7 de Diciembre de 2011
Las elecciones legislativas en Rusia han confirmado la derrota y la victoria al mismo tiempo del partido de Putin, Rusia Unida. En unos comicios, perder quince puntos difícilmente permite eludir la sensación de fracaso. Pero, en los tiempos que corren, ¿quién no firmaría hoy en Europa revalidar una mayoría absoluta?
Rusia, claro, no es un país europeo… occidental. El proceso electoral acumula tantas denuncias, críticas y sospechas de fraude, grande y pequeño, abierto y oculto, directo y retorcido, que su legitimidad ha sido puesta en entredicho, con más o menos claridad por distintas cancillerías occidentales. La OSCE, un organismo nacido de la guerra fría –en realidad, de la distensión, del diálogo Este-Oeste, y ahora reconvertido en un cuerpo de observación de buena gobernanza- se ha mostrado con su habitual lenguaje diplomático, poco comprometido, pero al menos inequívoco en la denuncia de falta de neutralidad del Estado, de mecanismos electorales poco transparentes, de favoritismo oficialista abrumador de los medios estatales.
A Putin y a la élite que lo acompaña, protege y secunda le importan poco estas críticas. El presunto fraude le sirve para completar su proyecto de contar con una Duma (Parlamento) bajo control, una vez que, como parece seguro, vuelva a la Jefatura del Estado, en las elecciones de marzo. Para entonces, el actual presidente Medvedev ya habrá vuelto al puesto que él abandona ahora. Tándem, permuta, intercambio en la cúspide visto por los analistas como un síntoma más de la fallida democracia rusa.
UN FUTURO SOMBRÍO
Estos enjuagues más o menos burdos, en cualquier caso, constituyen el problema menor, aunque parezca chocante decirlo. Lo que verdaderamente preocupa, fuera y dentro de Rusia, es el futuro del país, su estabilidad, su sostenibilidad. La fiesta ha terminado. El boom económico y la relativa prosperidad se han agotado.
Algunos analistas occidentales, muy en la línea del catastrofismo habitual sobre el destino del país más grande de la tierra, consideran que Rusia se encamina hacia un desastre económico. Así lo asegura, por ejemplo, Iulia Joffe en un reciente trabajo para FOREIGN POLICY. Las necesidades sociales y, sobre todo, las exigencias de modernización del país no podrán ser cubiertas por la renta de los productos energéticos. Peor aún, las grandes reservas siberianas se agotarán pronto y no hay tecnología ni tiempo para explotar las de Ártico.
En los think-tank y publicaciones especializadas occidentales –anglosajones, sobre todo- se acumulan los análisis sobre el declive ruso. A partir de su demografía alarmante, la más vulnerable del mundo, se suceden las previsiones oscuras. Lilia Shetsova, en FOREIGN AFFAIRS, repasaba hace apenas dos meses la triada crítica de Rusia: el agotamiento del modelo de crecimiento, el descontento social galopante y una corrupción sistémica. Las vastas riquezas del país se antojan insuficientes para conseguir una modernización inaplazable de las infraestructuras, casi las mismas que en tiempos de la URSS. El famoso ‘consenso social’ de la era Putin está agotado: se ensanchan las diferencias entre ricos y pobres (eso también ocurre en Occidente). El malestar social empieza a ser visible. Aumenta la criminalidad, el nacionalismo xenófobo. Las encuestas reflejan la frustración. Se escuchan voces pidiendo cambios profundos. Hay un sabor a revuelta.
Estas circunstancias adversas han provocado el temor de las élites, que se protegen acudiendo a mecanismos habituales: defensa cerrada de privilegios e incremento de los reflejos represivos. Los más favorecidos blindan sus intereses. O los ponen a buen recaudo… fuera del país. En los últimos meses, la evasión de capital supera los 50 mil millones de dólares. La nueva ‘nomenklatura’ manda a sus hijos a estudiar fuera, acumula pisos, rentas, se prepara para un abandono precipitado del país. Dice Shetsova que 150.000 rusos de clase media, intelectuales, tecnócratas, gente formada, ha dejado el país en los últimos tres años.
A los que se quedan les esperan más penurias. El número de rusos que han caído por debajo de la línea oficial de la pobreza se ha incrementado un 10% sólo en lo que va de año. El Estado protector de Putin empieza a diluirse. El deterioro de los servicios públicos es galopante.
Para someter a raya el descontento, deberá reforzarse el control social, más aún de lo que ya se ha ejecutado en los últimos años. El presupuesto del Estado, en un momento en que el dinero es necesario para otras cosas, está lastrado por un coste excesivo en aparatos de seguridad y defensa (casi un 60% del gasto público). Las protestas del Ministro de Economía, escandalosamente públicas, la han apartado del gobierno. Alexei Kudrin es un hombre respetado por los medios económicos. Ahora, Putin y Medvedev buscarán alguien con menos ambiciones para ese puesto. Alguien que sea respetado dentro, pero también fuera, porque Rusia necesita desesperadamente la inversión occidental.
UN SOCIO INCÓMODO DE OCCIDENTE
Para conseguirla, se hace preciso operar algunas rectificaciones en política exterior. En sus últimos años de su primer periodo presidencial, Putin se mostró esquivo, áspero y hasta hostil con Wasghington. Obama le echó una mano, proponiendo una revisión de las bases de la relación bilateral (el famoso ‘reset’). El resultado ha sido poco brillante. Dice la mayoría de los analistas occidentales que los estrategas de los cuerpos de seguridad rusos contaban con el inevitable declive de Occidente y con un polo emergente alternativo al que Rusia podría engancharse para recuperar el esplendor perdido. Esta tesis la sintetiza recientemente Andrew Kuchins, un analista senior del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington, en un artículo para FOREIGN AFFAIRS.
La apuesta no ha resultado muy exitosa, porque existen demasiadas contradicciones en las nuevas alianzas de Moscú. El auge de China es tan abrumador que produce más inquietud que tranquilidad en el Kremlin. La debilidad económica de Rusia no puede permitirse poner una cara demasiado agria a Estados Unidos porque necesita su tecnología para asegurar la modernización de sus vetustas estructuras. Pero ese camino de vuelta no será fácil. Washington exigirá ciertas garantías y, desde luego, apoyo en los escenarios más delicados (Irán, Afganistán) y cierta colaboración para ‘encuadrar’ a China en unas normas de respeto e las reglas del juego.
Afrontar el deterioro económico, el descontento social y mejorar las relaciones con Occidente no podrá hacerse incrementando las políticas represivas. O no debería. De momento, la respuesta a las protestas por los fraudes electorales ha sido dura y poco conciliadora. Parece ser el reflejo autoritario del grupo de ‘Ozero’, la dacha donde se conocieron y trabaron amistad aquellos jóvenes apparatchik de San Petersburgo en los primeros noventa.
Durante años, autoritarismo y pragmatismo se han combinado para rectificar el caótico proceso que siguió al hundimiento de la Unión Soviética. Está por ver si la fórmula puede mantenerse o si las contradicciones, debilidades intrínsecas y problemas abrumadores que soporta ese inmenso país lo arrastran hacia ese escenario sombrío en el que se extienden quizás con excesivo catastrofismo numerosos expertos occidentales.
EL FANTASMA DEL ‘CALIFATO’: SENTIDO Y ALCANCE DE LAS VICTORIAS ISLAMISTAS
1 de diciembre de 2011
El islamismo moderado parece confirmarse como fuerza política dominante en los procesos de cambio político que se están produciendo en el mundo árabe. No debería suponer una sorpresa. Sin embargo, se percibe cierta inquietud en sectores políticos, intelectuales y mediáticos occidentales. En parte, por los mensajes ambiguos de los islamistas sobre sus proyectos políticos. Pero también debido al efecto pernicioso que ha conseguido implantar una información descuidada, en el mejor de los casos, cuando no claramente manipuladora.
Lo cierto es que tendremos una visión más certera de la dimensión, el alcance y la significación de las victorias electorales islamistas en Túnez y Marruecos, y la más que previsible en Egipto, si analizamos caso por caso, aunque no haya motivos para admitir una tendencia global, un factor multiplicador en el proceso en curso. Me concentraré en, Marruecos y Egipto, ya que en un comentario anterior se examinó con detalle el caso tunecino.
MARRUECOS: ¿UN CONTRAPESO A PALACIO?
Los vientos de cambio en Marruecos han resultado más apacibles que en otros países de la zona. Varias son las razones que explicarían esta moderación en el impulso del cambio. No se explica –no del todo, al menos- por el férreo control de la población que ejercen de los aparatos del Estado (algo común en todos los países de la zona); tampoco por la debilidad de los partidos políticos (en Marruecos, muy domeñados, pero con sólidas y veteranas estructuras organizativas); ni siquiera por la falta de liderazgo alternativo (también ha surgido allí un movimiento juvenil, el 20 de febrero, con características similares al tunecino o al egipcio).
Más bien, hay que buscar la explicación en la singularidad del régimen político marroquí. La actitud reverencial de la población ante el monarca, máxima autoridad política, pero también religiosa, reduce o neutraliza ciertos apetitos revoltosos. A ello se une un cinismo muy identificable de la población, quizás por estar más influenciada que otras vecinas por gustos y valores occidentales. El sentido pragmático del marroquí medio (es decir, de las clases populares) le hace bastante inmune a las aventuras políticas.
Esta actitud se refleja en la tasa de participación. La cifra oficial del 45% ha sido interpretada de manera muy diversa. Como señala la investigadora Dafne McCurdy en un interesante trabajo para FOREIGN POLICY, el gobierno ha exagerado su importancia, comparándola con el 37% obtenido en 2007. Pero hay que tener en cuenta que en ese año se registraron para votar dos millones de personas más (15 millones y medio, en total) que este año (sólo 13 millones y medio). En consecuencia, no ha votado más gente ahora. Y ello, a pesar de que, en esta ocasión, se suponía que se inauguraba un nuevo tiempo político, tras los cambios constitucionales refrendados en verano, que reforzaban el poder del Parlamento y de los partidos y disminuían el de la Corona. La participación en 2011 ha sido inferior en más de seis puntos inferior con respecto a 2002 y de doce puntos en relación a 1997. Esto parece indicarnos que el descreimiento hacia el sistema no se ha mitigado por la promesa de un cambio en el que casi nadie cree.
En esas condiciones, el voto preferente, que no mayoritario, a la opción islamista moderada puede interpretarse como un reflejo conservador del electorado. El apoyo obtenido por el Partido de la Justicia y el Desarrollo no ha llegado al 30%, lo que le obligará a forjar un pacto con los nacionalistas de Istiqlal y con otras fuerzas menos oficialistas (dudosos los socialistas, por su recelo de la orientación religiosa del PJD) para poder formar gobierno, en base a los nuevos preceptos constitucionales.
El PJD se ha cuidado muy mucho de moderar su lenguaje. Cauto y ambiguo, como sus correligionarios en Túnez y en Egipto (incluso en Libia, donde apenas si están organizando sus opciones), los islamistas marroquíes han basado su atractivo electoral en su compromiso de lucha contra la corrupción. Su líder, Abdelilah Benkirane, no es un Ahmadineyad precisamente. Fue elegido en 2008 por sus credenciales claramente moderadas y su defensa de un trono fuerte y poderoso. Reemplazó en el liderazgo del partido a Saad Al-Din Al-Uhtami, quien preconizaba la instauración de una monarquía parlamentaria en el país. Benkirane puede ser más o menos próximo a Palacio (amigo del rey, comentan algunos). Pero no ha llegado al punto de integrar a su partido en ese conglomerado de formaciones puramente satélites de Palacio (el llamado G-8).
EGIPTO: UN TEMOR APRESURADO
En Egipto, el complejísimo e interminable sistema electoral (imposible de explicar en estas líneas) hace que tengamos que esperar meses hasta conocer la verdadera composición de la Asamblea Constituyente. Las primeras estimaciones correspondientes a las jornadas electorales de esta semana parecen confirmar el liderazgo del Partido de la Justicia y la Libertad, rama política de los Hermanos Musulmanes.
La Hermandad ha capeado con bastante cautela el rebrote contestatario de las últimas semanas. Primero, se avino a un pacto con los militares (como otras fuerzas liberales, por cierto) para neutralizar a los más exigentes en la Plaza Tahrir. Después, cuando se zanjaron las protestas con violencia gubernamental, se desmarcaron y se mostraron más críticos con la conducción de las Fuerzas Armadas. El empeño de los HHMM consistía en proteger el proceso electoral, en primer lugar, porque se sabían beneficiarios de sus resultados. Pero también porque eran conscientes de que la ‘revolución permanente’ podría precipitar al país en el caos. La famosa frase de uno de los generales de la Junta, ‘Egipto no es sólo la Plaza Tahrir’, es asumida plenamente por los Hermanos.
En ciertos ámbitos de Occidente ya se glosa la islamización de Egipto. De los HHMM se ofrece a menudo una imagen como de lobos vestidos de cordero. Recientemente, en FOREIGN AFFAIRS, Eric Trager les dedicaba un artículo titulado ‘Los inquebrantables Hermanos Musulmanes’, en el que se describía al detalle el riguroso proceso de selección y adoctrinamiento de sus integrantes y se apostaba por el oscuro futuro de un ‘Egipto liberal’, como si eso hubiera existido alguna vez.
En parte, esta apreciación está ampliamente influida por años de ‘islamofobia’ descarada por los ‘neocon’ y por un amplio sector de los medios anglosajones. Y no menos, desde la derecha israelí, por supuesto. Uno de sus medios más potentes, el JERUSALEM POST, publicaba esta semana un análisis que comenzaba así: “Los peores temores acerca de las revueltas árabes parecen confirmarse…Los islamistas están en ascenso”. El comentario venía luego aderezado por el supuesto apoyo de la mayoría de los egipcios a las más estereotipadas fórmulas de la ‘sharia’ (lapidación, pena de muerte, corte de manos…). Lo que no impedía que, en la misma consulta, realizada por el norteamericano PEW RESEARCH CENTER, se mostrara que esa misma mayoría no deseaba un gobierno monocolor de los ‘piadosos’.
Aunque haya una facción más radical, más cercana a los ‘revolucionarios de la plaza’, lo cierto es que el ‘establishment’ de la organización parece tener el proceso bajo control. En declaraciones a DER SPIEGEL, uno de sus portavoces, Mahmud Ghoslan asegura que ellos no se atienen a los modelos iraní o turco, sino que generarán uno propio y desmiente que oculten su agenda: de los nueve miembros del Consejo Supremo, cinco se doctoraron en Universidades norteamericanos –recuerda Ghoslan-, “somos templados y moderados, de mente abierta”.
Añado brevemente que el ‘número dos’ de los HHMM, Ezzan El Eriam, con quien me entrevisté durante dos horas en El Cairo hace unos años, me transmitió la misma impresión de moderación y templanza. Salvando las distancias, no me parece descabellado comparar a estos islamistas (egipcios, marroquíes, tunecinos) con la Democracia Cristiana europea de posguerra.
Lo relevante es que los progresistas egipcios, aunque contrarios a un dominio de la ‘cofadría’, consideran su previsible triunfo como un mal menor. En un interesante artículo para THE INDEPENDENT, el veterano periodista británico Ian Birnell reproduce, a modo de muestra, un comentario de Yara, una joven de la Plaza Tahrir situada en las antípodas de los piadosos dirigentes en ciernes: “No queremos a los Hermanos Musulmanes al mando, pero tampoco los tememos”. Birnell añade que la dependencia del turismo y el ejercicio del poder moderarán los impulsos radicales de los HHMM. Después de todo, “¿en qué se diferencian ellos de la derecha religiosa en América, de esos zelotes del ‘Tea Party’ que intentan imponer sus anticuadas creencias a todos los individuos?”, se pregunta el colega británico.
Por tanto, el temor al ‘califato’, a un viento de pureza religiosa que reduzca derechos y repliegue a las sociedades islámicas a un tiempo oscurantista y opresivo, parece precipitado. La salida islamista parece una respuesta conservadora, de refugio en opciones templadas, más autóctonas, frente al falso modernismo de unos regímenes ‘republicanos’ corrompidos, cleptócratas, imbuidos de un ‘modernismo’ occidental falsario y elitista. El proclamado ‘socialismo árabe’, nacionalista y liberador, se consumió, en la práctica, en un estatalismo ineficaz, depredador, corrupto y derrotado sistemáticamente, dentro y fuera, en las guerras contra el enemigo israelí y en la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo.
El islamismo no es seguramente la solución para las sociedades árabes, y es comprensible por ello el recelo que las tendencias electorales despiertan en medios progresistas occidentales. Pero las propuestas aperturistas, modernistas, participativas, liberales y, si se quiere, ‘revolucionarias’ (‘el espíritu de Tahrir’) necesitarán mucho más que proclamas bienintencionadas y campañas cibernéticas para prender en el ánimo de unas masas árabes profundamente escépticas.
El islamismo moderado parece confirmarse como fuerza política dominante en los procesos de cambio político que se están produciendo en el mundo árabe. No debería suponer una sorpresa. Sin embargo, se percibe cierta inquietud en sectores políticos, intelectuales y mediáticos occidentales. En parte, por los mensajes ambiguos de los islamistas sobre sus proyectos políticos. Pero también debido al efecto pernicioso que ha conseguido implantar una información descuidada, en el mejor de los casos, cuando no claramente manipuladora.
Lo cierto es que tendremos una visión más certera de la dimensión, el alcance y la significación de las victorias electorales islamistas en Túnez y Marruecos, y la más que previsible en Egipto, si analizamos caso por caso, aunque no haya motivos para admitir una tendencia global, un factor multiplicador en el proceso en curso. Me concentraré en, Marruecos y Egipto, ya que en un comentario anterior se examinó con detalle el caso tunecino.
MARRUECOS: ¿UN CONTRAPESO A PALACIO?
Los vientos de cambio en Marruecos han resultado más apacibles que en otros países de la zona. Varias son las razones que explicarían esta moderación en el impulso del cambio. No se explica –no del todo, al menos- por el férreo control de la población que ejercen de los aparatos del Estado (algo común en todos los países de la zona); tampoco por la debilidad de los partidos políticos (en Marruecos, muy domeñados, pero con sólidas y veteranas estructuras organizativas); ni siquiera por la falta de liderazgo alternativo (también ha surgido allí un movimiento juvenil, el 20 de febrero, con características similares al tunecino o al egipcio).
Más bien, hay que buscar la explicación en la singularidad del régimen político marroquí. La actitud reverencial de la población ante el monarca, máxima autoridad política, pero también religiosa, reduce o neutraliza ciertos apetitos revoltosos. A ello se une un cinismo muy identificable de la población, quizás por estar más influenciada que otras vecinas por gustos y valores occidentales. El sentido pragmático del marroquí medio (es decir, de las clases populares) le hace bastante inmune a las aventuras políticas.
Esta actitud se refleja en la tasa de participación. La cifra oficial del 45% ha sido interpretada de manera muy diversa. Como señala la investigadora Dafne McCurdy en un interesante trabajo para FOREIGN POLICY, el gobierno ha exagerado su importancia, comparándola con el 37% obtenido en 2007. Pero hay que tener en cuenta que en ese año se registraron para votar dos millones de personas más (15 millones y medio, en total) que este año (sólo 13 millones y medio). En consecuencia, no ha votado más gente ahora. Y ello, a pesar de que, en esta ocasión, se suponía que se inauguraba un nuevo tiempo político, tras los cambios constitucionales refrendados en verano, que reforzaban el poder del Parlamento y de los partidos y disminuían el de la Corona. La participación en 2011 ha sido inferior en más de seis puntos inferior con respecto a 2002 y de doce puntos en relación a 1997. Esto parece indicarnos que el descreimiento hacia el sistema no se ha mitigado por la promesa de un cambio en el que casi nadie cree.
En esas condiciones, el voto preferente, que no mayoritario, a la opción islamista moderada puede interpretarse como un reflejo conservador del electorado. El apoyo obtenido por el Partido de la Justicia y el Desarrollo no ha llegado al 30%, lo que le obligará a forjar un pacto con los nacionalistas de Istiqlal y con otras fuerzas menos oficialistas (dudosos los socialistas, por su recelo de la orientación religiosa del PJD) para poder formar gobierno, en base a los nuevos preceptos constitucionales.
El PJD se ha cuidado muy mucho de moderar su lenguaje. Cauto y ambiguo, como sus correligionarios en Túnez y en Egipto (incluso en Libia, donde apenas si están organizando sus opciones), los islamistas marroquíes han basado su atractivo electoral en su compromiso de lucha contra la corrupción. Su líder, Abdelilah Benkirane, no es un Ahmadineyad precisamente. Fue elegido en 2008 por sus credenciales claramente moderadas y su defensa de un trono fuerte y poderoso. Reemplazó en el liderazgo del partido a Saad Al-Din Al-Uhtami, quien preconizaba la instauración de una monarquía parlamentaria en el país. Benkirane puede ser más o menos próximo a Palacio (amigo del rey, comentan algunos). Pero no ha llegado al punto de integrar a su partido en ese conglomerado de formaciones puramente satélites de Palacio (el llamado G-8).
EGIPTO: UN TEMOR APRESURADO
En Egipto, el complejísimo e interminable sistema electoral (imposible de explicar en estas líneas) hace que tengamos que esperar meses hasta conocer la verdadera composición de la Asamblea Constituyente. Las primeras estimaciones correspondientes a las jornadas electorales de esta semana parecen confirmar el liderazgo del Partido de la Justicia y la Libertad, rama política de los Hermanos Musulmanes.
La Hermandad ha capeado con bastante cautela el rebrote contestatario de las últimas semanas. Primero, se avino a un pacto con los militares (como otras fuerzas liberales, por cierto) para neutralizar a los más exigentes en la Plaza Tahrir. Después, cuando se zanjaron las protestas con violencia gubernamental, se desmarcaron y se mostraron más críticos con la conducción de las Fuerzas Armadas. El empeño de los HHMM consistía en proteger el proceso electoral, en primer lugar, porque se sabían beneficiarios de sus resultados. Pero también porque eran conscientes de que la ‘revolución permanente’ podría precipitar al país en el caos. La famosa frase de uno de los generales de la Junta, ‘Egipto no es sólo la Plaza Tahrir’, es asumida plenamente por los Hermanos.
En ciertos ámbitos de Occidente ya se glosa la islamización de Egipto. De los HHMM se ofrece a menudo una imagen como de lobos vestidos de cordero. Recientemente, en FOREIGN AFFAIRS, Eric Trager les dedicaba un artículo titulado ‘Los inquebrantables Hermanos Musulmanes’, en el que se describía al detalle el riguroso proceso de selección y adoctrinamiento de sus integrantes y se apostaba por el oscuro futuro de un ‘Egipto liberal’, como si eso hubiera existido alguna vez.
En parte, esta apreciación está ampliamente influida por años de ‘islamofobia’ descarada por los ‘neocon’ y por un amplio sector de los medios anglosajones. Y no menos, desde la derecha israelí, por supuesto. Uno de sus medios más potentes, el JERUSALEM POST, publicaba esta semana un análisis que comenzaba así: “Los peores temores acerca de las revueltas árabes parecen confirmarse…Los islamistas están en ascenso”. El comentario venía luego aderezado por el supuesto apoyo de la mayoría de los egipcios a las más estereotipadas fórmulas de la ‘sharia’ (lapidación, pena de muerte, corte de manos…). Lo que no impedía que, en la misma consulta, realizada por el norteamericano PEW RESEARCH CENTER, se mostrara que esa misma mayoría no deseaba un gobierno monocolor de los ‘piadosos’.
Aunque haya una facción más radical, más cercana a los ‘revolucionarios de la plaza’, lo cierto es que el ‘establishment’ de la organización parece tener el proceso bajo control. En declaraciones a DER SPIEGEL, uno de sus portavoces, Mahmud Ghoslan asegura que ellos no se atienen a los modelos iraní o turco, sino que generarán uno propio y desmiente que oculten su agenda: de los nueve miembros del Consejo Supremo, cinco se doctoraron en Universidades norteamericanos –recuerda Ghoslan-, “somos templados y moderados, de mente abierta”.
Añado brevemente que el ‘número dos’ de los HHMM, Ezzan El Eriam, con quien me entrevisté durante dos horas en El Cairo hace unos años, me transmitió la misma impresión de moderación y templanza. Salvando las distancias, no me parece descabellado comparar a estos islamistas (egipcios, marroquíes, tunecinos) con la Democracia Cristiana europea de posguerra.
Lo relevante es que los progresistas egipcios, aunque contrarios a un dominio de la ‘cofadría’, consideran su previsible triunfo como un mal menor. En un interesante artículo para THE INDEPENDENT, el veterano periodista británico Ian Birnell reproduce, a modo de muestra, un comentario de Yara, una joven de la Plaza Tahrir situada en las antípodas de los piadosos dirigentes en ciernes: “No queremos a los Hermanos Musulmanes al mando, pero tampoco los tememos”. Birnell añade que la dependencia del turismo y el ejercicio del poder moderarán los impulsos radicales de los HHMM. Después de todo, “¿en qué se diferencian ellos de la derecha religiosa en América, de esos zelotes del ‘Tea Party’ que intentan imponer sus anticuadas creencias a todos los individuos?”, se pregunta el colega británico.
Por tanto, el temor al ‘califato’, a un viento de pureza religiosa que reduzca derechos y repliegue a las sociedades islámicas a un tiempo oscurantista y opresivo, parece precipitado. La salida islamista parece una respuesta conservadora, de refugio en opciones templadas, más autóctonas, frente al falso modernismo de unos regímenes ‘republicanos’ corrompidos, cleptócratas, imbuidos de un ‘modernismo’ occidental falsario y elitista. El proclamado ‘socialismo árabe’, nacionalista y liberador, se consumió, en la práctica, en un estatalismo ineficaz, depredador, corrupto y derrotado sistemáticamente, dentro y fuera, en las guerras contra el enemigo israelí y en la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo.
El islamismo no es seguramente la solución para las sociedades árabes, y es comprensible por ello el recelo que las tendencias electorales despiertan en medios progresistas occidentales. Pero las propuestas aperturistas, modernistas, participativas, liberales y, si se quiere, ‘revolucionarias’ (‘el espíritu de Tahrir’) necesitarán mucho más que proclamas bienintencionadas y campañas cibernéticas para prender en el ánimo de unas masas árabes profundamente escépticas.
OBAMA: PASO AL FRENTE EN ASIA
24 de noviembre de 2011
No es previsible que la política exterior tenga un gran peso en las elecciones del año próximo en los Estados Unidos. El desempleo, la crisis económica, el papel del Estado de los servicios público y el manido asunto de los values (valores) dominarán seguramente la campaña y determinarán el resultado.
No obstante, hay asuntos de política exterior que tiene una repercusión económica directa y contundente. Quizás el caso más claro, el que mejor percibe la opinión pública norteamericana, es el de las relaciones con China. En sus tres años de mandato, desde distintas latitudes políticas, se ha percibido como blanda, vacilante o desconcertada la actitud de Obama hacia la gran potencia emergente. Durante su reciente gira asiática, el presidente estadounidense ha escenificado un giro o, al menos, ha emitido un mensaje claro: está en marcha, y públicamente, una estrategia de contención y compromiso hacia Pekín.
REFUERZO DE LA PRESENCIA MILITAR
El primer pilar es el refuerzo de la presencia militar en la zona. Estados Unidos parece decidido a reforzar su presencia naval en el Pacífico, donde es una potencia innegable, y de donde nunca se ha retirado, aunque se haya hecho menos visible en las últimas décadas. El primer paso es el anuncio del envío de 2.500 marines a la base australiana de Darwin, un enclave estratégico desde el que se vigilará el despliegue aeronaval de Pekín en el llamado Mar del sur de China, una región marítima objeto de serias dispuestas entre varias potencias ribereñas (la propia China, Filipinas, Vietnam).
Obama anunció esta decisión ante el Parlamento australiano, en vísperas de reunirse con sus socios estratégicos asiáticos en Indonesia, en la cita anual de la ASEAN, en la que también estaba presente China, por supuesto. Aunque la medida sea muy discreta, lo importante es el camino que indica, según algunos analistas. En efecto, Obama aseguró también que los recortes previstos en el presupuesto del Pentágono (400 mil millones de dólares en los próximos diez años) no afectarían a la solidez de la seguridad asiática. De esta forma, el presidente confirmó lo que algunos de sus colaboradores ya venían apuntando desde hace tiempo: Asia será la prioridad estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Hillary Clinton fijó doctrina en un reciente artículo en Foreign Policy; el Secretario de Defensa, Leon Panetta, se ha referido en tono abiertamente crítico a la "falta de transparencia" del presupuesto militar y del despliegue operativo de China; y, finalmente, Thomas Donillon, el Consejero de Seguridad Nacional, anunció el necesario 'reequilibrio del énfasis estratégico' de Estados Unidos, una vez que se liquiden las operaciones militares en Irak y Afganistán.
HACIA EL PRIMER ESPACIO ECONÓMICO MUNDIAL
El segundo pilar es el económico. Si Estados Unidos quiere afirmar y reforzar su presencia militar es porque necesitar asegurar el gran espacio económico, comercial y financiero del futuro (ya presente, en realidad). Esa zona disputada del Mar de China constituye el escenario fundamental de las rutas mercantiles regionales. El valor del comercio que transita por esas aguas supera los 5 billones de dólares, la tercer parte de los cuales atribuibles a transacciones norteamericanas.
Pero, además, resulta de capital importancia para Estados Unidos 'estabilizar' la zona para asegurar el gran proyecto estratégico asiático de Washington: el 'TransPacific Partnership'; es decir, la gran zona de libre comercio del Pacífico. De momento, China no está incluida en este club, en tanto no 'cumpla' ciertas normas 'liberales' de comportamiento económico, comercial y monetario.
UNA COALICION REGIONAL FRENTE A PEKIN
El tercer pilar es el diplomático. Más allá de la disuasión militar, esta apuesta de Washington tiene un significado político. Obama envía, por fin, lo que muchos de sus socios asiáticos le reclamaban con ansiedad desde su llegada a la Casa Blanca: un pronunciamiento claro de firmeza frente a Pekín. Hasta ahora, la política de la Casa Blanca se percibía entre sus aliados como excesivamente apaciguadora. A esta percepción han contribuido notablemente los 'halcones' republicanos. Sea como fuere, la administración norteamericana se ha embarcado en una intensa campaña diplomática. Durante la reciente gira asiática, Obama hizo algo que a Pekín no debió gustar en absoluto: defender un enfoque multilateral para abordar las disputas marítimas regionales. Los chinos han insistido en tratar con cada país los diferendos concretos; de esta forma, su capacidad de presión es más fuerte.
Lo más llamativo, en todo caso, es el anuncio del establecimiento de vínculos con Myanmar (Birmania). El régimen militar ha adoptado algunas medidas de apertura, desde la designación del general Thein Sein como nuevo presidente del país. La propia oposición birmana, con la emblemática Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi a la cabeza, ha considerado alentadoras la evolución del régimen y se dispone a participar en el juego político. Obama se apresuró a tomar el testigo y anunció la próxima visita de la Secretaria Clinton a Rangún, aunque se cuidó de advertir que las autoridades birmanas debían dar muchos pasos todavía para alcanzar la democracia y el respeto de los derechos humanos.
Este maniobra de acercamiento a Myanmar también está relacionada con la política de firmeza hacia China, porque el régimen militar birmano pasa por ser uno de los principales aliados regionales de Pekín. No obstante, en los últimos tiempos se ha percibido en la región y en Occidente ciertas fricciones entre los dos países. El proyecto de construcción de una prensa en Myanmar puso en evidencia estas discrepancias. De hecho, hay quien asegura que en la apertura del régimen pesa más la búsqueda de nuevos aliados que un deseo democratizador.
Desde China, este giro norteamericano ha sido recibido con la habitual duplicidad. Lenguaje duro y desafiante en alguno de los medios oficiales (el Global Times, portavoz oficioso en política exterior, denunció maniobras dañinas e intento de arrinconar a China). En cambio, en la cumbre de la ASEAN, el primer ministro Wen Jiabao optó por un tono evasivo, moderado y elegante, muy en su línea, ya que pasa por ser el líder más reformista de la cúpula china. Aunque rehusó entrar en el fondo de la cuestión, se abstuvo de defender los puntos de vista oficiales más polémicos.
En definitiva, Estados Unidos oficializa esta 'nueva fase' de su política asiática, inaugura un tono público más firme con Pekín, contención sin renunciar al compromiso de incorporar a China al concierto internacional, y reafirma su condición de líder regional, en un nuevo 'balance estratégico'.
No es previsible que la política exterior tenga un gran peso en las elecciones del año próximo en los Estados Unidos. El desempleo, la crisis económica, el papel del Estado de los servicios público y el manido asunto de los values (valores) dominarán seguramente la campaña y determinarán el resultado.
No obstante, hay asuntos de política exterior que tiene una repercusión económica directa y contundente. Quizás el caso más claro, el que mejor percibe la opinión pública norteamericana, es el de las relaciones con China. En sus tres años de mandato, desde distintas latitudes políticas, se ha percibido como blanda, vacilante o desconcertada la actitud de Obama hacia la gran potencia emergente. Durante su reciente gira asiática, el presidente estadounidense ha escenificado un giro o, al menos, ha emitido un mensaje claro: está en marcha, y públicamente, una estrategia de contención y compromiso hacia Pekín.
REFUERZO DE LA PRESENCIA MILITAR
El primer pilar es el refuerzo de la presencia militar en la zona. Estados Unidos parece decidido a reforzar su presencia naval en el Pacífico, donde es una potencia innegable, y de donde nunca se ha retirado, aunque se haya hecho menos visible en las últimas décadas. El primer paso es el anuncio del envío de 2.500 marines a la base australiana de Darwin, un enclave estratégico desde el que se vigilará el despliegue aeronaval de Pekín en el llamado Mar del sur de China, una región marítima objeto de serias dispuestas entre varias potencias ribereñas (la propia China, Filipinas, Vietnam).
Obama anunció esta decisión ante el Parlamento australiano, en vísperas de reunirse con sus socios estratégicos asiáticos en Indonesia, en la cita anual de la ASEAN, en la que también estaba presente China, por supuesto. Aunque la medida sea muy discreta, lo importante es el camino que indica, según algunos analistas. En efecto, Obama aseguró también que los recortes previstos en el presupuesto del Pentágono (400 mil millones de dólares en los próximos diez años) no afectarían a la solidez de la seguridad asiática. De esta forma, el presidente confirmó lo que algunos de sus colaboradores ya venían apuntando desde hace tiempo: Asia será la prioridad estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Hillary Clinton fijó doctrina en un reciente artículo en Foreign Policy; el Secretario de Defensa, Leon Panetta, se ha referido en tono abiertamente crítico a la "falta de transparencia" del presupuesto militar y del despliegue operativo de China; y, finalmente, Thomas Donillon, el Consejero de Seguridad Nacional, anunció el necesario 'reequilibrio del énfasis estratégico' de Estados Unidos, una vez que se liquiden las operaciones militares en Irak y Afganistán.
HACIA EL PRIMER ESPACIO ECONÓMICO MUNDIAL
El segundo pilar es el económico. Si Estados Unidos quiere afirmar y reforzar su presencia militar es porque necesitar asegurar el gran espacio económico, comercial y financiero del futuro (ya presente, en realidad). Esa zona disputada del Mar de China constituye el escenario fundamental de las rutas mercantiles regionales. El valor del comercio que transita por esas aguas supera los 5 billones de dólares, la tercer parte de los cuales atribuibles a transacciones norteamericanas.
Pero, además, resulta de capital importancia para Estados Unidos 'estabilizar' la zona para asegurar el gran proyecto estratégico asiático de Washington: el 'TransPacific Partnership'; es decir, la gran zona de libre comercio del Pacífico. De momento, China no está incluida en este club, en tanto no 'cumpla' ciertas normas 'liberales' de comportamiento económico, comercial y monetario.
UNA COALICION REGIONAL FRENTE A PEKIN
El tercer pilar es el diplomático. Más allá de la disuasión militar, esta apuesta de Washington tiene un significado político. Obama envía, por fin, lo que muchos de sus socios asiáticos le reclamaban con ansiedad desde su llegada a la Casa Blanca: un pronunciamiento claro de firmeza frente a Pekín. Hasta ahora, la política de la Casa Blanca se percibía entre sus aliados como excesivamente apaciguadora. A esta percepción han contribuido notablemente los 'halcones' republicanos. Sea como fuere, la administración norteamericana se ha embarcado en una intensa campaña diplomática. Durante la reciente gira asiática, Obama hizo algo que a Pekín no debió gustar en absoluto: defender un enfoque multilateral para abordar las disputas marítimas regionales. Los chinos han insistido en tratar con cada país los diferendos concretos; de esta forma, su capacidad de presión es más fuerte.
Lo más llamativo, en todo caso, es el anuncio del establecimiento de vínculos con Myanmar (Birmania). El régimen militar ha adoptado algunas medidas de apertura, desde la designación del general Thein Sein como nuevo presidente del país. La propia oposición birmana, con la emblemática Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi a la cabeza, ha considerado alentadoras la evolución del régimen y se dispone a participar en el juego político. Obama se apresuró a tomar el testigo y anunció la próxima visita de la Secretaria Clinton a Rangún, aunque se cuidó de advertir que las autoridades birmanas debían dar muchos pasos todavía para alcanzar la democracia y el respeto de los derechos humanos.
Este maniobra de acercamiento a Myanmar también está relacionada con la política de firmeza hacia China, porque el régimen militar birmano pasa por ser uno de los principales aliados regionales de Pekín. No obstante, en los últimos tiempos se ha percibido en la región y en Occidente ciertas fricciones entre los dos países. El proyecto de construcción de una prensa en Myanmar puso en evidencia estas discrepancias. De hecho, hay quien asegura que en la apertura del régimen pesa más la búsqueda de nuevos aliados que un deseo democratizador.
Desde China, este giro norteamericano ha sido recibido con la habitual duplicidad. Lenguaje duro y desafiante en alguno de los medios oficiales (el Global Times, portavoz oficioso en política exterior, denunció maniobras dañinas e intento de arrinconar a China). En cambio, en la cumbre de la ASEAN, el primer ministro Wen Jiabao optó por un tono evasivo, moderado y elegante, muy en su línea, ya que pasa por ser el líder más reformista de la cúpula china. Aunque rehusó entrar en el fondo de la cuestión, se abstuvo de defender los puntos de vista oficiales más polémicos.
En definitiva, Estados Unidos oficializa esta 'nueva fase' de su política asiática, inaugura un tono público más firme con Pekín, contención sin renunciar al compromiso de incorporar a China al concierto internacional, y reafirma su condición de líder regional, en un nuevo 'balance estratégico'.
EL ESPEJISMO EUROPEO
17 de noviembre de 2011
En medio del naufragio, gobiernos, parlamentos, representantes políticos, portavoces mediáticos y líderes sociales europeos persiguen desesperadamente fórmulas no ya para acabar con la crisis, sino, en el mejor de los casos, para suavizarla y/o acortarla. Lo cual no quiere decir que se detecte pluralismo en el debate. Salvo desde posiciones muy minoritarias, se impone una suerte de 'pensamiento único', el mismo que alentó, estructuró intelectualmente, y ahora pretende justificar y escamotear escandalosamente las causas y efectos de la crisis.
LA 'SOLUCION' TECNÓCRATA
Sorprende el entusiasmo -o al menos el alivio- que ha provocado la instauración de sendos gobiernos 'tecnocráticos' en Grecia e Italia. Quizás sea la desesperación o el rechazo a lo conocido, pero ha bastado con conocer la identidad de los dos nuevos 'capitanes' para sembrar semillas de 'esperanza'. Se ensalzan los perfiles de Papademos y Monti, se enfatiza su competencia, se destaca su 'apoliticismo' (por así decirlo). En cambio, se silencia o se aplica sordina a otros rasgos inquietantes. En el caso de Monti, el más laureado, se pasa por alto su trayectoria profesional en defensa de políticas claramente responsables del desaguisado. ¿Qué confianza merece el hombre que actuó de 'conseguidor' de Goldman Sachs en Europa? LE MONDE, en su perfil actualizado del nuevo jefe del gobierno italiano, recuerda esta línea de su curriculum pero elude valorarla, sumándose al tono positivo general.
Desde otra sensibilidad mediática, declaradamente liberal, el semanario británico THE ECONOMIST afirma en su último comentario editorial que los tecnócratas pueden ser buenos para determinar medidas financieras, sostenibilidad de la deuda y tipos de esfuerzos a realizar. Pero matiza: "no lo son tanto a la hora de establecer cómo debe ser distribuido ese esfuerzo, si se debe elevar impuestos o recortar prestaciones a uno u otro sector social (...) Ésas son cuestiones políticas, no técnicas. Y no dejarán de serlo porque se nombre primer ministro a un tecnócrata".
Más allá de las virtudes y capacitaciones personales, lo cierto es que los que deciden o los dueños del 'relato de la crisis' se empeñan en afirmar que las cosas empiezan a encauzarse. Ojalá. Pero debe permitirse serias dudas al respecto.
Entre las mayores preocupaciones recurrentes durante la gestión política de la crisis, se encuentra el deseo -la ansiedad, podríamos decir- de 'salvar' el proyecto europeo. Lo que, en primer término, y en este momento de la película, equivale a reflotar el euro. Algunos economistas reputados sobre cuya competencia no cabe albergar muchas dudas, impugnan esta visión. No sólo los archileídos y respetados 'nobeles' Krugman o Stiglitz. Otros más 'neutros' o incluso ortodoxos, más apegados a la ideología neoliberal, o 'social-liberal' están empezando a cuestionarse ciertos dogmas vigentes desde los ochenta.
Pero no parece que estas críticas, dudas o revisiones vayan a hacer zozobrar la mano de hierro que conduce el timón europeo. Estos días, se debate con fruición imprecisas propuestas de cambios legislativos y jurídicos para evitar, prevenir o, eventualmente, sancionar a 'incumplidores'.
LA RECETA ALEMANA
Alemania encabeza ese esfuerzo. La canciller Merkel, obligada a ciertas concesiones para evitar una catástrofe en Grecia, parece escarmentada y quiere asegurarse de que no volverá a ser colocada ante un dilema indeseable. Lo hace por convicción, sin duda, forjada en su tardía militancia anticomunista y en su rigurosa formación luterana. Pero también empujada por sus urgencias electorales. Los democristianos alemanes encadenan siete derrotas electorales regionales, sus socios liberales se derrumban y la perspectiva de la pérdida del poder federal, como puro castigo, resulta inquietamente real.
Hay en Alemania un convencimiento obstinado en que la culpa de todo esto la tienen los gobiernos 'gastones' europeos (del sur, principalmente) y sus sociedades irresponsables o ligeras de costumbres. No toleran que mientras ellos, los alemanes, han hecho sacrificios y se han ajustado a consumir conforme a sus posibilidades, los demás han dado rienda suelta a sus caprichos y excesos. Algo de razón pueden tener. Pero tienden a cerrar los ojos ante la realidad de la aparente prosperidad alemana. El crecimiento germano se basa en la fortaleza de su sector exportador, algo que no se ha construido durante ni en los años inmediatos a la crisis, sino en décadas. Y, por cierto, con base no sólo en el esfuerzo propio sino en la generosidad ajena durante los años de la reconstrucción de posguerra.
Alemania ha sido 'generosa' con muchos países europeos, porque, entre otras cosas, el desarrollo de esos a los que ha contribuido a ayudar garantizaba la fortaleza de su economía, la fidelización de sus mercados para sus productos manufacturados y de alto valor añadido.
Francia se pega a la rueda alemana, como los ciclistas que no confían demasiado en sus fuerzas y esperan ser 'llevados' a meta sin quedar descolgados. El presidente Sarkozy está obsesionado con no separarse de la 'locomotora alemana'. De ahí que se haya rescatado la tesis del 'directorio europeo' comandado por el famoso eje París-Berlín, para escenificar una carrera con el pelotón partido (o sea: la Europa a varias velocidades). Pero lo cierto es que Sarkozy hace virtud de la necesidad: no puede ocultar, entre otras cosas, que el naufragio transalpino amenaza seriamente la estabilidad de los bancos franceses, muy comprometidos por la deuda italiana.
En otras instancias y capitales europeas, las presiones alemanas y la ansiedad francesa han provocado alarma. Se escuchan reproches y admoniciones más o menos elegantes. Bruselas se ha convertido en un hervidero de cabildeos y cenáculos de unos países y otros: los de la locomotora, todos los del euro, los más solventes del euro, los ajenos al euro. Más que fracturas ideológicas o políticas, hay puras posiciones de poder... o de debilidad.
Con la reforma del Tratado de Lisboa, recién estrenado, Merkel pretende blindar el proyecto europeo, aplicando esa máxima comunitaria de que 'Europa avanza a golpe de crisis'. Este pretendido axioma se instauró en los noventa, cuando otras turbulencias financieras y monetarias pusieron en jaque la integración europea y generó dudas y debilidades políticas notables. Entonces, Alemania arrostró gran parte de la responsabilidad por las dificultares que se autoimpuso al forzar una unificación precipitada y altamente gravosa, de la que toda Europa se resintió. No más, desde luego, que la propiedad sociedad alemana, por mucho entusiasmo que el 'reencuentro' provocara en la mayoría de los ciudadanos.
¿OBSTINACIÓN O DESIGNIO?
Se antoja como manifestaciones del gran espejismo europeo las supuestas 'soluciones clásicas': el rigor (para la mayoría), la austeridad (selectiva), el temor a la amenaza fantasma de la inflación (inexistente), el anatema del gasto público (inversión social), la demonización de la deuda (la pública), la persistencia en la desregulación (laboral, financiera, etc.). O ahora, después del desaguisado, la debilidad en el control de las finanzas y la ausencia de sanciones contundentes de las prácticas directamente o indirectamente delictivas. Se persiste en atar el proyecto de integración europea a los grandes intereses económicos con escasa atención a las necesidades y aspiraciones sociales.
No es posible que opciones descaradamente ideológicas -y hasta cargadas de cierto fanatismo- se presenten como recetas puramente técnicas. Que, como tales, sólo deben (y ahora pueden) ser aplicadas por técnicos. Eso sí, todos ellos investidos de un sacerdocio coloreado con los matices extraídos de la paleta que ha ennegrecido el panorama social europeo todos estos años. ¿Es obstinación, rigidez? ¿O todo obedece a un designio cuidadosamente programado?
Hay otra dimensión de este espejismo europeo: el considerar que los ciudadanos de los países miembros quieren más Europa, una casa común, un proyecto federal o confederal. Se citan encuestas, por supuesto. Pero la crisis ha dejado claro que el vigor de los estados-nación persiste y que la solidaridad intereuropea no estaba tan madura como se proclamaba con la mejor intención. En las distintas posiciones observadas durante las últimas semanas por unos y otros se percibe más la ansiedad por salvar los muebles propios que por preservar el edificio común.
En medio del naufragio, gobiernos, parlamentos, representantes políticos, portavoces mediáticos y líderes sociales europeos persiguen desesperadamente fórmulas no ya para acabar con la crisis, sino, en el mejor de los casos, para suavizarla y/o acortarla. Lo cual no quiere decir que se detecte pluralismo en el debate. Salvo desde posiciones muy minoritarias, se impone una suerte de 'pensamiento único', el mismo que alentó, estructuró intelectualmente, y ahora pretende justificar y escamotear escandalosamente las causas y efectos de la crisis.
LA 'SOLUCION' TECNÓCRATA
Sorprende el entusiasmo -o al menos el alivio- que ha provocado la instauración de sendos gobiernos 'tecnocráticos' en Grecia e Italia. Quizás sea la desesperación o el rechazo a lo conocido, pero ha bastado con conocer la identidad de los dos nuevos 'capitanes' para sembrar semillas de 'esperanza'. Se ensalzan los perfiles de Papademos y Monti, se enfatiza su competencia, se destaca su 'apoliticismo' (por así decirlo). En cambio, se silencia o se aplica sordina a otros rasgos inquietantes. En el caso de Monti, el más laureado, se pasa por alto su trayectoria profesional en defensa de políticas claramente responsables del desaguisado. ¿Qué confianza merece el hombre que actuó de 'conseguidor' de Goldman Sachs en Europa? LE MONDE, en su perfil actualizado del nuevo jefe del gobierno italiano, recuerda esta línea de su curriculum pero elude valorarla, sumándose al tono positivo general.
Desde otra sensibilidad mediática, declaradamente liberal, el semanario británico THE ECONOMIST afirma en su último comentario editorial que los tecnócratas pueden ser buenos para determinar medidas financieras, sostenibilidad de la deuda y tipos de esfuerzos a realizar. Pero matiza: "no lo son tanto a la hora de establecer cómo debe ser distribuido ese esfuerzo, si se debe elevar impuestos o recortar prestaciones a uno u otro sector social (...) Ésas son cuestiones políticas, no técnicas. Y no dejarán de serlo porque se nombre primer ministro a un tecnócrata".
Más allá de las virtudes y capacitaciones personales, lo cierto es que los que deciden o los dueños del 'relato de la crisis' se empeñan en afirmar que las cosas empiezan a encauzarse. Ojalá. Pero debe permitirse serias dudas al respecto.
Entre las mayores preocupaciones recurrentes durante la gestión política de la crisis, se encuentra el deseo -la ansiedad, podríamos decir- de 'salvar' el proyecto europeo. Lo que, en primer término, y en este momento de la película, equivale a reflotar el euro. Algunos economistas reputados sobre cuya competencia no cabe albergar muchas dudas, impugnan esta visión. No sólo los archileídos y respetados 'nobeles' Krugman o Stiglitz. Otros más 'neutros' o incluso ortodoxos, más apegados a la ideología neoliberal, o 'social-liberal' están empezando a cuestionarse ciertos dogmas vigentes desde los ochenta.
Pero no parece que estas críticas, dudas o revisiones vayan a hacer zozobrar la mano de hierro que conduce el timón europeo. Estos días, se debate con fruición imprecisas propuestas de cambios legislativos y jurídicos para evitar, prevenir o, eventualmente, sancionar a 'incumplidores'.
LA RECETA ALEMANA
Alemania encabeza ese esfuerzo. La canciller Merkel, obligada a ciertas concesiones para evitar una catástrofe en Grecia, parece escarmentada y quiere asegurarse de que no volverá a ser colocada ante un dilema indeseable. Lo hace por convicción, sin duda, forjada en su tardía militancia anticomunista y en su rigurosa formación luterana. Pero también empujada por sus urgencias electorales. Los democristianos alemanes encadenan siete derrotas electorales regionales, sus socios liberales se derrumban y la perspectiva de la pérdida del poder federal, como puro castigo, resulta inquietamente real.
Hay en Alemania un convencimiento obstinado en que la culpa de todo esto la tienen los gobiernos 'gastones' europeos (del sur, principalmente) y sus sociedades irresponsables o ligeras de costumbres. No toleran que mientras ellos, los alemanes, han hecho sacrificios y se han ajustado a consumir conforme a sus posibilidades, los demás han dado rienda suelta a sus caprichos y excesos. Algo de razón pueden tener. Pero tienden a cerrar los ojos ante la realidad de la aparente prosperidad alemana. El crecimiento germano se basa en la fortaleza de su sector exportador, algo que no se ha construido durante ni en los años inmediatos a la crisis, sino en décadas. Y, por cierto, con base no sólo en el esfuerzo propio sino en la generosidad ajena durante los años de la reconstrucción de posguerra.
Alemania ha sido 'generosa' con muchos países europeos, porque, entre otras cosas, el desarrollo de esos a los que ha contribuido a ayudar garantizaba la fortaleza de su economía, la fidelización de sus mercados para sus productos manufacturados y de alto valor añadido.
Francia se pega a la rueda alemana, como los ciclistas que no confían demasiado en sus fuerzas y esperan ser 'llevados' a meta sin quedar descolgados. El presidente Sarkozy está obsesionado con no separarse de la 'locomotora alemana'. De ahí que se haya rescatado la tesis del 'directorio europeo' comandado por el famoso eje París-Berlín, para escenificar una carrera con el pelotón partido (o sea: la Europa a varias velocidades). Pero lo cierto es que Sarkozy hace virtud de la necesidad: no puede ocultar, entre otras cosas, que el naufragio transalpino amenaza seriamente la estabilidad de los bancos franceses, muy comprometidos por la deuda italiana.
En otras instancias y capitales europeas, las presiones alemanas y la ansiedad francesa han provocado alarma. Se escuchan reproches y admoniciones más o menos elegantes. Bruselas se ha convertido en un hervidero de cabildeos y cenáculos de unos países y otros: los de la locomotora, todos los del euro, los más solventes del euro, los ajenos al euro. Más que fracturas ideológicas o políticas, hay puras posiciones de poder... o de debilidad.
Con la reforma del Tratado de Lisboa, recién estrenado, Merkel pretende blindar el proyecto europeo, aplicando esa máxima comunitaria de que 'Europa avanza a golpe de crisis'. Este pretendido axioma se instauró en los noventa, cuando otras turbulencias financieras y monetarias pusieron en jaque la integración europea y generó dudas y debilidades políticas notables. Entonces, Alemania arrostró gran parte de la responsabilidad por las dificultares que se autoimpuso al forzar una unificación precipitada y altamente gravosa, de la que toda Europa se resintió. No más, desde luego, que la propiedad sociedad alemana, por mucho entusiasmo que el 'reencuentro' provocara en la mayoría de los ciudadanos.
¿OBSTINACIÓN O DESIGNIO?
Se antoja como manifestaciones del gran espejismo europeo las supuestas 'soluciones clásicas': el rigor (para la mayoría), la austeridad (selectiva), el temor a la amenaza fantasma de la inflación (inexistente), el anatema del gasto público (inversión social), la demonización de la deuda (la pública), la persistencia en la desregulación (laboral, financiera, etc.). O ahora, después del desaguisado, la debilidad en el control de las finanzas y la ausencia de sanciones contundentes de las prácticas directamente o indirectamente delictivas. Se persiste en atar el proyecto de integración europea a los grandes intereses económicos con escasa atención a las necesidades y aspiraciones sociales.
No es posible que opciones descaradamente ideológicas -y hasta cargadas de cierto fanatismo- se presenten como recetas puramente técnicas. Que, como tales, sólo deben (y ahora pueden) ser aplicadas por técnicos. Eso sí, todos ellos investidos de un sacerdocio coloreado con los matices extraídos de la paleta que ha ennegrecido el panorama social europeo todos estos años. ¿Es obstinación, rigidez? ¿O todo obedece a un designio cuidadosamente programado?
Hay otra dimensión de este espejismo europeo: el considerar que los ciudadanos de los países miembros quieren más Europa, una casa común, un proyecto federal o confederal. Se citan encuestas, por supuesto. Pero la crisis ha dejado claro que el vigor de los estados-nación persiste y que la solidaridad intereuropea no estaba tan madura como se proclamaba con la mejor intención. En las distintas posiciones observadas durante las últimas semanas por unos y otros se percibe más la ansiedad por salvar los muebles propios que por preservar el edificio común.
ITALIA: EL CADÁVER Y EL ENTERRADOR
14 de noviembre de 2011
Una epidemia (política) mortal recorre Europa. Afecta a los dirigentes. O, más apropiadamente, a los jefes de gobierno y sus colaboradores más inmediatos (aunque no a todos). Este panorama de cadáveres (figurados) sólo es comparable, en su aspecto tétrico, al que componen los zombies: en realidad, ya están muertos, y lo saben, o lo sospechan, pero caminan y caminan, como si confiaran en que, haciéndolo, funcionará algún tipo de conjuro que, al cabo, les librará in extremis de su destino mortal.
La 'crisis financiera' (como se llama un poco a la ligera, para que encaje bien en los titulares de prensa y rótulos de los telediarios) se ha llevado por delante ya a media docena de líderes europeos en los tres últimos años. A unos los han apartado las urnas, cuando se ha propiciado esa oportunidad; a otros, sus propios correligionarios o socios de coalición. En realidad, unos y otros han sido agentes interpuestos. El verdadero verdugo ha sido... LA CRISIS.
LA PARADÓJICA CAIDA DE BERLUSCONI
El último en caer ha sido el italiano Silvio Berlusconi. Como intérprete esencial del espectáculo en política, su 'desgracia' no ha decepcionado, por supuesto. Su salida nocturna del Palacio Chiggi, el sábado 12 de noviembre, constituye una pieza melodramática más de su carrera (pseudo) política.
Estos días, naturalmente, se pueden leer análisis y balances de la 'era Berlusconi', algunos muy agudos, finos y ocurrentes. Saviano y Tabucchi firman dos muy interesantes en EL PAIS. Hay un cierto consenso entre los medios progresistas a la hora de expresar una satisfacción indescriptible por el final del mayor bufón de la política europea en esta etapa del tránsito secular. No faltan razones, claro está. Pero, en estos momentos propicios de examen de conciencia, sería pertinente preguntarse por la responsabilidad de los 'progresistas' en la prolongación insoportable de Berlusconi. Y, lo que es peor, del 'berlusconismo'.
Vayamos al personaje, primero. Berlusconi llenó un vacío, como muchos recuerdan ahora con propiedad. Me tocó personalmente cubrir para TVE la primera victoria electoral del sui generis empresario milanés, en 1994. Incluso entre la izquierda, la emergencia de su estrella política a partir de su fortaleza mediática despertaba cierto interés, cierta curiosidad. Se consideraba al personaje como un fenómeno efímero. Se lo interpretó más bien como una anomalía. Una especie de catarsis necesaria para la enferma república italiana... Enferma de una enfermedad interminable, tras décadas de fiebre alta, de sobresaltos, de coqueteo con el deceso, siempre aplazado. Algunos incluso lo consideraron como algo desagradable pero necesario, porque no creyeron que fuera duradero. Después de todo, ¿qué era duradero en la política italiana?
La izquierda leyó mal lo que significaba Berlusconi, porque no supo ver que por detrás se escondía el 'berlusconismo'. Es decir, que en realidad lo que se estaba fraguando no era la regeneración de la república, hundida ya definitivamente bajo el peso de la corrupción (Tangentópoli) y el descrédito de los políticos profesionales/tradicionales. Después de todo, Berlusconi, zafio y salaz, barrería de una u otra forma con la sobrecarga de sotanas en la política italiana, mandaría a los viejos (y, en ciertos casos, siniestros) dinosaurios democristianos a los altares, a las sacristías o a capillas oscuras y marginales. A la postre, el Vaticano, eterno operador de la política italiana, se convirtió al 'berlusconismo', por acción (casi siempre) o por omisión (cuando convino).
La 'piccola' izquierda socialista (socialdemócrata) creyó incluso que Berlusconi contribuiría a liquidar la resistencia del poderoso PCI, aunque los comunistas ya hubieran hacía tiempo abandonado sus siglas y el comunismo... y su alma entera, según algunos de los suyos.
En realidad, no ocurrió ni una cosa ni otra. La vieja clase política se deshizo de sus hábitos, pero algunos de sus exponentes, los que tenían edad y vigor para hacerlo, se reciclaron. Y los nuevos, los 'hechos a medida', no resultaron mejores ni más probos, precisamente. Los comunistas, lejos de desaparecer y favorecer el crecimiento de los socialistas, de una socialdemocracia digna de tal nombre, demostraron su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Como 'leal oposición' al magnate, se reforzaron. Hasta fueron cómplices de la resurrección de 'Il Cavalieri', como apunta acertadamente Tabucchi en su mencionado artículo, al poner en marcha una reforma constitucional con la que pretendían sobrevivir políticamente, cuando en realidad lo que consiguieron fue prolongar la estela de su adversario formal. Después de eso, cumplido su papel, voluntario o no, los ex-comunistas y el el resto de la izquierda se diluyeron definitivamente en 'olivos' o 'margaritas'.
Berlusconi puso en pie el 'berlusconismo' desde el primer día. Nada de lo que se esperaba ocurrió. Nada, claro está, que tuviera que ver con renovación, siquiera vitriólica, de la política italiana. Lo que se cumplió fue lo que se temía: la continuación de la corrupción, pero con otros métodos. O con los mismos, pero mejor vendidos. Con más descaro: con más focos. Visto desde ahora, la 'Tangentopoli', por muy despreciable que fuera, se antoja minúscula comparada con la colusión descomunal de esta década y media larga.
Pero lo peor no han sido las obscenas manifestaciones de este 'ordine nuovo sui generis' (no hay espacio, siquiera para enumerarlas). Lo más grave ha sido la sensación de impunidad que Berlusconi ha sido capaz de construir a su alrededor. Se comprende que muchos italianos saltaran a la calle la noche del sábado para celebrar la caída del magnate (en una escena que me recordó mucho a la liquidación política de Craxi, por cierto). Pero quizás Berlusconi habría durado mucho más, si las turbulencias de la crisis no hubieran puesto al descubierto su calamitosa gestión.
Lo más desalentador de la caída de Berlusconi es que no la han propiciado sus víctimas, sino sus propios aliados (de conveniencia; en realidad, todos sus socios han sido de esa naturaleza), los dirigentes de su coalición, aguardando detrás de las columnas desde hace tiempo, a la espera del momento propicio para asestar la puñalada. O sus agentes naturales: es decir, los mercados, el sistema capitalista (en su manifestación más brutal y descarnada) que lo elevó y consagró, del que se ha nutrido, el que ha propiciado su poder y su proyección política. A Berlusconi lo ha matado el único aire que respira: el dinero.
La oposición, las oposiciones (política, ideológica, social, mediática), han asistido al fin (provisional) de Il Cavalieri como espectadoras. Consecuencia de esas dos décadas de impotencia, la izquierda y toda la gente decente (políticamente) de Italia asiste ahora desarmada a una salida incierta y dudosa de tanta inmundicia.
MONTI Y LA EXTRAÑA COMPLACENCIA
Mario Monti emerge como un nuevo 'príncipe' de la cosa pública. 'Príncipe', no en el sentido 'maquiaveliano' (que no 'maquiavélico'), sino en su resonancia aristocrática. Se le presenta también como otro personaje destinado a superar la basura, aunque con una proyección estética completamente opuesta al magnate milanés. La discreción hecha hombre para hacer olvidar cuanto antes el exhibicionismo bochornoso encarnado por su antecesor.
Curiosamente, la izquierda italiana (y europea) recibe a Monti con alivio, con cierta complacencia. No es cuestión de construir aquí una crítica de su trayectoria. Pero tampoco conviene olvidar lo que representa el 'elegido' (por un ex-comunista también, por cierto, el Presidente Napolitano). Es paradójico que, en el monumental desconcierto que vive la clase dirigente europea, se pergeñen como bomberos ciertos exponentes tecnócratas (en Grecia, en Italia, ¿donde será el siguiente?). La tecnocracia europea lejos de poder acreditar soluciones a lo que vivimos ahora, es más bien cómplice y responsable de lo ocurrido. Desde la tecnocracia se han propiciado políticas que han contribuido sobremanera primero al desorden financiero y luego a estas políticas de respuesta, claramente injustas y seguramente inadecuadas e ineficaces.
Consideración final. Que Berlusconi huela ya a podrido, no significa que esté muerto del todo. Puede ser un zombi al revés: no un muerto que se cree vivo, sino un vivo al que todos creen ya muerto. Que Monti exude sensatez y eficacia no quiere decir que vaya a aplicar las recetas que mejor convenga a la mayoría de los italianos. Es probable que ni pueda, ni lo pretenda. Recordando 1994, en Italia casi nunca las cosas son como parecen.
Una epidemia (política) mortal recorre Europa. Afecta a los dirigentes. O, más apropiadamente, a los jefes de gobierno y sus colaboradores más inmediatos (aunque no a todos). Este panorama de cadáveres (figurados) sólo es comparable, en su aspecto tétrico, al que componen los zombies: en realidad, ya están muertos, y lo saben, o lo sospechan, pero caminan y caminan, como si confiaran en que, haciéndolo, funcionará algún tipo de conjuro que, al cabo, les librará in extremis de su destino mortal.
La 'crisis financiera' (como se llama un poco a la ligera, para que encaje bien en los titulares de prensa y rótulos de los telediarios) se ha llevado por delante ya a media docena de líderes europeos en los tres últimos años. A unos los han apartado las urnas, cuando se ha propiciado esa oportunidad; a otros, sus propios correligionarios o socios de coalición. En realidad, unos y otros han sido agentes interpuestos. El verdadero verdugo ha sido... LA CRISIS.
LA PARADÓJICA CAIDA DE BERLUSCONI
El último en caer ha sido el italiano Silvio Berlusconi. Como intérprete esencial del espectáculo en política, su 'desgracia' no ha decepcionado, por supuesto. Su salida nocturna del Palacio Chiggi, el sábado 12 de noviembre, constituye una pieza melodramática más de su carrera (pseudo) política.
Estos días, naturalmente, se pueden leer análisis y balances de la 'era Berlusconi', algunos muy agudos, finos y ocurrentes. Saviano y Tabucchi firman dos muy interesantes en EL PAIS. Hay un cierto consenso entre los medios progresistas a la hora de expresar una satisfacción indescriptible por el final del mayor bufón de la política europea en esta etapa del tránsito secular. No faltan razones, claro está. Pero, en estos momentos propicios de examen de conciencia, sería pertinente preguntarse por la responsabilidad de los 'progresistas' en la prolongación insoportable de Berlusconi. Y, lo que es peor, del 'berlusconismo'.
Vayamos al personaje, primero. Berlusconi llenó un vacío, como muchos recuerdan ahora con propiedad. Me tocó personalmente cubrir para TVE la primera victoria electoral del sui generis empresario milanés, en 1994. Incluso entre la izquierda, la emergencia de su estrella política a partir de su fortaleza mediática despertaba cierto interés, cierta curiosidad. Se consideraba al personaje como un fenómeno efímero. Se lo interpretó más bien como una anomalía. Una especie de catarsis necesaria para la enferma república italiana... Enferma de una enfermedad interminable, tras décadas de fiebre alta, de sobresaltos, de coqueteo con el deceso, siempre aplazado. Algunos incluso lo consideraron como algo desagradable pero necesario, porque no creyeron que fuera duradero. Después de todo, ¿qué era duradero en la política italiana?
La izquierda leyó mal lo que significaba Berlusconi, porque no supo ver que por detrás se escondía el 'berlusconismo'. Es decir, que en realidad lo que se estaba fraguando no era la regeneración de la república, hundida ya definitivamente bajo el peso de la corrupción (Tangentópoli) y el descrédito de los políticos profesionales/tradicionales. Después de todo, Berlusconi, zafio y salaz, barrería de una u otra forma con la sobrecarga de sotanas en la política italiana, mandaría a los viejos (y, en ciertos casos, siniestros) dinosaurios democristianos a los altares, a las sacristías o a capillas oscuras y marginales. A la postre, el Vaticano, eterno operador de la política italiana, se convirtió al 'berlusconismo', por acción (casi siempre) o por omisión (cuando convino).
La 'piccola' izquierda socialista (socialdemócrata) creyó incluso que Berlusconi contribuiría a liquidar la resistencia del poderoso PCI, aunque los comunistas ya hubieran hacía tiempo abandonado sus siglas y el comunismo... y su alma entera, según algunos de los suyos.
En realidad, no ocurrió ni una cosa ni otra. La vieja clase política se deshizo de sus hábitos, pero algunos de sus exponentes, los que tenían edad y vigor para hacerlo, se reciclaron. Y los nuevos, los 'hechos a medida', no resultaron mejores ni más probos, precisamente. Los comunistas, lejos de desaparecer y favorecer el crecimiento de los socialistas, de una socialdemocracia digna de tal nombre, demostraron su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Como 'leal oposición' al magnate, se reforzaron. Hasta fueron cómplices de la resurrección de 'Il Cavalieri', como apunta acertadamente Tabucchi en su mencionado artículo, al poner en marcha una reforma constitucional con la que pretendían sobrevivir políticamente, cuando en realidad lo que consiguieron fue prolongar la estela de su adversario formal. Después de eso, cumplido su papel, voluntario o no, los ex-comunistas y el el resto de la izquierda se diluyeron definitivamente en 'olivos' o 'margaritas'.
Berlusconi puso en pie el 'berlusconismo' desde el primer día. Nada de lo que se esperaba ocurrió. Nada, claro está, que tuviera que ver con renovación, siquiera vitriólica, de la política italiana. Lo que se cumplió fue lo que se temía: la continuación de la corrupción, pero con otros métodos. O con los mismos, pero mejor vendidos. Con más descaro: con más focos. Visto desde ahora, la 'Tangentopoli', por muy despreciable que fuera, se antoja minúscula comparada con la colusión descomunal de esta década y media larga.
Pero lo peor no han sido las obscenas manifestaciones de este 'ordine nuovo sui generis' (no hay espacio, siquiera para enumerarlas). Lo más grave ha sido la sensación de impunidad que Berlusconi ha sido capaz de construir a su alrededor. Se comprende que muchos italianos saltaran a la calle la noche del sábado para celebrar la caída del magnate (en una escena que me recordó mucho a la liquidación política de Craxi, por cierto). Pero quizás Berlusconi habría durado mucho más, si las turbulencias de la crisis no hubieran puesto al descubierto su calamitosa gestión.
Lo más desalentador de la caída de Berlusconi es que no la han propiciado sus víctimas, sino sus propios aliados (de conveniencia; en realidad, todos sus socios han sido de esa naturaleza), los dirigentes de su coalición, aguardando detrás de las columnas desde hace tiempo, a la espera del momento propicio para asestar la puñalada. O sus agentes naturales: es decir, los mercados, el sistema capitalista (en su manifestación más brutal y descarnada) que lo elevó y consagró, del que se ha nutrido, el que ha propiciado su poder y su proyección política. A Berlusconi lo ha matado el único aire que respira: el dinero.
La oposición, las oposiciones (política, ideológica, social, mediática), han asistido al fin (provisional) de Il Cavalieri como espectadoras. Consecuencia de esas dos décadas de impotencia, la izquierda y toda la gente decente (políticamente) de Italia asiste ahora desarmada a una salida incierta y dudosa de tanta inmundicia.
MONTI Y LA EXTRAÑA COMPLACENCIA
Mario Monti emerge como un nuevo 'príncipe' de la cosa pública. 'Príncipe', no en el sentido 'maquiaveliano' (que no 'maquiavélico'), sino en su resonancia aristocrática. Se le presenta también como otro personaje destinado a superar la basura, aunque con una proyección estética completamente opuesta al magnate milanés. La discreción hecha hombre para hacer olvidar cuanto antes el exhibicionismo bochornoso encarnado por su antecesor.
Curiosamente, la izquierda italiana (y europea) recibe a Monti con alivio, con cierta complacencia. No es cuestión de construir aquí una crítica de su trayectoria. Pero tampoco conviene olvidar lo que representa el 'elegido' (por un ex-comunista también, por cierto, el Presidente Napolitano). Es paradójico que, en el monumental desconcierto que vive la clase dirigente europea, se pergeñen como bomberos ciertos exponentes tecnócratas (en Grecia, en Italia, ¿donde será el siguiente?). La tecnocracia europea lejos de poder acreditar soluciones a lo que vivimos ahora, es más bien cómplice y responsable de lo ocurrido. Desde la tecnocracia se han propiciado políticas que han contribuido sobremanera primero al desorden financiero y luego a estas políticas de respuesta, claramente injustas y seguramente inadecuadas e ineficaces.
Consideración final. Que Berlusconi huela ya a podrido, no significa que esté muerto del todo. Puede ser un zombi al revés: no un muerto que se cree vivo, sino un vivo al que todos creen ya muerto. Que Monti exude sensatez y eficacia no quiere decir que vaya a aplicar las recetas que mejor convenga a la mayoría de los italianos. Es probable que ni pueda, ni lo pretenda. Recordando 1994, en Italia casi nunca las cosas son como parecen.
EL ESTANCAMIENTO DEL CAMBIO EN EL MUNDO ÁRABE
29 de octubre de 2011
A punto de cumplirse un año del inicio de las protestas en el mundo árabe, parecen perfilarse ya ciertas tendencias más o menos estables y, sólo en parte, comunes, sobre el desenvolvimiento de los procesos en cada país.
A grandes rasgos, estos son los elementos más destacados de un análisis provisional:
- corrección conservadora de los primeros impulsos de cambio profundo (implícito en el término 'revolución', precipitada aunque comprensible utilizado entonces).
- contención, en parte por derivación de lo anterior, del fenómeno de hundimiento o debilitamiento extremo de ciertos regímenes que, en cierto momento, parecían a punto de derrumbarse.
- peso decisivo de las realidades nacionales y de los factores estratégicos de cada país
- referencias insistentes a Turquía como modelo de estabilidad política, fortaleza y equilibrio institucionales e identidad nacional, cultural y religiosa.
- pragmatismo (también oportunismo) de las potencias occidentales en la gestión del proceso y en las decisiones de intervencionismo, en atención primordial a sus intereses.
- cobertura desigual (en cierto modo, errática) de los medios occidentales, a medida que los acontecimientos espectaculares dejaban el sitio a las cotidianas contradicciones y realineamientos de las fuerzas políticas y sociales y los poderes fácticos.
UNA CORRECCIÓN CONSERVADORA
Las 'revoluciones árabes' entran en fase 'brumario' ni haber pasado por 'termidor', si se permite el uso del calendario revolucionario francés. Era de esperar. La escasa articulación de la protesta, por la debilidad de la sociedad civil en casi todos los escenarios de crisis que afloraron a comienzos de año, abocaba el proceso a un 'agotamiento' o cansancio, del que se podían aprovechar los distintos agentes del poder establecido.
Ha ocurrido en Egipto, donde el Ejército ejerce el control de los acontecimientos con mano de hierro, hasta el punto de reservarse la tutela del 'nuevo régimen' y, desde luego, la plena capacidad de veto ante posibles derivas indeseadas. El debate sobre la metodología de la construcción constitucional, hace apenas unas semanas, resultó muy revelador al respecto.
Algo parecido ha sucedido en Túnez. A pesar de que las 'depuraciones' de los elementos 'benalistas' se han ido sucediendo durante todos estos meses, el aparato estatal ha controlado el proceso electoral y los herederos del viejo régimen han sobrevivido, aunque no hayan pasado la prueba de las urnas. Pero mantendrán su presencia legal y es de prever que sean muy activos en la denuncia de los nuevos tiempos, si las cosas no marchan bien, o tardan demasiado en arreglarse.
En el Golfo, la corrección conservadora ha consistido simplemente en el 'status quo'. De Siria nos ocupamos más abajo.
CONTENCIÓN DEL CAMBIO
El contagio del ejemplo tunecino se ha limitado a sus vecinos más próximos del Magreb. Resulta significativo el frenazo de las protestas en Argelia e incluso en Marruecos. En el primer caso, por el efecto nada desdeñable de la reciente guerra interna que desangró al país y lo vacunó de 'experiencias violentas'. En el segundo, por la habilidad de la corona alaui y del 'mazren', el aparato estatal, que infló exageradamente el sentido transformador, aperturista, de unas reformas constitucionales más bien tibias y, desde luego, poco arriesgadas para el equilibrio del poder en el reino.
En los países más expuestos, como Yemen, por ejemplo, la virtual caída del Presidente Saleh no ha podido completarse por una conjunción de factores: las rivalidades tribales, el peso de los enfrentamientos personales y de clan; y, no menos decisivo, la cautela exhibida por Estados Unidos, que no termina de fiarse de una confusa alternativa a lo actual. Más bien, puede decirse que los estrategas antiterroristas de Washington ha aprovechado el río revuelto para 'sacar peces del río'; es decir, para intervenir, sí, pero no en la 'construcción de país' (nation making), sino en la eliminación de enemigos (véase el asesinato de Al Awlaki y dos de sus secuaces más próximos).
En Jordania, también se ha apostado por la continuidad del siempre atento Abdallah II, del que podrían necesitarse los servicios por si se resucita el diálogo israelo-palestino. Este factor, tangencial en las revoluciones árabes, ha operado en la sombra como un elemento de freno. Después de todo, la democratización tan jaleada en Washington y en Jerusalén no está claro que operara en favor de los intereses de la implantada potencia prooccidental. Todo lo contrario: las tensiones e impaciencia de los egipcios saltaron a la calle con virulencia. Lo que obligó al Ejército a practicar ejercicios de represión clásicas, pero también a marcar distancias con el socio de la 'paz fría'.
DISTINCIONES NACIONALES
El aparente debilitamiento del ímpetu transformador también se explica por la diferente capacidad de movilización de la sociedad civil y de los recursos que las fuerzas favorables al cambio pueden poner en juego. El mimetismo, o el puro contagio, tiene un alcance limitado, cuando, como contrapeso, operan poderosamente otras fuerzas reactivas. Esto ha sido especialmente significativo en Bahrein, por ejemplo; también en Marruecos y en Argelia, aunque con estilos distintos.
El caso más relevante es del Siria. En apariencia, la presión represiva ejercida por el régimen de la familia Assad ha resultado más contundente que en otros lugares. Sin duda es así. Pero el uso indiscriminado de la fuerza no lo explica todo. Hay cierto apoyo social a la respuesta intransigente del régimen: el miedo de un sector de la población a la revancha sunní, frente a la minoría alauwí que ha detentado abusivamente el poder fáctico. Que las protestas no hayan prendido ni poco ni mucho en ciertas zonas del país indica que el movimiento de cambio no ha tenido una dimensión completamente nacional, no al menos como en Túnez, Libia (pese a las tensiones regionales) o Egipto. Lógicamente, el factor estratégico también ha pesado, como luego analizaremos.
EL MODELO TURCO
Buen ejemplo de la precipitación propia de estos procesos. La debilidad interna de los agentes favorables al cambio, de la improvisación de las revueltas, de la inmadurez de las propuestas, pese a la justicia de las mismas, explican que se haya proyectado el modelo turco como deseable para las circunstancias actuales. Erdogan se ha dejado querer, aunque con la prudencia exigida. Ganando peso, generando confianza, limando las suspicacias occidentales. Las fricciones con Israel han contribuido a darle músculo popular a su imagen y a olvidar que puestos a hablar de potencia ocupante de suelo árabe, Turquía se lleva históricamente la palma. El primer ministro turco ha sabido, en todo caso, encarnar una solución que no asusta, que conserva más que destruye, que afianza las creencias, que consolida la identidad, que se abre al mundo externo sin diluirse en él. Y sobre todo, que la prosperidad es posible, que puede vivirse mejor, de realidades económicas, de mejoras sociales, no de discursos inflamados y de sueños de victorias imposibles.
PRAGMATISMO/OPORTUNISMO OCCIDENTAL
Con la misma hipocresía exhibida en las primeras fases de la protesta han actuado los actores de las principales potencias occidentales (gubernamentales, militares, económicos, financieros). Se ha escogido cuidadosamente a quien se apoyaba y a quien no, a quien se dejaba caer y a quien se protegía, a quien se abandonaba a su suerte y a quien se aplastaba bajo la 'sutileza' de la 'invisible' intervención militar.
Por ejemplo: ¿Por qué en Libia si y en Siria no? No sólo porque el escenario libio parecía más claro y menos arriesgado (que también). Ni siquiera porque en Libia el veto de rusos, chinos y altermundistas se ha mostrado más débil o menos efectivo que en Siria (que también). La clave ha estado seguramente en la evaluación de riesgos y en la utilidad de los regímenes amenazados. En cierto modo, a la familia Assad le ha beneficiado que el tostadero estuviera ocupado por la familia Gaddafi. Dos operaciones militares al mismo tiempo hubiera sido excesivo: no por falta de capacidad bélica, sino por el gasto disparado del esfuerzo. Por otro lado, las consecuencias del caos previsible en Libia no son comparables a una situación análoga en Siria, que podría arrastrar al Líbano, ejercer energía negativa en Palestina y en Irak e inquietar a Irán. Todo ello en la puerta de al lado de Israel, y con el poco tiempo que le queda a Obama para intentar lo imposible. Puede que Assad este condenado, pero su liquidación tiene necesariamente que obedecer a otro guión.
LA COBERTURA MEDIÁTICA
Como ya viene siendo lamentablemente habitual, una vez agotado el espectáculo de las 'masas en la calle', el seguimiento de lo que está ocurriendo en esos lugares se evapora. Salvo los medios con más seriedad y solvencia económica, la realidad mediática es pobre. Al Jazeera llena un vacío indudable. El cambio reciente de su principal ejecutivo (desde hace tiempo esperado o temido) indica que la capacidad de presión de los clanes poderosos sigue intacta. Algunos han querido ver en la sustitución de Wadah Khanfar una venganza de saudíes y sus acólitos reales de la zona. Algo habrá de ello, pero no deben menospreciarse otros elementos de cultura empresarial. Lo cierto, en todo caso, es que las protestas árabes han consolidado el poder magnético y de conformación de la realidad de la cadena qatarí.
A punto de cumplirse un año del inicio de las protestas en el mundo árabe, parecen perfilarse ya ciertas tendencias más o menos estables y, sólo en parte, comunes, sobre el desenvolvimiento de los procesos en cada país.
A grandes rasgos, estos son los elementos más destacados de un análisis provisional:
- corrección conservadora de los primeros impulsos de cambio profundo (implícito en el término 'revolución', precipitada aunque comprensible utilizado entonces).
- contención, en parte por derivación de lo anterior, del fenómeno de hundimiento o debilitamiento extremo de ciertos regímenes que, en cierto momento, parecían a punto de derrumbarse.
- peso decisivo de las realidades nacionales y de los factores estratégicos de cada país
- referencias insistentes a Turquía como modelo de estabilidad política, fortaleza y equilibrio institucionales e identidad nacional, cultural y religiosa.
- pragmatismo (también oportunismo) de las potencias occidentales en la gestión del proceso y en las decisiones de intervencionismo, en atención primordial a sus intereses.
- cobertura desigual (en cierto modo, errática) de los medios occidentales, a medida que los acontecimientos espectaculares dejaban el sitio a las cotidianas contradicciones y realineamientos de las fuerzas políticas y sociales y los poderes fácticos.
UNA CORRECCIÓN CONSERVADORA
Las 'revoluciones árabes' entran en fase 'brumario' ni haber pasado por 'termidor', si se permite el uso del calendario revolucionario francés. Era de esperar. La escasa articulación de la protesta, por la debilidad de la sociedad civil en casi todos los escenarios de crisis que afloraron a comienzos de año, abocaba el proceso a un 'agotamiento' o cansancio, del que se podían aprovechar los distintos agentes del poder establecido.
Ha ocurrido en Egipto, donde el Ejército ejerce el control de los acontecimientos con mano de hierro, hasta el punto de reservarse la tutela del 'nuevo régimen' y, desde luego, la plena capacidad de veto ante posibles derivas indeseadas. El debate sobre la metodología de la construcción constitucional, hace apenas unas semanas, resultó muy revelador al respecto.
Algo parecido ha sucedido en Túnez. A pesar de que las 'depuraciones' de los elementos 'benalistas' se han ido sucediendo durante todos estos meses, el aparato estatal ha controlado el proceso electoral y los herederos del viejo régimen han sobrevivido, aunque no hayan pasado la prueba de las urnas. Pero mantendrán su presencia legal y es de prever que sean muy activos en la denuncia de los nuevos tiempos, si las cosas no marchan bien, o tardan demasiado en arreglarse.
En el Golfo, la corrección conservadora ha consistido simplemente en el 'status quo'. De Siria nos ocupamos más abajo.
CONTENCIÓN DEL CAMBIO
El contagio del ejemplo tunecino se ha limitado a sus vecinos más próximos del Magreb. Resulta significativo el frenazo de las protestas en Argelia e incluso en Marruecos. En el primer caso, por el efecto nada desdeñable de la reciente guerra interna que desangró al país y lo vacunó de 'experiencias violentas'. En el segundo, por la habilidad de la corona alaui y del 'mazren', el aparato estatal, que infló exageradamente el sentido transformador, aperturista, de unas reformas constitucionales más bien tibias y, desde luego, poco arriesgadas para el equilibrio del poder en el reino.
En los países más expuestos, como Yemen, por ejemplo, la virtual caída del Presidente Saleh no ha podido completarse por una conjunción de factores: las rivalidades tribales, el peso de los enfrentamientos personales y de clan; y, no menos decisivo, la cautela exhibida por Estados Unidos, que no termina de fiarse de una confusa alternativa a lo actual. Más bien, puede decirse que los estrategas antiterroristas de Washington ha aprovechado el río revuelto para 'sacar peces del río'; es decir, para intervenir, sí, pero no en la 'construcción de país' (nation making), sino en la eliminación de enemigos (véase el asesinato de Al Awlaki y dos de sus secuaces más próximos).
En Jordania, también se ha apostado por la continuidad del siempre atento Abdallah II, del que podrían necesitarse los servicios por si se resucita el diálogo israelo-palestino. Este factor, tangencial en las revoluciones árabes, ha operado en la sombra como un elemento de freno. Después de todo, la democratización tan jaleada en Washington y en Jerusalén no está claro que operara en favor de los intereses de la implantada potencia prooccidental. Todo lo contrario: las tensiones e impaciencia de los egipcios saltaron a la calle con virulencia. Lo que obligó al Ejército a practicar ejercicios de represión clásicas, pero también a marcar distancias con el socio de la 'paz fría'.
DISTINCIONES NACIONALES
El aparente debilitamiento del ímpetu transformador también se explica por la diferente capacidad de movilización de la sociedad civil y de los recursos que las fuerzas favorables al cambio pueden poner en juego. El mimetismo, o el puro contagio, tiene un alcance limitado, cuando, como contrapeso, operan poderosamente otras fuerzas reactivas. Esto ha sido especialmente significativo en Bahrein, por ejemplo; también en Marruecos y en Argelia, aunque con estilos distintos.
El caso más relevante es del Siria. En apariencia, la presión represiva ejercida por el régimen de la familia Assad ha resultado más contundente que en otros lugares. Sin duda es así. Pero el uso indiscriminado de la fuerza no lo explica todo. Hay cierto apoyo social a la respuesta intransigente del régimen: el miedo de un sector de la población a la revancha sunní, frente a la minoría alauwí que ha detentado abusivamente el poder fáctico. Que las protestas no hayan prendido ni poco ni mucho en ciertas zonas del país indica que el movimiento de cambio no ha tenido una dimensión completamente nacional, no al menos como en Túnez, Libia (pese a las tensiones regionales) o Egipto. Lógicamente, el factor estratégico también ha pesado, como luego analizaremos.
EL MODELO TURCO
Buen ejemplo de la precipitación propia de estos procesos. La debilidad interna de los agentes favorables al cambio, de la improvisación de las revueltas, de la inmadurez de las propuestas, pese a la justicia de las mismas, explican que se haya proyectado el modelo turco como deseable para las circunstancias actuales. Erdogan se ha dejado querer, aunque con la prudencia exigida. Ganando peso, generando confianza, limando las suspicacias occidentales. Las fricciones con Israel han contribuido a darle músculo popular a su imagen y a olvidar que puestos a hablar de potencia ocupante de suelo árabe, Turquía se lleva históricamente la palma. El primer ministro turco ha sabido, en todo caso, encarnar una solución que no asusta, que conserva más que destruye, que afianza las creencias, que consolida la identidad, que se abre al mundo externo sin diluirse en él. Y sobre todo, que la prosperidad es posible, que puede vivirse mejor, de realidades económicas, de mejoras sociales, no de discursos inflamados y de sueños de victorias imposibles.
PRAGMATISMO/OPORTUNISMO OCCIDENTAL
Con la misma hipocresía exhibida en las primeras fases de la protesta han actuado los actores de las principales potencias occidentales (gubernamentales, militares, económicos, financieros). Se ha escogido cuidadosamente a quien se apoyaba y a quien no, a quien se dejaba caer y a quien se protegía, a quien se abandonaba a su suerte y a quien se aplastaba bajo la 'sutileza' de la 'invisible' intervención militar.
Por ejemplo: ¿Por qué en Libia si y en Siria no? No sólo porque el escenario libio parecía más claro y menos arriesgado (que también). Ni siquiera porque en Libia el veto de rusos, chinos y altermundistas se ha mostrado más débil o menos efectivo que en Siria (que también). La clave ha estado seguramente en la evaluación de riesgos y en la utilidad de los regímenes amenazados. En cierto modo, a la familia Assad le ha beneficiado que el tostadero estuviera ocupado por la familia Gaddafi. Dos operaciones militares al mismo tiempo hubiera sido excesivo: no por falta de capacidad bélica, sino por el gasto disparado del esfuerzo. Por otro lado, las consecuencias del caos previsible en Libia no son comparables a una situación análoga en Siria, que podría arrastrar al Líbano, ejercer energía negativa en Palestina y en Irak e inquietar a Irán. Todo ello en la puerta de al lado de Israel, y con el poco tiempo que le queda a Obama para intentar lo imposible. Puede que Assad este condenado, pero su liquidación tiene necesariamente que obedecer a otro guión.
LA COBERTURA MEDIÁTICA
Como ya viene siendo lamentablemente habitual, una vez agotado el espectáculo de las 'masas en la calle', el seguimiento de lo que está ocurriendo en esos lugares se evapora. Salvo los medios con más seriedad y solvencia económica, la realidad mediática es pobre. Al Jazeera llena un vacío indudable. El cambio reciente de su principal ejecutivo (desde hace tiempo esperado o temido) indica que la capacidad de presión de los clanes poderosos sigue intacta. Algunos han querido ver en la sustitución de Wadah Khanfar una venganza de saudíes y sus acólitos reales de la zona. Algo habrá de ello, pero no deben menospreciarse otros elementos de cultura empresarial. Lo cierto, en todo caso, es que las protestas árabes han consolidado el poder magnético y de conformación de la realidad de la cadena qatarí.
LIBIA: FINAL PATÉTICO, PRINCIPIOS INQUIETANTES
25 de octubre de 2011
La Revolución libia ya nos ha dejado ese testimonio negro, oscuro, inquietante que suele ser inevitable en los cambios violentos de régimen. Un Gaddaffi reducido a la condición de pelele, zarandeado, ninguneado y vejado, conducido presumiblemente a un fin indigno y molesto para los que, desde Occidente, ha propiciado su caída definitiva.
Gaddafi ha sido asesinado. De eso casi nadie con cierta capacidad de análisis puede albergar la mínima duda. Los combatientes que tomaron al asalto su feudo natal en Sirte terminaron apresándolo después de una caótica y chapucera huida. Al final, el coronel libio sintió el frío de la soledad -apenas una docena de fieles lo protegieron en sus últimas horas de vida- antes de la oscuridad definitiva y total. Una de las múltiples versiones que circularon la semana pasada es que, al cabo, se había terminado escondiendo en unas tuberías inmundas. Un zulo fue el último refugio del hombre más poderoso de Libia.
Igual que le ocurrió a Sadam, solo que el dictador iraquí fue capturado por soldados norteamericanos, y se ahorró el linchamiento. Tuvo el juicio esperable y el final no menos previsible. Gaddafi no ha gozado de la misma suerte. No es su vida lo que estaba en juego, sino lo que le restaba de dignidad. No se la permitieron. Revuelven las tripas esas escenas. No hay que extrañarse. Pedir que hubiera habido sensatez, cabeza, civilización después de todo lo ocurrido, resultaría extravagante.
Uno de los últimos acompañantes, familiar y responsable de uno de sus guardianes pretorianos, ha contado las últimas horas de Gaddafi. Rezaba, no podía hablar con nadie, por temor a ser detectado. Ni siquiera con su hijo, Mutasim, que 'organizaba' la huida y al fin compartió la misma suerte.
Gaddafi tenía una pistola cuando fue apresado. No la usó contra sí mismo. ¿Fue tan ingenuo para suponer que le respetarían? Más bien cabe suponer que se debió a razones religiosas. Imploró, según se escucha en el audio de las imágenes, en uno de los testimonios más patéticos de los últimos tiempos.
Las autoridades provisionales (nunca mejor empleado el término) prometen una investigación de los hechos. No se lo cree nadie. De hecho los combatientes respondieron con un cínico encogimiento de hombros. La autopsia realizada deja más dudas de las que resuelve. Más allá del tiro en la cabeza, ¿qué más tormento padeció el otrora 'Guía'? El portavoz de Human Rights Watch no sólo ha denunciado el linchamiento de Gaddafi sino también de, al menos, otro medio centenar de leales, ejecutados sin miramientos en un hotel de Sirte, con disparos en la cabeza y brazos atados a la espalda.
En Occidente no habrá mucha pena. Esa molestia por las incómodas imágenes del linchamiento se disipará pronto. Las reclamaciones de investigación suenan muy formales y tendrán un vuelo muy corto. Después de todo, el principio del fin se produjo después de que aviones franceses destrozaran la columna de Gaddafi. ¿Tiene algo que ver esa operación con la misión oficial (proteger a la población civil)?. Es más que evidente que no.
Lo que ahora importa a los influyentes de este lado del mundo es que los recursos del petróleo libio sirvan para abultar las carteras de pedidos de las empresas europeas que pugnarán por los contratos de reconstrucción. Numerosos hombres de negocios ensucian estos días sus zapatos en las destruidas ciudades libias asegurando sus intereses.
En quince días se anuncia un gobierno interino, para preparar las elecciones y una nueva constitución. Todo indica que la inestabilidad no ha acabado con el fin nauseabundo de los combates. Son más que apreciables las tensiones regionales. En el oeste del país se acepta de muy mala gana el protagonismo creciente de Bengazzi y la región Cirenaica. Allí se proclamó la 'liberación'. En Misrata, 'ciudad mártir', donde fue trasladado -y donde permanece- el cadáver de Gaddafi y su hijo como trofeos de guerra, se molestaron a modo. Tripoli aparecía como un lugar neutral. O más bien neutralizado. Pero se le negó el honor de albergar la ceremonia de 'liberación'. Los gaddafistas adoptan desde hace semanas el arte del disimulo. A algunos no les dio tiempo a cambiarse de bando, como si han podido lograrlo muchos de los dirigentes del CNT.
Los primeros indicios de la orientación del nuevo régimen abundan en las previsiones de un 'neoislamismo' poderoso, hegemónico. Habrá resistencia, porque muchos jóvenes no están por la labor de un repliegue piadoso. Pero parece inevitable un giro religioso. Salvando las distancias, como en Túnez, donde Ennahda (Renacimiento) emerge como la fuerza hegemónica del proceso electoral. Los que quieren ver detrás de su potencia política el dinero del Golfo pérsico olvidan la importante implantación social según las pautas de los Hermanos Musulmanes, de Hamas, de Hezbollah y de tantos movimientos islamistas. En Túnez, es más plausible la combinación de ambos factores y el poder del Islam como factor de identificación nacional y cultural antes que religioso.
Libia y Túnez, pues, tan cercanos, tan distintos a la vez, compartirán seguramente el designio dominante del proceso revolucionario árabe: muchas expectativas incumplidas, deriva conservadora, cierto mantenimiento de la dependencia occidental, pero discurso identitario nacionalista, quizás como compensación más bien 'soft' de lo anterior.
La Revolución libia ya nos ha dejado ese testimonio negro, oscuro, inquietante que suele ser inevitable en los cambios violentos de régimen. Un Gaddaffi reducido a la condición de pelele, zarandeado, ninguneado y vejado, conducido presumiblemente a un fin indigno y molesto para los que, desde Occidente, ha propiciado su caída definitiva.
Gaddafi ha sido asesinado. De eso casi nadie con cierta capacidad de análisis puede albergar la mínima duda. Los combatientes que tomaron al asalto su feudo natal en Sirte terminaron apresándolo después de una caótica y chapucera huida. Al final, el coronel libio sintió el frío de la soledad -apenas una docena de fieles lo protegieron en sus últimas horas de vida- antes de la oscuridad definitiva y total. Una de las múltiples versiones que circularon la semana pasada es que, al cabo, se había terminado escondiendo en unas tuberías inmundas. Un zulo fue el último refugio del hombre más poderoso de Libia.
Igual que le ocurrió a Sadam, solo que el dictador iraquí fue capturado por soldados norteamericanos, y se ahorró el linchamiento. Tuvo el juicio esperable y el final no menos previsible. Gaddafi no ha gozado de la misma suerte. No es su vida lo que estaba en juego, sino lo que le restaba de dignidad. No se la permitieron. Revuelven las tripas esas escenas. No hay que extrañarse. Pedir que hubiera habido sensatez, cabeza, civilización después de todo lo ocurrido, resultaría extravagante.
Uno de los últimos acompañantes, familiar y responsable de uno de sus guardianes pretorianos, ha contado las últimas horas de Gaddafi. Rezaba, no podía hablar con nadie, por temor a ser detectado. Ni siquiera con su hijo, Mutasim, que 'organizaba' la huida y al fin compartió la misma suerte.
Gaddafi tenía una pistola cuando fue apresado. No la usó contra sí mismo. ¿Fue tan ingenuo para suponer que le respetarían? Más bien cabe suponer que se debió a razones religiosas. Imploró, según se escucha en el audio de las imágenes, en uno de los testimonios más patéticos de los últimos tiempos.
Las autoridades provisionales (nunca mejor empleado el término) prometen una investigación de los hechos. No se lo cree nadie. De hecho los combatientes respondieron con un cínico encogimiento de hombros. La autopsia realizada deja más dudas de las que resuelve. Más allá del tiro en la cabeza, ¿qué más tormento padeció el otrora 'Guía'? El portavoz de Human Rights Watch no sólo ha denunciado el linchamiento de Gaddafi sino también de, al menos, otro medio centenar de leales, ejecutados sin miramientos en un hotel de Sirte, con disparos en la cabeza y brazos atados a la espalda.
En Occidente no habrá mucha pena. Esa molestia por las incómodas imágenes del linchamiento se disipará pronto. Las reclamaciones de investigación suenan muy formales y tendrán un vuelo muy corto. Después de todo, el principio del fin se produjo después de que aviones franceses destrozaran la columna de Gaddafi. ¿Tiene algo que ver esa operación con la misión oficial (proteger a la población civil)?. Es más que evidente que no.
Lo que ahora importa a los influyentes de este lado del mundo es que los recursos del petróleo libio sirvan para abultar las carteras de pedidos de las empresas europeas que pugnarán por los contratos de reconstrucción. Numerosos hombres de negocios ensucian estos días sus zapatos en las destruidas ciudades libias asegurando sus intereses.
En quince días se anuncia un gobierno interino, para preparar las elecciones y una nueva constitución. Todo indica que la inestabilidad no ha acabado con el fin nauseabundo de los combates. Son más que apreciables las tensiones regionales. En el oeste del país se acepta de muy mala gana el protagonismo creciente de Bengazzi y la región Cirenaica. Allí se proclamó la 'liberación'. En Misrata, 'ciudad mártir', donde fue trasladado -y donde permanece- el cadáver de Gaddafi y su hijo como trofeos de guerra, se molestaron a modo. Tripoli aparecía como un lugar neutral. O más bien neutralizado. Pero se le negó el honor de albergar la ceremonia de 'liberación'. Los gaddafistas adoptan desde hace semanas el arte del disimulo. A algunos no les dio tiempo a cambiarse de bando, como si han podido lograrlo muchos de los dirigentes del CNT.
Los primeros indicios de la orientación del nuevo régimen abundan en las previsiones de un 'neoislamismo' poderoso, hegemónico. Habrá resistencia, porque muchos jóvenes no están por la labor de un repliegue piadoso. Pero parece inevitable un giro religioso. Salvando las distancias, como en Túnez, donde Ennahda (Renacimiento) emerge como la fuerza hegemónica del proceso electoral. Los que quieren ver detrás de su potencia política el dinero del Golfo pérsico olvidan la importante implantación social según las pautas de los Hermanos Musulmanes, de Hamas, de Hezbollah y de tantos movimientos islamistas. En Túnez, es más plausible la combinación de ambos factores y el poder del Islam como factor de identificación nacional y cultural antes que religioso.
Libia y Túnez, pues, tan cercanos, tan distintos a la vez, compartirán seguramente el designio dominante del proceso revolucionario árabe: muchas expectativas incumplidas, deriva conservadora, cierto mantenimiento de la dependencia occidental, pero discurso identitario nacionalista, quizás como compensación más bien 'soft' de lo anterior.
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