neofascismo posmoderno, las fuerzas progresistas italianas deberían preocuparse del vacío sideral programático y de liderazgo de una izquierda impotente, que no está dividida por las ideas sino por los egos, enganchada a eslóganes compatibles con las redes sociales y alejada de las preocupaciones de sus teórica base social. Hace unos días, el diario Il Fatto Quotidiano (próximo al M5S) publicaba una encuesta en la que se reflejaba que el PD (Partido Democrático), de insulso nombre, atraía más a los acomodados de la sociedad que a los más necesitados, justamente lo contrario de Fratelli, cuya base trabajadora es mucho más numerosa. El partido de Gramsci, de Togliatti e incluso de Berlinguer es hoy un espectro irreconocible.

 

NOTAS

(1)  “Pour la presse italienne, le ‘triomphe’ de Giorgia Meloni est un tremblement de terre” (Resumen de prensa italiana). COURRIER INTERNATIONAL, 26 de febrero.

(2) “La sfida di Meloni: transformarse da Lady Orban a Lady no-Spread”. CLAUDIO CERASA. IL FOGLIO, 27 de septiembre (reproducido en COURRIER INTERNACIONAL).

(3) “Inchiesta su M.” LA REPPUBLICA, 14 de agosto; “L’irrésistible ascension de Giorgi Meloni, la nouvella figure de la droite radicale italienne”. LE MONDE, 23 de septiembre.

(4) “Giorgia Meloni’s interview”. THE WASHINGTON POST, 13 de septiembre.

(5) “Italia’s election paradox. Why America and the UE should root for a far-right populist”. ELETTRA ARDISINO y ERIK JONES. FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

SUECIA E ITALIA: IMPORTANCIA Y UTILIDAD DE LA EXTREMA DERECHA

 21 de Septiembre de 2022

Las recientes elecciones suecas han consagrado la consolidación al alza de la extrema derecha, que ha superado el 20% de los votos y obtenido 73 escaños en el Parlamento. Bajo el nombre de ‘Demócratas de Suecia’ este partido xenófobo disimula a duras penas su designio político, como lo hacen sus homólogos en Holanda, Austria o Hungría (en esos casos, referenciados con distintos vocablos de ‘libertad’), de manera menos explícita en Noruega (donde se reclaman del ‘progreso’) o en Finlandia (pretenciosamente denominados como ‘verdaderos finlandeses’). El camuflaje es menos grosero en Francia, donde no ocultan su vocación ‘nacional’ (es decir, nacionalista), como ocurría en Italia (Alianza Nacional) hasta 2018, cuando se transformaron en ‘Fratelli’ (hermanos). 

Suecia e Italia son dos países europeos muy diferentes, tanto en significación política (hegemonía histórica de la socialdemocracia, en el primer caso, frente a una alternancia frecuente, en el segundo), en características sistémicas (estabilidad vs. variabilidad endémica) o modelos sociales (nórdico, uno; mediterráneo, el otro). 

También la extrema derecha en auge o, mejor dicho, como actor estable en el panorama político, presenta rasgos diferentes en uno y otro país. Pero, como en otros lugares, hay factores comunes, la inmigración básicamente, que han contribuido a disparar su presencia electoral.

SUECIA: LA ESPERADA CONSOLIDACIÓN ULTRA

En Suecia, la tolerancia sobre la inmigración y la generosidad hacia los refugiados han estado sometidas durante los últimos tres lustros a fuertes tensiones crecientes, tanto en los medios como en el Parlamento y en la calle.

Esos ‘democratas’ presumen, no sin razón, de haber sintonizado con temores y ansiedades de los ciudadanos por lo que consideran como un flujo imparable de extranjeros, perturbador del modo de vida nacional y favorecedor de la delincuencia. Este nacionalismo xenófobo apareció en los noventa y se mantuvo en niveles en torno o por debajo del 5% en la primera década del siglo. Experimentó un notable subida en 2014 (12,9%) . La crisis de los refugiados de 2015 precipitó su escalada hasta el 17,5% en 2018 y el actual clima de zozobra por las consecuencias del COVID y la guerra de Ucrania lo han llevado al 20,5% en las elecciones de este mes. Desde 2010, su representación parlamentaria casi se ha cuadriplicado, al pasar de 20 a 73 diputados.

Con todo, esta consolidación electoral no es lo más inquietante. Lo que pone en evidencia la fragilización del otrora firme y progresista sistema político-social de Suecia es que los partidos tradicionales del centro y derecha, pero también la socialdemocracia, han terminado por asumir algunos postulados ultras en materia migratoria. Con distinta retórica, claro está. 

En eso ha consistido, en realidad, la ruptura del ‘cordón sanitario’. Y de ahí a un posible pacto de los llamados ‘partidos burgueses’ con los ‘demócratas’ para formar una mayoría de gobierno sólo había un paso. Los diputados de las formaciones de derecha y centro-derecha suman tres más que los socialdemócratas e izquierdistas. Tras un apretado recuento, la primera ministra saliente, la socialista Magdalena Andersson, entendió nada más hacerse públicos los resultados, que no estaba en condiciones de renovar su mandato. Andersson representa al sector más centrista/liberal de su partido y se ha mostrado partidaria de establecer controles más estrictos sobre la inmigración y una mano más dura contra la delincuencia. 

Hace tiempo ya que Suecia dejó de ser un modelo de referencia del socialismo democrático más progresista en Europa (1). Los socialdemócratas siguen siendo el principal partido del país, incluso han ganado votos y mejorado muy ligeramente su porcentaje para afianzarse por encima del 30%. Pero ya no les da para asegurar el gobierno. No puede decirse que sea una sorpresa.

En ese clima general que ha favorecido la xenofobia, la televisión sueca emitió un poco antes de las elecciones algunos reportajes sobre el aumento de la inseguridad en ciertos barrios y el uso hasta hace poco inusual de las armas de fuego en la periferia de algunas ciudades, lo que, en opinión de algunos analistas, reforzó las opciones de la extrema derecha (2).

La subida de la extrema derecha se ha producido a costa de pérdidas menores acumuladas de los pequeños partidos de la derecha y centro-derecha, que suelen gobernar en coalición cuando han conseguido reunir la mayoría. Los ‘moderados’ (conservadores) mantienen su condición de partido más votado en ese espectro ideológico, pero pierden casi un punto.

Los ‘demócratas’ pondrán sus condiciones para apoyar una coalición moderada, pero no necesariamente exigirán su presencia en el nuevo gobierno, pese a sus reclamaciones durante de la campaña (3). Con sólo tres diputados de margen, cualquier tensión entre los partidos ‘burgueses’ podría crear una crisis política y provocar un proceso electoral. La posibilidad de una  gran coalición al estilo alemán parece remota por ser ajena a la tradición política del país.

ITALIA: EL PRINCIPIO DE LAMPEDUSIANO  

En Italia, la ultraderecha tiene muchas caras, pero sus representantes más conspicuos son La Lega y los Fratelli. La Lega nació como partido claramente separatista en el Norte, reclamando una entidad propia (Padania, nombre de la región de la cuenca del Po), pero fue adoptando un discurso estatal, por un oportunismo disfrazado de realismo, bajo el liderazgo de Mateo Salvini. Este político es un maestro acreditado del camaleonismo político: en sus orígenes milaneses fue comunista y, en su cocina de pactos se ha entendido con la derecha liberal-conservadora (Berlusconi), con el ambiguo neofascismo xenófobo (Alianza Nacional, ahora Fratelli), pero también con el Movimiento antisistema 5 estrellas. 

Fue el empuje de Salvini, y no tanto su habilidad, lo que convirtió a la Lega en el segundo partido más votado en las últimas elecciones (2018), sólo un punto por debajo del Demócratico (centro-izquierda). El político milanés ha apoyado el experimento tecnócrata-flotador de Draghi después de haberlo denostado cuando apenas se dibujaba como una posibilidad. Ha muñido y destruido alianzas en la derecha. Ha amenazado con ignorar las normas de la UE y se ha avenido a ellas a la hora de la verdad. La Lega de Salvini es un producto bastante representativo de la deriva cínica de un electorado que juega a la ruleta rusa con el voto, a sabiendas de que la clase política termina siempre recomponiendo los puzzles a priori menos encajables.

Pero el fenómeno Salvini parece ahora agotado o, al menos, en decadencia. Qué decir de Berlusconi, que, como su nuevo equipo de fútbol, el Monza, juega ya en la segunda división. Sólo alberga la ambición de ser Presidente de la República. Pero para eso debe cuidar a sus aliados de la derecha, a los que en otros tiempos pastoreó y ahora sigue desde posiciones subalternas. 

La nueva estrella rutilante es Giorgia Meloni, líder de los Fratelli, el nombre candoroso que adoptó el partido que tomó el testigo de Alianza Nacional. En las elecciones del domingo, las encuestas le otorgan el 23% de los votos, lo que les convertiría en el partido más votado, incluso por delante de PDI, muy debilitado por querellas internas y choques de egos (4).

Se trata de una política populista que el diario La Reppublica asemeja a Marine Le Pen (5), aunque en España quizás se le pueda apreciar cierto parecido con la retórica de Ayuso. Tiene aún mucho que demostrar. Sus orígenes modestos y su historia familiar agitada parecen haberle dado un atractivo entre las bases más militantes de la derecha. Niega que los Fratelli sean unos nostálgicos del fascismo, pero se aferra al icono de la llama tricolor, que fue la escogida por los dirigentes mussolinianos atrincherados en la República de Saló y por quienes crearon en 1946 el Movimiento Social Italiano (los ‘misinos’) como depositarios de las ideas del Duce (6).

Melloni confía en que el bloque de las derechas (Fratelli, Lega, Forza Italia y varios grupúsculos democristianos conservadores) pueda obtener una mayoría suficiente para componer una coalición de gobierno, con ella al frente, como líder de la formación más numerosa. Algo notable, si tenemos en cuenta que en 2018 los Fratelli no llegaron al 4,5% y en el Parlamento saliente solo cuentan con 40 diputados, ocho más de los obtenidos inicialmente, gracias a algunos tránsfugas de otros partidos.

La nueva estrella ascendente quizás no parezca tan maniobrera como Salvini, pero tampoco es una adalid de los principios. Su partido fue el único de los importantes que no apoyó la investidura de Draghi. Cuando le preguntaron por qué, contestó con desparpajo y parafraseando nada menos que a Bertolt Brecht: “nos sentamos en el lugar equivocado, porque los otros asientos estaban ocupados” (7). 

La líder ultra nunca ha lamentado su decisión. Al contrario, se ha reafirmado en su rechazo a la tecnocracia que representa el expresidente del BCE, en sintonía con su base popular y populista. Pero, conforme crecían sus expectativas electorales, Meloni ha ido limando su discurso euroescéptico, se ha declarado antirrusa con más claridad que Le Pen y se ha cuidado de no molestar a sus socios de un previsible gobierno. 

En el baile entre tecnocracia y populismo en que se mueve la derecha italiana desde el hundimiento del modelo político de posguerra, a comienzos de los noventa, parece que le toca ahora el turno al segundo. Para los grandes intereses italianos, Meloni y los Fratelli serán un activo más a quemar, una novedad interesante en un país que tritura políticos y siglas sin que se conmueva el sistema, haciendo siempre renovable el principio lampedusiano de cambiar algo para que todo siga igual.


NOTAS

(1) “The Far-right has already had an impact on  Sweden’s elections”. THE NATION, 8 de septiembre.

(2) “Guns violence epidemic looms large over Swedish election”. NEW YORK TIMES, 10 de septiembre.

(3) “En Suède, l’extrême droite en embuscade, prête a gouverner, àpres les legislatives”. COURRIER INTERNATIONAL, 11 de septiembre.

(4) “Can anything stop Italys radical right? THE ECONOMIST, 11 de agosto.

(5) “Italie. La femme qui fait tembler a l’Europe”. Dossier de prensa italiana e internacional. COURRIER INTERNATIONAL, 21 de septiembre.

(6) “De l’héritage fasciste a l’incarnation de la nouveauté, le parti Fratelli d’Italie aux portes du pouvoir”. LE MONDE, 14 de septiembre.

(7) “Italia’s far-right is on the rise”. MATTIA FERRARESI. FOREIGN POLICY, 29 de junio de 2021.

LA GANGRENA DE IRAK

14 de setiembre de 2022

Irak va camino de convertirse en uno más de esos conflictos olvidados, ahora que las grandes potencias están ocupadas en otras prioridades y los principales medios parecen haber perdido interés, por su complejidad o por cansancio.

El último sobresalto de envergadura concluyó a finales de agosto, pero la crisis que atenaza al país desde hace dos décadas sigue viva. Tras una semana de violencias por el asedio de los seguidores de Muqtada al Sadr a la zona verde (área donde se concentran los edificios gubernamental y diplomáticos de la capital desde el comienzo de la ocupación norteamericana), el clérigo les pidió que se retiraran (1).  La “revuelta antisistema” ha dejado 30 muertos, numerosos heridos y un clima de inestabilidad inextinguible (2). 

Pero para sorpresa de algunos, hay una víctima política inesperada: el propio Al-Sadr, quien acompañó su llamada a la restauración del orden con el anuncio de su retirada de la vida política. Se verá si es un propósito sincero o, como muchos creen, un gesto teatral más, en una vida política plagada de virajes tácticos. No es la primera vez que amaga con desaparecer para volver más tarde. Aunque ahora las circunstancias le sean menos favorables (3).

Algunos observadores de la política iraquí relacionan este último paso atrás de Al-Sadr con la lucha de poder político y religioso entre los santones chiíes de Irán e Irak. El Gran Ayatollah Haaeri, residente en Teherán y próximo al Guía Supremo Jamenei, había criticado recientemente a Al-Sadr, a pesar de haber sido su mentor. La gran autoridad religiosa chií de Irak, el Ayatollah Sistani tiene ya más de 90 años y su retirada se considera inminente. Sistani no acepta la tutela de sus correligionarios iraníes y siempre ha defendido la independencia nacional de Irak, igual que en su momento se opuso a la ocupación norteamericana (4).

Irak se encuentra sin gobierno, sin dirección y sin cohesión. Un ejecutivo en funciones administra el caos sin apenas convicción y bajo amenaza permanente de implosión. Las elecciones de octubre de 2021 no arrojaron una mayoría concluyente. El partido de Al Sadr obtuvo el mayor número de diputados (73 de los 329 totales), pero no le bastó para ensamblar una coalición viable de gobierno. Ante la hostilidad de sus rivales chíies, Al-Sadr intentó una alianza con los partidos sunníes y kurdos, pero no lo consiguió. La desconfianza de los partidos-milicia chiíes viene de lejos, debido a la enorme fuerza de atracción que supo ganarse entre las masas populares desde su feudo en la barriada pobre de Sadr City, en la periferia de Bagdad.  Allí creó el llamado ejército del Mahdi (una especie de Mesías prometido en el imaginario chií), que, con sus 70.000 efectivos, resultó un tormento para los ocupantes norteamericanos.

El cisma interno chií tiene otros componentes. Es más decisivo ha sido la evolución anti-iraní del fogoso clérigo. Mientras que los partidos-milicia de la mayoría de la población chií ha mantenido sus vínculos con el régimen del país vecino, Al Sadr ha evolucionado hacia un nacionalismo que hace de la independencia y la soberanía del país su principal marchamo ideológico (5). Otros dirigentes chiíes más astutos o más disimuladamente proiraníes, como el exprimer ministro Nuri Al Maliki recelan de su carácter mercurial y su gusto por la política de masas. A pesar de su severa derrota en las urnas (apenas una treintena de escaños), el manejo de las palancas de poder que conserva le permitió impedir, vía judicial, la constitución de una mayoría alternativa. El odio entre ambos dirigentes ha condicionado la reciente realidad política iraquí.

En sus ocho años al frente del gobierno (2006-2014), Al Maliki intentó destruir la influencia populista de Al-Sadr. En 2008, con el apoyo del ejército norteamericano, lanzó una operación contra las milicias sadristas en el sur del país, a las que debilitó pero no destruyó. El exprimer ministro jugó siempre al caliente y al frío con Estados Unidos. Mientras cultivaba sus relaciones con Irán, fungía como un dirigente de orden frente a los excesos populistas de Al-Sadr, pero practicó una política sectaria hacia la minoría sunní, bajo el pretexto de controlar el supuesto renacimiento del baasismo. Al cabo, lo que propició fue el imparable auge del Daesh, la rama más extremista del sunnismo, que provocó su caída y a punto estuvo de aniquilar al Estado. 

Maliki mantuvo su influencia en los débiles gobiernos sucesivos, mientras Al-Sadr preservaba la base de su poder: su capacidad para movilizar a las masas empobrecidas. El actual primer ministro en funciones, Al Kadimi, es un hombre con amplia experiencia en los aparatos de seguridad, al que se le atribuyen relaciones fluidas con Estados Unidos, sin irritar en demasía a Teherán. Pero carece de base política. 

A la mayoría de la población lo que le importa es vivir cada día y superar las carencias agobiantes que suponen los cortes continuos de fluido eléctrico, el funcionamiento lamentable de los servicios públicos y la escasez de empleo. Las huestes de las principales élites políticas ven recompensado su entusiasmo intermitente con provisiones y prebendas para compensar las fatigas cotidianas.

Irán sigue muy de cerca los acontecimientos, con interés y aprensión. Las peleas internas entre los correligionarios chiíes han sido hasta ahora manejables, aunque los dirigentes iraníes hayan tenido que invertir ello mucho tiempo y energía. En enero de 2020, el asesinato del general Suleimani, jefe de la unidad exterior de la Guardia Revolucionaria iraní, ordenado por Trump en el marco de su política de “máxima presión” sobre la República islámica, privó a los ayatollahs de su principal activo para controlar los acontecimientos en Bagdad.  Pero  Irán no ha dejado de ejercer un papel tutelar en el país vecino (6).

Según algunos analistas, entre la minoría sunní crece de nuevo una opinión favorable a la partición del país, lo que le permitiría acceder a parcelas directas de poder y, dudosamente, controlar parte del botín petrolífero, en imitación del proceso semiindependiente de los ckurdos. El actual reparto de poder por comunidades confesionales se asemeja al del Líbano, con su secuela de clientelismo, gigantismo burocrático y corrupción.

Una desestabilización incontrolada crea inquietud en Estados Unidos, que trata a duras penas de desviar recursos de Oriente Medio para afrontar los desafíos chino y ruso (7). La partición no es del agrado de Estados Unidos, porque se teme que el nuevo estado chií estaría condenado a ser anexionado más pronto que tarde por Irán. El Kurdistán recuperaría su proyecto independentista. Y la entidad sunní quedaría a merced de las monarquías del Golfo, como un protectorado, si acaso.

Cualquier escenario es posible en una situación tan volátil (8). La desastrosa herencia de la ocupación norteamericana supera ya, y con mucho, los estragos causados por la dictadura brutal de Saddam Hussein, quien fuera durante años un aliado útil de Occidente hasta que creyó o fue inducido a creer que disponía de luz verde para alterar los equilibrios en la región.  


NOTAS

(1) “Supporters of Iraq’s Al-Sadr leave Green Zone after violence. AL JAZEERA, 30 de agosto.

(2) “Is Muqtada Al-Sadr trying to stage a 6 january insurrection?”. SIMONA FOLTYN. FOREIGN POLICY, 11 de agosto.

(3) “The revenge of Muqtada Al-Sadr”. MOHAMAD BAZZI (Director del Centro Kervokian). FOREIGN AFFAIRS, 13 de septiembre.

(4) “Muqtada Al-Sadr has announced his withdrawal from politics”. MOHANAD HAGE ALI. CARNEGIE, 30 de agosto.

(5) “L’Irak flirte avec le chaos, après le reverence de Muqtada Al-Sadr” (resumen de prensa iraquí). COURRIER INTERNATIONAL, 30 de agosto.

(6) “Big Bang in Iraq?”. (Entrevista de Michael Young a MARSIN AL-SHAMARY, investigadora iraquí-norteamericana en el MIT). CARNEGIE, 3 de agosto.

(7) “Biden’s indifference has given Iran the upper hand in Iraq. DAVID SCHENKER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON THE NEAR AND MIDDLE EAST, 24 de Agosto.

(8) “A power struggle in Iraq intensifies, raising fears of new violence”. ALISSA RUBIN. THE NEW YORK TIMES, 16 de agosto.



GRAN BRETAÑA Y CHILE: PASADO Y PRESENTE

6 de septiembre de 2022

Lizz Truss ha sido elegida líder del Partido Conservador británico por sus militantes y, en consecuencia, es ya primera ministra. En la otra parte del mundo, una mayoría de chilenos (casi el 62%) ha dicho no a la nueva Constitución, redactada por una Convención muy plural, elegida por sufragio universal y de amplia base social.  

¿Qué tienen en común estos dos hechos? Nada, en apariencia. Pero existe una curiosa conexión que nos devuelve al pasado: a cuarenta años atrás.

TRUSS: ¿ÉMULA DE THATCHER?

Que en Gran Bretaña 160.000 personas (en este caso, los militantes tories) hayan decidido el rumbo inmediato de una nación de 67 millones de ciudadanos, se debe a que un nuevo primer ministro no necesita someterse a una moción de confianza antes de acceder al cargo. Aunque los miembros de la mayoría parlamentaria son los que eligen al jefe del gobierno, las reglas del partido conservador obligan a sus diputados a aceptar el designio fijado por los militantes. Por eso, Truss ha podido este martes presentar a la Reina su gobierno sin pasar por el Parlamento. Otra cosa es cuánto le durará el periodo de gracia. Desde hoy mismo, la jefa del gobierno se encuentra bajo un duro y constante escrutinio. La pelea por el liderazgo ha dejado heridas. Truss está muy lejos de ser indiscutible. Boris Johnson no es de lo que se van a su casa por las buenas. Y no pocos colegas tories se creen más capacitados para ocupar el cargo (1).

La elección de Liz Truss supone una reivindicación de la figura de Margaret Thatcher, sobre cuyo ideario ha hecho ella su campaña; en particular su afán doctrinario por bajar impuestos, reducir la intervención del estado en la economía, fomentar un mercado libérrimo sin restricciones, fustigar las incipientes protestas sindicales e invocar el llamado “capitalismo popular” (1).

Tras ganar las elecciones generales en mayo de 1979, Thatcher fue, en los primeros ochenta, la gran adalid europea de la doctrina neoliberal, que meses después llevaría a Ronald Reagan a la Casa Blanca, haría retroceder a la socialdemocracia en toda Europa e impulsaría una gigantesca ola ultraconservadora en todo el mundo. 

Pero el modelo socioeconómico (alumbrado por la llamada Escuela de Chicago y por teóricos centroeuropeos del liberalismo moderno), ya se había puesto en práctica, con cruel brutalidad, en las dictaduras del Cono Sur americano durante los setenta: Chile, Uruguay y Argentina (sin olvidar Brasil, que les antecedió en el golpe militar).

Pinochet y Thatcher fueron dos dirigentes fanáticos del neoliberalismo, desde ópticas políticas distintas: la dictadura militar y la democracia occidental. La primera carecía de legitimidad moral, mientras la segunda gozaba de parabienes reconocidos. A la postre, y con las profundas diferencias que había en las sociedades donde se aplicó el modelo, ambos experimentos resultaron muy lesivos para las clases populares: pérdida de poder adquisitivo, erosión de derechos y capacidades de organización y movilización de los trabajadores, incremento enorme de la desigualdad social, beneficios fiscales inauditos a las grandes fortunas y empresas, etc.)

Es dudoso que Liz Truss pueda restaurar el programa thatcherista, pese a su engañosa y confusa propaganda de las últimas semanas. Los tiempos han cambiado demasiado. Hay mucho discurso facilón en esta dirigente tory, que inició su andadura política con los liberal-demócratas y luego se convirtió al conservadurismo, a lomos del combativo Brexit. En su programa hay contradicciones flagrantes, como el recorte de impuestos y una intervención masiva de “apoyos a las familias” estimado en 150 mil millones de euros, para compensar la factura energética y una inflación de casi un 11% (2).

La actual crisis que engulle a Europa y al resto del mundo, debido a los efectos de la guerra de Ucrania, dictará correcciones severas al ambiguo y contradictorio postulado electoralista de Truss (3). Sus dotes para el liderazgo son una incógnita. La unanimidad del partido alrededor de su figura es más que dudosa. Secretaria de exteriores en el último gabinete de Johnson, su posición favorable a la revisión del protocolo norirlandés la enfrentará con Europa. Más sorprendentes han resultado sus reservas hacia la special relation con Estados Unidos. Su desiderátum de un renacimiento internacional de Gran Bretaña como potencia mundial (Global Britain) envuelve su proyecto en un halo de irrealidad y demagogia. 

CHILE: EL NEOLIBERALISMO QUE PRECEDIÓ AL EUROPEO

Chile se convirtió en el alumno más aplicado del neoliberalismo a la sombra siniestra de generales sin escrúpulos, que practicaron con saña el crimen de Estado y la salvaje demolición de los avances sociales apuntados durante el gobierno de la Unidad Popular, bajo la presidencia del socialista Salvador Allende. 

Thatcher nunca condenó con sinceridad y firmeza lo que había ocurrido en Chile. Cuando los vecinos militares argentinos trataron de salvar su dictadura ocupando las islas Malvinas (vestigio colonial en el Atlántico Sur), sus colegas chilenos se abstuvieron de apoyarlos, lo que reforzó la pasividad cómplice con que el thatcherismo contribuyó a exonerar a la dictadura pinochetista.

El hundimiento de Pinochet, tras el fracaso del referéndum continuista de los últimos ochenta, precedió en sólo dos años a la caída de Margaret Thatcher, propiciada por su propio partido. Para entonces, el neoliberalismo ya se había agotado en América Latina, bajo el peso abrumador de la deuda externa y el empobrecimiento de la mayoría de la población. En Gran Bretaña y la Europa continental esta modalidad de capitalismo salvaje atemperó su discurso en los noventa, pero se reciclo con el movimiento neoconservador de inicios del siglo, hasta la espantosa crisis financiera y luego social de finales de la primera década. 

En Chile, la Concertación, coalición centrista de izquierdas y derechas moderadas, sustituyó a la dictadura en 1990 y se mantuvo en el poder, con alguna interrupción conservadora, durante dos décadas. Pero nunca pudo, supo o quiso superar por completo el modelo económico pinochetista. La desigualdad se mantuvo con escasas mejoras. La democracia sirvió de coartada a la falta de coraje político para cambiar las estructuras de dominación social en el país. 

Hubo que esperar a la revuelta estudiantil de 2019 para que la “estabilidad chilena” se resquebrajara. Las fuerzas políticas que sucedieron a la dictadura pagaron en votos y prestigio su connivencia de fondo con ese injusto modelo económico. El proceso de rebeldía movilizó una gran corriente progresista, que triunfo en las elecciones para la Convención constitucional de 2020 y, un año después, propició el éxito de Gabriel Boric (uno de esos líderes estudiantiles contestatarios) en las presidenciales. Este ajuste de cuentas con medio siglo de historia en Chile debía culminar con la aprobación de un texto constitucional muy avanzado en el reconocimiento de derechos sociales, étnicos, culturales y ecológicos, sin precedentes en todo el mundo (4).

La derecha y el centro se movilizaron en contra (5). El actual gobierno quizás haya cometido algunos errores tácticos. El liberalismo occidental ha criticado supuestas inconsistencias del texto (6). En todo caso, se ha puesto de nuevo en evidencia lo difícil que resulta modificar las estructuras sociales y económicas que sustentan el sistema establecido. Anticipando el fracaso presentido (aunque no de forma tan rotunda), Boric ya había anunciado otro proceso constituyente. Un nuevo intento.  

En 1973, los adversarios de la transformación social intentaron por todos los medios boicotear la experiencia socializadora de Allende y la Unidad Popular; cincuenta años después, la rectificación constitucional planteada por Boric se enfrenta a otros peligros menos sangrientos quizás, pero igualmente poderosos (7).

Para comentar esta coincidencia de decisiones en Gran Bretaña y Chile, valdría el clásico adagio de Marx. La historia que se escribió como tragedia se repite ahora deformada como farsa: un thatcherismo de cartón piedra y los efectos perdurables de un neoliberalismo que se resiste a ser borrado de la vida de los chilenos. 


NOTAS

(1) “If Lizz Truss becomes Britain’s Prime Minister”. PETER KELLNER. CARNEGIE, 3 de agosto.

(2) “Lizz Truss brushes off concerns about £8,8 bn black hole in her budget. THE GUARDIAN, 3 de agosto.

(3) “What kind of Prime Minister will Britain get. THE ECONOMIST, 18 de Agosto.

(4) “Au Chili, si la nouvelle Constitution l’emporte, le lien institutionelle avec le dictature e Pinochet serait totalmente rompue”. CRISTIAN ZAMORANO (profesor de La Sorbona, París). LE MONDE- IDÉES, 1 de septiembre; “Quelles que soient ses limites, le projet de Constitution est un véhicule de changement”. CARLOS HERRERA (jurista) y Eugénia Palleraki (historiadora). LE MONDE-IDÉES, 31 de agosto.

(5) “El fracaso de la Convención”. GONZALO CORDERO. LA TERCERA, 23 de julio.

(6) “Voters should reject Chile’s new draft Constitucion. It is a woke and fiscally irresponsible mess”. THE ECONOMIST, 6 de julio.

(7) “Votar apruebo… o votar por Pinochet”. FABIO SALAS. EL DESCONCIERTO, 13 de agosto.


EL TRÁGICO DESTINO DE MIJAIL GORBACHOV

31 de agosto de 2022

Mijail Gorbachov ha muerto en el crepúsculo de un día de agosto en un hospital de Moscú. Olvidado por todos. Por los que le odiaron -y aún le odian- como conductor de su país al suicidio. Por los que admiraron sus intentos de democratizar el país e instalar un clima de cooperación entre el Este y el Oeste . Y por la inmensa mayoría de sus conciudadanos que no sintieron hacia él más que una distante indiferencia, igual que hacia sus predecesores más recientes, incapaces de proporcionar prosperidad al pueblo.

Gorbachov se ha muerto solo, apenas rodeado por un puñado de leales asistentes, devorado lentamente por una larga enfermedad y encerrado en la añoranza de su esposa Raisa, fallecida en 1999, socavada por la leucemia.

En estos tiempos de mandato de Putin, la comparación entre ambos líderes rusos será una tentación irresistible para muchos analistas.  Es un ejercicio erróneo e inútil. Y, en algunos casos, deshonesto intelectualmente. Gorbachov nunca quiso abrogar el comunismo, como sostienen algunos de forma interesada: pretendió que funcionara, que fuera más amable y participativo. Mucho menos pretendió reducir el poder mundial de la URSS; al contrario, trató por todos los medios de mantener una influencia que ya estaba claramente por encima de sus posibilidades.

La paradoja política de Gorbachov es que le importó más a quienes, en el fondo, solo querían aprovecharse de sus ilusorios designios y resultó irrelevante para aquellos a los que iban dirigidos sus esfuerzos reformadores. Occidente sacó ventaja de los apuros del dirigente soviético. Le fue concediendo migajas en forma de créditos y ayuda de emergencia mientras le iba sacando concesiones políticas y estratégicas. Mientras, sus camaradas de dirección, la mayoría hostiles o recelosos de su empeño, conspiraban contra él o lo dejaban hacer para favorecer su desgaste frente a esa opinión pública cuya emergencia él mismo alentó con su política de glasnost (transparencia).

Todavía hoy, los comunistas ortodoxos de todo el mundo concentran en Gorbachov el resentimiento que sólo puede despertar un renegado, un traidor. Pocos admiten que el 7º Secretario General del PCUS en realidad no destruyó nada: trató inútilmente de revivir a un moribundo.

Los pocos que le granjearon elogios y simpatías fáciles, lo relegaron en cuanto dejó de ser útil. Los que vieron en Rusia una gran oportunidad de mercado apostaron por su sucesor, Boris Yeltsin, al que presentaron como un visionario, dotado de una audacia que a Gorbachov le faltó. En realidad, se aprovecharon de él como de su antecesor: quisieron convertir a Rusia en un bazar y alentaron el mayor saqueo de bienes públicos de la historia, favoreciendo a hoz y coz un capitalismo salvaje en un país sin las mínimas estructuras para digerirlo. Rusia se empobreció aún más, pero unas minorías se beneficiaron de ello. Muchos integrantes de la vieja élite burocrática se hicieron inmensamente ricos. El famoso goteo del capitalismo generó una clase media seducida por el consumo, pero limitada a las principales ciudades. En el resto, la misma miseria.

Putin es el producto de esa acumulación de desastres. Se dijo durante sus primeros años que el actual presidente ruso era un nostálgico del comunismo, de la era dorada en que la URSS co-dominaba el mundo. Otra apreciación torticera. Como funcionario del KGB, le resultó insoportable la humillación del Estado, no el fracaso ideológico. Su tantas veces repetida frase de que “la desaparición de la URSS es la mayor catástrofe del siglo XX” no expresaba pesar por la extinción del que fue su país, sino frustración ante la pérdida de un aparato de poder. Se reproduce mucho menos una afirmación posterior de Putin, aquella en la que hizo responsable a Lenin y a los revolucionarios soviéticos de la decadencia de Rusia. Putin, en realidad, abjuró del comunismo para convertirse al nacionalismo más reaccionario. No se le ha escuchado criticar al régimen zarista; bien al contrario, ha engalanado el Kremlin con sus figuras y reliquias.

En esos años en que aún se le escuchaba, más fuera que dentro, Gorbachov mantenía hacia el liderazgo de Putin una crítica a veces clara, en otros momentos discreta, y casi siempre contradictoria. Le reprochaba el autoritarismo creciente, pero avaló la toma de Crimea, por ejemplo. Lo que más le irritaba era el desdén con que el actual líder ruso trataba al desaparecido sistema que lo dio de comer. 

En sus últimos años, sin que sus opiniones importaran apenas nada, el anciano y trágico líder postrero de la última utopía del siglo XX se sumergió en la soledad y la melancolía. 

UCRANIA, SEIS MESES: ESTANCAMIENTO Y PERPLEJIDAD

24 de agosto de 2022

Se alcanzan los seis meses de guerra en Ucrania en aparente estancamiento. Los frentes en el este y en el sur apenas se han movido en las últimas semanas. A falta de operaciones bélicas significativas, los defensores han podido efectuar golpes de efecto notable con ataques en la retaguardia rusa, tanto en Crimea como bien adentro del otro lado de la frontera (1). Aún queda por dilucidar si el asesinato de Darya, hija del ideólogo ultranacionalista ruso, Alexander Dugin, ha sido obra de los servicios especiales ucranianos, del FSB ruso o de cualquier organización criminal (2).

Por debajo de este bloqueo bélico salpicado por sobresaltos colaterales crece una inquietante sensación de impotencia diplomática (3). No hay rastro de negociación, más allá de eso que en su día se llamó “la humanización de la guerra”, es decir, hacer más soportable una situación que es insoportable de por sí. Después del acuerdo para reanudar las exportaciones de grano de Ucrania por el puerto de Odessa, muñido por el presidente turco Erdogan como mediador interesado, la ONU ha tomado el relevo para intentar evitar una catástrofe nuclear en la central de Zaporiyia. Se supone que hay contactos muy discretos entre Moscú y Washington con vistas a un intercambio de prisioneros no relacionados directamente con la guerra. Todo lo demás es propaganda.

En Ucrania, hay una efervescencia patriótica alimentada por el relativo éxito de la resistencia, el decisivo apoyo armamentístico occidental (norteamericano, sobre todo) y la audacia de esas operaciones ajenas a los frentes de combate. La celebración del día de la independencia, coincidente con los seis meses de guerra, ha nutrido un tipo de discurso triunfalista en el que importa menos la realidad que la motivación.

En la Rusia oficial, se vive de espaldas a la guerra. A pesar de los 15.000 muertos estimados o la minoración más que notable de su arsenal militar. El verdadero impacto de las sanciones es objeto de debate fuera del país, pero las autoridades se esfuerzan por minimizarlo y contrarrestarlo con medidas inteligentes y, complementariamente, taparlo con las dificultades que se viven en los países europeos, debido a las tensiones energéticas e inflacionistas. La victoria es cuestión de tiempo, según el Kremlin(4).

En Occidente, se aprecia ya un punto de indiferencia por la guerra en sí, debido a la “fatiga de la solidaridad”. Se avizora un “otoño del descontento”, preludio de un “invierno cruel”, si, como se teme, se confirma la recesión en todo el espacio occidental. Pero no hay de momento flojera en los discursos oficiales. 

En Washington, se anuncia, como ‘regalo’ por el 31º cumpleaños de la independencia de Ucrania, el mayor tramo de crédito para reforzar el aparato militar del país: 3 mil millones de dólares adicionales. Ya asciende a 13 mil millones el monto del apoyo norteamericano desde el comienzo de la guerra. Alemania, desde un principio más remisa y ahogada en la perspectiva de una temporada de restricciones energéticas, añade un modesto aporte de 500 millones de dólares. Desde Francia, Macron mantiene a duras penas su doble lenguaje: no cierra las puertas a la negociación, pero alimenta la retórica de resistencia ucraniana. La soflama bélica de la coalición atlantista es cosa de los bálticos y en menor medida de los polacos. A medida que los desplazados vayan regresando a sus hogares, ahora más seguros, aunque en absoluto prósperos, se reducirá la presión solidaria en Polonia.

SIN RUMBO CLARO

Los especialistas no se ponen por completo de acuerdo sobre el rumbo que tomará el conflicto, ni siquiera sobre lo que hay que hacer. FOREIGN AFFAIRS ha publicado en las últimas semanas análisis en los aparecen estas líneas gruesas de divergencia:  

- quienes desean que Ucrania gane esta guerra a toda costa (5);

- los que creen que puede ganarla, al menos parcialmente, siempre que los occidentales hagan sus deberes (6);

- los escépticos ante el optimismo ucraniano y occidental (7);

- los que temen un escenario viable de derrota rusa por el riesgo que ello supondría de respuesta desesperada de Moscú, en forma de represalias contra la población civil o incluso de apertura de la caja de Pandora nuclear (8). 

Los optimistas no aclaran, sin embargo, en que consistiría una ‘victoria ucraniana’. Los maximalistas se alinean con el discurso de Zelensky, que últimamente insiste una y otra vez en que no basta con expulsar a los rusos de las zonas ocupadas estos últimos seis meses, sino que el objetivo es también recuperar Crimea. Otros expertos son menos categóricos en esto último, pero mantienen que el mínimo aceptable es volver al 24 de febrero; para decirlo en términos más tecno-diplomáticos, ‘regresar a Minsk’; o sea, retomar el proceso negociador. Ninguna de las dos posiciones parece probable. El problema es que no se perfila otra iniciativa con mejores perspectivas. 

Los más fríos todavía apuestan por el lento pero seguro efecto corrosivo de las sanciones. Un equipo de la Universidad de Yale ofrecía recientemente una radiografía bastante perturbadora de la economía rusa, basada en los propios datos oficiales de Moscú (9). Por el contrario, otros analistas oponen que Rusia ha sabido encontrar un ecosistema de supervivencia, como antes lo han hecho Cuba, Corea del Norte o Irán, por poner algunos ejemplos (10).

En el mundo en desarrollo o en emergencia, no se comparten los diagnósticos occidentales sobre esta guerra. No por simpatía especial hacia Putin, sino por lo que se percibe como una visión occidental egoísta e hipócrita, que convierte determinadas causas en universales, mientras ignora otras o, peor aún, instiga, favorece y hasta protagoniza actuaciones contrarias a su retórica cuando le interesa. África y Oriente Medio ofrecen ejemplos de ello. Incluso en Asia hay casos evasivos muy significativos, como el de India, que compra ahora más petróleo ruso e ignora las sanciones, o Indonesia, que no ha querido marginar a Rusia de la cita del G20, a celebrar este año. 

Caso aparte es el de China, que no se ha movido sustancialmente de su posición de apoyo político y retórico a Rusia como objeto de presión occidental, pero sin defender explícitamente la invasión de Ucrania y sin vulnerar abiertamente las sanciones. No tanto sutilidad diplomático como ejercicio de ese viejo adagio: con el enemigo de mi adversario hay que comportarse como si fuera un amigo, lo sea o no. 

Así las cosas, casi todo el mundo apuesta por una guerra larga, de trincheras más que de movimientos, de acciones laterales o marginales, de golpes de efecto, a la espera de que el agotamiento favorezca posiciones más sensatas o realistas.


NOTAS

(1) "Six months of hell in Ukraine: how Putin’s crazy war reached deadlock". SHAUN WALKER. THE OBSERVER, 20 de agosto. 

(2) "The global politics of Russia’s notorious nationalist ideologue". ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 23 de agosto.

(3) "Russia, Ukraine, and the decision to negotiate". STEVEN PIFER. BROOKINGS INSTITUTION, 1 de agosto.

(4) "Putin thinks he's winning". TATIANA STANOVAYA (Carnegie Center). THE NEW YORK TIMES, 18 de Julio. 

(5) "It’s Too Soon for a Lasting Diplomatic Settlement". ALINA POLYAKOVA (Universidad John Hopkins)Y DANIEL FRIED (Consejo Atlántico y ex-embajador USA en Polonia); "The Real Key to Victory in Ukraine. Why Sustaining the Fight Is Everything in a War of Attrition". KRISTIN BRATHWAITE (James Madison College) y MARGARITA KONAEV (Center for American Security). FOREIGN AFFAIRS, 8 y 29 de junio.

(6) "A Ukraine Strategy for the Long Haul. The West Needs a Policy to Manage a War That Will Go On". RICHARD HAASS (Council of Foreign Relations). FOREIGN AFFAIRS, 10 de junio.

(7) "Ukraine’s Implausible Theories of Victory. The Fantasy of Russian Defeat and the Case for Diplomacy". BARRY R. POSEN (MIT). FOREIGN AFFAIRS, 8 de Julio.

(8) "Playing With Fire in Ukraine. The Underappreciated Risks of Catastrophic Escalation". JOHN MEARSHEIMER (Universidad de Chicago). FOREIGN AFFAIRS, 17 de Agosto.

(9) "Actually, the Russian Economy Is Imploding". JEFFREY SONNENFELD y STEVE TIAN. (Universidad de Yale). FOREIGN POLICY, 22 de Julio.

(10)"Who’s Winning the Sanctions War? The West has inflicted damage on the Russian economy, but Putin has so far contained those costs. BRUCE W. JENTLESON (Wilson Center y Universidad de Chicago). FOREIGN POLICY, 18 de agosto.


LOS CONFLICTOS EN EL ARCO DE LA CRISIS DEL MUNDO ISLÁMICO

 17 de agosto de 2022

Una nueva era de confrontación entre las grandes potencias ha desplazado del interés mediático los conflictos otrora denominados “de baja intensidad” en el mundo islámico. Se trata del “arco de la crisis”, figura empleada por el que fuera Secretario de Estado de Carter, Cyrus Vance, que él dibujaba desde Marruecos hasta Pakistán. La guerra de Ucrania, ya del todo internacionalizada, se admita o no, y las nuevas tensiones con China, desplazan del primer foco mediático a esa docena, al menos, de conflictos internos, fronterizos, bilaterales o de alcance regional, algunos combinados. Puede ser de interés repasarlos someramente.

En el Magreb, norte de África o África atlántica y mediterránea, se ha abierto de nuevo el riesgo de un rebrote de la guerra en el Sahara, tras el cambio de postura española en favor de un apoyo a la ambigua, indefinida y engañosa propuesta marroquí de una autonomía para el territorio. Los independentistas saharauis no parecen estar sobrados de fuerza para amenazar el control militar de Rabat, pero el reino alauí tampoco se puede permitir otro periodo de inestabilidad en el Sahara. 

Este conflicto ya ha agudizado la rivalidad argelino-marroquí hasta límites peligrosos. Aunque ambos regímenes tratarán de evitar una confrontación mayor, el riesgo estriba en la ausencia de canales de diálogo y en cualquier malentendido o incidente que pueda desatar un choque directo. Francia y España tienen un papel reducido como potenciales mediadores, debido a la desconfianza de Argel.

En Túnez, la deriva autoritaria del Presidente Kais Saïed se afianza tras el referéndum constitucional del mes pasado. A pesar de la baja participación (apenas un 30%), lo que implica un relativo éxito de la campaña de boicot de la oposición, el jefe del Estado ha conseguido formalmente legalizar su giro presidencialista casi absoluto. Muchos de los sectores sociales que lo apoyaron tras su elección, por representar un aparente intento de superar el bloqueo político e imprimir un toque populista a la revolución de 2011, están ahora decepcionados y asustados, en un entorno de agobiante crisis económica. El Ejército es la clave. Pero hasta ahora parece posicionarse en favor del poder fuerte que Saïed pretende consolidar (2).

En Libia, el caos continúa imperando. Dos gobiernos se disputan la legitimidad. Las alianzas de hace unos años se han modificado un tanto, en parte por realineamientos internos, pero también por el diferente grado de presión de las potencias que ejercen presión sobre el país: Egipto, Turquía, los Emiratos o Rusia, con Estados Unidos y Europa en el asiento de atrás. El flujo del petróleo se ha visto interrumpido en algún periodo (3).Los esfuerzos de la ONU han sido inoperantes.

En Egipto, la situación de los derechos humanos ya es pavorosa y la presión económica se asemeja a una bomba de relojería. La represión cimenta el control del Presidente-general Al Sisi tanto o más que en la era de Mubarak. La situación de las cárceles, revelada por recientes informes periodísticos, es terrible (4). El peligro islamista sigue reducido al Sinaí. Pero el malestar social podría favorecer su extensión al resto del país.

Palestina se ha convertido en un gran pudridero. Deterioro de las condiciones de vida, bloqueo sin aparente salida del mal llamado proceso de paz, esclerosis del liderazgo palestino, indiferencia más que impotencia de las potencias occidentales y desesperación creciente de la población. El último episodio de violencia en Gaza refleja el estado actual de las cosas. Israel se siente más seguro que nunca de liquidar a su antojo lo que considera riesgos para su seguridad con la desproporción habitual y mayor impunidad que nunca. La resistencia palestina se divide aún más, incluso entre las fuerzas que no aceptan la vía política negociadora, como Hamas y la Yihad. (5).

Israel se encamina hacia las quintas elecciones en poco más de dos años, sin que se vislumbre la superación del estancamiento político. El primer ministro interino, Yair Lapid, se ha ganado sus oportunas credenciales guerreras este verano en Gaza, algo que podría servirle para intentar neutralizar el discurso belicoso de Netanyahu y reconstruir la híbrida alianza que ha gobernado los últimos meses. Bibi lucha no sólo por su supervivencia política, sino también para escapar del cerco judicial que amenaza con enviarle a prisión o, en el mejor de los casos, inhabilitarlo para los restos (6).

Líbano se hunde en el estancamiento económico y en el inmovilismo político, dos años después de la gigantesca explosión en el puerto de Beirut (7). Ni las presiones de Macron, ni las protestas sociales recurrentes han alterado un pacto político artificial que asegura el reparto de poder entre castas sectarias y grupos de interés. 

Siria asiste a la prolongación de una guerra inacabada. Atrás queda el conflicto total que asoló el país durante una década e hizo perder a la mitad de su población, por fallecimiento, desplazamiento o exilio. Pero continúan focos bélicos en el norte, donde Turquía aspira a consolidar una especie de protectorado para neutralizar a las guerrillas kurdas. Erdogan quiere que Putin le permita hacer las operaciones de limpieza pertinentes, a cambio de ese papel ambivalente que el presidente turco está jugando en la guerra de Ucrania (8). El régimen sirio sigue dependiendo más que nunca de Moscú y Teherán. La filial de Al Qaeda conserva férreamente su enclave en el noroeste y los herederos del Daesh aspiran a restablecerse en zonas desérticas (9).

Irak se instala en la confrontación permanente. A las luchas sectarias que dieron lugar al nacimiento y auge de los extremistas sunníes del Daesh, se unen ahora las agrias disputas entre distintas facciones chiíes. Proiraníes y nacionalistas luchan por controlar el gobierno y las instituciones políticas y de seguridad. Las ocupaciones recientes del Parlamento por los partidarios de Moktada Al-Sadr reflejan el descontrol actual. Vencedor de las elecciones, pero sin mayoría absoluta, el clérigo sempiternamente disidente pretende llevar a su terreno a unas masas descontentas con todos (10). El riesgo de explosión social es altísimo.

Irán está a punto de dotarse de la capacidad nuclear. Biden se ha quedado a mitad de camino entre la negociación y la presión. Parece que, en los últimos días, se han producido avances en Viena. Israel calla y actúa: mata a científicos y prepara actos de sabotaje, con la complicidad, cuando no la cooperación de Washington. A la postre, los israelíes confían en que, incluso si hay acuerdo, éste se convierta en papel mojado y esta o la próxima administración de Estados Unidos se avenga a proporcionar la munición que el estado judío necesita para destruir el operativo nuclear iraní (11).

Yemen se encuentra en estado de tregua, en todo caso precario. No hay indicios de compromisos políticos o de seguridad que permitan concebir esperanzas de acuerdo a largo plazo. El alto el fuego actual se debe al agotamiento temporal de los beligerantes: los rebeldes hutis apoyados por Irán y las fuerzas saudíes y emiratíes que respaldan a un gobierno central que ha dejado de existir, privado de poder real (12).

Afganistán cumple estos días el primer aniversario del regreso de los talibán. A las potencias internacionales les preocupa que el país vuelva a ser santuario de terroristas internacionales. Pero al afgano medio y pobre le laceran otras lacras. El ambiente social es tétrico. La pobreza crece hasta amenazar ya al 97% de la población y el hambre es la realidad cotidiana de la mitad de los ciudadanos. Explican esta catástrofe la destrucción provocada por la guerra, la mala gestión, el aislamiento internacional y el bloqueo de los fondos externos del Estado por parte de Estados Unidos. Un periodista local acaba de hacer un diagnóstico muy realista de la situación (13). En el movimiento talibán ya hay grietas entre los sectores más inmovilistas y los pragmáticos que estarían abiertos a cierta apertura para conseguir un respiro de Occidente. De no abrirse una vía de compromiso, podrían generarse revueltas, de las que podría aprovecharse Jorrasán, filial local del ISIS, mucho más fuerte que Al Qaeda. Tampoco atraviesan por buen momento las relaciones con el vecino y protector/ dominador Pakistán, cuyo nuevo gobierno se ve sacudido por una deuda externa que ya alcanza el 30% del PIB.


NOTAS

(1) ”North Africa’s frozen conflict”. HANNAH RAE ARMSTRONG. FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.

(2) “The end of the Tunisian model”. SARAH YERKES. FOREIGN AFFAIRS, 15 de Agosto; “The major issue in Tunisia remains the ailing economy”. JAKES WALLES. CARNEGIE, 3 de Agosto.

(3) “Libya: crisis watch”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, julio 2022.

(4) “’Slow death’: Egypt’s political prisoners recount horrific conditions”. VIVIAN YEE. THE NEW YORK TIMES, 8 de agosto.

(5) Entrevista con la investigadora Leila Seurat, sobre las diferencias entre Hamas y la Yihad Islámica. LE MONDE, 9 de agosto.

(6) “Israel and Gaza keep up their precarious dance”. NEIL ZILBER e “Israel likely headed to another election: outlining the political battle ahead. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 9 de Agosto y 24 de junio.

(7) “Deux ans après la double explosion au port de Beyrouth, l’enquête toujours entrevée”. LAURE STEPHAN. LE MONDE, 4 de Agosto.

(8) “Erdogan and Putin: complicated relations with mutual benefits. STEVEN ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 11 de Agosto

(9) “Containing a resilient ISIS in Central and North-eastern Syria”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 18 de julio.

(10) “Big Bang in Baghdad?”. MARSIN ALSHAMARY). CARNEGIE, 3 de agosto; “Is Moqtada al-Sadr trying to stage a Jan 6 insurrection in Iraq?”. SIMONA FOLTYN. FOREIGN POLICY, 11 de agosto.

(11) “Iran on the nuclear brink”. ERIC BREWER. FOREIGN AFFAIRS, 17 de junio.

(12) “Yemen. Truce or consequences”. AHMED NAGY. CARNEGIE, 8 de agosto.

(13) “Can the Taliban be contained”. SAAD MOSHENI. FOREIGN AFFAIRS, 16 de agosto.