MERKELISMO

19 de septiembre de 2013

Salvo sorpresa mayúscula, Ángela Merkel revalidará su cargo de canciller alemana el próximo domingo. Está por dilucidar la fórmula de su gobierno: en solitario (poco probable), con sus socios liberales (dudoso, a tenor de los sondeos), o en gran coalición con los social-demócratas (la opción preferida por los alemanes, pero no tanto por el SPD).

Más Merkel, por tanto. ¿Eso quiere decir más austeridad, más rigidez en las políticas europeas, más penurias para los países más afectados por la crisis? Aparentemente, sí. Pero cada día se escuchan más opiniones sobre la confirmación de un cambio, si no de rumbo, sí de intensidad, de énfasis. En todo caso, la 'ausencia' de Europa en la campaña electoral aconseja no anticipar en exceso lo que ocurrirá a partir del otoño.

Ángela Merkel resulta un personaje político paradójico. Convertida por las víctimas de la austeridad en la encarnación de todos sus males, su imagen fuera de Alemania es de intransigencia, dureza, falta de empatía y severidad. A su pesar, se la compara habitualmente con Margaret Thatcher, la primera ministra británica que lideró el asalto al modelo social europeo surgido de la reconstrucción de posguerra. Pero cuando  se investiga en la percepción pública de la figura de Merkel en su país, el diagnóstico es bien distinto.

Ángela no es Maggie. No es la "dama de hierro" de este comienzo de siglo. La supuesta afinidad ideológica de una y otra es aparente e incluso engañosa. El liberalismo doctrinario de Thatcher tiene elementos de proximidad con el liberalismo de contable de Merkel. Pero ambos responden a impulsos y objetivos distintos. El enfoque de la británica era acérrimamente individualista; el de la alemana está más teñido de comunitarismo.

A estas diferencias ideológicas, políticas o culturales, se añaden las de carácter o personalidad. Thatcher era una apasionadora, tenía poca atención a los matices y gustaba de apabullar y despreciar a sus adversarios. Merkel practica un estilo suave, ambiguo, cauto. No descalifica a sus oponentes, los escucha -o parece que lo hace- y, lejos de ningunearlos se apropia a veces de sus opiniones, consejos y propuestas, con una habilidad sorprendente. Lo mismo ocurre con sus socios europeos. Maggie irritaba por su aspereza. Ángie desespera por su tenacidad amable. Eso dicen quienes la conocen en tales lides.

De las lecturas recientes, destacamos algunas valoraciones agudas o inteligentes sobre el proyecto político y el estilo personal de la Canciller.

'MERKIAVELO'

El sociólogo Ulrick Beck encuentra notables analogías entre Merkel y Maquiavelo, hasta el punto de construir este guiño lingüístico: "Merkiavelo". Beck ve en Merkel una hábil interprete de las enseñanzas de 'El Príncipe', en el manejo de las contradicciones entre soberanía nacional y construcción europea, en su temple para alargar la toma de decisiones hasta que los asuntos maduran y caen por sí solos. Combina seducción y coacción. Pese a la percepción de conducta impositiva, la legión de tecnócratas merkelianos  ha desarrollado una notable capacidad para convencer a sus socios de la necesidad de la austeridad, hasta  convertirla en una política europea y no simplemente alemana. Ahora que parece haberse tocado fondo, ya no hablan de 'austeridad', sino de 'solidaridad'. Juego de palabras.

Comparte Beck la idea de que resulta absurdo hablar de IV Reich, ni de amenaza teutona, porque el gran logro de "Merkiavelo" ha consistido en lograr una Europa alemana sin "lanzar las tropas". Más aún: sin caer en la tentación de presumir de liderazgo. Alemania mantiene un comportamiento inhibido, una modestia de discurso que no se corresponde con su poderío real.

Merkel es el símbolo de esa potencia discreta. Este público perfil bajo contrasta con el esfuerzo de los sucesivos presidentes franceses a no admitir, en la liturgia de las grandes ceremonias internacionales, la pérdida de peso nacional. O con la astucia británica de cultivar el poder de los símbolos imperiales. Alemania ha enterrado las manifestaciones públicas de sus viejos demonios de dominación. Sigue combatiendo con ellos de puertas adentro, con más o menos fortuna, como hemos visto recientemente con la actividad neonazi.

UNA POTENCIA DISCRETA

El reconocido intelectual crítico Jünger Habermas califica de "durmiente" la hegemonía alemana en Europa. En un artículo reciente para DER SPIEGEL, consideraba que detrás de esta estrategia se confundían tanto el deseo de no despertar viejos temores europeos como la falta de un auténtico proyecto político para fundamentar un liderazgo continental. "Ángela Merkel carece de un núcleo normativo", escribió Habermas. Este adormecimiento de las situaciones conflictivas hasta lograr lo que se pretende sin levantar polvo, esta práctica del antihéroe, tan propio de la narrativa oficial alemana de posguerra, no es lo que ahora necesita Europa, ni lo que cabe exigirle a Alemania en su papel real de estos tiempos, sostiene el intelectual.

Esta noción de "aburrimiento político" como táctica de gobierno es empleada también por el director del SUDDEUTSCHE ZEITUNG, Stefan Kornelius, en un artículo publicado por THE NEW YORK TIMES. Incide en esa discrepancia entre la Merkel real y la Merkel pública. Destaca su paciencia, su tesón, su capacidad de escucha, su búsqueda de consenso. Incluso su simpatía en las distancias cortas. Su reflejo de tortuga aflora en las campañas, en los actos públicos, en las ceremonias mediáticas: se hace lejana, distante, antipática, aburrida.

No debería contemplarse estas señales como carencia de habilidades políticas. Por el contrario, siguiendo a Ulrick Beck, quizás se trate de cálculo maquiavélico. Después de todo, esa actitud de administradora prudente le ha reportado éxitos políticos sucesivos. Uno de los esloganes de campaña de la CDU es revelador: "Mantén la cabeza fría: Vota por la canciller".

LAS SOMBRAS DEL PASADO

En esta celosa discreción puede tener algo que ver la oscuridad que reina sobre gran parte del pasado de Merkel. Este año se publicó un libro que causó una gran polémica en Alemania sobre los orígenes políticos de la Canciller. Aunque nació en Alemania Occidental, su padre, un pastor protestante, se trasladó voluntariamente a la República Democrática, debido a sus convicciones socialistas. Ángela militó activamente en la juventud comunista, y llegó a ser responsable de "agitación y propaganda". A esta militancia contribuyó mucho, al parecer, su pasión por la cultura rusa, a la que la joven Ángela consideraba "plena de sentimiento".

Los autores no atribuyen a Merkel las habituales veleidades delatoras que se han descubierto, al cabo, en destacadas figuras de la intelectualidad germano oriental (o de otros países del Este). Pero recuerdan que ella nunca pretende pasar por una disidente. En todo caso, mostró su respaldo a la 'perestroika' y la 'glasnost' de Gorbachov. De hecho, Merkel no estuvo presente en las movilizaciones del otoño de 1989, ni fue una de las primeras dirigentes del periodo de transición. Helmut Kohl la descubrió cuando la unificación ya era un hecho.


Tal vez estas pinceladas arrojen una imagen más contrastada, menos estereotipada y superficial de la dirigente europea más impopular fuera Alemania, pero suavemente temida y desapasionadamente querida en su país.  

SIRIA: TIEMPO MUERTO PARA EVITAR UNA DOBLE DERROTA

12 de Septiembre de 2013

Los relojes de la operación militar norteamericana contra Siria se han detenido. La propuesta rusa de suspender los planes de ataque y acordar la entrega del arsenal químico sirio a la ONU para su destrucción ha sido aceptada como hipótesis de trabajo por Washington.

Aún sigue sin estar claro si se ha tratado de una argucia rusa o si quien realmente ha forzado la pausa ha sido la Casa Blanca. Como se sabe, la propuesta de Moscú surgió de un comentario previo, se supone que no intencionado, del Secretario de Estado Kerry, valorando positivamente una iniciativa que aún nadie había formulado.

Tanto Assad como Obama se enfrentaban a sendas derrotas. El primero corría el riesgo de encajar un severo castigo que, por “limitado y medido” que fuera, debilitaría seriamente su capacidad militar frente al bando rebelde. El segundo afrontaba un más que probable voto negativo  en el Congreso. No sólo en la Cámara de Representantes, sino también últimamente en el Senado, los partidarios de rechazar la intervención militar reunían una sólida mayoría, debido a la postura crítica de algunos demócratas. Obama se habría visto obligado a actuar en solitario. Ambas partes tenían motivos, por tanto, para parar el reloj.

Rusia, por interés propio, no ha sido un actor secundario. Si el ataque acarreaba el debilitamiento fatal de Assad, la pérdida geoestratégica para Moscú sería dolorosa. Lo último que quiere Moscú es un fortalecimiento sunní, por los efectos que pudiera tener en su patio trasero (Cáucaso), como dice en LE MONDE Arnaud Dubien, director del Observatorio franco-ruso. En orden menor, la humillación del régimen sirio pondría de nuevo en evidencia la inferioridad abrumadora de su material militar frente al estadounidense.

Para los reticentes aliados de Estados Unidos, esta “oportunidad diplomática” arrancó suspiros de alivio, porque permite albergar esperanzas de evitar otro sobresalto bélico que añadiría más tensiones al mercado petrolero y, por tanto, nuevos obstáculos en el tortuoso camino de la recuperación económica.

De momento, los más disgustados por la pausa en la cuenta atrás son los rebeldes sirios, que ya contaban con ganar posiciones, e incluso soñaban con el “comienzo del fin”, la batalla final contra el clan Assad. Ahora tendrán que esperar. Como ha esperado hasta la desesperación, durante días, el líder militar de la coalición opositora siria, General Salim Idriss, una llamada de la Casa Blanca para desplazarse a Washington D.C. y participar en las sesiones de concienciación de los congresistas a favor del ataque militar.

OBAMA COGE AIRE

En el rincón del ring político que para él se ha convertido el Capitolio, Obama ha hecho virtud de la necesidad. Pero como la propuesta rusa es escurridiza como el aceite –como luego veremos- se ve obligado a cuestionarla al tiempo que la acepta. O dicho de otro modo, a exigir que se concrete de manera fiable. La oferta del ministro Lavrov, se apresuró a decir el locuaz Kerry, debe ser “rápida, real y verificable, no una táctica dilatoria”. Y, paradójicamente, eso último es precisamente lo que ahora le conviene a su jefe, el Presidente.

Quizás para contrapesar esta impresión de que, con esta pausa diplomática, unos salvan el pellejo y otros la cara, Obama insistió en las condiciones para aceptar la propuesta rusa, durante su mensaje de cuarto de hora a la nación y al mundo. Pero, sobre todo, cargó las tintas emocionales, con referencias dramáticas al sufrimiento terminal de las víctimas. Se trató también de un esfuerzo por no añadir farsa a la tragedia: la suspensión temporal del ataque no podía acarrear la sensación de que faltaban razones para realizarlo.

¿UNA PROPUESTA INVEROSÍMIL?         

En estos últimos días, los medios especializados han consultado a expertos en armamento químico para explorar si la propuesta rusa es puro truco o tiene visos de ser aplicada. Los escépticos dominan por goleada.

La detección, localización, recogida, traslado y destrucción del arsenal químico es una de las operaciones de desarme más complejas que existen.

El arsenal químico sirio es uno de los mayores del mundo (se habla de no menos de cuarenta instalaciones), tras años de paciente acumulación, ante cierta pasividad internacional y el aprovechamiento sin escrúpulos de no pocas empresas occidentales que han vendido productos perfectamente conscientes del doble uso (civil y militar) al que podían estar destinados, como documentaba en su edición del pasado domingo THE NEW YORK TIMES, con datos proporcionados en su día por Wikileaks.

Que las operaciones de desarme tengan que hacerse en un escenario de guerra, con dos adversarios poco inclinados a colaborar, en particular los rebeldes, incrementa las dificultades exponencialmente. Hasta el punto de que algunos técnicos como Cheryl Rofer, colaboradora en su día del laboratorio de Los Álamos, en California, citada en FOREIGN POLICY, considera imprescindible un alto el fuego previo. Algo altamente improbable, por no decir imposible a corto plazo.

Por otra parte, parece acreditado que los militares sirios han movido algunos de sus arsenales recientemente; por tanto, es probable que no sea conocido el lugar actual de algunos de ellos, por no hablar de aquellos que han permanecido siempre fuera del alcance de los servicios occidentales de inteligencia.

De la envergadura de la operación da cuenta el personal que, según una estimación del Pentágono, pudiera necesitarse: decenas de miles de soldados e inspectores, sometidos a un riesgo permanente. Dicho de otra forma: “boots on the ground”; es decir, “botas en tierra” o personal militar sobre el terreno. Justo una de las cosas que Obama ha querido siempre evitar.

La operación de desarme, en todo caso, será necesariamente prolongada : dos décadas llevan en Irak los encargados de destruir el viejo arsenal de Sadam Hussein y aún no han concluido.

Y, para añadir un toque irónico, no ha faltado quien ha recordado que Estados Unidos, pese a firmar, contrariamente a Siria, la Convención de Prohibición de armas químicas (1993), aún dispone, veinte años después, de parte de ese arsenal.


En definitiva, que todo invita a pensar, efectivamente, que la propuesta rusa es una elegante estratagema para salvar la cara. Después de los primeros tanteos –fallidos- en el Consejo de Seguridad, los jefes diplomáticos de los dos grandes afinan la vía diplomática. A la hora de cerrar este comentario, Kerry y Lavrov cruzan argumentos y ofertas en Ginebra. Pronto sabremos si la oportunidad diplomática es sólo una pausa o la anulación ‘in extremis’ de un ataque anunciado.

SIRIA: EL ATAQUE SE COMPLICA

5 de Septiembre de 2013

El debate en el Congreso norteamericano -en Comisiones y en pasillo, a la espera de la puesta en escena solemne de la semana que viene- ha puesto en evidencia las complicaciones y dudas que rodean una de las decisiones más arriesgadas de Barack Obama. Y no sólo en política exterior. Lo que se está viendo no es la típica polarización rojo-azul (republicanos vs. demócratas), sino una creciente desafección de las bases políticas y sociales del Presidente, que prefieren ver a su líder concentrado en la agenda interior de recuperación económica, mejora de los derechos sociales y fortalecimiento de derechos civiles, y no en guerras de difícil comprensión.

Las intervenciones del jefe de la diplomacia, John Kerry, en la Comisión de Relaciones exteriores del Senado, las matizaciones del jefe de la cúspide militar, el general Martin Dempsey, y de su inmediato jefe político, el Secretario de Defensa, Chuck Hagel,y las opiniones y valoraciones, públicas y privadas , de representantes y senadores, se deduce que esa élite a la que llamamos Washington refleja bastante fielmente la división profunda con la que el país está viviendo el pre-ataque contra otro país árabe puesto en el índex de los 'rogue states'.

LOS ARGUMENTOS DEL DEBATE

Los argumentos a favor y en contra de la intervención se cruzan y entrecruzan y clarifican tanto como confunden.

Los que apoyan esgrimen las siguientes razones básicas:

- El régimen sirio se ha autoexcluido de los países civilizados al gasear a su propia población por razones políticas;  dejar pasar sin castigo esta agresión inhumana implica cobardía, bajeza moral.

- La pasividad supondría un estímulo para que otros tiranos usen armas de destrucción masiva contra sus pueblos o contra otras naciones enemigas (véase Irán y su supuesto arsenal nuclear, argumento habilidoso para persuadir a los republicanos que llevan meses reclamando a Obama más firmeza contra los ayatollahs).

- El prestigio que se perdería por no actuar no sería sólo el de Obama, una vez que el Presidente ha trasladado el problema a los representantes de la nación (a pocos legisladores le gusta pasar por tipos que escurren el bulto cuando se trata de izar la bandera).  

- El ataque no implica hundir al país en una nueva guerra en aquella endiablada zona, puesto que se trataría de una operación limitada y medida, sino que, por el contrario, podría ayudar a prevenir una intervención mayor al no dejar que los malvados se crezcan.

Los que se oponen replican así:

- Las pruebas de la responsabilidad de la cúspide del régimen en el ataque químico no son definitivas ni concluyentes (aunque son pocos los que sostienen esta postura, algunas contradicciones entre los informes de los servicios de inteligencia de varios países han abonado ciertas dudas).

- En la guerra interna siria no están comprometidos intereses nacionales serios, al menos no de momento, y no se puede actuar de 'garante moral ' del mundo permanentemente (o de 'gendarme', según los más críticos, en el ala izquierda demócrata)

- No está claro que una operación limitada disuada a Assad de volver a gasear a los opositores, lo que obligaría a ampliar y prolongar el ataque, con el riesgo de meter al país en otra guerra de larga duración en la zona (otro Irak), porque, como ironizaba un congresista demócrata, las guerras tienden a "salirse de madre". Contribuyó a este resquemor que el propio Kerry, enredado en las vicisitudes de la operación, no descartará que pudiera ser necesarias  "botas americanas" (tropas de tierra), afirmación luego desmentida con desesperada firmeza.

- De nada servirá a Assad si con eso se aumentan las opciones de otros 'chicos malos' enemigos del actual régimen, nada menos que los 'jihadistas' hijos de Bin Laden, que sí nos han atacado y nos siguen atacando, y que se comen corazones de sus rivales y otras lindezas publicadas estos días en los medios estadounidenses.

MÁS ALLÁ DEL RUIDO POLÍTICO

Por encima, o por debajo, del debate político, de argumentos sólidos y de descarados sofismas, se imponen algunas realidades.

- Ya es muy improbable una vuelta atrás. Puede darse por seguro el ataque, limitado o no, breve o más prolongado, de eficacia difícil de evaluar, puesto que el régimen sirio ha tenido tiempo de esconder, camuflar o hacer inalcanzable parte de su arsenal (acomodado en núcleos civiles inatacables).

- El ataque no se limitará a privar al clan Assad de volver a emplear armas químicas. No por cinismo, sino porque al destruir aeródromos, cuarteles, centros de mando y comunicación, vehículos más o menos expuestos, se debilitará su capacidad militar operacional global. Estados Unidos intervendrá en la guerra siria, lo declare o no, lo admita o lo niegue.

- Esta inflexión tendrá repercusiones regionales indudables. El debilitamiento de los Assad y su cohorte alawí puede beneficiar a la oposición moderada o a los oponentes radicales. Para que ocurra lo primero, Washington se tendrá que implicar más. Si no lo hace, triunfarán los segundos, lo que, en cualquier caso, obligará a una intervención norteamericana, menos deseable, porque será tardía y más costosa. Kerry aseguraba el otro día a un senador preocupado por el reforzamiento indeseado de los radicales que la administración tiene ascendiente suficiente para convencer a sus aliados árabes de la necesidad de frenar a los 'jihadistas'. Casi nadie quedó convencido. La lógica de la espiral es difícilmente replicable.

- Aún en el dudoso caso de un triunfo de los moderados en Damasco, resulta más que improbable que asistamos a una Siria estable, unificada y en paz. Los derrotados pueden conservar poderío, apoyo y aliento de supervivencia suficientes para hacerse fuertes en ciertos sectores de la costa, en el sur y en otros enclaves (los feudos alawies) para reproducir un nuevo Irak, plagado de sectarismo y violencia.

- En este proceso de transición hacia otra Siria, es imposible que los actores regionales asistan pasivamente a los acontecimientos. Todos presionaran para que la recomposición  del tablero sea más favorable a sus intereses. Israel sólo ve positiva la desestabilización de la actual Siria, si sirve para aislar a Irán y obligarlo a claudicar en sus proyectos nucleares. Turquía quiere ver un nuevo país muy atento a sus intereses de renacida potencia regional. Irak no querrá una Siria dominada por el 'sunnismo' militante y revanchista. Las monarquías del Golfo parecen las más acomodadas a los planes norteamericanos, pero se opondrán a una política demasiado conciliatoria con el 'alawismo', versión siria del 'chiismo'.

FUERA DE ESTADOS UNIDOS

Las complicaciones en Estados Unidos tienen un efecto indudable en otros lugares. En Francia, Hollande se ve obligado a atemperar su entusiasmo por la acción. El equipo del Presidente ha dicho que esperará al resultado de las deliberaciones en Washington para plantear un posible voto en la Asamblea Nacional, ya que Francia no podría ejecutar sola la operación de castigo contra Siria. En realidad, Hollande gana tiempo para gestionar el rechazo de una opinión pública muy contraria a sus planteamientos en este asunto.

También ha sido cogido en falta el Presidente de Rusia. Vladimir Putin sigue empeñado en no dar facilidades a Obama, incluso reprochándole mentiras a Kerry en su comparecencia ante el Senado. Pero se cubre ante el ataque norteamericano, asegurando que no se opondrá a ello si se prueba con toda claridad que Assad gaseó a su población. Es la típica jugada rusa, que ya ha visto antes: hacer pasar la impotencia por aquiescencia o condescendencia.

¿Qué decir de la propia Siria?  Las declaraciones de Assad a LE FIGARO recuerdan al Saddam Hussein anterior a sus dos derrotas. Aparente el Presidente sirio una confianza y una tranquilidad (bravuconería, incluso,) engañosas. Pretende que Obama ha forzado el debate en el Congreso para esconder una rectificación. Pero familiares de los jerifaltes del régimen dejan el país a paso forzado. Un antiguo colaborador decía estos días que todo se debe a esa actitud de resignación tan habitual en la cultura árabe: si todo está perdido, mejor es actuar con dignidad.


Assad cumple la semana que 48 años. Los 'tomahawk' que dentro de unos días lluevan sobre sus instalaciones militares llevarán impresa simbólicamente esta dedicatoria: "Feliz cumpleaños, señor Presidente!

SIRIA: UN ATAQUE SÓLO POR PRESTIGIO

2 de Septiembre de 2013

Haya o no ataque militar contra el régimen sirio, sea ‘limitado y medido’ o no, está claro que no tendrá motivaciones morales ni soporte legal. Aunque lo digan los dirigentes mundiales que lo apoyan, y en particular el más poderoso de ellos: el presidente de EE.UU. Obama se encuentra incómodamente atrapado en sus propias palabras, promesas y declaraciones. Desde que era senador, luego como candidato a la Casa Blanca, y ahora ya como Presidente, a realizar proclamas solemnes sobre los criterios éticos y políticos que deben informar la tarea de gobernar, de liderar.

EL DILEMA DE OBAMA

La primera intención de Obama era atacar sin más dilaciones. Se trataba de una cuestión de prestigio. Hace sólo unos meses, cuando el líder sirio se creía amenazado por el avance rebelde y parecía verosímil que utilizara su temible arsenal químico para obligar a retroceder a sus enemigos, Obama creyó oportuno establecer en el empleo de ese arsenal una “línea roja” que, de traspasarse, desencadenaría una respuesta militar norteamericana.

Rebasada ahora la “línea roja”, aunque el resultado de las investigaciones de los expertos de la ONU tardará en conocerse plenamente, el presidente no tiene más remedio que “hacer algo”, o su credibilidad quedaría por los suelos, sobre todo cuando son sus propios colaboradores quienes han dicho que las evidencias son palmarias.

Ese compromiso había sido erróneo para muchos de sus colaboradores. Después de formularlo se produjeron otras denuncias de uso de armas químicas, pero se esquivó el asunto con el argumento de que habían sido “acciones menores”. Y es que Obama había demostrado una reiterada resistencia a inmiscuirse en ese resbaladizo conflicto. La inhibición presidencial era comprensible, porque la guerra en Siria no enfrenta una causa justa y otra injusta, aunque al principio pudiera haber algo de ello. Con el tiempo, ha degenerado en un combate sectario, cruel y peligroso. Debilitar al dictador Assad podría reforzar, aún sin pretenderlo, las opciones ‘jihadistas’ que cada vez tienen más influencia en el conglomerado de la oposición armada.

Pero el episodio del 21 de agosto, por su dimensión y sus efectos (millar y medio de víctimas mortales) dejaba poco lugar para escabullirse. Obama no tuvo más remedio que honrar su compromiso e intervenir. Sabía que difícilmente podría obtener el aval de la ONU por el veto ruso (y quizás chino), pero creía posible seguir adelante con sus planes y cumplir su promesa con un ataque “limitado y medido”, con el apoyo de sus más fieles aliados occidentales. Lo que no podía imaginar era el revés sufrido por el siempre seguro socio británico. El voto contrario en los Comunes a la intervención obligó a Obama y convocar a sus asesores, pausar la decisión y evaluar de nuevo la situación. Necesitaba un blindaje político.
En 2007, antes de llegar a la Casa Blanca, Obama manifestó –como le recuerda en un editorial el NEW YORK TIMES- que “el Presidente de Estados Unidos no tiene atribución constitucional para autorizar unilateralmente un ataque militar, si no se trata de conjurar una amenaza real o inminente para la nación”. Difícilmente puede sostener Obama que el conflicto de Siria supone una amenaza para la seguridad nacional, pese a que ha intentado insertarlo en el contexto regional de Oriente Medio, que, por naturaleza, siempre comporta una dimensión inquietante para los intereses vitales de Estados Unidos. Ante la expresión de malestar en sus propias filas, las demócratas, y el creciente acoso republicano, el Presidente ha decidido no actuar a espaldas del Congreso. Lo hizo en el caso de Libia, ciertamente, pero entonces tuvo el respaldo del Consejo de Seguridad. No así ahora. El ataque se retrasará más de una semana.

EL OPORTUNISMO REPUBLICANO

Pero ¿qué pasaría si la solicitud de Obama es rechazada por el legislativo? El influjo del voto en los Comunes puede arrojar alguna sorpresa. Es algo que no puede descartarse, según ha admitido el mismo inquilino de la Casa Blanca.

Los apuros de Obama están siendo disfrutados, casi sin disimulo, por sus rivales republicanos. Con el cinismo que caracteriza a sus líderes, se han unido a muchos demócratas (centenar y medio entre ambos) para exigirle que consulte al Congreso antes de ordenar el ataque. Los argumentos son legítimos porque existe una obligación constitucional. Pero no es la legalidad o el respeto al equilibrio de poderes lo que está en el ánimo de los dirigentes republicanos, sino el aprovechamiento de los vaivenes del Presidente.

En el bando republicano circulan discursos diferentes sobre el asunto sirio. Las contradicciones en este asunto no son privativas de Obama. Durante más de un año prominentes figuras del partido –McCain, Graham- han venido censurando las dudas e inhibiciones del Presidente y exigiendo una intervención contundente, para derrocar al régimen, mientras sus compañeros guardaban silencio. Ahora que el Presidente se ha decidido por la acción, algunos republicanos airean los inconvenientes de la intervención y le exigen explicaciones, amparándose en que el ataque  constituiría un ‘acto de guerra’.

ESCEPTICISMO EUROPEO Y ENTUSIASMO DE HOLLANDE

En Europa, por el contrario, el debate no genera apenas polémica. La gran mayoría de la opinión pública se muestra contraria. El efecto Irak, diez años después, continúa. Pero por si no esto no fuera poco, les resulta difícil a los ciudadanos europeos valorar la conveniencia de estos ataques de castigo.
La guerra siria resulta incomprensible para la mayoría de los ciudadanos europeos. Aunque repugne el uso de armas químicas, no se identifica claramente un bando amigo o simplemente defensor de una causa justa. Cada vez es más claro es que similares comportamientos odiosos de dictadores se miden con diferentes raseros y provocan respuestas distintas. ¿Qué diferencia moral existe entre matar ciudadanos con gases o con balas? ¿Por qué castigar al régimen sirio y no a los generales egipcios, a los que ni siquiera se les denomina golpistas para no tener que tomar otras medidas indeseadas?

Tampoco se tiene claro que el ataque sea tan “limitado y medido”. Para impedir que Assad pueda realizar más ataques químicos habría que destruir muchas bases e instalaciones (aeropuertos, depósitos, plantas, cuarteles). El experto Tony Cordesman cree para inhabilitar el arsenal químico sirio haría falta un ataque amplio. Además, si la operación se complicase, podrían intensificarse las venganzas y represalias entre los bandos en disputa e incrementarse  el  éxodo de población. Por no hablar de la probable desestabilización de Líbano o el efecto multiplicador en un Irak que ha vivido un verano atroz y se desangra de nuevo.

El rechazo ciudadano europeo a estas guerras que se ganan oficialmente desde los despachos irrita especialmente en estos tiempos, cuando lo que preocupa de verdad es que los líderes se concentren en encontrar soluciones a la crisis social que ha provocado el derrumbamiento real del sistema económico. Un conflicto en Oriente Medio suena a petróleo más caro. Este malestar explicaría la reacción de los diputados conservadores británicos díscolos, temerosos de aislarse de sus propias bases, demasiado ajenas al conflicto.

¿Cómo entender entonces el entusiasta apoyo de François Hollande a la intervención, aunque dos de cada tres franceses se opongan? La prensa en Francia ha sido muy activa en la denuncia de las masacres realizadas por el clan Assad. Aparte de lo aportado por la inteligencia francesa, LE MONDE denunció uno de los anteriores ataques químicos con profusión de pruebas gráficas y testimonios de testigos. Kerry ha premiado esta fidelidad francesa, esquiva en muchas otras ocasiones, calificando a Francia como “nuestro aliado más antiguo”, rememorando el apoyo galo a la independencia norteamericana frente a la Corona británica.


El Eliseo imprime aires de grandeza. A casi todos los jefes de Estado galos les cuesta resignarse a no destacar en una crisis internacional. En la cúspide política francesa pervive un reflejo imperial, que se manifiesta con frecuencia en África, por mucho que sus intervenciones allí se disfracen de discursos humanitarios. La reticencia de Chirac en el ataque a Irak de 2003 tenía mucho que ver con el intento de preservar en ese país futuros intereses franceses y no con la ruptura de ese comportamiento, que él cultivó contumazmente, precisamente en el continente africano. 

SIRIA:DISCURSOS E IMPOSTURAS



29 de agosto de 2013
              
Cualquiera de estas noches, Estados Unidos, con apoyo aliados menor, lanzará misiles desde sus aviones y barcos contras instalaciones militares sirias, en acción de represalia por el uso de armas químicas en la guerra contra los rebeldes, que parece haber causado centenares de víctimas civiles.

Se tratará de un ataque limitado, en intensidad y tiempo, cuyos efectos habrá que esperar para evaluar. Oficialmente, el objetivo no es propiciar el derribo del régimen sirio, sino efectuar un castigo por una acción indigna de gobiernos civilizados. Es decir, un nuevo acto de guerra justiciera, que tiene escasa credibilidad y menos sostenibilidad legal.

Obama se tomará tiempo para analizar el resultado de las investigaciones de los observadores de la ONU, pero miembros de su gobierno ya han adelantado que disponen de evidencia muy comprometedores para el régimen de Damasco.

Es difícil oponerse a intervenciones de este tipo porque parecen fundadas en consideraciones morales aparentemente positivas: se castiga a unos dirigentes que no dudan en emplear armas letales repugnantes contra su propio pueblo con tal de afianzar sus posiciones de poder. Ocurrió en Irak, en Kosovo, en Libia. 
Y ahora, con toda seguridad, en Siria. Pero los motivos morales no sólo son insuficientes porque necesitan ser sustentadas jurídicamente. Además, esa supuesta justicia es puro oportunismo o cinismo. Tanto valor tiene la vida de las victimas gaseadas en Siria, masacradas en Libia o asesinadas en ciudades y aldeas kosovares, como las acribilladas a tiros en las calles de El Cairo o de Bahréin o en cárceles clandestinas de los amigos que hacen el trabajo sucio a los intereses norteamericanos. Y no todos los tiranos o asesinos reciben el mismo tratamiento.

El sustento legal, proporcionado por la ONU, es casi imposible. Rusia bloqueará el respaldo del Consejo de Seguridad, también por conveniencia propia, aunque con argumentos diferentes a los países occidentales y árabes aliados. Otros fundamentos legales manejados, como el Protocolo de Ginebra (1925) y la Convención sobre armamento químico (1933), si bien prohíben expresamente el uso de armas químicas, no amparan ataques militares contra países que lo hagan.

EL EJEMPLO DE KOSOVO

Se ha invocado el antecedente de Kosovo como modelo de actuación en Siria. Sin embargo, existen diferencias notables entre ambos casos. Washington asegura que con esta operación inminente no pretende acabar con el régimen de clan Assad. En cambio, el ataque contra Serbia, en represalia por las actuaciones militares de represión de la rebelión armada albano-kosovar, tuvo precisamente como efecto casi directo el derrocamiento de Slobodan Milosevic. Estados Unidos destruyó no sólo la capacidad militar serbia, sino que debilitó profundamente las estructuras de poder y control político y social del hombre al que abusivamente se le ha atribuido la responsabilidad de las guerras yugoslavas de los noventa.

La decisión del entonces Presidente Clinton estuvo revestida de consideraciones similares a las que ahora emplea el entorno del Presidente Obama. Pero se trata de situaciones muy distintas y de motivaciones opuestas. Clinton quería acabar con Milosevic, lo dijera o no, y sabía que su intervención sería completamente decisiva en ese sentido. Obama se niega a involucrarse de forma directa en el desenlace de la guerra interna siria y sus principales asesores diseñan una operación limitada que carezca de esos efectos decisorios.

En todo caso, el ejemplo de Kosovo, presenta demasiadas contradicciones e incongruencias, para resultar concluyente, como ha demostrado el profesor norteamericano Michael Glennon.  Es la lógica de las relaciones internacionales: ni la invocación moral ni la causa legal responden a principios y valores universales. Los intereses de cada cual en cada momento preparan los argumentos, los adaptan y los convierten en instrumentos de las políticas convenientes.

LA RETICENCIA DE OBAMA

En el ánimo reticente de Obama influye el escaso convencimiento de que una acción limitada pueda impedir otro ataque químico sirio. Le preocupa más que se inicie una espiral de intervención que le haga tomar un partido más claro, cuando no hay una alternativa clara de poder en Damasco que resulte más favorable a los intereses norteamericanos y occidentales. Durante años, Washington y otras capitales aliadas (europeas y árabes) han estado proporcionando apoyo político, logístico y, bajo cuerda, cierta asistencia militar a la oposición armada. Pero los rebeldes han sido incapaces de formar una alianza sólida, de elaborar un programa común de gobierno y de garantizar un futuro sin revanchas ni sectarismos. Más bien al contrario, a medida que avanzaba y se envilecía el conflicto, han ido imponiéndose los elementos más radicales y revanchistas. Como es bien sabido, en muchos de los frente donde los rebeldes llevan ventajas a las fuerzas gubernamentales, el control está en manos de militantes afiliados a Al Qaeda, con no poca presencia de combatientes no sirios. Que Estados Unidos termine propiciando el triunfo de socios de la organización fundada por Bin Laden resultaría una paradoja difícil de digerir, incluso para los más cínicos defensores de la teoría realista de las relaciones internacionales.

No obstante, un Presidente de Estados Unidos no se puede inhibir. No del todo, al menos. Por eso, hace unos meses, ante la aparente desesperación por el avance de los rebeldes en algunos frentes, se temió que el gobierno sirio empleara armamento químico pare frenarlos. Obama proclamó que esa acción hipotética constituiría una “línea roja”, que, en caso de franquearse, provocaría una respuesta norteamericana. Algunos vieron en esa declaración del Presidente un enorme reto, porque Obama se ataba las manos, se obligaba a actuar.

Como era de esperar, se produjeron posteriormente denuncias de empleo limitado de arsenal químico, algunas supuestamente acreditadas por medios solventes de prensa, como el diario francés LE MONDE. Obama no consideró probado que se hubiera rebasado esa ´línea roja” y se limitó a autorizar el envío limitado de armas a los rebeldes. Recibió críticas de unos y otros.

Ahora parece que las evidencias de ataque químico son más contundentes y difíciles de orillar. Se habrían interceptado conversaciones comprometedoras entre mandos militares del régimen que probarían el empleo de gases en los alrededores de Damasco. En todo caso, no deja de resultar extraño ese ataque químico cuando se encontraban muy cerca del lugar observadores de la ONU. Salvo que la decisión de emplear ese armamento fuera de un jefe militar local y no del alto mando sirio, lo cual no es descartable debido al relativo descontrol que se detecta también en las fuerzas gubernamentales.

LA DIMENSION REGIONAL
En todo caso, los interesados en que Washington imprima un nuevo golpe de tuerca en el reequilibrio de la balanza regional consideran que el  futuro de la guerra en Siria está vinculado al problema de Irán, que es ahora la preocupación de no pocos aliados de Estados Unidos en la zona, con Israel y reino saudí a la cabeza. Que Siria sea el gran aliado de Irán en la zona, con el apéndice nada desdeñable del partido/milicia libanés Hezbollah. La eliminación del clan Assad y, en consecuencia, del predominio histórico de la minoría alawi (rama local del chiismo) en Siria ha sido una opción muy tentadora para los gobiernos de Jerusalén y Ryad. Al cabo, en esas capitales se piensan que las franquicias de Al Qaeda que combaten ferozmente en Siria podrán ser desbaratadas una vez derribado el régimen de Assad, fortaleciendo, incluso militarmente, a los sectores más moderados y favorables a los intereses occidentales.
Obama no lo tiene tan claro. Y, en todo caso, aunque ese fuera a la postre el resultado final, el proceso sería penoso y amenazaría permanentemente, durante su desarrollo, con una implicación más o menos directa de Estados Unidos, en un momento en que el Presidente desea desembarazarse de guerras y no enfangarse en otras nuevas. Obama desea poder culminar su mandato presidencial con logros relevantes de naturaleza social en su país y lo que menos necesita es continuar destinando recursos y energía a conflictos externos de muy difícil gestión. De ahí la reluctancia de su ánimo a intervenir en la guerra siria. Así lo percibe la gran mayoría de la opinión pública norteamericana, contraria a involucrarse en este conflicto.
Hace tres años, no resultaba factible a corto plazo la desestabilización del gobierno de Damasco. Al contrario, se había ensayado un cierto acercamiento con Assad para reavivar conversaciones secretas de paz con Israel. El objetivo era el mismo: aislar a Irán; pero la estrategia era distinta: debilitando los lazos de Damasco con Teherán ofreciendo al régimen sirio otros estímulos más atractivos. Uno de los participantes en esa estrategia de acercamiento fue precisamente John Kerry, hoy jefe de la diplomacia norteamericana y entonces cabeza de la Comisión de Relaciones exteriores del Senado. La rueda del tiempo arroja estas paradojas.
En definitiva, Obama decidirá atacar, atrapado en su propio discurso ‘humanitario’. La reputación moral de Estados Unidos será reivindicada (al menos para los incautos). Assad podrá encajar el golpe y, aunque invoque venganzas catastróficas, se contentará con recomponer el tipo y seguir ganando terreno, como ha hecho en los últimos meses.  Los medios se ocuparán de esta escaramuza y dejarán de prestar atención, por unos días, a otros escenarios sangrientos regionales como Irak (que ha vivido un verano atroz), Egipto (donde los generales ya actúan sin máscara  con una lógica represiva sin ambages) o la propia guerra interna siria abandona a una deriva sin final a la vista.